Hoy celebramos la Solemnidad de Pentecostés, la plenitud de la Pascua y el nacimiento de la Iglesia misionera. Durante cincuenta días hemos caminado a la luz de la Resurrección, pero hoy esa luz se convierte en un fuego ardiente dentro de nosotros. Pentecostés no es un evento del pasado; es el "hoy" de Dios que sigue actuando en su Iglesia. Esta evidencia se hace verdad cada año en nuestra Catedral, como ocurrirá esta tarde en las ordenaciones diaconales y presbiterales. Las lecturas de este día nos ofrecen una maravillosa radiografía de cómo actúa el Paráclito: derriba los muros de la incomunicación, unifica la diversidad sin destruirla y nos capacita para el perdón y la misión. Pasemos a profundizar en cada mesa de la Palabra que el Señor nos sirve hoy.
El libro de los Hechos nos sitúa en el escenario del Cenáculo. Los discípulos estaban "todos juntos en el mismo lugar". A nivel superficial parece haber unidad, pero en realidad compartían el miedo y el aislamiento. De repente, irrumpen dos símbolos veterotestamentarios que evocan la teofanía del Sinaí: el viento fuerte y las lenguas de fuego. El viento es la fuerza creadora que reordena el caos. Limpia el aire viciado del encierro y sacude las estructuras paralizadas de los discípulos. El fuego es el que purifica las escorias del desánimo y enciende el celo apostólico. Ya no son lenguas mudas por el temor; ahora son lenguas inflamadas por el amor divino. El gran milagro de este pasaje no es que todos hablaran un idioma universal ficticio, sino que "cada uno los oía hablar en su propia lengua". Casi todos los años me escucháis esta reflexión, que me encanta, y es que en Pentecostés vemos la antítesis perfecta de la Torre de Babel. En Babel, el orgullo humano intentó asaltar el cielo y el resultado fue la confusión y la división. En Pentecostés, el Espíritu desciende del cielo y genera comunión. El Espíritu Santo no busca la uniformidad donde todos vistan, piensen o hablen igual; busca la unidad en la diversidad. Respeta la identidad cultural y personal de cada uno de los "partos, medos y elamitas", pero los sintoniza en una misma sinfonía: proclamar "las grandezas de Dios". Esta es una buena reflexión para hacernos hoy todos como Iglesia de Jesucristo: ¿Vivimos construyendo Babel en nuestras comunidades litigando por imponer visiones particulares, o dejamos que el Espíritu cree armonía desde nuestras diferencias?. Necesitamos orar con más insistencia "Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra". Ojalá pasemos del aislamiento de Babel a la sinfonía de Pentecostés.
En la segunda lectura San Pablo nos aterriza el misterio del Espíritu en la vida comunitaria y ordinaria de la Iglesia. El Apóstol nos regala una clave teológica fundamental, y es que "Nadie puede decir: 'Jesús es Señor', sino por el Espíritu Santo". Cada acto de fe, cada oración sincera y cada impulso de caridad que emerge en nuestras vidas no es mérito propio, sino fruto del huésped discreto de nuestras almas. San Pablo utiliza la metáfora del cuerpo humano para explicar la eclesiología de comunión. Diversidad de dones para el bien común: "Hay diversidad de carismas, pero un mismo Espíritu". Los ministerios y talentos dentro de la parroquia o diócesis no son títulos de propiedad para el orgullo personal, ni motivos de competencia. Son regalos dados "para el bien común". Cuánto insistía en esto el P. Ormieres, y que es el gran mensaje de este día: que seamos testigos siendo cada uno fieles a nuestro don. Una comunidad que no valora los distintos carismas se vuelve monótona y estéril, pero una comunidad donde los carismas no buscan la unidad se convierte en un campo de batalla faccioso. El Espíritu es el equilibrio perfecto: regala la variedad y garantiza la cohesión. Nos dice también el Apóstol: "Hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo". Y es que no acabamos de entender que no podemos ser rivales cuando a fin de cuentas todos llamamos a Dios "Padre".
El evangelio de esta Solemnidad tomada del capítulo 20 de San Juan nos habla de tres realidades que necesitamos interiorizar: Paz, envío y reconciliación. A diferencia del relato cronológico de Lucas en Hechos (cincuenta días después), el Evangelio de Juan nos sitúa en el mismo "atardecer de aquel día, el primero de la semana". Es el día de la Resurrección. Los discípulos están viviendo su propio "atardecer" existencial: puertas cerradas y corazones bloqueados por el miedo. Jesús rompe el cerco del miedo haciéndose presente en medio de ellos. No entra reprochando las traiciones ni las huidas de la Pasión. Sus primeras palabras constituyen el núcleo del mensaje pascual: "Paz a vosotros". Les muestra las manos y el costado, no para reclamar venganza, sino como credenciales de un amor que ha triunfado sobre el dolor y la muerte. Es en este contexto de paz y alegría recobrada donde se realiza el "Pentecostés joánico" mediante tres acciones correlativas. Primero el Envío Misionero: "Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo". La Iglesia no recibe el Espíritu para quedarse ensimismada disfrutando de un bienestar espiritual íntimo. El Espíritu es fuerza de proyección hacia fuera. En segundo lugar el Soplo Creador: "Sopló sobre ellos y les dijo: 'Recibid el Espíritu Santo'". Este gesto evoca directamente el Génesis (Gn 2, 7), cuando Dios sopló en aquel poco de arcilla para darle vida al hombre. Jesús realiza aquí la nueva creación. Y es que la humanidad caída es recreada gracias a la Pascua.Y por último, el Poder de Reconciliación: "A quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados". El primer gran encargo que recibe la Iglesia bajo la acción del Espíritu no es organizar grandes eventos, reuniones, campañas solidarias... sino administrar la misericordia divina. El pecado ata, encierra y levanta muros; el perdón libera, abre puertas y rehace los lazos rotos.
Hermanos, el diagnóstico de nuestra sociedad actual guarda grandes semejanzas con el Cenáculo previo a Pentecostés. Con frecuencia vivimos encerrados tras las puertas del miedo: miedo al futuro, miedo al diferente, miedo al sufrimiento. Nos parapetamos en nuestras ideologías y Babel resurge cuando somos incapaces de escucharnos y perdonarnos. Hoy el Señor Resucitado vuelve a ponerse en medio de nosotros. Él nos trae su "Paz". No permitamos que se apague la llama divina recibida en nuestro bautismo y en nuestra confirmación. Hoy apagaremos el cirio pascual; sí, pero que no se apague nunca la llama de la fe en nuestro corazón. Dejémonos sacudir por el viento del Espíritu. Abramos de par en par las ventanas de nuestras vidas por medio de la confesión para que entre el aire fresco de la gracia. Salgamos sin temor a nuestras calles, trabajos y familias a hablar el único idioma que todo ser humano comprende sin importar su origen: el idioma del amor, de la compasión, del reconocimiento del otro o diferente y del perdón mutuo.
"...Reparte tus siete dones
según la fe de tus siervos.
Por tu bondad y tu gracia,
dale al esfuerzo su mérito.
Salva al que busca salvarse
y danos tu gozo eterno".






