martes, 3 de noviembre de 2026

Homilía del Santo Padre León XIV en la entrada monumental del Cementerio del Verano

Queridos hermanos y hermanas:

Nos hemos reunido para celebrar la Eucaristía en este lugar de oración y memoria, de afecto y esperanza. La ofrecemos en sufragio por los fieles difuntos, especialmente por quienes aquí descansan y por aquellos que cada uno de nosotros lleva en el corazón.

La conmemoración de los fieles difuntos, al día siguiente de la solemnidad de Todos los Santos, orienta nuestra oración. Nos dirigimos al Padre del cielo para que la vida de santidad y bienaventuranza, de la que ya gozan tantos hijos e hijas suyos, envuelva el alma de cuantos duermen el sueño de la paz.

Nuestra fe está iluminada por la Palabra que ha sido proclamada y que fortalece nuestra confianza en las manos de Dios. Estas —nos recuerda el libro de la Sabiduría— son capaces de custodiar eficazmente las almas de los justos: «Ningún tormento los alcanzará» (Sab 3,1). Esta es la promesa de salvación que, especialmente en este día, se convierte en el corazón de la súplica que elevamos al Señor de la vida por todos los fieles difuntos.

Que sus manos paternas y seguras los custodien eternamente, para que puedan gozar plenamente de esa pertenencia recíproca y vital que el Señor promete a su pueblo en el libro del Apocalipsis: «Ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos y será su Dios» (Ap 21,3). Nuestra oración intercede para que se realice esta comunión eterna de vida, prometida por el Buen Pastor a sus ovejas, que no perecerán jamás y que nadie arrebatará de su mano (cf. Jn 10,28).

Queridísimos hermanos, hemos escuchado el Evangelio de las Bienaventuranzas (Mt 5,1-12). Son como el autorretrato de Jesús, que él mismo pone a disposición de sus discípulos al proclamar: «¡Bienaventurados vosotros!» (v. 11). Las Bienaventuranzas son el camino hacia una vida plena y consumada, ya desde ahora y por toda la eternidad. Cuando las escuchamos proclamar en la liturgia —lo sabemos—, es el Señor resucitado quien nos habla. Y este anuncio de salvación que son las Bienaventuranzas resuena con particular fuerza espiritual en un cementerio, que es como un umbral entre el más acá y el más allá, entre la existencia terrena y el más allá que nos aguarda. Jesús resucitado nos dice: bienaventurados los que viven según este camino, porque de ellos es el reino de los cielos.

Entre las ocho Bienaventuranzas del Evangelio de Mateo hay una que hoy nos conmueve de manera especial: «Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados» (Mt 5,4). En este momento queremos rezar por cuantos han perdido recientemente a un ser querido; en particular, por aquellos a quienes la absurda violencia de la guerra se lo ha arrebatado. ¡Que las lágrimas de tantas madres, de tantos niños y de tantos ancianos conmuevan las conciencias de quienes tienen el poder de hacer callar las armas!

En el octavo centenario de la muerte de san Francisco de Asís, viene espontáneamente a la memoria la “bienaventuranza” que añadió al Cántico de las criaturas cuando comprendió que se acercaba su fin:

«Y por la hermana muerte: ¡loado, mi Señor!
Ningún viviente escapa de su persecución;
¡ay si en pecado grave sorprende al pecador!
¡Dichosos los que cumplen la voluntad de Dios!
¡No probarán la muerte de la condenación!».

Queridos hermanos y hermanas, la fe en Cristo nos dice que nuestro vínculo con los fieles difuntos no se ha interrumpido, sino que se ha transformado. Con la oración de sufragio acompañamos a nuestros seres queridos hacia la comunión plena con el Señor, esa comunión que ya pregustamos realmente aquí, en el sacramento de la Eucaristía. Animados por esta fe llena de esperanza, proseguimos nuestro camino terreno, a la espera del día en que él enjugará toda lágrima, cuando «ya no habrá muerte, ni duelo, ni llanto ni dolor, porque lo primero ha desaparecido» (Ap 21,4).

5 españoles hacen historia al ser beatificados como los primeros mártires por el matrimonio en EEUU


(Rel./ J.M.C.) “Hay cosas hoy en día por las que todavía vale la pena vivir y morir”. Así clausuraba el cardenal Frank Leo, arzobispo metropolitano de Toronto y legado pontificio, la ceremonia de beatificación de Fray Pedro de Corpa y sus cuatro compañeros franciscanos. Unas palabras que parecían relacionar las amenazas actuales sobre el matrimonio con el martirio que tuvo lugar durante la evangelización española a los indígenas Guale, en la actual Georgia.

El episodio, aún hoy recordado como heroico, comenzó a mediados de septiembre de 1597, cuando don Juanillo, cristiano bautizado y heredero del cargo de mico mayor (jefe del cacicazgo), exigió que se le permitiese contraer segundas nupcias, como era costumbre entre los Guale. Ante la negativa de Fray Pedro de Corpa, el indígena eliminó al fraile el 14 de septiembre. Sería el primero de los cinco franciscanos martirizados en las misiones Guale, sobreviviendo tan solo Francisco de Ávila, tras ser torturado.

El martirio como respuesta a la defensa de la fe y del matrimonio por los misioneros es una de las muchas razones que explican lo masivo e histórico del evento vivido el pasado 31 de octubre en el Centro de Convenciones de Savannah. Una fecha, 2026, y lugar, Estados Unidos, especialmente significativos, pues actualmente conmemoran el 800 aniversario del fallecimiento de San Francisco de Asís, fundador de la orden franciscana de los mártires, pero también el 250 aniversario de la independencia de EE.UU.

Según diversas fuentes presentes en el acto, los 9.000 asistentes provenientes de todo el mundo supusieron un récord de seguimiento para un evento de estas características.

Más de 200 clérigos, entre ellos frailes franciscanos de Nuestra Señora de Guadalupe, el cardenal Frank Leo, 31 obispos y arzobispos, más de 100 diáconos y seminaristas y el nuncio apostólico, se unieron a casi 200 miembros de los Caballeros de Colón, los Caballeros de Malta, los Caballeros y Damas del Santo Sepulcro y los Caballeros de Pedro Claver.

Todos ellos escuchaban las palabras del cardenal Frank Leo, que conmemoraba la fuerza y fe de los mártires para aceptar “la llamada a la santidad, que a su vez les llevó a aceptar la llamada a la vida consagrada, la llamada al sacerdocio sagrado, la llamada a la labor misionera, la llamada a evangelizar, la llamada a compartir y defender la fe y, en última instancia, la llamada a entregar su propia vida”.

Los mártires de Georgia también dieron testimonio de “la doctrina cristiana del matrimonio y se mantuvieron fieles a esa verdad divina hasta el derramamiento de su propia sangre”, agregó mientras remarcaba la naturaleza sagrada de la familia “fundada en la unión de alianza, sacramental e indisoluble de un hombre y una mujer”.

