miércoles, 5 de agosto de 2026

Divertimento veraniego. Rosario sinodal. Por Jorge González Guadalix

(De profesión cura) Cada día celebro en algunio de mis pueblos. Siempre con el mismo ritmo: rosario y exposición del Santísimo y luego la santa misa. Los que han leído “Pastoral rural para urbanitas escépticos” ya saben que el rezo del rosario lo dirigen las buenas mujeres de estos pueblos. No solo eso, sino que hasta conocen sus nombres: Paquita, Luisa, Almudena, Leo, Toñi, la hermana Irasema. Mientras, servidor se queda a libre por si acaso alguna confesión.

No hay nada más sereno que el rosario. Difícilmente podrás encontrarte con sorpresas, aunque ya les digo yo que cuando menos se piensa, salta la liebre.

Misterios luminosos del santo rosario. Jueves. Pura tranquilidad, monotonía de avemarías repetidas por esas fidelísimas mujeres. En ese momento, la que dirige, proclama solemnemente: “Tercer misterio: el anuncio del Reino de Dios invitando a la CONVERSACIÓN". Ya saben cómo es esto: una palabra mal leída le sale a cualquiera.

Pues ya ven. El caso es que si lo das vueltas, que la loca de la casa no para, puedes acabar concluyendo que el Señor, sin que la buena de la señora que dirigía el rezo fuera consciente, inspiró en su corazón la llamada a la sinodalidad, de forma que hoy, más que llamar a la conversión, cosa siempre exigida desde arriba, queda mucho más actual la conversación y por supuesto entender que lo maduro, responsable y evangélico es apostar por el diálogo, la conversación distendida y el discernimiento común.

Lástima que esta buena mujer, en su errata, no se hubiera lanzado del todo y rematar a gol añadiendo eso de “Invitando a la conversación en el Espíritu", lo cual hubiera sido la guinda definitiva en nuestra experiencia rural - mariana - espiritual - sonodalizante.

Tampoco es el único caso, porque otra vez alguien proclamó eso de “La venida del Espíritu Santo sobre el colegio cardenalicio", trasladando la idea de que si es verdad de que el Espíritu en Pentecostés vino sobre el colegio apostólico, lo de acudir al colegio cardenalicio podría ser algo bastante menos frecuente. Recuerdo cuando Benedicto XVI llegó a afirmar que hemos tenido papas que seguramente no hubiera elegido el Espíritu Santo. Vaya usted a saber.

Más complicado es encontrar la posible razón teológica que justifique eso de “La autorrevelación del Señor en las bodas de CANADÁ". Tal vez algún día. Cosas nuestras.

5 de Agosto: Nuestra Señora de las Nieves

(Aciprensa) Cada 5 de agosto la Iglesia celebra la festividad de Nuestra Señora de las Nieves, advocación mariana que data de los primeros siglos de la era cristiana y que se halla muy extendida en países como España, Portugal e Italia. Asimismo cuenta con innumerables devotos en Hispanoamérica. El origen de la devoción a la Virgen de las Nieves está vinculado al ícono Salus Populi Romani [‘Salud’ o ‘Salvación’ del pueblo romano], título con el que los cristianos del Imperio solían invocar a la Madre de Dios.

Hasta el siglo XIV las festividades dedicadas a esta advocación se realizaban sólo en Roma, pero a partir del siglo XVII se extendieron universalmente por voluntad del Papa San Pío V (p. 1566-1672).

El amor de los esposos, don de la Iglesia

De acuerdo a una antigua tradición, en el siglo IV, vivía en Roma una piadosa pareja de esposos cristianos, de origen noble. Ambos se reconocían bendecidos por la fe que habían acogido y porque Dios les había concedido abundantes bienes materiales. Sin embargo, algo les faltaba: no tenían hijos.

Por años rezaron pidiendo al Señor que los bendijera con un hijo a quien amar y heredar sus posesiones, pero parecía que Dios no los escuchaba. Pasado el tiempo, tomaron una decisión: nombrar a la Virgen María como “heredera” y donar sus riquezas para que se extendiera su culto.

En respuesta, la Madre de Dios se les apareció una calurosa noche de verano, un 4 de agosto, y les expresó su deseo de que se construyera una basílica en el Monte Esquilino, una de las siete colinas de Roma. La señal para encontrar el lugar propicio -dijo la Virgen- sería aquel que estuviera cubierto de nieve, lo que parecía poco menos que un absurdo dadas las condiciones típicas del verano en el hemisferio norte.

Mientras tanto, la Virgen tocaba otros corazones: se le apareció también al Papa Liberio (p. 352-366) dándole el mismo mensaje.

Y la nieve fue la señal

Al día siguiente, 5 de agosto, mientras el sol de verano hacía arder el suelo romano, la ciudad entera se quedó admirada al ver sobre el Monte Esquilino un área cubierta de nieve. Al lugar acudieron los esposos, llenos de gozo porque todo había sucedido como la Virgen lo había anunciado. Lo mismo hizo el Sumo Pontífice, quien llegó al monte en solemne procesión.

La nieve cubría un área suficiente para albergar una gran edificación. Liberio, acto seguido, ordenaría trazar el perímetro exacto que cubría la nieve, antes de que esta desapareciera. El Papa ayudó personalmente en el trazo, así como, después, lo haría en la colocación de las primeras piedras de la futura basílica. Los esposos ofrecieron al Pontífice contribuir financiando la construcción, y fue gracias a su aporte que el proyecto se hizo realidad.

Piedad filial: la Basílica de Santa Maria Maggiore

Años después, en el siglo V, tras el Concilio de Éfeso (431), en que se proclamó a María como Madre de Dios, el Papa Sixto III (p. 432-440) erigió un nuevo templo sobre la iglesia precedente. Esta edificación es la Basílica que hoy se conoce como Santa Maria Maggiore [Santa María, la Mayor] cuya dedicación se celebra el 5 de agosto, día de la Virgen de la Nieves.

A través del tiempo se han hecho remodelaciones, restauraciones, ampliaciones y modificaciones al templo, pero respetando el espíritu con el que aquellos esposos señalados por la tradición dieron su fortuna en honor a la Santísima Virgen.

Hoy, los fieles, cada 5 de agosto, lanzan pétalos de rosas blancas –como símil de la nieve– desde la bóveda de la Basílica durante la celebración de la Eucaristía. Así se conmemora cada año, simbólicamente, el famoso milagro.

martes, 4 de agosto de 2026

Emotiva ordenación en cuidados intensivos: fe, lágrimas del obispo y la presencia de Santa Ágata

(Rel.) "Cuando me ofrecieron la oportunidad de ordenarme aquí, me emocioné muchísimo. Encontré en el obispo un verdadero padre y un verdadero pastor".

La voz de Pino Cannavò, de 60 años, aún suena tensa al otro lado del teléfono, pero se ilumina al recordar lo sucedido unas horas antes en la unidad de cuidados intensivos del Hospital Policlínico de Catania. Allí, en un ambiente de estricta intimidad, recibió el diaconado permanente de manos del arzobispo Luigi Renna.

Doble sorpresa

Cannavò estaba preparado para recibir el diaconado tras años de formación en la Comunidad Diaconal Sant’Euplo. Sin embargo, una grave enfermedad cambió sus planes. El esperado "Aquí estoy", ensayado durante años, resonó finalmente junto a su cama de hospital. Solo su esposa Maria Rita y sus dos hijos pudieron acompañarle en ese momento solemne. Lo cuenta Avvenire. 

Durante unos minutos, la unidad de cuidados intensivos se convirtió en un templo improvisado. La imposición de manos y la oración de ordenación transformaron la sala en un espacio de gracia y esperanza.

Un detalle inesperado hizo que la celebración fuera aún más especial. Poco antes de comenzar, la reliquia de Santa Ágata, patrona de Catania, llegó al hospital como parte de la peregrinación conmemorativa del noveno centenario del traslado de sus reliquias. Cannavò pidió que permaneciera durante la ordenación. "Fue una doble sorpresa", confesó.

La presencia de la santa junto a su cama reforzó el sentido espiritual de la ceremonia, convirtiéndola en un signo de comunión entre la tradición de la Iglesia y la vida concreta de un hombre que, incluso en la enfermedad, respondió a la llamada de Dios.

El diaconado permanente, restablecido por el Concilio Vaticano II, implica a toda la familia cuando se confiere a hombres casados. Cannavò había completado un proceso de formación humana, espiritual, teológica y pastoral junto a su esposa y su comunidad. Tan solo cuatro meses antes había recibido el ministerio de acólito, último paso antes de la ordenación.

La Archidiócesis de Catania cuenta actualmente con 66 diáconos permanentes, llamados a servir en la Palabra, la liturgia y la caridad. La ordenación de Cannavò fue recibida con alegría por toda la comunidad diaconal, que compartió mensajes de afecto y oración a lo largo del día.

El propio arzobispo Luigi Renna se emocionó al entrar en la sala. "En cuanto entró el obispo, rompí a llorar. Él también se emocionó profundamente y me abrazó. Fue un momento precioso para mi familia", relató Cannavò.

Renna recordó experiencias similares en la Iglesia, como la ordenación de un seminarista enfermo en Molfetta hace diez años. "El lugar de la ordenación no cambia el significado del ministerio recibido", afirmó. Para él, la UCI se convirtió en un púlpito "incómodo", semejante a la Cruz, desde donde Cannavò proclama ahora el Evangelio.

San Juan María Vianney, el cura que derrotó al demonio confesando 18 horas en un pueblo perdido de Francia

(El Debate) No tenía títulos ni carisma aparente; apenas sabía leer cuando decidió que quería ser sacerdote. Fracasó una y otra vez en sus estudios, desertó del ejército napoleónico y pasó años escondido en las montañas. Aun así, Juan María Vianney —el célebre cura de Ars— se convirtió en un fenómeno espiritual que desbordó todos los márgenes.

Llegaban fieles de toda Francia solo para confesarse con él, en una aldea perdida donde aquel sacerdote pasaba hasta 18 horas al día en el confesionario, dormía tres, comía lo justo y seguía atendiendo almas sin descanso. El movimiento fue tal que las compañías ferroviarias ampliaron sus servicios para trasladar a los penitentes dispuestos a esperar lo que hiciera falta con tal de sentarse frente a un cura que, a simple vista, no parecía hecho para destacar.

Una fe a prueba de balas

Vianney nació en 1786, en Dardilly, cerca de Lyon. La Revolución Francesa estalló cuando él tenía tres años. Su familia vivió la fe bajo persecución: asistían a misas clandestinas, celebraban sacramentos con las ventanas cubiertas y descargaban carros de heno para evitar miradas indiscretas. Así recibió su primera comunión. A los 17 años, sintió la vocación al sacerdocio.

Pero su formación fue una carrera de obstáculos. Era hijo de labriegos, apenas sabía leer. Sus estudios fueron una odisea. Tropezaba con el latín, no entendía los manuales, suspendía los exámenes. Pero no se rindió. Una peregrinación pidiendo limosna al santuario de San Francisco de Regis marcó un punto de inflexión. Con el apoyo del abad Balley, logró recibir el sacramento del Orden con 29 años.

En 1818 fue enviado a Ars, un pequeño pueblo de 230 habitantes. Iba a ser un destino menor, casi de castigo. Acabó siendo el epicentro de una de las experiencias pastorales más intensas del siglo XIX.

Confesiones sin descanso

Allí empezó visitando casa por casa, compartiendo lo poco que tenía, fundando un orfanato y una escuela para niñas. Dormía poco, apenas comía, predicaba con sencillez y se pasaba días enteros en el confesionario. Se calcula que, en sus últimos años, atendía a unas 300 personas diarias. Su fama creció tanto que la compañía de trenes tuvo que ampliar las instalaciones de Lyon para acoger a los miles de fieles que llegaban.

Pero si por algo fue conocido Vianney, más allá de su caridad y su confesionario, fue por sus combates espirituales. Durante casi toda su vida en Ars, relató episodios de ataques demoníacos: golpes en la rectoría, muebles arrastrados, sábanas rasgadas, incluso su cama incendiada. A uno de los demonios lo llamaba le Grappin (el Garfio). No eran visiones: hay testigos de muchos de estos hechos, desde vecinos a agentes de policía.

La confesión fue el centro de su sacerdocio. Pasaba horas escuchando y acompañando almas, con una agudeza espiritual que sorprendía incluso a los propios penitentes, a quienes revelaba pecados o detalles olvidados de su pasado. Su fama creció, pero él no buscaba reconocimiento: varias veces intentó abandonar Ars, pero no lo logró. El descanso no le llegó hasta el final. A finales de julio de 1859 cayó gravemente enfermo, y tras una semana de postración murió el 4 de agosto, con 73 años.

En 1905 fue beatificado por san Pío X. En 1929, Pío XI lo canonizó y lo proclamó patrón de los párrocos. Hoy, más de medio millón de personas visitan cada año Ars. Lo hacen por lo mismo que iban entonces: no por ver a un personaje extraordinario, sino para descubrir qué puede hacer la gracia de Dios cuando encuentra un cura dispuesto a todo.

lunes, 3 de agosto de 2026

Profundizando en la advocación del Buen Suceso R.H.M.

La devoción a Nuestra Señora del Buen Suceso trasciende el mero hecho histórico o la anécdota providencial de sus orígenes. Contemplada desde una perspectiva teológica y mística, esta advocación constituye un profundo tratado de mariología aplicado a la historia y un faro de dirección espiritual para el alma cristiana contemporánea. En el lenguaje actual, la palabra "suceso" se asocia comúnmente a un evento imprevisto o a una noticia; sin embargo, en la teología mariana clásica, el término se arraiga en su etimología latina (succedere: acontecer, heredar, venir después). El Suceso por Excelencia desde el plano de la Redención, o el "Buen Suceso" con mayúsculas, es el acontecimiento de la Encarnación. Es el momento en que el Logos divino asume la carne humana en el vientre de María. El "Buen Suceso" primigenio es el Fiat de María en la Anunciación (Lucas 1,38). De ese asentimiento humano-divino se derivan todos los buenos sucesos de la Iglesia. El "Buen Suceso" es el cumplimiento del plan de Dios trazado desde antiguo. Por eso el himno del Carbayu habla del ''secreto de una historia viva, que cambió nuestra suerte mortal''.

Para comprender la magnitud de la advocación de Nuestra Señora del Buen Suceso, es necesario despojarse de una lectura superficial y adentrarse en las corrientes más profundas de la Teología Dogmática y la Mariológica. Esta devoción podría ser vista como un título más dentro de los incontables que se le han dado a la Madre de Dios y que la Iglesia reconoce. Pero este nombre en concreto, nos sirve como clave hermenéutica para descifrar el combate espiritual de la Modernidad y la Postmodernidad. Sería interesante profundizar -teológicamente hablando- en el concepto "Buen Suceso" en la Economía de la Salvación, entendiendo ese ''Suceso'' como clave de la Teología del Acontecimiento Divino. En la dogmática católica, la historia no es un fluir caótico de hechos azarosos, sino una Historia de la Salvación. El término "Buen Suceso" debe ser leído a la luz de la Providencia Divina. Mientras que para el mundo un "suceso" es un accidente cronológico, para Dios es un designio eterno que irrumpe en el tiempo (Kairós).

Un pasaje evangélico que la religiosidad popular ha vinculado a este nombre de Nuestra Señora, es el de la Presentación en el Templo. Si históricamente el origen de este título tiene su génesis en el conocido viaje de dos religiosos españoles -Gabriel de Fontanet y otro religioso Mínimo- al Papa Pablo V, tradicionalmente, nuestra advocación se ha vinculado al viaje de la Virgen al Templo para presentar al Niño Jesús. Teológicamente, esto representa el ofrecimiento de la Víctima Perfecta para la salvación del mundo. María es la mediadora que "hace suceder" el encuentro entre la humanidad y su Salvador. El Buen Suceso es la afirmación dogmática de que Dios gobierna la historia. Nada queda al azar; incluso los eventos que parecen caóticos o trágicos son conducidos por la Providencia hacia un fin santo y redentor bajo el amparo de la Madre de Dios. Al conectar esta advocación con la Purificación de María y la Presentación del Niño Jesús en el Templo, la teología espiritual nos sitúa en el umbral del sacrificio. María entrega voluntariamente al Cordero en el Templo, prefigurando así el Calvario. El "Buen Suceso" de la Redención está íntimamente ligado al misterio del dolor redentor.

En el lenguaje teológico de la época barroca, la palabra "suceso" se entiende especialmente como acontecimiento, culminación y destino. Santa María es amparo y defensora del pueblo cristiano peregrino en este mundo hacia el eterno. Cuando invocamos a María como Virgen del Buen Suceso, estamos proclamando que el mal tiene los días contados; el pecado no tiene la última palabra sobre nuestras vidas. Esta advocación nació en una España que se debatía entre el esplendor y la dificultad, en un tiempo donde la fe necesitaba ser fortalecida frente a las tormentas de la historia. La Virgen del Buen Suceso se presenta ante nosotros no sólo como una madre consoladora, sino como una firme defensora del depósito de la fe. Ella, incluso en los peores momentos de su vida, permanecía de pie, firme en la esperanza del "Buen Suceso" de la Resurrección.

La imagen de la Virgen que sostiene al Niño Jesús en su brazo izquierdo, sintetiza su realeza y su mediación materna; Ella no es la fuente de la gracia, pero por disposición divina, es el canal. Nuestra Señora del Buen Suceso es una manifestación de la Misericordia Divina. Dios no deja huérfana a su Iglesia en los periodos de mayor oscuridad espiritual. Al presentarse -igualmente- como "estrella para los náufragos", la Virgen María nos recuerda que por muy fuerte que sea la tempestad cultural o eclesial, Ella es el puerto seguro que conduce directamente al Sagrado Corazón de su Hijo. Contemplar teológicamente a Nuestra Señora del Buen Suceso es recordar que la historia humana no camina hacia el caos, sino hacia una recapitulación en Cristo, y Ella es el signo precursor de ese "buen suceso" definitivo, el advenimiento del Reino de Dios en su plenitud, y el triunfo del Inmaculado Corazón.

Oración a Nuestra Señora del Buen Suceso

 

Te rogamos, Señor,
que venga en nuestra ayuda
la intercesión poderosa de la Virgen María,
Nuestra Señora del Buen Suceso,
para que nos veamos libres de todo peligro
y podamos vivir en tu paz.
Por nuestro Señor Jesucristo.

domingo, 2 de agosto de 2026

Homilía en la Festividad de Nuestra Señora del Buen Suceso

Queridos hermanos sacerdotes,
Junta directiva de la Cofradía de El Carbayu,
Autoridades,
Hermanos y hermanas todos en el Señor:

Hoy nos unimos con gozo para celebrar la fiesta de Nuestra Señora del Buen Suceso. Este año nuestra celebración contiene una especial dosis de gratitud, pues de algún modo, clausuramos el Centenario de la Romería que con tanta ilusión vivimos el pasado año. Seguimos peregrinando con un siglo ya a las espaldas al amparo de esta advocación tan profundamente nuestra, que nos evoca el secreto de la victoria de Dios en medio de las borrascas de la historia. Al contemplar su sagrada imagen, somos invitados a levantar la mirada por encima de las dificultades cotidianas y sintonizar nuestro corazón con los designios de la Divina Providencia. En la mentalidad de nuestro tiempo, la palabra "suceso" evoca acontecimientos fortuitos, noticias o éxitos humanos. Pero en la teología , el "Buen Suceso" es Jesucristo. Él es el acontecimiento definitivo que ha transformado la historia humana para siempre. Cuando esta advocación se arraigó en nuestra tierra, el Espíritu Santo quería dejarnos un mensaje profético: el "buen suceso" de la historia es el triunfo de la gracia sobre el pecado. No es optimismo ingenuo, es la certeza teologal de que Dios siempre tiene la última palabra.

Las lecturas de este decimoctavo domingo del tiempo ordinario nos enfrentan con una realidad muy humana: nuestras necesidades, nuestros deseos y hacia dónde dirigimos el corazón. El ser humano pasa la vida buscando saciarse. A veces tenemos hambre de pan físico, otras veces tenemos hambre de seguridad económica, pero en el fondo, todos tenemos hambre de eternidad. Hoy miramos a la Santísima Virgen María, Madre del Buen Suceso para aprender de ella cómo alimentar y saciar verdaderamente nuestra vida. La liturgia de esta fiesta de la Madre es un antídoto contra el desánimo. Es fácil mirar a nuestro alrededor y sentir miedo ante la crisis de valores y los males de nuestro mundo que nos afectan. Ahí tenemos en nuestro interior el dolor por tanto sufrimiento que el fuego ha provocado y sigue provocando, tantas desgracias indescriptibles que nos encogen el corazón. Pero, precisamente cuando la noche es más oscura, la presencia de la Virgen del Buen Suceso brilla con más fuerza. Ella es la Estrella de la Mañana que anuncia que el Sol de la Justicia está por salir. Nos enseña la virtud de la esperanza teologal: confiar en las promesas de Dios no porque las circunstancias sean favorables, sino porque Dios es fiel a su palabra. Al igual que Ella permaneció de pie junto a la Cruz, la Iglesia está llamada a permanecer firme, sembrando el Evangelio con paciencia y caridad al lado de los que más sufren.

Las lecturas de la Palabra de Dios nos invitan a contemplar a la Santina de El Carbayu a través de la provisión y el amor divino. María es la tierra fértil que acoge el alimento gratuito En la primera lectura, el profeta Isaías invita a los sedientos a acudir por agua y comida sin dinero. Dios ofrece un banquete gratuito basado en una alianza perpetua. La Virgen María es el modelo perfecto de quien recibe esta gratuidad divina. Ella no compra la gracia con riquezas ni méritos propios, sino con su total apertura de corazón. Al igual que Nuestra Señora del Buen Suceso, se nos invita a vaciarnos de seguridades materiales para ser saciados únicamente por la palabra y los bienes eternos del cielo. Ella también experimentó el desierto de la incertidumbre: el anuncio del ángel que cambiaba sus planes, la huida a Egipto, la pobreza del pesebre. Sin embargo, María nunca desesperó; Ella guardaba todo en su corazón, alimentándose de la promesa de Dios. Ella no buscó seguridades en el pasado ni en las riquezas; su única seguridad fue la palabra del Señor. Imitemos a María en esa vivencia radical del evangelio, que rompe muros, divisiones y distancias, que es capaz de reconciliar lo irreconciliable, de sanar las heridas más abiertas y de reconvertir los odios más enquistados en las amistades más nobles y sinceras. 

María es el canal del amor del que nada puede separarnos. Como hemos escuchado en la segunda lectura, san Pablo proclama con fuerza a los cristianos de Roma que absolutamente nada —ni la angustia, ni el hambre, ni el peligro o la espada— podrá apartarnos del amor de Cristo. María experimentó en carne propia la espada del dolor, la persecución y el desamparo al pie de la cruz. Sin embargo, permaneció firmemente unida al amor de su Hijo, convirtiéndose en Madre de la Esperanza. Ella nos enseña que las dificultades de la vida no son un signo del abandono de Dios. Al contrario, bajo su protección maternal, aprendemos a perseverar en la fe. María, es el modelo de la discípula perfecta unida al Señor... En su canto del "Magnificat", proclama con gozo: «A los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos». María descubrió y entendió que su propio Hijo era la verdadera riqueza de la que ya nadie la podría separar. Ella se vació de sí misma, de ambiciones y de apegos personales y materiales para llenarse completamente de la gracia de Dios. María es la criatura purísima que nunca conoció el pecado.  Acudir a Ella es aprender a vivir con los pies en la tierra, pero con el corazón en el cielo. Esta Madre nos ayuda a ordenar nuestros afectos, a no poner la felicidad en el dinero, en el éxito o en el consumo, sino en el amor generoso y en el servicio al prójimo.

El Evangelio de san Mateo narra la multiplicación de los panes y los peces, donde Jesús, movido a compasión, sacia el hambre de la multitud. Este milagro es un claro signo profético de la Eucaristía.. Ella -como vemos en su imagen- presenta y entrega a Jesús al mundo recordándonos las palabras de las bodas de Caná: "Haced lo que Él los diga"... Jesús pide a sus discípulos: "Dadles vosotros de comer". Mientras que María nos educa para poner lo poco que somos y tenemos en las manos de Cristo para que Él lo multiplique en favor de nuestros hermanos.  Si Jesús es el Pan de Vida bajado del cielo, María es el campo bendito donde germinó ese trigo. Ella es el primer Tabernáculo de la historia. Durante nueve meses, el Pan de Vida se formó en sus entrañas virginales. María nos enseña que comulgar y recibir a Cristo no es solo un rito, sino un misterio que debe transformar nuestra existencia. Ella se alimentó de Cristo antes de darle a luz, y nos invita a nosotros ahora a buscar a Jesús no por los milagros materiales o por conveniencia, sino por lo que Él es: nuestra vida, nuestra salvación, nuestra verdad, nuestro camino...

Hermanos, no trabajemos sólo por la comida que se acaba. No acumulemos graneros vacíos de amor... Pidámosle hoy a nuestra Madre del Cielo y Señora del Carbayu que nos conceda un corazón semejante al suyo: un corazón hambriento de Dios, desprendido de lo material y lleno de caridad. Al acercarnos ahora a la mesa de la eucaristía, donde el misterio del "Buen Suceso" de la Redención se hace presente de forma viva y real, pongamos en las manos de María nuestras vidas, nuestras familias y las necesidades de alma y cuerpo. Le encomendamos especialmente a nuestro difuntos, los socios de esta Cofradía, vecinos de El Carbayu y tantos devotos de la Virgen del Buen Suceso que ya no están entre nosotros. Que cuando arrecie la tormenta en nuestras almas o la duda llame a nuestra puerta, sepamos repetir con confianza propia de hijos: ¡Nuestra Señora del Buen Suceso, intercede por nosotros, protege nuestra fe y condúcenos al puerto seguro de la salvación eterna!
 Amén