martes, 9 de junio de 2026

Entrega de la Rosa de Oro a Nuestra Señora de la Almudena

 

Si oviesse buen señor. Por Jorge González Guadalix

(De profesión cura) Impresionante lo que hemos vivido con la presencia del papa León en Madrid. Verdad que podemos ponernos especialmente tiquismiquis y rebuscar para encontrar peros. Solo faltaba. Yo les doy mi impresión, que e sla mía y punto.

- Lo primero, felicitar al cardenal arzobispo de Madrid por la organización. Impecable en todos los sentidos.

- Impresionante la respuesta de los fieles en la calle y en todos los actos.

- Me gustó mucho el saludo del cardenal Cobo en la vigilia con jóvenes y muchísimo las respuestas del papa a las preguntas de los jóvenes. Sobrecogedor el tiempo de oración con un silencio sincero de más de 600.000 asistentes. Me sobró el numerito de Godspell, obra estrenada en los años 70. A ver si evolucionamos.

- De antología del pensamiento católico el discurso en el Congreso de los Diputados. Todo lo que se diga es poco.

- No se puede hablar de todo. Muy distinto el acto en el Bernabéu con la Iglesia de Madrid, donde hubo tiempo para reír, rezar, cantar.

España es católica por más que se empeñen en lo contrario desde Azaña, por más que las encuestas quieran demostrar el abandono de la Iglesia, por más que los políticos busquen dar carta de naturaleza a una laicidad que nadie pidió ni recoge la Constitución. Solo un pueblo católico, una ciudad católica como Madrid, hacen posible reunir 600.000 jóvenes en una vigilia, 1.200.000 personas en misa y cientos de miles en las calles para saludar al sucesor de Pedro ¡sin un solo altercado, sin una papelera rota, sin el rastro de un papel en el suelo!

Católicos que se molestan, que rezan, cantan y se emocionan. Católicos que saben amar. Católicos deseosos de que alguien les confirme en la fe.

“¡Dios, qué buen vasallo, si oviesse buen señor!” proviene del verso 20 del célebre Cantar de Mío Cid. Ya tenemos los buenos vasallos, católicos provenientes de toda España que manifiestan su deseo de seguir a Cristo hasta la heroicidad en el seno de la Iglesia Católica. Católicos que claman por pastores que sean sal de la tierra -evangelio de hoy- y no se conformen con edulcorar cualquier cosa en un cómodo endulzar todo y pasar por todo para caer bien y conseguir una limosna.

Tras la visita del papa León, después de una semana santa que cada año crece y es vivida con mayor devoción, hemos de proclamar que el problema no está en los vasallos, que han demostrado fidelidad, lealtad y capacidad de compromiso, sino en la necesidad de que la Iglesia les ofrezca señores llenos de fe, fieles al evangelio, valientes, testigos capaces de entusiasmar y guiar a su pueblo a la santidad, la evangelización y el anhelo del cielo.

Tenemos los mejores vasallos. Pedimos los mejores señores.

domingo, 7 de junio de 2026

Corpus Christi, día de la caridad. Por Joaquín Manuel Serrano Vila


Hoy celebramos con inmensa alegría y devoción la solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo. Es la fiesta del amor desbordado de Dios, el día en que salimos a las calles para gritarle al mundo que el Señor no se ha marchado, sino que permanece oculto y real bajo las especies del pan y del vino.

La Palabra de Dios en el libro del Deuteronomio nos sitúan ante una de las actitudes espirituales más importantes para el cristiano, el deber de recordar. Moisés exhorta al pueblo a hacer memoria del largo y terrible camino por el desierto; éste representa nuestras crisis, sequedades y momentos de desamparo. Allí, Dios permite que el pueblo sienta hambre, pero no para destruirlo, sino para enseñarle que "no solo de pan vive el hombre, sino de todo lo que sale de la boca de Dios".

En aquel lugar árido les dio el "maná", un pan misterioso que no conocían. El maná fue el auxilio provisional de Dios. Sin embargo, hoy se nos invita a mirar más allá de lo provisional. El peligro del ser humano es el olvido y la autosuficiencia que nacen del egoísmo cuando estamos saciados, cómodos y satisfechos. El Corpus Christi nos pide reactivar la memoria del corazón: recordar que somos mendigos de la gracia de Dios y que sin Él desfallecemos en el camino de la vida.

San Pablo, en su carta a los Corintios, nos eleva a la dimensión eclesial y comunitaria del Sacramento. El Apóstol utiliza términos rotundos: el cáliz y el pan son comunión con la Sangre y el Cuerpo de Cristo. Comulgar no es un acto de piedad estrictamente privado o individualista; es el misterio que nos amalgama.

"El pan es uno, y nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo, pues todos comemos del mismo pan". Esta verdad sacude nuestras divisiones, nuestros juicios temerarios y nuestras faltas de caridad. Al acercarnos al altar, nos unimos íntimamente a Cristo y, por consecuencia inmediata, quedamos entrelazados con el hermano que está a nuestro lado. La eucaristía es el "pegamento" de la Iglesia. No podemos comer el Cuerpo de Cristo de espaldas a los sufrimientos de los miembros sufrientes de su Cuerpo místico. Y es que la eucaristía siempre es vínculo de comunión.

El Evangelio de san Juan nos introduce en el corazón del "Discurso del Pan de Vida". Las palabras de Jesús son tan realistas que provocaron la disputa y el escándalo de quienes lo escuchaban: "¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?"... Lejos de suavizar el lenguaje o decir que se trata de una simple metáfora, Jesús reafirma con solemnidad su declaración: "Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida".

El maná del desierto sació el estómago, pero aquellos padres murieron. El pan que Jesús nos ofrece comunica la vida eterna. Quien lo come experimenta una mutua inhabitación: "habita en mí y yo en él". El fruto de la comunión eucarística es la cristificación de nuestra existencia. Vivimos por el Hijo, del mismo modo que el Hijo vive por el Padre. Al recibirlo, se nos inocula la vida misma de Dios, una vida divina que vence a la muerte y nos capacita para amar como Él ama... Adoremos hoy este misterio con profunda reverencia; que nuestra procesión posterior exprese la gratitud de un pueblo que se sabe alimentado y rescatado por su Redentor.

Tradicionalmente, la fiesta del Corpus Christi es el Día de la Caridad, recordándonos que el amor a la eucaristía es inseparable del amor a los pobres. También la novena al Sagrado Corazón de Jesús nos ayuda a vivir este día, al caer en la cuenta que su Corazón late en la custodia, en el Sagrario y entre las manos del sacerdote en la consagración. No separemos nunca adoración eucaristía de compromiso social, ambas han de ir de la mano. Vivimos también días de inmensa gracia con motivo de la visita apostólica del Papa León XIV a nuestra Nación, a esta España tradicionalmente católica en su historia, hasta el punto que nuestra Ley de leyes así lo contempla con distinción y reconocimiento. Unámonos fervientemente en oración por los frutos pastorales de su viaje papal, por sus mensajes de unidad y por las intenciones del sucesor de Pedro para nuestra Patria.

Evangelio de la Solemnidad del Corpus Christi

Lectura del santo evangelio según san Juan 6, 51-58

En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos:

«Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo».

Disputaban los judíos entre sí:

«Cómo puede este darnos a comer su carne?».

Entonces Jesús les dijo:

«En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.

Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. Como el Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre, así, del mismo modo, el que me come vivirá por mí.

Este es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre».

Palabra del Señor 

Levantando la mirada. Por Monseñor Fray Jesús Sanz Montes O. F. M.



Nos encontramos en medio de la tan esperada visita a nuestra patria de quien viene como mensajero de la paz desarmada y desarmante: el papa León XIV. La sociedad experimenta un imperioso reclamo de alguien que no venga a vendernos su humo engañando la sed de una verdadera esperanza. El lema que acompaña este viaje papal es “alzad la mirada” (Jn 4, 35), invitación de Jesús cuando parecía que la cosecha se hacía remolona y costaba creer el momento de recoger los frutos que tanto se necesitaban. La experiencia de los éxodos y exilios del pueblo de Israel, hizo que los profetas pusiesen ánimo esperanzador a quien había perdido toda esperanza; es el trasfondo profético que se acuñará cuando un pueblo andaba cabizbajo por los infortunios desalmados “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; los que habitaban en tierra de sombras de muerte, una luz les brilló” (Is 9,2). Sí, necesitamos levantar nuestra mirada ante tantos motivos nacionales e internacionales, sociales, políticos, culturales, religiosos… que nos impelen a quitar las orejeras y alzar los ojos a esa belleza, bondad, esa verdad, que junto con la paz y la justicia nos están desafiando a diario en todos nuestros escenarios.

¡Cuántas losas nos aplastan cuando la mentira de las gobernanzas, la desigualdad ramplona, la violencia que nos enfrenta e insidia, la intolerancia que nos señala como espurios y proscritos, hacen que sea irrespirable una sociedad sumida en demasiada corrupción cotidiana como si no pasase nada precisamente porque pasa cada día! Y es entonces cuando emerge esta comprensible necesidad de mirar a alguien que no nos engañe cuando mercadea con nuestra confianza, que no nos use para luego tirarnos tras haberle dado el beneficio de nuestro interés o el préstamo de nuestros votos. Alguien que tenga una autoridad moral digna de su credibilidad sin tacha.

Los farsantes encantadores de serpientes, los botarates que viven de sus cuentos, los que dan lecciones de todo desde sus inmensas ignorancias, no sirven para el rearme ético y moral que necesita nuestra sociedad tan de capa caída a pesar de los alibí maquillados y los barnizados enjuagues. No, necesitamos a quien viniendo en el nombre del Señor nos acerque la frescura del Evangelio que encienda nuestra apagada fe, dilate el horizonte de nuestra esperanza y haga acogedora una caridad sincera que abrace las necesidades y heridas de los más desheredados de la tierra.

Hace unos días, en un memorable discurso del papa León XIV al Dicasterio para la Evangelización, tuvo unas palabras muy hermosas y precisas, citando a Benedicto XVI. Me parece que es la mejor tarjeta de presentación para adentrarnos con provecho en esta visita apostólica: «La transmisión de la fe pasa necesariamente por el encuentro con personas y comunidades que expresan la alegría de la fe cristiana y la coherencia de un estilo de vida evangélico. Ciertamente, no es diluyendo los contenidos y suavizando las exigencias como se puede hacer atractivo el cristianismo, sino dando testimonio con humildad y valentía de “el camino, la verdad y la vida” que ha convertido y santificado a tantas personas. Como afirmaba Benedicto XVI: “Necesitamos hombres que mantengan la mirada fija en Dios, aprendiendo de Él la verdadera humanidad. Necesitamos hombres cuyo intelecto esté iluminado por la luz de Dios y a quienes Dios abra el corazón, de modo que su intelecto pueda hablar al intelecto de los demás y su corazón pueda abrir el corazón de los demás. Solo a través de hombres que han sido tocados por Dios, Dios puede volver a los hombres”. La santidad de la vida, por lo tanto, sigue siendo siempre la forma más convincente de la belleza de la fe cristiana que trasciende los tiempos y se propone a toda cultura». Esto es lo que reconocemos en la visita del Santo Padre y con su semilla de esperanza mientras nos invita a cada uno a levantar la mirada.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo