domingo, 23 de agosto de 2026

''El poder del infierno no la derrotará''. Por Joaquín Manuel Serrano Vila


Hoy la Palabra de Dios nos sitúa ante la pregunta más importante de nuestra existencia. No es una pregunta teórica ni un examen de conocimiento religioso. Jesús nos mira hoy a los ojos a cada uno de nosotros y nos pregunta: «Y vosotros, ¿Quién dicen que soy yo?». A través de las lecturas de este domingo XXI, la liturgia nos muestra cómo Dios teje su plan de salvación: Veremos cómo le quita el poder a los soberbios, cómo sus caminos superan nuestra mente humana y cómo edifica su Iglesia sobre la roca de la fe confesada por San Pedro. Entremos, pues, con el corazón abierto en cada una de estas lecturas.

En la primera lectura, el profeta Isaías nos traslada a la corte del rey Ezequías en Jerusalén. Allí encontramos a Sebná, el mayordomo palaciego. El mayordomo era el hombre más poderoso después del rey; guardaba las llaves del palacio y decidía quién entraba y quién no. Sin embargo, Sebná se llenó de soberbia, buscó su propia gloria y descuidó la justicia. Dios interviene con fuerza. Destituye a Sebná y elige a Eliaquín, un hombre con corazón de siervo. Dios dice textualmente: «Le colocaré en el hombro la llave de la casa de David; lo que él abra nadie lo cerrará, lo que él cierre nadie lo abrirá». La llave es el símbolo de la autoridad, pero de una autoridad recibida de Dios para proteger y cuidar al pueblo, no para beneficio propio. Esta lectura nos enseña dos cosas fundamentales, por un lado que Dios tiene la última palabra, dado que el poder humano es pasajero. Y por otra parte descubrimos que la autoridad es servicio. Todos tenemos alguna "llave" o responsabilidad en la vida, e Isaías nos invita a revisar cómo usamos esa autoridad. 

San Pablo, en su carta a los Romanos, acaba de reflexionar sobre el misterio de la salvación, viendo cómo Dios es capaz de guiar la historia humana a pesar de los errores, las caídas y las rebeldías de los hombres. Ante este panorama, el Apóstol no encuentra más palabras que las de la adoración y el asombro: «¡Qué abismo de generosidad, de sabiduría y de conocimiento el de Dios! ¡Qué insondables sus decisiones y qué irrastreables sus caminos!». Pablo nos recuerda de forma directa que la mente de Dios supera por completo nuestros cálculos humanos. Necesitamos reconocer nuestra pequeñez. Nadie ha sido consejero de Dios, nadie le ha dado nada primero para que Dios tenga que devolvérselo. Todo procede de Él, todo existe por Él y todo se dirige hacia Él. Muchas veces nos encontramos en la vida con situaciones que no entendemos: sufrimientos, pérdidas, giros inesperados o momentos de oscuridad. Queremos controlar el futuro y exigirle explicaciones a Dios. Esta lectura nos invita a soltar el control y a confiar. Nos llama a tener la humildad de aceptar que los caminos de Dios son más altos que los nuestros. Cuando no entiendas lo que pasa en tu vida, no caigas en la desesperación; repite con San Pablo: «¡Qué insondables son tus caminos, Señor!», y descansa en su paz.

En el evangelio de este día tomado del capítulo 16 de San Mateo, vemos cómo Jesús se retira con sus discípulos a la región de Cesarea de Filipo. Es un lugar alejado, rodeado de templos paganos y grandes rocas. En ese contexto geográfico tan simbólico, Jesús lanza dos preguntas. La primera: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?»... Los discípulos responden lo que escuchan por ahí: que Juan el Bautista, Elías, Jeremías o alguno de los profetas. Para la gente, Jesús es un gran hombre, un personaje del pasado que vuelve, o un maestro admirable. Pero se quedan muy cortos. No captan su verdadera identidad. Hoy en día pasa igual: el mundo ve a Jesús como un líder moral, un filósofo o un ejemplo histórico, pero nada más. La segunda pregunta nos llevará a la respuesta interior. Jesús deja de lado la opinión pública y personaliza el diálogo: «Y vosotros, ¿Quién decís que soy yo?»... Es una pregunta directa al corazón de los apóstoles y al corazón de cada uno de nosotros hoy. No vale responder con lo que dicen unos y otros; aquí no importa para nada lo que dice la gente. Simón Pedro toma la palabra en nombre de todos y hace la profesión de fe que sostiene a la Iglesia: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo». Jesús le responde con alegría solemnizando el momento, afirmando que esa revelación viene del Padre: «eso no te ha revelado la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos». La fe verdadera es un don de Dios, no un logro de nuestra inteligencia. Y Jesús ratifica: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia». El Señor cambia el nombre de Simón por Cefas (Roca). A pesar de las debilidades humanas de Pedro —que más adelante le negará— Cristo lo elige como el fundamento visible de la unidad de su Iglesia. Y nos regala la esperanza de tener por seguro la victoria final: «El poder del infierno no la derrotará». Es una toda una promesa de esperanza. La Iglesia ha pasado por crisis, persecuciones, escándalos y dificultades externas e internas durante dos mil años, pero sigue en pie porque el constructor es Cristo, no los hombres. Con clara alusión a la primera lectura de Isaías, Jesús le entrega las llaves del Reino. Es la potestad para guiar, enseñar y, sobre todo, para perdonar los pecados en el nombre de Dios, santificando y abriendo las puertas de la misericordia a toda la humanidad. Ahí está el poder de atar y desatar de la Iglesia, de Pedro y sus sucesores.

El Dios que quita las llaves al soberbioso Sebná y se las da al siervo Eliaquín, es el mismo Dios cuyos caminos son misteriosos e insondables, y es el mismo Jesús que entrega las llaves del Reino a un pescador frágil, pero lleno de fe llamado Pedro. Al salir hoy del templo, llevemos la pregunta de Jesús resonando en nuestra mente durante toda la semana: «¿Quién soy yo para ti?»... Si Jesús es sólo un personaje histórico, nuestra fe será una costumbre sin sentido. Si Jesús es de verdad el Hijo de Dios vivo para tí, entonces Él es el centro de tu matrimonio, el guía de tu juventud, el consuelo en tu enfermedad y la roca firme en tus tormentas de la vida. Amemos a la Iglesia, oremos de corazón por el Papa León y renovemos nuestra confianza en que, pase lo que pase en el mundo, las fuerzas del mal nunca vencerán al amor de Dios. 

Evangelio Domingo XXI del Tiempo Ordinario

Lectura del santo evangelio según san Mateo 16, 13-20

En aquel tiempo, al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos:
«¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?».
Ellos contestaron:
«Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas».
Él les preguntó:
«Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?».
Simón Pedro tomó la palabra y dijo:
«Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo».
Jesús le respondió:
«¡Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos.
Ahora yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará.
Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos».
Y les mandó a los discípulos que no dijesen a nadie que él era el Mesías.

Palabra del Señor

sábado, 22 de agosto de 2026

22 de Agosto: Santa María Reina

Dios te salve, Reina y Madre... Reina de los ángeles, Reina de los patriarcas, Reina de los profetas, Reina de los apóstoles, Reina de los mártires, Reina de los que viven su fe, Reina de los que se conservan castos, Reina de todos los santos, Reina concebida sin pecado original, Reina elevada al cielo, Reina del Santísimo Rosario, Reina de la familia, Reina de la paz...

María quiso ser Virgen. Y Dios aceptó su deseo y la enriqueció con la maternidad divina, sin perder la virginidad. María nunca pensó en ser Reina. Pero Dios la colocó por encima de todos los coros celestiales, y los hombres de todos los siglos la aclaman como «Reina y Madre» en la «Salve». Y en la letanía lauretana, el título de Reina es la más reiterada proclamación.

Las letanías de la Virgen dejan de ser invocaciones suplicantes para hacerse en el cielo clamores de triunfo. Madre del Salvador, Virgen Poderosa, Espejo de justicia, Rosa mística... Resuena el Avemaría. ¡Dios te salve, llena de gracia...! El final se ha suprimido para siempre, porque en la gloria ya no hay «pecadores, y «la hora de la muerte» pasó ya.

Dios Padre recibe a su hija. Dios Espíritu Santo acoge a su esposa. Dios Hijo dice: «Ven Madre mía. Niño era, y me alimentabas y vestías... Tuve hambre y me diste de comer. Sed, y la apagaste. Después vinieron treinta años de vida oculta en Nazaret, la vida pública, la Cruz... Para ti, como para mí, no faltaron penalidades para así entrar en la gloria del Padre». […]
Éxtasis de humildad en apoteosis de triunfo

Ahora se entreabre el cielo... Los desterrados de la tierra perciben a lo lejos la sinfonía suavísima de un rumor que se hace imponente. Enajenada de amor y gratitud a María, la Iglesia peregrina y crucificada se agrega jubilosa al coro de la gloria. Llena de ilusión y esperanza, exclama: «Los desterrados hijos de Eva, a ti suspiramos, en ti confiamos... Muéstranos a Jesús después de este destierro... Ruega por nosotros,..

Cesan los cánticos y la Virgen tararea rebosando gratitud estrofas de su himno predilecto: «Glorifica mi alma al Señor y salta de gozo mi espíritu en Dios, mi Salvador, porque hizo en mí cosas grandes el Todopoderoso». Es el éxtasis de la humildad en la apoteosis del triunfo.
Después de este destierro, muéstranos a Jesús

Jesús subió al cielo el día de la Ascensión, María es elevada a la gloria en su Asunción. Nosotros entraremos también el día de nuestro triunfo. Pensamos muy poco en esta recompensa eterna. El Evangelio para algunos es un quitalegrías. Acervo de múltiples prohibiciones que hipotecan la libertad.

Muchos más bríos sentiríamos al pensar en la felicidad futura para conformarnos con la voluntad de Dios Padre... Miremos no sólo el camino, sino la meta final. La ruta es pedregosa y empinada, pero el fin es esplendoroso. «Poco durará la batalla, pero el fin es eterno... Allí todo se nos hará poco lo que se ha padecido, o nonada en comparación de lo que se goza» (Santa Teresa).

»Canta y camina» (San Agustín). En el cielo está preparado tu trono. La palma está a punto. Un poco de paciencia todavía... Llegaremos al tránsito definitivo como hemos llegado al fin de tal año, que nos parecía tan largo. Salvaremos la última etapa como tantas otras dejadas atrás...

Pasará la gran tribulación de la tierra (cf. Ap 7, 14), Este mundo de dolores y muerte dará paso a un universo nuevo. «Nuevos cielos, nueva tierra» (2P 3, 13), en que Dios «será Todo en todos» (cf. 1Co 15, 28).

Canta mientras caminas, mirando a María... 'Hoy, la Virgen Inmaculada, limpia de todo afecto de tierra, llena de pensamientos de cielo, no volvió a la tierra. Siendo ya un cielo animado aquí, es llevada a los celestiales tabernáculos... ¿Cómo iba a morir aquélla de la que nació la Vida para todos? ¿Cómo iba a corromperse el cuerpo que albergó la Vida? Cristo, Verdad y Vida, dijo: Donde yo estoy, allí estará mi servidor. Luego, con mayor razón, la Virgen tenía que estar donde él estuviese" (San ,luan Damasceno).

La fiesta de María Reina fue instituida por el papa Pío XII. La reforma del Calendario Romano de Pablo VI decidió que se celebrara, con rango de memoria obligatoria, el 22 de agosto, octava de la Asunción de María en cuerpo y alma a los cielos.

Tomás Morales, S. J.
Texto tomado de: Martínez Puche, José A. (director), Año Cristiano de EDIBESA

Fernando Álvarez, organista de la basílica de Covadonga y habitante del santuario desde hace 43 años: "Yo no lo veo como una postal, es mi casa"

 (Lne/ María Terente Nicieza) Covadonga parece fija en la memoria de quien la visita, pero no en la vida de quien la habita. Fernando Álvarez Menéndez, organista de la Basílica y habitante del enclave desde hace 43 años, lo resume así: ''Covadonga está viva, es una postal muy viva que se mueve''. En esa imagen que se repite una y otra vez sigue estando la basílica, la Santa Cueva, la tumba de Pelayo, la estatua del viejo rey y la explanada por la que pasan miles de personas, aunque cambien los rostros, los ritmos y las formas de mirar el lugar. 

Fernando llegó al Santuario con 17 años para tocar el órgano y, como suele recordar, ''cumplí los 18 a los diez días de llegar a Covadonga como organista''. Haciendo memoria, explica: ''Ahora mismo creo que soy el empleado del Santuario que más años lleva''. Una forma de decir que su vida se ha quedado impregnada a este recinto hasta convertirlo en rutina, trabajo y refugio. ''Después de tantos años, yo lo veo como mi casa. No la veo como postal, la veo interior'', dice quien contempla a diario el mismo decorado que otros consumen con una visita rápida. 

Su Covadonga empieza por el oído. ''Lo primero que oigo por la mañana son los pájaros y el bosque'', cuenta Fernando, que escucha antes de ver ese paisaje que para tantos visitantes arranca con una foto de la basílica o una visita apresurada a la cueva. Lugo llega el movimiento, sobre todo los sábados, cuando el organista encadena laudes. Después tengo misa a las once, a las doce, a la una y media. A las dos puede haber boda. Misa a las seis, y posiblemente boda a las siete, también. Un sábado puede haber dos bodas''. Por eso insiste en que ''Covadonga tiene la particularidad de que cada día es distinto'', porque al Santuario llegan peregrinos, excursionistas, curiosos y viajeros que sigue viendo en este rincón una parada imprescindible de Asturias. 

El recorrido más repetido conduce a la Santa Cueva, a la Santina, a la tumba de Pelayo y después a la Basílica, cuya entrada es gratuita y no requiere reserva. Dentro del templo conviene detenerse un poco más y mirar hacia arriba en la zona delantera de la izquierda, para descubrir el gran órgano del que sale la música con la que Fernando acompaña la jornada de los visitantes. Para él, sin embargo, el centro emocional del lugar sigue estando en la Santa Cueva. ''A veces llego allí, me siento y es una paz tremenda. A parte de mirar a la Virgen, miro los turistas, la gente, entran, vienen, pasan... Yo soy de aquí, ellos me verán como un turista también'', afirma. Esa doble condición, santuario vivido y destino de paso, explica su impresión de que ''los turistas van evolucionando''.

El momento más hermoso empieza cuando baja la presión del día. ''El atardecer en Covadonga es una pasada. Marchan los turistas y tú te quedas, das un paseo por la explanada, caminas y empiezas a escuchar otra vez los pájaros que todavía andan ahí. Es una vuelta a la calma'', describe. Ahí aparece otra Covadonga, menos fotografiada, y seguramente más difícil de contar: la que se vacía, la que enfría la piedra de la basílica, la que deja oír de nuevo el bosque y la que permite entender por que un vecino del Santuario puede mirar la postal de siempre y seguir viendo, sobre todo, su casa. 

viernes, 21 de agosto de 2026

8 datos sobre la vida de San Pío X, el Papa de la Eucaristía

(Aciprensa) Cada 21 de agosto la Iglesia Católica celebra la fiesta de San Pío X (1835-1914), un Papa recordado por sus muestras de humildad y caridad con los más necesitados, su firme deseo por mantener la sana doctrina cristiana ante el error del modernismo y la aplicación de importantes reformas.

“La doctrina católica nos enseña que el primer deber de la caridad no está en la tolerancia de las convicciones erróneas por sinceras que sean, ni en la indiferencia teórica o práctica para el error o el vicio en el que vemos sumidos a nuestros hermanos, sino en el celo por su mejoramiento intelectual y moral, no menos que en el celo por su bienestar material”, escribió en 1910 San Pío X en su encíclica Notre Charge Apostolique.  

Aquí te presentamos 8 datos sobre la vida de este santo Papa de la Iglesia Católica..

1. Luchó contra el modernismo

“San Pío X, ante algunas tendencias que se manifestaron en el ámbito teológico al final del siglo XIX y a comienzos del siglo XX, intervino con decisión, condenando el ‘modernismo’, para defender a los fieles de concepciones erróneas y promover una profundización científica de la Revelación en consonancia con la tradición de la Iglesia”, señaló al respecto el Papa Benedicto XVI en la Audiencia General del 18 de agosto de 2010. 

Pío X calificó el modernismo como la “síntesis de todas las herejías”. A través de la encíclica Pascendi Dominici Gregis y del decreto Lamentabili Sine Exitu, condenó 65 proposiciones que, según explica, socavaban el dogma tradicional del cristianismo. El modernismo, en esencia, tendía a renunciar a algunos dogmas tradicionales con el fin de acomodar la fe a ciertas teorías científicas modernas..

2. Intercedió por milagros en vida

En una audiencia, el Papa Pío X sostuvo a un muchacho paralizado. El joven se soltó de los brazos del Pontífice y comenzó a correr alegre por la habitación gracias a que había sanado.

En otra ocasión, una pareja que había conocido cuando era obispo le escribió una carta pidiendo su ayuda para sanar a su hijo de la meningitis. El Pontífice les respondió diciéndoles que esperaran, ayunaran y rezaran. Dos días después el niño estaba curado.

También, una monja que sufría de tuberculosis muy avanzada le pidió por su salud. La única respuesta del Papa fue “sí”, mientras colocaba sus manos sobre la cabeza de la religiosa. Esa misma tarde el médico determinó que estaba completamente sana.

3. Es conocido como el “Papa de la Eucaristía”

Benedicto XVI recordó que San Pío X, en el motu proprio Tra le sollecitudini, afirma que el “verdadero espíritu cristiano tiene su primera e indispensable fuente en la participación activa en los sagrados misterios y en la oración pública y solemne de la Iglesia”.

“Por eso recomendó acercarse a menudo a los sacramentos, favoreciendo la recepción diaria de la sagrada Comunión, bien preparados, y anticipando oportunamente la Primera Comunión de los niños hacia los 7 años de edad, ‘cuando el niño comienza a tener uso de razón’”, añadió.

En aquel tiempo los fieles comulgaban muy rara vez. La Comunión diaria o muy frecuente se consideraba como algo extraordinario e incluso indebido.

4. Por primera vez abrió el comedor papal a las visitas

En el siglo XX fue todo un escándalo que el Papa Pío X decidiera dejar de cenar solo e invitara a amigos y conocidos a compartir la mesa con él.

Si bien hoy en día vemos esas actitudes en el Papa Francisco, fue Pío X quien rompió la tradición de que los pontífices comieran solos.

Muchos años antes, cuando era patriarca de Venecia, prescindió de una gran parte del personal de servicio y no toleró que nadie, fuera de sus hermanas, le preparase la comida.

5. Redactó un catecismo

“Otro ámbito importante fue el de la formación doctrinal del pueblo de Dios. Ya en sus años de párroco él mismo (Pío X) había redactado un catecismo y durante el episcopado en Mantua había trabajado a fin de que se llegara a un catecismo único, si no universal, por lo menos italiano”, comentó Benedicto XVI en el 2010.

Luego, destacó que como auténtico pastor, el Papa Pío X había comprendido que la situación de la época, entre otras cosas por el fenómeno de la emigración, “hacía necesario un catecismo al que cada fiel pudiera referirse, independientemente del lugar y de las circunstancias de la vida”.

“Como Romano Pontífice preparó un texto de doctrina cristiana para la diócesis de Roma, que se difundió en toda Italia y en el mundo. Este catecismo, llamado ‘de Pío X’, fue para muchos una guía segura a la hora de aprender las verdades de la fe, por su lenguaje sencillo, claro y preciso, y por la eficacia expositiva”, agregó.

6. Inició la redacción del Código de Derecho Canónico

Hasta el año 1917, la Iglesia Católica sólo contaba con un conjunto disperso y sin codificar de normas jurídicas. Inclusive las compilaciones realizadas por Pío IX y León XIII eran insuficientes.

Sin embargo, desde el inicio de su pontificado, Pío X se dedicó a la reorganización de la Curia romana, y después puso en marcha los trabajos de redacción del Código de Derecho Canónico, promulgado por su sucesor Benedicto XV.

7. Era italiano, pero sus padres eran polacos

San Pío X nació el 2 de junio de 1835 en Roma, de padres que emigraron a Italia después de la ocupación de Prusia, donde se les concedió asilo político.

Su padre, originario de Wielkopolska (Polonia), se llamaba Jan Krawiec, un sastre que tuvo que cambiar su nombre por el de Giovanni Battista Sarto.

“Sarto” significa “sastre” en Italia, así que Giovanni eligió ese apellido porque representaba su oficio. Años más tarde, su esposa y él concibieron a Giuseppe Melchiorre Sarto, a quien ahora conocemos como el Papa San Pío X.

8. Abrió el Vaticano a los refugiados y sin hogar

Al igual que el Papa Francisco en el siglo XXI, San Pío X creó un espacio para personas necesitadas. En este sentido, permitió que se abriera el hospicio de Santa Marta (junto a la Basílica de San Pedro) para los refugiados y personas sin hogar.

jueves, 20 de agosto de 2026

90º cumpleaños del Cardenal D. Antonio María Rouco Varela: El coraje de la verdad frente a la tempestad.

El transcurso del tiempo posee la cualidad inequívoca de serenar los debates más encendidos, disipar las polémicas artificiales creadas por la inmediatez y colocar a las grandes figuras de la historia en su justo lugar. Al celebrarse un nuevo aniversario del nacimiento del Cardenal Antonio María Rouco Varela, la Iglesia en España y la sociedad en su conjunto se encuentran ante una oportunidad idónea para repasar, con la perspectiva que da la distancia, la trayectoria de un hombre que marcó una época. Por encima de las modas ideológicas, de las presiones políticas y de los vientos cambiantes de su tiempo, el purpurado gallego prefirió siempre ser un testigo fiel de la verdad antes que un buscador de aplausos fáciles o de consensos estériles. Su figura encarna la resistencia de la roca frente al oleaje.

Una sólida raíz teológica y jurídica

La obra monumental de Rouco Varela no se puede entender ni valorar en su justa medida sin atender primero a su profunda solidez intelectual. Nacido en Villalba (Lugo), su mentalidad combina la tenacidad y la prudencia propias de su tierra natal con una formación académica de primer nivel europeo. Tras sus primeros pasos en España, se trasladó a Alemania, concretamente a la Universidad de Múnich, donde se doctoró en Derecho Canónico y Teología. Aquella experiencia en el corazón de Europa no solo le dotó de un rigor conceptual extraordinario, sino que le permitió comprender antes que muchos otros las corrientes de pensamiento que configurarían la crisis cultural de Occidente a finales del siglo XX.

A su regreso a España, su valía intelectual quedó demostrada en la Universidad Pontificia de Salamanca, donde ejerció como catedrático y vicerrector. Aquella etapa docente forjó al gran comunicador de ideas fundamentales, al hombre capaz de desarmar los sofismas contemporáneos con la simple fuerza de un argumento bien estructurado. Su posterior nombramiento como Obispo de Santiago de Compostela y, más tarde, su llegada a la Archidiócesis de Madrid, no hicieron sino trasladar esa inmensa preparación del aula al altar y a la calle. El catedrático se convirtió en pastor, pero sin perder jamás la lucidez del pensador que sabe anticiparse a los problemas de su tiempo.

El arquitecto de una Iglesia viva

Durante sus dos décadas al frente de la Archidiócesis de Madrid, así como en sus sucesivos y decisivos mandatos como presidente de la Conferencia Episcopal Española, demostró ser un gestor con una capacidad de trabajo asombrosa y una visión eclesial a largo plazo. Rouco Varela entendió perfectamente que la Iglesia en España no podía limitarse a una postura defensiva o melancólica ante los rápidos cambios sociales. Bajo su guía, la archidiócesis madrileña articuló respuestas institucionales maduras, impulsó con fuerza la educación católica en todos sus niveles, revitalizó los seminarios y fortaleció el tejido parroquial en los nuevos barrios de una capital en constante expansión.

Sin embargo, el hito que probablemente mejor define su capacidad de convocatoria y su confianza inquebrantable en el futuro fue la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ) celebrada en Madrid en el año 2011. Aquel acontecimiento, bendecido por la presencia de Benedicto XVI, no solo abarrotó la capital de España con millones de jóvenes procedentes de todos los rincones del planeta, sino que supuso un aldabonazo espiritual para todo el país. Frente a los discursos sociológicos que daban por extinguida la fe en las nuevas generaciones, la JMJ de Madrid demostró la vitalidad, la alegría y la vigencia del catolicismo. Fue el broche de oro a una gestión eclesial volcada en transmitir el Evangelio sin adulteraciones a quienes están llamados a construir el mañana.

Testigo bajo el fuego de la calumnia

A pesar de estos logros indiscutibles, el aspecto más heroico, trascendente y verdaderamente evangélico del ministerio del Cardenal Rouco Varela no reside en sus éxitos organizativos ni en su indudable peso institucional. Reside, de manera primordial, en su fortaleza espiritual frente al sufrimiento provocado por la incomprensión y la hostilidad. A lo largo de sus años de mayor responsabilidad, su figura se convirtió en el blanco predilecto de determinados sectores mediáticos y políticos que pretendían, por todos los medios, arrinconar la presencia pública de la Iglesia y silenciar su doctrina moral.

El Cardenal tuvo que soportar campañas de prensa de una ferocidad inusitada, planificadas con el claro objetivo de destruir su reputación personal y debilitar su autoridad moral. En estos ataques, la crítica legítima o el debate de ideas fueron sustituidos con demasiada frecuencia por la calumnia grosera, la distorsión malintencionada de sus palabras y el ataque ad hominem. Se intentó caricaturizar de forma sistemática su firmeza doctrinal como supuesta rigidez autoritaria, y su absoluta fidelidad a la Santa Sede y a los sucesivos Pontífices como un inmovilismo trasnochado. Se buscaba, en definitiva, crear un monstruo mediático para asustar a los fieles y hacer retroceder a los pastores.

El silencio digno y el perdón evangélico

Ante este asedio constante, que habría quebrado las fuerzas y la paciencia de la mayoría, Rouco Varela ofreció una lección magistral de dignidad cristiana. En lugar de descender a la arena del insulto, de responder con la misma moneda o de buscar la autodefensa mediante el fomento del conflicto social, el purpurado eligió el camino del silencio laborioso, la oración intensa y el perdón sincero. Supo encarnar la máxima evangélica de orar por los que persiguen y calumnian.

El Cardenal comprendió que el verdadero pastor no es aquel que huye o se esconde cuando ve venir al lobo, ni aquel que deforma o suaviza el mensaje de Cristo para evitar el conflicto con los poderes fácticos del mundo. Su ministerio fue la viva demostración de que la verdad posee una belleza y una fuerza propias que no necesitan ser rebajadas ni edulcoradas para resultar eficaces. Defendió con una valentía inquebrantable el derecho a la vida desde su concepción hasta su fin natural, la institución de la familia fundada en el matrimonio y el papel fundamental e innegable de las raíces cristianas en la configuración histórica y cultural de España. Asumió con absoluta serenidad el altísimo precio personal, político y público que conllevaba mantenerse firme en esa brecha.

Un legado que desafía al tiempo

Hoy, alejados ya del ruido ensordecedor de aquellas batallas diarias y de las portadas de periódicos que buscaban su desgaste, la silueta del Cardenal emérito de Madrid se agiganta de forma natural. Aquellos que buscaron debilitar su obra mediante el desprestigio han visto cómo sus argumentos coyunturales se disolvían en la nada, devorados por el olvido. Por el contrario, la coherencia, la rectitud y la hoja de servicios de Antonio María Rouco Varela permanecen intactas, brillando con la luz limpia de las cosas que están bien hechas.

Su vida y su ministerio nos recuerdan una lección imperecedera: el relativismo moral y la corrección política pueden dominar los titulares de un día o las modas de una década, pero solo la verdad construye estructuras sólidas capaces de resistir el paso de los siglos. En este día de homenaje y gratitud por su cumpleaños, la Iglesia en España alza la voz para agradecer la entrega generosa de un obispo providencial. Un pastor que supo mantener la lámpara encendida en medio de la tempestad más oscura, legando a las generaciones futuras un ejemplo imborrable de valentía apostólica, lucidez intelectual, fidelidad eclesial y amor inquebrantable a Jesucristo.

Juan Antonio Martínez Camino, obispo auxiliar de Madrid: «En el siglo XX hubo más mártires que en dos mil años de historia de la Iglesia»

El prelado hablará este viernes en el salón de actos de la iglesia de San Pedro de Gijón de 'La sinrazón histórica y la razón teológica del martirio'

(El Comercio/ Pablo A. Marín Estrada) El obispo auxiliar de Madrid, el asturiano Juan Antonio Martínez Camino (Marcenado, Siero, 1953), impartirá este viernes en el salón de actos de la parroquia de San Pedro (20 horas), la conferencia 'La sinrazón histórica y la razón teológica del martirio del siglo XX'. Será un adelanto de las jornadas que coordinará en Covadonga del 26 al 28 de agosto bajo el título 'San Pedro Poveda y los mártires del siglo XX', en el 90 aniversario del asesinato del fundador de la institución teresiana. Ayer el prelado nos hablaba de ello, tras posar en la playa de San Lorenzo, un lugar unido en su memoria a aquellos sucesos históricos.

–¿Qué significado especial tiene para usted esta playa y en concreto La Escalerona?

–Por La Escalerona bajó un cura que se llamaba Lázaro San Martín Camino, párroco de Miyares y arcipreste de Piloña, que era primo de mi abuelo materno y sobre él escribí un librín. Bajó junto con otros cuantos que traían en una camioneta desde Infiesto por la carretera de la costa, y ahí lo arrodillaron en la arena y lo mataron el 18 de agosto de 1936. En esta playa mataron por lo menos doce curas. El viernes recordaré sus nombres en la charla.

–Tanto esa charla, como las jornadas de Covadonga, abordarán un tema que va más allá de la guerra civil, ¿no?

–Así es. Hablar de mártires de la guerra civil, aunque es algo que hemos empleado mucho tiempo, ni histórica ni teológicamente es un término exacto. Primero porque ya en el año 34, hubo 39 mártires en toda España y porque incluímos también los de toda Europa: Unión Soviética, Austria, Croacia, Alemania. Todo el siglo XX es el siglo de los mártires. O dicho más claro: en el siglo XX hubo más mártires cristianos que en los dos mil años anteriores de la historia de la Iglesia.

–Muchos han sido canonizados, pero ¿de qué cifras estaríamos hablando?

–En efecto tenemos santos como San Maximiliano Kolbe o Santa Teresa Benedicta de la Cruz, Edith Stein, judía convertida al catolicismo, asesinados en Auschwitz, o San Tito Brandsma, asesinado en Dachau, donde también lo fueron cerca de dos mil sacerdotes católicos. En la Rusia soviética, en un arco mayor que llega a 1950, fueron asesinados 250.000 religiosos: obispos, sacerdotes, monjes y monjas. Es una cifra para agarrarse a la silla. En España, unos 10.000 mártires, entre religiosos y seglares. En Asturias, unos 130.

–Además de su fe, ¿qué tenían en común todas esas víctimas?

–Lo que es común a todos ellos es que fue por odio a la fe, no a las personas directamente. Eso es lo común a todos los mártires de todas las épocas. Y hay un punto común entre los mártires del siglo XX y los mártires de los primeros cristianos de la época de las persecuciones romanas y es que más allá de las cuestiones ideológicas, hay un paganismo cultural el de un mundo que se adora a sí mismo o que adora falsos dioses. Y en eso estamos. Es análoga la situación del siglo XX donde hay una cultura neopagana a la de los primeros siglos donde había un panteón romano y un emperador divinizado, donde para ellos el cristianismo no era algo aceptable porque suponía una contradicción con los patrones paganos culturales de la época. Los nazis, que también hicieron muchos miles de mártires, tenían un programa paganizador de la Europa que ellos querían hacer. Y los demás perseguidores de raíz marxista o anarquista, lo mismo, querían una Europa sin fe cristiana, lo cual no quiere decir sin fe, había una sustitutiva de la cristiana que era la fe en el ídolo moderno de la humanidad autoproclamada salvadora de sí misma.

–¿Hoy percibe otras formas de persecución religiosa?

–El paganismo, la idolatría y el relato mítico de la autosalvación por el progreso se extienden y esto si se apoya desde instancias de poder, es un modo de asfixiar la fe cristiana. Y se introducen costumbres paganas como la eutanasia o el aborto, es decir el infaticidio. Se sacrifica en el altar los seres humanos más débiles: son los nuevos santos inocentes.

–¿Qué legado dejan los mártires del siglo XX?

–Los mártires del siglo de la sangre y la violencia son estrellas de esperanza, el oxígeno para que la cultura occidental pueda recuperar la respiración.