jueves, 23 de abril de 2026

El Lignum Crucis convierte el Camino Lebaniego en «un oasis donde brota gracia tras gracia»

(Rel.) El Camino Lebaniego, declarado Patrimonio de la Humanidad en 2015 por la Unesco, conduce hasta el monasterio de Santo Toribio de Liébana, situado al este de Cantabria.

Allí es posible venerar el Lignum Crucis, reliquia traída desde Jerusalén en el siglo V por el obispo Toribio de Astorga. Desde que empezó a venerarse allí, a partir de 1181 se ha convertido en uno de los lugares de destino preferentes para los cristianos del mundo.

Tres franciscanos transformados por la reliquia

Como tres de ellos, franciscanos mexicanos: Rafael Rizo Aguado, guardián del monasterio; Felipe Álvarez Martínez, ecónomo y administrador del convento; y José de Jesús Rodríguez Galindo, sacristán mayor. Llegaron destinados el 11 de septiembre de 2025 y desde entonces han visto su vida transformada por esos trozos de la Cruz de Cristo y por la impresionante naturaleza de altos montes que los acoge.

Una naturaleza que aprendieron a valorar de la mano de su maestro, San Francisco de Asís: "Él nos hace ver la majestuosidad de la montaña y, con eso, lo pequeños que somos", explicó fray Felipe, antes de añadir que "esa pequeñez de lo que somos nos hace ver el valor que tenemos ante Dios".

¿Por qué es tan importante rezar arrodillados ante esa reliquia? Porque eso "propicia un camino de interiorización que nos ayuda a fortalecernos y sobre todo a transmitir con amor aquello que Dios nos ha encomendado".

Y lo que nos ha encomendado, añade fray Rafael, es "un encuentro con Él". Y aquí se hace posible con Dios, a quien no vemos pero que se hace presente en ese signo tan pequeño. El Lignum Crucis es pequeño, pero... ¡nos hace grandes! Y convierte el monasterio en "un remanso de paz, de reconciliación, de perdón y de esperanza".

Rezar ante un trozo de madera que sostuvo el cuerpo de Jesucristo e incluso pudo haberlo rozado toca el corazón de miles de católicos que hacen el Camino Lebaniego. 

Conversiones por ese objeto sagrado

El religioso confiesa que en el tiempo que lleva en este lugar de España ha contemplado "testimonios de conversión" de quienes han orado con tal espíritu.

Y fray Jesús confirma que, por ello, esa Cruz, expuesta y venerada en este lugar, lo ha convertido en "un oasis donde brota gracia tras gracia".

Por eso el monasterio de Santo Toribio de Liébana no solo transforma a los visitantes: también a ellos, que lo habitan. "Aquí descansa la impronta del amor más grande que Dios ha tenido con el mundo, que es la Cruz. Por ser custodios de este lugar lo amamos y nada más que entras te estremeces", sostiene.

Para ellos y para los peregrinos "es un espacio hecho para estar con Dios, y subes al monte para estar al pie de la Cruz", en cierto modo recreando la escenografía del Calvario y su trascendencia para nuestra salvación.

Y fray Felipe lo ha advertido en los peregrinos, para quienes "ese deseo, el deseo de poder ver y encontrarse con el misterio de amor que aquí late y brilla, ofrece gracia abundante para quien viene con esa devoción".
Para franciscanos como fray Rafael, fray Felipe y fray Jesús el entorno del monasterio es también, en un sentido distinto a como lo es el Lignum Crucis, un recordatorio de Dios.

¿Por qué? Sabemos que Cristo murió en el Monte Calvario. Sabemos que el Monte Alvernia (o La Verna), que da nombre al santuario que lo corona, es donde San Francisco de Asís recibió los estigmas. Y los Montes de Liébana son un recordatorio permanente de Cristo no solo por la reliquia, sino por el lugar que la rodea.

Reconocernos pequeños nos acerca a Dios

En efecto, dice fray Felipe, a veces nuestro vivir tan apresurado "no nos deja ver quiénes somos". Eso nos lo enseña, sin embargo, un retiro como el que ofrece su monasterio, al situarnos en medio de la naturaleza: "En él se toma altura ante la vida para poder ver y contemplar el mundo desde una perspectiva nueva, diferente, desde lo que somos... Ver la naturaleza nos transporta a la realidad de la creación de Dios".

"Cómo no maravillarse de ese amor tan grande que Dios nos tiene al entregárnosla", apostilla fray Jesús con precisión teológica.

El Papa concluye en Malabo su viaje apostólico por África: «Me llevo un tesoro inestimable de fe»

(InfoCatólica) Ante unos 30.000 fieles reunidos en el estadio de Malabo, el Papa León XIV celebró este jueves la última misa de su viaje apostólico por África, un periplo de diez días que le ha llevado por Argelia, Camerún, Angola y Guinea Ecuatorial. En su homilía, el Pontífice invitó a la Iglesia ecuatoguineana a «continuar con alegría la misión de los primeros discípulos de Jesús» y a hacer de la Palabra de Dios «pan bueno para todos». Antes de iniciar su reflexión, León XIV pidió que «se haga plena luz» sobre la muerte del vicario general de la archidiócesis, monseñor Fortunato Nsue Esono, fallecido repentinamente días antes.

El Papa pide esclarecer la muerte del vicario general de Malabo

El momento más inesperado de la celebración llegó al inicio. Antes de comenzar la homilía, el Santo Padre expresó su pésame a la comunidad archidiocesana, a los sacerdotes y a los familiares de monseñor Fortunato Nsue Esono, vicario general de Malabo. «Invito a vivir con espíritu de fe este momento de dolor y confío en que, sin dejarse llevar por comentarios o conclusiones apresuradas, se haga plena luz sobre las circunstancias de su muerte», declaró el Papa en un pasaje que, por su tono y su contenido, trascendió el mero formulismo protocolario.

Felipe y el viajero africano: la Escritura como liberación

La homilía se articuló en torno al pasaje de los Hechos de los Apóstoles (Hch 8,30-35) que relata el encuentro del diácono Felipe con un eunuco de la reina de Etiopía. El Pontífice describió a aquel viajero como un hombre «rico, como su tierra, pero esclavo», cuyas fatigas «benefician a otros» y cuyo cuerpo lleva grabada dolorosamente su falta de libertad: «No puede generar vida, todas sus energías están al servicio de un poder que lo controla y lo domina».

Es precisamente en el camino de regreso a África, explicó el Papa, cuando «el anuncio del Evangelio lo libera». Al encontrar a Felipe, el eunuco deja de ser «lector» o «espectador» de la Escritura para convertirse en «protagonista de un relato que lo involucra, porque se refiere precisamente a él». Así «entra en la historia de la salvación, que es hospitalaria para con todo hombre y mujer, especialmente para con los oprimidos, los marginados y los últimos», y renace a una vida nueva mediante el Bautismo.

La Eucaristía, cumplimiento del maná

León XIV enlazó la figura del eunuco con la experiencia del éxodo de Israel. Recordó que, en el desierto, el pueblo comió el maná pero «murieron» (Jn 6,49), mientras que «el que coma de este pan vivirá eternamente» (Jn 6,51), «porque Cristo está vivo». A aquel signo antiguo, señaló, «le sucede ahora el sacramento de la Alianza nueva y eterna: la Eucaristía, pan consagrado por aquel que ha descendido del cielo para hacerse nuestro alimento».

«¿Confío en que su amor es más fuerte que mi muerte?», planteó el Pontífice a los fieles. «Al decidir creerle, cada uno de nosotros elige entre una desesperación cierta y una esperanza que Dios hace posible». Y dirigiéndose directamente a los ecuatoguineanos, exclamó recogiendo palabras de san Ambrosio: «¡Cristo lo es todo para nosotros! Si estás oprimido por la injusticia, Él es la justicia; si tienes necesidad de ayuda, Él es la fuerza; si tienes miedo de la muerte, Él es la vida; si deseas el cielo, Él es el camino; si estás en las tinieblas, Él es la luz».

El anuncio de la salvación «se hace Iglesia»

En la parte final de la homilía, el Papa subrayó que la palabra del Señor «es para nosotros Evangelio, y no tenemos nada mejor para anunciar al mundo». «A través de nuestro testimonio, el anuncio de la salvación se hace gesto, se hace servicio, se hace perdón; en una palabra, se hace Iglesia», afirmó. Citando la Evangelii Gaudium de su predecesor, el Papa Francisco, León XIV advirtió del riesgo de «una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro», y aseguró que «es precisamente el amor del Señor el que sostiene nuestro compromiso, especialmente al servicio de la justicia y de la solidaridad».

«Leyendo juntos el Evangelio, que seáis anunciadores apasionados, como lo fue el diácono Felipe. Celebrando juntos la Eucaristía, que deis testimonio con vuestras vidas de la fe que salva», concluyó el Santo Padre dirigiéndose a la Iglesia que peregrina en Guinea Ecuatorial.

«Un tesoro grande hecho de historias, de rostros, de testimonios»

Al término de la celebración eucarística, el Papa se despidió de Guinea Ecuatorial y del continente africano. «Me voy de África llevando conmigo un tesoro inestimable de fe, de esperanza y de caridad; es un tesoro grande hecho de historias, de rostros, de testimonios, alegres y sufridos, que enriquecen abundantemente mi vida y mi ministerio como sucesor de Pedro», declaró.

León XIV agradeció al arzobispo de Malabo, monseñor Juan, a los demás obispos, a los sacerdotes y a «todo el pueblo de Dios que peregrina en esta tierra», así como a las autoridades civiles del país. «Hoy África está llamada a contribuir significativamente a la santidad y al carácter misionero del pueblo cristiano», afirmó, antes de encomendar a Guinea Ecuatorial y a «todos los pueblos africanos» a la intercesión de la Virgen María.

Despedida en el aeropuerto y regreso a Roma

Tras la misa, el Papa se trasladó al aeropuerto internacional de Malabo, situado a unos diez kilómetros del estadio, donde tuvo lugar la ceremonia oficial de despedida en presencia del vicepresidente de Guinea Ecuatorial, con la interpretación de los himnos y las guardias de honor. A las 12.54 (hora local), el avión de ITA Airways, un A330-900neo, despegó rumbo a Roma-Fiumicino, donde estaba prevista la llegada tras poco más de seis horas de vuelo.

Concluía así un viaje apostólico de diez días, el primero de León XIV al continente africano y el tercero de su pontificado, que le ha llevado por cuatro países (Argelia, Camerún, Angola y Guinea Ecuatorial) y que, como reconoció el propio Pontífice, le importaba «tanto» realizar.

Ambongo: «Un mensaje profético que no a todos agrada»

El cardenal Fridolin Ambongo Besungu, arzobispo metropolitano de Kinshasa y presidente del Simposio de las Conferencias Episcopales de África y Madagascar (SECAM), valoró positivamente el viaje en una entrevista concedida a Vatican News desde Malabo. «Me siento feliz y satisfecho en nombre de todo el pueblo de África», declaró, calificando la visita de «motivo de orgullo, pero también de responsabilidad».

Ambongo destacó que la elección de los cuatro países visitados «ilustra la diversidad de los desafíos de África»: el diálogo interreligioso en Argelia, la búsqueda de la paz en Camerún y la distribución equitativa de la riqueza en Angola y Guinea Ecuatorial. Describió la Iglesia que el Papa encontró como «joven y dinámica, segura de su futuro», aunque enfrentada a «muchos desafíos: la pobreza, la falta de justicia en algunos países, la dificultad de vivir en paz».

El presidente del SECAM calificó el mensaje papal de «profético» y comparó su recepción con la del propio Jesús: «Cuando el profeta habla, algunos escuchan, otros no. Muchos me han llamado, algunos incluso se han sentido un poco ofendidos, sobre todo los que ostentan el poder». En cuanto al futuro, se mostró optimista: «Sigo creyendo en el futuro de este continente».

miércoles, 22 de abril de 2026

Briefing sobre la situación de la inmigración en Canarias

 

Homilía de monseñor Piero Pioppo, Nuncio Apostólico en España con ocasión de la celebración del 575 aniversario del nacimiento de Isabel la Católica

Queridos hermanos todos, en Cristo resucitado y salvador.

Agradezco al señor obispo, al señor obispo emérito, al señor cura párroco, a todos los sacerdotes que celebran esta acción de gracias, como al ilustrísimo señor alcalde de Madrigal de las Altas Torres, a los señores alcaldes, a todas las autoridades, los presidentes, los concejales, que ennoblecen con su apreciado servicio esta comunidad de Castilla, de Castilla y León, y a todos ustedes también. Gracias, gracias de todo corazón.

Puedo decirlo: gracias a todos ustedes por la amable invitación a unirme en acción de gracias a Dios por la reina Isabel, en el lugar de su cuna. A todos ustedes, el saludo del Santo Padre y su bendición. Gracias.

El Santo Padre León, a quien tengo la dicha y el honor de representarle, bien que indignamente, en España.

La presente celebración del 575 aniversario del nacimiento de la sierva de Dios, Isabel la Católica, concurre y se desarrolla en el corazón de la cincuentena pascual. Un tiempo de gracia. Un tiempo en el que la Iglesia no cesa de repetir con gozo el anuncio fundante y central de su fe y, por consiguiente, de su vida a lo largo de todos los siglos.

El anuncio es este: Cristo ha resucitado.

Es este el anuncio que, llenos de gozo, como venimos de escuchar en la primera lectura, Pablo y Felipe repetían por las ciudades de Judea y de Samaria, y que los creyentes en Cristo han repetido con la palabra, pero por sobre todo con el ejemplo de su vida a lo largo de la historia, también de la historia tan noble e insigne de nuestra nación.

Este precisamente es el caso de la reina Isabel, que desde esta su cuna natal, por misteriosos designios de la providencia, supo ponerse al servicio del Señor y de la Santa Iglesia, nuestra Madre, y con su vida, palabras, decisiones y acciones, permitir a Cristo resucitado pasar beneficiando y sanando a tanta humanidad en Castilla, en España y en el Nuevo Mundo, infundiendo esperanza, dando fuerza y constancia, llenando de alegría y de esperanza los corazones de todos.

¿No por acaso el recordado Papa Francisco --ya lo recordó don Jesús, nuestro obispo-- subrayaba la actuación de Isabel como levantadora de la dignidad humana y capaz de presentar, de cara a la condición humana esclava del pecado y de tantas miserias? Cito al Papa Francisco, del que ayer hemos celebrado el primer aniversario --recordándolo con afecto y con amor-- de su piadoso tránsito. Papa Francisco decía: la reina Isabel supo presentar soluciones valientes, innovadoras y firmes, reivindicando los derechos fundamentales de los hombres y mujeres de su tiempo, por supuesto, de forma proactiva e integral. El Papa Francisco, que en paz descansa, concluía: un paso de gigante.

Y bien, la tarde del Jueves Santo, el día 22 de abril del año 1451, la sierva de Dios, Isabel la Católica, nacía en este histórico municipio. Es un hecho que, en las horas de su feliz alumbramiento, la Iglesia se centraba en el inicio del triduo pascual. La celebración de la misa --in cena Domini, se dice en latín-- la misa en la cena, que recuerda y repropone la cena del Señor, la Eucaristía. El amor hasta el extremo de Cristo, la cercanía y la intimidad de Juan, el discípulo amado, la institución de la Eucaristía y del sacerdocio, el lavatorio de los pies, clave de interpretación del servicio, de todo poder y de caridad. Esos son todos los acentos de la tarde en que Isabel nació, y que así, creemos, por designios de la misericordia de Dios, jalonan toda su preciosa vida.

Aquí además, en esta misma iglesia de San Nicolás de Bari, se halla la pila de su bautismo, sacramento que, conforme a la costumbre cristiana, ella recibió en los primeros días, en los días inmediatos, los cuales coincidieron con estos mismos días de Pascua que alegres nosotros hoy día celebramos.

La celebración del acontecimiento pascual, en el que nos introduce el bautismo y la Eucaristía, nos centra en el acontecimiento sustancial de nuestra santa fe. Cristo ha resucitado y vive. Vive para siempre. Él, sin mérito de nuestra parte, sino porque nos ama hasta el extremo, cargó con nuestros pecados y nuestros sufrimientos. Nos reconcilió con el Padre, sanó nuestras heridas.

Es lo que en cada instante, pero especialmente en este tiempo pascual, los cristianos estamos celebrando, en el antiguo como en el nuevo y en el novísimo mundo. Cristo, como entonces, pasa. Eso es el significado de Pascua. Cristo pasa, ahora también, haciendo el bien, curando dolencias de los hombres y mujeres de todo tiempo.

Cristo es digno de fe y de adoración. No se trata solamente de un hombre bueno, admirable, un gran maestro y profesor que enseñó una ética exquisita de perfección humana. Se trata, como Isabel creyó firmemente, del Hijo de Dios, que nos salva, que nos reviste de una fuerza transformadora, que nos hace renacer a una vida nueva y que renueva también el mundo, la sociedad, las naciones, hermanos y hermanas.

martes, 21 de abril de 2026

Se cumple un año de la muerte del Papa Francisco

 

El Papa Francisco falleció el 21 de abril de 2025 a los 88 años de edad en su residencia de la Casa Santa Marta. Su última aparición pública fue el Domingo de Resurrección de 2025, donde saludó a los fieles desde el balcón de la Basílica de San Pedro, visiblemente fatigado pero presente para la bendición Urbi et Orbi. Oramos por su eterno descanso en el aniversario de su fallecimiento.

