lunes, 12 de octubre de 2026

María, Pilar de Nuestra Fe. Por Joaquín Manuel Serrano Vila


Hoy nos reunimos con el corazón lleno de alegría y devoción para celebrar a Nuestra Señora del Pilar, una fiesta que toca lo más profundo de nuestras raíces cristianas y que nos invita a mirar a María, no sólo como nuestra Madre Celestial, sino como el fundamento seguro que sostiene nuestro caminar. La tradición nos regala una imagen preciosa y única: la Virgen Santísima se le aparece al Apóstol Santiago en Zaragoza a orillas del Ebro para infundirle ánimo. Santiago se encontraba cansado, tal vez desanimado al ver que sus esfuerzos por evangelizar no daban los frutos esperados: ¿Quién de nosotros no se ha sentido así alguna vez; quién no ha experimentado el peso del cansancio, de la duda, o la sensación de que remamos contracorriente en medio de las dificultades de la vida?... En ese momento de debilidad, María no viene a exigirle más, sino a traerle consuelo. Y le deja un signo visible: una columna, un pilar de piedra.

 El Pilar: Símbolo de Firmeza y Constancia

El pilar que sostiene a la pequeña imagen de la Virgen no es un simple adorno; es un símbolo cargado de significado teológico y vital. Un pilar sirve para sostener un edificio, para evitar que se derrumbe ante el viento o los terremotos. En nuestra vida espiritual, María es ese pilar que nos une a Cristo. Ella no es el centro; el centro es su Hijo Jesús. Pero ella nos sostiene y nos conduce a Él. Cuando las tormentas de la enfermedad, las crisis familiares, los problemas económicos o las crisis de fe sacuden nuestra casa, la devoción a la Virgen del Pilar nos recuerda que no estamos solos. Nuestra fe tiene un fundamento sólido.

 "Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen"

El Evangelio de hoy nos presenta a una mujer que alaba a María por haber sido la madre de Jesús. Sin embargo, Jesús eleva la mirada y dice: «Dichosos más bien los que escuchan la palabra de Dios y la guardan». Jesús no está desmereciendo a su Madre. Al contrario, la está elogiando en lo más profundo. María es dichosa, no sólo por haber llevado a Jesús en su vientre, sino porque toda su vida fue un "Sí" constante a la voluntad de Dios. Ella escuchó la Palabra, la meditó en su corazón y la hizo vida. Ser devotos de la Virgen del Pilar no consiste solo en rezarle o admirar su imagen; consiste en imitar su obediencia y su confianza absoluta en Dios, incluso cuando no entendemos los planes del Señor.

Una Fe que se Comparte

Santiago recibió el pilar para fortalecer su misión evangelizadora. La Virgen le dio fuerzas para seguir anunciando la Buena Noticia. Esto nos recuerda que nuestra fe no puede ser privada ni pasiva. Una fe sostenida en el pilar de María es una fe misionera, valiente y comprometida. Hoy estamos llamados a ser, como María, pilares para los demás. Seamos el apoyo del hermano que sufre, del anciano que está solo, del joven que busca sentido a su vida. Seamos columnas de esperanza en un mundo que muchas veces parece desmoronarse por falta de amor y de paz.

Al acercarnos hoy a la mesa de la Eucaristía, pidámosle al Señor, por intercesión de Nuestra Señora del Pilar, que renueve nuestras fuerzas: Madre del Pilar, alcánzanos de tu Hijo una fe inquebrantable, una esperanza firme y un amor generoso. Que cuando vacilen nuestros pasos, miremos tu columna y recordemos que tu amor maternal nos sostiene ahora y siempre. Amén.

Oración a Nuestra Señora del Pilar


Oh Virgen del Pilar, Reina y Madre. España y todas las naciones hispanas reconocen con gratitud tu protección constante y esperan seguir contando con ella.

Obténnos de tu Hijo fortaleza en la fe, seguridad en la esperanza y constancia en el amor.

Queremos que en todos los instantes de nuestra vida sintamos que tu eres nuestra Madre.

Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

domingo, 11 de octubre de 2026

''Tengo preparado el banquete''. Por Joaquín Manuel Serrano Vila


La liturgia de la Palabra de este Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario nos sumerge en una de las imágenes más reconfortantes y, a la vez, más exigentes de la Revelación: el banquete celestial. Dios se nos revela no como un juez distante, sino como un anfitrión generoso que desea saciar el hambre más profunda del corazón humano. Sin embargo, esta invitación gratuita requiere de nosotros una respuesta activa y una transformación interior.

El profeta Isaías nos traslada a la cima del monte Sión para contemplar una promesa desbordante de esperanza. En un contexto histórico marcado por el sufrimiento, el exilio y la opresión, la palabra de Dios irrumpe para anunciar que el Señor de los ejércitos preparará para todos los pueblos un banquete de manjares suculentos. Lo hermoso de esta profecía es su carácter universal y definitivo. Dios no prepara este banquete sólo para un grupo privilegiado; el texto subraya explícitamente que es para todos los pueblos. Este menú divino no consta de sobras, sino de alimentos de primera calidad: vinos generosos y manjares exquisitos, símbolos de la abundancia, de la alegría y de la comunión plena con el Creador. Pero el culmen de la promesa de Isaías va más allá de lo material. Dios promete realizar tres acciones que transformarán la existencia humana; primero: Arrancará el velo de luto y la niebla que cubre a las naciones, devolviéndonos la luz de la verdad. Segundo: Aniquilará la muerte para siempre, anticipando ya de forma profética la victoria de la Resurrección de Cristo. Tercero: Enjugará las lágrimas de todos los rostros, consolando el dolor y eliminando la humillación de su pueblo. Frente a esta promesa, el creyente responde con un grito de júbilo: "Este es nuestro Dios, de quien esperábamos la salvación". Isaías nos invita hoy a renovar nuestra esperanza en medio de nuestras propias oscuridades, recordando que el destino final que Dios ha trazado para la humanidad es la vida y la alegría eterna.

En la segunda lectura, san Pablo nos ofrece un testimonio conmovedor desde la prisión. Aunque se encuentra encadenado y privado de su libertad, el apóstol de los gentiles irradia una libertad interior asombrosa. Nos confiesa con total naturalidad: "Sé vivir en la pobreza y sé vivir en la abundancia". Pablo ha aprendido el arte de la templanza y el desapego. No se deja arrastrar por la codicia cuando tiene mucho, ni cae en la desesperación cuando le falta lo básico: ¿Cuál es su secreto? Su fuerza no reside en un voluntarismo estoico o en su propio carácter, sino en una certeza absoluta que resume en una frase inmortal: "Todo lo puedo en Aquél que me conforta". Nuestra sociedad actual nos empuja constantemente a la insatisfacción, haciéndonos creer que nuestra felicidad depende de acumular bienes o de tener un control absoluto sobre nuestras circunstancias. San Pablo nos desarma con su madurez espiritual. Nos enseña que quien está alimentado por la gracia de Cristo tiene el corazón lleno, sin importar si su mesa está vacía o rebosante. El banquete del que nos hablaba Isaías ya se pregusta en el alma de Pablo a través de su íntima comunión con el Señor. Además, agradece la solidaridad de la comunidad de Filipos y les asegura que Dios proveerá con esplendidez a todas sus necesidades.

El mensaje de las lecturas anteriores converge y se radicaliza en la parábola que nos presenta hoy el evangelista Mateo. Jesús compara el Reino de los Cielos con un rey que preparó un banquete de bodas para su hijo. En la primera parte de la parábola, vemos con asombro la actitud de los primeros invitados. Cuando los criados van a llamarlos, los invitados la rechazaron y no quisieron ir. El rey, con una paciencia increíble, vuelve a enviar a otros criados detallando que las reses ya están sacrificadas y todo está listo. La respuesta de los invitados roza el insulto, unos no le dan importancia y se van a sus campos o a sus negocios; otros, llegando al extremo de la crueldad, maltratan y matan a los criados. Esta primera parte es una clara alusión histórica a la resistencia de las autoridades religiosas de la época frente al mensaje de Jesús, pero también es un espejo de nuestra actualidad: ¿Cuántas veces preferimos nuestros negocios, nuestra comodidad o nuestros planes egoístas antes que acudir a la llamada del Señor? 

El rechazo de Dios en nuestra vida cotidiana a menudo no toma la forma de un ateísmo militante, sino de una indiferencia práctica: "Ahora no tengo tiempo"; "tengo cosas más importantes que hacer"... Ante el rechazo, el rey no cancela la fiesta. Su generosidad es más grande que la mezquindad humana. Envía a sus criados a los cruces de los caminos con una orden clara: "Invitad a la boda a todos los que encontréis". La sala se llena de comensales, "malos y buenos". Aquí se cumple la profecía de Isaías: la Iglesia es ese espacio universal donde todos, sin importar nuestro pasado, somos llamados a sentarnos a la mesa de la Gracia. Sin embargo, la parábola da un giro dramático y aleccionador al final. El rey entra a ver a los comensales y repara en un hombre que no lleva el traje de fiesta. Le pregunta amablemente: "Amigo, ¿Cómo has entrado aquí sin el traje de fiesta?", y al no obtener respuesta, ordena que lo expulsen a las tinieblas. A primera vista, esta reacción puede parecernos severa para alguien recogido de la calle a última hora, pero encierra una profunda verdad teológica. Entrar al banquete del Reino es completamente gratuito, pero permanecer en él requiere responsabilidad. El traje de fiesta simboliza la conversión del corazón, las obras de amor, de justicia y de santidad que deben revestir la vida del cristiano. No basta con decir "yo soy bautizado" o "yo voy a la iglesia" (estar físicamente en la sala); es necesario que nuestra vida refleje la gracia que hemos recibido. No podemos sentarnos a la mesa del Rey vistiendo los harapos del egoísmo, del rencor o de la indiferencia.

Evangelio Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario

Lectura del santo evangelio según san Mateo 22, 1-14

En aquel tiempo, volvió a hablar Jesús en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, diciendo:

«El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo; mandó a sus criados para que llamaran a los convidados, pero no quisieron ir. Volvió a mandar otros criados encargándoles que dijeran a los convidados:

“Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas y todo está a punto. Venid a la boda”.

Pero ellos no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios, los demás agarraron a los criados y los maltrataron y los mataron.

El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad.

Luego dijo a sus criados:
“La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos y a todos los que encontréis, llamadlos a la boda”.

Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales. Cuando el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo:
“Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin el vestido de boda?”.

El otro no abrió la boca. Entonces el rey dijo a los servidores:
“Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes”.

Porque muchos son los llamados, pero pocos los elegidos».

Palabra del Señor

Las periferias más cercanas. Por Monseñor Fray Jesús Sanz Montes O. F. M.

No sólo hay mundos lejanos a los que vale la pena que llegue el mensaje inédito del Evangelio de Cristo, sino también mundos cercanos en donde hay que volver a empezar, porque ese mensaje se ha olvidado por nuestra distracción o se ha llegado a traicionar por la incoherencia de los cristianos. Por este motivo, una visita del Papa supone siempre un amable acicate que viene a recordarnos lo que hemos podido olvidar y a proponernos de nuevo lo que estaba fuera ya de nuestro horizonte cotidiano y vital. Dentro de su responsabilidad como padre de un pueblo que se le ha confiado, el Papa León ha iniciado una serie de viajes también en este viejo continente europeo, que ha sido no sólo la cuna occidental del cristianismo, sino también el punto de partida de la evangelización misionera que acercó la Buena Nueva hasta los confines de la tierra. El viaje apostólico a España fue una primera entrega, y ahora ha vuelto a suceder con el intenso viaje que ha realizado en la vecina Francia. Los próximos viajes tendrán un destino sudamericano en tierras para él queridas y conocidas.

En este viaje europeo realizado en Francia, tuvo un breve periplo más institucional, aunque también popular en París: el encuentro con más de ochenta mil jóvenes en una vigilia de oración y la misa multitudinaria junto a la catedral de Notre Dame, dieron buena cuenta de la sed de Dios en tanta gente, de la necesidad de un referente moral como quien busca una auténtica paternidad por parte de una generación huérfana de figuras significativas que nos sostengan y acompañen. Aparece alguien así, y entonces rápido uno se reconoce en él y vemos la correspondencia que hay entre nuestras búsquedas y preguntas, y el hallazgo que él representa con el regalo de su respuesta. Precioso encuentro entre la sed del corazón humano y el agua de la gracia de Dios. Se vuelve a verificar lo que ya san Agustín decía al comienzo del libro bellísimo de las Confesiones: “nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en ti” (Conf. I, 1).

La segunda escala fue en Lourdes. Un rincón de los Pirineos que desde hace casi 170 años tiene cita la esperanza al amparo de María Nuestra Señora. Una escala hondamente religiosa donde el dolor no es maldito, aunque nos aligere el equipaje y nos permita volver a las cosas esenciales, las únicas que son propiamente necesarias en medio de tanta hojarasca superflua y banal que nos hacen frívolos y mediocres. Invitaba el Papa a «hacerse cargo de una persona que sufre, y no eliminarla. Sí, queridos amigos, ¡sed servidores apasionados de la vida! ¡Ninguno tiene el derecho, nunca, basándose en algoritmos de laboratorio, de decidir sobre la vida de un embrión determinado o de una persona de la tercera edad! ¡La medicina nunca podrá convertirse en sierva de la muerte programada!… Son los equipos de pastoral de la salud y tantos otros que ejercitan su vocación al servicio de la dignidad de la persona humana, para que el mundo tenga vida. Cuidando de los cuerpos, vosotros cuidáis también de las almas».

Por último, en Metz, tierra de frontera entre Francia y Alemania, ciudad testigo de la dureza de las dos guerras europeas del siglo pasado. Allí nació Robert Schuman, uno de los fundadores de la nueva Europa. Decía el Papa León allí: «pienso ante todo en los jóvenes, llamados a construir la Europa de hoy y del mañana… A los jóvenes les digo: tened el valor de vivir de manera responsable la misión de construir la paz, en el corazón, en las relaciones, en la familia, en las escuelas y universidades, en la vida de las ciudades, de los pueblos y de toda Europa… No tengáis miedo de formar una familia, de tener hijos, de defender la dignidad de cada persona, desde el primer instante en el vientre de la madre hasta su último aliento. No tengáis miedo de trabajar incansablemente al servicio del bien de vuestras comunidades, incluso a través del compromiso político». Son las periferias cercanas en las que la voz del Papa ha proclamado el evangelio de siempre.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

viernes, 9 de octubre de 2026

9 de Octubre: Santos Mártires de Turón



Los Mártires de Turón: Educadores y Testigos de Fe en la Cuenca Minera

Los Mártires de Turón son un grupo de ocho Hermanos de las Escuelas Cristianas (La Salle) y un sacerdote Pasionista que fueron asesinados por odio a la fe en la localidad asturiana de Turón, España, el 9 de octubre de 1934. Su ejecución se enmarcó dentro de los violentos sucesos de la Revolución de Asturias. Están considerados históricamente por la Iglesia católica como los primeros santos mártires de la persecución religiosa del siglo XX en España. 

Contexto Histórico y Misión Educativa

A comienzos de la década de 1930, la cuenca minera asturiana atravesaba un ambiente de profunda agitación política y social. En el pueblo de Turón (Mieres), los Hermanos de La Salle dirigían el colegio Nuestra Señora de Covadonga, una escuela donde ofrecían educación gratuita a los hijos de los mineros de la zona. 

A pesar de que su labor era estrictamente educativa y de asistencia social, las leyes de la Segunda República y la posterior radicalización local pusieron el foco sobre las congregaciones religiosas. El grupo que habitaba la comunidad era notablemente joven: cuatro de los hermanos no alcanzaban los 26 años de edad, y la gran mayoría llevaba apenas unos meses destinados en la región. 

El Arresto y el Martirio

El 5 de octubre de 1934, un grupo de revolucionarios armados asaltó el colegio bajo el pretexto de buscar armas ocultas. En ese momento se encontraba también en la casa el Padre Inocencio de la Inmaculada, un sacerdote pasionista que había viajado hasta Turón para confesar a los estudiantes y oficiar la misa de los primeros viernes de mes. 

Todos los religiosos fueron detenidos ilegalmente y conducidos a la "Casa del Pueblo" local, reconvertida temporalmente en centro de detención. Tras cuatro días de cautiverio, en la madrugada del 9 de octubre de 1934, los nueve prisioneros fueron trasladados en secreto al cementerio de Turón. Allí, frente a una fosa común previamente excavada, fueron fusilados. Los testimonios históricos de los propios ejecutores destacaron la serenidad, entereza y actitud de oración con la que los religiosos afrontaron sus últimos instantes. 

Quiénes eran los Nueve Mártires

El grupo estaba compuesto por las siguientes figuras:

San Cirilo Beltrán (46 años): Director de la comunidad escolar.
San Marciano José (33 años): Hermano lasaliano.
San Julián Alfredo (31 años): Hermano lasaliano.
San Victorino Pío (29 años): Hermano lasaliano.
San Benjamín Julián (25 años): Hermano lasaliano.
San Augusto Andrés (24 años): Hermano lasaliano.
San Benito de Jesús (23 años): Hermano lasaliano.
San Aniceto Adolfo (22 años): El hermano más joven del grupo.
San Inocencio de la Inmaculada (47 años): Sacerdote pasionista accidentalmente presente. 

Nota de interés geográfico: Entre ellos se encontraba el Hermano Benito de Jesús (nacido como Héctor Valdivielso Sáez), quien había nacido en Buenos Aires, Argentina. Debido a esto, se convirtió históricamente en el primer santo nacido en suelo argentino. 

Reconocimiento y Legado

La causa de canonización avanzó de manera significativa tras la validación de la curación milagrosa de Rafaela Bravo Jirón, una joven nicaragüense que sanó inexplicablemente de un cáncer terminal tras encomendarse a la intercesión de los religiosos. Fueron beatificados por el Papa Juan Pablo II el 29 de abril de 1990. El mismo pontífice los proclamó santos de la Iglesia Universal el 21 de noviembre de 1999 en la Ciudad del Vaticano. 

En la actualidad, las reliquias de los Mártires de Turón reposan en Bujedo (Burgos), y también en una urna dentro de la parroquia de San Martín de Turón, lugar que sigue recibiendo peregrinaciones anuales cada 9 de octubre para conmemorar su festividad litúrgica como un símbolo de entrega educativa, perdón y reconciliación.