domingo, 12 de julio de 2026

"Cayó en tierra buena". Por Joaquín Manuel Serrano Vila


La liturgia de la Palabra en este Domingo XV del Tiempo Ordinario, nos invita a contemplar el misterio de la comunicación de Dios con nosotros. Vivimos en un mundo saturado de palabras: discursos políticos, noticieros, redes sociales, publicidad... Muchas de esas palabras son vacías, pasan de largo y no transforman el corazón para nada. Sin embargo, las lecturas de este domingo nos presentan una Palabra totalmente distinta. La Palabra de Dios no es un sonido hueco; es una fuerza viva, una semilla cargada de eternidad, un proyecto de amor que busca dar fruto en nuestra propia historia. Dios es el Sembrador generoso que no se cansa de esparcir su vida en el terreno de nuestra existencia.

En la primera lectura, el profeta Isaías nos regala una de las imágenes más hondas de la Sagrada Escritura: la lluvia y la nieve que bajan del cielo. El Profeta escribe en un contexto de desierto, donde el agua es sinónimo estricto de vida. La lluvia no cae para quedar suspendida o evaporarse de inmediato; cae con una misión clara como es empapar la tierra, fecundarla y hacerla germinar para que dé semilla al sembrador y pan al hambriento. Isaías nos enseña una verdad fundamental sobre Dios: Su Palabra siempre es eficaz; Dios no habla en vano. Así como la naturaleza responde al ciclo del agua, la creación y la historia responden a la voz del Creador. Cuando Dios pronuncia una palabra, algo acontece, algo se transforma. Su Palabra no volverá a Él vacía, sino que cumplirá su deseo. Esta lectura nos llena de esperanza, aunque a veces sintamos que el mal, el egoísmo o la indiferencia dominan el mundo. La Palabra de Dios sigue actuando de manera silenciosa, pero irresistible en la historia de la humanidad. El salmo 64 nos lo recuerda que "la semilla cayó en tierra buena y dio fruto". 

San Pablo, en su carta a los Romanos, amplía el horizonte de esta fecundidad. Nos habla de una realidad que todos experimentamos como es el sufrimiento, el dolor y la limitación humana. Sin embargo, el Apóstol introduce una perspectiva revolucionaria: los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria futura que se va a manifestar en nosotros. San Pablo utiliza la metáfora de los dolores del parto. La creación entera está gimiendo, sufriendo los dolores de una nueva vida que está por nacer. No es el gemido estéril de la desesperación o de la muerte, sino el clamor de la esperanza. La semilla de la Palabra de Dios, plantada en este mundo herido por el pecado, está transformando la realidad desde dentro. Nosotros mismos, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos interiormente aguardando la redención de nuestro cuerpo. Esta lectura nos invita a mirar nuestros sufrimientos cotidianos y las crisis del mundo actual no como el final del camino, sino como el proceso de maduración de un fruto eterno. La gloria de Dios está germinando en medio de nuestras propias debilidades.

Por su parte, el Evangelio de San Mateo nos presenta la célebre parábola del Sembrador. Jesús sale de la casa, se sienta a la orilla del mar y, ante una gran multitud, habla en parábolas. Lo primero que llama la atención es la actitud del Sembrador: es un sembrador "derrochador". No siembra con cálculo matemático ni reserva la semilla sólo para el suelo perfecto. Lanza la semilla a manos llenas, con una generosidad desbordante en cuatro tipos de terreno. Primero el camino, que es el terreno pisoteado, endurecido por el paso de la rutina, los prejuicios y la indiferencia. La semilla cae en la superficie y los pájaros (el maligno) se la llevan. Representa el corazón cerrado que escucha la Palabra pero no la comprende ni la deja entrar. Segundo el terreno pedregoso, donde hay un poco de tierra sobre una base de roca. La semilla brota rápido porque no tiene profundidad, pero al salir el sol se agosta porque no tiene raíces. Representa la fe emocional, el entusiasmo pasajero. Son los cristianos que se alegran en los momentos fáciles, pero flaquean ante la primera dificultad, persecución o sacrificio. Tercero, el terreno entre abrojos, que es donde la semilla germina, pero las zarzas crecen con más fuerza y la ahogan. Jesús explica que estos abrojos son las preocupaciones del mundo y la seducción de la riqueza. Representa el corazón dividido, asfixiado por el materialismo, el activismo y la ansiedad por las cosas temporales. Y, finalmente, está la buena tierra. He aquí el terreno arado, limpio y dispuesto. La semilla germina, echa raíces profundas, crece y da fruto: unos el ciento, otros el sesenta, otros el treinta por uno... Representa a quien escucha la Palabra, la comprende, la acoge en su vida y la traduce en obras de amor y justicia. Jesús nos confronta con una realidad: la semilla siempre es buena y el Sembrador siempre es generoso, pero la eficacia de la cosecha depende de nuestra respuesta libre. Dios respeta tanto nuestra libertad, que permite que su Palabra dependa de la calidad de nuestro corazón... ¿Qué tipo de tierra soy yo en este momento de mi vida?.

La Palabra de Dios este domingo nos hace una pregunta directa al alma: ¿Qué tipo de terreno está encontrando el Señor en nuestro corazón? Quizás descubramos que tenemos zonas de "camino", donde nos hemos vuelto insensibles por la rutina. O zonas de "piedra", donde nos falta constancia para orar y comprometernos cuando llegan las pruebas. O zonas de "abrojos", donde el estrés cotidiano, el dinero y la tecnología están ahogando nuestra vida espiritual. Hoy es el día para pedirle al Señor, el gran Agricultor, que limpie bien nuestro terreno. Que con la fuerza de su Espíritu, rompa las piedras de nuestros egoísmos y arranque los abrojos de nuestras ansiedades, abonando nuestra tierra con su gracia. Amén.

Evangelio del Domingo XV del Tiempo Ordinario

Lectura del santo evangelio según san Mateo 13, 1-23

Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó junto al mar. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó y toda la gente se quedó de pie en la orilla. Les habló muchas cosas en parábolas:

«Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, una parte cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se la comieron. Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y como la tierra no era profunda brotó enseguida; pero en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó. Otra cayó entre abrojos, que crecieron y la ahogaron. Otra cayó en tierra buena y dio fruto: una, ciento; otra, sesenta; otra, treinta.
El que tenga oídos, que oiga».

Se le acercaron los discípulos y le preguntaron:

«Por qué les hablas en parábolas?».

Él les contestó:

«A vosotros se os han dado a conocer los secretos del reino de los cielos y a ellos no.
Porque al que tiene se le dará y tendrá de sobra, y al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene. Por eso les hablo en parábolas, porque miran sin ver y escuchan sin oír ni entender. Así se cumple en ellos la profecía de Isaías:

“Oiréis con los oídos sin entender; miraréis con los ojos sin ver; porque está embotado el corazón de este pueblo, son duros de oído, han cerrado los ojos; para no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni entender con el corazón, ni convertirse para que yo los cure”.

Pero bienaventurados vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen. En verdad os digo que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron.

Vosotros, pues, oíd lo que significa la parábola del sembrador:

si uno escucha la palabra del reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón. Esto significa lo sembrado al borde del camino.

Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que escucha la palabra y la acepta enseguida con alegría; pero no tiene raíces, es inconstante, y en cuanto viene una dificultad o persecución por la palabra, enseguida sucumbe.

Lo sembrado entre abrojos significa el que escucha la palabra; pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas ahogan la palabra y se queda estéril.

Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la palabra y la entiende; ese da fruto y produce ciento o sesenta o treinta por uno».

Palabra del Señor 

Homilía del Sr. Arzobispo en el XXXIII Encuentro Nacional de Pastoral del Sordo

Saludo con la paz y el bien a cuantos esta mañana acudís a nuestra Catedral ovetense como habituales feligreses, a los que estáis de paso en Asturias disfrutando de unos días vacacionales de descanso. También a los que por primera vez nos siguen a través de la TRECE tv. De modo particular a los numerosos participantes del XXXIII Encuentro nacional de la Pastoral del Sordo y Sordociego. Sed todos bienvenidos.

Cuando estamos delante de otra persona, nos abismamos ante un misterio: sus sentimientos y contradicciones, sus zozobras y anhelos, sus dudas y certezas. Y es que todos tenemos nuestros pequeños o grandes secretos. Quizás son los que explican que pensamos como pensamos y actuamos de nuestra particular manera: es la clave de nuestra vida toda en las cosas importantes y como en las cotidianas de cada día. Por eso podemos decir que no estaba escondido Dios tras las cumbres de las altas cimas o en las honduras de las bajas simas. Él no rehuía el hacerse encontradizo, aunque tuvo su tiempo para fijar el cómo y el cuándo hacerlo. Y así dice el profeta Zacarías en la primera lectura invitando a la alabanza por llegada humilde de Dios que no nos defrauda: “Alégrate, hija de Sión; canta, hija de Jerusalén; mira a tu rey que viene a ti justo y victorioso, modesto y cabalgando en un asno, en un pollino de borrica” (Zac 9, 9).

Efectivamente, Dios no era huraño de su presencia y poco a poco fue manifestando su belleza mientras nos contaba con bondad lo que cada persona con su nombre y con su circunstancia significamos para Él. Dios se reveló de una manera insospechada con la que no contaban ni siquiera quienes esperaban su venida. Por eso la gente de la oficialidad, la del cetro y cultureta, la de la norma ética y fiscal según sus medidas, ni siquiera se enteró, acaso por esperarle en los caminos que Él nunca frecuentó, por donde Él no dijo que venía, ni en las calles que jamás pisaron sus pies. ¿Es posible que la gente más bienpensante y más bienestante ni siquiera atisbase el momento de la manifestación del mismo Dios, el esperado Mesías? He aquí que Jesús, el Hijo por antonomasia nos dejará entrever su corazón que se abrirá de par en par, para desvelarnos algo de su infinito secreto precisamente en lo que tiene de mayor intimidad: el coloquio y el encuentro con su Padre Dios, cuyo rostro y palabra buscaba cada mañana madrugándola y cada atardecer trasnochándola. Dice Jesús, en este evangelio: “te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla” (Mt 11, 25). Dios ha desvelado su secreto, pero los sabios sabihondos y los hinchados entendidos…, ni saben ni entienden. Sólo la gente sencilla, la que ni entra ni sale en el guión…, todos los pocos sencillos que en el mundo han sido, sólo a ellos les ha querido revelar Dios sus adentros, porque “así le ha parecido mejor” (Mt 11, 26): no hay más razón que esta, y es razón que el amor dicta. Podríamos pensar que este Dios tenía también su manía persecutoria, o al menos su propia selección del personal, y que por lo tanto la emprendió con los sapientes, los potentes y los tenientes para favorecer a los que no lo eran en las periferias de todos los caminos. Pero la verdadera cuestión es preguntarse quién ha abandonado a quién, quién selecciona a quién. Porque sólo van a Jesús, y sólo en Él encuentran solaz y descanso, quienes realmente se hallan de tantos modos descartados: “venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré… y encontraréis vuestro descanso” (Mt 11, 28), y éstos, no suelen coincidir con aquellos a los que el Padre “esconde” su secreto porque ellos autocensuran la voz de Dios y se distraen ante su mirada. Sólo los sencillos en su corazón y en su vida, podían enten¬der las palabras de Jesús. Porque sólo ellos se sabían desbordados por tanto cansancio y tanto agobio. Sin sentir vergüenza de su limitación, sin tener que maquillarla y disfrazarla: eran pobres, sin poder, sin saber, sin tener.

Los que sabían y podían y tenían, ellos se pagaban a sí mismos… aunque sus monedas fueran desesperadamente insuficientes y tantas veces tramposas por los chantajes de cuanto promete una felicidad que jamás alcanzan. Era el estilo de Dios que se humana para devolver a los humanos su dignidad dilapidada, que se allega a los hombres haciéndose uno de tantos (cf. Filp 2,5ss), que en humildad nacerá y en el humus de la hermana muerte terminará su periplo terrestre para después resucitar. Jesús irá desvelando los secretos del corazón de su Padre, y jamás adoptará un estilo arrogante y prepotente como de quien todo-lo-sabe y de-todo-entiende… sabihondamente, aunque todo lo sabía y entendía por ser la misma Sabiduría. El lenguaje y los gestos de Dios serán otros, más humildes y pobres, capaces de ser entendidos y celebrados por los humildes y los pobres, o sea por la gente sencilla de la que nos habla el evangelio de hoy.

Decíamos al principio que participan en esta celebración el XXXIII Encuentro nacional de la Pastoral del Sordo y Sordociego. Son todos bienvenidos y celebramos la Eucaristía junto a estos queridos hermanos que nos recuerdan que Dios habla al corazón de cada persona y que lo más importante el Señor lo muestra precisamente para que sea descubierto con los ojos del corazón. No hay circunstancia congénita o durante la vida acontecida, en la que Dios no tengo algo que decirnos y algo que ofrecernos. Su palabra y su belleza no están vetadas a quienes no pueden oír o no pueden ver. Hay escenas del Evangelio en las que los sordos oyen, los ciegos ven, los cojos saltan y todos se encuentran con Jesús estrenando la esperanza. Por eso es tan hermosa esta pastoral que acompaña eclesialmente a estos hermanos que son pobres en sus oídos o sus ojos y tan ricos en su corazón y en sus entrañas. Ellos que oyen desde Dios nos dan ese precioso testimonio a un mundo tan sordo para la verdad, la bondad y la belleza. Y ellos, cuyos ojos cerrados nos muestran lo que ven desde Dios lo testimonian como luz que disipa la oscuridad que nuestra sociedad mantiene con su ceguera inhumana.

Recordamos al sacerdote asturiano Don Regino Chiquirrín, que tanto y tan bien trabajó aquí en Asturias y en toda España con esta preciosa labor de acompañar a estos hermanos. Y fue precisamente en nuestra tierra donde comenzó el trabajo con niños sordos y huérfanos con la entrega sacerdotal de Don Domingo Fernández Vinjoy, hace más de cien años, siendo hoy la Fundación Vinjoy un referente dentro y fuera de nuestras fronteras, de lo que significa este compromiso con el mundo de la sordera y otras realidades de exclusión social. Agradezco al P. Iñaki Gallego su precioso trabajo con esta pastoral del Sordo y Sordociego desde la parroquia madrileña de Nuestra Señora del Silencio, así como a los demás sacerdotes que cuidáis de estos queridos hermanos. Es un escenario más que nos permite reconocer la cercanía de Dios, desvelándonos sus entrañas, mientras llena de alegría y plenitud la paciencia de los sencillos y la espera de los pobres. Nosotros, dos mil años después, somos herederos y continuadores del secreto de Dios, ese que quita cansancios, seca lágrimas, desliga agobios, rompe cadenas, abre esperanzas, y todo lo llena de un buen olor de Buena Nueva. Dios hace con nuestras lágrimas su propio llanto, y realiza su fiesta con nuestras alegrías.

Quiera el Señor que los sencillos de hoy, los pobres de nuestra tierra, puedan tener acceso al corazón de Dios manso y humilde, y dar gracias al Padre por haberles revelado el secreto que permite ver y vivir las cosas de otra manera. Que el Señor os bendiga, y nuestra Santina os proteja con su manto maternal.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

S.I.C.B.M. El Salvador (Oviedo)

sábado, 11 de julio de 2026

Mañana Día del Señor


Homilía del Sr. Arzobispo en la despedida de los padres jesuitas de San Esteban del Mar (Gijón)

Queridos hermanos y hermanas, paz y bien a todos. Saludo cordialmente al señor Vicario General, don Adolfo, al Provincial de los jesuitas, padre Enrique, así como al vicario de la zona de Gijón-Oriente, don José Ángel, al párroco de esta comunidad hasta este momento, padre Manuel, y a los demás sacerdotes jesuitas o diocesanos que nos acompañan. A las religiosas presentes y a todos vosotros, queridos hermanos, en el Señor.

La vida está hecha de momentos que señalan el calendario de cada biografía: la llegada o la partida, las lágrimas o las sonrisas: la salud pletórica o la enfermedad que nos achaca, el aplauso o el desprecio, y la vida se va tejiendo en cada tramo de nuestra andadura de cada uno de estos momentos.

Hace casi 60 años, con inmensa alegría, llegaron los padres jesuitas para hacerse cargo en esta capilla, que para ellos era familiar por ser la del Centro de Formación Profesional Escuela Revillagigedo, de la Comunidad Natahoyo de los jesuitas desde hace ochenta años, para constituirse en una parroquia nueva en Gijón, la parroquia de San Esteban del Mar. Sesenta años después, los jesuitas, que como todo religioso, como todo sacerdote, tienen ligero el equipaje y están prontos para ir a donde la Providencia nos envía, vuelven a hacer maleta, y se ponen a caminar.

No es un capricho, no es tampoco un desdén, sino una necesidad que se siente en la comunidad. La diócesis de Oviedo mira con inmensa gratitud estos años, que no han sido pocos, de la entrega de estos buenos jesuitas en este rincón diocesano de Gijón. Y con inmensa comprensión, aceptamos que, por imperativos de recolocación vocacional en sus cuadros personales, tengan que decirnos adiós, como quien dice simplemente un “hasta luego”. Queda aquí toda la labor bien hecha, que ha sido tanta y realmente buena. Y queda la amistad que nos une, que podremos seguir gozando, estén donde estén, y quedando nosotros donde quedamos.

A los padres jesuitas nuestra gratitud como Archidiócesis de Oviedo. Ellos pertenecen a una familia religiosa cuyo padre fundador, San Ignacio de Loyola, sintió como llamada esa itinerancia que le sacaba de los monasterios, o de los conventos que otras familias religiosas precedentes tenían como hábitat, para hacerles misioneros disponibles a lo que el Papa pudiera indicarles, siendo compañeros en esta avanzadilla evangelizadora en donde no ha habido espacio, lugar o encomienda, en donde la Compañía de Jesús no haya tenido una preciosa presencia: en el mundo educativo, en el compromiso de la pastoral social, al lado de la gente más pobre, también marcando el horizonte moral y la altura intelectual en tantas universidades, en las parroquias más sencillas y en las labores de mayor incumbencia, en la pasión misionera sin fronteras ni exclusiones, siempre siguiendo lo que Dios pedía buscando su mayor gloria, debidamente discernido, obedeciendo a la Santa Madre Iglesia.

Por eso mi agradecimiento personal como arzobispo y la diócesis que en esta tarde represento es una gratitud sentida por estos casi 60 años de amistad, de compromiso y de trabajo pastoral. Cuando decimos adiós los cristianos, decimos siempre hasta luego. No es el adiós fatal, que llena de nostalgia apagada y de distancia insuperable una relación interrumpida. Sino un hasta luego lleno de gratitud por lo que hemos compartido y también lleno de esperanza en lo que deseamos como mejor para todos y cada uno de ellos.

La Palabra de Dios de este decimocuarto domingo, nos señala ya en la palabra del profeta Zacarías que Dios es alguien sencillo, alguien que se adapta, alguien que sabe entrar en un pollino de borrica, no en un alazán pendenciero como quien triunfa provocadoramente, llegando a los lugares metiendo miedo. Es más bien alguien tan sencillo que es el remedo de la entrada de Jesús en Jerusalén, en una misma cabalgadura, entre hosanas y vivas, como instrumento de la paz y heraldo del bien.

Esta imagen que el profeta nos ha dibujado es lo que cualquier misionero, cualquier religioso, cualquier sacerdote debe pretender, y nada más que esto: entrar con sencillez, sabiéndonos portadores de una gracia que, repartiendo nuestras manos, no la han hecho ellas. Y sabiéndonos portavoces de una palabra que, aunque la pronuncien nuestros labios, no la han inventado ellos.

Portavoces de una palabra más grande, portadores de una gracia mayor de las que sencillamente somos instrumentos. Es lo que han hecho los padres jesuitas en estos 60 años en esta parroquia de San Esteban. Es lo que intentamos hacer en cada rincón de Asturias, de España y del mundo entero, aquellos que somos enviados en el nombre de Dios para comunicar la Buena Nueva.

El Evangelio nos ha dibujado ese secreto de Jesús, que no era otro sino su relación con el Padre Dios, madrugando cada día o trasnochando cada tarde para ponerse a la escucha de su Palabra y a la contemplación de su Belleza. Con ellas luego propondría parábolas y realizaría signos y milagros, para los que especialmente sencillos y descartados, sufrían el agobio y el cansancio cotidianos.

Por eso, junto con mi gratitud, vayan mis mejores deseos. Algunos jesuitas marchan, peo otros aquí quedan a Dios gracias. Y seguiremos beneficiándonos de ese precioso carisma, el de la Compañía de Jesús, en nuestra Iglesia diocesana. Tienen esos dos colegios, esta escuela de formación profesional y varias obras apostólicas. Quedará esta parroquia nuevamente en las manos de los sacerdotes diocesanos que con premura podremos enviar.

La Compañía de Jesús, permanece y por tanto su carisma sigue siendo un regalo y una bendición para nuestra diócesis que yo agradezco. Por eso, querido Padre Provincial, querido amigo Enrique, gracias porque estáis, porque seguís estando, continuando escribiendo esta historia inacabada que con nosotros habéis escrito ya.

Ahora se pone un punto y seguido en esta parroquia de San Esteban y serán otros los escribanos como responsables últimos de esta comunidad cristiana, pero sabemos bien, como el Papa Francisco nos lo recordó, y el Papa León sigue insistiendo en ello, lo que ya desde el Concilio Vaticano ii se nos dijo: que la Iglesia no la hacemos los obispos o los curas, la Iglesia es el pueblo de Dios. En ella hay esas tres vocaciones fundamentales: los pastores con su ministerio, los consagrados con sus carismas y los laicos con su compromiso bautismal en la familia, en el trabajo y en la política. Una comunidad cristiana goza de estas tres vocaciones cristianas básicas y las vivimos fraternamente cada uno con su llamada personal de Dios.

Cada cual con su responsabilidad construimos el Reino, haciendo creíble lo que Jesús predicó y haciendo cercano lo que Él puso en nuestras manos. Dios, que es sencillo, no es un Dios lejano ni huraño. Tan cercano es a nosotros que no hay lágrimas nuestras con las que Él no haga su llanto, y no hay sonrisa y alegría nuestra con la que él no haga su propia fiesta. Y esta es la buena noticia que en este momento histórico del mundo y de la sociedad tan amenazada por guerras, tan acosados por corrupciones varias, tan desanimados por tantos motivos, los cristianos debemos y podemos acercar un mensaje evangélico, como quien canta una buena noticia, y regala a raudales un motivo para la esperanza.

Reitero mi gratitud a los padres jesuitas, lo mejor para lo que les depara a los que aquí han estado trabajando, en lo que la Divina Providencia les encomendará, desde la obediencia a la Compañía de Jesús y a las necesidades de la Iglesia. Y lo mejor deseamos también para la comunidad cristiana que seguirá viva y acompañada por el nuevo párroco que venga.

Decía el Padre Manuel que no son todos los que están, pero los que estáis sois muy bienvenidos. Me presta enormemente poderos agradecer vuestra numerosa presencia en esta tarde, agridulce, pero no llena de melancolía. Porque la melancolía siempre nos arruga y nos deja débiles, mientras que el adiós, aunque sea un hasta luego, despierta siempre y sencillamente la gratitud y la buena esperanza. Y es lo que, a todos vosotros, hermanas y hermanos, de corazón yo os deseo.

Que Dios os bendiga, que San Esteban nos acompañe, y que la Virgen Santísima os proteja con su manto. Amén.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

Parroquia San Esteban del Mar (Gijón)
4 de julio de 2026

viernes, 10 de julio de 2026

San Cristóbal, Patrono de El Castro (Lugones)


San Cristóbal Mártir es universalmente conocido como el patrono de los conductores y transportistas. Su tradición evoca a un hombre de fuerza descomunal que ayudaba a los viajeros a cruzar un peligroso río. Según el relato cristiano, en una ocasión cargó sobre sus hombros a un niño que pesaba tanto como el mundo entero: era el propio Jesucristo. De ahí nace su nombre (del griego Christophoros, "portador de Cristo") y su arraigada protección sobre los viajeros. Antaño se creía que bastaba con mirar su imagen por la mañana para quedar libre de peligros durante el día. Hoy, esa herencia se traduce en las medallas y estampas que presiden infinidad de salpicaderos de coches y camiones. En la localidad asturiana de Lugones, el barrio de El Castro vive con especial devoción la memoria de San Cristóbal. Ubicado en un punto estratégico del concejo de Siero, este histórico entorno rendía honores a su patrono en la finca del Peralón. 

A nivel nacional, la Conferencia Episcopal Española (CEE) canaliza esta misma devoción a través de la Jornada de Responsabilidad en el Tráfico. Promovida por el departamento de Pastoral de la Carretera, englobado en la Subcomisión Episcopal para las Migraciones y Movilidad Humana, esta jornada nacional alcanza ya su 58.ª edición. La Iglesia española celebra este día de manera estratégica el primer domingo de julio, coincidiendo con la primera gran operación salida de las vacaciones de verano. El objetivo prioritario es apelar a la conciencia moral de todo aquel que se pone al volante. Bajo el lema evangélico «Sed prudentes y sencillos», la campaña de la CEE enfatiza que la seguridad vial constituye un verdadero acto de amor al prójimo. 

Los obispos articulan su llamamiento en torno a pautas fundamentales: La Prudencia, entendida como la virtud de anticipar riesgos, acatar estrictamente los límites de velocidad y evitar las distracciones para salvaguardar la vida propia y ajena. La Sencillez, traducida en la carretera como el ejercicio de la humildad, la paciencia ante los fallos ajenos y la cortesía de ceder el paso. Y Gratitud y Bendición, pues los subsidios de la jornada rinden homenaje al trabajo esencial de camioneros, taxistas, repartidores y servicios de emergencia. El patronazgo de San Cristóbal en El Castro de Lugones demuestra cómo las identidades locales se alinean perfectamente con las preocupaciones globales de la Iglesia. 

Conferencia "La respuesta de las democracias a los retos éticos y antropológicos de la sociedad''