Notificación del deceso por parte de la Conferencia Episcopal:

Ha fallecido el papa Francisco

Testamento del Papa Francisco:

Testamento 

Rueda de Prensa en el Arzobispado de Oviedo:

Arzobispado de Oviedo

Notificación sobre los Funerales:

Notificación sobre el Funeral del Sumo Pontífice

Homilía del Arzobispo de Oviedo en el Funeral diocesano por el Papa:

 Homilía del Sr. Arzobispo 

Artículo de nuestro Párroco sobre el Papa Francisco:

 Las enseñanzas a seguir del Papa Francisco, o lo que predicaba Don Ángel Garralda. Por Joaquín Manuel Serrano Vila

Artículo publicado en nuestro Blog sobre el Papa:

 El Papa Francisco y los Mártires de Asturias y de toda España. Gracias por estos 1.129 nuevos testigos de la fe. Por R. H. M.

Gänswein aclara la renuncia de Benedicto XVI y la relación con Francisco: «Había un solo Papa»

(Infovaticana) El arzobispo Georg Gänswein, durante años secretario personal de Benedicto XVI y hoy nuncio en Lituania, ha ofrecido un testimonio de primera mano sobre uno de los periodos más delicados y singulares de la Iglesia reciente, desmontando interpretaciones sobre la renuncia de Ratzinger y arrojando luz sobre la relación entre el Papa emérito y Francisco.

“Había un solo Papa”: la clave de una convivencia inédita

La imagen de dos figuras vestidas de blanco dentro del Vaticano marcó una etapa sin precedentes en la historia moderna de la Iglesia. Sin embargo, Gänswein insiste en que esa percepción visual no debe inducir a error. “Aquí hay que distinguir bien. Había un solo Papa. El otro era llamado Papa, pero en realidad era el Papa emérito”, explica.

Benedicto XVI, consciente de la novedad de la situación, introdujo gestos concretos para subrayar esa diferencia: abandonó ciertos elementos del atuendo pontificio y modificó detalles visibles. Aun así, la coexistencia de ambos dentro del mismo espacio —el Vaticano— supuso una realidad inédita que él mismo había querido definir como la presencia de un Papa emérito junto a un Papa reinante.

Una renuncia nacida de la conciencia, no de los escándalos

Sobre uno de los puntos más controvertidos —las razones de la renuncia de Benedicto XVI— Gänswein no deja margen a la ambigüedad. Frente a las hipótesis que vinculan su decisión con el escándalo de Vatileaks o con presiones internas, responde con rotundidad: “Todo eso no tuvo nada que ver”.

Lejos de teorías conspirativas, el ex secretario de Ratzinger describe un proceso interior marcado por la fe: “La renuncia fue fruto de una profunda reflexión, de una fuerte oración: el Papa planteó la cuestión a su conciencia y luego decidió”. Una decisión, en definitiva, que se gestó en el ámbito personal y espiritual, no en el terreno de las crisis vaticanas.

El primer gesto de Francisco: buscar a Benedicto

El momento de la elección de Jorge Mario Bergoglio quedó grabado en la memoria de Gänswein como una escena cargada de expectación. Tras la fumata blanca, el nombre del nuevo Papa “corría por la sala como un incendio”. Pero más significativo aún fue lo que ocurrió inmediatamente después.

Cuando Gänswein acudió a saludar al recién elegido, Francisco se adelantó: “Quisiera encontrarme con Benedicto. ¿Puede ayudarme?”. Ese deseo de encuentro marcó desde el inicio el tono de la relación entre ambos.

No fue sencillo establecer el contacto telefónico con Castel Gandolfo —donde todos seguían el anuncio por televisión—, pero finalmente se logró. Pocos días después, ambos se encontraron en un gesto que selló simbólicamente la transición.

Castel Gandolfo: respeto mutuo y un “peso” entregado

El 23 de marzo de 2013 tuvo lugar el primer encuentro entre Benedicto XVI y el nuevo Pontífice. Gänswein recuerda detalles reveladores: al entrar en la capilla, Ratzinger quiso ceder el paso a Francisco, pero este lo rechazó. Lo mismo ocurrió con el reclinatorio. Desde el primer momento, señala, se percibía que Francisco quería tratar a su predecesor “de un modo muy fraterno”.

Aquel día, además, Benedicto entregó a su sucesor la documentación sobre el caso Vatileaks. “Si había un peso en aquella historia, se puede decir que lo dejó atrás”, afirma Gänswein. El gesto cerraba una etapa marcada por tensiones internas.

Dos estilos distintos, una misma fe

Las diferencias entre Benedicto XVI y Francisco han sido objeto de múltiples interpretaciones. Gänswein no las niega, pero las sitúa en su contexto natural: “La biografía es la biografía… la formación, la experiencia de vida, todo es distinto”. Esa diversidad, lejos de ser problemática, “es una complementariedad… algo que enriquece”.

También rechaza la idea de que el Papa emérito se convirtiera en referente de un bloque opositor dentro de la Iglesia. A su juicio, se ha exagerado la existencia de tensiones organizadas en torno a su figura.

Silencios significativos y momentos delicados

En cuestiones sensibles, como las restricciones a la misa tradicional o determinadas declaraciones del Papa Francisco, Gänswein introduce matices sin romper la línea de discreción que caracterizó a Benedicto XVI.

Asegura que el Papa emérito “no comentó nunca” el motu proprio Traditionis custodes. Sin embargo, reconoce una reacción interior: “Cuando leímos el Osservatore Romano, el corazón de Benedicto se volvió pesado”. Una expresión que, sin ser una crítica explícita, deja entrever el impacto de la decisión.

Respecto a frases como “¿Quién soy yo para juzgar?”, Gänswein admite que resultan “cuanto menos sorprendentes en boca de un Papa”, aunque insiste en que nunca escuchó comentarios directos de Benedicto sobre estas cuestiones.

Una relación marcada por el respeto hasta el final

La muerte de Benedicto XVI ofreció la última imagen de esa relación. Gänswein fue quien avisó personalmente a Francisco, siguiendo instrucciones previas. El Papa acudió de inmediato al monasterio.

Allí, junto al cuerpo de su predecesor, Francisco “lo bendijo, se sentó a su lado, permaneció en silencio unos minutos y luego rezamos todos juntos”. Un gesto sobrio, pero elocuente, que resume años de convivencia marcada por diferencias evidentes, pero también por una relación de respeto.

lunes, 20 de abril de 2026

Se te quitan las ganas de discutir. Por Jorge González Guadalix

(De profesión cura) Las pocas que me quedan, porque me doy cuenta de que ni merece la pena. Salvo alguna rarísima excepción, ¿de qué vas a debatir con alguien cuyo único argumento es que hay que evolucionar y además te lo deja caer como si fuera la definitiva conclusión del sentido de la existencia humana? No saben qué significa evolucionar, ni tienen medio claro -soy optimista- a dónde llegar.

¿Evolucionar? ¿Desde dónde? ¿Hacia dónde? ¿Cómo? ¿Quién decide si se evoluciona en el sentido correcto? El último argumento es que hay que respetar y que cada uno sabrá. No merece la pena.

No te pierdas al que dice que no se puede ser conservador. Jodo. Y te lo suelta el mismo que acaba de quitarse el capirote de la semana santa.

O eso de que las normas son relativas a la vez que se pasa una tarde discutiendo sobre si la tarjeta roja a Pichichi fue según reglamento o no, o si definitivamente ponemos el acento en sólo cuando equivale a únicamente.

Ya saben eso de que hay que acabar con lo antiguo. Pues si, y que dinamiten las pirámides de Egipto, ya está bien de antiguallas. Mucho mejor aprovechar las piedras para construir casas para los pobres y levantar un buen centro comercial con mezquita adosada.

He sugerido a uno que todavía sigue con lo de vender el Vaticano -mira que hay gente cansina- que podíamos empezar vendiendo la iglesia de su pueblo, que algo nos darían, o convertir la ermita en residencia de inmigrantes.

No merece la pena.

Dialogar, debatir, razonar sin que la otra persona no esgrima más argumento que cuatro adjetivos sacados por sorteo del diccionario, de verdad que no vale la pena: conservador, carca, obsoleto, insolidario, fascista. Es agotador. Y como argumento que sostenga tales palabros el siempre socorrido, inútil y vacío “es mi opinión, cada cual sabrá y hay que respetar", eso sí, la Iglesia anticuada, los curas pederastas y usted mismo anclado en un pasado sin sentido. Leche para respetar.

No me molesto. Decía un agustino eminente en sabiduría, muy eminente, que hablar se puede hablar con cualquier persona culta, aunque las ideas sean contrapuestas. Uno al menos aprende de los razonamientos, la formación y la sabiduría del otro. Son discusiones que merecen mucho la pena.

Pues eso. ¿Y tus argumentos? Que hay que evolucionar. De acuerdo. Buen día.