Por su parte, el el obispo de Savannah, Stephen Parkes, manifestó su convicción sincera de que, “por la intercesión del Beato Pedro de Corpa y sus cuatro compañeros, habrá un mayor respeto por la dignidad y el carácter del santo matrimonio”. “Que el testimonio de estos hombres santos inspire fidelidad entre los cónyuges llamados al vínculo de alianza del santo matrimonio y ayude a crear un compromiso renovado con el crecimiento de familias llenas de fe en el estado de Georgia y más allá”.

En ReL hemos seguido esta causa de beatificación con numerosas publicaciones, abordando la historia completa de lo ocurrido en Guale o incluso su celo apostólico y vinculación con la defensa actual del matrimonio. 

Recordamos brevemente el perfil de cada uno de los mártires, siguiendo los textos oficiales de su causa de beatificación:

Fray Pedro de Corpa

Fray Pedro nació hacia 1560 en la pequeña localidad de Corpa, en el territorio de la actual diócesis de Madrid-Alcalá. Ordenado sacerdote en la provincia franciscana de Castilla hacia 1584, partió de España el 21 de julio de 1587 para servir como misionero en el Nuevo Mundo, a bordo del mismo barco que fray Antonio de Badajoz.

Como uno de los religiosos más experimentados, fray Pedro fue destinado finalmente al poblado principal de Tolomato, donde fundó una misión y se dedicó a atender al pueblo guale, enseñándo la doctrina de Jesucristo y bautizando a quienes se sentían atraídos por la fe católica.

La crisis estalló cuando don Juanillo, cristiano bautizado e influyente heredero del cacicazgo guale, decidió tomar una segunda esposa, siguiendo la costumbre de su pueblo. Rechazando las enseñanzas del fraile sobre los compromisos adquiridos en el bautismo, Juanillo abandonó la misión y reunió a un grupo de guerreros.

El 14 de septiembre de 1597, mientras fray Pedro se preparaba para celebrar la misa dominical, los guerreros penetraron sigilosamente en su choza y lo abatieron a golpes de macana, unas contundentes mazas de madera.

Fue el primero de los cinco frailes que sufrieron el martirio.

Fray Blas Rodríguez de Cuacos

Fray Blas nació entre 1550 y 1560 en la localidad española de Cuacos, cerca de la frontera con Portugal. Sacerdote de la reforma descalza de la provincia alcantarina de San Gabriel de los Frailes Menores, llegó al Nuevo Mundo en 1590 y fue destinado al poblado de Tupiqui, próximo a la misión de fray Pedro de Corpa.

Ambos religiosos podían encontrarse de vez en cuando, lo que les brindaban la oportunidad de preguntarse sobre las cuestiones canónicas y pastorales que surgían al administrar los sacramentos a los indígenas instruidos en la doctrina cristiana, como las relacionadas con la costumbre de tener varias esposas.

Tras el martirio de fray Pedro, el grupo de guerreros continuó su marcha hasta la misión de Tupiqui. A fray Blas se le permitió celebrar la misa por última vez, después de lo cual fue atado con cuerdas y obligado a presenciar cómo los guerreros saqueaban la capilla.

Murió apaleado el martes 16 de septiembre de 1597.

Fray Miguel de Añón

En 1595, fray Miguel, sacerdote de la provincia franciscana de Castilla, respondió al llamamiento para servir en las misiones de La Florida. Aunque se desconoce el año exacto de su nacimiento, probablemente rondaba los cuarenta años cuando sufrió el martirio.

Tras embarcar en el mismo navío español que fray Francisco de Veráscola, se reunió con fray Antonio de Badajoz en la misión de Santa Catalina de Guale, situada en la actual isla de St. Catherines. 

Se esperaba que este enclave se convirtiera en un centro misionero ideal debido a su estratégica ubicación en el corazón de las islas costeras.

Pronto adquirió fama de hombre santo y venerable, dotado de una hermosa voz para el canto, y llegó a ser especialmente querido y respetado por los guales.

Cuando llegó el grupo de guerreros, los cristianos se mostraron reacios a matar al venerable sacerdote, y fue necesario que un guale no bautizado le asestara el golpe mortal.

Los cuerpos de fray Miguel y fray Antonio fueron enterrados apresuradamente en sepulturas poco profundas, mientras que la iglesia y el convento de la misión fueron incendiados.

Fray Antonio de Badajoz

Fray Antonio llegó al Nuevo Mundo procedente de España en 1587, a bordo del mismo barco que fray Pedro de Corpa.

Religioso lego de la provincia alcantarina de San Gabriel de los Frailes Menores, fue el único de los mártires de Georgia que no recibió la ordenación sacerdotal.

Tras pasar diez años en La Florida, había adquirido un excelente dominio de la lengua guale, por lo que ejerció como intérprete de fray Miguel de Añón cuando ambos fueron destinados a Santa Catalina de Guale.

La catequesis de los indígenas constituía una de sus principales prioridades, pero los frailes también tenían encomendada la tarea de recuperar la importancia de aquella misión, que había quedado prácticamente abandonada tras la retirada de los jesuitas en 1571.

Cuando el cacique local advirtió a los franciscanos de la llegada del grupo de guerreros, fray Antonio y fray Miguel decidieron permanecer junto al pueblo guale en la misión, en lugar de huir para ponerse a salvo.

Ambos sufrieron el martirio el miércoles 17 de septiembre de 1597.

Fray Francisco de Veráscola

Fray Francisco nació el 13 de febrero de 1564 en el actual barrio de Beraskola, perteneciente a Gordexola, en España.

Ingresó en la provincia franciscana de Cantabria y fue ordenado sacerdote en 1590. Fue uno de los doce franciscanos que se ofrecieron voluntarios para colaborar en las misiones de La Florida, partiendo hacia el Nuevo Mundo el 10 de junio de 1595, a bordo del mismo barco que fray Miguel de Añón.

Debido a su extraordinaria corpulencia, recibió el sobrenombre de "el gigante cántabro".

Solía participar en juegos y competiciones deportivas con los jóvenes guales y, ocasionalmente, ejercía como escolta de los visitantes que llegaban a la costa de Georgia.

A comienzos de 1597 acompañó a otro fraile en una expedición a La Tama, cerca de la actual ciudad de Macon, en Georgia. Su tamaño y fortaleza física causaron una profunda impresión entre los belicosos habitantes de aquella región.

En septiembre de 1597, mientras regresaba a su misión después de un viaje a San Agustín para aprovisionarse, fray Francisco fue víctima de una emboscada perpetrada por un grupo de guerreros guales, que consiguieron reducirlo.

Con tan solo 33 años, fue el más joven de los religiosos martirizados y el último fraile que murió como consecuencia del levantamiento de 1597.

lunes, 2 de noviembre de 2026

Hoja informativa del Cementerio Parroquial de Lugones 2026

 

MOVIMIENTO ECONÓMICO:


‐SALDO a 01/11/2025: 16.930´47€ 


‐INGRESOS por cuotas, servicios y colectas desde el 01/11/2025 al 31/10/2026: 22.064´00€ 


TOTAL INGRESOS: 38.994´47€

 

Observamos que servicios y colectas se mantienen estables o a la baja. Es importante regularizar y actualizar las cuotas los que no lo hayan hecho aún: Siguen en 10€/Nicho/año). De igual modo, algunos sólo se ponen al día cuando se les exige por la Funeraria Concesionaria de los servicios al ejercitar ‐por necesidad‐ el “Derecho de Uso”. Insistimos que los nichos que en el tiempo se observe que no abonan la cuota y/ó se encuentren en estado de “abandono” (material y económico) podrán ser intervenidos y puestos nuevamente a disposición parroquial ante la necesidad de nuevos enterramientos, trasladando los restos que hubiere en ellos -siempre con el debido decoro- al Osario Parroquial.


GASTOS: 


‐Como se anunció el año anterior, se ha procedido en este verano a la total rehabilitación con carga y pintado de TODAS las baterías y bloques, así como a la reparación y pintado del muro perimetral y aleros, Limpieza de canalones y arreglo de la Capilla. También se acometieron reparaciones por filtraciones en algunas cubiertas de algunos bloques interiores y en los perimetrales: 17.660´00€

 

-Drenajes y limpieza de desagües y alcantarillados   3.655´00€


‐Retrocesiones compensadas en las titularidades de nichos antiguos y saneamiento de estos para nueva disposición  9.850´00€


‐Materiales de limpieza ordinaria y de aceras 1.785´92€


TOTAL GASTOS: 32.950´92€


SALDO A 01/11/2026: 6.043´55€ 

 

Protocolo de recursos económicos y financiación:


A) ‐Cuotas y servicios; 

B) ‐Colectas de Funerales; 

C) ‐Aportaciones de la Parroquia 

D) –Créditos (si hiciesen falta)


 CUENTA CEMENTERIO: 

BANCO SANTADER (misma cuenta y oficina que cuando era “el Popular”): 

ES40 0075 0882 19 0600029256 (se debe pagar a nombre del titular, no de terceros, reseñando los nichos y adjudicatario real para la adecuada identificación y poder adjudicar debidamente el pago)

 

RECORDAMOS que el impago de la cuota puede dar lugar a la revocación del título del “Derecho de Uso” (quien abandona la obligación que conlleva un derecho, abandona también el propio derecho) y, en todo caso, no se atenderá ningún “servicio”, ni por la “Funeraria SAN PABLO” (Concesionaria de los servicios del Cementerio) ni por la Parroquia, que no esté al corriente de pago. Igualmente, TODAS las obras que se realicen en los nichos o en su entorno han de contar con el PERMISO ESCRITO de la Parroquia, titular y única administradora del Cementerio y sus nichos, y, en caso de su concesión, quedará el mismo condicionado al cumplimiento del criterio estético que recoge la normativa eclesiástica vigente, y que se reseña al reverso de los “Títulos o Escrituras.”


‐Funeraria San Pablo: (985 27 79 99) exigirá siempre para cualquier intervención en los nichos el Título (“Escritura”) del “Derecho de Uso” y los recibos de estar al corriente de pago de las anualidades del 2005 en adelante, así como el Permiso de Obras y la capacidad jurídica para intervenir en ellos.

 

ANTE CUALQUIER DUDA O ACLARACIÓN DIRIGIRSE AL DESPACHO PARROQUIAL: 

DE MARTES A VIERNES DE 18 A 19 HORAS; 

TF.985 26 04 14//URGENCIAS: 659 31 33 53

"Están en las manos de Dios", Memoria de los Fieles Difuntos. Por Joaquín Manuel Serrano Vila


La memoria de este día nos reúne en una de las celebraciones más íntimas y conmovedoras del año litúrgico. Nuestros corazones suelen traer hoy rostros concretos. Sentimos el peso de su ausencia y el dolor de la separación. La Iglesia no nos pide que callemos y aguantemos esa pena; Jesús mismo lloró ante la tumba de su amigo Lázaro. Sin embargo, nuestra tristeza no es la de quienes no tienen esperanza. La Palabra de Dios nos recuerda hoy que «las almas de los justos están en las manos de Dios y no los tocará tormento alguno» (Sab 3, 1). La muerte no tiene la última palabra. El amor de Dios es más fuerte que el sepulcro, y la cruz de Jesucristo ha destruido para siempre el reino de la muerte.

¿Por qué recordamos en la oración litúrgica a los que ya han muerto?. Rezamos porque creemos "en la Comunión de los Santos", como proclamamos en "el Credo". La Iglesia no se limita a quienes peregrinamos hoy en la Tierra; abraza también a quienes ya han cruzado la orilla. La celebración de hoy nos habla de la misericordia divina; muchos de nuestros seres queridos partieron con fragilidades, con tareas inconclusas o con heridas sin sanar. Dios, en su infinita ternura, ofrece un misterio de purificación —lo que la tradición llama Purgatorio—, un espacio de gracia donde el alma es despojada de todo rastro de egoísmo para poder contemplar a Dios cara a cara. Nuestra oración en esta jornada es un acto de profunda solidaridad y amor. Aliviamos la espera con el sacrificio de la eucaristía, y ofrecemos nuestras obras y oraciones por su eterno descanso. Con ello acortamos el puente que une el cielo y la tierra y, con la memoria de los fieles difuntos reavivamos nuestra esperanza peregrina del encuentro definitivo.

El Evangelio nos sitúa ante la promesa más rotunda de Jesús: «El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá». La resurrección no es un concepto abstracto ni una bonita metáfora para consolarnos; es una realidad fundada en un hecho histórico: ¡Cristo ha resucitado! Cuando depositamos flores en las tumbas o encendemos una vela, estamos haciendo una profesión de fe: esa luz representa a Cristo, la Luz del mundo, que ilumina las tinieblas del sepulcro. Cada nombre que recordamos hoy está inscrito en las palmas de las manos de Dios, y Él no olvida a ninguno de sus hijos.

Recordar a los fieles difuntos es también una gran lección para los vivos. Nos recuerda la brevedad de nuestra existencia terrenal y nos urge a preguntarnos: ¿Cómo estamos viviendo hoy?: La muerte de los que amamos nos invita a dejar de perder el tiempo en rencores, ambiciones vacías o egoísmos cotidianos. Nos urge a amar más, a perdonar antes, a abrazar con más fuerza y a sembrar el bien mientras caminamos por este mundo. La mejor manera de honrar a nuestros difuntos es viviendo una vida santa, noble y entregada, siguiendo el legado de fe y amor que ellos nos dejaron.

Le pedimos al Señor de la vida y Resucitado que las almas de todos los fieles difuntos, por la misericordia de Dios, descansen en paz. Amén.

domingo, 1 de noviembre de 2026

Entrevista al Sr. Arzobispo de Oviedo en Lne. Monseñor Sanz Montes: "Quienes entraron indebidamente en Ceuta deben regresar a sus lugares de origen"

(Lne/ Pablo Tuñón) De verbo directo y convicciones firmes, Jesús Sanz Montes no rehúye de ningún frente. El arzobispo de Oviedo defiende sus posiciones sobre la inmigración y el papel público de la Iglesia, aborda las relaciones con los dirigentes políticos asturianos y analiza el futuro de las parroquias, el papel de las mujeres y las vocaciones. También deja espacio para la autocrítica.

Va camino de diecisiete años al frente de la Iglesia asturiana. ¿Qué es lo que más le preocupa hoy de esta tierra y de sus habitantes?

Me preocupa lo mismo que a cualquier ciudadano: las personas que todavía no han podido empezar a trabajar o que pierden prematuramente su empleo; las listas de espera, a veces interminables, de quienes necesitan una prestación médica; el futuro de nuestros niños y jóvenes cuando el horizonte se vuelve turbio; la serenidad de nuestros mayores, enfermos o ancianos, cuando ven peligrar su estabilidad en el tramo final de su vida. También me preocupa la enseñanza cuando, en lugar de entenderse como un acompañamiento educativo, se convierte en un arma arrojadiza desde cualquier ideología. Pero también encuentro motivos de esperanza cuando veo personas que no han tirado la toalla, que siguen luchando y tienen razones para construir una sociedad mejor que la que estamos heredando.

Entre esas preocupaciones estará también la vivienda... ¿Cómo puede contribuir la Iglesia?

Siempre he dicho que la solidaridad es una versión laica de la caridad cristiana. La caridad, si no es solidaria, no es caridad. Y la solidaridad, si no tiene caridad, puede terminar convirtiéndose en una ideología. Jesús tiene palabras en el Evangelio sobre la acogida al extranjero y a quien no tiene techo. Son palabras que comprometen a los cristianos y que mantienen toda su vigencia. Ahora bien, la solidaridad que abre una casa y acoge a un extranjero no significa que todo el mundo pueda caber en ella. Yo dije que no todos caben porque los espacios son limitados. Y, dentro de ese "no todos caben", quizás tampoco todos sean bienvenidos. Si vienen huyendo de hambrunas, injusticias, dictaduras o riesgos para sus vidas, habrá que ensancharse para dar cabida a esas personas. Pero si vienen con delitos de sangre a sus espaldas, con violaciones o con pretensiones radicales que pueden ser incluso terroristas, es mejor que no entren. Son bienvenidos quienes se integran y a quienes podemos acoger dignamente. No se trata solamente de abrir las puertas, sino de ofrecer un futuro de trabajo, vivienda y escolarización, siempre que exista una integración en nuestra sociedad.

Sus declaraciones sobre la inmigración y lo sucedido en Ceuta fueron muy polémicas. ¿Cree que pudo resultar hiriente emplear algún término como "morito"?

El término "morito" lo tuve que explicar incluso a algún compañero. La palabra "moro" procede del griego "mauros", que significa oscuro. En su origen es descriptiva, no un apelativo despectivo o humillante. Decir "morito", como decir "asturianín" o "españolito", no tiene más intención ni significado. Otra cosa es que se quiera retorcer el significado o se ignore la etimología, que es lo que creo que sucedió.

Pero tres de cada cuatro hogares atendidos por Cáritas en Asturias estaban formados por personas migrantes. ¿Cree que en Cáritas comparten plenamente sus posiciones?

Cuando he explicado lo que acabo de explicar, algunos me han dicho que eso no lo sabían, que no entendían por qué se les había contado una cosa distinta de lo que realmente había dicho. Mi relación con Cáritas es excelente, como no puede ser de otra manera, y existe un acompañamiento responsable por mi parte. Cáritas es la expresión más amable de la solicitud de la Iglesia. Es uno de los tres pilares que permiten reconocer a una comunidad cristiana: la liturgia, la formación y la atención a quienes están necesitados. Y esa atención va mucho más allá de un ropero o de una campaña de recogida de alimentos. Hay muchas realidades educativas y sociales que permiten acoger responsablemente a quienes llaman a nuestra puerta.

El papa León XIV pidió prestar especial atención a los menores migrantes. ¿Cómo trasladaría ese mensaje a Ceuta?

Yo estaba en Canarias cuando el Papa tuvo ese gesto precioso de dirigirse a las personas que llegaban en cayucos, algo que ya había querido hacer Francisco y que no pudo llevar a cabo por sus problemas de salud. Les dedicó palabras muy cariñosas y acogedoras, pero también exigentes. Venía a decir que hay que acogerlos, pero que ellos también tienen que dejarse acoger. Hay que abrir nuestras puertas en la medida de nuestras posibilidades y ellos también tienen que saber integrarse. De lo contrario, no estamos hablando de una razonable acogida cristiana, sino de una invasión que estamos sufriendo. Ceuta tiene unos 80.000 habitantes. Si de pronto entrase una cantidad equivalente de personas, se romperían las costuras de esa pequeña ciudad. ¿Por qué entran? ¿Por dónde? ¿Qué hay detrás? Son preguntas que llevan meses presentes en el debate político y que todavía no se han resuelto.

¿Qué habría que hacer con los inmigrantes irregulares que aún permanecen en Ceuta?

Entiendo que quienes han entrado indebidamente deberían regresar a sus lugares de procedencia. Una invasión es un forzamiento de una realidad. Podemos compararlo con una casa. Cuando alguien llama a tu puerta y te explica que tiene un problema y necesita ayuda, lo escuchas, lo acoges y, si puedes, lo ayudas. Pero es muy distinto que alguien dé una patada a tu puerta, se instale en tu casa y, además, en ocasiones, cometa fechorías. A esas personas hay que invitarlas, de la mejor manera posible, a que salgan por donde entraron y a que, si quieren beneficiarse de nuestra buena voluntad y de nuestra caridad cristiana, lo planteen de otra manera. Ceuta ha sido históricamente un ejemplo de multiculturalidad, de tolerancia y de convivencia entre culturas y religiones diferentes.

Hace unos días aseguró en el Senado que "hago política siempre que puedo". ¿Pero dónde está la frontera que no debe cruzar un arzobispo?

Agradecí inmensamente la invitación al Senado, una de las instituciones que representan la soberanía popular de nuestra nación. El debate de fondo era si Dios puede estar presente en nuestra sociedad o si debe considerarse un intruso al que hay que expulsar. En ese contexto dije que hago política siempre que puedo. Y añadí: "No hago partido, hago política". La palabra política viene del griego "polis", que significa ciudad. Como ciudadano, me siento llamado a construir respetuosamente esa ciudad y no renuncio a ello. No lo hago desde un programa político, porque no milito en ningún partido, sino desde unos valores a los que no puedo ni debo renunciar: la paz, la convivencia, la verdad, la libertad, la vida y la familia. Son valores que nos recuerdan determinadas líneas rojas que no deberían traspasarse. Cuando basas tu aportación en la mentira, de ahí saldrá una mala política que intentará engañarnos. Tampoco podemos utilizar la historia de un pueblo como un arma para reabrir heridas que estaban cicatrizadas, sencillamente para jalear el ambiente y volver a enfrentar a una sociedad. En España tenemos experiencia de lo que eso puede significar.

¿Le preocupa la polarización? Hay quien podría decirle que usted también contribuye a ella.

La polarización siempre es preocupante. Es una mirada corta y mezquina, la de quien se queda en uno de los polos, omitiendo o incluso destruyendo el resto de la realidad. La vida es mucho más que un polo, tiene muchos matices. No es ni blanca ni negra, ni tampoco de un gris incoloro, sino que tiene una amplia gama cromática que debemos contemplar con inteligencia. La polarización no nos ayuda a convivir ni a construir una ciudad común. Y a quienes dicen que yo contribuyo a ella les pediría que me explicasen en qué. Si digo que creo en la verdad, en la paz, en la libertad y en la vida, y eso es polarización, pues lo siento. Es la aportación que responsablemente quiero y debo hacer.

En una homilía del año pasado pidió elecciones anticipadas. Ahora que están convocadas, ¿qué espera de ellas?

Espero que, sin ningún tipo de zancadillas ni trampas, pueda salir un gobierno capaz de afrontar los problemas y desafíos que tenemos en España de la mejor manera posible. Sin trampas y sin pretensiones inconfesables. Unas elecciones pueden ser limpias, con los ciudadanos ejerciendo libremente su derecho al voto, pero también puede haber pucherazos, trampas y campañas que no estén orientadas a solucionar los problemas reales de la gente, sino sencillamente a perpetuarse en la poltrona o a intentar ocuparla.

Ha sido muy crítico con Pedro Sánchez. ¿Entiende que haya ciudadanos que interpreten esas críticas como un posicionamiento suyo a la derecha?

No. Si invoco la verdad, la vida, la libertad, la convivencia, la familia o la educación, no estoy presentando un programa político, que no lo tengo. Cuando intervengo en una homilía cuido especialmente que el ambón no se convierta en una tribuna política. Tengo que evitar que se entienda que utilizo la explicación de la palabra de Dios para hacer política partidista. Yo jamás pongo nombres de personas ni siglas políticas. Son las personas que se sienten aludidas las que luego se retratan, no porque yo les haya hecho la fotografía. Estoy recordando valores que aprendo del Evangelio y de la tradición cristiana. Si hablo de la verdad, quienes mienten pueden sentirse incómodos. Si defiendo la vida, quienes propician la muerte de una persona no nacida o de una persona anciana o enferma terminal pueden sentirse aludidos. Pero no pretendo echar ningún pulso político porque, si quisiera hacerlo, me habría dedicado a otra cosa.

¿Y no le preocupa que los posicionamientos públicos de la jerarquía eclesiástica puedan alejar a creyentes que piensan diferente?

Si tuviera una visión electoralista o partidista, estaría haciendo encaje de bolillos para intentar que no se me fuera nadie y que se apuntaran más personas. Pero esa no es mi intención. Intento decir cosas que ayuden al pueblo del que soy responsable como pastor. Intento educar, acompañar e iluminar, no desde mis ideas personales, sino desde una tradición a la que pertenecemos. Si algunos, condicionados también por su propia ideología o su cercanía a alguna formación política, se sienten incómodos ante mis palabras y deciden alejarse, escandalizarse o afearme algunas expresiones, lo acepto deportivamente. Pero nada más.

¿Cree que se puede ser buen cristiano y votar a Pedro Sánchez?

Se puede ser buen cristiano si se vota la verdad, la convivencia, la paz, la vida y la libertad. Ese es el voto del buen cristiano. Si alguna persona o formación política transgrede o contradice esos valores, creo que un buen cristiano debería elegir a quienes estén más cerca de lo que es la moral cristiana. A nosotros, como pastores, no nos corresponde hacer un juicio político, sino un juicio moral. Y es desde ahí desde donde podemos pronunciarnos. De hecho, la Conferencia Episcopal está preparando una nota que espero que se publique antes de las elecciones.

Ni Barbón ni Lastra acudieron otro año más a la misa de Covadonga, pero usted ha señalado que mantiene una relación cordial con ellos...

Es una relación institucionalmente correcta. Cuando nos vemos, mantenemos el trato que corresponde a nuestras respectivas responsabilidades. Ellos representan lo que representan desde sus formaciones políticas y sus cargos públicos, y yo represento a una comunidad católica numerosísima. Esa es la relación institucional que mantenemos. Hablar del grado de amistad o de cuántas veces nos vemos en privado creo que no viene al caso.

¿Pero cree que sería bueno que volvieran a la misa de Covadonga?

Sería bueno. Cuando me invitan a un acto de la judicatura, del Parlamento asturiano o de cualquier ayuntamiento, acudo porque estoy representando a un colectivo importante, que tiene mucho que decir en los campos de la cultura, la educación, el arte o la religión. No podría responder a un alcalde que no voy porque no pertenezco a su partido. Entiendo que quienes tienen grandes responsabilidades públicas representan a una sociedad a la que le gusta que sus representantes participen en determinados acontecimientos. Cuando entran en la Catedral o en la basílica de Covadonga no les pedimos que reciten el credo ni les hacemos un examen de catequesis. Sencillamente les damos la bienvenida porque participan institucionalmente en un acontecimiento importante para la sociedad. Sería bueno que fueran. Si no van, que expliquen ellos por qué no quieren ir.

La diócesis tiene 934 parroquias, pero un número de sacerdotes muy inferior. ¿Es sostenible el modelo de unidades pastorales que ha establecido?

Es un modelo que no hemos implantado solamente en Asturias, sino que también existe en otras diócesis españolas y de nuestro entorno. Hasta hace no tantos años, el cura lo era todo. Pero la vida nos ha impuesto una lección para la que quizás no estábamos preparados: ni el obispo, ni el Papa, ni los sacerdotes lo somos todo. Hemos descubierto, quizás por imperativo de la realidad, que lo verdaderamente importante es el pueblo de Dios. Y ese pueblo tiene tres vocaciones básicas: los pastores, los religiosos y religiosas, y los laicos. Todos tenemos que empujar ese carro común que se llama Iglesia. Es una enseñanza saludable: el sacerdote no lo es todo y los laicos tienen una responsabilidad y una aportación preciosas. Con las unidades pastorales no estamos dibujando una nueva geografía diocesana, sino respondiendo a la realidad. Agrupamos las parroquias sin disolver ninguna y las atendemos mediante unidades pastorales presididas por un sacerdote o un diácono, con la participación de religiosas, cuando las hay, y de muchos laicos comprometidos.

Si la Iglesia tiene que apoyarse cada vez más en los laicos, ¿no debería reforzarse también el papel de las mujeres?

Evidentemente. El machismo ha hecho mucho daño a la Iglesia y a la sociedad entera. El varón machista ha sido muy injusto, muy violento y ha provocado muchos destrozos. Ahora bien, el machismo no se cura con el feminismo, porque en el fondo es pretender gestionar la misma injusticia desde la parte contraria. No aspiramos a un feminismo equilibrador, sino a una convivencia complementaria. El hombre y la mujer, siendo diferentes, están llamados a aportar cada uno su genialidad, desde sus características psicológicas, físicas, intelectuales y afectivas. Cuando conseguimos caminar juntos, la vida madura y se hace feliz. Pero si permanecemos en la trinchera machista o en la feminista, nunca saldremos de esa barricada que tanto daño nos sigue haciendo. La mujer está llamada a aportar ese don precioso que tiene, sin hacerlo contra el hombre, y el hombre no debe verla como una enemiga que viene a conquistarlo. Tenemos que construir juntos una historia común.

¿Percibe realmente un retorno de los jóvenes a la Iglesia o persiste la sangría de fieles?

Estamos comprobando ese retorno en los encuentros con el Santo Padre y en las visitas apostólicas que está realizando. Hay una generación que no tiene los prejuicios que quizás tuvieron generaciones anteriores. Son jóvenes que, como ellos mismos nos cuentan, muchas veces no sabían absolutamente nada de Dios. No es que tuvieran dificultades con la Iglesia o sospechas sobre ella, sino que sencillamente la desconocían. Se acercan con curiosidad, se hacen preguntas y escuchan las respuestas. Yo veo en esta generación muchas preguntas vivas a las que nadie les había presentado una respuesta. Cuando conocen a Jesús, su Evangelio y la tradición cristiana, especialmente la de los santos, algunos reconocen que les habían contado otra cosa o que ignoraban completamente esa historia. Y deciden quedarse. Estamos viendo adhesiones de jóvenes que no solamente regresan a la Iglesia, sino que entran en ella por primera vez.

¿Y se está notando ese interés de los jóvenes en las vocaciones?

En este momento tenemos 36 seminaristas. Cuando llegué a Asturias había ocho, una cifra que me llamó mucho la atención en una diócesis tan grande y con una historia tan importante. En estos años he ordenado a 54 sacerdotes, lo que considero un regalo enorme. Ahora tenemos a esos 36 jóvenes de diferentes edades en nuestro seminario, una cifra que no es pequeña para la realidad de nuestra diócesis. Además, como antiguo profesor universitario, me he concedido la satisfacción de dar clase a los del último curso. Para mí es un aliciente y para ellos también tiene su curiosidad tener al arzobispo de profesor. Estoy muy contento y esperanzado.

¿Qué cambios ha notado con León XIV respecto al pontificado de Francisco?

Son diferentes, como lo han sido todos los papas. Para empezar, pertenecen a generaciones distintas. León XIV tiene mi edad, nacimos en el mismo año, y eso me permite entender mejor el contexto generacional en el que se ha formado. No se trata solamente de la edad, sino también de la cultura, la formación y las experiencias humanas, familiares y eclesiales que van configurando a una persona. Todo eso hace que tengas una mirada diferente. No mejor ni peor, sino diferente. León XIV pone determinados acentos que difieren de los que ponía Francisco, del mismo modo que Francisco tenía los suyos respecto a Benedicto XVI o Juan Pablo II. Pero diferir no significa contradecir. A veces se quiere presentar como una rectificación de la línea del pontificado y no es así. Ni Francisco ni sus antecesores ni el actual Papa están diciendo cosas que contradigan el Evangelio y la tradición cristiana. Cada uno tiene sus propios subrayados.

El Arzobispado ha sacado al mercado propiedades en la zona rural de Gijón por valor de 1,5 millones de euros. ¿Para qué necesita ese dinero la Iglesia?

Cuando la Iglesia tiene propiedades, como puede tenerlas una familia o cualquier institución, puede disponer de ellas en beneficio de una causa mayor. Si tienes una propiedad que puedes vender, la vendes. No por hacerte rico, sino porque esa venta permite invertir en otras necesidades. Tenemos muchas cosas entre manos. Por ejemplo, próximamente queremos abrir una nueva misión de la Iglesia asturiana en el Tercer Mundo. Ese tipo de iniciativas necesita recursos y puede justificar que te desprendas de propiedades que ya no te hacen falta. Como cualquier institución, puedes adquirir bienes o deshacerte de ellos para invertir en causas que consideras mejores.

¿Podría haber más ventas en otros lugares?

La diócesis de Oviedo, como cualquier otra, tiene un Consejo de Asuntos Económicos que preside el arzobispo y del que forman parte personas muy relevantes: catedráticos universitarios, empresarios, juristas, arquitectos y especialistas en fiscalidad. En ese consejo analizamos los pros y los contras de las operaciones que podemos realizar con nuestro patrimonio, tanto para adquirir propiedades como para desprendernos de las que no necesitamos. El objetivo es poder destinar esos recursos a otras causas.

Usted defendió el acuerdo de reparación a las víctimas de abusos sexuales en la Iglesia, pero también llegó a hablar de un "arma de distracción masiva". ¿Comprende que esa expresión causara malestar entre las víctimas?

Cuando hablé de "arma de distracción masiva" no me refería a las víctimas, sino a quienes pueden utilizar ese asunto para distraer la atención de otros problemas que afectan a su gestión política. El abuso sexual de menores o de personas vulnerables es un crimen horrendo. Pero no es exclusivamente eclesial, sino social. La Iglesia forma parte de esa sociedad y, por tanto, también queda salpicada. Lo que he dicho es que determinada prensa o determinados posicionamientos políticos pueden dar la impresión de que los únicos pederastas son los sacerdotes católicos. Claro que tenemos curas pederastas, lamentablemente. Pero los abusos se producen fundamentalmente en el ámbito familiar, educativo y del tiempo libre. La Iglesia está en esa lista, pero, según las estadísticas, representa un 0,2%. Si realmente nos preocupan los pequeños, que son las verdaderas víctimas, tendríamos que atender también al 99,8% restante. Por eso hablo de "arma de distracción masiva": porque se puede estar poniendo toda la atención en ese 0,2% y olvidando el resto para no hablar de otras cuestiones que pueden llevar a algunos responsables políticos ante los tribunales.

Tienen una oficina diocesana de protección y acompañamiento a las víctimas. ¿Cuántas denuncias han recibido durante su etapa como arzobispo y qué resultado han tenido?

