miércoles, 11 de enero de 2017

“Silencio”, de Martin Scorsese.Por Guillermo Juan Morado



He ido a ver la película “Silencio”, dirigida por Martin Scorsese. Tendría que hacer un poco de memoria para recordar la última vez en la que, anteriormente, había ido al cine. Se remontaría, esa fecha, a algo más atrás en el tiempo. No porque no me guste el cine, que sí me gusta, sino porque, además de que no tengo muchas ocasiones de ir, es una de las modalidades del arte de la que menos conocimientos tengo.

Scorsese se basa en la novela – de idéntico título, “Silencio” - del literato japonés (católico) Shusaku Endo. He comprobado que el guión de la película sigue muy de cerca el texto de la novela. Yo he leído el texto de Endo y he visto el film de Scorsese casi al mismo tiempo. Y, quizá por esta simultaneidad, no sabría decir cuál de las dos – novela o película – me ha impresionado más. Me permito la licencia de opinar sobre ambas, aunque me centre más en la película.

Son muchas cosas las que emergen cuando uno contempla esa bella obra cinematográfica de Scorsese. Las imágenes nos permiten captar hasta dónde puede llegar una tiranía cuando se siente legitimada para regular, incluso, en qué pueden creer o no, los súbditos de la misma

El que mandaba se sentía legitimado a invadir todas las esferas de la vida de los sometidos a su mando. No algo muy diferente, en cierto modo, sucede hoy. Si en el Japón del siglo XVII no se toleraban disidencias en el ámbito religioso, tampoco en las democracias occidentales se tiende a tolerar, en ocasiones, excesivas disidencias que cuestionen algunos “dogmas” actualmente considerados como de obligada observancia. Y no reconocer el peso de lo “políticamente correcto” sería negar la obviedad.





Por otra parte, en la película de Scorsese se destaca la fe de los sencillos. Aquellos en los que Cristo se fija de modo especial son, asimismo, los que cuando llega la hora de la verdad, responden con mayor coherencia. Por ejemplo, aquellos cristianos crucificados en el mar, ahogados por la marea.

En toda la película está muy presente la pasión de Cristo y cómo esa pasión se hace actual en los cristianos; en los sacerdotes y en los fieles laicos. Siempre aparece, igualmente, el rostro de Cristo, que se identifica con los suyos. Un cristiano perseguido, si se contempla en el reflejo del agua, ve el rostro del Señor que se solidariza con él y que, pese a todas las apariencias, padece con él.

Pero, entre las peores “pruebas” de la fe, no está la opresión, la persecución. Los creyentes sencillos son capaces de hacerle frente a esa prueba. La peor de las pruebas es la decepción, la convicción de que la fe no tiene nada que decir al Japón del siglo XVII o, pongamos por caso, a nuestra época.

El silencio más duro es el que lleva a concluir que la perseverancia en la fe es inútil, e imposible, y hasta cruel. Es la actitud que conduce a considerar que, por el bien de todos, lo mejor es colaborar con el tirano – con el que, arbitrariamente decide en qué podemos creer y en qué no – para que el aire sea, en la sumisión, más respirable que el contaminado ambiente de una catacumba.

¿Cuál sería el “silencio” que se nos pide hoy a los cristianos? ¿Acaso una compasión sin límites motivada por una fe invisible? ¿Una compasión así lo seguiría siendo a largo plazo?

O, planteado teológicamente, ¿la kénosis, el anonadamiento del Hijo de Dios, llegaría hasta negar a Dios, hasta negar la fe en Él, hasta profesar una misericordia sin fe, hasta creer que la compasión sustituye a la fe?

No acabo de tener claro, ni en un sentido ni en otro, lo que han querido comunicar Shusaku Endo y Martin Scorsese.

Ambos, en cualquier caso, nos obligarán a pensar. Y eso no es poco.

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