lunes, 29 de junio de 2026

Cómo realizar la entronización del Sagrado Corazón de Jesús en el hogar católico

(NCRegister/InfoCatólica) Molly Farinholt y su esposo afrontaban la sexta mudanza en cinco años, con dos hijos pequeños, cuando sufrieron la pérdida de un bebé. Fue entonces cuando el matrimonio decidió consagrarse a sí mismos, su nuevo hogar y su familia al Sagrado Corazón de Jesús.

«El Señor nos llevó a ese punto de necesitar una mayor confianza en Él y de ser conscientes de que necesitábamos apoyarnos más en Él y en la devoción al Sagrado Corazón», relató Farinholt. «Parecía lo más adecuado para suscitar esa mayor confianza y devoción hacia Él».

Los Farinholt practicaron una tradición llamada entronización del Sagrado Corazón. Esta práctica, muy popular en las décadas de 1940 y 1950, fue formalizada por el padre Mateo Crawley-Boevey en 1907. Una persona, un matrimonio o una familia pueden consagrar su casa, su apartamento o incluso una habitación al Sagrado Corazón colocando una imagen suya en un lugar destacado.
Cómo practicar esta devoción

Hay varias maneras de vivir esta devoción durante el mes del Sagrado Corazón o en cualquier momento del año. La imagen del Sagrado Corazón puede acompañarse, sobre una mesa o espacio de oración reservado para ello, de una Biblia, un rosario, flores y velas.

Tradicionalmente, los católicos recibían a un sacerdote para que celebrara una Misa en el hogar ese día y entronizara la imagen del Sagrado Corazón. Sin embargo, Emily Jaminet, directora ejecutiva nacional de la Sacred Heart Enthronement Network —organización de alcance global que busca difundir esta práctica—, señaló que la Misa no es del todo necesaria.

«Antiguamente era muy frecuente, en los años cuarenta, que hubiera una Misa en casa. Era algo muy solemne y reverente. Hoy las Misas en los hogares son cada vez menos comunes», explicó Jaminet. «Mi hermano es sacerdote católico y me dijo: ‹Emily, no puedes decirles a los católicos que, para recibir el amor de Cristo, tienen que tener a un sacerdote presente en su casa›. Creo que fue un consejo muy sabio, y fue confirmado por nuestro obispo, Earl Fernandes».

Quizá el sacerdote pueda acudir igualmente, o bien un diácono, o el padre o cabeza de familia puede dirigir las oraciones, valiéndose de las guías de oración disponibles para la entronización.
Testimonios de paz y gracias recibidas

Farinholt afirmó que su familia encontró consuelo en la entronización y en las doce promesas de Cristo asociadas a esta devoción, en medio de algunas de sus pruebas más difíciles.

«Cuando hicimos la consagración, estábamos en un período de transición y agitación, con la mudanza y la pérdida del bebé», recordó. «Sentimos oleadas de paz a través de todo aquello. Ahora, dos años después, podemos mirar atrás y ver que Él ciertamente estableció mucha paz en nuestra familia».

Lisa Pellegrini, empresaria, esposa de un agricultor y madre de nueve hijos que educa en casa, contó que su familia también recoge los frutos de la consagración al Sagrado Corazón. Los Pellegrini conocieron la entronización por un amigo de la familia que es sacerdote.

«Simplemente nos dijo: ‹¿Saben qué? Creo que su familia debería consagrarse al Sagrado Corazón de Jesús›», relató Pellegrini. «Creo que él intuía que esto nos fortalecería». Según contó, las gracias recibidas con la entronización han acercado a toda su familia a Cristo. Juntos acuden a Misa diaria y llevan un estilo de vida «monástico». «Definitivamente nos ha dado las gracias que nos ayudan a perseverar en este estilo de vida exigente», aseguró.

María Troutman, esposa y madre de cuatro hijos de 33 años, dijo que la entronización del Sagrado Corazón ha sido un recordatorio diario del reinado de Cristo sobre su familia. «Ha habido muchas ocasiones en los últimos seis años en que hemos sido probados por cruces pesadas; y, sin embargo, nunca hemos olvidado que el Rey del Universo reina aquí y que nos ama», afirmó.

Troutman animó a quienes lo estén considerando a no dejar pasar la oportunidad: «Si sientes el impulso de entronizar el Sagrado Corazón, hazlo. Recuerda que, si buscamos a Dios, es solo porque Él nos ha buscado primero. ¡No tengáis miedo!».

Homilía del Santo Padre León XIV en la Solemnidad de los Santos Pedro y Pablo

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy, en una única solemnidad, conmemoramos a los santos Pedro y Pablo, patronos de la ciudad y de la diócesis de Roma: elegidos por Jesús, uno como pastor de su rebaño y el otro como apóstol de los gentiles. En ellos veneramos a dos pilares de la Iglesia.

Pedro, custodio del Pueblo de Dios, aparece en numerosas ocasiones en el Nuevo Testamento comprometido con la preservación de la comunión entre los hermanos. Es él quien, en el lago de Galilea, tras una noche de trabajo aparentemente inútil, le dice al Maestro: «no hemos recogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes» (Lc 5,5), y se vuelve al mar llevándose también a los demás consigo. Es también él quien, mientras muchos se alejan del Señor tras el duro discurso sobre el Pan de vida, le dice al Mesías: «¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna» (Jn 6,68), y permanece, junto con los otros once. Es aún él quien, en Cesarea, reconoce en Jesús al Hijo de Dios y se hace portavoz de todos en la profesión de la única fe, como hemos escuchado en el Evangelio (cf. Mt 16,13-19). Además, después de la Resurrección, a orillas del lago, es el primero en llegar hasta Cristo, lanzándose al agua y adelantándose a los demás, nadando, para renovar humildemente su amor y recibir la confirmación de su misión (cf. Jn 21,1-17).

Pedro se mantiene fiel a esa misión, incluso cuando, por ejemplo, en Jerusalén, la cuestión de la admisión al bautismo de los paganos no circuncidados amenaza con dividir a la comunidad. Reúne a los hermanos, los escucha y, al final, guiado por el Espíritu Santo, toma la decisión, preservando la comunión e inaugurando una nueva etapa para todo el Pueblo de Dios: «creemos —afirma—que lo mismo ellos que nosotros nos salvamos por la gracia del Señor Jesús» (Hch 15,11).

Esta grandeza de espíritu no significa que Pedro sea perfecto. Durante la Pasión, niega al Maestro, para luego derramar lágrimas sinceras de arrepentimiento (cf. Lc 22,54-62); y el propio Pablo, en otra ocasión, le reprocha la incoherencia de algunas de sus actitudes (cf. Ga 2,11-14). No obstante, sabe reconocer sus propios errores y arrepentirse, sin desanimarse y sin dejar de cumplir con la misión de anunciar el Evangelio y reunir al rebaño de Cristo, hasta el martirio, que sufre precisamente aquí, en Roma, no muy lejos del lugar en el que nos encontramos.

Esta fiel y paciente preocupación por la unidad queda bien expresada en el símbolo de las llaves, con el que a menudo lo identificamos (cf. Mt 16,19). Una llave no es para derribar las puertas, sino para abrirlas y cerrarlas, buscando en su interior las manivelas adecuadas y acompañando sus movimientos, para deshacer los bloqueos, deslizar las clavijas, y que las hojas giren libremente sobre sus bisagras, uniendo los espacios y convirtiendo tantas habitaciones aisladas en una única casa acogedora. Del mismo modo, la comunión, en la Iglesia, no se construye endureciéndose en las propias posiciones, sino buscando, en los corazones de todos, los puntos de encuentro en la Verdad, a cuya única luz todos se convierten en instrumentos de crecimiento para los demás.

Desde esta perspectiva podríamos interpretar la misión que el Señor confió a Pedro y a sus sucesores, en beneficio de todo el Pueblo santo de Dios: escuchar, con su ayuda, las voces de cada uno; discernir las inspiraciones; guiar los caminos; corregir los errores; instruir, animar, exhortar y acompañar a los hermanos para que, dóciles a la acción del mismo Espíritu (cf. 1 Co 12,1-11), cooperen en la salvación unos de otros y de toda la humanidad. Pero el ejemplo de Pedro es también una invitación para que cada cristiano se convierta en artífice de la unidad, poniendo a Dios en el centro de su existencia y acercándose a los hermanos, atento a sus vicisitudes y a sus necesidades (cf. Francisco, Catequesis, 9 octubre 2024), para vivir con ellos en la caridad y así “llevar a cabo el anuncio del Evangelio” (cf. 2 Tm 4,17).

Esta es también la enseñanza de Pablo, el otro gran apóstol al que celebramos hoy, incansable anunciador de la Buena Nueva. Él también tiene sus símbolos distintivos: el libro y la espada, estrechamente unidos entre sí. El autor de la Epístola a los Hebreos, lo explica bien cuando escribe que, «la palabra de Dios es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo», capaz de penetrar «hasta el punto donde se dividen alma y espíritu» y de discernir «los deseos e intenciones del corazón» (Hb 4,12).

Es lo que Dios obró en el corazón del joven Saulo, conquistándolo (cf. Flp 3,12) y llevándolo primero a convertirse al Evangelio, adoptando un nuevo nombre; luego, a anunciarlo por todo el mundo; y, por último, a testimoniarlo como Pedro, en esta misma ciudad, hasta el punto de entregar su vida. El Apóstol de los gentiles se dejó transformar por el poder de la Palabra de Dios, que lo alejó de la violencia para conducirlo por el camino del amor.

San Agustín, al comentar su conversión y su misión, decía: “Cuando iba de camino a Damasco y bufaba amenazas y muerte, lo llamó la voz celeste (cf. Hch 9,1-7), lo abatió la Palabra” (cf. Sermón 299/A aum., 6). Y añadía: «Hizo predicador de la paz al perseguidor de la Iglesia, perdonó todos sus pecados, lo puso en un puesto tal, que por medio de su persona quedasen perdonados los de los otros» (ibíd.).

Queridos hermanos, hoy es importante fijarnos en estos dos santos —Pedro y Pablo— para comprender cómo podemos ser, también nosotros como ellos, apóstoles y artífices de la unidad, servidores generosos de la verdad en la caridad. Es precisamente con este espíritu con el que nos disponemos a celebrar el antiguo y evocador rito de la entrega de los palios a los arzobispos metropolitanos. Esta banda de lana blanca adornada con cruces expresa el compromiso de todo pastor —pero también el de todo cristiano— de llevar sobre sus hombros a los hermanos y hermanas que le han sido confiados, como auténticos corderos del rebaño del Señor, y de sacrificar por ellos energías, tiempo, esfuerzo e incluso la vida, para que el Evangelio llegue a todos y el mundo entero encuentre en él armonía y concordia (cf. Const. past. Gaudium et spes, 38).

Con estos sentimientos, me complazco en dirigir mi cordial saludo a los miembros de la Delegación del Patriarcado Ecuménico de Constantinopla, enviada por nuestro muy querido hermano Su Santidad Bartolomé y encabezada por Su Eminencia Emmanuel, metropolitano de Calcedonia.

Roguemos a los santos Pedro y Pablo para que nos sostengan en el camino de la comunión, siguiendo las huellas del Salvador. Es el camino que Él nos ha marcado, aquello por lo que oró al Padre en la Última Cena (cf. Jn 17,21-23), la meta que nos ha enseñado a anhelar con esperanza confiada (cf. Benedicto XVI, Homilía en la Misa con imposición del palio a los nuevos metropolitanos, 29 junio 2012).

domingo, 28 de junio de 2026

"El que os recibe... me recibe". Por Joaquín Manuel Serrano Vila


Estamos en el Domingo XIII del Tiempo Ordinario; el núcleo del mensaje evangélico de hoy nos sitúa ante la radicalidad del seguimiento de Jesús y el misterio de la hospitalidad divina, donde cada pequeño acto de acogida transforma nuestra realidad temporal en una promesa de eternidad. Las lecturas de este domingo —el pasaje del segundo libro de los Reyes, la teología bautismal de san Pablo a los Romanos y la culminación del discurso misionero en san Mateo— entrelazan dos hilos conductores fundamentales: la exigencia absoluta del amor a Cristo y la maravillosa recompensa de la acogida espiritual.

En la primera lectura, se contempla una hermosa página sobre la hospitalidad en el antiguo Oriente Medio. Una mujer de Sunem, descrita como una persona influyente y de fe profunda, percibe de manera intuitiva que el profeta Eliseo es un "hombre santo de Dios". Su reacción no es la indiferencia ni una generosidad superficial: decide construirle una habitación en la terraza, equipándola con lo necesario para su descanso. Esta mujer no buscaba un milagro ni actuaba por interés. No obstante, la verdadera hospitalidad nunca queda sin fruto ante los ojos del Creador. Al acoger al profeta, la esterilidad de su hogar se transforma en vida: "El año próximo, por esta época, tú estarás abrazando un hijo"... Esta transformación física simboliza lo que sucede en el alma cuando se da espacio a lo sagrado: las áreas estériles y vacías del corazón comienzan a florecer con una vida nueva.

Para comprender la exigencia que Jesús plantea en el Evangelio, resulta indispensable meditar primero en las palabras de san Pablo en su Carta a los Romanos. El Apóstol recuerda el fundamento de la identidad cristiana: el bautismo. Sostiene que ser bautizado implica haber sido sepultado con Cristo en su muerte, para poder caminar de la misma manera en una vida nueva. El cristiano no vive bajo la lógica del egoísmo ni de los apegos mundanos, dado que ha muerto al pecado. Si nuestra existencia antigua ha sido crucificada con Él, nuestra cotidianidad actual debe reflejar la libertad del Resucitado. Esta "vida nueva" proporciona la fuerza espiritual necesaria para asumir las demandas radicales del discipulado, permitiendo entender que perder la vida por Cristo no constituye una derrota, sino el único camino certero para encontrarla.

El pasaje evangélico de san Mateo nos sitúa ante afirmaciones solemnes y determinantes del Señor: "El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí". Jesús no busca destruir los vínculos familiares ni abolir el cuarto mandamiento. Su intención es ordenar los afectos humanos bajo la primacía del amor divino. Cuando Dios ocupa el centro de la existencia, las relaciones humanas no se debilitan; al contrario, se purifican y se fortalecen con el amor caritativo. El error radica en convertir los lazos afectivos o la seguridad material en ídolos que impidan responder con prontitud al llamado del Evangelio. Inmediatamente después, el Maestro añade: "El que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí". En la antigüedad romana, cargar la cruz significaba el camino hacia la ejecución, una entrega total sin retorno. Para el discípulo, la cruz representa asumir las consecuencias de la fidelidad a la verdad, aceptar el sufrimiento por amor y desgastar la vida en el servicio diario. La paradoja del Reino se manifiesta plenamente aquí: quien intenta retener su vida egoístamente, la destruye; pero quien la entrega por Cristo, la conserva para siempre. La sección final del Evangelio conecta de forma directa con la hospitalidad de la primera lectura. Jesús afirma una verdad eclesiológica fundamental: "El que os recibe a vosotros, me recibe a mí". Los ministros, los misioneros y los hermanos más pequeños de la comunidad cristiana son portadores de la presencia viva del Señor. Cristo se hace tan accesible que asegura una recompensa eterna incluso para los gestos más sencillos: "El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños... no perderá su recompensa". En un mundo marcado por la prisa y la indiferencia, un vaso de agua fresca puede traducirse hoy en las obras de misericordia en medio de un mundo inmisericorde.

Evangelio Domingo XIII del Tiempo Ordinario

Lectura del santo evangelio según san Mateo 10, 37-42

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles:
«El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí.

El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará. El que os recibe a vosotros, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado; el que recibe a un profeta porque es profeta, tendrá recompensa de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo, tendrá recompensa de justo.

El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, solo porque es mi discípulo, en verdad os digo que no perderá su recompensa».

Palabra del Señor 

Una magnífica humanidad con corazón. Por Monseñor Fray Jesús Sanz Montes O. F. M.

Estamos ante un nuevo reto que puja con toda su fuerza para hacerse con la preponderancia de una poderosa arma moderna: la inteligencia artificial (IA). Está en curso una batalla comercial en el control por el poder, ante el pulso por las distintas aplicaciones de la IA entre el poderoso mercado norteamericano y el emergente mercado chino, con su consecuencia en la bolsa internacional y sus importantes altibajos. La Santa Sede publicó hace meses una instrucción (Antiqua et nova) sobre esta herramienta ambivalente, y reconociendo los desafíos y oportunidades del saber científico y tecnológico, se debería acertar en el uso razonable al servicio del bien humano y su dignidad. Aparecen como un desafío las cuestiones antropológicas y éticas planteadas por la IA, puesto que uno de los objetivos de esta tecnología es el de imitar la inteligencia humana que la ha diseñado. Se trata, pues, de una “imitación” que pone en juego toda la potencialidad de los algoritmos, con su inmensa combinación de datos, donde una máquina nos puede suplir supuestamente por su rapidez y competencia, pero carece de lo más decisivamente humano: el corazón. Inteligencia significa “leer por dentro”, y esto no lo hace la máquina, aunque emule la capacidad humana de pensar, relacionar y decidir.

Es lo que el papa León XIV ha querido abordar en su encíclica Magnífica humanitas, invitándonos a alzar la mirada, como ha hecho en su reciente viaje apostólico en España. Porque, como dice él en las primeras líneas de la encíclica, «la magnífica humanidad que Dios ha creado se encuentra hoy ante una elección decisiva: levantar una nueva torre de Babel o edificar la ciudad donde Dios y la humanidad habiten juntos. Cada generación recibe como herencia la tarea de dar forma a su propio tiempo: hacer madurar la historia como un lugar donde se proteja la dignidad de cada persona, se promueva la justicia y se haga posible la fraternidad. Pero en cada época se cierne el riesgo de construir un mundo inhumano y más injusto. Allí donde la humanidad corre el peligro de perder su rostro, nosotros, los cristianos, alzamos los ojos hacia el Dios que se hizo carne, sabiendo que “el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado”. En Jesucristo, esta magnífica humanidad encuentra el camino, la verdad y la vida, abriendo a cada uno de nosotros la vía para crecer hacia la plenitud» (n. 1).

Por eso, bienvenida esa herramienta de la IA que bien usada nos reporta tantos avances en el campo científico y social (medicina, artes, retos actuales, etc.), pero debemos reconocer que sus capacidades computacionales representan sólo una parte de las posibilidades de la mente humana, sin poder realizar el discernimiento moral o la capacidad de relaciones auténticas. Dado que la IA no tiene «la apertura del corazón humano a la verdad y al bien, sus capacidades, aunque parezcan infinitas, son incomparables con las capacidades humanas de captar la realidad. Se puede aprender tanto de una enfermedad, como de un abrazo de reconciliación e incluso de una simple puesta de sol. Tantas cosas que experimentamos como seres humanos nos abren nuevos horizontes y nos ofrecen la posibilidad de alcanzar una nueva sabiduría. Ningún dispositivo, que sólo funciona con datos, puede estar a la altura de estas y otras tantas experiencias presentes en nuestras vidas» (Antiqua et nova, 32-33). Y es que, Dios no nos hizo máquinas, sino tan a su imagen que nuestra semejanza se le parece en lo más hermoso: el corazón. Esto es lo que nos jugamos en el buen uso de la tecnología que vela por la dignidad de la persona, su libertad, junto a la justicia y la paz entre los pueblos, tal y como nos ha soñado nuestro Creador. Alcemos la mirada con lo mejor de nuestra inteligencia y con el ardor de nuestro corazón sin construir una torre de Babel, sino edificando la soñada y prometida Ciudad de Dios.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

sábado, 27 de junio de 2026

Santa Rita y las abejas. Por Guillermo Juan Morado

(La Puerta de Damasco) Las abejas son unos insectos muy singulares, productores de cera y de miel. En sentido figurado, se le llama “abeja” a una persona laboriosa y previsora. El gran poeta romano Virgilio (70-19 a.C.), de origen campesino, crecido entre los bosques y los árboles, formado entre trabajadores, en una Lombardía húmeda y brumosa, mantiene a lo largo de su vida el apego a la vida sencilla, a los pequeños placeres y a los animales, cultivando una simpatía que extiende a toda la naturaleza. Desde el año 54 estudió elocuencia en Roma y se interesó por la filosofía y por la poesía. A partir de un determinado momento, vivirá asiduamente en la Campania, donde compone, entre el 37 y el 30, un poema acerca del cultivo de la tierra, las “Geórgicas”, antes de dedicarse durante unos 10 años a escribir la “Eneida”. El cuarto canto de las “Geórgicas” versa sobre la apicultura, tema de enorme importancia, pues la miel – “rocío del aire y don del cielo” – se usaba, sobre todo, para endulzar.

En otra región de lo que hoy es Italia, en la Umbría, en la pequeña aldea de Roccaporena, nació hacia 1371 – es imposible precisar con exactitud las fechas de su biografía, que son todas aproximativas - Margarita Lotti, llamada en diminutivo “Rita”, en una familia de campesinos y ganaderos. Sus padres procuran para ella una buena educación en la vecina Casia, donde la instrucción está a cargo de los religiosos agustinos. En ese contexto, madura la devoción de Rita por san Agustín, san Juan Bautista y san Nicolás de Tolentino, a quienes venera como santos protectores. En torno a 1385, se casa con Paolo di Ferdinando di Mancino, con quien tiene dos hijos: Giangiacomo y Paolo María. Es una época de enfrentamientos entre facciones y familias. A consecuencia de ello, su esposo es asesinado y, algo después, también mueren, de enfermedad, sus dos hijos. A los 36 años, más o menos, Rita solicita el ingreso en el monasterio de las monjas agustinas de Casia y, finalmente, es admitida. Entre los símbolos que están presentes en la iconografía de santa Rita, destacan tres: la espina o estigma en la frente, las rosas y las abejas.

El estigma, la herida de la corona de espinas, lo recibe hacia 1432 y persiste durante unos 15 años, hasta su muerte. Se trata de la respuesta divina a la petición de Rita, inmersa en la contemplación de Cristo, de participar más plenamente en el misterio de su Pasión. Las flores son otra señal que la acompaña. En el invierno que precede a su muerte, le pide a una prima suya que ha venido a visitarla desde Roccaporena que le traiga dos higos y una rosa del huerto de la casa paterna. La mujer cree que es un delirio provocado por la enfermedad, pero, cuando vuelve a su casa, encuentra, estupefacta, los higos y la rosa y los lleva a Casia. Rita ve en esos signos la confirmación de que su esposo y sus hijos habían sido acogidos por la misericordia de Dios. La santa expira en la noche del 21 al 22 de mayo alrededor de 1447. Su cuerpo incorrupto, nunca sepultado, es custodiado por una urna de cristal. A pesar de las dificultades que atravesó a lo largo de su vida, Rita supo florecer como las rosas.

Y nos quedan las abejas. Se cuenta que cuando Rita era una bebé, mientras dormía en una cesta, abejas blancas se agrupaban sobre su boca, depositando en ella la miel sin hacerle daño y sin que la niña llorase para alertar a sus padres. Uno de los campesinos, viendo lo que ocurría, trató de dispersar las abejas con su brazo herido. Su brazo se curó inmediatamente. Después de casi 200 años de la muerte de santa Rita, las abejas blancas surgían de las paredes del monasterio de Casia durante la Semana Santa de cada año y permanecían hasta la fiesta de santa Rita, el 22 de mayo, cuando retornaban a la inactividad hasta el año siguiente. El papa Urbano VIII (1568-1644), nacido con el nombre de Maffeo Barberini, en cuyo escudo de armas figuran tres abejas de oro, como se puede ver en el baldaquino de Bernini en la basílica de san Pedro del Vaticano, al oír lo de las famosas abejas de Casia, pidió que le llevaran una de ellas a Roma. La examinó cuidadosamente, le ató un hilo de seda y la dejó libre. Esta se descubrió más tarde, en su nido del monasterio de Casia, a 138 kilómetros de distancia. Urbano VIII beatificó a Rita el 16 de julio de 1627. Fue canonizada el 24 de mayo de 1900.

Así son las abejas, que fascinaron a Virgilio y que simpatizaron con santa Rita. Aseguran que los huecos en la pared del monasterio de Casia, donde las abejas permanecen ocultas casi todo el año, pueden ser vistos por los peregrinos que allí se acercan. Si Virgilio hubiese nacido un par de siglos después de santa Rita, quizá hubiera añadido algunos versos al cuarto canto de las “Geórgicas”.

Entrevista al Sr. Arzobispo en El Debate