viernes, 3 de julio de 2026

Tres jefes de Estado en Roma

(La Puerta de Damasco) Lo más común es que en la capital de una nación habite el jefe de Estado de ese país; como es el caso del rey de España en Madrid o del presidente de Portugal en Lisboa. Roma es, en esto como en muchas otras cosas, una ciudad excepcional. En ella moran tres jefes de Estado: el papa, el gran maestre de la Soberana Orden Militar de Malta y el presidente de la República Italiana. Esta concentración de poderes hace que la Ciudad Eterna esté plagada de representantes diplomáticos.

De los tres jefes de Estado que tienen su residencia en Roma, la precedencia por antigüedad le corresponde al papa, que está, ayudado por la curia romana, a la cabeza de la Santa Sede, la institución del gobierno supremo de la Iglesia Católica y el sujeto de derecho internacional que la representa ante el mundo. Sus orígenes se remontan a los inicios del cristianismo, ya que el papa es el sucesor de Pedro, el primer obispo de Roma. Con el tiempo, la Santa Sede comenzó a ejercer también la soberanía temporal sobre un territorio. En el siglo VIII se establecieron los Estados Pontificios, que abarcaban las regiones del Lacio, Umbría, Marcas y Emilia Romana. Los Estados Pontificios se mantuvieron vigentes durante más de un milenio, hasta 1870, cuando fueron anexionados por el Reino de Italia. El papa Pío IX excomulgó al primer rey, Víctor Manuel II, y se refugió en el Vaticano, considerándose un prisionero. Así transcurrirían unos cincuenta y nueve años y varios pontificados hasta que, en 1929, se firmaron los Pactos de Letrán entre la Santa Sede y el Reino de Italia, que establecieron la soberanía plena del papa sobre el nuevo Estado de la Ciudad del Vaticano, el más pequeño del mundo, que custodia la memoria del catolicismo, la belleza del arte y unos cuidadísimos jardines. La Santa Sede mantiene relaciones diplomáticas con 184 Estados.

El gran maestre de la Soberana y Militar Orden Hospitalaria de San Juan de Jerusalén, de Rodas y de Malta es, a la vez, un príncipe soberano y un superior religioso – protocolariamente tiene el título de “su alteza eminentísima” -. La Orden fue fundada en el siglo XI por el beato Gerardo, el primer gran maestre. Con la bula del 15 de febrero de 1113, el Papa Pascual II reconoce a la Orden de San Juan y la pone bajo la protección de la Santa Sede, concediéndole el derecho de elegir libremente a sus superiores, sin interferencia de otras autoridades laicas o religiosas. Carlos V les ofreció a los Hospitalarios la isla de Malta en 1530 para que allí fijasen su residencia. En 1798, Napoleón se apoderó de la isla y puso fin al gobierno territorial de la Orden. No obstante, sigue siendo un sujeto de derecho internacional, que mantiene relaciones bilaterales con más de 100 Estados y está presente en 130 países con proyectos médicos, sociales y humanitarios. Las principales sedes de la Orden de Malta son el Palacio Magistral, situado en la “Via dei Condotti”, en el centro histórico de Roma, donde reside el gran maestre y donde se reúne el gobierno, y la Villa Magistral, perteneciente a la Orden desde el siglo XIV, que se ubica en la colina del Aventino. Muchos turistas se agolpan en la Plaza de los Caballeros de Malta, a la entrada de la Villa, para mirar por el “Buco della Serratura”, una cerradura desde la cual se puede ver la cúpula de la basílica de San Pedro.

El jefe de Estado más reciente es el presidente de la República Italiana. Desde la unificación, Italia ha tenido cuatro reyes, de la dinastía Saboya, y a partir de 1946, doce presidentes. La sede principal de la presidencia de la República es el Palacio del Quirinal - llamado así por estar situado en la más alta de las siete colinas de Roma -, que era donde vivía el papa al menos desde 1609 hasta 1870, cuando pasó a ser residencia real, dada la disolución de los Estados Pontificios. Es el sexto palacio más grande del mundo en superficie, tiene más de 1.200 habitaciones, además de unos magníficos jardines.

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jueves, 2 de julio de 2026

Don Cecilio Díaz González, 19 años de su partida. Nuestra oración, recuerdo y gratitud

El sacerdote Don Cecilio Díaz González falleció el 1 de julio de 2007 en Nava, tras una vida entera dedicada al servicio pastoral en Asturias. Hoy se cumplen exactamente 19 años de su partida, una fecha que invita a recordar. Natural del pueblo de Tresali (Nava), su trayectoria estuvo marcada por su cercanía, su carácter trabajador y, de forma muy especial, por su labor al frente de nuestra parroquia de San Félix de Lugones, donde ejerció como párroco. La eucaristía de esta tarde se aplicará por su eterno descanso.

La sencillez de las raíces y el trabajo en el campo

"El que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto." (Jn 15, 5), Don Cecilio jamás olvidó sus orígenes rurales ni el sudor de los trabajos agrícolas de su juventud. Esa conexión con la tierra moldeó un carácter sencillo, trabajador y profundamente arraigado en lo esencial. Sabía que, al igual que en el campo, en las almas la siembra requiere paciencia. Su fructífero ministerio en cuencas mineras, pueblos costeros y villas industriales fue el resultado de una vida que permaneció siempre unida a la vid verdadera que es Jesucristo.

Servidor de la Santina en el monte santo

"El que quiera ser el primero entre vosotros será vuestro servidor; como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir." (Mt 20, 27-28). El nombramiento como canónigo ''ad tempus'' de la Basílica de Covadonga coronó su trayectoria terrenal de la forma más hermosa: a los pies de la Virgen. Lejos de asumir este cargo como un honor para el orgullo, Don Cecilio lo vivió desde el servicio silencioso en el confesionario y la acogida afectuosa al peregrino. En el Santuario reflejó el amor de la Madre, desgastándose por los fieles hasta que las fuerzas comenzaron a flaquear debido a la enfermedad.

La recompensa del siervo fiel

"Entra en el gozo de tu señor" (Mt 25, 23). Afrontando su dolencia final con una entereza cristiana ejemplar, Don Cecilio entregó su alma a los 76 años. Hoy, sus restos descansan en el cementerio de su querido Tresali. Diecinueve años después, hoy damos gracias a Dios por su vida, con la firme esperanza de que aquel sacerdote que tantas veces pronunció las palabras de la consagración en el altar, pueda ya disfrutar de la pascua de los elegidos. 

Oración

Dios Todopoderoso y Eterno, te pedimos por el alma de tu sacerdote, Cecilio. Él consagró su vida a tu servicio y guio a tu pueblo con amor y fe. Te pedimos que, por tu infinita misericordia, perdones sus faltas y lo acojas en el banquete celestial de la vida eterna. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén

Concédele el descanso eterno y que brille para él la luz perpetua. Amén.

Mons. Sanz: ''Hacer del Valle una pasarela de sus ideologías sería propio de una dictadura bananera''

Agradezco a Mons. Jesús Sanz Montes, OFM, arzobispo de Oviedo, que me haya concedido una entrevista sobre la situación del Valle de los Caídos y de la abadía benedictina.

¿Qué opina sobre todo lo que está ocurriendo con el Valle de los Caídos y de la llamada resignificación, que usted ha llamado profanación?

Me he expresado varias veces en público, y también en textos publicados como tribunas en la prensa nacional. No tengo inconveniente en insistir en mi conocida posición para recordar al respecto lo que quizás nos estamos jugando en este asunto y cómo hay una razón de trasfondo en donde la libertad de la Iglesia puede quedar resentida y conculcados sus derechos también internacionales, y la pretensión de algunos mandamases campee por sus fueros con una impunidad enmascarada. He tenido ocasión de recordar al respecto que hay quienes se sienten molestos por esa referencia al amor y la verdad que representa la Abadía y su Cruz, cuando se vive y maquina en la insidia y la mentira como forma de gobernanza.

