domingo, 30 de agosto de 2026

Reflexión de nuestro Párroco en la Fiesta de la Visitación de Nuestra Señora a su prima Santa Isabel


La celebración de este domingo en nuestra Parroquia nos invita a sumergirnos en el Evangelio que nos llama a contemplar uno de los misterios más hermosos, humanos y divinos, de la vida de la Virgen María: la Visitación a su prima Santa Isabel. Apenas unos días antes, María había recibido el anuncio del Ángel. Su vida ha cambiado para siempre; lleva en su seno al Salvador del mundo. Ante un acontecimiento de proporciones cósmicas, la lógica puramente humana habría dictado el repliegue, el aislamiento protector o la parálisis ante el temor de lo desconocido. María tenía todas las razones humanas para quedarse en su hogar: asimilar el misterio, proteger su reputación ante los cuestionamientos de su entorno y cuidar los primeros síntomas de su propio embarazo. Sin embargo, la Sagrada Escritura rompe esa lógica y nos dice que María «se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá». Esta sola frase contiene una eclesiología entera. La gracia de Dios no es una posesión estática que se almacena; es una fuerza viva que desinstala. Quien verdaderamente se llena de Dios no se encierra en una burbuja autorreferencial ni se vuelve estéril en el intimismo espiritual. Al contrario, la presencia de Jesús en el alma genera una santa inquietud, un impulso incontenible que empuja a salir de uno mismo para ir al encuentro del otro. María nos enseña desde el primer instante que una fe que no se hace camino, que no asume el riesgo de salir a la intemperie por amor, es una fe que corre el riesgo de enfermar.

1. La prisa del amor y del servicio

El evangelista San Lucas subraya que María realiza este viaje «a prisa». Es fundamental entender el significado espiritual de esta prisa. No estamos ante la prisa mundana de nuestro siglo XXI, que nace de la agitación, el estrés, el activismo vacío o la ansiedad cronometrada. La prisa de María es la urgencia de la caridad; es el ritmo del Espíritu Santo que no soporta la apatía ni la postergación cuando hay un hermano que sufre o que necesita ayuda.

Isabel es una mujer anciana que vive un embarazo milagroso, pero humanamente difícil, en la soledad de la montaña. María no viaja para ser servida en su nueva condición de "Madre del Mesías", no viaja buscando los honores ni los aplausos de su parentela. Cruza la accidentada geografía de Judea —un viaje largo, peligroso y extenuante para una joven— movida exclusivamente por el deseo de lavar los platos, de limpiar la casa, de acompañar el silencio de su prima y de sostener sus manos cansadas.

Aquí encontramos una palabra punzante para nuestra vida cristiana diaria: la caridad verdadera no sabe de mañanas. Cuántas veces el Espíritu Santo nos inspira en el corazón el deseo de visitar a un enfermo, de llamar a ese familiar con el que estamos distanciados, de escuchar al vecino que padece la cruz de la soledad, o de involucrarnos activamente en las obras de misericordia de nuestra parroquia. Y, sin embargo, nuestra prudencia carnal nos susurra: «Espera a que tengas tiempo», «hazlo la próxima semana», «ya tienes suficientes problemas»... María destroza nuestros pretextos de comodidad. Ella nos demuestra que el servicio humilde y concreto es la única verificación auténtica de que Cristo habita en nosotros. Si Jesús está en nuestro corazón, nuestros pies deben moverse con premura hacia las necesidades del prójimo.

2. María, el Arca de la Nueva Alianza

Para comprender la densidad teológica de este pasaje, debemos agudizar el oído y escuchar los ecos del Antiguo Testamento que san Lucas introduce sutilmente. El viaje de María a la montaña de Judea sigue, paso a paso, la misma ruta que siglos antes recorrió el rey David cuando trasladaba el Arca de la Alianza hacia Jerusalén (cf. 2 Sam 6).

Recordemos las palabras de David ante el Arca: «¿Cómo va a venir a mi casa el Arca del Señor?». Comparemos esto con la exclamación de santa Isabel al ver entrar a su prima: «¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?». David danzó con alegría desbordante ante la presencia del Arca que contenía las tablas de la ley, el maná y la vara de Aarón. Del mismo modo, ante la voz de María, el niño Juan el Bautista salta de gozo en el vientre de su madre. El Arca de la Alianza permaneció en la casa de Obededom durante tres meses, llenándola de bendiciones; María permanece en la casa de Zacarías exactamente tres meses.

Este paralelismo no es una coincidencia literaria; es una revelación. María es la verdadera, la nueva y definitiva Arca de la Alianza. Ella ya no lleva piedras escritas por el dedo de Dios, sino al Diseñador del universo; no lleva un maná perecedero, sino al Pan Vivo bajado del cielo. Cuando María entra en ese hogar, no es una simple visita familiar: es la entrada de la gloria de Dios en la cotidianidad de una casa humana.

