martes, 10 de marzo de 2026

La Universidad Pontificia de Salamanca crea un instituto dedicado a la música sacra

(Infovaticana) La Universidad Pontificia de Salamanca (UPSA) ha presentado el Instituto Universitario de Música Sacra, una nueva institución académica dedicada a la enseñanza, investigación y promoción de la música litúrgica. El objetivo es ofrecer formación especializada y fomentar una práctica musical vinculada a la tradición litúrgica de la Iglesia.

Un instituto para la formación en música litúrgica

Según informó Alfa & Omega, el nuevo instituto nace con la intención de ofrecer un marco académico estable para el estudio de la música sacra en España. Su director, Francisco José Udaondo, subraya que la música no debe entenderse como un simple acompañamiento de la liturgia, sino como parte integrante de ella.

El proyecto pretende integrar la investigación académica, el estudio histórico y la práctica interpretativa dentro de una estructura universitaria vinculada al episcopado español.

Udaondo señala que actualmente en la península ibérica apenas existen programas académicos reglados orientados específicamente a músicos que trabajan al servicio de la liturgia o a agentes pastorales vinculados a la música sacra.

Un máster especializado en música sacra

Entre las principales iniciativas del instituto se encuentra la puesta en marcha de un programa de máster que abordará diferentes aspectos de la música litúrgica.

El plan de estudios incluye materias relacionadas con la liturgia y la historia de la música sacra, el canto y la dirección coral —con especial atención al canto gregoriano y a la polifonía—, así como formación en armonía, composición, órgano e improvisación.

Además, el instituto prevé convocar en los próximos meses un concurso internacional de composición con el objetivo de promover la creación de nuevas obras de música sacra en continuidad con la tradición.

Un espacio de encuentro para músicos de Iglesia

El Instituto Universitario de Música Sacra aspira también a convertirse en un punto de encuentro para músicos vinculados a la vida litúrgica, como organistas, directores de coro y responsables de música en parroquias y catedrales.

La iniciativa busca favorecer el intercambio de experiencias y promover una formación que permita mejorar la calidad de la música litúrgica en las comunidades cristianas.

Música sacra y experiencia espiritual

Udaondo destaca que la música sacra sigue despertando interés tanto desde el punto de vista artístico como espiritual. En su opinión, cuando se interpreta con calidad, continúa siendo capaz de suscitar una experiencia profunda incluso entre personas alejadas de la fe.

El director del instituto recuerda que muchas de las grandes obras del repertorio sacro nacieron como parte de la oración de la Iglesia y no como piezas destinadas exclusivamente al concierto.

En este sentido, subraya que la música litúrgica está llamada a acompañar la celebración de la fe y a contribuir a abrir caminos hacia la trascendencia.

lunes, 9 de marzo de 2026

Próximo Jueves

 

La CEE invita a celebrar las «24 horas para el Señor» orando por la paz

(C.E.E.) Los días 13 y 14 de marzo la Iglesia celebra, por iniciativa de la Santa Sede, las «24 horas para el Señor». La Conferencia Episcopal Española (CEE) invita a que la Jornada de este año sea una ocasión para unirnos en oración por la paz. De esta manera, se suma a la petición del papa León XIV, que en su intención de oración para este mes de marzo nos pide rezar «por el desarme y la paz».

«Las situaciones de guerra, especialmente la situación actual en Irán, nos impulsan a unirnos a la insistente llamada de León XIV a favor de una paz «desarmada y desarmante» basada en el respeto a la vida y dignidad humanas, la justicia y el diálogo en la búsqueda de acuerdos que aseguren el respeto a los derechos humanos, la justicia y la paz, señala el presidente de la CEE», Mons. Luis Arguello, al invitar a unirse a esta Jornada.

«24 horas para el Señor» es una iniciativa cuaresmal de oración y reconciliación instituida por el papa Francisco. Se celebra cada año en las vísperas del cuarto domingo de Cuaresma, con el objetivo de poner en el centro de la vida de la pastoral de la Iglesia el sacramento de la reconciliación.

Oración del papa León XIV

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

Señor de la Vida, que moldeaste a cada ser humano a tu imagen y semejanza, creemos que nos creaste para la comunión, no para la guerra, para la fraternidad, no para la destrucción.

Tú que saludaste a tus discípulos diciendo: «La paz esté con vosotros», concédenos el don de tu paz y la fortaleza para hacerla realidad en la historia. Hoy elevamos nuestra súplica por la paz en el mundo, rogando que las naciones renuncien a las armas y elijan el camino del diálogo y la diplomacia.

Desarma nuestros corazones del odio, el rencor y la indiferencia, para que podamos ser instrumentos de reconciliación. Ayúdanos a comprender que la verdadera seguridad no nace del control que alimenta el miedo, sino de la confianza, la justicia y la solidaridad entre los pueblos.

Señor, ilumina a los líderes de las naciones, para que tengan la valentía de abandonar proyectos de muerte, detener la carrera armamentista, y poner en el centro la vida de los más vulnerables.

Que nunca más la amenaza nuclear condicione el futuro de la humanidad. Espíritu Santo, haz de nosotros constructores fieles y creativos de paz cotidiana: en nuestro corazón, nuestras familias, nuestras comunidades y nuestras ciudades.

Que cada palabra amable, cada gesto de reconciliación y cada decisión de diálogo sean semillas de un mundo nuevo. Amén

domingo, 8 de marzo de 2026

“Dame de beber”. Por Joaquín Manuel Serrano Vila


Avanzando en el peregrinar cuaresmal llegamos al domingo III de este tiempo de gracia. Hoy nos acercamos a la sed y al manantial, a Jesús que pide de beber -como lo hará en la cruz- y al mismo tiempo, tomaremos conciencia de que sólo Él puede saciar la sed de nuestro corazón desde el manantial que brota de su propio costado. Cuando nuestro cuerpo se deshidrata, nos reclama el agua; lo mismo ocurre con nuestra alma que tiene sed espiritual, tiene sed de Dios. San Agustín lo resumirá de forma ejemplar: ''nos hiciste Señor para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descansa en ti''. Hoy la liturgia nos sitúa frente a dos realidades vitales que se entrelazan: la sed espiritual y el encuentro transformador con Cristo, el "Agua Viva" que sacia esa sed. 

Acabamos de vivir el primer viernes de marzo, un día en que en España y en Asturias miramos de forma especial a Jesús: Cautivo, Nazareno, Crucificado... Y es que Dios nos salva por amor. Esta es la idea central de San Pablo en su epístola a los cristianos de Roma, en ese magnífico kerygma que hemos escuchado: "justificados en virtud de la fe"; "el acceso a esta gracia"; "nos gloriamos en la esperanza"... Y es que la vida de fe no va de modas, apariencias o conclusiones racionales, sino que se limita a la apertura de nuestro corazón en pleno a Jesucristo. Confiamos en Él porque le reconocemos como nuestra esperanza; no una falsa esperanza, sino la que "no defrauda". Nuestra vida de creyentes la sometemos en estos días de forma especial a examen, a revisión, pues a veces vivimos odiando cuando deberíamos vivir amando. No podemos perder de vista que "quien no ama no ha conocido a Dios, dado que Él es amor". San Pablo nos lo recuerda hoy de un modo más profundo al afirmar que "el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado". El amor sin medida es la medida de Dios, por eso cuando decimos que ya hemos perdonado mucho o que no se puede perdonar lo imperdonable, decimos mal; si el Señor lo ha hecho, nosotros en su imitación y búsqueda tenemos que intentarlo. La justicia de nuestro Dios es ésta, la cual nos parece difícil; sí, pero no es imposible. Para ello necesitamos llenarnos del Espíritu Santo. A veces tenemos una idea equivocada, pensamos que una vez que lleguemos a la Pascua tenemos que esperar cincuenta días para invocar al Espíritu Santo, y no es así; la Pascua es el tiempo del Espíritu, pues el Resucitado lo insufla sobre nosotros. Pidamos al Espíritu Santo que abra nuestro corazón a su gracia, para que se refleje en nuestra vida que somos agradecidos a la ofrenda de sí mismo que hizo Cristo, que murió por nosotros siendo pecadores.

La primera lectura tomada del Libro del Éxodo, nos presenta una escena muy conocida de la peregrinación por el desierto del pueblo de Israel: lo ocurrido en Masá y Meribá, cuando los israelitas murmuraron contra Moisés. Realmente más que contra Moisés, del que dudaron fue del Señor, y hasta echaron de menos la esclavitud de Egipto. Esto lo experimentamos todos nosotros, especialmente cuando tenemos que tomar decisiones, dar pasos, hacer cambios y atravesar nuestro personal desierto. Cuántas veces cuando vienen mal dadas culpamos al Señor, dudamos, y luego de una piedra nos brota el agua. Y el problema era ése; no la sed, sino la falta de fe. La piedra, la roca del Horeb, era más blanda que los corazones de los hijos del pueblo elegido. Por esto la liturgia de la Palabra nos pone como respuesta a este pasaje el salmo 94: "Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: no endurezcáis vuestro corazón". El agua en el desierto es un tesoro; la fe, en medio de las dificultades, aún más.

Y así, de la sed de los israelitas pasamos a la sed de la samaritana en el capítulo 4 del evangelio de San Juan. Un primer detalle a tener presente es que la conversación sucede junto a un pozo, y si nos fijamos, en la Biblia siempre que esto ocurre se está subrayando un compromiso (Eliezer y Rebeca, Jacob y Raquel, Moisés con Séfora...). Y este pozo es precisamente uno de esos citados en el Antiguo testamento: el de Jacob. Nos encontramos con un Jesús cansado del camino, sentado, sediento... Y la sorpresa es que el Hijo de Dios pide a una criatura, a una mujer samaritana -con la que no debería ni de tratarse- que encima era pecadora "Dame de beber". Si los israelitas pedían a Dios agua, es ahora Dios mismo quien deja de manifiesto que Él es siempre el que en verdad toma la iniciativa; rompe barreras y divisiones, clichés y límites, sorprendiéndonos más en sus detalles sencillos -como pedir un poco de agua- que en los grandes milagros. Este pasaje en plena cuaresma es una invitación a hacer nuestro personal intercambio: Él nos pide nuestra "agua" (nuestras limitaciones, pecados y esfuerzos humanos) para darnos su Agua Viva: "un surtidor que salta hasta la vida eterna". Pero al igual que la samaritana, a menudo intentamos ocultar nuestras heridas o fracasos. La actitud de Jesús nunca es la imposición, sino la delicadeza, pero sin omitir la verdad con la que nos invita a cada uno de nosotros a enfrentarnos con nuestro particular peregrinar. La actuación de Cristo no fue para condenarla, sino para sanarla; y eso mismo hace con nosotros. Reconocer nuestra sed y nuestra necesidad de Dios es el primer paso para la conversión profunda que la Cuaresma nos propone. También hoy nosotros, como la samaritana, somos llamados a dejar nuestro cántaro y liberarnos de tanto superficial que nos ata en una vida vacía. Somos invitados a beber del agua viva, fortaleciendo nuestra fe mediante la escucha de la Palabra y la eucaristía. Ser testigos: Convertirnos nosotros mismos en milagros para los demás, llevando esperanza a quienes todavía caminan sedientos por el desierto de la vida.

Evangelio Domingo III de Cuaresma

Lectura del santo evangelio según san Juan 4, 5-42

En aquel tiempo, llegó Jesús a una ciudad de Samaría llamada Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José; allí estaba el pozo de Jacob.

Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al pozo. Era hacia la hora sexta.

Llega una mujer de Samaria a sacar agua, y Jesús le dice:
«Dame de beber».

Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida. La samaritana le dice:
«¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?» (porque los judíos no se tratan con los samaritanos).

Jesús le contestó:
«Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice “dame de beber”, le pedirías tú, y él te daría agua viva».

La mujer le dice:
«Señor, si no tienes cubo, y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?».

Jesús le contestó:
«El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna».

La mujer le dice:
«Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla».

Él le dice:
«Anda, llama a tu marido y vuelve».

La mujer le contesta:
«No tengo marido».

Jesús le dice:
«Tienes razón, que no tienes marido: has tenido ya cinco, y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad».

La mujer le dice:
«Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén».

Jesús le dice:
«Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que lo adoren así. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y verdad».

La mujer le dice:
«Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo».

Jesús le dice:
«Soy yo, el que habla contigo».

En esto llegaron sus discípulos y se extrañaban de que estuviera hablando con una mujer, aunque ninguno le dijo: «¿Qué le preguntas o de qué le hablas?».

La mujer entonces dejó su cántaro, se fue al pueblo y dijo a la gente:
«Venid a ver un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho; ¿será este el Mesías?».

Salieron del pueblo y se pusieron en camino adonde estaba él. Mientras tanto sus discípulos le insistían:
«Maestro, come».

Él les dijo:
«Yo tengo un alimento que vosotros no conocéis».

Los discípulos comentaban entre ellos:
«¿Le habrá traído alguien de comer?».

Jesús les dice:
«Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra.

¿No decís vosotros que faltan todavía cuatro meses para la cosecha? Yo os digo esto: levantad los ojos y contemplad los campos, que están ya dorados para la siega; el segador ya está recibiendo salario y almacenando fruto para la vida eterna: y así, se alegran lo mismo sembrador y segador.

Con todo, tiene razón el proverbio: uno siembra y otro siega. Yo os envié a segar lo que no habéis trabajado. Otros trabajaron y vosotros entrasteis en el fruto de sus trabajos».

En aquel pueblo muchos samaritanos creyeron en él por el testimonio que había dado la mujer: «Me ha dicho todo lo que he hecho».

Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. Todavía creyeron muchos más por su predicación, y decían a la mujer:
«Ya no creemos por lo que tú dices; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo».

Palabra del Señor

Yendo a los confines del mundo. Por Monseñor Fray Jesús Sanz Montes O. F. M



No acabo de habituarme a la dulce provocación de los niños, cuando responden a un sencillo saludo como si te conocieran de toda la vida. Simplemente corresponden con su sonrisa inocente, sus ojos curiosos y el movimiento de sus manitas. Lo he vuelto a comprobar en el periplo misionero que estoy realizando en las tierras de México intentando encontrar un posible lugar donde situarnos como diócesis de Oviedo para anunciar el evangelio a quienes, lo sepan o no, están esperando la llegada de esa Buena Noticia que, sin embargo, no les resulta ni ajena ni extraña.

Han pasado años, siglos, desde que los primeros misioneros franciscanos llegaron a esas tierras tan allende de su Finisterre patrio. Llegaron con ligero equipaje, como corresponde a los hijos de San Francisco, para anunciar la alegría de haber encontrado ellos a Jesús, y compartir con los hombres y mujeres que fueron apareciendo ante sus ojos el gozo de su vida cristiana sencilla y pobre, pero muy llena de caridad, de fe y de esperanza. Id al mundo entero y anunciad del evangelio, dijo Jesús. Ellos lo hicieron.

Lo primero que se te remueve son tus propias seguridades, que de pronto aparecen fatuas y prescindibles con una purificación que las hace esenciales, sin engolamiento, sin dependencias. ¡Cuántas cosas que parecen fundamentales y sin las cuales no parece fácil llevar adelante la vida, en la misión pierden su impostura y te permiten estrenar una liberadora libertad! Las comodidades habituales, los recursos técnicos y electrónicos, lo que constituye tu ambiente, tus relaciones, tus horizontes… se relativizan suavemente, invitándote a aligerar la mochila de la seguridad que tiene tu medida, para entregarte a la confianza de la providencia de Dios que siempre desborda para bien nuestra expectativa.

No sólo lo ves al llegar a lugares donde no hay teléfono, ni luz, ni agua potable, ni wifi e internet, así como tampoco lo que te rodea cotidianamente en tu agenda habitual, con la gente que te codea, en las cosas en sueles llevar entre manos. Sino que lo ves especialmente por ese impacto humano con personas enormemente sencillas que sin pretenderlo te dan lecciones de vida.

Pero, además, estas personas son profundamente religiosas que expresan a su manera la fe a través de símbolos y plegarias transmitidas de padres a hijos durante siglos de vivencia cristiana en soledad, sin la ayuda de sacerdotes o frailes que no volvieron a mantener la llama de la fe que ellos mismos habían prendido tantos años antes. Pero lo sembrado fue bueno y lo hicieron bien, hasta el punto de poder dejar esa semilla bien metida en surco de sus corazones. Una vida que nace, madura y crece, que se enamora, enferma y sufre, y que finalmente fenece. No hay escenario humano triste o gozoso, excepcional u ordinario, donde esa fe arraigada en el corazón de estos cristianos, no deje de mirar al evangelio y a la tradición cristiana como esos referentes en los que apoyarse para vivir cristianamente todas las cosas.

No significa que todo sea perfecto, o que tengan estas gentes una formación religiosa apurada. Sin duda, que el transcurrir de los años y los siglos viviendo la fe a la intemperie sin la ayuda de los pastores y de los maestros que acompañan nuestros pasos y tropiezos, tiene como consecuencia que hay mezcolanzas, sincretismos, y una ignorancia por la falta de una catequesis seria y continuada. Pero la bondad de sus corazones y los ojos puros en su mirada hace que te conmueva ese testimonio, como el saludo de los más pequeños cuando se cruzan en tu camino sin pedir a cambio nada más que tu afecto y tu bendición. ¡Qué hermosa lección en ese intercambio de fe y esperanza! Quiera Dios que se puedan abrir los cauces para acompañar misioneramente a estas buenas gentes, sabiéndonos nosotros acompañados por quien nos envía: el Señor.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

sábado, 7 de marzo de 2026

Fallece el sacerdote Francisco Fernández Carvajal, autor de «Hablar con Dios» y otras conocidas obras de espiritualidad

(InfoCatólica) Francisco Fernández Carvajal, sacerdote de la Prelatura del Opus Dei y uno de los autores espirituales más leídos en lengua española de las últimas décadas, ha fallecido en Madrid a los 88 años de edad. La noticia fue dada a conocer este viernes 6 de marzo por la revista Omnes, sucesora de Palabra, la publicación en la que el sacerdote ejerció durante más de diez años como redactor jefe.

Un legado de más de cuatrocientas cincuenta meditaciones

Su obra cumbre, Hablar con Dios, editada por Editorial Palabra, reúne más de cuatrocientas cincuenta meditaciones para cada día del año litúrgico. Traducida al inglés, francés, italiano, portugués, alemán, holandés, rumano, eslovaco, polaco, ruso y húngaro, la colección ha acompañado la oración de millones de lectores en todo el mundo durante décadas. «Lamentamos profundamente el fallecimiento de nuestro autor Francisco Fernández-Carvajal. Agradecemos el valioso legado que deja en tantos lectores. Le encomendamos en nuestras oraciones. Descanse en paz», publicó la editorial en su cuenta de X tras conocerse la noticia.

Junto a Hablar con Dios, la misma editorial ha publicado con numerosas reediciones otras obras del sacerdote granadino: Vida de Jesús, El Evangelio de San Mateo, El Evangelio de San Lucas, La Tibieza, Hijos de Dios (en colaboración con Pedro Beteta), Quédate conmigo. Vivir de la Eucaristía, Índice ascético del Catecismo de la Iglesia Católica, Como quieras Tú. Cuarenta meditaciones sobre la Pasión del Señor y El día que cambié mi vida. También dejó una extensa Antología de textos para la oración y la predicación, con más de siete mil citas de Santos Padres y otros autores antiguos y modernos. Su último libro, El paso de la Vida, vio la luz en 2018.

De Albolote a Roma: una vocación forjada en la Universidad y en el Opus Dei

Nacido el 24 de enero de 1938 en Albolote, Granada, Fernández Carvajal cursó la licenciatura en Historia en la Universidad de Navarra y se doctoró en Derecho Canónico en el Pontificio Ateneo «Angelicum» de Roma. En 1957 pidió la admisión en el Opus Dei y recibió la ordenación sacerdotal en 1964.

Sus primeros años de ministerio transcurrieron en Barcelona, donde desarrolló diversas labores pastorales. A principios de los años ochenta se trasladó a Madrid y se incorporó a la redacción de la revista Palabra, en la que permaneció más de una década y en la que publicó decenas de entrevistas y artículos de formación e información pastoral.

Una vida entregada al ministerio hasta el final

A lo largo de toda su vida sacerdotal, Fernández Carvajal compatibilizó su labor de escritor con un ministerio pastoral continuado dentro de la Prelatura del Opus Dei. Fue capellán del colegio Orvalle y ejerció como confesor en diversas parroquias madrileñas, entre ellas La Visitación de Las Rozas, hasta que su salud se lo impidió.

Con su fallecimiento, la Iglesia en España pierde a uno de los autores que con mayor profundidad y alcance han contribuido a la formación espiritual de los fieles en lengua española durante el último medio siglo.