miércoles, 1 de julio de 2026

«Vivimos la marcha de San Esteban del Mar con dolor, pero también con esperanza»


(Iglesia de Asturias) Este sábado, en la parroquia de San Esteban del Mar de Gijón, a las siete de la tarde, tendrá lugar la celebración de la eucaristía presidida por el Arzobispo de Oviedo, Mons. Jesús Sanz, junto con el padre Provincial de los jesuitas y con la presencia de la comunidad de los jesuitas de Oviedo, en la que se hará efectivo el traspaso a la diócesis de la parroquia, que formará a partir de ahora Unidad Pastoral junto con Santa Olaya, en el mismo barrio del Natahoyo.

Desde hacía dos años la comunidad de los jesuitas en San Esteban del Mar, en Gijón, se había trasladado a Oviedo. Al cerrarse canónicamente la comunidad se iniciaba un proceso de despedida de los jesuitas en la parroquia que ya llega a su fin, pero que no supone ni mucho menos la desaparición de la Compañía en la ciudad, puesto que permanecen con presencia en el Colegio de la Inmaculada, en la Fundación Revillagigedo y el Hogar de San José, tres grandes buques insignia con una gran historia y labor a sus espaldas. Hablamos con el, hasta ahora, párroco de San Esteban del Mar, el padre Manuel Rodríguez Carrera SJ.

¿Cómo han vivido desde la comunidad de los jesuitas esta decisión de dejar la parroquia de San Esteban del Mar?

Pues siempre con dolor porque los tiempos de nacimiento son de alegría y celebración y los tiempos de despedida, que es lo que toca ahora, pues siempre causan dolor. Pero a la vez lo vivimos con esperanza, es decir, sabemos que la vida es así: hay tiempo, lo dice el Eclesiástico, para nacer y tiempo para morir. Aunque en realidad esto no es morir porque la parroquia continúa, pero bueno, sí que es verdad que al dejarla nosotros, pues supone también un cierto dolor. Pero vivámoslo como oportunidad, no como maldición, son los tiempos que son y ahora toca menguar y reducir, tengamos esperanza.

La historia de los jesuitas en Gijón es centenaria. Llegaron con la iglesia, hoy Basílica, del Sagrado Corazón, también el colegio, luego está la Fundación y el Hogar de San José. Podríamos decir que la historia reciente de la ciudad no se entiende sin la presencia de la Compañía de Jesús. Cuéntenos de esa presencia en Gijón, ¿cómo llegaron los jesuitas y cómo se fueron desarrollando las diferentes obras?

Hay una prehistoria incluso, que es la llegada de los jesuitas a Oviedo, 38 o 40 años después de fundarse la Compañía. Creo que llegaron en el año 1578. Es una presencia muy antigua en Asturias la de los jesuitas. Fue en Oviedo, en el colegio San Matías, hoy la iglesia de San Isidoro El Real. Eso fue hasta 1767, que fue cuando la supresión de la Compañía en España. La vuelta fue en 1884 creo, y entonces ya llegamos a Gijón.

Desde esa fecha estamos aquí, en el colegio de la Inmaculada y en la Residencia del Sagrado Corazón, que es hoy Basílica. Más tarde se creó la Fundación Revillagigedo, que es de 1929, pensada para la gente del barrio, obreros y demás, que era de los condes de Revillagigedo, y finalmente llegó el Hogar de San José, en la posguerra, nada más terminada la Guerra Civil. Un poco más tarde también nos hicimos cargo de la Universidad Laboral. Ha sido una presencia muy fuerte y variada. En Gijón llegó a haber por encima de 100 jesuitas, en algún momento, 100 ó 120 incluso. Ahora somos 11 en toda Asturias.

Diría que la historia de Gijón va también muy de la mano de la Compañía. Hemos crecido y hemos acompañado el crecimiento de la ciudad y muy especialmente del barrio del Natahoyo. Hoy ya tiene muy poco que ver aquel barrio con lo que era cuando se fundó, por ejemplo, el Hogar de San José, o la Fundación Revillagigedo, pero sigue siendo todavía un barrio como muy familiar, muy cercano. Hemos ido creciendo mucho y ahora, bueno, pues nos toca un poco retirada.

Retirada, sí, pero en el trabajo y los beneficios que reciben tantas personas gracias a todas esas obras que continúan, está ahí. Especialmente como dice en el barrio del Natahoyo donde también está la parroquia de San Esteban del Mar. ¿Qué labor se lleva a cabo en esos centros?

La Fundación Revillagigedo es un centro educativo. Nació, en su día, para hijos de obreros del barrio. De hecho, eran clases nocturnas, muchos de los alumnos que iban trabajaban de día y por la noche acudían a especializarse, digamos. Siempre ha estado pensado y dirigido a la clase obrera, a la gente sencilla. Que a mí eso es una cosa que me gusta recalcar porque quizá la Compañía a veces parece tener una imagen un tanto elitista. Se nos ha acusado de ser los formadores de las «élites». Pero uno luego baja a la realidad y ve que estamos en todas partes, y esto es también un motivo de alegría, de satisfacción y de sano orgullo. La Fundación Revillagigedo, por tanto, hoy, sigue formando alumnos, pero no sólo queremos transmitir conocimientos técnicos, sino también, en definitiva, el Evangelio, con un matiz o un tono jesuítico, al modo de nuestro proceder y actuar, pero intentamos formar buenas personas y buenos cristianos.

El Hogar de San José, por otro lado, nació en la posguerra para atender a niños huérfanos e hijos de represaliados después de la guerra. El perfil hoy ha cambiado, desde luego. Ya no es el niño huérfano o abandonado, pero sí niños con una problemática familiar severa, que tiene que permanecer en régimen de acogimiento.

Respecto a la parroquia, es una parroquia popular, de barrio. El Natahoyo es un pueblo grande todavía. A mí la gente a veces me dice, «hombre, el Natahoyo tiene poco que ver con lo que era cuando tú lo conociste». Y yo siempre digo: «afortunadamente». Es decir, hay cosas en las que ha mejorado mucho, pero en otras, pues sigue siendo también gente muy sencilla. Y desde ahí hemos intentado acompañar también, pues todos esos procesos, de crecimiento de las personas y del barrio.

Si tuviera que definir qué ha supuesto para la ciudad de Gijón la presencia de la Compañía de Jesús a lo largo de estos años, ¿cuál diría que ha sido la aportación fundamental?

Yo creo que el acompañamiento es importantísimo siempre. Y en eso, hombre, tampoco vamos a presumir, pero somos especialistas. La Compañía siempre le dio mucha importancia al acompañamiento personal, a los Ejercicios Espirituales y al discernimiento. No solamente se trata de formar buenos técnicos, que es importante desde luego y yo creo que se consigue, pues se le da mucha importancia a la parte puramente educativa o de transmisión de conocimientos. Pero además está esa otra parte, que no tiene que ir separada, sino que tiene que ir de la mano. Formar buenos profesionales, pero también, gente responsable. Y eso pasa por ese discernimiento que es la bandera insigne de la Compañía. El discernimiento ignaciano. Y luego, los Ejercicios y el acompañamiento espiritual.

Comentaba antes que a los jesuitas se les acusa de formar «a las élites», pero es que la formación del jesuita es una formación de élite en sí misma. Un aspecto que destaca muchísimo, les distingue y ha sido siempre su sello personal.

Sí. En la compañía siempre se ha cuidado de mucho eso. Es una formación larga y profunda. No solamente intelectual, sino que al jesuita, hasta que la compañía decide su incorporación definitiva, pasan años. Es decir, los primeros votos en la Compañía los pedimos nosotros, después del noviciado. Pero la incorporación definitiva te la ofrece la Compañía cuando ve que estás maduro. Pero desde entonces igual han pasado entre 13 o 14 años, es decir, que es una formación muy larga. Y en cuanto a las élites, yo siempre he defendido que desde luego tenemos que dedicarnos a los pobres, y la Compañía también tiene esa opción preferencial, en línea con la Iglesia como no puede ser de otra manera. Pero también a las élites hay que educarlas y formarlas en unos principios y en unos valores que les lleven también a defender luego y a trabajar por los pequeños y por los pobres. Yo creo que en eso no hay que ser excluyentes. Creo que ayudar también a las élites, a personas que van a gobernar, que van a dirigir y a tener poder y formarles en unos valores, en unos principios y un modo de proceder, yo creo que es importante también.

De todas formas no es discutible la presencia de los jesuitas en países en desarrollo y más necesitados, especialmente en Hispanoamérica, trabajando y dando la vida.

Sí, una vez oí decir, no recuerdo el país que era, pero en un país selvático y muy remoto «aquí solamente llegan los jesuitas y la Coca-Cola». Es un esfuerzo agradecido, el que se hace por estar allí y ayudar a promocionar a todas esas personas.

Volviendo a nuestra diócesis, la comunidad permanecerá toda reunida en Oviedo. ¿Cómo queda dibujado el mapa de la presencia jesuítica en la diócesis?

La comunidad del Natahoyo se cerró canónicamente, va a hacer dos años ya. Yo llevo dos años yendo y viniendo todos los días para atender la parroquia, mañana y tarde. De hecho, he ido contando los viajes y son como dos mil doscientos y pico. Efectivamente, la Compañía sigue presente en Gijón: en el Colegio de la Inmaculada trabajan dos jesuitas y ahora van a trabajar tres; en la Fundación Revillagigedo el director es jesuita; en el Hogar San José, aunque la directora es Cristina, hay también un jesuita allí.

En Oviedo tenemos una presencia conocida y muy querida como es la Iglesia del Sagrado Corazón, las Salesas como las conoce todo el mundo. Después también en Oviedo está el Colegio San Ignacio, de larga tradición, heredero de ese primer colegio San Matías.

Puede que la Compañía no sea tan numerosa ni de tanto relumbrón como antiguamente pero sigue presente en la diócesis y colaborando en todo lo que podemos.

Yo siento mucho tener que dejar la parroquia, no por dejarla yo, porque, bueno, la vida nuestra ya sabemos cómo es. Y yo agradecido de haber estado estos diez años, digamos que una cierta prórroga, porque la idea que tenía el Provincial era haber cerrado ya hace dos años, pero bueno, nos parecía que había que cerrar procesos también, por parte nuestra y demás, y él accedió.
Hemos estado siempre muy unidos a la diócesis, nunca hemos querido ser un verso suelto. Y ahora, en lo que podamos colaborar y ofrecer, se seguirá haciendo.

Oviedo se despide de las Esclavas del Sagrado Corazón tras décadas de entrega y educación

La comunidad religiosa abandonará la ciudad a finales de julio debido a la avanzada edad de las últimas tres hermanas y la falta de relevo generacional

(El Comercio) Un ciclo que llega a su fin en Oviedo. La Congregación de las Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús (fundada por Santa Rafaela María en 1877 en Córdoba) pondrá fin a su presencia en la capital asturiana este julio. Así lo anunció el párroco Francisco Javier Suárez, durante la misa de este martes, confirmando una noticia que deja un sentimiento de nostalgia en la comunidad católica local.

La decisión, aunque dolorosa, responde a la realidad demográfica que atraviesa la congregación. De las seis religiosas que formaban la comunidad recientemente, la cifra se ha ido reduciendo drásticamente: la superiora falleció poco después de su nombramiento; otra de las hermanas murió a los 96 años, y una tercera fue trasladada el año pasado a una residencia en Santander para recibir cuidados especializados.

En la actualidad, solo quedan tres hermanas en el convento de la calle González del Valle. «Son muy mayores y ya no pueden seguir», lamentó el párroco, quien reconoció con tristeza la falta de vocaciones para dar continuidad a su labor. «Quizá me precipité al anunciarlo, pero es una pena que una comunidad religiosa con tantos años en la ciudad no tenga relevo», confesó el sacerdote, que tras 14 años en la iglesia de San Juan y apenas uno en la calle Conde Toreno, se enfrenta ahora al reto de mantener el templo sin la ayuda constante de las religiosas.

Un edificio con historia

El convento, en el número 4 de la calle Toreno, frente al Campo de San Francisco, tiene una capilla que es sede de la Adoración Eucarística Perpetua de Oviedo (A.E.P.) desde el 18 de mayo de 2007. Las veinticuatro horas del día hay alguien adorando la imagen.

La marcha de las Esclavas deja también un vacío logístico en el día a día de la iglesia. Por ello, el párroco ha hecho un llamamiento público a los fieles y vecinos, pidiendo colaboración voluntaria para tareas que hasta ahora desempeñaban las hermanas, como la limpieza del templo y el cuidado de la ropa litúrgica.

El adiós definitivo tendrá lugar en julio. Para entonces, se está organizando una misa de homenaje y acción de gracias por todos sus años de servicio a la educación de la juventud y a la Iglesia en Oviedo. La parroquia está pendiente de la agenda del arzobispo de Oviedo, Jesús Sanz Montes, con el deseo de que pueda presidir este emotivo acto de despedida.

martes, 30 de junio de 2026

Horario de Verano

 

Carta de Monseñor Luis J. Argüello, Presidente de la Conferencia Episcopal Española al Santo Padre León XIV

Prot. n.º 126 / 26

Madrid, 24 de junio de 2026

Querido Santo Padre:

Los miembros de la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española, reunidos en su sesión ordinaria del mes de junio y, haciéndonos eco del sentir de todos los Obispos de España, deseamos expresarle nuestro profundo agradecimiento por su reciente visita a España. Precisamente, mientras preparábamos esta carta, hemos recibido la de Vuestra Santidad dándonos las gracias por la acogida y todo lo vivido entre nosotros. La gratitud es nuestra. Su presencia entre nosotros, durante estos siete días, ha sido una verdadera gracia para nuestra Iglesia y un renovado impulso para su misión evangelizadora al servicio de los católicos españoles y de toda la sociedad.

Las Iglesias particulares de Madrid, Sant Feliu de Llobregat, Barcelona, Canarias y San Cristóbal de La Laguna han tenido la alegría de mostrarle el rostro vivo de la Iglesia en España: una Iglesia que desea servir humildemente al anuncio del Reino de Dios, a la celebración del misterio de la fe y al ejercicio de la caridad, especialmente hacia los más pobres, vulnerables y necesitados.

Sus palabras y sus gestos han puesto de manifiesto que la Iglesia está llamada a caminar con todos y a dialogar con todos. Políticos, empresarios, trabajadores, migrantes, personas empobrecidas, representantes del mundo de la cultura, del deporte y de las artes, junto con los cientos de miles de fieles que han participado en las vigilias y celebraciones eucarísticas, han podido experimentar la cercanía de un Pastor que comparte las esperanzas y las heridas de los hombres y mujeres de nuestro tiempo.

Más aún, hemos percibido que no se trataba solamente de dirigir una palabra a todos, sino de tener una palabra para cada uno. Vuestra Santidad ha escuchado a nuestro pueblo, lo ha abrazado y bendecido, y ha despertado en tantos corazones una esperanza renovada, recordándonos que la dignidad humana nunca pierde su valor y que el bien común constituye una tarea que compromete a todos.

En sus intervenciones hemos encontrado una palabra serena y firme, capaz de alentar y sostener nuestra misión en este momento de la historia. Nos ha exhortado a alzar la mirada, a no dejarnos vencer por el miedo, a ser discípulos misioneros y a acompañar a nuestros hermanos en el descubrimiento de la belleza del Evangelio. Nos ha recordado también que la Iglesia no puede replegarse sobre sí misma, sino que está llamada a compartir las esperanzas y las heridas de la humanidad y a ofrecer a todos la luz de Cristo. También ha insistido repetidamente en la dignidad inviolable de toda persona, la necesidad de superar la polarización, la vocación de España como «tierra de encuentro, de cultura, de solidaridad y de esperanza» y la llamada a que la Iglesia «camine con la humanidad, compartiendo sus esperanzas y sus heridas».

Con particular gratitud acogemos la llamada que nos dirigió a ser constructores de encuentro y de reconciliación, en una sociedad frecuentemente marcada por la polarización y el enfrentamiento. Sus palabras nos han confirmado en la convicción de que la pluralidad nunca debe convertirse en descalificación del adversario y de que el servicio al bien común exige reconocer siempre la dignidad inviolable de toda persona humana. Así, como Vuestra Santidad mismo nos pidió, queremos contribuir a dar una orientación nueva a nuestra sociedad, siendo juntos sal de la tierra y luz del mundo (cf. Mt 5, 13-16), y ayudando a que España siga siendo tierra de encuentro, de cultura, de solidaridad y de esperanza.

Durante nuestra reunión de la Comisión Permanente hemos recibido el testimonio y la valoración del impacto que su presencia y sus enseñanzas han suscitado en las diócesis de Madrid, Sant Feliu de Llobregat, Barcelona, Canarias y San Cristóbal de La Laguna. El sentir común es que hemos sido agraciados con una abundante siembra de esperanza y que corresponde ahora a toda la Iglesia en España, sostenida por la gracia de Dios, hacer que esa semilla produzca frutos abundantes de fe, comunión y caridad.

Acogemos con gratitud la confianza que ha depositado en nosotros y el camino que nos señala. Cuente siempre con el empeño de la Iglesia en España para anunciar a los hombres y mujeres de nuestro tiempo la alegría del Evangelio y para servir, con renovado ardor, a la dignidad de cada persona y al bien de toda la familia humana.

No queremos dejar de manifestar, asimismo, nuestro agradecimiento a todos sus colaboradores de la Santa Sede que han hecho posible la organización de la visita, han velado por la seguridad de Vuestra Santidad y han trabajado por el buen desarrollo de cada uno de los actos.

Que el Señor le conceda abundantes dones y que la Santísima Virgen María lo sostenga siempre en la misión que le ha sido confiada.

Con afecto filial, le aseguramos nuestra comunión con el ministerio petrino y nuestras oraciones por su persona y sus intenciones.

✠ Luis J. Argüello García
Arzobispo de Valladolid
Presidente de la Conferencia Episcopal Española

A Su Santidad el Papa León XIV
Ciudad del Vaticano

lunes, 29 de junio de 2026

Cómo realizar la entronización del Sagrado Corazón de Jesús en el hogar católico

(NCRegister/InfoCatólica) Molly Farinholt y su esposo afrontaban la sexta mudanza en cinco años, con dos hijos pequeños, cuando sufrieron la pérdida de un bebé. Fue entonces cuando el matrimonio decidió consagrarse a sí mismos, su nuevo hogar y su familia al Sagrado Corazón de Jesús.

«El Señor nos llevó a ese punto de necesitar una mayor confianza en Él y de ser conscientes de que necesitábamos apoyarnos más en Él y en la devoción al Sagrado Corazón», relató Farinholt. «Parecía lo más adecuado para suscitar esa mayor confianza y devoción hacia Él».

Los Farinholt practicaron una tradición llamada entronización del Sagrado Corazón. Esta práctica, muy popular en las décadas de 1940 y 1950, fue formalizada por el padre Mateo Crawley-Boevey en 1907. Una persona, un matrimonio o una familia pueden consagrar su casa, su apartamento o incluso una habitación al Sagrado Corazón colocando una imagen suya en un lugar destacado.
Cómo practicar esta devoción

Hay varias maneras de vivir esta devoción durante el mes del Sagrado Corazón o en cualquier momento del año. La imagen del Sagrado Corazón puede acompañarse, sobre una mesa o espacio de oración reservado para ello, de una Biblia, un rosario, flores y velas.

Tradicionalmente, los católicos recibían a un sacerdote para que celebrara una Misa en el hogar ese día y entronizara la imagen del Sagrado Corazón. Sin embargo, Emily Jaminet, directora ejecutiva nacional de la Sacred Heart Enthronement Network —organización de alcance global que busca difundir esta práctica—, señaló que la Misa no es del todo necesaria.

«Antiguamente era muy frecuente, en los años cuarenta, que hubiera una Misa en casa. Era algo muy solemne y reverente. Hoy las Misas en los hogares son cada vez menos comunes», explicó Jaminet. «Mi hermano es sacerdote católico y me dijo: ‹Emily, no puedes decirles a los católicos que, para recibir el amor de Cristo, tienen que tener a un sacerdote presente en su casa›. Creo que fue un consejo muy sabio, y fue confirmado por nuestro obispo, Earl Fernandes».

Quizá el sacerdote pueda acudir igualmente, o bien un diácono, o el padre o cabeza de familia puede dirigir las oraciones, valiéndose de las guías de oración disponibles para la entronización.
Testimonios de paz y gracias recibidas

Farinholt afirmó que su familia encontró consuelo en la entronización y en las doce promesas de Cristo asociadas a esta devoción, en medio de algunas de sus pruebas más difíciles.

«Cuando hicimos la consagración, estábamos en un período de transición y agitación, con la mudanza y la pérdida del bebé», recordó. «Sentimos oleadas de paz a través de todo aquello. Ahora, dos años después, podemos mirar atrás y ver que Él ciertamente estableció mucha paz en nuestra familia».

Lisa Pellegrini, empresaria, esposa de un agricultor y madre de nueve hijos que educa en casa, contó que su familia también recoge los frutos de la consagración al Sagrado Corazón. Los Pellegrini conocieron la entronización por un amigo de la familia que es sacerdote.

«Simplemente nos dijo: ‹¿Saben qué? Creo que su familia debería consagrarse al Sagrado Corazón de Jesús›», relató Pellegrini. «Creo que él intuía que esto nos fortalecería». Según contó, las gracias recibidas con la entronización han acercado a toda su familia a Cristo. Juntos acuden a Misa diaria y llevan un estilo de vida «monástico». «Definitivamente nos ha dado las gracias que nos ayudan a perseverar en este estilo de vida exigente», aseguró.

María Troutman, esposa y madre de cuatro hijos de 33 años, dijo que la entronización del Sagrado Corazón ha sido un recordatorio diario del reinado de Cristo sobre su familia. «Ha habido muchas ocasiones en los últimos seis años en que hemos sido probados por cruces pesadas; y, sin embargo, nunca hemos olvidado que el Rey del Universo reina aquí y que nos ama», afirmó.

Troutman animó a quienes lo estén considerando a no dejar pasar la oportunidad: «Si sientes el impulso de entronizar el Sagrado Corazón, hazlo. Recuerda que, si buscamos a Dios, es solo porque Él nos ha buscado primero. ¡No tengáis miedo!».

Homilía del Santo Padre León XIV en la Solemnidad de los Santos Pedro y Pablo

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy, en una única solemnidad, conmemoramos a los santos Pedro y Pablo, patronos de la ciudad y de la diócesis de Roma: elegidos por Jesús, uno como pastor de su rebaño y el otro como apóstol de los gentiles. En ellos veneramos a dos pilares de la Iglesia.

Pedro, custodio del Pueblo de Dios, aparece en numerosas ocasiones en el Nuevo Testamento comprometido con la preservación de la comunión entre los hermanos. Es él quien, en el lago de Galilea, tras una noche de trabajo aparentemente inútil, le dice al Maestro: «no hemos recogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes» (Lc 5,5), y se vuelve al mar llevándose también a los demás consigo. Es también él quien, mientras muchos se alejan del Señor tras el duro discurso sobre el Pan de vida, le dice al Mesías: «¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna» (Jn 6,68), y permanece, junto con los otros once. Es aún él quien, en Cesarea, reconoce en Jesús al Hijo de Dios y se hace portavoz de todos en la profesión de la única fe, como hemos escuchado en el Evangelio (cf. Mt 16,13-19). Además, después de la Resurrección, a orillas del lago, es el primero en llegar hasta Cristo, lanzándose al agua y adelantándose a los demás, nadando, para renovar humildemente su amor y recibir la confirmación de su misión (cf. Jn 21,1-17).

Pedro se mantiene fiel a esa misión, incluso cuando, por ejemplo, en Jerusalén, la cuestión de la admisión al bautismo de los paganos no circuncidados amenaza con dividir a la comunidad. Reúne a los hermanos, los escucha y, al final, guiado por el Espíritu Santo, toma la decisión, preservando la comunión e inaugurando una nueva etapa para todo el Pueblo de Dios: «creemos —afirma—que lo mismo ellos que nosotros nos salvamos por la gracia del Señor Jesús» (Hch 15,11).

Esta grandeza de espíritu no significa que Pedro sea perfecto. Durante la Pasión, niega al Maestro, para luego derramar lágrimas sinceras de arrepentimiento (cf. Lc 22,54-62); y el propio Pablo, en otra ocasión, le reprocha la incoherencia de algunas de sus actitudes (cf. Ga 2,11-14). No obstante, sabe reconocer sus propios errores y arrepentirse, sin desanimarse y sin dejar de cumplir con la misión de anunciar el Evangelio y reunir al rebaño de Cristo, hasta el martirio, que sufre precisamente aquí, en Roma, no muy lejos del lugar en el que nos encontramos.

Esta fiel y paciente preocupación por la unidad queda bien expresada en el símbolo de las llaves, con el que a menudo lo identificamos (cf. Mt 16,19). Una llave no es para derribar las puertas, sino para abrirlas y cerrarlas, buscando en su interior las manivelas adecuadas y acompañando sus movimientos, para deshacer los bloqueos, deslizar las clavijas, y que las hojas giren libremente sobre sus bisagras, uniendo los espacios y convirtiendo tantas habitaciones aisladas en una única casa acogedora. Del mismo modo, la comunión, en la Iglesia, no se construye endureciéndose en las propias posiciones, sino buscando, en los corazones de todos, los puntos de encuentro en la Verdad, a cuya única luz todos se convierten en instrumentos de crecimiento para los demás.

Desde esta perspectiva podríamos interpretar la misión que el Señor confió a Pedro y a sus sucesores, en beneficio de todo el Pueblo santo de Dios: escuchar, con su ayuda, las voces de cada uno; discernir las inspiraciones; guiar los caminos; corregir los errores; instruir, animar, exhortar y acompañar a los hermanos para que, dóciles a la acción del mismo Espíritu (cf. 1 Co 12,1-11), cooperen en la salvación unos de otros y de toda la humanidad. Pero el ejemplo de Pedro es también una invitación para que cada cristiano se convierta en artífice de la unidad, poniendo a Dios en el centro de su existencia y acercándose a los hermanos, atento a sus vicisitudes y a sus necesidades (cf. Francisco, Catequesis, 9 octubre 2024), para vivir con ellos en la caridad y así “llevar a cabo el anuncio del Evangelio” (cf. 2 Tm 4,17).

Esta es también la enseñanza de Pablo, el otro gran apóstol al que celebramos hoy, incansable anunciador de la Buena Nueva. Él también tiene sus símbolos distintivos: el libro y la espada, estrechamente unidos entre sí. El autor de la Epístola a los Hebreos, lo explica bien cuando escribe que, «la palabra de Dios es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo», capaz de penetrar «hasta el punto donde se dividen alma y espíritu» y de discernir «los deseos e intenciones del corazón» (Hb 4,12).

Es lo que Dios obró en el corazón del joven Saulo, conquistándolo (cf. Flp 3,12) y llevándolo primero a convertirse al Evangelio, adoptando un nuevo nombre; luego, a anunciarlo por todo el mundo; y, por último, a testimoniarlo como Pedro, en esta misma ciudad, hasta el punto de entregar su vida. El Apóstol de los gentiles se dejó transformar por el poder de la Palabra de Dios, que lo alejó de la violencia para conducirlo por el camino del amor.

San Agustín, al comentar su conversión y su misión, decía: “Cuando iba de camino a Damasco y bufaba amenazas y muerte, lo llamó la voz celeste (cf. Hch 9,1-7), lo abatió la Palabra” (cf. Sermón 299/A aum., 6). Y añadía: «Hizo predicador de la paz al perseguidor de la Iglesia, perdonó todos sus pecados, lo puso en un puesto tal, que por medio de su persona quedasen perdonados los de los otros» (ibíd.).

Queridos hermanos, hoy es importante fijarnos en estos dos santos —Pedro y Pablo— para comprender cómo podemos ser, también nosotros como ellos, apóstoles y artífices de la unidad, servidores generosos de la verdad en la caridad. Es precisamente con este espíritu con el que nos disponemos a celebrar el antiguo y evocador rito de la entrega de los palios a los arzobispos metropolitanos. Esta banda de lana blanca adornada con cruces expresa el compromiso de todo pastor —pero también el de todo cristiano— de llevar sobre sus hombros a los hermanos y hermanas que le han sido confiados, como auténticos corderos del rebaño del Señor, y de sacrificar por ellos energías, tiempo, esfuerzo e incluso la vida, para que el Evangelio llegue a todos y el mundo entero encuentre en él armonía y concordia (cf. Const. past. Gaudium et spes, 38).

Con estos sentimientos, me complazco en dirigir mi cordial saludo a los miembros de la Delegación del Patriarcado Ecuménico de Constantinopla, enviada por nuestro muy querido hermano Su Santidad Bartolomé y encabezada por Su Eminencia Emmanuel, metropolitano de Calcedonia.

Roguemos a los santos Pedro y Pablo para que nos sostengan en el camino de la comunión, siguiendo las huellas del Salvador. Es el camino que Él nos ha marcado, aquello por lo que oró al Padre en la Última Cena (cf. Jn 17,21-23), la meta que nos ha enseñado a anhelar con esperanza confiada (cf. Benedicto XVI, Homilía en la Misa con imposición del palio a los nuevos metropolitanos, 29 junio 2012).

domingo, 28 de junio de 2026

"El que os recibe... me recibe". Por Joaquín Manuel Serrano Vila


Estamos en el Domingo XIII del Tiempo Ordinario; el núcleo del mensaje evangélico de hoy nos sitúa ante la radicalidad del seguimiento de Jesús y el misterio de la hospitalidad divina, donde cada pequeño acto de acogida transforma nuestra realidad temporal en una promesa de eternidad. Las lecturas de este domingo —el pasaje del segundo libro de los Reyes, la teología bautismal de san Pablo a los Romanos y la culminación del discurso misionero en san Mateo— entrelazan dos hilos conductores fundamentales: la exigencia absoluta del amor a Cristo y la maravillosa recompensa de la acogida espiritual.

En la primera lectura, se contempla una hermosa página sobre la hospitalidad en el antiguo Oriente Medio. Una mujer de Sunem, descrita como una persona influyente y de fe profunda, percibe de manera intuitiva que el profeta Eliseo es un "hombre santo de Dios". Su reacción no es la indiferencia ni una generosidad superficial: decide construirle una habitación en la terraza, equipándola con lo necesario para su descanso. Esta mujer no buscaba un milagro ni actuaba por interés. No obstante, la verdadera hospitalidad nunca queda sin fruto ante los ojos del Creador. Al acoger al profeta, la esterilidad de su hogar se transforma en vida: "El año próximo, por esta época, tú estarás abrazando un hijo"... Esta transformación física simboliza lo que sucede en el alma cuando se da espacio a lo sagrado: las áreas estériles y vacías del corazón comienzan a florecer con una vida nueva.

Para comprender la exigencia que Jesús plantea en el Evangelio, resulta indispensable meditar primero en las palabras de san Pablo en su Carta a los Romanos. El Apóstol recuerda el fundamento de la identidad cristiana: el bautismo. Sostiene que ser bautizado implica haber sido sepultado con Cristo en su muerte, para poder caminar de la misma manera en una vida nueva. El cristiano no vive bajo la lógica del egoísmo ni de los apegos mundanos, dado que ha muerto al pecado. Si nuestra existencia antigua ha sido crucificada con Él, nuestra cotidianidad actual debe reflejar la libertad del Resucitado. Esta "vida nueva" proporciona la fuerza espiritual necesaria para asumir las demandas radicales del discipulado, permitiendo entender que perder la vida por Cristo no constituye una derrota, sino el único camino certero para encontrarla.

El pasaje evangélico de san Mateo nos sitúa ante afirmaciones solemnes y determinantes del Señor: "El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí". Jesús no busca destruir los vínculos familiares ni abolir el cuarto mandamiento. Su intención es ordenar los afectos humanos bajo la primacía del amor divino. Cuando Dios ocupa el centro de la existencia, las relaciones humanas no se debilitan; al contrario, se purifican y se fortalecen con el amor caritativo. El error radica en convertir los lazos afectivos o la seguridad material en ídolos que impidan responder con prontitud al llamado del Evangelio. Inmediatamente después, el Maestro añade: "El que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí". En la antigüedad romana, cargar la cruz significaba el camino hacia la ejecución, una entrega total sin retorno. Para el discípulo, la cruz representa asumir las consecuencias de la fidelidad a la verdad, aceptar el sufrimiento por amor y desgastar la vida en el servicio diario. La paradoja del Reino se manifiesta plenamente aquí: quien intenta retener su vida egoístamente, la destruye; pero quien la entrega por Cristo, la conserva para siempre. La sección final del Evangelio conecta de forma directa con la hospitalidad de la primera lectura. Jesús afirma una verdad eclesiológica fundamental: "El que os recibe a vosotros, me recibe a mí". Los ministros, los misioneros y los hermanos más pequeños de la comunidad cristiana son portadores de la presencia viva del Señor. Cristo se hace tan accesible que asegura una recompensa eterna incluso para los gestos más sencillos: "El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños... no perderá su recompensa". En un mundo marcado por la prisa y la indiferencia, un vaso de agua fresca puede traducirse hoy en las obras de misericordia en medio de un mundo inmisericorde.