sábado, 18 de abril de 2026

Un libro saca a la luz la historia de los 10.000 mártires de la Guerra Civil

(COPE) El catedrático Javier Paredes publica 'Hasta el cielo', una obra que documenta la persecución religiosa durante la Segunda República y la contienda española

El catedrático de historia contemporánea Javier Paredes ha publicado su último libro, Hasta el cielo (editorial Saint Romance), una obra que ha alcanzado un notable eco en los medios de comunicación. El libro se posiciona en el número 5 en el ranking de libros de historia de Amazon y cuenta con una valoración de 4.8 sobre 5 estrellas, reflejando el interés por el tema que aborda: la persecución religiosa en España.

El título del libro evoca la exclamación que pronunciaban los mártires de la Segunda República y de la Guerra Civil (1931-1939) cuando eran conducidos al martirio en la zona del Frente Popular. Según la obra, esta fue la mayor persecución sufrida por la Iglesia católica en sus 2000 años de historia, con más de 10.000 asesinatos entre obispos, sacerdotes, religiosos y laicos, de los cuales 2.154 ya han sido canonizados o beatificados.

Un recorrido por el martirio

A lo largo de 183 páginas, fruto de una selección de más de 200 artículos y una exhaustiva investigación, el libro se divide en cinco capítulos. En ellos se aborda la historia de obispos mártires como los de Barbastro, Tarragona o Ciudad Real; religiosas como las carmelitas descalzas o las adoratrices; y religiosos como los mártires de Turón de 1934, los claretianos de Barbastro o los Agustinos del Escorial.

Historias de fe inquebrantable

La obra rescata testimonios conmovedores como el de Francisco Castellón, un ingeniero químico de 22 años acusado de fascista por un Tribunal Popular de Lérida. Cuando el fiscal le preguntó directamente si era católico, él respondió sin dudar: "Sí, soy católico". Su verdadero delito, según se narra, era ser un cristiano conocido.

La noche antes de ser ejecutado, Castellón escribió una carta a su prometida, Mariona Peregrí: "Nuestras vidas se unieron y dios ha querido separarlas. [...] Una cosa quiero decirte, cásate si puedes. Desde el cielo, yo bendeciré tu unión y tus hijos". En la misiva, añadía: "No quiero que llores, espero que estés orgulloso de mí".

No quiero que llores, espero que estés orgulloso de mí"

Otro de los relatos destacados es el del canónigo de la catedral de Vic, Juan Jadeau Oller. Mientras sonreía camino de ser fusilado, explicó a los milicianos que su alegría se debía a que Dios le estaba concediendo las gracias que había pedido, entre ellas, dar su vida por Jesucristo y salvar un alma.

Sus palabras impactaron a uno de los milicianos, que tiró su arma y se arrodilló ante él pidiendo ser salvado. Ante la orden del jefe del pelotón de que se apartara, el hombre replicó: "¿No veis que esto es grande? ¿Hemos de matar a un hombre así?". Finalmente, el miliciano converso se dirigió al sacerdote y le dijo: "Padre, deme la solución, porque prefiero morir con usted que seguir con ellos", y ambos fueron fusilados juntos.

Pascua, Encuentro con el Resucitado. Por Roberto Gutiérrez González OCD



Apuntes sobre la historia, la estructura, la liturgia, la espiritualidad y las posibilidades pastorales de la celebración del tiempo pascual

Pascua es el tiempo litúrgico del encuentro con el Resucitado. Por ello, es el tiempo de la alegría, por habernos encontrado con Él, como nos recuerda el Papa Francisco en Evangelii gaudium: «La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento» (EG, 1).

Escuchemos una homilía de Melitón de Sardes sobre la Pascua, cuya lectura nos remonta a la teología pascual: «Soy yo, en efecto vuestra remisión; soy yo, la Pascua de la salvación; yo el cordero inmolado por vosotros, yo vuestro rescate, yo vuestra vida, yo vuestra luz, yo vuestra salvación, yo vuestra resurrección, yo vuestro rey… Él es el Alfa y el Omega, Él es el principio y el fin. Él es el Cristo. Él es el rey. Él es Jesús, el caudillo, el Señor, aquel que ha resucitado de entre los muertos, aquel que está sentado a la derecha del Padre».

Se puede afirmar que la Pascua anual es la institución cristiana más antigua después del domingo y que hunde sus raíces en la fiesta de la Pessah. De la Pascua semanal, celebrada por la Iglesia apostólica y llamada «día del Señor» (cf. Ap 1, 10), pasamos a la Pascua anual celebrada por las primeras comunidades cristianas a partir del siglo II, como memorial de la Muerte y de la Resurrección. Es, entonces, cuando en torno a esta fiesta nace su prolongación 50 días, hasta Pentecostés.

Vigilia Pascual

Originariamente, la Pascua se celebraba durante una vigilia nocturna dedicada a las lecturas, oraciones, cantos y que concluía con la celebración de la Eucaristía. Es alrededor de los siglo II-III cuando se incorpora la liturgia bautismal. En último lugar, se introduce la liturgia de la luz.

Estos elementos han estado presentes, y casi sin sufrir variaciones, en la liturgia de la Pascua romana, incluso después de la reforma realizada por el Concilio Vaticano II, en la que la estructura de la Vigilia Pascual sigue este esquema: liturgia de la luz, liturgia de la Palabra, liturgia bautismal y la liturgia eucarísitca.

Después de un día de silencio, de oración y de ayuno, nos disponemos a celebrar la Pascua, el paso, la Resurrección. La Vigilia de la Pascua del Señor y la Pascua de toda la Iglesia, origen y raíz del año litúrgico. Todo ello lo celebramos en medio de la noche, esperando la nueva luz. En la noche, se renuevan todas las cosas. La luz pascual, que desde los orígenes (Génesis) hasta el final (Apocalipsis), es signo de Cristo luz del mundo que lo invade todo y lo penetra todo. Ese fuego que nos recuerda la columna de fuego que condujo al pueblo de Israel y el fuego del Espíritu que enciende el resucitado en nuestros corazones.

El cirio es bendecido y adornado, signo de Cristo resucitado. Caminamos de las tinieblas a la luz, como nuevo Pueblo de Dios, guiados por esa columna de fuego, de donde tomamos nuestra luz para ser hijos de la luz.

Todo es nuevo, todo confiere novedad a la Iglesia en los grandes símbolos cristianos y litúrgicos.

El solemne anuncio de la Pascua, el pregón pascual, canto lírico, pero cargado de teología y lleno de sentimientos que acogemos con fe y gozosa escucha, con plena participación.

Cuatro son las ideas centrales: una invitación gozosa a todo el universo, una oración de bendición y exaltación de la Pascua del Señor («esta noche dichosa», síntesis de las noches salvíficas de Dios en la historia de la salvación), un canto a la redención pascual («¡oh feliz culpa que mereció tal Redentor», una noche donde se reconcilia todo, lo humano y lo divino) y finalmente un ofrecimiento con una petición: «Te rogamos, Señor, que este cirio, consagrado en tu nombre (…) y, como ofrenda agradable, se asocie a las lumbreras del cielo».

A la luz de Cristo resucitado, proclamamos la Palabra de Dios, en un tono progresivo, cristocéntrico y que nos remite al bautismo. Pasamos de las lecturas del Antiguo Testamento al Nuevo, pero entre los dos cantamos con solemnidad el canto del Gloria, antiguo himno de la mañana, que nos lleva también al sentido pascual de la Encarnación y del Nacimiento de Cristo. Pidiendo en la oración colecta: «Oh, Dios, que has iluminado esta noche santísima con la gloria de la resurrección del Señor, aviva en tu Iglesia el espíritu de la adopción filial, para que, renovados en cuerpo y alma, nos entreguemos plenamente a tu servicio».

El agua viva, regeneradora, signo de la vida nueva de Cristo, es el recuerdo memorial de la Pascual y del bautismo. El sacrificio y el banquete eucarístico, encuentro con Cristo resucitado que nos anuncia el banquete eterno, es la comida del Resucitado y con el Resucitado, nos invita a llevar a todos el anuncio y la alegría de Cristo resucitado.

Domingo de Pascua

La respuesta del salmo invitatorio del oficio de lectura de este día dice: «Verdaderamente ha resucitado el Señor. ¡Aleluya!», donde expresamos de nuevo el gozo y la alegría. Por ello, nos volvemos a reunir por segunda vez en la mañana del domingo para expresar ese gozo y esa alegría celebrando la «misa del día».

Todo nos habla de vida, belleza, novedad: el cirio que nos preside, el presbiterio con flores, los ornamentos blancos, ponen de manifiesto lo que canta la antífona de entrada: «He resucitado y aún estoy contigo, aleluya: me cubres con tu mano, aleluya; tu sabiduría es sublime, aleluya, aleluya». Lo viejo se renueva y todo ello es llevado a la perfección.

Lo que celebramos tiene que manifestarse en nuestra vida, de la «lex orandi a la lex vivendi», es decir, no se puede disociar lo que celebramos y oramos con lo que luego vivimos, por ello, la oración colecta reza así: «Oh, Dios, que en este día, vencida la muerte, nos has abierto las puertas de la eternidad por medio de tu Unigénito, concede, a quienes celebramos la solemnidad de la resurrección del Señor, que, renovados por tu Espíritu, resucitemos a la luz de la vida».

Nuestra participación en el sacrificio y sacramento de la misa nos capacita para vivir más auténtica y efectivamente el misterio que se inició en nosotros el día de nuestro bautismo. La eucaristía de este día, si cabe, nos tendría que hacer caer en la cuenta del carácter pascual de toda la misa, prenda de vida eterna, de nuestra futura resurrección. Con las segundas vísperas del domingo de Pascua se cierra el triduo pascual. Esta oración de alabanza, de acción de gracias y petición, cierra en un ambiente contemplativo, las celebraciones del día. Las antífona del Magníficat dice: «Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas, y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros». Aleluya».

Este es el fruto de las Pascua, el don que nos regala Cristo, que, por su misterio pascual, ha restablecido la paz, la alianza entre Dios y el hombre.

Cincuentena Pascual y Octava Pascual

Este período, denominado tiempo pascual o cincuentena pascual, conmemora el triunfo de Cristo resucitado presente en la Iglesia, y al Espíritu Santo, donación de la promesa del Padre. La Pascua es la expresión culmen del amor de Dios. Del amor de un Dios que se hace pascua para nosotros. Es el paso del odio al amor.

Con la reforma conciliar sobre liturgia, se ha restituido al tiempo pascual su significado. En las normas sobre el año litúrgico se dice: «Los cincuenta días que van del domingo de Resurrección hasta el domingo de Pentecostés han de ser celebrados con alegría y exultación, como si se tratase de un solo y único día festivo, más aún, como «un gran domingo»» (n. 22). Este tiempo es llamado por los padres orientales como «el gran domingo» ya que todos los elementos que hacen del domingo un día de fiesta, concluyen en la cincuentena. Se tiene que hacer ver el carácter unitario de estas siete semanas.

Estas siete semanas se desdobla en otro ciclo de ocho días, la octava pascual, con un carácter eminentemente bautismal. Los neófitos pregustaban durante estos ocho días las delicias de su bautismo. Durante estos días recibían las últimas catequesis, llamadas mistagógicas. El último día se desprendían de sus vestidos blancos y tomaban asiento entre el pueblo.

El misterio de la Resurrección recorre todo este tiempo. Durante los 50 días es lo que vamos a celebrar, ellos es la causa de nuestra alegría, del encuentro con el resucitado. Así, los domingos de Pascua nos narran los distintos encuentros que tiene Jesús: con las mujeres, con el grupo de los doce, con María Magdalena, a los discípulos de Emaús, a los apóstoles sentado en la mesa, en el lago Tiberíades.

Después de la Octava, no se pierde de vista la Resurrección, sino que se la contempla desde otra perspectiva, de la presencia de Cristo en la Iglesia: como buen Pastor, como camino y conduce al Padre, como la Vid.

Todo el tiempo pascual es la exaltación de Cristo, Señor del universo donde Cristo sea todo en todos. Pascua es la luz que alumbra sobre las tinieblas, la vida que derrota a la muerte, el amor que vence al odio. Es donde profundizamos en el bautismo recibido o en la fe ya vivida.

Es el tiempo de la alegría y del banquete, donde cantamos el aleluya y la comunidad se reconoce como misterio de comunión y fraternidad.

Los cantos de la Pascua hacen nacer de nuevo a la esperanza, colma de alegría a los cristianos. La Iglesia es el lugar donde nos encontramos con Jesús resucitado, donde experimentamos su Espíritu que nos vivifica, donde lo vivimos a través de los sacramentos y donde somos llamados a testimoniar la Buena Noticia con nuestras vidas. «Id a Galilea, allí me veréis». Volvamos a nuestros quehaceres de cada día y lo veremos y conoceremos en la fracción de pan, en la escucha de la Palabra, en el sacramento de la caridad hacia el hermano. Es el momento de caminar, es el momento de ser sus testigos, es el momento de ser pascua para la humanidad.

viernes, 17 de abril de 2026

La Iglesia de Asturias hace memoria hoy día 17 de abril de San Pedro Poveda y Castroverde, educador y mártir.

La figura de San Pedro Poveda (1874-1936), sacerdote, pedagogo y mártir, encuentra en Asturias un escenario fundamental para el desarrollo de su pensamiento y obra. Aunque nació en Linares, fue en tierras asturianas donde terminó de madurar la visión que daría origen a la Institución Teresiana. Su llegada a Covadonga tras una intensa labor con las clases populares en las cuevas de Guadix, Poveda fue nombrado canónigo de la Real Colegiata de Covadonga en octubre de 1906. 

Durante sus siete años en el santuario llevó una vida de oración y estudio a los pies de la "Santina". Aquí profundizó en la situación educativa de España y en la necesidad de formar a maestros cristianos competentes. Se integró tanto en la cultura local, que los asturianos le apodaron cariñosamente "Don Pedrín", e incluso incorporó giros del habla asturiana en sus escritos. Como secretario del Cabildo, participó en el remate de obras clave, como el túnel de acceso a la Santa Cueva.

En el año 1911 tiene lugar el nacimiento de las Academias. Ese año marcó un hito en su trayectoria con la fundación de sus primeras academias, precursoras de su gran proyecto educativo. La Academia de Oviedo fue la primera de la Institución Teresiana, enfocada en la formación de mujeres que estudiaban Magisterio. La Academia de Gijón por su parte estaba orientada a varones, donde publicó su influyente "Ensayo de un Proyecto Pedagógico".

La estancia de Poveda en Asturias no fue un simple retiro espiritual, sino un periodo de innovación pedagógica. Su enfoque en la dignidad de la mujer y la profesionalización de la enseñanza le valió ser reconocido por la UNESCO como "Humanista y Pedagogo" en su centenario. Su memoria sigue viva en la región, no solo a través de la Institución Teresiana, sino por su profundo vínculo con nuestra tierra, ya que San Pedro Poveda "se forjó en Covadonga".

El Papa León logra un alto el fuego en Camerún: felicita a los constructores de paz desde Bamenda

(Rel.) En un comunicado de la Alianza por la Unidad, que agrupa a los movimientos separatistas anglófonos de Camerún, se ha decretado desde el martes un alto el fuego con motivo de la visita de León XIV, en nombre de "la responsabilidad, la moderación y el respeto por la dignidad humana", para crear "un corredor y un ambiente seguros" para las actividades del Papa.

En el Oeste de Camerún, en las dos regiones anglohablantes, desde 2016 hay un conflicto armado entre guerrillas y el ejército, que según un Informe de 2025 de International Crisis Group ha causado unas 6.500 víctimas mortales en el llamado conflicto de Ambazonia. También ha desplazado a unas 580.000 personas dentro del país. A eso habría que sumar unas 73.000 que habrían pasado a Nigeria. Según la ONU, 1,8 millones de los cuatro millones de habitantes de las regiones anglófonas necesitan ayuda humanitaria, mientras que unos 250.000 niños se ven afectados por el cierre de escuelas debido al conflicto.

En el marco de este "corredor", el Papa llegó este jueves a Bamenda, capital de una de esas regiones, cerca de la frontera con Nigeria. En la catedral de San José, en Bamenda, celebró un encuentro con representantes de diversas religiones (religiones tradicionales animistas, protestantes y musulmanes) y de ambas lenguas, aunque el Papa se dirigió a los presentes en el inglés que caracteriza a la región.

Hablaron testimonios de afectados por la guerra. "¡En Dios, en su paz, siempre podemos comenzar de nuevo!", dijo el Pontífice.

Cristianos y musulmanes de la región trabajan en un Movimiento por la Paz con el que intentar mediar entre los bandos enfrentados por razones políticas, en las que el separatismo ha estado muy presente. "Desearía que esto sucediese en muchos otros lugares del mundo", exhortó el pontífice, "vuestro trabajo por la paz puede ser un modelo".

"Los maestros de la guerra aparentan ignorar que basta un momento para destruir, y en ocasiones toda una vida no es suficiente para reconstruir. Y cierran los ojos al hecho de que se gastan miles de millones de dólares en matar y destruir, pero no se encuentran en ningún lado los recursos necesarios para la salud, la educación y la restauración", denunció.

"La paz no es algo que tengamos que inventar, sino algo que hemos de abrazar aceptando a nuestro prójimo como hermano y hermana. No elegimos a nuestros hermanos y hermanas: ¡simplemente debemos aceptarnos mutuamente! Somos una sola familia, que habita el mismo hogar: este maravilloso planeta que las culturas antiguas han cuidado durante milenios", añadió.

Al salir de la catedral soltó una paloma en signo de la paz, acompañado de varios líderes locales, ante la multitud congregada fuera del templo.

jueves, 16 de abril de 2026

Tráiler de la película sobre fray Pablo María de la Cruz


(Rel.) En La Cruz es mi alegría, no mi pena se recogen numerosos testimonios sobre Pablo María de la Cruz, el joven salmantino que murió el 15 de julio de 2023 a los 21 años de edad, semanas después de haber realizado sus votos como carmelita en el Convento de San Andrés (El Carmen de Abajo). La película no solo cuenta la historia y recoge las palabras de amigos y familiares: también las suyas propias, expresión de su vocación y de su fe.

Homilía del Santo Padre León XIV en la Basílica de San Agustín de Annaba (Argelia)

Queridos hermanos y hermanas:

La Palabra divina atraviesa la historia y la renueva con la voz humana del Salvador. Hoy escuchamos el Evangelio, buena noticia para todos los tiempos, en esta basílica de Annaba dedicada a san Agustín, obispo de la antigua Hipona. A lo largo de los siglos, los lugares que nos acogen han cambiado de nombre, pero los santos han permanecido como nuestros patronos y testigos fieles de un vínculo con la tierra, que viene del cielo. Esta es precisamente la dinámica que el Señor enciende en la noche de Nicodemo: esta es la fuerza que Cristo infunde a la debilidad de su fe y a la tenacidad de su búsqueda.

Enviado por el Espíritu de Dios, que «no sabes de dónde viene ni a dónde va» (Jn 3,8), Jesús es para Nicodemo un huésped especial. Lo llama a una vida nueva, dando a su interlocutor y también a nosotros una tarea sorprendente: «ustedes tienen que renacer de lo alto» (v. 7). ¡He aquí la invitación para todo hombre y toda mujer que busca la salvación! Del llamado de Jesús brota la misión para toda la Iglesia y, por tanto, para la comunidad cristiana de Argelia: nacer nuevamente de lo alto, es decir, de Dios. En esta perspectiva, la fe vence las dificultades terrenas y la gracia del Señor hace florecer el desierto. Sin embargo, la belleza de esta exhortación lleva consigo una prueba que el Evangelio nos llama a afrontar juntos.

Las palabras de Cristo, en efecto, tienen toda la firmeza de un deber: ¡deben renacer de lo alto! Tal imperativo resuena en nuestros oídos como un mandato imposible. Escuchando con atención a Aquel que lo da, comprendemos, sin embargo, que no se trata de una dura imposición, ni de una coacción o, menos aún, de una condena al fracaso. Al contrario, el deber expresado por Jesús es para nosotros un don de libertad, porque nos revela una insospechada posibilidad: podemos renacer de lo alto, gracias a Dios. Pero debemos hacerlo según su voluntad de amor, que desea renovar a la humanidad llamándola a una comunión de vida, que comienza con la fe. Mientras Cristo nos pide renovar totalmente toda nuestra existencia, también nos da la fuerza para hacerlo. Lo atestigua bien san Agustín, que le dice al Señor: «Dame lo que mandas y manda lo que quieras» (Confesiones, X, 29, 40).

Entonces, cuando nos preguntamos cómo es posible un futuro de justicia y de paz, de concordia y de salvación, recordemos que estamos haciendo a Dios la misma pregunta que Nicodemo: ¿de verdad puede cambiar nuestra historia? ¡Estamos tan cargados de problemas, acechanzas y tribulaciones! ¿De verdad nuestra vida puede recomenzar desde cero? ¡Sí! La afirmación del Señor, tan llena de amor, colma nuestros corazones de esperanza. No importa cuán oprimidos estemos por el dolor o por el pecado; el Crucificado lleva todos esos pesos con nosotros y por nosotros. No importa cuánto nos desanimen nuestras debilidades; porque es precisamente entonces cuando se manifiesta la fuerza de Dios, que ha resucitado a Cristo de entre los muertos para dar vida al mundo (cf. Rm 8,1). Cada uno de nosotros puede experimentar la libertad de la vida nueva que viene de la fe en el Redentor. De nuevo, san Agustín nos ofrece un ejemplo: antes que por su sabiduría, lo contemplamos por su conversión. En este renacer, providencialmente acompañado por las lágrimas de su madre, santa Mónica, llegó a ser él mismo exclamando: «Nada sería yo, Dios mío, nada sería yo en absoluto si tú no estuvieses en mí; pero, ¿no sería mejor decir que yo no sería en modo alguno si no estuviese en ti?» (Confesiones, I, 2).

Así es; los cristianos nacen de lo alto, regenerados por Dios como hermanos y hermanas de Jesús, y la Iglesia que los nutre con los sacramentos es un seno materno para todos los pueblos de la tierra. Como hemos escuchado hace poco, los Hechos de los Apóstoles dan testimonio de ello al narrar el estilo que distingue a la humanidad renovada por el Espíritu Santo (cf. Hch 4,32-37). También hoy es necesario acoger y realizar este canon apostólico, meditándolo como auténtico criterio de reforma eclesial; una reforma que comienza en el corazón, para ser verdadera, y concierne a todos, para hacerse eficaz.

En primer lugar, «la multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma» (v. 32). Esta unidad espiritual es la concordia, palabra que expresa bien la comunión de corazones que laten juntos, porque están unidos al de Cristo. La Iglesia naciente no se basa, por tanto, en un contrato social, sino en una armonía en la fe, en los afectos, en las ideas y en las opciones de vida, pues tiene el centro en el amor de Dios, hecho hombre para salvar a todos los pueblos de la tierra.

En segundo lugar, contemplamos el efecto material de esta unidad espiritual de los creyentes: «todo era común entre ellos» (v. 32). Todos lo comparten todo, participando en los bienes de cada uno como miembros de un solo cuerpo. Nadie se ve privado de algo, porque cada uno pone en común lo que le es propio. Transformando la posesión en don, esta entrega fraterna no representa una utopía más que para los corazones rivales entre sí y las almas ávidas de sí mismas. Al contrario, la fe en el único Dios, Señor del cielo y de la tierra, une a los hombres según una justicia perfecta, que invita a todos a la caridad, es decir, a amar a toda criatura con el amor que Dios nos da en Cristo. Por eso, sobre todo ante la indigencia y la opresión, los cristianos tienen como código fundamental la caridad: hagamos al prójimo lo que quisiéramos que hicieran por nosotros (cf. Mt 7,12). La Iglesia, animada por esta ley que Dios escribe en los corazones, está siempre dando vida, porque donde hay desesperación, enciende esperanza; donde hay miseria, lleva dignidad; donde hay conflicto, lleva reconciliación.

En tercer lugar, en el texto de los Hechos encontramos el fundamento de esta vida nueva, que involucra a pueblos de toda lengua y cultura: «Los Apóstoles daban testimonio con mucho poder de la resurrección del Señor Jesús y gozaban de gran estima» (Hch 4,33). La caridad que los anima, antes que compromiso moral, es signo de salvación; los Apóstoles proclaman que nuestra vida puede cambiar porque Cristo ha resucitado de entre los muertos. La primera tarea de los pastores, ministros del Evangelio es, por tanto, dar testimonio de Dios al mundo con un sólo corazón y una sola alma, sin que las preocupaciones nos corrompan con el miedo ni las modas nos debiliten mediante las componendas. Junto con ustedes, hermanos en el episcopado, y con ustedes, presbíteros, renovemos constantemente esta misión para el bien de cuantos nos han sido confiados, a fin de que la Iglesia entera sea, en su servicio, mensaje de vida nueva para aquellos que encontramos.

Queridísimos cristianos de Argelia: permanezcan en esta tierra como signo humilde y fiel del amor de Cristo. Den testimonio del Evangelio con gestos sencillos, relaciones verdaderas y un diálogo vivido día a día; así darán sabor y serán luz allí donde viven. La presencia de ustedes en el país trae a la mente el incienso: un grano incandescente, que esparce perfume porque da gloria al Señor y alegría y consuelo a tantos hermanos y hermanas. Ese incienso es un elemento pequeño y precioso, que no está en el centro de la atención, sino que invita a dirigir nuestros corazones a Dios, animándonos unos a otros a perseverar en las dificultades del tiempo presente. Del incensario de nuestro corazón se elevan, en efecto, la alabanza, la bendición y la súplica, difundiendo el suave olor (cf. Ef 5,1) de la misericordia, de la limosna y del perdón. Su historia está hecha de acogida generosa y de tenacidad en la prueba; aquí han orado los mártires, aquí san Agustín amó a su grey buscando la verdad con pasión y sirviendo a Cristo con fe ardiente. Sean herederos de esta tradición, dando testimonio en la caridad fraterna de la libertad de quien nace de lo alto como esperanza de salvación para el mundo.

miércoles, 15 de abril de 2026

La Conferencia Episcopal Española publica el subsidio “Preparar y celebrar el matrimonio en la Iglesia. Guía para comprender y vivir el sacramento del matrimonio”

(C.E.E.) Esta guía es una ayuda para preparar y celebrar adecuadamente el sacramento del matrimonio, de forma que los novios puedan vivirlo en plenitud. 

Este subsidio recorre las partes fundamentales de la celebración del sacramento, ofrece los diferentes textos litúrgicos para preparar el rito y, además, presenta unas orientaciones sobre la preparación de la ceremonia en todos los aspectos. 

Es una guía muy útil para trabajar en los cursillos prematrimoniales. También para ayudar a los novios a comprender mejor el sacramento que van a celebrar.

La presente edición de este subsidio ha sido preparado por los secretariados de la Comisión Episcopal para la Liturgia y de la Subcomisión Episcopal para la Familia y la Defensa de la Vida de la Conferencia Episcopal Española.

Los textos litúrgicos corresponden a las ediciones oficiales en vigor.