viernes, 3 de abril de 2026

Viernes santo, el triunfo del madero. Por Joaquín Manuel Serrano Vila


Estamos en Viernes Santo, y nos reunimos como comunidad en este Oficio de la Pasión y muerte del Señor. Hoy la Iglesia no celebra la eucaristía. El altar está desnudo, el sagrario abierto y vacío, los sacerdotes nos postramos en el suelo al iniciar esta liturgia. No es un silencio de muerte vacía, sino el silencio de quien contempla un amor que se ha quedado sin palabras porque lo ha dado todo. Hoy no venimos a un funeral, venimos a la victoria del Amor sobre el pecado y la muerte.

La primera lectura del profeta Isaías nos presenta al "Varón de Dolores". Es impresionante notar que el Profeta escribe ya siglos antes de Cristo, pero describe con precisión el corazón de esta tarde: "Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores". A veces miramos la Cruz como algo ajeno, pero Isaías nos recuerda que en cada llaga de Jesús están nuestros fracasos, nuestras traiciones y nuestras enfermedades. Él no vino a explicarnos el sufrimiento, vino a llenarlo de su presencia. Al mirar hoy al Crucificado, no vemos a una víctima derrotada, sino a Dios cargando con todo lo que a nosotros nos pesa, para que nosotros caminemos ligeros.

La Carta a los Hebreos nos da la clave para no desesperar: tenemos un Sumo Sacerdote que "ha sido probado en todo exactamente como nosotros, menos en el pecado". Jesús conoció el miedo en Getsemaní, la injusticia en los tribunales, el abandono de sus amigos y el dolor físico más inimaginable. Por eso, hoy podemos acercarnos al "Trono de la Gracia" con total confianza. Dios no nos mira desde lejos; nos mira desde la Cruz, con los brazos extendidos para decirnos: "Yo sé por lo que estás pasando, porque yo lo pasé primero por ti".

El relato de la Pasión de San Juan es distinto a los demás. Para Juan, la Cruz no es una humillación, es la entronización del Rey. Jesús grita desde el suplicio "Tengo sed": No es sólo sed de agua, es sed de nuestras almas, sed de que el hombre se deje amar por Dios. Y finalmente sentencia "Todo está cumplido". No son las palabras de quien se rinde, sino del arquitecto que termina su obra maestra. La salvación está terminada. El puente entre el cielo y la tierra, roto por el pecado, ha sido reconstruido con los clavos de la Pasión. En esta tarde contemplamos admirados el costado abierto del Redentor. Del corazón traspasado de Jesús brota sangre y agua. Es el nacimiento de la Iglesia y de los sacramentos; ahí tenemos el bautismo y la eucaristía manando de ese costado herido de su corazón.

En unos momentos, procesionaremos para la Adoración de la Cruz. Se nos dirá: "Mirad el árbol de la Cruz donde estuvo clavada la salvación del mundo". Al besar la Cruz o inclinarnos ante ella, no adoramos un trozo de madera o el dolor por el dolor. Adoramos al Amor que no se bajó de la Cruz por salvarse a sí mismo, sino que se quedó en ella para salvarnos a nosotros.

Al pie de la Cruz estaba María, la Madre. Ella nos enseña a estar de pie en nuestras propias cruces, con fe y esperanza... Que esta tarde, al salir de aquí en silencio acompañando a Jesús yacente en la procesión del Santo Entierro, nos llevemos la certeza de que no hay oscuridad que la luz de Cristo no pueda vencer, ni herida que su amor no pueda sanar. El Viernes Santo no termina en el sepulcro, termina en la esperanza de la Resurrección que celebraremos en la noche santa de la Pascua. Que sepamos decirle en este día santo al Señor:

Y sólo pido no pedirte nada,
estar aquí, junto a tu imagen muerta,
ir aprendiendo que el dolor es sólo
la llave santa de tu santa puerta.

Amén

Sermón de las Siete Palabras de Valladolid a cargo de nuestro Arzobispo

 

jueves, 2 de abril de 2026

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Jueves Santo: memorial, servicio y amor fraterno. Por Joaquín Manuel Serrano Vila


Hoy entramos en el Corazón del Triduo Pascual. La liturgia de este Jueves Santo nos invita a sentarnos a la mesa con Jesús para recibir tres regalos que nacen de un mismo testamento de amor: la Eucaristía, el Sacerdocio y el Mandamiento del Amor Fraterno. El Señor quiso celebrar la pascua judía con los suyos. "¿Qué hace que esta noche sea distinta a todas las demás?". Con esta pregunta, el pueblo de Israel celebraba la Pascua (Éxodo 12). Hoy, nosotros respondemos: esta noche es distinta porque el amor de Dios ha llegado "hasta el extremo". No celebramos una cena de despedida, sino la institución de un testamento vivo que sostiene a la Iglesia: la Eucaristía, el Sacerdocio y el Mandamiento Nuevo del Amor.

La Eucaristía: El pan de la entrega

En la primera lectura, el Éxodo nos habla del cordero pascual, cuya sangre salvó a los israelitas. En la segunda, San Pablo nos transmite lo que él mismo recibió: el relato de la última cena. Jesús no nos dejó un objeto de oro o una doctrina escrita en piedra, nos dejó pan y vino; elementos sencillos que representan la vida cotidiana. Al decir "Haced ésto en memoria mía", no nos pide solo repetir el rito, sino repetir su actitud: hacernos pan que se parte para saciar el hambre de esperanza de los demás. La Eucaristía es el sacrificio que nos une y el alimento que nos fortalece para el camino, es el memorial que nos hace familia. San Pablo nos recuerda en su epístola que lo que hoy hacemos no es un simple recuerdo, sino una presencia viva. Jesús, "en la noche en que iba a ser entregado", no se guardó nada. Se hizo pan para que nosotros nunca tuviéramos hambre y necesidad de sentirlo. Al decir "Esto es mi Cuerpo", nos enseña que amar es darse por completo, hasta desaparecer para alimentar al otro.

El Sacerdocio: Servidores del Misterio

Al instituir la Eucaristía, Jesús instituye el sacerdocio ministerial. Es un misterio de humildad: Dios elige hombres frágiles para que, a través de sus manos, se haga presente el Cielo en la tierra. Cristo instituye el sacerdocio para que esa entrega llegue a todos los tiempos. Pero el sacerdocio no es un honor, sino un servicio. Sin Eucaristía no hay Iglesia, y sin sacerdotes no hay Eucaristía. Hoy rezamos por todos los sacerdotes, llamados a ser, como Jesús, hombres que se parten y se reparten por el Pueblo. Hoy es un día para agradecer el don del ministerio ordenado, pero también para recordarles —y recordarnos todos— que el sacerdocio sólo tiene sentido en la medida en que se vive como Jesús: con el corazón abierto y la vida entregada. El sacerdote es el hombre de la eucaristía, pero también el hombre de la caridad; no preside para mandar, sino para cuidar la fe del pueblo.

El Lavatorio: La medida del amor es amar sin medida

Lo más impactante de hoy ocurre fuera de la mesa, en el suelo. El Evangelio de Juan no nos habla de palabras, sino de un gesto: Jesús se quita el manto y lava los pies a sus discípulos. En aquel tiempo, era la tarea del esclavo; hoy, es el resumen de la vida cristiana. El Día del Amor Fraterno no es una teoría bonita. Es arrodillarse ante la necesidad del hermano, es perdonar al que nos ha fallado y servir a quien nadie quiere mirar. Jesús nos dice: "Si yo, que soy el Maestro, os he lavado los pies, también vosotros debéis hacerlo". El Evangelio de Juan nos sorprende. Donde esperaríamos el relato de la institución del pan y el vino, Juan nos presenta a Jesús de rodillas. Lavar los pies -hemos dicho ya- era una tarea de esclavos. Jesús, al quitarse el manto, se despoja de su rango. Nos enseña que para amar a Dios, hay que saber agacharse y abajarse ante el hombre. Cristo nos sorprende nuevamente, como sorprendió a los suyos hasta el punto de resistirse Pedro a dejarse lavar los pies. A veces nos cuesta dejar que Jesús nos lave. Preferimos un Dios lejano y majestuoso a uno que quiera tocar nuestras heridas y nuestra suciedad. Pero si no dejamos que Él nos sirva, no aprenderemos ni seremos capaces de servir. El Día del Amor Fraterno es la consecuencia lógica de la eucaristía. No podemos comulgar con el Cuerpo de Cristo en el altar si despreciamos el Cuerpo de Cristo en el pobre, en el enfermo o en el hermano que no podemos ver delante.

Esta noche, después de la celebración, acompañaremos al Señor al "Monumento". Ha de ser un tiempo de silencio y compañía. Pero al salir de la iglesia, nuestra misión será llevar ese "lavatorio" a casa. Amar fraternamente significa pasar por alto las ofensas, ser pacientes con la debilidad ajena y estar dispuestos a ser los últimos para que otros sean los primeros. Que la eucaristía que hoy recibimos no se quede en un rito, sino se convierta en una vida entregada por amor. ¡Que así sea! 

miércoles, 1 de abril de 2026

Cine para ver en familia esta Semana Santa

 1. Ben hur (1959)

2. Quo vadis (1951)

3. Rey de reyes (1961)

4. Los diez mandamientos (1956)

5. La historia más grande jamás contada (1965)

6. La túnica sagrada (1953)

7. Barrabás (1961)

8. Marcelino pan y vino (1955)

9. El evangelio según San Mateo (1964)

10. Jesús de Nazaret (1977)

11. Espartaco (1960)

12. Las sandalias del pescador (1968)

13. La espada y la cruz (1958)

14. La historia de Ruth (1960)

15. Sansón y Dalila (1949)

16. Escarlata y negro (1983)

17. Salomón y la reina de Saba (1959)

18. El príncipe de Egipto (1998)

19. En busca de la tumba de Cristo (2006)

20. Resucitado (2016)

Vídeo mensual del Santo Padre León XIV

 

martes, 31 de marzo de 2026

«El sacerdocio no es un derecho»: un dominico responde al feminismo en la Iglesia

(Tribune Chrétienne) La cuestión del papel de la mujer en la Iglesia se ha convertido en uno de los ejes del actual proceso sinodal, especialmente en países como Alemania, donde el llamado “Camino Sinodal” ha impulsado propuestas de reforma que afectan directamente a la comprensión del ministerio y de la estructura eclesial. En este contexto, el dominico francés, Édouard Divry ofrece una respuesta teológica que apunta al núcleo del problema: la tendencia a releer la fe desde esquemas ideológicos ajenos a la Revelación.

No es la Iglesia la que debe adaptarse

Para Divry, uno de los presupuestos más problemáticos de estas corrientes es sostener que la Iglesia no habría “rehabilitado” plenamente a la mujer. Este planteamiento implica asumir que la Iglesia se habría desviado de la intención de Cristo. En sus palabras, se trata de una “presunción de tipo protestante” que “se enfrenta directamente a la constitución divina de la Iglesia”.

Desde la perspectiva católica, esa hipótesis no se sostiene. La Iglesia puede necesitar purificación en sus miembros, pero no ha traicionado su constitución esencial. Pretender corregirla desde categorías externas supone introducir una “ruptura hermenéutica” que Benedicto XVI ya denunció como una lógica de “discontinuidad y ruptura”.

La jerarquía, una realidad querida por Cristo

El teólogo desmonta también la idea de que la estructura jerárquica sea una construcción posterior o una forma de dominación. El propio Cristo instituyó una organización concreta al elegir a los Doce y conferir a Pedro una misión singular.

“No se trata de una dominación sociológica”, explica Divry, sino de “un orden sacramental orientado al servicio”. Confundir este plano con el de la igualdad fundamental de todos los bautizados lleva a errores de interpretación. Como recuerda san Pablo, “ya no hay hombre ni mujer, porque todos sois uno en Cristo Jesús” (Ga 3,28), lo que no elimina la diversidad de funciones dentro de la Iglesia.

María, lejos de toda caricatura

Uno de los puntos donde más se evidencian estas distorsiones es en la interpretación de las figuras femeninas. La lectura que presenta a la Virgen María como símbolo de sumisión resulta, según el dominico, un claro error teológico.

El “fiat” de María no es pasividad, sino un acto de libertad decisivo. Como recuerda la tradición, ese sí de la Virgen compromete a toda la humanidad en la historia de la salvación. “Dios no quiere una esclava para esposa”, subraya Divry, insistiendo en que la relación entre Cristo y la Iglesia se fundamenta en la libertad.

Feminismo y pérdida de universalidad

Divry es especialmente claro al evaluar ciertas corrientes feministas dentro del ámbito eclesial: “Hay en algunas reivindicaciones feministas una pérdida de universalidad tan flagrante”, advierte.

A su juicio, introducir categorías como “patriarcado” o “igualdad de funciones” traslada al interior de la Iglesia esquemas sociopolíticos que no responden a su naturaleza. En ese contexto, el sacerdocio se presenta como un derecho o una promoción, cuando en realidad “no forma parte de los derechos de la persona”, sino que pertenece “a la economía del misterio de Cristo y de la Iglesia”.

La diferencia no es desigualdad

La clave, insiste el dominico, está en comprender que la diversidad de vocaciones no implica inferioridad. La Iglesia reconoce plenamente la dignidad de la mujer y su papel insustituible en la vida cristiana, pero sin confundir funciones.

En este sentido, recuerda que la misión de figuras como María Magdalena —“apóstol de los apóstoles”— no equivale al ministerio sacerdotal. Se trata de ámbitos distintos dentro de una misma comunión.

En un momento en que se multiplican las propuestas de reforma desde claves ideológicas, la advertencia es clara: la fidelidad al Evangelio no consiste en adaptarlo a las categorías del tiempo, sino en acoger el misterio de la Iglesia en toda su profundidad, donde la igualdad de los bautizados convive con la diversidad de vocaciones.