lunes, 10 de agosto de 2026

San Lorenzo: servir a Cristo en los pobres y permanecer fiel hasta el martirio

(Infovaticana) Cada 10 de agosto, la Iglesia celebra a san Lorenzo, uno de los mártires más venerados de la antigua Iglesia de Roma. Diácono al servicio del papa san Sixto II, su memoria ha atravesado los siglos unida a dos testimonios inseparables: la caridad hacia los pobres y una fidelidad a Cristo mantenida hasta el martirio.

Los datos sobre sus primeros años son escasos. Una antigua tradición sitúa su nacimiento en Hispania y lo vincula particularmente con Huesca.

Su vida conocida, sin embargo, transcurre fundamentalmente en Roma, donde ejerció el ministerio diaconal y asumió responsabilidades relacionadas con la administración de los bienes de la comunidad y la atención a los necesitados.

Junto a san Sixto II durante la persecución

En el año 258, la persecución del emperador Valeriano golpeó directamente a la jerarquía de la Iglesia. El papa Sixto II fue detenido mientras celebraba la liturgia en el cementerio de Calixto y ejecutado el 6 de agosto junto con varios diáconos.

Lorenzo sobrevivió inicialmente, aunque solo durante cuatro días.

San Ambrosio transmitió posteriormente una conocida tradición según la cual Lorenzo, al ver que conducían al Papa hacia el martirio, lamentó no poder acompañarlo: «¿Adónde vas, padre, sin tu hijo? ¿Adónde te diriges, santo sacerdote, sin tu diácono?». Sixto le habría anunciado entonces que lo seguiría pocos días después.

La escena refleja la estrecha vinculación que la tradición cristiana estableció desde muy temprano entre ambos mártires: el obispo y su diácono terminarían entregando la vida durante la misma persecución y con apenas unos días de diferencia.

«Estos son los tesoros de la Iglesia»

Como diácono, Lorenzo tenía entre sus responsabilidades la administración de bienes destinados a atender las necesidades de la comunidad y, de manera particular, de los pobres.

Tras la muerte de Sixto II, las autoridades romanas habrían exigido a Lorenzo la entrega de las riquezas de la Iglesia. La tradición conserva entonces uno de los episodios más célebres de su vida: en lugar de presentar los bienes que esperaban encontrar, el diácono reunió a pobres, enfermos y necesitados y los mostró como los verdaderos «tesoros de la Iglesia».

La respuesta expresa una concepción profundamente cristiana de la riqueza. Para Lorenzo, los pobres no constituían una realidad marginal dentro de la comunidad, sino personas en las que el discípulo de Cristo está llamado a reconocer de manera especial al propio Señor.

Su servicio a los necesitados tampoco puede separarse de su ministerio como diácono. La caridad que practicaba nacía de la misma fe que pocos días después tendría que confesar ante sus perseguidores.

El martirio de san Lorenzo

El 10 de agosto del año 258, cuatro días después de la muerte de Sixto II, Lorenzo sufrió el martirio.

El Misal Romano recuerda que el santo «confirmó su servicio de caridad con el martirio bajo Valeriano» y recoge la tradición según la cual había distribuido los bienes de la comunidad entre los pobres.

También una antigua tradición, ampliamente difundida ya en el siglo IV, sostiene que Lorenzo fue sometido al tormento sobre una parrilla. La escena quedó profundamente incorporada a la memoria y a la iconografía cristianas, hasta el punto de que la parrilla se convirtió en el atributo que habitualmente permite reconocer al santo en pinturas y esculturas.

A esa tradición se encuentra asociado incluso un conocido fenómeno del cielo de agosto. Las estrellas fugaces visibles alrededor de estas fechas reciben popularmente el nombre de «lágrimas de san Lorenzo», en recuerdo de las brasas relacionadas con su martirio.

Más allá de la forma concreta de su suplicio, la Iglesia ha conservado ante todo la memoria de su fidelidad: Lorenzo murió como consecuencia de su condición de cristiano y de su ministerio al servicio de la Iglesia de Roma.

«Amó a Cristo en su vida y le imitó en su muerte»

San Agustín encontró en la figura de Lorenzo una profunda continuidad entre el servicio del diácono y la entrega del mártir.

En uno de sus sermones pronunciados con ocasión de su fiesta, el obispo de Hipona recordaba: «Ejercía el oficio de diácono. Allí administró la sagrada sangre de Cristo y allí derramó la suya por el nombre de Cristo».

Agustín relacionaba el martirio de Lorenzo con las palabras de san Juan: «Como Cristo entregó su vida por nosotros, así también nosotros debemos entregarla por nuestros hermanos» (1 Jn 3,16).

Y resumía la vida del santo con una frase que explica el sentido cristiano de su martirio: «Amó a Cristo en su vida y le imitó en su muerte».

Lorenzo había servido como diácono antes de ser llamado a entregar la vida como mártir. El sacrificio final no aparece así desligado de su existencia anterior, sino como la culminación de una fidelidad ejercida previamente en el servicio a Dios y al prójimo.
Un mártir presente en el corazón de la liturgia romana

La veneración a san Lorenzo se extendió muy pronto y llegó a ocupar un lugar privilegiado en la Iglesia de Roma.

Sobre el lugar tradicionalmente identificado con su sepultura se levantó la basílica de San Lorenzo Extramuros, que se convirtió en uno de los grandes lugares de veneración de los mártires romanos.

Su nombre quedó además incorporado a la liturgia. San Lorenzo es uno de los mártires mencionados expresamente en el Canon Romano, actualmente la Plegaria Eucarística I, junto a otros grandes testigos de los primeros siglos del cristianismo.

Durante generaciones, por tanto, su nombre ha sido pronunciado en el corazón mismo de la celebración de la Misa. La Iglesia lo reconoce además como patrono de los diáconos, el ministerio que desempeñó hasta entregar su vida.

Una fidelidad que permanece como ejemplo

Dieciocho siglos después, la Iglesia sigue celebrando a san Lorenzo no por la crueldad del tormento que padeció, sino por la fe que sostuvo su vida y su muerte. Su servicio a los pobres y su martirio nacieron de una misma fidelidad a Cristo.

Lorenzo había aprendido como diácono a administrar los bienes de la Iglesia al servicio de quienes los necesitaban. Cuando llegó la persecución, esa entrega alcanzó su expresión definitiva: ya no tuvo bienes que distribuir, sino su propia vida que ofrecer.

San Agustín lo resumió con palabras que atraviesan los siglos: «Amó a Cristo en su vida y le imitó en su muerte». En ellas permanece una de las grandes enseñanzas de san Lorenzo: la fidelidad en el momento de la prueba se prepara en la fidelidad cotidiana.

Odisea. Por Guillermo Juan Morado

(La Puerta de Damasco) En el mundo griego, los poetas intentaron alcanzar de manera mítica y fantástica, mediante la intuición y la imaginación, la comprensión del hombre, de la historia y del universo; en suma, de la realidad presentada en su totalidad. Los poemas homéricos, la “Ilíada” y la “Odisea”, supusieron para los primeros griegos algo análogo a lo que la Biblia supuso para los judíos. Y lo que constituyó el alimento espiritual para los griegos, al ser Grecia uno de los pilares de la cultura occidental, lo sigue siendo, en cierto modo, también para nosotros en la actualidad.

La película “Odisea”, del director británico Christopher Nolan, ha sido uno de los grandes estrenos de julio de 2026. El filme recrea el complicado regreso de Odiseo a Ítaca tras la guerra de Troya, una travesía que se extiende por diez años y que enfrenta numerosos obstáculos. En su patria, Ítaca, lo esperan su esposa, Penélope, y su hijo, Telémaco, asediados no solo por la angustiosa espera del retorno de Odiseo, sino también por los intentos de los pretendientes que compiten entre sí para contraer matrimonio con Penélope y así adueñarse del reino.

El camino de Odiseo es, en buena medida, un camino interior, en el que se entretejen el recuerdo y el remordimiento por unas acciones que no siempre han estado inspiradas por Zeus ni por la recta conciencia. Tiene, pues, un cierto carácter penitencial, reforzado por el hecho de que Odiseo y los suyos han de superar continuas pruebas: son capturados por el cíclope Polifemo, hijo de Poseidón, quien los condena a perderse en el mar. En Eea, los salvajes lestrigones destruyen dos de sus barcos y matan a la mayoría de los seguidores de Odiseo. Los supervivientes buscan refugio junto a la hechicera Circe, quien los transforma en cerdos. Odiseo habrá de descender al Hades, al reino de los muertos, donde se le profetiza que solo él llegará a casa. Tras muchas otras peripecias llega a la costa de Ogigia, donde la ninfa Calipso lo cuida durante siete años alimentándolo con flores de loto. Finalmente le permite construir una balsa improvisada y lo ayuda a reconciliarse con los dioses. Gracias a la ayuda divina, Odiseo consigue llegar milagrosamente a Ítaca.

No han faltado las críticas a esta versión cinematográfica del poema homérico. Una reconocida traductora al inglés de esta obra de Homero llegó incluso a señalar que le daría vergüenza haber escrito cualquier parte del guion. En realidad, si uno se pone en plan purista, no habría otra opción que leer la “Odisea” en griego, sin traducciones, y, por supuesto, sin adaptaciones audiovisuales.

A mí la película me ha encantado. Me siento próximo a la valoración de la misma hecha por el obispo y teólogo noruego Erik Varden en su blog personal: “Lo que hace Nolan es mostrar por qué la epopeya importa, por qué la imagen de Escila y Caribdis, o del telar de Penélope, aún perdura en nuestra memoria; por qué los nombres de Euriclea y Eumeo nos llenan de ternura; por qué la sola idea de Circe (magníficamente dramatizada) nos estremece. Transmite la urgencia del texto. La tipología de una civilización moribunda es un tanto forzada, pero ‘toca’ una fibra sensible en la actualidad. Por lo tanto, me complace disfrutarlo. Te hace reflexionar. Y te dan ganas de releer a Homero […] Una película que produce tal efecto puede considerarse un éxito”.

domingo, 9 de agosto de 2026

«Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!». Por Joaquín Manuel Serrano Vila


El hilo conductor de la liturgia de este Domingo XIX del Tiempo Ordinario es el encuentro con Dios en medio de la crisis y el descubrimiento de su presencia oculta, que desarma nuestros miedos y nos invita a una confianza radical. En las distintas lecturas vemos a creyentes ejemplares —Elías, Pablo, los Apóstoles y Pedro— enfrentándose a la tormenta, la persecución, el desánimo o el dolor profundo. Dios no se manifiesta en el ruido ensordecedor del mundo ni en el control de nuestras certezas humanas, sino en el susurro de la brisa, en la verdad del Espíritu y en la mano tendida de Jesús sobre las aguas. Así la Palabra de Dios de este domingo sale a nuestro encuentro en el mar de nuestra vida cotidiana. Con frecuencia nos encontramos cansados, asustados por vientos contrarios y con la sensación de que nuestras barcas y proyectos zozobran. La liturgia nos invita a hacer silencio y a afinar el oído del alma. Dios está pasando a nuestro lado; no viene a destruir con el estruendo de la fuerza, sino a rescatarnos con la delicadeza de su amor.

En la lectura del libro primero de los Reyes vemos al profeta Elías que se encuentra en un momento de crisis absoluta. Ha defendido celosamente el nombre del Señor contra los profetas de Baal, pero ahora la reina Jezabel lo busca para matarlo. Desanimado, asustado y deseando la muerte, huye al monte Horeb y se esconde en una cueva. Elías esperaba que Dios interviniera de forma espectacular y destructiva para aplastar a sus enemigos. Sin embargo, el texto nos regala una catequesis profunda sobre la naturaleza de Dios. Por un lado se nos presentan los falsos escenarios del poder. Pasa un huracán violento que rompe las rocas, pero Dios no está allí. Viene un terremoto que sacude los cimientos de la tierra, pero Dios tampoco está allí. Llega un fuego devorador, y Dios sigue ausente de la espectacularidad. Y viene el colofón con la pedagogía de la brisa suave: Dios se hace presente en el «susurro de una brisa suave» o "el rumor de un silencio sutil". Sólo cuando Elías percibe esta paz delicada, se cubre el rostro con el manto en señal de adoración y sale a la entrada de la cueva. Vivimos en la cultura del ruido, las prisas y la inmediatez. A veces exigimos a Dios que actúe con "terremotos" o "fuegos", solucionando mágicamente nuestros problemas o castigando lo que consideramos injusto. Esta lectura nos enseña que para escuchar a Dios es indispensable cultivar el silencio interior. Dios habla bajo, susurra al corazón. Si nuestra mente está llena de voces, angustias o pantallas, nos perderemos el paso salvador del Señor. El salmista nos lo confirma de nuevo: "La paz y la justicia se besan"...

En la segunda lectura del apóstol San Pablo a los Romanos, el autor nos introduce en un tipo de tormenta muy diferente: el sufrimiento pastoral y el dolor por la incredulidad de los suyos. El Apóstol experimenta una «gran tristeza y un dolor incesante» en su corazón porque sus hermanos de raza, el pueblo de Israel, no han reconocido a Jesús como el Mesías. Pablo llega a decir algo impresionante: «Desearía ser yo mismo un proscrito, alejado de Cristo, por el bien de mis hermanos». Está dispuesto a renunciar a su propia salvación si con ello lograra que su pueblo aceptara el Evangelio. He aquí el misterio de la elección, San Pablo enumera con orgullo los privilegios de Israel: la filiación, la gloria, las alianzas, la ley, las promesas y, sobre todo, que de ellos procede Cristo según la carne. Esta lectura sacude nuestra indiferencia: ¿nos duele de verdad que nuestros seres queridos, amigos o la sociedad en general vivan de espaldas a Dios? El sufrimiento de Pablo no nace del orgullo herido de un predicador que fracasa, sino del amor apasionado de un testigo que quiere lo mejor para los suyos. Nos invita a interceder por los que dudan o andan alejados, recordando que nuestra fe no es un privilegio para uso exclusivo, sino una responsabilidad misionera y un don que debe compartirse con  pasión y compasión.

El pasaje del evangelio de este domingo, tomado del capítulo 14 de San Mateo, sitúa a la Iglesia primitiva y a nosotros mismos en el escenario clásico de las dificultades de la fe. Jesús obliga a los discípulos a subir a la barca y adelantarse a la otra orilla mientras él sube al monte a orar a solas. Al llegar la noche, la barca se encuentra en medio del lago, sacudida por las olas y con el viento en contra. Es el símbolo exacto de la Iglesia y del creyente en épocas de crisis, secularización o sufrimiento personal. Sentimos que Jesús está ausente y que las fuerzas del mal nos superan. De madrugada, Jesús se acerca caminando sobre el mar. En lugar de consolarse, los discípulos gritan de miedo pensando que es un fantasma. A menudo nos cuesta reconocer a Dios en medio del sufrimiento; confundimos su pedagogía o su cercanía con una amenaza o con la nada. «Ánimo, soy yo, no tengáis miedo». La palabra de Jesús introduce la calma antes de aplacar el viento físico. El "Soy yo" evoca el nombre divino revelado a Moisés. Es la certeza de que Dios tiene el control por encima del caos. Pedro, impulsivo, le dice: «Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre el agua». Al recibir el «Ven», Pedro camina apoyado únicamente en la palabra de su Maestro. Pero al apartar los ojos de Jesús y fijarse en la violencia del viento, empieza a hundirse. Ante el grito desesperado de «Señor, sálvame», la reacción de Jesús es inmediata: extiende la mano y lo agarra. El reproche es amoroso: «¿Por qué has dudado, hombre de poca fe?» No busca hundir a Pedro, sino purificar su confianza. Al subir a la barca, el viento cesa y la comunidad prorrumpe en una profesión de fe: «Realmente eres Hijo de Dios». Mantengamos la mirada en Jesús como Pedro. Cuando las olas de la enfermedad, los problemas familiares, económicos o la debilidad espiritual golpeen nuestra barca, no nos concentremos únicamente en el tamaño del problema y la angustia de la crisis. Si miramos sólo al viento, le tendremos miedo y nos hundiremos. Miremos a Cristo, escuchemos su Palabra y, si fallamos, tengamos la valentía de gritar con humildad: «¡Señor, sálvame!». Él está siempre a la distancia de una mano extendida. 

Evangelio Domingo XIX del Tiempo Ordinario

Lectura del santo evangelio según san Mateo 14, 22-33

Después de que la gente se hubo saciado, Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente.

Y después de despedir a la gente subió al monte a solas para orar. Llegada la noche estaba allí solo.

Mientras tanto la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario. A la cuarta vela de la noche se les acercó Jesús andando sobre el mar. Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, diciendo que era un fantasma.

Jesús les dijo enseguida:
«Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!».

Pedro le contestó:
«Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre el agua».

Él le dijo:
«Ven».

Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó:
«Señor, sálvame».

Enseguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo:
«Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?».

En cuanto subieron a la barca amainó el viento. Los de la barca se postraron ante él diciendo:
«Realmente eres Hijo de Dios».

Palabra del Señor

sábado, 8 de agosto de 2026

Homilía del Sr. Arzobispo en la fiesta de San Salvador, en la Catedral 2026

Señor Vicario General y Cabildo de nuestra Catedral, Sacerdotes Concelebrantes y Diácono, Excelentísima Corporación Municipal de nuestro Ayuntamiento de Oviedo, amigos que venís desde nuestra ciudad como fieles habituales de nuestra Catedral, y los que os habéis allegado, por estar de paso en Asturias aprovechando la bonanza de nuestro clima y la belleza de nuestra tierra. Saludo especialmente al Colegio Diocesano San Ignacio de Loyola de Torrelodones, en Madrid y al Movimiento Eclesial de Comunión y Liberación. A todos vosotros mis palabras de bienvenida más cordiales y cercanas.

Esta fecha es un alto en el camino que nos convoca al comienzo del mes de agosto aquí en la catedral de Oviedo. Un alto en el camino supuso la escena que hoy la Iglesia nos presenta en su liturgia. Jesús subió a un alto monte como nos ha recordado el propio Evangelio. Quedaban atrás las orillas del mar de Tiberíades, en la Galilea más profunda junto a Cafarnaúm. Lejos estaba la Transjordania y la Decápolis. No habían llegado todavía a la vega del río Jordán que hacía fértil Jericó, ni subían esa estepa despoblada en el desierto de Judá que conduce a Jerusalén. Tampoco estaban asomados al monte Carmelo desde el que se divisaba el Mare Nostrum del Mediterráneo. El escenario era otro, un monte alto, donde Jesús invitó a tres discípulos concretos a subir.

En las andanzas apostólicas de ir de aquí para allá, anunciando palabras de vida y signos milagrosos de salvación, Jesús se retira con tres discípulos determinados en aquel altozano. Pedro, Santiago y Juan serán los escogidos, como igualmente los elegirá en otro contexto y con un distinto escenario, en la noche de aquel huerto en Getsemaní. Eran testigos de la luz transfigurada o de la noche ensangrentada. Aquellos tres discípulos reaccionaron de modo semejante, adormentándose de sopor, o quedando presos del pánico miedoso que los amendrentaba.

En aquel altozano del Monte Tabor, Jesús se les transfigura, haciéndoles ver una luz de su belleza a la que ellos no estaban acostumbrados. Les permitió asomarse a otro rostro del Maestro, escuchando como aval testimonial las palabras del Padre Eterno: “Este es mi Hijo, mi Hijo amado, escuchadlo”.

En el delirio miedoso en el que ellos cayeron pensaban construir allí mismo el campamento montando tres tiendas para perpetuar aquel momento deteniéndolo ante sus miradas. Jesús les dirá: no hagáis el campamento, no montéis ninguna tienda porque hay que bajar nuevamente al valle y allí ser testigos discretos de lo que aquí habéis visto y oído, en el altozano del Monte Tabor donde mi gloria se ha transfigurado.

La vida de un cristiano también adolece de estas citas, como les sucedió a aquellos tres discípulos especialmente escogidos. Tenemos situaciones en nuestro camino en donde la oscuridad, la incertidumbre y el dolor nos acechan y nos ponen a prueba. Como también tenemos momentos en los que la euforia entusiasmada parece que sopla las velas de nuestra barca en la singladura de la vida. Pero ni debemos quedarnos eufóricos cuando las cosas pintan bien, ni deprimirnos asustados en declive cuando parece que pintan peor. Es una pedagogía cotidiana con la que Jesús enseña como buen maestro a aquellos tres discípulos muy especialmente en la luz y en la oscuridad, en la gracia o en el pecado. En la comprensión o en el desdén que nos desprecia, Él siempre está a nuestro lado. La transfiguración representa esa cita especial que llena de certeza y esperanza el caminar de unos discípulos que empiezan a ser cristianos. Y este es el sentido que tiene esta fiesta de la transfiguración cuando también nosotros, en el altozano de la edad de nuestros años, en esa montaña de la circunstancia en la que vivimos y estamos domiciliados, ahí también Dios nos espera para recordarnos que las palabras de Cristo y los signos de sus milagros son para nosotros la confirmación que verifica nuestra fe y que nos levanta como testigos en medio del pueblo en el que estamos.

Esta festividad coincide en nuestra Catedral de Oviedo con quien es su titular, San Salvador, Jesucristo el Redentor. Y la tenemos representada en la bellísima imagen románica policromada que preside el lateral de nuestro Crucero Mayor. Una imagen particularmente querida por tantos que, ante ella, nos hemos postrado. Recuerdo muy particularmente el momento de intensa oración que en ese lugar y ante esta misma imagen tuvo San Juan Pablo II cuando fue peregrino en nuestra tierra hace ya muchos años en el lejano 1989 antes de acercarse a Covadonga.

Esta imagen románica de San Salvador es el punto de partida o punto de llegada del camino que lleva a Santiago. Llegar aquí desde la Castilla más profunda es hacer el Camino del Salvador desde León para visitar precisamente este templo catedralicio, la Sancta Ovetensis, llegando así antes al Salvador para después continuar algunos hasta la tumba del Apóstol Santiago, por el Camino Primitivo. Lo dice nuestro refrán popular medieval, que “quien va a Santiago y no al Salvador, visita al criado y no al Señor”. Aquí termina la peregrinación de tantos peregrinos que, desde Castilla venían peregrinando, y desde aquí parte el Camino Primitivo que tenemos tan a gala custodiar y potenciar porque de aquí parte el primer camino de Santiago que es propiamente con el que se inicia esta experiencia cristiana. El Camino de Santiago tiene meta: no es simplemente la reliquia del apóstol, sino que ser peregrinos del amigo del Señor y por tanto peregrinar a Compostela, a ese campo de estrellas, Campus Stellae, es peregrinar a aquel de quien Santiago el Apóstol fue peregrino a su vez.

Para hacer la peregrinación de todo Camino de Santiago, debemos llevar ligero el equipaje, tener los ojos bien abiertos y estar dispuestos a ser sorprendidos por un Dios que nunca nos aburre, que siempre nos sorprende. Incluso cuando nos dice lo de siempre, Él jamás se repite. En este día del 6 de agosto, en la festividad de la Transfiguración del Señor, celebrando a San Salvador en nuestra Catedral, queremos postrarnos ante lo que esta imagen románica representa. Con su mano benedicente, con los ojos bien abiertos, como quien se presta a abrazar a mi vida y a contemplarla sin ninguna trampa y ningún cartón, en la humilde realidad del momento que estoy viviendo humana y cristianamente.

En el tramo de camino que nuestra vida realiza, con la gente que se pone a mi lado como compañeros para un destino, queremos invocar la gracia del Señor, la gracia del Salvador, para ser peregrinos de su divina voluntad. Peregrinos de lo mejor. Peregrinos de lo que nos permite no solo mejorar nuestra vida humana y nuestra convivencia, sino hacerlo desde la certeza de sabernos acompañados por quien nunca nos abandona: el Señor, San Salvador.

Invocamos la intercesión de nuestra Madre la Santina, siempre al lado de todos los Apóstoles, siempre junto a todo peregrino que se aventura en los caminos de Dios para hacer la aventura de llevar adelante su propia vocación. Sed todos bienvenidos, gracias por haber acudido a esta cita. Que el Señor, nuestra Madre la Santina y el Apóstol Santiago, sostengan vuestra esperanza y os acompañen en vuestros pasos. Amén.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

S.I.C.B.M. San Salvador. 6 agosto de 2026

El banquete que no cierra por vacaciones: la Eucaristía en nuestros veranos

(Rel.) En verano cambian muchas cosas. Cambia la ciudad por la playa o la sierra, la ropa de diario por la ropa ligera, el atasco por el paseo, la alarma del despertador por un horario más humano. Cambia incluso el modo en que miramos el tiempo: de pronto parece ensancharse, como si el calendario aflojara la presión sobre el pecho. Pero hay algo que no cambia, aunque a veces actuemos como si sí: Cristo sigue esperándonos en la Eucaristía.

Y eso, en realidad, debería ser una de las noticias más consoladoras del verano. Porque mientras casi todo cierra o se reduce a horario estival, hay una mesa que permanece abierta. Mientras nosotros cambiamos de destino, Él sigue allí. Mientras las familias se dispersan por pueblos, costas o montañas, la Iglesia vuelve a plantar un altar y a decir en voz baja, pero firmísima: aquí está el Señor; aquí sigue dándose como alimento; aquí nadie tiene por qué vivir lejos de Él, ni siquiera en vacaciones.

La mesa que nos sigue

Durante el curso solemos decir que no tenemos tiempo. Y muchas veces es verdad. La prisa desordena los días, el trabajo aprieta, las distancias pesan, los horarios se pisan unos a otros. Pero en vacaciones, cuando por fin aparece un margen más ancho para respirar, surge una tentación menos ruidosa y quizá más peligrosa: pensar que la Misa es uno de esos hábitos que pueden ponerse “entre paréntesis” hasta septiembre. Como si el descanso consistiera también en descansar de Dios.

Ahí conviene recordar lo esencial. La Eucaristía no es un accesorio piadoso ni una actividad complementaria para quien tenga especial sensibilidad religiosa. Es sacramento. Es presencia real. Es Cristo mismo, vivo y entregado, bajo las especies de pan y vino. Por eso no ocupa un lugar lateral en la vida cristiana: es fuente, culmen, centro, latido. Dejar la Eucaristía fuera del verano no es simplemente cambiar una costumbre; es privar al verano de su corazón más profundo.

La Iglesia en manga corta

Hay estampas que solo se entienden bien en julio y agosto. Una parroquia de costa llena de familias con niños aún despeinados por la playa. Una ermita serrana con senderistas que apoyan la mochila junto al banco. Un templo pequeño de un pueblo castellano donde aparecen, mezclados, los vecinos de siempre y los “hijos del pueblo” que regresan cada verano. Todo eso tiene un aire casi doméstico, incluso simpático, pero contiene una verdad inmensa: la Iglesia no desaparece cuando se vacían las oficinas. También en verano sigue reuniendo a los suyos en torno a la misma mesa.

Y hay algo especialmente hermoso en esas Misas estivales. Se ve mejor la catolicidad. Gente que no se conoce, que no vive en el mismo barrio, que no vota igual, que no tiene la misma edad ni la misma historia, responde sin embargo al mismo Evangelio y se arrodilla ante el mismo misterio. En una época tan fragmentada, tan dada a tribus y burbujas, la Misa de verano recuerda algo elemental y revolucionario: seguimos siendo pueblo cuando adoramos juntos.

Emaús, pero con chanclas

El Evangelio de Emaús tiene mucho de escena vacacional, aunque solemos leerlo con solemnidad de retablo. Dos hombres caminan, conversan, llevan dentro una mezcla de cansancio, decepción y preguntas, y se encuentran con Cristo sin reconocerlo. Lo escuchan por el camino, lo invitan a quedarse, y lo descubren al partir el pan. No es difícil verse ahí durante el verano: caminamos más, pensamos más, a veces hablamos mejor y, en ocasiones, aflora incluso lo que durante el año manteníamos sepultado por la agenda.

Por eso las vacaciones pueden ser tiempo privilegiado para volver a encontrar al Resucitado en la “fracción del pan”. No porque el verano tenga nada mágico, sino porque baja el ruido y, al bajar el ruido, se oyen mejor ciertas preguntas del alma. Cristo sigue acercándose al camino de los suyos, también cuando ese camino lleva a una cala, a un santuario, a un pueblo de la infancia o a una ciudad donde nadie nos conoce. Y sigue dejándose reconocer donde siempre: en la Palabra y en el Pan partido.

La confesión, el otro regalo del verano

Si la Eucaristía es banquete, la confesión es muchas veces el umbral que permite entrar en él con verdad. Durante el año arrastramos pecados, omisiones, cansancios y heridas como quien va echando cosas en un armario sin atreverse a ordenarlo. En vacaciones, en cambio, puede aparecer por fin el momento sereno para abrir esa puerta y dejar que entre el aire.

No son pocos los que vuelven a confesarse en una iglesia de veraneo, en un santuario, en una capilla del Camino o en una parroquia donde no conocen a nadie. Y justamente ahí, lejos del entorno habitual, se atreven a hablar con más sinceridad y menos vergüenza. Hay una gracia particular en esas confesiones hechas sin prisa, cuando ya no estamos corriendo de una obligación a otra y podemos poner delante del Señor lo que de verdad pesa. La misericordia no cierra por vacaciones, y a veces en verano encuentra por fin una puerta entreabierta por la que entrar.

Iglesias desconocidas, mismo Señor

Pocas experiencias son tan sencillas y tan profundas como entrar en una iglesia desconocida durante las vacaciones. Una puerta medio abierta al fondo de una plaza. Un templo fresco cuando fuera aprieta el sol. Un sagrario silencioso con su luz roja encendida. Quizá nadie saluda, quizá no hay canto, quizá ni siquiera hay nadie más. Y, sin embargo, allí está todo.

Ese descubrimiento tiene algo de bálsamo. En un tiempo donde casi todo es provisional, móvil y alquilado, el sagrario devuelve una sensación de hogar. No importa si uno está en Santander, en Almería, en un pueblo gallego o en una aldea del Pirineo: si Cristo está en el tabernáculo, ese lugar deja de ser extraño. Las vacaciones pueden enseñar de nuevo esta verdad tan olvidada: no se está de paso donde está Jesús.

Adorar también en verano

Hay además otro gesto muy propio de un verano cristiano bien vivido: la adoración. En algunas parroquias se interrumpe o reduce por los horarios estivales, pero en otras continúa incluso en julio y agosto, y no faltan capillas de adoración que permanecen abiertas también en verano. En un tiempo tan expuesto al consumo compulsivo de planes, pantallas y distracciones, pasar un rato en silencio ante el Santísimo adquiere casi la forma de una rebelión interior.

Adorar en verano es reconocer que el alma también necesita descanso, y que el descanso más hondo no se encuentra solo tumbándose al sol, sino poniéndose de rodillas. No se trata de oponer playa y capilla, montaña y Misa, paseo y rosario. Se trata de devolver jerarquía a las cosas. El verano no tiene por qué ser menos cristiano que el invierno; podría ser, de hecho, más contemplativo, más agradecido y más eucarístico.

Otra manera de descansar

Todo esto termina afectando al modo en que descansamos. Si se recibe a Cristo en la Eucaristía, las vacaciones no pueden reducirse del todo a evasión, gasto y capricho. El descanso sigue siendo bueno, necesario, incluso terapéutico. Pero cambia de tono cuando se vive desde el altar. Uno aprende a agradecer más, a necesitar menos espectáculo, a no convertir cada día libre en una carrera por consumir experiencias.

La comunión educa también la mirada. Hace ver a la familia con más paciencia, a los pobres con menos distancia, al propio cuerpo con más respeto, al tiempo con menos ansiedad. Y eso vuelve el verano más humano, más respirable, más cristiano. La gran batalla no está en escoger entre ocio o deber, sino entre un verano vacío de presencia y un verano habitado por Cristo. En el primer caso, el descanso se agota pronto; en el segundo, deja poso.

María, Santiago y el verano sacramental

No es casual que el verano español esté trenzado de fiestas marianas, procesiones populares, peregrinaciones y patronos. La Virgen del Carmen sobre el mar, tantas advocaciones locales en julio y agosto, Santiago recibiendo peregrinos en Compostela: todo eso tiene sentido pleno cuando se comprende que la fe no se toma vacaciones y que la vida sacramental tampoco debería tomárselas. María conduce al Hijo; Santiago señala el Camino; y el Camino, cuando es verdaderamente cristiano, lleva al altar.

Quizá por eso tantas vacaciones dejan en el alma un recuerdo más fuerte de una Misa que de una excursión, más de una confesión que de una fotografía, más de un rato de adoración que de una cena especialmente bonita. No porque lo demás sea malo, sino porque solo Cristo llega al centro. Solo Él puede convertir un verano en descanso de verdad. Solo Él puede hacer que, al volver en septiembre, uno no regrese simplemente bronceado o entretenido, sino también un poco más reconciliado, más sereno, más vivo.

Y al final todo se resume en una escena muy simple. Una iglesia cualquiera. Una campana de pueblo o de barrio costero. Un sacerdote que alza el Pan consagrado. Una familia de vacaciones, unos ancianos del lugar, un matrimonio cansado, unos jóvenes que han venido casi por inercia. Y la misma frase de siempre, que en verano suena quizá de manera aún más luminosa: “Dichosos los invitados a la cena del Señor”. No hay mejor programa estival que ese. No hay viaje más hondo. No hay banquete más verdadero.

Oración

Señor Jesús, que en la Eucaristía sigues poniendo la mesa cada día, no permitas que nos vayamos de vacaciones de Ti. Haz que, allí donde pasemos el verano, busquemos antes que nada tu altar y tu perdón, y descubramos en cada Misa el descanso que no dan ni las playas ni las montañas. Que nuestra manera de disfrutar el tiempo libre hable de la gracia que recibimos en la comunión, y que, al volver a casa, junto a nuestros recuerdos y fotografías, llevemos sobre todo más gratitud y más amor por Ti. Amén.

viernes, 7 de agosto de 2026

Necrológica

Falleció el sacerdote diocesano Rvdo. Sr. D. Jesús García González 

Nacido en Nembra (Aller) el 6 de abril de 1938 aunque se crió en Gijón. Ingresó en el Seminario Metropolitano de Oviedo donde cursó los estudios de latín, filosofía y teología. 

Concluida  su formación eclesiástica recibió la ordenación diaconal, siendo destinado como diácono adscrito a la parroquia de San Esteban de Ciaño (Langreo) en el curso pastoral 1970-1971. Fue ordenado sacerdote el 14 de marzo 1971 por manos del entonces arzobispo de Oviedo, Monseñor Gabino Díaz Merchán. 

Sus destinos pastorales fueron:

Coadjutor de San Esteban de Ciaño - Langreo (1971 - 1982)

Encargado de San Luís Gonzaga de La Nueva - Langreo (1975 - 1982) 

Sin nombramiento (1982 - 1990)

Párroco de Nuestra Señora del Carmen de San Juan de Nieva - Avilés  (1990 - 2008)

Párroco de San Pedro de Navarro - Valliniello (1995 - 2013)

Párroco de Santiago de Ambiedes - Gozón (2005 - 2013)

En el año 2013 tras llevar un tiempo delicado de salud, pasó a la situación de jubilado fijando su domicilio en la Casa Sacerdotal de Oviedo. Desde 2013 a 2015 y en la medida de sus fuerzas aún colaboró los fines de semana con nuestras parroquias de San Félix de Lugones y Santa María de Viella. En los últimos años, y aunque siempre mantuvo una fortaleza física notable, fue superando algún contratiempo. Por desgracia, su deterioro mental fue muy rápido. Hacía años que su mente ya casi estaba borrada de recuerdos; sin embargo, mantenía sus fuerza física y su peculiar forma de ser, tan auténtica. 

Sacerdote cercano, amigo de ayudar y embarcarse en la labor que hiciera falta. Hizo una gran rehabilitación del templo parroquial de Ambiedes. En Valliniello no le faltaron disgustos con el Ayuntamiento de Avilés y la Administración diocesana en su empeño de convertir una parte de las antiguas escuelas en vivienda para el párroco al haber tenido que abandonar la casa y parroquia de San Juan de Nieva, desacralizada y entregada a la Junta Portuaria. 

En la tarde de este jueves, día de la Transfiguración de Señor y fiesta del titular de la Catedral, quiso el Señor llamarle a su presencia en la Casa Sacerdotal. Tenía 88 años de edad, y 55 de ministerio sacerdotal. Lo encomendamos a San Pedro, Patrono de Valliniello, para que le abra las puertas del cielo. 

D. E. P. 

El funeral por su eterno descanso tendrá lugar este sábado, 8 de agosto, a las 10'00 horas en la Capilla de Altares de la Casa Sacerdotal de Oviedo, y estará presidido por el Sr. Arzobispo, Mons. Jesús Sanz Montes. A continuación sus restos mortales recibirán cristiana sepultura en el Cementerio de El Salvador de Oviedo. La Capilla ardiente ha quedado instalada en la Casa Sacerdotal.

''El Señor hará justicia a su pueblo, y tendrá piedad de sus siervos'' (Dt 32, 36)