martes, 21 de abril de 2026

Se cumple un año de la muerte del Papa Francisco

 

El Papa Francisco falleció el 21 de abril de 2025 a los 88 años de edad en su residencia de la Casa Santa Marta. Su última aparición pública fue el Domingo de Resurrección de 2025, donde saludó a los fieles desde el balcón de la Basílica de San Pedro, visiblemente fatigado pero presente para la bendición Urbi et Orbi. Oramos por su eterno descanso en el aniversario de su fallecimiento.

Notificación del deceso por parte de la Conferencia Episcopal:

Ha fallecido el papa Francisco

Testamento del Papa Francisco:

Testamento 

Rueda de Prensa en el Arzobispado de Oviedo:

Arzobispado de Oviedo

Notificación sobre los Funerales:

Notificación sobre el Funeral del Sumo Pontífice

Homilía del Arzobispo de Oviedo en el Funeral diocesano por el Papa:

 Homilía del Sr. Arzobispo 

Artículo de nuestro Párroco sobre el Papa Francisco:

 Las enseñanzas a seguir del Papa Francisco, o lo que predicaba Don Ángel Garralda. Por Joaquín Manuel Serrano Vila

Artículo publicado en nuestro Blog sobre el Papa:

 El Papa Francisco y los Mártires de Asturias y de toda España. Gracias por estos 1.129 nuevos testigos de la fe. Por R. H. M.

Gänswein aclara la renuncia de Benedicto XVI y la relación con Francisco: «Había un solo Papa»

(Infovaticana) El arzobispo Georg Gänswein, durante años secretario personal de Benedicto XVI y hoy nuncio en Lituania, ha ofrecido un testimonio de primera mano sobre uno de los periodos más delicados y singulares de la Iglesia reciente, desmontando interpretaciones sobre la renuncia de Ratzinger y arrojando luz sobre la relación entre el Papa emérito y Francisco.

“Había un solo Papa”: la clave de una convivencia inédita

La imagen de dos figuras vestidas de blanco dentro del Vaticano marcó una etapa sin precedentes en la historia moderna de la Iglesia. Sin embargo, Gänswein insiste en que esa percepción visual no debe inducir a error. “Aquí hay que distinguir bien. Había un solo Papa. El otro era llamado Papa, pero en realidad era el Papa emérito”, explica.

Benedicto XVI, consciente de la novedad de la situación, introdujo gestos concretos para subrayar esa diferencia: abandonó ciertos elementos del atuendo pontificio y modificó detalles visibles. Aun así, la coexistencia de ambos dentro del mismo espacio —el Vaticano— supuso una realidad inédita que él mismo había querido definir como la presencia de un Papa emérito junto a un Papa reinante.

Una renuncia nacida de la conciencia, no de los escándalos

Sobre uno de los puntos más controvertidos —las razones de la renuncia de Benedicto XVI— Gänswein no deja margen a la ambigüedad. Frente a las hipótesis que vinculan su decisión con el escándalo de Vatileaks o con presiones internas, responde con rotundidad: “Todo eso no tuvo nada que ver”.

Lejos de teorías conspirativas, el ex secretario de Ratzinger describe un proceso interior marcado por la fe: “La renuncia fue fruto de una profunda reflexión, de una fuerte oración: el Papa planteó la cuestión a su conciencia y luego decidió”. Una decisión, en definitiva, que se gestó en el ámbito personal y espiritual, no en el terreno de las crisis vaticanas.

El primer gesto de Francisco: buscar a Benedicto

El momento de la elección de Jorge Mario Bergoglio quedó grabado en la memoria de Gänswein como una escena cargada de expectación. Tras la fumata blanca, el nombre del nuevo Papa “corría por la sala como un incendio”. Pero más significativo aún fue lo que ocurrió inmediatamente después.

Cuando Gänswein acudió a saludar al recién elegido, Francisco se adelantó: “Quisiera encontrarme con Benedicto. ¿Puede ayudarme?”. Ese deseo de encuentro marcó desde el inicio el tono de la relación entre ambos.

No fue sencillo establecer el contacto telefónico con Castel Gandolfo —donde todos seguían el anuncio por televisión—, pero finalmente se logró. Pocos días después, ambos se encontraron en un gesto que selló simbólicamente la transición.

Castel Gandolfo: respeto mutuo y un “peso” entregado

El 23 de marzo de 2013 tuvo lugar el primer encuentro entre Benedicto XVI y el nuevo Pontífice. Gänswein recuerda detalles reveladores: al entrar en la capilla, Ratzinger quiso ceder el paso a Francisco, pero este lo rechazó. Lo mismo ocurrió con el reclinatorio. Desde el primer momento, señala, se percibía que Francisco quería tratar a su predecesor “de un modo muy fraterno”.

Aquel día, además, Benedicto entregó a su sucesor la documentación sobre el caso Vatileaks. “Si había un peso en aquella historia, se puede decir que lo dejó atrás”, afirma Gänswein. El gesto cerraba una etapa marcada por tensiones internas.

Dos estilos distintos, una misma fe

Las diferencias entre Benedicto XVI y Francisco han sido objeto de múltiples interpretaciones. Gänswein no las niega, pero las sitúa en su contexto natural: “La biografía es la biografía… la formación, la experiencia de vida, todo es distinto”. Esa diversidad, lejos de ser problemática, “es una complementariedad… algo que enriquece”.

También rechaza la idea de que el Papa emérito se convirtiera en referente de un bloque opositor dentro de la Iglesia. A su juicio, se ha exagerado la existencia de tensiones organizadas en torno a su figura.

Silencios significativos y momentos delicados

En cuestiones sensibles, como las restricciones a la misa tradicional o determinadas declaraciones del Papa Francisco, Gänswein introduce matices sin romper la línea de discreción que caracterizó a Benedicto XVI.

Asegura que el Papa emérito “no comentó nunca” el motu proprio Traditionis custodes. Sin embargo, reconoce una reacción interior: “Cuando leímos el Osservatore Romano, el corazón de Benedicto se volvió pesado”. Una expresión que, sin ser una crítica explícita, deja entrever el impacto de la decisión.

Respecto a frases como “¿Quién soy yo para juzgar?”, Gänswein admite que resultan “cuanto menos sorprendentes en boca de un Papa”, aunque insiste en que nunca escuchó comentarios directos de Benedicto sobre estas cuestiones.

Una relación marcada por el respeto hasta el final

La muerte de Benedicto XVI ofreció la última imagen de esa relación. Gänswein fue quien avisó personalmente a Francisco, siguiendo instrucciones previas. El Papa acudió de inmediato al monasterio.

Allí, junto al cuerpo de su predecesor, Francisco “lo bendijo, se sentó a su lado, permaneció en silencio unos minutos y luego rezamos todos juntos”. Un gesto sobrio, pero elocuente, que resume años de convivencia marcada por diferencias evidentes, pero también por una relación de respeto.

lunes, 20 de abril de 2026

Se te quitan las ganas de discutir. Por Jorge González Guadalix

(De profesión cura) Las pocas que me quedan, porque me doy cuenta de que ni merece la pena. Salvo alguna rarísima excepción, ¿de qué vas a debatir con alguien cuyo único argumento es que hay que evolucionar y además te lo deja caer como si fuera la definitiva conclusión del sentido de la existencia humana? No saben qué significa evolucionar, ni tienen medio claro -soy optimista- a dónde llegar.

¿Evolucionar? ¿Desde dónde? ¿Hacia dónde? ¿Cómo? ¿Quién decide si se evoluciona en el sentido correcto? El último argumento es que hay que respetar y que cada uno sabrá. No merece la pena.

No te pierdas al que dice que no se puede ser conservador. Jodo. Y te lo suelta el mismo que acaba de quitarse el capirote de la semana santa.

O eso de que las normas son relativas a la vez que se pasa una tarde discutiendo sobre si la tarjeta roja a Pichichi fue según reglamento o no, o si definitivamente ponemos el acento en sólo cuando equivale a únicamente.

Ya saben eso de que hay que acabar con lo antiguo. Pues si, y que dinamiten las pirámides de Egipto, ya está bien de antiguallas. Mucho mejor aprovechar las piedras para construir casas para los pobres y levantar un buen centro comercial con mezquita adosada.

He sugerido a uno que todavía sigue con lo de vender el Vaticano -mira que hay gente cansina- que podíamos empezar vendiendo la iglesia de su pueblo, que algo nos darían, o convertir la ermita en residencia de inmigrantes.

No merece la pena.

Dialogar, debatir, razonar sin que la otra persona no esgrima más argumento que cuatro adjetivos sacados por sorteo del diccionario, de verdad que no vale la pena: conservador, carca, obsoleto, insolidario, fascista. Es agotador. Y como argumento que sostenga tales palabros el siempre socorrido, inútil y vacío “es mi opinión, cada cual sabrá y hay que respetar", eso sí, la Iglesia anticuada, los curas pederastas y usted mismo anclado en un pasado sin sentido. Leche para respetar.

No me molesto. Decía un agustino eminente en sabiduría, muy eminente, que hablar se puede hablar con cualquier persona culta, aunque las ideas sean contrapuestas. Uno al menos aprende de los razonamientos, la formación y la sabiduría del otro. Son discusiones que merecen mucho la pena.

Pues eso. ¿Y tus argumentos? Que hay que evolucionar. De acuerdo. Buen día.

Sesión inaugural de la 129ª Asamblea Plenaria de la CEE

 

domingo, 19 de abril de 2026

"Al partir el pan". Por Joaquín Manuel Serrano Vila

Nos congregamos como Comunidad en este Domingo III de Pascua. Hoy la liturgia nos invita a contemplar a un Dios que no se queda en la tumba, ni siquiera en un cielo distante, sino que se hace compañero de camino. En este día ponemos nuestra mirada en Emaús, un relato que es el espejo de nuestra propia fe. A veces caminamos tristes, sin reconocer que el Señor camina a nuestro lado...

En la primera lectura, vemos a un Pedro transformado por el Espíritu Santo. Aquél que negó a Jesús, ahora se pone de pie ante la multitud para proclamar el Kerygma, el anuncio fundamental de nuestra fe. Pedro recuerda que Jesús no fue sólo un hombre bueno, sino alguien "acreditado por Dios" mediante signos y prodigios. La clave del discurso es que "no era posible que la muerte lo retuviera bajo su dominio". Nuestra esperanza no se basa en una filosofía, sino en el hecho histórico y espiritual y testifical de muchos de que Dios rompió las ataduras de la muerte. San Pedro no habla de oídas; él y los once son testigos oculares. Esta lectura nos interpela: ¿Es nuestra vida hoy un testimonio creíble de que Jesús está vivo?

En la segunda lectura redescubrimos el precio de nuestra libertad. San Pedro nos recuerda en su carta la seriedad de nuestra vocación cristiana. Vivimos como "extranjeros" en este mundo, con la mirada puesta en la eternidad. Nuestra libertad no se compró con bienes materiales corruptibles, sino con la sangre preciosa de Cristo, el Cordero sin mancha. No es miedo al castigo, sino el asombro y respeto profundo ante un Padre que juzga sin favoritismos. Es el compromiso de no despreciar el sacrificio que Cristo hizo por nosotros.

El Evangelio de Lucas nos presenta una de las escenas más bellas y pedagógicas de toda la Escritura. Dos discípulos se alejan de Jerusalén —el lugar del fracaso y la cruz— hacia Emaús, que simboliza la vuelta a la rutina y la desilusión. Jesús se acerca, pero "sus ojos estaban retenidos". La tristeza y las expectativas políticas frustradas les impedían ver la realidad de la Resurrección. Jesús realiza con ellos la primera "misa" fuera del Cenáculo; una muestra de que necesitamos vivir de la liturgia para seguir con nuestro camino. Jesús les explica las Escrituras, haciendo que sus corazones comiencen a arder; esto es la liturgia de la Palabra. Al llegar a la mesa, Jesús toma el pan, lo bendice, lo parte y se lo da. Es en la fracción del pan donde finalmente lo reconocen. Ahí tenemos la liturgia eucarística. Y, ¿qué ocurre cuando termina la cena? Interrumpen la huida, vuelven a la comunidad alegres y sin miedos aunque ya fuera de noche. Una vez que encuentran al Resucitado, ya no pueden seguir huyendo. Regresan inmediatamente a Jerusalén para compartir esa alegría con los demás. El encuentro con Cristo siempre nos devuelve a la misión y a la Iglesia.

También hoy, Jesús se nos hace el encontradizo en nuestras propias tristezas. Nos sale al paso de nuestra peregrinación. Nos habla en las Escrituras, se parte y reparte en el pan y se nos entrega en el altar... Gracias Señor por ser alimento en el camino, y perdona por tantas veces que no somos capaces de reconocerte. Qué buen tiempo este de Pascua para cambiar, pues a veces nuestro ego nos impide reconocer al Señor porque no pocas veces le tenemos por enemigo o contrincante. En cuántas ocasiones Jesús pasa a nuestro lado en personas muy concretas de las que desconfiamos, a las que crucificamos con nuestras palabras, críticas, juicios y calumnias... Es curioso, ante la situación de nuestro mundo en guerra parece que todos opinamos igual: "no a la guerra, sí a la Paz". Pero luego en nuestra vida no somos constructores de paz: con nuestras palabras, con nuestros gestos, con nuestras miradas... Si todos pusiéramos nuestro granito de arena, nuestro mundo sería un poco mejor... Pidamos al Señor, como los discípulos: "Quédate con nosotros, porque atardece". Que su presencia ilumine nuestras oscuridades y nos convierta en testigos valientes de su Resurrección. Amén.

Evangelio del Domingo III de Pascua



Lectura del santo evangelio según san Lucas 24, 13-35

Aquel mismo día (el primero de la semana), dos de los discípulos de Jesús iban caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén unos sesenta estadios; iban conversando entre ellos de todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.

Él les dijo:
«¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?».

Ellos se detuvieron con aire entristecido, Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió:
«Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos días?».

Él les dijo:
«¿Qué?».

Ellos le contestaron:
«Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues habiendo ido muy de mañana al sepulcro, y no habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles, que dicen que está vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron».

Entonces él les dijo:
«¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?».

Y, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras.

Llegaron cerca de la aldea adonde iban y él simuló que iba a seguir caminando; pero ellos lo apremiaron, diciendo:
«Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída».

Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron.

Pero él desapareció de su vista.

Y se dijeron el uno al otro:
«¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?».

Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo:
«Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón».

Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Palabra del Señor 

Habermas y Ratzinger. Saber dialogar. Por Monseñor Fray Jesús Sanz Montes O. F. M.



Cada día aparece en los periódicos la sección de esquelas mortuorias. Para la inmensa mayoría de los lectores se trata de noticias anónimas sobre personas desconocidas que acaban de fallecer. Cuatro datos que se aportan sobre el nombre y apellidos de los finados, la edad que tenían, quiénes son sus allegados y la certeza (o no) de que han recibido los sacramentos y la bendición. No son noticias anónimas para los más cercanos que serán quienes propiamente lamentarán la pérdida de su ser querido y por él verterán sus lágrimas y ofrecerán las plegarias pertinentes.

Hace unas semanas ha fallecido un señor alemán que apenas ha transcendido su deceso. Se trata de Herr Jürgen Habermas. De profesión filósofo, ha muerto con 97 años. Hasta aquí nada de particular. Se hizo célebre el encuentro que mantuvo en enero de 2004 con el entonces cardenal Ratzinger, futuro papa Benedicto XVI. Fue una conversación abierta, aunque apenas transcendió a la opinión pública y publicada.

Ambos pensadores, los dos de una máxima altura intelectual, nos permitieron asistir a un debate insólito y sanamente provocador. No es habitual sentarse a dialogar serenamente dos personas de universos tan distintos. En cualquier caso, resulta realmente hermoso que se permita colarnos en esa escena en donde dos hombres leales con sus preguntas y testigos de las respuestas que encontraron permitan cotejarnos con ellos. Cada uno de nosotros somos un cofre de preguntas de todo tipo cuando dejamos que la realidad provoque una búsqueda, un deseo, un anhelo que nos hace mendigos y peregrinos de la verdad. Máxime cuando lo que lamentablemente aflora en la crónica diaria es más bien lo contrario: la mediocridad más zafia, la corrupción más hipócrita, la mentira más ensayada, el declive sin freno en total caída libre.

Frente a esto, que dibuja en demasiada medida el panorama cultural, político y social de nuestro tiempo, emergen los ejemplos como Habermas y Ratzinger que nos permiten una altura de miras capaz de ennoblecer precisamente nuestra mirada. Ellos hablaron, cada uno desde su perspectiva, de cómo los grandes temas que hoy nos cuestionan cuando bajamos a la arena de lo concreto, están reclamando una comprensión honesta, sin censura ni prejuicio, llamando a las cosas por su nombre y siendo honradamente leales con su demanda. Ellos denominaron a estas cuestiones “asuntos pre-políticos”. Porque antes de que en un parlamento se puedan acordar decisiones votadas por mayoría en las respectivas cámaras, hay cuestiones previas que no son susceptibles (o no deberían serlo) de los tira y afloja, de los dimes y diretes, de los intereses partidistas o económicos.

Estos temas son pre-políticos porque están (o deberían estarlo) antes de toda consideración, cuando hablamos de la vida, o de la verdad, o de la bondad, o de la belleza. Cuando se fomenta una cultura de la muerte banalizando hasta su exclusión la vida del no nacido, la vida del nacido en todas sus circunstancias incluso en su fase terminal, rompemos un diálogo posible si la vida no cuenta. Dígase lo mismo con la verdad, que se asfixia en la llamada post-verdad de todas las engañifas con las que se rigen tantas gobernanzas fallidas y falaces. O con la bondad, que queda erradicada por una pervertida actitud cicatera y excluyente incapaz de mirar con el corazón. O con la belleza que se vilipendia hasta el mancharla con el esperpento que falsea nuestra dignidad sencilla y auténtica. No, no es posible construir nada serio en la sociedad, cuando la vida, la verdad, la bondad y la belleza no preceden el diálogo que nos permite buscar, compartir, corregir y custodiar aquello que fuimos llamados a ser. Para Ratzinger esto se llamaba secundar la caricia creadora de Dios, para Habermas fue apertura leal ante lo que se nos da como indicio del hallazgo que nos engrandece y nos salva. Hermosa lección que aprendemos sólo de los maestros.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo