domingo, 14 de junio de 2026

"Gratis habéis recibido, dad gratis". Por Joaquín Manuel Serrano Vila


La liturgia de la Palabra de este Domingo XI del Tiempo Ordinario nos sumerge en el misterio del amor gratuito y activo de Dios. No podía ser de otra manera en este mes del Sagrado Corazón de Jesús. Hoy las lecturas no nos hablan de un Dios lejano que espera pasivamente a que el ser humano lo alcance a fuerza de méritos morales. Al contrario, contemplamos a un Dios que toma la iniciativa absoluta, un Dios que rescata, que reconcilia y que, al ver nuestra debilidad, se conmueve hasta las entrañas y nos envía a ser prolongación de su amor.

Para comprender el Evangelio de hoy, debemos mirar primero el monte Sinaí en la primera lectura. Dios le habla a Moisés y le recuerda algo fundamental antes de sellar la alianza, la memoria agradecida. Dios dice: «Ya habéis visto lo que he hecho con los egipcios, y cómo a vosotros os llevé sobre alas de águila y os traje a mí». La imagen del águila es de una belleza teológica inmensa. El águila real no deja caer a sus crías; cuando están aprendiendo a volar y desfallecen, la madre se coloca debajo de ellas y las sostiene sobre sus propias alas. Dios le recuerda a Israel —y hoy nos recuerda a nosotros— que nuestra fe no nace de un código de leyes, sino de una experiencia previa de rescate y liberación. A partir de este rescate gratuito, Dios define la identidad de su pueblo con tres títulos que san Pedro aplicará más tarde a la Iglesia. Primero propiedad exclusiva: en un mundo lleno de naciones, Israel es el tesoro particular de Dios. No por ser el más grande o el más santo, sino por puro amor. Segundo, reino de sacerdotes: el sacerdote es el mediador entre Dios y los hombres. Todo el pueblo está llamado a ser un puente para que las demás naciones conozcan al Dios vivo. Y tercero, una nación santa: "Santa" significa segregada, consagrada, diferente. Una comunidad cuya vida refleja la santidad misma de Dios. Nuestra primera tarea como cristianos es recordar de dónde nos ha sacado el Señor, y redescubrir que somos su propiedad personal.

En la segunda lectura, San Pablo, al dirigirse a los Romanos, eleva esta teología de la gratuidad a su máxima expresión. El Apóstol realiza un análisis de la lógica humana: es posible que alguien se atreva a morir por una persona buena o justa, es una lógica de correspondencia. Pero la lógica de Dios rompe todos nuestros esquemas: «La prueba de que Dios nos ama es que Cristo murió por nosotros cuando todavía éramos pecadores». Pablo usa tres palabras contundentes para describir nuestra situación antes de Cristo: impíos, débiles y enemigos. No estábamos preparados, no nos lo merecíamos, ni siquiera éramos simpáticos a los ojos de la santidad divina debido a nuestras rebeliones. Y fue precisamente en ese estado de máxima miseria cuando el Hijo de Dios entregó su vida en la cruz. Esto cambia radicalmente nuestra relación con Dios. Ya no caminamos en la fe por el miedo al castigo o por la angustia de buscar "ganarnos" el cielo. Caminamos desde la certeza absoluta de sabernos amados y reconciliados mediante la sangre de Jesús. Si Dios hizo lo más difícil —reconciliarnos cuando éramos sus enemigos—, ¿Por qué seguimos haciendo lo sencillo complicado?...

El Evangelio de San Mateo une perfectamente las dos lecturas anteriores y nos muestra cómo se encarna este amor de Dios en los gestos de Jesús. El texto se divide en tres momentos clave que transforman la mirada del creyente. El primer momento es la mirada compasiva de Jesús. El Evangelio comienza diciendo que Jesús, al ver a las multitudes, «se compadeció de ellas, porque estaban extenuadas y desamparadas, como ovejas sin pastor». El término griego original para "compadeció" (esplanjnísthe) hace referencia a las entrañas, a un dolor físico y visceral. Jesús no siente una lástima superficial, siente el dolor de la humanidad en su propio cuerpo: ve a un pueblo "extenuado y desamparado". En el contexto de la época, la gente estaba herida por la opresión política romana, pero también aplastada por el rigorismo religioso de los fariseos, que imponían cargas insoportables "sin mover un dedo" para ayudarlos. Jesús ve a una humanidad cansada de sufrir, perdida, desorientada. Es la misma mirada que el Señor dirige hoy a nuestras ciudades, a nuestras familias rotas, a los jóvenes vacíos de sentido y a los ancianos en soledad. El segundo momento es la oración y la llamada de los Doce. Ante la inmensidad de la necesidad («la mies mucha y los obreros pocos»), Jesús no recurre al activismo desesperado. El primer paso es la oración: «Rogad al dueño de la mies». La misión pertenece a Dios, no es una empresa humana. Inmediatamente después, Jesús convoca a los Doce. San Mateo nos regala la lista de los apóstoles, y es una lista que sana nuestras inseguridades. Llama a Pedro, que lo negará; a Santiago y Juan, ambiciosos de poder; a Mateo, el recaudador de impuestos -considerado traidor a su Patria-; a Judas Iscariote, el que lo entregará... Es un grupo heterogéneo, lleno de tensiones políticas y flaquezas morales. Con esto, el Evangelio confirma lo que decía san Pablo de que "Dios manifiesta su poder en la debilidad". Nadie puede decir "yo no valgo para servir a Dios", porque Jesús no busca hombres perfectos, sino corazones dispuestos a ser moldeados. Y el tercer momento es el envío y la ley de la gratuidad. Jesús dota a los apóstoles de su misma autoridad para sanar, resucitar muertos y expulsar demonios. Los envía primero a las ovejas perdidas de Israel, conectando con la promesa de la primera lectura. El Reino de los cielos se hace visible a través de gestos concretos de liberación, salud y consuelo. La instrucción final de Jesús es el núcleo moral de toda la liturgia de hoy: «Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis». Es el antídoto contra la comercialización de la fe y el clericalismo. Todo lo que somos —la vida, la justificación por la fe, los carismas, el ministerio— nos ha sido dado como un regalo sin precio. Por lo tanto, no podemos administrar la gracia con egoísmo, con tacañería o buscando el propio interés. El amor de Dios recibido, debe convertirse en amor entregado.

