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martes, 15 de septiembre de 2026
Nuestra Señora de los Dolores: una devoción que mira a la cruz
(EWTN) Cada 15 de septiembre la Iglesia celebra la memoria de Nuestra Señora de los Dolores, una devoción muy extendida en los países mediterráneos que contempla a María al pie de la Cruz. El origen de esta conmemoración se remonta a finales del siglo XI, cuando comenzaron a surgir en Europa expresiones litúrgicas que destacaban la unión íntima de la Virgen con la Pasión de su Hijo.
En el siglo XIII, los frailes “Siervos de María” impulsaron especialmente esta espiritualidad, hasta que en 1668 se les permitió celebrar la Misa votiva de los Siete Dolores de María. Más adelante, el Papa Inocencio XII autorizó en 1692 la celebración de los Siete Dolores el tercer domingo de septiembre. Fue Pío VII quien, en 1814, extendió la fiesta a toda la Iglesia, y finalmente Pío X fijó la fecha definitiva el 15 de septiembre de 1913, justo después de la Exaltación de la Santa Cruz, cambiando su nombre a Nuestra Señora de los Dolores.
Un testimonio temprano de esta devoción lo encontramos en el célebre himno Stabat Mater, atribuido al beato Jacopone da Todi (1230-1306), que canta con intensidad poética la fidelidad de la Madre que permanece junto al Hijo crucificado.
María al pie de la Cruz
El Evangelio de san Juan relata: “Junto a la cruz de Jesús estaban su madre (…) y María Magdalena. Al ver a su madre y al discípulo a quien amaba, Jesús le dijo: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Luego dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu madre»”. (Jn 19,25-27).
Estas palabras son la última disposición de Cristo: confiar a María al discípulo amado y hacer de él hijo suyo. La tradición ha visto en este gesto un signo para toda la Iglesia: María es confiada a los cristianos y los cristianos son confiados a María. Así, la Madre de Jesús es también la Madre de la Iglesia.
Mujer y nueva Eva
El título con el que Jesús se dirige a María —“Mujer”— la vincula tanto con el episodio de Caná, donde su “hora” aún no había llegado, como con la escena de la Cruz, donde la hora de la redención se cumple. Al llamarla Mujer, Cristo la presenta como la nueva Eva, aquella que con su obediencia y su dolor participa en la obra redentora que el primer pecado había frustrado.
Madre y discípula fiel
La devoción a Nuestra Señora de los Dolores recuerda que María no solo es Madre, sino también discípula. Ella acompañó a Jesús desde el inicio, permaneció fiel hasta el final y, como había anunciado Simeón en el templo, una espada atravesó su corazón. Su martirio interior se transforma en testimonio de fidelidad radical al Hijo, y en modelo para todo discípulo que quiera seguir a Cristo en el camino de la cruz.
En esta festividad, la Iglesia contempla a María como la Madre que sufre, pero que no se derrumba; la discípula que enseña a permanecer firmes en la fe, incluso en medio del dolor, y la intercesora que acompaña a cada creyente en sus propios sufrimientos.
lunes, 14 de septiembre de 2026
Las banderas de la Perdonanza ya ondean en la torre de la Catedral de Oviedo
(El Comercio) «Quizá sea la escalada más emocionante que hago a lo largo del año». El escalador y guía de montaña Joaquín Álvarez ha coronado esta mañana, en una operación de aproximadamente una hora que comenzó a las diez, y tras ascender 85 metros de altura, la gran bandera roja con la Cruz de los Ángeles y otras cuatro más pequeñas, en la torre de la Catedral de Oviedo. Una tradición que simboliza la celebración del Jubileo y el inicio de la Perdonanza.
Una gesta que «este año ha sido muy agradable y ha ido muy bien porque estaba todo seco, más tranquilo que otros años con un día de orbayu». Una experiencia que «es una pasada», explica aún emocionado, pero con cierta dificultad a pesar de la experiencia, ya que ha subido el Naranjo de Bulnes más de quinientas veces. «Cuanto más alto y más verticalidad, tienes menos aparatos de seguridad. Vas subiendo por la aguja y tienes que ir adaptándote en los agarres a las formas y gárgolas de la Cruz; es una escalada de verdad», describió el vocal de la Federación de Deportes de Montaña.
Una escalada que le permite disfrutar durante unos minutos de unas vistas privilegiadas de Oviedo, sentir la sensación de estar en un escenario único, lo más alto de la Catedral.
Este es el pistoletazo de salida -recuperado en 2022- a la festividad de la Exaltación de la Santa Cruz. Hasta el lunes 21, fiesta de San Mateo, los ovetenses y visitantes podrán ganar la indulgencia plenaria con las condiciones que establece la Iglesia: confesión, comunión y rezo por las intenciones del Papa, el Padrenuestro y el Credo.
En este 2026 el tema es 'Unidos en la Cruz, constructores de paz', en referencia a dos de los ejes del Pontificado de León XIV: la unidad y la paz, según indicaron fuentes del Arzobispado de Oviedo.
A partir de ahora, cada día se celebrará la eucaristía a las 18.30 horas en la nave central de la Catedral. Los fieles podrán disfrutar en el Altar Mayor de la Cruz de los ángles, del siglo IX, que habitualmente se custodia en la Cámara Santa. El día de San Mateo, será el deán de la Catedral, don Benito Gallego, quien presida la eucaristía solemne a las 12 horas. Al finalizar esta celebración, al igual que la del día 14 -en este caso a las 18.30 horas-, se mostrará el Santo Sudario fernte al Altar Mayor para la veneración de los fieles.
«Ave crux, spes unica»: por qué la Iglesia exalta hoy la Santa Cruz
(Infovaticana) La Iglesia celebra este lunes 14 de septiembre la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, una fecha que puede resultar paradójica: el instrumento en el que murió Nuestro Señor Jesucristo aparece «exaltado» por la liturgia como signo de victoria. La celebración no repite el Viernes Santo, sino que contempla de modo particular la Cruz a la luz de la Resurrección y de la redención obrada por Cristo.
La fiesta hunde sus raíces en la Jerusalén del siglo IV y quedó posteriormente vinculada tanto a la veneración de la Cruz de Cristo como a la recuperación de la reliquia después de que los persas se apoderaran de ella en el siglo VII.
De instrumento de ejecución a signo de victoria
La crucifixión constituía una de las formas más duras y humillantes de ejecución empleadas en el mundo romano. La Iglesia no exalta la crueldad del suplicio ni presenta el sufrimiento como un bien en sí mismo. Lo que celebra es aquello que Cristo obró precisamente a través de la Cruz: el instrumento de muerte quedó convertido por su sacrificio redentor en signo de salvación y victoria.
Benedicto XVI lo explicó durante la Misa celebrada en Lourdes el 14 de septiembre de 2008: «Por su Cruz hemos sido salvados». El instrumento de suplicio se convirtió, por Cristo, en «fuente de vida, de perdón, de misericordia, signo de reconciliación y de paz». «La Iglesia nos invita a levantar con orgullo la Cruz gloriosa», añadió el Pontífice.
Por eso la Exaltación tiene un carácter distinto del Viernes Santo. Este inserta la veneración de la Cruz en la celebración de la Pasión y muerte del Señor. El 14 de septiembre, en cambio, la Cruz misma ocupa el centro de la fiesta y aparece de modo particularmente explícito como estandarte de la victoria de Cristo y árbol de salvación.
Una fiesta nacida en Jerusalén
Uno de los orígenes inmediatos de la celebración se encuentra en la dedicación, el 13 de septiembre del año 335, de las basílicas levantadas en Jerusalén sobre los lugares asociados a la muerte y Resurrección de Cristo. Al día siguiente se expuso solemnemente la Cruz que, según la tradición cristiana, había sido hallada por santa Elena, madre del emperador Constantino.
De esta celebración jerosolimitana procede la fecha del 14 de septiembre.
La tradición del hallazgo de la Vera Cruz se desarrolló ampliamente durante los siglos posteriores y la veneración del madero de la Cruz se difundió desde Tierra Santa a diferentes regiones de la cristiandad.
Los persas se llevaron la Cruz de Jerusalén
Otro episodio histórico reforzó el significado de la fecha. En el año 614, las fuerzas del rey persa Cosroes II conquistaron Jerusalén y se llevaron entre sus trofeos la reliquia venerada como la Cruz de Cristo.
Años después, el emperador bizantino Heraclio derrotó a los persas. Tras la victoria de Nínive, en 627, exigió la devolución de la reliquia, que regresó posteriormente a Jerusalén.
La memoria de aquella recuperación terminó uniéndose a la celebración ya existente y contribuyó a extenderla por Oriente y Occidente.
«No exaltamos una cruz cualquiera»
Los pontífices contemporáneos han insistido en que la celebración no consiste en glorificar un instrumento de tortura. Francisco explicó en 2014 que los cristianos «no exaltamos una cruz cualquiera», sino la Cruz de Jesús, precisamente porque en ella se manifestó el amor de Dios.
El año pasado, León XIV retomó esta idea durante el Ángelus del 14 de septiembre.
Al comentar el diálogo entre Jesús y Nicodemo, recordó que Dios utilizó «uno de los instrumentos de muerte más cruel que el hombre haya jamás inventado» y lo transformó, mediante la entrega de Cristo, «de medio de muerte a instrumento de vida».
Lea también: León XIV: «Dios, para redimir a los hombres, se hizo hombre y murió en la cruz»
La serpiente de bronce y el Evangelio de la fiesta
Las lecturas escogidas para el 14 de septiembre ayudan a explicar ese significado. El libro de los Números relata cómo, durante la travesía del desierto, quienes habían sido mordidos por serpientes podían salvarse mirando la serpiente de bronce levantada por Moisés.
El Evangelio de san Juan aplica esa imagen a Cristo: «Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre».
La liturgia culmina con una de las afirmaciones centrales del Evangelio: «Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único».
De ahí procede el sentido cristiano de la «exaltación». La Cruz no es un mero símbolo ni un recuerdo del suplicio romano: la Iglesia venera la Santa Cruz porque en ella Cristo ofreció el sacrificio de nuestra redención y convirtió el instrumento de muerte en signo de su victoria. Como recordó Benedicto XVI, desde entonces la Cruz es «signo de esperanza» y «estandarte de la victoria de Jesús».
domingo, 13 de septiembre de 2026
"¿Hasta siete veces?". Por Joaquín Manuel Serrano Vila
Toca hablar hoy de la lógica revolucionaria del perdón. Las lecturas de este Domingo XXIV del Tiempo Ordinario nos sitúan frente a uno de los núcleos más exigentes, pero a la vez más liberadores, de nuestra fe: la urgencia y la radicalidad del perdón. A menudo pensamos que perdonar es una debilidad o un simple acto de buena voluntad; sin embargo, la Palabra de Dios nos demuestra hoy que el perdón es una fuerza divina, una necesidad espiritual para nuestra propia conversión y sanación, y la única manera coherente de vivir como personas que pertenecen enteramente al Señor.
El libro del Eclesiástico nos habla con una sabiduría humana y espiritual apabullante. El autor sagrado define el rencor y la cólera como cosas abominables. Nos ofrece una radiografía exacta del corazón humano resentido, aquel que guarda rencor a su prójimo, pero luego pretende que Dios lo cure. El texto nos plantea una pregunta de una lógica aplastante: «Si un hombre guarda rencor a otro, ¿cómo puede pedir la salud al Señor? No tiene compasión de su semejante, ¿y pide perdón por sus propios pecados?». He aquí la trampa del resentimiento. El rencor es como un veneno que tomamos nosotros esperando que le haga daño al otros. Nos encadena al pasado y pudre nuestro presente. El sabio nos invita a un ejercicio de realismo: «Acuérdate de tu fin y deja de odiar; piensa en la muerte y en la corrupción, y guarda los mandamientos». Ante la brevedad de la vida, gastar el tiempo en alimentar enemistades es una necedad. El perdón comienza cuando quitamos los ojos de la ofensa y los ponemos en el Dios de la Alianza. El modelo de Dios como respuesta a esta sabiduría, nos lo da el Salmo 102: «El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia».
El apóstol San Pablo eleva la discusión a un nivel teológico y existencial profundo: «Ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo». Nuestra vida no es un proyecto aislado. Tanto en la vida como en la muerte, pertenecemos a Jesucristo. Si yo soy del Señor y mi hermano también es del Señor, ya no tengo derecho a juzgarlo, a condenarlo o a excluirlo de mi afecto. No podemos vivir reclamando derechos únicos y absolutos, ni sumergidos en el egoísmo. Perdonar al hermano es el reconocimiento práctico de que Cristo es el único Señor de la historia y de nuestras vidas.
En el Evangelio de san Mateo, Pedro se acerca a Jesús con una propuesta que él cree sumamente generosa: «Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?» (siete era el número de la perfección). Pedro pensaba que estaba yendo más allá del deber. La respuesta de Jesús rompe todos los esquemas: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete». Es decir, siempre. Jesús evoca la vieja ley de venganza de Lamec -quien decía que se vengaría setenta veces siete- y la invierte por completo: ahora la medida del cristiano es el perdón ilimitado. Para explicarlo, nos regala la parábola del siervo despiadado. Un empleado que debe diez mil talentos -una cantidad astronómica, equivalente a miles de años de trabajo-. Ante la súplica del empleado, el rey, movido a compasión, le perdona toda la deuda. Este rey es Dios, que nos ha condonado la deuda del pecado que jamás habríamos podido pagar por nosotros mismos. Ese mismo empleado sale y encuentra a un compañero que le debe cien denarios -el salario de unos pocos meses- y lo agarra por el cuello hasta casi estrangularle, y lo mete en la cárcel para que se los pague. No tiene compasión, olvidando por completo el rescate inmenso que él acaba de experimentar. El rey se entera y castiga al siervo despiadado. Jesús concluye de forma tajante: «Lo mismo hará con vosotros mi Padre celestial si cada uno no perdona de corazón a su hermano». La enseñanza de este domingo no es opcional. El perdón no es un sentimiento -a veces el dolor de la herida permanece-, sino una decisión de la voluntad sostenida por la gracia de Dios. Cuando rezamos el "Padre Nuestro", nos imponemos a nosotros mismos la medida: "Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden". Hoy la Palabra de Dios nos invita a revisar nuestras propias cuentas pendientes: ¿A quién tenemos "agarrado por el cuello" en nuestro corazón por una deuda del pasado; qué resentimiento familiar, laboral o comunitario nos está quitando la paz?.. Venimos a la eucaristía, donde Cristo actualiza el perdón supremo de la Cruz, y pidámosle que transforme nuestro corazón de piedra en un corazón de carne, capaz de recibir su misericordia y así también de transmitirla igualmente sin condiciones.
Evangelio Domingo XXIV del Tiempo Ordinario
Lectura del santo evangelio según san Mateo 18, 21-35
En aquel tiempo, acercándose Pedro a Jesús le preguntó:
«Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?».
Jesús le contesta:
«No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Por esto, se parece el reino de los cielos a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus criados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. El criado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo:
“Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo”.
Se compadeció el señor de aquel criado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda.
Pero al salir, el criado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba diciendo:
“Págame lo que me debes”.
El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba diciendo:
“Ten paciencia conmigo y te lo pagaré”.
Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía.
Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido.
Entonces el señor lo llamó y le dijo:
“¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo rogaste ¿no debías tener tú también compasión de un compañero, como yo tuve compasión de ti?”.
Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda.
Lo mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si cada cual no perdona de corazón a su hermano».
Palabra del Señor
Vuelta al cole, vuelta al cate. Por Monseñor Fray Jesús Sanz Montes O. F. M.
Ya hemos pasado páginas a este verano peleón con tantos sobresaltos de incendios por doquier, terremotos en Granada, invasiones en Ceuta. Pero se impone el regreso dentro de lo posible a una normalidad en nuestras agendas y quehaceres diarios. No en todos los lugares este regreso será fácil o inmediato, por lo que nos hacemos cargo de los distintos escenarios, y ofrecemos nuestro afecto, solidaridad y oraciones a los que tendrán que remontar su particular valle de lágrimas hasta esa altura donde el sol no es eclipsado.
Uno de los gestos que más nos llenan de alegría con la inevitable pizca de nostalgia, es ver a todos nuestros chavales que con sus mochilas o pequeñas maletinas de ruedas, se dirigen nuevamente a sus centros escolares. También ellos esperaban esta vuelta al colegio, reencontrarse con sus compañeros y amigos, subir curso con materias y profesores distintos. Habrán abierto ya los libros de las asignaturas que les esperan, tal vez habrán pasado por el rito de forrarlos como quien protege los secretos que poco a poco irán encontrando y desvelando.
Aunque a esa edad no hay perspectiva de largo recorrido, sino que se concentran los ojos en lo que inmediatamente se recuerda o lo que seguidamente se puede soñar, sin embargo, así se escribe con los renglones rectos o torcidos, con pulcritud o con algún borrón que otro, la historia inacabada de una joven biografía en esos niños y jóvenes que dilatan con su alegría nuestra esperanza en este mundo complejo y a veces contradictorio.
Pero la “vuelta al cole” no agota el recomienzo. En la comunidad cristiana también es tiempo de estreno. Las familias católicas desean que sus hijos sigan creciendo no sólo en sus cuerpos físicos con salud, ni sólo en sus conocimientos con la cultura aprendida en las aulas. Estos padres y madres miran a sus hijos también como cristianos a los que hay que acompañar para que aquello que tuvo comienzo en el día del bautismo, vaya paulatinamente madurando. Los padrinos pusieron voz a aquellos infantes, y su compromiso sostenía la voluntad de quienes todavía no podían asertar libremente las consecuencias de una vida cristiana. Es algo que siempre me impresiona cuando me toca bautizar a un bebé: los adultos presentes en la celebración bautismal, arropamos a ese pequeño, le deseamos lo mejor, rezamos por él a Dios y a la Virgen María, y nos anticipamos en su nombre para profesar en su nombre la fe de la Iglesia.
No se trata de una sustitución o de una imposición, sino simplemente desear con ese amoroso gesto que ese niño o niña reciba lo más y lo mejor que nosotros podemos brindarle. Por eso le vestimos y alimentamos, supliendo de momento sus gustos de ropa o sus preferencias de comida, pensando en ellos y en su bien. Exactamente igual que le ofrecemos también el anuncio de nuestra visión cristiana de la vida, hasta que llegando el momento ese bebé pueda asumirlo en la confirmación como adulto cristiano.
Por este motivo, hay también una “vuelta al cate”. La catequesis apropiada a su edad y a su itinerario cristiano también les aguarda. Allí les esperan igualmente los otros compañeros y amigos, los nuevos textos de formación religiosa, los catequistas y sacerdotes que los acompañarán. Es una alegría ver a nuestros niños y jóvenes volver a nuestras parroquias y colegios católicos para reemprender también ahí su catequesis que les permite seguir creciendo y madurando como cristianos. Porque el término educación se deriva del verbo latino “educere”, que significa acompañar en el camino, no eclipsar o secuestrar la libertad, sino sostenerla desde el afecto y la sabiduría de quien transmite los verdaderos valores que permiten a la otra persona crecer integralmente en su vida. Vuelta al cole y vuelta al cate: una alegría por este recomienzo que nos llena de esperanza.
+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo
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