lunes, 30 de marzo de 2026

Israel y el Patriarcado Latino alcanzan un acuerdo para garantizar las celebraciones de Semana Santa en el Santo Sepulcro

(InfoCatólica) El Cardenal Pierbattista Pizzaballa, Patriarca Latino de Jerusalén, ha recuperado el acceso pleno a la Basílica del Santo Sepulcro tras un acuerdo alcanzado con las autoridades israelíes que permitirá la celebración de las liturgias de Semana Santa y Pascua, aunque en un formato que ambas partes califican de «simbólico y limitado» debido al estado de guerra.

Netanyahu ordena el acceso «pleno e inmediato»

El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, rectificó ayer anunciado ayer en un comunicado publicado en la red social X que ha dado instrucciones para que se conceda al Cardenal Pizzaballa «acceso pleno e inmediato» a la basílica, asegurando que podrá «celebrar servicios religiosos según desee». El anuncio llega después de que Netanyahu justificara el veto previo al templo por motivos de «seguridad».

El tuit del Primer Ministro israelí ha descolocado a los más fanáticos que sostenían y sostienen que todo lo que habían realizado no solo era bueno, era casi perfecto y como tal no puede ni podía criticarse. 

La Policía de Israel confirmó, por su parte, la creación de un «marco común» con el Patriarcado Latino para permitir la oración en el Santo Sepulcro. Según su comunicado, acompañado de una fotografía del Cardenal Pizzaballa estrechando la mano a un agente israelí, las ceremonias, incluido el rito del Fuego Sagrado, se celebrarán «de forma simbólica y limitada». La policía israelí justificó las restricciones apelando a «la protección de la vida humana» como «deber primordial».

El Patriarcado y la Custodia confirman la resolución

El Patriarcado Latino de Jerusalén y la Custodia de Tierra Santa emitieron un comunicado conjunto este Lunes Santo en el que confirmaron que las cuestiones relativas a las celebraciones de Semana Santa y Pascua han sido «resueltas» en coordinación con las autoridades israelíes. El acuerdo garantiza el acceso de los representantes de las Iglesias para celebrar las liturgias y preservar las antiguas tradiciones pascuales.

No obstante, el comunicado precisa que, «a la luz del actual estado de guerra», continúan en vigor las restricciones sobre reuniones públicas. Por ello, las Iglesias asegurarán la transmisión en directo de las celebraciones para los fieles en Tierra Santa y en todo el mundo.

Ambas instituciones expresaron su agradecimiento al presidente del Estado de Israel, Isaac Herzog, por su «rápida atención y valiosa intervención», así como a diversos jefes de Estado y responsables políticos que mediaron en el asunto.

Llamamiento a la libertad de culto y al fin de la guerra

El Patriarcado Latino y la Custodia subrayaron que la fe religiosa constituye «un valor humano supremo, compartido por todas las religiones», y que «especialmente en tiempos de adversidad y conflicto», salvaguardar la libertad de culto «sigue siendo un deber fundamental y compartido».

Las instituciones firmantes expresaron su deseo de que se sigan encontrando soluciones que permitan la oración en los lugares de culto, «respetando tanto las necesidades de seguridad como las prácticas religiosas de cientos de millones de creyentes». Asimismo, reiteraron su esperanza en el fin de la guerra que afecta a la región, recordando sus graves consecuencias para la población, y reafirmaron su compromiso con el diálogo, el respeto mutuo y la preservación del statu quo en los Santos Lugares.

Comunicado de prensa conjunto del Patriarcado Latino de Jerusalén y la Custodia de Tierra Santa Jerusalén

Lunes Santo, 30 de marzo de 2026

El Patriarcado Latino de Jerusalén y la Custodia de Tierra Santa confirman por la presente que las cuestiones relativas a las celebraciones de la Semana Santa y la Pascua en la Iglesia del Santo Sepulcro han sido abordadas y resueltas en coordinación con las autoridades competentes. De acuerdo con la Policía de Israel, se ha garantizado el acceso a los representantes de las Iglesias a fin de celebrar las liturgias y ceremonias y de preservar las antiguas tradiciones pascuales en la Iglesia del Santo Sepulcro.

Naturalmente, y a la luz del actual estado de guerra, las restricciones vigentes sobre reuniones públicas siguen en vigor por el momento. En consecuencia, las Iglesias velarán por que las liturgias y oraciones sean retransmitidas en directo a los fieles de Tierra Santa y de todo el mundo.

Expresamos nuestro sincero agradecimiento a Su Excelencia el Sr. Isaac Herzog, Presidente del Estado de Israel, por su pronta atención y su valiosa intervención. Hacemos extensivo asimismo nuestro reconocimiento a los Jefes de Estado y responsables que actuaron con celeridad para transmitir sus firmes posiciones, muchos de los cuales se dirigieron personalmente a nosotros para manifestar su cercanía y su apoyo.

Deseamos subrayar que la fe religiosa constituye un valor humano supremo, compartido por todas las religiones: judíos, cristianos, musulmanes, drusos y otros. Especialmente en tiempos de penuria y conflicto, como los que se padecen en la actualidad, salvaguardar la libertad de culto sigue siendo un deber fundamental y compartido.

Es nuestra esperanza que se sigan encontrando las disposiciones adecuadas que permitan la oración en los lugares de culto, particularmente en los Santos Lugares de todas las religiones, de un modo que respete tanto las legítimas necesidades de seguridad como las observancias religiosas y las oraciones que revisten una importancia profunda para cientos de millones de creyentes.

La Iglesia mantiene un diálogo continuo con las autoridades, incluida la Policía de Israel. Rogamos y esperamos el fin de la trágica guerra que afecta a la región, conscientes de las graves consecuencias que tiene sobre todos.

El Patriarcado Latino de Jerusalén y la Custodia de Tierra Santa reafirman su compromiso con el diálogo, el respeto mutuo y la preservación del statu quo.

Bendita Semana Santa.

Homilía del Sr. Arzobispo en el Domingo de Ramos 2026

Fue una subida lenta y con mil momentos inolvidables. Tres años tardaron en subir a Jerusalén, Jesús y sus discípulos con sus idas y venidas, sus estiras y aflojas, sus aplausos de gratitud por tanta gente buena bendecida y las maquinaciones para poder matarlo por parte de sus enemigos más adversarios. Pero llegó el día y entraron en la Ciudad Santa, con palmas y olivos moviéndose entre los “hosannas”, con alfombras en el suelo como quien adorna la entrada al Dios que los salva. Era el primer domingo de Ramos de la historia. Jesús aquel día estrenó una inédita Semana Santa.

Igual que nosotros en esta mañana. Tiene garra envolvente lo que en estos días venideros celebramos en todo el mundo los cristianos. La envoltura tiene arte, cultura y fe. Se agolpan los recuerdos y se pierde la vista en la remembranza de otra edad mientras iba creciendo la conciencia cristiana de lo que significan estos días especiales en el calendario de nuestra fe. Son días de primavera primeriza, como cuando de niño yo los vivía en el ambiente de mi Madrid natal de la mano de mis mayores en alguna procesión de Semana Santa. Mi estatura infantil conseguía sacar entrada de primera fila subido al adoquín de la acera viendo lo que allí desfilaba con piadosa exhibición. Mis ojos abiertos de par en par, sin pestañear leían esa página de tradición sagrada en el libro de un desfile que paseaba una historia de amor: todo un relato de la pasión del Señor con la que quiso pagar para rescatar nuestra felicidad secuestrada, para encauzar nuestra perdida salvación que esperaba el abrazo redentor que nos devolviera a la bondad del principio no envilecida y a la belleza primera no manchada.

Quedan atrás tantos recodos del camino en los que Jesús pasó haciendo el bien. Sus encuentros con la gente, su peculiar modo de abrazar el problema humano, unas veces brindando sus gozos como en las bodas de Caná, otras llorando sus sufrimientos como en Betania ante su amigo Lázaro; en ocasiones curando todo tipo de dolencias de leprosos y lisiados, o iluminando todo tipo de oscuri­dad en los ciegos del cuerpo y del alma, o saciando todo tipo de hambres de las que el corazón se hace precario, y en otras airado contra los comerciantes en el templo que hacían su agosto todos los meses del año y contra los fariseos en todas partes con su prejuicio temeroso y enfadado. En todos esos escenarios aparece Jesús que bendice, que enseña, que reza, que cura, que libera… Él ha traído el calor de su casa –el eterno hogar trinitario– a los fríos inhumanos de nuestros derroteros nómadas. Así acercó al suelo de nuestras preguntas y heridas el corazón de Dios como quien planta una gran tienda en la que cobijarse de tantas intemperies y en la que aprender a ser y a quererse como se quiere Dios: el Padre Amante, el Hijo Amado y el Espíritu de Amor que se daba entre ambos.

Ahora es el momento último y final del relato humano y divino de la Pasión que hemos escuchado en el evangelio. Ese drama de Jesús no era suyo, sino nuestro, pero tanto y tan seriamente quiso abrazarlo, que a la postre hizo suyos todos nuestros problemas, absurdos, sin-sentidos, todos nuestros egoísmos, hipocresías, fracasos, tristezas… todos nuestros pe­cados. Es muy importante ver en este drama de la Pasión de Jesús no sólo lo que ocu­rrió hace veinte siglos, sino lo que ha ocurrido siempre, con aquellos de entonces y con todos los demás que hemos ido viniendo después al escenario de la historia. Por eso hemos de tener la libertad de vernos nosotros también dentro de una Pasión que en el fondo nos pertenecía sólo a nosotros y no a quien misericordiosa y amorosa­mente nos la quiso arrebatar en su propia carne.

Es el relato de algo que sigue sucediendo hoy porque Dios sigue dando su vida y acompañando la nuestra como hace veinte siglos, como desde toda la eternidad y para siempre jamás. Acaso se llamará de otro modo la traición de los judas modernos que amañarán con su beso la triste recompensa de 30 monedas por su traición; distinto aparecerá el huerto de Getsemaní en donde entre sudores de sangre y somnolencias discipulares se volverá a apresar a un Dios inocente; serán otras las lágrimas que los pedros verterán en los patios de la indiferencia o de la fobia contra Cristo; los caifás, los pilatos y los barrabases seguirán saliendo a la escena cada cual con su insidia, su cobardía o su aprovechamiento; y otro nombre llevará la vía dolorosa en la que repetirán blasfemos su crucifícale quienes entregados decían antes sus hosannas; pero serán únicos quienes como María y Juan estén al pie de la cruz de cada crucificado, en donde un único Jesús no deja de dar hasta la última gota de su amor redentor.

En la remembranza de nuestras procesiones cristianas, emergen otras procesiones donde las cofradías del mal se juntan con sus pasos llevados por los más pérfidos cofrades. Son los escenarios ensangrentados por la tragedia de las guerras en curso en tantos sitios, por la falta de honestidad en gobernantes corrompidos con su mentira maquillada y su ambición empoderada, por la violación de tantos derechos ante vidas truncadas antes de nacer por el aborto o ya nacidas cuando se sufre la injusticia y la falta de libertad, o se aplica la eutanasia con una muerte barata en lugar de cuidar paliativamente la vida con amor y esperanza. Yo sigo rezando por la joven Noelia víctima de un múltiple fracaso que la llevó al suicidio asistido y subvencionado. Son estas y muchas más las procesiones en curso que continúan hoy teniendo como cirineo nada menos que a Dios, ofreciéndonos Él también su lienzo como aquella conmovida Verónica, consolándonos en nuestros llantos haciendo suyas nuestras lágrimas, dejándose clavar en la cruz de nuestros torpes y tardíos despropósitos que son callejones sin salida en esas procesiones que se llaman falta de fe, falta de pan, falta de trabajo, falta de libertad, falta de paz, falta de esperanza.

Mis ojos de adulto hoy, como aquellos ojos de niño ayer, se vuelven a sorprender agradecidos porque en la vida Dios se asoma a nuestra procesión cuando nosotros nos asomamos a la de Él. La procesión tiene este recuerdo y este reclamo, dichoso quien se adentra en ella con devoción y hondura como testimonio de la fe en estos días santos.

Semana Santa con los oficios religiosos vividos hondamente en nuestros templos y parroquias, en la confesión realizada con seriedad como quien pide perdón sin prisa de sus pecados todos, en la religiosidad popular junto a nuestras hermandades y cofradías que por las plazuelas y caleyas testimonian con arte y devoción nuestra fe. Podremos así llegar al domingo de pascua, como desenlace gozoso de un final que sabe a canto poniendo el aleluya en nuestros labios y la paz verdadera en nuestro corazón. Amén.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo
S.I.C.B.M El Salvador (Oviedo)

domingo, 29 de marzo de 2026

Domingo de ramos, del Triunfo a la Entrega. Por Joaquín Manuel Serrano Vila


Hoy comenzamos la Semana Santa  con la alegría de la entrada en Jerusalén, donde aclamamos a Jesús con ramos, pero pronto nos sumergimos en el misterio del dolor en la lectura de la Pasión. Esta liturgia nos enseña que no hay gloria sin cruz, ni resurrección sin pasar por el viernes santo. En estos días nuestro pensamiento, corazón y oración, estarán en Tierra Santa, donde nuestros hermanos cristianos no podrán celebrar la Pascua por la guerra. Es un meditación a hacer nuestra hoy, en la entrada a Jerusalén... Jesús no elige un corcel brioso de guerra, sino un pollino. La borriquilla simboliza la paz y la mansedumbre. Jesús no viene a imponerse por la fuerza, sino a ganar el corazón del hombre con misericordia. Como el pollino, cada uno de nosotros está llamado a ser un "portador de Cristo" (cristóforo), llevando su presencia a nuestras familias y trabajos desde la humildad. Con este domingo iniciamos la Santa Semana con una liturgia de contrastes extremos, pues pasamos de la gloria al dolor. Comenzamos aclamando a Jesús como Rey con ramos y cantos de "¡Hosanna!", pero pronto nos vemos ante el relato de su entrega total en la cruz. San Lucas nos invita a mirar este misterio no como una tragedia, sino como el triunfo de la misericordia y la humildad. Hoy nuestras manos sostienen ramos de victoria, pero nuestros oídos escuchan un relato de aparente derrota. Entramos con Jesús a Jerusalén gritando "¡Hosanna!", pero pronto nos encontraremos gritando "¡Crucifícalo!". Esta liturgia nos confronta con la fragilidad de nuestra propia condición y fidelidad, y nos invita a mirar no sólo a nuestras palmas, sino al Rey que las motiva.

El profeta Isaías nos presenta al "Siervo de Yahvé", quien tiene "lengua de discípulo" para consolar al abatido. La escucha atenta; cada mañana, Dios le "espabila el oído". Esta es la clave de la Pasión: Jesús no se resiste al sufrimiento porque está en comunión constante con la voluntad del Padre. La fortaleza en el ultraje; aunque le arrancan la barba y lo escupen, el Siervo no retrocede porque confía en que el Señor lo ayuda. Es firme en su misión de amor. El Siervo  ofrece su espalda a los que lo golpean y no oculta su rostro a los insultos. Jesús encarna a este siervo; a pesar del sufrimiento físico y moral, "no retrocede" porque confía plenamente en que Dios lo ayuda. Ante el sufrimiento propio o ajeno, Jesús nos enseña a no reaccionar con odio, sino aprender del dolor y transformarlo en un acto de amor. El "Siervo de Yahvé" es alguien que no habla por orgullo, sino porque primero ha aprendido a escuchar con el oído abierto. El profeta dice: "El Señor me ha abierto el oído". Jesús es el discípulo perfecto que escucha al Padre cada mañana. Antes de hablar al mundo, escucha a Dios. La palabra de aliento: ¿Para qué quiere Jesús esa lengua de discípulo? "Para saber decir al abatido una palabra de aliento". En su Pasión, Jesús no usa su voz para defenderse, sino para perdonar y consolar. 

San Pablo nos ofrece el himno cristológico más profundo: Cristo no se aferró a su categoría de Dios, sino que se anonadó (se vació), es el Dios que se despoja. El camino de la humillación es éste: Tomó la condición de esclavo y aceptó la muerte de cruz. La exaltación es, precisamente, en este abajamiento, donde Dios lo exalta. Sólo quien se humilla es levantado por el Padre. Jesús "no hizo alarde de su categoría", sino que se despojó de todo y tomó la condición de último, aceptando incluso la muerte de cruz. Aquí vemos el camino inverso al de nuestro orgullo humano. El despojo (la kénosis) donde Jesús, siendo Dios, no se aferra a su categoría. Se vacía de su gloria. Mientras nosotros luchamos por subir, por tener más poder y reconocimiento, Dios lucha por bajar. He aquí la escala de la humildad. Pablo describe un descenso por niveles, de Dios a hombre, de hombre a esclavo, y de esclavo a la muerte de cruz (la muerte más infame de su tiempo). Y es que solamente porque Jesús bajó hasta lo más profundo, "Dios lo levantó sobre todo y le dio el Nombre sobre todo nombre". La verdadera gloria no es la que nosotros nos damos, sino la que Dios nos da cuando nos hacemos pequeños. Esta Semana es una invitación a "morir" a nuestro orgullo y egoísmo para poder resucitar con Él el domingo de Pascua. 

En la lectura de la Pasión vemos cómo todo sucede "para que se cumpla". A diferencia de otros evangelistas, Mateo insiste constantemente en que todo lo que Jesús sufre está previsto en las Escrituras. La traición por treinta monedas: Era el precio de un esclavo (Zacarías 11,12). Jesús se deja tasar como lo más bajo de la sociedad por amor a nosotros. En Mateo, Jesús no es una víctima pasiva, Él sabe lo que viene: En el Huerto de Getsemaní, aunque siente tristeza y angustia, dice: "Hágase tu voluntad". Dios no improvisa. Incluso en los momentos más oscuros de nuestra vida, cuando parece que el mal triunfa, Dios tiene un plan de salvación que se está cumpliendo. Un rasgo impactante en este relato de la Pasión  es el silencio de Jesús ante Caifás y Pilato. Mientras el mundo lo acusa con mentiras y gritos, Jesús calla. Su silencio es un juicio al sistema corrupto y una muestra de su soberanía. Sin embargo, desde la Cruz, Mateo recoge el grito más desgarrador: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" (Salmo 22). Jesús no se siente solo; Él está rezando el salmo del sufriente que, a pesar del dolor, confía en Dios. Él carga con nuestra sensación de abandono para que nosotros nunca estemos solos. El Domingo de Ramos no es un desfile de modas ni una tradición hueca y vacía. Es el día en que aceptamos a un Rey que reina desde un madero. Mateo termina el relato con el sepulcro sellado y custodiado, pero con la certeza de que la muerte no tiene la última palabra... Os invito a los que ya no tenéis padrinos ni madrinas, a que llevéis vuestro ramo a casa y lo coloquéis tras el crucifijo. Que ese ramo seco sea un recordatorio durante todo el año de que seguir a Jesús significa estar con Él en el triunfo, pero sobre todo, no abandonarlo en la cruz.

Evangelio del Domingo de Ramos

Pasión de nuestro Señor Jesucristo según San Mateo 26, 14 – 27, 66

Cronista - C. En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a los sumos sacerdotes y les propuso:
Sinagoga/pueblo - S. «¿Qué estáis dispuestos a darme si os lo entrego?».

C. Ellos se ajustaron con él en treinta monedas de plata. Y desde entonces andaba buscando ocasión propicia para entregarlo.

C. El primer día de los Ácimos se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron:
S. ¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?».

C. Él contestó:
Jesús + «Id a la ciudad, a casa de quien vosotros sabéis, y decidle: “El Maestro dice: mi hora está cerca; voy a celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos”».

C. Los discípulos cumplieron las instrucciones de Jesús y prepararon la Pascua.

C. Al atardecer se puso a la mesa con los Doce. Mientras comían dijo:
+ «En verdad os digo que uno de vosotros me va a entregar».

C. Ellos muy entristecidos, se pusieron a preguntarle uno tras otro
S. «¿Soy yo acaso, Señor?».

C. Él respondió:
+ «El que ha metido conmigo la mano en la fuente, ese me va a entregar. El Hijo del hombre se va como está escrito de él; pero, ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre es entregado!, ¡más le valdría a ese hombre no haber nacido!».

C. Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar:
S. «¿Soy yo acaso, Maestro?».

C. Él respondió:
+ «Tú lo has dicho».

C. Mientras comían, Jesús tomó pan y, después de pronunciar la bendición, lo partió, lo dio a los discípulos y les dijo:
+ «Tomad, comed: esto es mi cuerpo».

C. Después tomó el cáliz, pronunció la acción de gracias y dijo:
+ «Bebed todos; porque esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos para el perdón de los pecados. Y os digo que desde ahora ya no beberé del fruto de la vid hasta el día que beba con vosotros el vino nuevo en el reino de mi Padre».

C. Después de cantar el himno salieron para el monte de los Olivos.

C. Entonces Jesús les dijo:
+ «Esta noche os vais a escandalizar todos por mi causa, por- que está escrito: “Heriré al pastor, y se dispersarán las ovejas del rebaño”. Pero cuando resucite, iré delante de vosotros a Galilea».

C. Pedro replicó:
S. «Aunque todos caigan por tu causa, yo jamás caeré».

C. Jesús le dijo:
+ «En verdad te digo que esta noche, antes de que el gallo cante, me negarás tres veces».

C. Pedro le replicó:
S. «Aunque tenga que morir contigo, no te negaré».

C. Y lo mismo decían los demás discípulos.

C. Entonces Jesús fue con ellos a un huerto, llamado Getsemaní, y dijo a los discípulos:
+ «Sentaos aquí, mientras voy allá a orar».

C. Y llevándose a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, empezó a sentir tristeza y angustia.
Entonces les dijo:
+ «Mi alma está triste hasta la muerte; quedaos aquí y velad conmigo».

C. Y adelantándose un poco cayó rostro en tierra y oraba diciendo:
+ «Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz. Pero no se haga como yo quiero, sino como quieres tú».

C. Y volvió a los discípulos y los encontró dormidos. Dijo a Pedro:
+ «¿No habéis podido velar una hora conmigo? Velad y orad para no caer en la tentación, pues el espíritu está pronto, pero la carne es débil».

C. De nuevo se apartó por segunda vez y oraba diciendo:
+ «Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad».

C. Y viniendo otra vez, los encontró dormidos, porque sus ojos se cerraban de sueño. Dejándolos de nuevo, por tercera vez oraba repitiendo las mismas palabras.
Volvió a los discípulos, los encontró dormidos y les dijo:
+ «Ya podéis dormir y descansar. Mirad, está cerca la hora y el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levantaos, vamos! Ya está cerca el que me entrega».

C. Todavía estaba hablando, cuando apareció Judas, uno de los Doce, acompañado de un tropel de gente, con espadas y palos, enviado por los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo. El traidor les había dado esta contraseña:
S. «Al que yo bese, ese es: prendedlo».

C. Después se acercó a Jesús y le dijo:
S. «¡Salve, Maestro!».

C. Y lo besó. Pero Jesús le contestó:
+ «Amigo, ¿a qué vienes?».

C. Entonces se acercaron a Jesús y le echaron mano y lo prendieron. Uno de los que estaban con él agarró la espada, la desenvainó y de un tajo le cortó la oreja al criado del sumo sacerdote.
Jesús le dijo:
+ «Envaina la espada; que todos los que empuñan espada, a espada morirán. ¿Piensas tú que no puedo acudir a mi Padre? Él me mandaría enseguida más de doce legiones de ángeles. ¿Cómo se cumplirían entonces las Escrituras que dicen que esto tiene que pasar?».

C. Entonces dijo Jesús a la gente:
+ «¿Habéis salido a prenderme con espadas y palos como si fuera un bandido? A diario me sentaba en el templo a enseñar y, sin embargo, no me prendisteis. Pero todo esto ha sucedido para que se cumplieran las Escrituras de los profetas».

C. En aquel momento todos los discípulos lo abandonaron y huyeron.

C. Los que prendieron a Jesús lo condujeron a casa de Caifás, el sumo sacerdote, donde se habían reunido los escribas y los ancianos. Pedro lo seguía de lejos hasta el palacio del sumo sacerdote y, entrando dentro, se sentó con los criados para ver cómo terminaba aquello.

Los sumos sacerdotes y el Sanedrín en pleno buscaban un falso testimonio contra Jesús para condenarlo a muerte y no lo encontraban, a pesar de los muchos falsos testigos que comparecían. Finalmente, comparecieron dos que declararon:
S. «Este ha dicho: “Puedo destruir el templo de Dios y reconstruirlo en tres días”».

C. El sumo sacerdote se puso en pie y le dijo:
S. ¿No tienes nada que responder? ¿Qué son estos cargos que presentan contra ti?».

C. Pero Jesús callaba. Y el sumo sacerdote le dijo:
S. «Te conjuro por el Dios vivo a que nos digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios».

C. Jesús le respondió:
+ «Tú lo has dicho. Más aún, yo os digo: desde ahora veréis al Hijo del hombre sentado a la derecha del Poder y que viene sobre las nubes del cielo».

C. Entonces el sumo sacerdote rasgó sus vestiduras diciendo:
S. «Ha blasfemado. ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Acabáis de oír la blasfemia. ¿Qué decidís?».

C. Y ellos contestaron:
S. «Es reo de muerte».

C. Entonces le escupieron a la cara y lo abofetearon; otros lo golpearon diciendo:
S. «Haz de profeta, Mesías; dinos quién te ha pegado».

C. Pedro estaba sentado fuera en el patio y se le acercó una criada y le dijo:
S. «También tú estabas con Jesús el Galileo».

C. Él lo negó delante de todos diciendo:
S. «No sé qué quieres decir».

C. Y al salir al portal lo vio otra y dijo a los que estaban allí:
S. «Este estaba con Jesús el Nazareno».

C. Otra vez negó él con juramento:
S. «No conozco a ese hombre».

C. Poco después se acercaron los que estaban allí y dijeron a Pedro:
S. «Seguro; tú también eres de ellos, tu acento te delata».

C. Entonces él se puso a echar maldiciones y a jurar diciendo:
S. «No conozco a ese hombre».

C. Y enseguida cantó un gallo. Pedro se acordó de aquellas palabras de Jesús: «Antes de que cante el gallo me negarás tres veces». Y saliendo afuera, lloró amargamente.

C. Al hacerse de día, todos los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo se reunieron para preparar la condena a muerte de Jesús. Y, atándolo, lo llevaron y lo entregaron a Pilato, el gobernador.

C. Entonces Judas, el traidor, viendo que lo habían condenado, se arrepintió y devolvió las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y ancianos diciendo:
S. «He pecado entregando sangre inocente».

C. Pero ellos dijeron:
S. «¿A nosotros qué? ¡Allá tú!».

C. Él, arrojando las monedas de plata en el templo, se marchó; y fue y se ahorcó. Los sacerdotes, recogiendo las monedas de plata, dijeron:
S. «No es lícito echarlas en el arca de las ofrendas, porque son precio de sangre».

C. Y, después de discutirlo, compraron con ellas el Campo del Alfarero para cementerio de forasteros. Por eso aquel campo se llama todavía «Campo de Sangre». Así se cumplió lo dicho por medio del profeta Jeremías:
«Y tomaron las treinta monedas de plata, el precio de uno que fue tasado, según la tasa de los hijos de Israel, y pagaron con ellas el Campo del Alfarero, como me lo había ordenado el Señor».

C. Jesús fue llevado ante el gobernador, y el gobernador le preguntó:
S. «¿Eres tú el rey de los judíos?».

C. Jesús respondió:
+ «Tú lo dices».

C. Y, mientras lo acusaban, los sumos sacerdotes y los ancianos no contestaba nada. Entonces Pilato le preguntó:
S. «¿No oyes cuántos cargos presentan contra ti?».

C. Como no contestaba a ninguna pregunta, el gobernador estaba muy extrañado. Por la fiesta, el gobernador solía liberar un preso, el que la gente quisiera. Tenía entonces un preso famoso, llamado Barrabás. Cuando la gente acudió, dijo Pilato:
S. «¿A quién queréis que os suelte, a Barrabás o a Jesús, a quien llaman el Mesías?».

C. Pues sabía que se lo habían entregado por envidia, Y, mientras estaba sentado en el tribunal, su mujer le mandó a decir:
S. «No te metas con ese justo porque esta noche he sufrido mucho soñando con él».

C. Pero los sumos sacerdotes y los ancianos convencieron a la gente para que pidieran la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús.
El gobernador preguntó:
S. «¿A cuál de los dos queréis que os suelte?».

C. Ellos dijeron:
S. «A Barrabás».

C. Pilato les preguntó:
S. ¿Y qué hago con Jesús, llamado el Mesías?».

C. Contestaron todos:
S. «Sea crucificado».

C. Pilato insistió:
S. «Pues, ¿qué mal ha hecho?».

C. Pero ellos gritaban más fuerte:
S. «¡Sea crucificado!».

C. Al ver Pilato que todo era inútil y que, al contrario, se estaba formando un tumulto, tomó agua y se lavó las manos ante la gente, diciendo:
S. «¡Soy inocente de esta sangre. Allá vosotros!».

C. Todo el pueblo contestó:
S. «¡Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos!».

C. Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran.

C. Entonces los soldados del gobernador se llevaron a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de él a toda la cohorte: lo desnudaron y le pusieron un manto de color púrpura y, trenzando una corona de espinas, se la ciñeron a la cabeza y le pusieron una caña en la mano derecha. Y, doblando ante él la rodilla, se burlaban de él diciendo:
S. «¡Salve, rey de los judíos!».

C. Luego le escupían, le quitaban la caña y le golpeaban con ella la cabeza. Y, terminada la burla, le quitaron el manto, le pusieron su ropa y lo llevaron a crucificar.

C. Al salir, encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo forzaron a llevar su cruz.
Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota (que quiere decir lugar de «la Calavera»), le dieron a beber vino mezclado con hiel; él lo probó, pero no quiso beberlo. Después de crucificarlo, se repartieron su ropa echándola a suertes y luego se sentaron a custodiarlo. Encima de la cabeza colocaron un letrero con la acusación: «Este es Jesús, el rey de los judíos».
Crucificaron con él a dos bandidos, uno a la derecha y otro a la izquierda.

C. Los que pasaban, lo injuriaban, y, meneando la cabeza, decían:
S. «Tú que destruyes el templo y lo reconstruyes en tres días, sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, baja de la cruz».

C. Igualmente los sumos sacerdotes con los escribas y los ancianos se burlaban también diciendo:
S. «A otros ha salvado y él no se puede salvar. ¡Es el Rey de Israel!, que baje ahora de la cruz y le creeremos. Confió en Dios, que lo libre si es que lo ama, pues dijo: «Soy Hijo de Dios”».

C. De la misma manera los bandidos que estaban crucificados con él lo insultaban.

C. Desde la hora sexta hasta la hora nona vinieron tinieblas sobre toda la tierra. A la hora nona, Jesús gritó con voz potente:
+ «Elí, Elí, lemá sabaqtaní?».

C. (Es decir:
+ «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»).

C. Al oírlo algunos de los que estaban allí dijeron:
S. «Está llamando a Elías».

C. Enseguida uno de ellos fue corriendo, cogió una esponja empapada en vinagre y, sujetándola en una caña, le dio de beber.
Los demás decían:
S. «Déjadlo, a ver si viene Elías a salvarlo».

C. Jesús, gritando de nuevo con voz potente, exhaló el espíritu.

(Todos se arrodillan, y se hace una pausa.)

C. Entonces el velo del templo se rasgó en dos de arriba abajo; la tierra tembló, las rocas se resquebrajaron, las tumbas se abrieron y muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron y, saliendo de las tumbas después que él resucitó, entraron en la ciudad santa y se aparecieron a muchos.
El centurión y sus hombres, que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y lo que pasaba, dijeron aterrorizados:
S. «Verdaderamente este era Hijo de Dios».

C. Había allí muchas mujeres que miraban desde lejos, aquellas que habían seguido a Jesús desde Galilea para servirlo; entre ellas, María la Magdalena y María, la madre de Santiago y José, y la madre de los hijos de Zebedeo.

C. Al anochecer llegó un hombre rico de Arimatea, llamado José, que era también discípulo de Jesús. Este acudió a Pilato a pedirle el cuerpo de Jesús. Y Pilato mandó que se lo entregaran. José, tomando el cuerpo de Jesús, lo envolvió en una sábana limpia, lo puso en su sepulcro nuevo que se había excavado en la roca, rodó una piedra grande a la entrada del sepulcro y se marchó. María la Magdalena y la otra María se quedaron allí sentadas enfrente del sepulcro.

C. A la mañana siguiente, pasado el día de la Preparación, acudieron en grupo los sumos sacerdotes y los fariseos a Pilato y le dijeron:
S. «Señor, nos hemos acordado de que aquel impostor estando en vida anunció: «A los tres días resucitaré”. Por eso ordena que vigilen el sepulcro hasta el tercer día, no sea que vayan sus discípulos, se lleven el cuerpo y digan al pueblo:
“Ha resucitado de entre los muertos”. La última impostura sería peor que la primera».

C. Pilato contestó:
S. «Ahí tenéis la guardia: id vosotros y asegurad la vigilancia como sabéis».

C. Ellos aseguraron el sepulcro, sellando la piedra y colocando la guardia.

Palabra del Señor

La procesión por fuera y por dentro. Por Monseñor Fray Jesús Sanz Montes O. F. M.

Tiene garra envolvente lo que celebramos en estos días venideros en todo el mundo los cristianos. La envoltura tiene arte, cultura y fe: la Semana Santa es la cita. Se agolpan los recuerdos y se pierde la vista en la remembranza de otra edad, con diversos escenarios, mientras iba creciendo la conciencia cristiana de lo que significan estos días tan especiales en el calendario de nuestra fe. Son días de primavera primeriza, como cuando de niño los vivía en el ambiente de mi Madrid natal de la mano de mis mayores en alguna procesión de Semana Santa. Mi estatura infantil conseguía sacar entrada de primera fila subido al adoquín de la acera viendo lo que allí desfilaba con piadosa exhibición.

Mis ojos abiertos de par en par, sin pestañear leían esa página de tradición sagrada en el libro de un desfile que paseaba una historia de amor. Agarrado a la mano mi abuela, no perdía ripio de cuanto allí se insinuaba entre soldados romanos, sibilas cantarinas, extras judíos y muchos capuchones que tapaban su nombre y su rostro mientras descalzos caminaban cual penitentes de la calzada. Finalmente venían los pasos paseados del mejor arte y de la más rendida fe hecha talento y piedad: todo un relato de la pasión del Señor al que se ponía ruedas, proponiendo en las carrozas religiosas escenas de un precio que Dios quiso pagar para rescatar nuestra felicidad secuestrada, para encauzar nuestra perdida salvación que esperaba el abrazo redentor.

Cuando luego ya de adulto me fijo en los pequeños que se agolpan en las aceras sostenidos por sus padres o sus abuelos, se me va la imaginación a aquella época de antaño y me surge la gratitud por el hondo significado que tiene la escenografía creyente de nuestras procesiones “semanasanteras”. Es algo que debemos saber agradecer a las Cofradías y Hermandades de nuestros pueblos y ciudades. A ellos les hace bien, y ellos hacen tanto bien a quienes contemplan el resultado del esfuerzo artístico y piadoso de todo ese trabajo bien realizado en varios meses de preparación, un bien que se completa desde la formación cristiana de sus miembros y desde el testimonio en la caridad.

Es el relato de algo que sigue sucediendo hoy porque Dios sigue dando su vida y acompañando la nuestra como hace veinte siglos, como desde toda la eternidad y para siempre jamás. Acaso se llamará de otro modo la traición de los judas modernos que amañarán con su beso la triste recompensa de 30 monedas por su deriva; distinto aparecerá el huerto de Getsemaní en donde entre sudores de sangre y somnolencias discipulares se volverá a apresar a un Dios inocente; serán otras las lágrimas que los pedros verterán en los patios de la indiferencia o de la fobia contra Cristo; los caifás, los pilatos y los barrabases seguirán saliendo a la escena cada cual con su insidia, su cobardía o su aprovechamiento; y otro nombre llevará la vía dolorosa en la que repetirán blasfemos su crucifícale quienes entregados decían antes sus hosannas; pero serán únicos quienes como María y Juan estén al pie de la cruz de cada crucificado, en donde un único Jesús no deja de dar hasta la última gota de su amor redentor.

Es la remembranza de nuestras procesiones. Nuestra procesión continúa hoy teniendo como cirineo nada menos que a Dios, y Él también nos ofrece su lienzo como aquella conmovida Verónica, y nos consuela en nuestros llantos, y se deja clavar en la cruz de nuestros despropósitos torpes y tardíos. En esta procesión que se llama falta de fe, falta de pan, falta de trabajo, falta de esperanza, falta de significado, falta de paz Dios se hace encontradizo. Mis ojos de adulto hoy, como ayer aquellos ojos de niño, se vuelven a sorprender agradecidos porque en la vida Dios se asoma a nuestra procesión cuando nosotros nos asomamos a la de Él. La procesión tiene este recuerdo y este reclamo, dichoso quien se adentra en ella con devoción y hondura como testimonio de la fe en estos días santos.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

Profundizando en la liturgia del Domingo de ramos. Por R. H. M.

El Domingo de Ramos une dos momentos fundamentales: el triunfo de Cristo al entrar en Jerusalén y el anuncio de su Pasión. El color litúrgico es el rojo, que simboliza tanto la realeza de Cristo como su sacrificio de sangre. En los Ritos Iniciales de esta Conmemoración de la Entrada del Señor en Jerusalén, existen tres formas de iniciar la liturgia según el misal romano. La primera fórmula es con la Procesión Solemne. Los fieles se reúnen fuera del templo: se bendicen los ramos y se proclama el Evangelio de la entrada (este año Mt 21, 1-11). La segunda forma es la entrada solemne: se realiza dentro del templo cuando no es posible la procesión exterior. La tercera forma es la entrada sencilla: se omiten los ritos especiales de los ramos. A veces nos quedamos sólo en una tradición, o la frialdad de un rito únicamente externo, pero si prestamos atención la bendición de ramos, es una invitación personal a lo más íntimo de cada uno "para que, quienes acompañamos jubilosos a Cristo Rey, podamos llegar, por él, a la Jerusalén del cielo". Los ramos (generalmente de olivo o palma) no son simples objetos de devoción, sino símbolos de victoria y participación en el camino de Cristo, así como la procesión representa al "Pueblo de Dios" caminando con su Señor. Es un gesto de adhesión pública a su mensaje y soberanía... Hay una estrofa de un canto muy conocido de Francisco Palazón que resume como nadie el sentir de este momento: 
''Como Jerusalén con su traje festivo,
vestida de palmeras, coronada de olivos,
viene la cristiandad, en son de romería,
a inaugurar tu Pascua, con himnos de alegría''

La liturgia de la palabra es de una profundidad excepcional. Empezando por la primera lectura con el Tercer Cántico del Siervo de Yahvé (Is 50, 4-7), que tiene su respuesta el salmo 21: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?". Siguiendo con la segunda lectura con el Himno a la Kenosis (Flp 2, 6-11), que describe el anonadamiento de Cristo. Y como culmen, la lectura de la Pasión según uno de los evangelistas sinópticos. Hay dos opciones: la breve o la larga; lo que no se debe hacer nunca es omitirla o sustituirla por el evangelio de la borriquilla. Esta lectura es distribuida normalmente entre tres lectores (Cronista, Sinagoga y Cristo). La lectura de la Pasión tiene lugar sin cirios ni incienso. Las normas litúrgicas especifican que no se hace el saludo habitual ("El Señor esté con vosotros", ni hay signación del leccionario). Importante es el momento de silencio tras el relato de la muerte del Señor, cuando se dice "expiró": todos se arrodillan y se guarda una pausa de silencio orante y reverente. La Instrucción General del Misal Romano (IGMR) y las prenotandas del Leccionario, subrayan que la homilía es obligada. Aunque se haya proclamado la lectura larga de la Pasión es muy recomendable, por la importancia del día incidir en la mistagogia de esta liturgia. Los sacerdotes han de incidir en la unidad del Misterio, dado que no se deben separar los ramos de la Pasión; ambos forman un solo misterio, el pascual.

En el Oficio divino, el Domingo de Ramos marca la transición definitiva hacia el Triduo Pascual. Aunque seguimos en tiempo de Cuaresma hasta la Misa de la Cena del Señor en que entraremos en el Santo Triduo Pascual. Los himnos de la liturgia de las horas de este día se centran en el misterio de la cruz y la obediencia del Hijo. Y curiosamente, sin perder el carácter austero propio del tiempo cuaresmal, el Domingo de Ramos de la Pasión del Señor introduce un lenguaje de solemnidad contenida, donde la oración salmódica se entrelaza con la meditación sobre la entrega voluntaria de Cristo. El Oficio de Lectura nos presenta un diálogo entre Profecía y realidad. Por un lado la lectura Bíblica con la Carta a los Hebreos, nos explica el valor del sacrificio de Cristo como el Sumo Sacerdote que entra en el Santuario no con sangre de animales, sino con la suya propia. Mientras que la lectura Patrística nos invita a hacer realidad la Profecía, con ese conocido sermón de San Andrés de Creta. En él, se nos invita a no ofrecer ramos de palma muertos, sino a "alfombrar" el camino de Jesús con nuestras propias vidas, virtudes y humildad, convirtiéndonos nosotros mismos en el camino de su entrada.

En las Laudes y las Vísperas encontramos el contraste del rey humilde, pues en las Horas Mayores, los himnos y las antífonas subrayan la paradoja de la jornada. Primero en las laudes, el tono es de victoria o triunfo: las antífonas evocan a los niños hebreos que salieron al encuentro del Señor con ramos de olivo, aclamando: "¡Hosanna en las alturas!". Es una oración de bienvenida al Rey. Mientras que en las Vísperas el tono se vuelve más grave y reflexivo. Tras haber celebrado la misa dominical de Ramos en la Pasión, la oración de la tarde de la Iglesia cierra el día mirando ya hacia el Triduo Pascual. Las preces de las vísperas se centran en la capacidad de seguir a Cristo hasta la cruz, para participar de su resurrección. El himno de laudes cuya autoría está atribuida a Enrique Ferreira Ochoa, sintetiza en poquísimas líneas alusiones cuaresmales y del Antiguo Testamento como la esclavitud y la libertad de la pascua judía, también aplicable a nuestro cautiverio bajo el pecado del que Cristo nos libera. Las alusiones a la palmera y al olivo, nos remiten a un pueblo errante bajo el Sol que sueña con un oasis en el que descansar y refrescarse a la sombra de una palmera o un olivo para mitigar el hambre con sus aceitunas. Habla de aire festivo, de esa entrada triunfal, que es en verdad la subida hacia el final donde se va a enramar la victoria definitiva. Los niños enramaban en suelo ante el paso del Señor, que no entró distante ni suntuoso, sino manso y sencillo de corazón. Por ello dice bien que no hay en la historia ni más cercano ni más humilde, con tanto poder tan a mano:

El pueblo que fue cautivo
 y que tu mano libera 
no encuentra mayor palmera 
ni abunda en mejor olivo. 
Viene con aire festivo 
para enramar tu victoria, 
y no te ha visto en su historia, 
Dios de Israel, más cercano: 
ni tu poder más a mano 
ni más humilde tu gloria.

Las Antífonas y el Salterio nos adentran al misterio de la Pascua que vamos a celebrar. En la Liturgia de las Horas de este día, se utiliza el Salterio de la Semana II. Sin embargo, las antífonas son propias y están diseñadas para recontextualizar los salmos. Por una parte, están los salmos de confianza (como el 62 o el 117) que ahora leemos bajo la luz de la confianza absoluta de Jesús en su Padre mientras se encamina al suplicio. Por otro lado, como el Cántico de Daniel en Laudes, se convierte en una invitación a toda la creación para bendecir al Señor que viene a redimirla. Un elemento clave es el responsorio breve, que suele centrarse en la humillación de Cristo (Filipenses 2, 8-9): "Cristo se hizo por nosotros obediente hasta la muerte, y muerte de cruz". La Oración Colecta, que se repite en casi todas las horas, resume el propósito del día: pedir a Dios que, ya que nos dio a Cristo como modelo de humildad, que nos conceda la gracia de aprender las lecciones de su Pasión para participar de su Gloria.