lunes, 2 de enero de 2017

La reforma de la Iglesia no es cosmética; es un deber de fidelidad al Evangelio


(Editorial Ecclesia) Uno de los discursos eclesiales más esperados de cada año es el que el Papa dirige a la Curia en las vísperas de la Navidad. El de este año fue el jueves 22 de diciembre y de él ofrecemos una amplia información en nuestras páginas 32 y 33 de hoy. La reforma de la Curia —y desde ella, la reforma de la Iglesia— fue el tema central de la larga intervención de Francisco (su versión íntegra ocupará siete páginas del próximo número de ecclesia). ¿Qué es lo que ha dicho el Papa? ¿Cuál es su alcance?

En primer lugar, Francisco, que hizo desde el primer momento de su elección papal —hace ya casi cuatro años— de la reforma de la Iglesia una de sus principales causas y objetivos, señala taxativamente que «la reforma de la Curia no es un lifting» y que «no debemos temer a las arrugas, sino a las manchas». Y ello se debe, ante todo, a la verdadera necesidad de que siempre y también en esta presente de la historia la Iglesia sea fiel a Jesucristo, su único Señor. La reforma es un deber y solo es factible desde la reforma de los corazones y de las actitudes y de los hechos, desde la conversión personal, comunitaria y pastoral.

La frase latina «Ecclesia semper reformanda» («La Iglesia siempre debe ser reformada») es un clásico, acuñada como tal ya desde tiempos de san Agustín de Hipona. Y su necesidad se ha hecho especialmente visible y sensible en épocas de crisis, tanto internas como externas. Y no lo olvidemos ni dudemos, la nuestra es una época de crisis y de cambios vertiginosos. Es más, con palabras de Francisco, «vivimos en una época no solo de cambios, sino en un cambio de época».

En tercer lugar, que la reforma de la Curia —y con ella la reforma de la Iglesia—, en la voluntad y en el ejemplo de Francisco, va en serio, es una obviedad. Y ello implica y demanda la necesidad de que todos, pastores y fieles, tomemos conciencia y estemos dispuestos a secundarla, asumirla como propia, enriquecerla e implementarla. Por esto, las resistencias activas o pasivas —algunas inclusas «maliciosas nacidas de mentes distorsionadas»— a la misma sean una actitud no solo equivocada, sino hasta suicida, absurda y poco propia del sentir eclesial.

¿Cuáles son los criterios con los que, según Francisco, en su discurso del 22 de diciembre, se ha de efectuar la reforma? El Papa cita y glosa expresamente ¡nada menos que doce criterios! Y, además, básicos, previos a ellos creemos que son también nuestras reflexiones precedentes y dos más, presentes asimismo en el discurso papal: la humildad y la lucha contra la mundanidad. Sin humildad no solo no habrá reforma verdadera, sino que tampoco hay auténtica vida eclesial y cristiana. Y tampoco hay reforma de la Iglesia ni del cristianismo, si no se combate «la lógica mundana, del poder, del comando, de la lógica farisea y determinista».Los doce criterios-guía enunciados por Francisco arrancan con la individualidad, es decir, con la conversión personal. «La verdadera reforma es la de las personas. La conversión personal soporta y refuerza la comunitaria. Una sola persona puede hacer tanto bien a todo el cuerpo, o dañarlo mucho». Pastoralidad y misionalidad son los dos siguientes criterios. Jesús, el Buen Pastor que busca a toda la grey y da su vida por ella, es el único modelo de la Iglesia.

Racionalidad y funcionalidad son los siguientes criterios, a los que acompaña, ya como sexto, la modernización o «aggiormamento» (puesta al día). Sobriedad, que significa austeridad, simplificación, no solapamiento, es el séptimo criterio, al que siguen otros tres, bien claros, necesarios y radicalmente eclesiales: subsidiariedad, sinodalidad y catolicidad o universalidad. Este último criterio conlleva asimismo el deber, no por puras razones de conveniencia, moda o necesidad mundana, dar paso «a un número mayor de fieles laicos, especialmente donde pueden ser más competentes que los clérigos o consagrados», poniendo así de relieve el gran valor de la mujer y el laico y de la multiculturalidad.

Por fin, Francisco ofrece dos otros criterios de oro: la profesionalidad —esto es, capacitación, reciclaje, formación permanente y acabar con el cáncer del «promoveatur ut amoveatur»…— y la gradualidad, que siempre requiere discernimiento y oración. Manos, pues, a la obra. A todos concierne y de todos depende.

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