Y el efecto es inmediato: al escuchar el saludo de María, Isabel queda llena del Espíritu Santo. Notemos que Jesús aún no habla, es un embrión en el seno materno, pero su sola cercanía irradia santificación. Juan el Bautista, antes de nacer, ejerce ya su ministerio profético reconociendo al Salvador del mundo: ¡Qué misterio tan grande! El primer encuentro de salvación de la era cristiana ocurre en el silencio del ocultamiento, en el ámbito sagrado del vientre materno, dignificando la vida humana desde su concepción más temprana y demostrándonos que Dios actúa en lo pequeño, en lo escondido, en lo que el mundo muchas veces descarta o ignora.

3. La bienaventuranza de la fe

Isabel, inspirada por el Espíritu, pronuncia la primera gran bienaventuranza del Nuevo Testamento: «Dichosa tú que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá». Fijémonos bien: Isabel no dice «dichosa tú porque vas a ser famosa», o «dichosa tú por tus cualidades humanas». El elogio que define la grandeza absoluta de María es su fe. María es la mujer creyente por excelencia. Ella creyó en la palabra del Ángel cuando todo parecía biológicamente imposible, cuando los riesgos sociales para su vida y fama eran inmensos, y cuando el futuro se presentaba como un abismo de incertidumbre. Ella no exigió pruebas, como sí lo hizo Zacarías, quien quedó mudo por su incredulidad. María se fió de Dios con una confianza ciega y total.

Esta bienaventuranza es un espejo en el que debemos mirarnos. En nuestra andadura cristiana, es fácil creer cuando todo marcha sobre ruedas, cuando la salud nos sonríe, cuando la economía es estable y las relaciones familiares son pacíficas. Pero, ¿qué pasa cuando llega la tormenta de la enfermedad? ¿Qué ocurre cuando experimentamos el fracaso, la incomprensión o el luto? Es ahí, en la oscuridad del Viernes Santo personal de cada cual, donde estamos llamados a heredar la bienaventuranza de María. Creer significa confiar en que Dios sigue siendo fiel, que sus promesas tienen fecha de cumplimiento y que, detrás de los nubarrones más oscuros de nuestra existencia, el amor del Padre está tejiendo una historia de salvación perfecta. María nos invita a sustituir nuestras quejas por actos de fe, y nuestros miedos por una rendición absoluta en los brazos de Dios.

Queridos hermanos y hermanas, el misterio de la Visitación no es una hermosa pintura del pasado para contemplar con una piedad puramente sentimental. Es un programa de vida y una hoja de ruta para la Iglesia del tercer milenio. Estamos llamados a ser, como individuos y como comunidad parroquial, una Iglesia que se deja visitar por el Señor para poder llevarle a otros y así ser visitados por Él; una extensión viva del misterio de María. Nuestro mundo contemporáneo padece de una profunda y dolorosa epidemia de soledad, de indiferencia y de desesperanza. Hay miles de "Isabeles" modernas en nuestros barrios, en nuestros bloques de pisos, en nuestros lugares de trabajo: ancianos olvidados en la última habitación de una residencia, enfermos que cuentan las horas en el hospital sin recibir una visita, jóvenes con las almas vacías que buscan sentido en los paraísos artificiales del alcohol, las drogas o en sórdidas pantallas, matrimonios que sufren en silencio el desgaste de la incomprensión crónica... A todos ellos no podemos llevarles simplemente discursos teóricos, ideologías humanas o palabras huecas. Tenemos que llevarles lo que María llevó: la presencia viva, transformadora e irradiante de Jesucristo. Pidámosle hoy a nuestra Madre del Cielo, Nuestra Señora de la Visitación, que nos conceda su mismo corazón: un corazón desinstalado, libre de egoísmos y encendido en caridad. Encomendamos también a Santa Isabel a todas las mujeres embarazadas, en especial las que pasan dificultades e incertidumbres en su gestación. Que el Señor nos conceda la gracia de ponernos en camino, de cruzar las montañas de nuestros propios miedos, prejuicios y perezas. Que cuando crucemos el umbral de los hogares de los que sufren, nuestras palabras, nuestros gestos de ternura y nuestro servicio desinteresado sean de tal manera que quienes nos rodean puedan percibir que Cristo mismo los está visitando, y que sus corazones puedan volver a saltar de alegría. Que así sea.

Evangelio de la Visitación de Nuestra Señora a su prima Santa Isabel

Lectura del santo evangelio según san Lucas 1, 39-56

En aquellos días, María se levantó y se puso en camino de prisa hacia la montaña, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel.

Aconteció que, en cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo y levantando la voz, exclamo:
«¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu Vientre!

¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? Pues en cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Bienaventurada la que ha creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá».

María dijo:
«Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mi: “su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación.

Él hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, “derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia - como lo había prometido a nuestros padres - en favor de Abrahán y su descendencia por siempre».

María se quedó con Isabel unos tres meses y después volvió a su casa.

Palabra del Señor

sábado, 29 de agosto de 2026

Respuesta a Carta al Arzobispo. Por José Luis González Vázquez

(Lne) Con ánimo de aclarar y no de polemizar, deseo responder a la carta publicada el 25 de agosto en la sección “Cartas al Director” del periódico LA NUEVA ESPAÑA referida a la celebración del pasado 26 de julio en la capilla de San Nicolás, en la parroquia de Tornón, firmada por don José Luis Llera García.

Pensar, como indica el firmante del mencionado escrito, que la indicación de no interpretar el himno de Asturias durante la consagración procede del señor Arzobispo como represalia por tensiones políticas es, sencillamente, pensar mal. No existe relación alguna entre ambas cuestiones.

La nota pastoral no nace de una decisión personal del Arzobispo, sino de los libros litúrgicos promulgados por la Santa Sede para toda la Iglesia. En ellos se establece cómo ha de celebrarse la santa misa, y nunca se ha previsto la interpretación de himnos nacionales o regionales durante la consagración, ni en España ni en ningún otro lugar.

Es cierto que esta costumbre se mantuvo durante un tiempo: primero se interpretaba —en algunos sitios— el himno nacional, y más tarde, el de Asturias. Pero la antigüedad de una práctica no basta para convertirla en norma. Que algo se haya hecho durante sesenta años no significa necesariamente que se haya hecho bien. En este caso, la costumbre no crea ley litúrgica.

La nota enviada a los sacerdotes, a la que hace referencia el autor de la carta, surgió como respuesta a consultas formuladas a esta delegación por algunos de ellos. Se respondió, como no podía ser de otro modo, conforme a lo que la Iglesia prescribe. Por otro lado, el Papa nos recuerda que en la liturgia no debemos quitar ni añadir a nuestro gusto, porque la misa no pertenece al sacerdote, ni a una parroquia, ni a un grupo de vecinos: pertenece a toda la Iglesia y en ella se celebra la fe católica.

Asimismo, y como afirma el escrito, nadie pretende jugar con los sentimientos de los asturianos. El himno de Asturias es querido por todos y puede interpretarse dignamente en otros momentos de la fiesta. Lo único que se pide es respetar el silencio sagrado de la consagración. Hay instantes en los que la música expresa nuestra emoción y otros en los que el silencio nos permite adorar el misterio que se está celebrando.

Agradecemos sinceramente que los vecinos hayan cedido la capilla, que la cuiden y sufraguen su mantenimiento. Todo ello manifiesta un amor verdadero por la capilla y por sus tradiciones. Pero esa generosidad no puede condicionar la obligación del sacerdote de celebrar la santa misa conforme a lo que la Iglesia establece a través de los siglos.

La capilla puede haber sido levantada y cuidada por muchas manos; pero cuando en ella se celebra la eucaristía, el altar es de Cristo. Y ante él, todos —Arzobispo, sacerdote y fieles— somos invitados a obedecer, agradecer y adorar.

Con el sincero deseo de aclarar y no de polemizar, doy por concluido el tema agradeciendo la publicación.

José Luis González Vázquez es delegado episcopal de liturgia de la Archidiócesis de Oviedo

Este Lunes

 

viernes, 28 de agosto de 2026

Facsímiles. Por Guillermo Juan Morado

(La puerta de Damasco) La palabra “facsímil” viene del latín - “fac” (haz) “simile” (semejante) – y se emplea para designar la perfecta imitación o reproducción de una firma, de un escrito, de un dibujo, de un impreso, etc.

Hay libros que son auténticas joyas del patrimonio cultural de la humanidad. Una de estas joyas se conserva, desde 1661, en la biblioteca del Trinity College, de Dublín. Se trata del célebre “Libro de Kells” (que se remonta en torno al año 800 después de Cristo), un manuscrito en vitela maravillosamente ilustrado de los cuatro evangelios. Se cree que fue elaborado por los monjes de San Columba de Iona, en Escocia, y después llevado a la abadía de Kells, en Irlanda, para mantenerlo a salvo de los ataques de los vikingos.

Un erudito del siglo XII, Geraldus Cambrensis, pensaba que el libro era “la obra de un ángel, no de un hombre". Parece que fue creado, no tanto para ser leído sino, más bien, para ser mostrado a los fieles durante la celebración de la misa, mientras el sacerdote recitaba de memoria los pasajes evangélicos. Originalmente estaba encuadernado con una cubierta de oro y joyas, que se perdió cuando el manuscrito fue robado en la abadía en 1007. Para conservarlo en el mejor estado posible, ya no se presta ni se permite su manipulación. Los interesados en su estudio deben valerse de facsímiles.

Si de las tierras célticas de Escocia e Irlanda pasamos a Galicia, nos encontramos con el “Códice Calixtino” o “Liber Sancti Jacobi”, un manuscrito del siglo XII que es la compilación de cinco libros de diferente naturaleza – hagiográfica, litúrgica, de homilías, musical y narrativa - relacionados con el apóstol Santiago el Mayor y con la peregrinación a Compostela. Se conoce como “Calixtino”, en referencia al papa Calixto II, benefactor de Santiago de Compostela. Se conserva en el archivo-biblioteca de la catedral compostelana. Son importantes sus delicadas ilustraciones, unas imágenes que contribuyeron a crear el programa iconográfico jacobeo. El códice también fue objeto de robo en 2011, sin que sufriese deterioro.

Para hacerlo más accesible a los estudiosos y aficionados, la empresa Incipit Manuscript Ediciones ha preparado este año, en colaboración con la Catedral de Santiago, una nueva edición facsímil de 500 ejemplares, numerados individualmente y certificados ante notario. El ejemplar número 1 será entregado al papa León XIV. Gracias a una donación particular, otro ejemplar, el número 12, ha llegado a la Biblioteca del Centro Teológico de Vigo, que tiene su sede en el Seminario Mayor.

Como ha escrito el bibliotecario, Juan José González Estévez: “A las puertas de un nuevo año Santo Compostelano en el año 2027, con la incorporación a nuestra biblioteca de este volumen tan excepcional, tenemos una magnífica oportunidad de seguir aprendiendo de la historia, admirar los trabajos de los maestros de siglo XII y renovar el compromiso con nuestra cultura que, a través del camino de Santiago y las peregrinaciones, se ha hecho europea y universal”.

A los pies de la Madre

 

jueves, 27 de agosto de 2026

La Visitación de María en las enseñanzas de León XIV

En su primera encíclica, Magnífica humanitas, publicada oficialmente por la Santa Sede el 25 de mayo de 2026, el Papa León XIV recurre al pasaje bíblico de la Visitación como el gran broche de oro espiritual y ético del documento. A través de esta escena evangélica, el Pontífice teje una profunda analogía entre las virtudes de María y la necesidad de preservar la identidad humana en la era de la inteligencia artificial. 

El paralelismo entre la Visitación y la condición humana

En los párrafos conclusivos de la encíclica (especialmente en los apartados nn. 7-10), León XIV utiliza la Visitación para ilustrar las dimensiones fundamentales del ser humano que corren el riesgo de disolverse ante el avance tecnológico: La aceptación del límite frente al delirio de omnipotencia: Frente a lo que el Papa denomina una «Babel tecnológica»—el intento de la IA de operar sin límites corporales ni temporales—, María celebra y acepta el límite humano. Su grandeza no nace de una capacidad infinita de procesamiento, sino de su pequeñez acogida por la gracia divina. La inclusión física del "Otro": La encíclica destaca que en el encuentro entre María e Isabel se genera una inclusión física y real. Dios encarnado en María se hace presente ante el Juan Bautista que gesta Isabel. El Papa argumenta que la empatía, la intuición y el afecto mutuo requieren de la presencia biológica, corporal e histórica, algo radicalmente ajeno a los algoritmos sintéticos. 

El simbolismo del Magníficat

El título del documento, Magnifica humanitas («Magnífica humanidad»), está directamente inspirado en el término inicial del himno mariano por excelencia: el Magníficat (Magnificat anima mea Dominum). León XIV explica que la verdadera «magnificencia» del ser humano no reside en la potencia de sus herramientas artificiales, sino en su capacidad de maravillarse, de componer poéticamente y de bendecir.  El canto de María tras la Visitación exalta un vuelco de perspectivas: el Dios encarnado prefiere el camino de la fragilidad. En contraste, la IA representa a menudo una lógica puramente utilitaria que aplana las diferencias y sacrifica a los vulnerables. 

La urgencia del "Salir sin demora"

En el análisis teológico de la encíclica que realiza la Conferencia Episcopal, se resalta la actitud activa de la Virgen: «María no se queda con la noticia para sí: sale, camina, se encuentra». El Papa utiliza esta prisa de María hacia las montañas de Judá para recordar que la vida cristiana y humana se realiza en el movimiento, el servicio real y el contacto comunitario, previniendo el aislamiento y la alienación digital.