El alarde de un calculado ataque a esa Cruz tan visible y significativa se hace en aras de una aséptica equidistancia para no irritar a los que no son cristianos, enarbolando la tramposa neutralidad religiosa desde un impositivo laicismo que no inocentemente erradica nuestra historia, tergiversa nuestros símbolos y censura nuestra comparecencia eclesial pretendiendo enmudecer nuestra palabra e invisibilizar nuestra presencia cristiana. Otra cosa es que ellos lo consigan o que nosotros cedamos a tamaño chantaje, y por nuestra parte deberíamos evitarlo cada cual con su responsabilidad y desde su posibilidad fehaciente.

¿Cree que en la jerarquía de la Iglesia en España ha habido suficiente oposición a la infame ley de memoria histórica/democrática y a lo que está pasando en el Valle?

La competencia eclesial y canónica sobre esa Abadía y la Basílica reside exclusivamente sobre la Santa Sede y la Orden Benedictina (primero la Comunidad que allí vive, y luego la Congregación benedictina de Solesmes a la que está vinculada).

Efectivamente, es la Santa Sede quien puede dilucidar por mandato del Sumo Pontífice el devenir de la Abadía de los monjes y de la Abadía como tal, pues fue lo que se determinó con la anuencia suprema del Papa Pío XII en su Carta Apostólica “Stat Crux” (1958), aludiendo en la conclusión del texto a la dedicación del templo y mostrando la firmeza de su escrito al respecto: “erigimos y constituimos para siempre, con nuestra Autoridad apostólica y en virtud de estas Letras, la nueva Abadía exenta, que ha de ser nombrada con el título de Santa Cruz del Valle de los Caídos, a la cual, como perteneciente a la Congregación de Solesmes de la Orden de San Benito, la hacemos partícipe de todos los privilegios concedidos a los Abades de tal familia religiosa. Sin que nada lo pueda impedir. Esto promulgamos, establecemos, decretando que las presentes Letras sean y permanezcan siempre firmes, válidas y eficaces: que produzcan y conserven íntegros sus plenos derechos que favorezcan cumplidamente, ahora y después, a los Prelados y monjes, tanto presentes como futuros, de la mencionada Abadía, que de esta forma establecemos y, conforme a esto, se ha de interpretar y definir. Desde ahora se ha de tener sin efecto y sin valor cuanto aconteciera ir en contra de ellas, sea a sabiendas o por ignorancia, o por quienquiera o en nombre de cualquier autoridad”. Así de claro.

Ni el arzobispo de Madrid ni la Conferencia Episcopal Española, así como tampoco el resto de las diócesis, tienen competencia, propiamente hablando, sobre ese lugar. Sólo la Santa Sede y la Orden Benedictina. Otra cosa es que podamos hablar –como alguno hacemos– expresando nuestro parecer, o que acaso nos constituyésemos en interlocutores o mediadores indebidamente, propiciando una excusa legal que termina siendo tramposa, y por lo tanto ilegítima.

En el Valle vemos una hermosa evocación de lo que significa esa Cruz que preside una historia de amor y de esperanza. La comunidad benedictina en ese lugar eleva su plegaria para pedir ese don que sólo Dios concede. La Cruz nos lo recuerda, los monjes lo cantan.

¿Considera que debe prevalecer ante todo el Tratado Internacional entre la Santa Sede y el Estado Español por el que todo recinto dedicado al culto, como son la Basílica y la Abadía benedictina de la Santa Cruz del Valle de los Caídos, es inviolable?

Hemos de recordar lo que no pocas veces he dicho: que la Abadía benedictina en el Valle de los Caídos y la inmensa Cruz que la preside, nacieron como un espacio de encuentro y reconciliación tras el conflicto bélico entre hermanos que tantas vidas se llevó por delante. De hecho, allí reposan en paz personas que cayeron detrás de los dos bandos, bajo las dos banderas, en medio de ambas trincheras, hasta que algunos han perturbado ese sagrado descanso para jalear esa memoria manipulada en beneficio propio. Sin embargo, levantar acta de ese ejercicio de paz fraterna, hija del perdón sincero y generoso como expresión de una sociedad reconciliada fue un regalo no suficientemente agradecido ni reconocido, intentando vincular el espacio del lugar y el significado de su presencia a la gobernanza de un periodo de España para proceder a demonizar el espacio y su significado y justificar su transformación arbitraria.

Por este motivo, querer utilizar a los muertos inhumándolos para ganar batallas perdidas reabriendo las heridas que tanto nos costaron cerrar como hermanos, es algo que responde a una maldad irresponsable, con pretensiones inconfesadas, que insidia la convivencia en nuestra sociedad y que tan fácilmente excita la confrontación indeseada. Tal vez sea para algunos, una vez más, una cortina de humo más ante los quebraderos de cabeza y temas judiciales que en torno a la corrupción de gente muy cercana a vínculos familiares y correligionarios, con prevaricaciones calculadas, malversación de fondos públicos y dilapidación del necesario equilibrio en la división de poderes en un Estado de Derecho. Todo esto, además de la fijación “resignificante” (que termina siendo vaciadora) de la Abadía y de la Cruz, que con un ritmo de calculado calendario se saca a la palestra para distraer o jalear al personal.

Por lo tanto la Iglesia tiene poder para exigir que se cumpla ese Tratado Internacional y no se resignifique el Valle, lo que sería una profanación…

Entiendo que la Santa Sede y la Orden Benedictina pueden hacer valer el derecho que les asiste a la hora de pedir que se cumpla un Tratado Internacional. Porque querer “resignificar” el sentido que tuvo y tiene ese lugar como reclamo para la reconciliación verdadera, que es el que ha tenido en la sincera evolución de su historia durante estos años, es un ejercicio de censura de algo que no es secundario en la conciencia cristiana. Ya conocemos la andanada laicista de algunos gobernantes a quienes les molesta precisamente la Cruz y la presencia monástica, proponiendo invadir en una enorme proporción la Basílica para imponer allí otra cosa distinta a la reconciliación ensoñada y celebrada en esas naves basilicales durante décadas, junto a los mártires y los que duermen allí el sueño de la paz. Como he dicho en otro lugar, pretender hacer en la Basílica una especie de pasarela del aeropuerto de su ideología para tener que acceder al mínimo espacio que quisieran concedernos para la liturgia cristiana, a través del “duty free” de sus relatos, sus rencores y sus acechanzas, es demasiado obsceno por sabido ya, es un dejà vu que hemos visto muchas veces y que nos suena de cercanas dictaduras bananeras. Lo digo sin remilgos y con la convicción de estar ante una profanación invasiva.

¿Sabe si el Papa está al corriente de la verdadera situación con todos los detalles? ¿Sería el único que podría detener la profanación de resignificar un recinto sagrado?

Obviamente, desconozco el grado de información del Papa al respecto, pero por la seriedad con la que afronta tantas cuestiones en el seno de la Iglesia que preside en la caridad como Sucesor del Apóstol Pedro, así como la prudencia y hondura con la que también aborda los desafíos que nuestro momento histórico tiene en el orden internacional, quiero pensar que él está al corriente y también creo que Dios le iluminará para hacer o decir lo que por bien de todos cabe esperar. Sus intervenciones en la reciente visita apostólica a la Iglesia en España, y especialmente la que tuvo en el Palacio Real y en el Parlamento, fueron ejemplo de su profundidad y libertad a la hora de afrontar todas las cuestiones en las que su palabra y sus decisiones se acogen con tanto provecho y autoridad moral.

Pero en este sentido siempre ayuda recordar el significado que San Juan XXIII dio a aquel lugar en el Breve pontificio “Salutiferae Crucis” (1960) declarando la Iglesia de la Santa Cruz como Basílica papal, cuando con belleza y conmovida emoción, describía ese espacio de peregrinación en el Valle de los Caídos que tiene como misión rezar por la unidad, por el perdón y por la reconciliación entre españoles: “se yergue en las cumbres del Guadarrama el signo de la Cruz Redentora, que extiende sus brazos piadosos como alas protectoras, bajo las cuales los muertos gozan el eterno descanso. Este monte sobre el que se eleva el signo de la Redención humana ha sido excavado en inmensa cripta, de modo que en sus entrañas se abre amplísimo templo, donde se ofrecen sacrificios expiatorios y continuos sufragios por los Caídos en la guerra civil de España, y allí, acabados los padecimientos, terminados los trabajos y aplacadas las luchas, duermen juntos el sueño de la paz, a la vez que se ruega sin cesar por toda la nación española”. Este, y no otro, fue el sentido y la significación de la Abadía con su Cruz.

¿Piensa que el conjunto monumental del Valle de los Caídos debería ser declarado, no solo Bien de Interés Cultural, sino incluso Patrimonio de la Humanidad?

Sin duda que las designaciones civiles de espacios artísticos, históricos o patrimoniales con una denominación significativa, tienen como objeto la de señalar la importancia y la pertinencia de los mismos con toda su carga ejemplar y beneficiosa desde la historia y desde la cultura en bien de la humanidad. Así es en positivo cuando se señalan como paradigmáticos por su significado, y así es igualmente en negativo cuando se censuran esos espacios desde alguna pretendida memoria demasiado vinculada a una determinada ideología. Yo creo que estamos ante algo inusual que exigiría una denominación generosa en su declaración civil por tratarse de un espacio para la reconciliación tras una guerra fratricida en aquel contexto inviable de convivencia y justicia en la sociedad española de aquel momento.

Por eso a nosotros los obispos, a la mayoría de la comunidad cristiana y a tanta gente de bien que no tiene prejuicios ni cojea de ideologías, también nos importa la deriva que podría tener ese espacio monástico donde se reza por la paz al tiempo que encomienda a los caídos pidiendo por su eterno descanso. Creo que es algo más que un Bien de Interés Cultural, que también lo es, y se podría abrigar el título de Patrimonio de la Humanidad porque en ese valle hay una Cruz enhiesta entre la crestería verde de sus montañas, que domina con dulzura y su perenne mensaje toda aquella naturaleza desde la colina en la que se levanta. Esa Cruz preside una historia dolorosa como siempre sucede cuando los hermanos se declaran la guerra haciéndose tanto daño en una confrontación fratricida. Pero esa inmensa Cruz, la más alta que hay en el mundo con sus 152’5 metros, no es enseña de bandería, no responde a ninguna sigla política y no es tutora de ideología alguna.

Como aquella primera cruz cristiana con Jesús clavado en ella, esta tiene también su mensaje bondadoso de lo que supone dar la vida por quienes abrazas en sus heridas, sus preguntas, sus contradicciones y pecados. Esto hizo Cristo con cada uno de nosotros. No es un motivo banal ni frívolo, ni siquiera exclusivamente confesional, cuando en esa Basílica coronada por tan inmensa Cruz, se reza a diario por la paz desarmada y desarmante, como repite el Papa León XIV.

¿Tras llegar la maquinaria al Valle el proceso de “resignificación” sería ya imparable?

Además de las actuaciones que conculcan palmariamente Tratados Internacionales, el derecho de personas, familias e instituciones sin ninguna razón legal y sin ninguna autoridad moral, me impresionó que mientras el Santo Padre estaba hablando en el Parlamento de las Cortes españolas durante su reciente e inolvidable visita, “alguien” dio la orden de hacer catas y prospecciones para comenzar contra derecho la ejecución de sus fijaciones. Es de agradecer la diligente actuación de la Justicia para detener tamaño abuso de poder. Albergo la esperanza de que la verdad y el derecho se hagan cauce a tiempo y en forma para poder parar lo que “algunos” sueñan como imparable. No es sólo un deseo sincero compartido con tantas personas de bien, sino también una humilde plegaria para que nos asista Dios en esta batalla contracorriente.

Por Javier Navascués

miércoles, 1 de julio de 2026

«Vivimos la marcha de San Esteban del Mar con dolor, pero también con esperanza»


(Iglesia de Asturias) Este sábado, en la parroquia de San Esteban del Mar de Gijón, a las siete de la tarde, tendrá lugar la celebración de la eucaristía presidida por el Arzobispo de Oviedo, Mons. Jesús Sanz, junto con el padre Provincial de los jesuitas y con la presencia de la comunidad de los jesuitas de Oviedo, en la que se hará efectivo el traspaso a la diócesis de la parroquia, que formará a partir de ahora Unidad Pastoral junto con Santa Olaya, en el mismo barrio del Natahoyo.

Desde hacía dos años la comunidad de los jesuitas en San Esteban del Mar, en Gijón, se había trasladado a Oviedo. Al cerrarse canónicamente la comunidad se iniciaba un proceso de despedida de los jesuitas en la parroquia que ya llega a su fin, pero que no supone ni mucho menos la desaparición de la Compañía en la ciudad, puesto que permanecen con presencia en el Colegio de la Inmaculada, en la Fundación Revillagigedo y el Hogar de San José, tres grandes buques insignia con una gran historia y labor a sus espaldas. Hablamos con el, hasta ahora, párroco de San Esteban del Mar, el padre Manuel Rodríguez Carrera SJ.

¿Cómo han vivido desde la comunidad de los jesuitas esta decisión de dejar la parroquia de San Esteban del Mar?

Pues siempre con dolor porque los tiempos de nacimiento son de alegría y celebración y los tiempos de despedida, que es lo que toca ahora, pues siempre causan dolor. Pero a la vez lo vivimos con esperanza, es decir, sabemos que la vida es así: hay tiempo, lo dice el Eclesiástico, para nacer y tiempo para morir. Aunque en realidad esto no es morir porque la parroquia continúa, pero bueno, sí que es verdad que al dejarla nosotros, pues supone también un cierto dolor. Pero vivámoslo como oportunidad, no como maldición, son los tiempos que son y ahora toca menguar y reducir, tengamos esperanza.

La historia de los jesuitas en Gijón es centenaria. Llegaron con la iglesia, hoy Basílica, del Sagrado Corazón, también el colegio, luego está la Fundación y el Hogar de San José. Podríamos decir que la historia reciente de la ciudad no se entiende sin la presencia de la Compañía de Jesús. Cuéntenos de esa presencia en Gijón, ¿cómo llegaron los jesuitas y cómo se fueron desarrollando las diferentes obras?

Hay una prehistoria incluso, que es la llegada de los jesuitas a Oviedo, 38 o 40 años después de fundarse la Compañía. Creo que llegaron en el año 1578. Es una presencia muy antigua en Asturias la de los jesuitas. Fue en Oviedo, en el colegio San Matías, hoy la iglesia de San Isidoro El Real. Eso fue hasta 1767, que fue cuando la supresión de la Compañía en España. La vuelta fue en 1884 creo, y entonces ya llegamos a Gijón.

Desde esa fecha estamos aquí, en el colegio de la Inmaculada y en la Residencia del Sagrado Corazón, que es hoy Basílica. Más tarde se creó la Fundación Revillagigedo, que es de 1929, pensada para la gente del barrio, obreros y demás, que era de los condes de Revillagigedo, y finalmente llegó el Hogar de San José, en la posguerra, nada más terminada la Guerra Civil. Un poco más tarde también nos hicimos cargo de la Universidad Laboral. Ha sido una presencia muy fuerte y variada. En Gijón llegó a haber por encima de 100 jesuitas, en algún momento, 100 ó 120 incluso. Ahora somos 11 en toda Asturias.

Diría que la historia de Gijón va también muy de la mano de la Compañía. Hemos crecido y hemos acompañado el crecimiento de la ciudad y muy especialmente del barrio del Natahoyo. Hoy ya tiene muy poco que ver aquel barrio con lo que era cuando se fundó, por ejemplo, el Hogar de San José, o la Fundación Revillagigedo, pero sigue siendo todavía un barrio como muy familiar, muy cercano. Hemos ido creciendo mucho y ahora, bueno, pues nos toca un poco retirada.

Retirada, sí, pero en el trabajo y los beneficios que reciben tantas personas gracias a todas esas obras que continúan, está ahí. Especialmente como dice en el barrio del Natahoyo donde también está la parroquia de San Esteban del Mar. ¿Qué labor se lleva a cabo en esos centros?

La Fundación Revillagigedo es un centro educativo. Nació, en su día, para hijos de obreros del barrio. De hecho, eran clases nocturnas, muchos de los alumnos que iban trabajaban de día y por la noche acudían a especializarse, digamos. Siempre ha estado pensado y dirigido a la clase obrera, a la gente sencilla. Que a mí eso es una cosa que me gusta recalcar porque quizá la Compañía a veces parece tener una imagen un tanto elitista. Se nos ha acusado de ser los formadores de las «élites». Pero uno luego baja a la realidad y ve que estamos en todas partes, y esto es también un motivo de alegría, de satisfacción y de sano orgullo. La Fundación Revillagigedo, por tanto, hoy, sigue formando alumnos, pero no sólo queremos transmitir conocimientos técnicos, sino también, en definitiva, el Evangelio, con un matiz o un tono jesuítico, al modo de nuestro proceder y actuar, pero intentamos formar buenas personas y buenos cristianos.

El Hogar de San José, por otro lado, nació en la posguerra para atender a niños huérfanos e hijos de represaliados después de la guerra. El perfil hoy ha cambiado, desde luego. Ya no es el niño huérfano o abandonado, pero sí niños con una problemática familiar severa, que tiene que permanecer en régimen de acogimiento.

Respecto a la parroquia, es una parroquia popular, de barrio. El Natahoyo es un pueblo grande todavía. A mí la gente a veces me dice, «hombre, el Natahoyo tiene poco que ver con lo que era cuando tú lo conociste». Y yo siempre digo: «afortunadamente». Es decir, hay cosas en las que ha mejorado mucho, pero en otras, pues sigue siendo también gente muy sencilla. Y desde ahí hemos intentado acompañar también, pues todos esos procesos, de crecimiento de las personas y del barrio.

Si tuviera que definir qué ha supuesto para la ciudad de Gijón la presencia de la Compañía de Jesús a lo largo de estos años, ¿cuál diría que ha sido la aportación fundamental?

Yo creo que el acompañamiento es importantísimo siempre. Y en eso, hombre, tampoco vamos a presumir, pero somos especialistas. La Compañía siempre le dio mucha importancia al acompañamiento personal, a los Ejercicios Espirituales y al discernimiento. No solamente se trata de formar buenos técnicos, que es importante desde luego y yo creo que se consigue, pues se le da mucha importancia a la parte puramente educativa o de transmisión de conocimientos. Pero además está esa otra parte, que no tiene que ir separada, sino que tiene que ir de la mano. Formar buenos profesionales, pero también, gente responsable. Y eso pasa por ese discernimiento que es la bandera insigne de la Compañía. El discernimiento ignaciano. Y luego, los Ejercicios y el acompañamiento espiritual.

Comentaba antes que a los jesuitas se les acusa de formar «a las élites», pero es que la formación del jesuita es una formación de élite en sí misma. Un aspecto que destaca muchísimo, les distingue y ha sido siempre su sello personal.

Sí. En la compañía siempre se ha cuidado de mucho eso. Es una formación larga y profunda. No solamente intelectual, sino que al jesuita, hasta que la compañía decide su incorporación definitiva, pasan años. Es decir, los primeros votos en la Compañía los pedimos nosotros, después del noviciado. Pero la incorporación definitiva te la ofrece la Compañía cuando ve que estás maduro. Pero desde entonces igual han pasado entre 13 o 14 años, es decir, que es una formación muy larga. Y en cuanto a las élites, yo siempre he defendido que desde luego tenemos que dedicarnos a los pobres, y la Compañía también tiene esa opción preferencial, en línea con la Iglesia como no puede ser de otra manera. Pero también a las élites hay que educarlas y formarlas en unos principios y en unos valores que les lleven también a defender luego y a trabajar por los pequeños y por los pobres. Yo creo que en eso no hay que ser excluyentes. Creo que ayudar también a las élites, a personas que van a gobernar, que van a dirigir y a tener poder y formarles en unos valores, en unos principios y un modo de proceder, yo creo que es importante también.

De todas formas no es discutible la presencia de los jesuitas en países en desarrollo y más necesitados, especialmente en Hispanoamérica, trabajando y dando la vida.

Sí, una vez oí decir, no recuerdo el país que era, pero en un país selvático y muy remoto «aquí solamente llegan los jesuitas y la Coca-Cola». Es un esfuerzo agradecido, el que se hace por estar allí y ayudar a promocionar a todas esas personas.

Volviendo a nuestra diócesis, la comunidad permanecerá toda reunida en Oviedo. ¿Cómo queda dibujado el mapa de la presencia jesuítica en la diócesis?

La comunidad del Natahoyo se cerró canónicamente, va a hacer dos años ya. Yo llevo dos años yendo y viniendo todos los días para atender la parroquia, mañana y tarde. De hecho, he ido contando los viajes y son como dos mil doscientos y pico. Efectivamente, la Compañía sigue presente en Gijón: en el Colegio de la Inmaculada trabajan dos jesuitas y ahora van a trabajar tres; en la Fundación Revillagigedo el director es jesuita; en el Hogar San José, aunque la directora es Cristina, hay también un jesuita allí.

En Oviedo tenemos una presencia conocida y muy querida como es la Iglesia del Sagrado Corazón, las Salesas como las conoce todo el mundo. Después también en Oviedo está el Colegio San Ignacio, de larga tradición, heredero de ese primer colegio San Matías.

Puede que la Compañía no sea tan numerosa ni de tanto relumbrón como antiguamente pero sigue presente en la diócesis y colaborando en todo lo que podemos.

Yo siento mucho tener que dejar la parroquia, no por dejarla yo, porque, bueno, la vida nuestra ya sabemos cómo es. Y yo agradecido de haber estado estos diez años, digamos que una cierta prórroga, porque la idea que tenía el Provincial era haber cerrado ya hace dos años, pero bueno, nos parecía que había que cerrar procesos también, por parte nuestra y demás, y él accedió.
Hemos estado siempre muy unidos a la diócesis, nunca hemos querido ser un verso suelto. Y ahora, en lo que podamos colaborar y ofrecer, se seguirá haciendo.

Oviedo se despide de las Esclavas del Sagrado Corazón tras décadas de entrega y educación

La comunidad religiosa abandonará la ciudad a finales de julio debido a la avanzada edad de las últimas tres hermanas y la falta de relevo generacional

(El Comercio) Un ciclo que llega a su fin en Oviedo. La Congregación de las Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús (fundada por Santa Rafaela María en 1877 en Córdoba) pondrá fin a su presencia en la capital asturiana este julio. Así lo anunció el párroco Francisco Javier Suárez, durante la misa de este martes, confirmando una noticia que deja un sentimiento de nostalgia en la comunidad católica local.

La decisión, aunque dolorosa, responde a la realidad demográfica que atraviesa la congregación. De las seis religiosas que formaban la comunidad recientemente, la cifra se ha ido reduciendo drásticamente: la superiora falleció poco después de su nombramiento; otra de las hermanas murió a los 96 años, y una tercera fue trasladada el año pasado a una residencia en Santander para recibir cuidados especializados.

En la actualidad, solo quedan tres hermanas en el convento de la calle González del Valle. «Son muy mayores y ya no pueden seguir», lamentó el párroco, quien reconoció con tristeza la falta de vocaciones para dar continuidad a su labor. «Quizá me precipité al anunciarlo, pero es una pena que una comunidad religiosa con tantos años en la ciudad no tenga relevo», confesó el sacerdote, que tras 14 años en la iglesia de San Juan y apenas uno en la calle Conde Toreno, se enfrenta ahora al reto de mantener el templo sin la ayuda constante de las religiosas.

Un edificio con historia

El convento, en el número 4 de la calle Toreno, frente al Campo de San Francisco, tiene una capilla que es sede de la Adoración Eucarística Perpetua de Oviedo (A.E.P.) desde el 18 de mayo de 2007. Las veinticuatro horas del día hay alguien adorando la imagen.

La marcha de las Esclavas deja también un vacío logístico en el día a día de la iglesia. Por ello, el párroco ha hecho un llamamiento público a los fieles y vecinos, pidiendo colaboración voluntaria para tareas que hasta ahora desempeñaban las hermanas, como la limpieza del templo y el cuidado de la ropa litúrgica.

El adiós definitivo tendrá lugar en julio. Para entonces, se está organizando una misa de homenaje y acción de gracias por todos sus años de servicio a la educación de la juventud y a la Iglesia en Oviedo. La parroquia está pendiente de la agenda del arzobispo de Oviedo, Jesús Sanz Montes, con el deseo de que pueda presidir este emotivo acto de despedida.