martes, 16 de junio de 2026

«San Pedro Poveda y los mártires del siglo XX». Jornadas XC aniversario 1936-2026 en Covadonga

(Iglesia de Asturias) «San Pedro Poveda y los mártires del siglo XX» es el título de las Jornadas que se van a desarrollar en el Santuario de Covadonga los próximos días del 26 al 28 de agosto. Están dirigidas por el Obispo Auxiliar de Madrid, Mons. Juan Antonio Martínez Camino y se han organizado con motivo del 90 aniversario de los Mártires del siglo XX en España. Al encabezar San Pedro Poveda el grupo de todos ellos y ya que fue canónigo en Covadonga, se ha elegido el Santuario como sede de esta cita de tres días de duración.

El encuentro, que se desarrollará en el Salón de Actos del Museo de Covadonga, comenzará el miércoles y contará con la charla de Carmen Aparicio Valls, de la Universidad Gregoriana de Roma, sobre «San Pedro Poveda, una vida para Cristo». A continuación tendrá lugar la Santa Misa y ofrenda floral ante la imagen de san Pedro Poveda, presidida por el Arzobispo de Oviedo, Mons. Jesús Sanz Montes.

El jueves 27 de agosto la jornada los participantes podrán asistir a la conferencia de Armando Pego Puigbó, de la Universidad Ramón Lull (Barcelona), sobre «Pedro Poveda, en Covadonga: el secreto espiritual de sus proyectos pedagógicos». A continuación tendrá lugar «La espiritualidad martirial de san Pedro Poveda», por Mons. Juan Antonio Martínez Camino, Obispo Auxiliar de Madrid y por la tarde será el turno de Mª Victoria Hernández Rodríguez, postuladora romana, quien hablará sobre «Espiritualidad martirial en España, antes y después de la gran prueba». La última conferencia del día correrá a cargo de Jaime López Peñalba, de la Universidad San Dámaso de Madrid, con el título «El espíritu de los mártires del siglo XX en España».

Al día siguiente la primera conferencia del día será pronunciada por Didier France, ExDirector de AIN Francia, Comisión Nuevos Mártires, quien hablará sobre «El martirio del siglo XX, en Europa y en todo el mundo». A continuación, Melchor Sánchez de Toca, del Dicasterio para las Causas de los Santos en el Vaticano hablará sobre «El martirio, ¿la santidad más peculiar del siglo XX?». Por la tarde Fernando Millán Romeral, de la Universidad de Comillas (Madrid) tendrá una conferencia que versará sobre «Los mártires del siglo XX, portadores de la esperanza que no defrauda» y finalizará las jornadas el Arzobispo de Oviedo, Mons. Jesús Sanz Montes con su conferencia «Mártires para evangelizar la cultura pagana moderna».

Rdp valoración del Viaje Apostólico del papa León XIV a España

 

lunes, 15 de junio de 2026

Santoral: Santa María Micaela

(Cope) La Iglesia siempre ha querido llevar a Dios a todos con especial incidencia de los marginados. En la mitad del mes, celebramos a Santa María Micaela del Santísimo Sacramento. Nacida en Madrid en el año 1809, tuvo que pasar por una infancia en la que murieron sus padres y algunos de sus hermanos. También sufre por la situación de otras dos hermanas.

Tras dejar toda posibilidad de matrimonio va con su hermano a París y Bruselas donde ejerció como Embajador. A pesar de tantas recepciones nunca dejó la Fe. En una visita a un Hospital de San Juan de Dios, pudo comprobar la situación de mujeres que vivían en malas condiciones.

Muchas de ellas eran víctimas de la trata y la prostitución. Entonces siente que Dios le pide una espiritualidad carismática basa en el Señor Sacramentado para ayudar a estas mujeres que viven en condiciones infrahumanas a reorganizar su vida con la dignidad que tienen. Por eso funda el Instituto de Adoratrices Esclavas del Santísimo Sacramento y de la Caridad.

Muchas personas se escandalizaban de que una mujer de grandes títulos se dedicase a ese servicio. Ella, por su parte, destinó parte de sus bienes a ayudarlas en las Casas que iba fundando. Un día se dio cuenta que el Señor le pedía una dedicación completa a ellas para hacerles ver que su dignidad es intocable. Santa María Micaela del Santísimo Sacramento muere en el año 1865.

«¡Que Dios bendiga a España!». El «gracias» de León XIV por el viaje apostólico

(InfoCatólica) «¡Que Dios bendiga siempre a España!». Con estas palabras, León XIV cerró este domingo su agradecimiento público por el viaje apostólico que le llevó del 6 al 12 de junio a Madrid, Barcelona, Gran Canaria y Tenerife, la cuarta visita de su pontificado a España. El Papa se dirigió a los fieles congregados en la plaza de San Pedro tras la oración del Ángelus, en una jornada en la que también expresó su cercanía con Filipinas tras el terremoto y recordó a varios nuevos beatos.

«Agradezco al pueblo español, que me ha acogido con gran entusiasmo y devoción; y, de manera especial, a Su Majestad el Rey», declaró el Pontífice desde la ventana del Palacio Apostólico ante unos 20.000 peregrinos, según la crónica de Vatican News. Su gratitud se extendió expresamente «a los obispos, a las comunidades que he visitado y a toda la Iglesia que está en España».

Antes de la oración resonaron en la plaza las notas de «Alza la mirada», la canción inspirada en el lema del viaje papal.

Cercanía con Filipinas tras el terremoto

El Papa dedicó también un momento a la población filipina, golpeada el pasado 8 de junio por un seísmo que, alcanzó una magnitud de 7,8 y se concentró en la isla de Mindanao, causando más de 40 muertos, cientos de heridos y más de 32.000 desplazados.

«Rezo por los difuntos y sus familiares, por los heridos y por todos aquellos que sufren a causa de esta calamidad», afirmó León XIV.
Nuevos beatos mártires en tres continentes

El Pontífice recordó a continuación las recientes beatificaciones celebradas en Europa y América. El 6 de junio fueron elevados a los altares en Brno (República Checa) los sacerdotes diocesanos Venceslao Drbola y Juan Bula, mártires de la persecución comunista en Moravia. El mismo día, en el Santuario de San Juan Pablo II en Cracovia (Polonia), fue beatificado Juan Šwierc junto con ocho compañeros sacerdotes salesianos, víctimas de la persecución nazi.

León XIV se refirió también a la beatificación celebrada el 13 de junio en la parroquia de Jaura (Mato Grosso, Brasil) del misionero italiano Nazareno Lanciotti, sacerdote que sirvió en esa comunidad durante 30 años y fue asesinado por su lucha contra el tráfico de drogas y la prostitución. El Papa lo definió como mártir «porque, en nombre del Evangelio, defendía a los más pobres».

«Que el ejemplo y la intercesión de estos valientes testigos sostengan la misión de los presbíteros y de toda la Iglesia», concluyó el Pontífice.

Diálogo ecuménico y meditación evangélica

León XIV saludó en inglés a los miembros de la Comisión Internacional para el Diálogo entre los Discípulos de Cristo y la Iglesia Católica, organismo creado en 1977 para promover el entendimiento mutuo y el camino hacia la unidad de los cristianos. «Que vuestras reflexiones nos ayuden a crecer en comunión», les deseó.

En la meditación previa al Ángelus, dedicada al Evangelio del día (Mt 9,36-10,8), el Papa reflexionó sobre la mirada compasiva de Cristo ante las multitudes: «Jesús ve y ama. Ama y sufre por nosotros, con nosotros: su compasión expresa no sólo cercanía fraterna, sino voluntad de redención». León XIV subrayó la gratuidad radical del don evangélico: «El don de Jesús es totalmente gratis, porque su valor excede toda medida: es imposible merecerla o "comprarla"».

domingo, 14 de junio de 2026

"Gratis habéis recibido, dad gratis". Por Joaquín Manuel Serrano Vila


La liturgia de la Palabra de este Domingo XI del Tiempo Ordinario nos sumerge en el misterio del amor gratuito y activo de Dios. No podía ser de otra manera en este mes del Sagrado Corazón de Jesús. Hoy las lecturas no nos hablan de un Dios lejano que espera pasivamente a que el ser humano lo alcance a fuerza de méritos morales. Al contrario, contemplamos a un Dios que toma la iniciativa absoluta, un Dios que rescata, que reconcilia y que, al ver nuestra debilidad, se conmueve hasta las entrañas y nos envía a ser prolongación de su amor.

Para comprender el Evangelio de hoy, debemos mirar primero el monte Sinaí en la primera lectura. Dios le habla a Moisés y le recuerda algo fundamental antes de sellar la alianza, la memoria agradecida. Dios dice: «Ya habéis visto lo que he hecho con los egipcios, y cómo a vosotros os llevé sobre alas de águila y os traje a mí». La imagen del águila es de una belleza teológica inmensa. El águila real no deja caer a sus crías; cuando están aprendiendo a volar y desfallecen, la madre se coloca debajo de ellas y las sostiene sobre sus propias alas. Dios le recuerda a Israel —y hoy nos recuerda a nosotros— que nuestra fe no nace de un código de leyes, sino de una experiencia previa de rescate y liberación. A partir de este rescate gratuito, Dios define la identidad de su pueblo con tres títulos que san Pedro aplicará más tarde a la Iglesia. Primero propiedad exclusiva: en un mundo lleno de naciones, Israel es el tesoro particular de Dios. No por ser el más grande o el más santo, sino por puro amor. Segundo, reino de sacerdotes: el sacerdote es el mediador entre Dios y los hombres. Todo el pueblo está llamado a ser un puente para que las demás naciones conozcan al Dios vivo. Y tercero, una nación santa: "Santa" significa segregada, consagrada, diferente. Una comunidad cuya vida refleja la santidad misma de Dios. Nuestra primera tarea como cristianos es recordar de dónde nos ha sacado el Señor, y redescubrir que somos su propiedad personal.

En la segunda lectura, San Pablo, al dirigirse a los Romanos, eleva esta teología de la gratuidad a su máxima expresión. El Apóstol realiza un análisis de la lógica humana: es posible que alguien se atreva a morir por una persona buena o justa, es una lógica de correspondencia. Pero la lógica de Dios rompe todos nuestros esquemas: «La prueba de que Dios nos ama es que Cristo murió por nosotros cuando todavía éramos pecadores». Pablo usa tres palabras contundentes para describir nuestra situación antes de Cristo: impíos, débiles y enemigos. No estábamos preparados, no nos lo merecíamos, ni siquiera éramos simpáticos a los ojos de la santidad divina debido a nuestras rebeliones. Y fue precisamente en ese estado de máxima miseria cuando el Hijo de Dios entregó su vida en la cruz. Esto cambia radicalmente nuestra relación con Dios. Ya no caminamos en la fe por el miedo al castigo o por la angustia de buscar "ganarnos" el cielo. Caminamos desde la certeza absoluta de sabernos amados y reconciliados mediante la sangre de Jesús. Si Dios hizo lo más difícil —reconciliarnos cuando éramos sus enemigos—, ¿Por qué seguimos haciendo lo sencillo complicado?...

El Evangelio de San Mateo une perfectamente las dos lecturas anteriores y nos muestra cómo se encarna este amor de Dios en los gestos de Jesús. El texto se divide en tres momentos clave que transforman la mirada del creyente. El primer momento es la mirada compasiva de Jesús. El Evangelio comienza diciendo que Jesús, al ver a las multitudes, «se compadeció de ellas, porque estaban extenuadas y desamparadas, como ovejas sin pastor». El término griego original para "compadeció" (esplanjnísthe) hace referencia a las entrañas, a un dolor físico y visceral. Jesús no siente una lástima superficial, siente el dolor de la humanidad en su propio cuerpo: ve a un pueblo "extenuado y desamparado". En el contexto de la época, la gente estaba herida por la opresión política romana, pero también aplastada por el rigorismo religioso de los fariseos, que imponían cargas insoportables "sin mover un dedo" para ayudarlos. Jesús ve a una humanidad cansada de sufrir, perdida, desorientada. Es la misma mirada que el Señor dirige hoy a nuestras ciudades, a nuestras familias rotas, a los jóvenes vacíos de sentido y a los ancianos en soledad. El segundo momento es la oración y la llamada de los Doce. Ante la inmensidad de la necesidad («la mies mucha y los obreros pocos»), Jesús no recurre al activismo desesperado. El primer paso es la oración: «Rogad al dueño de la mies». La misión pertenece a Dios, no es una empresa humana. Inmediatamente después, Jesús convoca a los Doce. San Mateo nos regala la lista de los apóstoles, y es una lista que sana nuestras inseguridades. Llama a Pedro, que lo negará; a Santiago y Juan, ambiciosos de poder; a Mateo, el recaudador de impuestos -considerado traidor a su Patria-; a Judas Iscariote, el que lo entregará... Es un grupo heterogéneo, lleno de tensiones políticas y flaquezas morales. Con esto, el Evangelio confirma lo que decía san Pablo de que "Dios manifiesta su poder en la debilidad". Nadie puede decir "yo no valgo para servir a Dios", porque Jesús no busca hombres perfectos, sino corazones dispuestos a ser moldeados. Y el tercer momento es el envío y la ley de la gratuidad. Jesús dota a los apóstoles de su misma autoridad para sanar, resucitar muertos y expulsar demonios. Los envía primero a las ovejas perdidas de Israel, conectando con la promesa de la primera lectura. El Reino de los cielos se hace visible a través de gestos concretos de liberación, salud y consuelo. La instrucción final de Jesús es el núcleo moral de toda la liturgia de hoy: «Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis». Es el antídoto contra la comercialización de la fe y el clericalismo. Todo lo que somos —la vida, la justificación por la fe, los carismas, el ministerio— nos ha sido dado como un regalo sin precio. Por lo tanto, no podemos administrar la gracia con egoísmo, con tacañería o buscando el propio interés. El amor de Dios recibido, debe convertirse en amor entregado.

Evangelio Domingo XI del Tiempo Ordinario

Lectura del santo evangelio según san Mateo 9, 36 – 10, 8

En aquel tiempo, al ver Jesús a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, «como ovejas que no tienen pastor». Entonces dice a sus discípulos:

«La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies». Llamó a sus doce discípulos, les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia.

Estos son los nombres de los doce apóstoles: el primero, Simón, llamado Pedro, y Andrés, su hermano; Santiago, el de Zebedeo, y Juan, su hermano; Felipe y Bartolomé, Tomás y Mateo el publicano; Santiago el de Alfeo, y Tadeo; Simón el de Caná, y Judas Iscariote, el que lo entregó. A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones:

«No vayáis a tierra de paganos ni entréis en las ciudades de Samaría, sino id a las ovejas descarriadas de Israel. Id y proclamad que ha llegado el reino de los cielos. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios. Gratis habéis recibido, dad gratis».

Palabra del Señor 

Pescador de hombres entre lápidas marinas. Por Monseñor Fray Jesús Sanz Montes O. F. M.

Nos ha dejado un cúmulo de palabras bondadosas, bellas y verdaderas el Santo Padre. Tendremos que volver sobre los textos y los gestos que han ido desgranando todo un itinerario que la Iglesia en España estaba necesitando en este momento de profunda orfandad donde no se atisbaba el horizonte donde amaneciese la esperanza. Pero la visita al muelle del puerto de Arguineguín en Gran Canaria, ha sido uno de los mensajes de mayor calado humanitario que todos esperaban. Y el papa León XIV no nos ha defraudado. Él, como el primer papa, San Pedro, se sabe llamado a ser “pescador de hombres” en medio de los mares procelosos que con sus Leviatanes pretenden engullir a los inocentes: «también hoy existen monstruos que acechan estos mares: mafias que trafican con la desesperación, tratantes que esclavizan mujeres y niños y la indiferencia de muchos que permiten que los pobres sean tragados por la explotación o por el olvido».

En uno de los momentos más hermosos de su discurso, no le temblará a León XIV la voz para decir en voz alta lo que la Iglesia tiene que decir y hacer cuando está ante una deriva tan terrible: «Creemos en un Dios que somete el caos, pone límite al mal y abre un camino cuando parece imponerse la muerte... Y así lo contemplamos en Cristo, que camina sobre las aguas y, ante la tormenta, pronuncia una palabra soberana: “¡Calla, enmudece!”. Esa voz sigue resonando contra las fuerzas que devoran, esclavizan y descartan a tantos hermanos nuestros. Ahí donde Cristo manda callar al mar, la Iglesia no puede permanecer muda ante quienes son abandonados a sus aguas».

Los testimonios fueron impresionantes y desgarradores, pero también hermosos por dejar traslucir el atisbo de esperanza que se dejaba ver venciendo el fatalismo. Tantos obispos presentes, tantas realidades diocesanas que con sencillez daban testimonio de mucha entrega. Y tantas autoridades de primer rango que no aparecieron cuando la tragedia se cernía desmedidamente en aquellas costas Canarias, pero fueron ahora aprovechando el momento y la foto. Ante todos, quiso decir el Santo Padre, como quien tiene autoridad moral para gritarlo, lo que más iluminó y consoló de sus palabras:

«No entreguen su existencia a quienes comercian con ella. No les crean a quienes prometen paraísos fáciles a cambio de su cuerpo o de dinero, de silencio o de su libertad. Esas falsas promesas son “cantos de sirenas”, son industrias de muerte. Este drama debe convertirse en examen de conciencia: para las naciones de origen, que deben crear condiciones de paz, justicia y desarrollo; para las naciones de tránsito, llamadas a proteger y no a dejar a los débiles en manos de redes criminales; para Europa, que no puede proclamar la dignidad humana y acostumbrarse a que el Mediterráneo y el Atlántico sean cementerios sin lápidas; para la comunidad internacional, llamada a una cooperación eficaz y perseverante. Y también la Iglesia debe dejarse interpelar. La acogida del migrante no puede ser algo secundario ni delegada únicamente a algunos voluntarios. Nos arrodillamos ante el altar para adorar a Cristo presente en la Eucaristía, de quien recibimos la fuerza y el motivo para vivir la caridad; por eso, no podemos luego “pasar de largo” ante los cayucos y las pateras, pues de la oración brota todo servicio y a ella vuelve todo compromiso».

Sí, deberemos ir una y otra vez sobre este discurso, porque se trata de uno de los más importantes pronunciados por el papa en este viaje apostólico a España, habiendo habido tantos y con tanta proyección e iluminación para la vida cristiana y nuestros actuales desafíos. No estamos huérfanos de esperanza cuando ha emergido con tanta fuerza el padre que nos la sostiene y despierta desde Jesús y su Evangelio. Una gran noticia que sabe a Buena Nueva.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo