jueves, 20 de agosto de 2026

90º cumpleaños del Cardenal D. Antonio María Rouco Varela: El coraje de la verdad frente a la tempestad

El transcurso del tiempo posee la cualidad inequívoca de serenar los debates más encendidos, disipar las polémicas artificiales creadas por la inmediatez y colocar a las grandes figuras de la historia en su justo lugar. Al celebrarse un nuevo aniversario del nacimiento del Cardenal Antonio María Rouco Varela, la Iglesia en España y la sociedad en su conjunto se encuentran ante una oportunidad idónea para repasar, con la perspectiva que da la distancia, la trayectoria de un hombre que marcó una época. Por encima de las modas ideológicas, de las presiones políticas y de los vientos cambiantes de su tiempo, el purpurado gallego prefirió siempre ser un testigo fiel de la verdad antes que un buscador de aplausos fáciles o de consensos estériles. Su figura encarna la resistencia de la roca frente al oleaje.

Una sólida raíz teológica y jurídica

La obra monumental de Rouco Varela no se puede entender ni valorar en su justa medida sin atender primero a su profunda solidez intelectual. Nacido en Villalba (Lugo), su mentalidad combina la tenacidad y la prudencia propias de su tierra natal con una formación académica de primer nivel europeo. Tras sus primeros pasos en España, se trasladó a Alemania, concretamente a la Universidad de Múnich, donde se doctoró en Derecho Canónico y Teología. Aquella experiencia en el corazón de Europa no solo le dotó de un rigor conceptual extraordinario, sino que le permitió comprender antes que muchos otros las corrientes de pensamiento que configurarían la crisis cultural de Occidente a finales del siglo XX.

A su regreso a España, su valía intelectual quedó demostrada en la Universidad Pontificia de Salamanca, donde ejerció como catedrático y vicerrector. Aquella etapa docente forjó al gran comunicador de ideas fundamentales, al hombre capaz de desarmar los sofismas contemporáneos con la simple fuerza de un argumento bien estructurado. Su posterior nombramiento como Obispo de Santiago de Compostela y, más tarde, su llegada a la Archidiócesis de Madrid, no hicieron sino trasladar esa inmensa preparación del aula al altar y a la calle. El catedrático se convirtió en pastor, pero sin perder jamás la lucidez del pensador que sabe anticiparse a los problemas de su tiempo.

El arquitecto de una Iglesia viva

Durante sus dos décadas al frente de la Archidiócesis de Madrid, así como en sus sucesivos y decisivos mandatos como presidente de la Conferencia Episcopal Española, demostró ser un gestor con una capacidad de trabajo asombrosa y una visión eclesial a largo plazo. Rouco Varela entendió perfectamente que la Iglesia en España no podía limitarse a una postura defensiva o melancólica ante los rápidos cambios sociales. Bajo su guía, la archidiócesis madrileña articuló respuestas institucionales maduras, impulsó con fuerza la educación católica en todos sus niveles, revitalizó los seminarios y fortaleció el tejido parroquial en los nuevos barrios de una capital en constante expansión.

Sin embargo, el hito que probablemente mejor define su capacidad de convocatoria y su confianza inquebrantable en el futuro fue la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ) celebrada en Madrid en el año 2011. Aquel acontecimiento, bendecido por la presencia de Benedicto XVI, no solo abarrotó la capital de España con millones de jóvenes procedentes de todos los rincones del planeta, sino que supuso un aldabonazo espiritual para todo el país. Frente a los discursos sociológicos que daban por extinguida la fe en las nuevas generaciones, la JMJ de Madrid demostró la vitalidad, la alegría y la vigencia del catolicismo. Fue el broche de oro a una gestión eclesial volcada en transmitir el Evangelio sin adulteraciones a quienes están llamados a construir el mañana.

Testigo bajo el fuego de la calumnia

A pesar de estos logros indiscutibles, el aspecto más heroico, trascendente y verdaderamente evangélico del ministerio del Cardenal Rouco Varela no reside en sus éxitos organizativos ni en su indudable peso institucional. Reside, de manera primordial, en su fortaleza espiritual frente al sufrimiento provocado por la incomprensión y la hostilidad. A lo largo de sus años de mayor responsabilidad, su figura se convirtió en el blanco predilecto de determinados sectores mediáticos y políticos que pretendían, por todos los medios, arrinconar la presencia pública de la Iglesia y silenciar su doctrina moral.

