Nos reunimos hoy en este Domingo XXIX del Tiempo Ordinario en una circunstancia de inmensa alegría y de profunda responsabilidad eclesial. Este año, nuestra celebración coincide con el centenario de la fundación de la Jornada Mundial de las Misiones (DOMUND), instituida en 1926. El lema que el Papa León XIV nos propone para esta efeméride histórica resuena con una fuerza singular: «Uno en Cristo, unidos en la misión». La Palabra de Dios que se proclama en este día no es un conjunto de lecturas aisladas; es un hilo conductor perfecto que nos ayuda a descifrar qué significa pertenecer enteramente a Dios y cómo esa pertenencia nos empuja, de manera inevitable, a la salida misionera. Hoy, la Escritura nos invita a levantar la mirada por encima de nuestras fronteras locales para comprender que la soberanía de Dios reclama la vida de cada ser humano, y que nosotros somos los encargados de llevar esa buena noticia hasta los confines de la tierra.
En la primera lectura, el profeta Isaías nos presenta una de las declaraciones más sorprendentes del Antiguo Testamento. Dios se dirige a Ciro, el rey de Persia, y lo llama su «Ungido». Ciro no pertenecía al pueblo de Israel; era un rey pagano que ni siquiera conocía al Dios verdadero, como repite el texto en dos ocasiones: «aunque no me conocías». Y, sin embargo, Dios lo toma de la mano, le abre las puertas y lo utiliza como un instrumento de liberación para que el pueblo exiliado en Babilonia pueda regresar a su tierra y reconstruir el Templo. ¿Qué nos enseña esto en clave misionera? Pues nos recuerda la verdad absoluta de que Dios es el único Señor de la historia y del universo. Dios no está encasillado ni limitado a las fronteras de nuestra tierra, de nuestra cultura o de nuestra comodidad. Él actúa en los corazones y en las estructuras humanas más insospechadas. La misión de la Iglesia, y de manera especial en este DOMUND, nace precisamente de esta certeza: Dios ama y reclama para sí a toda la humanidad, de Oriente a Occidente. Los misioneros no van a los territorios de misión a "llevar a un Dios que no estaba", sino a descubrir y hacer explícita su presencia que ya estaba actuando en el sufrimiento y en la esperanza. La primera lectura nos desinstala; nos exige romper nuestros esquemas estrechos y reconocer que el deseo de Dios es que «sepan de Oriente a Occidente que no hay otro fuera de mí».
San Pablo, por su parte, inicia su primera carta a los Tesalonicenses con una bellísima acción de gracias: nos encontramos ante el escrito más antiguo de todo el Nuevo Testamento, el retrato de una comunidad cristiana que está naciendo en territorio pagano. Pablo elogia tres virtudes dinámicas que definen el ADN de la Iglesia: la actividad de su fe, el esfuerzo de su amor y la firmeza de su esperanza. Además, el Apóstol añade un detalle crucial para comprender la jornada de hoy: «cuando os anuncié nuestro evangelio, no fue solo de palabra, sino también con la fuerza del Espíritu Santo y con plena convicción». Y es que la misión no consiste en difundir una ideología o en convencer a otros con discursos humanos bien estructurados. El Papa nos recuerda en su mensaje que no anunciamos ideas, sino el amor fiel de Dios revelado en Jesucristo. La comunidad de Tesalónica se convirtió en un foco misionero porque la fe de sus miembros se traducía en obras de caridad concretas, y porque su testimonio estaba impregnado de la fuerza transformadora del Espíritu Santo. Ser «uno en Cristo» significa que nuestras comunidades parroquiales no pueden vivir replegadas sobre sí mismas. Una Iglesia que no es misionera es una Iglesia que se enferma y se asfixia. Al contemplar el esfuerzo de tantos misioneros y misioneras en este centenario, san Pablo nos invita a preguntarnos: ¿Es nuestra fe activa? ¿Nuestro amor está dispuesto al sacrificio por el hermano lejano?. ¿Y qué pasa con el cercano?...
El Evangelio de este domingo, por su parte, tomado del capítulo 22 de San Mateo nos habla de la trampa humana y la respuesta divina. Los fariseos y los herodianos —dos grupos enemigos que curiosamente se alían para atacar a Jesús— le tienden una trampa política y religiosa perfecta: «¿Es lícito pagar impuesto al César o no?». Si Jesús decía que sí, el pueblo lo consideraría un traidor a la Patria y un colaborador de los opresores romanos. Si decía que no, los herodianos lo denunciarían inmediatamente ante las autoridades de Roma como un rebelde sedicioso. La respuesta de Jesús desmonta por completo la hipocresía de sus interlocutores. Pide que le muestren la moneda del impuesto. Al tener el denario en la mano, les pregunta: «¿De quién son esta imagen y esta inscripción?». Ellos responden: «Del César». Y Jesús concluye con una frase inmortal que ha marcado la historia del pensamiento de Occidente: «Pues dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios». A menudo se ha interpretado este pasaje únicamente como la separación entre la Iglesia y el Estado, o entre la política y la religión. Aunque esta afirmación va mucho más allá, el mensaje de Jesús es muchísimo más profundo. Jesús está usando la lógica de la propiedad. Si la moneda lleva impresa la cara del emperador romano, significa que le pertenece a él y se le puede devolver. Pero entonces, ¿qué es lo que lleva la imagen de Dios y, por tanto, le pertenece exclusivamente a Él?. La respuesta está en las primeras páginas del Génesis. Cada hombre, cada mujer, cada niño de este planeta ha sido creado a imagen y semejanza de Dios. Nosotros somos la moneda de Dios. Llevamos su rostro acuñado en lo más profundo de nuestra alma y de nuestra dignidad. Por tanto, la respuesta de Jesús es un grito de liberación: el César, el Estado o los poderes económicos pueden exigir tributos materiales, pero ningún poder de este mundo tiene derecho a adueñarse de la vida, de la conciencia y del destino del ser humano, porque el hombre le pertenece por completo a Dios. Aquí es donde el Evangelio y la jornada del DOMUND se funden en una sola llamada urgente. En nuestro mundo actual, la imagen de Dios en el ser humano está siendo trágicamente desfigurada. Está desfigurada por las ideas, por la violencia, por la falta de esperanza en sociedades que viven como si Dios no existiera. Los misioneros y misioneras que la Iglesia envía a los territorios de misión no van simplemente a realizar una labor filantrópica u organizativa. Su misión principal es restaurar la imagen de Dios en la humanidad. Al anunciar que Cristo libera del pecado y de la desesperanza, y al construir escuelas, hospitales y parroquias, los misioneros devuelven a los pobres la conciencia de su dignidad inviolable como hijos de Dios.
Hoy, celebrar cien años del DOMUND nos exige una doble respuesta de conversión. Dar a Dios lo que es de Dios en nuestra vida. Reconocer que no somos dueños absolutos de nuestro tiempo, de nuestro dinero ni de nuestras cualidades. Todo lo que somos se lo debemos a Él. Somos llamados a unirnos a la misión universal. El Papa insiste en que en la Iglesia nadie sobra; la unidad es la condición de la misión y el amor es su esencia. Quienes estamos aquí no podemos viajar físicamente a las selvas, a las grandes periferias urbanas de Asia o a las aldeas de África, pero estamos llamados a participar de la misma misión a través de nuestra oración ferviente y de nuestra generosidad económica en la colecta de hoy. Esos recursos materiales se transformarán, gracias al Espíritu Santo, en canales de gracia y dignidad para las Iglesias más necesitadas. Pidamos a la Santísima Virgen María, Reina de las Misiones, que encienda en nuestros corazones el fuego del anuncio evangélico. Que no tengamos miedo de dar al César lo que le corresponde en nuestras responsabilidades ciudadanas, pero que defendamos y entreguemos con valentía nuestra vida entera a Dios, trabajando juntos para que todos los pueblos de la tierra reconozcan la imagen del Creador impresa en sus almas.







