martes, 22 de septiembre de 2026

«Las vocaciones no nacen de estrategias organizativas»: León XIV pide oración y el silencio ante la falta de vocaciones

(Infovaticana) El Papa León XIV recibió este lunes 21 de septiembre en el Palacio Apostólico Vaticano a la Asamblea de la Federación de las Monjas Clarisas Capuchinas de Italia, a las que dirigió un discurso centrado en la fidelidad a la vocación contemplativa, la disminución de las vocaciones, la formación y el valor de la clausura en una sociedad marcada por «la prisa y el ruido».

Ante la reducción numérica de las comunidades religiosas, el Pontífice pidió no responder desde el miedo ni confiar en soluciones meramente organizativas. «Las vocaciones no nacen de la aplicación de estrategias organizativas, ni de campañas estudiadas sobre el papel», afirmó, sino «de la oración, de la familiaridad con el Evangelio, del silencio» y de comunidades capaces de vivir auténticamente la comunión.

León XIV insistió además en la radicalidad propia de la vida contemplativa: sobriedad, desprendimiento, obediencia y una existencia «simple, pero también radical y exigente». En este contexto, presentó a las religiosas de clausura como testigos silenciosos del Evangelio y «memoria viva y profética de la Buena Nueva».

A continuación, dejamos íntegramente el discurso del Santo Padre:

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

¡La paz esté con vosotros! Y también se puede decir: ¡paz y bien!

Queridas hermanas, hermanos, buenos días y bienvenidos todos:

Estoy muy contento de encontrarme con vosotros y de compartir este momento de reflexión. Tomaremos como punto de partida la liturgia de hoy, fiesta de san Mateo, apóstol y evangelista.

En la Carta a los Efesios, san Pablo exhorta así: «Comportaos de una manera digna de la vocación que habéis recibido, con toda humildad, mansedumbre y magnanimidad […] una sola es la esperanza a la que habéis sido llamados, la de vuestra vocación» (Ef 4,1-2.4).

Es una invitación a la fidelidad, a la que vuestra Federación responde según el carisma de santa Clara y san Francisco, mediante la oración contemplativa, la pobreza y una adhesión total al Evangelio. Con este fin, es encomiable el trabajo de reelaboración y actualización de las Constituciones que habéis realizado, en el que se han sintetizado las aportaciones de muchos.

En ellas se reafirma que «el primer y principal deber de todos los religiosos es la contemplación de las realidades divinas y la unión constante con Dios en la oración» (Constituciones, 60; cf. CIC, can. 663). Como escribía santa Clara a santa Inés de Bohemia: «Pon tu mente en el espejo de la eternidad, pon tu alma en el esplendor de la gloria, pon tu corazón en la figura de la divina sustancia y transfórmate toda, por medio de la contemplación, en imagen de su divinidad» (Tercera carta a la Beata Inés de Bohemia, 12-13; FF 2888).

Y es precisamente con la «mente en el espejo de la eternidad» como os invito a mirar tanto el tiempo presente, con sus dramas e incertidumbres, como los desafíos de vuestro «pequeño mundo», rico en su pasado y llamado a mirar con esperanza hacia el futuro.

El reducido número de vocaciones, en particular, podría llevar a algunos a optar por el repliegue o el encerramiento. Pero quiero repetiros lo que ya dije acerca del futuro de las diócesis y de los seminarios en Italia. Intentemos cambiar de perspectiva al considerar esta realidad. Sus dificultades, de hecho, pueden ayudarnos a descubrir o redescubrir potencialidades inesperadas, «no tanto en lo que respecta a las fuerzas numéricas, sino a la calidad de la propuesta» (Discurso a los peregrinos de las diócesis toscanas, 11 de octubre de 2025).

Nos lo recuerda el Evangelio de hoy, que dice: «No son los sanos los que necesitan médico, sino los enfermos» (Mt 9,12).

La reducción numérica de las comunidades —y el temor que de ella deriva a perder la propia autonomía— no debe inquietar ni hacer perder la esperanza, sino impulsar más bien a una renovación de la propia vida y a un compromiso todavía mayor en el acompañamiento espiritual de quienes llaman a las puertas de los monasterios, para hacer crecer comunidades alegres y vivas, en las que se experimente intimidad con Dios, afabilidad, comunión y autenticidad en las relaciones.

Las vocaciones no nacen de la aplicación de estrategias organizativas, ni de campañas estudiadas sobre el papel, sino de la oración, de la familiaridad con el Evangelio, del silencio, de saber acogerse mutuamente con las propias imperfecciones (cf. Gal 6,2), de sentirse parte de un todo que crea unidad. Y para hacerlo, el Señor no nos pide ser impecables, sino dejarnos modelar por su gracia, humildemente, día tras día.

Esto nos ofrece la ocasión de hablar de otro tema importante: el de la formación, tanto inicial como permanente. Formaos y formad para una clausura vivida con espíritu de profunda comunión entre vosotras y con la Iglesia; para un silencio que, en una sociedad dominada por la prisa y el ruido, haga sentir la necesidad de tiempos y espacios en los que detenerse, discernir, sin temor a perder el «instante fugaz».

Por lo demás, esta es también la dimensión misionera específica de la vocación claustral. El Salmo 18, tomado igualmente de la liturgia de hoy, dice: «Sin lenguaje, sin palabras, sin que se oiga su voz, por toda la tierra se difunde su anuncio y hasta los confines del mundo su mensaje» (vv. 4-5).

Formadas en la escuela del Evangelio, el Señor os llama a ser sus testigos en el silencio y en la contemplación, situándoos en la historia como memoria viva y profética de la Buena Nueva.

Como hermanas de santa Clara, además, tenéis un mensaje especial que anunciar, que pasa ante todo por la observancia de la Regla y de vuestras Constituciones. Forma parte de vuestro ser y de vuestra misión vivir el Evangelio dejando todo lo que pertenece al mundo, total y constantemente orientadas al primer y único Amor de vuestra vida.

Esto implica sobriedad, desprendimiento de las cosas, entrega de sí mismas en la obediencia, transparencia, en una vida sencilla, pero también radical y exigente, signo precioso de fidelidad, especialmente en un mundo globalizado e inquieto, en el que parece haberse perdido el gusto y la capacidad de «echar raíces» (cf. Francisco, Const. ap. Vultum Dei quærere, 35).

Por eso, queridísimas, quisiera concluir retomando una pregunta de vuestro asistente federal: «¿Pueden los monasterios femeninos de clausura ofrecer respuestas a las preguntas sobre el sentido de la humanidad de hoy?».

Para responder, os indicaba cuatro medios que considero importantes: la escucha recíproca; la koinonia, como comunión de intenciones, para evitar el aislamiento; la diakonia, para servir y trabajar juntas; la martyria, para dar testimonio del Evangelio. Os los dejo como caminos seguros para vuestro recorrido.

Queridas hermanas, os agradezco lo que hacéis y lo que sois: «antorchas, centinelas para la Iglesia y para el mundo» (Francisco, Mensaje a las contemplativas, 21 de noviembre de 2018), signos de la presencia del Reino de Dios en la tierra.

Me alegra haberos encontrado y, invocando la intercesión de María, de los santos Francisco y Clara de Asís y de la beata María Lorenza Longo, os imparto de corazón la Bendición Apostólica.

Neuman y los 700 años del Oriel College. Por Guillermo Juan Morado 

(La Puerta de Damasco) Es inolvidable la experiencia de pasear por las calles de Oxford, entre edificios históricos que parecen custodiar buena parte de la sabiduría del universo. En la “Oriel Square” se ubica el “Colegio de la Bienaventurada María”, fundado en 1326 por el rey Eduardo II de Inglaterra. La donación, algo más tarde, de una casa señorial, “La Oriole”, dio origen al nombre con el que este centro es conocido: “Oriel College”. Con motivo de los 700 años de su fundación, el rey Carlos III, en su papel de supervisor –“Visitor” – se hizo presente allí el 10 de julio de 2026.

El 14 de abril de 1822, procedente del también oxoniense Trinity College, ingresaba como miembro - “Fellow” - del Oriel John Henry Newman (1801-1890) y en 1826 fue designado tutor – “Tutor” – del mismo. A pocos metros del College, se encuentra la iglesia de Santa María la Virgen, de donde Newman fue nombrado párroco en 1828, tras haber sido ordenado presbítero anglicano. Newman es una de las grandes figuras intelectuales y religiosas de Inglaterra y el líder del llamado “Movimiento de Oxford”, una corriente de pensamiento que postulaba el retorno de la Iglesia de Inglaterra a la tradición apostólica. En 1845, fue recibido en la Iglesia Católica y, en 1879, fue creado cardenal por León XIII.

Una de las actividades llevadas a cabo con motivo de los 700 años del College ha sido la audiencia que León XIV concedió a una delegación del Oriel el 4 de septiembre de 2026. El preboste, Lord Mendoza, expresó su agradecimiento al pontífice por haber reconocido – el 1 de noviembre de 2025- “a nuestro antiguo compañero san John Henry Newman como Doctor de la Iglesia” y, elogiando la encíclica “Magnifica humanitas”, que subraya que la inteligencia artificial ha de ser gobernada en favor de la dignidad humana, añadió: “Nuestro sistema de tutorías, basado en la conversación continua entre profesor y alumno, constituye una pequeña pero sólida defensa del juicio humano y la presencia humana”.

Por su parte, León XIV, que también nombró a Newman patrono de la educación católica, junto con santo Tomás de Aquino, destacó en su discurso que “san John Henry Newman constituye un ejemplo luminoso de estudioso que mostró, no solo en sus obras, sino, de manera aún más admirable, también en su vida, cómo la fe y la razón son inseparables”. Subrayó asimismo que “el pensamiento de Newman sobre la educación resulta particularmente pertinente, pues propone una formación cristiana que abarque a toda la persona y mida el valor de la educación según el criterio de la dignidad humana, la justicia y la capacidad de servir al bien común”.

Newman, tras su conversión al catolicismo, no volvió a Oxford hasta pasados muchos años. Ya cardenal, en 1879, visitó el Trinity College, y estuvo en las primeras habitaciones que había tenido allí. El alumno que en ese tiempo las ocupaba dejó un breve relato: “El cardenal, un hombre de aspecto cansado, piel arrugada y nariz larga, con una de las más bellas expresiones que he visto en su ser humano, habló conmigo durante dos horas, dejándome confundido por su exquisita modestia. Quiso saber si la planta de dragón crecía aún en el muro de separación con Balliol College”. No cuesta imaginar a Newman alegrándose en el cielo por la presencia del Oriel College en Roma.

lunes, 21 de septiembre de 2026

Santoral del día: San Mateo

(Cope) La conversión y el cambio radical se hacen realidad en el Santo Apóstol que celebramos este día. Hoy celebramos a San Mateo. Nacido en Cafarnaún es recaudador de impuestos, un oficio odiado por los judíos, porque era lugarteniente de Herodes Antipas para el que trabajaba.

Cuando Cristo le llama deja todo y le sigue, cambiando de vida radicalmente. Para despedirse de los suyos, organiza una gran comida con todos ellos a la que va también Cristo. Durante el banquete que ofrece al Señor los fariseos critican que haya elegido un publicano por discípulo y que se acompañe de toda esa gente.

Sin embargo, el Maestro destaca la Misericordia de Dios que no ha venido a llamar a los justos sino a los pecadores. Desde ese momento forma parte del grupo de los Apóstoles. Siempre da Fe de todas las enseñanzas del Maestro.

Autor del primer Evangelio que hay en la Sagrada Escritura, es testigo de las predicaciones de Jesús y de cuanto dijo e hizo para darnos ejemplo. También es testigo de la Resurrección del Señor. Después de La Ascensión y Pentecostés, cumple con el Designio Divino de ir por todo el mundo a predicar y llevar la Buena Nueva.

San Mateo predica en Persia. Allí muere mártir. La representación iconográfica de este Apóstol es con un hombre ya que en su Evangelio comienza hablando del Linaje Humano a través del cual Dios se hace Hombre para salvarnos. Actualmente las reliquias de este Santo Apóstol reposan en la catedral de Salerno (Italia).

Se abre el plazo de inscripción para el Catecumenado de adultos

(Iglesia de Asturias) Con el comienzo de curso se pone en marcha de nuevo la actividad de parroquias y Unidades Pastorales y muy especialmente el Catecismo, tanto para niños, como para jóvenes y, de unos años a esta parte, también para adultos.

El año pasado 372 personas adultas se confirmaron el pasado mes de mayo, en un gran acto que tuvo lugar en la Catedral y de ellas, además, 22 se bautizaron e hicieron la Primera Comunión. Es una cifra que, hasta el momento, no ha hecho más que aumentar y que puede llevarse a cabo gracias al trabajo y la colaboración de sacerdotes y catequistas en toda la diócesis.

«El catecumenado de adultos –explica su responsable en la diócesis, Artemio Grande– está dirigido a personas que tienen 18 o más años y que no han recibido ninguno o les falta alguno de los que llamamos Sacramentos de la Iniciación Cristiana, es decir, del Bautismo, la Comunión y la Confirmación».

Para comenzar con el Catecumenado lo primero es informarse en la propia parroquia. Todas las Unidades Pastorales han recibido información acerca del Catecumenado de Adultos, por lo que los párrocos pueden orientar a la persona interesada en este sentido. Las catequesis dará comienzo por lo general en la diócesis a partir de la segunda quincena de octubre y los contenidos están guiados por el Catecismo para adultos que recientemente ha publicado la Conferencia Episcopal. «Si el catecúmeno quiere bautizarse, la formación consta de 49 temas que se reparten en dos cursos, mientras que las personas que se quieren confirmar hacen tan sólo un curso, desde octubre hasta mayo», explica Artemio Grande.

Para que una parroquia establezca un grupo de Catecumenado de Adultos ha de contar con, al menos, cinco personas asistentes, una norma que se extiende principalmente a las ciudades grandes, donde hay numerosas parroquias cercanas aunque en la zona rural esta recomendación puede relajarse y adaptarse un poco más a las circunstancias particulares. «Es importante que pueda vivirse una dimensión comunitaria de la fe y de ahí la necesidad de crear un grupo más numeroso», explica el responsable.

Más allá de la formación y los conocimientos que se adquieren durante las catequesis, Artemio reconoce que la experiencia resulta «muy agradecida para los que la viven, pues muchas veces se encuentran con algo que no esperan. Acuden normalmente a cumplir con una especie de trámite y, a medida que van pasando los días y viven la comunión, la participación en misa de otra manera, algo se despierta dentro de ellos y se produce un encuentro precioso con el Señor que transforma su propia vida».

domingo, 20 de septiembre de 2026

"Los últimos serán primeros". Por Joaquín Manuel Serrano Vila


La lógica de la justicia humana se rompe ante el abismo de la misericordia divina. En este Domingo XXV del Tiempo Ordinario, la liturgia nos sumerge en una profunda crisis de criterios. Nos confronta con una verdad incómoda para nuestro ego, pero liberadora para nuestra alma: Dios no lleva las cuentas como nosotros. Su amor no se merece, se recibe; su gracia no se negocia, se acoge.

El profeta Isaías nos prepara el terreno con una declaración tajante que derriba cualquier intento de domesticar a Dios: «Mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos». Vivimos atrapados en la mentalidad del cálculo, de la recompensa inmediata y del mérito estricto. Pensamos que si hacemos las cosas bien, Dios "nos debe" algo; y si otros actúan mal, Dios "debe" castigarlos. Isaías rompe ese molde. Nos recuerda que la distancia entre nuestra lógica mercantilista y la justicia divina es tan inmensa como la que separa el cielo de la tierra. Sin embargo, esta distancia no es un alejamiento físico, porque el mismo texto nos urge: «Buscad al Señor mientras se deja encontrar, invocadlo mientras está cerca». Dios está cerca, pero su cercanía es de una naturaleza distinta: es rico en perdón. El camino de Dios es el de la misericordia persistente, una que no se cansa de esperar al pecador para restaurarlo, desbaratando nuestras estrechas expectativas humanas.

San Pablo, escribiendo desde la prisión a los cristianos de Filipo, encarna de forma perfecta lo que significa asumir los "caminos de Dios" por encima de los criterios del mundo. El Apóstol se encuentra en un dilema existencial conmovedor: se debate entre el deseo de partir para estar definitivamente con Cristo o permanecer en este mundo para seguir sirviendo a las comunidades. Para Pablo, la vida ya no se mide bajo los parámetros del éxito humano, la comodidad o la autopreservación. Pronuncia una de las frases más audaces del Nuevo Testamento: «Para mí la vida es Cristo, y una ganancia el morir». Cuando Cristo se convierte en el centro absoluto de la existencia, la lógica del miedo al futuro o de la competencia desaparece. Lo único que importa es que Cristo sea glorificado. Por eso, concluye con una exhortación que nos interpela hoy a todos: «Llevad una vida digna del Evangelio de Cristo». Una vida digna del Evangelio es aquella que renuncia al egoísmo y se gasta por los demás, confiando plenamente en el salario de la vida eterna.

El centro de la liturgia de la Palabra llega con la parábola de los jornaleros de la viña. Un propietario sale a distintas horas del día —a primera hora, a media mañana, a mediodía, a media tarde e incluso a las cinco de la tarde— a contratar trabajadores. Al final de la jornada, decide pagar a todos exactamente lo mismo: un denario; aquí estalla el conflicto. Los que trabajaron doce horas bajo el sol abrasador, protestan. Esperaban recibir -en la lógica humana- más. Su queja nos parece instintivamente justa. Sin embargo, el propietario no comete ninguna injusticia con ellos: les paga lo acordado. Lo que despierta la ira de los primeros no es la falta de justicia, sino el exceso de bondad hacia los últimos. «¿Vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?», pregunta el señor. Esta parábola desvela tres grandes verdades espirituales. En primer lugar, que la viña es pura gracia. Nadie tiene el derecho originario de estar en la viña; es el dueño quien sale activamente a buscarnos y nos rescata de la plaza del desempleo y de la falta de sentido.

En segundo lugar, que el denario -como diría San Agustín- es la vida eterna, representa la salvación y la plenitud del amor de Dios. El amor de Dios no se puede fragmentar, no se puede dar "medio denario" de salvación. O se recibe entero o no se recibe. Los que llegaron al final necesitaban el denario completo para alimentar a sus familias tanto como los primeros. Y en tercer lugar, está el peligro de la mentalidad de "hijo mayor". Los primeros trabajadores miran a los últimos con ojos de sospecha y superioridad. A menudo, quienes llevamos años en la Iglesia corremos el riesgo de mirar con recelo al que se convierte al final de su vida, al que regresa herido o al que empieza tarde. Nos creemos con más derechos frente a Dios. El Evangelio nos advierte contra la envidia espiritual. El mensaje de este domingo es una invitación urgente a convertir nuestra mirada. Dios no es un comerciante; es un Padre infinitamente generoso. Y como nos ha recordado el salmo, "Cerca está de los que lo invocan"...

Evangelio Domingo XXV del Tiempo Ordinario



Lectura del santo evangelio según san Mateo 20, 1-16

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola:
«El reino de los cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña.
Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo y les dijo:
“Id también vosotros a mi viña y os pagaré lo debido».
Ellos fueron.
Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde, e hizo lo mismo.
Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo:
“Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?”.
Le respondieron:
“Nadie nos ha contratado”.
Él les dijo:
“Id también vosotros a mi viña».
Cuando oscureció, el dueño dijo al capataz:
“Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros”.
Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno. Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Al recibirlo se pusieron a protestar contra el amo:
“Estos últimos han trabajado solo una hora y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno”.
Él replicó a uno de ellos:
“Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?”.
Así, los últimos serán primeros y los primeros, últimos».

Palabra del Señor

La bandera de la Perdonanza. Por Monseñor Fray Jesús Sanz Montes O. F. M.

El alpinista se encaramaba esta vez no en una pared de roca, sino en una torre catedralicia por cuya esbeltez subía haciendo largos con su cuerda, mientras aseguraba el arnés a los mosquetones que le protegían. Era todo un espectáculo contemplar tamaña ascensión. El cielo azul de Oviedo hacía de telón de fondo que permitía resaltar la enorme filigrana de la torre campanario mientras se movía con decisión hacia arriba el insólito escalador. No se trataba de un acróbata furtivo que, de pronto, había encontrado una nueva vía de escalada en el corazón de la ciudad. Tampoco era un funambulista caprichoso que de esa manera reclamaba la atención. Era eso, un año más: el alpinista de la Perdonanza. No llevaba más mochila que una bandera, y pareciera que el gran torreón de la Sancta Ovetensis, como se conoce a la catedral asturiana, se tornaba por unos instantes en un mástil especial en el que izar una especial enseña.

Cada año, llegando este mediado septiembre, tiene lugar en nuestra iglesia madre diocesana un octavario especial que se conoce con ese nombre de la Perdonanza. Al comienzo y al final de esos ocho días se muestra la más importante reliquia que se custodia en la Cámara Santa: el Santo Sudario que envolvió la cabeza de Jesús al bajarlo de la cruz y ser trasladado al sepulcro. El evangelio de Juan da noticia de ello. De modo que el día 14 de septiembre, festividad de la Exaltación de la Santa Cruz, cuando comienza el octavario, tiene inicio esta mirada piadosa de la cruz del Señor y del Santo Sudario, que volverá a ser contemplado el día 21, en la festividad de San Mateo, evangelista y apóstol. Dos fechas que enmarcan un relato que acerca a los corazones la gracia de su bálsamo.

La bandera de la Perdonanza es un dulce reclamo. Nuestra vida puede tener tropiezos y caídas, puede experimentar el acoso y derribo, la confusión y las contradicciones varias con las que deambulamos entre los desgarros y los sobresaltos de toda índole. Pero sabemos que la última palabra no le corresponde al miedo que nos asusta, ni a las heridas que nos desangran, ni a los pecados que nos oscurecen el alma y nos extravían la mirada. La última palabra se la reserva siempre Dios, tras todas nuestras torpes penúltimas palabras deudoras de nuestra humana condición.

Esto es lo que celebramos durante ocho días, justo cuando comenzamos el curso escolar y el curso pastoral mientras calentamos motores para adentrarnos en un nuevo año donde el Señor volverá a sorprendernos con su amable paciencia capaz de provocar nuestra atención y difuminar nuestras distracciones y cansancios. Y es que verdaderamente todos tenemos la necesidad imperiosa de sabernos perdonados sacudiendo la impostura de cuanto nos aísla en soledad, lo que nos señala acusador y excluyéndonos nos desprecia.

La Perdonanza es un canto que sólo Dios entona con todos los registros del pentagrama de su divino Corazón con su música y letra. Tiene versos de ternura y besos de misericordia en cada una de sus estrofas. Sabe otear cada mañana nuestro deseado regreso tras las aventuras pródigas que nos perdieron en caminos sin meta a ninguna parte, que nos fueron alejando de la verdad, de la bondad y la belleza que siempre nos muestran la gracia que perdimos o que ni siquiera hemos podido propiamente estrenar. En ese abrazo renacemos, cuando pidiendo perdón y confesando nuestras faltas y pecados, recibimos inmerecidamente la alegría de una paz que nos llena de gratitud y nos reconcilia todas las costuras del alma. Esta es la bandera que más necesitamos, cuando en el cielo de la vida se mimbrea con aires de esperanza. Bendita torre catedralicia que nos muestra a toda la ciudad la enseña que pone luz en nuestros ojos con ese abrazo perdonador que nunca nos defrauda. ¡Qué hermosa es la bandera de la Perdonanza!

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo