domingo, 1 de marzo de 2026

''Subió con ellos aparte a un monte alto'. Por Joaquín Manuel Serrano Vila


Celebramos el día del Señor en este II domingo de Cuaresma, avanzamos en la senda cuaresmal sin perder de vista que no es simplemente dejar que los días del calendario pasen; necesitamos ponernos en camino, el cual comienza en nuestro interior. Según avanzamos tomamos conciencia que tampoco es sencillo, que a veces parece que los pies se nos han quedado pegados al suelo y nos cuesta romper con nuestras rutinas, inercias, comodidades, manías y seguridades. Ante esto nos sale al paso San Pablo en su Segunda Carta a Timoteo, donde les dice y nos dice también a nosotros: ''Toma parte en los padecimientos por el Evangelio, según la fuerza de Dios''. La pasión por el evangelio, por Jesucristo, por su verdad, es lo único que puede despertarnos, convencernos de que este es un tiempo de gracia, el tiempo ideal para darnos cuenta de que nunca alcanzaremos a Cristo ni seremos totalmente suyos si no renunciamos a la mediocridad del pecado. Así de directo nos lo dice el Apóstol: ''Él nos salvó y nos llamó con una vocación santa''. Cada cual recibimos del Señor una vocación específica, pero una misma misión, como es la de anunciar el evangelio. Y el evangelio no vale anunciarlo de cualquier manera; es un tesoro al que solo daremos valor cuando empecemos predicándolo desde la propia coherencia de vida. Hay muchas personas que viven "en tinieblas y en sombra de muerte", y la única luz que puede salvarles y darles vida ya aquí en este mundo es descubrir a Jesucristo, su palabra, y alimento.

La primera lectura del Libro del Génesis nos presenta la vocación de Abrahán, un pasaje que nos viene muy bien en este 1 de marzo en que la Iglesia celebra el Día de Hispanoamérica. Con el apoyo de la Comisión Episcopal para las Misiones y Cooperación de las Iglesias, esta Jornada tiene el objetivo de poner en valor la presencia de la Iglesia en América, y los vínculos con esta vieja Europa que hoy mantiene tantas de sus comunidades parroquiales y religiosas gracias a la generosidad de entrega de estos pueblos hermanos. Son muchos los que están entre nosotros: los rostros de nuestras celebraciones, de nuestros conventos de clausura, seminarios o noviciados, son un testimonio de que vosotros -como nosotros un día- no habéis dicho no a salir de vuestra tierra, de vuestra patria, y así confiados en el Altísimo os habéis dejado sorprender por Él en esta tierra nueva que os ha mostrado y a la que habéis llegado probablemente sin que nunca hubiera estado en vuestros cálculos. Gracias por haber puesto vuestra confianza en el Señor. Él no nos abandona nunca, cumple siempre su promesa, y nos bendice. El Salmista, por su parte, responde a esa marcha de Abrahán, que es la marcha de cada uno de nosotros hacia el mañana desconocido con esa súplica sincera: ''Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti''

El evangelio de este día tomado del capítulo 17 de San Mateo, desarrolla la famosa escena de la subida de Jesús al monte Tabor junto con Pedro, Santiago y Juan. Vemos que el Señor hace un alto en el camino y se lleva consigo a la cima de una montaña sólo a tres de sus doce discípulos. La primera idea que hemos de tener clara es que caminaban al mismo sitio que nosotros: a Jerusalén, hacia la Pascua... Este hecho, que celebramos en agosto y que es el día grande de nuestra Catedral la tenemos muy asumida en nuestro vocabulario. Este episodio expone toda una muestra del amor de Dios. Los discípulos no se enteraron en aquel momento de nada -como tantas veces no ocurre a nosotros escuchando su palabra- se quedaron simplemente en que estaban bien, a gusto, felices... Pero Jesús les estaba preparando en todos los sentidos; es, por así decirlo, como cuando un niño tiene dudas de si ver una película o nó (pues a los niños no les gustan lo finales tristes) y su madre o su padre les tranquilizan: ''esa puedes verla que no es de pena''. Esto es lo que hace Jesús: se transfigura ante ellos, les muestra cómo va ser el final; es decir, su glorificación. Pero Jesús no lo hace en privado, lo hace ante testigos, de modo que no sólo se da la transfiguración de lo humano en lo divino, sino que también de algún modo, lo divino se humaniza. Alguna vez ya os comenté lo significativo de los tres discípulos que Jesús elige para acompañarle: Pedro, que será el primero en negarle; Juan que será el único que no le abandone en la cruz; y Santiago, que será el primero en morir mártir por su Maestro. Y también hay otro detalle muy hermoso: el valor de la montaña como lugar de encuentro del hombre con Dios, que aquí cobra todo su valor. Jesús sube al monte Tabor cuando se dirige al monte Calvario, pero también tenemos a Moisés y a Elías, los profetas del Antiguo Testamento, los cuales también vivieron su particular experiencia de Dios en la montaña: el Carmelo y el Sinaí. 

También nosotros hoy, en esta Cuaresma, somos llamados a ser transfigurados. Este segundo domingo quiere ser un alto en el camino, una bocanada de aire para seguir nuestra marcha hacia la noche pascual. Somos llamados a subir al monte del Señor, a buscarle, a contemplarle, a quedarnos en oración, a preguntarle cuál es su voluntad... Subir al Tabor no requiere de calzado especial, ni de mochila, ni brújula... Nuestro Tabor es el Sagrario, ahí es donde siempre hay sitio para gastar unos minutos o unas horas, y todo el que descubre esta joya de la oración ante Jesús Sacramentado termina diciendo exactamente lo mismo que los discípulos al Señor: ¡qué bueno es que estemos aquí!... El Señor en el Monte se nos ha revelado como el Hijo amado del Padre, como la luz que supera toda luz. Los discípulos se quedaron extasiados, ya no pensaban en continuar el viaje, ya no querían descender de la montaña, sino que ya hablaban de hacer tiendas y quedarse allí con Él. Pero la vida no puede quedarse en momentos de comodidad, hay que bajar de la montaña y volver a ponerse en camino hacia la Jerusalén del Cielo sin miedo a la cruz, pues de ésta es redentora y de ella brotará la gloria. 

sábado, 28 de febrero de 2026

Evangelio Domingo II de Cuaresma

Lectura del santo evangelio según san Mateo 17, 1-9

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y subió con ellos aparte a un monte alto.

Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz.

De repente se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él.

Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús:
«Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías».

Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y una voz desde la nube decía:
«Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo».

Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto.

Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo:
«Levantaos, no temáis».

Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo.

Cuando bajaban del monte, Jesús les mandó:
«No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos».

Palabra del Señor

Ayunar de palabras hirientes. Por Monseñor Jesús Sanz Montes O. F. M.

Estamos haciendo este camino que nunca antes había sucedido y nunca jamás se volverá a dar. La Cuaresma de este año es un tiempo único, inédito e irrepetible. No es, sin embargo, un tiempo de inercia sino un tiempo de gracia, que se nos concede como camino de conversión, de volver a empezar y de seguir caminando por el sendero justo que nos marca el Señor. No han pasado en balde estos meses desde la última Cuaresma. Cuando uno mira a su alrededor hace recuento de las cosas que han sucedido en todo un año: aparecen nombres de las personas que nos faltan a la vera cotidiana, de las que se nos han dado como regalo de novedad; los sucesos que han marcado un antes y un después con su enojo o desenfado, con su gracia inmerecida o con la desgracia de su traspiés. Sí, todo un año en el que las cosas que han sucedido, las que no lograron suceder, lo que ocurrió en nuestro adentro más íntimo o en nuestro más público aparecer, hace que no seamos los mismos. En definitiva, recorremos este camino cuaresmal como un camino hacia la luz del alba más resucitada, sí, una andadura hacia la lumbre más cálida. Cada uno sabe qué se nos puede haber apagado o qué se nos ha podido enfriar, para poder reconocernos en esa llama que nos acerca la claridad y la calidez que nos hace menesterosos ante Dios y ante la vida.

El Papa León XIV nos ha escrito un mensaje de Cuaresma que vale la pena leer, porque incide en la escucha de Dios y del grito de los pobres, con el ayuno que nos prepara para reconocer y acoger esa doble voz que se solapa y que, siendo diferente, es inseparable: «nuestras parroquias, familias, grupos eclesiales y comunidades religiosas están llamados a realizar en Cuaresma un camino compartido, en el que la escucha de la Palabra de Dios, así como del clamor de los pobres y de la tierra, se convierta en forma de vida común, y el ayuno sostenga un arrepentimiento real… Pidamos la gracia de vivir una Cuaresma que haga más atento nuestro oído a Dios y a los más necesitados. Pidamos la fuerza de un ayuno que alcance también a la lengua, para que disminuyan las palabras que hieren y crezca el espacio para la voz de los demás. Y comprometámonos para que nuestras comunidades se conviertan en lugares donde el grito de los que sufren encuentre acogida y la escucha genere caminos de liberación, haciéndonos más dispuestos y diligentes para contribuir a edificar la civilización del amor». Todo un programa sencillo para vivir esta Cuaresma inédita.

Recordamos cómo en este tiempo de Cuaresma, son tres los gestos que nos señala la Iglesia: el ayuno que nos invita a mirar a Jesús que ayunó, que nos hace solidarios con quienes no pueden elegir salir del hambre, y que nos educa en el prescindir de tantas cosas que no alimentan, aunque nos puedan atiborrar con su vacío. La limosna que nos hace hermanos imitando a un Dios limosnero que nos entregó su máxima riqueza, su tiempo, su vida y su amor como aprendemos en el Hijo de Dios. La oración que nos despierta a la certeza de sabernos acompañados por el Señor, que no sólo nos han indicado el camino, sino que se ha hecho caminante junto a cada cual en el tramo biográfico recorrido en estos días. Son las tres actitudes con las que hacemos este camino cuaresmal. Estemos atentos a la palabra de Dios cada domingo, a los gestos que la Iglesia nos indica, y preparemos a fondo una buena confesión de nuestros pecados estando seguros del perdón más grande que sólo nos otorga Dios.

Tiempo único, que se nos concede a todos situando nuestra vida ante el Señor, poniendo nombre a nuestras penumbras en las que esperamos que amanezca y se encienda la luz y la lumbre de Dios. Sólo así entraremos en la verdadera Pascua de una auténtica alegría con Jesús resucitado, y tras nuestras noches oscuras llegaremos a la alborada viva.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

Necrologica

Falleció este 27 de febrero de 2026 la Hermana Sor Virtudes, Religiosa Dominica de Clausura en Caleruega (Burgos) a punto de cumplir los 89 años de edad y con 69 años de profesión religiosa.

Natural de Santa Bárbara (Asturias), era la segunda de 5 hermanos. Nacida el 22 de marzo de 1937 quedó huérfana de madre en la adolescencia y tan solo unos meses después hubo de enfrentar la muerte de su hermana mayor, quedando al frente de sus hermanos. En Sotrondio conoció a las dominicas que regentaban un colegio y, con el acompañamiento de las hermanas y de los frailes, fue conociendo el carisma dominicano en el que quiso consagrarse a Dios.

Ingresó como monja de la Orden de Predicadores en el Monasterio de san Blas, en Lerma, y allí profesó el 13 de febrero de 1957, haciendo sus votos solemnes tres años después. Allí vivió su vocación durante más de 20 años, hasta que en la década de los 80 se trasladó al Real Monasterio de santo Domingo en Caleruega, cuna del Santo Fundador.

En el momento de fallecer, ejercía de subpriora por su lucidez y prudencia, pero fuera de los muros del monasterio era reconocida por sus famosas tartas y dotes para la repostería. A lo largo de toda su vida supo adaptarse y servir en aquello que fuera necesario, ejerciendo oficios de procuradora, tornera, sacristana, maestra de novicias, encargada del obrador. Tenía un don especial para los trabajos manuales y realizó numerosos bordados en casullas y labores para la liturgia.

El pasado mes de julio, tras un prolongado tiempo de molestias, le diagnosticaron un cáncer terminal. Noticia que recibió con admirable serenidad y cuyo desenlace fue preparando a lo largo de este tiempo. Su estado empeoró el pasado 11 de febrero, tras recibir la Unción de Enfermos. Ingresada en el hospital conservó en todo momento la lucidez, aun con grandes dolores, se olvidaba de sí misma para cuidar de quienes la cuidábamos y supo transmitir a quienes le rodeábamos la paz interior que recibía de su inminente llegada al Cielo.

Falleció en la mañana del lunes 23 de febrero en compañía de la vicaria, sor Teresa de Jesús. La tarde anterior, aun consciente, habían podido subir varias hermanas a la habitación, habían rezado juntas y recitado la letanía de los santos y, por petición de la enferma, le habían cantado la Salve y el O Spem Miram, como se acostumbra a hacer con todos los dominicos en el momento final de su vida.

La capilla ardiente se instaló en el coro en el que tantísimas veces había participado de la Liturgia y de la Eucaristía con su comunidad. El funeral se celebró en este mismo lugar, el martes 24 a las 16:00, presidido por fray Juan Carlos Cordero y concelebrado por los padres dominicos del vecino convento, el prior de Palencia y un párroco de la zona. Estuvimos acompañadas por nuestras hermanas dominicas del Colegio santo Domingo de Aranda de Duero, que con tanto cariño nos han cuidado en estos días de hospital, algunos laicos dominicos, su familia venida de Asturias, y amigos y vecinos de la comunidad. Al terminar, en procesión por la huerta, procedimos a acompañar a nuestra hermana hasta el cementerio del Monasterio para darle sepultura.

Os compartimos el texto que se leyó, a modo de agradecimiento, al terminar la celebración, antes de salir hacia el cementerio:

Nuestra hermana Virtudes sabía desde el pasado julio que se acercaba su hora de partir al Padre. No acogió la noticia con resignación, sino con serenidad e, incluso, con deseo. Si le preocupaba algo, nunca fue pensando en ella, sino en nosotros y en sus seres queridos aquí presentes.

A su lado, estos días, esperábamos con una serenidad que estremecía, a “la hermana muerte”. Han sido muchas las horas y mucho lo compartido. Como cuando nos enseñaban en el noviciado a inclinar la cabeza cada vez que cruzábamos por delante del altar, así estos días en la habitación del hospital algo dentro de nosotras se inclinaba ante su cama. Allí estaba aconteciendo el Misterio de Cristo, con el que Virtudes había querido configurarse y con el que estaba Desposada. Con sus indicaciones y sobre todo con su espíritu, hemos querido celebrar este funeral como una boda. Como su Boda eterna. Su cuerpo sobre el suelo ocupa el mismo lugar delante del altar en el que un día cada una de nosotras y ella misma se desposó con Cristo.

Muchos de vosotros la identificáis como la hermana repostera, la que hacía las tartas, la sacristana… Son muchas las cosas que hacía y mucha la sabiduría que nos ha dejado en herencia. Pero, sobre todo, nos ha enseñado a amar. No me dio clases sobre santo Domingo, pero vi cómo se movían sus labios con una sonrisa mientras le cantábamos el O Spem Miram en su última tarde. Mucho más que sus trucos con las mangas pasteleras, a su lado aprendí amar a la comunidad y desgastarse por ella. No podremos igualar su destreza con los bordados, pero su mirada serena nos enseñó a cuidar las cosas de Dios y amarle a él sobre todas las cosas. Nunca aprenderé su don para cuidar las plantas, pero no podré olvidar la lección que me dio su vida y su muerte: que somos Criaturas de Dios, llamadas a darle Gloria con toda nuestra existencia, hagamos lo que hagamos, porque el Cielo se vive en lo pequeño, sencillo y discreto de cada día. Puede que no supiera toda la historia del pueblo, pero su ilusión por sacar adelante el obrador y la casa me contagiaron su amor por Caleruega y la esperanza en nuestra misión aquí.

“¡Mujer de poca fe!”, me dijo una de las últimas veces en las que me habló y mis ojos habían vuelto a llenarse de lágrimas, mencionando aquel “Os seré más útil desde el Cielo”, que un día escucharon también los frailes que lloraban ante la inminente muerte de santo Domingo. “Me voy al monasterio del Cielo, al gran Monasterio”, repetía sonriendo. La tristeza nos tienta, pero, incluso ahora, se ha salido con la suya. Se ha ido de una forma tan serena, tan bella, tan admirable, tan elegante, que ni siquiera en estas circunstancias reina solo el dolor. Ella, y su actitud confiada y generosa de enfrentar la vida y la muerte, son su mejor predicación. “Al Cielo entraré revestida de la Misericordia, no te agobies con ponerme el mejor hábito”, fue también una de sus últimas indicaciones. Su partida nos deja muy huérfanos, pero su misma forma de partir nos impide desesperar, nos asegura que caminamos hacia el Cielo, que vale la pena entregar la vida, que tiene sentido amar.

Estos días, a su lado en la cama del hospital hemos podido ser testigos privilegiado de la presencia de Dios que nos habita y que se palpa en quienes, como Virtudes, saben hacerse transparentes para que sea Cristo quien se manifieste: «llevamos este tesoro en vasijas de barro, para que se vea que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros (…) Llevando siempre y en todas partes en el cuerpo la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo». (2 Co 4, 7.10)

Oremos por la Paz

 

28 de febrero: santos mártires de la caridad, los fieles que «hasta morían contentísimos» tras contagiarse de peste

Durante 20 años, los cristianos de Alejandría cuidaron a los enfermos de peste hasta el punto de contagiarse ellos mismos. Son el primer testimonio de culto a santos no mártires del cristianismo

(Alfa y Omega) El cristianismo no solo es contracultural; en ocasiones, parece incluso contra natura. Cuando todo ser vivo tiende por puro instinto hacia la conservación de la propia vida, la historia demuestra una y otra vez que los seguidores de Jesús son sin duda capaces de arriesgar su existencia hasta la muerte por hacer el bien a un desconocido. Es lo que sucedió en Alejandría hacia el año 249 d. C. Una epidemia de peste se desató en la ciudad y las calles se quedaron desiertas porque nadie quería exponerse al contagio. Solo se atrevían a salir unos pocos cristianos, que acudían a aliviar los dolores de los enfermos y se ofrecían a enterrar a los muertos. Muchos de ellos morirían poco después a causa de esta temeridad, «y por ello la piedad de los creyentes los consideró como mártires», dice el Martirologio Romano en la página que abre cada 28 de febrero.

La enfermedad que sacudió el Imperio romano fue tan grave que hasta tiene un nombre propio: peste cipriana o de Cipriano. Ello se debe que fue san Cipriano, obispo de Cartago, uno de los que escribió sobre los estragos que hizo la plaga en todo el Mare Nostrum desde el año 249 hasta el 269. En su De mortalitate no tuvo reparo en hablar de «entrañas relajadas en un flujo constante», de «intestinos sacudidos con un vómito continuo», de «ojos ardiendo inyectados de sangre» y hasta de mutilaciones y pérdida del oído y la visión.

No se sabe bien el origen exacto de aquello que sacudió el imperio, pero hay epidemiólogos que mencionan al sarampión, la viruela e incluso el virus del ébola. El caso es que la plaga trajo consigo miles y miles de muertes por todas partes y en poco tiempo, y un descenso demográfico tan pronunciado que comprometió la supervivencia de la agricultura y hasta del Ejército romano en las décadas siguientes. Hay incluso quien ve en este episodio histórico una de las causas del debilitamiento que llevó a Roma, años después, a su destrucción.

En Alejandría, una de las ciudades más pujantes, mató a cerca del 60 % de los habitantes. No existía hogar donde no se derramara llanto por al menos un difunto, hasta que llegó incluso un momento en que muchos cuerpos permanecían sin sepultura. Quienes lograban sobrevivir, deambulaban llenos de pavor y de hambre. Apenas alguien enfermaba, sus allegados lo abandonaban.

Pero, en medio de este caos, surgió un grupo de locos que se reunían cada domingo para adorar y cantar alabanzas a un Dios nuevo: Cristo. Mientras los paganos huían como podían de la ciudad, los cristianos permanecieron en ella cuidando de los que se quedaban atrás.
«Nuestros mejores hermanos»

San Dionisio de Alejandría escribió sobre este período difícil que «la mayoría de nuestros hermanos, por amor y afecto fraternos, olvidándose de sí mismos y unidos unos con otros, visitaban sin precaución a los enfermos, les servían y los cuidaban en Cristo».

Dionisio, antecesor de Cipriano en la sede de la ciudad egipcia, contaba asimismo que los creyentes «hasta morían contentísimos» con los enfermos tras haberse contagiado del mismo mal. Todos ellos —sacerdotes, diáconos y fieles laicos— «asumían voluntariamente» los dolores del otro y, tras curar a los que podían, «al final morían con ellos». Al final, «los mejores de nuestros hermanos partieron de la vida de este modo», concluye Dionisio, «en un género de muerte que en nada parece ser inferior incluso al martirio».

Para Alban Butler, autor de Vidas de santos, el libro de referencia de la hagiografía moderna, el de los fieles de Alejandría de aquellos años «es posiblemente el primer testimonio de culto a santos no mártires que conocemos». De hecho, aunque «no fueron mártires estrictamente de sangre, sí fueron, sin duda, mártires de la caridad».