El Cardenal tuvo que soportar campañas de prensa de una ferocidad inusitada, planificadas con el claro objetivo de destruir su reputación personal y debilitar su autoridad moral. En estos ataques, la crítica legítima o el debate de ideas fueron sustituidos con demasiada frecuencia por la calumnia grosera, la distorsión malintencionada de sus palabras y el ataque ad hominem. Se intentó caricaturizar de forma sistemática su firmeza doctrinal como supuesta rigidez autoritaria, y su absoluta fidelidad a la Santa Sede y a los sucesivos Pontífices como un inmovilismo trasnochado. Se buscaba, en definitiva, crear un monstruo mediático para asustar a los fieles y hacer retroceder a los pastores.

El silencio digno y el perdón evangélico

Ante este asedio constante, que habría quebrado las fuerzas y la paciencia de la mayoría, Rouco Varela ofreció una lección magistral de dignidad cristiana. En lugar de descender a la arena del insulto, de responder con la misma moneda o de buscar la autodefensa mediante el fomento del conflicto social, el purpurado eligió el camino del silencio laborioso, la oración intensa y el perdón sincero. Supo encarnar la máxima evangélica de orar por los que persiguen y calumnian.

El Cardenal comprendió que el verdadero pastor no es aquel que huye o se esconde cuando ve venir al lobo, ni aquel que deforma o suaviza el mensaje de Cristo para evitar el conflicto con los poderes fácticos del mundo. Su ministerio fue la viva demostración de que la verdad posee una belleza y una fuerza propias que no necesitan ser rebajadas ni edulcoradas para resultar eficaces. Defendió con una valentía inquebrantable el derecho a la vida desde su concepción hasta su fin natural, la institución de la familia fundada en el matrimonio y el papel fundamental e innegable de las raíces cristianas en la configuración histórica y cultural de España. Asumió con absoluta serenidad el altísimo precio personal, político y público que conllevaba mantenerse firme en esa brecha.

Un legado que desafía al tiempo

Hoy, alejados ya del ruido ensordecedor de aquellas batallas diarias y de las portadas de periódicos que buscaban su desgaste, la silueta del Cardenal emérito de Madrid se agiganta de forma natural. Aquellos que buscaron debilitar su obra mediante el desprestigio han visto cómo sus argumentos coyunturales se disolvían en la nada, devorados por el olvido. Por el contrario, la coherencia, la rectitud y la hoja de servicios de Antonio María Rouco Varela permanecen intactas, brillando con la luz limpia de las cosas que están bien hechas.

Su vida y su ministerio nos recuerdan una lección imperecedera: el relativismo moral y la corrección política pueden dominar los titulares de un día o las modas de una década, pero solo la verdad construye estructuras sólidas capaces de resistir el paso de los siglos. En este día de homenaje y gratitud por su cumpleaños, la Iglesia en España alza la voz para agradecer la entrega generosa de un obispo providencial. Un pastor que supo mantener la lámpara encendida en medio de la tempestad más oscura, legando a las generaciones futuras un ejemplo imborrable de valentía apostólica, lucidez intelectual, fidelidad eclesial y amor inquebrantable a Jesucristo.

Juan Antonio Martínez Camino, obispo auxiliar de Madrid: «En el siglo XX hubo más mártires que en dos mil años de historia de la Iglesia»

El prelado hablará este viernes en el salón de actos de la iglesia de San Pedro de Gijón de 'La sinrazón histórica y la razón teológica del martirio'

(El Comercio/ Pablo A. Marín Estrada) El obispo auxiliar de Madrid, el asturiano Juan Antonio Martínez Camino (Marcenado, Siero, 1953), impartirá este viernes en el salón de actos de la parroquia de San Pedro (20 horas), la conferencia 'La sinrazón histórica y la razón teológica del martirio del siglo XX'. Será un adelanto de las jornadas que coordinará en Covadonga del 26 al 28 de agosto bajo el título 'San Pedro Poveda y los mártires del siglo XX', en el 90 aniversario del asesinato del fundador de la institución teresiana. Ayer el prelado nos hablaba de ello, tras posar en la playa de San Lorenzo, un lugar unido en su memoria a aquellos sucesos históricos.