Hablo de memoria, pero creo que durante los años que llevo en Asturias hemos recibido cinco casos. En tres de ellos la situación se invirtió y el presunto victimario terminó siendo la víctima, porque se trataba de acusaciones falsas. De los otros dos casos, uno siguió su recorrido y terminó con el sacerdote fuera del ministerio por decisión del papa Francisco. El otro continúa abierto. Cuando recibimos una denuncia tenemos la obligación de informar a la Fiscalía y poner en marcha los procedimientos correspondientes. Puede suceder que los hechos hayan prescrito para la justicia ordinaria, pero eso no impide que la Iglesia abra una investigación para intentar esclarecerlos. Hay personas que tardan muchos años en denunciar por miedo, vergüenza o pudor. Aunque ya no exista recorrido penal, queremos estar cerca de esas personas y, siempre que se pueda demostrar lo sucedido, tratar de reparar el daño. Naturalmente, también hay situaciones difíciles de investigar, por ejemplo cuando la persona denunciada ha fallecido. Pero, siempre que sea posible una investigación razonable, la Iglesia mantiene esa disposición.

De los cinco casos que menciona, uno continúa abierto y está prescrito para la justicia ordinaria. ¿En qué fase se encuentra y por qué sigue ejerciendo el sacerdote?

Está en fase de investigación. No puedo decir mucho más porque soy el presidente del tribunal eclesiástico. Naturalmente, mientras no se demuestre lo contrario, el acusado mantiene la presunción de inocencia, como sucede en la justicia ordinaria.

Se le considera un arzobispo de convicciones firmes, muy dado a expresar sus opiniones sin rodeos. ¿Hay alguna polémica de estos años en Asturias en la que crea que pudo equivocarse, aunque fuera en el tono?

Yo me equivoco con mucha frecuencia, como cualquier otro mortal. Quizás está bien traída esa cuestión del tono, porque a veces publico un mensaje en mi cuenta de X y después pienso que, de haberlo reflexionado mejor, habría evitado alguna palabra a la vista de lo que ha provocado. Los errores normalmente los descubrimos después, no antes. Cuando haces balance, reconoces que hay cosas que podrías haber dicho de otra manera. Los cristianos, al comenzar la misa, pedimos perdón por nuestros pensamientos, palabras, acciones y omisiones. Son las cuatro cosas que aparecen en cualquier examen de conciencia: palabras que han podido herir, pensamientos que nos han llevado demasiado lejos, acciones que podrían haber sido mejores y omisiones que deberíamos haber evitado. También en mi trayectoria como arzobispo reconozco que ha habido palabras, pensamientos, acciones y omisiones que podría haber mejorado. A veces son precisamente las cosas más pequeñas las que pasan inadvertidas: puedes hacer daño o dejar de hacer el bien que se esperaba de ti sin siquiera darte cuenta.

Cuando termine su etapa al frente de la Iglesia asturiana, ¿cómo le gustaría que lo recordasen?

Me gustaría que me recordasen como yo recuerdo a las personas que me han hecho el bien. Estamos en las celebraciones de Todos los Santos y de los Fieles Difuntos. Cuando voy al cementerio a visitar a mis seres queridos, a mis padres, llevo flores y elevo una oración por su descanso, pero también recuerdo las palabras que me hicieron bien y los ejemplos que me ayudaron a ser mejor. Me gustaría que mis palabras y mis ejemplos hubieran servido también para hacer el bien y ayudar a mejorar a las personas que me han tratado. Esa sería la mejor herencia que podría dejar después de todos estos años como un madrileño-asturiano en este Principado.

¿Y qué asuntos pendientes le gustaría dejar resueltos?

Hay tantas cosas... Cuando alguien llama a tu puerta para pedir ayuda o un consejo, a veces te encuentras con historias reales de personas que sufren muchísimo, que se desangran. Me gustaría disponer de más recursos, personales y de humanidad cristiana, para poder estar a la altura de esas personas que acuden buscando un consejo, una ayuda o un recurso que no siempre tenemos a mano.

Todos los Santos: el mapa de las Bienaventuranzas. Por Joaquín Manuel Serrano Vila


Hoy celebramos una de las solemnidades más hermosas, esperanzadoras y luminosas del año litúrgico: el día de Todos los Santos. Esta no es sólo un recuerdo de los santos que están grabados en los altares o esculpidos en los mármoles. Esta es, en el sentido más profundo, nuestra propia fiesta; la de la familia de Dios en su totalidad. Hoy volvemos nuestra mirada al cielo para contemplar no a unos pocos elegidos distantes, sino a una muchedumbre incontable de hermanos nuestros que pisaron esta misma tierra, sufrieron nuestras mismas debilidades y, sin embargo, vencieron por la gracia de Dios. Las lecturas que la Iglesia nos regala este día trazan el mapa perfecto para entender qué significa ser santo y cómo esa llamada se actualiza hoy en nuestra vida ordinaria.

En la primera lectura, el libro del Apocalipsis nos abre una ventana a la liturgia del cielo. San Juan nos habla de una "muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de todas las naciones, razas, pueblos y lenguas". El consuelo de no estar solos: Esta visión poética y profundamente optimista es una medicina contra el desánimo; nos recuerda que el proyecto de Dios no ha fracasado. A menudo, cuando miramos las noticias o nuestra propia realidad, pareciera que el mal lleva siempre la delantera. Pero el Apocalipsis nos asegura que la victoria final pertenece a Dios y a los suyos: gente común, de carne y hueso. Esa muchedumbre está compuesta por personas normales y corrientes, no sólo están los grandes teólogos o mártires famosos; están los padres de familia que se desvelaron por sus hijos, los trabajadores honestos, los enfermos que ofrecieron su dolor en silencio, y los jóvenes que supieron decir "no" a las corrientes del mundo.  Cuando se pregunta quiénes son, la respuesta es clara: "Estos son los que han venido de la gran tribulación y han lavado sus mantos en la sangre del Cordero". No se hicieron santos porque no tuvieran problemas o tentaciones, sino porque en medio de la tribulación se aferraron a la misericordia y al sacrificio redentor de Jesucristo.

Si el Apocalipsis nos muestra la meta, San Juan en su primera carta nos recuerda la base y el motor que nos impulsa a caminar hacia ella: "Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!". He aquí la identidad antes que esfuerzo. La santidad no empieza con lo que nosotros hacemos, sino con lo que Dios ya ha hecho en y por nosotros. El Bautismo nos injertó en Cristo y nos hizo verdaderos hijos del Padre. La santidad no es una carrera de méritos para conseguir el amor de Dios; es la respuesta agradecida a un amor que ya se nos dio de forma totalmente gratuita. Estamos ante una promesa verificada en plenitud. Juan añade "aún no se ha manifestado lo que seremos", pero que "cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es". Esta es nuestra gran esperanza teologal. Estamos diseñados para la eternidad. La muerte no es el final del camino, sino la puerta de entrada a la visión beatífica y a la comunión perfecta donde seremos plenamente transformados por su rostro.

Finalmente, en el Evangelio de San Mateo, Jesús sube al monte y proclama las Bienaventuranzas. Este texto no es una lista de mandamientos prohibitivos, es el autorretrato de Jesús y el manual operativo de la santidad. Cada bienaventuranza es un giro radical a la lógica del mundo: Dichosos los pobres en el espíritu, los que no tienen el corazón lleno de apegos, soberbia o riquezas materiales, sino desprendido y abierto para que Dios sea su verdadero tesoro. Dichosos los sufridos, los que lloran y los que tienen hambre y sed de justicia, no porque el sufrimiento en sí mismo sea bueno, sino porque en su vulnerabilidad no endurecen el corazón y confían en la providencia del Padre y se asocian al dolor de la humanidad.
Dichosos los misericordiosos y los limpios de corazón, aquellos que miran a los demás con compasión, perdonan sin guardar rencor y mantienen su corazón libre de dobles intenciones, odios e intereses ambiguos. Dichosos los que trabajan por la paz y los perseguidos por causa de la justicia; los que no se quedan de brazos cruzados ante los conflictos cotidianos, sino que construyen puentes de reconciliación, aun cuando hacer lo correcto les traiga incomprensiones, críticas o persecución. Jesús termina con un grito de victoria para nosotros: "Alégraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos". La santidad no es sinónimo de caras tristes ni de vidas aburridas; el santo es el hombre y la mujer más alegre del mundo porque sabe que su vida tiene un sentido eterno, y descansa en las manos de un Dios que lo ama con locura.

La celebración de este día no es un simple recordatorio histórico, es una provocación divina. Nos invita a sacudirnos el polvo de la mediocridad y el miedo. San Agustín, al reflexionar sobre la vida de los santos se preguntaba a sí mismo: "Si estos y estas pudieron, ¿por qué yo no?". No caigamos en la trampa de pensar que la santidad es imposible o que está reservada para unos pocos iluminados. La santidad consiste en hacer lo ordinario de cada día con un amor extraordinario. Se puede llegar a ser santo siendo un buen esposo, una madre paciente, un estudiante honesto, un ciudadano responsable, un amigo fiel que sabe sostener el peso y el dolor del hermano...

Que la intercesión de esta inmensa muchedumbre celestial que siempre nos acompaña nos sostenga en el camino. Que cuando flaqueemos en nuestras fuerzas, miremos la Cruz y recordemos que la gracia de Dios nos basta para vencer... Caminemos con alegría y con paso firme, porque nuestra meta es el Cielo y nuestro Padre nos espera con los brazos abiertos: Que todos los Santos y Santas de Dios, rueguen por nosotros. Amén.

Recordando a los inolvidables. Por Monseñor Fray Jesús Sanz Montes O.F.M. 

Van quedando atrás los días de holganza veraniega, y ya estamos metidos de bruces en estas brumas otoñales. Llegando el mes de noviembre la vida se nos colorea con el malva de una sana nostalgia. Es el mes que comienza con un doble recuerdo: el de los santos y el de los difuntos. Son dos citas habituales que están muy enraizadas en la entraña de nuestro pueblo al llegar estas queridas calendas de remembranza.

La fiesta de todos los santos no deja de ser una efeméride curiosa. Porque se trata de rememorar no a un santo o santa de memoria habitual y cercana, sino a alguien aparentemente anónimo cuyos méritos sólo los conoce Dios. Porque el resto de los santos que veneramos nos resultan familiares por su conocida bondad, su palabra sabia o por sus obras admirables. Tanto es así que la Iglesia nos los propone como un ejemplo para nuestra vida cristiana y una ayuda desde la intercesión que ellos nos brindan en el cielo.

Pero sabemos que ha habido hombres y mujeres que han gozado de esa vida bondadosa, que supieron perdonar a sus enemigos y en todo momento amar a Dios sabiéndose acompañados por Él. La fiesta de Todos los Santos nos susurra discreta esa noticia buena: ser santo es posible, ser santo es lo normal, no una excepción para gente piadosamente rara. Quizás pensamos que la santidad es algo ajeno a nosotros, extraño para nosotros, gente de pueblo, gente de a pie que arrastra demasiadas veces el runrún de la rutina e incluso de la mediocridad con nuestras cuitas tantas veces inconfesables.

Pero la santidad nos reclama a una perfección que no es el heroísmo que proclamaban los antiguos griegos en sus épicas e irreales historias. La santidad consiste en hacer las cosas cotidianas que habitualmente nos ocupan y preocupan desde una clave diferente. Vivir las cosas santamente, como Dios manda, que ha dicho siempre nuestro refranero castellano a la hora de explicar las cosas que a diario nos suceden.

El Señor quiso enseñarnos el camino que conduce al cielo de los santos en donde está también nuestra morada, haciéndose Él caminante junto a cada cual. Camino y caminante para que no pensemos que llegar a la santidad es algo raro, extraño y ajeno. El trabajo de cada día con el que nos ganamos honradamente el pan, el afecto con el que abrazamos a las personas que queremos de veras, la fatiga por tantas cosas que nos astillan y nos prueban, la esperanza de pensar que siempre hay una luz a encender en medio de nuestros apagones, con la certeza de la compañía de Dios, de María y de los santos que de tantos modos podemos experimentar. Todo eso, tiene que ver con una vida cristiana vivida santamente, sin alharacas, sin troníos, sin paripés. Haciendo con sencillez la voluntad de Dios que pedimos en la oración cristiana por excelencia que es el padrenuestro.

Luego, al día siguiente del noviembre ceniciento, celebramos la festividad de los Fieles Difuntos. Y nos acompaña este recuerdo durante todo el mes, en el que pedimos por las personas queridas que nos han acompañado en los vericuetos del camino de la vida, y que cada uno a su hora, a su modo, y con un arcano porqué, fue llamado por ese Dios que nos llamará también a nosotros en el día que tan sólo Él conoce. Son los nombres, las fechas, los rostros que acariciamos en un silencio de recuerdo y gratitud mientras rezamos por todos ellos. Cuántas cosas se nos agolpan a la sombra de un ciprés, mientras hacemos presentes en la plegaria a quienes tanto nos han dado y tanto debemos. Pero la palabra última no le corresponde a una noble tristeza ante aquel inevitable adiós, sino a la esperanza rendida de volver a encontrar en Dios eternamente a los que Dios nos dio. Santos y difuntos, dos recuerdos que nos hacen caminar sobre la alfombra de un noviembre otoñal, sabiéndonos llamados a esa tierra santa de reencuentro, la tierra que el Señor ha prometido y que tiene por domicilio la eternidad. Pedimos por los fallecidos en el accidente ferroviario de Toledo.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo