lunes, 2 de enero de 2017

«A mí nunca nadie me trató tan bien ni con tanto respeto como Ratzinger»

MIGUEL ÁNGEL CADRECHA
Doctor en Teología, su tesis fue la última que dirigió Benedicto XVI

(Javier NEIRA/ lne)

La última tesis doctoral que dirigió en 1977 en la Universidad alemana de Ratisbona el catedrático Joseph Ratzinger -el -actual Papa Benedicto XVI- recién ordenado arzobispo de Múnich, fue la del asturiano Miguel Ángel Cadrecha Caparrós, doctor en Teología, licenciado en Ciencias de la Educación, en Historia, en Filosofía y maestro. Por si fuera poco, en Oviedo Gustavo Bueno le dio matrícula de honor «y sé que dijo que había sido su mejor alumno aunque, lástima, no discípulo», comenta ahora. Cadrecha es profesor de adultos en el Fontán y de los cursos de posgrado de Comillas y San Pablo CEU. Gijonés del barrio del Carmen, afincado en Oviedo desde hace muchos años, colabora con Leoncio Diéguez en la «Schola Cantorum» de la Catedral y se declara católico, practicante y confesante. Esta entrevista se realizó ayer por la mañana en una cafetería de Oviedo y...

-¡Hombre, cerveza Bischofshof!

-¿Por qué lo dice?

-No es frecuente aquí. Es bávara, muy antigua, de 1649. Es la cerveza del Obispado de Ratisbona; casi todas las cervezas alemanas son de origen eclesiástico. Con las ganancias de la cervecería costean el antiguo colegio «Los Escoceses». Ahí residí. Cada alumno tenía derecho a una jarra de cerveza al día. Y es que era considerada alimento, no bebida. Era la comida. En ese colegio me alojó Ratzinger y estuve cinco años.

-A ver...

-Llegué a Múnich en 1972, tres días antes de la festividad de Santiago. Telefoneé a Ratzinger, hablamos en francés. Me había enviado a un señor para recogerme en el aeropuerto. Me dijo que tres o cuatro días después de instalarme lo fuese a ver. Era exquisito, con detalles así. Era el tiempo de las Olimpiadas de Mark Spitz. Dos años después también estaba allí cuando los Mundiales de fútbol y aquella final que Alemania ganó a Holanda. Ratisbona está a hora y cuarto en tren desde Múnich. Me recibió en su casa. Ya me tenía reservada una habitación en «Los Escoceses».

-¿Cómo era entonces?

-Ratzinger era un verdadero maestro de teología dogmática católica. En la Facultad de Teología hay dos ramas, una católica y otra protestante. Algunas asignaturas, como Escritura, son comunes. Por cierto, Ricardo Blázquez, obispo de Bilbao, hizo allí la tesis sobre Pannenberg. Los presenté yo. Venía desde España a través de un amigo de don Carlos Osoro.

-¿Iba a sus clases?

-Los cuatro doctorandos íbamos si queríamos a sus clases de licenciatura y nos reunía una mañana entera cada quince días. También hacíamos informes. Le ayudaba con libros en castellano. Ya conocía al teólogo asturiano Juan Luis Ruiz de la Peña, que me había dado clase en Oviedo y que influyó para que estudiase con Ratzinger. A través de mí se conocieron más. Mi tesis se tituló «San Juan de la Cruz. Una eclesiología de amor».

-¿Cercano?

-A mí nunca nadie me trató tan bien ni con tanto respeto como Ratzinger. Me acogió con una deferencia y educación increíbles facilitándome la residencia y la matrícula para aprender alemán, y siempre estaba pendiente de si tenía necesidades de tipo económico. No lo hacían por mí ni los españoles.

-Ya tenía un gran prestigio como teólogo.

-Sí, ya tenía un gran prestigio y como, además, era muy sencillo, lo quería mucho todo el mundo. Cuando llegué, era el decano de la Facultad de Teología, un cargo electo. Los domingos iba a misa a las nueve de la mañana a la catedral con su hermana María. Como cualquier fiel. Creo que lo hacía por disciplina, para estar sintonizado con el obispo. Y eso que tenía que recorrer más de media hora en coche, en un Volkswagen, porque tenía que atravesar toda la ciudad. En la última época nos veíamos una vez a la semana tomando té; a veces contactábamos con Rahner, que estaba en Múnich. También Balthasar estaba en Múnich. Y el padre Sala. Allí los profesores prestigian a las universidades, no al revés.

-Los mejores teólogos del siglo XX, en un pañuelo.

-Baviera es la reserva católica de Alemania tras la línea Rhin-Danubio. A un lado, católicos, y al otro, protestantes. La zona romanizada, católicos. El obispo de Ratisbona, Michael Buchberger, es el fundador del Espasa de la Teología que se conoce en abreviatura como LThK. Es la Enciclopedia Británica de la Teología. En Ratisbona está también la gran editorial religiosa. En Colonia estaba asimismo Lehmann.

-¿Cómo eran sus lecciones?

-Un alumno tomaba apuntes. Se pasaban a máquina. Se entregaban a Berta, su secretaria, y se los pasaba. Los revisaba o se los daba a mirar a un asistente, corregían alguna duda y eran devueltos. Tenía cinco colaboradores: dos secretarias, dos asistentes y un ayudante. De ahí salió entonces la «Pequeña Teología Dogmática» que escribió con Auer. Cuando iba a leer la tesis, lo nombraron arzobispo y, al poco, cardenal; así que la defendí en el Arzobispado de Múnich, algo insólito.

-¿Se entendían bien?

-Era tan respetuoso que usaba una fórmula retórica antigua; me indicaba: «yo le diría que pasase por mi casa a tomar el té...». Al principio, con ese condicional, lo interpretaba mal y contestaba que no, que tenía que ir a jugar al fútbol o lo que fuese. Hasta que me advirtieron de que cuando decía las cosas así, en realidad, estaba dando una orden con cortesía. Nunca imponía. Sólo sugería.

-Cuente una anécdota.

-Rahner pasó veranos, al menos dos, en Gijón, en la Iglesiona, en la residencia de los jesuitas. Y yo soy gijonudo. Conocía la «Summa Teológica» de Comillas. Se la recomendó de aquella a Ratzinger y yo se la conseguí. Dijo que era la mejor después de la de Santo Tomás.

-Otra.

-Una vez, debatiendo sobre la Creación, surgió lo de siempre: que si era obra de Dios, no podía ser mala. Salió a cuento la teoría creacionista, el Big Bang de Lemaître que tanto gustó a Pío XII hasta que Lemaître le dijo que hablaba como científico, no como teólogo. Bueno, pasar del Universo estacionario al Big Bang abría puertas. Yo sostenía, y tuve cierto eco en España, la idea escotista de que tenemos el mejor universo posible. ¿Usted es escotistas?, me dijo Ratzinger. Sí, no todo va a ser tomismo, contesté. Además, añadí muy serio, Asturias, de donde soy, está llena de manzanas. El Paraíso no estaba entre el Tigris y el Éufrates sino en Asturias. Y como nunca nos fuimos del paraíso, los asturianos no tenemos pecado original. Veinte años después me encontré con Isidro García Tato, que ahora dirige el Instituto Sarmiento en Santiago de Compostela y me dijo que se había visto con Ratzinger y que le había preguntado por mí, que le había dicho: ¿sigue pensando Miguel que no tiene pecado original? Y es que lo había creído al decirlo yo tan en serio. Tenía un punto de ingenuidad.

«Una vez afirmé que el Paraíso había estado en Asturias y que por eso los asturianos no teníamos pecado original, y Ratzinger creyó que lo decía en serio. Era un poco ingenuo»

«El Obispado de Ratisbona es el propietario de la cervecera Bischofshof, a los estudiantes nos daban cada día un litro de cerveza, que era considerada alimento»

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