viernes, 3 de abril de 2026

Viernes santo, el triunfo del madero. Por Joaquín Manuel Serrano Vila


Estamos en Viernes Santo, y nos reunimos como comunidad en este Oficio de la Pasión y muerte del Señor. Hoy la Iglesia no celebra la eucaristía. El altar está desnudo, el sagrario abierto y vacío, los sacerdotes nos postramos en el suelo al iniciar esta liturgia. No es un silencio de muerte vacía, sino el silencio de quien contempla un amor que se ha quedado sin palabras porque lo ha dado todo. Hoy no venimos a un funeral, venimos a la victoria del Amor sobre el pecado y la muerte.

La primera lectura del profeta Isaías nos presenta al "Varón de Dolores". Es impresionante notar que el Profeta escribe ya siglos antes de Cristo, pero describe con precisión el corazón de esta tarde: "Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores". A veces miramos la Cruz como algo ajeno, pero Isaías nos recuerda que en cada llaga de Jesús están nuestros fracasos, nuestras traiciones y nuestras enfermedades. Él no vino a explicarnos el sufrimiento, vino a llenarlo de su presencia. Al mirar hoy al Crucificado, no vemos a una víctima derrotada, sino a Dios cargando con todo lo que a nosotros nos pesa, para que nosotros caminemos ligeros.

La Carta a los Hebreos nos da la clave para no desesperar: tenemos un Sumo Sacerdote que "ha sido probado en todo exactamente como nosotros, menos en el pecado". Jesús conoció el miedo en Getsemaní, la injusticia en los tribunales, el abandono de sus amigos y el dolor físico más inimaginable. Por eso, hoy podemos acercarnos al "Trono de la Gracia" con total confianza. Dios no nos mira desde lejos; nos mira desde la Cruz, con los brazos extendidos para decirnos: "Yo sé por lo que estás pasando, porque yo lo pasé primero por ti".

El relato de la Pasión de San Juan es distinto a los demás. Para Juan, la Cruz no es una humillación, es la entronización del Rey. Jesús grita desde el suplicio "Tengo sed": No es sólo sed de agua, es sed de nuestras almas, sed de que el hombre se deje amar por Dios. Y finalmente sentencia "Todo está cumplido". No son las palabras de quien se rinde, sino del arquitecto que termina su obra maestra. La salvación está terminada. El puente entre el cielo y la tierra, roto por el pecado, ha sido reconstruido con los clavos de la Pasión. En esta tarde contemplamos admirados el costado abierto del Redentor. Del corazón traspasado de Jesús brota sangre y agua. Es el nacimiento de la Iglesia y de los sacramentos; ahí tenemos el bautismo y la eucaristía manando de ese costado herido de su corazón.

En unos momentos, procesionaremos para la Adoración de la Cruz. Se nos dirá: "Mirad el árbol de la Cruz donde estuvo clavada la salvación del mundo". Al besar la Cruz o inclinarnos ante ella, no adoramos un trozo de madera o el dolor por el dolor. Adoramos al Amor que no se bajó de la Cruz por salvarse a sí mismo, sino que se quedó en ella para salvarnos a nosotros.

Al pie de la Cruz estaba María, la Madre. Ella nos enseña a estar de pie en nuestras propias cruces, con fe y esperanza... Que esta tarde, al salir de aquí en silencio acompañando a Jesús yacente en la procesión del Santo Entierro, nos llevemos la certeza de que no hay oscuridad que la luz de Cristo no pueda vencer, ni herida que su amor no pueda sanar. El Viernes Santo no termina en el sepulcro, termina en la esperanza de la Resurrección que celebraremos en la noche santa de la Pascua. Que sepamos decirle en este día santo al Señor:

Y sólo pido no pedirte nada,
estar aquí, junto a tu imagen muerta,
ir aprendiendo que el dolor es sólo
la llave santa de tu santa puerta.

Amén

Sermón de las Siete Palabras de Valladolid a cargo de nuestro Arzobispo

 

jueves, 2 de abril de 2026

Jueves Santo: memorial, servicio y amor fraterno. Por Joaquín Manuel Serrano Vila


Hoy entramos en el Corazón del Triduo Pascual. La liturgia de este Jueves Santo nos invita a sentarnos a la mesa con Jesús para recibir tres regalos que nacen de un mismo testamento de amor: la Eucaristía, el Sacerdocio y el Mandamiento del Amor Fraterno. El Señor quiso celebrar la pascua judía con los suyos. "¿Qué hace que esta noche sea distinta a todas las demás?". Con esta pregunta, el pueblo de Israel celebraba la Pascua (Éxodo 12). Hoy, nosotros respondemos: esta noche es distinta porque el amor de Dios ha llegado "hasta el extremo". No celebramos una cena de despedida, sino la institución de un testamento vivo que sostiene a la Iglesia: la Eucaristía, el Sacerdocio y el Mandamiento Nuevo del Amor.

La Eucaristía: El pan de la entrega

En la primera lectura, el Éxodo nos habla del cordero pascual, cuya sangre salvó a los israelitas. En la segunda, San Pablo nos transmite lo que él mismo recibió: el relato de la última cena. Jesús no nos dejó un objeto de oro o una doctrina escrita en piedra, nos dejó pan y vino; elementos sencillos que representan la vida cotidiana. Al decir "Haced ésto en memoria mía", no nos pide solo repetir el rito, sino repetir su actitud: hacernos pan que se parte para saciar el hambre de esperanza de los demás. La Eucaristía es el sacrificio que nos une y el alimento que nos fortalece para el camino, es el memorial que nos hace familia. San Pablo nos recuerda en su epístola que lo que hoy hacemos no es un simple recuerdo, sino una presencia viva. Jesús, "en la noche en que iba a ser entregado", no se guardó nada. Se hizo pan para que nosotros nunca tuviéramos hambre y necesidad de sentirlo. Al decir "Esto es mi Cuerpo", nos enseña que amar es darse por completo, hasta desaparecer para alimentar al otro.

El Sacerdocio: Servidores del Misterio

Al instituir la Eucaristía, Jesús instituye el sacerdocio ministerial. Es un misterio de humildad: Dios elige hombres frágiles para que, a través de sus manos, se haga presente el Cielo en la tierra. Cristo instituye el sacerdocio para que esa entrega llegue a todos los tiempos. Pero el sacerdocio no es un honor, sino un servicio. Sin Eucaristía no hay Iglesia, y sin sacerdotes no hay Eucaristía. Hoy rezamos por todos los sacerdotes, llamados a ser, como Jesús, hombres que se parten y se reparten por el Pueblo. Hoy es un día para agradecer el don del ministerio ordenado, pero también para recordarles —y recordarnos todos— que el sacerdocio sólo tiene sentido en la medida en que se vive como Jesús: con el corazón abierto y la vida entregada. El sacerdote es el hombre de la eucaristía, pero también el hombre de la caridad; no preside para mandar, sino para cuidar la fe del pueblo.

El Lavatorio: La medida del amor es amar sin medida

Lo más impactante de hoy ocurre fuera de la mesa, en el suelo. El Evangelio de Juan no nos habla de palabras, sino de un gesto: Jesús se quita el manto y lava los pies a sus discípulos. En aquel tiempo, era la tarea del esclavo; hoy, es el resumen de la vida cristiana. El Día del Amor Fraterno no es una teoría bonita. Es arrodillarse ante la necesidad del hermano, es perdonar al que nos ha fallado y servir a quien nadie quiere mirar. Jesús nos dice: "Si yo, que soy el Maestro, os he lavado los pies, también vosotros debéis hacerlo". El Evangelio de Juan nos sorprende. Donde esperaríamos el relato de la institución del pan y el vino, Juan nos presenta a Jesús de rodillas. Lavar los pies -hemos dicho ya- era una tarea de esclavos. Jesús, al quitarse el manto, se despoja de su rango. Nos enseña que para amar a Dios, hay que saber agacharse y abajarse ante el hombre. Cristo nos sorprende nuevamente, como sorprendió a los suyos hasta el punto de resistirse Pedro a dejarse lavar los pies. A veces nos cuesta dejar que Jesús nos lave. Preferimos un Dios lejano y majestuoso a uno que quiera tocar nuestras heridas y nuestra suciedad. Pero si no dejamos que Él nos sirva, no aprenderemos ni seremos capaces de servir. El Día del Amor Fraterno es la consecuencia lógica de la eucaristía. No podemos comulgar con el Cuerpo de Cristo en el altar si despreciamos el Cuerpo de Cristo en el pobre, en el enfermo o en el hermano que no podemos ver delante.

Esta noche, después de la celebración, acompañaremos al Señor al "Monumento". Ha de ser un tiempo de silencio y compañía. Pero al salir de la iglesia, nuestra misión será llevar ese "lavatorio" a casa. Amar fraternamente significa pasar por alto las ofensas, ser pacientes con la debilidad ajena y estar dispuestos a ser los últimos para que otros sean los primeros. Que la eucaristía que hoy recibimos no se quede en un rito, sino se convierta en una vida entregada por amor. ¡Que así sea! 

miércoles, 1 de abril de 2026

Cine para ver en familia esta Semana Santa

 1. Ben hur (1959)

2. Quo vadis (1951)

3. Rey de reyes (1961)

4. Los diez mandamientos (1956)

5. La historia más grande jamás contada (1965)

6. La túnica sagrada (1953)

7. Barrabás (1961)

8. Marcelino pan y vino (1955)

9. El evangelio según San Mateo (1964)

10. Jesús de Nazaret (1977)

11. Espartaco (1960)

12. Las sandalias del pescador (1968)

13. La espada y la cruz (1958)

14. La historia de Ruth (1960)

15. Sansón y Dalila (1949)

16. Escarlata y negro (1983)

17. Salomón y la reina de Saba (1959)

18. El príncipe de Egipto (1998)

19. En busca de la tumba de Cristo (2006)

20. Resucitado (2016)

Vídeo mensual del Santo Padre León XIV

 

martes, 31 de marzo de 2026

«El sacerdocio no es un derecho»: un dominico responde al feminismo en la Iglesia

(Tribune Chrétienne) La cuestión del papel de la mujer en la Iglesia se ha convertido en uno de los ejes del actual proceso sinodal, especialmente en países como Alemania, donde el llamado “Camino Sinodal” ha impulsado propuestas de reforma que afectan directamente a la comprensión del ministerio y de la estructura eclesial. En este contexto, el dominico francés, Édouard Divry ofrece una respuesta teológica que apunta al núcleo del problema: la tendencia a releer la fe desde esquemas ideológicos ajenos a la Revelación.

No es la Iglesia la que debe adaptarse

Para Divry, uno de los presupuestos más problemáticos de estas corrientes es sostener que la Iglesia no habría “rehabilitado” plenamente a la mujer. Este planteamiento implica asumir que la Iglesia se habría desviado de la intención de Cristo. En sus palabras, se trata de una “presunción de tipo protestante” que “se enfrenta directamente a la constitución divina de la Iglesia”.

Desde la perspectiva católica, esa hipótesis no se sostiene. La Iglesia puede necesitar purificación en sus miembros, pero no ha traicionado su constitución esencial. Pretender corregirla desde categorías externas supone introducir una “ruptura hermenéutica” que Benedicto XVI ya denunció como una lógica de “discontinuidad y ruptura”.

La jerarquía, una realidad querida por Cristo

El teólogo desmonta también la idea de que la estructura jerárquica sea una construcción posterior o una forma de dominación. El propio Cristo instituyó una organización concreta al elegir a los Doce y conferir a Pedro una misión singular.

“No se trata de una dominación sociológica”, explica Divry, sino de “un orden sacramental orientado al servicio”. Confundir este plano con el de la igualdad fundamental de todos los bautizados lleva a errores de interpretación. Como recuerda san Pablo, “ya no hay hombre ni mujer, porque todos sois uno en Cristo Jesús” (Ga 3,28), lo que no elimina la diversidad de funciones dentro de la Iglesia.

María, lejos de toda caricatura

Uno de los puntos donde más se evidencian estas distorsiones es en la interpretación de las figuras femeninas. La lectura que presenta a la Virgen María como símbolo de sumisión resulta, según el dominico, un claro error teológico.

El “fiat” de María no es pasividad, sino un acto de libertad decisivo. Como recuerda la tradición, ese sí de la Virgen compromete a toda la humanidad en la historia de la salvación. “Dios no quiere una esclava para esposa”, subraya Divry, insistiendo en que la relación entre Cristo y la Iglesia se fundamenta en la libertad.

Feminismo y pérdida de universalidad

Divry es especialmente claro al evaluar ciertas corrientes feministas dentro del ámbito eclesial: “Hay en algunas reivindicaciones feministas una pérdida de universalidad tan flagrante”, advierte.

A su juicio, introducir categorías como “patriarcado” o “igualdad de funciones” traslada al interior de la Iglesia esquemas sociopolíticos que no responden a su naturaleza. En ese contexto, el sacerdocio se presenta como un derecho o una promoción, cuando en realidad “no forma parte de los derechos de la persona”, sino que pertenece “a la economía del misterio de Cristo y de la Iglesia”.

La diferencia no es desigualdad

La clave, insiste el dominico, está en comprender que la diversidad de vocaciones no implica inferioridad. La Iglesia reconoce plenamente la dignidad de la mujer y su papel insustituible en la vida cristiana, pero sin confundir funciones.

En este sentido, recuerda que la misión de figuras como María Magdalena —“apóstol de los apóstoles”— no equivale al ministerio sacerdotal. Se trata de ámbitos distintos dentro de una misma comunión.

En un momento en que se multiplican las propuestas de reforma desde claves ideológicas, la advertencia es clara: la fidelidad al Evangelio no consiste en adaptarlo a las categorías del tiempo, sino en acoger el misterio de la Iglesia en toda su profundidad, donde la igualdad de los bautizados convive con la diversidad de vocaciones.

Homilía del Sr. Arzobispo en la Misa Crismal 2026

Estamos recorriendo estos días de especial intensidad, tras haber caminado las cinco semanas de la cuaresma cristiana. El domingo pasado entramos con Jesús en Jerusalén, al que vimos montado sobre un humilde pollino de borrica. No un corcel de guerrero sino el jumento pequeño: pequeño para no sobresalir altanero y estar a la altura de nuestra mirada. Hoy celebramos esta Misa Crismal todo el santo pueblo de Dios, donde consagraremos los óleos y el santo crisma, y renovaremos los sacerdotes las promesas de nuestro ministerio.

De esta Eucaristía salen los óleos que acompañarán nuestra vida cristiana. En primer lugar, el óleo de los catecúmenos. Se trata de la unción que van a recibir los que se bautizan. Niños infantes con toda una historia por escribir todavía, pero también jóvenes y adultos que llaman a la puerta de la Iglesia para hacerse cristianos. Los más pequeños, son presentados por sus padres para incorporarlos a la comunidad creyente de la que también ellos forman parte, y los adultos, como decisión madura tras un encuentro con el Señor en medio de sus encrucijadas.

El papa León ha subrayado recientemente cómo hay un despertar religioso en personas alejadas de la Iglesia o que nunca se habían acercado a ella. Cuando todo parecía indicar la progresiva desaparición de referencias comunes en la sociedad, dentro de la cual era sencillo sembrar el Evangelio y construir la comunidad cristiana, de pronto emerge esta insospechada novedad de una apertura a Cristo y un interés por la Iglesia. Dice el papa León: «muchos de los presupuestos conceptuales que durante siglos facilitaron la transmisión del mensaje cristiano han dejado de ser evidentes y, en no pocos casos, incluso comprensibles. El Evangelio no se encuentra solo con la indiferencia, sino con un horizonte cultural distinto, en el que las palabras ya no significan lo mismo y donde el primer anuncio no puede darse por supuesto. Sin embargo, esta descripción no agota lo que realmente está sucediendo. Estoy convencido —y sé que muchos de vosotros lo percibís en el ejercicio cotidiano de vuestro ministerio— de que en el corazón de no pocas personas, especialmente de los jóvenes, se abre hoy una inquietud nueva. La absolutización del bienestar no ha traído la felicidad esperada; una libertad desvinculada de la verdad no ha generado la plenitud prometida; y el progreso material, por sí solo, no ha logrado colmar el deseo profundo del corazón humano. En efecto, las propuestas dominantes, junto con determinadas lecturas hermenéuticas y filosóficas con las que se ha querido interpretar el destino del hombre, lejos de ofrecer una respuesta suficiente, han dejado con frecuencia una mayor sensación de hartazgo y vacío. Precisamente por ello, constatamos que muchas personas comienzan a abrirse a una búsqueda más honesta y auténtica, una búsqueda que, acompañada con paciencia y respeto, las está conduciendo de nuevo al encuentro con Cristo» (León XIV, Carta a Convivium. 28 enero 2026).

El segundo óleo que vamos a consagrar tiene que ver con los enfermos. Ya la Palabra de Dios de esta Misa Crismal nos dice desde la visión profética de Isaías (cf. Is 61, 1-3) cómo estamos llamados y enviados «para dar la buena noticia a los pobres y curar los corazones desgarrados». Jesús en la sinagoga de Nazareth aplicará a su misión mesiánica este mismo quehacer (cf. Lc 4, 16-23). No sería difícil poner nombre a los afligidos de nuestro tiempo que esperan un consuelo que nadie les ofrece, que anhelan una diadema de dignidad en su cabeza en lugar de cenizas, un perfume de fiesta en lugar de tanto luto y duelo, un vestido de alabanza que ponga fin a la tristeza abatida de su vida cotidiana. Lo vemos por doquier a poco que nos asomemos a la dura realidad de nuestro mundo actual: las guerras que nos asolan en una incertidumbre planetaria de alto calibre, la banalización de la verdad imponiendo la mentira como una alternativa de gobernanza; la destrucción de la familia como núcleo central y fundamental de toda sociedad y hogar estable “donde las palabras padre y madre pueden decirse con gozo y sin engaño”, tal y como recordaba San Juan Pablo II; el ataque a la vida del no nacido, del que nacido no tiene libertad, ni dignidad, ni recursos para una honesta supervivencia, y del enfermo o anciano al que le solucionan su miedo o dolor inyectándole letalmente una muerte barata con la eutanasia, en lugar de ofrecer los cuidados paliativos, el amor y la esperanza. La tentación dictatorial de algunos mandamases libertarios que terminan siendo liberticidas. Son los destinatarios del mensaje de Jesús. A eso hay que añadir lo que el papa

León señalaba también sobre el marco cultural y social en el que hoy vivimos y expresamos nuestra fe: «en muchos ambientes constatamos procesos avanzados de secularización, una creciente polarización en el discurso público y la tendencia a reducir la complejidad de la persona humana, interpretándola desde ideologías o categorías parciales e insuficientes. En este marco, la fe corre el riesgo de ser instrumentalizada, banalizada o relegada al ámbito de lo irrelevante, mientras se afianzan formas de convivencia que prescinden de toda referencia trascendente» (León XIV, Carta a Convivium. 28 enero 2026).

Nuestro mundo necesita ese óleo de los enfermos como bálsamo de Dios en nuestras heridas todas, que la Iglesia con nuestras manos ministeriales acerca a los hombres y mujeres de nuestra época como ha hecho en tantos momentos de la historia.

Y, el tercer óleo que consagramos será el santo crisma. Con él serán ungidos los que reciban el sacramento de la confirmación y del orden sacerdotal. En la gran catequesis bautismal del apóstol San Pedro llama a los cristianos linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido por Dios para que anuncie las proezas del Señor que nos llamó de las tinieblas a su luz maravillosa: “Los que antes erais no- pueblo, ahora sois pueblo de Dios, los que antes erais no compadecidos. ahora sois objeto de compasión” (1 Pd 2, 9-10) … Recordaba el papa Benedicto XVI a propósito de cómo los cristianos somos un pueblo sacerdotal para el mundo «¿Somos verdaderamente el santuario de Dios en el mundo y para el mundo? ¿Abrimos a los hombres el acceso a Dios o, por el contrario, se lo escondemos? Nosotros –el Pueblo de Dios– ¿acaso no nos hemos convertido en un pueblo de incredulidad y de lejanía de Dios? ¿No es verdad que el Occidente, que los países centrales del cristianismo están cansados de su fe y, aburridos de su propia historia y cultura, ya no quieren conocer la fe en Jesucristo? Tenemos motivos para gritar en esta hora a Dios: No permitas que nos convirtamos en no- pueblo. Haz que te reconozcamos de nuevo. Sí, nos has ungido con tu amor, has infundido tu Espíritu Santo sobre nosotros. Haz que la fuerza de tu Espíritu se haga nuevamente eficaz en nosotros, para que demos testimonio de tu mensaje con alegría» (Benedicto XVI, Homilía en la Misa Crismal. 21 abril 2011).

Junto a la consagración de los santos óleos y el crisma, en esta Misa Crismal los sacerdotes renovaremos nuestras promesas hechas en el día de nuestra ordenación. Se nos van a hacer tres preguntas, como un dulce y al mismo tiempo serio examen de conciencia. Las comento con vosotros para entenderlas y abrazarlas también yo mismo:¿Queréis renovar las promesas que hicisteis un día ante vuestro obispo y ante el pueblo santo de Dios? Esta es la primera pregunta.

Queda atrás ese momento de la ordenación. Han pasado los años trayéndonos las gracias que ni imaginábamos y apareciendo los pecados que nos debilitaron. Momentos de grata alegría por nuestro ministerio sin que hayan faltado otros en los que desfondados hemos experimentado el cansancio por la humana esterilidad en nuestra entrega de curas. Situaciones de gozosa vivencia de la fraternidad sacerdotal u otras en la que ha habido que masticar la incomprensión y la soledad. Prometimos abrazar la vocación que se nos hizo, y vivirla con jovial entusiasmo, fiándonos de la fidelidad de quien siendo fiel nos llamaba y enviaba en el ministerio santo. Altibajos agridulces pueden haber sembrado decepción y desencanto, pero la llamada permanece como también la ayuda divina que sostiene nuestro sí. Esto es lo que renovamos fiándonos de quien nos ha llamado y nos llama.¿Queréis uniros más fuertemente a Cristo y configuraros con él, renunciando a vosotros mismos cumpliendo con los sagrados deberes que por amor a Cristo aceptasteis gozosos el día de vuestra ordenación? Es la segunda pregunta que alarga la anterior.

Esta es la clave de nuestra historia: la unión fuerte con Cristo hasta ser configurados con Él. Y así salimos del seminario para comenzar nuestra vida ministerial. Se han sucedido el paso de los años, los cambios de destino con sus mudanzas de todo tipo, acaso el cansancio ante fracasos de expectativas no cumplidas o la dureza de un trabajo aciago, no habrán faltado los momentos de duda e incomprensión que nos han podido sumir en la soledad vacía de quien debería llenar nuestro corazón. Pero también se habrán dado momentos gozosos por los frutos pastorales de nuestra entrega, por la alegría de ver cómo la luz que portamos ilumina a tanta gente apagada y cómo la gracia que reparten nuestras manos salva y levanta a tantos hermanos que han confiado a nuestro ministerio. Está también el gozo de sabernos hermanos de los que Dios ha puesto a nuestro lado en el presbiterio viendo cómo formamos una fraternidad que no es trinchera de nuestras batallas declaradas, ni isla de nuestras fugas cómodas, ni barricada de nuestras críticas estériles, sino espacio en donde crecer en la pertenencia al Señor y hospital de campaña donde curar las heridas, como decía el papa Francisco. Unirnos a Cristo y configurarnos con Él para seguir madurando en la llamada recibida en nuestro ministerio.¿Deseáis permanecer como fieles dispensadores de los misterios de Dios en la celebración eucarística y demás acciones litúrgicas, en el ministerio de la predicación sin pretender los bienes temporales sino movidos únicamente por el celo de las almas? La tercera y última pregunta se asoma al ejercicio de nuestro ministerio.

Porque recordar el día de nuestra ordenación con el deseo de renovar aquel momento, y unirnos fuertemente a Cristo Buen Pastor, tiene como grata deriva ejercer nuestro ministerio en lo que propiamente se nos confía como vocación. No somos activistas sociales ni políticos, no somos terapeutas de psicología impostada, ni bedeles de museos obsoletos donde exhibir antiguallas o agitadores de masas en causas revolucionarias. Somos sacerdotes en Jesús, prolongando en el tiempo de la Iglesia su entraña filial que vivió como sacerdote, víctima y altar. Dispensar los misterios de Dios al celebrar diariamente la Eucaristía siendo mendigos de ese Pan partido, al perdonar los pecados de los hermanos como la Iglesia nos indica sabiéndonos también nosotros penitentes de esa gracia, al predicar la palabra de Dios sin homilías prestadas sino como fruto de la escucha orante de cuanto Dios nos dice o nos calla, al dejarnos mover sólo por el celo de las almas que se cruzan con nuestros pasos de pastores.

Así entendemos lo que decía el papa León a un grupo de seminaristas hace poco hablando de la paternidad que se deriva de nuestra vocación de pastores: «La unión con Cristo en el Sacrificio eucarístico se prolonga en la paternidad sacerdotal, que no engendra según la carne, sino según el Espíritu (cf. 1 Co 4,14-15). Ser padre no es algo que se hace, sino algo que se es. Un verdadero padre no vive para sí, sino para los suyos: se alegra cuando sus hijos crecen, sufre cuando se pierden, espera cuando se alejan (cf. 1 Ts 2,11-12). Así también el sacerdote lleva en su corazón al pueblo entero, intercede por él, lo acompaña en sus luchas y lo sostiene en la fe (cf. 2 Co 7,4). La paternidad sacerdotal consiste en transparentar el rostro del Padre, de modo que quien encuentre al sacerdote intuya el amor de Dios. Tal paternidad se expresa en actitudes de entrega: el celibato como amor indiviso a Cristo y a su Iglesia, la obediencia como confianza en la voluntad de Dios, la pobreza evangélica como disponibilidad para todos (cf. (PO 15-17), y la misericordia y fortaleza que acompañan las heridas y sostienen en el dolor. En ellas se reconoce al sacerdote como verdadero padre, capaz de guiar a sus hijos espirituales hacia Cristo con firmeza y amor. No existe paternidad a medias, ni sacerdocio a medias (LEÓN XIV, Carta al Seminario Mayor Arquidiocesano de Trujillo (Perú), en los 400 años de su fundación (4 noviembre 2025).

Queridos hermanos sacerdotes, gracias por vuestra entrega cotidiana en los mil avatares y circunstancias. En los inviernos duros donde Dios espera en las raíces, como decía Rainer María Rilke, en las primaveras cuando vemos florecer la vida a raudales, en los estíos cuando entramos en la holganza que nos descansa, en los otoños que con color pastel se nos invita a la calma serena que agradece la bonanza. Los años de nuestra edad, los domicilios de nuestras circunstancias, sabiéndonos destinatarios de la misma llamada por parte de Aquel que a diario nos llama, junto a los hermanos que vienen y van y con los que escribimos una historia inacabada.

Mi gratitud se hace plegaria por todos y cada uno de vosotros, como el regalo inmerecido que Dios me concede para que yo sea también un don para cada cual.

En esta mañana, junto al santo pueblo de Dios, consagramos los óleos y renovamos nuestra vocación. Que el Señor siga sosteniendo nuestra entrega y que María nuestra Santina sea para nosotros lo que al pie de la cruz fue para el apóstol san Juan. Amén.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo