martes, 26 de mayo de 2026

Oración a Nuestra Señora de la Esperanza de la Balesquida


Salve María, Nuestra Señora,  Esperanza de Oviedo,
Tú que creíste firmemente en la promesa de Dios
Y llevaste en tu seno al Salvador del mundo,
Nos dirigimos a ti con confianza y devoción

En tiempos de incertidumbre y desesperación,
Inspíranos con la esperanza que descansa en la fe en Dios,
Ayúdanos a ver la luz en la oscuridad
Y a perseverar en la confianza a pesar de las pruebas.

Virgen María, estrella de la mañana que anuncias la aurora,
Guíanos por el camino de la verdad y del amor,
Protégenos de peligros y tentaciones
Y sostennos en nuestro camino hacia el Reino de Dios.

Tú que fuiste testigo de la resurrección de tu Hijo amado,
Intercede por nosotros con él,
Consíguenos la gracia de vivir en alegre esperanza,
Y ayúdanos a compartir esta esperanza con todos los necesitados.

Virgen María, Nuestra Señora de la Esperanza,
Te confiamos nuestras oraciones y preocupaciones,
Y te pedimos que ruegues por nosotros ante el trono de Dios.
Amén.

Homilía en las ordenaciones. Domingo de Pentecostés 2026

Han sido cincuenta días sin tregua para cantar un himno de victoria sobre el último enemigo del hombre como es la muerte dañina. Un canto de triunfo que no se hace triunfalista, sino que entona la canción bienaventurada y bendita. Sí, han sido cincuenta días de Pascua poniendo en nuestros labios el más sublime himno de la alegría colmada, que tiene como única estrofa el Aleluya de aquella primera mañana cristiana con el domingo que no acaba. Esa fue la más inspirada música divina que puso sus notas en la letra de nuestras andanzas, cuando la muerte fue vencida para siempre dejando el sepulcro vacío de sus acechanzas. Tiempo de sorpresas con las apariciones del Resucitado que disipa los miedos y prepara los corazones para que irrumpa el Espíritu prometido mientras con María aguardamos rezando en el cenáculo de nuestras circunstancias.

La Pascua tiene siempre una coprotagonista: María la madre de Jesús. Ella estará en la primera Pascua de la Natividad de un Dios que nace con el sí que creyó que lo imposible para ella era posible para Dios. Estará también en la Pascua de la Resurrección de un Dios que renace con el “stábat” previo de su fidelidad a pie de la cruz antes de resucitar. Y estará igualmente en la Pascua de Pentecostés reuniendo a los hijos dispersos para enseñarles a orar y a esperar en el cumplimiento de la promesa de Cristo con el envío del Espíritu Santo. La Virgen nos empuja a esta misma experiencia de acoger tan inmensa gracia con sus tres pascuas. Así hemos rezado en la oración colecta de la fiesta solemne de Pentecostés: “derrama los dones de tu Espíritu sobre todos los confines de la tierra y realiza ahora también, en el corazón de tus fieles, aquellas maravillas que te dignaste hacer en los comienzos de la predicación evangélica”. Esto hemos pedido: que en el hoy de nuestros días y en el trasiego de nuestro momento, realice aquellas mismas maravillas. ¿Qué ocurrió entonces?

La muerte del Maestro de la que ellos fueron testigos se tornó en una losa insoportable que los encerraba a cal y canto en el agujero de sus pánicos en aquellas paredes de esa estancia superior, testigo de encuentros, de cenas, de confidencias, también de apariciones del Resucitado, como nos ha recordado hace un instante el Evangelio de San Juan. Pero a la postre, ellos seguían con el come-come de su pobreza creyente. Palabras escuchadas, milagros vistos, y toda una serie de enseñanzas y caricias por parte del mismo Jesús, parecía que no lograban superar lo que en los adentros les embargaba hasta el punto de esconderse por temor, de huir cobardemente, de llorar sin consuelo.

Pero sucedió lo inaudito, el cumplimiento de la promesa de Jesús con el envío del Espíritu Santo. Ellos sencillamente aguardaban con María orando y esperando el acontecimiento. Sabemos lo que ocurrió, como nos ha recordado la primera lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles: que las puertas y ventanas selladas por el pánico, se abrieron de par en par con el viento huracanado que ventiló todos sus miedos. Y sobre sus cabezas se posaron las llamaradas que pusieron luz en sus penumbras y calidez en sus tiriteras. Sintieron una fuerza imprevista que los empujó a la plaza pública donde en todas las lenguas testimoniaron que Dios es maravilloso, no rival de nuestros ensueños y certezas, sino cómplice de lo mejor por corresponder sus promesas con lo que anhela y exige nuestro corazón. Así sucedió entonces, hace dos mil años. Así pedimos que suceda en esta tarde en este nuevo cenáculo de nuestra iglesia madre diocesana, en la Catedral de Oviedo. Habrá que poner nombre a nuestras encerronas asustadizas, a nuestras huidas fugitivas, al enroscamiento tras las celosías de nuestra dejadez, nuestra tibieza o comodidad cotidianas. Y ver cómo después de veinte siglos el Espíritu nos da a cada cual lo que necesitamos para anunciar la Buena Noticia, como nos ha recordado San Pablo en la segunda lectura.

Podemos así entender lo que en la preciosa secuencia que hemos escuchado antes del Evangelio, hemos pedido al Espíritu Santo: una luz que penetre en el alma y que se haga fuente del mayor consuelo; que sea el descanso de nuestros esfuerzos y la brisa en las horas de fuego; como un gozo que sabe secar nuestras lágrimas y darnos la paz que nos reconforta en los duelos. Tenemos una tierra personal seca que Él riega, y un corazón enfermo que deseamos que Él nos sane; manchas de pecados que su gracia lavará con agua pura y derroteros extraviados e indómitos que Él devolverá a su sendero.

Estos dones del Espíritu Santo, los pedimos de manera especial para los hermanos que en esta memorable solemnidad pascual van a ser ordenados esta tarde. Con una inmensa alegría reconocemos estos once rostros con sus nombres: los que vais a ser ordenados presbíteros (Rafael, Edgar Michel, Luis Guillermo, John Ángel, Geoffrey Jesús, Modesto Eliezer y Jesús Miguel) y los que vais a ser ordenados diáconos (Pelayo, Yesid, Gabino y Adrián). Esta mañana en mi oración primera fui deletreando vuestros nombres ante el Sagrario de mi capilla. Los nombres que os identifican como historia y los años que ponen fecha a vuestra edad.

Pensaba en lo que medité cuando me hicieron obispo: Dios nos llama por entero, no a una parte de nuestra vida, quizás la más vistosa y presentable, o la más maquillada y clandestina, sino que nos llama por entero abrazando con amor de hermano toda nuestra andadura humana. La familia en la que nacimos, el lugar donde vimos la luz, los escenarios que nos vieron crecer. También los tropiezos y caídas que nos tumbaron recordándonos nuestra condición frágil, así como los momentos luminosos en los que dimos pasos con decisión y certeza. Las preguntas que nos hicimos y las respuestas que se nos dieron. Los pecados que nos humillaron y las gracias que nos pusieron en pie de nuevo. ¡Cuántos nombres, cuántos domicilios, cuántas circunstancias que hoy se agolpan cuando Dios con los labios de la Iglesia os vuelve a decir a cada uno de vosotros: ven!

Venís de Asturias, de Perú, de Colombia, de República Dominicana y de Venezuela. La divina Providencia ha dispuesto que todos recaléis en nuestra Archidiócesis desde nuestra misma tierra o desde esos queridos pueblos hispanos que tanto amamos. Estáis insertos en nuestro Seminario Metropolitano de la Asunción, en el Seminario misionero diocesano Redemptoris Mater San Melchor de Quirós y en el Seminario de la comunidad Lumen Dei. Todos habéis pasado por nuestras aulas y habéis sido acompañados por nuestros profesores, párrocos y formadores. Todos sois de nuestra familia y como tal os reconocemos conmovidos y agradecidos al Señor y a nuestra Madre la Santina. Es todo un regalo para nuestra Archidiócesis y la Iglesia universal, por el que no ceso de dar gracias al buen Dios.

Qué gran misterio el saberos llamados por el Señor a la vocación del ministerio como diáconos y presbíteros. No hay nada de conquista ni de merecimiento por vuestra parte. Sólo cabe la admiración agradecida por una gracia tan grande que os deja siempre asombrados por haber sido tan bendecidos. El hecho de que Dios quiera poner en vuestra boca su Palabra de verdad y bondad para contar con vuestros labios la Buena Noticia, o que quiera poner en vuestras pequeñas manos sus dones y regalos para gratuitamente repartirlos con vosotros, no deja de ser admirable. Sois portavoces de su Palabra y portadores de su Gracia, esta es la llamada impresionante misteriosamente recibida.

Gabino y Adrián seréis diáconos permanentes. Una vocación dentro de la vocación matrimonial y paterna que habéis recibido y que Dios no desplaza. Gracias a vuestras esposas Raquel y Eva por ayudaros a reconocer la llamada del Señor y con vosotras decir un sí al unísono con ellos. Pelayo y Yesid seréis diáconos transitorios, como camino preparatorio para ser luego ordenados sacerdotes. Recibiréis mi imposición de manos y luego el abrazo de los demás diáconos presentes. Los otros siete hermanos, Rafael, Edgar Michel, Luis Guillermo, John Ángel, Geoffrey Jesús, Modesto Eliezer y Jesús Miguel, os impondré las manos para haceros presbíteros de Jesucristo, gesto que también harán los demás sacerdotes que nos acompañan.

Precioso y audaz deberá ser vuestro ministerio. Porque tendréis que anunciar la Verdad en medio de un mundo que hace de la mentira su manera de abusar en el poder. Tendréis que izar la bandera de la Paz cuando tantas trincheras de violencia nos acosan en las guerras entre pueblos y en las guerras domésticas. Tendréis que cantar la Bondad en contraste con la maldad perversa que campea por sus fueros con gente que trampea hasta corromperse de tantos modos. Y tendréis que proclamar la Belleza cuando lo zafio desparrama con su mal gusto tantas cosas feas que nos desbaratan y vacían. Y frente a la insidia que enfrenta y divide, seréis heraldos de la Fraternidad que nos hermana contra viento y marea en este mundo contradictorio enfrentado a Dios y enemigo del hombre.

Por eso vuestro ministerio irá contracorriente y apareceréis ante tantos como signo de contradicción amable y profética, capaz de anunciar la esperanza que nos salva y bendice, denunciando los desmanes malditos que nos desesperan. Os aseguro que no lo tendréis fácil, pero vuestras vidas entregadas abrirán caminos que tienen meta, y curarán heridas que otros desangran, derramaréis el agua bautismal a los nuevos cristianos que se inician con fe en los senderos de las bienaventuranzas. Podréis perdonar los pecados que nos enfrentan con los hermanos y nos extravían de Dios, y pondréis el bálsamo de la unción a los enfermos y ancianos que rematan sus vidas en la confianza. Acercaréis el pan tierno del Cuerpo de Cristo que quita las hambres y escanciaréis el vino convertido en la Sangre de Jesús que nos llena de santa alegría. Como diáconos o como presbíteros esta será vuestra vivencia cotidiana según vuestro ministerio en la Iglesia.

Toda una vida hecha ministerio, sin horarios ni intereses mundanos, que se pone al servicio de los hermanos con la entrega de la caridad más hermosa y que alaba al Señor con el cántico de la gratitud más bella y sonora. Este es el regalo que Dios nos hace con estas nuevas vocaciones tan inmerecidamente regaladas por su Providencia. Que María os proteja y acompañe. Nosotros, conmovidos, por cada uno de vosotros, damos las gracias. El Señor os bendiga y os guarde. Amén.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

S.I.C.B.M. El Salvador
Oviedo, 24 mayo de 2026

lunes, 25 de mayo de 2026

Bienaventurada Virgen María, Madre de la Iglesia

El título de “Madre de la Iglesia” fue proclamado por San Pablo VI durante el Concilio Vaticano II. Con él, quería subrayar el papel irreemplazable de María dentro de la Iglesia. El Papa Francisco, en 2018 instituyó esta fiesta en el lunes después de Pentecostés. Si la Iglesia nace en Pentecostés, tiene un gran significado que, en el primer día siguiente, el lunes, en la puesta en marcha de su camino en medio del mundo, se destaque la persona y la misión de la Virgen en ella.

Las tres lecturas que se proclaman en la liturgia de hoy son ricas en simbolismos y en estímulo para nuestra fe y nuestra devoción a la Madre del Señor. En el Genesis, tras el pecado y sus consecuencias, Adán pone nombre s a su mujer: “Eva”, por ser la “madre de todos los vivientes. En el evangelio se nos narra la escena en que Jesús, clavado en la cruz, nos da a María por Madre. En el salmo, hablando de la ciudad de Sión, como un lugar donde todos, cercanos y lejanos, se encuentran en su hogar, símbolo del Reino de Dios, abierto, como decía Francisco “a todos, todos, todos”, se dice: “es la madre, porque todos han nacido en ella”.

Junto a la cruz, María. Ya había dicho sí a Dios y a su proyecto de salvación en la Anunciación. Ahora, ya no jovencita, sino anciana, recibe una nueva anunciación: no ser solo la madre de la Cabeza sino también del cuerpo de la Iglesia: No solo madre de Dios, sino madre de todos los hijos de Dios, representados en Juan. No tuvo ella necesidad de decir sí con palabras: era la mujer cercana a Dios y totalmente disponible y colaborara con él.

En pentecostés la vemos como esa nueva Sión de la que nos habla el salmo, congregando a los discípulos y discípulas de su Hijo y pidiendo y esperando al Espíritu (Hechos 2, 14). Después de su asunción, sigue con su tarea maternal. Sigue pendiente y atenta de cada uno de nosotros y diciéndole a Jesús lo mismo que le dijo en Caná: “No tienen vino”; y a nosotros: “haced lo que Él os diga” (Jn 3, 4-5).

Fray Francisco José Rodríguez Fassio, OP


Oración a Nuestra Señora de la Cabeza



Virgen Santísima de la Cabeza;
A Ti venimos con amor y confianza
Deseosos de ofrecerte lo que tenemos,
Y pedirte cuanto necesitamos.
Enséñanos a convivir en paz,
Guiados por tu amor.
Bendice nuestras familias,
Nuestra tierra;
A todos los hombres.
Recibe nuestros trabajos,
Nuestros sufrimientos,
Nuestros deseos e ilusiones.
Preséntanos a Tu Hijo.
Guíanos siempre por el camino de la verdad,
de la justicia y del amor.
Y así, Madre, seremos felices contigo en el Cielo.
Amén

Carta Encíclica MAGNIFICA HUMANITAS del Papa LEÓN XIV


SOBRE LA CUSTODIA DE LA PERSONA HUMANAEN EL TIEMPO 
DE LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL

Con motivo del 135.º aniversario de la «Rerum novarum», el Pontífice reflexiona en su primera encíclica, «Magnifica humanitas», sobre la doctrina social de la Iglesia en la era de la inteligencia artificial. El llamamiento a custodiar «una magnífica humanidad habitada por Dios», promoviendo la verdad, la dignidad del trabajo, la justicia social y la paz. En la era digital, es necesario desarmar la IA y superar la teoría de la «guerra justa», relanzando el diálogo y el multilateralismo

PINCHA AQUÍ PARA LEER LA ENCÍCLICA:


domingo, 24 de mayo de 2026

Pentecostés, Pascua del Espíritu. Por Joaquín Manuel Serrano Vila


Hoy celebramos la Solemnidad de Pentecostés, la plenitud de la Pascua y el nacimiento de la Iglesia misionera. Durante cincuenta días hemos caminado a la luz de la Resurrección, pero hoy esa luz se convierte en un fuego ardiente dentro de nosotros. Pentecostés no es un evento del pasado; es el "hoy" de Dios que sigue actuando en su Iglesia. Esta evidencia se hace verdad cada año en nuestra Catedral, como ocurrirá esta tarde en las ordenaciones diaconales y presbiterales. Las lecturas de este día nos ofrecen una maravillosa radiografía de cómo actúa el Paráclito: derriba los muros de la incomunicación, unifica la diversidad sin destruirla y nos capacita para el perdón y la misión. Pasemos a profundizar en cada mesa de la Palabra que el Señor nos sirve hoy.

El libro de los Hechos nos sitúa en el escenario del Cenáculo. Los discípulos estaban "todos juntos en el mismo lugar". A nivel superficial parece haber unidad, pero en realidad compartían el miedo y el aislamiento. De repente, irrumpen dos símbolos veterotestamentarios que evocan la teofanía del Sinaí: el viento fuerte y las lenguas de fuego. El viento es la fuerza creadora que reordena el caos. Limpia el aire viciado del encierro y sacude las estructuras paralizadas de los discípulos. El fuego es el que purifica las escorias del desánimo y enciende el celo apostólico. Ya no son lenguas mudas por el temor; ahora son lenguas inflamadas por el amor divino. El gran milagro de este pasaje no es que todos hablaran un idioma universal ficticio, sino que "cada uno los oía hablar en su propia lengua". Casi todos los años me escucháis esta reflexión, que me encanta, y es que en Pentecostés vemos la antítesis perfecta de la Torre de Babel. En Babel, el orgullo humano intentó asaltar el cielo y el resultado fue la confusión y la división. En Pentecostés, el Espíritu desciende del cielo y genera comunión. El Espíritu Santo no busca la uniformidad donde todos vistan, piensen o hablen igual; busca la unidad en la diversidad. Respeta la identidad cultural y personal de cada uno de los "partos, medos y elamitas", pero los sintoniza en una misma sinfonía: proclamar "las grandezas de Dios". Esta es una buena reflexión para hacernos hoy todos como Iglesia de Jesucristo: ¿Vivimos construyendo Babel en nuestras comunidades litigando por imponer visiones particulares, o dejamos que el Espíritu cree armonía desde nuestras diferencias?. Necesitamos orar con más insistencia "Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra". Ojalá pasemos del aislamiento de Babel a la sinfonía de Pentecostés.

En la segunda lectura San Pablo nos aterriza el misterio del Espíritu en la vida comunitaria y ordinaria de la Iglesia. El Apóstol nos regala una clave teológica fundamental, y es que "Nadie puede decir: 'Jesús es Señor', sino por el Espíritu Santo". Cada acto de fe, cada oración sincera y cada impulso de caridad que emerge en nuestras vidas no es mérito propio, sino fruto del huésped discreto de nuestras almas. San Pablo utiliza la metáfora del cuerpo humano para explicar la eclesiología de comunión. Diversidad de dones para el bien común: "Hay diversidad de carismas, pero un mismo Espíritu". Los ministerios y talentos dentro de la parroquia o diócesis no son títulos de propiedad para el orgullo personal, ni motivos de competencia. Son regalos dados "para el bien común". Cuánto insistía en esto el P. Ormieres, y que es el gran mensaje de este día: que seamos testigos siendo cada uno fieles a nuestro don. Una comunidad que no valora los distintos carismas se vuelve monótona y estéril, pero una comunidad donde los carismas no buscan la unidad se convierte en un campo de batalla faccioso. El Espíritu es el equilibrio perfecto: regala la variedad y garantiza la cohesión. Nos dice también el Apóstol: "Hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo". Y es que no acabamos de entender que no podemos ser rivales cuando a fin de cuentas todos llamamos a Dios "Padre".

El evangelio de esta Solemnidad tomada del capítulo 20 de San Juan nos habla de tres realidades que necesitamos interiorizar: Paz, envío y reconciliación. A diferencia del relato cronológico de Lucas en Hechos (cincuenta días después), el Evangelio de Juan nos sitúa en el mismo "atardecer de aquel día, el primero de la semana". Es el día de la Resurrección. Los discípulos están viviendo su propio "atardecer" existencial: puertas cerradas y corazones bloqueados por el miedo. Jesús rompe el cerco del miedo haciéndose presente en medio de ellos. No entra reprochando las traiciones ni las huidas de la Pasión. Sus primeras palabras constituyen el núcleo del mensaje pascual: "Paz a vosotros". Les muestra las manos y el costado, no para reclamar venganza, sino como credenciales de un amor que ha triunfado sobre el dolor y la muerte. Es en este contexto de paz y alegría recobrada donde se realiza el "Pentecostés joánico" mediante tres acciones correlativas. Primero el Envío Misionero: "Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo". La Iglesia no recibe el Espíritu para quedarse ensimismada disfrutando de un bienestar espiritual íntimo. El Espíritu es fuerza de proyección hacia fuera. En segundo lugar el Soplo Creador: "Sopló sobre ellos y les dijo: 'Recibid el Espíritu Santo'". Este gesto evoca directamente el Génesis (Gn 2, 7), cuando Dios sopló en aquel poco de arcilla para darle vida al hombre. Jesús realiza aquí la nueva creación. Y es que la humanidad caída es recreada gracias a la Pascua.Y por último, el Poder de Reconciliación: "A quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados". El primer gran encargo que recibe la Iglesia bajo la acción del Espíritu no es organizar grandes eventos, reuniones, campañas solidarias... sino administrar la misericordia divina. El pecado ata, encierra y levanta muros; el perdón libera, abre puertas y rehace los lazos rotos.

Hermanos, el diagnóstico de nuestra sociedad actual guarda grandes semejanzas con el Cenáculo previo a Pentecostés. Con frecuencia vivimos encerrados tras las puertas del miedo: miedo al futuro, miedo al diferente, miedo al sufrimiento. Nos parapetamos en nuestras ideologías y Babel resurge cuando somos incapaces de escucharnos y perdonarnos. Hoy el Señor Resucitado vuelve a ponerse en medio de nosotros. Él nos trae su "Paz". No permitamos que se apague la llama divina recibida en nuestro bautismo y en nuestra confirmación. Hoy apagaremos el cirio pascual; sí, pero que no se apague nunca la llama de la fe en nuestro corazón. Dejémonos sacudir por el viento del Espíritu. Abramos de par en par las ventanas de nuestras vidas por medio de la confesión para que entre el aire fresco de la gracia. Salgamos sin temor a nuestras calles, trabajos y familias a hablar el único idioma que todo ser humano comprende sin importar su origen: el idioma del amor, de la compasión, del reconocimiento del otro o diferente y del perdón mutuo.

"...Reparte tus siete dones
según la fe de tus siervos.
Por tu bondad y tu gracia,
dale al esfuerzo su mérito.
Salva al que busca salvarse
y danos tu gozo eterno".

Evangelio en la Solemnidad de Pentecostés

Lectura del santo evangelio según san Juan 20, 19-23

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
«Paz a vosotros».

Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor.

Jesús repitió:
«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».

Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:
«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

Palabra del Señor

Como aquella vez, la llamada. Por Monseñor Fray Jesús Sanz Montes O.F.M.

Son muchos los factores que se acomunan para explicar la severa estadística de la carencia de vocaciones si la comparamos con otros tiempos pasados no tan lejanos. La crisis demográfica influye, sin duda, en la disminución de seminaristas. También el ambiente de secularización que impone un declive en los valores cristianos que en otras épocas permeaban la sociedad y las mismas familias. Los ataques que sufrimos los cristianos ridiculizando y focalizando injustamente sólo sobre la Iglesia lo que son lacras de la entera sociedad. También nuestra incoherencia cristiana frente a Jesús y su Evangelio y el testimonio de los santos a través de dos mil años de historia. Todos esos factores influyen en la realidad vocacional de nuestros días, dibujando un mapa más descolorido y menos habitado al compararlo con cuanto se vislumbraba unas cuantas décadas atrás.

Pero dicho esto, hay un punto de inflexión en Asturias. Cuando llegué a esta bella tierra en 2010 teníamos en nuestro Seminario ocho seminaristas. Preciosas vocaciones siendo hoy excelentes sacerdotes. En este momento contamos con cuarenta y dos jóvenes que se forman en nuestro Seminario. Y además de los 63 que he podido ordenar en todos estos años, puedo decir con inmenso agradecimiento que en este domingo de Pentecostés ordenaré a 11 seminaristas: cuatro diáconos y siete presbíteros. Todo un regalo para nuestra Archidiócesis y la Iglesia universal, por el que no ceso de dar gracias al buen Dios.

Es un misterio muy grato el saberte llamado por el Señor a la vocación del ministerio sacerdotal. No hay nada de conquista ni de merecimiento por parte nuestra. Sólo cabe la admiración agradecida por una tamaña gracia que nos deja siempre asombrados por haber sido tan bendecidos. El hecho de que Dios quiera poner en tu boca su Palabra de verdad y bondad para contar la Buena Noticia con tus labios, o que quiera poner en tus pequeñas manos sus dones y regalos para gratuitamente repartirlos contigo, no deja de ser admirable donde lo haya. Portavoces de su Palabra y portadores de su Gracia, esta es la llamada impresionante misteriosamente recibida.

Estos jóvenes que se inician en el ministerio tendrán que anunciar la Verdad en medio de un mundo que hace de la mentira su manera de abusar en el poder. Tendrán que izar la bandera de la Paz cuando tantas trincheras de violencia nos acosan en las guerras entre pueblos y en las domésticas. Tendrán que cantar la Bondad en contraste con la maldad perversa que campea por sus fueros. Y tendrán que proclamar la Belleza cuando lo zafio desparrama con su mal gusto tantas cosas feas. Y frente a la insidia que enfrenta y divide, serán heraldos de la Fraternidad que nos hermana contra viento y marea.

Por eso irán contracorriente siendo ante tantos un signo de contradicción amable y profética, capaz de anunciar la esperanza que nos salva y bendice, denunciando los desmanes malditos que nos desesperan. No lo tendrán fácil, pero sus vidas abrirán caminos que tienen meta, y curarán heridas que otros desangran, acercarán el pan tierno que quita las hambres con el Cuerpo de Cristo y escanciarán el vino convertido en la Sangre de Jesús que nos llena de santa alegría. Derramarán el agua bautismal a los nuevos cristianos que se inician con fe en los senderos de las bienaventuranzas. Podrán perdonar los pecados que nos enfrentan con los hermanos y nos extravían de Dios, y pondrán el bálsamo de la unción a los enfermos y ancianos que rematan sus vidas en la confianza.

Toda una vida hecha ministerio, sin horarios ni intereses mundanos que sirve a los hermanos con la entrega de la caridad más hermosa y alaba al Señor con el cántico de la gratitud más bella y sonora. Este es el regalo que Dios nos hace con estas nuevas vocaciones tan inmerecidamente regaladas por su Providencia. Que María las proteja y acompañe. Nosotros, conmovidos, damos las gracias.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo