martes, 11 de agosto de 2026

Santoral del día: Santa Clara

(COPE) La pobreza hasta llegar al total desprendimiento de todo, se unen en la Mujer de este día. Hoy celebramos a Santa Clara. Nacida en Asís en el año 1193 procede de una familia muy adinerada y de alta posición. Pero estas cosas le parecían efímeras a ella porque oyó hablar a su paisano Francisco y se sintió tocada por el Cielo.

No quiso tener nada de esas riquezas y rechazó dos planes que fraguó su familia para casarla. Al llegar a la mayoría de edad, el Domingo de Ramos de ese año se fue en busca de Francisco que le cortó el cabello y le impuso un sayal para hablar de la renuncia al mundo.

El paso siguiente fue instalarse en la Iglesia de San Damián para vivir en el más absoluto desprendimiento. Su estilo llamó la atención de otras mujeres -entre ellas su madre y su hermana- que comenzaron a a acercarse y a unirse a esa forma de vida.

Con todas ellas funda las Damas Pobres de San Damián, también llamadas clarisas. Como pasa en la vida contemplativa, se sustentan por la pobreza, castidad y obediencia. Poco después, es nombrada Superiora de la Comunidad, intentando dejarlo varias veces en vano.

Sobre todo es grande su amor al Señor Sacramentado. Debido a esto es también Patrona de la televisión porque cuando estaba en la cocina y tocaban alzar a Dios en la Iglesia, ella siempre lo veía a través de la pared que se trasparentaba. Santa Clara de Asís muere en el año 1253.

Mons. Martínez Camino organiza unas jornadas en Covadonga ante el XC aniversario de los mártires del siglo XX

(Iglesia de Asturias) «San Pedro Poveda y los mártires del siglo XX» es el título de las Jornadas que el Obispo Auxiliar de Madrid, el asturiano Mons. Juan Antonio Martínez Camino, ha organizado para los próximos días del 26 al 28 de agosto, en Covadonga. Durante esas fechas, el Santuario recibirá a expertos investigadores y profesores que profundizarán en el ámbito del martirio y de las vidas y circunstancias de las miles de personas asesinadas por odio a la fe en el nonagésimo aniversario de la persecución religiosa en España. La entrada será libre hasta completar aforo.


¿Cómo surgió la idea de organizar estas jornadas y por qué en Covadonga?

La idea surgió el año pasado cuando me di cuenta de que este año, 2026, se cumplen 90 años del martirio de tantos y tantos sacerdotes, religiosos y seglares en España, allá por 1936. Pensé que el XC aniversario había que celebrarlo de alguna manera. Y luego hablando con el señor Arzobispo de Oviedo, le propuse que Covadonga sería un buen sitio, ya que san Pedro Poveda es quien encabeza la conmemoración de todos los santos y beatos mártires del siglo XX en España, que se celebra cada año el 6 de noviembre. San Pedro Poveda estuvo siete años en Covadonga como canónigo. Fueron unos años muy importantes para su vida y para su futuro, que acabaría siendo glorioso en el martirio que tendría lugar en Madrid.

Este es un poco el contexto de que hagamos estas jornadas del XC aniversario en Covadonga.

Sabemos que aún hay muchas investigaciones y procesos en marcha pero, ¿Se tiene una cifra aproximada de los mártires del siglo XX en España?

Sí, tenemos una cifra bastante exacta, aunque siempre se está precisando porque cada cierto tiempo aparece nueva documentación de eclesiásticos, es decir, de obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas. De ellos, hay casi 7.000 (son algo más de 6.900). Y se saben los nombres de todos y las circunstancias. Y de esos, ya más de 2.000 son santos o beatos. Hay 11 santos y el resto hasta 2.200 aproximadamente, beatos. Y en proceso de beatificación están otros casi 3.000.

De seglares no se sabe exactamente cuántos, aunque ya hay muchos en proceso de beatificación y algunos que ya son beatos. En Asturias, de hecho, hay algunos: los mártires de Nembra eran seglares todos menos el párroco, don Genaro. Y fueron beatificados en 2016 en la Catedral de Oviedo. Calculamos que en total, habrá otros tantos seglares mártires. Podemos decir, resumiendo, que en torno a 10.000 católicos dieron su vida por fidelidad a Jesucristo, a la Iglesia y a la verdadera esperanza en los años 30 del pasado siglo.

De todo ello, ¿qué balance podemos hacer en nuestra diócesis?

En el 34 hubo unos acontecimientos políticos en toda España, no sólo en Asturias. Lo que pasa es que en Asturias, esa revolución de 34 tuvo más éxito. Un éxito «trágico», diríamos, porque causó 1.200 muertos, entre ellos, 34 mártires, como los santos de Turón, un grupo de religiosos hermanos de La Salle que se encontraba en la escuelina de Covadonga, de Turón y que ya están canonizados. Pero también en Madrid hubo 40 muertos, en Barcelona 80 y algunos mártires católicos de entonces, que ya están beatificados, uno es de Barruelo, de Palencia, un hermano de las Escuelas Cristianas, que se llamaba el beato Bernardo.

Ahí comenzó la persecución religiosa en toda España, aunque en Asturias fue más intensa porque la revolución duró 15 días. En Madrid, Barcelona u otros sitios duró menos. Aunque la persecución ya venía siendo legal desde 1931, como se puede ver en la Constitución del 31, en las leyes de expulsión de la Compañía de Jesús en el año 32 o en la prohibición de la enseñanza por los religiosos en el 33. Es a partir del año 34, cuando la persecución pasa de ser legal a ser sangrienta.

Ese mismo proceso se intensifica y tiene una gran explosión con el alzamiento militar en 1936.

En realidad, esta es una historia que no es solo de España, aunque en España fue muy importante, con un número muy alto de mártires. Pero esa persecución al «cristianismo», es decir, no solo a la Iglesia católica, sino también a las iglesias protestantes, a los ortodoxos, sobre todo, fue en toda Europa en el siglo XX. Por eso San Juan Pablo II puso en marcha la denominación «Mártires del siglo XX», que lo fueron en España, pero también en Polonia o en Alemania. Es una historia dramática y, al mismo tiempo, gloriosa del siglo XX.

Los asistentes a estas jornadas que ha organizado entre los días 26 y 28 de agosto en Covadonga van a poder escuchar a expertos investigadores, profesores de universidad, la mayor parte de ellos gente están en Roma, en Madrid etc. ¿Qué temas se van a tratar?

Las jornadas tienen tres partes. El primer día va a ser una iniciación a san Pedro Poveda: «San Pedro Poveda, una vida para Cristo», de lo que va a hablar una teresiana, Carmen Aparicio Valls, porque él fue el fundador de la institución teresiana. Luego tendremos en la Basílica la celebración de la Santa Misa presidida por el señor Arzobispo, don Jesús, y una ofrenda floral ante la imagen de san Pedro Poveda.

El jueves 27 estará bajo el epígrafe «La espiritualidad martirial en la España del siglo XX», más en general. Y empezaremos con «¿Qué significó Covadonga para san Pedro Poveda?». De eso va a hablar un profesor de la Universidad Ramón Lull de Barcelona, que lo conoce muy bien: Armando Pego Puigbò, con el título «Secreto espiritual de los proyectos pedagógicos de Pedro Poveda». Un servidor hablará a continuación de la «Espiritualidad martirial de San Pedro Poveda», de lo que hay muy poco escrito pero es que a san Pedro Poveda el martirio no le cogió de sorpresa. Sus preciosos escritos, publicados ya casi íntegramente en ocho volúmenes, delatan a un hombre de un desprendimiento espiritual, de una libertad de espíritu y de un amor a Jesucristo crucificado, del cual emana una espiritualidad martirial en el sentido profundo de la palabra, es decir, una espiritualidad de un testigo de Cristo dispuesto a todo, dispuesto a dar la vida, que ha sido poco estudiado hasta ahora. Luego, un profesor de Madrid, de la Universidad San Dámaso, hablará del «Espíritu de los mártires del siglo XX en España» y Mª Victoria Hernández, postuladora en Roma de varias causas de beatificación de mártires, hablará de la «Espiritualidad martirial en España, antes y después de la gran persecución en los años 30», porque también tuvo unas consecuencias en la espiritualidad de muchas personas que están en procesos, aunque no sean mártires.

Por fin, el último día, el viernes 28, será «El martirio como la santidad más peculiar del siglo XX». En el siglo XX, el tipo de santidad más específica es el martirio. ¿Por qué? Pues de esto hablarán Melchor Sánchez De Toca, que es Relator del Dicasterio para los santos del Vaticano y Fernando Millán Romeral, que es Profesor en Comillas (Madrid) y ha sido Prior General de la Orden del Carmen, que hablará de los «Mártires del siglo XX, portadores de la esperanza que no defrauda» y por fin el Arzobispo de Oviedo, Mons. Jesús Sanz, el viernes a las seis y media de la tarde, hablará de «Mártires para evangelizar la cultura pagana moderna».

Y luego entre esto habrá celebraciones litúrgicas, películas sobre el tema, etc. Todo el programa se puede consultar en la página web de la diócesis.

¿Qué fue lo que pasó en esos momentos de la historia, en los años 30 del pasado siglo, para que se diera semejante odio contra personas que no participaban de ideologías, ni de siglas, ni de partidos políticos? Llama la atención ese odio, como llama también la atención la fidelidad de los mártires, porque además se sabe que no hubo ninguna apostasía.

Pues sí, tienes razón, llama la atención de este fenómeno en el siglo XX, como decía antes, pero no solo en España. Algunos católicos, ahora, miran este tema con un poco de recelo porque piensan que es una cuestión política. Lo cierto es que la Iglesia no beatifica ni canoniza a religiosos o seglares de ningún partido o ideología determinada. Ciertamente es un tema que tuvo, en su momento, implicaciones políticas, pero es algo mucho más profundo, que empalma con la tradición de siempre de la Iglesia, desde San Pablo y San Pedro y San Cipriano de Cartago y San Esteban, de que proclamar a Cristo, decir que la esperanza verdadera pasa por la unión con Jesucristo, crucificado y resucitado, y que allí está el motor del mundo y la esperanza de la humanidad que no defrauda, cuando esto se hace así, en distintos ámbitos culturales, tanto en la época romana como en el siglo XX, causa oposición. Y no es que los que apretaron el gatillo, por ejemplo, en la playa de Gijón, que era gente con un odio personal a los que mataron. Ni los conocían la mayor parte de las veces. No era una cuestión de odio personal. Es una cuestión de un odio a la fe en cuanto tal, del mundo. Y esto abarca todas las ideologías políticas. Porque el mundo adora a falsos dioses y el mundo de los romanos adoraba a los ídolos romanos y al emperador, que era su dios. Y el mundo moderno, el mundo de la Europa del siglo XX, adora a un ídolo que se llama «progreso». La cultura pública occidental moderna espera que, gracias a los poderes humanos, vamos a hacer el cielo en la tierra. Va llegar un día en que el progreso en este sentido nos va a dar todo lo que nuestra alma espera y va a saciar todas nuestras necesidades materiales y espirituales. Va a ser pronto. Estamos a punto de conseguirlo. Es lo que Popper llamaba el «materialismo prometedor». Y ese paganismo, esa cuestión religiosa de equivocarse de Dios, es la que ha alimentado ideologías de todos los signos, tanto anarquistas como marxistas revolucionarias, como nazis y nacionalsocialistas que han odiado a la fe y a la Iglesia. Y entonces las personas que representan más la fe de la Iglesia, las personas que iban a misa, los católicos, por supuesto los curas, los obispos, los religiosos y religiosas, pues fueron víctimas sacrificadas en el altar del «dios progreso». No solo ellos, sino que el siglo XX ha sido el siglo de las masacres mayores de la historia, todos sacrificados en aras del progreso. O mejor dicho, en el altar del «ídolo progreso». Nosotros, al venerar a los mártires, hacemos lo que hizo la Iglesia siempre en la época de los romanos, en la época medieval, en todas las épocas. Pero en siglo XX, como ha habido esta historia tan dominada por estos ídolos, sobre todo por este «ídolo Progreso» pues el martirio se ha vuelto la santidad más peculiar de esta época. No hay que tener miedo a reconocer, a amar y a pedir la intercesión de los mártires, porque es un gran tesoro y una gran fuerza para la evangelización de nuestro tiempo.

lunes, 10 de agosto de 2026

San Lorenzo: servir a Cristo en los pobres y permanecer fiel hasta el martirio

(Infovaticana) Cada 10 de agosto, la Iglesia celebra a san Lorenzo, uno de los mártires más venerados de la antigua Iglesia de Roma. Diácono al servicio del papa san Sixto II, su memoria ha atravesado los siglos unida a dos testimonios inseparables: la caridad hacia los pobres y una fidelidad a Cristo mantenida hasta el martirio.

Los datos sobre sus primeros años son escasos. Una antigua tradición sitúa su nacimiento en Hispania y lo vincula particularmente con Huesca.

Su vida conocida, sin embargo, transcurre fundamentalmente en Roma, donde ejerció el ministerio diaconal y asumió responsabilidades relacionadas con la administración de los bienes de la comunidad y la atención a los necesitados.

Junto a san Sixto II durante la persecución

En el año 258, la persecución del emperador Valeriano golpeó directamente a la jerarquía de la Iglesia. El papa Sixto II fue detenido mientras celebraba la liturgia en el cementerio de Calixto y ejecutado el 6 de agosto junto con varios diáconos.

Lorenzo sobrevivió inicialmente, aunque solo durante cuatro días.

San Ambrosio transmitió posteriormente una conocida tradición según la cual Lorenzo, al ver que conducían al Papa hacia el martirio, lamentó no poder acompañarlo: «¿Adónde vas, padre, sin tu hijo? ¿Adónde te diriges, santo sacerdote, sin tu diácono?». Sixto le habría anunciado entonces que lo seguiría pocos días después.

La escena refleja la estrecha vinculación que la tradición cristiana estableció desde muy temprano entre ambos mártires: el obispo y su diácono terminarían entregando la vida durante la misma persecución y con apenas unos días de diferencia.

«Estos son los tesoros de la Iglesia»

Como diácono, Lorenzo tenía entre sus responsabilidades la administración de bienes destinados a atender las necesidades de la comunidad y, de manera particular, de los pobres.

Tras la muerte de Sixto II, las autoridades romanas habrían exigido a Lorenzo la entrega de las riquezas de la Iglesia. La tradición conserva entonces uno de los episodios más célebres de su vida: en lugar de presentar los bienes que esperaban encontrar, el diácono reunió a pobres, enfermos y necesitados y los mostró como los verdaderos «tesoros de la Iglesia».

La respuesta expresa una concepción profundamente cristiana de la riqueza. Para Lorenzo, los pobres no constituían una realidad marginal dentro de la comunidad, sino personas en las que el discípulo de Cristo está llamado a reconocer de manera especial al propio Señor.

Su servicio a los necesitados tampoco puede separarse de su ministerio como diácono. La caridad que practicaba nacía de la misma fe que pocos días después tendría que confesar ante sus perseguidores.

El martirio de san Lorenzo

El 10 de agosto del año 258, cuatro días después de la muerte de Sixto II, Lorenzo sufrió el martirio.

El Misal Romano recuerda que el santo «confirmó su servicio de caridad con el martirio bajo Valeriano» y recoge la tradición según la cual había distribuido los bienes de la comunidad entre los pobres.

También una antigua tradición, ampliamente difundida ya en el siglo IV, sostiene que Lorenzo fue sometido al tormento sobre una parrilla. La escena quedó profundamente incorporada a la memoria y a la iconografía cristianas, hasta el punto de que la parrilla se convirtió en el atributo que habitualmente permite reconocer al santo en pinturas y esculturas.

A esa tradición se encuentra asociado incluso un conocido fenómeno del cielo de agosto. Las estrellas fugaces visibles alrededor de estas fechas reciben popularmente el nombre de «lágrimas de san Lorenzo», en recuerdo de las brasas relacionadas con su martirio.

Más allá de la forma concreta de su suplicio, la Iglesia ha conservado ante todo la memoria de su fidelidad: Lorenzo murió como consecuencia de su condición de cristiano y de su ministerio al servicio de la Iglesia de Roma.

«Amó a Cristo en su vida y le imitó en su muerte»

San Agustín encontró en la figura de Lorenzo una profunda continuidad entre el servicio del diácono y la entrega del mártir.

En uno de sus sermones pronunciados con ocasión de su fiesta, el obispo de Hipona recordaba: «Ejercía el oficio de diácono. Allí administró la sagrada sangre de Cristo y allí derramó la suya por el nombre de Cristo».

Agustín relacionaba el martirio de Lorenzo con las palabras de san Juan: «Como Cristo entregó su vida por nosotros, así también nosotros debemos entregarla por nuestros hermanos» (1 Jn 3,16).

Y resumía la vida del santo con una frase que explica el sentido cristiano de su martirio: «Amó a Cristo en su vida y le imitó en su muerte».

Lorenzo había servido como diácono antes de ser llamado a entregar la vida como mártir. El sacrificio final no aparece así desligado de su existencia anterior, sino como la culminación de una fidelidad ejercida previamente en el servicio a Dios y al prójimo.
Un mártir presente en el corazón de la liturgia romana

La veneración a san Lorenzo se extendió muy pronto y llegó a ocupar un lugar privilegiado en la Iglesia de Roma.

Sobre el lugar tradicionalmente identificado con su sepultura se levantó la basílica de San Lorenzo Extramuros, que se convirtió en uno de los grandes lugares de veneración de los mártires romanos.

Su nombre quedó además incorporado a la liturgia. San Lorenzo es uno de los mártires mencionados expresamente en el Canon Romano, actualmente la Plegaria Eucarística I, junto a otros grandes testigos de los primeros siglos del cristianismo.

Durante generaciones, por tanto, su nombre ha sido pronunciado en el corazón mismo de la celebración de la Misa. La Iglesia lo reconoce además como patrono de los diáconos, el ministerio que desempeñó hasta entregar su vida.

Una fidelidad que permanece como ejemplo

Dieciocho siglos después, la Iglesia sigue celebrando a san Lorenzo no por la crueldad del tormento que padeció, sino por la fe que sostuvo su vida y su muerte. Su servicio a los pobres y su martirio nacieron de una misma fidelidad a Cristo.

Lorenzo había aprendido como diácono a administrar los bienes de la Iglesia al servicio de quienes los necesitaban. Cuando llegó la persecución, esa entrega alcanzó su expresión definitiva: ya no tuvo bienes que distribuir, sino su propia vida que ofrecer.

San Agustín lo resumió con palabras que atraviesan los siglos: «Amó a Cristo en su vida y le imitó en su muerte». En ellas permanece una de las grandes enseñanzas de san Lorenzo: la fidelidad en el momento de la prueba se prepara en la fidelidad cotidiana.

Odisea. Por Guillermo Juan Morado

(La Puerta de Damasco) En el mundo griego, los poetas intentaron alcanzar de manera mítica y fantástica, mediante la intuición y la imaginación, la comprensión del hombre, de la historia y del universo; en suma, de la realidad presentada en su totalidad. Los poemas homéricos, la “Ilíada” y la “Odisea”, supusieron para los primeros griegos algo análogo a lo que la Biblia supuso para los judíos. Y lo que constituyó el alimento espiritual para los griegos, al ser Grecia uno de los pilares de la cultura occidental, lo sigue siendo, en cierto modo, también para nosotros en la actualidad.

La película “Odisea”, del director británico Christopher Nolan, ha sido uno de los grandes estrenos de julio de 2026. El filme recrea el complicado regreso de Odiseo a Ítaca tras la guerra de Troya, una travesía que se extiende por diez años y que enfrenta numerosos obstáculos. En su patria, Ítaca, lo esperan su esposa, Penélope, y su hijo, Telémaco, asediados no solo por la angustiosa espera del retorno de Odiseo, sino también por los intentos de los pretendientes que compiten entre sí para contraer matrimonio con Penélope y así adueñarse del reino.

El camino de Odiseo es, en buena medida, un camino interior, en el que se entretejen el recuerdo y el remordimiento por unas acciones que no siempre han estado inspiradas por Zeus ni por la recta conciencia. Tiene, pues, un cierto carácter penitencial, reforzado por el hecho de que Odiseo y los suyos han de superar continuas pruebas: son capturados por el cíclope Polifemo, hijo de Poseidón, quien los condena a perderse en el mar. En Eea, los salvajes lestrigones destruyen dos de sus barcos y matan a la mayoría de los seguidores de Odiseo. Los supervivientes buscan refugio junto a la hechicera Circe, quien los transforma en cerdos. Odiseo habrá de descender al Hades, al reino de los muertos, donde se le profetiza que solo él llegará a casa. Tras muchas otras peripecias llega a la costa de Ogigia, donde la ninfa Calipso lo cuida durante siete años alimentándolo con flores de loto. Finalmente le permite construir una balsa improvisada y lo ayuda a reconciliarse con los dioses. Gracias a la ayuda divina, Odiseo consigue llegar milagrosamente a Ítaca.

No han faltado las críticas a esta versión cinematográfica del poema homérico. Una reconocida traductora al inglés de esta obra de Homero llegó incluso a señalar que le daría vergüenza haber escrito cualquier parte del guion. En realidad, si uno se pone en plan purista, no habría otra opción que leer la “Odisea” en griego, sin traducciones, y, por supuesto, sin adaptaciones audiovisuales.

A mí la película me ha encantado. Me siento próximo a la valoración de la misma hecha por el obispo y teólogo noruego Erik Varden en su blog personal: “Lo que hace Nolan es mostrar por qué la epopeya importa, por qué la imagen de Escila y Caribdis, o del telar de Penélope, aún perdura en nuestra memoria; por qué los nombres de Euriclea y Eumeo nos llenan de ternura; por qué la sola idea de Circe (magníficamente dramatizada) nos estremece. Transmite la urgencia del texto. La tipología de una civilización moribunda es un tanto forzada, pero ‘toca’ una fibra sensible en la actualidad. Por lo tanto, me complace disfrutarlo. Te hace reflexionar. Y te dan ganas de releer a Homero […] Una película que produce tal efecto puede considerarse un éxito”.

domingo, 9 de agosto de 2026

«Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!». Por Joaquín Manuel Serrano Vila


El hilo conductor de la liturgia de este Domingo XIX del Tiempo Ordinario es el encuentro con Dios en medio de la crisis y el descubrimiento de su presencia oculta, que desarma nuestros miedos y nos invita a una confianza radical. En las distintas lecturas vemos a creyentes ejemplares —Elías, Pablo, los Apóstoles y Pedro— enfrentándose a la tormenta, la persecución, el desánimo o el dolor profundo. Dios no se manifiesta en el ruido ensordecedor del mundo ni en el control de nuestras certezas humanas, sino en el susurro de la brisa, en la verdad del Espíritu y en la mano tendida de Jesús sobre las aguas. Así la Palabra de Dios de este domingo sale a nuestro encuentro en el mar de nuestra vida cotidiana. Con frecuencia nos encontramos cansados, asustados por vientos contrarios y con la sensación de que nuestras barcas y proyectos zozobran. La liturgia nos invita a hacer silencio y a afinar el oído del alma. Dios está pasando a nuestro lado; no viene a destruir con el estruendo de la fuerza, sino a rescatarnos con la delicadeza de su amor.