Evangelio Domingo XI del Tiempo Ordinario



Lectura del santo evangelio según san Mateo 9, 36 – 10, 8

En aquel tiempo, al ver Jesús a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, «como ovejas que no tienen pastor». Entonces dice a sus discípulos:

«La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies». Llamó a sus doce discípulos, les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia.

Estos son los nombres de los doce apóstoles: el primero, Simón, llamado Pedro, y Andrés, su hermano; Santiago, el de Zebedeo, y Juan, su hermano; Felipe y Bartolomé, Tomás y Mateo el publicano; Santiago el de Alfeo, y Tadeo; Simón el de Caná, y Judas Iscariote, el que lo entregó. A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones:

«No vayáis a tierra de paganos ni entréis en las ciudades de Samaría, sino id a las ovejas descarriadas de Israel. Id y proclamad que ha llegado el reino de los cielos. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios. Gratis habéis recibido, dad gratis».

Palabra del Señor 

Pescador de hombres entre lápidas marinas. Por Monseñor Fray Jesús Sanz Montes O. F. M.



Nos ha dejado un cúmulo de palabras bondadosas, bellas y verdaderas el Santo Padre. Tendremos que volver sobre los textos y los gestos que han ido desgranando todo un itinerario que la Iglesia en España estaba necesitando en este momento de profunda orfandad donde no se atisbaba el horizonte donde amaneciese la esperanza. Pero la visita al muelle del puerto de Arguineguín en Gran Canaria, ha sido uno de los mensajes de mayor calado humanitario que todos esperaban. Y el papa León XIV no nos ha defraudado. Él, como el primer papa, San Pedro, se sabe llamado a ser “pescador de hombres” en medio de los mares procelosos que con sus Leviatanes pretenden engullir a los inocentes: «también hoy existen monstruos que acechan estos mares: mafias que trafican con la desesperación, tratantes que esclavizan mujeres y niños y la indiferencia de muchos que permiten que los pobres sean tragados por la explotación o por el olvido».

En uno de los momentos más hermosos de su discurso, no le temblará a León XIV la voz para decir en voz alta lo que la Iglesia tiene que decir y hacer cuando está ante una deriva tan terrible: «Creemos en un Dios que somete el caos, pone límite al mal y abre un camino cuando parece imponerse la muerte... Y así lo contemplamos en Cristo, que camina sobre las aguas y, ante la tormenta, pronuncia una palabra soberana: “¡Calla, enmudece!”. Esa voz sigue resonando contra las fuerzas que devoran, esclavizan y descartan a tantos hermanos nuestros. Ahí donde Cristo manda callar al mar, la Iglesia no puede permanecer muda ante quienes son abandonados a sus aguas».

Los testimonios fueron impresionantes y desgarradores, pero también hermosos por dejar traslucir el atisbo de esperanza que se dejaba ver venciendo el fatalismo. Tantos obispos presentes, tantas realidades diocesanas que con sencillez daban testimonio de mucha entrega. Y tantas autoridades de primer rango que no aparecieron cuando la tragedia se cernía desmedidamente en aquellas costas Canarias, pero fueron ahora aprovechando el momento y la foto. Ante todos, quiso decir el Santo Padre, como quien tiene autoridad moral para gritarlo, lo que más iluminó y consoló de sus palabras:

«No entreguen su existencia a quienes comercian con ella. No les crean a quienes prometen paraísos fáciles a cambio de su cuerpo o de dinero, de silencio o de su libertad. Esas falsas promesas son “cantos de sirenas”, son industrias de muerte. Este drama debe convertirse en examen de conciencia: para las naciones de origen, que deben crear condiciones de paz, justicia y desarrollo; para las naciones de tránsito, llamadas a proteger y no a dejar a los débiles en manos de redes criminales; para Europa, que no puede proclamar la dignidad humana y acostumbrarse a que el Mediterráneo y el Atlántico sean cementerios sin lápidas; para la comunidad internacional, llamada a una cooperación eficaz y perseverante. Y también la Iglesia debe dejarse interpelar. La acogida del migrante no puede ser algo secundario ni delegada únicamente a algunos voluntarios. Nos arrodillamos ante el altar para adorar a Cristo presente en la Eucaristía, de quien recibimos la fuerza y el motivo para vivir la caridad; por eso, no podemos luego “pasar de largo” ante los cayucos y las pateras, pues de la oración brota todo servicio y a ella vuelve todo compromiso».

Sí, deberemos ir una y otra vez sobre este discurso, porque se trata de uno de los más importantes pronunciados por el papa en este viaje apostólico a España, habiendo habido tantos y con tanta proyección e iluminación para la vida cristiana y nuestros actuales desafíos. No estamos huérfanos de esperanza cuando ha emergido con tanta fuerza el padre que nos la sostiene y despierta desde Jesús y su Evangelio. Una gran noticia que sabe a Buena Nueva.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

sábado, 13 de junio de 2026

Inmaculado Corazón de María. Por Pablo Largo Domínguez, c.m.f.

El corazón de María nos evoca el mundo de sentimientos de la Madre del Señor. María es asimismo la creyente que guarda y medita en su corazón los momentos de la manifestación de Jesús; el corazón de María aparece entonces como la cuna de toda la meditación cristiana sobre los misterios de Cristo.

