miércoles, 18 de febrero de 2026

Miércoles de Ceniza. Por Joaquín Manuel Serrano Vila


Hoy recibimos la ceniza sobre nuestras cabezas. Este gesto no es un rito de tristeza, sino de humildad y realismo. Nos recuerda nuestra fragilidad ("polvo eres") pero, sobre todo, reaviva la esperanza de lo que estamos llamados a ser por la misericordia de Dios: ''conviértete y cree en el evangelio". Es el reconocimiento de que necesitamos al Padre para que transforme nuestra "ceniza" en vida nueva. La ceniza nos habla de esperanza. La voz del Señor nos habla hoy con más fuerza que nunca: "convertíos a mí de todo corazón". La Cuaresma es ante todo, ésto: una llamada a la conversión; no es tanto privarnos de muchas cosas, sino hacer una introspección espiritual de cómo está nuestro corazón en relación a Dios y nuestros hermanos. Si en Adviento me gusta decir que hay que hacer hueco en el corazón al Niño Jesús, la limpieza interior que tenemos que hacer en Cuaresma es aún mayor, pues ahora el que tiene que entrar es Jesucristo adulto: ¡el resucitado! 

El profeta Joel nos invita hoy a "rasgar el corazón y no las vestiduras". La verdadera conversión no es un cambio exterior de ritos, sino un movimiento profundo del espíritu para levantar la mirada de nosotros mismos y ponerla en Dios y en los hermanos. No lo olvidemos: Dios no se cansa de perdonar, por lo que este es el tiempo es oportuno para retornar a Él con confianza. Somos convocados a vivir con hondura la espiritualidad interiormente; sin duda, pero también de forma comunitaria, que es lo que hoy más nos cuesta. Los católicos tenemos claro que no vivimos nuestra fe por libre, ni nos salvamos solos: Para nosotros es esencial la experiencia comunitaria a ejemplo de nuestro Dios que es Trinidad, comunidad de amor. Hoy, que vamos por la calle absortos, inmersos en nuestras situaciones, tantas veces al margen del resto, que cada día cuesta más socializar, decir buenos días, ir a reuniones, trabajar en equipos, convivir... El Señor nos pide precisamente esto: amarnos unos a otros como Él nos ha amado. Hay un "mantra" muy extendido, especialmente entre las personas que se consideran creyentes ejemplares, y es decir que no necesitan confesar porque "ni robo ni mato": ¡faltaría más! Pero eso no es cierto de todo: hoy más que nunca se roba y se mata. No sólo físicamente en este mundo depredador de sí mismo, también con nuestra lengua muchas veces se puede matar socialmente a otros y robarles la buena fama. 

El Evangelio de San Mateo que hemos proclamado nos propone un "tríada" espiritual para sostener este tiempo de cuarenta días:

La Oración: Para hablar con Dios y escuchar su voz en lugar de las seducciones del mundo. Es el motor que da sentido a las otras prácticas. Como nos diría Santa Teresa, orar es ''tratar de amistad estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama''. 

El Ayuno: No sólo de alimentos, sino de posiciones cómodas y egoísmos que nos impiden crecer. Ayunamos para hacernos dueños de nosotros mismos y recordar que somos de Dios: cuánto ayuno necesitamos de palabras hirientes, de críticas mordaces, de comentarios incendiarios, de etiquetas, de chismes... Tenemos una cuarentena por delante para sanar el alma de todo ese mal, de hacer las paces con quienes estamos enfrentados, de cerrar tanta herida abierta. 

Y la Limosna (practicar la Misericordia): Para vencer el egoísmo mediante la solidaridad directa y la caridad con quienes sufren. Pero de poco servirán monedas o billetes para ayudar a rostros desconocidos si antes no ejercemos la misericordia con los rostros que conocemos muy bien, pero no soportamos. 

Las "armas" de la Cuaresma son una ayuda, pero no son un fin en sí mismas; son una ayuda para encauzar nuestras vidas al Señor. San Juan de la Cruz, cuyo año jubilar estamos viviendo en España este 2026 nos regala una propuesta muy directa para este Tiempo: “Procure siempre inclinarse: no a lo más fácil, sino a lo más dificultoso; no a lo más sabroso, sino a lo más desabrido; no a lo más gustoso, sino antes a lo que da menos gusto; no a lo que es descanso, sino a lo trabajoso; no a lo que es consuelo, sino antes al desconsuelo; no a lo más, sino a lo menos; no a lo más alto y precioso, sino a lo más bajo y despreciado; no a lo que es querer algo, sino a no querer nada; no a andar buscando lo mejor de las cosas temporales, sino lo peor”. No olvidemos que la Cuaresma es un camino con una meta: la Pascua de Resurrección. Al salir hoy con la cruz de ceniza en la frente, hagámoslo con una sonrisa y el corazón perfumado, sabiendo que cada pequeño sacrificio es un paso hacia la alegría del Hombre Nuevo.

Camino hacia la Pascua

 

El obispo de Mondoñedo que tradujo al bable el Evangelio de San Mateo

(Martín Fernández/ La voz de Galicia) Antes de ser O Santo, el Muy Ilustre Don Manuel Fernández de Castro, obispo de Mondoñedo, era Manolín, un joven ovetense culto, sensible, espiritual. Un día escribió un poema sobre unas ovejas que le regalaron a un recién nacido: «Que'l niñín les quiera / y faiga caricies, / y peine so llana / coles manines./ Qu'el mesmu las eche/ cabe si xuntines,/ y los pies los tape/ pa que non se enfríen».

Ese mismo candor y cuidado que reclamaba para las merinas lo puso él para proteger una lengua minoritaria y en retroceso, el bable, el idioma de su corazón. En 1861, Louis Lucien Bonaparte, sobrino de Napoleón, el Emperador francés, le encargó traducir al asturiano el Evangelio según San Mateo, entonces uno de los textos más populares de Europa. Y le financió la publicación del libro en Londres, tal vez el único volumen de procedencia astur que haya sido editado en la capital inglesa...

Manuel Fernández de Castro y Menéndez Hevia, que así se llamaba el prelado, nació en Oviedo en 1834 y murió en Lugo, lejos de la tierra que tanto amó, en 1905. Desde muy joven se inclinó por la vida religiosa y, tras ser ordenado sacerdote, fue catedrático de Latín en el Seminario Conciliar de la capital asturiana y fundador del Catecismo de Oviedo. Cuando tenía 55 años, fue nombrado Obispo de Mondoñedo, diócesis en la que prosiguió la labor pastoral que lo caracterizó: el apoyo a las vocaciones religiosas y la difusión de la doctrina y de la moral cristiana.

Un encargo singular

Su condición clerical no le impidió, sin embargo, participar activamente en la vida social y cultural de su tiempo. En el diario La Unidad -medio vinculado al carlismo- escribió artículos que defendían postulados conservadores y tradicionalistas. En revistas eclesiásticas españolas difundió sus tesis y opiniones sobre asuntos de teología moral. Fue autor de dos libros sobre catequesis. Vertió al «asturianu» en 1854 la bula del Papa Pío IX -Pío Nono- Ineffabilis en la que se define el misterio de la Inmaculada Concepción. Y publicó en la prensa regional, en bable, diversos poemas de tipo costumbrista y popular que le dieron una notable fama y gran notoriedad.

Pero, sin duda, su máximo reconocimiento lo alcanzó con la traducción al bable del Evangelio de San Mateo, libro que fue editado en Londres en 1861 con una tirada inicial de 200 ejemplares. De ellos, según fuentes del Instituto de Estudios Asturianos, solo se conservan cinco: tres, en las bibliotecas Nacional de España, Londres y Vaticana y dos en manos privadas en Asturias. El volumen presenta dos características que lo hacen especial y singular. La primera, que tal vez sea el único libro en lengua asturiana que se editó en Londres. Y la segunda, que su publicación se debió al encargo de un personaje también un tanto raro y singular: Louis Lucien Bonaparte, sobrino de Napoleón Bonaparte, El Emperador de Francia. 

Un sobrino de Napoleón que amaba las lenguas minoritarias

En 1861, uno de los libros más populares de Europa era El Evangelio de San Mateo, uno de los cuatro del Nuevo Testamento. Por entonces, a Louis Lucien Bonaparte -que era lingüista, amante de las lenguas minoritarias y sobrino de El Emperador- se le ocurrió comparar cuatro idiomas próximos a su francés materno. Él fue uno de los primeros filólogos que estudiaron las lenguas vivas con métodos rigurosos por medio de la comparación lingüística. Y por eso encargó la traducción del Evangelio de San Mateo al asturiano, al gallego, al portugués y al castellano.

Al bable, se la encargó a un joven sacerdote ovetense que entonces tenía 27 años y que, con el tiempo, llegaría a ser Obispo de Mondoñedo. Para llevar a cabo el pedido, Don Manolín se apoyó en curas y seminaristas asturianos y redactó el texto en la llamada variante central, a la que incorporó usos y palabras de las modalidades oriental y occidental del bable.

La traducción al gallego, Bonaparte la puso en manos del compostelano Vicente Turnes pero, cuando este concluyó su trabajo, el francés consideró que su texto estaba demasiado castellanizado y le hizo un nuevo encargo a José Sánchez de Santa María, un poco conocido traductor gallego que Carballo Calero cita entre los precursores de Rosalía de Castro.

Louis Lucien Bonaparte no solo promovió el estudio de las lenguas de la Península Ibérica sino también los dialectos ingleses, italianos, sardos y albaneses. Y, sobre todo, estudió la lengua vasca, hasta tal punto que sus conclusiones sobre el euskera se mantuvieron en la picota de la investigación hasta el año de 1998 cuando se realizó la actual ordenación dialectal del vasco. Bonaparte había clasificado esta lengua en tres grandes grupos, ocho dialectos, veinticinco «subdialectos» y cincuenta variedades.

Su pasión por el País Vasco lo llevó a mantener largas estancias en él, casarse con una mujer vasca y publicar 33 obras en los distintos dialectos de esta vieja lengua preindoeuropea. Le llamaban O Santo y promovió la creación de la iglesia del Carmen y de rectorales y cruceiros

Manuel Fernández de Castro era un hombre sencillo, próximo y famoso por sus obras de caridad. Los vecinos le llamaban O Santo y entre ellos quedó, por largo tiempo, grato recuerdo y profunda huella, según documentan los historiadores mindonienses Cal Pardo y Andrés García Doural. Cincuenta años después de su muerte, su memoria seguía presente en la diócesis y en 1955 le fue tributado un homenaje en la iglesia parroquial de Nosa Señora do Carmen que él mismo había levantado sobre una vieja ermita de 1664. El nuevo templo fue obra del arquitecto local José Domenech a expensas del obispo De Castro. Su primer párroco fue en 1900 Justo Rivas Fernández, futuro obispo de Plasencia (Cáceres).

Mapa parroquial

En el acto, que contó con gran participación de vecinos y sacerdotes, intervinieron el entonces obispo de Mondoñedo, Mariano Vega Mestre; el deán Vicente Saavedra; el primer párroco de O Carme, Justo Rivas; y los párrocos de Ramil (Vilalba), José Benito Fernández Quintana, y Vilaronte (Foz), Jesús Losada Ares. Por su parte, el Concello de Mondoñedo colocó una lápida y dio su nombre a la avenida que discurre entre la escuela del barrio de Os Muiños de Arriba y la iglesia del Carmen. En su período al frente de la diócesis, Fernández de Castro reordenó en 1895 el mapa parroquial de Mondoñedo, lo que llevó a la desaparición de viejas parroquias como Rilleira de Cesuras, Trigás y Ambroz y a la aparición de las actuales de Os Remedios, San Vicente y O Carmen. Promovió, además, varias obras públicas -cruceiros, petos de ánimas, etcétera- y adquirió inmuebles y terrenos para levantar rectorales en parroquias. A él se debe la construcción del cruceiro de O Fiouco.

martes, 17 de febrero de 2026

Carta de nuestro Párroco ante el inicio de la Cuaresma

Querida comunidad parroquial:

Nos encontramos de nuevo a las puertas de la Cuaresma, ese itinerario de cuarenta días que la Iglesia nos regala para preparar el corazón hacia la alegría de la Pascua. Como Párroco, me gustaría invitaros a no ver este tiempo como un simple retorno en una rutina de "cumplimiento", sino como una oportunidad de renovación sincera.

El catecismo de la Iglesia subraya cómo ''Los tiempos y los días de penitencia a lo largo del año litúrgico (el tiempo de Cuaresma, cada viernes en memoria de la muerte del Señor) son momentos fuertes de la práctica penitencial de la Iglesia. Estos tiempos son particularmente apropiados para los ejercicios espirituales, las liturgias penitenciales, las peregrinaciones como signo de penitencia, las privaciones voluntarias como el ayuno y la limosna, la comunicación cristiana de bienes -obras caritativas y misioneras-'' (CIA nº 1438). Sin duda, este es el tiempo de la misericordia, por ello nos preparamos en conciencia para vivirlo con hondura de espíritu. 

Al recibir la ceniza sobre nuestras cabezas, escucharemos una invitación que resonará de forma especial durante estos cuarenta días en nuestro interior: «Conviértete y cree en el Evangelio». Con este gesto sencillo pero cargado de significado iniciamos la Cuaresma, un tiempo que no es de tristeza, sino de entrenamiento espiritual y de retorno a lo esencial.

Nos adentramos, pues, en el desierto, que como siempre me gusta indicar, es lugar de combate; sí, pero también de encuentro, especialmente con uno mismo. La Cuaresma nos sitúa simbólicamente en la soledad, siguiendo los pasos de Jesús. El desierto es el lugar del silencio donde Dios habla al corazón, pero también es el lugar de la debilidad y la tentación. Hoy, nuestros "desiertos" están marcados por el ruido, las prisas y una excesiva conexión tecnológica que, paradójicamente, nos desconecta de los que tenemos al lado. Os invito a buscar vuestro propio desierto: diez minutos de silencio diario, un paseo sin teléfono, un momento de lectura reposada de la Palabra... No dejéis consultar el Evangelio del día para que la Palabra sea vuestra brújula.

El Papa Léón XIV en su audiencia este pasado día 11 nos pedía que esta Cuaresma que vamos a empezar sea un tiempo para «profundizar nuestro conocimiento y amor por el Señor, examinar nuestros corazones y nuestras vidas, así como para volver a centrar nuestra mirada en Jesús y su amor por nosotros». Y que los tres pilares tradicionales de la cuaresma sean «una fuente de fortaleza en nuestro esfuerzo diario por tomar nuestra cruz y seguir a Cristo». El Mensaje del Santo Padre para la Cuaresma 2026  es un auténtico regalo, unas ideas concisas y muy concretas que se nos ofrecen sobre cómo escuchar, tener hambre de la Palabra y vivirlo unidos en comunidad. 

Desde antiguo, cada año se nos propone vivir este camino bajo estas tres claves esenciales, tres "armas" de la luz. La Iglesia nos ofrece estas tres herramientas que son clásicas, pero no pasadas de moda, las cuales debemos redescubrir con creatividad:

Una oración que conecte: No se trata de rezar más por obligación, sino de buscar el silencio. Que no sea un monólogo, sino un dejar que Dios nos mire. Os animo a redescubrir el Sacramento de la Reconciliación. Si necesitáis guía, el portal Catholic.net ofrece excelentes reflexiones sobre cómo vivir la confesión como un encuentro de amor. Os invito también a participar especialmente en la Adoración Eucarística de los jueves y en el Vía Crucis que rezaremos cada viernes en el templo.

Un ayuno que libere: Más allá de la privación de comida, ayunemos de la indiferencia, de las palabras que hieren y del ruido digital que nos impide escuchar a Dios y al prójimo. No es una dieta; es una disciplina. Ayunemos de juzgar a los demás, de la queja constante y del consumo innecesario. Que lo que ahorremos con nuestro ayuno tenga un rostro concreto: el de los más pobres.

Una caridad que transforme: Que nuestra limosna no sea una moneda para calmar la conciencia, sino un gesto sincero y comprometido de cercanía. La caridad es siempre el termómetro de nuestra fe. Os pido que miremos las pobrezas que nos rodean: las familias que pasan necesidad, los parados, los enfermos... La caridad es la expresión máxima de la misión de la Iglesia. La Cuaresma es un buen momento para colaborar activamente en la labor social de la Iglesia, en nuestro caso con Cáritas Parroquial ó, por ejemplo, dedicando tiempo a quienes están solos en nuestras parroquias... Recuerdo con cariño a las Hermanas del Sto Ángel Amparo y Bibiana, las cuales pusieron por costumbre en esta Parroquia que en Adviento y Cuaresma el Párroco peregrinara junto con ellas por las casas de nuestros mayores y enfermos para saludarles o llevarles la comunión o la Unción de Enfermos. 

Somos comunidad en camino, pues nadie camina solo hacia la Pascua. Somos un cuerpo. Por eso, os convoco igualmente a los actos comunitarios que a lo largo de estos cuarenta días iremos teniendo: celebraciones, charlas cuaresmales, concierto, retiro, confesiones... Sólo tratan de ser ayudas para no desfallecer en este trayecto, las cuales nos encamina hacia la alegría de la Resurrección.

No olvidemos que la meta no es la ceniza, sino el fuego de la noche de Pascua. Todo el esfuerzo de estas semanas tiene un sentido: llegar renovados a la victoria de Cristo sobre la muerte y el pecado. No tengamos miedo de mirar nuestras heridas y entregárselas al Señor para que Él las cure y las sane.

Os espero este Miércoles de Ceniza, a las 19'30 horas, para iniciar juntos este camino. Recibir "la ceniza" es reconocer nuestra fragilidad, pero sobre todo, es aceptar que el amor de Dios es capaz de transformarlo todo.

Que este tiempo sea para todos nosotros un verdadero "desierto" donde florezca la esperanza. 

Que la Virgen María, que acompañó a su Hijo en el camino de la Cruz, y vivió la Soledad tras depositar su cuerpo en el sepulcro, nos enseñe a ser fieles y a vivir estos cuarenta días con un corazón dócil y esperanzado. Caminamos hacia la mañana de Resurrección, no sólo ahora, sino siempre. Que ello esponje nuestro espíritu, conscientes de que nuestra meta no es la cruz, sino la luz.

Con mi bendición y afecto,
Joaquín:
Vuestro Párroco.

lunes, 16 de febrero de 2026

Mensaje del Santo Padre León XIV para la Cuaresma 2026


Escuchar y ayunar. La Cuaresma como tiempo de conversión

Queridos hermanos y hermanas:

La Cuaresma es el tiempo en el que la Iglesia, con solicitud maternal, nos invita a poner de nuevo el misterio de Dios en el centro de nuestra vida, para que nuestra fe recobre su impulso y el corazón no se disperse entre las inquietudes y distracciones cotidianas.

Todo camino de conversión comienza cuando nos dejamos alcanzar por la Palabra y la acogemos con docilidad de espíritu. Existe, por tanto, un vínculo entre el don de la Palabra de Dios, el espacio de hospitalidad que le ofrecemos y la transformación que ella realiza. Por eso, el itinerario cuaresmal se convierte en una ocasión propicia para escuchar la voz del Señor y renovar la decisión de seguir a Cristo, recorriendo con Él el camino que sube a Jerusalén, donde se cumple el misterio de su pasión, muerte y resurrección.

Escuchar

Este año me gustaría llamar la atención, en primer lugar, sobre la importancia de dar espacio a la Palabra a través de la escucha, ya que la disposición a escuchar es el primer signo con el que se manifiesta el deseo de entrar en relación con el otro.

Dios mismo, al revelarse a Moisés desde la zarza ardiente, muestra que la escucha es un rasgo distintivo de su ser: «Yo he visto la opresión de mi pueblo, que está en Egipto, y he oído los gritos de dolor» (Ex 3,7). La escucha del clamor de los oprimidos es el comienzo de una historia de liberación, en la que el Señor involucra también a Moisés, enviándolo a abrir un camino de salvación para sus hijos reducidos a la esclavitud.

Es un Dios que nos atrae, que hoy también nos conmueve con los pensamientos que hacen vibrar su corazón. Por eso, la escucha de la Palabra en la liturgia nos educa para una escucha más verdadera de la realidad.

Entre las muchas voces que atraviesan nuestra vida personal y social, las Sagradas Escrituras nos hacen capaces de reconocer la voz que clama desde el sufrimiento y la injusticia, para que no quede sin respuesta. Entrar en esta disposición interior de receptividad significa dejarnos instruir hoy por Dios para escuchar como Él, hasta reconocer que «la condición de los pobres representa un grito que, en la historia de la humanidad, interpela constantemente nuestra vida, nuestras sociedades, los sistemas políticos y económicos, y especialmente a la Iglesia». (1)

Ayunar

Si la Cuaresma es tiempo de escucha, el ayuno constituye una práctica concreta que dispone a la acogida de la Palabra de Dios. La abstinencia de alimento, en efecto, es un ejercicio ascético antiquísimo e insustituible en el camino de la conversión. Precisamente porque implica al cuerpo, hace más evidente aquello de lo que tenemos “hambre” y lo que consideramos esencial para nuestro sustento. Sirve, por tanto, para discernir y ordenar los “apetitos”, para mantener despierta el hambre y la sed de justicia, sustrayéndola de la resignación, educarla para que se convierta en oración y responsabilidad hacia el prójimo.

San Agustín, con sutileza espiritual, deja entrever la tensión entre el tiempo presente y la realización futura que atraviesa este cuidado del corazón, cuando observa que: «es propio de los hombres mortales tener hambre y sed de la justicia, así como estar repletos de la justicia es propio de la otra vida. De este pan, de este alimento, están repletos los ángeles; en cambio, los hombres, mientras tienen hambre, se ensanchan; mientras se ensanchan, son dilatados; mientras son dilatados, se hacen capaces; y, hechos capaces, en su momento serán repletos». (2) El ayuno, entendido en este sentido, nos permite no sólo disciplinar el deseo, purificarlo y hacerlo más libre, sino también expandirlo, de modo que se dirija a Dios y se oriente hacia el bien.

Sin embargo, para que el ayuno conserve su verdad evangélica y evite la tentación de enorgullecer el corazón, debe vivirse siempre con fe y humildad. Exige permanecer arraigado en la comunión con el Señor, porque «no ayuna de verdad quien no sabe alimentarse de la Palabra de Dios». (3) En cuanto signo visible de nuestro compromiso interior de alejarnos, con la ayuda de la gracia, del pecado y del mal, el ayuno debe incluir también otras formas de privación destinadas a hacernos adquirir un estilo de vida más sobrio, ya que « sólo la austeridad hace fuerte y auténtica la vida cristiana». (4)

Por eso, me gustaría invitarles a una forma de abstinencia muy concreta y a menudo poco apreciada, es decir, la de abstenerse de utilizar palabras que afectan y lastiman a nuestro prójimo. Empecemos a desarmar el lenguaje, renunciando a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a hablar mal de quienes están ausentes y no pueden defenderse, a las calumnias. Esforcémonos, en cambio, por aprender a medir las palabras y a cultivar la amabilidad: en la familia, entre amigos, en el lugar de trabajo, en las redes sociales, en los debates políticos, en los medios de comunicación y en las comunidades cristianas. Entonces, muchas palabras de odio darán paso a palabras de esperanza y paz.

Juntos

Por último, la Cuaresma pone de relieve la dimensión comunitaria de la escucha de la Palabra y de la práctica del ayuno. También la Escritura subraya este aspecto de muchas maneras. Por ejemplo, cuando narra en el libro de Nehemías que el pueblo se reunió para escuchar la lectura pública del libro de la Ley y, practicando el ayuno, se dispuso a la confesión de fe y a la adoración, con el fin de renovar la alianza con Dios (cf. Ne 9,1-3).

Del mismo modo, nuestras parroquias, familias, grupos eclesiales y comunidades religiosas están llamados a realizar en Cuaresma un camino compartido, en el que la escucha de la Palabra de Dios, así como del clamor de los pobres y de la tierra, se convierta en forma de vida común, y el ayuno sostenga un arrepentimiento real. En este horizonte, la conversión no sólo concierne a la conciencia del individuo, sino también al estilo de las relaciones, a la calidad del diálogo, a la capacidad de dejarse interpelar por la realidad y de reconocer lo que realmente orienta el deseo, tanto en nuestras comunidades eclesiales como en la humanidad sedienta de justicia y reconciliación.

Queridos hermanos, pidamos la gracia de vivir una Cuaresma que haga más atento nuestro oído a Dios y a los más necesitados. Pidamos la fuerza de un ayuno que alcance también a la lengua, para que disminuyan las palabras que hieren y crezca el espacio para la voz de los demás. Y comprometámonos para que nuestras comunidades se conviertan en lugares donde el grito de los que sufren encuentre acogida y la escucha genere caminos de liberación, haciéndonos más dispuestos y diligentes para contribuir a edificar la civilización del amor.

Los bendigo de corazón a todos ustedes, y a su camino cuaresmal.

Vaticano, 5 de febrero de 2026, memoria de santa Águeda, virgen y mártir.

LEÓN XIV PP.

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(1) Exhort. ap. Dilexi te (4 octubre 2025), 9.

(2) S. Agustín, La utilidad del ayuno, 1, 1.

(3) Benedicto XVI, Catequesis (9 de marzo de 2011).

(4) S. Pablo VI, Catequesis (8 de febrero de 1978). 

"Cristo nos llama a formar parte de su sacerdocio". Por Monseñor Fray Jesús Sanz Montes O. F. M.

 

domingo, 15 de febrero de 2026

"No he venido a abolir, sino a dar plenitud". Por Joaquín Manuel Serrano Vila


Estamos a punto de interrumpir el Tiempo Ordinario; este domingo VI nos vemos ya casi a las puertas de la Cuaresma, que iniciaremos este próximo miércoles de ceniza. No retomaremos el Tiempo Ordinario hasta pasada la Solemnidad de Pentecostés. En el domingo de hoy la Palabra de Dios quiere ir preparando ya nuestro corazón para esta etapa de gracia que nos disponemos a vivir como recogimiento interior camino de la Pascua. El salmista nos ha dicho: "Dichoso el que camina en la ley del Señor"; que también se traduce como "en la voluntad del Señor". Y es que a veces nos ocurre que queremos imponer nuestra voluntad, y se nos va la vida en ese empeño: que en la comunidad de vecinos se hagan las cosas así o que en la Parroquia se hagan las cosas asá; que el gobierno vaya por este camino o el Obispo por el otro... Y perdemos de vista lo que Jesús nos recordará hoy en el evangelio: "cielo y tierra pasarán, pero tus palabras no pasarán ". Esta debe una nuestra clave esencial de vida, lo cual no significa que los cristianos no tengamos que implicarnos en un mundo mejor, al contrario. Como diría la Madre Teresa de Calcuta, el océano sería menos océano sin la gota que cada uno aportamos, pero, lo realmente importante para nosotros es construir el reino que no se ve: el interior, del Espíritu y su reinado que no es de este mundo, pero que ya ha comenzado entre nosotros.

San Pablo continúa en su ardua predicación a los Corintios, donde el Apóstol experimenta que los mayores opositores que encuentra son precisamente los "sabios"; no sólo los filósofos, también los entendidos de otras religiones se creen en posesión de la única verdad y ven en la predicación de Pablo a un contrincante. Pero el Apóstol no se enfrenta a ellos debates filosóficos ni argumentaciones elevadas, pues es consciente de que debe darles a conocer lo más grande que ha encontrado en su camino: Jesucristo. Evidentemente que anunciar a Cristo en Corinto fue muy complejo: ¿cómo presentar como Mesías a un hombre que murió en una cruz? ¿De qué sabiduría nos hablas que nosotros no conozcamos?... San Pablo no se anda por las ramas: "enseñamos una sabiduría divina, misteriosa, escondida, predestinada por Dios antes de los siglos para nuestra gloria". Una sabiduría que no viene de capacidades propias, sino del Espíritu; una sabiduría diferente, que es la novedad que trajo Cristo. Una sabiduría para vivirla aquellos que quieren ser de Jesús, los que quieren ser Santos, los que tratamos de responder a la invitación del Maestro buscando la perfección, como nuestro Padre lo es.

Por su parte la primera lectura del libro del Eclesiástico nos habla del misterio del pecado frente a la libertad del hombre. Es un tema muy presente en nuestro día a día: la evidencia que el mal existe, actúa y no descansa, frente a la evidencia que Dios pudiera parecer indiferente a las actuaciones del maligno. El autor del texto es sencillo a la hora de abordar la libertad de cada cual y a la hora de decidir: "El te ha puesto delante fuego y agua, extiende tu mano a lo que quieras. Ante los hombres está la vida y la muerte, y a cada uno se le dará lo que prefiera". Lo de elegir agua o fuego está bien claro, cada cual es autónomo para elegir hacer el bien o el mal. Pero, lo de muerte o vida nos suena un poco más raro: ¿podemos elegir morir o vivir?. A alguno le sonará a esa frase de "Tolkien" en "El Señor de los anillos": "Muchos de los que viven merecen la muerte. Y algunos de los que mueren merecen la vida"... Ciertamente, en nuestro mundo hay personas que no quieren vivir y no les queda otra que seguir adelante, y otros que experimentan que la vida se les escapa entre los dedos como agua, pero no se quieren morir. En mi pueblo un señor mandó poner en la lápida de su nicho: "muero en contra de mi voluntad"... Pero las palabras del Eclesiástico las interpretamos a la luz de Jesucristo Resucitado, por eso podemos elegir entre morir y vivir, pues sabemos que "si con Él morimos, con Él vivimos".

El evangelio de hoy es la conclusión del "Sermón de las Bienaventuranzas" que nos lleva acompañando tres domingos. Hoy concluimos su lectura, que es todo un catecismo de vida y hoja de ruta para el creyente. En este tramo de su predicación Jesús quiere dejarnos claro que la justicia cristiana no es la judía, pero que su estilo y ser no es tampoco el de un antisistema. Las palabras del salmista suenan de nuevo: "el que camina en la ley del Señor ". Y es que Jesús deja claro un principio inamovible: "no creáis que he venido a abolir la ley y los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud"... Nuevamente el Señor nos descoloca, pues llega a especificar que ha de cumplirse "hasta la última letra o tilde"; en hebreo hasta la última "iota"; es decir, hasta el más mínimo signo ortográfico. Esta es una gran reflexión ante la Cuaresma que vamos a iniciar, y es que Dios no nos pone normas para hacernos infelices, sino que sólo seremos felices si nuestros pasos transcurren por donde espera el Señor que vayan. Jesús no viene a abolir la enseñanzas antiguas, sino que nos las presenta desde una doctrina tan sublime, que hasta llega a pedirnos amar a quienes nos odian. Jesucristo, plenitud de la revelación, nos descubre la intimidad del Padre, y lo que quiere el Creador para nosotros. Una buena frase para interiorizar  y reflexionar en la oración esta Cuaresma sería ésta: "Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva".

El Jesús que descubrimos en el evangelio de este domingo no es un Nazareno "light", no es un Jesús "hippie" ni un Cristo "setentero". Es hora ya de dejar de vivir anclados en clichés trasnochados y desfasados, que sólo aportan amargura e infelicidad. Qué triste es ver personas que se dicen cristianas y que viven en una maquinación continua y constante, pues les hierve la sangre que las cosas no vayan en la dirección que ellos desean. El evangelio de este día desmonta esos castillos de naipes, y nos plantea un interrogante: ¿Cuándo voy a dejar de hacer y pensar todo en función de lo que yo quiero y deseo para empezar a preguntarme qué pensará Dios de esto o aquello? ¿Qué me dice a mí cada día su Palabra? ¿Qué me dice y pide la Iglesia?... Y es que a veces queremos ser cristianos de menú libre: soy muy católico pero defiendo abiertamente el aborto; soy muy cristiano pero lo que la Iglesia enseña no lo comparto; yo comulgo con Dios pero no con los curas ni los obispos... Jesús es claro en sus palabras de este día, no sólo con incumplir, sino que los que enseñan su mensaje como no es, ese "será el menor importante en el reino de los cielos", que es algo así como decir: ¡Atenerse a las consecuencias! Por eso cuidado con las modas, las corrientes, las ideas anticristianas etc. El demonio llega a nosotros por muchos medios y canales para decirnos: ¡Disfruta! ¡No hagas caso! ¡Pásalo bien! ¡No te confiesaes! ¡Odia! ¡Critica! ¡No ames!... De cuántas cosas nos advierte hoy el Señor que nos llevan a la perdición: el rencor, los pleitos, el adulterio o el jurar... Todo el Sermón es con dos vías: "Habéis oído que se dijo", frente a "pero yo os digo". Ó, "el que se salte", ante "pero quien los cumpla"... Que nuestra fe se muestre también en nuestro mirar y en nuestro actuar; lo que tenemos que sacar no es el ojo, sino los prejuicios con que tantas veces miramos; esas personas que como coloquialmente decimos "no nos entran por el ojo", aunque nos hayan hecho algo o igual nada, pero que sencillamente no digerimos. Igualmente nuestra mano, una mano que no es capaz de tenderse al otro, de ayudar, de regalar paz, esa mano no es la de un seguidor de Cristo, por eso advierte el Señor sobre ir a parar a la "gehenna". La "gehenna" era el basurero de Jerusalén, un quemador de vertidos, y también un sinónimo del infierno. Quiero quedarme también y trasladaros la última petición del evangelio de hoy: "Que vuestro hablar sea si, sí; no, no"... No seamos tibios, no vivamos con doble discurso, sino con autenticidad e ideas claras en nuestra fe.