En la lectura del libro primero de los Reyes vemos al profeta Elías que se encuentra en un momento de crisis absoluta. Ha defendido celosamente el nombre del Señor contra los profetas de Baal, pero ahora la reina Jezabel lo busca para matarlo. Desanimado, asustado y deseando la muerte, huye al monte Horeb y se esconde en una cueva. Elías esperaba que Dios interviniera de forma espectacular y destructiva para aplastar a sus enemigos. Sin embargo, el texto nos regala una catequesis profunda sobre la naturaleza de Dios. Por un lado se nos presentan los falsos escenarios del poder. Pasa un huracán violento que rompe las rocas, pero Dios no está allí. Viene un terremoto que sacude los cimientos de la tierra, pero Dios tampoco está allí. Llega un fuego devorador, y Dios sigue ausente de la espectacularidad. Y viene el colofón con la pedagogía de la brisa suave: Dios se hace presente en el «susurro de una brisa suave» o "el rumor de un silencio sutil". Sólo cuando Elías percibe esta paz delicada, se cubre el rostro con el manto en señal de adoración y sale a la entrada de la cueva. Vivimos en la cultura del ruido, las prisas y la inmediatez. A veces exigimos a Dios que actúe con "terremotos" o "fuegos", solucionando mágicamente nuestros problemas o castigando lo que consideramos injusto. Esta lectura nos enseña que para escuchar a Dios es indispensable cultivar el silencio interior. Dios habla bajo, susurra al corazón. Si nuestra mente está llena de voces, angustias o pantallas, nos perderemos el paso salvador del Señor. El salmista nos lo confirma de nuevo: "La paz y la justicia se besan"...

En la segunda lectura del apóstol San Pablo a los Romanos, el autor nos introduce en un tipo de tormenta muy diferente: el sufrimiento pastoral y el dolor por la incredulidad de los suyos. El Apóstol experimenta una «gran tristeza y un dolor incesante» en su corazón porque sus hermanos de raza, el pueblo de Israel, no han reconocido a Jesús como el Mesías. Pablo llega a decir algo impresionante: «Desearía ser yo mismo un proscrito, alejado de Cristo, por el bien de mis hermanos». Está dispuesto a renunciar a su propia salvación si con ello lograra que su pueblo aceptara el Evangelio. He aquí el misterio de la elección, San Pablo enumera con orgullo los privilegios de Israel: la filiación, la gloria, las alianzas, la ley, las promesas y, sobre todo, que de ellos procede Cristo según la carne. Esta lectura sacude nuestra indiferencia: ¿nos duele de verdad que nuestros seres queridos, amigos o la sociedad en general vivan de espaldas a Dios? El sufrimiento de Pablo no nace del orgullo herido de un predicador que fracasa, sino del amor apasionado de un testigo que quiere lo mejor para los suyos. Nos invita a interceder por los que dudan o andan alejados, recordando que nuestra fe no es un privilegio para uso exclusivo, sino una responsabilidad misionera y un don que debe compartirse con  pasión y compasión.

El pasaje del evangelio de este domingo, tomado del capítulo 14 de San Mateo, sitúa a la Iglesia primitiva y a nosotros mismos en el escenario clásico de las dificultades de la fe. Jesús obliga a los discípulos a subir a la barca y adelantarse a la otra orilla mientras él sube al monte a orar a solas. Al llegar la noche, la barca se encuentra en medio del lago, sacudida por las olas y con el viento en contra. Es el símbolo exacto de la Iglesia y del creyente en épocas de crisis, secularización o sufrimiento personal. Sentimos que Jesús está ausente y que las fuerzas del mal nos superan. De madrugada, Jesús se acerca caminando sobre el mar. En lugar de consolarse, los discípulos gritan de miedo pensando que es un fantasma. A menudo nos cuesta reconocer a Dios en medio del sufrimiento; confundimos su pedagogía o su cercanía con una amenaza o con la nada. «Ánimo, soy yo, no tengáis miedo». La palabra de Jesús introduce la calma antes de aplacar el viento físico. El "Soy yo" evoca el nombre divino revelado a Moisés. Es la certeza de que Dios tiene el control por encima del caos. Pedro, impulsivo, le dice: «Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre el agua». Al recibir el «Ven», Pedro camina apoyado únicamente en la palabra de su Maestro. Pero al apartar los ojos de Jesús y fijarse en la violencia del viento, empieza a hundirse. Ante el grito desesperado de «Señor, sálvame», la reacción de Jesús es inmediata: extiende la mano y lo agarra. El reproche es amoroso: «¿Por qué has dudado, hombre de poca fe?» No busca hundir a Pedro, sino purificar su confianza. Al subir a la barca, el viento cesa y la comunidad prorrumpe en una profesión de fe: «Realmente eres Hijo de Dios». Mantengamos la mirada en Jesús como Pedro. Cuando las olas de la enfermedad, los problemas familiares, económicos o la debilidad espiritual golpeen nuestra barca, no nos concentremos únicamente en el tamaño del problema y la angustia de la crisis. Si miramos sólo al viento, le tendremos miedo y nos hundiremos. Miremos a Cristo, escuchemos su Palabra y, si fallamos, tengamos la valentía de gritar con humildad: «¡Señor, sálvame!». Él está siempre a la distancia de una mano extendida. 

Evangelio Domingo XIX del Tiempo Ordinario

Lectura del santo evangelio según san Mateo 14, 22-33

Después de que la gente se hubo saciado, Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente.

Y después de despedir a la gente subió al monte a solas para orar. Llegada la noche estaba allí solo.

Mientras tanto la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario. A la cuarta vela de la noche se les acercó Jesús andando sobre el mar. Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, diciendo que era un fantasma.

Jesús les dijo enseguida:
«Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!».

Pedro le contestó:
«Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre el agua».

Él le dijo:
«Ven».

Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó:
«Señor, sálvame».

Enseguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo:
«Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?».

En cuanto subieron a la barca amainó el viento. Los de la barca se postraron ante él diciendo:
«Realmente eres Hijo de Dios».

Palabra del Señor

sábado, 8 de agosto de 2026

Homilía del Sr. Arzobispo en la fiesta de San Salvador, en la Catedral 2026

Señor Vicario General y Cabildo de nuestra Catedral, Sacerdotes Concelebrantes y Diácono, Excelentísima Corporación Municipal de nuestro Ayuntamiento de Oviedo, amigos que venís desde nuestra ciudad como fieles habituales de nuestra Catedral, y los que os habéis allegado, por estar de paso en Asturias aprovechando la bonanza de nuestro clima y la belleza de nuestra tierra. Saludo especialmente al Colegio Diocesano San Ignacio de Loyola de Torrelodones, en Madrid y al Movimiento Eclesial de Comunión y Liberación. A todos vosotros mis palabras de bienvenida más cordiales y cercanas.

Esta fecha es un alto en el camino que nos convoca al comienzo del mes de agosto aquí en la catedral de Oviedo. Un alto en el camino supuso la escena que hoy la Iglesia nos presenta en su liturgia. Jesús subió a un alto monte como nos ha recordado el propio Evangelio. Quedaban atrás las orillas del mar de Tiberíades, en la Galilea más profunda junto a Cafarnaúm. Lejos estaba la Transjordania y la Decápolis. No habían llegado todavía a la vega del río Jordán que hacía fértil Jericó, ni subían esa estepa despoblada en el desierto de Judá que conduce a Jerusalén. Tampoco estaban asomados al monte Carmelo desde el que se divisaba el Mare Nostrum del Mediterráneo. El escenario era otro, un monte alto, donde Jesús invitó a tres discípulos concretos a subir.

En las andanzas apostólicas de ir de aquí para allá, anunciando palabras de vida y signos milagrosos de salvación, Jesús se retira con tres discípulos determinados en aquel altozano. Pedro, Santiago y Juan serán los escogidos, como igualmente los elegirá en otro contexto y con un distinto escenario, en la noche de aquel huerto en Getsemaní. Eran testigos de la luz transfigurada o de la noche ensangrentada. Aquellos tres discípulos reaccionaron de modo semejante, adormentándose de sopor, o quedando presos del pánico miedoso que los amendrentaba.

En aquel altozano del Monte Tabor, Jesús se les transfigura, haciéndoles ver una luz de su belleza a la que ellos no estaban acostumbrados. Les permitió asomarse a otro rostro del Maestro, escuchando como aval testimonial las palabras del Padre Eterno: “Este es mi Hijo, mi Hijo amado, escuchadlo”.

En el delirio miedoso en el que ellos cayeron pensaban construir allí mismo el campamento montando tres tiendas para perpetuar aquel momento deteniéndolo ante sus miradas. Jesús les dirá: no hagáis el campamento, no montéis ninguna tienda porque hay que bajar nuevamente al valle y allí ser testigos discretos de lo que aquí habéis visto y oído, en el altozano del Monte Tabor donde mi gloria se ha transfigurado.

La vida de un cristiano también adolece de estas citas, como les sucedió a aquellos tres discípulos especialmente escogidos. Tenemos situaciones en nuestro camino en donde la oscuridad, la incertidumbre y el dolor nos acechan y nos ponen a prueba. Como también tenemos momentos en los que la euforia entusiasmada parece que sopla las velas de nuestra barca en la singladura de la vida. Pero ni debemos quedarnos eufóricos cuando las cosas pintan bien, ni deprimirnos asustados en declive cuando parece que pintan peor. Es una pedagogía cotidiana con la que Jesús enseña como buen maestro a aquellos tres discípulos muy especialmente en la luz y en la oscuridad, en la gracia o en el pecado. En la comprensión o en el desdén que nos desprecia, Él siempre está a nuestro lado. La transfiguración representa esa cita especial que llena de certeza y esperanza el caminar de unos discípulos que empiezan a ser cristianos. Y este es el sentido que tiene esta fiesta de la transfiguración cuando también nosotros, en el altozano de la edad de nuestros años, en esa montaña de la circunstancia en la que vivimos y estamos domiciliados, ahí también Dios nos espera para recordarnos que las palabras de Cristo y los signos de sus milagros son para nosotros la confirmación que verifica nuestra fe y que nos levanta como testigos en medio del pueblo en el que estamos.

Esta festividad coincide en nuestra Catedral de Oviedo con quien es su titular, San Salvador, Jesucristo el Redentor. Y la tenemos representada en la bellísima imagen románica policromada que preside el lateral de nuestro Crucero Mayor. Una imagen particularmente querida por tantos que, ante ella, nos hemos postrado. Recuerdo muy particularmente el momento de intensa oración que en ese lugar y ante esta misma imagen tuvo San Juan Pablo II cuando fue peregrino en nuestra tierra hace ya muchos años en el lejano 1989 antes de acercarse a Covadonga.

Esta imagen románica de San Salvador es el punto de partida o punto de llegada del camino que lleva a Santiago. Llegar aquí desde la Castilla más profunda es hacer el Camino del Salvador desde León para visitar precisamente este templo catedralicio, la Sancta Ovetensis, llegando así antes al Salvador para después continuar algunos hasta la tumba del Apóstol Santiago, por el Camino Primitivo. Lo dice nuestro refrán popular medieval, que “quien va a Santiago y no al Salvador, visita al criado y no al Señor”. Aquí termina la peregrinación de tantos peregrinos que, desde Castilla venían peregrinando, y desde aquí parte el Camino Primitivo que tenemos tan a gala custodiar y potenciar porque de aquí parte el primer camino de Santiago que es propiamente con el que se inicia esta experiencia cristiana. El Camino de Santiago tiene meta: no es simplemente la reliquia del apóstol, sino que ser peregrinos del amigo del Señor y por tanto peregrinar a Compostela, a ese campo de estrellas, Campus Stellae, es peregrinar a aquel de quien Santiago el Apóstol fue peregrino a su vez.

Para hacer la peregrinación de todo Camino de Santiago, debemos llevar ligero el equipaje, tener los ojos bien abiertos y estar dispuestos a ser sorprendidos por un Dios que nunca nos aburre, que siempre nos sorprende. Incluso cuando nos dice lo de siempre, Él jamás se repite. En este día del 6 de agosto, en la festividad de la Transfiguración del Señor, celebrando a San Salvador en nuestra Catedral, queremos postrarnos ante lo que esta imagen románica representa. Con su mano benedicente, con los ojos bien abiertos, como quien se presta a abrazar a mi vida y a contemplarla sin ninguna trampa y ningún cartón, en la humilde realidad del momento que estoy viviendo humana y cristianamente.

En el tramo de camino que nuestra vida realiza, con la gente que se pone a mi lado como compañeros para un destino, queremos invocar la gracia del Señor, la gracia del Salvador, para ser peregrinos de su divina voluntad. Peregrinos de lo mejor. Peregrinos de lo que nos permite no solo mejorar nuestra vida humana y nuestra convivencia, sino hacerlo desde la certeza de sabernos acompañados por quien nunca nos abandona: el Señor, San Salvador.

Invocamos la intercesión de nuestra Madre la Santina, siempre al lado de todos los Apóstoles, siempre junto a todo peregrino que se aventura en los caminos de Dios para hacer la aventura de llevar adelante su propia vocación. Sed todos bienvenidos, gracias por haber acudido a esta cita. Que el Señor, nuestra Madre la Santina y el Apóstol Santiago, sostengan vuestra esperanza y os acompañen en vuestros pasos. Amén.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

S.I.C.B.M. San Salvador. 6 agosto de 2026