La liturgia propone esta memoria al día siguiente de la gran fiesta del Corazón de Jesús. Así, tras la solemnidad en que se celebra el corazón abierto del Salvador, hacemos un recuerdo más discreto del corazón de la madre, la toda-santa, la obra primorosa del Espíritu.
El corazón de María

El símbolo «corazón de María» nos evoca el mundo de sentimientos de la Madre del Señor: ella conoce la alegría desbordante (cf. Lc 1, 28.47), pero también la turbación (cf. Lc 1, 29), el desgarro (cf. Lc 2, 35), las zozobras y angustias (cf. Lc 22, 48). María es asimismo la creyente que «guarda y medita en su corazón» los momentos de la manifestación de Jesús, ya en el nacimiento (Lc 2, 19), o más tarde en la primera Pascua del niño (2, 51); el corazón de María aparece entonces como «la cuna de toda la meditación cristiana sobre los misterios de Cristo» O. Mª Alonso). María es, además, modelo del verdadero discípulo, que escucha la Palabra, la conserva en el corazón y da fruto con perseverancia (Cf. Lc 8, 11-15.19-21 y 11, 27-28). María es, en fin, la mujer nueva que vive sin reservas ni cálculos el don y los afanes del amor: «el corazón de María es su amor»; «su corazón es el centro de su amor a Dios y a los hombres» (Antonio Mª Claret).

Vamos a desarrollar este último punto, comenzando por el amor a Dios. Si a María le hubieran abierto alguna vez las venas, quizá le habría sucedido, y con más razón, lo que se cuenta de un místico: le abrieron las venas, y la sangre, al caer, en vez de formar un charco, trazaba unas letras, que iban componiendo un nombre, el nombre de Dios. Hasta ese punto lo llevaba metido en su propia sangre. Tan «perdidamente» enamorado de él estaba.

María, bajo el título de su Corazón, nos muestra que la vida cristiana no estriba ante todo en someterse a una ley, asentir a un sistema doctrinal, cumplir un ritual en que se honra a Dios con los labios. Ser cristianos es vivir una relación de acogida, confianza y entrega al Dios vivo; es una adhesión personal a Cristo, Desde ahí se vivirá la obediencia a la voluntad de Dios, se acogerá la enseñanza del Evangelio, se adorará a Dios en espíritu y verdad.

Sobre el amor de María a los hombres nos habla el Papa Juan Pablo II. Jesús —decía el Papa en la encíclica Dives in misericordia, n. 9— manifestó su amor «misericordioso» ante todo en el contacto con el mal moral y físico. En ese amor «participaba de manera singular y excepcional el corazón de la que fue Madre del Crucificado y del Resucitado... En ella y por ella, tal amor no cesa de revelarse en la historia de la Iglesia y de la humanidad. Tal revelación es especialmente fructuosa, porque se funda, por parte de la Madre de Dios, sobre el tacto singular de su corazón materno, sobre su sensibilidad particular, sobre su especial aptitud para llegar a todos aquellos que aceptan más fácilmente el amor misericordioso de parte de una madre».

Pero el papa invita en otro lugar a destacar sobre todo el amor preferencial por los pobres: «La Iglesia, acudiendo al corazón de María, a la profundidad de su fe, expresada en las palabras del Magnificat, renueva cada vez mejor en sí la conciencia de que no se puede separar la verdad sobre Dios que salva, sobre Dios que es fuente de todo don, de la manifestación de su amor preferencial por los pobres y los humildes, que, cantado en el Magnificat, se encuentra luego expresado en las palabras y obras de Jesús» (Redempioris Mater, n. 37).
El corazón de María se muestra así como un corazón dilatado y poblado de nombres, en especial de los nombres de los últimos. Por eso la presentarán algunos como la mujer toda corazón.
Historia de la piedad y la liturgia

Lo Santos Padres habían reflexionado ya sobre el corazón de la Madre del Salvador, pero será más tarde cuando aparezca la devoción cordimariana. Los primeros testimonios proceden del siglo VIII. […]

San Juan Eudes (1601-1680) será el gran promotor de la devoción a los sagrados corazones de Jesús y de María. Sobre el objeto de la devoción a este último escribía: «Deseamos honrar en la Virgen madre de Jesús no solamente un misterio o una acción, como el nacimiento, la presentación, la visitación, la purificación; no sólo algunas de sus prerrogativas, como el ser madre de Dios, hija del Padre, esposa del Espíritu Santo, templo de la Santísima Trinidad, reina del cielo y de la tierra; ni tampoco sólo su dignísima persona, sino que deseamos honrar en ella ante todo y principalmente la fuente y el origen de la santidad y de la dignidad de todos sus misterios, de todas sus acciones, de todas sus cualidades y de su misma persona, es decir, su amor y su caridad, ya que según todos los santos doctores el amor y la caridad son la medida del mérito y el principio de toda santidad».

Hacia 1643 empezó a celebrar la fiesta del Corazón de María, que años después aprobaron numerosos obispos, a pesar de la oposición de los jansenistas, y en 1668 confirmó el cardenal legado para Francia. En Roma se denegó la solicitud de que se estableciera la fiesta, por presentar ciertas dificultades doctrinales. En 1805 se concedió la celebración a todos los que lo solicitasen expresamente de Roma. En 1855 la Congregación de Ritos aprobó nuevos textos, pero con la misma restricción.

El 31 de octubre de 1942, en el 25 aniversario de las apariciones de Fátima, Pío XII consagró la Iglesia y el género humano al inmaculado corazón de María. […] El 4 de mayo de 1944, el papa extendió a toda la Iglesia latina la fiesta litúrgica del Inmaculado Corazón de María, fijando la fecha para el 22 de agosto, octava de la Asunción.

Ya antes del Concilio Vaticano II se registraron notables cambios en la imagen de María: se reduce cierta retórica de las grandezas y los privilegios y se contempla la María de Nazaret inserta en la larga historia del Pueblo de Dios. Se destaca más su condición de sierva que su regio esplendor de soberana, más su ejemplaridad que su poder. Se atisba que también ella vivió la fe pasando por el desconcierto, la oscuridad, incluso la noche (cf. Lc 2, 50); que su amor a Dios conoció la sequedad, la prueba, quizá parecido abandono al de su Hijo; que hubo de mantener su esperanza a pesar de aparentes mentís de la experiencia. María vivió de este modo, desde dentro, desde el corazón, la peregrinación de la fe, los caminos arduos del amor, los combates de la esperanza.

Por su lado, las prácticas señaladas conocerán una fuerte crisis. Acaso se explique por distintos factores: la renovación litúrgica y la celebración eucarística vespertina propiciaban el eclipse o la desaparición de las devociones. El lenguaje sobrecargado de epítetos, teológicamente flojo, quizá incluso dulzón en exceso, no prendía ya en las nuevas generaciones. Una tendencia iconoclasta rechazaba todo lo «preconciliar» y sus acentos «triunfalistas». Una nueva estima por la palabra de Dios desplazaba el anterior interés por los mensajes de las apariciones. La secularización de la sociedad, la búsqueda de una nueva forma de presencia cristiana en el mundo y quizá también cierto complejo vergonzante llevó a la supresión de manifestaciones religiosas masivas en la calle. Una nueva conciencia eclesial tendrá como repercusión el abandono de devociones características de los institutos religiosos, vistas como formas de capillismo.

Sin embargo, nuevas experiencias y reflexiones parecen estar contribuyendo a un renacer. Señalamos, entre otras, la recuperación de la riqueza teológica bíblica apuntada más arriba y la renovada consideración del misterio de María: el gozoso mensaje que su corazón nos transmite sobre las profundidades a que llega la obra del Espíritu, la rica interioridad de ese corazón sabio que guarda y medita la historia de Jesús y compara esta obra nueva de Dios con su acción en el pasado de Israel, la fuerza profética de su canto (el Magnificat), la llamada con que ese corazón de madre invita al cultivo de un elemento materno en los evangelizadores.

viernes, 12 de junio de 2026

Textos, imágenes y vídeos del Viaje Apostólico del Santo Padre León XIV a España


Madrid, Sábado 6 de junio de 2026


Palabras del Santo Padre a los periodistas durante el vuelo con destino a Madrid: 

Llegada al aeropuerto internacional “Adolfo Suárez” Madrid/Barajas:

CEREMONIA DE BIENVENIDA en el Palacio Real de Madrid

Discurso del Santo Padre en el Palacio Real de Madrid

Saludo del Santo Padre en la VISITA A LOS OPERADORES Y ASISTIDOS DEL PROYECTO SOCIAL “CEDIA 24 HORAS” en el Centro de Información y Acogida

Discurso del Santo Padre en la VIGILIA DE ORACIÓN CON LOS JÓVENES en la “Plaza de Lima”

MADRID, Domingo 7 de junio de 2026


Homilía del Santo Padre en la SANTA MISA en la “Plaza de Cibeles”

ENCUENTRO PRIVADO CON LOS MIEMBROS DE LA ORDEN DE SAN AGUSTÍN en la Nunciatura Apostólica

ENCUENTRO “TEJER REDES CON EL MUNDO DE LA CULTURA, DEL ARTE, DE LA ECONOMÍA Y DEL DEPORTE” en “Movistar Arena”

Cena en la Residencia del Cardenal Arzobispo de Madrid

MADRID, Lunes 8 de junio de 2026


 ENCUENTRO CON EL PRESIDENTE DEL GOBIERNO en la Nunciatura Apostólica

ENCUENTRO CON LOS MIEMBROS DEL PARLAMENTO ESPAÑOL en el Congreso de los Diputados. Discurso del Santo Padre en el Encuentro con los miembros del Parlamento español en el Congreso de los Diputados 

ENCUENTRO CON LOS OBISPOS DE ESPAÑA en la sede de la Conferencia Episcopal

 Comida con los Obispos en la Nunciatura Apostólica

ORACIÓN Y HOMENAJE A LA VIRGEN DE LA ALMUDENA en la Catedral de Santa María de la Almudena Oración y homenaje a la Virgen de la Almudena en la Catedral de Santa María de la Almudena 

 ENCUENTRO CON LA COMUNIDAD DIOCESANA en el Estadio “Santiago Bernabéu”

Madrid - Barcelona, Martes 9 de junio de 2026


ENCUENTRO CON LOS VOLUNTARIOS en el Pabellón 3 de IFEMA Madrid

Salida en avión desde el aeropuerto internacional “Adolfo Suárez” Madrid/Barajas hacia Barcelona El Papa se despide de Madrid en el aeropuerto de Barajas y coge un avión rumbo a Barcelona

Llegada al aeropuerto internacional “Josep Tarradellas” Barcelona/El Prat LEÓN XIV llega a BARCELONA

REZO DE LA HORA MEDIA en la Catedral de la Santa Cruz y Santa Eulalia

VIGILIA DE ORACIÓN en el Estadio Olímpico “Lluís Companys”

Barcelona - Montserrat, Miércoles 10 de junio de 2026


VISITA AL CENTRO PENITENCIARIO “BRIANS 1”

ORACIÓN DEL SANTO ROSARIO en la Abadía de Nuestra Señora de Montserrat

Comida con la comunidad benedictina de Montserrat

 ENCUENTRO CON LAS REALIDADES DE CARIDAD Y ASISTENCIA DIOCESANAS en la Iglesia de San Agustín Discurso del Santo Padre en el Encuentro con las organizaciones diocesanas de caridad y asistencia en la iglesia de Sant Agustí 

SANTA MISA en la Basílica de la Sagrada Familia para la Inauguración de la torre de Jesucristo
Vídeo de la celebración: Santa Misa en la Sagrada Familia

Barcelona - Las Palmas de Gran Canaria, Jueves 11 de junio de 2026


Salida en avión desde el aeropuerto internacional “Josep Tarradellas” Barcelona/El Prat hacia Las Palmas de Gran Canaria León XIV se despide de Barcelona y pone rumbo a Canarias

Vuelo de Barcelona a las Islas Canarias Así ha sido el vuelo de León XIV a Canarias

Llegada a la base aérea de Gran Canaria/Gando El PAPA llega a GRAN CANARIA

ENCUENTRO CON LAS REALIDADES DE ACOGIDA A LOS MIGRANTES en el puerto de Arguineguín Discurso del Santo Padre en el Encuentro con las realidades de acogida de migrantes

ENCUENTRO CON LOS OBISPOS, LOS SACERDOTES, LOS DIÁCONOS, LOS RELIGIOSOS, LAS RELIGIOSAS, LOS SEMINARISTAS Y LOS AGENTES DE PASTORAL 

 SANTA MISA en el Estadio de Gran Canaria 

Las Palmas de Gran Canaria - Santa Cruz de Tenerife, Viernes 12 de junio de 2026


Salida en avión desde la base aérea de Gran Canaria/Gando hacia Santa Cruz de Tenerife

Llegada al aeropuerto internacional de “Tenerife Norte-Los Rodeos”

ENCUENTRO CON LOS MIGRANTES DEL CENTRO “LAS RAÍCES”

ENCUENTRO CON LAS REALIDADES DE INTEGRACIÓN DE LOS MIGRANTES en la “Plaza del Cristo de La Laguna”

SANTA MISA en el puerto de Santa Cruz de Tenerife

CEREMONIA DE DESPEDIDA en el aeropuerto internacional de “Tenerife Norte-Los Rodeos”

Salida en avión desde el aeropuerto internacional de Tenerife hacia Roma

Mensaje del Santo Padre León XIV a los Sacerdotes con ocasión de la Jornada de Santificación Sacerdotal

Queridos hermanos sacerdotes:

En el día en el que la Iglesia contempla el Corazón traspasado de su Señor, del que brota una fuente inagotable de paz y unidad para todo el género humano, dirijo sobre todo a mí mismo y a todos ustedes las palabras que Dios dirigió al pueblo de Israel: «Sean santos, porque yo, el Señor su Dios, soy santo» (Lv 19,2; cf. 1 P 1,16). Esta llamada divina atraviesa los siglos, resonando también hoy con fuerza para todo creyente y, con exigencia particular, para nosotros sacerdotes. La santidad no es una opción entre tantas ni un ideal abstracto; tiene que ver con la identidad misma de cada persona que quiere participar en la vida del Resucitado.

Santidad y participación en el misterio de Cristo

Dios nos invita a participar de su misma santidad. Cuando nos llama a ser santos porque Él es santo, nos indica el camino a seguir: dejarnos modelar según su Corazón. Y para nosotros, queridos hermanos, esta llamada es particularmente radical. El Señor prometió: «Les daré pastores según mi corazón, que los apacentarán con ciencia y prudencia» (Jr 3,15). La santidad que se nos pide es un abandono confiado: dejarnos transformar por su Santo Espíritu. Sin embargo, precisamente aquí surge la gran paradoja de nuestra vida sacerdotal: estamos llamados a participar de la misma santidad de Dios, pero llevamos este tesoro en vasijas de barro (cf. 2 Co 4,7), somos limitados e imperfectos, a menudo estamos marcados por debilidades y cansancios, a veces por heridas. ¿Cómo puede un corazón humano, tan vulnerable, responder a una llamada tan alta? El sacerdote vive esta tensión, pero sabe dónde encontrar paz: en el costado abierto del Señor Jesús.

Un camino de unión

La unión de nuestro corazón con el Corazón de Cristo no es una experiencia reservada a unos cuantos elegidos, sino un camino sacramental, eucarístico, que se realiza en lo cotidiano. Queridos hermanos, en la Ordenación hemos sido configurados con Cristo, pero es necesario reavivar siempre en nosotros el don de la gracia por medio de la celebración cotidiana de la Eucaristía, de la oración, de la meditación de la Palabra de Dios y del servicio humilde a los hermanos y hermanas. Permanecemos unidos a Cristo en todo: en lo que hacemos y en lo que nos sucede cotidianamente. La santidad, entonces, en vano buscada con esfuerzos aislados, se revelará por lo que es: correspondencia a la gracia que nos precede, nos sostiene y nos transfigura. No existen, en efecto, compartimentos estancos en nuestra humanidad. La oración, el ministerio, las relaciones, el cansancio, las alegrías y los fracasos, incluso el tiempo aparentemente perdido o el amor que parece malgastado, todo se vuelve un lugar privilegiado de la revelación de Dios y de su amor infinito.

El sacerdote que tiene un corazón íntegro, sencillo y puro es contemplativo en la acción, misericordioso, fiel en la prueba y alegre en la entrega de sí. El mundo tiene una gran necesidad de pastores que no ofrezcan sólo palabras o programas, sino el testimonio vivo de un corazón reconciliado, difundiendo el buen olor de la santidad de Cristo. Una vida sacerdotal sólida y configurada con el Corazón de Jesús es signo creíble de unidad, de paz y de misericordia. Así, en un tiempo marcado por divisiones y miedos, podemos ser constructores de paz, testigos de la ternura del Buen Pastor, que sabe reunir al que está extraviado y sanar al que está herido, y nuestro celo no es agitación, sino el desbordamiento de un amor que «es éxtasis, es salida, es donación, es encuentro» (Francisco, Carta enc, Dilexit nos, 28).

El Corazón de Cristo es el corazón de los santos

La respuesta a la vocación a ser santos no está tanto en el esfuerzo de ascesis y perfección, que es necesario, sino en la adhesión confiada al amor revelado en el Corazón traspasado de Jesús. El apóstol Juan nos hace contemplar el costado abierto del Crucificado (cf. Jn 19,34), donde Dios nos muestra definitivamente cómo Él es santo: no en la distancia inaccesible de una perfección separada, sino en un amor que se entrega hasta hacerse herir y que puede, por tanto, ser manantial de misericordia y de vida. El Sagrado Corazón de Jesús es la imagen por excelencia del amor de Dios: un amor omnipotente precisamente porque es capaz de hacerse vulnerable, de cambiar el dolor en gracia, el sufrimiento en esperanza.

Ese Corazón bendito, por tanto, es el “lugar” en el que la santidad se muestra como proximidad y ternura. La santidad del sacerdote entonces puede manifestarse en la cercanía humilde y valiente, en el ser de todos y para todos, manteniendo abierta la puerta del redil para que muchos puedan entrar y encontrar alimento y descanso (cf. Jn 10,9). Por eso, se nos pide una relación con Dios que no nos aleje de los hombres, sino que nos acerque a todos, que forje corazones pacientes, tiernos, capaces de cercanía, de compasión y de escucha. Así, por medio de la unión de nuestro corazón imperfecto con el Corazón traspasado de Jesús, se realiza nuestro camino de santidad. Ya no vivimos nosotros, sino que Cristo vive en nosotros (cf. Ga 2,20). Una tal santidad no se vive en soledad. Cuiden la fraternidad sacerdotal: búsquense, escúchense, sosténganse. El sacerdote que se aísla, lentamente se apaga; el sacerdote que camina con los hermanos crece. Nos lo recuerda san Agustín: «¿Cómo evitaremos estar en tinieblas? Amando a los hermanos. ¿En qué se prueba que amamos la fraternidad? En que no rasgamos la unidad, en que mantenemos la caridad» (Homilía sobre la Segunda Carta de San Juan a los Partos II, 3).

Queridos sacerdotes, renueven cada día su “aquí estoy” ante el Corazón traspasado de Cristo. Entréguense totalmente a Él, para que puedan amar a su pueblo con el mismo amor con el que Él lo ama. Y recuerden con alegría, como le gustaba repetir al santo Cura de Ars, que «el sacerdocio es el amor del corazón de Jesús» (cf. Benedicto XVI, Carta para la convocación del Año Sacerdotal [16 junio 2009]: AAS 101 [2009], 569). Este amor es prenda y garantía de que nada de nosotros se perderá, si todo lo nuestro lo entregamos y ofrecemos. Les encomiendo a todos y a cada uno a la Virgen María, Madre de los sacerdotes. Ella, que conservó en su corazón el misterio del Hijo, nos enseñe a conservar y a hacer latir en nosotros el Corazón de Cristo, Salvador del mundo.

12 de junio de 2026, Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús.

LEÓN PP. XIV

Junio: mes dedicado al Corazón de Jesús. Por Pablo Cervera Barranco

 1. El mes de junio, tiempo especialmente dedicado al Corazón de Cristo

El mes de junio es, en la espiritualidad católica, un tiempo dedicado todo él, de manera especial, al Sagrado Corazón de Jesús. El 13 de junio de 1675 fue la fiesta del Corpus Christi. Durante la octava de esta fiesta (14-20 de junio) tuvo lugar la 3ª Gran Revelación del Corazón de Jesús a santa Margarita María de Alacoque:

Estando una vez ante el Santísimo Sacramento, un día de su octava, recibí de mi Dios gracias excesivas de su amor, y me sentí movida por el deseo de corresponderle en algo y devolverle amor por amor; me dijo:

«No puedes darme mayor prueba que la de hacer lo que ya tantas veces te he pedido».

Entonces, descubriendo su Divino Corazón:

«He ahí este Corazón, que tanto ha amado a los hombres, que nada ha ahorrado hasta agotarse y consumirse para demostrarles su amor, y en reconocimiento no recibo de la mayor parte más que ingratitud, ya por sus irreverencias y sus sacrilegios, ya por la frialdad y desprecio con que tienen por mí en este Sacramento de Amor. Pero lo que me es aún mucho más sensible es que los que así me tratan son corazones que me están consagrados. Por esto te pido que el primer viernes después de la octava del Santísimo Sacramento sea dedicada una fiesta particular para honrar mi Corazón, comulgando ese día y reparando su honor por medio de un respetuoso ofrecimiento, para reparar las injurias que ha recibido durante el tiempo que ha estado expuesto en los altares. Te prometo también que mi Corazón se dilatará para derramar con abundancia las influencias de su Divino Amor sobre los que le rindan este honor y los que procuren que le sea tributado». (A 92).

Ese mismo año, el 21 de junio, se celebró la primera «fiesta» del Sagrado Corazón y, al día siguiente, santa Margarita María y san Claudio La Colombière se consagran al Corazón de Jesús. Estos dos heraldos de esta devoción fueron los primeros en celebrar la fiesta del Divino Corazón de Jesús. Se consagraron a Él, dispuestos a emprender y sufrir todo para llevar a cabo sus designios

A partir de ese momento, el mes de junio fue dedicándose más y más al Corazón de Cristo. Así sucedió con la fiesta del Sagrado Corazón en el noviciado del monasterio de santa Margarita en Paray-le-Monial.

Al acercarse el día establecido por Jesús mismo, para consagrarse a su Sacratísimo Corazón, en el año 1685 (era el 20 de junio), Margarita María trazó a pluma una imagen del Corazón de Jesús. Sus novicias, enfervorizadas por ella, se levantaron a medianoche, erigieron un pequeño altar y, obtenido el permiso, colocaron encima de él esa imagen y la adornaron con devoción. Por la mañana, cada una de ellas se consagró y se ofreció al Sagrado Corazón como propiedad suya. Mientras, su Maestra las proclamaba dichosas, seleccionadas por el Señor para dar comienzo a la devoción al Corazón Divino. Las novicias pasaron todo el día honrando, alabando y bendiciendo al humildísimo y suavísimo Corazón de Jesús. Es fácil imaginar cuánta alegría experimentaba Margarita María con este primer triunfo del Corazón de Jesús. Pero a la alegría siguieron duras reacciones.

2. El mes de junio en la historia de la espiritualidad del Corazón de Jesús


En la revolución francesa, el jesuita francés Alexandre Charles Marie Lanfant, que murió como mártir en las masacres de septiembre de 1792, fomentó la distribución de un panfleto que pedía cuarenta días de oración y penitencia y que finalizaba con una oración solemne de Consagración al Sagrado Corazón de Jesús en junio de 1790.

Varias órdenes religiosas y especialmente generaciones de jesuitas como Jean-Joseph Huguet, François-Xavier Gautrelet, Henry Ramière, Louis Gaston de Ségur, compusieron devocionales impresos en masa, con oraciones al Sagrado Corazón de Jesús para cada día de junio.

La encíclica Annum Sacrum de León XIII animó a todo el episcopado católico a promover la devoción de los primeros viernes, estableció junio como el Mes del Sagrado Corazón e incluyó la Oración de consagración al Sagrado Corazón de Jesús.

Durante el Concilio Vaticano II, para dedicar completamente ese mes a esta devoción específica, la fiesta fue elevada al rango de solemnidad. El papa san Pablo VI pidió una renovación de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús y en 1995, san Juan Pablo II reiteró la importancia de esta devoción e instituyó la Jornada Mundial de Oración por la Santificación de los Sacerdotes en la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús en junio para que «el sacerdocio pueda estar protegido en las manos de Jesús, más bien en su corazón, para que pueda estar abierto a todos». La Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos también publicó esta declaración:

Los cristianos católicos reconocen tradicionalmente junio como el mes del Sagrado Corazón de Jesús. Durante este tiempo, recordamos el amor de Cristo por nosotros, que es visible de manera especial en la imagen de su corazón traspasado, y rezamos para que nuestros propios corazones puedan conformarse al suyo, llamándonos a amar y respetar a todo su pueblo.

3. El mes de junio en la vida de santa Margarita María de Alacoque

La vida de santa Margarita está salpica de acontecimientos, además de los ya referidos, que tienen lugar precisamente en este mes. El 19 de junio de 1671 hace testamento antes de entrar, al día siguiente, en la vida religiosa: el 20 de junio de 1671 ingresó en el Monasterio de la Visitación de Paray-le-Mo¬nial (A 33-38).

En la 4.ª revelación y en la Carta 100, a la M. de Saumaise, 17 junio 1689 pide reparar al Corazón de Jesús por las injurias que recibe; desea «ser honrado como fue ultrajado».

Un 2 de junio de 1672 se habló de despedir a la novicia o al menos de retrasarle los votos, al tiempo que la Madre María Francisca de Saumaise es elegida Superiora.

Por iniciativa de la H.ª des Escures 21 de junio de 1686 se expone, en el coro de la capilla, la imagen del Sagrado Corazón. En aquel día tan esperado del 21 de junio de 1686, las religiosas, al acercarse al coro, observaron el altarcito y, maravilladas por la novedad, se conmovieron íntimamente y, cambiados inmediatamente los ánimos, competían por adorar al Corazón Divino y lo glorificaron con ardiente devoción. Se propuso inmediatamente hacer pintar un cuadro que representara ese Santo Misterio y cada una podía pedir dinero a sus parientes para la ejecución. El resultado de la prueba, llevado en humildad y silencio, fue palpable, ya que fue precisamente el 21 de junio de 1686, cuando la comunidad entera, completamente convertida por la luz divina, se consagró espontáneamente al Sagrado Corazón. Hasta 1765 no se obtuvo esta gracia, que concedió Clemente XIII a los Obispos de Polonia. La fiesta del Sagrado Corazón concedida desde entonces a todos los países y a todas las Iglesias que la habían solicitado, se extendió a la Iglesia universal en tiempos de Pío IX, en 1856. Finalmente, el 28 de junio de 1889, León XIII la elevó para toda la Iglesia al Rito doble de primera clase; y Pío XI (29 de enero de 1929), con el decreto «Urbis et Orbis», a «fiesta primaria de la Iglesia universal», con octava privilegiada de tercer orden.

4. Para vivir el mes de junio con santa Margarita María de Alacoque

En el recién publicado Mes del Corazón de Jesús (Monte Carmelo, Burgos 2026), preparado por las Religiosas del Primer Monasterio de la Visitación de Madrid y un servidor, se recogen textos selectos de la santa de Paray y ayudará a adentrarnos en la vida espiritual que abrió el Corazón de Jesús a su «heredera» Para algunos, santa Margarita, reducida a un marco de revelaciones privadas del siglo XVII, quizá tenga poco que decirnos a los cristianos y católicos del siglo XX. Sin embargo, esta apreciación está muy lejos de la verdadera actualidad de la religiosa visitandina. La Santa fue instrumento elegido por Cristo, junto con su director espiritual el jesuita Claudio de la Colombière.

Frente a una presentación «masoquista» de la Santa, como es percibida por muchos en el imaginario colectivo, santa Margarita es, sobre todo, una santa del Amor. Evidentemente es el Amor fuerte de Cristo, no los sucedáneos que presenta nuestra época. De ahí la vinculación al crucificado, a su dolor, sufrimientos, humillaciones, etc., todo ello deseado, vivido e imitado por la Santa desde un amor de entrega total, al modo de su Maestro y Señor:

Deseo que seamos todas del Sagrado Corazón de nuestro Señor Jesucristo para no vivir más que de su vida, no amar más que con su puro amor, no obrar ni sufrir más que por sus santas intenciones, dejando que haga en nosotros y de nosotros lo que sea su san¬to beneplácito (Carta 52).

Sólo alguien que es amado como la Santa pudo vivir una vida de entrega en la abnegación y sufrimientos tal como ella los vivió. Si no hubiera sido así fácilmente la calificaríamos de «masoquista». Pero nuestra Santa nos lleva al corazón de la vida cristiana, a la cruz y al crucificado, fuente y origen del amor divino-humano redentor de los hombres.

Hizo presente y actual, en su momento, lo que podríamos llamar el núcleo del cristianismo: un Dios que se hace Corazón humano, que se deja herir por nuestros pecados, manifestado en la herida de ese Corazón y en la corona de espinas que lo circunda; que está inflamado de amor, simbolizado en las llamas y coronado en la cruz. He descrito brevemente el dibujo que la Santa transmitió a sus Hermanas y a la Iglesia. Eran momentos históricos en que el jansenismo alejaba al pueblo de Dios de los sacramentos, especialmente de la Eucaristía, por la indignidad purista que, según ellos, asola al ser humano. En esa circunstancia, las revelaciones privadas de Paray fueron providencia histórica. Ciertamente fueron precedidas por siglos de desarrollo desde aquella escena del Costado traspasado que nos refiere san Juan al final de su evangelio (Jn 19,37), como signo último y culminante de la «revelación progresiva y dramática de Jesucristo como Hijo de Dios» (I. de La Potterie). Toda esa historia de desarrollo de la espiritualidad del Corazón de Cristo convergen ahora en Santa Margarita y, por su medio, se extiende de manera social a toda la Iglesia, y no sólo de manera personal o individual como hasta ese momento.

5. Actualidad del Corazón de Cristo

Eso fue en el siglo XVII. Y para hoy ¿dónde está su actualidad? Paradójicamente, a pesar del paso de los siglos, hay poco que cambiar en lo dicho: el mensaje de Santa es nuclear, y por tanto esencial y no accesorio. Dios busca al hombre y lo hace «amando con corazón humano» (Gaudium et Spes, 22). Al mostrar Cristo su Corazón vivo acerca, al que contempla desde la fe, a la fuente de vida de su existencia. La esencia del cristianismo es una persona, Jesucristo, y un acontecimiento doble indivisible, su misterio de muerte y resurrección. El Corazón de Cristo es el núcleo de la persona del Redentor y su herida, espinas y cruz mues¬tran el «amor hasta el extremo» (Jn 13,1) cronológica y cualitativamente. Hasta el final de la vida de Cristo: todo está cumplido. Hasta la entrega total: «entregó el Espíritu» (Jn 19,30), «salió sangre y agua» (Jn 19,34).

Benedicto XVI escribió este mismo contenido dicho de modo que ya ha quedado grabado en la vida de Iglesia: «No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva. En su Evangelio, Juan había expresado este acontecimiento con las siguientes palabras: “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que todos los que creen en él tengan vida eterna” (cf. 3,16)» (Deus caritas est, 1)

Este amor del Dios humanado, lejos de ser acogido (lo cual implicaría ya, con la no acogida, una herida en el Corazón de Dios), es despreciado, burlado y perseguido. Santa Margarita refiere estas palabras nucleares que el Señor le revela: «He ahí este Corazón, que tanto ha amado a los hombres, que nada ha ahorrado hasta agotarse y consumirse para demostrarles su amor, y en reconocimiento no recibo de la mayor parte más que ingratitud» (A 92). El Señor pide ser amado, reparando afectivamente el desamor de los hombres, y pide reparar aflictivamente uniéndose al dolor amoroso de su Pasión.

Al hombre secularizado y vacío del siglo XXI ese mismo Corazón de Cristo le dice: Dios es amor; hay un Corazón vivo que te ama personalmente, que no muere porque está resucitado; no pongas obstáculo, déjate amar. Los signos del amor son la llaga del Costado y la Pasión que sufrí por ti. Ahora vivo glorioso y quiero que, adhiriéndote a mí (eso es la fe), vivas conmigo la historia de amor que tengo preparada para ti. Este es, en definitiva, en núcleo del mensaje de la Nueva Evangelización en la que está embarcada la Iglesia de Cristo.

6. Pasión de amor también para hoy

La gran pasión de santa Margarita, claro está, es el Sagrado Corazón. Se siente amada y además elegida por un Amor de pasión y un Amor apasionado.

La vida cristiana es imitación y conformación con Cristo y esto es un gozo, fruto del amor (Carta 8); «Conformarnos con Jesús en sus padecimientos, puesto que no debemos desear vivir más que para tener la dicha de sufrir por amor; pero nunca según nuestra elección» (Cartas 11, 12).

Las palabras con las que describe la cruz son de hondura espiritual y hasta belleza literaria: la cruz es «tesoro» (Carta 8), «herencia de los elegidos» (Car¬ta 11), el «mayor bien que podemos tener en esta vida, que es la conformidad con Jesucristo en sus padecimientos» (Cartas 12,34); «la cruz es un tesoro precioso que debemos tener oculto para que no nos lo roben» (Carta 90).

La extensión del reinado de amor del Corazón de Cristo no se hace sin dificultades y contrariedades. Es el «enemigo de la naturaleza humana», Satanás, quien está detrás de esa batalla y el Señor y la Santa anuncian su derrota: «Reinará a pesar de Satanás» (Carta 100), «reinará a pesar de todos sus enemigos» (Carta 87).

«¿Qué temes? ¡Reinaré a pesar de Satanás y de todo lo que se oponga a ello!» (Carta 108)