jueves, 28 de mayo de 2026

 Jesucristo Sacerdote “ La obediencia que se hace camino de entrega”. Por Manuel González López-Corps

Esta fiesta celebra el contenido de la obra sacerdotal de Cristo, su Misterio Pascual en favor de los hombres, realizado una vez para siempre

El calendario litúrgico general del rito romano celebra una serie de fiestas del Señor Jesús con grado de solemnidad: Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, Sagrado Corazón de Jesús y Jesucristo Rey del Universo. El calendario de la Iglesia en España aporta una fiesta propia: Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote (jueves posterior a Pentecostés).

El Nuevo Testamento, específicamente la Carta a los Hebreos, afirma que sólo Jesucristo es el sumo sacerdote en un sentido diverso al sacerdocio veterotestamentario: él ha cumplido plenamente la antigua alianza, pues su culto es auténtico al consistir en la oblación de su persona. Esa entrega oblativa, santifica a la Iglesia (Jn 17, 19 s.), que por esa consagración ofrece al Padre en el Espíritu el sacrificio espiritual (1P 2, 5-9; Ap 1, 6; 5, 10; 20, 6). Cristo Jesús, siervo obediente, que por su misterio pascual ha entrado en el cielo, lo ha hecho como sumo sacerdote para siempre, no a la manera del sacerdocio levítico de Aarón, sino de Melquisedec (Hb 4, 14-5, 10; 6, 20). A partir de la Encarnación en María, el sacerdocio antiguo con su complejo sistema de sacrificios y holocaustos ha pasado. Al asumir el Verbo un cuerpo se ha convertido en sacerdote y víctima de manera perfecta (cf. Sal 39), lo que le constituye en Mediador de la nueva alianza (lTm 2, 5; Hb 8, 6; 9, 1-28), realizando la comunión entre Dios y los hombres (Jn 14, 6).

Toda esta teología bíblica se ha concentrado pedagógica y magistralmente en esta fiesta que celebra el contenido de la obra sacerdotal de Cristo, su Misterio Pascual en favor de los hombres, realizado una vez para siempre.

Origen de la fiesta

La Sagrada Congregación de Ritos, de acuerdo con el mandato del papa Pío XI en la encíclica Ad catolici sacerdotii, el día 24 de diciembre de 1935, presenta a la Iglesia un formulario de la misa votiva de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote. Dos años más tarde, la Santa Sede concede una serie de indulgencias a quienes participen en esta celebración orando y ofreciéndose a Dios en favor de los sacerdotes y los seminaristas, para que sean santificados y formados según el corazón de Cristo Sacerdote.

Sin embargo, recogiendo la rica tradición espiritual hispana, los primeros pasos para la institución de la fiesta se dan en España en el seno de una naciente congregación monástica: Hermanas Oblatas de Cristo Sacerdote. En 1950, sus fundadores, padre José María García Lahiguera y madre María del Carmen Hidalgo de Caviedes, en audiencia con Pío XII, piden la gracia de poder celebrar el 25 de abril, fecha fundacional de la congregación, la fiesta de Cristo Sacerdote. La Sede Apostólica, en rescripto del 25 de junio de 1952, concede a la congregación la posibilidad de celebrar la fiesta con la máxima categoría litúrgica. En 1953, en las casas de Madrid y Salamanca, se celebra con toda solemnidad la primera fiesta en honor de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote. El presbiterio de Madrid, formado espiritualmente por monseñor García Lahiguera en su labor de padre espiritual del Seminario Conciliar, acoge favorablemente el significado de la fiesta como jornada de santificación sacerdotal. La Congregación de San Pedro Apóstol de Presbíteros Seculares de Madrid, con la aprobación de su obispo, el patriarca Eijo Garay, recoge el proyecto de difundir la celebración en la Iglesia universal. La congregación matritense se convierte en conducto para recabar adhesiones enviándose, a su vez, cartas e informaciones al resto de las diócesis españolas. En la última sesión del Concilio Vaticano II, el 25 de octubre de 1965, monseñor García Lahiguera interviene en el aula para tratar sobre la responsabilidad de los obispos en relación con la formación sacerdotal y propone que como monumento litúrgico del concilio, se instituya en la Iglesia universal la fiesta de, Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote.

La madre fundadora de las Oblatas de Cristo Sacerdote solicita, en octubre de 1967, poder rezar el 25 de abril el oficio de Cristo Sacerdote, según un modelo editado en México. El trabajo de elaboración de los textos de la misa y oficio divino por parte de la Congregación de Hermanas Oblatas recibe aprobación romana, íntegra y definitiva, el 21 de diciembre de 1971. El material litúrgico queda en la Congregación del Culto como texto oficial para las diócesis que lo soliciten. Los monjes benedictinos cíe Leyre se encargan de musicalizar los textos eucológicos. Tras no pocas vicisitudes, la Conferencia Episcopal Española aprueba la inserción de la fiesta en el calendario nacional y el 6 de junio de 1974, jueves posterior a Pentecostés, se celebra por primera vez en España entera la fiesta de Cristo Sacerdote. Preside la solemne concelebración eucarística, en el monasterio de las oblatas de Madrid, el cardenal arzobispo de Toledo y primado de España, don Marcelo González Martín, a la sazón superior mayor del rito mozárabe. En 1996, los textos de la liturgia de las horas se envían desde Madrid para ser utilizados en las vísperas solemnes que preside el papa Juan Pablo II con motivo del 50 aniversario de su ordenación sacerdotal. Un año después, el arzobispo de Madrid, monseñor Antonio María Rouco Varela, establece que esta fiesta sea en la Iglesia diocesana Jornada por la santificación de los sacerdotes».

Teología Litúrgica

La fiesta celebra el sacerdocio de Jesucristo, único acceso al Padre, para la salvación del mundo (cf. Colecta de la Misa y Oficio y Antífona de Tercia). El Señor aparece como Sacerdote y Víctima [cf. Antifona de entrada de la Misa; Primera lectura (Is 52, 13-15; 53,1-12), Segunda lectura (Hb 10, 12-23) y Oración sobre las ofrendas]. Este sacerdocio, por la obediente oblación de su cuerpo en la cruz, realizada una vez para siempre, es eterno (cf. Antífona del Magníficat de las 1 Vísperas —Hb 7, 24s-; Antífona 1 a de las II vísperas —Sal 109, 4—y Antífona de comunión). Su teología pone de manifiesto la doble modalidad en la participación del único sacerdocio de Cristo, ya que éste elige a sus ministros al interno de un pueblo todo él sacerdotal (cf. Lectura breve de Vísperas —Ap 5, 9 s.; Catecismo 1546 s.; 1120 s.; 1132 s.; 1188; 1273; 1557 s.; 1563— 1566; 1409 s.). Especial hincapié se pone en aquellos elegidos por el Señor para servir a la Iglesia en la dispensación de sus misterios, especialmente en la Eucaristía (Cfr. Evangelio de la Misa: Lc 22, 14-20; Prefacio de la Misa). Para ellos se implora la santidad como estilo de vida (cf. Preces de laudes), en el espíritu de oblación de toda la Iglesia (cf. Antífona segunda del Oficio de lecturas). Por el ministerio de los sacerdotes, hoy se sigue ofreciendo el mismo sacrificio que entonces se ofreció en el altar de la cruz.

En la colecta, tanto de la misa como de las horas del oficio, se presentan las dos dimensiones del único plan salvífico que lo son también de la vida sacerdotal: la gloria del Padre y la salvación de los hombres. Desde ahí cobran toda su importancia la oblación y la intercesión (cf. Salmo responsorial, Sal 39. Aquí estoy para hacer tu voluntad, Lectura breve de Laudes con su responsorio y Antífona del Magníficat de las II Vísperas: Padre, yo ruego por ellos...).

El Resucitado que vive para interceder por nosotros (Hb 7, 25), es el sacramento por el que el Padre nos da la vida. El Espíritu, memoria de la Iglesia, nos posibilita celebrar sacerdotalmente la obra de la salvación.

Texto tomado del Nuevo Año Cristiano de EDIBESA.

miércoles, 27 de mayo de 2026

Santoral del día: San Agustín de Cantorbery

(Cope) La evangelización es el cumplimiento del mandato de Dios a los Apóstoles antes de subir a los Cielos. Hoy celebramos a San Agustín de Cantorbery. Su vida transcurre en el siglo VI con toda seguridad. Probablemente, estuvo en los primeros momentos en un Monasterio preparándose a lo que Dios le pidiese. Fue su tiempo de oración y estudio.

Los primeros datos sobre él, nos cuentan cómo en el año 597, el Papa le envió a anunciar el mensaje del Evangelio a Inglaterra. La misión se llevó a cabo, con no pocas dificultades, dada la situación de vacilación en que se encontraba muchas veces el propio Agustín.

El Santo Padre, le tendrá que confortar hasta que la Providencia le pone en el camino al rey Etelberto, pagano y liberal, pero casado con una francesa católica y bastante respetuoso, con los testigos del Evangelio.

Algo que calaba en el corazón de todos los hombre es que nunca imponía la Fe, la proponía y la enseñaba con su sencillez y testimonio de vida. Todos los vieron idóneo para pastorear a la Grey. Pero esa idea, no era sino el Plan de la Providencia.

Consagrado Obispo de Cantorbery, se dedicó totalmente por completo al anuncio del Reino de Dios, convirtiendo a muchos y fundando innumerables comunidades cristianas, en el reino de Kent. Hizo de su Diócesis una Sede de fuerte unión de Fe y cultura, hasta donde se acercaban muchos para profundizar en una experiencia de Dios. San Agustín de Cantorbery muere en el 605.

León XIV advierte contra quienes modifican la liturgia «por iniciativa propia»

(InfoCatólica) El Papa ha exhortado a los sacerdotes a custodiar «el respeto de los textos y de los ordenamientos de la liturgia» y ha recordado que el Magisterio conciliar disuade a cualquiera de «añadir o quitar o modificar algo» en las celebraciones por cuenta propia.

León XIV ha dedicado la catequesis de la Audiencia General de este miércoles, celebrada en la Plaza de San Pedro, a la reforma litúrgica promovida por el Concilio Vaticano II, con un mensaje que apunta directamente a quienes introducen cambios en los ritos sin autorización. En el marco de su ciclo de catequesis sobre los documentos conciliares, el Pontífice ha abordado la Constitución Sacrosanctum Concilium para explicar la relación entre tradición y progreso en la liturgia, y ha concluido con una firme exhortación a los sacerdotes: nadie puede alterar la misa por iniciativa propia.

Sin embargo todavía no hay ninguna medida concreta contra «creatividad» que sufren los fieles por todo el mundo, a veces, incluso perpretada por obispos.

Tradición y progreso no se oponen

El Papa ha partido de las palabras del Venerable Pío XII en su encíclica Mediator Dei, donde se define a la Iglesia como «un organismo vivo» que «crece y se desarrolla, adaptándose y acomodándose a las circunstancias y a las exigencias que se presentan en el transcurso del tiempo». En continuidad con este principio, ha recordado que el Concilio Vaticano II reconoció como deber propio «proveer a la reforma y al fomento de la Liturgia».

León XIV ha querido desmontar lo que considera una falsa dicotomía. Citando un discurso de Benedicto XVI de 2011, ha señalado que «no pocas veces se contrapone de manera torpe tradición y progreso», cuando «en realidad, los dos conceptos se integran: la tradición es una realidad viva y por ello incluye en sí misma el principio del desarrollo, del progreso. Es como decir que el río de la tradición lleva en sí también su fuente y tiende hacia la desembocadura».

La Sacrosanctum Concilium, ha explicado el Pontífice, establece como fórmula directriz «conservar la tradición y apertura al legítimo progreso», distinguiendo dentro de la liturgia «una parte que es inmutable por ser la institución divina» de «otras partes sujetas a cambio, que en el decurso del tiempo pueden y aun deben variar» cuando ya no respondan «a la naturaleza íntima de la misma Liturgia».

La liturgia como motor de evangelización

El Santo Padre ha situado esta reflexión en perspectiva histórica. A lo largo de los siglos, ha explicado, la Iglesia ha adaptado sus formas rituales para permitir a los fieles participar en el misterio pascual de Cristo. El culto se ha «encarnado» en las formas culturales de cada época, llegando incluso a transformarlas. «La liturgia ha sido así, durante siglos, un motor de evangelización», ha afirmado, añadiendo que hoy es necesario «renovar esta energía en continuidad con la auténtica y viva tradición católica», orientando a los creyentes «hacia la plenitud de la verdad».

En este punto, el Papa ha recordado también la convicción expresada por San Juan Pablo II de que «existe un vínculo estrechísimo y orgánico entre la renovación de la liturgia y la renovación de toda la vida de la Iglesia. La Iglesia no solo actúa, sino que se expresa también en la liturgia, vive de la liturgia y saca de la liturgia las fuerzas para la vida».

Nadie puede añadir ni quitar nada por su cuenta

En el tramo más contundente de la catequesis, León XIV ha abordado los criterios que los Padres conciliares fijaron para cualquier revisión de los ritos. Toda modificación debe responder a «una utilidad verdadera y cierta de la Iglesia», las nuevas formas deben «nacer orgánicamente a partir de las ya existentes» y cualquier reforma ha de ir precedida por «una concienzuda investigación teológica, histórica y pastoral».

El Pontífice ha subrayado que «el Magisterio conciliar, de este modo, invita a evitar desorientar a los fieles, disuadiendo a cualquiera de añadir o quitar o modificar algo, en materia litúrgica, por iniciativa propia». Y ha precisado que «el progreso evocado por la Constitución conciliar no compromete en absoluto la comunión eclesial: más bien pretende confirmarla y favorecerla».

Exhortación directa a los sacerdotes

El Papa ha cerrado su catequesis dirigiéndose de forma expresa a «todos los que son llamados a preparar la celebración de los divinos misterios», con especial énfasis en los sacerdotes que ejercen «el ministerio de la presidencia litúrgica». Les ha instado a custodiar «ese respeto de los textos y de los ordenamientos de la liturgia que nace del actitud interior de disponibilidad y de entrega a Dios», manifestando «humildad ante su grandeza y fidelidad sincera a la comunión eclesial».

Las palabras de León XIV llegan en un momento en que los debates sobre la celebración litúrgica continúan muy presentes dentro de la Iglesia, con tensiones entre sectores que reclaman una mayor fidelidad a las normas vigentes y corrientes favorables a una mayor creatividad en las celebraciones.

martes, 26 de mayo de 2026

Oración a Nuestra Señora de la Esperanza de la Balesquida


Salve María, Nuestra Señora,  Esperanza de Oviedo,
Tú que creíste firmemente en la promesa de Dios
Y llevaste en tu seno al Salvador del mundo,
Nos dirigimos a ti con confianza y devoción

En tiempos de incertidumbre y desesperación,
Inspíranos con la esperanza que descansa en la fe en Dios,
Ayúdanos a ver la luz en la oscuridad
Y a perseverar en la confianza a pesar de las pruebas.

Virgen María, estrella de la mañana que anuncias la aurora,
Guíanos por el camino de la verdad y del amor,
Protégenos de peligros y tentaciones
Y sostennos en nuestro camino hacia el Reino de Dios.

Tú que fuiste testigo de la resurrección de tu Hijo amado,
Intercede por nosotros con él,
Consíguenos la gracia de vivir en alegre esperanza,
Y ayúdanos a compartir esta esperanza con todos los necesitados.

Virgen María, Nuestra Señora de la Esperanza,
Te confiamos nuestras oraciones y preocupaciones,
Y te pedimos que ruegues por nosotros ante el trono de Dios.
Amén.

Homilía en las ordenaciones. Domingo de Pentecostés 2026

Han sido cincuenta días sin tregua para cantar un himno de victoria sobre el último enemigo del hombre como es la muerte dañina. Un canto de triunfo que no se hace triunfalista, sino que entona la canción bienaventurada y bendita. Sí, han sido cincuenta días de Pascua poniendo en nuestros labios el más sublime himno de la alegría colmada, que tiene como única estrofa el Aleluya de aquella primera mañana cristiana con el domingo que no acaba. Esa fue la más inspirada música divina que puso sus notas en la letra de nuestras andanzas, cuando la muerte fue vencida para siempre dejando el sepulcro vacío de sus acechanzas. Tiempo de sorpresas con las apariciones del Resucitado que disipa los miedos y prepara los corazones para que irrumpa el Espíritu prometido mientras con María aguardamos rezando en el cenáculo de nuestras circunstancias.

La Pascua tiene siempre una coprotagonista: María la madre de Jesús. Ella estará en la primera Pascua de la Natividad de un Dios que nace con el sí que creyó que lo imposible para ella era posible para Dios. Estará también en la Pascua de la Resurrección de un Dios que renace con el “stábat” previo de su fidelidad a pie de la cruz antes de resucitar. Y estará igualmente en la Pascua de Pentecostés reuniendo a los hijos dispersos para enseñarles a orar y a esperar en el cumplimiento de la promesa de Cristo con el envío del Espíritu Santo. La Virgen nos empuja a esta misma experiencia de acoger tan inmensa gracia con sus tres pascuas. Así hemos rezado en la oración colecta de la fiesta solemne de Pentecostés: “derrama los dones de tu Espíritu sobre todos los confines de la tierra y realiza ahora también, en el corazón de tus fieles, aquellas maravillas que te dignaste hacer en los comienzos de la predicación evangélica”. Esto hemos pedido: que en el hoy de nuestros días y en el trasiego de nuestro momento, realice aquellas mismas maravillas. ¿Qué ocurrió entonces?

La muerte del Maestro de la que ellos fueron testigos se tornó en una losa insoportable que los encerraba a cal y canto en el agujero de sus pánicos en aquellas paredes de esa estancia superior, testigo de encuentros, de cenas, de confidencias, también de apariciones del Resucitado, como nos ha recordado hace un instante el Evangelio de San Juan. Pero a la postre, ellos seguían con el come-come de su pobreza creyente. Palabras escuchadas, milagros vistos, y toda una serie de enseñanzas y caricias por parte del mismo Jesús, parecía que no lograban superar lo que en los adentros les embargaba hasta el punto de esconderse por temor, de huir cobardemente, de llorar sin consuelo.

Pero sucedió lo inaudito, el cumplimiento de la promesa de Jesús con el envío del Espíritu Santo. Ellos sencillamente aguardaban con María orando y esperando el acontecimiento. Sabemos lo que ocurrió, como nos ha recordado la primera lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles: que las puertas y ventanas selladas por el pánico, se abrieron de par en par con el viento huracanado que ventiló todos sus miedos. Y sobre sus cabezas se posaron las llamaradas que pusieron luz en sus penumbras y calidez en sus tiriteras. Sintieron una fuerza imprevista que los empujó a la plaza pública donde en todas las lenguas testimoniaron que Dios es maravilloso, no rival de nuestros ensueños y certezas, sino cómplice de lo mejor por corresponder sus promesas con lo que anhela y exige nuestro corazón. Así sucedió entonces, hace dos mil años. Así pedimos que suceda en esta tarde en este nuevo cenáculo de nuestra iglesia madre diocesana, en la Catedral de Oviedo. Habrá que poner nombre a nuestras encerronas asustadizas, a nuestras huidas fugitivas, al enroscamiento tras las celosías de nuestra dejadez, nuestra tibieza o comodidad cotidianas. Y ver cómo después de veinte siglos el Espíritu nos da a cada cual lo que necesitamos para anunciar la Buena Noticia, como nos ha recordado San Pablo en la segunda lectura.

Podemos así entender lo que en la preciosa secuencia que hemos escuchado antes del Evangelio, hemos pedido al Espíritu Santo: una luz que penetre en el alma y que se haga fuente del mayor consuelo; que sea el descanso de nuestros esfuerzos y la brisa en las horas de fuego; como un gozo que sabe secar nuestras lágrimas y darnos la paz que nos reconforta en los duelos. Tenemos una tierra personal seca que Él riega, y un corazón enfermo que deseamos que Él nos sane; manchas de pecados que su gracia lavará con agua pura y derroteros extraviados e indómitos que Él devolverá a su sendero.

Estos dones del Espíritu Santo, los pedimos de manera especial para los hermanos que en esta memorable solemnidad pascual van a ser ordenados esta tarde. Con una inmensa alegría reconocemos estos once rostros con sus nombres: los que vais a ser ordenados presbíteros (Rafael, Edgar Michel, Luis Guillermo, John Ángel, Geoffrey Jesús, Modesto Eliezer y Jesús Miguel) y los que vais a ser ordenados diáconos (Pelayo, Yesid, Gabino y Adrián). Esta mañana en mi oración primera fui deletreando vuestros nombres ante el Sagrario de mi capilla. Los nombres que os identifican como historia y los años que ponen fecha a vuestra edad.

Pensaba en lo que medité cuando me hicieron obispo: Dios nos llama por entero, no a una parte de nuestra vida, quizás la más vistosa y presentable, o la más maquillada y clandestina, sino que nos llama por entero abrazando con amor de hermano toda nuestra andadura humana. La familia en la que nacimos, el lugar donde vimos la luz, los escenarios que nos vieron crecer. También los tropiezos y caídas que nos tumbaron recordándonos nuestra condición frágil, así como los momentos luminosos en los que dimos pasos con decisión y certeza. Las preguntas que nos hicimos y las respuestas que se nos dieron. Los pecados que nos humillaron y las gracias que nos pusieron en pie de nuevo. ¡Cuántos nombres, cuántos domicilios, cuántas circunstancias que hoy se agolpan cuando Dios con los labios de la Iglesia os vuelve a decir a cada uno de vosotros: ven!

Venís de Asturias, de Perú, de Colombia, de República Dominicana y de Venezuela. La divina Providencia ha dispuesto que todos recaléis en nuestra Archidiócesis desde nuestra misma tierra o desde esos queridos pueblos hispanos que tanto amamos. Estáis insertos en nuestro Seminario Metropolitano de la Asunción, en el Seminario misionero diocesano Redemptoris Mater San Melchor de Quirós y en el Seminario de la comunidad Lumen Dei. Todos habéis pasado por nuestras aulas y habéis sido acompañados por nuestros profesores, párrocos y formadores. Todos sois de nuestra familia y como tal os reconocemos conmovidos y agradecidos al Señor y a nuestra Madre la Santina. Es todo un regalo para nuestra Archidiócesis y la Iglesia universal, por el que no ceso de dar gracias al buen Dios.

Qué gran misterio el saberos llamados por el Señor a la vocación del ministerio como diáconos y presbíteros. No hay nada de conquista ni de merecimiento por vuestra parte. Sólo cabe la admiración agradecida por una gracia tan grande que os deja siempre asombrados por haber sido tan bendecidos. El hecho de que Dios quiera poner en vuestra boca su Palabra de verdad y bondad para contar con vuestros labios la Buena Noticia, o que quiera poner en vuestras pequeñas manos sus dones y regalos para gratuitamente repartirlos con vosotros, no deja de ser admirable. Sois portavoces de su Palabra y portadores de su Gracia, esta es la llamada impresionante misteriosamente recibida.

Gabino y Adrián seréis diáconos permanentes. Una vocación dentro de la vocación matrimonial y paterna que habéis recibido y que Dios no desplaza. Gracias a vuestras esposas Raquel y Eva por ayudaros a reconocer la llamada del Señor y con vosotras decir un sí al unísono con ellos. Pelayo y Yesid seréis diáconos transitorios, como camino preparatorio para ser luego ordenados sacerdotes. Recibiréis mi imposición de manos y luego el abrazo de los demás diáconos presentes. Los otros siete hermanos, Rafael, Edgar Michel, Luis Guillermo, John Ángel, Geoffrey Jesús, Modesto Eliezer y Jesús Miguel, os impondré las manos para haceros presbíteros de Jesucristo, gesto que también harán los demás sacerdotes que nos acompañan.

Precioso y audaz deberá ser vuestro ministerio. Porque tendréis que anunciar la Verdad en medio de un mundo que hace de la mentira su manera de abusar en el poder. Tendréis que izar la bandera de la Paz cuando tantas trincheras de violencia nos acosan en las guerras entre pueblos y en las guerras domésticas. Tendréis que cantar la Bondad en contraste con la maldad perversa que campea por sus fueros con gente que trampea hasta corromperse de tantos modos. Y tendréis que proclamar la Belleza cuando lo zafio desparrama con su mal gusto tantas cosas feas que nos desbaratan y vacían. Y frente a la insidia que enfrenta y divide, seréis heraldos de la Fraternidad que nos hermana contra viento y marea en este mundo contradictorio enfrentado a Dios y enemigo del hombre.

Por eso vuestro ministerio irá contracorriente y apareceréis ante tantos como signo de contradicción amable y profética, capaz de anunciar la esperanza que nos salva y bendice, denunciando los desmanes malditos que nos desesperan. Os aseguro que no lo tendréis fácil, pero vuestras vidas entregadas abrirán caminos que tienen meta, y curarán heridas que otros desangran, derramaréis el agua bautismal a los nuevos cristianos que se inician con fe en los senderos de las bienaventuranzas. Podréis perdonar los pecados que nos enfrentan con los hermanos y nos extravían de Dios, y pondréis el bálsamo de la unción a los enfermos y ancianos que rematan sus vidas en la confianza. Acercaréis el pan tierno del Cuerpo de Cristo que quita las hambres y escanciaréis el vino convertido en la Sangre de Jesús que nos llena de santa alegría. Como diáconos o como presbíteros esta será vuestra vivencia cotidiana según vuestro ministerio en la Iglesia.

Toda una vida hecha ministerio, sin horarios ni intereses mundanos, que se pone al servicio de los hermanos con la entrega de la caridad más hermosa y que alaba al Señor con el cántico de la gratitud más bella y sonora. Este es el regalo que Dios nos hace con estas nuevas vocaciones tan inmerecidamente regaladas por su Providencia. Que María os proteja y acompañe. Nosotros, conmovidos, por cada uno de vosotros, damos las gracias. El Señor os bendiga y os guarde. Amén.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

S.I.C.B.M. El Salvador
Oviedo, 24 mayo de 2026

lunes, 25 de mayo de 2026

Bienaventurada Virgen María, Madre de la Iglesia

El título de “Madre de la Iglesia” fue proclamado por San Pablo VI durante el Concilio Vaticano II. Con él, quería subrayar el papel irreemplazable de María dentro de la Iglesia. El Papa Francisco, en 2018 instituyó esta fiesta en el lunes después de Pentecostés. Si la Iglesia nace en Pentecostés, tiene un gran significado que, en el primer día siguiente, el lunes, en la puesta en marcha de su camino en medio del mundo, se destaque la persona y la misión de la Virgen en ella.

Las tres lecturas que se proclaman en la liturgia de hoy son ricas en simbolismos y en estímulo para nuestra fe y nuestra devoción a la Madre del Señor. En el Genesis, tras el pecado y sus consecuencias, Adán pone nombre s a su mujer: “Eva”, por ser la “madre de todos los vivientes. En el evangelio se nos narra la escena en que Jesús, clavado en la cruz, nos da a María por Madre. En el salmo, hablando de la ciudad de Sión, como un lugar donde todos, cercanos y lejanos, se encuentran en su hogar, símbolo del Reino de Dios, abierto, como decía Francisco “a todos, todos, todos”, se dice: “es la madre, porque todos han nacido en ella”.

Junto a la cruz, María. Ya había dicho sí a Dios y a su proyecto de salvación en la Anunciación. Ahora, ya no jovencita, sino anciana, recibe una nueva anunciación: no ser solo la madre de la Cabeza sino también del cuerpo de la Iglesia: No solo madre de Dios, sino madre de todos los hijos de Dios, representados en Juan. No tuvo ella necesidad de decir sí con palabras: era la mujer cercana a Dios y totalmente disponible y colaborara con él.

En pentecostés la vemos como esa nueva Sión de la que nos habla el salmo, congregando a los discípulos y discípulas de su Hijo y pidiendo y esperando al Espíritu (Hechos 2, 14). Después de su asunción, sigue con su tarea maternal. Sigue pendiente y atenta de cada uno de nosotros y diciéndole a Jesús lo mismo que le dijo en Caná: “No tienen vino”; y a nosotros: “haced lo que Él os diga” (Jn 3, 4-5).

Fray Francisco José Rodríguez Fassio, OP


Oración a Nuestra Señora de la Cabeza



Virgen Santísima de la Cabeza;
A Ti venimos con amor y confianza
Deseosos de ofrecerte lo que tenemos,
Y pedirte cuanto necesitamos.
Enséñanos a convivir en paz,
Guiados por tu amor.
Bendice nuestras familias,
Nuestra tierra;
A todos los hombres.
Recibe nuestros trabajos,
Nuestros sufrimientos,
Nuestros deseos e ilusiones.
Preséntanos a Tu Hijo.
Guíanos siempre por el camino de la verdad,
de la justicia y del amor.
Y así, Madre, seremos felices contigo en el Cielo.
Amén

Carta Encíclica MAGNIFICA HUMANITAS del Papa LEÓN XIV


SOBRE LA CUSTODIA DE LA PERSONA HUMANAEN EL TIEMPO 
DE LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL

Con motivo del 135.º aniversario de la «Rerum novarum», el Pontífice reflexiona en su primera encíclica, «Magnifica humanitas», sobre la doctrina social de la Iglesia en la era de la inteligencia artificial. El llamamiento a custodiar «una magnífica humanidad habitada por Dios», promoviendo la verdad, la dignidad del trabajo, la justicia social y la paz. En la era digital, es necesario desarmar la IA y superar la teoría de la «guerra justa», relanzando el diálogo y el multilateralismo

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