miércoles, 12 de agosto de 2026

Santoral del día: Santa Juana Francisca de Chantal

(COPE) La mujer de este día tuvo un gran espíritu contemplativo de Dios que se unió a su caridad. Hoy celebramos a Santa Juan Francisca de Chantal. Nace en Dijon (Francia) en el año 1572. Hija de familia noble, de muy joven se casó con el barón de Chantal, un militar de prestigio y muy religioso. De él hereda el título nobiliario.

Fruto de su matrimonio nacen seis hijos. Su gran capacidad administrativa es valorada por el marido, por lo que le deja en sus manos la gestión de los bienes y del Palacio que necesitaba retoques. Tras ordenar los estamentos y el entorno, propone la oración para la familia y la servidumbre.

Por fin muestra su faceta más caritativa con los pobres y las víctimas de la hambruna que le tocó padecer. Entonces fija varios parámetros en la vida familiar de la servidumbre. Pronto mueren dos de ellos y su esposo. Entonces busca consuelo en el confesionario.

En su camino aparece San Francisco de Sales, que será su Director Espiritual. Él le aconseja para descubrir lo que la Providencia le pide. Descubriendo un camino de consagración, y tras posicionar bien a sus hijos, fundó la Orden de la Visitación, dedicada a asistir a mujeres de frágil salud.

El nombre que le da es salesas por el Santo que le apoyó. Con el tiempo se vio más oportuno que se dedicasen a pedir al Señor por la Iglesia. Con eso se transforma en Orden de Clausura. Santa Juana Francisca de Chantal muere en en el año 1641.

El cielo proclama la gloria de Dios. Por Pablo Cervera Barranco

(Rel.) Cuando yo era joven, al llegar el verano, mi director espiritual me indicaba que buena forma de hacer oración en esta estación era la de contemplar, admirar la creación, la naturaleza en todos sus aspectos, y elevar el corazón asombrado y agradecido a Dios, alabándole por tanto beneficio. El salmo 18A nos guía de manera privilegiada por esta senda. Los bosques, los lagos, el mar, las montañas, las torrenteras, las aves, todos los animales, todo lo creado se nos presta para elevar el corazón y el espíritu. Al fin y al cabo eso es la oración.

«El cielo proclama la gloria de Dios, y el firmamento la obra de sus manos». El salmo 18 se abre con una afirmación simple que no necesita de grandes explicaciones técnicas ni exegéticas: lo creado nos habla. San Buenaventura decía que Dios nos habla mediante dos libros: el de la creación y el de la revelación. Lo hace de modo discreto pero elocuente, sin grandes discursos. Y este modo de hablar llega a todas las épocas, culturas y lenguas. Se trata, podríamos decir, de una revelación universal. Los cielos están ahí para todos: para el incrédulo, para el creyente, para el niño, para el anciano…

El cielo proclama, la realidad anuncia. Pregón, mensaje, proclamación… Se nos invita a mirar hacia afuera y hacia arriba, frente al repliegue subjetivista en que la época moderna sumerge al hombre. El firmamento con toda su belleza y hermosura es un pregón de la obra de Dios; la noche lo transmite sin palabras en el silencio misterioso de la oscuridad. ¿Es todo esto casual? Si todo es materia eterna, ¿cómo engendra en nosotros pensamiento?

La creación como primer lenguaje de Dios

Este salmo presenta una teología natural sólida: la creación es un signo. El signo remite a una realidad ulterior. No nos fuerza, nos interpela si somos honestos y nos lleva al reconocimiento de Alguien que está más allá de todo, sosteniéndolo en el ser. Todos recibimos este mensaje independientemente de nuestra condición. El mensaje resuena y evoca hasta los confines del orbe (Rom 10,18). El cántico a las cosas creadas se convierte en una magnífica profesión de fe en la trascendencia del Dios único, autor de la naturaleza (el firmamento), un canto a la bondad y sabiduría divinas.

Son solo seis versículos los de este salmo, pero «atronadores» en su silencio que busca catapultarnos a Dios. Sin resolver el problema de Dios no se resuelve el problema de la propia existencia, ni el sentido de la vida, ni la razón de la esperanza. Pero un hombre sencillo y sano descubre la realidad de las cosas casi por connaturalidad, y es capaz de escuchar la voz del silencio. Cristo lo dijo así en una ocasión solemne: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas a los sabios y prudentes, y las descubriste a los pequeñuelos» (Mt 11,25-27).

El sol, imagen de un orden no improvisado

En el centro del salmo aparece el sol, descrito con una fuerza poética que roza lo litúrgico. El sol representa un orden objetivo, una ley inscrita en la realidad que no depende del capricho humano. ¡Qué despliegue, qué grandiosidad, qué incendio de luz! Ese gigante era un dios en la mitología pagana, no aquí, pues el Creador «ha puesto su tienda al sol», le ha creado una tienda de campaña. El sol balbucea la grandiosidad de Dios.

En una época que desconfía de cualquier norma y sospecha de toda estructura, el salmo 18 recuerda que la creación no es caótica ni arbitraria. Hay un ritmo, una coherencia, una finalidad. El sol no discute su trayectoria ni la redefine cada día. Por eso, ilumina y da vida. El hombre moderno contrasta con ello, al estar siempre tentado de redefinirlo todo.

«Estábamos en el campo, en verano, y anochecía. El ambiente se había quedado silencioso, en esa especie de tensa expectación que a esa hora se produce en la naturaleza. Nosotros no podíamos apartar la vista del horizonte. Resplandeciente como un ascua de oro, con mil reflejos nacarados, iba ocultándose lentamente el sol. Entonces pensamos en lo que Dios, con un poco de luz y otro poco de vapor de agua, había hecho para nuestro destierro» (Lamberto de Echevarría, Dios: el gran misterio [BAC, 1979] 30).

Una advertencia para un mundo sordo

El Salmo 18 no es solo una alabanza, sino una advertencia para los que no escuchan. Dios sigue hablando sin palabras a todo aquel que lo quiera escuchar. La naturaleza merece ser contemplada, no solo estudiada técnicamente hasta sus últimos extremos. Es algo más que objeto y materia. Si se reduce a esto, entonces la creación deja de hablar de Dios. Los griegos decían que la metafísica comenzaba con el asombro: hay ser antes que nada. El salmo nos invita a recuperar la mirada limpia, capaz de asombrarse. Ciencia (razón) y fe no se excluyen, se reclaman. Son las dos alas de las que hablaba san Juan Pablo II en la encíclica Fides et Ratio.

Los cielos siguen pregonando la gloria de Dios, lo que ha cambiado es nuestra disposición a escucharlos. El mundo no es algo improvisado, sin sentido, sino una obra que remite a su Autor. Esta oración bíblica no nos aleja del mundo, nos devuelve a él con una mirada más verdadera.

«Te doy gracias, Dios mío, creador nuestro, por haberme permitido contemplar la hermosura de tu creación, y yo me alegro de las obras de tus manos… y he anunciado a los hombres el esplendor de tus obras, en la medida en que mi espíritu limitado las ha podido entender...» (J. Kepler, inventor del telescopio astronómico).

martes, 11 de agosto de 2026

Santoral del día: Santa Clara

(COPE) La pobreza hasta llegar al total desprendimiento de todo, se unen en la Mujer de este día. Hoy celebramos a Santa Clara. Nacida en Asís en el año 1193 procede de una familia muy adinerada y de alta posición. Pero estas cosas le parecían efímeras a ella porque oyó hablar a su paisano Francisco y se sintió tocada por el Cielo.

No quiso tener nada de esas riquezas y rechazó dos planes que fraguó su familia para casarla. Al llegar a la mayoría de edad, el Domingo de Ramos de ese año se fue en busca de Francisco que le cortó el cabello y le impuso un sayal para hablar de la renuncia al mundo.

El paso siguiente fue instalarse en la Iglesia de San Damián para vivir en el más absoluto desprendimiento. Su estilo llamó la atención de otras mujeres -entre ellas su madre y su hermana- que comenzaron a a acercarse y a unirse a esa forma de vida.

Con todas ellas funda las Damas Pobres de San Damián, también llamadas clarisas. Como pasa en la vida contemplativa, se sustentan por la pobreza, castidad y obediencia. Poco después, es nombrada Superiora de la Comunidad, intentando dejarlo varias veces en vano.

Sobre todo es grande su amor al Señor Sacramentado. Debido a esto es también Patrona de la televisión porque cuando estaba en la cocina y tocaban alzar a Dios en la Iglesia, ella siempre lo veía a través de la pared que se trasparentaba. Santa Clara de Asís muere en el año 1253.

Mons. Martínez Camino organiza unas jornadas en Covadonga ante el XC aniversario de los mártires del siglo XX

(Iglesia de Asturias) «San Pedro Poveda y los mártires del siglo XX» es el título de las Jornadas que el Obispo Auxiliar de Madrid, el asturiano Mons. Juan Antonio Martínez Camino, ha organizado para los próximos días del 26 al 28 de agosto, en Covadonga. Durante esas fechas, el Santuario recibirá a expertos investigadores y profesores que profundizarán en el ámbito del martirio y de las vidas y circunstancias de las miles de personas asesinadas por odio a la fe en el nonagésimo aniversario de la persecución religiosa en España. La entrada será libre hasta completar aforo.


¿Cómo surgió la idea de organizar estas jornadas y por qué en Covadonga?

La idea surgió el año pasado cuando me di cuenta de que este año, 2026, se cumplen 90 años del martirio de tantos y tantos sacerdotes, religiosos y seglares en España, allá por 1936. Pensé que el XC aniversario había que celebrarlo de alguna manera. Y luego hablando con el señor Arzobispo de Oviedo, le propuse que Covadonga sería un buen sitio, ya que san Pedro Poveda es quien encabeza la conmemoración de todos los santos y beatos mártires del siglo XX en España, que se celebra cada año el 6 de noviembre. San Pedro Poveda estuvo siete años en Covadonga como canónigo. Fueron unos años muy importantes para su vida y para su futuro, que acabaría siendo glorioso en el martirio que tendría lugar en Madrid.

Este es un poco el contexto de que hagamos estas jornadas del XC aniversario en Covadonga.

Sabemos que aún hay muchas investigaciones y procesos en marcha pero, ¿Se tiene una cifra aproximada de los mártires del siglo XX en España?

Sí, tenemos una cifra bastante exacta, aunque siempre se está precisando porque cada cierto tiempo aparece nueva documentación de eclesiásticos, es decir, de obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas. De ellos, hay casi 7.000 (son algo más de 6.900). Y se saben los nombres de todos y las circunstancias. Y de esos, ya más de 2.000 son santos o beatos. Hay 11 santos y el resto hasta 2.200 aproximadamente, beatos. Y en proceso de beatificación están otros casi 3.000.

De seglares no se sabe exactamente cuántos, aunque ya hay muchos en proceso de beatificación y algunos que ya son beatos. En Asturias, de hecho, hay algunos: los mártires de Nembra eran seglares todos menos el párroco, don Genaro. Y fueron beatificados en 2016 en la Catedral de Oviedo. Calculamos que en total, habrá otros tantos seglares mártires. Podemos decir, resumiendo, que en torno a 10.000 católicos dieron su vida por fidelidad a Jesucristo, a la Iglesia y a la verdadera esperanza en los años 30 del pasado siglo.

De todo ello, ¿qué balance podemos hacer en nuestra diócesis?

En el 34 hubo unos acontecimientos políticos en toda España, no sólo en Asturias. Lo que pasa es que en Asturias, esa revolución de 34 tuvo más éxito. Un éxito «trágico», diríamos, porque causó 1.200 muertos, entre ellos, 34 mártires, como los santos de Turón, un grupo de religiosos hermanos de La Salle que se encontraba en la escuelina de Covadonga, de Turón y que ya están canonizados. Pero también en Madrid hubo 40 muertos, en Barcelona 80 y algunos mártires católicos de entonces, que ya están beatificados, uno es de Barruelo, de Palencia, un hermano de las Escuelas Cristianas, que se llamaba el beato Bernardo.

Ahí comenzó la persecución religiosa en toda España, aunque en Asturias fue más intensa porque la revolución duró 15 días. En Madrid, Barcelona u otros sitios duró menos. Aunque la persecución ya venía siendo legal desde 1931, como se puede ver en la Constitución del 31, en las leyes de expulsión de la Compañía de Jesús en el año 32 o en la prohibición de la enseñanza por los religiosos en el 33. Es a partir del año 34, cuando la persecución pasa de ser legal a ser sangrienta.

Ese mismo proceso se intensifica y tiene una gran explosión con el alzamiento militar en 1936.

En realidad, esta es una historia que no es solo de España, aunque en España fue muy importante, con un número muy alto de mártires. Pero esa persecución al «cristianismo», es decir, no solo a la Iglesia católica, sino también a las iglesias protestantes, a los ortodoxos, sobre todo, fue en toda Europa en el siglo XX. Por eso San Juan Pablo II puso en marcha la denominación «Mártires del siglo XX», que lo fueron en España, pero también en Polonia o en Alemania. Es una historia dramática y, al mismo tiempo, gloriosa del siglo XX.

Los asistentes a estas jornadas que ha organizado entre los días 26 y 28 de agosto en Covadonga van a poder escuchar a expertos investigadores, profesores de universidad, la mayor parte de ellos gente están en Roma, en Madrid etc. ¿Qué temas se van a tratar?

Las jornadas tienen tres partes. El primer día va a ser una iniciación a san Pedro Poveda: «San Pedro Poveda, una vida para Cristo», de lo que va a hablar una teresiana, Carmen Aparicio Valls, porque él fue el fundador de la institución teresiana. Luego tendremos en la Basílica la celebración de la Santa Misa presidida por el señor Arzobispo, don Jesús, y una ofrenda floral ante la imagen de san Pedro Poveda.

El jueves 27 estará bajo el epígrafe «La espiritualidad martirial en la España del siglo XX», más en general. Y empezaremos con «¿Qué significó Covadonga para san Pedro Poveda?». De eso va a hablar un profesor de la Universidad Ramón Lull de Barcelona, que lo conoce muy bien: Armando Pego Puigbò, con el título «Secreto espiritual de los proyectos pedagógicos de Pedro Poveda». Un servidor hablará a continuación de la «Espiritualidad martirial de San Pedro Poveda», de lo que hay muy poco escrito pero es que a san Pedro Poveda el martirio no le cogió de sorpresa. Sus preciosos escritos, publicados ya casi íntegramente en ocho volúmenes, delatan a un hombre de un desprendimiento espiritual, de una libertad de espíritu y de un amor a Jesucristo crucificado, del cual emana una espiritualidad martirial en el sentido profundo de la palabra, es decir, una espiritualidad de un testigo de Cristo dispuesto a todo, dispuesto a dar la vida, que ha sido poco estudiado hasta ahora. Luego, un profesor de Madrid, de la Universidad San Dámaso, hablará del «Espíritu de los mártires del siglo XX en España» y Mª Victoria Hernández, postuladora en Roma de varias causas de beatificación de mártires, hablará de la «Espiritualidad martirial en España, antes y después de la gran persecución en los años 30», porque también tuvo unas consecuencias en la espiritualidad de muchas personas que están en procesos, aunque no sean mártires.

Por fin, el último día, el viernes 28, será «El martirio como la santidad más peculiar del siglo XX». En el siglo XX, el tipo de santidad más específica es el martirio. ¿Por qué? Pues de esto hablarán Melchor Sánchez De Toca, que es Relator del Dicasterio para los santos del Vaticano y Fernando Millán Romeral, que es Profesor en Comillas (Madrid) y ha sido Prior General de la Orden del Carmen, que hablará de los «Mártires del siglo XX, portadores de la esperanza que no defrauda» y por fin el Arzobispo de Oviedo, Mons. Jesús Sanz, el viernes a las seis y media de la tarde, hablará de «Mártires para evangelizar la cultura pagana moderna».

Y luego entre esto habrá celebraciones litúrgicas, películas sobre el tema, etc. Todo el programa se puede consultar en la página web de la diócesis.

¿Qué fue lo que pasó en esos momentos de la historia, en los años 30 del pasado siglo, para que se diera semejante odio contra personas que no participaban de ideologías, ni de siglas, ni de partidos políticos? Llama la atención ese odio, como llama también la atención la fidelidad de los mártires, porque además se sabe que no hubo ninguna apostasía.

Pues sí, tienes razón, llama la atención de este fenómeno en el siglo XX, como decía antes, pero no solo en España. Algunos católicos, ahora, miran este tema con un poco de recelo porque piensan que es una cuestión política. Lo cierto es que la Iglesia no beatifica ni canoniza a religiosos o seglares de ningún partido o ideología determinada. Ciertamente es un tema que tuvo, en su momento, implicaciones políticas, pero es algo mucho más profundo, que empalma con la tradición de siempre de la Iglesia, desde San Pablo y San Pedro y San Cipriano de Cartago y San Esteban, de que proclamar a Cristo, decir que la esperanza verdadera pasa por la unión con Jesucristo, crucificado y resucitado, y que allí está el motor del mundo y la esperanza de la humanidad que no defrauda, cuando esto se hace así, en distintos ámbitos culturales, tanto en la época romana como en el siglo XX, causa oposición. Y no es que los que apretaron el gatillo, por ejemplo, en la playa de Gijón, que era gente con un odio personal a los que mataron. Ni los conocían la mayor parte de las veces. No era una cuestión de odio personal. Es una cuestión de un odio a la fe en cuanto tal, del mundo. Y esto abarca todas las ideologías políticas. Porque el mundo adora a falsos dioses y el mundo de los romanos adoraba a los ídolos romanos y al emperador, que era su dios. Y el mundo moderno, el mundo de la Europa del siglo XX, adora a un ídolo que se llama «progreso». La cultura pública occidental moderna espera que, gracias a los poderes humanos, vamos a hacer el cielo en la tierra. Va llegar un día en que el progreso en este sentido nos va a dar todo lo que nuestra alma espera y va a saciar todas nuestras necesidades materiales y espirituales. Va a ser pronto. Estamos a punto de conseguirlo. Es lo que Popper llamaba el «materialismo prometedor». Y ese paganismo, esa cuestión religiosa de equivocarse de Dios, es la que ha alimentado ideologías de todos los signos, tanto anarquistas como marxistas revolucionarias, como nazis y nacionalsocialistas que han odiado a la fe y a la Iglesia. Y entonces las personas que representan más la fe de la Iglesia, las personas que iban a misa, los católicos, por supuesto los curas, los obispos, los religiosos y religiosas, pues fueron víctimas sacrificadas en el altar del «dios progreso». No solo ellos, sino que el siglo XX ha sido el siglo de las masacres mayores de la historia, todos sacrificados en aras del progreso. O mejor dicho, en el altar del «ídolo progreso». Nosotros, al venerar a los mártires, hacemos lo que hizo la Iglesia siempre en la época de los romanos, en la época medieval, en todas las épocas. Pero en siglo XX, como ha habido esta historia tan dominada por estos ídolos, sobre todo por este «ídolo Progreso» pues el martirio se ha vuelto la santidad más peculiar de esta época. No hay que tener miedo a reconocer, a amar y a pedir la intercesión de los mártires, porque es un gran tesoro y una gran fuerza para la evangelización de nuestro tiempo.

lunes, 10 de agosto de 2026

San Lorenzo: servir a Cristo en los pobres y permanecer fiel hasta el martirio

(Infovaticana) Cada 10 de agosto, la Iglesia celebra a san Lorenzo, uno de los mártires más venerados de la antigua Iglesia de Roma. Diácono al servicio del papa san Sixto II, su memoria ha atravesado los siglos unida a dos testimonios inseparables: la caridad hacia los pobres y una fidelidad a Cristo mantenida hasta el martirio.

Los datos sobre sus primeros años son escasos. Una antigua tradición sitúa su nacimiento en Hispania y lo vincula particularmente con Huesca.

Su vida conocida, sin embargo, transcurre fundamentalmente en Roma, donde ejerció el ministerio diaconal y asumió responsabilidades relacionadas con la administración de los bienes de la comunidad y la atención a los necesitados.

Junto a san Sixto II durante la persecución

En el año 258, la persecución del emperador Valeriano golpeó directamente a la jerarquía de la Iglesia. El papa Sixto II fue detenido mientras celebraba la liturgia en el cementerio de Calixto y ejecutado el 6 de agosto junto con varios diáconos.

Lorenzo sobrevivió inicialmente, aunque solo durante cuatro días.

San Ambrosio transmitió posteriormente una conocida tradición según la cual Lorenzo, al ver que conducían al Papa hacia el martirio, lamentó no poder acompañarlo: «¿Adónde vas, padre, sin tu hijo? ¿Adónde te diriges, santo sacerdote, sin tu diácono?». Sixto le habría anunciado entonces que lo seguiría pocos días después.

La escena refleja la estrecha vinculación que la tradición cristiana estableció desde muy temprano entre ambos mártires: el obispo y su diácono terminarían entregando la vida durante la misma persecución y con apenas unos días de diferencia.

«Estos son los tesoros de la Iglesia»

Como diácono, Lorenzo tenía entre sus responsabilidades la administración de bienes destinados a atender las necesidades de la comunidad y, de manera particular, de los pobres.

Tras la muerte de Sixto II, las autoridades romanas habrían exigido a Lorenzo la entrega de las riquezas de la Iglesia. La tradición conserva entonces uno de los episodios más célebres de su vida: en lugar de presentar los bienes que esperaban encontrar, el diácono reunió a pobres, enfermos y necesitados y los mostró como los verdaderos «tesoros de la Iglesia».

La respuesta expresa una concepción profundamente cristiana de la riqueza. Para Lorenzo, los pobres no constituían una realidad marginal dentro de la comunidad, sino personas en las que el discípulo de Cristo está llamado a reconocer de manera especial al propio Señor.

Su servicio a los necesitados tampoco puede separarse de su ministerio como diácono. La caridad que practicaba nacía de la misma fe que pocos días después tendría que confesar ante sus perseguidores.

El martirio de san Lorenzo

El 10 de agosto del año 258, cuatro días después de la muerte de Sixto II, Lorenzo sufrió el martirio.

El Misal Romano recuerda que el santo «confirmó su servicio de caridad con el martirio bajo Valeriano» y recoge la tradición según la cual había distribuido los bienes de la comunidad entre los pobres.

También una antigua tradición, ampliamente difundida ya en el siglo IV, sostiene que Lorenzo fue sometido al tormento sobre una parrilla. La escena quedó profundamente incorporada a la memoria y a la iconografía cristianas, hasta el punto de que la parrilla se convirtió en el atributo que habitualmente permite reconocer al santo en pinturas y esculturas.

A esa tradición se encuentra asociado incluso un conocido fenómeno del cielo de agosto. Las estrellas fugaces visibles alrededor de estas fechas reciben popularmente el nombre de «lágrimas de san Lorenzo», en recuerdo de las brasas relacionadas con su martirio.

Más allá de la forma concreta de su suplicio, la Iglesia ha conservado ante todo la memoria de su fidelidad: Lorenzo murió como consecuencia de su condición de cristiano y de su ministerio al servicio de la Iglesia de Roma.

«Amó a Cristo en su vida y le imitó en su muerte»

San Agustín encontró en la figura de Lorenzo una profunda continuidad entre el servicio del diácono y la entrega del mártir.

En uno de sus sermones pronunciados con ocasión de su fiesta, el obispo de Hipona recordaba: «Ejercía el oficio de diácono. Allí administró la sagrada sangre de Cristo y allí derramó la suya por el nombre de Cristo».

Agustín relacionaba el martirio de Lorenzo con las palabras de san Juan: «Como Cristo entregó su vida por nosotros, así también nosotros debemos entregarla por nuestros hermanos» (1 Jn 3,16).

Y resumía la vida del santo con una frase que explica el sentido cristiano de su martirio: «Amó a Cristo en su vida y le imitó en su muerte».

Lorenzo había servido como diácono antes de ser llamado a entregar la vida como mártir. El sacrificio final no aparece así desligado de su existencia anterior, sino como la culminación de una fidelidad ejercida previamente en el servicio a Dios y al prójimo.
Un mártir presente en el corazón de la liturgia romana

La veneración a san Lorenzo se extendió muy pronto y llegó a ocupar un lugar privilegiado en la Iglesia de Roma.

Sobre el lugar tradicionalmente identificado con su sepultura se levantó la basílica de San Lorenzo Extramuros, que se convirtió en uno de los grandes lugares de veneración de los mártires romanos.

Su nombre quedó además incorporado a la liturgia. San Lorenzo es uno de los mártires mencionados expresamente en el Canon Romano, actualmente la Plegaria Eucarística I, junto a otros grandes testigos de los primeros siglos del cristianismo.

Durante generaciones, por tanto, su nombre ha sido pronunciado en el corazón mismo de la celebración de la Misa. La Iglesia lo reconoce además como patrono de los diáconos, el ministerio que desempeñó hasta entregar su vida.

Una fidelidad que permanece como ejemplo

Dieciocho siglos después, la Iglesia sigue celebrando a san Lorenzo no por la crueldad del tormento que padeció, sino por la fe que sostuvo su vida y su muerte. Su servicio a los pobres y su martirio nacieron de una misma fidelidad a Cristo.

Lorenzo había aprendido como diácono a administrar los bienes de la Iglesia al servicio de quienes los necesitaban. Cuando llegó la persecución, esa entrega alcanzó su expresión definitiva: ya no tuvo bienes que distribuir, sino su propia vida que ofrecer.

San Agustín lo resumió con palabras que atraviesan los siglos: «Amó a Cristo en su vida y le imitó en su muerte». En ellas permanece una de las grandes enseñanzas de san Lorenzo: la fidelidad en el momento de la prueba se prepara en la fidelidad cotidiana.

Odisea. Por Guillermo Juan Morado

(La Puerta de Damasco) En el mundo griego, los poetas intentaron alcanzar de manera mítica y fantástica, mediante la intuición y la imaginación, la comprensión del hombre, de la historia y del universo; en suma, de la realidad presentada en su totalidad. Los poemas homéricos, la “Ilíada” y la “Odisea”, supusieron para los primeros griegos algo análogo a lo que la Biblia supuso para los judíos. Y lo que constituyó el alimento espiritual para los griegos, al ser Grecia uno de los pilares de la cultura occidental, lo sigue siendo, en cierto modo, también para nosotros en la actualidad.

La película “Odisea”, del director británico Christopher Nolan, ha sido uno de los grandes estrenos de julio de 2026. El filme recrea el complicado regreso de Odiseo a Ítaca tras la guerra de Troya, una travesía que se extiende por diez años y que enfrenta numerosos obstáculos. En su patria, Ítaca, lo esperan su esposa, Penélope, y su hijo, Telémaco, asediados no solo por la angustiosa espera del retorno de Odiseo, sino también por los intentos de los pretendientes que compiten entre sí para contraer matrimonio con Penélope y así adueñarse del reino.

El camino de Odiseo es, en buena medida, un camino interior, en el que se entretejen el recuerdo y el remordimiento por unas acciones que no siempre han estado inspiradas por Zeus ni por la recta conciencia. Tiene, pues, un cierto carácter penitencial, reforzado por el hecho de que Odiseo y los suyos han de superar continuas pruebas: son capturados por el cíclope Polifemo, hijo de Poseidón, quien los condena a perderse en el mar. En Eea, los salvajes lestrigones destruyen dos de sus barcos y matan a la mayoría de los seguidores de Odiseo. Los supervivientes buscan refugio junto a la hechicera Circe, quien los transforma en cerdos. Odiseo habrá de descender al Hades, al reino de los muertos, donde se le profetiza que solo él llegará a casa. Tras muchas otras peripecias llega a la costa de Ogigia, donde la ninfa Calipso lo cuida durante siete años alimentándolo con flores de loto. Finalmente le permite construir una balsa improvisada y lo ayuda a reconciliarse con los dioses. Gracias a la ayuda divina, Odiseo consigue llegar milagrosamente a Ítaca.

No han faltado las críticas a esta versión cinematográfica del poema homérico. Una reconocida traductora al inglés de esta obra de Homero llegó incluso a señalar que le daría vergüenza haber escrito cualquier parte del guion. En realidad, si uno se pone en plan purista, no habría otra opción que leer la “Odisea” en griego, sin traducciones, y, por supuesto, sin adaptaciones audiovisuales.

A mí la película me ha encantado. Me siento próximo a la valoración de la misma hecha por el obispo y teólogo noruego Erik Varden en su blog personal: “Lo que hace Nolan es mostrar por qué la epopeya importa, por qué la imagen de Escila y Caribdis, o del telar de Penélope, aún perdura en nuestra memoria; por qué los nombres de Euriclea y Eumeo nos llenan de ternura; por qué la sola idea de Circe (magníficamente dramatizada) nos estremece. Transmite la urgencia del texto. La tipología de una civilización moribunda es un tanto forzada, pero ‘toca’ una fibra sensible en la actualidad. Por lo tanto, me complace disfrutarlo. Te hace reflexionar. Y te dan ganas de releer a Homero […] Una película que produce tal efecto puede considerarse un éxito”.

domingo, 9 de agosto de 2026

«Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!». Por Joaquín Manuel Serrano Vila


El hilo conductor de la liturgia de este Domingo XIX del Tiempo Ordinario es el encuentro con Dios en medio de la crisis y el descubrimiento de su presencia oculta, que desarma nuestros miedos y nos invita a una confianza radical. En las distintas lecturas vemos a creyentes ejemplares —Elías, Pablo, los Apóstoles y Pedro— enfrentándose a la tormenta, la persecución, el desánimo o el dolor profundo. Dios no se manifiesta en el ruido ensordecedor del mundo ni en el control de nuestras certezas humanas, sino en el susurro de la brisa, en la verdad del Espíritu y en la mano tendida de Jesús sobre las aguas. Así la Palabra de Dios de este domingo sale a nuestro encuentro en el mar de nuestra vida cotidiana. Con frecuencia nos encontramos cansados, asustados por vientos contrarios y con la sensación de que nuestras barcas y proyectos zozobran. La liturgia nos invita a hacer silencio y a afinar el oído del alma. Dios está pasando a nuestro lado; no viene a destruir con el estruendo de la fuerza, sino a rescatarnos con la delicadeza de su amor.

En la lectura del libro primero de los Reyes vemos al profeta Elías que se encuentra en un momento de crisis absoluta. Ha defendido celosamente el nombre del Señor contra los profetas de Baal, pero ahora la reina Jezabel lo busca para matarlo. Desanimado, asustado y deseando la muerte, huye al monte Horeb y se esconde en una cueva. Elías esperaba que Dios interviniera de forma espectacular y destructiva para aplastar a sus enemigos. Sin embargo, el texto nos regala una catequesis profunda sobre la naturaleza de Dios. Por un lado se nos presentan los falsos escenarios del poder. Pasa un huracán violento que rompe las rocas, pero Dios no está allí. Viene un terremoto que sacude los cimientos de la tierra, pero Dios tampoco está allí. Llega un fuego devorador, y Dios sigue ausente de la espectacularidad. Y viene el colofón con la pedagogía de la brisa suave: Dios se hace presente en el «susurro de una brisa suave» o "el rumor de un silencio sutil". Sólo cuando Elías percibe esta paz delicada, se cubre el rostro con el manto en señal de adoración y sale a la entrada de la cueva. Vivimos en la cultura del ruido, las prisas y la inmediatez. A veces exigimos a Dios que actúe con "terremotos" o "fuegos", solucionando mágicamente nuestros problemas o castigando lo que consideramos injusto. Esta lectura nos enseña que para escuchar a Dios es indispensable cultivar el silencio interior. Dios habla bajo, susurra al corazón. Si nuestra mente está llena de voces, angustias o pantallas, nos perderemos el paso salvador del Señor. El salmista nos lo confirma de nuevo: "La paz y la justicia se besan"...

En la segunda lectura del apóstol San Pablo a los Romanos, el autor nos introduce en un tipo de tormenta muy diferente: el sufrimiento pastoral y el dolor por la incredulidad de los suyos. El Apóstol experimenta una «gran tristeza y un dolor incesante» en su corazón porque sus hermanos de raza, el pueblo de Israel, no han reconocido a Jesús como el Mesías. Pablo llega a decir algo impresionante: «Desearía ser yo mismo un proscrito, alejado de Cristo, por el bien de mis hermanos». Está dispuesto a renunciar a su propia salvación si con ello lograra que su pueblo aceptara el Evangelio. He aquí el misterio de la elección, San Pablo enumera con orgullo los privilegios de Israel: la filiación, la gloria, las alianzas, la ley, las promesas y, sobre todo, que de ellos procede Cristo según la carne. Esta lectura sacude nuestra indiferencia: ¿nos duele de verdad que nuestros seres queridos, amigos o la sociedad en general vivan de espaldas a Dios? El sufrimiento de Pablo no nace del orgullo herido de un predicador que fracasa, sino del amor apasionado de un testigo que quiere lo mejor para los suyos. Nos invita a interceder por los que dudan o andan alejados, recordando que nuestra fe no es un privilegio para uso exclusivo, sino una responsabilidad misionera y un don que debe compartirse con  pasión y compasión.

El pasaje del evangelio de este domingo, tomado del capítulo 14 de San Mateo, sitúa a la Iglesia primitiva y a nosotros mismos en el escenario clásico de las dificultades de la fe. Jesús obliga a los discípulos a subir a la barca y adelantarse a la otra orilla mientras él sube al monte a orar a solas. Al llegar la noche, la barca se encuentra en medio del lago, sacudida por las olas y con el viento en contra. Es el símbolo exacto de la Iglesia y del creyente en épocas de crisis, secularización o sufrimiento personal. Sentimos que Jesús está ausente y que las fuerzas del mal nos superan. De madrugada, Jesús se acerca caminando sobre el mar. En lugar de consolarse, los discípulos gritan de miedo pensando que es un fantasma. A menudo nos cuesta reconocer a Dios en medio del sufrimiento; confundimos su pedagogía o su cercanía con una amenaza o con la nada. «Ánimo, soy yo, no tengáis miedo». La palabra de Jesús introduce la calma antes de aplacar el viento físico. El "Soy yo" evoca el nombre divino revelado a Moisés. Es la certeza de que Dios tiene el control por encima del caos. Pedro, impulsivo, le dice: «Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre el agua». Al recibir el «Ven», Pedro camina apoyado únicamente en la palabra de su Maestro. Pero al apartar los ojos de Jesús y fijarse en la violencia del viento, empieza a hundirse. Ante el grito desesperado de «Señor, sálvame», la reacción de Jesús es inmediata: extiende la mano y lo agarra. El reproche es amoroso: «¿Por qué has dudado, hombre de poca fe?» No busca hundir a Pedro, sino purificar su confianza. Al subir a la barca, el viento cesa y la comunidad prorrumpe en una profesión de fe: «Realmente eres Hijo de Dios». Mantengamos la mirada en Jesús como Pedro. Cuando las olas de la enfermedad, los problemas familiares, económicos o la debilidad espiritual golpeen nuestra barca, no nos concentremos únicamente en el tamaño del problema y la angustia de la crisis. Si miramos sólo al viento, le tendremos miedo y nos hundiremos. Miremos a Cristo, escuchemos su Palabra y, si fallamos, tengamos la valentía de gritar con humildad: «¡Señor, sálvame!». Él está siempre a la distancia de una mano extendida.