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miércoles, 4 de enero de 2017
"La semilla de Dios sembrada en mi surco. Comentarios al Evangelio. Ciclo A"
Autor: Jesús Sanz Montes
Editorial: Biblioteca de Autores Cristianos
La editorial Biblioteca de Autores Cristianos (BAC) ha publicado el tercer y último volumen de los Comentarios al Evangelio –en esta ocasión el correspondiente a las lecturas del Ciclo A– escrito por el Arzobispo de Oviedo, Mons. Jesús Sanz Montes. Con el título “La semilla de Dios sembrada en mi surco”, el Arzobispo de Oviedo completa así todos los Comentarios al Evangelio de los tres ciclos litúrgicos, habiendo publicado ya en el año 2015 “Palabra de vida que enciende el corazón. Comentarios al Evangelio. Ciclo C”, y en el 2014 “Como lluvia que empapa la tierra. Comentarios al Evangelio. Ciclo B”.
En este volumen, al igual que los anteriores, Mons. Sanz ha querido recoger sus comentarios “a esta larga proclamación que supone el Evangelio durante todo un año cristiano en el día del Señor, fiestas y solemnidades”, explica en la Introducción del mismo. “Son textos leídos, meditados, adentrados en mi más íntimo adentro, y sólo luego en las afueras predicados. Pienso en la escucha que he hecho de esta palabra que luego han pronunciado mis labios y que he tratado de guardar en mi corazón para compartirla después con los hermanos. Pienso en tantos cuantos me han escuchado estas meditaciones en el día a día de este recorrido litúrgico celebrado ¡Cuántos púlpitos Dios me ha prestado para dirigirme a quienes inmerecidamente se me daban como hermanos!”.
Con la lectura de este volumen, que coincide con el año litúrgico que hemos estrenado el pasado mes de noviembre, es posible profundizar en la Palabra de Dios de cada domingo, cada solemnidad y fiesta de este nuevo año, en el estilo propio de don Jesús de prosa poética, esperando y procurando así que la Palabra de Dios penetre, según una de las metáforas que se usan en la Biblia, “como semilla que cae en el surco abierto de la tierra”.
El Sagrado Corazón no es devocioncilla de viejas beatas sino de curas viriles: De Prada lo explica
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Juan Manuel de Prada lo explica así: "Los misterios de la vida de Cristo, sus intimidades más menudas, son alumbrados por Pablo Cervera en un estilo sencillo que tiene algo de confidencia y algo de efusión cordial donde se mezclan las anécdotas más livianas y las más arduas cuestiones teológicas -que él, sin embargo, sabe hacer amenas como si fueran retozos en un jardín), hasta que llegamos a la estación definitiva de nuestro trato con Dios, que no puede ser otra sino la oblación, la entrega absoluta y sin reparos de quien ha entendido que la libertad humana más plena es la que se emplea para amar".
El escritor agradece a Pablo Cervera su acompañamiento espiritual, especialmente en momentos duros en los que, dice, "probé el veneno sibilino del fariseísmo eclesiástico, que es el mayor aguarrás para la fe".
De Prada comenta también la espiritualidad del Sagrado Corazón, "el amor sin tasa que mana del Corazón de Cristo", que "no es una devocioncilla de viejas beatas, sino una devocionaza de curas santos y viriles". Un ejemplo, dice el escritor, es el propio padre Cervera, que limitado por una enfermedad ha visto multiplicada su fecundidad evangelizadora escribiendo, editando y traduciendo.
Desde hace unos meses, Juan Manuel de Prada escribe también un artículo mensual para Magníficat comentando desde una óptica cristiana obras de la literatura universal.

Este es el artículo que ha publicado en ABC.
por Juan Manuel de Prada
A veces nuestra fe desfallece y necesita contemplarse en la fe de quienes nos acompañan por los despeñaderos de la vida. Mi fe magullada y endeble ha encontrado muchas veces su muleta y su pañuelo de lágrimas en la fe más robusta de un amigo sacerdote, Pablo Cervera, cuyo aliento me ha acompañado en las circunstancias más difíciles, cuando probé el veneno sibilino del fariseísmo eclesiástico, que es el mayor aguarrás para la fe.
Pablo Cervera –muchos de mis lectores lo conocerán– es editor de la revista Magníficat, impulsor de diversos proyectos editoriales y traductor infatigable.
Y gran parte de esta labor benemérita la ha hecho golpeado por una maldita o bendita enfermedad que no cesa de ensañarse en él; pero a la que Pablo Cervera siempre responde con una abnegación admirable, con un sentido del humor intrépido y una confianza incombustible en Dios, haciendo de su mortificación una escuela de alegría.
Pablo Cervera es mi profesor de energía y el cirujano de campaña de mi fe, siempre presto a coserme las heridas y hacerme una transfusión de sangre.
Ahora Pablo Cervera publica en la Biblioteca de Autores Cristianos Operación a corazón abierto, un libro que reúne su experiencia de muchos años, dando y recibiendo ejercicios espirituales.
Es un libro precioso en la doble acepción de la palabra, por bello y por valioso, lleno de pálpito espiritual y de hondura humana, en el que el autor, al hilo de las meditaciones propuestas por san Ignacio de Loyola, logra disponer al lector para el coloquio íntimo con Cristo, para la comunicación directa con el corazón hospitalario y sangrante de Cristo, de tal modo que pueda quedarse a vivir allí adentro, donde mejor se escucha a Dios y mejor se siente el calor de su hálito.
Pablo Cervera nos descubre la majestad de Cristo en su corazón traspasado, nos descubre en el dolor humanísimo de Cristo la vía idónea para penetrar en los misterios de su divinidad. E invita al lector a mirar el dolor y el amor que brotan, como sangre y agua mezcladas, de esa herida siempre abierta.

Operación a corazón abierto es una aventura en pos de esa misericordia amorosa que se ofrece constantemente para salvarnos. Los misterios de la vida de Cristo, sus intimidades más menudas, son alumbrados por Pablo Cervera en un estilo sencillo que tiene algo de confidencia y algo de efusión cordial donde se mezclan las anécdotas más livianas y las más arduas cuestiones teológicas (que él, sin embargo, sabe hacer amenas como si fueran retozos en un jardín), hasta que llegamos a la estación definitiva de nuestro trato con Dios, que no puede ser otra sino la oblación, la entrega absoluta y sin reparos de quien ha entendido que la libertad humana más plena es la que se emplea para amar.
Pablo Cervera es la persona más amorosamente entregada que jamás hayamos conocido. En su presentación a la obra, el padre Luis María Mendizábal escribe, con irresistible humor negro: «Pablo, que Dios te conserve enfermo para que sigas trabajando como lo haces».
Y nosotros añadimos: «Que te conserve enfermo, querido Pablo, porque a través de tu corazón sufriente y alegre podemos entender mejor el amor sin tasa que mana del Corazón de Cristo». Que no es, como el propio autor señala, una «devocioncilla de viejas beatas», sino una devocionaza de curas santos y viriles en los que nuestra fe se apoya y consuela cada vez que desfallece. Y, contemplándose en curas como Pablo Cervera, recupera su latido brioso.
martes, 3 de enero de 2017
España 5º País mundial en ateismo. Por Jorge Glez. Guadalix

Los quintos, y subiendo. España ha conseguido el triste avance de llegar a un 25% de sus habitantes que se declaran ateos, cuando en los años 80 apenas se llegaba al 8,5 %. Ya solo tenemos por delante a China (61%), Hong Kong (34%), Japón (31%) y la República Checa (30%). Esto sí que es avanzar, y lo demás, bobadas. En poco más de treinta años, del 8,5 al 25 %. Y subiendo.
Pero no pasa nada. Aquí nunca pasa nada. Mejor dicho, no solo no pasa nada, sino que estamos en un momento eclesial de dulce. Hace poco lo afirmaba el obispo electo de Teruel y Albarracín: “La Iglesia nunca en la historia ha estado tan bien como ahora”. El sentido del humor que no falte.
Entiendo que hacer una evaluación crítica de la vida de la Iglesia en España en estos últimos años a nadie nos apetezca especialmente. Pero los datos son tercos. Punto.
Es verdad que la sociedad ha cambiado y que en España estamos sufriendo una ola de laicismo y agresividad contra la Iglesia Católica que ciertamente impresiona. Es un continuo pim pam pum orquestado por todos los medios de comunicación contra la Iglesia y contra todo lo que puedan suponer valores, principios morales o criterios vitales. Pero el problema no es ese.
El problema lo tenemos dentro. Se hizo una opción por una Iglesia en teoría comprensiva, para nada dogmática, tolerante, amable, caritativa y en absoluto beligerante, convencidos de que la gente se alejaba de Cristo y de la Iglesia por nuestro dogmatismo, por la falta de misericordia, por no haber sabido acercarnos a las personas. Esto, que en teoría suena bien, nos ha ido convirtiendo en una Iglesia no digo ya de pensamiento débil, sino en una Iglesia sin más dogma que lo que cada uno desee creer, sin más verdad que la de Machado, sin otra moral que aceptar como moralmente aceptable lo de siempre inaceptable, y una liturgia despojada de religiosidad y adoración para trocarse en cuchipanda fraterna, y todo esto adobado con una solidaridad light que se avergüenza de hablar de caridad cristiana.
Según datos de la Conferencia Episcopal Española, los últimos, en España tenemos más de 23.000 parroquias. Se dedican más de 8,3 millones de horas a la catequesis. Cada año cerca de 250.000 bautizos y otras tantas primeras comuniones. Es decir, que si la media es de dos años de catequesis para celebrar la primera comunión, cada año tenemos en catequesis a medio millón de niños. Sigo. 1.500.000 alumnos en centros católicos. 3.500.000 alumnos en clases de religión. 85.000 alumnos en universidades católicas. 4.700.000 personas atendidas en centros sociales de la Iglesia.
Y en treinta años, los ateos pasan del 8,5 al 25 % de habitantes de España. Saquen sus propias conclusiones.
Siempre me sorprendió cómo es posible que el pueblo judío, sometido a una fortísima diáspora, y muy poco numeroso en Israel, y rodeado de feroces enemigos, se mantenga y mantenga todas sus costumbres y tradiciones. Vale, que si el dinero… El truco está en un pensamiento fuerte unas tradiciones inamovibles, unas costumbres que se respetan sí o sí. Ahí no hay quien entre a minar su vida.
O pensemos en la Iglesia en Polonia. Más dificultades que nosotros han tenido, muchas más. Y más viva que ninguna. Pero hay una doctrina, una moral, una liturgia y una seriedad en las cosas. Pensemos en España, por ejemplo, quiénes están resistiendo mejor ante la ola de secularismo y ateísmo. Evidentemente los grupos y comunidades llamados despectivamente “conservadores”, que son los menos contaminados de buenismo y relativismo.
Seamos claros. Si teniendo como Iglesia en nuestras manos 2.600 centros educativos católicos, más de 1.500.000 alumnos, 500.000 niños en catequesis cada año. Si la Conferencia Episcopal nos dice que se dedican en España al año 8,3 millones de horas a la catequesis, y el resultado es que la gente se hace agnóstica y atea cada vez a mayor velocidad, a lo mejor habría que cerrar parroquias y colegios, universidades y centros sociales, vestirnos de saco y ceniza y mesarnos los cabellos mientras pedimos perdón a Dios por nuestra inutilidad.
Pues nada, sigamos así. ¿La Iglesia? Bien, gracias. Lo único, esos grupos de conservadores que ponen trabas a la auténtica evangelización. Si no fuera por su resistencia qué digo 25 % de ateos, estábamos ya lo menos por el 40 %. Pero todo se andará.
Santisímo nombre de Jesús

Jesús, Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo, tanto amas a la humanidad que no sólo te rebajas a hacerte hombre, sino que eres el manso cordero que cargas con los pecados de todos nosotros.
¡Gracias por el don de tu humildad, tu misericordia y tu perdón!
Quiero que mi vida de cada día esté limpia de pecado, nunca indigna de un discípulo tuyo.
Te pido que toda mi existencia transcurra siempre en tu compañía, y las últimas palabras sean repetir tu santísimo Nombre, JESÚS, el Nombresobretodonombre.
Por el mismo Jesúcristo, Nuestro Señor. Amén
¡Gracias por el don de tu humildad, tu misericordia y tu perdón!
Quiero que mi vida de cada día esté limpia de pecado, nunca indigna de un discípulo tuyo.
Te pido que toda mi existencia transcurra siempre en tu compañía, y las últimas palabras sean repetir tu santísimo Nombre, JESÚS, el Nombresobretodonombre.
Por el mismo Jesúcristo, Nuestro Señor. Amén
lunes, 2 de enero de 2017
Necrológica Diocesana
Falleció en la noche del 1 al 2 de Enero de 2017 el Rvdo. Sr. D. Juan Manuel Suarez Menéndez
Nació en Priero (Salas) el 1 de mayo de 1954
Cursó sus estudios de filosofía y teología en el Seminario Metropolitano de Oviedo
Ejerció el diaconado en la Parroquia del Santísimo Cristo de la Carriona Avilés (1978-1979)
Fue ordenado sacerdote por Monseñor Díaz Merchán el día 20 de mayo de 1979 en la Iglesia Parroquial de Santo Tomás de Cantorbery de Avilés, junto con su condiscípulo D. Adolfo Mariño Gutiérrez.
Entre sus destinos pastorales han estado:
Ecónomo de Grandas de Salime, con su filial de Vitos, así como encargado de Santa María de Trabada y su filial de Santa Mª Magdalena de Peñafuente (1979-1983)
Encargado de Santa María de Laviarón (198-1983)
Coadjutor de San Martin del Rey Aurelio -Sotrondio- (1983-1988)
Párroco de San Juan de Campo de Caso, San Bartolomé de Orlé, Santa Mª Magdalena de Pendones. San Salvador de Sobrecastiello-Bezanes y San Pedro de Tarna (1988- 1991)
Párroco de San Agustín del Polígono -Avilés- (1991 -1998)
Párroco de San Pablo (La Argañosa) -Oviedo- (1998-2001)
Párroco de San Martín de Laspra (Santa Mª Madre de la Iglesia) -Piedras Blancas- (Desde 2001 hasta su fallecimiento)
Así mismo, fue Vice-Arcipreste de Avilés (2003-2004); Arcipreste de Avilés (2004-2013) y miembro del Consejo de Pastoral Diocesano, como representante de los arciprestes de la entonces Vicaria Norte. Actualmente era el Delegado de Cáritas para el Arciprestazgo de Avilés.
Tras semanas alejado del ministerio pastoral por el agravamiento de su enfermedad, se retiro al domicilio familiar de Salas, ingresando posteiormente en el Hospital Universitario Central de Asturias, cuando la situación ya era crítica.
Su funeral de cuerpo presente será en la Iglesia de Piedras Blancas mañana día 3 a las 12 del mediodía y a continuación sus restos mortales serán trasladados a su pueblo natal de Priero (Salas) dónde se oficiará otro funeral a las cuatro de la tarde, antes de recibir cristiana sepultura en el cementerio parroquial.
D. E. P.
La reforma de la Iglesia no es cosmética; es un deber de fidelidad al Evangelio
(Editorial Ecclesia) Uno de los discursos eclesiales más esperados de cada año es el que el Papa dirige a la Curia en las vísperas de la Navidad. El de este año fue el jueves 22 de diciembre y de él ofrecemos una amplia información en nuestras páginas 32 y 33 de hoy. La reforma de la Curia —y desde ella, la reforma de la Iglesia— fue el tema central de la larga intervención de Francisco (su versión íntegra ocupará siete páginas del próximo número de ecclesia). ¿Qué es lo que ha dicho el Papa? ¿Cuál es su alcance?
En primer lugar, Francisco, que hizo desde el primer momento de su elección papal —hace ya casi cuatro años— de la reforma de la Iglesia una de sus principales causas y objetivos, señala taxativamente que «la reforma de la Curia no es un lifting» y que «no debemos temer a las arrugas, sino a las manchas». Y ello se debe, ante todo, a la verdadera necesidad de que siempre y también en esta presente de la historia la Iglesia sea fiel a Jesucristo, su único Señor. La reforma es un deber y solo es factible desde la reforma de los corazones y de las actitudes y de los hechos, desde la conversión personal, comunitaria y pastoral.
La frase latina «Ecclesia semper reformanda» («La Iglesia siempre debe ser reformada») es un clásico, acuñada como tal ya desde tiempos de san Agustín de Hipona. Y su necesidad se ha hecho especialmente visible y sensible en épocas de crisis, tanto internas como externas. Y no lo olvidemos ni dudemos, la nuestra es una época de crisis y de cambios vertiginosos. Es más, con palabras de Francisco, «vivimos en una época no solo de cambios, sino en un cambio de época».
En tercer lugar, que la reforma de la Curia —y con ella la reforma de la Iglesia—, en la voluntad y en el ejemplo de Francisco, va en serio, es una obviedad. Y ello implica y demanda la necesidad de que todos, pastores y fieles, tomemos conciencia y estemos dispuestos a secundarla, asumirla como propia, enriquecerla e implementarla. Por esto, las resistencias activas o pasivas —algunas inclusas «maliciosas nacidas de mentes distorsionadas»— a la misma sean una actitud no solo equivocada, sino hasta suicida, absurda y poco propia del sentir eclesial.
¿Cuáles son los criterios con los que, según Francisco, en su discurso del 22 de diciembre, se ha de efectuar la reforma? El Papa cita y glosa expresamente ¡nada menos que doce criterios! Y, además, básicos, previos a ellos creemos que son también nuestras reflexiones precedentes y dos más, presentes asimismo en el discurso papal: la humildad y la lucha contra la mundanidad. Sin humildad no solo no habrá reforma verdadera, sino que tampoco hay auténtica vida eclesial y cristiana. Y tampoco hay reforma de la Iglesia ni del cristianismo, si no se combate «la lógica mundana, del poder, del comando, de la lógica farisea y determinista».Los doce criterios-guía enunciados por Francisco arrancan con la individualidad, es decir, con la conversión personal. «La verdadera reforma es la de las personas. La conversión personal soporta y refuerza la comunitaria. Una sola persona puede hacer tanto bien a todo el cuerpo, o dañarlo mucho». Pastoralidad y misionalidad son los dos siguientes criterios. Jesús, el Buen Pastor que busca a toda la grey y da su vida por ella, es el único modelo de la Iglesia.
Racionalidad y funcionalidad son los siguientes criterios, a los que acompaña, ya como sexto, la modernización o «aggiormamento» (puesta al día). Sobriedad, que significa austeridad, simplificación, no solapamiento, es el séptimo criterio, al que siguen otros tres, bien claros, necesarios y radicalmente eclesiales: subsidiariedad, sinodalidad y catolicidad o universalidad. Este último criterio conlleva asimismo el deber, no por puras razones de conveniencia, moda o necesidad mundana, dar paso «a un número mayor de fieles laicos, especialmente donde pueden ser más competentes que los clérigos o consagrados», poniendo así de relieve el gran valor de la mujer y el laico y de la multiculturalidad.
Por fin, Francisco ofrece dos otros criterios de oro: la profesionalidad —esto es, capacitación, reciclaje, formación permanente y acabar con el cáncer del «promoveatur ut amoveatur»…— y la gradualidad, que siempre requiere discernimiento y oración. Manos, pues, a la obra. A todos concierne y de todos depende.
«A mí nunca nadie me trató tan bien ni con tanto respeto como Ratzinger»
MIGUEL ÁNGEL CADRECHA
Doctor en Teología, su tesis fue la última que dirigió Benedicto XVI
(Javier NEIRA/ lne)
La última tesis doctoral que dirigió en 1977 en la Universidad alemana de Ratisbona el catedrático Joseph Ratzinger -el -actual Papa Benedicto XVI- recién ordenado arzobispo de Múnich, fue la del asturiano Miguel Ángel Cadrecha Caparrós, doctor en Teología, licenciado en Ciencias de la Educación, en Historia, en Filosofía y maestro. Por si fuera poco, en Oviedo Gustavo Bueno le dio matrícula de honor «y sé que dijo que había sido su mejor alumno aunque, lástima, no discípulo», comenta ahora. Cadrecha es profesor de adultos en el Fontán y de los cursos de posgrado de Comillas y San Pablo CEU. Gijonés del barrio del Carmen, afincado en Oviedo desde hace muchos años, colabora con Leoncio Diéguez en la «Schola Cantorum» de la Catedral y se declara católico, practicante y confesante. Esta entrevista se realizó ayer por la mañana en una cafetería de Oviedo y...
-¡Hombre, cerveza Bischofshof!
-¿Por qué lo dice?
-No es frecuente aquí. Es bávara, muy antigua, de 1649. Es la cerveza del Obispado de Ratisbona; casi todas las cervezas alemanas son de origen eclesiástico. Con las ganancias de la cervecería costean el antiguo colegio «Los Escoceses». Ahí residí. Cada alumno tenía derecho a una jarra de cerveza al día. Y es que era considerada alimento, no bebida. Era la comida. En ese colegio me alojó Ratzinger y estuve cinco años.
-A ver...
-Llegué a Múnich en 1972, tres días antes de la festividad de Santiago. Telefoneé a Ratzinger, hablamos en francés. Me había enviado a un señor para recogerme en el aeropuerto. Me dijo que tres o cuatro días después de instalarme lo fuese a ver. Era exquisito, con detalles así. Era el tiempo de las Olimpiadas de Mark Spitz. Dos años después también estaba allí cuando los Mundiales de fútbol y aquella final que Alemania ganó a Holanda. Ratisbona está a hora y cuarto en tren desde Múnich. Me recibió en su casa. Ya me tenía reservada una habitación en «Los Escoceses».
-¿Cómo era entonces?
-Ratzinger era un verdadero maestro de teología dogmática católica. En la Facultad de Teología hay dos ramas, una católica y otra protestante. Algunas asignaturas, como Escritura, son comunes. Por cierto, Ricardo Blázquez, obispo de Bilbao, hizo allí la tesis sobre Pannenberg. Los presenté yo. Venía desde España a través de un amigo de don Carlos Osoro.
-¿Iba a sus clases?
-Los cuatro doctorandos íbamos si queríamos a sus clases de licenciatura y nos reunía una mañana entera cada quince días. También hacíamos informes. Le ayudaba con libros en castellano. Ya conocía al teólogo asturiano Juan Luis Ruiz de la Peña, que me había dado clase en Oviedo y que influyó para que estudiase con Ratzinger. A través de mí se conocieron más. Mi tesis se tituló «San Juan de la Cruz. Una eclesiología de amor».
-¿Cercano?
-A mí nunca nadie me trató tan bien ni con tanto respeto como Ratzinger. Me acogió con una deferencia y educación increíbles facilitándome la residencia y la matrícula para aprender alemán, y siempre estaba pendiente de si tenía necesidades de tipo económico. No lo hacían por mí ni los españoles.
-Ya tenía un gran prestigio como teólogo.
-Sí, ya tenía un gran prestigio y como, además, era muy sencillo, lo quería mucho todo el mundo. Cuando llegué, era el decano de la Facultad de Teología, un cargo electo. Los domingos iba a misa a las nueve de la mañana a la catedral con su hermana María. Como cualquier fiel. Creo que lo hacía por disciplina, para estar sintonizado con el obispo. Y eso que tenía que recorrer más de media hora en coche, en un Volkswagen, porque tenía que atravesar toda la ciudad. En la última época nos veíamos una vez a la semana tomando té; a veces contactábamos con Rahner, que estaba en Múnich. También Balthasar estaba en Múnich. Y el padre Sala. Allí los profesores prestigian a las universidades, no al revés.
-Los mejores teólogos del siglo XX, en un pañuelo.
-Baviera es la reserva católica de Alemania tras la línea Rhin-Danubio. A un lado, católicos, y al otro, protestantes. La zona romanizada, católicos. El obispo de Ratisbona, Michael Buchberger, es el fundador del Espasa de la Teología que se conoce en abreviatura como LThK. Es la Enciclopedia Británica de la Teología. En Ratisbona está también la gran editorial religiosa. En Colonia estaba asimismo Lehmann.
-¿Cómo eran sus lecciones?
-Un alumno tomaba apuntes. Se pasaban a máquina. Se entregaban a Berta, su secretaria, y se los pasaba. Los revisaba o se los daba a mirar a un asistente, corregían alguna duda y eran devueltos. Tenía cinco colaboradores: dos secretarias, dos asistentes y un ayudante. De ahí salió entonces la «Pequeña Teología Dogmática» que escribió con Auer. Cuando iba a leer la tesis, lo nombraron arzobispo y, al poco, cardenal; así que la defendí en el Arzobispado de Múnich, algo insólito.
-¿Se entendían bien?
-Era tan respetuoso que usaba una fórmula retórica antigua; me indicaba: «yo le diría que pasase por mi casa a tomar el té...». Al principio, con ese condicional, lo interpretaba mal y contestaba que no, que tenía que ir a jugar al fútbol o lo que fuese. Hasta que me advirtieron de que cuando decía las cosas así, en realidad, estaba dando una orden con cortesía. Nunca imponía. Sólo sugería.
-Cuente una anécdota.
-Rahner pasó veranos, al menos dos, en Gijón, en la Iglesiona, en la residencia de los jesuitas. Y yo soy gijonudo. Conocía la «Summa Teológica» de Comillas. Se la recomendó de aquella a Ratzinger y yo se la conseguí. Dijo que era la mejor después de la de Santo Tomás.
-Otra.
-Una vez, debatiendo sobre la Creación, surgió lo de siempre: que si era obra de Dios, no podía ser mala. Salió a cuento la teoría creacionista, el Big Bang de Lemaître que tanto gustó a Pío XII hasta que Lemaître le dijo que hablaba como científico, no como teólogo. Bueno, pasar del Universo estacionario al Big Bang abría puertas. Yo sostenía, y tuve cierto eco en España, la idea escotista de que tenemos el mejor universo posible. ¿Usted es escotistas?, me dijo Ratzinger. Sí, no todo va a ser tomismo, contesté. Además, añadí muy serio, Asturias, de donde soy, está llena de manzanas. El Paraíso no estaba entre el Tigris y el Éufrates sino en Asturias. Y como nunca nos fuimos del paraíso, los asturianos no tenemos pecado original. Veinte años después me encontré con Isidro García Tato, que ahora dirige el Instituto Sarmiento en Santiago de Compostela y me dijo que se había visto con Ratzinger y que le había preguntado por mí, que le había dicho: ¿sigue pensando Miguel que no tiene pecado original? Y es que lo había creído al decirlo yo tan en serio. Tenía un punto de ingenuidad.
«Una vez afirmé que el Paraíso había estado en Asturias y que por eso los asturianos no teníamos pecado original, y Ratzinger creyó que lo decía en serio. Era un poco ingenuo»
«El Obispado de Ratisbona es el propietario de la cervecera Bischofshof, a los estudiantes nos daban cada día un litro de cerveza, que era considerada alimento»
(Javier NEIRA/ lne)
La última tesis doctoral que dirigió en 1977 en la Universidad alemana de Ratisbona el catedrático Joseph Ratzinger -el -actual Papa Benedicto XVI- recién ordenado arzobispo de Múnich, fue la del asturiano Miguel Ángel Cadrecha Caparrós, doctor en Teología, licenciado en Ciencias de la Educación, en Historia, en Filosofía y maestro. Por si fuera poco, en Oviedo Gustavo Bueno le dio matrícula de honor «y sé que dijo que había sido su mejor alumno aunque, lástima, no discípulo», comenta ahora. Cadrecha es profesor de adultos en el Fontán y de los cursos de posgrado de Comillas y San Pablo CEU. Gijonés del barrio del Carmen, afincado en Oviedo desde hace muchos años, colabora con Leoncio Diéguez en la «Schola Cantorum» de la Catedral y se declara católico, practicante y confesante. Esta entrevista se realizó ayer por la mañana en una cafetería de Oviedo y...
-¡Hombre, cerveza Bischofshof!
-¿Por qué lo dice?
-No es frecuente aquí. Es bávara, muy antigua, de 1649. Es la cerveza del Obispado de Ratisbona; casi todas las cervezas alemanas son de origen eclesiástico. Con las ganancias de la cervecería costean el antiguo colegio «Los Escoceses». Ahí residí. Cada alumno tenía derecho a una jarra de cerveza al día. Y es que era considerada alimento, no bebida. Era la comida. En ese colegio me alojó Ratzinger y estuve cinco años.
-A ver...
-Llegué a Múnich en 1972, tres días antes de la festividad de Santiago. Telefoneé a Ratzinger, hablamos en francés. Me había enviado a un señor para recogerme en el aeropuerto. Me dijo que tres o cuatro días después de instalarme lo fuese a ver. Era exquisito, con detalles así. Era el tiempo de las Olimpiadas de Mark Spitz. Dos años después también estaba allí cuando los Mundiales de fútbol y aquella final que Alemania ganó a Holanda. Ratisbona está a hora y cuarto en tren desde Múnich. Me recibió en su casa. Ya me tenía reservada una habitación en «Los Escoceses».
-¿Cómo era entonces?
-Ratzinger era un verdadero maestro de teología dogmática católica. En la Facultad de Teología hay dos ramas, una católica y otra protestante. Algunas asignaturas, como Escritura, son comunes. Por cierto, Ricardo Blázquez, obispo de Bilbao, hizo allí la tesis sobre Pannenberg. Los presenté yo. Venía desde España a través de un amigo de don Carlos Osoro.
-¿Iba a sus clases?
-Los cuatro doctorandos íbamos si queríamos a sus clases de licenciatura y nos reunía una mañana entera cada quince días. También hacíamos informes. Le ayudaba con libros en castellano. Ya conocía al teólogo asturiano Juan Luis Ruiz de la Peña, que me había dado clase en Oviedo y que influyó para que estudiase con Ratzinger. A través de mí se conocieron más. Mi tesis se tituló «San Juan de la Cruz. Una eclesiología de amor».
-¿Cercano?
-A mí nunca nadie me trató tan bien ni con tanto respeto como Ratzinger. Me acogió con una deferencia y educación increíbles facilitándome la residencia y la matrícula para aprender alemán, y siempre estaba pendiente de si tenía necesidades de tipo económico. No lo hacían por mí ni los españoles.
-Ya tenía un gran prestigio como teólogo.
-Sí, ya tenía un gran prestigio y como, además, era muy sencillo, lo quería mucho todo el mundo. Cuando llegué, era el decano de la Facultad de Teología, un cargo electo. Los domingos iba a misa a las nueve de la mañana a la catedral con su hermana María. Como cualquier fiel. Creo que lo hacía por disciplina, para estar sintonizado con el obispo. Y eso que tenía que recorrer más de media hora en coche, en un Volkswagen, porque tenía que atravesar toda la ciudad. En la última época nos veíamos una vez a la semana tomando té; a veces contactábamos con Rahner, que estaba en Múnich. También Balthasar estaba en Múnich. Y el padre Sala. Allí los profesores prestigian a las universidades, no al revés.
-Los mejores teólogos del siglo XX, en un pañuelo.
-Baviera es la reserva católica de Alemania tras la línea Rhin-Danubio. A un lado, católicos, y al otro, protestantes. La zona romanizada, católicos. El obispo de Ratisbona, Michael Buchberger, es el fundador del Espasa de la Teología que se conoce en abreviatura como LThK. Es la Enciclopedia Británica de la Teología. En Ratisbona está también la gran editorial religiosa. En Colonia estaba asimismo Lehmann.
-¿Cómo eran sus lecciones?
-Un alumno tomaba apuntes. Se pasaban a máquina. Se entregaban a Berta, su secretaria, y se los pasaba. Los revisaba o se los daba a mirar a un asistente, corregían alguna duda y eran devueltos. Tenía cinco colaboradores: dos secretarias, dos asistentes y un ayudante. De ahí salió entonces la «Pequeña Teología Dogmática» que escribió con Auer. Cuando iba a leer la tesis, lo nombraron arzobispo y, al poco, cardenal; así que la defendí en el Arzobispado de Múnich, algo insólito.
-¿Se entendían bien?
-Era tan respetuoso que usaba una fórmula retórica antigua; me indicaba: «yo le diría que pasase por mi casa a tomar el té...». Al principio, con ese condicional, lo interpretaba mal y contestaba que no, que tenía que ir a jugar al fútbol o lo que fuese. Hasta que me advirtieron de que cuando decía las cosas así, en realidad, estaba dando una orden con cortesía. Nunca imponía. Sólo sugería.
-Cuente una anécdota.
-Rahner pasó veranos, al menos dos, en Gijón, en la Iglesiona, en la residencia de los jesuitas. Y yo soy gijonudo. Conocía la «Summa Teológica» de Comillas. Se la recomendó de aquella a Ratzinger y yo se la conseguí. Dijo que era la mejor después de la de Santo Tomás.
-Otra.
-Una vez, debatiendo sobre la Creación, surgió lo de siempre: que si era obra de Dios, no podía ser mala. Salió a cuento la teoría creacionista, el Big Bang de Lemaître que tanto gustó a Pío XII hasta que Lemaître le dijo que hablaba como científico, no como teólogo. Bueno, pasar del Universo estacionario al Big Bang abría puertas. Yo sostenía, y tuve cierto eco en España, la idea escotista de que tenemos el mejor universo posible. ¿Usted es escotistas?, me dijo Ratzinger. Sí, no todo va a ser tomismo, contesté. Además, añadí muy serio, Asturias, de donde soy, está llena de manzanas. El Paraíso no estaba entre el Tigris y el Éufrates sino en Asturias. Y como nunca nos fuimos del paraíso, los asturianos no tenemos pecado original. Veinte años después me encontré con Isidro García Tato, que ahora dirige el Instituto Sarmiento en Santiago de Compostela y me dijo que se había visto con Ratzinger y que le había preguntado por mí, que le había dicho: ¿sigue pensando Miguel que no tiene pecado original? Y es que lo había creído al decirlo yo tan en serio. Tenía un punto de ingenuidad.
«Una vez afirmé que el Paraíso había estado en Asturias y que por eso los asturianos no teníamos pecado original, y Ratzinger creyó que lo decía en serio. Era un poco ingenuo»
«El Obispado de Ratisbona es el propietario de la cervecera Bischofshof, a los estudiantes nos daban cada día un litro de cerveza, que era considerada alimento»
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