jueves, 8 de octubre de 2026

«En el Rosario está cifrada la salvación de tu patria». Por Mons. Alberto José González Chaves

«Antonio, predica sin cesar mi Rosario; en él está cifrada la salvación de tu patria».

No he encontrado estas palabras de la Santísima Virgen a San Antonio María Claret en la Autobiografía del santo, mas no parecen una invención piadosa. La referencia más antigua que he podido localizar hasta ahora —ojalá algún claretiano ofrezca otra más documentada— se encuentra en 1920, catorce años antes de su beatificación, en la obra del dominico fray Paulino Álvarez, Santos, Bienaventurados, Venerables de la Orden de los Predicadores. Álvarez refiere que Claret se encontraba en Madrid y que la Virgen ya le había hablado varias veces de la necesidad de predicar el Rosario. Una noche se le habría aparecido acompañada de Santo Domingo, mostrándole su Corazón, y le habría dirigido aquellas palabras. Claret hizo pintar después una imagen conforme a aquella visión. Una relación posterior, publicada en 1926, añade a la escena la presencia de Santa Catalina de Siena. La edición crítica de los escritos de Claret reconoce que existió una comunicación anterior de la Virgen sobre esta misión rosariana que el santo no consignó por escrito. Si no podemos identificar sin más aquella comunicación con la frase transmitida por los biógrafos, tampoco podemos decir que ésta carezca de encaje en los testimonios autógrafos. Más bien sucede lo contrario.

«Serás el Domingo de estos tiempos»

El 9 de octubre de 1858, a las cuatro de la madrugada, según los dos autógrafos más próximos al acontecimiento, Claret anotó una comunicación: «La Santísima Virgen María me repitió lo que ya me tenía dicho otras veces: que yo había de ser el Domingo de estos tiempos en la propagación del Rosario». La propia edición crítica subraya el detalle decisivo: Claret no dejó escrito cuándo había recibido aquellas comunicaciones anteriores. La Autobiografía las colocó inicialmente en 1857, pero los manuscritos inmediatos permiten corregir la fecha a 1858.

No era, por tanto, una afición devocional privada. Claret creía haber recibido de la Virgen una verdadera misión apostólica: hacer en el siglo XIX algo semejante a lo que la tradición atribuía a Santo Domingo y después a Alano de Rupe. Por eso escribió inmediatamente sobre el Rosario. Y en El Santísimo Rosario explicado, publicado en 1864, llega a ponerse enteramente a disposición de María para esa tarea: «Ecce ego, mitte me», aquí estoy, envíame; y añade que se ofrece con alegría, aunque para propagarlo haya de pasar trabajos e incluso sufrir la muerte.

Siendo Antonio muy pequeño, recibió un Rosario «como si fuera la adquisición del mayor tesoro». Lo dirigía con los niños de la escuela; en casa lo rezaba con su familia y, trabajando en el telar, rezaba diariamente sus tres partes. El gran apóstol del Rosario comenzó siendo un niño con sus cuentas entre las manos.

Los males de España y tres remedios

Años después, esta misión mariana adquirió una dimensión expresamente relacionada con España. El 27 de agosto de 1861, en la iglesia del Rosario de La Granja, durante la bendición con el Santísimo después de la Misa, Claret dejó escrito que el Señor le hizo conocer «los tres grandes males que amenazan la España: el protestantismo, mejor dicho, la descatolización; la república y el comunismo». Y, frente a ellos, se le mostraron tres remedios: el Trisagio, el Santísimo Sacramento y el Rosario. Respecto de éste concreta: rezarlo todos los días, entero o al menos una parte, «meditando los misterios, aplicándolos a las costumbres propias».

Aquellas palabras deben leerse en el contexto atormentado de la España de 1861, pero la corrección de Claret conserva una impresionante actualidad. Dice «protestantismo» y enseguida parece buscar una palabra más honda: «mejor dicho, la descatolización». Ahí estaba el verdadero problema: más que una doctrina determinada, el lento desvanecimiento de la fe de un pueblo; el proceso por el cual Dios deja de contar en la inteligencia, en las costumbres, en las familias y finalmente en la vida pública. Y frente a una enfermedad que en su raíz es espiritual, Claret sabía que las armas exclusivamente humanas no bastaban.

«Sí, Antonio, haz lo que te dice mi Madre»

Todavía faltaba otra confirmación. El 6 de diciembre de 1862, a las seis y tres cuartos de la tarde, Claret anotó de su propia mano: «La Santísima Virgen María me dijo que yo había de propagar la devoción del Santísimo Rosario, como lo hizo el Venerable Alano de Rupe». Añade que la Virgen se lo dijo dos veces. Inmediatamente escuchó a Jesucristo: «Sí, Antonio, haz lo que te dice mi Madre». Y a las siete de aquella misma tarde María volvió a insistir: «Sí, Antonio, yo lo quiero. Yo lo quiero». Jesús añadió: «Ánimo, Antonio, ánimo».

De modo que la frase «en el Rosario está cifrada la salvación de tu patria» no aparece como tal en los autógrafos conservados, pero resume admirablemente una cadena documental indiscutible: la Virgen le había hablado anteriormente del Rosario; en 1858 le ordenó ser el «Domingo de estos tiempos»; en 1861 el Rosario aparece como uno de los remedios para los males de España; y en 1862 María vuelve a mandarle que lo propague, con la confirmación expresa de Cristo.

Claret no concebía el Rosario sólo como una piadosa costumbre: en sus escritos lo llama medio eficaz frente a las necesidades espirituales y afirma que mediante esta devoción se había encontrado remedio incluso en «las necesidades públicas de guerras, pestes, hambres y otras calamidades». Lo consideraba un medio sencillo y poderoso para combatir la ignorancia y el error, precisamente porque introduce al cristiano, misterio tras misterio, en la escuela de Jesucristo.

Los nuevos Lepantos

El 7 de octubre de 1571, mientras se libraba la batalla decisiva de Lepanto, San Pío V había convocado a la oración del Rosario. Porque la victoria quedó ligada en la conciencia cristiana a la intercesión de María, el Papa dominico instituyó la fiesta de Santa María de las Victorias, Auxilium christianorum, que después sería Nuestra Señora del Rosario.

Pero no todos los Lepantos se libran en el mar. Hay Lepantos silenciosos dentro de una familia, en el corazón de un hijo que se aleja de Dios, en la fidelidad de un matrimonio, en una vocación que vacila, en la perseverancia de un sacerdote, en la transmisión de la fe a la generación siguiente. Y hay también un gran combate por el alma de los pueblos, que se pierde mucho antes en las conciencias que en las instituciones. Frente a esas batallas sigue pareciendo ridículamente pequeña un arma formada por un crucifijo y unas cuentas. Precisamente por eso es tan de Dios.

Fátima vino a repetir la misma pedagogía. El 13 de mayo de 1917, Nossa Senhora no escogió a sabios ni a poderosos, sino a tres pastorinhos, pidiéndoles rezar cada día el terço, o «tercio», como llaman los portugueses a cada una de las tres partes del Rosario: «Rezem o Terço todos os dias, para alcançarem a paz para o mundo e o fim da guerra». En julio volvió a insistir: «Continuem a rezar o Terço todos os dias, em honra de Nossa Senhora do Rosário». Y el 13 de octubre se presentó sencillamente: «Eu sou a Senhora do Rosário».

Recuperar la sencillez del niño no es infantilismo. Rezar como un niño significa confiar como él. Tomar el Rosario sin pretender entender previamente todos los caminos de Dios; dejar que las avemarías acompasen la contemplación de Belén, Nazaret, el Calvario y la Pascua; rezarlo sin prisas, sin superstición, sin convertirlo en bandera partidista, sin avergonzarse de esperar mucho de él.

Claret, que fue un hombre de una actividad casi sobrehumana, sabía que antes de organizar había que rezar. Y Fátima, medio siglo después, puso el mismo Rosario en las manos de unos niños. Hoy los nuevos Lepantos deben librarse así: una familia que consigue reunirse a rezar unida cada noche; una madre que reza por el hijo que ha perdido la fe; un sacerdote que desgrana el Rosario después de una jornada agotadora; un enfermo que apenas puede ya pronunciar las avemarías; un niño que aprende de sus padres a pasar las cuentas entre los dedos. Nada espectacular ni ruidoso: ¡un Rosario! Del que María prometió a Claret: «Antonio, predica sin cesar mi Rosario; en él está cifrada la salvación de tu patria».

Solemne eucaristía en La Almudena con motivo del 50 Aniversario de la consagración episcopal del Cardenal Rouco Varela

(Religión confidencial) Con este motivo la archidiócesis ha convocado una solemne eucaristía de Acción de Gracias en la catedral de La Almudena. A las 12 del mediodía del sábado 31 de octubre, dará comienzo una celebración solamente en la catedral, de Acción de Gracias por el ministerio episcopal de quien fue arzobispo titular de la diócesis de Madrid durante veinte años.

Para conmemorar esta efeméride se barajaron varias posibilidades, entre ellas un homenaje al final de la misa en la Solemnidad de la Virgen de la Almudena, el próximo 9 de noviembre.

Al final, se ha decidido que haya una celebración especial a la que está invitado el clero y el pueblo cristiano de Madrid.

Asistirán sacerdotes y fieles procedentes de las diócesis de Santiago de Compostela, en la que el cardenal Rouco fue obispo auxiliar y arzobispo, y de su diócesis de origen, Mondoñedo-Ferrol.

Obispo de Santiago y cardenal

El Papa Pablo VI nombró a Antonio María Rouco Varela obispo auxiliar de Santiago de Compostela en 1976. El 31 de octubre de ese mismo año fue consagrado obispo en la seo Compostelana.

En 1984 fue nombrado arzobispo de la sede compostelana por el Papa Juan Pablo II. En 1994, fue promovido a arzobispo de Madrid. En ambas sedes, sucedió al cardenal Suquía.

El 18 de enero de 1998, Antonio María Rouco Varela fue nombrado cardenal, recibiendo el capelo cardenalicio de manos del Papa Juan Pablo II el 21 de febrero de ese mismo año.

Los 25 años

El 31 de octubre de 2001, con motivo de los 25 años, también se celebró una misa en la catedral de La Almudena, presidida por el cardenal arzobispo de Madrid y concelebrada por varios cardenales, numerosos arzobispos, obispos y sacerdotes de las diócesis de Madrid y Santiago de Compostela, entre otras.

En esas fechas, además, se organizó un ciclo de conferencias. El 5 de noviembre de 2001, el entonces obispo de Bilbao, monseñor Ricardo Blázquez, habló de “El Episcopado, servicio para los presbíteros”; el 7 de noviembre, el abad de Monserrat, José María Soler i Canals, disertó sobre “El Episcopado, servicio para la vida consagrada”.

El ciclo lo cerró el teólogo Olegario González de Cardenal, con una conferencia sobre “El Episcopado, servicio para los laicos”.

Jornada Mundial de la Juventud

El pasado 12 de agosto, como informó la prensa gallega, la parroquia de San Xoán Bautista de Carballo acogió un encuentro de fraternidad vinculado con motivo de la efeméride que se celebrará el día 31 de octubre, y de la memoria de la Jornada Mundial de la Juventud de 1989, en el que participó el arzobispo de Santiago, monseñor Francisco José Prieto, y el obispo de Lugo, monseñor Alfonso Carrasco.

El cardenal Rouco Varela, natural de Villalba, compartió una reflexión personal ante los dos acontecimientos próximos a ese día: su 90 cumpleaños, el 20 de agosto pasado, y el cincuentenario de su ordenación episcopal.

“Cincuenta años de una gracia de nuestro Señor desbordante”. Con estas palabras resumió el medio siglo transcurrido desde que recibió la ordenación episcopal. Al mirar atrás, reconoció la acción de Dios en su vida interior, en la salud y, sobre todo, en la posibilidad de haber servido a la Iglesia.

La persona de Cristo

Para el cardenal Rouco Varela, la misión de un obispo no puede separarse de la persona de Cristo. “El que sirve a la Iglesia o trata de hacerlo entregando la vida está sirviendo al Señor”, afirmó.

La Iglesia, explicó, permanece unida a Cristo, que es su cabeza, su maestro, su salvador y su sacerdote supremo. Por ello, el servicio eclesial es también una forma de entrega al Señor y, por medio de Él, a los hermanos.

Esa entrega alcanza a personas de toda condición y se dirige de un modo particular a quienes padecen dificultades materiales o espirituales. El cardenal situó así su ministerio dentro de las comunidades concretas a las que fue enviado.

miércoles, 7 de octubre de 2026

«La acedia. El demonio del mediodía. Recuperar la esperanza». Por el P. P. Roberto José Gutiérrez O.C.D.

 

7 de Octubre: Nuestra Señora del Rosario: la fiesta nacida de una victoria que cambió la historia de Europa

(Infovaticana) Cada 7 de octubre, la Iglesia honra a Nuestra Señora del Rosario y recuerda una de esas jornadas en las que la historia de la Cristiandad quedó inseparablemente unida a la oración. El origen de la fiesta conduce hasta el año 1571, cuando el avance otomano por el Mediterráneo amenazaba gravemente a la Europa cristiana y el papa san Pío V llamó a los fieles a implorar el auxilio de la Santísima Virgen mediante el rezo del Rosario.

Mientras la armada de la Santa Liga navegaba hacia el encuentro con la flota otomana, en Roma y en otros lugares de la Cristiandad se rezaba. El domingo 7 de octubre llegó finalmente el enfrentamiento en aguas griegas, cerca de Lepanto, y la victoria cristiana fue recibida como una gracia alcanzada por intercesión de Nuestra Señora.

San Pío V quiso que aquella ayuda no fuese olvidada cuando desapareciera el peligro inmediato. De su acción de gracias nació una celebración dedicada inicialmente a Nuestra Señora de la Victoria, que poco después quedaría vinculada al Rosario y que la Iglesia sigue celebrando más de cuatro siglos después.

Lepanto pertenece a la historia militar de Europa, pero para un católico su recuerdo no termina en las galeras, los comandantes y las estrategias. Aquel 7 de octubre recuerda también una verdad profundamente arraigada en la vida de la Iglesia: la oración puede intervenir realmente en la historia y la intercesión de la Madre de Dios no es un adorno piadoso de la fe cristiana.
Cuando la Cristiandad acudió a la Virgen

La Europa de 1571 llevaba más de un siglo contemplando el avance del Imperio otomano. Constantinopla había caído en 1453 y durante las décadas siguientes los turcos extendieron sus dominios por los Balcanes y el Mediterráneo oriental, mientras su poder naval amenazaba cada vez con mayor intensidad las posiciones cristianas.

La ofensiva contra Chipre, entonces bajo dominio veneciano, agravó la situación en 1570. Nicosia cayó y Famagusta quedó sometida a un largo asedio. San Pío V comprendía que las potencias cristianas difícilmente podrían responder por separado, pero conseguir que actuasen juntas era una empresa particularmente difícil. Entre ellas existían rivalidades políticas, intereses comerciales y viejos conflictos que obstaculizaban cualquier alianza.

El Papa perseveró hasta que, en mayo de 1571, quedó constituida la Santa Liga, formada principalmente por la Monarquía Hispánica, la República de Venecia y los Estados Pontificios, junto con otros participantes. El mando de la flota fue confiado a don Juan de Austria, hijo del emperador Carlos V y hermanastro de Felipe II.

Pío V, dominico y profundamente devoto de la Virgen, sabía, sin embargo, que la defensa de la Cristiandad no podía descansar únicamente sobre el número de barcos y soldados. Por eso acompañó los esfuerzos diplomáticos y militares con una llamada insistente a la oración y pidió de manera particular el rezo del Rosario.

La relación entre esta oración y Lepanto no fue una leyenda incorporada tardíamente al relato. Más de tres siglos después, León XIII recordaba en Supremi Apostolatus Officio cómo, mientras los soldados cristianos se preparaban para combatir, los fieles que permanecían lejos de la batalla invocaban a María mediante el Rosario y pedían su protección para quienes iban a enfrentarse a la flota otomana.

La Cristiandad combatía así de dos maneras distintas: unos empuñaban las armas y otros rezaban. San Pío V había pedido ambas cosas a quienes correspondía.
El domingo de Lepanto

Las dos flotas se encontraron el 7 de octubre de 1571, domingo, en el golfo de Patras. En las naves de la Santa Liga viajaban españoles, venecianos, genoveses, pontificios y hombres procedentes de otros territorios cristianos que habían dejado temporalmente a un lado sus diferencias para hacer frente a un peligro común.

La dimensión religiosa acompañó a los combatientes antes del enfrentamiento. Los capellanes atendieron a las tropas y se rezó a bordo de las naves antes de comenzar una batalla que se prolongaría durante horas y se convertiría en uno de los mayores enfrentamientos navales de la época.

Al terminar la jornada, la armada otomana había sufrido una derrota de enorme importancia. Numerosas galeras habían sido capturadas o destruidas y miles de cristianos que permanecían cautivos en ellas recuperaron la libertad. La noticia recorrió Europa y disipó la impresión de que el avance naval otomano era imposible de detener.

Lepanto no destruyó el Imperio otomano ni puso fin a todos los peligros que amenazaban a la Europa cristiana. Las guerras continuarían y el poder turco seguiría siendo formidable durante generaciones. Pero la victoria alteró el equilibrio psicológico y político del Mediterráneo y se convirtió inmediatamente en uno de los grandes acontecimientos de su tiempo.

Para san Pío V, además, la victoria exigía algo más que celebraciones humanas: exigía dar gracias.
La Iglesia quiso recordar quién había auxiliado a los cristianos

León XIII recordaría posteriormente que Pío V, deseoso de perpetuar la memoria de la gracia recibida, estableció una conmemoración en honor de Nuestra Señora de la Victoria. Su sucesor, Gregorio XIII, vincularía aquella celebración al título de Nuestra Señora del Rosario.

De este modo, la victoria de Lepanto comenzó a incorporarse a la vida litúrgica de la Iglesia. La fiesta se extendió progresivamente y durante siglos se celebró el primer domingo de octubre. Finalmente, la reforma del Breviario realizada por san Pío X en 1911 fijó su celebración el 7 de octubre, haciendo coincidir nuevamente la fiesta mariana con el aniversario exacto de la batalla.

La antigua liturgia romana conservó también expresamente la memoria de Lepanto. Durante generaciones, quienes rezaban el Oficio Divino en la fiesta del Rosario encontraban allí el recuerdo de la victoria obtenida durante el pontificado de san Pío V mediante el auxilio de la Santísima Virgen.

No era un detalle secundario. La liturgia enseñaba así a mirar la historia con ojos cristianos: los hombres actúan, combaten, gobiernan y toman decisiones verdaderas, pero por encima de la acción humana permanece la Providencia de Dios. Reconocerlo no disminuye el valor de quienes lucharon en Lepanto; coloca sus esfuerzos dentro de una realidad mayor.

Por eso la celebración que sobrevivió a la batalla no lleva el nombre de don Juan de Austria, ni el de España, Venecia o los Estados Pontificios. La Iglesia prefirió conservar aquella jornada bajo el nombre de la Virgen.
El Rosario en las horas difíciles

La enseñanza de Lepanto tampoco quedó confinada al siglo XVI. Cuando León XIII quiso devolver un lugar central al Rosario en la vida de los católicos, acudió precisamente al ejemplo de san Pío V.

En Supremi Apostolatus Officio, publicada en 1883, recordó la victoria de 1571 al exhortar nuevamente a la Iglesia a buscar el auxilio de la Virgen mediante esta oración. Durante los años siguientes dedicaría numerosos documentos al Rosario y contribuiría decisivamente a consolidar octubre como el mes especialmente consagrado a esta devoción.

No era nostalgia histórica. León XIII estaba convencido de que aquello que había hecho la Iglesia ante los peligros del siglo XVI seguía siendo válido ante las pruebas de su propio tiempo. Cambiaban las amenazas y las circunstancias, pero no la necesidad del auxilio divino ni el poder de la intercesión de María.

Otros pontífices continuaron recomendando la misma práctica. Pío XI, por ejemplo, pidió en 1937 que durante octubre el Rosario fuese rezado con particular fervor en las iglesias y en los hogares cristianos.

De este modo, Lepanto quedó unido a una enseñanza que trasciende cualquier batalla: cuando llegan tiempos difíciles, el católico no desprecia los medios humanos ni renuncia a cumplir sus deberes, pero sabe que éstos no agotan la realidad. También reza, pide la ayuda de Dios y acude a la intercesión de su Madre.
Una victoria convertida en acción de gracias

Han pasado 455 años desde aquel domingo. El mundo de san Pío V y don Juan de Austria desapareció hace mucho tiempo; las potencias que combatieron en Lepanto cambiaron, las fronteras fueron trazadas de nuevo innumerables veces y las galeras terminaron convertidas en piezas de museo.

Nuestra Señora del Rosario, en cambio, continúa teniendo su fiesta cada 7 de octubre.

La permanencia de esta celebración dice mucho sobre la manera católica de conservar la memoria. Lepanto fue una gran victoria militar, pero la Iglesia no quiso limitar su recuerdo al valor de los combatientes ni a la habilidad de sus comandantes. Vio también las oraciones elevadas lejos del campo de batalla y reconoció el auxilio recibido por intercesión de la Virgen.

Por eso, siglos después, los católicos siguen haciendo el 7 de octubre aquello que hicieron sus antepasados mientras la suerte de Lepanto todavía era incierta: tomar entre sus manos las cuentas del Rosario y recorrer, junto a María, los misterios de la vida de su Hijo.

Ahí está la herencia más profunda de aquella jornada. Una victoria que cambió la historia de Europa terminó convertida por la Iglesia en una fiesta de gratitud a la Madre de Dios: Nuestra Señora del Rosario.

martes, 6 de octubre de 2026

La conciencia de lo sagrado. Por Juan Manuel de Prada

El odio es una pasión que actúa a modo de reflejo manifiesto de algo que permanece oculto en los repliegues de nuestra alma. De ahí que el odio religioso sea el más habitual –y el más pujante– de todos los odios: puesto que el ser humano es, por naturaleza, un ser religioso, la represión de su identidad religiosa azuza el odio; o cuando menos un sentimiento de pesadumbre íntima que se suele mitigar abrazando los más diversos sucedáneos idolátricos: utopías ideológicas, afanes mundanos, concupiscencias plutónicas o venéreas, etcétera.

Con frecuencia, tales placebos logran hacer creer al hombre que la represión de su identidad religiosa es auténtica “indiferencia”; pero a veces también ocurre que tales placebos idolátricos enardecen su odio religioso: así ha sucedido siempre, en los sucesivos ocasos de la Historia, y así sucede hoy, aunque las utopías políticas en boga se emperifollen de “libertad religiosa”.

Para derruir una cruz o profanar una iglesia es preciso odiar algo que, en lo más secreto de nuestras entretelas, forma parte de nosotros; hace falta –como diría la Epístola de Santiago– “creer y temblar”. Pues alguien que, simplemente, fuese ­descreído no sentiría irritación alguna ante una cruz, ni querría despelotarse ante un sagrario; le parecerían objetos tan triviales o absurdos como a mí me lo parecen los amuletos o las estatuillas de Buda.

Es cierto que las idolatrías sustitutorias en boga pueden travestirse, mediante una suerte de “coraza civilizatoria”, de indiferentismo religioso; y que muchos forofos de tal o cual utopía ideológica, afán mundano o concupiscencia plutónica logran pasar ante una iglesia fingiendo que no se inmutan. Pero no es menos cierto que, con frecuencia, tales idolatrías sustitutorias no hacen sino hurgar en la llaga abierta del odio religioso. Para arrancar la cruz de la cima de una montaña o quitarse el sostén ante un sagrario es preciso “creer y temblar”, es preciso ser un creyente invertido. Ni siquiera podemos confundir estas reacciones con actos de mera “barbarie”, pues el salvaje actúa de forma instintiva o impulsiva; y quienes perpetran estas irreverencias y profanaciones lo hacen muy calculadamente, en volandas de consignas ideológicas, azuzados (o siquiera jaleados) por las biliosas alfalfas que les suministraron en los medios de cretinización de masas y en las aulas académicas. Es, pura y simplemente, odium fidei, salpimentado con su dosis azufrosa de utopía ideológica en boga.

Pero el caso es que este tipo de profanaciones empieza a hacerse frecuente en nuestro Occidente terminal. Y aquí deberíamos preguntarnos si el caldo de cultivo que las alimenta no será la falta de ardor de los creyentes, la tibieza de nuestra fe, la languidez de nuestras devociones. El ultraje de lo sagrado sólo adquiere su plena dimensión monstruosa cuando se tiene conciencia de lo que significa lo sagrado.

En este sentido, el odiador que arranca la cruz de la cima de un monte o la odiadora que se despelota en una iglesia tienen mucha más conciencia de lo sagrado que muchos creyentes rutinarios que pasan ante el sagrario como quien pasa ante un armatoste, o que se quedan como estafermos en la consagración, o que comulgan de forma frívola e indigna. Y mucha más conciencia también, por cierto, que los prelados que permiten que muchedumbres de turistas estivales se paseen en pantalón corto por las iglesias, como se pasearían por una verbena de pueblo o una feria de productos agropecuarios. Esta pérdida del significado de lo sagrado entre los propios creyentes es un triunfo mucho más jubiloso para los que “creen y tiemblan” que todas las irreverencias y profanaciones de los exaltados.

Publicado en el número 81 de la revista Misión.

San Bruno y la Cartuja: casi mil años buscando a Dios en el silencio

(Infovaticana) Hay órdenes religiosas cuya historia puede contarse a través de grandes fundadores, reformas, universidades, misiones y obras apostólicas. La de los cartujos discurre de otra manera. Desde hace casi mil años, generación tras generación, sus monjes han buscado desaparecer de la mirada del mundo para permanecer a solas con Dios.

Su historia comienza con san Bruno de Colonia, cuya memoria celebra la Iglesia cada 6 de octubre. En 1084, Bruno y seis compañeros llegaron a un paraje montañoso y apartado de los Alpes franceses, cerca de Grenoble. Allí, en el macizo de la Chartreuse, nació una forma de vida monástica que todavía hoy conserva algo de aquella primera retirada al desierto.

Los siglos han pasado. Han desaparecido reinos y dinastías, Europa ha conocido guerras, revoluciones y transformaciones que san Bruno difícilmente habría podido imaginar. La Cartuja, sin embargo, continúa.

Una antigua expresión vinculada a la Orden parece resumir esa vocación mejor que cualquier tratado:
«Stat crux dum volvitur orbis»

(La Cruz permanece mientras el mundo gira)
San Bruno y el deseo de soledad

Bruno nació en Colonia hacia 1030 y recibió una sólida formación intelectual. Estudió en Reims y llegó a convertirse en maestro de una de las escuelas más prestigiosas de su tiempo. Entre sus discípulos estuvo quien más tarde sería el papa Urbano II.

Su camino hacia la vida eremítica no fue, por tanto, el de un hombre incapaz de encontrar un lugar en el mundo. Bruno conocía bien la vida eclesiástica de su época y había alcanzado una posición desde la que podía esperar honores mayores. Precisamente por eso resulta más elocuente su renuncia.

Lo que buscaba era otra cosa.

Después de diversas vicisitudes, Bruno y sus primeros compañeros llegaron hasta Hugo, obispo de Grenoble, quien les facilitó un lugar apartado en las montañas. Allí levantaron pequeñas construcciones individuales alrededor de una iglesia y comenzaron una vida que combinaba dos antiguas tradiciones del monacato cristiano: la soledad del ermitaño y la vida común del cenobita.

Había nacido la Grande Chartreuse.

Bruno no dejó una regla monástica comparable a la de san Benito. La forma de vida que había iniciado fue tomando cuerpo lentamente y sería puesta por escrito décadas después por Guigo, quinto prior de la Cartuja. Aquellas costumbres terminaron convirtiéndose en la base de una de las tradiciones contemplativas más singulares de la Iglesia latina.

Una comunidad de solitarios

La peculiaridad de la Cartuja se encuentra precisamente en esa aparente contradicción: los cartujos viven juntos para poder vivir en soledad.

El monasterio se organiza de manera que buena parte de la jornada del monje transcurra en su propia celda. Pero llamar «celda» a ese espacio puede resultar engañoso. Tradicionalmente se trata de una pequeña vivienda con los lugares necesarios para la oración, el estudio y el trabajo, acompañada de un pequeño jardín.

Allí el monje pasa largas horas sin compañía humana.

Reza, trabaja, estudia, come y duerme en silencio. La comunidad se reúne para determinados momentos de la liturgia y para algunas ocasiones de convivencia previstas por la propia observancia cartujana, pero después cada uno regresa nuevamente a su soledad.

No es un aislamiento improvisado ni una búsqueda individualista de tranquilidad. Toda la arquitectura de la Cartuja está concebida para custodiar una vida orientada hacia la contemplación.

El silencio no constituye un fin en sí mismo. Se guarda silencio para escuchar.
La noche cartujana

Uno de los momentos que mejor expresa esa vocación ocurre mientras buena parte del mundo duerme.

En plena noche, los monjes abandonan sus celdas y se dirigen a la iglesia para una larga celebración del Oficio divino. La oscuridad, el canto, los salmos y las lecturas forman parte de una tradición que hunde sus raíces en las antiguas vigilias monásticas.

Después vuelven a sus celdas.

La jornada continuará marcada por las horas litúrgicas, la oración personal, la lectura de la Sagrada Escritura y de los Padres, el trabajo manual y la celebración de la Misa.

No existe prisa por llenar cada espacio de actividad. Tampoco se mide el día según los criterios habituales de productividad. El tiempo pertenece a Dios y las campanas del monasterio recuerdan continuamente hacia quién está ordenado.

La austeridad alcanza también la mesa. La tradición cartujana excluye la carne y conserva ayunos y abstinencias que pueden parecer extraordinarios a ojos contemporáneos, pero que forman parte de una comprensión del monacato en la que cuerpo y alma participan juntos de la búsqueda de Dios.

El desierto dentro de la Iglesia

El deseo de retirarse del mundo no nació con san Bruno.

Desde los primeros siglos del cristianismo, hombres y mujeres abandonaron ciudades y posesiones para marcharse al desierto. Los nombres de san Antonio Abad, san Pablo Ermitaño y los antiguos Padres del Desierto pertenecen a esa larga genealogía espiritual.

El cartujo continúa, a su manera, aquella intuición.

No huye porque considere mala la creación ni porque la Iglesia le resulte indiferente. Se retira precisamente dentro de la Iglesia y por la Iglesia.

La vida contemplativa siempre ha tenido esta dimensión que resulta difícil de medir. El monje quizá nunca predique ante una multitud, administre una parroquia o viaje a una misión. Su apostolado se realiza principalmente en la oración, en la penitencia y en una existencia ofrecida a Dios.

Desde fuera puede parecer que no ocurre nada.

Para el cristiano, sin embargo, la fecundidad de una vida no se reduce a aquello que puede contabilizarse.

Una orden sin grandes reformas

A la Cartuja se ha atribuido durante siglos una expresión célebre: Cartusia numquam reformata quia numquam deformata, «la Cartuja nunca fue reformada porque nunca fue deformada».

Tomada literalmente, la frase simplifica una historia mucho más compleja. Los cartujos también atravesaron guerras, supresiones, expulsiones, pérdidas de monasterios y las inevitables dificultades de toda institución humana. Pero la sentencia expresa algo verdadero acerca de la extraordinaria continuidad de su forma de vida.

La Orden no necesitó convertirse periódicamente en algo distinto para justificar su existencia.

Su razón de ser permanecía donde había estado desde el comienzo: la búsqueda de Dios en la soledad.

Esa estabilidad resulta especialmente llamativa cuando se contempla desde una época fascinada por la novedad. Los cartujos no han sobrevivido porque hayan aprendido a seguir cada cambio cultural, sino porque su vocación nunca dependió de ellos.
Cuando Bruno dejó su propia Cartuja

La vida del fundador contiene, además, una paradoja.

San Bruno no pasó el resto de sus días en aquella soledad que había buscado en los Alpes. Su antiguo discípulo, convertido en el papa Urbano II, lo llamó a Roma para tenerlo cerca como consejero.

Bruno obedeció.

Para quien había deseado el retiro, la corte pontificia suponía un sacrificio distinto de los que había elegido en Chartreuse. Finalmente obtuvo permiso para regresar a la vida contemplativa, aunque no a su primera fundación. Se estableció en Calabria, donde nació otra comunidad y donde murió en 1101.

Su historia recuerda así que la soledad cartujana nunca fue independencia respecto de la Iglesia. Bruno abandonó incluso el lugar que amaba cuando la obediencia se lo pidió.

La contemplación no lo había apartado de la Iglesia; lo había puesto más profundamente a su servicio.

Mientras el mundo gira

Pocas instituciones permiten contemplar con tanta claridad el contraste entre el paso del tiempo y la permanencia de una vocación.

Desde 1084 hasta nuestros días, el mundo que rodea los monasterios cartujos ha cambiado casi por completo. Los caminos medievales se convirtieron en carreteras; aparecieron la imprenta, la industria, la electricidad, el automóvil, la radio, la televisión e internet. Las noticias comenzaron a recorrer el planeta en segundos y el silencio se convirtió, incluso materialmente, en un bien cada vez más difícil de encontrar.

Dentro de una cartuja, sin embargo, un hombre continúa entrando en su celda para rezar.

Continúa levantándose de noche para cantar los salmos.

Continúa trabajando con sus manos.

Continúa aprendiendo a callar.

No porque el tiempo se haya detenido detrás de los muros del monasterio, sino porque aquello que busca el cartujo no pertenece a ninguna época.

Quizá por eso aquellas palabras siguen pareciendo escritas para ellos:
«Stat crux dum volvitur orbis»

lunes, 5 de octubre de 2026

Nueva Guía para acompañar el proceso de iniciación cristiana con el catecismo «Jesús es el Señor»

(C. E. E.) La Comisión Episcopal para la la Evangelización, Catequesis y Catecumenado presenta una nueva Guía para acompañar el proceso de iniciación cristiana con el catecismo Jesús es el Señor, una propuesta destinada a ayudar a las parroquias y a los catequistas en el acompañamiento de los niños dentro de su proceso de iniciación cristiana.

Esta nueva publicación, editada por la Editorial EDICE de la Conferencia Episcopal Española, ofrece temas para las distintas etapas del proceso catecumenal, facilitando a los responsables de la catequesis adaptar el proceso de iniciación cristiana a las diferentes situaciones que se presentan actualmente en las parroquias.

La Guía, disponible desde finales de septiembre, parte del catecismo Jesús es el Señor. Por ello, todos los temas están iluminados por la Palabra de Dios, que se presenta así como uno de los elementos fundamentales para el desarrollo de las catequesis. Con estos materiales también se pretende acompañar a las familias de los niños desde propuestas concretas.
Una propuesta para niños en edad catequética sin bautizar

Precisamente, uno de los aspectos a los que quiere dar respuesta esta nueva pulbicación es el aumento de niños en edad catequética que todavía no han recibido el bautismo y que acuden a las parroquias. La Guía pretende ofrecer recursos para acompañar también a estos niños dentro de los procesos de iniciación cristiana.

Atención a los niños con discapacidad

La publicación incorpora asimismo pistas para favorecer la participación en la catequesis de niños con discapacidad, con el objetivo de ayudar a los catequistas a integrar estas situaciones dentro de los procesos ordinarios de iniciación cristiana.

De este modo, la nueva Guía amplía la propuesta de acompañamiento vinculada al catecismo Jesús es el Señor, teniendo en cuenta distintas realidades que están presentes en las comunidades parroquiales.
Las obras de arte del catecismo, también como recurso catequético

La publicación se acompaña de una carpeta con las diez láminas de las obras de arte incluidas en el catecismo Jesús es el Señor como recurso catequético.

Las láminas, realizadas en un formato de 66 x 95 centímetros, permiten disponer de estas obras de arte en un tamaño adecuado para su utilización en los espacios de catequesis y para acompañar visualmente el desarrollo de los temas.

La Guía para acompañar el proceso de iniciación cristiana con el catecismo Jesús es el Señor está ya a la venta en las librerías de toda España.