domingo, 15 de marzo de 2026

“Creo, Señor”. Por Joaquín Manuel Serrano Vila


Hoy celebramos el cuarto domingo de Cuaresma, llamado tradicionalmente domingo “Laetare”, que significa “alégrate”. En medio del camino cuaresmal, la Iglesia nos invita a hacer una pausa de esperanza. No es una alegría superficial, sino la alegría profunda de saber que Dios está obrando nuestra salvación y que la luz de Cristo ya comienza a iluminar nuestro camino hacia la Pascua. Las lecturas de hoy tienen un tema muy fuerte y profundo: la mirada de Dios y la luz que transforma la vida. Y es que Dios no mira las apariencias, sino el corazón.

En la primera lectura vemos un momento muy importante en la historia de Israel: Dios envía al profeta Samuel a ungir al nuevo rey. Samuel llega a la casa de Jesé y ve a los hijos mayores, fuertes, altos, con apariencia de líderes. Humanamente parecía evidente quién debía ser el elegido. Pero Dios dice una frase que atraviesa toda la Biblia: “El hombre mira las apariencias, pero el Señor mira el corazón”. Y entonces ocurre algo sorprendente: Dios elige al más pequeño, al que ni siquiera estaba presente en la reunión, a David, el pastor de ovejas. Esto revela algo fundamental, y es que Dios no elige como elegimos nosotros, ni se deja impresionar por lo externo; Dios mira lo profundo del corazón... Cuántas veces en nuestra sociedad, ocurre lo contrario: se valora la apariencia, el poder, la fama, el dinero o la imagen. Pero Dios busca algo distinto, un corazón abierto, humilde y disponible. La historia de David nos recuerda que muchas veces los que el mundo considera pequeños son los grandes para Dios. Tal vez alguien se siente pequeño, insignificante, ignorado, poco valorado... Pues hoy el Señor nos dice: “Yo te veo. Yo conozco tu corazón.”

San Pablo, en la segunda lectura, profundiza este mismo tema desde otra perspectiva. Él dice: “Antes erais tinieblas, pero ahora sois luz. Vivid como hijos de la luz”. La Cuaresma es precisamente eso, un paso de la oscuridad a la luz. Las tinieblas pueden tomar muchas formas, como el pecado, el egoísmo, la indiferencia, la mentira, la falta de amor... Pero Cristo vino al mundo para iluminar nuestra vida. San Pablo nos recuerda algo muy importante, no sólo debemos recibir la luz, sino vivir como hijos de la luz. Esto significa que nuestra vida debe reflejar la bondad, la justicia, la verdad... Un cristiano no puede vivir en contradicción permanente. No podemos decir que seguimos a Cristo y al mismo tiempo vivir en la oscuridad del egoísmo y la miseria del poecado. La luz siempre revela, purifica y transforma.

El evangelio de hoy es uno de los relatos más bellos y profundos del Evangelio de Juan, la curación del ciego de nacimiento. Jesús encuentra a un hombre que nunca ha visto. Nunca ha visto la luz, los colores, los rostros. Vive en una oscuridad total. Los discípulos preguntan algo típico de la mentalidad de la época: “¿Quién pecó, él o sus padres para que naciera ciego?”. Jesús responde sentenciando, y es que no se trata de buscar culpables, sino de manifestar la obra de Dios. Jesús, entonces, hace algo muy simbólico: mezcla barro con saliva, lo pone en los ojos del ciego, y lo envía a lavarse. Cuando el hombre se lava, comienza a ver. Pero el verdadero milagro no es solo físico. Es un proceso espiritual. El hombre pasa por varias etapas. Primero dice: “Ese hombre que se llama Jesús”. Luego dice: “Es un profeta”. Después reconoce que viene de Dios. Y finalmente lo adora como Señor. Es decir; no solo recupera la vista física, sino también la fe... Mientras el ciego comienza a ver cada vez más claro, ocurre lo contrario con los fariseos; ellos tienen ojos sanos y no son invidentes, pero no quieren ver. Están tan seguros de sí mismos que rechazan la propia evidencia. Al final del relato, Jesús dice algo impresionante: “He venido para que los que no ven vean, y los que ven se vuelvan ciegos”. Es decir; los humildes reciben la luz, los orgullosos permanecen en la oscuridad. La verdadera ceguera no es la falta de visión física. La verdadera ceguera es la soberbia, el corazón cerrado, la incapacidad de reconocer a Dios... Hay muchas personas que ven perfectamente, pero no son capaces de ver a Dios en su vida... Este evangelio nos invita a preguntarnos: ¿Quién soy yo en esta historia; soy como el ciego que reconoce su necesidad de luz, o como los fariseos que creen que ya lo saben todo?... La fe comienza siempre con una actitud humilde: “Señor, necesito que abras mis ojos”... Necesitamos que Jesús abra nuestros ojos para ver el sufrimiento de los demás, la presencia de Dios en nuestra vida, nuestras propias faltas, el camino que debemos seguir.

La Cuaresma es tiempo para abrir los ojos. Es, precisamente, el tiempo en el que Cristo quiere sanar nuestra vista. A veces también nosotros vivimos en cierta oscuridad, nos acostumbramos al pecado, justificamos nuestras actitudes, dejamos de escuchar a Dios. Pero el Señor sigue pasando por nuestro camino y nos dice: “Ve a lavarte”; es decir, conviértete; cambia tu vida, deja que mi gracia te purifique. En el fondo, todo el evangelio de hoy gira en torno a una afirmación de Jesús: “Yo soy la luz del mundo”. Sin Cristo, la vida queda en absoluta oscuridad; con Él todo cambia. Cristo ilumina nuestras decisiones, nuestras relaciones, nuestras heridas, nuestro futuro. Por eso el domingo Laetare es un domingo de alegría. Porque aunque el camino cuaresmal todavía continúa; ya vemos la luz de la Pascua acercarse. Pidamos hoy al Señor tres cosas: Un corazón que Dios pueda mirar con alegría, como miró el de David. La gracia de vivir como hijos de la luz, como nos pide San Pablo. Y la humildad del ciego del evangelio, que dejó que Jesús tocara y cambiara su vida. Que podamos decir al final de nuestro camino de fe como aquel hombre sanado: “Creo, Señor...”

Evangelio Domingo IV de Cuaresma

Lectura del santo evangelio según san Juan 9, 1. 6-9. 13-17. 34-38

En aquel tiempo, al pasar, vio Jesús a un hombre ciego de nacimiento.

Entonces escupió en la tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego, y le dijo:
«Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado)».

Él fue, se lavó, y volvió con vista. Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban:
«¿No es ese el que se sentaba a pedir?».

Unos decían:
«El mismo».

Otros decían:
«No es él, pero se le parece».

El respondía:
«Soy yo».

Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista.

Él les contestó:
«Me puso barro en los ojos, me lavé y veo».

Algunos de Los fariseos comentaban:
«Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado».

Otros replicaban:
«¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?».

Y estaban divididos. Y volvieron a preguntarle al ciego:
«Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?».

Él contestó:
«Que es un profeta».

Le replicaron:
«Has nacido completamente empecatado, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?».

Y lo expulsaron.

Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo:
«¿Crees tú en el Hijo del hombre?».

Él contestó:
«¿Y quién es, Señor, para que crea en él?».

Jesús le dijo:
«Lo estás viendo: el que te está hablando, ese es».

Él dijo:
«Creo, Señor».

Y se postró ante él.

Palabra del Señor

Los contrastes en Panamá. Por Monseñor Fray Jesús Sanz Montes O.F.M.



Después del periplo misionero mexicano, hicimos la segunda y última escala en el bello país centroamericano de Panamá. La buena amistad con el arzobispo agustino de Ciudad de Panamá hizo que volviese a ese rico y querido rincón caribeño que hace de puente comercial entre los dos grandes océanos del Atlántico y el Pacífico con su famoso canal, trasiego importante en las mercaderías mundiales con todo tipo de buques que llevan de un lado a otro containers, vehículos y combustibles. Pero llama la atención la diferencia de escenario. En la Ciudad de Panamá moderna te encuentras con inmensos rascacielos como si fuera una avenida más de Nueva York, o como si fuera un Manhattan con su bahía de vistas al mar. La calidad de los automóviles, la proliferación de grandes firmas comerciales, elegantes restaurantes y hoteles de lujo, hace que te confundas con el ambiente bien distinto y distinguido que allí se exhibe.

No lejos de ese centro, está el estilo del virreinato. Su inequívoco sabor colonial también te transporta a otras épocas gloriosas de los primeros lances tras el descubrimiento de América. No en vano, Panamá fue donde por primera vez se celebró la santa Misa en tierra firme (propiamente, la primera tras el descubrimiento fue en La Española, actual Santo Domingo). Quedan algunas iglesias preciosas de aquella época, vinculadas a las Órdenes religiosas cuyos misioneros fueron la avanzadilla de la evangelización: franciscanos, mercedarios, dominicos, jesuitas… No deja de ser un paseo lleno de belleza simple y esencial que te transporta a un tiempo de apertura y mestizaje con los nativos de entonces al cruzarse con los españoles que allí se allegaban, cuando merodeas sus calles.

Pero tras estos dos escenarios nobles y curiosos, cada uno con su significado y andadura en el tiempo, fuimos a lo que propiamente era el objeto de nuestro viaje misionero. No hizo falta emplear mucho tiempo para poner distancia en lo que habíamos visto anteriormente. A muy pocos kilómetros nos topamos con una realidad realmente distinta, donde los contrastes se hacían manifiestos y la provocación cristiana estaba servida pidiendo quizás una respuesta a lo que aparecía ante nuestra mirada. Se trataba de inmensas superficies de casitas pequeñas agrupadas en unas pocas parroquias y sus aledañas capillas. La foresta de sus bosques bajos ocultaban a los ojos la enorme cantidad de personas que allí vivían con una grande pobreza y con mucha dignidad sus cosas. También había favelas que como barrios de chabolas acogían a enteras y fecundas familias que sobreviven en medio de una naturaleza fértil en frutas tropicales y hortalizas lugareñas.

Una de las zonas visitadas tenía un censo increíble: cien mil personas sumadas y hacinadas ordenadamente. Enseguida pregunté cómo se hacía para acompañar a toda esa gente que es, además, profundamente cristiana en su sencillez. Y la respuesta me dejó sorprendido, cuando lo comparas con los apuros y desafíos que tenemos en esta parte del mundo. Me dijeron que para acompañar pastoralmente a toda esa gente, contaban con un sacerdote, dos diáconos permanentes, alguna comunidad de religiosas y con muchos laicos que se implican. Todos los centros de culto, con sus correspondientes celebraciones litúrgicas y servicios sacramentales, los van visitando el sacerdote y los dos diáconos. Pero el resto de las necesidades en el terreno social de la caridad, en el de la formación catequética y en la proyección cultural católica, cuentan con los laicos y religiosas que ellos denominan “delegados de la Palabra”. Lógicamente, hay que formar a tantos colaboradores y esta es una de las prioridades de aquella diócesis. Es todo un reto que nos abre misioneramente a la esperanza que nos hermana. Y aquí aparece una posibilidad de compromiso fraterno con aquellos pueblos acogedores y sencillos que, teniendo hambre de Dios, nos esperan para acompañarlos. Dios lo quiera y nos ayude a todos en esta empresa.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

sábado, 14 de marzo de 2026

León XIV urge a redescubrir la confesión y recuerda la obligación canónica de confesarse al menos una vez al año

(InfoCatólica) El sacramento de la reconciliación encierra un tesoro que la Iglesia pone a disposición de todos los bautizados, pero que con demasiada frecuencia permanece sin recoger. El Papa León XIV lo recordó este viernes con afecto y firmeza ante los futuros confesores reunidos en el Palacio Apostólico Vaticano, invocando el mandato que obliga a todo cristiano a confesarse al menos una vez al año y evocando a los grandes santos que hicieron del confesionario el centro de su vida sacerdotal y el camino de su santidad.

El Santo Padre recibió a los sacerdotes, diáconos y seminaristas participantes en el 36.º Curso sobre el Fuero Interno, iniciativa anual de la Penitenciaría Apostólica para la formación de confesores. Saludó al Cardenal Angelo De Donatis, Penitenciario Mayor, al regente Mons. Nykiel y a todos los miembros de la Penitenciaría. Recordó que el curso fue impulsado por San Juan Pablo II «con su pasión pastoral», confirmado por Benedicto XVI «con su sabiduría teológica» y continuado por el Papa Francisco, «que siempre tuvo gran cuidado del rostro misericordioso de la Iglesia». León XIV animó a proseguir y ampliar esta oferta formativa para que el cuarto sacramento sea «cada vez más profundamente conocido, adecuadamente celebrado y, por ello, serena y eficazmente vivido por todo el santo pueblo de Dios».

Un tesoro que nadie recoge

El Papa no esquivó el diagnóstico: a la reiterabilidad que la Iglesia reconoce al sacramento no corresponde siempre, por parte de los bautizados, la solicitud de acudir a él. «El inmenso tesoro de la misericordia de la Iglesia permanece inutilizado», afirmó León XIV, por una «difusa distracción de los cristianos que, no pocas veces, permanecen largo tiempo en estado de pecado, en lugar de acercarse al confesionario con sencillez de fe y de corazón para acoger el don del Señor Resucitado».

Para subrayar que no se trata de una aspiración piadosa sino de una obligación vinculante, el Papa recordó el doble respaldo normativo de la práctica. El Concilio de Letrán IV, en 1215, estableció la obligación de la confesión sacramental al menos una vez al año. El Catecismo de la Iglesia Católica (n. 1457) confirmó esa norma tras el Concilio Vaticano II, y el Código de Derecho Canónico la recoge en términos precisos: «Todo fiel, llegado al uso de razón, está obligado a confesar fielmente sus pecados graves al menos una vez al año» (CIC 989).

El Papa encontró en San Agustín la articulación más luminosa de lo que está en juego: «Quien reconoce sus propios pecados y los condena ya está de acuerdo con Dios. Dios condena tus pecados; y si tú también los condenas, te unes a Dios». Reconocer los propios pecados, subrayó León XIV, equivale a «acordarse» con Dios, unirse a Él, y ese dinamismo tiene especial urgencia en el tiempo de Cuaresma que la Iglesia atraviesa.

Los santos que se santificaron en el confesionario

Frente al cuadro de abandono, León XIV ofreció a los jóvenes sacerdotes y ordenandos presentes un horizonte de plenitud sacerdotal encarnado en figuras concretas. «La vida entera de un sacerdote puede ser plenamente realizada celebrando asiduamente y fielmente este sacramento», afirmó. Y añadió con entusiasmo: «¡Cuántos sacerdotes se han hecho santos en el confesionario!»

Los nombres que evocó el Papa forman una galería que va del siglo XIX al XX: San Juan María Vianney, San Leopoldo Mandić, San Pío de Pietrelcina y el Beato Michał Sopoćko. Cuatro vidas sacerdotales cuya santidad brotó, en buena medida, de la fidelidad a ese tribunal de misericordia donde la Iglesia restituye a los penitentes la gracia perdida. «En el confesionario, queridos hermanos, colaboramos en la continua edificación de la Iglesia: una, santa, católica y apostólica; y así damos también energías nuevas a la sociedad y al mundo», les dijo el Papa.

La exhortación final fue, en consecuencia, coherente con el ejemplo invocado: León XIV pidió a los nuevos confesores que ellos mismos se acercaran al sacramento del perdón con «fiel constancia», para ser «los primeros beneficiarios de la divina Misericordia» de la que serán ministros.

La pregunta incómoda sobre los conflictos armados

El discurso situó la reconciliación sacramental en el horizonte más amplio de la paz. Tras definirla como «laboratorio de unidad» –que restablece sucesivamente la unión con Dios, la unidad interior de la persona y la comunión con la Iglesia–, León XIV proyectó esa lógica sobre la escena internacional con una interpelación directa: «Esos cristianos que tienen graves responsabilidades en los conflictos armados, ¿tienen la humildad y el valor de hacer un serio examen de conciencia y de confesarse?»

La frase, formulada como pregunta retórica, no cita conflictos ni protagonistas concretos, pero su alcance es inequívoco. Para el Papa, la paz entre los pueblos es fruto de personas interiormente reconciliadas: quien depone «las armas del orgullo» y se deja renovar continuamente por el perdón de Dios «se convierte en operador de reconciliación en la vida de cada día». León XIV cerró con las palabras atribuidas a San Francisco de Asís –«Señor, hazme instrumento de tu paz»– y encomendó a los participantes a María, Madre de la Misericordia, antes de impartir la bendición apostólica.

viernes, 13 de marzo de 2026

Reflexión para el 4° Domingo de Cuaresma. Por Monseñor Fray Jesús Sanz Montes O.F.M.

 

Ha fallecido la señora Juana, de La Serna. Por Jorge Gonzalez Guadalix

(De profesión cura) Ayer jueves a última hora de la tarde y casi de repente. No tuvo tiempo ni de sentirse un poco mala.

Juana era la parroquia de La Serna. 91 años de fidelidad y sonrisa. ¡Cuántas veces habremos celebrado misa los dos solos! Yo sabía que cualquier convocatoria siempre contaría con ella. Pido con fuerza que hoy Juana pueda contemplar cara a cara el rostro de Dios, asombrarse en el cielo ante su Virgen del Socorro, charlar con san Agustín, san Andrés, san Antonio, a los que tanta devoción tenía.

Nos queríamos mucho. Y yo, hoy, me siento más solo, más huérfano.

Mañana celebraremos la misa de cuerpo presente en La Serna a las 11 de la mañana, y a continuación conduciremos sus restos al camposanto.

En mi último libro hablo mucho de ella, de su fe, su buen humor, de esa sonrisa permanente que surgía sobreponiendose a gtanto como ha psado en su vida. Hoy, como homenaje, copio aquí un fragmento de lo recien publicado:

ESTA ES JUANA:

Cumplidos los 91 años de energía, de fe, de entrega, de sonrisa, porque si hay algo que caracteriza a la señora Juana, de La Serna del Monte, es su sonrisa.

Juana es la piedra angular sobre la que se asienta la comunidad parroquial de san Andrés apóstol de La Serna. Somos no pocos, sino poquísimos. Muchas veces la misa es para los dos, días feriados e incluso algún domingo o festivo.

Nos conocemos muy bien. Faltando entre dos y tres minutos aparece Juana. Generalmente, con un bastón. Si la cosa ese día pinta peor, se viene con dos. Nuestra conversación casi que es la misma de cada día:

- ¿Qué tal estamos hoy?

- Muy jodida, no se crea usted.

- A lo mejor estamos los dos solos en misa.

- Tranquilo. Ellos se lo pierden.

Y así celebramos. Los dos. Bueno, los dos que se vean a simple vista, porque ahí tenemos a san Andrés, la Virgen del Socorro, san Agustín, san Antonio, esos en imágenes y otra multitud de ángeles, arcángeles, querubines, serafines… que, hartos de parroquias llenas, se vienen con nosotros que andamos más necesitados de apoyo.

El gran don de Juana es su presencia. En La Serna celebramos viernes y domingos. No falla así caigan chuzos de punta. Tan solo algún día especial de mucha lluvia o nieve que yo me adelanto:

- Que hoy no venga, que está la tarde fatal.

- Tranquilo.

Y ahí que te aparece…

- Pero ¿cómo ha venido con la tarde que está?

- Tampoco es para tanto, y ya me apoyo con el bastón.

- La van a regañar sus hijas…

- Que digan lo que quieran.

Juana garantiza la misa en La Serna. Incluso en esos días de desánimo o pereza, yo sé que va a acudir, y su presencia es el mayor estímulo para celebrar y hacerlo con alegría.

Me quiere. Nos queremos mucho, aunque a veces me llame demonio. Este año, al volver de mis días de vacaciones, algo le traje, creo que unos dulces:

- Demonio de cura, siempre tiene que andar trayendo algo.

- Es mi costumbre, ya sabe.

Y su sonrisa se ilumina de manera especial.

Aquí estaremos. Hasta que Dios quiera. Hasta que doblemos peineta, como ella dice. Dios te bendiga, Juana.

Hoy no me basta un avemaría. Hoy dos. Por ella. Dios se lo pague.

jueves, 12 de marzo de 2026

«Los miserables, el origen»: disección de un cristianismo sin Cristo con personajes de Víctor Hugo

(Rel.) Los miserables, el origen se titula en francés Jean Valjean, y es una revisitación de los dos primeros libros de Los Miserables, de Víctor Hugo, centrándose en el Jean Valjean machacado por la injusticia y la prisión (un pétreo y duro Grégory Gadebois) y monseñor Bienvenu, el amable sacerdote que intentará transmitirle luz y transformación (un contenido y matizado Bernard Campan). Es una película de 98 minutos, meditativa sin llegar a ser experimental.

Magloire, la hermana del clérigo (Alexandra Lamy) y su criada Baptistine (Isabelle Carré) aportan dos enfoques femeninos a la historia. Magloire está enferma y sospecha que morirá pronto, por lo que no tiene miedo a nada. Tampoco tiene fe en Dios ni ninguna esperanza. Ya su nombre suena como "mi gloria" en francés... y, como decimos, apunta a su fugacidad.

La criada Baptistine es creyente pero desconfiada y justiciera, juzga por las apariencias (contra lo que enseña Cristo en Juan 7,24). Está empezando a leer y quiere aprender más. Cuando llega Jean Valjean, herido, enfadado, peligroso, a la casa ruinosa de monseñor Bienvenu, cada uno deberá afrontar sus temores o esperanzas.

Hay que tener en cuenta que el obispo generoso en cuestión existió de verdad; se llamaba François Melchor Charles Bienvenu de Miollis y está en proceso de beatificación. Víctor Hugo no lo conoció en persona pero sí a personas que trataron con él.

Valjean ha pasado 18 años en una cantera, como preso forzado, por robar un pan para alimentar a unos niños, y luego por intentar fugarse. La acogida generosa, cándida, del clérigo, le llevará a repasar mentalmente sus heridas en el cautiverio, su odio acumulado. Su mensaje repetido es que un hombre, bueno en su inicio, queda deformado por la sociedad y la crueldad de los semejantes, que no le acogen ni siquiera cuando es liberado.

Pero si Los Miserables era un ejemplo de romanticismo cristiano, esta película no llega a tener la densa emotividad del romanticismo ni llega a acercar a nadie a Cristo. Dice Fabrice Hadjadj que en el siglo XIX muchos creían en las virtudes cristianas sin Cristo, pero hoy ya no se da eso. Esta película intenta mostrar santos que no parecen beber de Cristo. Y no convence.

La película es más meditativa que emocional. Combina silencios con frases lapidarias. Cuanto más cercana al libro clásico, más convincente.

Si se hubiera filmado la película en la Unión Soviética, diríamos que un director criptocristiano la llena de signos evangélicos. El vaso de agua, ofrecido una y otra vez, remite a Marcos 9,41 ("quien os dé a beber un vaso de agua por el hecho de que sois de Cristo, no quedará sin recompensa"). La escena en que el clérigo entrega solemnemente una vela encendida al exconvicto resuena como la luz en la noche de Pascua.

Sin embargo, la bondad del clérigo, en la novela, remite a Cristo. No aquí, aunque le veamos rezar ante un crucifijo. Nunca cita la Palabra de Dios ni se encomienda a Él. Sabemos que se hizo clérigo tras perder a un ser querido, en una historia que no se nos detalla.

"Yo quería convertir, imponer, ser misionero", explica de sus primeros tiempos como clérigo. No se entiende ese "imponer" puesto que vemos que acude a intentar confesar a un ermitaño enfermo y antisocial, sin más recurso que su presencia. Allí recibe un vaso de agua y un cierto discurso humanista. "No soy descreído por no creer en que una Virgen dé a luz o no creer que un crucificado con corona de espinas vuelva a la vida. ¡La humanidad existe!", dice el ermitaño, que empatiza con los pobres.

Debería sonar solemne, pero parece dudoso que una frase así convenza a nadie (espectadores) después de la Primera Guerra Mundial. Sin embargo, parece que eso basta para convertir al clérigo acomodado en un santo generoso. Un ermitaño laico habría logrado con esa frase un nacer de nuevo que Cristo parece que no le aportaba. Y no será tan fuerte como para llegar a su hermana enferma, a la que acompaña con paciencia y cariño, pero sin aportarle fe.

En otra ocasión, Bienvenu mira las estrellas y su belleza y se la indica a Valjean, pero no porque apunten a un Creador bueno, o a una belleza que alcanza a todos. Y Valjean viene a decir que los pobres no disfrutan de ellas, cosa que quizá sea verdad en ciudades llenas de hollín, pero no en el campo.

Visualmente se transmite frío, piedra, dureza, oscuridad que rodea a las frágiles velas. Hay una hermosura casi de ciencia ficción en el penal-cantera, con sus uniformes rojos de presos, negros de guardias y su polvo blanco, que recuerda a la prisión también blanca de la teleserie Andor. El juego de colores impacta en el espectador.

Con todo, los espectadores que vayan buscando el romanticismo arrebatado de Los Miserables deben saber que no lo encontrarán. Y los que busquen el calor del Espíritu Santo que arrebata con su gozo, alegría, desprendimiento y generosidad, tampoco.

Más bien parece una película de humanistas intentando pasar por cristianos. Por supuesto, siempre podemos decir que el humanismo transformador es mucho mejor que el nihilismo, el consumismo narcotizado o la mera voluntad de poder destructora de los soberbios. Eso ya es una gran mejora respecto a lo que tenemos.