sábado, 25 de julio de 2026

Santiago Apóstol, cuando España recuerda quién la puso en camino. Por Luis Javier Moxó Soto

(Rel.) Cada 25 de julio, llueva o haga sol, la Plaza del Obradoiro se convierte en un espejo donde España vuelve a verse a sí misma de un modo insólito. Llegan peregrinos cojeando, ciclistas con barro hasta las cejas, grupos de parroquia, matrimonios mayores, jóvenes de medio mundo, algún turista que no sabe bien qué hace allí y, en medio de todos, esa mezcla de lágrimas, risas cansadas y abrazos que solo se da cuando uno ha caminado mucho más de lo que imaginaba. Frente a la fachada de la catedral, una pregunta flota en el aire: ¿quién nos ha traído hasta aquí?

La respuesta tiene un nombre y una historia que mezclan hechos y leyenda, como casi todo lo vivo. Santiago el Mayor, hijo de Zebedeo, hermano de Juan, uno de los primeros en dejarlo todo por seguir a Jesús. La tradición más antigua dice que, tras la Ascensión, predicó el Evangelio hasta los confines de la Hispania romana, conoció la pobreza de estas tierras y, de regreso a Jerusalén, fue el primero de los apóstoles en entregar la vida por Cristo. Sus discípulos habrían traído sus restos hasta Galicia, donde quedaron escondidos durante siglos, hasta que una luz misteriosa —la famosa “campus stellae”— señaló a un ermitaño el lugar de la tumba. A partir de ahí, la historia de España ya no se entiende sin ese sepulcro.
Un apóstol entre la historia y la leyenda

Los historiadores discuten fechas, viajes, detalles. La fe, en cambio, se fija en otra cosa: desde hace más de mil años, la Iglesia confiesa que en Compostela se venera la tumba de un apóstol, y eso basta para cambiar el peso espiritual de un país. Un pueblo que tiene enterrado en su tierra a un amigo directo de Jesús queda marcado para siempre.

La tradición cuenta que Santiago anunció el Evangelio en Hispania con poco éxito y mucho cansancio. Hay un episodio que ha quedado grabado en la memoria cristiana: la visita de la Virgen María en Zaragoza, cuando aún vivía en Jerusalén, para consolarlo y animarlo a perseverar cuando todo parecía estéril. Es la escena del Pilar: una Madre que se adelanta a la desbandada, que sostiene la misión cuando los frutos no se ven, que recuerda al apóstol que no se trata de resultados, sino de fidelidad.

Más tarde llegarían otros relatos, entre ellos el más polémico: la aparición de Santiago “Matamoros” en la batalla de Clavijo, en el siglo IX, ayudando a las tropas cristianas frente al ejército musulmán. Es una imagen que ha sido leída de mil maneras, a veces mal utilizada, otras interpretada como símbolo de una lucha más profunda: la del Evangelio contra todo lo que deshumaniza al hombre. Más allá de debates, lo que permanece es que la figura de Santiago se convirtió en bandera de una España que se sabía llamada no a cerrarse sobre sí misma, sino a llevar la fe hasta “el fin de la tierra”.

Entre hechos verificables y tradiciones piadosas, aparece un hilo firme: Santiago es para España el apóstol que vino a sembrar cuando casi nada germinaba, que volvió aquí con su tumba para sostener a un pueblo entero, que ha sido invocado durante siglos en momentos de crisis, de guerra, de plaga, de reconstrucción.

La ofrenda de los Reyes y una nación de rodillas

Desde el siglo XVII, la monarquía española mantiene un gesto que dice más de lo que parece: la Ofrenda Nacional al Apóstol. Instituida por Felipe IV, se realiza cada 25 de julio (y también el 30 de diciembre, fiesta de la Traslación), y en los años santos de manera especialmente solemne. No es un mero protocolo: es la confesión pública de que la Corona, y con ella la nación, se reconocen deudoras de la fe recibida y la confían de nuevo a la intercesión de Santiago.

En los últimos años, reyes de distintas sensibilidades han mantenido la tradición. En sus palabras ante el Apóstol se repiten algunas constantes: pedir por la unidad de España, por los más vulnerables, por las víctimas de tragedias como Angrois, por la superación de las crisis, por la concordia entre territorios. Más allá de agendas políticas, hay algo profundamente significativo: un jefe de Estado que se presenta cada cierto tiempo ante la tumba de un apóstol para decir, en nombre de todos: “No nos bastamos a nosotros mismos”.

¿Sigue teniendo sentido este gesto en un país secularizado, plural, herido por tantas divisiones? Más que nunca. No porque la fe sea un elemento “identitario” que haya que exhibir, sino porque recuerda algo esencial: España no se explica sin Cristo, sin la Iglesia, sin la sangre de sus santos. Intentar borrar esa memoria no hace al país más neutral: lo deja sin alma.

Que todavía exista una Ofrenda Nacional, que todavía se pronuncien ante el Apóstol palabras de gratitud y súplica, es un recordatorio de que la historia no empezó ayer y de que ninguna ingeniería social puede cambiar el hecho de que este pueblo se ha forjado a la sombra de la cruz.

El Camino: una arteria que sigue llevando vida

Si la tumba de Santiago es el corazón, el Camino es la red de arterias por la que la gracia ha circulado durante siglos. Camino Francés, Portugués, del Norte, Primitivo, de la Plata… Más allá de las rutas, lo que importa es la experiencia: salir, cargar con lo necesario, dejar atrás seguridades, convivir con desconocidos, aprender a pedir y a agradecer, caminar en silencio, descubrir que el propio cuerpo tiene límites, y que muchas veces el alma va por detrás.

La Iglesia ha visto siempre la peregrinación a Santiago como una metáfora viva de la vida cristiana: el pueblo de Dios en marcha, entre polvo y ampollas, con etapas duras y otras agradecidas, con noches de cansancio y amaneceres de consuelo, con desvíos y reencuentros, con un objetivo que no es solo llegar a una ciudad, sino dejarse encontrar por el Señor.

El Camino nació como experiencia profundamente religiosa: penitencia, conversión, cumplimiento de votos, búsqueda de indulgencia, deseo de reparar pecados, petición de ayuda ante grandes decisiones. Hoy se mezcla de todo: turismo, deporte, búsqueda espiritual difusa, moda, curiosidad. Y sin embargo, una y otra vez, quienes empiezan “por fuera” acaban descubriendo que algo muy hondo se ha movido “por dentro”.

“Es una experiencia interior”, escriben los que han reflexionado sobre su espiritualidad: una pedagogía que, a base de kilómetros, mochilas y encuentros, enseña a soltar pesos del alma, a reconciliarse con el propio pasado, a abrirse a Dios aunque uno no supiera ponerle nombre. Muchos testimonios de conversión y de vuelta a la fe publicados en estos años nacen precisamente ahí: en una etapa bajo la lluvia, en una confesión inesperada en un albergue, en una Misa de peregrinos donde alguien se derrumba al oír el Evangelio.

Que en pleno siglo XXI el Camino de Santiago siga lleno, que jóvenes agnósticos, matrimonios rotos, ejecutivos quemados, jubilados cansados y familias enteras se lancen a recorrerlo, es uno de esos signos que hablan por sí solos: el corazón humano sigue teniendo sed, y Dios sigue sirviéndose de un apóstol enterrado en Galicia para saciarla.

Santiago y España: raíces que no caducan

En los últimos años, distintos papas han insistido en la necesidad de que Europa no reniegue de sus raíces cristianas. León XIV, en continuidad con Juan Pablo II y Benedicto XVI, lo ha repetido con particular fuerza a propósito de España. Un país que ha dado santos, misioneros, mártires, universidades, catedrales, caminos de peregrinación, no puede tratar su propia historia cristiana como si fuera un accidente vergonzante.

Santiago Apóstol encarna, de algún modo, el nervio de esas raíces:

Es discípulo antes que símbolo: su autoridad no nace de una identidad nacional, sino de su cercanía a Cristo.

Es peregrino: no se quedó en casa; cruzó mares y tierras para anunciar el Evangelio hasta el último confín.

Es mártir: su palabra no fue barata; la selló con la sangre.

Es intercesor: desde su tumba, sigue recibiendo las plegarias de quienes se acercan con fe sencilla: familias, parados, enfermos, políticos, jóvenes buscadores.


España se ha mirado durante siglos en ese espejo. Cuando ha sido fiel a la imagen que le proponía —una nación en camino, abierta a la misión, dispuesta a gastar la vida por Cristo— ha generado frutos que han llegado hasta América, África y medio mundo. Cuando ha traicionado esa vocación, se ha quedado atrapada en sus propias luchas internas, en proyectos ideológicos que, tarde o temprano, se revelan incapaces de sostener la esperanza.

Hoy, cuando se reavivan debates sobre identidad, memoria histórica, símbolos religiosos, unidad territorial, libertad religiosa, la fiesta de Santiago invita a bajar el volumen de los eslóganes y subir el de la oración. Antes de discutir quién es España, convendría recordar Quién la puso en pie, Quién caminó con ella cuando era casi nada, Quién la ha sostenido en sus horas más oscuras.

Oración

Señor Jesús, que llamaste a Santiago a dejar las redes para seguirte hasta dar la vida, mira a España, que lo venera como patrono.

Haz que esta nación recuerde que su verdadera grandeza no está en sus éxitos ni en sus derrotas, sino en haber recibido tu Evangelio y haberlo llevado a otros pueblos.

Que el Camino de Santiago siga siendo escuela de conversión, de perdón y de encuentro contigo para tantos que buscan sin saberlo.

viernes, 24 de julio de 2026

Este Domingo

 

La VI Peregrinación Nuestra Señora de la Cristiandad partirá mañana hacia Covadonga con una participación récord

(Infovaticana) La VI Peregrinación Nuestra Señora de la Cristiandad – España comenzará este 25 de julio con la salida de cientos de peregrinos desde la catedral de Oviedo hacia el santuario de Covadonga, donde concluirá dos días después tras recorrer cerca de cien kilómetros a pie.

La organización afronta esta nueva edición con la previsión de superar el récord de participación alcanzado en 2024. Su presidenta, Diana Catalán, ha señalado en entrevistas recientes que, tras el rápido crecimiento de los primeros años, la peregrinación ha entrado en una etapa de consolidación sin dejar de aumentar el número de inscritos.

Una peregrinación ya consolidada

Inspirada en la tradicional peregrinación de Pentecostés entre París y Chartres, la marcha española se ha consolidado como la principal peregrinación vinculada a la liturgia tradicional en España. El modelo, nacido en Francia hace más de cuatro décadas, ha dado lugar en los últimos años a iniciativas similares en países como Argentina, Reino Unido, Portugal e Italia.

La meta es el santuario de Covadonga, un lugar estrechamente unido a la tradición de la Reconquista, donde los organizadores proponen una peregrinación de carácter penitencial ofrecida por la Iglesia, por el Santo Padre y por España.

Participación internacional en aumento

La edición de este año reunirá a 40 capítulos, de los cuales 29 proceden de España y 11 del extranjero. Entre ellos habrá peregrinos llegados de Francia, Reino Unido, Irlanda, Países Bajos, Portugal, Italia, Polonia, Australia, México y Estados Unidos, reflejando el creciente carácter internacional de la convocatoria.

Según ha explicado la organización en los últimos días, la peregrinación española mantiene una estrecha colaboración con las demás iniciativas inspiradas en Chartres, compartiendo experiencias organizativas y de formación.

Liturgia, oración y vida sacramental

Durante los tres días de camino, los peregrinos recorrerán cerca de cien kilómetros divididos en capítulos, participando diariamente en el rezo del Rosario, meditaciones espirituales —dedicadas este año a la virtud de la fe— y en la celebración solemne de la Santa Misa según el usus antiquior, conforme al Misal Romano de 1962.

La peregrinación contará además con alrededor de cincuenta sacerdotes, distribuidos entre los distintos capítulos, que estarán disponibles para administrar el sacramento de la confesión y ofrecer acompañamiento espiritual durante todo el recorrido. Cada jornada concluirá con un tiempo de adoración eucarística en el campamento.

Una nueva modalidad para familias

Entre las novedades de esta sexta edición figura la incorporación de una «minirruta», diseñada para facilitar la participación de familias con niños menores de seis años. Este itinerario, de unos cuatro kilómetros diarios y apto para carritos de bebé, se suma a la ruta completa y a la modalidad familiar, permitiendo que más familias puedan integrarse en la peregrinación.

La organización espera que esta nueva modalidad contribuya a ampliar la participación familiar y pueda consolidarse en futuras ediciones si la acogida responde a las expectativas.

jueves, 23 de julio de 2026

Cosas que no son obligatorias en misa, y cosas que sí. Por Jorge González Guadalix

(De profesión cura) Es que, con el paso del tiempo, los vicios adquiridos y las cosas que la gente observa, podemos acabar con los principios trastocados, de forma que lo accesorio pasa a ser fundamental, lo fundamental queda diluido y el ritmo propio muy trastocado.

Obligatorias:

Lugar digno -no andemos celebrando en cualquier sitio por capricho o esnobismo-.

Altar bien dispuesto y preparado: mantel o manteles, velas, adorno apropiado.

Vasos sagrados según las normas litúrgicas.

Misal romano. Leccionario apropiado. Respetar las rúbricas.

Ornamentos prescritos: alba, cíngulo, estola y casulla.

No obligatorias:

Las moniciones.

Cantar, por ejemplo.

Añadir elementos extraños en el ofertorio. No a las procesiones interminables de ofrendas.

La homilía en todas las misas.

El rito de la paz.

Ritmo propio

Las misas no son propiedad del celebrante ni del pueblo. Son de la Iglesia.

Los fieles tienen derecho a saber qué se van a encontrar: una misa de treinta, cuarenta minutos o una hora; si cantada hasta el agotamiento o rezada. O peor algún, el mismo horario, la misma parroquia y hoy son treinta minutos y el próximo domingo hora y cuarto. Más respeto a los fieles.

El centro de la misa es Cristo, y Cristo en el Calvario, no el sacerdote.

La misa tiene su tiempo y su ritmo. Pasa en ocasiones que dedicamos tanto tiempo a lecturas y, sobre todo, a la homilía, que se compensa corriendo en la plegaria eucarística. Inmenso error.

Las grandes solemnidades necesitan, perdón, solemnizar. Que se note la liturgia.

Como ven, cuatro líneas sin mayores pretensiones. Pero si se cuidatran, mejor nos iría, digo yo.

La religiosidad de Carlos II, rey de España. Por Guillermo Juan Morado

(La Puerta de Damasco) El libro del historiador Alberto Bravo, “Yo, el Rey. La historia de Carlos II” (Barcelona 2026) pretende ofrecer una renovada imagen del último rey de la Casa de Austria y de su tiempo, siendo consciente el autor de que “la figura de Carlos II sigue siendo para el gran público la de ese rey enfermizo y hechizado de la historiografía clásica, sometido continuamente al escarnio público de periodistas, pésimos divulgadores y pseudohistoriadores que llenan páginas y horas en radios y redes sociales con las más disparatadas invenciones y morbosas fantasías”, pese a que las últimas décadas han supuesto una auténtica revolución en el estudio de su reinado.

Carlos II (1661-1700) murió sin hijos, y legó su inmensa herencia a su sobrino-nieto, Felipe de Borbón (1683-1746), duque de Anjou, nieto de su hermana María Teresa de Austria y de Luis XIV, quien reinó con el nombre de Felipe V. El reinado de Carlos II se extendió desde 1665 a 1700; treinta y cinco años, muchos más de los que reinaron, por ejemplo, Felipe III, Fernando VI, Carlos III o Carlos IV. Al igual que su padre, Felipe IV, el rey Carlos fue amante de la pintura, del teatro y de la música. Fue un monarca plenamente consciente de su dignidad regia, de quien el historiador barcelonés Narciso Feliú de la Peña (+1712) escribió el siguiente elogio: “fue el mejor Rey que ha tenido España […] ha sido el Rey que en España dio su vida por sus vasallos, y para remediar sus daños consumió y aniquiló hasta su mismo corazón, y sangre”.





Un interesante capítulo de la obra de Alberto Bravo está dedicado a la religiosidad de Carlos II, que se inserta en la tradición piadosa de la Casa de Austria, cuyos pilares eran la Eucaristía y la Inmaculada. El bisabuelo del rey Carlos, Felipe II, solía contar a los de su cámara el suceso de su antepasado, el conde Rodolfo de Habsburgo, quien, viendo que un sacerdote que portaba el Santísimo Sacramento para asistir a un enfermo intentaba cruzar un río, se apeó del caballo en que estaba cazando y, de rodillas adoró al Santísimo, y le regaló el caballo al sacerdote diciéndole: No quiera Dios que yo ni alguno de los míos vuelva a subir en caballo que ha llevado sobre sí a mi Dios y Criador. El propio Carlos II tuvo la oportunidad de reproducir el venerado episodio cuando, el 20 de enero de 1685, volvía a Madrid desde el palacio de El Pardo. A la altura de la Florida se cruzó con un sacerdote que llevaba el viático a un hortelano enfermo de Migas Calientes acompañado de un monaguillo. Carlos II, que iba montado en una carroza, al saber que el sacerdote portaba al Santísimo Sacramento, desmontó del coche y se postró en tierra para adorar a Cristo. Luego, le pidió al sacerdote, “pues llevaba consigo al Rey de gloria”, que subiese a la carroza, yendo el monarca a pie y descubierto, llevando de su propia mano el estribo junto al coche hasta la casa del enfermo. El fervor eucarístico de Carlos II se plasma, asimismo, en un cuadro de Claudio Coello que se conserva en la sacristía de San Lorenzo de El Escorial, donde se observa al rey arrodillado frente al prior del Real Monasterio, quien muestra una custodia con la Sagrada Forma.

El segundo pilar de la religiosidad de la Casa de Austria era la promoción del dogma de la Inmaculada, cuya defensa fue impulsada por Felipe III, quien en 1616 dispuso la creación de la Junta de la Inmaculada Concepción con el propósito de propiciar que Roma definiese el dogma y de fomentar la expansión del culto inmaculista en los reinos y dominios del rey católico. Carlos II consiguió que el 15 de mayo de 1693 el papa Inocencio XII firmara el breve por el que concedía la celebración del misterio de la Concepción con octava de precepto y con carácter doble de segunda clase en toda su monarquía. No obstante, la definición dogmática tuvo que esperar hasta 1854, cuando reinaba Isabel II y era pontífice Pío IX.

Otro de los grandes anhelos de los reyes de la Casa de Austria era lograr que Roma reconociese como santo a un rey español; un objetivo que se alcanzó en 1671, en pleno gobierno de Mariana de Austria, madre de Carlos II, cuando el papa Clemente X sancionaba y validaba el culto que se tributaba al rey san Fernando III en Sevilla y en gran parte de los reinos de España, ampliándolo al resto de los dominios del monarca e incluyéndolo después en el misal y breviario romanos.

miércoles, 22 de julio de 2026

Santoral del día: Santa María Magdalena

(COPE) Los Frutos del Espíritu de Dios que toca y convierte los corazones se manifiesta en la Santa de este día. Hoy celebramos a Santa María Magdalena. Su apellido proviene del pueblo de Magdala en el que ella había nacido.

El Papa San Gregorio y la tradición la identifican con la pecadora que va a casa de Simón el fariseo cuando el Señor es invitado allí, y se convierte. El hecho es que tras una vida muy mundana se encuentra con Cristo que le sana. De ella habían salido siete demonios. Desde ese momento destaca ante los otros su amor a Dios.

Formaba parte del grupo de mujeres que atendían al Señor y sus discípulos. En toda la Pasión, no se esconde como los demás, sino que se sitúa hasta el final en el Calvario para acompañar a Jesús, hasta que muere dando la Vida por todos.

En la Resurrección se encuentra el Sepulcro Vacío y se lo dice a Pedro y Juan. Y cuando llora desconsolada se le aparece el Señor Resucitado y termina reconociéndolo. En los evangelios se relata cómo es la primera a la que se le aparece Jesús.

La tradición dice que acompañó a La Virgen y el Apóstol San Juan a Éfeso. En Occidente se cree que predicó el Evangelio en la parte francesa de Marsella, en el sur de Las Galias, y con una vida totalmente de contemplación y de ermitaña.

El Papa Francisco puso su día como una Fiesta, resaltando a Santa María Magdalena como fiel discípula. De esa forma se apoya en las palabras de Santo Tomás de Aquino que califica a esta Santa Mujer como “Apóstol entre los apóstoles”.

Entrevista al Cardenal Rouco Varela (II): «¿'Resignificar' el Valle de los Caídos? Es una basílica donde se reza por todos. Ya está»

(El Debate) El próximo 20 de agosto cumplirá 90 años, se mantiene en buen estado de salud y con la cabeza despierta y ágil, como de costumbre. Pero el cardenal Antonio María Rouco Varela (Villalba, Lugo, 1936) se cuida, y reconoce que no siguió la final del Mundial que enfrentó a España con Argentina. «Vi un resumen después del partido», puntualiza. «Bueno, en fin, tengo que reconocer que, a veces, viendo partidos donde juega un equipo con el que tengo mucha afinidad, me pongo un poquito nervioso y por lo tanto prefiero no verlo», apunta. Sabia decisión que sería de utilidad para muchos otros.

–La Selección nos da alegrías, pero el resto del panorama patrio anda bastante revuelto... La que le montaron algunos hace unos días a monseñor Luis Argüello por recordar la cita de San Agustín: «Cuando un Estado olvida la ética se convierte en una banda de ladrones»...

–La traducción que yo conocí era cueva de ladrones... Pero sí, viene a ser lo mismo. Yo eso lo he oído en un acto sobre Europa en la catedral de Espira (Alemania). Es una catedral espléndida, románica, donde están enterrados un buen número de emperadores del Sacro Imperio Romano Germánico. No recuerdo exactamente cuándo fue, pero participaron todos los jefes de Estado de Europa.

Fuimos invitados a ese acto varios obispos y arzobispos titulares de diócesis con un significado europeo singular. Santiago de Compostela evidentemente lo tiene [el cardenal Rouco, en ese momento, era el arzobispo de la diócesis gallega]. Me invitó el obispo de Espira, entonces monseñor Friedrich Wetter, que, por cierto, después fue arzobispo de Múnich y cardenal, y que aún vive, que debe andar cercano a los 100 años y era muy amigo nuestro y de España y venía a veces a Santiago.

Recuerdo que el discurso fue del cardenal Ratzinger, que comenzó con esa frase: Un reino donde no hay justicia es una cueva de ladrones. No eres dueño absolutamente de todos los aspectos de tu vida; tienes que vivir moralmente, éticamente. Por la fe te planteas quién eres tú, cuál es tu vocación, quién te la ha dado, de dónde vienes...

Pero por ahí no vino la crítica a la frase de don Luis, si no por decirla y por el lenguaje, porque es duro, es duro. Y, si lo lees en la actualidad, en una realidad histórica concreta, como la de ahora, pues claro, duele. Pero yo creo que, en el ejercicio del Magisterio de la Palabra por parte del obispo y de la Conferencia Episcopal de obispos, hay que decir la verdad, y hay que proclamarla. Puede costar algo, te puede costar... Siempre ha costado.
Sin miedo

–Hay que decir la verdad, aunque algunos luego reaccionen muy mal...

–Aunque duela, sí, sí. Hombre, vamos a fijarnos en la persona y la historia de Jesús, del Hijo de Dios hecho hombre. Desde el punto de vista humano, pasión y cruz y muerte. Eso lo han vivido los primeros apóstoles y, a lo largo de toda la historia, ha ocurrido muchas veces. Hombre, ahora no. No cuesta sangre, no cuesta martirio, pero cuesta, cuesta. Cuesta comentarios, cuesta contestaciones agresivas o, por lo menos, contestaciones que no brillan por su buena educación.

Un servidor tiene una cierta experiencia en esas situaciones... Yo le comentaba a don Luis –cuando le llamé para animarle– que, un día de San Isidro Labrador en Madrid, yo acostumbraba, después de la misa en la Colegiata, ir a pie hasta mi casa, que no está lejos. Además, yo iba con el capisayo, o sea, que era súper reconocible, y tuvimos que esperar ante el semáforo en rojo para pasar a la calle. Pasaban dos chicos vestidos así, como raro, estos que van con pelos así como... Bueno, y empiezan a hablar de monseñor Setién, donde está Setién y tal. Luego me empezaron a insultar a mí también. Pero pasé al otro lado de la calle. Una señora me besa el anillo y me dice: Señor Cardenal, acaba de ser usted un poco más bienaventurado. Así que dije: Tú aplícate el cuento.
El Valle de los Caídos

–Usted, que ha sido arzobispo de Madrid, ¿cómo ve el tema del Valle de los Caídos? ¿Cómo cree que va a acabar?

–Hombre, a mí me ha extrañado. Las leyes de memoria histórica son súper problemáticas. Los que hemos vivido toda la transición política, en la etapa de mi vida de treintañero y cuarentañero, que fue la de los políticos de entonces, Adolfo Suárez, Felipe González... La reconciliación era necesaria. La Conferencia Episcopal Española lo recordó el año 75. En el fondo era ya una realidad vivida por todos. Yo no recuerdo durante mi vida de joven seminarista, de joven profesor, de joven sacerdote, decir: este era de este bando, este era del otro. Ese dato no se daba en la vida normal y corriente.

Pero en lo político sí necesitamos, creo yo, una especie de punto final, de nuevo comienzo. Lo que no se puede es volver otra vez a una memoria colectiva nacional partida. Eso no es responsable. Cada uno tiene su memoria.

Y claro, eso afecta al Valle de los Caídos. El Valle de los Caídos lo hemos vivido siempre como un lugar de reconciliación donde se reza por todos los que murieron en la guerra. Ya está desligado de los elementos concretos de los años en que fue construido. ¿Hay que resignificar el Valle de los Caídos? Es una basílica donde se reza. Ya está. Pero claro, es una consecuencia de la Ley de Memoria Histórica y Memoria Democrática. En fin...
Los estatutos del Opus Dei

–¿Tiene usted alguna información de en qué punto se encuentran los trabajos en el Vaticano sobre los nuevos estatutos del Opus Dei?

–Esa es una información concreta que no tengo. Pero, conociendo al Papa, el Papa cuida mucho el no herir sin necesidad. Es decir, si tú anuncias que Cristo es el Salvador del hombre y que el momento culminante de su obra salvadora es la cruz, y lo vives, eso molesta. Molesta al enemigo, al enemigo de las cosas de Dios. A Satanás. Por cierto, no ha habido un Papa contemporáneo que hablase tantas veces de Satanás como el Papa Francisco. Y, si tienes que ir al martirio, vas.

Pero, a la hora del gobierno pastoral de la Iglesia, la comprensión, la caridad, es lo que subraya mucho el Papa León. Y, cuando él habla –cuando nos habló al final del Consistorio– vimos que era un espíritu de saber hablar, saber comprender, saber acompañar mutuamente. Cada uno desde su responsabilidad.

La palabra sinodal no puede quedar tan diluida en su significado que valga para todo. Y sobre todo, lo que no puede valer es para negar los elementos constitucionales por derecho divino de la Iglesia. Por lo tanto, en este caso yo creo que el Santo Padre, el Papa, va a actuar sin herir, sin herir. No hay necesidad de herir. En estas situaciones –diríamos de versiones y matices pastorales–, en el nuevo Código de Derecho Canónico del 83, hay todo un capítulo sobre los derechos y deberes de los fieles, y hay que respetarlo. Es decir, no se puede ejercer la autoridad no canónicamente. La autoridad en la Iglesia tiene que realizarse canónicamente según las exigencias del derecho divino.