–¿Qué significado especial tiene para usted esta playa y en concreto La Escalerona?

–Por La Escalerona bajó un cura que se llamaba Lázaro San Martín Camino, párroco de Miyares y arcipreste de Piloña, que era primo de mi abuelo materno y sobre él escribí un librín. Bajó junto con otros cuantos que traían en una camioneta desde Infiesto por la carretera de la costa, y ahí lo arrodillaron en la arena y lo mataron el 18 de agosto de 1936. En esta playa mataron por lo menos doce curas. El viernes recordaré sus nombres en la charla.

–Tanto esa charla, como las jornadas de Covadonga, abordarán un tema que va más allá de la guerra civil, ¿no?

–Así es. Hablar de mártires de la guerra civil, aunque es algo que hemos empleado mucho tiempo, ni histórica ni teológicamente es un término exacto. Primero porque ya en el año 34, hubo 39 mártires en toda España y porque incluímos también los de toda Europa: Unión Soviética, Austria, Croacia, Alemania. Todo el siglo XX es el siglo de los mártires. O dicho más claro: en el siglo XX hubo más mártires cristianos que en los dos mil años anteriores de la historia de la Iglesia.

–Muchos han sido canonizados, pero ¿de qué cifras estaríamos hablando?

–En efecto tenemos santos como San Maximiliano Kolbe o Santa Teresa Benedicta de la Cruz, Edith Stein, judía convertida al catolicismo, asesinados en Auschwitz, o San Tito Brandsma, asesinado en Dachau, donde también lo fueron cerca de dos mil sacerdotes católicos. En la Rusia soviética, en un arco mayor que llega a 1950, fueron asesinados 250.000 religiosos: obispos, sacerdotes, monjes y monjas. Es una cifra para agarrarse a la silla. En España, unos 10.000 mártires, entre religiosos y seglares. En Asturias, unos 130.

–Además de su fe, ¿qué tenían en común todas esas víctimas?

–Lo que es común a todos ellos es que fue por odio a la fe, no a las personas directamente. Eso es lo común a todos los mártires de todas las épocas. Y hay un punto común entre los mártires del siglo XX y los mártires de los primeros cristianos de la época de las persecuciones romanas y es que más allá de las cuestiones ideológicas, hay un paganismo cultural el de un mundo que se adora a sí mismo o que adora falsos dioses. Y en eso estamos. Es análoga la situación del siglo XX donde hay una cultura neopagana a la de los primeros siglos donde había un panteón romano y un emperador divinizado, donde para ellos el cristianismo no era algo aceptable porque suponía una contradicción con los patrones paganos culturales de la época. Los nazis, que también hicieron muchos miles de mártires, tenían un programa paganizador de la Europa que ellos querían hacer. Y los demás perseguidores de raíz marxista o anarquista, lo mismo, querían una Europa sin fe cristiana, lo cual no quiere decir sin fe, había una sustitutiva de la cristiana que era la fe en el ídolo moderno de la humanidad autoproclamada salvadora de sí misma.

–¿Hoy percibe otras formas de persecución religiosa?

–El paganismo, la idolatría y el relato mítico de la autosalvación por el progreso se extienden y esto si se apoya desde instancias de poder, es un modo de asfixiar la fe cristiana. Y se introducen costumbres paganas como la eutanasia o el aborto, es decir el infaticidio. Se sacrifica en el altar los seres humanos más débiles: son los nuevos santos inocentes.

–¿Qué legado dejan los mártires del siglo XX?

–Los mártires del siglo de la sangre y la violencia son estrellas de esperanza, el oxígeno para que la cultura occidental pueda recuperar la respiración.

miércoles, 19 de agosto de 2026

AVISO

 

León XIV: «La música es parte de la acción litúrgica y no mera decoración de la celebración»

León XIV ha dedicado la audiencia general de este miércoles 19 de agosto a la música sacra, dentro de su ciclo de catequesis sobre los documentos del Concilio Vaticano II. Al abordar el capítulo sexto de Sacrosanctum Concilium, el Papa ha subrayado que la música «es parte de la acción litúrgica y no mera decoración de la celebración» y ha recordado que debe estar estrechamente unida a la liturgia, responder a su carácter sagrado y favorecer la oración y la comunión de los fieles.

El Pontífice ha reivindicado además el lugar particular que el Concilio atribuye al canto gregoriano y al órgano, al tiempo que ha reclamado música «noble y sencilla», textos inspirados principalmente en la Sagrada Escritura, los libros litúrgicos y la Tradición, y una sólida formación de compositores y cantores. León XIV ha advertido también contra «músicas y textos descuidados y poco acordes con la grandeza del acto que se celebra» y ha situado la participación activa de los fieles en un equilibrio entre el canto, los distintos ministerios y el «silencio sagrado».
Catequesis completa de León XIV

Los documentos del Concilio Vaticano II. II. Constitución Sacrosanctum Concilium. 7. La música sacra

Queridos hermanos y hermanas:

El sexto capítulo de la Constitución Sacrosanctum Concilium (SC) del Concilio Vaticano II está dedicado a la música sacra. En él se afirma: «La tradición musical de la Iglesia constituye un tesoro de valor inestimable, que sobresale entre las demás expresiones del arte, principalmente porque el canto sagrado, unido a las palabras, constituye una parte necesaria e integral de la liturgia solemne» (SC, 112); y se precisa: «La música sacra será tanto más santa cuanto más íntimamente esté unida a la acción litúrgica, ya sea expresando con mayor delicadeza la oración y fomentando la unanimidad, ya sea enriqueciendo con mayor solemnidad los ritos sagrados» (ibid.).

Aquí encontramos el núcleo de la enseñanza conciliar, que confirma y profundiza en la función ministerial de la música en la liturgia, ya puesta de relieve por san Pío X en el motu proprio Inter sollicitudines (22 de noviembre de 1903). La música, en efecto, es parte de la acción litúrgica y no mera decoración de la celebración. En la liturgia, cantar y tocar significa rezar, poniendo el propio corazón en sintonía con el de los hermanos y hermanas y con Dios, mediante la participación activa en el misterio celebrado. En particular, la música expresa la dimensión afectiva de la oración, como afirma san Agustín: «Cantare amantis est», es decir, «cantar es propio de quien ama» (Sermo 336, 1). Esto es muy importante, porque ayuda a abrir el corazón a la acción de Dios en la gracia y a dejarse moldear por ella.

El canto, además, favorece la comunión. Mediante la sinfonía de las voces contribuye a la unión de los corazones, superando las diferencias entre las personas y reuniendo a todos en la alabanza a Dios. Se convierte así en epifanía de la Iglesia, manifestación sensible de la comunión que pertenece a su misma naturaleza.

De la profunda dimensión teológica del canto sagrado, como parte integrante de la acción litúrgica, se derivan algunas exigencias. La primera es que, más allá de las modas o de las sensibilidades particulares de los autores, debe responder en todos sus niveles a aquello que resulte más apropiado para el momento celebrativo. La forma, además, especialmente en su aspecto melódico, debe ser al mismo tiempo noble y sencilla, de alta calidad musical y fácilmente ejecutable, sobre todo cuando está destinada a ser cantada por toda la asamblea (cf. SC, 121).

Por el mismo motivo, el Concilio recomienda que también los textos sean adecuados, profundos y, al mismo tiempo, fácilmente comprensibles, inspirados principalmente en la Sagrada Escritura, los libros litúrgicos y la Tradición espiritual de la Iglesia. Sobre esto es necesario vigilar, para que se mantenga viva y crezca la dinámica expresada en el antiguo principio lex orandi, lex credendi, es decir, la ley de la oración es también ley de la fe.

Sacrosanctum Concilium dedica un amplio espacio al tema de la participación activa de los fieles (cf. n. 114). Esta «debe comprenderse […] a partir de una mayor conciencia del misterio que se celebra y de su relación con la vida cotidiana» (Benedicto XVI, exhortación apostólica Sacramentum caritatis, 52), en un «espíritu de conversión constante que debe caracterizar la vida de todos los fieles» (ibid., 55).

En cuanto al modo concreto en que esta participación puede realizarse mediante la función específica de la música sacra, la Constitución ofrece una respuesta clara: «Foméntense las aclamaciones de los fieles, las respuestas, el canto de los salmos, las antífonas, los cantos» y «un silencio sagrado» (SC, 30); y exhorta a cada uno, ministro o fiel, a realizar «todo y solo aquello que, según la naturaleza del rito y las normas litúrgicas, le corresponde» (SC, 28), en el armonioso equilibrio entre los diferentes ministerios, las distintas intervenciones y los momentos de silencio.

El Concilio atribuye además un gran valor al canto gregoriano, sin excluir de la celebración otros géneros de música sacra. También se presta una atención particular al órgano (cf. SC, 120), mientras que el uso de otros instrumentos se admite «siempre que sean aptos o puedan adaptarse al uso sagrado, convengan a la dignidad del templo y contribuyan realmente a la edificación de los fieles» (SC, 120).

Un tema querido por la reforma conciliar es el de la inculturación, también en el ámbito de la música sacra. Se subraya, en particular, en relación con las tradiciones musicales de las diferentes culturas, la importancia de tenerlas seriamente en consideración como parte de la vida religiosa y social de las personas.

Por ello se recomienda, por una parte, proporcionar a todos una adecuada «educación del sentido religioso» (SC, 119) y, por otra, «en la medida de lo posible […], promover la música tradicional de esos pueblos, tanto en las escuelas como en las acciones sagradas» (ibid.).

En el contexto litúrgico se reconoce una tarea particular a la schola cantorum, instrumento pastoral cuya promoción se recomienda, con la misión «de cuidar la correcta ejecución de las partes que le son propias, según los distintos géneros de canto, y favorecer la participación activa de los fieles en el canto» (Sagrada Congregación de Ritos, Instrucción Musicam sacram, 19).

Para ello, el compositor de música sacra está llamado a conocer y custodiar el patrimonio musical de la Iglesia, dejándose inspirar por él para dar vida a nuevas composiciones al servicio de la liturgia, respetando la sensibilidad contemporánea y las distintas tradiciones culturales, de manera que se pueda «purificar el culto de incorrecciones de estilo, de formas descuidadas de expresión, de músicas y textos desaliñados y poco acordes con la grandeza del acto que se celebra, para asegurar dignidad y bondad de formas a la música litúrgica» (san Juan Pablo II, Quirógrafo sobre la música sacra, 22 de noviembre de 2003, 3).

Por todas estas razones, los Padres conciliares recomiendan promover la formación y la práctica de la música sacra «en los seminarios, en los noviciados de religiosos y religiosas y en las casas de estudios, así como en los demás institutos y escuelas católicas» (SC, 115), y garantizar a los músicos y cantores una sólida formación litúrgica (cf. ibid.).

Queridos hermanos y hermanas, los Padres de la Iglesia tuvieron en gran consideración el canto litúrgico, símbolo de la comunión eclesial. Por ello podemos concluir con estas hermosas palabras de san Ignacio de Antioquía: «Vosotros, uno a uno, convertíos en un coro, para que, armoniosos en la concordia y tomando en la unidad la tonalidad de Dios, cantéis al unísono por medio de Jesucristo al Padre, para que Él os escuche y, por las buenas obras que realizáis, reconozca que sois miembros de su Hijo» (Carta a los Efesios, 4, 2).
Saludos

Saludo cordialmente a los fieles de lengua francesa, en particular a los peregrinos procedentes de Burkina Faso y Costa de Marfil. Hermanos y hermanas, que la participación activa de los fieles a través del canto litúrgico fortalezca los vínculos de amor y de unidad en el pueblo de Dios y sea signo de comunión eclesial. ¡Que Dios os bendiga!

Doy una calurosa bienvenida a todos los peregrinos y visitantes de lengua inglesa que participan en la audiencia de hoy, especialmente a los procedentes de Malta. Sobre vosotros y vuestras familias invoco la alegría y la paz de nuestro Señor Jesucristo. ¡Que Dios os bendiga a todos!

Queridos fieles de lengua alemana, es hermoso recordar que, al participar en la liturgia, nos encontramos siempre también en comunión invisible con todos los ángeles y los santos y que, junto con ellos, podemos cantar a una sola voz el himno de alabanza al Señor. A Él sean el honor y la gloria por los siglos de los siglos.

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Los invito a reflexionar sobre el canto litúrgico como símbolo de la comunión eclesial, pidiéndole al Señor que nos ayude a vivir en armonía y concordia, como un único coro, cuyas melodías y buenas obras glorifican y alaban al Padre por medio de Jesucristo. Que Dios los bendiga. Muchas gracias.

Dirijo mi cordial saludo a las personas de lengua china. Queridos hermanos y hermanas, que la caridad de Cristo inspire vuestras relaciones en la familia, en la comunidad y en la sociedad. Os bendigo de corazón.

Saludo cordialmente a los fieles de lengua portuguesa. San Agustín escribió: «Quien canta una alabanza no solo canta, sino que ama a Aquel a quien dirige su canto» (Enarrationes in Psalmos 72, 1). Hagamos del canto litúrgico una expresión de nuestro amor a Dios. ¡Os bendigo de corazón!

Saludo a los fieles de lengua árabe, en particular a los procedentes del Líbano. La música litúrgica es un instrumento preciosísimo mediante el cual prestamos el servicio de alabanza a Dios y expresamos la alegría de la vida nueva en Cristo. ¡Que el Señor os bendiga a todos y os proteja siempre de todo mal!

martes, 18 de agosto de 2026

Santoral del día: Santa Elena

(Aciprensa) Santa Elena, emperatriz romana, fue la madre de Constantino I, el emperador que detuvo la persecución a los cristianos y les concedió la libertad de culto dentro de las fronteras del imperio. A Santa Elena se le atribuye el hallazgo, en Jerusalén, de la Santa Cruz en la que Cristo murió. Santa Elena también es conocida como ‘Helena de Constantinopla’ o ‘Santa Elena de la Cruz’. A ella recurren los fieles cristianos cuando algo o alguien se ha extraviado, para que con su ayuda lo perdido sea encontrado.

Rechazada por su esposo, encontró al Dios verdadero

Elena nació alrededor del año 246, en Bitinia, antigua provincia del Imperio Romano ubicada al noroeste de Asia Menor, al suroeste del mar Negro (actual Turquía). Aunque su origen fue humilde -se dice que fue hija de un sirviente-, estuvo casada con Constancio Cloro, quien se convertiría en emperador con el nombre de Constancio I. Ambos fueron los padres de Constantino I el Grande.

En tiempos del emperador Maximiano, Constancio Cloro ya era reconocido como un militar destacado. Cuando el emperador se percató de su capacidad, lo invitó a ser su colaborador más cercano, pero con una condición: que repudiara a su esposa, Elena, y se casara con su hija. Dejándose llevar por la ambición, Constancio repudió a Elena.

La santa sufriría, como consecuencia, un humillante abandono durante 14 años. Sin embargo, en medio de la soledad, conoció a Dios y se convirtió al cristianismo, muy probablemente por influencia de su hijo, futuro emperador, quien abrazó el cristianismo antes que ella.

El ascenso de Constantino

A la muerte de Constancio Cloro, Constantino fue proclamado emperador por el ejército romano. Estando en el campamento militar del puente Milvio en Roma, antes de la batalla de Saxa Rubra (año 313), Constantino tuvo un sueño en el que Cristo le mostraba la cruz y le decía: “Con este signo vencerás”. A la mañana siguiente, el emperador ordenó que una cruz encabezara la formación de sus huestes. Así se hizo durante el combate y Constantino consiguió la victoria.

Tras aquel triunfo, Constantino decretó la libre profesión del cristianismo -la religión católica-, y, habiendo él mismo abrazado esa fe, se propuso contribuir a hacerla crecer en todo el imperio. Buscó y halló: la Cruz. Constantino amaba y respetaba inmensamente a su madre, Elena, y la nombró “Augusta” (emperatriz). Mandó acuñar monedas con su rostro, y le dio plenos poderes para que empleara el dinero del imperio en las obras de caridad que ella quisiera.

Elena, comprometida con la causa cristiana, decidió emprender un viaje a Jerusalén con el propósito de recuperar todo vestigio dejado por Jesús de Nazaret. Es así que, movida por la devoción al Dios que muere por amor a los hombres, se propuso encontrar la Santa Cruz de nuestro Señor. Para tal empresa llevó consigo un numeroso grupo de obreros quienes realizaron excavaciones en el monte Calvario, donde de acuerdo a la tradición fue encontrado el madero santo. Posteriormente, en el año 326, Santa Elena mandó traer a Roma la “Escalera Santa” (Scala sancta) desde el palacio de Poncio Pilato en Jerusalén. La Escalera Santa fue transportada posteriormente en su integridad.

De acuerdo a la tradición, Cristo subió por aquella escalera el Viernes Santo hacia el lugar donde sería juzgado; y sobre ella derramó su sangre. Hoy, la escalera está ubicada frente a la Basílica de San Juan de Letrán en la Ciudad Eterna. En 1723, la “Scala” fue recubierta con madera de nogal como una forma de preservarla del desgaste. Como es natural, miles y miles de peregrinos se acercan al lugar en el que está ubicada hoy con la intención de venerarla. A través de los siglos ha quedado establecida la costumbre de subir por ella de rodillas como signo de sentida devoción.

Una mujer humilde y de gran voluntad

San Ambrosio de Milán, en el siglo IV, se refería a Santa Elena resaltando que, a pesar de ser la madre del emperador, vestía con sencillez, se mezclaba con los pobres y utilizaba las riquezas que su hijo le daba para ayudarlos. Santa Elena hizo construir tres templos en Tierra Santa: uno en el monte Calvario, otro en el monte de los Olivos y el tercero en Belén. Ella es considerada patrona de las sociedades o hermandades de la Vera Cruz y se pide su intercesión cuando un objeto importante se encuentra extraviado. Santa Elena de la Cruz murió alrededor del año 330 de nuestra era.

Nuevo libro del Sr. Arzobispo de Oviedo: «La brisa de Prevost», diario de unos días extraordinarios

(Iglesia de Asturias) El Arzobispo de Oviedo, Mons. Jesús Sanz Montes, acaba de publicar, con la editorial BAC, un libro que recoge, a modo de crónica, sus memorias personales acompañando al Santo Padre en el Viaje Apostólico que realizó a España el pasado mes de junio. En el prólogo, Mons. Luis Argüello García, Arzobispo de Valladolid y Presidente de la Conferencia Episcopal Española, explica que «este diario del Arzobispo de Oviedo nos permite acercarnos a su mirada, pero, sobre todo, es una invitación a leer los textos de las diversas intervenciones del Papa y a repasar en el corazón tantas imágenes, rostros y gestos que nos hablan de un nuevo despertar de la Iglesia en las almas».

A lo largo de sus páginas, Mons. Jesús Sanz desgrana cada momento que el Papa León XIV vivió con los españoles en Madrid, Barcelona y Canarias. Describe sus gestos, cita algunos fragmentos de sus intervenciones y muy especialmente analiza todo ello, ayudando al lector a situar cada palabra en el tiempo y en el lugar, haciendo que puedan revivirse esos días con la profundidad que requieren aquellas jornadas inolvidables.

lunes, 17 de agosto de 2026

Santoral del día: Santa Beatriz de Silva

(COPE) Las contrariedades de la vida fueron el mejor estímulo para la Santa de este día que se sintió protegida por la Reina del Cielo ante las adversidades. Hoy celebramos a Santa Beatriz de Silva. Su vida transcurre en el siglo XV. Hija de familia al servicio del rey, son once hermanos.

No todos se ponen de acuerdo sobre el lugar concreto de su nacimiento. Lo que sí es cierto es que los padres pusieron a toda la prole al cuidado de los frailes franciscanos que les inculcaron la devoción a María Inmaculada Posteriormente Don Juan I ofreció a su padre la Alcaldía de Campomayor, ciudad fronteriza entre España y Portugal.

Cuando el monarca se traslada con la Corte a Tordesillas, en Valladolid, las envidias de la reina, llevan a Beatriz a sufrir un encierro en un baúl del que se verá liberada milagrosamente por la Virgen a los tres días de ser encerrada.

Así llegará al Convento de Santo Domingo el Real en Toledo, hasta que funda la Orden de la Inmaculada Concepción, llamadas popularmente Concepcionistas Franciscanas. El color es azul y blanco en alusión a la Purísima Concepción. Allí estuvo llevando una vida totalmente desprendida. Poco tiempo pudo dirigir la Congregación como Superiora ya que Santa Beatriz de Silva muere en el año 1492. Su carisma se extendió por todo el mundo. En su espiritualidad con el paso de los tiempos se encuentra La Venerable Sor María de Ágreda, hoy camino de los altares y que tuvo el Don de la Bilocación estando con los indígenas en América antes de ser descubierta.