lunes, 20 de julio de 2026

La fe en la selección española campeona del Mundo

(Infovaticana) España conquistó su segundo Mundial tras imponerse por 1-0 a Argentina en la final disputada en Nueva Jersey este domingo. Ferran Torres marcó en la prórroga el gol que devolvió a la selección española a lo más alto del fútbol internacional dieciséis años después del título de Sudáfrica.

El triunfo cerró un campeonato en el que la fe volvió a hacerse visible sobre el terreno de juego. No como una iniciativa oficial de la FIFA ni como una identidad compartida por todos los participantes, sino mediante declaraciones, oraciones y gestos personales de futbolistas que no ocultaron sus convicciones religiosas ante las cámaras.
La fe dentro de la selección española

El vestuario español no es confesionalmente homogéneo. Lamine Yamal profesa el islam, otros jugadores no han hablado públicamente de sus creencias y algunos de los protagonistas de la segunda estrella han mostrado abiertamente su fe católica.

El caso más conocido es el de Luis de la Fuente, director técnico de la selección, que se ha definido como «católico practicante» y ha explicado que reza diariamente. Durante el Mundial aclaró que no pide a Dios ganar los partidos, sino que la oración le proporciona fortaleza, seguridad, calma y confianza.

«Rezo todos los días, pero no porque esté en un Mundial ni pretenda sacar un resultado», señaló el seleccionador, quien considera injusto pedir para sí una victoria frente a rivales que también pueden ser creyentes.

Ferran Torres, autor del gol decisivo contra Argentina, mostró durante la concentración las medallas que lleva bajo la camiseta. «Tengo la cruz y una Virgen. Creo que es algo que me da mucho apoyo, que me da tener muchísima fe y para mí es algo muy importante», explicó el delantero valenciano.

También Nico Williams expresó públicamente su confianza en Dios. Antes de la final difundió una fotografía arrodillado sobre el césped y señalando hacia el cielo, acompañada por la frase «God is great» —«Dios es grande»—. Su historia familiar mantiene, además, un vínculo estrecho con la Iglesia: sus padres, procedentes de Ghana, recibieron ayuda de Cáritas y del entonces sacerdote Iñaki Mardones cuando llegaron a Bilbao. El hermano mayor del futbolista recibió el nombre de Iñaki en agradecimiento a aquel sacerdote.

A estas expresiones se sumó el gesto de Mikel Merino tras marcar el gol de la victoria contra Portugal el 6 de julio. El navarro se colocó el pañuelo rojo y celebró el tanto con un «¡Viva San Fermín!», en referencia al patrón de Pamplona y a unas fiestas que comenzaban ese mismo día.

Estas manifestaciones no convierten a España en una selección confesional ni permiten atribuir el título a una intervención divina. Muestran, sencillamente, que algunos de sus principales protagonistas no consideran necesario esconder su fe en un ámbito sometido a una enorme exposición pública.

Oraciones entre adversarios

Las escenas religiosas no se limitaron al equipo campeón. En otro partidos, como entre Alemania y Curazao, varios jugadores de ambas selecciones se reunieron para rezar en el centro del campo.

Los alemanes Jonathan Tah y Felix Nmecha se sumaron a la oración de los jugadores caribeños tras un encuentro que había terminado con una amplia victoria germana. Nmecha explicó después que durante el partido eran rivales, pero que, una vez concluido, volvían a reconocerse como cristianos y hermanos.

«Todos creemos que Jesús es glorificado a través del juego y por eso rezamos juntos», afirmó.

La escena resultó especialmente significativa porque no se produjo después de una victoria equilibrada, sino tras una dura derrota de Curazao. La oración compartida no borró el resultado, pero mostró que la rivalidad deportiva no anulaba una fe común.

Los croatas Igor Matanović y Kristijan Jakić también hablaron abiertamente del catolicismo antes de su debut. Matanović aseguró que la oración le da fuerza porque siente que Dios lo escucha, mientras que Jakić sostuvo que la fe forma parte de la vida y de la identidad de la selección croata.

Otros jugadores del torneo, como el estadounidense Cristian Roldán, el mexicano Santiago Giménez, el portugués Cristiano Ronaldo o el francés Kylian Mbappé, han hablado igualmente de la oración, la Biblia y la gratitud a Dios como elementos presentes en sus carreras.

Argentina también llevó su fe a la final

La fe tampoco estuvo únicamente del lado español en el partido decisivo. Lionel Messi ha descrito en numerosas ocasiones su talento como un don recibido de Dios y acostumbra a señalar hacia el cielo después de marcar.

La selección argentina mantiene además una arraigada religiosidad popular. En su vestuario colocaron imágenes de la Virgen de Luján, del padre Pío y del papa Francisco, mientras que los botines de Messi fueron bendecidos en la basílica dedicada a la patrona de Argentina antes del torneo.

En una cultura que admite la exhibición pública de casi cualquier aspecto de la vida personal, pero observa con frecuencia la fe con incomodidad, el Mundial sí dejó un hecho relevante: en uno de los mayores espectáculos globales, numerosos futbolistas hablaron de Dios, rezaron con sus adversarios y llevaron signos religiosos sin relegarlos a la intimidad. Esa naturalidad no deja de ser significativa.

Santoral del día: San Elías

(Cope) La Antigua Alianza ha contado con grandes baluartes que ha sido defensores de la unión del Pueblo Elegido con el Cielo. Hoy celebramos a San Elías. Es el Antiguo Testamento el que nos describe cómo este Profeta de Dios ha de encararse con el pueblo que, tras prometer en el Sinaí fidelidad al Señor, rompe con la Alianza sellada.

En este Pasaje les reta a ofrecer un sacrificio al falso dios Baal y él lo ofrecerá al Señor Dios de Israel. Entonces les deja en evidencia cuando el falso mito no contesta, mientras él según le ora al Cielo, la víctima es consumida, convenciendo a todos de su error y reconociendo a Yavé. Después de esto huye, perseguido por la reina, caminando hasta el Horeb, donde la Providencia le conforta. En Sarepta se alojará en casa de una pobre viuda a la que ayuda, impidiendo que se muera y tenga alimento y salud. 

También se le considera el iniciador del Carmelo al divisar la nubecilla que subía al Cielo, prefigurando así a la Virgen del Carmen. Por Orden Divina unge profeta sucesor suyo a Eliseo, y mientras van de camino, un Carro de Fuego se sitúa en medio, arrebatando a Elías al Cielo. Desde allí también da un poco de sus saber y capacidad de pastoreo. Su presencia se hará patente en la Transfiguración del Señor conversando junto con Moisés.

domingo, 19 de julio de 2026

“Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo?". Por Joaquín Manuel Serrano Vila


Vivimos en una sociedad de respuestas rápidas y que exige resultados inmediatos. Nos cuesta tolerar la espera, la imperfección y el fallo ajeno. Queremos soluciones instantáneas y, a menudo, justicia inmediata. Quisiéramos arrancar de raíz y de forma violenta todo aquello que consideramos malo, molesto o pecaminoso, tanto a nuestro alrededor como dentro de nosotros mismos. Sin embargo, la liturgia de la Palabra de este Domingo XVI del Tiempo Ordinario nos invita a entrar en una lógica completamente distinta, la lógica de la paciencia, la misericordia y los procesos de Dios. Hoy las escrituras nos revelan que Dios no actúa con la prisa del hombre, sino con la pedagogía del agricultor que sabe esperar el tiempo de la cosecha.

En la primera lectura del libro de la Sabiduría se nos regala una de las definiciones más profundas sobre la soberanía de Dios. Nos dice el texto: “Tu fuerza es el principio de la justicia, y tu señorío sobre todo te hace ser indulgente con todos”. Y es que poder no es sinónimo de fuerza ni violencia. En el mundo terrenal, el poder se asocia con el control, la imposición, la sumisión y el castigo inmediato. Dios demuestra que su omnipotencia es tan grande que no necesita recurrir a la fuerza bruta para reafirmarse. Su verdadero poder se manifiesta en su capacidad de perdonar y de esperar. He aquí la lección de la moderación. Dios no nos destruye a la primera falta; al contrario, su paciencia es insuperable. Y también este pasaje es una llamada a la esperanza. Al actuar así, Dios nos enseña una lección fundamental: el justo debe ser humano y bondadoso. Además, abre siempre una puerta al futuro al conceder a sus hijos el arrepentimiento tras el pecado; Dios no nos encasilla en nuestros errores pasados. El salmista vuelve a incidir en ello: "Tú, Señor, eres bueno y clemente".

La segunda lectura de San Pablo a los Romanos nos va a recordar cómo el Espíritu Santo socorre nuestra debilidad. El Apóstol nos sitúa ante nuestra propia realidad: somos débiles y limitados. Incluso en algo tan íntimo y necesario como la oración, San Pablo afirma con total honestidad: “Nosotros no sabemos pedir como conviene”. Y a continuación alude a la figura del abogado interior. Ante nuestra incapacidad de comunicarnos plenamente con Dios, el Espíritu Santo acude en nuestra ayuda. Él intercede por nosotros con "gemidos inefables", traduciendo los anhelos más profundos de nuestro corazón, aquellos que ni siquiera nosotros mismos sabemos expresar con palabras. En pleno verano, somos llamados a orar desde el Espíritu; esta lectura nos invita a descansar en Dios. Rezar no consiste en convencer a Dios con discursos perfectos, sino en permitir que su Espíritu ore en nosotros, alineando nuestros deseos con la voluntad del Padre.

Y el corazón de la liturgia de la Palabra siempre es el evangelio, hoy tomado del capítulo 13 de San Mateo. El texto evangélico de san Mateo nos ofrece tres parábolas del Reino de los Cielos: el trigo y la cizaña, el grano de mostaza y la levadura en la masa. El primero de el Trigo y la Cizaña, nos habla de convivir con la imperfección. Los criados del campo, al ver que la cizaña crece junto al trigo, reaccionan con el impulso humano típico: “¿Quieres que vayamos a arrancarla?”. La respuesta del dueño de la casa es tajante: “No, no sea que al arrancar la cizaña arranquéis también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la siega”. Estamos pues, ante el misterio del mal. El mal existe y convive con el bien en el mundo, en la Iglesia y en nuestro propio corazón. Ninguno de nosotros es puramente trigo o puramente cizaña; en nuestro interior habitan santidad y miseria al mismo tiempo. Aparece aquí también el peligro de juzgar. Si intentáramos arrancar la cizaña por nuestra cuenta, podríamos destruir mucho bien. No tenemos la capacidad de juzgar el fondo del alma humana. Lo que hoy parece cizaña, por la gracia de Dios y en el tiempo, puede convertirse en trigo bueno. El juicio definitivo le corresponde sólo a Dios al final de los tiempos. La parábola del Grano de Mostaza y la Levadura, es un canto del Poder de lo Pequeño. Estas otras dos referencias nos muestran cómo actúa el Reino de Dios en la historia. El grano de mostaza comienza siendo la más pequeña de las semillas, pero se convierte en un arbusto grande donde las aves hacen nidos. Así es la fe y la obra de Dios: empieza de forma humilde y casi invisible, pero tiene un potencial de crecimiento asombroso. Una pizca de levadura fermenta tres medidas de harina. El Reino no se impone por la fuerza militar o el ruido mediático; transforma el mundo desde dentro, de manera silenciosa, a través del testimonio diario de amor a Dios y a los hermanos, del servicio y la fidelidad.

En este domingo el Señor nos llama a vivir la paciencia con nosotros mismos. No te desanimes si descubres "cizaña" en tu interior. Dios no te desecha; te da tiempo para cambiar. Deja que el Espíritu Santo trabaje en ti. Vivamos la misericordia escapando a la tentación de ser jueces de los demás. Y, sobre todo, confiemos en el valor de lo pequeño. Seamos esa pequeña levadura en nuestro entorno, ese grano de mostaza insignificante: Dios se encargará de multiplicar los frutos.

Evangelio del Domingo XVI del Tiempo Ordinario

Lectura del santo evangelio según san Mateo 13, 24-30

En aquel tiempo, Jesús propuso otra parábola a la gente diciendo:
«El reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero, mientras los hombres dormían, un enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó. Cuando empezaba a verdear y se formaba la espiga apareció también la cizaña. Entonces fueron los criados a decirle al amo:
“Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña?”.
Él les dijo:
“Un enemigo lo ha hecho”.
Los criados le preguntan:
“¿Quieres que vayamos a arrancarla?”.
Pero él les respondió:
“No, que al recoger la cizaña podéis arrancar también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la siega y cuando llegue la siega diré a los segadores: arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo almacenadlo en mi granero”».

Palabra del Señor 

sábado, 18 de julio de 2026

Homilía del Sr. Arzobispo en la Clausura de la JEMJ Covadonga 2026

Queridos amigos en el Señor: que Él llene de paz vuestros corazones y vuestros pies surquen los caminos del bien. Saludo al Sr. Abad de Covadonga, D. David Cueto y al P. Rafael Alonso, a los sacerdotes y al diácono concelebrantes, a los miembros de la vida consagrada, a los voluntarios y a todos los jóvenes que participáis en la JEMJ 2026, en su tercera edición en Covadonga. Un saludo a los hermanos que vienen de otros países:Chers amis francophones, Frères et Sœurs, vous êtes tous les bienvenus dans ce sanctuaire de Notre-Dame de Covadonga. Apprenons toujours à faire ce que Jésus nous dit.
Dear English-speaking Friends, Brothers and Sisters, you are all welcome to this Santuary of the Virgin of Covadonga. Let us always learn to do what Jesus tells us.
Liebe deutschsprachige Freunde, Brüder und Schwestern, ihr seid alle willkommen in diesem Heiligtum der Jungfrau von Covadonga. Lasst uns immer lernen, das zu tun, was Jesus uns sagt.
Cari amici di lingua italiana, Fratelli e sorelle, siete tutti i benvenuti in questo santuario di Nostra Signora di Covadonga. Impariamo sempre a fare ciò che Gesù ci dice.
Caros amigos que falam portugués, Irmãos e irmãs, são todos bem-vindos a este santuário de Nossa Senhora de Covadonga. Aprendamos sempre a fazer o que Jesus nos diz.

De tantos lugares hemos acudido de nuevo para ahondar en nuestra vida cristiana en torno a Jesús en su Eucaristía y a María nuestra Madre. Son dos presencias que nos sostienen en la Iglesia para remar mar adentro en medio de los avatares de nuestra travesía a veces con mares de bonanza o con aguas turbulentas que de tantos modos nos amenazan. Queda todavía fresco en la memoria el regalo de la visita del papa León XIV en su reciente viaje apostólico a España. El milagro explosivo que ha suscitado el papa ha coincidido con una urgente necesidad que adolecíamos en este escenario mundial y nacional. Porque todos los envites y embates que nos asolan nos dejan vulnerados y asustadizos: los tambores de guerra que internacionalmente nos sobresaltan, la corrupción política con las gobernanzas mendaces que nos saturan con sus cloacas, todos los desafíos que cultural y socialmente nos provocan, sin que falten las crisis de tibieza o complejo eclesial que nos debilitan. Todo esto ha puesto en evidencia la orfandad profunda que vivimos en la coyuntura de nuestro momento. Pero esta situación ha sido sorprendida con algo con lo que no contábamos, con algo de lo que sin saberlo quizás éramos mendigos y que suscitaba un alzar la mirada a nuestros ojos humillados, alzar la mirada a Dios que nos espera y jamás nos defrauda. Ese algo ha sido la vivencia agradecida de una paternidad que nos abraza disipando nuestros miedos, habitando nuestras soledades, vendando nuestras heridas, iluminando nuestras oscuridades.

El estribillo constante de los mensajes del Santo Padre ha sido volver a la comunión que nos une, esa fraternidad que tiene el referente siempre presente del Dios Padre que nos hace hermanos. ¡Cuántas cosas nos enfrentan y nos desangran dejándonos tristes y haciéndonos estériles! Necesitamos el dulce reclamo de levantar puentes que abran el trasiego fraterno, y superar la vieja tentación de levantar las fronteras que nos enfrentan tan inútilmente o cavar las trincheras en las que escondernos. No ha habido pregunta de los jóvenes con los que León xiv se ha encontrado que no haya sido acogida y respondida con su paterna sabiduría. Vale la pena repasar las seis cuestiones que ellos le presentaron en Madrid y Barcelona, y cómo abrazó con sus bellísimas respuestas el desgarro que tales preguntas provocaban.

Este domingo se nos habla de semillas en el Evangelio, de lluvia que las riegan, de libertad que permite que sencillamente sean. Acaso para nuestra cultura tecnificada y asfáltica, enredada en las redes sociales y en la Inteligencia Artificial puede que nos venga raro o lejano el discurso, pero vale la pena asomarse a él humildemente, como quien puede quiere aprender algo que nos corresponde de veras. Cuando el hombre se abre al don de Dios manifestado en su Palabra, ceden las esclavitudes y saltan nuestras cadenas, y empezamos a ser en ver­dad hijos de Dios como nos dice la segunda lectura (cf. Rom 8,18-23). No siempre la libertad del hombre está abierta al don de Dios, por eso existe un gemido, una tristeza, una frustración que nos vela la gloria para la cual hemos sido hechos.

La Gracia de Dios es como la lluvia, como nos ha dibujado bellamente Isaías en la primera lectura, pero si nuestros cauces de absorción están embotados, cerrados a cal y canto, Él respetará delicadamente nuestra cerrazón y ni siquiera nos humedecerá el más grande de los torrentes, por más que Dios quiera empaparnos: “como bajan la lluvia y la nieve desde el cielo y no vuelven allá, sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo” (Is 55,10-11). Este es el plan de Dios, su proyecto y su deseo. Pero Él no lo impone, sino que lo propone, dejando la última palabra a nuestra libertad.

Así se entiende esta parábola que Jesús mismo explica a sus discípulos (cf. Mt 13,1-23). Es una de las pocas ocasiones en las que podemos verificar algo que sucedería con mucha frecuencia cuando estuvieran solos Jesús y los discípulos, donde se pedirían explicaciones que pusieran luz en tantas preguntas que ellos tendrían ante lo que en un día cualquiera habían visto y oído acompañando al Maestro de acá para allá. Es así como ellos pidieron una ampliación de la parábola… por si acaso no la habían entendido bien o porque acaso la habían entendido demasiado bien y querían estar ciertos.

Tal explicación por parte de Jesús es bella y enormemente pedagógica a la vez. La semi­lla es la misma, pero los terrenos de acogida no. Y aquí está la cuestión, como plástica­mente va desgranando la parábola: no entender la Palabra de Dios porque no nos ha calado (la semilla que cae en el camino); no cuidar eso que se ha entendido ya pero que no nos ha llegado hasta el fondo de nuestro corazón (la que cae en terreno pedregoso); pretender escuchar al mismo tiempo a Dios y a otros que contra Él hablan, yéndonos al final tras los seductores de turno haciendo así estéril lo que el Señor sembró en noso­tros (lo sembrado entre zarzas).

Pero también existe el terreno humilde, que acoge con sencillez, aunque sea lento e incluso torpe en asimilar. Importa menos la celeridad y la cantidad del fruto (unos dan ciento, otros sesenta, otros treinta por uno), lo único importante es haber acogido esa semilla de su Palabra y que nos fecundice. ¿No quiere Dios sembrarse en nosotros para en nosotros fructificar otra vez el don de la paz y de la gracia, el de la luz y la miseri­cordia, el del perdón y la alegría… todos esos frutos que nuestro amado mundo no con­sigue fabricarse y que sin embargo necesita más que nunca? ¡Qué hermosa es la vida de tanta gente sencilla que sin troníos ni alharacas se han dejado fecundar por Dios, por su lluvia y su semilla!

En el evangelio de este domingo nos presenta una de esas parábolas con las que Jesús solía enseñar lo que era el Reino. El pueblo nuevo de Dios es un pueblo que huele a tierra mojada de la que nacerá en libertad ese mundo según el corazón de Dios. No la Babel que nos confunde y enfrenta, sino la Ciudad de Dios que nos hermana y acompaña hasta la santidad. Basta no cerrarse. Basta creerlo, acogerlo y compartirlo. Cada uno de nosotros somos ese terruño en el que Dios ha querido sembrar la palabra que eternamente silenció para decírnosla a nosotros y para decirla con nosotros. No somos un barbecho infecundo de tanto esperar una semilla, sino esa tierra abierta en la que el Señor nos quiere sembrar su Buena Noticia. Ojalá tengamos oídos para oír, corazón para acoger y manos para compartir la semilla de cuanto Él hace y dice en nuestra pequeñez.

Una buena tierra para la mejor semilla. Y la siembra de Dios siempre tendrá una forma vocacional en cada uno de sus hijos. No somos anónimos sin rostro, sino hombres y mujeres que fueron llamados a la vida con la misión que Dios nos ha encomendado. Esta es la vocación cristiana que cada uno ha recibido. En encuentros de jóvenes cristianos como este, o como esos a los que nos convoca el papa, hay una siembra vocacional preciosa. De aquí salen familias cristianas que se plantean un noviazgo como Dios lo manda aprendiendo lo que significa la fidelidad para siempre, en ternura y respeto como un don complementario de hombre y mujer, abiertos a la vida y educando a los hijos que el Creador les pueda dar. De aquí nacen vocaciones a la vida religiosa en cualquiera de sus formas en las que se vive la pertenencia al Señor dentro de una comunidad donde se profesan los votos de castidad, pobreza y obediencia. Aquí surgen también llamadas al sacerdocio para dar la vida al Buen Pastor que pone en nuestros labios su Palabra y con nuestras pequeñas manos reparte los sacramentos de su gracia.

Queridos amigos, gracias por haber venido un año más o por primera vez, gracias a los Siervos y Siervas del Hogar de la Madre, a los sacerdotes y religiosas que habéis acompañado a vuestros jóvenes, a los voluntarios que tanto nos han ayudado, a los responsables de la liturgia y de los cantos. Mirando a María queremos aprender su lección de hacer lo que Dios nos diga, dejando que Él siembre en nosotros la semilla de su Palabra. Amén.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

viernes, 17 de julio de 2026

Las carmelitas de Compiègne, mártires del Corazón de Jesús Por: Mons. Alberto José González Chaves

Cuando la libertad levanta una guillotina

Su sangre continúa hablando, como la de Abel, no para pedir venganza, sino para desenmascarar la mítica mentira de su época.

El 17 de julio de 1794, al caer la tarde, dieciséis mujeres atravesaron París en una carreta de condenados camino de la guillotina. No llevaban armas; no habían conspirado, incendiado palacios o derramado sangre. Eran once monjas de coro, tres hermanas conversas y dos torneras o hermanas externas del Carmelo descalzo. Su delito era haber continuado siendo lo que eran: religiosas, esposas de Jesucristo, hijas de Santa Teresa, mujeres consagradas a la oración.

La Revolución que había prometido libertad, las condenaba por ejercerla. Los que proclamaban los derechos del hombre, les negaban el de pertenecer a Dios. Quienes iban a derribar tiranías levantaron una guillotina para cortar la cabeza a unas mujeres indefensas que rezaban. No murieron por un accidente cruel de la historia sino porque la «libertad» separada de la verdad odiar todo lo que no puede dominar. Fueron víctimas de tres embustes diabolicos: la libertad convertida en dogma, la igualdad que solo admite hombres idénticos ante el Estado, la fraternidad universal que excluye a quien se atreva a reivindicarla en Jesucristo, único Hermano Mayor, Hijo del eterno Padre.

El Carmelo frente a la nueva religión

El monasterio de la Anunciación de Compiègne había sido fundado en 1641 como uno de los primeros frutos franceses de la reforma teresiana. Durante siglo y medio sus moradoras vivieron una existencia escondida, reglada por la campana, la Santa Misa y el lento sucederse de las horas litúrgicas. Pero la Revolución no podía tolerar aquella vida, no porque las monjas constituyesen una amenaza política, sino porque constituían una contradicción teológica. En una sociedad que comenzaba a declarar que el hombre solo se pertenece a sí mismo, ellas afirmaban con su silencio que la libertad más alta consiste en pertenecer enteramente a Dios. En un mundo que divinizaba la voluntad autónoma, ellas profesaban obediencia cuando la Revolución abolía los votos religiosos por considerarlos contrarios a su «libertad». Mas las carmelitas sabían que nadie es más libre que quien entrega libremente su vida por amor.

En 1790 fueron suprimidas las órdenes contemplativas. En septiembre de 1792 las religiosas fueron expulsadas del convento y la comunidad se dispersó en pequeños grupos por varias casas de Compiègne, pero siguió viviendo, en cuanto fue posible, su horario de oración, silencio y fraternidad. Les quitaban el monasterio, pero no el Carmelo; les arrebataban el hábito, pero no la consagración. La persecución podía cerrar conventos, pero no encerrar la gracia; si disolvía comunidades por decreto, no podía derogar su vocación; si declaraba inexistentes sus votos en los registros del Estado, no lograría borrarlos de aquellos dieciséis corazones en los que Dios los había recibido.

«Fanáticas» del Sagrado Corazón

Las carmelitas de Compiègne murieron también por su devoción al Sagrado Corazón de Jesús. No fueron ejecutadas únicamente por poseer estampas piadosas, ni el proceso revolucionario se redujo formalmente a una condena del culto al Corazón de Cristo: fueron condenadas por su fidelidad a la vida religiosa, por su adhesión a la Iglesia, por su rechazo práctico de la descristianización y por lo que el tribunal llamaba «fanatismo». Pero entre los indicios empleados contra ellas figuraban precisamente testimonios de su devoción a los Sagrados Corazones de Jesús y de María. Fueron sentenciadas por su «fanatismo» unido a esa devoción y por su vinculación con la autoridad legítima. La acusación es reveladora: el Corazón de Jesús resultaba particularmente intolerable para la nueva religión revolucionaria. No era una devoción más, sino la proclamación de que el centro del mundo no es la voluntad humana, sino el amor de Dios hecho carne; que la humanidad no se salva construyendo paraísos políticos, sino dejándose redimir por un Corazón traspasado; que por encima de las asambleas, de los comités y de las constituciones está el reinado de Jesucristo. Mientras la Revolución pretendía rehacer al hombre, el Sagrado Corazón recordaba que el hombre necesitaba ser redimido; si la Revolución buscaba imponer la salvación mediante la política, el Corazón de Cristo ofrecía la salvación por la gracia. La Revolución exigía adhesión total a una idea y las carmelitas habían entregado ya su totalidad a una Persona. Por eso eran «fanáticas». ¡Les hicieron el elogio más bello! Eran «fanáticas», sí, si fanatismo significaba no admitir que ningún poder humano pudiera ocupar el lugar de Dios. Fanáticas de la mansedumbre, de la reparación, de la adoración y del amor; fanáticas de un Corazón que, perdonando, se había dejado atravesar por todos.

La ofrenda

En 1792, cuando la persecución se hacía cada vez más amenazadora, la priora, madre Teresa de San Agustín, propuso a la comunidad un acto de ofrenda a Dios en holocausto para que la paz fuese devuelta a la Iglesia y a Francia. No todas fueron capaces de aceptar inmediatamente: alguna sintió temor, y esto hace su martirio más humano, más cristiano y más grande. Porque el mártir no es quien no siente miedo sino quien, sintiéndolo, deja que la caridad sea más fuerte que el miedo. La gracia no destruye la fragilidad: la toma de la mano y la conduce hasta donde ella sola nunca habría llegado.

Aquellas mujeres no jugaron románticamente con la idea de morir: sabían lo que era la guillotina; habían visto cómo la Revolución devoraba a sus propios hijos; conocían los carros de condenados, los insultos, el ruido de la cuchilla, las fosas comunes. Por ello su ofrecimiento no fue una fantasía piadosa, sino un acto sacerdotal, pues, si no eran sacerdotes ministeriales, vivieron hasta el extremo la dimensión oblativa que pertenece a toda vida cristiana, haciendo cada una, de sí misma, una hostia viva. Y Dios, que no necesita sangre, pero acepta el amor que se entrega, tomó en serio su oración.

Un juicio contra Dios

Las religiosas fueron detenidas en junio de 1794. Trasladadas a París, comparecieron el 17 de julio ante el Tribunal Revolucionario. El proceso fue sumario; la sentencia, decidida de antemano. Cuando se empleó contra ellas la palabra «fanatismo», sor Enriqueta de Jesús pidió al acusador que explicase qué significaba. La respuesta fue brutal y luminosa: el fanatismo era su adhesión a creencias infantiles y a prácticas religiosas ridículas. Entonces sor Enriqueta comprendió que la sentencia no castigaba un crimen político, sino la fe, y dijo a sus hermanas que debían alegrarse, porque iban a morir por su santa religión y por su fidelidad a la Iglesia católica. El lenguaje del tribunal había despejado cualquier duda: no las mataban por conspiradoras, sino por creyentes. En realidad, aquel día no se juzgó a dieciséis carmelitas: se juzgó el derecho de Dios a ser amado por encima del Estado, la posibilidad de que exista en la tierra un espacio interior que el poder no pueda ocupar, la libertad de la conciencia cristiana. Y, como sucede siempre que un poder absoluto juzga a Dios, terminó condenando al hombre.

La carreta, «paso» de procesión

Al salir hacia el patíbulo, las carmelitas no organizaron una protesta ni gritaron consignas ni respondieron al odio con odio. Cantaron. La carreta de las condenadas se convirtió en coro monástico y el camino hacia la plaza del Trono Derribado se hizo procesión litúrgica. El poder había querido reducirlas al silencio, y ellas respondieron con música, transfirmando su degradación pública, ignominiosa, en oficio divino. Aquellas mujeres derrotadas mostraban al todo París la belleza de una comunidad que moría como había vivido: unida y cantando el Miserere, la Salve Regina y, al pie del patíbulo, el Veni Creator Spiritus. Así fueron al cadalso: rezando y cantando, renovando su consagración, una tras otra, ante su priora. Antes de subir, cada religiosa se arrodillaba ante madre Teresa de San Agustín, pedía permiso para morir y renovaba su obediencia. Después besaba una pequeña imagen de la Virgen y se entregaba al verdugo.

La más joven, sor Constanza, fue de las primeras. Sus veintinueve años avanzaron con alegría, como quien va a una fiesta. La priora quiso morir la última, como una madre que acompaña a todas sus hijas hasta la puerta y solo la cruza después de haber comprobado que ninguna queda atrás. Dieciséis veces cayó la cuchilla. Dieciséis voces fueron apagándose. El silencio retumbó en la plaza cuando la multitud descubrió que acababa de presenciar algo santo.

Bernanos: el miedo visitado por la gracia

A la historia de Compiègne la Providencia quiso prolongarla a través de la literatura y de la música. En 1931, Gertrud von Le Fort publicó «La última en el cadalso», inspirándose libremente en las mártires. Introdujo el personaje ficticio de Blanca de la Force, una joven dominada por el miedo. Años después, Georges Bernanos recibió el encargo de escribir los diálogos para una película basada en aquella obra. El proyecto cinematográfico no salió entonces adelante, pero el texto apareció póstumamente con el título de «Diálogos de carmelitas». Francis Poulenc lo convirtió después en una de las óperas religiosas más intensas del siglo XX, estrenada en 1957.

Bernanos no se limitó a versionar una epopeya histórica; penetró en el misterio cristiano del miedo con intuición profundamente católica: la gracia no siempre quita el miedo; a veces lo transfigura. Hay personas llamadas a dar a Dios no una fortaleza natural que poseen, sino una debilidad que Él redime. Blanca no es santa porque sea valiente sino porque, después de huir, de temblar y creerse indigna, llega a la hora en que la gracia la esperaba. La libertad cristiana no consiste en no tener miedo, sino en que el miedo no tenga la última palabra. Frente al héroe pagano, que domina su destino por la fuerza de su carácter, el mártir cristiano recibe una fortaleza que no es suya. No asciende al patíbulo para demostrar que es superior a los demás: sube sostenido por Otro. Por eso las carmelitas de Bernanos no son estatuas: discuten, dudan, tiemblan, se contradicen. Y, sin embargo, en la hora final, todas sus pobrezas quedan asumidas en la comunión de los santos.

La última escena, popularizada por Poulenc, ofrece una intuición teológica extraordinaria: las voces desaparecen una a una al golpe seco de la guillotina, pero el canto no se destruye; se adelgaza, se purifica, asciende. Parece que la muerte vence a cada cantora y, sin embargo, no logra vencer la canción. La Iglesia es precisamente eso: un canto que atraviesa los siglos aunque vayan cayendo quienes lo entonan.

Las guillotinadas, en los altares

El proceso de beatificación se abrió a finales del siglo XIX. Las carmelitas de Compiègne fueron beatificadas por san Pío X el 27 de mayo de 1906 como las primeras mártires de la Revolución Francesa reconocidos solemnemente por la Iglesia. Francia vivía entonces una nueva oleada de laicismo militante. La Ley de Separación de la Iglesia y el Estado había sido aprobada en 1905. Congregaciones religiosas eran expulsadas, comunidades se dispersaban y bienes eclesiásticos volvían a ser incautados. San Pío X elevaba a los altares a unas religiosas expulsadas por una revolución justamente cuando otras religiosas francesas volvían a conocer el destierro. No era un gesto político, pero sí una afirmación profética: las ideologías cambian de nombre, suavizan su vocabulario, sustituyen la guillotina por el decreto administrativo, pero la tentación de expulsar a Dios de la vida pública permanece.

Al beatificarlas, la Iglesia no canonizaba una opción monárquica ni una nostalgia histórica. Reconocía que ninguna ley puede declarar ilegítima la entrega total a Dios; que el martirio es el acto supremo de libertad religiosa; y que aquellas mujeres, consideradas inútiles por la sociedad revolucionaria, habían realizado uno de los actos más fecundos de la historia espiritual de Francia.

El 18 de diciembre de 2024, el papa Francisco decidió extender a la Iglesia universal el culto de la beata Teresa de San Agustín y sus quince compañeras, inscribiéndolas en el catálogo de los santos mediante canonización equipolente una forma excepcional que no exige un nuevo proceso de milagro porque reconoce un culto antiguo, estable y extendido, la fama constante de santidad y la solidez histórica y doctrinal de la causa.

Unas monjas escondidas, borradas por la Revolución, arrojadas a una fosa común del cementerio de Picpus, eran propuestas como santas a toda la Iglesia. Si la Revolución quiso privarlas incluso de sepultura individual, la Iglesia les daba un nombre eterno; si el mundo las contó entre los enemigos del pueblo, las Iglesia las inscribía en el libro de los santos.

Tras la canonización, el convento vacío

En 2026 hubo un epílogo doloroso: el 21 de abril el obispo de Beauvais anunció el cierre de la comunidad carmelitana de Compiègne, establecida desde 1992 en Jonquières. El comunicado diocesano explicaba las razones: edad avanzada de las religiosas, disminución de su número, ausencia de nuevas vocaciones e imposibilidad de encontrar refuerzos de otros monasterios. La salida de las hermanas se realizaría progresivamente. Dolorosa paradoja: mientras el mundo entero descubría de nuevo a las carmelitas de Compiègne; la Iglesia las canonizaba; los teatros seguían representando su martirio y la música de Poulenc estremeciendo a creyentes y no creyentes; el Carmelo que custodiaba su memoria quedaba vacío porque no hay jóvenes dispuestas a suceder a aquellas heroínas. Aplaudimos su heroísmo, pero la Francia hodierna ha dejado de engendrar las condiciones espirituales en las que puede nacer una vocación semejante. La hija primogénita de la Iglesia conserva o restaura catedrales, organiza conciertos sacros y convierte monasterios en patrimonio cultural, pero el cristianismo no sobrevive como patrimonio. Una iglesia sin fieles acaba siendo museo; un monasterio sin vocaciones termina siendo archivo; una tradición que ya no es elegida por nadie se convierte en recuerdo.

El cierre del Carmelo de Compiègne es, por eso, algo más que una reorganización conventual. Es una pregunta dirigida a Europa. ¿Qué ha sucedido en una tierra capaz de producir a san Bernardo, san Luis, santa Juana de Arco, san Vicente de Paúl, santa Margarita María, el Cura de Ars, santa Teresita y las mártires de Compiègne, para que ahora resulte tan difícil encontrar seis, ocho o diez jóvenes dispuestas a entregar la vida a Dios en silencio?

Sería injusto afirmar que Francia carece absolutamente de vocaciones o de vitalidad cristiana. Las hay, y existen comunidades frescas y fecundas, como otro Carmelo, el otrora envejecido de Alençon, que optó hace años por la liturgia tradicional y se pobló de jovenes de los cuatro puntos cardinales. Pero el cierre de un Carmelo tan simbólico como el de Compiegne revela una herida profunda: una civilización puede seguir admirando los frutos de la fe después de haber arrancado sus raíces.

Las falsas libertades

¿Qué nos enseñan hoy las carmelitas de Compiègne? Ante todo, que no toda libertad libera.

La Revolución hablaba de libertad mientras prohibía los votos religiosos no tolerando que una mujer eligiera obedecer, vivir en clausura, guardar castidad y pertenecer a Jesucristo. La nueva sociedad se atribuía el derecho de decidir qué opciones podían llamarse libres y cuáles debían ser anuladas por el bien de quien las había elegido. Es una tentación muy moderna invocar la libertad para desarraigar al hombre de todo vínculo que no haya sido fabricado por él mismo. Se presenta como liberación la ruptura con la naturaleza, con la tradición, con la familia, con la historia e incluso con el propio cuerpo. Pero, paradójicamente, cuanto más se proclama la autonomía absoluta, más se multiplican los poderes que pretenden definir qué debemos pensar, qué palabras podemos pronunciar, qué convicciones resultan admisibles y qué presencia pública puede concederse a la fe.

La falsa libertad comienza diciendo: «No necesitas a Dios». Continúa afirmando: «No debes hablar de Dios». Y termina sentenciando: «No te permitiremos vivir como si Dios existiera». No siempre llega con una guillotina; a veces lo hace con una sonrisa, una campaña cultural, una exclusión profesional, una caricatura permanente o una ley redactada con palabras impecables. Pero la lógica es la misma cuando el poder deja de proteger la libertad religiosa y comienza a conceder a los creyentes un permiso condicionado para existir.

Las carmelitas nos recuerdan que la libertad no consiste en carecer de vínculos, sino en poder amar el bien sin coacción. Ellas habían escogido libremente la clausura, y la Revolución quiso «liberarlas» obligándolas a abandonar aquello que amaban. Quien las privó de libertad no fue el voto, sino el Estado que declaró nulo el voto. La reja no fue su prisión: lo fue la ideología que no soportaba verlas detrás de la reja.

La fecundidad de lo inútil

Las mártires de Compiègne enseñan también el valor inmenso de las vidas que el mundo considera inútiles. Aquellas monjas no administraban hospitales, no dirigían universidades, no publicaban periódicos, no participaban en debates públicos. Rezaban. Y para la mentalidad utilitarista de la Revolución, rezar era no hacer nada. Sin embargo, cuando Francia se desangraba, fueron ellas quienes ofrecieron su vida por la paz.

El contemplativo parece no intervenir en la historia, pero toca la fuente secreta de la que la historia depende. No cambia primero las estructuras; se presenta ante Dios con el sufrimiento del mundo en las manos. No produce resultados mensurables; permite que la gracia siga descendiendo sobre una humanidad que ni siquiera sabe que la necesita.

Diez días después de la muerte de las carmelitas cayó Robespierre y terminó el Terror. No puede demostrarse históricamente una causalidad entre ambos acontecimientos, ni la fe necesita convertir la cronología en una prueba matemática, pero el cristiano puede contemplar en aquella cercanía una misteriosa correspondencia: ellas habían pedido la paz y ofrecido la vida; pocos días después, la maquinaria del Terror comenzó a devorar a quienes la manejaban y perdió su dominio. La oración no es magia ni la ofrenda un mecanismo. Pero Dios gobierna la historia también mediante las vidas escondidas que se entregan por los demás.

Morir juntas

Hay todavía una enseñanza especialmente necesaria para nuestro tiempo: las carmelitas no murieron aisladamente sino en comunidad. La modernidad exalta al héroe solitario; el cristianismo contempla una comunión.

La más fuerte sostuvo a la más débil, la anciana alentó a la joven, la priora recibió la profesión renovada de sus hijas; cada una escuchó cómo callaban las voces de las demás y supo que pronto le llegaría su turno. No poseían todas el mismo temperamento ni sentían todas idéntica valentía, pero compartían una vocación, una regla, una mesa, un coro, una Madre y un Esposo. El martirio fue la última recreación conventual; la plaza, su coro; la guillotina, su puerta de clausura definitiva; el cielo, su celda eterna.

Frente a una cultura que nos fragmenta, nos encierra en identidades individuales y nos deja solos ante el sufrimiento, ellas muestran que la santidad también consiste en dejarse llevar por la fe de los hermanos cuando la propia flaquea.

Quizá alguna subió al cadalso porque había visto subir a la anterior, o pudo cantar porque escuchaba cantar a las demás. Así vive la Iglesia. Así ha atravesado las persecuciones. Así permanece cuando todo parece derrumbarse: una voz sostiene a otra hasta que todas se funden en el mismo canto.

El Corazón contra la cuchilla

El contraste definitivo no se establece entre unas monjas y unos revolucionarios, sino entre dos símbolos: el Corazón y la guillotina. Esta representa el poder que simplifica eliminando. Cuando una realidad humana no cabe en la ideología, se corta; cuando una voz molesta, se silencia; si una conciencia no se somete, se suprime.

El Corazón de Jesús representa lo contrario. No elimina al pecador: carga con él; no corta la cabeza del enemigo: se deja coronar de espinas; no derrama la sangre ajena: entrega la propia; no salva destruyendo sino dejándose destruir. Si la Revolución ofrecía regenerar Francia mediante la muerte de los culpables, Cristo había regenerado al mundo muriendo por los culpables.

Las carmelitas eligieron el Corazón ypor eso pudieron caminar hacia la cuchilla sin convertirse interiormente en aquello que las mataba. No odiaron a sus verdugos ni pidieron que Dios castigase París: se ofrecieron por Francia.

Tal es la diferencia entre el mártir y el fanático: este mata por su idea; aquel muere por amor. El fanático sacrifica a los demás; el mártir se ofrece a sí mismo; el primero necesita enemigos; el segundo intercede por quienes lo destruyen.

Ellas fueron llamadas fanáticas del Sagrado Corazón,pero precisamente porque pertenecían a ese Corazón, no se hicieron fanáticas de la ideología.

¿Qué nos piden hoy las carmelitas de Compiègne? No la admiración estética de emocionarse con Bernanos o estremecerse con Poulenc. No basta visitar Picpus, venerar sus reliquias o lamentar el cierre del convento. Nos preguntan qué libertad estamos dispuestos a defender y si el Sagrado Corazón es para nosotros una imagen amable o el verdadero Rey y centro de nuestra vida; si creemos todavía en la fecundidad de la oración contemplativa y preguntan si nuestras familias son capaces de entregar hijos e hijas a Dios; si queremos vocaciones o solo sentimos nostalgia cuando desaparecen. Y, sobre todo, nos preguntan qué cantaremos cuando llegue nuestra hora. Porque todos caminamos hacia un patíbulo, aunque no tenga cuchilla ni se alce en una plaza. La muerte espera a cada hombre. La cuestión no es si subiremos, sino cómo subiremos: aferrados a nosotros mismos o entregados; en soledad o dentro de la comunión de la Iglesia; maldiciendo o cantando.

Aquellas mujeres habían ensayado durante años su último canto. Cada oficio divino, cada Gloria Patri, cada Salve Regina, cada acto de obediencia y cada silencio del Carmelo habían preparado la tarde del 17 de julio. Nadie improvisa el martirio: se aprende a morir aprendiendo cada día a entregarse.

El canto no ha terminado

El convento queda vacío. Las hermanas se marchan. El silencio se instalará en los corredores de Jonquières. Puede parecer que la Revolución, dos siglos después, ha logrado lo que no consiguió con la guillotina: apagar el Carmelo de Compiègne. Pero no es así. La comunidad histórica fue dispersada en 1792 y aniquilada en 1794. Sin embargo, nunca ha estado tan viva como ahora que toda la Iglesia pronuncia el nombre de aquellas santas. El Carmelo no depende únicamente de unas paredes; el mismo fuego puede encenderse en otro lugar, en otra joven, en otra comunidad, en otro país. La sangre de las mártires no garantiza automáticamente las vocaciones, pero las reclama, las implora y las hace posibles.

Tal vez el cierre del convento sea también una llamada. Las santas carmelitas, recién inscritas en el catálogo universal de la Iglesia, no quieren únicamente que contemplemos su gloria, sino que pidamos de rodillas un renacimiento. Quizá su canonización no sea el cierre solemne de una historia, sino el comienzo de una nueva misión.

Francia no necesita solamente conservar la memoria de sus carmelitas: precisa volver a engendrarlas. Europa no necesita únicamente admirar a sus mártires sino recuperar la fe por la que merecía la pena morir. Y la Iglesia no necesita añorar tiempos heroicos sino católicos convencidos de que Jesucristo sigue mereciendo una entrega total.

Cuando cayó la última cabeza, el verdugo creyó que el canto había terminado pero se equivocaba. El canto pasó de la plaza al cielo, del cielo a la Iglesia, de la Iglesia a Bernanos, de Bernanos a Poulenc, de Poulenc a los teatros del mundo y de estos al corazón de quienes, incluso sin fe, perciben que aquellas mujeres poseían una libertad que sus verdugos jamás comprendieron.

La guillotina hizo ruido durante unos segundos; el Veni Creator lleva resonando más de dos siglos. Y seguirá haciéndolo mientras haya en la tierra una sola alma dispuesta a decirle a Cristo: «mi vida es tuya; mi libertad consiste en pertenecerte; mi corazón descansa dentro del tuyo». Entonces la cuchilla de la guillotina podrá caer pero no vencerá.

Entrevista al Arzobispo de Oviedo