Avanzando en el peregrinar cuaresmal llegamos al domingo III de este tiempo de gracia. Hoy nos acercamos a la sed y al manantial, a Jesús que pide de beber -como lo hará en la cruz- y al mismo tiempo, tomaremos conciencia de que sólo Él puede saciar la sed de nuestro corazón desde el manantial que brota de su propio costado. Cuando nuestro cuerpo se deshidrata, nos reclama el agua; lo mismo ocurre con nuestra alma que tiene sed espiritual, tiene sed de Dios. San Agustín lo resumirá de forma ejemplar: ''nos hiciste Señor para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descansa en ti''. Hoy la liturgia nos sitúa frente a dos realidades vitales que se entrelazan: la sed espiritual y el encuentro transformador con Cristo, el "Agua Viva" que sacia esa sed.
Acabamos de vivir el primer viernes de marzo, un día en que en España y en Asturias miramos de forma especial a Jesús: Cautivo, Nazareno, Crucificado... Y es que Dios nos salva por amor. Esta es la idea central de San Pablo en su epístola a los cristianos de Roma, en ese magnífico kerygma que hemos escuchado: "justificados en virtud de la fe"; "el acceso a esta gracia"; "nos gloriamos en la esperanza"... Y es que la vida de fe no va de modas, apariencias o conclusiones racionales, sino que se limita a la apertura de nuestro corazón en pleno a Jesucristo. Confiamos en Él porque le reconocemos como nuestra esperanza; no una falsa esperanza, sino la que "no defrauda". Nuestra vida de creyentes la sometemos en estos días de forma especial a examen, a revisión, pues a veces vivimos odiando cuando deberíamos vivir amando. No podemos perder de vista que "quien no ama no ha conocido a Dios, dado que Él es amor". San Pablo nos lo recuerda hoy de un modo más profundo al afirmar que "el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado". El amor sin medida es la medida de Dios, por eso cuando decimos que ya hemos perdonado mucho o que no se puede perdonar lo imperdonable, decimos mal; si el Señor lo ha hecho, nosotros en su imitación y búsqueda tenemos que intentarlo. La justicia de nuestro Dios es ésta, la cual nos parece difícil; sí, pero no es imposible. Para ello necesitamos llenarnos del Espíritu Santo. A veces tenemos una idea equivocada, pensamos que una vez que lleguemos a la Pascua tenemos que esperar cincuenta días para invocar al Espíritu Santo, y no es así; la Pascua es el tiempo del Espíritu, pues el Resucitado lo insufla sobre nosotros. Pidamos al Espíritu Santo que abra nuestro corazón a su gracia, para que se refleje en nuestra vida que somos agradecidos a la ofrenda de sí mismo que hizo Cristo, que murió por nosotros siendo pecadores.
La primera lectura tomada del Libro del Éxodo, nos presenta una escena muy conocida de la peregrinación por el desierto del pueblo de Israel: lo ocurrido en Masá y Meribá, cuando los israelitas murmuraron contra Moisés. Realmente más que contra Moisés, del que dudaron fue del Señor, y hasta echaron de menos la esclavitud de Egipto. Esto lo experimentamos todos nosotros, especialmente cuando tenemos que tomar decisiones, dar pasos, hacer cambios y atravesar nuestro personal desierto. Cuántas veces cuando vienen mal dadas culpamos al Señor, dudamos, y luego de una piedra nos brota el agua. Y el problema era ése; no la sed, sino la falta de fe. La piedra, la roca del Horeb, era más blanda que los corazones de los hijos del pueblo elegido. Por esto la liturgia de la Palabra nos pone como respuesta a este pasaje el salmo 94: "Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: no endurezcáis vuestro corazón". El agua en el desierto es un tesoro; la fe, en medio de las dificultades, aún más.
Y así, de la sed de los israelitas pasamos a la sed de la samaritana en el capítulo 4 del evangelio de San Juan. Un primer detalle a tener presente es que la conversación sucede junto a un pozo, y si nos fijamos, en la Biblia siempre que esto ocurre se está subrayando un compromiso (Eliezer y Rebeca, Jacob y Raquel, Moisés con Séfora...). Y este pozo es precisamente uno de esos citados en el Antiguo testamento: el de Jacob. Nos encontramos con un Jesús cansado del camino, sentado, sediento... Y la sorpresa es que el Hijo de Dios pide a una criatura, a una mujer samaritana -con la que no debería ni de tratarse- que encima era pecadora "Dame de beber". Si los israelitas pedían a Dios agua, es ahora Dios mismo quien deja de manifiesto que Él es siempre el que en verdad toma la iniciativa; rompe barreras y divisiones, clichés y límites, sorprendiéndonos más en sus detalles sencillos -como pedir un poco de agua- que en los grandes milagros. Este pasaje en plena cuaresma es una invitación a hacer nuestro personal intercambio: Él nos pide nuestra "agua" (nuestras limitaciones, pecados y esfuerzos humanos) para darnos su Agua Viva: "un surtidor que salta hasta la vida eterna". Pero al igual que la samaritana, a menudo intentamos ocultar nuestras heridas o fracasos. La actitud de Jesús nunca es la imposición, sino la delicadeza, pero sin omitir la verdad con la que nos invita a cada uno de nosotros a enfrentarnos con nuestro particular peregrinar. La actuación de Cristo no fue para condenarla, sino para sanarla; y eso mismo hace con nosotros. Reconocer nuestra sed y nuestra necesidad de Dios es el primer paso para la conversión profunda que la Cuaresma nos propone. También hoy nosotros, como la samaritana, somos llamados a dejar nuestro cántaro y liberarnos de tanto superficial que nos ata en una vida vacía. Somos invitados a beber del agua viva, fortaleciendo nuestra fe mediante la escucha de la Palabra y la eucaristía. Ser testigos: Convertirnos nosotros mismos en milagros para los demás, llevando esperanza a quienes todavía caminan sedientos por el desierto de la vida.

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