Estamos ya en el IV Domingo de Pascua, conocido tradicionalmente como el "Domingo del Buen Pastor"; la liturgia nos invita a contemplar la figura de Cristo no sólo como un guía, sino como el fundamento absoluto de nuestra existencia y salvación.Hoy nos unimos a toda la Iglesia para celebrar la LXIII Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones y la Jornada de Vocaciones Nativas. En este domingo del Buen Pastor, Jesús nos invita a descubrir el "don de Dios" que habita en nuestro corazón. No celebramos solo una búsqueda personal, sino un diálogo íntimo con quien nos amó primero. Oramos hoy especialmente para que muchos jóvenes escuchen la llamada al sacerdocio, a la vida consagrada y al servicio misionero, respondiendo con valentía a la pregunta: “¿Para quién soy yo?”.
En la primera lectura, encontramos a un Pedro transformado por el Espíritu Santo. Tras la curación de un lisiado, Pedro declara con audacia ante las autoridades que el milagro no es obra humana, sino del Nombre de Jesucristo Nazareno. El "Nombre" que salva. San Pedro utiliza la imagen bíblica de la piedra desechada por los arquitectos, que se convierte en la principal. Aquél que el mundo descartó y crucificó es el único soporte capaz de sostener el edificio de nuestra vida y de la Iglesia. El texto concluye con una afirmación rotunda: "No hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, por el cual podamos ser salvados". Esto nos recuerda que Jesús no es sólo una opción moral o espiritual, sino la fuente única de vida eterna.
San Juan en su primera carta, nos sumerge en el misterio del amor divino: "Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues lo somos". He aquí nuestra identidad como hijos. El Apóstol subraya que nuestra filiación no es un título honorífico, sino una realidad ontológica que ya poseemos. Sin embargo, esta identidad, igualmente tiene una dimensión de esperanza: aún no se ha manifestado plenamente lo que seremos. La promesa final es la semejanza total: "seremos semejantes a Él, porque lo veremos tal cual es". La meta de ser "ovejas" del Buen Pastor es, en última instancia, participar de la misma naturaleza divina del Padre.
El evangelio de este domingo, tomado del capítulo 10 de San Juan, nos presenta a Jesucristo como el Pastor que entrega la vida. Ver a Jesús como Pastor no es una afirmación cualquiera, ya que Él mismo se autodefinió como "buen Pastor". En el griego original, se usa el término kalós, que significa no solo "bueno", sino también el auténtico. A diferencia de quien cumple por obligación o interés (el asalariado), Jesús actúa por amor extremo. El asalariado huye ante el lobo, porque las ovejas no le pertenecen; Jesús, en cambio, enfrenta el peligro y da su vida libremente por ellas. Y esto parte de un conocimiento Íntimo: "Conozco a las mías y las mías me conocen". Este conocer no es intelectual, sino una comunión de vida similar a la que existe entre el Padre y el Hijo.También Jesús manifiesta su deseo de atraer a "otras ovejas que no son de este redil", buscando que haya "un solo rebaño y un solo pastor". Esta es la misión de la Iglesia: ser un espacio de acogida universal bajo la guía de Cristo; la universalidad de la Iglesia, la universalidad de la grey o rebaño del Buen Pastor. Celebrar al Señor como Pastor de nuestras almas, es una llamada a renovar nuestra confianza en su Pastoreo. En un mundo de "voces" que confunden, estamos invitados a agudizar el oído para reconocer la del Único que nos conoce por nuestro nombre y ha entregado todo por nosotros.







