sábado, 27 de junio de 2026

Santa Rita y las abejas. Por Guillermo Juan Morado

(La Puerta de Damasco) Las abejas son unos insectos muy singulares, productores de cera y de miel. En sentido figurado, se le llama “abeja” a una persona laboriosa y previsora. El gran poeta romano Virgilio (70-19 a.C.), de origen campesino, crecido entre los bosques y los árboles, formado entre trabajadores, en una Lombardía húmeda y brumosa, mantiene a lo largo de su vida el apego a la vida sencilla, a los pequeños placeres y a los animales, cultivando una simpatía que extiende a toda la naturaleza. Desde el año 54 estudió elocuencia en Roma y se interesó por la filosofía y por la poesía. A partir de un determinado momento, vivirá asiduamente en la Campania, donde compone, entre el 37 y el 30, un poema acerca del cultivo de la tierra, las “Geórgicas”, antes de dedicarse durante unos 10 años a escribir la “Eneida”. El cuarto canto de las “Geórgicas” versa sobre la apicultura, tema de enorme importancia, pues la miel – “rocío del aire y don del cielo” – se usaba, sobre todo, para endulzar.

En otra región de lo que hoy es Italia, en la Umbría, en la pequeña aldea de Roccaporena, nació hacia 1371 – es imposible precisar con exactitud las fechas de su biografía, que son todas aproximativas - Margarita Lotti, llamada en diminutivo “Rita”, en una familia de campesinos y ganaderos. Sus padres procuran para ella una buena educación en la vecina Casia, donde la instrucción está a cargo de los religiosos agustinos. En ese contexto, madura la devoción de Rita por san Agustín, san Juan Bautista y san Nicolás de Tolentino, a quienes venera como santos protectores. En torno a 1385, se casa con Paolo di Ferdinando di Mancino, con quien tiene dos hijos: Giangiacomo y Paolo María. Es una época de enfrentamientos entre facciones y familias. A consecuencia de ello, su esposo es asesinado y, algo después, también mueren, de enfermedad, sus dos hijos. A los 36 años, más o menos, Rita solicita el ingreso en el monasterio de las monjas agustinas de Casia y, finalmente, es admitida. Entre los símbolos que están presentes en la iconografía de santa Rita, destacan tres: la espina o estigma en la frente, las rosas y las abejas.

El estigma, la herida de la corona de espinas, lo recibe hacia 1432 y persiste durante unos 15 años, hasta su muerte. Se trata de la respuesta divina a la petición de Rita, inmersa en la contemplación de Cristo, de participar más plenamente en el misterio de su Pasión. Las flores son otra señal que la acompaña. En el invierno que precede a su muerte, le pide a una prima suya que ha venido a visitarla desde Roccaporena que le traiga dos higos y una rosa del huerto de la casa paterna. La mujer cree que es un delirio provocado por la enfermedad, pero, cuando vuelve a su casa, encuentra, estupefacta, los higos y la rosa y los lleva a Casia. Rita ve en esos signos la confirmación de que su esposo y sus hijos habían sido acogidos por la misericordia de Dios. La santa expira en la noche del 21 al 22 de mayo alrededor de 1447. Su cuerpo incorrupto, nunca sepultado, es custodiado por una urna de cristal. A pesar de las dificultades que atravesó a lo largo de su vida, Rita supo florecer como las rosas.

Y nos quedan las abejas. Se cuenta que cuando Rita era una bebé, mientras dormía en una cesta, abejas blancas se agrupaban sobre su boca, depositando en ella la miel sin hacerle daño y sin que la niña llorase para alertar a sus padres. Uno de los campesinos, viendo lo que ocurría, trató de dispersar las abejas con su brazo herido. Su brazo se curó inmediatamente. Después de casi 200 años de la muerte de santa Rita, las abejas blancas surgían de las paredes del monasterio de Casia durante la Semana Santa de cada año y permanecían hasta la fiesta de santa Rita, el 22 de mayo, cuando retornaban a la inactividad hasta el año siguiente. El papa Urbano VIII (1568-1644), nacido con el nombre de Maffeo Barberini, en cuyo escudo de armas figuran tres abejas de oro, como se puede ver en el baldaquino de Bernini en la basílica de san Pedro del Vaticano, al oír lo de las famosas abejas de Casia, pidió que le llevaran una de ellas a Roma. La examinó cuidadosamente, le ató un hilo de seda y la dejó libre. Esta se descubrió más tarde, en su nido del monasterio de Casia, a 138 kilómetros de distancia. Urbano VIII beatificó a Rita el 16 de julio de 1627. Fue canonizada el 24 de mayo de 1900.

Así son las abejas, que fascinaron a Virgilio y que simpatizaron con santa Rita. Aseguran que los huecos en la pared del monasterio de Casia, donde las abejas permanecen ocultas casi todo el año, pueden ser vistos por los peregrinos que allí se acercan. Si Virgilio hubiese nacido un par de siglos después de santa Rita, quizá hubiera añadido algunos versos al cuarto canto de las “Geórgicas”.

Entrevista al Sr. Arzobispo en El Debate

 

viernes, 26 de junio de 2026

La gesta de Pelayo, el niño mártir. Por María Fidalgo Casares

(El Debate) El nombre Pelayo procede del latino Pelagius y está estrechamente ligado a la figura del rey Pelayo, quien encabezó la resistencia frente a la invasión musulmana en el siglo VIII. Desde entonces, el nombre ha quedado impregnado de un aura de valentía, defensa y espíritu guerrero en la historia de España.

Hoy en ciertos sectores se observa una tendencia creciente hacia la recuperación de aquellos nombres españoles que atesoran un trasfondo histórico y cultural. Entre las niñas, los medievales Jimena, Mencía, Inés o Blanca; y entre ellos Álvaro, Enrique, Hernán y, sobre todo, Pelayo, que ha experimentado un resurgimiento notable en las últimas décadas. Tanto que, en España, así se llaman cerca de 4000 personas y su edad media ronda los veinte años. Este patrón demográfico revela que el nombre de Pelayo vive una renovada popularidad en este siglo y encuentra mayor presencia en Asturias, Castilla, León y Madrid, lo que refuerza el vínculo con el norte peninsular y con la herencia histórica que lo acompaña.

Lo que pocos conocen —incluso posiblemente muchos de sus portadores— es que su uso como nombre no se debe al legendario monarca, primer rey de aquella diminuta España cristiana, sino a un santito gallego. El héroe de Covadonga nunca fue canonizado y solo gracias a este niño santo el nombre de Pelayo puede imponerse en los bautizos.

La batalla de Valdejunquera y el origen del cautiverio

Todo comenzó con la batalla de Valdejunquera, que enfrentó en el año 920 a los tres monarcas más poderosos de la península ibérica: Sancho I Garcés, rey de Pamplona, y Ordoño II, rey de León, contra Abderramán III de Córdoba.

Durante los años previos, los reinos de León y Pamplona habían realizado incursiones exitosas en territorios de al-Ándalus, y Abderramán III decidió liderar personalmente una campaña de castigo. Según las crónicas islámicas, arengó a sus tropas en la mezquita de Córdoba, llamando a la guerra santa contra los «infieles del norte». Quería humillar a los reinos cristianos y recuperar las plazas perdidas.

La batalla tuvo como escenario el valle de Guesalaz, entre los concejos navarros de Muez y Arguiñano. Abderramán venció causando una gran mortandad, y los reyes huyeron amparados por los montes. A la derrota siguieron tres días de saqueo y destrucción de pueblos y cosechas de los valles, y los musulmanes volvieron a Córdoba portando orgullosos una montaña de cientos de cabezas cristianas y un contingente de prisioneros, elegidos entre los de apariencia más notable para poder pedir rescate por ellos.

Entre los trasladados a Córdoba se encontraba Hermogio, obispo de Tuy, y su pequeño sobrino Pelayo. Las fuentes relatan que el obispo consiguió que se le permitiera regresar a territorio cristiano para poder reunir el rescate exigido, y dejó al niño como rehén.

Infancia de Pelayo y su formación religiosa

La vida de Pelayo podría haber sepultada en el olvido, pero dos obras de distinto origen recogieron su historia. Una hispana, por parte del presbítero Raguel, y la más sorprendente, la de la monja benedictina alemana Hroswitha de Gandersheim. una de las figuras más fascinantes de la literatura medieval. Fue una de las primeras escritoras en latín del Medioevo y en un periodo en el que las mujeres rara vez tenían voz en la cultura escrita, destacó por su erudición y por dedicarla, entre otras obras, a recoger la vida de Pelayo a miles de kilómetros del entorno del niño.

Pelayo, o Payo, había nacido hacia el año 911 en el municipio pontevedrés de Creciente, en el Reino de Galicia. Probablemente huérfano, creció en la órbita de la Iglesia y su tutor fue su tío Hermogio (o Hermigio), obispo de Tuy. Desde niño, Pelayo fue educado en un ambiente de profunda religiosidad, combinando la disciplina monástica con el aprendizaje de la liturgia, lo que desarrolló en él una temprana interiorización de la fe cristiana.

Cuando lo capturan tras la derrota de Valdejunquera tenía entonces unos diez años, pero su edad no le protegió y fue una moneda de cambio más en la diplomacia fronteriza. Su cautiverio, en un principio temporal, se convirtió en una condena prolongada: por razones desconocidas, el rescate nunca llegó a pagarse y Pelayo permaneció en la cárcel de Córdoba casi cuatro años. Muchos cautivos cristianos en al-Ándalus eran empleados como sirvientes, soldados o incluso en la administración, y sufrían condiciones duras. La tradición no narró cómo pasó su encierro, pero sí su crecimiento espiritual: era un niño que, en la oscuridad de la prisión, maduró su fe.
El encuentro con Abderramán III y el martirio

Pelayo había llegado a Córdoba siendo un niño, y su belleza aumentó al acercárse a la adolescencia, lo que llegó a oídos de Abderramán III. El soberano, con intenciones pedófilas, quiso verlo e impresionado quiso tener relaciones físicas con él, pero para su disfrute quería que fueran consentidas. Intentó atraerlo con promesas de libertad, riquezas y honores si además renegaba de su fe y abrazaba el Islam.

Pelayo no solo rechazó la propuesta, sino que llegó a ofender al monarca y a su religión. El rehén, sin poder ni recursos, se enfrentaba al gobernante más poderoso de la Península y eligió la castidad y la fidelidad a Cristo por encima de su propia vida.

Tras el rechazo, Abderramán entró en cólera y ordenó que fuera torturado hasta conseguir sus deseos, junto a un doloroso proceso de humillaciones y presiones para que también abjurara de su fe. Como no cedió, se culminó con su condena.

Las fuentes describen dos versiones de su ejecución el 26 de junio del 925: una, que fue atado al «caballo de hierro» y torturado prolongadamente, descuartizándolo con unas tenazas; la otra, que fue colgado de una horca y desmembrado. En ambos casos, sus restos fueron arrojados al Guadalquivir. Los cristianos de Córdoba los recogieron y sepultaron en el templo de San Gines.

Tenía trece años y murió con serenidad, proclamando su amor a Cristo hasta el final. Desde el punto de vista histórico, su ejecución encaja en un contexto real en el que la apostasía o la resistencia a la autoridad podían ser castigadas con la muerte, El relato cristiano convirtió ese hecho en un símbolo: un adolescente que prefiere permanecer casto y perder la vida antes que ceder a la presión dominante. Su memoria se consolidó rápidamente en las comunidades cristianas del norte, que vieron en él un modelo de virtud juvenil.

Las fuentes: Raguel, Hroswitha

La figura del joven mártir pronto trascendió a ámbitos insospechados, muy lejanos geográficamente. Las dos fuentes sobre su vida, una hispana y la otra en el entorno del Sacro Imperio, tienen una gran verosimilitud por el hecho incontestable de que se escribieron muy poco después del asesinato de Pelayo.

Una, la Passio sancti Pelagii, fue redactada por el presbítero Raguel, probablemente cordobés. Junto a los datos biográficos, lo presenta como un prisionero firme en la fe y en la castidad, que soporta la dureza de la cárcel sin renegar de Cristo. De forma independiente, la monja Hroswitha de Gandersheim compuso una versión de su historia, integrando a Pelayo en un repertorio de ejemplos para las comunidades religiosas femeninas.

A partir de estas obras, la Edad Media edificó una biografía que fijó los grandes hitos de su vida: origen gallego, parentesco con un obispo, cautiverio en Córdoba, encuentro con el califa, negativa a apostatar y martirio. La hagiografía fijó su breve vida, aunque breve, en la memoria cristiana como la de un adolescente mártir que, en el corazón del que sería el califato más brillante de Occidente, eligió a su Dios por encima de la supervivencia.

La Iglesia fijó su festividad el 26 de junio, fecha de su martirio, y su culto se extendió por Galicia, León, Castilla y otros territorios cristianos. Iglesias, monasterios y parroquias tomaron su nombre. En Galicia, la advocación de San Paio se hizo frecuente, y en León y Oviedo su figura se integró en el calendario litúrgico. La versión de Hroswitha contribuyó a que su nombre circulara también en ámbitos monásticos del Sacro Imperio, alcanzando una dimensión europea.

Las reliquias: de Córdoba a León y de León a Oviedo

En esta época de confrontación religiosa, las reliquias eran símbolos de reafirmación de la fe. La historia de Pelayo no termina con su muerte. Sus restos se convirtieron en objeto de veneración. Su leyenda fue creciendo y, por gestiones de la monja Elvira, hermana del rey Sancho el Craso de León, en 967 se consiguieron trasladar los restos del niño mártir a León para darle sepultura en territorio cristiano.

Ante la amenaza del avance de Almanzor a finales del siglo X, Bermudo II se los llevó a Oviedo y los entregó al monasterio femenino que sería conocido desde entonces como «Las Pelayas». A finales del siglo XVII, las reliquias de san Pelayo fueron extraordinariamente codiciadas y a petición de las monjas, se pusieron barras de hierro y candados en el arca de plata en la que estaban guardados para impedir su salida del convento, lo que autorizó el propio Papa.

En 1810, los soldados napoleónicos arrasaron el monasterio. Ante la amenaza, Las Pelayas se habían marchado ya que nunca suele recordarse, que el saqueo no solo conllevaba el expolio, sino la agresión personal y sexual. Los franceses robaron el arca por la plata, pero tiraron los huesos en un gallinero cercano. Afortunadamente, poco después se encontraron envueltos en los tafetanes que los cubrían.

Después llegaría la Desamortización de Mendizábal de 1837, demoledora para el convento, y con ello, la pérdida de parte de los legajos en los que se relataba el itinerario de las reliquias. Hoy reposan en el monasterio en una urna de cuatro patas en forma de tortugas, con ángeles labrados tocando instrumentos musicales —entre ellos la gaita, un guiño a su origen galaico— en los laterales, y una imagen yacente del niño santo en la tapa.

Doble nombre para una doble gesta

Y así, entre los ecos de la historia, el nombre de Pelayo quedó tejido por un doble hilo del destino y por una doble gesta, aunque separada por el tiempo, unida por la misma firmeza ante el enemigo común.

San Pelayo

La del del niño, que murió por Cristo en el corazón de Al Andalus, y la del rey que, dos siglos antes, había encendido la primera llama de la Reconquista en las montañas de Covadonga. El pequeño Pelayo, sin espada ni ejército, resistió en soledad al poder absoluto de Abderramán III. El rey Pelayo, con apenas un puñado de hombres, resistió en los desfiladeros cantábricos al avance imparable de un imperio. El nombre sobrevivió, pero no por un solo héroe, sino por dos. Uno defendió su cuerpo y su alma; el otro defendió su tierra y su pueblo. Dos gestas y un mismo espíritu. Pelayo, fue rey y fue mártir. Por ello, cuando un niño recibe este nombre, aunque no lo sepa, homenajea a la vez la férrea fe y la determinación del guerrero que inició la Reconquista de España.

Centro Asturiano de Caracas: «La Santina nos protegió, ella está en las situaciones complicadas»

(El Comercio) «La Santina está bien». Javier Tárano, presidente del Centro Asturiano de Caracas, cuenta con emoción que la réplica de la Virgen de Covadonga que preside la capilla de la institución desde hace más de 50 años ha salido, de forma milagrosa, intacta de los dos potentes seísmos que han golpeado Venezuela, que han dejado miles de fallecidos y desaparecidos.

Era un día festivo. Muchos se habían desplazado a la plaza –la zona costera resultó muy dañada– y otros muchos estaban de celebración. Como el medio millar de personas que se había reunido en el Centro Asturiano –situado en el municipio de Baruta, en Caracas,– con motivo de la entrega de «unos premios a la excelencia académica por el fin de curso». Había reunidos en el salón Principado «muchos niños y madres» cuando los temblores desataron el «pánico». «Todos fueron evacuados de manera inmediata» y puestos a salvo.

A Tárano y parte de los miembros de la directiva los cogió en el piso 2. Se agarraron a unas columnas para tratar de 'frenar' las embestidas, pero «cuando ves a un arquitecto empezar a rezar, ves las cosas diferentes». Fueron momentos «indescriptibles, de mucho miedo, pánico total; la estructura del edificio parecía que se resquebrajaba, pero aguantó». Tárano lo tiene claro: «La Santina nos protegió, como en cantidad de circunstancias complicadas, ella está ahí». Tanto, que la imagen, a pesar de enfrentarse a uno de los terremotos más agresivos que recuerdan los venezolanos en más de un siglo, salió indemne, como todas las personas que se encontraban en ese preciso momento en las instalaciones del Centro Asturiano.

Muy diferente suerte corrieron otros miles de venezolanos que han resultado fallecidos o desaparecidos. «Hay municipios de Caracas en los que se han desplomado edificios completos». Las consecuencias de esta desvastación se sufrirán durante largo tiempo.

A Venezuela le toca ahora, aunque parezca imposible pensar en ello, comenzar a recomponerse. El Centro Asturiano de Caracas ya se ha puesto en contacto con las autoridades de los Gobiernos central y regional para poner la institución a su disposición «para lo que necesiten», mientras la Santina permanece en su pedestal simbolizando la esperanza.

jueves, 25 de junio de 2026

Ayuda a Venezuela

 

Venezuela, de rodillas tras un doble terremoto: la Iglesia llama a la oración

Dos seísmos de magnitud 7,2 y 7,5, separados por menos de un minuto, sacuden el norte del país y dejan ya decenas de muertos. El pueblo venezolano, ya golpeado por la incertidumbre política, vuelve los ojos al cielo bajo el amparo de Nuestra Señora de Coromoto.

La tarde-noche del miércoles 24 de junio de 2026, hacia las seis de la tarde (hora local), el noroeste del país sufrió un doble terremoto que ha dejado un rastro de destrucción, luto y temor. Según el Servicio Geológico de los Estados Unidos (USGS), un primer seísmo de magnitud 7,2, con epicentro en San Felipe (estado Yaracuy) y a unos 22 kilómetros de profundidad, fue seguido apenas 39 segundos después por el sismo principal, de magnitud 7,5, con epicentro en Yumare y a tan solo diez kilómetros de profundidad. Se trata de uno de los terremotos más violentos registrados en el país en décadas.

El temblor se sintió con fuerza en Yaracuy, Lara, Carabobo, Aragua, Miranda, La Guaira, Trujillo, Falcón, Mérida y el Distrito Capital, e incluso se percibió en Colombia. La sucesión de dos grandes seísmos en cuestión de segundos agrava el peligro, pues el segundo golpe descarga su fuerza sobre edificios ya debilitados por el primero.

Decenas de víctimas y una capital herida

El balance provisional ofrecido por las autoridades hablaba de al menos 32 fallecidos y más de 700 heridos, una cifra que se teme aumente conforme avancen las labores de rescate. Las zonas más castigadas se encuentran en el este de Caracas —en barrios como Los Palos Grandes y Altamira, en el municipio Chacao—, donde se han desplomado edificios y viviendas. El Aeropuerto Internacional Simón Bolívar de Maiquetía, principal puerta de entrada a la capital, quedó cerrado por los daños, con los vuelos suspendidos. Se registraron además cortes eléctricos y se activaron alertas de tsunami para Aruba, Curazao y Bonaire, algunas levantadas posteriormente. El USGS advirtió de un probable elevado número de víctimas, daños generalizados y réplicas potencialmente fuertes en las próximas horas.

El país, declarado en estado de emergencia, afronta esta catástrofe en un momento ya de por sí excepcional, con un gobierno interino y un horizonte político lleno de incertidumbre. A la fragilidad institucional se suma ahora la herida abierta de la naturaleza.

La Iglesia, cercana al pueblo que sufre

La Iglesia venezolana cuenta con una red capilar para responder a emergencias como esta. Cáritas Venezuela, brazo de acción social de la Conferencia Episcopal, está presente en las 42 diócesis del país y ha actuado en catástrofes recientes —desde las inundaciones de Las Tejerías hasta las lluvias andinas de 2025—, no solo en la primera urgencia, sino también en la posterior reconstrucción y en el acompañamiento espiritual de las familias. A través de las parroquias, esa misma estructura suele convertirse en centro de acopio, punto de auxilio y refugio para los damnificados.

La Conferencia Episcopal Venezolana (CEV), presidida por monseñor Jesús González de Zárate, arzobispo de Valencia, agrupa a los 45 obispos del país. En los últimos meses, la jerarquía venezolana ha insistido una y otra vez en la cercanía a los más pobres y en el «imperativo noble» de la oración por la patria, un clamor que ahora, ante el dolor de un pueblo herido, cobra una urgencia renovada.

No es casual que la mirada de Roma lleve tiempo puesta sobre Venezuela. El Papa León XIV ya el 4 de enero de 2026 manifestó desde la plaza de San Pedro seguir «con gran preocupación» la situación del país y encomendó al pueblo venezolano a la intercesión de Nuestra Señora de Coromoto y de los santos José Gregorio Hernández y sor Carmen Rendiles. El pasado 4 de mayo recibió en audiencia privada a la presidencia del episcopado venezolano, a la que reiteró su «cercanía espiritual» y su «constante oración»; según refirió entonces monseñor González de Zárate, el Pontífice se mantiene «plenamente informado» de la realidad venezolana a través del cardenal Pietro Parolin, Secretario de Estado, y de los informes de la Nunciatura Apostólica en Caracas.

El eco de 1812

La memoria histórica de Venezuela guarda el recuerdo del gran terremoto de Caracas del 26 de marzo de 1812, Jueves Santo, cuando un seísmo de magnitud cercana a 7,7 redujo a escombros buena parte de la capital, La Guaira y Mérida, y se llevó por delante decenas de miles de vidas. Aquel Jueves Santo, en plena Semana de Pasión, quedó grabado a fuego en la conciencia del pueblo creyente. Más de dos siglos después, la tierra vuelve a recordar a los venezolanos la fragilidad de toda obra humana y la necesidad de poner la confianza en Dios.

Sigamos rezando por Venezuela

Ante el luto y la destrucción, el clamor que une a los fieles venezolanos vuelve a resonar con fuerza: perseveremos en la oración. Que Nuestra Señora de Coromoto, patrona de Venezuela, y los santos venezolanos intercedan por los fallecidos, consuelen a sus familias, fortalezcan a los heridos y sostengan a cuantos trabajan estas horas entre los escombros.

miércoles, 24 de junio de 2026

Carta de la Comisión Permanente al Pueblo de Dios para dar las gracias «por vuestra participación entusiasta» en el viaje de León XIV

Los Obispos miembros de la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española, haciéndonos eco del sentir de todos los Obispos de las diócesis españolas, queremos dirigirnos al pueblo de Dios y, a través de la comunidad cristiana, a toda la sociedad española para dar las gracias a todos por vuestra participación entusiasta en el viaje apostólico de León XIV a España. 

El Papa ha sido el gran protagonista de este viaje pero, junto a él, es necesario resaltar la respuesta del pueblo de Dios. Gracias por vuestra presencia en calles, plazas, estadios y templos en Madrid, Barcelona, San Felíu de Llobregat, Canarias y San Cristóbal de la Laguna. Gracias también por vuestro seguimiento a través de los medios de comunicación en el resto de España. Gracias por vuestro entusiasmo y paciencia, por la alegría y testimonio de fe. Gracias a las familias, tantas habéis presentado a vuestros hijos recién nacidos para recibir la bendición del Papa. Gracias a los sacerdotes que habéis acompañado grupos, a los consagrados y a los millones de laicos que habéis recogido la insistente invitación del papa León XIV a ser Iglesia en el mundo.

Gracias a la sociedad española por su cercanía al sucesor de Pedro y por la comprensión ante las inevitables molestias que ha supuesto la logística del viaje. Gracias a la Casa Real, a las Cortes Generales, a todas las Administraciones públicas y a los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado por su extraordinaria colaboración. Gracias a los medios de comunicación, a los equipos de trabajo y al voluntariado.

Os aseguramos nuestro compromiso para acompañar todo lo que el Papa ha sembrado en estos días. Os animamos a leer los discursos, a compartirlos y ponerlos en práctica. El viaje en sí mismo ya ha merecido la pena, nos ha hecho alzar la mirada y contemplar la Cruz gloriosa de Jesucristo, fuente de alegría y consuelo.

Continuemos juntos el viaje en comunión y misión para anunciar el Evangelio, cuidar la dignidad de la persona humana y servir al bien común.