domingo, 29 de marzo de 2026

Domingo de ramos, del Triunfo a la Entrega. Por Joaquín Manuel Serrano Vila


Hoy comenzamos la Semana Santa  con la alegría de la entrada en Jerusalén, donde aclamamos a Jesús con ramos, pero pronto nos sumergimos en el misterio del dolor en la lectura de la Pasión. Esta liturgia nos enseña que no hay gloria sin cruz, ni resurrección sin pasar por el viernes santo. En estos días nuestro pensamiento, corazón y oración, estarán en Tierra Santa, donde nuestros hermanos cristianos no podrán celebrar la Pascua por la guerra. Es un meditación a hacer nuestra hoy, en la entrada a Jerusalén... Jesús no elige un corcel brioso de guerra, sino un pollino. La borriquilla simboliza la paz y la mansedumbre. Jesús no viene a imponerse por la fuerza, sino a ganar el corazón del hombre con misericordia. Como el pollino, cada uno de nosotros está llamado a ser un "portador de Cristo" (cristóforo), llevando su presencia a nuestras familias y trabajos desde la humildad. Con este domingo iniciamos la Santa Semana con una liturgia de contrastes extremos, pues pasamos de la gloria al dolor. Comenzamos aclamando a Jesús como Rey con ramos y cantos de "¡Hosanna!", pero pronto nos vemos ante el relato de su entrega total en la cruz. San Lucas nos invita a mirar este misterio no como una tragedia, sino como el triunfo de la misericordia y la humildad. Hoy nuestras manos sostienen ramos de victoria, pero nuestros oídos escuchan un relato de aparente derrota. Entramos con Jesús a Jerusalén gritando "¡Hosanna!", pero pronto nos encontraremos gritando "¡Crucifícalo!". Esta liturgia nos confronta con la fragilidad de nuestra propia condición y fidelidad, y nos invita a mirar no sólo a nuestras palmas, sino al Rey que las motiva.

El profeta Isaías nos presenta al "Siervo de Yahvé", quien tiene "lengua de discípulo" para consolar al abatido. La escucha atenta; cada mañana, Dios le "espabila el oído". Esta es la clave de la Pasión: Jesús no se resiste al sufrimiento porque está en comunión constante con la voluntad del Padre. La fortaleza en el ultraje; aunque le arrancan la barba y lo escupen, el Siervo no retrocede porque confía en que el Señor lo ayuda. Es firme en su misión de amor. El Siervo  ofrece su espalda a los que lo golpean y no oculta su rostro a los insultos. Jesús encarna a este siervo; a pesar del sufrimiento físico y moral, "no retrocede" porque confía plenamente en que Dios lo ayuda. Ante el sufrimiento propio o ajeno, Jesús nos enseña a no reaccionar con odio, sino aprender del dolor y transformarlo en un acto de amor. El "Siervo de Yahvé" es alguien que no habla por orgullo, sino porque primero ha aprendido a escuchar con el oído abierto. El profeta dice: "El Señor me ha abierto el oído". Jesús es el discípulo perfecto que escucha al Padre cada mañana. Antes de hablar al mundo, escucha a Dios. La palabra de aliento: ¿Para qué quiere Jesús esa lengua de discípulo? "Para saber decir al abatido una palabra de aliento". En su Pasión, Jesús no usa su voz para defenderse, sino para perdonar y consolar. 

San Pablo nos ofrece el himno cristológico más profundo: Cristo no se aferró a su categoría de Dios, sino que se anonadó (se vació), es el Dios que se despoja. El camino de la humillación es éste: Tomó la condición de esclavo y aceptó la muerte de cruz. La exaltación es, precisamente, en este abajamiento, donde Dios lo exalta. Sólo quien se humilla es levantado por el Padre. Jesús "no hizo alarde de su categoría", sino que se despojó de todo y tomó la condición de último, aceptando incluso la muerte de cruz. Aquí vemos el camino inverso al de nuestro orgullo humano. El despojo (la kénosis) donde Jesús, siendo Dios, no se aferra a su categoría. Se vacía de su gloria. Mientras nosotros luchamos por subir, por tener más poder y reconocimiento, Dios lucha por bajar. He aquí la escala de la humildad. Pablo describe un descenso por niveles, de Dios a hombre, de hombre a esclavo, y de esclavo a la muerte de cruz (la muerte más infame de su tiempo). Y es que solamente porque Jesús bajó hasta lo más profundo, "Dios lo levantó sobre todo y le dio el Nombre sobre todo nombre". La verdadera gloria no es la que nosotros nos damos, sino la que Dios nos da cuando nos hacemos pequeños. Esta Semana es una invitación a "morir" a nuestro orgullo y egoísmo para poder resucitar con Él el domingo de Pascua. 

En la lectura de la Pasión vemos cómo todo sucede "para que se cumpla". A diferencia de otros evangelistas, Mateo insiste constantemente en que todo lo que Jesús sufre está previsto en las Escrituras. La traición por treinta monedas: Era el precio de un esclavo (Zacarías 11,12). Jesús se deja tasar como lo más bajo de la sociedad por amor a nosotros. En Mateo, Jesús no es una víctima pasiva, Él sabe lo que viene: En el Huerto de Getsemaní, aunque siente tristeza y angustia, dice: "Hágase tu voluntad". Dios no improvisa. Incluso en los momentos más oscuros de nuestra vida, cuando parece que el mal triunfa, Dios tiene un plan de salvación que se está cumpliendo. Un rasgo impactante en este relato de la Pasión  es el silencio de Jesús ante Caifás y Pilato. Mientras el mundo lo acusa con mentiras y gritos, Jesús calla. Su silencio es un juicio al sistema corrupto y una muestra de su soberanía. Sin embargo, desde la Cruz, Mateo recoge el grito más desgarrador: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" (Salmo 22). Jesús no se siente solo; Él está rezando el salmo del sufriente que, a pesar del dolor, confía en Dios. Él carga con nuestra sensación de abandono para que nosotros nunca estemos solos. El Domingo de Ramos no es un desfile de modas ni una tradición hueca y vacía. Es el día en que aceptamos a un Rey que reina desde un madero. Mateo termina el relato con el sepulcro sellado y custodiado, pero con la certeza de que la muerte no tiene la última palabra... Os invito a los que ya no tenéis padrinos ni madrinas, a que llevéis vuestro ramo a casa y lo coloquéis tras el crucifijo. Que ese ramo seco sea un recordatorio durante todo el año de que seguir a Jesús significa estar con Él en el triunfo, pero sobre todo, no abandonarlo en la cruz.

Evangelio del Domingo de Ramos

Pasión de nuestro Señor Jesucristo según San Mateo 26, 14 – 27, 66

Cronista - C. En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a los sumos sacerdotes y les propuso:
Sinagoga/pueblo - S. «¿Qué estáis dispuestos a darme si os lo entrego?».

C. Ellos se ajustaron con él en treinta monedas de plata. Y desde entonces andaba buscando ocasión propicia para entregarlo.

C. El primer día de los Ácimos se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron:
S. ¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?».

C. Él contestó:
Jesús + «Id a la ciudad, a casa de quien vosotros sabéis, y decidle: “El Maestro dice: mi hora está cerca; voy a celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos”».

C. Los discípulos cumplieron las instrucciones de Jesús y prepararon la Pascua.

C. Al atardecer se puso a la mesa con los Doce. Mientras comían dijo:
+ «En verdad os digo que uno de vosotros me va a entregar».

C. Ellos muy entristecidos, se pusieron a preguntarle uno tras otro
S. «¿Soy yo acaso, Señor?».

C. Él respondió:
+ «El que ha metido conmigo la mano en la fuente, ese me va a entregar. El Hijo del hombre se va como está escrito de él; pero, ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre es entregado!, ¡más le valdría a ese hombre no haber nacido!».

C. Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar:
S. «¿Soy yo acaso, Maestro?».

C. Él respondió:
+ «Tú lo has dicho».

C. Mientras comían, Jesús tomó pan y, después de pronunciar la bendición, lo partió, lo dio a los discípulos y les dijo:
+ «Tomad, comed: esto es mi cuerpo».

C. Después tomó el cáliz, pronunció la acción de gracias y dijo:
+ «Bebed todos; porque esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos para el perdón de los pecados. Y os digo que desde ahora ya no beberé del fruto de la vid hasta el día que beba con vosotros el vino nuevo en el reino de mi Padre».

C. Después de cantar el himno salieron para el monte de los Olivos.

C. Entonces Jesús les dijo:
+ «Esta noche os vais a escandalizar todos por mi causa, por- que está escrito: “Heriré al pastor, y se dispersarán las ovejas del rebaño”. Pero cuando resucite, iré delante de vosotros a Galilea».

C. Pedro replicó:
S. «Aunque todos caigan por tu causa, yo jamás caeré».

C. Jesús le dijo:
+ «En verdad te digo que esta noche, antes de que el gallo cante, me negarás tres veces».

C. Pedro le replicó:
S. «Aunque tenga que morir contigo, no te negaré».

C. Y lo mismo decían los demás discípulos.

C. Entonces Jesús fue con ellos a un huerto, llamado Getsemaní, y dijo a los discípulos:
+ «Sentaos aquí, mientras voy allá a orar».

C. Y llevándose a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, empezó a sentir tristeza y angustia.
Entonces les dijo:
+ «Mi alma está triste hasta la muerte; quedaos aquí y velad conmigo».

C. Y adelantándose un poco cayó rostro en tierra y oraba diciendo:
+ «Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz. Pero no se haga como yo quiero, sino como quieres tú».

C. Y volvió a los discípulos y los encontró dormidos. Dijo a Pedro:
+ «¿No habéis podido velar una hora conmigo? Velad y orad para no caer en la tentación, pues el espíritu está pronto, pero la carne es débil».

C. De nuevo se apartó por segunda vez y oraba diciendo:
+ «Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad».

C. Y viniendo otra vez, los encontró dormidos, porque sus ojos se cerraban de sueño. Dejándolos de nuevo, por tercera vez oraba repitiendo las mismas palabras.
Volvió a los discípulos, los encontró dormidos y les dijo:
+ «Ya podéis dormir y descansar. Mirad, está cerca la hora y el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levantaos, vamos! Ya está cerca el que me entrega».

C. Todavía estaba hablando, cuando apareció Judas, uno de los Doce, acompañado de un tropel de gente, con espadas y palos, enviado por los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo. El traidor les había dado esta contraseña:
S. «Al que yo bese, ese es: prendedlo».

C. Después se acercó a Jesús y le dijo:
S. «¡Salve, Maestro!».

C. Y lo besó. Pero Jesús le contestó:
+ «Amigo, ¿a qué vienes?».

C. Entonces se acercaron a Jesús y le echaron mano y lo prendieron. Uno de los que estaban con él agarró la espada, la desenvainó y de un tajo le cortó la oreja al criado del sumo sacerdote.
Jesús le dijo:
+ «Envaina la espada; que todos los que empuñan espada, a espada morirán. ¿Piensas tú que no puedo acudir a mi Padre? Él me mandaría enseguida más de doce legiones de ángeles. ¿Cómo se cumplirían entonces las Escrituras que dicen que esto tiene que pasar?».

C. Entonces dijo Jesús a la gente:
+ «¿Habéis salido a prenderme con espadas y palos como si fuera un bandido? A diario me sentaba en el templo a enseñar y, sin embargo, no me prendisteis. Pero todo esto ha sucedido para que se cumplieran las Escrituras de los profetas».

C. En aquel momento todos los discípulos lo abandonaron y huyeron.

C. Los que prendieron a Jesús lo condujeron a casa de Caifás, el sumo sacerdote, donde se habían reunido los escribas y los ancianos. Pedro lo seguía de lejos hasta el palacio del sumo sacerdote y, entrando dentro, se sentó con los criados para ver cómo terminaba aquello.

Los sumos sacerdotes y el Sanedrín en pleno buscaban un falso testimonio contra Jesús para condenarlo a muerte y no lo encontraban, a pesar de los muchos falsos testigos que comparecían. Finalmente, comparecieron dos que declararon:
S. «Este ha dicho: “Puedo destruir el templo de Dios y reconstruirlo en tres días”».

C. El sumo sacerdote se puso en pie y le dijo:
S. ¿No tienes nada que responder? ¿Qué son estos cargos que presentan contra ti?».

C. Pero Jesús callaba. Y el sumo sacerdote le dijo:
S. «Te conjuro por el Dios vivo a que nos digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios».

C. Jesús le respondió:
+ «Tú lo has dicho. Más aún, yo os digo: desde ahora veréis al Hijo del hombre sentado a la derecha del Poder y que viene sobre las nubes del cielo».

C. Entonces el sumo sacerdote rasgó sus vestiduras diciendo:
S. «Ha blasfemado. ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Acabáis de oír la blasfemia. ¿Qué decidís?».

C. Y ellos contestaron:
S. «Es reo de muerte».

C. Entonces le escupieron a la cara y lo abofetearon; otros lo golpearon diciendo:
S. «Haz de profeta, Mesías; dinos quién te ha pegado».

C. Pedro estaba sentado fuera en el patio y se le acercó una criada y le dijo:
S. «También tú estabas con Jesús el Galileo».

C. Él lo negó delante de todos diciendo:
S. «No sé qué quieres decir».

C. Y al salir al portal lo vio otra y dijo a los que estaban allí:
S. «Este estaba con Jesús el Nazareno».

C. Otra vez negó él con juramento:
S. «No conozco a ese hombre».

C. Poco después se acercaron los que estaban allí y dijeron a Pedro:
S. «Seguro; tú también eres de ellos, tu acento te delata».

C. Entonces él se puso a echar maldiciones y a jurar diciendo:
S. «No conozco a ese hombre».

C. Y enseguida cantó un gallo. Pedro se acordó de aquellas palabras de Jesús: «Antes de que cante el gallo me negarás tres veces». Y saliendo afuera, lloró amargamente.

C. Al hacerse de día, todos los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo se reunieron para preparar la condena a muerte de Jesús. Y, atándolo, lo llevaron y lo entregaron a Pilato, el gobernador.

C. Entonces Judas, el traidor, viendo que lo habían condenado, se arrepintió y devolvió las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y ancianos diciendo:
S. «He pecado entregando sangre inocente».

C. Pero ellos dijeron:
S. «¿A nosotros qué? ¡Allá tú!».

C. Él, arrojando las monedas de plata en el templo, se marchó; y fue y se ahorcó. Los sacerdotes, recogiendo las monedas de plata, dijeron:
S. «No es lícito echarlas en el arca de las ofrendas, porque son precio de sangre».

C. Y, después de discutirlo, compraron con ellas el Campo del Alfarero para cementerio de forasteros. Por eso aquel campo se llama todavía «Campo de Sangre». Así se cumplió lo dicho por medio del profeta Jeremías:
«Y tomaron las treinta monedas de plata, el precio de uno que fue tasado, según la tasa de los hijos de Israel, y pagaron con ellas el Campo del Alfarero, como me lo había ordenado el Señor».

C. Jesús fue llevado ante el gobernador, y el gobernador le preguntó:
S. «¿Eres tú el rey de los judíos?».

C. Jesús respondió:
+ «Tú lo dices».

C. Y, mientras lo acusaban, los sumos sacerdotes y los ancianos no contestaba nada. Entonces Pilato le preguntó:
S. «¿No oyes cuántos cargos presentan contra ti?».

C. Como no contestaba a ninguna pregunta, el gobernador estaba muy extrañado. Por la fiesta, el gobernador solía liberar un preso, el que la gente quisiera. Tenía entonces un preso famoso, llamado Barrabás. Cuando la gente acudió, dijo Pilato:
S. «¿A quién queréis que os suelte, a Barrabás o a Jesús, a quien llaman el Mesías?».

C. Pues sabía que se lo habían entregado por envidia, Y, mientras estaba sentado en el tribunal, su mujer le mandó a decir:
S. «No te metas con ese justo porque esta noche he sufrido mucho soñando con él».

C. Pero los sumos sacerdotes y los ancianos convencieron a la gente para que pidieran la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús.
El gobernador preguntó:
S. «¿A cuál de los dos queréis que os suelte?».

C. Ellos dijeron:
S. «A Barrabás».

C. Pilato les preguntó:
S. ¿Y qué hago con Jesús, llamado el Mesías?».

C. Contestaron todos:
S. «Sea crucificado».

C. Pilato insistió:
S. «Pues, ¿qué mal ha hecho?».

C. Pero ellos gritaban más fuerte:
S. «¡Sea crucificado!».

C. Al ver Pilato que todo era inútil y que, al contrario, se estaba formando un tumulto, tomó agua y se lavó las manos ante la gente, diciendo:
S. «¡Soy inocente de esta sangre. Allá vosotros!».

C. Todo el pueblo contestó:
S. «¡Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos!».

C. Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran.

C. Entonces los soldados del gobernador se llevaron a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de él a toda la cohorte: lo desnudaron y le pusieron un manto de color púrpura y, trenzando una corona de espinas, se la ciñeron a la cabeza y le pusieron una caña en la mano derecha. Y, doblando ante él la rodilla, se burlaban de él diciendo:
S. «¡Salve, rey de los judíos!».

C. Luego le escupían, le quitaban la caña y le golpeaban con ella la cabeza. Y, terminada la burla, le quitaron el manto, le pusieron su ropa y lo llevaron a crucificar.

C. Al salir, encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo forzaron a llevar su cruz.
Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota (que quiere decir lugar de «la Calavera»), le dieron a beber vino mezclado con hiel; él lo probó, pero no quiso beberlo. Después de crucificarlo, se repartieron su ropa echándola a suertes y luego se sentaron a custodiarlo. Encima de la cabeza colocaron un letrero con la acusación: «Este es Jesús, el rey de los judíos».
Crucificaron con él a dos bandidos, uno a la derecha y otro a la izquierda.

C. Los que pasaban, lo injuriaban, y, meneando la cabeza, decían:
S. «Tú que destruyes el templo y lo reconstruyes en tres días, sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, baja de la cruz».

C. Igualmente los sumos sacerdotes con los escribas y los ancianos se burlaban también diciendo:
S. «A otros ha salvado y él no se puede salvar. ¡Es el Rey de Israel!, que baje ahora de la cruz y le creeremos. Confió en Dios, que lo libre si es que lo ama, pues dijo: «Soy Hijo de Dios”».

C. De la misma manera los bandidos que estaban crucificados con él lo insultaban.

C. Desde la hora sexta hasta la hora nona vinieron tinieblas sobre toda la tierra. A la hora nona, Jesús gritó con voz potente:
+ «Elí, Elí, lemá sabaqtaní?».

C. (Es decir:
+ «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»).

C. Al oírlo algunos de los que estaban allí dijeron:
S. «Está llamando a Elías».

C. Enseguida uno de ellos fue corriendo, cogió una esponja empapada en vinagre y, sujetándola en una caña, le dio de beber.
Los demás decían:
S. «Déjadlo, a ver si viene Elías a salvarlo».

C. Jesús, gritando de nuevo con voz potente, exhaló el espíritu.

(Todos se arrodillan, y se hace una pausa.)

C. Entonces el velo del templo se rasgó en dos de arriba abajo; la tierra tembló, las rocas se resquebrajaron, las tumbas se abrieron y muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron y, saliendo de las tumbas después que él resucitó, entraron en la ciudad santa y se aparecieron a muchos.
El centurión y sus hombres, que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y lo que pasaba, dijeron aterrorizados:
S. «Verdaderamente este era Hijo de Dios».

C. Había allí muchas mujeres que miraban desde lejos, aquellas que habían seguido a Jesús desde Galilea para servirlo; entre ellas, María la Magdalena y María, la madre de Santiago y José, y la madre de los hijos de Zebedeo.

C. Al anochecer llegó un hombre rico de Arimatea, llamado José, que era también discípulo de Jesús. Este acudió a Pilato a pedirle el cuerpo de Jesús. Y Pilato mandó que se lo entregaran. José, tomando el cuerpo de Jesús, lo envolvió en una sábana limpia, lo puso en su sepulcro nuevo que se había excavado en la roca, rodó una piedra grande a la entrada del sepulcro y se marchó. María la Magdalena y la otra María se quedaron allí sentadas enfrente del sepulcro.

C. A la mañana siguiente, pasado el día de la Preparación, acudieron en grupo los sumos sacerdotes y los fariseos a Pilato y le dijeron:
S. «Señor, nos hemos acordado de que aquel impostor estando en vida anunció: «A los tres días resucitaré”. Por eso ordena que vigilen el sepulcro hasta el tercer día, no sea que vayan sus discípulos, se lleven el cuerpo y digan al pueblo:
“Ha resucitado de entre los muertos”. La última impostura sería peor que la primera».

C. Pilato contestó:
S. «Ahí tenéis la guardia: id vosotros y asegurad la vigilancia como sabéis».

C. Ellos aseguraron el sepulcro, sellando la piedra y colocando la guardia.

Palabra del Señor

La procesión por fuera y por dentro. Por Monseñor Fray Jesús Sanz Montes O. F. M.

Tiene garra envolvente lo que celebramos en estos días venideros en todo el mundo los cristianos. La envoltura tiene arte, cultura y fe: la Semana Santa es la cita. Se agolpan los recuerdos y se pierde la vista en la remembranza de otra edad, con diversos escenarios, mientras iba creciendo la conciencia cristiana de lo que significan estos días tan especiales en el calendario de nuestra fe. Son días de primavera primeriza, como cuando de niño los vivía en el ambiente de mi Madrid natal de la mano de mis mayores en alguna procesión de Semana Santa. Mi estatura infantil conseguía sacar entrada de primera fila subido al adoquín de la acera viendo lo que allí desfilaba con piadosa exhibición.

Mis ojos abiertos de par en par, sin pestañear leían esa página de tradición sagrada en el libro de un desfile que paseaba una historia de amor. Agarrado a la mano mi abuela, no perdía ripio de cuanto allí se insinuaba entre soldados romanos, sibilas cantarinas, extras judíos y muchos capuchones que tapaban su nombre y su rostro mientras descalzos caminaban cual penitentes de la calzada. Finalmente venían los pasos paseados del mejor arte y de la más rendida fe hecha talento y piedad: todo un relato de la pasión del Señor al que se ponía ruedas, proponiendo en las carrozas religiosas escenas de un precio que Dios quiso pagar para rescatar nuestra felicidad secuestrada, para encauzar nuestra perdida salvación que esperaba el abrazo redentor.

Cuando luego ya de adulto me fijo en los pequeños que se agolpan en las aceras sostenidos por sus padres o sus abuelos, se me va la imaginación a aquella época de antaño y me surge la gratitud por el hondo significado que tiene la escenografía creyente de nuestras procesiones “semanasanteras”. Es algo que debemos saber agradecer a las Cofradías y Hermandades de nuestros pueblos y ciudades. A ellos les hace bien, y ellos hacen tanto bien a quienes contemplan el resultado del esfuerzo artístico y piadoso de todo ese trabajo bien realizado en varios meses de preparación, un bien que se completa desde la formación cristiana de sus miembros y desde el testimonio en la caridad.

Es el relato de algo que sigue sucediendo hoy porque Dios sigue dando su vida y acompañando la nuestra como hace veinte siglos, como desde toda la eternidad y para siempre jamás. Acaso se llamará de otro modo la traición de los judas modernos que amañarán con su beso la triste recompensa de 30 monedas por su deriva; distinto aparecerá el huerto de Getsemaní en donde entre sudores de sangre y somnolencias discipulares se volverá a apresar a un Dios inocente; serán otras las lágrimas que los pedros verterán en los patios de la indiferencia o de la fobia contra Cristo; los caifás, los pilatos y los barrabases seguirán saliendo a la escena cada cual con su insidia, su cobardía o su aprovechamiento; y otro nombre llevará la vía dolorosa en la que repetirán blasfemos su crucifícale quienes entregados decían antes sus hosannas; pero serán únicos quienes como María y Juan estén al pie de la cruz de cada crucificado, en donde un único Jesús no deja de dar hasta la última gota de su amor redentor.

Es la remembranza de nuestras procesiones. Nuestra procesión continúa hoy teniendo como cirineo nada menos que a Dios, y Él también nos ofrece su lienzo como aquella conmovida Verónica, y nos consuela en nuestros llantos, y se deja clavar en la cruz de nuestros despropósitos torpes y tardíos. En esta procesión que se llama falta de fe, falta de pan, falta de trabajo, falta de esperanza, falta de significado, falta de paz Dios se hace encontradizo. Mis ojos de adulto hoy, como ayer aquellos ojos de niño, se vuelven a sorprender agradecidos porque en la vida Dios se asoma a nuestra procesión cuando nosotros nos asomamos a la de Él. La procesión tiene este recuerdo y este reclamo, dichoso quien se adentra en ella con devoción y hondura como testimonio de la fe en estos días santos.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

viernes, 27 de marzo de 2026

En apoyo, comunión y defensa del Sr. Arzobispo de Oviedo. Reflexiones de un cristianos no de base, por R.H.M.


Ante la campaña de ataque y desprestigio iniciada en prensa y redes sociales contra nuestro Padre y Pastor, incentivada por siete sacerdotes diocesanos y un padre jesuita, sería interesante tener en consideración como católicos de la Archidiócesis de Oviedo algunas refelexiones:

1° Avergüenza profundamente que los que se supone son los colaboradores más directos del Arzobispo en el servicio al pueblo de Dios hayan antepuesto la ideología a su vocación. Los presbíteros, como recordó el Concilio Vaticano II, considerando que sólo el obispo ostenta la plenitud del sacramento del Orden, acatan su autoridad reconociendo en ésta la de Cristo, supremo Pastor. La vida y ministerio del sacerdote no se entiende sin la unión con el obispo con sincera caridad y obediencia, ya que sólo así desde esta obediencia sacerdotal, ungida de espíritu de cooperación, pueden vivir su vocación. Por esto, ‘’Ningún presbítero, por ende, puede cumplir cabalmente su misión aislada o individualmente, sino tan sólo uniendo sus fuerzas con otros presbíteros, bajo la dirección de quienes están al frente de la Iglesia’’ (P.O. nº 7)

2° Los sacerdotes deben manifestar con su vida plena comunión con su Obispo, con quien han de vivir una unión espiritual y jerárquica basada en el respeto, la obediencia y la misión compartida, al formar bajo su autoridad diocesana el presbiterio, llamado a ser signo de la unidad de la Iglesia. Esta unión se fundamenta en la participación del mismo sacerdocio de Cristo, manifestándose principalmente en la obediencia pastoral y la colaboración en el ministerio. Como enfatizó San Juan Pablo II en Pastores Dabo Vovis Nº17: ‘’El ministerio de los presbíteros es, ante todo, comunión y colaboración responsable y necesaria con el ministerio del obispo’’. También el Papa Francisco señaló con acierto que un sacerdote nunca vivirá auténticamente su ministerio sin cuidar las cuatro cercanías que le son propias: con Dios, con su obispo, con sus hermanos sacerdotes y con el pueblo de Dios.

3° Un cristiano no puede dejar de solidarizarse con la situación de acoso y derribo, insultos y ataques que ha sufrido Monseñor Sanz, simplemente por dar su opinión, que muchos reconocemos como voz profética y valiente. Lo vivido estas semanas atrás es una muestra clara de la falta de libertad que se vive en la sociedad y que ejercen personas supuestamente de Iglesia, muy amigos de presentarse como promotores de la diversidad, aunque luego en la práctica intentan destruir al que piensa diferente. Es este un gesto muy poco caritativo de quienes se dicen seguidores de Jesús de Nazaret y su Evangelio. Nos viene bien -como pidió el Papa Francisco- tomar conciencia de que ‘’Nuestras comunidades sólo desde el corazón lograrán unir sus inteligencias y voluntades diversas y pacificarlas para que el Espíritu nos guíe como red de hermanos, ya que pacificar también es tarea del corazón. El Corazón de Cristo es éxtasis, es salida, es donación y encuentro. En él nos volvemos capaces de relacionarnos de un modo sano y feliz, y de construir en este mundo el Reino de amor y de justicia. Nuestro corazón, unido al de Cristo, es capaz de este milagro social’’ (Dilexit nos nº 28)

4° Se han malinterpretado y manipulado las palabras de nuestro Arzobispo, cuya reflexión está perfectamente integrada en lo que contempla la Doctrina Social de la Iglesia. No se pueden admitir a todos sin tener capacidad de acogerles, protegerles, promoverles e integrarles como ellos merecen. Al mismo tiempo, deben considerarse los derechos “de las sociedades de destino de los mismos inmigrantes” (Caritas in Veritate 62). En este sentido: “La regulación de los flujos migratorios según criterios de equidad y de equilibrio es una de las condiciones indispensables para conseguir que la inserción se realice con las garantías que exige la dignidad de la persona humana. Los inmigrantes deben ser recibidos en cuanto personas y ayudados, junto con sus familias, a integrarse en la vida social” (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 298). Habría más preguntas que hacerse: ¿realmente preocupa al gobierno la situación de nuestros migrantes o su regularización, o es sólo una estrategia política de cara a las próximas elecciones? ¿Se ha hecho un estudio serio de cómo se va a concretar cada caso? ¿Cómo afectará a la estabilidad, por ejemplo, de la seguridad social, ya colapsada?... Sigue siendo de actualidad el juicio que San Pablo VI dio ante estas realidades de la sociedad post-industrial, donde ha quedado de relieve la insuficiencia de las ideologías para responder a los desafíos de la emigración (Compendio de la Doctrina social de la Iglesia, 100).

5° Queda patente que nos encontramos ante un mal tantas veces denunciado por el Papa Francisco: la falta de comunión, que se traduce en aislamiento e individualismo dentro de la vivencia del sacerdocio. Que la mayoría de los sacerdotes firmantes no participaran con asiduidad de la vida de la Diócesis, que no renovaran anualmente en la misa crismal su promesa de obediencia, ni asistan a la formación permanente o los jubileos sacerdotales de San Juan de Ávila o Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote, revela en buena medida esta "enfermedad" señalada por el anterior Pontífice. Para Francisco, era preocupante observar en el clero ‘’división ideológica’’ y ‘’amargura’’. Los firmantes de la nota contra nuestro Arzobispo, en fondo y forma se ajustan en gran medida a ese perfil.

6° Es, al mismo tiempo, motivo para dar gracias por los movimientos laicales que han salido en defensa de nuestro Prelado, y que también han sido atacados en redes sociales por algunos de esos sacerdotes. Un ejemplo del clericalismo que tanto criticó el Papa Francisco, y una negación del "sensus fidei". También oramos por estos sacerdotes, muchos de ellos viviendo una vida contraria a lo que la Iglesia pide, predicando lo contrario de lo que la Iglesia enseña, e incluso con sus propias ideas que consideran por encima de todas. El Señor nos pidió orar por los enemigos; gracias a sus ataques e insultos nuestro Arzobispo encarna en su vida la advertencia del Señor: "os perseguirán". Toca pedir por la conversión de estos sacerdotes, animarles a regularizar su situación y a que dejen de escandalizar al pueblo de Dios con sus vidas, palabras y maltrato a la sagrada liturgia. Como invita el Papa León XIV: "El amor cristiano supera cualquier barrera, acerca a los lejanos, reúne a los extraños, familiariza a los enemigos, atraviesa abismos humanamente insuperables, penetra en los rincones más ocultos de la sociedad. Por su naturaleza, el amor cristiano es profético, hace milagros, no tiene límites: es para lo imposible. El amor es ante todo un modo de concebir la vida, un modo de vivirla. Pues bien, una Iglesia que no pone límites al amor, que no conoce enemigos a los que combatir, sino sólo hombres y mujeres a los que amar, es la Iglesia que el mundo necesita hoy" (Dilexi te nº 120)

7° Es digno de análisis y reflexión que los ocho sacerdotes firmantes, sean la mayoría jubilados, mayores de 65 años o viviendo en situación irregular. Un claro exponente de que son un reducto o muestra de "un ayer que pasó". No representan al Presbiterio ni a la Iglesia de Asturias. Hablar del Arzobispo como un ajeno, pero luego firmar como "un cristiano de base" como hizo un exsacerdote en su carta "A los curas de aquella época" que alentó lo que vino a continuación, pone de manifiesto que no se consideran parte de esta Iglesia, sino de la que tienen idealizada a su gusto, más Protestante -en fondo y forma- que Católica, les convendría interiorizar la enseñanza del Papa Francisco sobre aquellos que se quedan anclados en sus ideas y necesitan abrirse: "Desde la intimidad de cada corazón, el amor crea vínculos y amplía la existencia cuando saca a la persona de sí misma hacia el otro. Hechos para el amor, hay en cada uno de nosotros «una ley de éxtasis: salir de sí mismo para hallar en otro un crecimiento de su ser». Por ello «en cualquier caso el hombre tiene que llevar a cabo esta empresa: salir de sí mismo» (Fratelli Tutti nº 88).

RECUERDA

 



jueves, 26 de marzo de 2026

Nota de la Subcomisión para la Familia y Defensa de la Vida: «contemplamos con profundo dolor la situación de Noelia»

(C.E.E.) Celebrábamos ayer la Jornada por la Vida, en el contexto de la Solemnidad de la Encarnación del Señor, con el lema: “La vida, un don inviolable”. Hoy contemplamos con profundo dolor la situación de Noelia, esta joven de 25 años cuya historia refleja una acumulación de sufrimientos personales y carencias institucionales que interpelan a toda la sociedad. Su situación no puede ser interpretada solo en clave de autonomía individual, sino que exige una mirada más honda, capaz de reconocer el peso del sufrimiento psicológico, la soledad y la desesperanza.

1. Queremos subrayar que la eutanasia y el suicidio asistido no son un acto médico, sino la ruptura deliberada del vínculo del cuidado, y constituyen una derrota social cuando se presentan como respuesta al sufrimiento humano. En este caso, no estamos ante una enfermedad terminal, sino ante heridas profundas que reclaman atención, tratamiento y esperanza.

2. La dignidad de la persona humana no depende de su estado de salud, ni de su percepción subjetiva de la vida, ni de su grado de autonomía. Es un valor intrínseco que exige ser reconocido, protegido y promovido en toda circunstancia. Por ello, la respuesta verdaderamente humana ante el sufrimiento no puede ser provocar la muerte, sino ofrecer cercanía, acompañamiento, cuidados adecuados y apoyo integral.

3. Deseamos manifestar nuestra cercanía a Noelia y a su familia, asegurándoles nuestra oración, afecto y compromiso con una cultura del cuidado que no abandona a nadie. Al mismo tiempo, hacemos un llamamiento a toda la sociedad para reforzar los recursos de atención psicológica, el acompañamiento humano y las redes de apoyo, especialmente para las personas más vulnerables.

Cuando la vida duele, la respuesta no puede ser acortar el camino, sino recorrerlo juntos. Solo así podremos construir una sociedad verdaderamente justa, donde nadie se sienta solo ni descartado.

Mons. D. José Mazuelos Pérez, obispo de Canarias,
Presidente de la Subcomisión Episcopal para la Familia y Defensa de la Vida 

Mons. D. Ángel Pérez Pueyo, 
obispo de Barbastro-Monzón

Mons. D. Santos Montoya Torres, 
obispo de Calahorra y La Calzada-Logroño

Mons. D. Antonio Prieto Lucena, 
obispo de Alcalá de Henares

Mons. D. Gerardo Melgar Viciosa, 
obispo emérito de Ciudad Real