martes, 2 de junio de 2026

Hermanas del Ángel de la Guarda arriesgan su seguridad para ayudar a migrantes en frontera de México

(globalsistersreport.org) La hermana del Ángel de la Guarda Lorena Hernández Jiménez aún recuerda uno de sus primeros casos como coordinadora de la oficina de refugiados en el refugio de la frontera entre México y Guatemala.

Dos hermanas, de 26 y 34 años, pasaron por el refugio que cinco hermanas del Ángel de la Guarda supervisan en Ixtepec (México). Las jóvenes huían de la extorsión de las pandillas de El Salvador. Hernández Jiménez les estaba ayudando a tramitar su solicitud de asilo, lo que incluía ver las fotos que se habían hecho después de que los miembros de la banda les dieran una paliza.

Todo comenzó con la extorsión: una banda local exigió a las hermanas que les pagaran 50 dólares a la semana. Cuando la hermana menor alegó que no tenía suficiente dinero para pagar, los hombres la llevaron al piso de arriba.

“La destrozaron por completo, desnudándola y golpeándola 15 veces con un bate de béisbol en la espalda”, dijo Hernández Jiménez.

Más tarde, le ocurrió lo mismo a su hermana. Cuando la pandilla se enteró de que las hermanas les habían denunciado a la policía, empezaron a amenazar a sus hijos.

Pero en el refugio tenían argumentos sólidos para solicitar asilo, con fotos de sus heridas como prueba y las continuas amenazas a su familia.

Para muchos migrantes que se dirigen al norte desde Centroamérica, especialmente los que buscan asilo, el refugio de las hermanas del Ángel de la Guarda en la frontera es una parada crucial.

En el Albergue Hermanos en el Camino los migrantes que reúnen los requisitos para solicitar asilo pueden quedarse durante meses; otros se quedan unas pocas noches, utilizando los recursos del albergue para curar sus heridas, utilizar el laboratorio informático, hacer llamadas, cortarse el pelo y recibir ropa nueva, y comer unos cuantos alimentos.

Pero para las hermanas, el refugio es más que un centro de recursos o una cama para pasar la noche; es una oportunidad para prevenir la trata e identificar a quienes puedan haberla sufrido en su ruta, ya que los inmigrantes son especialmente vulnerables a la explotación.

“Este espacio, sobre todo, es una vía para las víctimas [de la trata], pero en gran medida para su prevención”, afirmó la hermana del Ángel de la Guarda Carmela Gibaja Izquierdo, coordinadora de Red Ramá, la iniciativa de las hermanas contra la trata en Centroamérica. Aunque Gibaja Izquierdo reside en El Salvador, colabora estrechamente con el albergue y lo visita con regularidad.

“Aquí es donde les ayudamos a orientar su viaje, mostrándoles qué deben tener en cuenta, a dónde ir después, cómo cuidar de sí mismos”, explica Gibaja sobre sus esfuerzos contra la trata y añadió: “Algunos ya han sido víctimas [de la trata] de algún modo, así que les ayudamos a recuperarse de la experiencia”. Las hermanas notifican al Gobierno si la persona ha sufrido trata, al tiempo que ofrecen los servicios psicológicos del refugio.

Procedentes en su mayoría de Honduras, El Salvador o Guatemala, quienes viven en el centro a la espera de obtener el estatus de refugiado comparten una historia común: escapar de la violencia de las pandillas. A veces, la amenaza es la intimidación selectiva o el reclutamiento de sus hijos en las pandillas.

Una mujer que vive en el albergue con su familia contó a Global Sisters Report que las pandillas de El Salvador habían amenazado a su marido, un policía, quien se negó a entregarles sus armas. Tras las amenazas dirigidas a sus hijos, la pareja huyó con sus hijos pequeños a cuestas. Su hija llegó desnutrida, mientras que la mujer necesitaba servicios psicológicos por el trauma del viaje.

“Para trabajar con esta población, esto tiene que ser tu vocación porque es increíblemente difícil trabajar con personas que vienen con antecedentes traumáticos”, dijo Hernández Jiménez.

“La gente quiere que desaparezcan”

El estado de Oaxaca, donde se encuentra el refugio, tiene uno de los índices más altos de analfabetismo y pobreza extrema, y la ciudad de Ixtepec —con una población de unos 24 000 habitantes— se ha convertido en uno de los centros favoritos de la delincuencia organizada, que encuentra en los migrantes un blanco fácil, informaron las hermanas.

El padre Alejandro Solalinde, fundador del albergue, empezó a atender a los inmigrantes de La Bestia, el tren de mercancías en el que los inmigrantes vienen regularmente a la ciudad. Aquí, Solalinde daba de comer y charlaba con los inmigrantes a medida que iban llegando. Finalmente, encontró un terreno cercano donde supervisaría la construcción del refugio con el apoyo de las hermanas.

Más de 400 inmigrantes durmieron en el albergue la primera noche que abrió en febrero de 2007 y, según su sitio web, acoge a 20 000 al año. Hoy, con 160 camas, el refugio puede alojar hasta 600 personas por noche, cuando acogen grandes caravanas, si cubre el patio con colchones. Quienes solicitan el estatus de refugiado tienen su propio alojamiento, ya que este régimen es a largo plazo, y sus hijos asisten a una escuela local durante toda su estancia.

El tren de mercancías dejó de ser el medio de transporte elegido en 2014, tras la aprobación por parte de México del Programa Frontera Sur que impedía a los migrantes viajar seguros en él, sin riesgo de ser entregados. Hasta entonces, las hermanas acudían a las vías hasta las 2 de la madrugada para recibir a los recién llegados, registrarlos en el refugio y ofrecerles comida y atención médica.

Ahora, los migrantes llegan a caminar hasta 120 kilómetros (75 millas) para llegar al albergue, exponiéndose a mayores riesgos en el camino, como agresiones físicas o sexuales, extorsión y secuestro por parte de las pandillas, así como de las autoridades públicas.

“Hay que proteger estos refugios porque la gente quiere que desaparezcan”, afirma la hermana del Ángel de la Guarda Concepción Marroquín Nolasco, una de las primeras que ayudó en el refugio cuando abrió sus puertas. “Algunos refugios han sido incendiados, pero en realidad eso es más peligroso para la comunidad, porque entonces los migrantes se quedan sin ningún lugar adonde ir y pueden ser reclutados por pandillas o para vender drogas, o se convierten en víctimas de la trata”, expresó.

Según una encuesta realizada por The Washington Post y el periódico mexicano Reforma, seis de cada diez mexicanos afirman que los migrantes son una carga para su país, y casi el mismo número de encuestados apoya la deportación de los que atraviesan México para llegar a Estados Unidos. Solo el 7 % cree que México debería ofrecer la residencia a los inmigrantes centroamericanos que se dirigen a EE. UU.

“En este caso concreto, los vecinos no nos quieren porque piensan que los inmigrantes son delincuentes, así que hay mucho miedo en torno al albergue”, explica Marroquín Nolasco y añade: “Y tristemente sí, a veces cometen delitos… pero basta una persona para que todos los inmigrantes sean tachados de delincuentes”.

La lentitud de la búsqueda de asilo

Las hermanas del Ángel de la Guarda que dirigen el albergue pertenecen a Red Rahamum, iniciativa mexicana de hermanas contra la trata de personas que les proporciona información sobre noticias locales de interés y formación. (Red Rahamim es miembro de Talitha Kum, la red internacional de hermanas contra la trata).

Cuando llegan, los inmigrantes pasan dos entrevistas con voluntarios antes de que la hermana Hernández Jiménez, como coordinadora de la oficina de refugiados, les ayude a rellenar los papeles. A continuación, los acompaña al Instituto Nacional de Migración, a unos 65 kilómetros de distancia.

“Con estos primeros pasos dados, pueden sentirse seguros sabiendo que, pasando por el proceso, no pueden ser detenidos”, dijo.

El Instituto Nacional de Migración funge como intermediario entre el albergue y la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (COMAR), que oficialmente lleva a cabo el proceso pero no tiene oficinas cercanas con las que la hermana Hernández Jiménez pueda trabajar directamente. Por eso, es una acción lenta: cada solicitud puede tardar hasta cuatro meses en tramitarse.

En el momento de la entrevista, la hermana Hernández Jiménez manifestó que solo se concede asilo a una de cada 10 personas. Aquellos cuyos resultados son negativos acuden a una oficina de defensa, donde un equipo de abogados se encarga de su caso, a menudo buscando más pruebas en el país del que huyeron.

“El refugio puede ser peligroso”

Las dos jóvenes extorsionadas y golpeadas en El Salvador no pudieron permanecer mucho tiempo en el albergue. Cuando reconocieron a un par de hombres en el refugio como miembros de una pandilla de su ciudad natal, Solalinde acompañó a las mujeres a Ciudad de México, donde esperarían su condición de refugiadas.

Desgraciadamente, no es algo que ocurra raramente en el albergue.

Incluso en el proceso de entrevistas, las hermanas y los voluntarios no siempre pueden identificar a los miembros de las pandillas que se infiltran en el centro de acogida para rastrear a sus objetivos o reclutar a los jóvenes. Ahora, las hermanas también necesitan un personal de seguridad dentro del refugio por la noche para su protección.

“En cuanto descubrimos que las personas o los jóvenes no reúnen los requisitos para obtener asilo y han recibido el tratamiento que necesitan, les animamos a que se marchen porque puede ser peligroso dentro del centro de acogida”, expresó las hermana Hernández Jiménez y agregó: “Hablamos e intentamos sensibilizar, sobre todo a los niños”.

La hermana Gibaja Izquierdo, quien participó activamente en la organización del refugio desde el principio, advirtió que era imperativo que las hermanas tuvieran un espacio común separado del refugio.

“Eso estaba claro para nosotros. A veces te encuentras saturado de trabajo, y hay que cuidarse mucho de eso”, dijo y añadió: “Pero, por otro lado, hay que mantener las distancias. El autocuidado es muy importante; puedes sentirte desgastado en este tipo de trabajo por lo doloroso que es”.

Marroquín Nolasco dijo que aunque sus vidas pueden “correr verdadero peligro”, esa es su misión. “Somos hermanas Ángel de la Guarda, por lo que estamos aquí para proteger, acompañar y cuidar. Compartiremos nuestro espacio y viviremos nuestra misión”, afirmó.

Una bienvenida con amor

El colorido de los edificios que conforman el recinto del albergue es algo intencional: a menudo, estos lugares se asemejan a prisiones, pero las hermanas querían que el suyo fuera lo más acogedor posible.

Un lunes se formó una fila alrededor del patio exterior donde se reunían los barberos locales, que visitan semanalmente la zona para cortar el pelo. En una mesa cercana, la policía revisaba las mochilas de los que llegaban, uno de los primeros pasos antes de pasar por las entrevistas y las evaluaciones. Otros se sentaban junto a los edificios, pasando el rato o jugando a las damas con tapas de botella como fichas del tablero.

“Cuando alguien llega asoleado, cansado, deprimido, la forma en que lo recibes es fundamental”, dijo la hermana Eligia Ayala Molina, de la congregación Ángel de la Guarda.

La hermana Hernández Jiménez expresó la misma preocupación: “Si llegan y no los acogemos con cariño, si no les damos el apoyo que necesitan, haremos más daño además del que traen del camino”.

Pero al enviarlos, dijo Ayala, no pueden ser específicos en sus consejos. “Les informaremos sobre el tipo de cosas que se encontrarán en el viaje, así como de sus derechos, pero no podemos darles un rumbo exacto porque cambian continuamente en cuanto a seguridad, condiciones, viabilidad... y tampoco podemos saber a quién confiar plenamente la información que damos”, sostuvo.

Para Ayala, este trabajo es personal. Durante su infancia en El Salvador, su familia era “increíblemente pobre”, dijo, por lo que su padre a menudo los dejaba durante años para trabajar en pequeños empleos en Estados Unidos como inmigrante indocumentado, regresando cuando ganaba suficiente dinero.

“Nadie te da charlas sobre cómo hacer este trabajo”, dijo. “Dios te da lo necesario”, agregó.

Ayala considera que trabajar en el albergue es como “descubrir a Dios a través de sus vidas”. “No puedo cambiar sus circunstancias, pero espero dejarles una huella, igual que ellos me dejan a mí huellas de fe y valor y amor a la familia y gratitud. Como mi padre fue migrante, esto es como una oportunidad de devolver algo, pasándoles todo lo que pude recibir gracias a lo que mi padre hizo por nosotros”, relató.

Ser testigo de la fe de la gente ha sido una fuente de inspiración para la hermana Marroquín Nolasco, que recuerda a una familia que salió del albergue con una botella de agua bendita, con la esperanza de que, a pesar de sus penurias anteriores, todo iba a salirles bien.

“El Espíritu Santo es una fuerza para mí”, dijo y añadió: “Es mi energía, y se enciende gracias a quienes ofrecen su tiempo y prestan voluntariamente sus servicios... Cuando unimos las manos como seres humanos, podemos dejar que el Espíritu de Dios fluya y abra puertas”.

Homilía del Sr. Arzobispo de Oviedo en el Triduo preparatorio al centenario de la coronación canonica de la Virgen del Sagrario de Toledo

Es grato volver a esta tierra en la que tanto se me dio durante mi formación teológica en el Seminario Conciliar de Toledo y en el convento de San Juan de los Reyes con mis hermanos franciscanos. Toledo será siempre para mí un motivo de inmenso agradecimiento.

Se nos acaba de relatar un viaje peregrino. María subió con prisa a la montaña, nos relata el Evangelio que describe el encuentro de María con su prima Isabel. El precioso rincón montañoso no lejos de Jerusalén, Ain Karem, era donde vivían Isabel y Zacarías. Isabel se encontraba esperando un hijo, que como en el caso de María, era fruto de un milagro. Cuando ya no cabía esperar en Isabel, o cuando no había llegado el tiempo de la espera en María, la vida llamó a la puerta, haciendo Dios posible lo que para ellas era imposible. Y la vida se hizo carne de mujer, portadora de un mensaje capaz de encender la luz sin ocaso, la verdad que no traiciona, la bondad que jamás se envilece, y la belleza para siempre lozana.

Todos hemos oído tantas veces ese relato en donde dos mujeres, una estéril y otra virgen, una madura y otra joven, se encuentran cara a cara siendo ambas testigos de un milagro. Que donde la vida no cupo jamás o donde no cabía todavía, de pronto llamó a la puerta con toda su luz, con toda su fuerza, como irrumpen así las cosas divinas. Esto se le dijo a María: «ahí tienes a Isabel, tu pariente, que en su ancianidad ha concebido también un hijo, y la que llamaban estéril está ya en el sexto mes» (Lc 1, 36).

Ella, la que era señalada con escarnio como “la estéril” en medio de los mentideros del pueblo y en los corrillos de la murmuración, estaba ya de seis meses gestando a Juan el Bautista. Y María fue a ver, fue a mirar, no como quien curiosea picada por el morbo de una increíble noticia, no como quien quiere comprobar las cosas embargándole la duda secreta, ni siquiera simplemente como quien va a echar una mano a quien esperaba un hijo en avanzada edad. María fue hasta Isabel para reconocer algo mucho más grande: el milagro de cómo Dios hace cosas posibles en lo que a los hombres nos resulta tantas veces imposible. Esta fue la razón y estas fueron las maneras.

María fue invitada por el arcángel a entrar en la alegría como gesto de confianza en Dios que se dirige a ella, tal y como aparece en el pasaje de la Anunciación, todo un verdadero prólogo de lo que a continuación haría yendo hasta Ain Karem para visitar a su prima Isabel. Pero esa alegría con la que como dulce imperativo comenzaba el relato de la Anunciación, hallará en ese encuentro entre ambas mujeres, María e Isabel, el cumplimiento o aseveración de cuanto Dios la estaba proponiendo.

Isabel esperaba a Juan el Bautista. María esperaba a Jesús. Ambas eran testigos de esa posibilidad de Dios que llega en la hora moza o en la hora avanzada. Pero, en cualquier caso, era el momento convenido en el tiempo de Dios, cuando llegó su hora, en la plenitud del prometido y esperado acontecimiento. He aquí la alegría que embargaba a María desde la Anunciación, que fue lo que provocó ella en el seno de Isabel con su llegada. Toda una gracia que tuvo comienzo en aquella lección de aprender a mirar, en mirar en la dirección justa, en mirar sin distracción lo que Dios nos señala. Y María hizo cabalmente así: mirar a su prima Isabel como le indicó el mensajero de la palabra del Señor. Dios siempre nos espera y tiene a punto su reloj para ofrecernos el don de mirar las cosas en la gracia de su tiempo. ¡Cuántas veces nos hacemos perezosos para no mirar como ciegos distraídos, y cuántas nos ponemos nerviosos porque queremos mirar tan sólo desde los ojos de la prisa! Mirar lo que Dios señala, donde Él señala, como Él señala, cuando Él señala: sin perezas y sin prisas.

Siempre tenemos que estar atentos a las palabras de Dios, a sus guiños y a su constante compañía. Él siempre está, y nos habla de mil modos, y se nos ajunta en cualquier circunstancia. ¡Si tuviéramos oídos para escuchar, corazón para acoger, y ojos para verle continuamente pasar! ¡Sí, si tuviésemos ojos para ver pasar a Dios, reconociendo sus correteos cuando se nos aviene como el Padre de la parábola del hijo pródigo, o sus pausas para esperarnos cuanto otea en lontananza nuestro regreso humillado y cansino tras las aventuras que nos prometieron lo que jamás podrían darnos ni calmar lo que tan sólo Dios colma con una alegría que nadie nos podrá arrebatar! (Cf. Lc 15, 11-3; Jn 16, 20-23).

Lo imposible que se hace posible cuando dejamos que pase Dios. Pienso en nuestras cosas imposibles, tantas cosas cotidianas que nos recuerdan la pequeñez y vulnerabilidad. Es prolija la lista de cuanto nos preocupa y enfrenta en el panorama internacional y en nuestro suelo patrio. Pero la esperanza cristiana consiste en aceptar confiados los retos de la vida bajo la mirada de un Dios bueno que nos sostiene, poniendo en juego lo mejor de nosotros y dejando que Él acerque sus dones y posibilidades a través de nuestra limitación e imposibilidades. Es su Palabra contada en nuestros labios, y su gracia repartida con nuestras manos, lo que a través de los siglos ha ido escribiendo una historia cristiana. Así fue con María portadora y portavoz de quien en su seno llevaba, haciendo que saltase de alegría lo mejor que Isabel llevaba en sus entrañas.

María, Isabel, y los dos milagros que ellas llevaban en sus senos maternos por gracia del Señor que así se hizo cercano y creíble para bien de la humanidad. Jesús y Juan, como testigos infantes del hablar creador de quien hace todas las cosas, creándolas buenas y bellas. San Ambrosio tiene un precioso comentario a esta escena, haciendo un delicioso juego de requiebros y relaciones: «Considera la precisión y exactitud de cada una de las palabras: Isabel fue la primera en oír la voz, pero Juan fue el primero en experimentar la gracia, porque Isabel escuchó según las facultades de la naturaleza, pero Juan, en cambio, se alegró a causa del misterio. Isabel sintió la proximidad de María, Juan la del Señor; la mujer oyó la salutación de la mujer, el hijo sintió la presencia del Hijo; ellas proclaman la gracia, ellos, viviéndola interiormente, logran que sus madres se aprovechen de este don hasta tal punto que, con un doble milagro, ambas empiezan a profetizar por inspiración de sus propios hijos» (San Ambrosio, Comentario sobre el Evangelio de San Lucas, Libro 2, 19. 22-23. 26-27. Corpus Christianorum Latinorum 14, 39-42).

En aquel encuentro entre aquellas dos mujeres hubo un detalle precioso: al llegar María, la criatura de Isabel saltó en su seno de alegría. La Virgen era portadora de una Presencia, la de Jesús, que era capaz de hacer saltar de alegría lo mejor del interior de Isabel. Era nuevamente el mismo grito de júbilo con el que los profetas invitaban a cantar con alabanzas a la Hija de Sión, como recordaba el profeta Zacarías: «Alégrate, hija de Sión; grita exultante, hija de Jerusalén» (Zac 9, 9). Es la verdadera alegría, como enseñó San Francisco de Asís, para aquellos que entienden la sabiduría de la paciencia.

Aquí estamos en esta magnífica catedral primada de la Dives Toletana. Famosa por su conocida y bellísima custodia que en procesión recorre las calles angostas de esta ciudad imperial. En su octavo centenario que acaba de dar comienzo, celebramos este centenario menor, el primero, de la coronación canónica de la Virgen del Sagrario. Guardo con afecto sobre mi escritorio en Oviedo una preciosa fotografía de su imagen que me regaló mi predecesor, el querido arzobispo Gabino Díaz Merchán, manchego y toledano en toda su hondura. María y el Sagrario, dos referencias que se reclaman, como sucedió en aquel viaje a Ain Karem y en Toledo sucede cada año llegando el Corpus. Porque María fue y es el primer sagrario y la primera custodia para su Hijo Jesús.

¡Qué hermosa procesión de aquél primer Corpus Christi! ¡Qué hermosa custodia que llevó al Señor como arca nueva de una Alianza perenne! ¿Y si probásemos nosotros a visitar así a nuestros semejantes siendo para ellos custodia y procesión del Señor resucitado? Veríamos también saltar de gozo lo mejor de sus vidas. Es lo que les debemos a nuestros hermanos, con una deuda que sólo nace del amor: llevarlos al Señor, para que salte de alegría lo que tienen dormido en el corazón o empiece a latir lo que todavía no les ha palpitado todavía.

Hace ahora cien años que se puso sobre la cabeza de esta preciosa y amada imagen de la Virgen una corona especial. Podemos decir que una corona sobre la cabeza siempre ha sido signo de distinción, de nobleza reconocida, de compromiso por parte de quien la llevaba con dignidad responsable con la entrega que les implicaba ser coronados para bien de un pueblo y no simplemente como imparable sucesión de una dinastía. Pero hay una coronación que ha traspasado el curso de los siglos por lo mucho que significó y el alto precio que tuvo: la coronación de espinas del Señor Jesús. Símbolo de una realeza, la más real de todas ellas, que sin embargo sólo se comprendía desde el servicio más humilde, desde la entrega más verdadera, desde la obediencia más increíble que se tornó en la más fecunda y sincera.

Junto a esta coronación de Jesús, la Biblia nos relata otra al final de sus páginas y que tiene a María como protagonista. Allí leemos: «Un gran signo apareció en el cielo: una mujer vestida del sol, y la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza» (Apoc 12, 1). A continuación, relatará este libro del Apocalipsis la batalla que en la historia se da entre el bien y el mal, entre lo que Dios propone y lo que el maligno quiere arrebatar. En esta encrucijada aparece María coronada de esas doce estrellas para darnos a su Hijo que nos hace salir victoriosos de las insidias y zancadillas tentadoras del diablo. María coronada como reina de nuestro bien y de nuestra paz. No es una extraña y pagada princesa de un cuento de hadas abstracto y lejano que nada tiene que ver con nuestras lágrimas y nuestras sonrisas, nuestros mejores sueños o nuestras más temidas pesadillas, sino que tal realeza así coronada está a favor de la vida y del destino al que nos ha llamado el Señor para la humilde felicidad cotidiana y la añorada eterna dicha.

Así celebramos cien años después que María es coronada en su advocación del Sagrario, reconociendo en esta coronación nuestro humilde homenaje renovado a quien deseamos sea la reina de nuestras vidas. Y pedimos a la Señora que no deje de acompañarnos en la procesión de la vida, para que como sucedió en la Visitación, también se llene nuestro corazón de la verdadera alegría. Amén.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

lunes, 1 de junio de 2026

Corpus Christi. Por Mons. Luis Argüello García

El Tiempo de Pascua nos ha dado la oportunidad de profundizar en el significado del Domingo y de su centro, la Eucaristía, que es el Sacramento de nuestra fe. En la vuelta al Tiempo Ordinario, la Iglesia celebra el Domingo de la Trinidad. Es la fiesta del Dios Comunión, que se comunica y entrega y nos da la posibilidad de vivir esa misma vida, la Comunión que se hace Misión. Inmediatamente después, la Iglesia celebra el Día del Corpus Christi, un día para homenajear a la Eucaristía, para, si cabe, profundizar aún más en lo que este Sacramento admirable significa para la vida de la Iglesia y la vida del mundo.

La Eucaristía es sacrificio, banquete y presencia real. Estamos llamados a armonizar su triple significado, para lo cual hemos de disponernos para entrar bien en su misterio, celebrar con una participación fructuosa y vivir, saliendo de la Eucaristía transformados, haciendo carne en nuestra vida personal y comunitaria el sacrificio, la presencia y el banquete.

Preparémonos para la Eucaristía. ¿Cómo lo hacemos habitualmente? No podemos ir con prisas, con el ánimo de quien cumple una rutina. La celebración de la Eucaristía pide una preparación remota, quizás a lo largo de toda la semana, pasando alguna de las lecturas por el corazón, avivando en nosotros el deseo de adorar al Señor, de entrar en su misma entrega y de sentarnos en el banquete que anticipa la vida plena que ya germina en nuestro corazón desde el Bautismo. Prepararse para la Eucaristía significa también examinar nuestra conciencia, sobre todo, si en la Eucaristía queremos comulgar conscientemente y, así, participar de manera plena en su misterio. Examinar la conciencia es caer en la cuenta del estado de nuestro corazón, de su disposición para acoger al mismo Dios que, como Cuerpo entregado, se nos da como Pan de vida.

Participamos en la Eucaristía porque somos bautizados y la vida bautismal ha de ser renovada a través de ese segundo bautismo que es el Sacramento del Perdón. Sí, es bueno, una vez más, insistir en ello. El Señor tiene misericordia, desea sentarnos a su mesa y ofrecerse Él mismo a sí mismo como alimento que cura y sana. Pero pone esta gracia en manos de nuestra libertad y desea que la sanación, la curación eucarística sea sellada en el Sacramento de la Penitencia si un pecado grave bloquea la entrada del Señor vivo en nuestro corazón.

Si nuestra situación o estado de vida es incompatible con la plena comunión con el Señor y su Iglesia por estar participando de una relación pecaminosa, en abusos respecto de otras personas, ya sea en el campo económico, laboral, ya sea en el campo psicológico o afectivo, o defendiendo públicamente posiciones contrarias a la moral cristiana, no podemos acercarnos a comulgar sin una decisión firme de cambiar de vida restituyendo el daño provocado por nuestra situación de pecado.

Tampoco, cuando una relación matrimonial ha quebrado y quienes formaban parte de ese matrimonio viven una nueva relación conyugal. Estas personas, que siguen formando parte de la Iglesia, han de saber que esta quiebra del Sacramento de la Alianza impide la comunión eucarística; pueden participar en la celebración, así como de la vida de la Iglesia en múltiples aspectos, pero comulgar la Comunión no es posible. El dolor de no comulgar ha de avivar el deseo de buscar una solución que respete el significado de los dos sacramentos en juego: el Matrimonio y la Eucaristía. Por eso, hemos de prepararnos para celebrar la Eucaristía, examinar nuestra conciencia, ver nuestro modo y estado de vida para que sea coherente con la comunión plena que supone participar en la Eucaristía recibiendo el Cuerpo del Señor.

¿Cómo celebramos la Eucaristía? En el silencio, con espíritu de escucha y de adoración, sabiéndonos parte de un pueblo que al celebrar la Eucaristía va a tomar la forma del cuerpo de Cristo, aportando el pan y el vino, frutos del don de Dios y del trabajo de los que vienen. Participamos con el silencio y la palabra, con los gestos, sentados, de pie, de rodillas, con la actitud del corazón, entrando, atraídos por el Señor, en su entrega por todos. Qué importante es cuidar el momento de acercarnos a comulgar con espíritu de asombro y adoración. También hemos de abrir el corazón a los imperativos de la Eucaristía, «haced, id», y así disponernos para, como en el día del Corpus, ser custodias que sacan al Señor a la vida ordinaria, a la presencia en el mundo, a la renovación de nuestra sociedad y de la Iglesia, llevando el Amor recibido a los demás.

Por eso, si hemos celebrado la Eucaristía, estamos llamados a encarnar la comunión en la comunidad cristiana, a buscar momentos para que los que hemos rezado juntos Padre Nuestro encontremos a lo largo de la semana momentos para orar y formarnos, cultivar la fraternidad y ver cómo llevamos al mundo la presencia del Señor en la comunión y la entrega; el sacrificio del Señor en el perdón, el amor a los enemigos y el empeño por el bien común, no solo reclamando derechos si no también reconociendo deberes; el banquete que llena de esperanza, de diálogo, de alegría y encuentros nuestro caminar hasta que el Señor vuelva, porque en la Eucaristía anunciamos la muerte del Señor, proclamamos su resurrección y, anhelantes, decimos «Ven, Señor Jesús».

Somos permanentes aprendices de la Eucaristía y del Domingo. Que la Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo, este año con la presencia del Papa en España, nos impulse a aclamar el Misterio de la fe: cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz, anunciamos tu muerte, Señor, hasta que vuelvas.

Novena al Sagrado Corazón de Jesús 2026


Día 1° Miércoles 3 de Junio a las 19'30 h.
Corazón vivo
"No es Dios de muertos sino de vivos" (Mc 12, 18 - 27)

Día 2° Jueves 4 de Junio a las 19'30 h.
Corazón amoroso
"No hay mandamiento mayor que estos" (Mc 12, 28b - 34)

Día 3° Viernes 5 de Junio a las 19'30 h.
Corazón de la Palabra
"Una muchedumbre numerosa lo escuchaba con gusto" (Mc 12, 35 - 37)

Día 4° Sábado 6 de Junio a las 19'30 h.
Corazón de los pobres
"En verdad os digo que esta viuda pobre ha echado en el arca más que nadie" (Mc 12, 38 - 44)

Día 5° Domingo 7 de Junio a las 11'55 h.
Corpus, Corazón Eucarístico
"Mi carne es verdadera comida" (Jn 6, 51 - 58)

Día 6° Lunes 8 de Junio a las 19'30 h.
Corazón del Espíritu
"Bienaventurados los pobres en el Espíritu" (Mt 5, 1- 12)

Día 7° Martes 9 de Junio a las 19'30 h.
Corazón luminoso
"Vosotros sois la luz del mundo" (Mt 5, 13 - 16)

Día 8° Miércoles 10 de Junio a las 19'30 h.
Corazón profético
"No he venido a abolir la ley, sino a dar plenitud" (Mt 5, 17 - 19)

Día 9° Jueves 11 de Junio a las 19'30 h.
Corazón pacífico
"Deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano" (Mt 5, 20 - 26)

Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. 12 de Junio a las 19'30 h.
¡Reinaré en España!
"Soy manso y humilde de Corazón" (Mt 11, 25 - 30)

Fiesta del Inmaculado Corazón de María. 13 de Junio a las 19'30 h.
En el Corazón de la Madre
"Conservaba todo esto en su corazón" (Lc 2, 41 - 51)

Parroquia San Félix Mártir + LUGONES

sábado, 30 de mayo de 2026

Trinidad, el misterio de Dios comunión. Por Joaquín Manuel Serrano Vila


La Solemnidad de la Santísima Trinidad nos invita a contemplar el misterio central de nuestra fe no como un rompecabezas intelectual, sino como una relación desbordante de amor y comunión. Dios no es una soledad eterna, sino una familia divina que se abre para hacernos partícipes de su propia vida. A menudo, al pensar en la Trinidad, corremos el riesgo de tratarla como un teorema teológico abstracto, un dogma lejano o un misterio matemático de "tres que son uno". Sin embargo, las lecturas de este día nos revelan todo lo contrario. La Trinidad es el misterio de la cercanía absoluta de Dios. No es un Dios aislado en su omnipotencia, sino un Dios que es comunidad de Amor: Padre, Hijo y Espíritu Santo, cuya mayor alegría es comunicarse, salvar y habitar en el corazón de los hombres.

La primera lectura del libro del Éxodo nos sitúa en el monte Sinaí. Moisés sube de madrugada con dos tablas de piedra, en un contexto de infidelidad del pueblo que acababa de fabricar el becerro de oro. Humanamente, esperaríamos un Dios airado que viene a castigar. Pero lo que sucede es una revelación asombrosa: el Señor pasa ante Moisés y proclama su propio Nombre. En el Antiguo Oriente, conocer el nombre de alguien significaba conocer su esencia. ¿Cómo se define Dios a sí mismo? Él dice: "Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia". Aquí encontramos las raíces de la revelación trinitaria. Dios se revela como Alguien que no puede ser indiferente al sufrimiento humano ni al pecado de sus hijos. La respuesta de Moisés es la adoración y la intercesión; cae de rodillas y pide a Dios que camine con ellos, a pesar de ser un pueblo de "cerviz dura". Esta lectura nos enseña que el Padre Celestial, origen de toda la creación, es desde el principio un Dios de Alianza, un Padre que prefiere perdonar antes que condenar y cuyo amor es siempre fiel. Por eso el salmista responde: "A ti gloria y alabanza por los siglos". 

En la epístola de San Pablo a los Corintios se nos presenta la Comunión de la Iglesia como reflejo de la Trinidad. El Apóstol concluye su carta con una exhortación a la alegría, a la concordia y a la paz. Corinto era una comunidad rota por las divisiones, las envidias y los bandos. Por eso, Pablo les recuerda que la única manera de vivir como Iglesia es reflejando la unidad de Dios. El texto culmina con una de las fórmulas litúrgicas más bellas y antiguas de nuestra fe, la misma con la que iniciamos cada Eucaristía: "La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo estén con todos vosotros". Aquí tenemos ese saludo trinitario que la liturgia ha hecho suyo. Necesitamos el Amor de Dios (el Padre), que es la fuente original, el principio de todo lo que existe. Qué decir de la Gracia de nuestro Señor Jesucristo (el Hijo), el amor del Padre hecho carne, el regalo inmerecido de la salvación en la cruz. Y cómo olvidar la Comunión del Espíritu Santo -aún reciente Pentecostés-. Es la fuerza viva que une al Padre con el Hijo y que se derrama en nosotros para hacernos hermanos. El Apóstol nos dice que la Trinidad no es para ser debatida, sino para ser vivida en comunidad. Si Dios es comunión, nosotros, creados a su imagen, no podemos vivir en el aislamiento o en las trincheras.

Finalmente el Evangelio de esta solemnidad, tomado del evangelio de San Juan, nos habla del don del Hijo para la salvación del Mundo. Este pasaje contiene uno de los versículos más memorables de toda la Sagrada Escritura: "Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna". En esta frase del diálogo con Nicodemo, Jesús nos revela "el motor" que mueve a la Trinidad: ¡el Amor! El Padre no entrega a su Hijo por obligación o por un rescate legalista, sino por puro amor al mundo entero. Dios no envió a su Hijo para juzgar o condenar, sino para salvar. El juicio, nos explica Jesús, consiste en aceptar o rechazar esa luz y ese amor. Aquí vemos actuar a la Trinidad en perfecta sintonía de salvación: el Padre envía por amor, el Hijo se entrega en obediencia amorosa, y el Espíritu Santo derrama esa vida eterna en nuestros corazones. Creer en el Hijo es entrar en la dinámica de la Trinidad, es dejarse abrazar por el Padre a través de la gracia del Hijo.

Hemos concluido la Pascua el pasado domingo, y quizás tocaría en estos días hacer autoevaluacion y preguntarnos cómo he vivido personalmente y si he aprovechado la Pascua: Ha cambiado en mí, o ha pasado este tiempo y yo por él sin pena ni gloria. ¿Cómo se nota en mi vida que Cristo ha resucitado? Y es que si los enemigos siguen siendo tan enemigos como siempre, si los pobres o los que son diferentes me siguen produciendo alergia, y los que no tienen la misma forma de pensar o de ver las cosas que yo siguen siendo blancos a batir igual que siempre, Cristo vivirá; sí, pero no en mí. Si los malos siempre son los demás y yo sólo soy el bueno, algo no va bien. Con frecuencia nos viene a la mente una reflexión, y es que nos parece que el que hace el mal parece todo le sale a pedir de boca, y que los que queremos hacer el bien encontramos zancadillas y trampas a cada paso. Que nos consuele pensar esto: chocarnos de morros contra el mal siempre significará que no vamos en su dirección.

La Solemnidad de la Santísima Trinidad nos deja tres tareas fundamentales para nuestra vida de creyentes. En primer lugar saber vivir en Relación. Si fuimos creados a imagen de un Dios que es Familia, no estamos hechos para la soledad egoísta; estamos llamados a construir relaciones sanas de entrega y escucha en nuestros entornos. Segundo, ser Instrumentos de Comunión. En un mundo polarizado y herido por las divisiones, el cristiano debe ser un reflejo de la unidad trinitaria, buscando siempre el perdón, el diálogo y la reconciliación. Y lo tercero y último: agradecer y Adorar. Cada vez que hacemos la señal de la cruz, no lo hagamos como un gesto automático y repetitivo sin más. Hagámoslo como un acto de fe consciente, recordando que estamos sumergidos en el océano de amor de nuestro Dios. 

En este domingo celebra también la Iglesia la Jornada Pro Orantibus, un día para valorar la vida contemplativa, a las monjas de clausura y los monjes, que son auténticos faros de luz que sostienen el caminar de todo el Pueblo de Dios. Sin duda, es poco un día para agradecer a quienes dedican su día a día a rezar en silencio por nosotros. Que nuestra plegaria les sostenga en su valiosa e insustituible misión. Que esta Solemnidad nos transforme y nos permita experimentar hoy la compasión del Padre, la gracia del Hijo y la fuerza unificadora del Espíritu Santo. Amén.

Evangelio en la Solemnidad de la Santísima Trinidad

Lectura del santo evangelio según san Juan 3, 16-18

Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna.

Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.

El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios.

Palabra del Señor

Qué humanidad tan magnífica (I). Por Monseñor Fray Jesús Sanz Montes O. F. M.

Ha sido mucha la expectativa levantada ante el primer gran documento del papa León XIV. La encíclica Magnifica Humanitas ha concitado muchas lecturas. Hay quienes han visto en el texto una dedicatoria fantasiosa y nada inocente diciendo que el papa y ellos están de acuerdo. Otros han sabido leerlo respetuosamente sin intereses forzados. Vamos a subrayar algunos de los puntos que enhebran este importante documento.

Llama la atención el tema aparentemente poco “piadoso” escogido por el Santo Padre a diferencia de lo que se suele publicar en los primeros lances del nuevo Pontífice. Sin embargo, tiene toda una envergadura teológica de amplio horizonte. Porque contra lo que algunos lectores en diagonal han dicho no responde a la verdad: no se ha metido el papa en un asunto tangencial, técnico, ajeno, abstracto, oportunista. El papa ha abordado esta cuestión desde dos referentes esenciales para la tradición cristiana: el hombre como criatura de Dios, y el proyecto de Dios sobre su más esmerada criatura que es el hombre.

Aparecen elementos como la dignidad de la persona inviolable, su libertad sagrada con sus acechanzas y el destino eterno que le aguarda. Un papa que tiene una trayectoria humana, intelectual y eclesial que aboga y asegura la seriedad de su opción en esta primera entrega con la encíclica que acaba de publicar y que, por primera vez, él mismo ha querido presentar en una rueda de prensa. Esos factores biográficos perfilan la elección y la modulación de esta temática: americano de origen, con raíces hispanas, de formación matemática y jurídico-canónica, con una pertenencia espiritual a la gran familia de San Agustín, y con una experiencia misionera en tierras peruanas durante muchos años.

En el principio… era la vida. Y así lo afirma sin tapujos el papa: «la dignidad fundamental de cada persona no se adquiere ni se merece, ni necesita ser demostrada». Así se apunta al horrendo atentado contra la vida señalando como «decisiones gravemente ilícitas» el aborto provocado, la eutanasia promovida y el asesinato de inocentes en todas las circunstancias. No hay sociedad de progreso cuando se ignora este derecho de la vida «desde su concepción hasta su fin natural». Este es sin duda el principio y fundamento de su propuesta, porque faltando el respeto a la vida, todo lo demás corre el riesgo de ser un brindis al sol o una perversa ideología demagógica con intereses inconfesables.

Hay una tendencia a la simulación cuando la Inteligencia Artificial (IA) desplaza a la persona sustituyéndola en su imagen, en su voz, en sus deseos y necesidades. Se corre el riesgo de una suplantación que termina reduciendo a datos y logaritmos la conciencia humana y su libertad. Afirma el papa que la IA no tiene «conciencia moral, empatía, capacidad afectiva, relacional ni espiritual», todos ellos elementos que definen esa «magnífica humanidad» en la que habita Dios con dulzura y respeto. Y esto abre el debate a la cuestión ética de un cierto monopolio que controla a las personas, las determina y las llega a esclavizar, porque «no sirve una IA más moral si esa moral la deciden unos pocos». En este sentido previene sobre los intereses lucrativos de quienes abusan del control que esta herramienta propicia, en detrimento del bien común y de la libertad y dignidad de la persona. Apela en este sentido a los cauces jurídicos adecuados y una vigilancia independiente para evitar que la «homologación y dominio» de los que controlen la IA pueda dañar la justicia social y a los que resultan más vulnerables.

Es bienvenido este instrumento técnico de largo alcance que representa la IA, siempre y cuando se acierte en su recto uso que potencia lo que nos define como personas libres, relacionadas fraternamente y depositarias de un proyecto de Dios que nos realiza felizmente a través de nuestra andadura biográfica sea cual sea nuestra circunstancia. Habiendo más puntos que vale la pena señalar, seguiremos la reflexión el próximo domingo.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo