sábado, 30 de mayo de 2026

Trinidad, el misterio de Dios comunión. Por Joaquín Manuel Serrano Vila


La Solemnidad de la Santísima Trinidad nos invita a contemplar el misterio central de nuestra fe no como un rompecabezas intelectual, sino como una relación desbordante de amor y comunión. Dios no es una soledad eterna, sino una familia divina que se abre para hacernos partícipes de su propia vida. A menudo, al pensar en la Trinidad, corremos el riesgo de tratarla como un teorema teológico abstracto, un dogma lejano o un misterio matemático de "tres que son uno". Sin embargo, las lecturas de este día nos revelan todo lo contrario. La Trinidad es el misterio de la cercanía absoluta de Dios. No es un Dios aislado en su omnipotencia, sino un Dios que es comunidad de Amor: Padre, Hijo y Espíritu Santo, cuya mayor alegría es comunicarse, salvar y habitar en el corazón de los hombres.

La primera lectura del libro del Éxodo nos sitúa en el monte Sinaí. Moisés sube de madrugada con dos tablas de piedra, en un contexto de infidelidad del pueblo que acababa de fabricar el becerro de oro. Humanamente, esperaríamos un Dios airado que viene a castigar. Pero lo que sucede es una revelación asombrosa: el Señor pasa ante Moisés y proclama su propio Nombre. En el Antiguo Oriente, conocer el nombre de alguien significaba conocer su esencia. ¿Cómo se define Dios a sí mismo? Él dice: "Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia". Aquí encontramos las raíces de la revelación trinitaria. Dios se revela como Alguien que no puede ser indiferente al sufrimiento humano ni al pecado de sus hijos. La respuesta de Moisés es la adoración y la intercesión; cae de rodillas y pide a Dios que camine con ellos, a pesar de ser un pueblo de "cerviz dura". Esta lectura nos enseña que el Padre Celestial, origen de toda la creación, es desde el principio un Dios de Alianza, un Padre que prefiere perdonar antes que condenar y cuyo amor es siempre fiel. Por eso el salmista responde: "A ti gloria y alabanza por los siglos". 

En la epístola de San Pablo a los Corintios se nos presenta la Comunión de la Iglesia como reflejo de la Trinidad. El Apóstol concluye su carta con una exhortación a la alegría, a la concordia y a la paz. Corinto era una comunidad rota por las divisiones, las envidias y los bandos. Por eso, Pablo les recuerda que la única manera de vivir como Iglesia es reflejando la unidad de Dios. El texto culmina con una de las fórmulas litúrgicas más bellas y antiguas de nuestra fe, la misma con la que iniciamos cada Eucaristía: "La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo estén con todos vosotros". Aquí tenemos ese saludo trinitario que la liturgia ha hecho suyo. Necesitamos el Amor de Dios (el Padre), que es la fuente original, el principio de todo lo que existe. Qué decir de la Gracia de nuestro Señor Jesucristo (el Hijo), el amor del Padre hecho carne, el regalo inmerecido de la salvación en la cruz. Y cómo olvidar la Comunión del Espíritu Santo -aún reciente Pentecostés-. Es la fuerza viva que une al Padre con el Hijo y que se derrama en nosotros para hacernos hermanos. El Apóstol nos dice que la Trinidad no es para ser debatida, sino para ser vivida en comunidad. Si Dios es comunión, nosotros, creados a su imagen, no podemos vivir en el aislamiento o en las trincheras.

Finalmente el Evangelio de esta solemnidad, tomado del evangelio de San Juan, nos habla del don del Hijo para la salvación del Mundo. Este pasaje contiene uno de los versículos más memorables de toda la Sagrada Escritura: "Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna". En esta frase del diálogo con Nicodemo, Jesús nos revela "el motor" que mueve a la Trinidad: ¡el Amor! El Padre no entrega a su Hijo por obligación o por un rescate legalista, sino por puro amor al mundo entero. Dios no envió a su Hijo para juzgar o condenar, sino para salvar. El juicio, nos explica Jesús, consiste en aceptar o rechazar esa luz y ese amor. Aquí vemos actuar a la Trinidad en perfecta sintonía de salvación: el Padre envía por amor, el Hijo se entrega en obediencia amorosa, y el Espíritu Santo derrama esa vida eterna en nuestros corazones. Creer en el Hijo es entrar en la dinámica de la Trinidad, es dejarse abrazar por el Padre a través de la gracia del Hijo.

Hemos concluido la Pascua el pasado domingo, y quizás tocaría en estos días hacer autoevaluacion y preguntarnos cómo he vivido personalmente y si he aprovechado la Pascua: Ha cambiado en mí, o ha pasado este tiempo y yo por él sin pena ni gloria. ¿Cómo se nota en mi vida que Cristo ha resucitado? Y es que si los enemigos siguen siendo tan enemigos como siempre, si los pobres o los que son diferentes me siguen produciendo alergia, y los que no tienen la misma forma de pensar o de ver las cosas que yo siguen siendo blancos a batir igual que siempre, Cristo vivirá; sí, pero no en mí. Si los malos siempre son los demás y yo sólo soy el bueno, algo no va bien. Con frecuencia nos viene a la mente una reflexión, y es que nos parece que el que hace el mal parece todo le sale a pedir de boca, y que los que queremos hacer el bien encontramos zancadillas y trampas a cada paso. Que nos consuele pensar esto: chocarnos de morros contra el mal siempre significará que no vamos en su dirección.

La Solemnidad de la Santísima Trinidad nos deja tres tareas fundamentales para nuestra vida de creyentes. En primer lugar saber vivir en Relación. Si fuimos creados a imagen de un Dios que es Familia, no estamos hechos para la soledad egoísta; estamos llamados a construir relaciones sanas de entrega y escucha en nuestros entornos. Segundo, ser Instrumentos de Comunión. En un mundo polarizado y herido por las divisiones, el cristiano debe ser un reflejo de la unidad trinitaria, buscando siempre el perdón, el diálogo y la reconciliación. Y lo tercero y último: agradecer y Adorar. Cada vez que hacemos la señal de la cruz, no lo hagamos como un gesto automático y repetitivo sin más. Hagámoslo como un acto de fe consciente, recordando que estamos sumergidos en el océano de amor de nuestro Dios. 

En este domingo celebra también la Iglesia la Jornada Pro Orantibus, un día para valorar la vida contemplativa, a las monjas de clausura y los monjes, que son auténticos faros de luz que sostienen el caminar de todo el Pueblo de Dios. Sin duda, es poco un día para agradecer a quienes dedican su día a día a rezar en silencio por nosotros. Que nuestra plegaria les sostenga en su valiosa e insustituible misión. Que esta Solemnidad nos transforme y nos permita experimentar hoy la compasión del Padre, la gracia del Hijo y la fuerza unificadora del Espíritu Santo. Amén.

Evangelio en la Solemnidad de la Santísima Trinidad

Lectura del santo evangelio según san Juan 3, 16-18

Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna.

Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.

El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios.

Palabra del Señor

Qué humanidad tan magnífica (I). Por Monseñor Fray Jesús Sanz Montes O. F. M.

Ha sido mucha la expectativa levantada ante el primer gran documento del papa León XIV. La encíclica Magnifica Humanitas ha concitado muchas lecturas. Hay quienes han visto en el texto una dedicatoria fantasiosa y nada inocente diciendo que el papa y ellos están de acuerdo. Otros han sabido leerlo respetuosamente sin intereses forzados. Vamos a subrayar algunos de los puntos que enhebran este importante documento.

Llama la atención el tema aparentemente poco “piadoso” escogido por el Santo Padre a diferencia de lo que se suele publicar en los primeros lances del nuevo Pontífice. Sin embargo, tiene toda una envergadura teológica de amplio horizonte. Porque contra lo que algunos lectores en diagonal han dicho no responde a la verdad: no se ha metido el papa en un asunto tangencial, técnico, ajeno, abstracto, oportunista. El papa ha abordado esta cuestión desde dos referentes esenciales para la tradición cristiana: el hombre como criatura de Dios, y el proyecto de Dios sobre su más esmerada criatura que es el hombre.

Aparecen elementos como la dignidad de la persona inviolable, su libertad sagrada con sus acechanzas y el destino eterno que le aguarda. Un papa que tiene una trayectoria humana, intelectual y eclesial que aboga y asegura la seriedad de su opción en esta primera entrega con la encíclica que acaba de publicar y que, por primera vez, él mismo ha querido presentar en una rueda de prensa. Esos factores biográficos perfilan la elección y la modulación de esta temática: americano de origen, con raíces hispanas, de formación matemática y jurídico-canónica, con una pertenencia espiritual a la gran familia de San Agustín, y con una experiencia misionera en tierras peruanas durante muchos años.

En el principio… era la vida. Y así lo afirma sin tapujos el papa: «la dignidad fundamental de cada persona no se adquiere ni se merece, ni necesita ser demostrada». Así se apunta al horrendo atentado contra la vida señalando como «decisiones gravemente ilícitas» el aborto provocado, la eutanasia promovida y el asesinato de inocentes en todas las circunstancias. No hay sociedad de progreso cuando se ignora este derecho de la vida «desde su concepción hasta su fin natural». Este es sin duda el principio y fundamento de su propuesta, porque faltando el respeto a la vida, todo lo demás corre el riesgo de ser un brindis al sol o una perversa ideología demagógica con intereses inconfesables.

Hay una tendencia a la simulación cuando la Inteligencia Artificial (IA) desplaza a la persona sustituyéndola en su imagen, en su voz, en sus deseos y necesidades. Se corre el riesgo de una suplantación que termina reduciendo a datos y logaritmos la conciencia humana y su libertad. Afirma el papa que la IA no tiene «conciencia moral, empatía, capacidad afectiva, relacional ni espiritual», todos ellos elementos que definen esa «magnífica humanidad» en la que habita Dios con dulzura y respeto. Y esto abre el debate a la cuestión ética de un cierto monopolio que controla a las personas, las determina y las llega a esclavizar, porque «no sirve una IA más moral si esa moral la deciden unos pocos». En este sentido previene sobre los intereses lucrativos de quienes abusan del control que esta herramienta propicia, en detrimento del bien común y de la libertad y dignidad de la persona. Apela en este sentido a los cauces jurídicos adecuados y una vigilancia independiente para evitar que la «homologación y dominio» de los que controlen la IA pueda dañar la justicia social y a los que resultan más vulnerables.

Es bienvenido este instrumento técnico de largo alcance que representa la IA, siempre y cuando se acierte en su recto uso que potencia lo que nos define como personas libres, relacionadas fraternamente y depositarias de un proyecto de Dios que nos realiza felizmente a través de nuestra andadura biográfica sea cual sea nuestra circunstancia. Habiendo más puntos que vale la pena señalar, seguiremos la reflexión el próximo domingo.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

La encíclica "Magnifica humanitas": Dos amores, dos ciudades. Por Guillermo Juan Morado

(La Puerta de Damasco) En su obra “La ciudad de Dios” san Agustín elabora una visión teológica de la historia universal. Esta es contemplada como un drama en el que luchan dos amores que fundaron dos ciudades: “el amor propio hasta el desprecio de Dios” fundó la ciudad terrena y “el amor de Dios hasta el desprecio de sí propio”, la ciudad celestial.

Este drama es evocado por el papa León XIV en su encíclica “Magnifica humanitas”, que trata sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial, para distinguir entre un progreso que sirve a la persona y a los pueblos y un progreso que los doblega a la lógica del poder.

La imagen de los dos amores y de las dos ciudades recuerda la diferencia que la Biblia establece entre la construcción de Babel, un proyecto que surge de la absolutización de lo humano y de su pretensión de autosuficiencia y que deriva en confusión y desencuentro, y la reconstrucción de Jerusalén narrada por Nehemías, que es el efecto de la responsabilidad compartida de todo un pueblo, reconociendo la centralidad de Dios y generando comunión.

Si se impone en la sociedad el llamado “paradigma tecnocrático”, que privilegia sobre cualquier otra consideración la eficiencia, el control y el lucro, peligra lo humano, ya que lo más poderoso no significa necesariamente lo mejor. Para establecer un equilibrio entre técnica y dominio se hace preciso proteger el primado de la persona, rompiendo la equivalencia entre poder tecnológico y derecho a gobernar. Lo cual, como explica el Papa, “no significa renunciar a la tecnología, sino impedirle el dominio sobre lo humano”, desarmándola y haciéndola acogedora.

Las opciones transhumanistas, que apuestan por una humanidad potenciada por la técnica, y posthumanistas, partidarias de la hibridación del hombre con la máquina, pueden abocar a la pérdida de lo humano. Y en la entraña de lo humano se encuentra también la contingencia, la finitud y el límite: “La finitud – observa León XIV -, cuando se acoge en la verdad, no empobrece al ser humano, sino que lo abre al reconocimiento del rostro de Dios y del otro”. Precisamente porque experimenta el límite – la vulnerabilidad, el dolor, el fracaso -, puede el hombre reconocer la dignidad propia y ajena como inviolable y abrirse a la fraternidad.

El auténtico desafío consiste en “hacer que la técnica crezca sin que se repliegue el corazón”. El hombre tiene la potencialidad de ir “más allá de lo humano”, pero esta elevación que, como decía Santo Tomás de Aquino, “sobrepasa la capacidad de la naturaleza humana” no es el resultado de una divinización tecnológica, sino el fruto de la acción de la gracia de Dios, que hace posible una relación que libera, una comunión que transforma y una trascendencia que nos hace más plenamente humanos. En Jesucristo la humanidad encuentra el camino que conduce a esa plenitud.

viernes, 29 de mayo de 2026

La Jornada Pro Orantibus pregunta «¿Por quién eres?»

(C.E.E.) La Iglesia celebra el domingo 31 de mayo, solemnidad de la Santísima Trinidad, la Jornada Pro Orantibus, que este año lleva por lema: «Vida contemplativa: ¿por quién eres?» Los materiales de esta Jornada han sido preparados por la Comisión Episcopal para la Vida Consagrada. 

Los obispos de la Comisión Episcopal para la Vida Consagrada indican que en España celebra cada año la Jornada Pro Orantibus como una ocasión privilegiada para hacer visible, agradecer y sostener la vida contemplativa presente en nuestras diócesis. En este 2026, el lema «Vida contemplativa, ¿por quién eres?» sitúa ante una pregunta fundamental, capaz de iluminar, a través de la vocación contemplativa, la vida cristiana en su conjunto.

En su mensaje los obispos recuerdan que en un tiempo y contexto cultural marcados por la prisa, la dispersión interior y la tentación de medir la vida desde la eficacia inmediata, junto con una sed de espiritualidad a muchos niveles, «la vida contemplativa recuerda a toda la Iglesia que la pregunta decisiva no es solo qué podemos hacer y esperar, sino también, y sobre todo, por quién somos, vivimos yactuamos, por quién alzamos la mirada».

Además, subrayan la importancia de una existencia dedicada a la contemplación, que proclama, con la entrega de la vida, que «Dios es digno de ser buscado y amado por sí mismo y que situar la vida ante él representa por sí solo un servicio profundo y silencioso, tanto a la Iglesia como al conjunto de una humanidad muchas veces perdida en trincheras de odio y destrucción. Un servicio y una misión que la Iglesia y los hombres y mujeres de todos los tiempos necesitan».

En los materiales también se incluyen testimonios de vida contemplativa, donde dan a conocer su vida dedicada a Dios y puesta al servicio del mundo.

Homilía del Sr. Arzobispo en las Bodas de Oro y Plata Sacerdotales 2026

En nuestro calendario diocesano hay algunas fechas de marcado sabor sacerdotal, cuando al hilo de una fiesta importante de Jesucristo como Sumo y Eterno Sacerdote, como nuestro entrañable Buen Pastor, nos juntamos en su efeméride para dar gracias por los hermanos que celebrar su cumpleaños ministerial con los veinticinco o cincuenta años de andadura como presbíteros.

Lo hemos pedido en la oración colecta: “concede a quienes Él eligió para ministros y dispensadores de sus misterios la gracia de ser fieles”. Cada uno de nosotros sabe bien cómo fue la antesala de aquel día hace ya esos veinticinco o cincuenta años. Larga preparación en nuestros centros formativos donde fuimos leyendo entre líneas el futuro añorado que nos aguardaba como respuesta a la llamada recibida. Cuestiones filosóficas, argumentos teológicos, oraciones litúrgicas, nos fueron acompañando mientras nosotros crecíamos viendo caer las hojas de nuestro almanaque vocacionado.

Y entonces se dieron los sobresaltos previstos en cualquier itinerario serio en lo humano y lo cristiano: momentos de euforia contenida cuando se fue verificando sin alharacas extrañas que Jesús puso nuestro nombre en sus labios y nos dijo aquel inolvidable ¡ven!; momentos de incertidumbre humillada cuando las sombras de las dudas también nos acorralaron más de una vez. Pero fuimos sorteando los vaivenes, abajando los humos cuando nos veníamos demasiado para arriba u ofreciendo las manos cuando el ofertorio se nos tornaba en cansancio y desazón.

¡Cuanta gente buena Dios cruzó en nuestro camino para no plegarnos en nuestra respuesta al Señor! Ahí están personas de nuestro entorno familiar, del círculo de nuestros amigos, compañeros de fatiga y de ilusión, formadores, profesores, religiosas, párrocos. Por todos ellos damos gracias hoy, ya nos estén acompañando en esta celebración o ya estén donde Dios los haya situado si con la hermana muerte los llamó. Por todos damos sentidamente gracias al Señor.

El relato del sacrificio de Isaac que hemos escuchado en la primera lectura, siempre conmovedor, no es una macabra descripción de las entretelas secretas de un implacable Dios, sino la gran lección que el Señor hace con sus hijos cuando se trata de educarlos pedagógicamente en el teresiano “bastar, bastar… sólo basta Dios”. No quería el Señor reírse de un Abrahán asustado y confundido al comprobar que lo prometido solemnemente era quimera sin solución. Sino que trataba de enseñarle dónde está el quicio de una pertenencia del propio corazón con sus proyectos y ensueños que no deben jamás rivalizar con los dones de Dios. No quería arrebatarle al hijo de la promesa pidiendo absurdamente que lo sacrificase como un cordero de inmolación, sino que jamás se apropiase de ese regalo y más bien siempre lo mirase con la gratitud agradecida de quien inmerecidamente recibe tamaño don.

En nuestro ministerio sacerdotal hemos recibido promesas que no queremos apropiarnos, que sabemos agradecer o ofrecer desde nuestra leal disponibilidad para lo que quiera Dios. Sin regateos, sin condiciones, sin negociar con el Señor nuestros cálculos, calendarios e intereses. Responder a Dios el “aquí estoy” como hizo Abrahán, es tener la conciencia clara de que no hay doblez en nuestros entrecejos, no hay trampas en nuestras decisiones, no hay alternativas en nuestros vericuetos… que no las sepa como nadie el mismo Dios. Por este motivo también nosotros podemos decir como Abrahán poniendo nombre a nuestro momento: “el Señor ve”, sí, el Señor ve, sin trampa ni cartón. Ser peregrinos de la voluntad de Dios ofreciendo nuestra disponibilidad firme y sincera con el paso de los años, y no atrincherarnos como turistas de nuestros caprichos e intereses abaratando el sí que dimos en nuestra ordenación sacerdotal.

No estamos ante un cumpleaños más de una efeméride cualquiera, pero tampoco le queremos conceder un valor mágico a las bodas de oro o de plata, porque todos tenemos experiencia que la vida no cambia por llegar estas fechas redondas. Y, sin embargo, no las queremos dejar pasar. Por eso hacemos fiesta, por eso damos gracias, con este motivo pedimos gracia también. Serían las tres actitudes que enmarcan nuestra celebración sacerdotal. Hacer fiesta en primer lugar en este día especial de Cristo Sacerdote. Miramos al Señor como al único y sumo sacerdote, que nos ha llamado a ser prolongación suya poniendo nuestras manos ungidas, nuestros labios consagrados, nuestro corazón e inteligencia ofrecidos, al servicio de la gracia redentora de la que somos ministros. Sí, hacemos fiesta como merece el caso, y ponemos en la patena del altar nada menos que cincuenta o veinticinco años de ministerio, mientras nos disponemos a abrazar fraternamente a estos hermanos que han vivido todo este tiempo amando a Dios, sirviendo a la Iglesia, en el ministerio concreto hacia las personas que se les iba confiando como sacerdotes.

Tenemos a los hermanos dorados que en aquel año 1976 fueron ordenados: Amador Joaquín Galán Caso, Luis Miguel Menes Álvarez, Alberto Reigada Campoamor, Alejandro Rodriguez Catalina y Arturo Muiño Fonticoba. Los cuatro primeros de nuestro presbiterio diocesano con distintas encomiendas en nuestras parroquias y comunidades o en la experiencia misionera plural en África y Centroeuropa, y con responsabilidades varias en la marcha de nuestra vida diocesana. El último, P. Arturo, misionero claretiano entregado a la educación y docencia de la historia, esa de la que formamos parte y seguimos escribiendo cada día.

Vienen luego los hermanos argénteos que recibieron el mismo ministerio cuando se les impuso las manos en el año 2001: Pedro Miguel López Muñoz, originario de Ibiza y que se acaba de integrar en nuestra Archidiócesis. Le felicitamos y le damos oficialmente la bienvenida tras unos años de convivencia entre nosotros. Después tenemos al P. José María Rguez. Olaizola, un ovetense que como jesuita ha recorrido tantos mundos desde la sociología y la espiritualidad y desde hace meses está destinado a las obras que la Compañía tiene en Asturias. Que seas profeta en tu tierra. Finalmente, el P. José Manuel Sueiro Expósito, también misionero claretiano que ha combinado su labor en los colegios de su Congregación con la colaboración pastoral en las parroquias por las que ha pasado.

Dorados y argénteos, como verdaderos regalos preciosos para la vida de nuestra comunidad diocesana. Hubo un punto de inflexión en aquellos años tardíos del fin de siglo que con un reajuste académico nos quedamos con un curso en blanco y vacío, motivo por el cual entre los de las bodas de plata no hay ninguno formado en nuestro Seminario Metropolitano.

El domingo tuvimos la inmensa alegría de ordenar 7 presbíteros y 4 diáconos. Algunos están hoy aquí concelebrando con nosotros. Termino recordando lo que entonces les dije al final de la misa, y que pensando en todos vosotros lo comparto también como discreto y cariñoso mensaje de ánimo y agradecimiento por vuestra entrega:

Vuestro ministerio irá contracorriente y apareceréis ante tantos como signo de contradicción amable y profética, capaz de anunciar la esperanza que nos salva y bendice, denunciando los desmanes malditos que nos desesperan. Os aseguro que no lo tendréis fácil, pero vuestras vidas entregadas abrirán caminos que tienen meta, y curarán heridas que otros desangran, derramaréis el agua bautismal a los nuevos cristianos que se inician con fe en los senderos de las bienaventuranzas. Podréis perdonar los pecados que nos enfrentan con los hermanos y nos extravían de Dios, y pondréis el bálsamo de la unción a los enfermos y ancianos que rematan sus vidas en la confianza. Acercaréis el pan tierno del Cuerpo de Cristo que quita las hambres y escanciaréis el vino convertido en la Sangre de Jesús que nos llena de santa alegría. Como diáconos o como presbíteros esta será vuestra vivencia cotidiana según vuestro ministerio en la Iglesia.

Queridos hermanos sacerdotes, esta fiesta nos recuerda en el prefacio de la misa que Jesús con amor de hermano nos ha llamado. Damos gracias al Señor por este inmenso regalo de unir nuestro nombre, nuestra biografía, nuestro tiempo e inteligencia, nuestro corazón, a su único Sacerdocio como Buen Pastor de cada hombre. Nosotros respondemos con nuestro sí renovado como hace veinticinco o cincuenta años, pero con todo lo que hemos aprendido, vivido y ofrecido después. Toda una vida hecha ministerio, sin horarios ni intereses mundanos, que se pone al servicio de los hermanos con la entrega de la caridad más hermosa y que alaba al Señor con el cántico de la gratitud más bella y sonora. Este es el regalo que Dios nos hace con vuestras vocaciones tan inmerecidamente regaladas por su Providencia. Que María os proteja y acompañe. Nosotros, conmovidos, por cada uno de vosotros, damos las gracias. El Señor os bendiga y os guarde. Amén.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

Seminario Metropolitano
28 mayo de 2026