domingo, 12 de abril de 2026

''Porque es eterna su misericordia''. Por Joaquín Manuel Serrano Vila


Nos encontramos en el II Domingo de Pascua, también conocido como el Domingo de la Divina Misericordia, nombre que fue instituido oficialmente por san Juan Pablo II en el año 2000 durante la canonización de la religiosa polaca Santa Faustina Kowalska, atendiendo a una petición que ésta recibió del mismo Jesús en sus revelaciones místicas. Esta celebración resalta que el mensaje de la Resurrección es, en esencia, la victoria del amor de Dios sobre el pecado y la muerte. El Evangelio del hoy nos muestra precisamente este misterio, cuando Jesús resucitado se presenta ante los apóstoles para ofrecerles su paz y el poder de perdonar los pecados, transformando la incredulidad de Tomás y el miedo de los discípulos en una experiencia profunda de consuelo y perdón infinito y valentía tras la insuflación del Espíritu Santo.

La primera lectura de Hechos de los Apóstoles nos muestra cómo vivían los primeros cristianos: perseveraban en la enseñanza, en la comunión, en la fracción del pan y en la oración. La fe en el Resucitado no era sólo una idea, sino una forma de vida donde todo se compartía según la necesidad de cada cual. Esta es la verdadera prueba de la resurrección hoy: una comunidad que vive unida y con alegría. Todos nosotros estamos llamados a ser una comunidad que haga visible al Resucitado. Este pasaje nos habla de el "estilo de vida" de la Resurrección. Esta lectura no es solamente una crónica histórica, es el modelo ideal de lo que sucede cuando el Espíritu del Resucitado toca a un grupo de personas. Los cuatro pilares: La comunidad se sostenía en la enseñanza de los apóstoles (formación), la comunión (fraternidad), la fracción del pan (la eucaristía) y las oraciones. Si falta uno, la comunidad se desequilibra. La fe también toca el bolsillo, y eso es lo más impactante: "¡tenían todo en común!" No era un sistema político, sino una consecuencia espiritual: si Dios es nuestro Padre, el otro es mi hermano, y no puedo permitir que pase necesidad. Y, cómo no, la alegría contagiosa. Dice el texto que comían juntos "con alegría y sencillez de corazón". Esa alegría era su mejor herramienta de evangelización; la gente se sentía atraída por cómo se amaban. El salmista responde a esta lectura con la oración del salmo 117 que no es un eco del domingo pasado, sino que seguimos dentro de la Octava, como si el domingo pasado se alargara hasta hoy, por eso cantamos con emoción: ''Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia''

San Pedro, en la segunda lectura, nos recuerda que gracias a la resurrección hemos "nacido de nuevo para una esperanza viva"... Aunque tengamos que sufrir pruebas, nuestra fe es más preciosa que el oro. La alegría cristiana no es una alegría superficial y del momento, es un gozo inefable que nace de saber que somos custodiados por el poder de Dios. La esperanza, donde más se nota es en medio de las pruebas; una esperanza a prueba de fuego. Pedro escribe a cristianos que están sufriendo dificultades. Su mensaje es una inyección de resistencia espiritual. Y es que la resurrección de Jesús no es un evento externo, nos ha hecho "nacer de nuevo". Tenemos un ADN espiritual distinto que nos permite ver más allá de la muerte.
Somos llamados a tener una fe como el oro refinado. Pedro usa la metáfora del oro que se purifica en el fuego. Las pruebas que pasamos (enfermedades, crisis, dudas, injusticias...) no son para destruirnos, sino para quitar y purificar las impurezas de nuestra fe, y para que brille lo que es auténtico. Sólo así seremos capaces de amar sin haber visto. Es un eco de lo que Jesús le dirá a Tomás. Pedro reconoce que estos cristianos aman a Jesús "sin haberlo visto". Es la definición de nuestra fe hoy: una relación basada en la experiencia del corazón y no sólo en la vista física.

El Evangelio nos sitúa en el anochecer del primer día, con los discípulos encerrados "por miedo". Es una imagen muy humana: el miedo nos paraliza y nos hace levantar muros. Sin embargo, Jesús resucitado atraviesa esas puertas cerradas y no llega con reproches, sino con un regalo: "Paz a vosotros". Esta paz no es ausencia de problemas, sino la presencia de Dios entre ellos, que calma la tormenta interior. La duda siempre busca tocar la realidad. A menudo juzgamos a Tomás por su incredulidad, pero su duda es valiente porque busca un encuentro personal. Tomás no se conforma con lo que otros dicen; él quiere tocar las llagas. Jesús, en su infinita misericordia, se adapta a su necesidad y le permite tocar sus heridas. Al hacerlo, Tomás pronuncia la confesión de fe más profunda del Nuevo Testamento: "¡Señor mío y Dios mío!". Sus dudas, al final, fortalecen nuestra propia fe, y es lo que nos hace capaces de pasar del miedo que encierran éstas, a la paz que libera.

Este pasaje es el corazón del Domingo de la Divina Misericordia. El miedo y la paz: Los discípulos están en un "búnker" emocional. Jesús entra rompiendo el aislamiento. Su saludo "Paz a vosotros" es un acto de recreación. Igual que Dios sopló vida en el Génesis, Jesús exhala el Espíritu sobre ellos para que empiecen una nueva creación. Después encontramos toda una pedagogía con Tomás, y es que Jesús no le  expulsa  por dudar. Al contrario, se acerca más a él. Le muestra las llagas para decirle: "Soy el mismo que sufrió; mi amor por ti dejó huellas"... Las heridas de Jesús son la prueba de que el sufrimiento no tiene la última palabra. Las llagas son la credencial del Resucitado. La Pascua es también misión: Jesús los envía con el poder de perdonar los pecados: la Iglesia nace para ser hogar, escuela, hospital... donde la misericordia de Dios sana las heridas de la humanidad. La incredulidad de Tomás se convierte en la mayor certeza para nosotros: "¡Señor mío y Dios mío!". Hoy estamos invitados a pasar de una fe "de puertas cerradas" (por miedo o rutina, costumbre vacía o acomodo...) a una fe "de llagas tocadas" y "vida compartida". El Resucitado no nos quita los problemas, pero nos da su paz y su Espíritu para transformar el mundo desde la comunidad. Hoy Jesús nos dice también a nosotros: "Dichosos los que crean sin haber visto". Estamos invitados a reconocer al Señor en sus llagas, que hoy siguen presentes en los que sufren, y a ser, como la primera comunidad, un signo de su amor y perdón en el mundo.

Evangelio Domingo de la Divina Misericordia

Lectura del santo evangelio según san Juan 20, 19-31


Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
«Paz a vosotros».

Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:
«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».

Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:
«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían:
«Hemos visto al Señor».

Pero él les contestó:
«Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo».

A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo:
«Paz a vosotros».

Luego dijo a Tomás:
«Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente».

Contestó Tomás:
«Señor mío y Dios mío!».

Jesús le dijo:
«¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto».

Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

Palabra del Señor 

El abril de las aguas mil. Por Monseñor Fray Jesús Sanz Montes O. F. M.

Se dice en el refranero con sabor al poema de Antonio Machado al llegar estas calendas: “Son de abril las aguas mil. Sopla el viento achubascado, y entre nublado y nublado hay trozos de cielo añil”. Aunque no siempre se cumple por nuestros pagos y lares, es época en la que la hermana lluvia nos va regando su frescura mientras saluda a flor de piel una primavera imparable que pone su canto de la vida en medio de nuestra cotidianeidad. Sí, toda la creación se despereza entre tiritones de fríos tardíos y algún calentón de temperaturas imprevistas. Pero en ese despertar de nuestros sueños vamos haciendo camino al andar en la aventura siempre inédita del volver a vivir cada día.

De todo esto nos habla la Pascua que estamos celebrando y acabamos de estrenar, ese aleluya agradecido que con su música pone notas a la letra de este tiempo florido que llena de color y encanto el sendero del resucitado. La liturgia de este tiempo especial nos va sorprendiendo en los diversos evangelios de cada domingo, con las distintas escenas de encuentro de Cristo vivo vencedor de la muerte con todos aquellos que han sufrido ante el pavor que se clavó en un madero en forma de cruz. Son escenas para un retablo de la alegría verdadera.

Es sin duda importante lo que nuestras cofradías y hermandades volvieron a escenificar en la pasada y ya casi lejana Semana Santa. Ellas pusieron su mejor arte y talento, su fe sincera y su religioso sentimiento al pasear por nuestras calles semanasanteras aquellas heridas de Jesús y su Madre, aquellas heridas que paradójicamente nos curaron. Pero tras contemplar la pasión de Jesús padecida hasta el extremo, no vino la muerte triste sin más, no vino la fuga o el desaliento solamente, sino la sorprendente noticia de que un sepulcro estaba abierto, y vacío del temor oscuro, porque nadie lo habitaba ya, nadie que estuviera muerto.

La vida volvió a su sitio, y la muerte saltó en pedazos, y desde entonces dio comienzo esa otra procesión que paseamos por fuera también, aunque nos embargue de gozo por dentro. Cristo ha encendido una luz que nadie apagará, y sus ojos abiertos de par en par nos guiñan sus secretos, y sus manos cicatrizadas nos acarician con la bendición de una vida que se llama cielo, sí, cielo ya aquí en medio de nuestros desconciertos, aunque nos cansemos y equivoquemos, cielo, sí, aunque nos cueste tanto entenderlo. Cielo en la tierra, que es la altura del corazón de Dios que transita nuestro suelo.

Esta alegría de pascua es capaz de ponernos delante de nuestra vida, sea cual sea su edad, su circunstancia y su reto. La primavera no es simplemente el brotar explosivo de un tiempo del año sin más, sino que tiene esta conseja de atrevernos a descubrir la metáfora que encierran sus brotes y nos invita discreta a volver a empezar.

Bienvenidas las aguas mil de nuestro abril pascual, y que se llene de fruto la semilla que Dios sembró en el surco de los meses duros atrás. Porque siempre nos dice lo mismo el mensaje cristiano: ánimo, no temáis, soy Yo. Si este es el saludo de Jesús resucitado, acojamos gustosos y agradecidos su regalo de paz, su gracia concreta y veraz, y la compañía prometida de quien nos aseguró que estaría con nosotros todos los días.

Es el agua nueva, la de Dios, esa de la que tiene más sed nuestra vida, nuestra convivencia, nuestras alegrías y también nuestros pesares. Necesitamos que Jesús, que tiene sed de nuestra entrega, no deje de regarnos el consuelo de su palabra y su presencia.

Es primavera cristiana, vuelve la lluvia de Dios, y el campo de nuestra alma se abre para agradecerle su don, ese que nos hace sus hijos y que nos hermana entre nosotros para enviarnos con la Iglesia a continuar su misma misión.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

sábado, 11 de abril de 2026

11 de abril: santa Gema Galgani, una chica normal y corriente... y con estigmas

(Alfa y Omega) En apenas 25 años se pueden recorrer kilómetros hacia el cielo. Fue lo que hizo Gema Galgani, una de los únicos diez santos estigmatizados en la historia de la Iglesia.

Nació en la provincia italiana de Lucca el 12 de marzo de 1878. Fue la cuarta de ocho hijos, y rápido se le notó algo especial. Cuando tenía 4 años, sus abuelos la sorprendieron en su cuarto, de rodillas ante un crucifijo. «Estoy rezando. Salid que estoy en oración», les dijo.

«Cuando yo era pequeñita, mi madre acostumbraba a tomarme a menudo en brazos y, llorando, me enseñaba un crucifijo y me decía que Jesús había muerto en la cruz por los hombres», aseguró años después la joven. Esta relación tan especial con su madre se rompió cuando tenía apenas 7 años, el día en que Gema recibió la Confirmación. «¿Quieres darme a tu mamá?», notó que Jesús le decía en el corazón. «Me llevaré a tu mamá al cielo, ¿me la darás de buena gana?», insistió el Señor. Al recordar ese episodio, Gema reconocería más tarde que «tuve que decir que sí» y que, al acabar la Misa, volvió a casa y «miraba a mamá y lloraba, no podía contenerme». No habían pasado seis meses cuando su madre murió.

Este suceso fue un mazazo para toda la familia, y la pequeña fue enviada a un internado de monjas. Fueron los años en los que debía prepararse para recibir la Primera Comunión, para lo que se preparó a conciencia, llegando a pasar los diez días previos en un convento. El 17 de junio de 1887 llegó el momento: «Me siento incapaz de describir la experiencia de aquel encuentro. Comprendí que las delicias del cielo no son como las de la tierra. Hubiera anhelado no interrumpir nunca aquella unión con mi Dios».

Diez años después, su padre murió de cáncer de garganta. La familia estaba llena de deudas y los acreedores ni siquiera respetaron el duelo. Antes incluso del entierro se abalanzaron sobre la casa para llevarse todo lo que pudieron, y hasta metieron las manos en los bolsillos de la joven para coger unas monedas. En la miseria, Gema tuvo que ser acogida por una familia del pueblo.

Fue una época de mucha agitación. Durante el año siguiente se despistó y comenzó a olvidarse poco a poco de Jesús. «El amor del mundo comenzó a apoderarse de mi corazón», dijo, pero «Jesús vino otra vez en mi ayuda».

Lo hizo a través de la enfermedad y la cruz: una parálisis se apoderó de sus piernas, comenzó a dolerse de los riñones, y una otitis purulenta la llevó a quedarse en cama. Al no ver mejoría, los médicos llegaron a desahuciarla. «¿Para qué me tratas así?», se quejaba a Jesús. «Si Él te aflige en el cuerpo es para purificarte cada vez más en el espíritu», le respondió su ángel guardián.

Fue en aquel momento cuando empezó a recibir la visita de Jesús: «No me ofendas más, ámame como yo te he amado siempre», decía Él. El 8 de junio de 1899 se presentó ante ella y, con sus llagas como de fuego, tocó las manos, los pies y el corazón de la joven. Gema quedó estigmatizada, pero a ese dolor compartido con el del Señor se añadió la incomprensión de los que la rodeaban. Fue tachada de embustera y de histérica, y hasta su mismo confesor pensó que las heridas se las causaba ella misma.

Por estos hechos, santa Gema ha pasado a la historia como un alma víctima, «pero esta expresión hay que entenderla bien», afirma el padre pasionista José Luis Quintero, del santuario de Santa Gema de Marid, templo que custodia la reliquia del corazón de la santa y que celebra ahora un Año Jubilar por los 300 años de la fundación de la orden.

Quintero se refiere a este don místico como «una ofrenda que la une con Dios para ayudarla a vencer el mal». Para el pasionista, la identificación con Cristo sufriente que vivió la santa «no es dolorismo, sino amor que empatiza. Eso lo muestran muy bien las palabras que ella le dirigía al Señor: “Jesús mío, padecer contigo, me amas, soy un retoño de tus llagas, fruto de tu Pasión”. En realidad, todos sus dones no fueron más que el signo de su presencia».

Estas gracias extraordinarias «son la punta del iceberg», incide el padre Quintero, porque, frente a su espectacularidad, santa Gema vivió a Dios «desde lo cotidiano. Enferma y limitada, estaba sumida en un contexto de fragilidad, como muchos de nosotros hoy. Pero ella nunca dejó de ser una joven normal que ayudaba en casa y que llevaba al día su vida sacramental y la oración. Ese es el mismo camino para nosotros hoy».

Finalmente, tras una encarnizada lucha espiritual –y física– en sus últimos meses contra el demonio, murió abrazada a una cruz el 11 de abril de 1903, Sábado Santo en la liturgia antigua. «Ella muere mirando la cruz, pero la gloriosa, que no anula la experiencia de dolor pero la envuelve. Así vivió y murió».

viernes, 10 de abril de 2026

El Domingo de Pascua, la Solemnidad de las Solemnidades. Por Guillermo Juan Morado

El santoral o “martirologio romano” dice sobre el domingo de Pascua: “Este es el día en que actuó el Señor, la solemnidad de las solemnidades y nuestra Pascua: la resurrección de nuestro Salvador Jesucristo según la carne”. El hecho de que los cristianos celebren, desde el principio hasta hoy, el domingo como “el día del Señor” tiene su razón de ser en aquel “tercer día” que siguió al viernes de la crucifixión. Es el día del primer encuentro con el Resucitado, acontecimiento decisivo que provocó en los discípulos la renuncia al sábado y su sustitución por el primer día de la semana.

“Este es el día en que actuó el Señor”. La Iglesia aplica al domingo de Pascua estas palabras tomadas del Salmo 118 proporcionándonos, de este modo, una clave interpretativa fundamental: La resurrección de Jesús solo se puede comprender teológicamente; es decir, desde Dios. Es, como escribe Olegario González de Cardedal, “una acción de Dios, que recae sobre la entera persona de Jesús, sustrayéndola al poder de la muerte y haciéndolo partícipe de la vida divina, que le permite manifestarse al mundo de una ‘forma nueva’ (Mc 16,12) a como lo hizo a sus contemporáneos. La resurrección es personal y, por tanto, corporal”.

Hay dos maneras falsas de entender la resurrección: Una es material, biologicista, que la ve como la simple vuelta a la vida biológica. Otra es la interpretación idealizadora o desmitificadora, que la piensa como continuidad en el tiempo de la “causa” de Jesús o como eternidad del alma sola. Ambas comprensiones se alejan del testimonio del Nuevo Testamento. Los relatos de las manifestaciones o apariciones de Jesús resucitado a los suyos que nos ofrecen los evangelios inciden en que fue él, el Resucitado, el que fue visto, el que fue hecho visible, el que “se hizo ver”. Quienes han recibido las apariciones no han intentado demostrarlas, ni revivirlas, sino solo testimoniarlas.

La interpretación biologicista está equivocada, entre otras cosas porque tiende a situar la resurrección de Jesús en el nivel de los hechos de este mundo; como un hecho más, homologable de modo automático al resto de los acontecimientos. Minusvalora su “novedad”: la resurrección es una realidad última – perteneciente al “mundo futuro” – que, no obstante, “toca” a este mundo y es verificable en sus efectos. Es real e histórica, pero no con la historicidad mundana propia de quienes somos tiempo, mundo y mortalidad. Tampoco resulta ajustada al testimonio que transmiten los evangelios la interpretación desmitificadora, que parece defender la existencia de una resurrección sin Resucitado. Los relatos de la tumba abierta y vacía apuntan a un signo que, a la luz de las apariciones, recibe un peso propio. No hay duda de que el mensaje de la resurrección hubiera sido absolutamente inaceptable si se hubiera encontrado el cadáver. La resurrección de Jesús fue una resurrección corporal.

La resurrección es comprendida como la entrada de Jesús, de su humanidad – que es la del Verbo encarnado- en la vida nueva, eterna, propia de Dios: “ya no muere, la muerte no tiene dominio sobre él”, dirá san Pablo. El Nuevo Testamento describe esta novedad recurriendo a una pluralidad de lenguajes: resurrección, glorificación, exaltación, vivificación, otorgamiento del nombre de “Señor”, etc. Toda esta constelación de términos describe la complejidad del acontecimiento; un acontecimiento que no es “demostrable” en sí mismo - no se puede probar con los métodos de las ciencias empíricas -, sino que se hace perceptible como fruto de la revelación y de la fe.

La fe tiene su fundamento razonable en los hechos y signos que la suscitan, que nos resultan accesibles a través del testimonio apostólico, pero su gestación es don de la libertad divina y respuesta de la libertad humana. Cada cristiano está llamado a pasar de incrédulo a creyente; en suma, a confesar, como el apóstol Tomás: “¡Señor mío y Dios mío!”.

En Memoria de Don Justo Yeregui Huarte. Un Pastor de entrega y resiliencia

Ayer, en plena octava de Pascua, nos unimos en oración y recuerdo para conmemorar el 29.º aniversario del fallecimiento de una figura fundamental en nuestra historia parroquial: Don Justo Yeregui Huarte. Su legado, como el de todos los sacerdotes que pasaron por nuestra Comunidad, sigue vivo en el corazón de quienes conocieron su incansable labor ministerial.

Natural de Huarte Araquil (Navarra), Don Justo se formó en la prestigiosa Universidad Pontificia de Comillas, donde recibió la ordenación sacerdotal. Su llegada a nuestra parroquia se produjo en los difíciles años de la postguerra, asumiendo el cargo de Regente en un tiempo de carencias y reconstrucción espiritual y social. Quienes guardan memoria de aquellos días recuerdan a un hombre de fe profunda y compromiso inquebrantable con sus feligreses.

La vida de Don Justo estuvo marcada por la superación. Su labor en Lugones se vio truncada por la tuberculosis, una enfermedad que le obligó a alejarse de su comunidad. Su proceso de recuperación fue largo y doloroso, pasando una extensa temporada ingresado en el Hospital de Valdevilla.

Sin embargo, su vocación no se quebró. Por recomendaciones médicas, buscando un clima que favoreciera su maltrecha salud, se trasladó a Madrid. Allí, lejos de retirarse, continuó ejerciendo su ministerio con la misma pasión, sirviendo a la Iglesia hasta el último de sus días.

Su partida, el 9 de abril de 1996, fue tan discreta como su servicio. Aquel martes de Pascua, Don Justo partió al encuentro del Padre de forma inesperada en su residencia de la calle San Bernardo, la Casa Sacerdotal de la Congregación de San Pedro.

Hoy, al cumplirse casi tres décadas de su ausencia física, la Eucaristía celebrada en nuestra parroquia se ha aplicado por su eterno descanso. No es solo un acto de fe, sino de justicia y gratitud hacia un hombre que, a pesar de las pruebas físicas, dedicó cada aliento a guiar a los demás.

Que su ejemplo de resiliencia y entrega siga iluminando a nuestra comunidad parroquial. Descanse en paz, Don Justo.