miércoles, 12 de abril de 2017

HOMILIA DEL SR. ARZOBISPO EN LA MISA CRISMAL

Queridos hermanos fieles cristianos sacerdotes, consagrados y laicos, en esta mañana de martes santo, seguimos ese recorrido que tuvo comienzo al empezar la cuaresma de este año con el rito de la ceniza que nos invitaba a la conversión y al arrepentimiento. La Semana Santa supone una vivencia intensa e intensiva de lo que hemos ido viviendo en estas cinco semanas anteriores. Como pueblo de Dios que se sabe siempre en camino, queremos vivir estos días como quien estrena una gracia. 


Es cierto que nos resultan familiares los textos, los gestos, los cantos, los sacramentos de este tiempo especial. Acaso nos resultan tan sabidos y consabidos que hace tiempo que ya dejaron de conmovernos. Entonces nos entregamos a algo forzado, sin gusto ni sabor, que hay que hacer porque hay que hacerlo, pero cuya luz no logra iluminar mis penumbras oscuras, ni su misericordia consigue abrazar mi torpeza y desaliento. Por eso pedimos el don, lo hacemos ahora orando unos por otros, de dejarnos sorprender por Dios en un escenario que no es nuevo, en donde Él nos dirá lo de siempre, la palabra para la que nacimos y que no siempre escuchamos y tan fácilmente cae en el olvido. Pero siendo los labios de Dios los que nos pronuncian palabras de vida, aun siendo acaso las mismas, Él jamás se repite. Y de pronto nos encontramos ante esta provocación saludable de dejarnos sorprender y conmovernos por un Dios que nunca aburre y con el que todo siempre recomienza.

Hoy, martes santo, aquí en la iglesia madre de nuestra Diócesis de Oviedo, estamos toda la comunidad cristiana reunida para celebrar la Misa Crismal. Es una celebración que afecta a todo el pueblo de Dios y por eso es hermoso verlo unido en torno al altar para celebrar estos sagrados misterios: sacerdotes, consagrados y laicos, presididos por el sucesor de los Apóstoles que es vuestro obispo. Todos y cada uno, cada cual con su lugar vocacional, dispuestos a vivir con fe este importante momento. Todos somos miembros del cuerpo de Jesús y nos ha hecho partícipes de su misma unción, como hemos dicho en la oración colecta.

Pienso en los fieles cristianos coptos que hace dos días también se acercaron como pueblo de Dios a su catedral en Alejandría y Tanta (Egipto). Llevaban al entrar las palmas de ramos y salieron con la palma del martirio. Fue su hosanna inesperado. Pienso en las gentes pobres de Mocoa en Colombia, que se despertaron con una avalancha de fango y barro que arrasó su pueblo y tantas vidas. ¡Cuántas circunstancias viven contemporáneos nuestros que ponen en el quicio de la verdadera fe y calidad humana la solidez de nuestra esperanza! A todos los tenemos presentes, con el afecto solidario de quien no mira para otro lado ni se pone de perfil, y aceptando que esas realidades, dos entre tantas, arrojen luz crítica y serena a la vez, sobre el momento que cada uno de nosotros vive allí donde está cotidianamente. 

Nos ha recordado la primera lectura del profeta Isaías que aquel que el Padre Dios ungió para nuestro bien, es quien ha querido tener heridas como nosotros las tenemos también, pero sus heridas son las que fueron prestadas, las que suplieron las nuestras, y ellas son el bálsamo con que las nuestras se curaron.

En esta Misa consagraremos los Santos Óleos que tienen que ver con esa unción sagrada que Dios vierte en nuestras heridas abiertas y en nuestras cicatrices no curadas. Es el óleo que anuncia la paz con los labios creadores del Espíritu de Dios que sobrevuela nuestros diluvios de tensiones, desencuentros y violencias de toda forma y manera. Es el óleo con el que se restaña el dolor por las cosas que nos han hecho daño y que no logramos comprender ni hemos sabido utilizar redentoramente para volver nuestra mirada a lo único importante que vale la pena. Es el óleo que nos fortalece poniendo suavidad y quitando rigidez en que aquello que nos endureció ante Dios y ante los hermanos. Este óleo santo bendito como la gracia de Dios, lo consagramos en esta Misa en la que somos nuevamente ungidos mirando las heridas del Costado de Cristo que nos abre la puerta de la redención. Óleo para los enfermos de todas las dolencias y edades en donde se pone a prueba la esperanza y el amor; óleo para los catecúmenos que aceptan comenzar y de todos aquellos que podemos comenzar de nuevo; óleo del crisma que nos vuelve a consagrar en la pertenencia a Aquél de quien nos hemos fiado, Aquel que nos creó, nos llamó, nos consagró y nos envía. La liturgia de la bendición de los Santos Óleos es un apretado relato del fruto del olivo como signo de la salvación. Todos nosotros somos destinatarios de este aceite de gracia con el que Dios acompaña en su Iglesia nuestra humilde realidad. En esa almazara de gracia se prensa el aceite que hace suave el camino que nos reconcilia con Dios y con los hermanos todos.

Aquí está reunido todo el Pueblo de Dios, la Iglesia del Señor que peregrina en Asturias, en nuestra Diócesis de Oviedo: pastores, consagrados y laicos. Y en esta comunión de vocaciones hoy los que hemos sido llamados al sacerdocio haremos nuestra renovación de las promesas que hicimos al Señor en el día de nuestra ordenación sacerdotal. Me da alegría veros en esta concelebración de tantas edades, cada uno con su historia remota y reciente, con todo su cúmulo de luces y gracias sin que nos falten a veces pecados y oscuridades. Pero llega un día como este y volvemos a mirar a Cristo Sacerdote, a Aquél que nos llamó amigos y nos invitó a seguirle a Él sirviendo ministerialmente a los hermanos que se nos confiaron. Y en esa mirada queremos volver a pronunciar el sí que ha dado sentido a nuestro camino y que ha ido tejiendo nuestra historia de fidelidad.

Pueden darse tantos momentos en los que reservándonos para nosotros mismos egoístamente, sin más horizontes que nuestros propios intereses y enconos, abandonamos la escucha de Quien sigue llamándonos y el seguimiento real de quien nos ha constituido ministros de la esperanza, administradores de la gracia y servidores de la alegría de los hermanos. Cuando esto sucede, –y bien sé yo que esto sucede– se introduce de modo inevitable la tristeza o la tensión ante lo que debemos dejar o tememos perder, y deja de sostenernos el gozo sereno de quien habiéndose entregado al Señor en cada tramo de su edad, puede contar con paz que Dios no se ha reído de él ni la Iglesia le ha usado y tirado anónimamente.

Pero pienso mucho más en tantos de vosotros que de modo incluso heroico seguís al Señor en vuestro sacerdocio, con las dificultades de la edad avanzada, o de la salud quebrada, o de la demasiada encomienda que supera no pocas veces vuestras fuerzas. Unos por ser muy jóvenes casi misacantanos, otros por entrar en la edad madura sin botón de pausa, y otros por haber llegado a la edad dorada de la imparable ancianidad. Pienso en tantos de vosotros que hacéis sencillamente lo que tenéis que hacer con toda la ilusión que os da saberos llamados por Jesucristo y acompañados por Él, haciendo de vuestros años gastados en el servicio de la Iglesia un acopio de sabiduría y de paciencia sin que se cuele jamás el desencanto, el escepticismo o la hipocresía.

Gracias a los que tenéis años y años gastados sin calendario laboral, y tenéis viva en vosotros la llama del Señor que os hace mozos misacantanos cada día que subís al altar de vuestra alegría y servís a los hermanos. Gracias a los que en la larga travesía de la edad madura, habéis surcado caminos y destinos entre bonanzas y borrascas sin haber olvidado el amor primero. Gracias a los que estáis empezando la aventura como sacerdotes novicios en el breve tiempo de vuestro ministerio, porque no hacéis de vuestra fuerza una arrogancia, ni ponéis condiciones a daros con frescura dócil y generosa, sabiendo que en vuestra incondicional entrega está el gozo del Evangelio. Gracias a los que os dejasteis enviar y estáis dispuestos a ser enviados todavía sin apropiaros de vuestra edad, de vuestra experiencia, de vuestra apetencia porque el Señor seguirá repartiendo con vosotros gracia, paz, bondad, esperanza, como milagro de maravilla. 

El Espíritu del Señor está sobre nosotros, y nos envía para dar la Buena Noticia a los pobres de todas las pobrezas, para anunciar la libertad a todos los cautivos sean cuales sean sus cadenas, y para dar la luz a tantos ciegos que no logran ver a Aquel para quien se abrieron un día sus ojos. Así nos ha dicho hoy el evangelio (cf. Lc 4, 16-21). Y cómo suenan estas palabras cuando en nuestro mundo hay heridas, hay incertidumbres, hay violencias y hay miedos.

Gracias por estar ahí, queridos hermanos sacerdotes en las duras y en las maduras, escribiendo cada día la historia que Dios os reservó para bien de su Pueblo, nuestros hermanos, consintiendo que con la tinta de vuestra libertad Él firme cada día un nuevo capítulo de misericordia, de gracia y de bondad. Renovaremos nuestras promesas con la ilusión de quien se sabe también hoy llamado de nuevo a lo que Dios inmerecidamente nos llamó. Y tenemos el recuerdo conmovido y cariñoso de los que especialmente desde la última Misa Crismal nos han dejado, cuyo hueco lo sentimos como un dolor que abre nuestra esperanza hacia el cielo hacia el que ellos ya llegaron en la espera de que Jesús vuelva.

Hermanos y hermanas todos, que el Señor y nuestra Madre la Santina os guarden y os bendigan.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

S.I. Catedral, 11 abril de 2017

lunes, 10 de abril de 2017

Pregón de Semana Santa 2017. Por la Hermana Victoria Sagasti

D. Joaquín Sr. Cura Párroco, Miembros de la Cofradía, hermanas religiosas y feligreses todos:

En este Domingo de Ramos, ya en su víspera, damos inicio a la Semana Santa, la semana más importante de la vida del creyente, y lo hacemos con dos gestos: primero unas palabras (el pregón) y después con una mesa fraterna (la Eucaristía).

Antes de nada, quisiera agradecer tanto a la Cofradía como a la Parroquia en la persona de su Párroco, la deferencia de haberme propuesto y elegido como pregonera de la Semana Santa Lugonina en este 2017. Gesto y “guiño” que no sólo atañe a mi persona, sino también a nuestra comunidad de religiosas y a nuestra Congregación de Hermanas del Santo Ángel, particularmente en este año de gracia que nuestra Congregación esta viviendo desde la dedicación a la figura de nuestro fundador el Padre Luis Ormières.

Quisiera también tener un saludo particular para los pregoneros de años pasados, el cronista de Lugones, Don Jose Antonio Coppen y el sacerdote Don Constantino Bada; así como un recuerdo agradecido a nuestros difuntos, los que otros años celebraban esta fiesta con nosotros y esta Semana Santa ya la vivirán desde el cielo.

La celebración de la Semana Santa, se desarrolla en la iglesia, el templo, y también en la calle. Tanto la piedad litúrgica (los actos religiosos) como la piedad popular (las procesiones), son compatibles y complementarias porque brotan del evangelio recibido en la Iglesia y ambas son expresión de fe y fuerza evangelizadora

Adentrémonos pues en este tiempo único y tan especial al que hoy daremos inicio.

1 .El valor de la Semana Santa

En la audiencia general del miércoles 01 de abril de 2015 en la Plaza de San Pedro, el Papa Francisco dedicó su catequesis al Triduo Pascual; es decir, la celebración de los tres días antes del Domingo de Resurrección, que prefigura el culmen de “nuestra vida de cristianos”.

El Papa Francisco invitó a los fieles a no limitarse en la Semana Santa “a conmemorar la pasión del Señor”. Les dijo: entremos en el misterio, “sintiendo lo mismo que Jesús” como nos invita a hacer el apóstol Pablo. Hagamos nuestros sus sentimientos, sus pensamientos. Entonces, la nuestra, será una feliz y provechosa Pascua.

I. La última Cena del Señor (Jueves Santo): el testimonio del servicio.

Con “la caricia de Jesús que besará y lavará tus pies en este Jueves Santo” en la celebración de la Ultima Cena -ha recordado el Papa- dará comienzo el Triduo Pascual que rememora la Pasión y muerte de Jesús y que nos proyecta a la Gloria de la Pascua.

En la vigilia de su Pasión, Jesús ofreció con el Pan y el Vino, su Cuerpo y su Sangre al Padre, y donándolos como alimento para sus Apóstoles, les pidió que perpetuaran este gesto en memoria suya para recordarlo (a lo largo de todos los tiempos )

Tanto el pan como la copa, así como los gestos y palabras pronunciadas sobre ellos, son expresión de la entrega de Jesús, resumen de su vida y anticipo del sentido de su muerte

Sucesivamente, explicaba igualmente el Papa, el lavatorio de los pies que “tiene el mismo significado de la Eucaristía con una perspectiva de servicio. Jesús –como un siervo– lava los pies a Simón Pedro y a los otros once discípulos. Con este gesto profético expresa el sentido de su vida y su pasión, como servicio a Dios y a los demás…”

A los cristianos nos dice: Os he dado ejemplo para que hagáis lo mismo unos con otros y así seréis felices

Porque, vivir sirviendo es fuente de felicidad y de alegría

El Jueves Santo se celebra también el día del amor fraterno

A este propósito, nos sumamos nosotros “entrando en comunión con Cristo Siervo para cumplir su mandamiento de amarnos los unos a los otros como Él nos ha amado”.

II. La muerte de Cristo (Viernes Santo), inspiración para dar la vida por los demás

En el Viernes Santo, sigue diciendo el Papa, se medita el misterio de la muerte de Cristo y recordamos sus palabras en la Cruz: “Todo está cumplido”, que significa “que la obra de salvación se ha cumplido, que todas las Escrituras encuentran su cumplimiento en el amor de Cristo”. Y agrega: “Jesús, con su sacrificio, ha transformado la iniquidad más grande en el más grande amor”.

Francisco recordó en este contexto a los hombres y mujeres que a lo largo de los siglos han dado testimonio de Cristo, incluso con su vida, como “un destello de ese amor perfecto, pleno e incontaminado”.

En su estilo particular, el Pontífice citó el ejemplo de un sacerdote italiano Andrea Santoro, misionero en Turquía, que poco antes de ser asesinado en la iglesia de Trebisonda, el 5 de febrero de 2006, escribía: “Estoy aquí para vivir entre esta gente y permitir a Jesús hacerlo, prestándole mi carne”.

El Papa expresó que este y otros ejemplos sostienen y animan a las personas a la hora de ofrecer su vida “como don de amor a los hermanos imitando a Jesús”.

Muchas veces no comprendemos por qué hay tanto dolor en el mundo. Sólo desde la cruz de Jesús nos podemos acercar a él, al dolor, y aunque no lo podamos evitar sí podemos acompañar con nuestro amor a las personas que sufren

III .Cristo en el sepulcro (Sábado Santo); la luz vence sobre las tinieblas y la vida del cristiano no termina con la muerte

En el Sábado Santo “la Iglesia contempla el descanso de Cristo en la tumba después de la batalla victoriosa de la cruz y una vez más se identifica con María: toda su fe se recoge en ella, la primera y perfecta discípula, la primera y perfecta creyente”.

De esta manera, en la gran Vigilia de la noche pascual, “celebramos a Cristo resucitado, centro y fin del cosmos y de la historia; velamos, llenos de esperanza, esperando su regreso, cuando la Pascua se manifestará plenamente…”

A veces -observó el Papa- “la oscuridad de la noche parece penetrar el alma; pensamos que ya no hay nada que hacer, y el corazón no encuentra la fuerza para amar ... Pero en esa oscuridad Cristo enciende el fuego del amor de Dios: un resplandor que rompe las tinieblas y anuncia un comienzo”.

La piedra del dolor se remueve, dejando espacio a la esperanza. El Papa Francisco invitó a los fieles a ver la noche santa de la Pascua como una entrega de la “luz del Resucitado para que quienes creen puedan ver un futuro radiante: ¡Nuestra vida no termina ante la piedra de un sepulcro!”.

2. La implicación del laicado

La Semana Santa no nos puede dejar indiferentes. No deja de ser misión en la que todos nos tenemos que implicar, cada uno desde su situación concreta:

¿Cuál es la misión de los laicos?

El Concilio Vaticano II fue muy conciso al abordar esta cuestión. En el número 33 de la Constitución “Lumen Gentium” se nos dice que: Los laicos congregados en el Pueblo de Dios e integrados en el único Cuerpo de Cristo bajo una sola Cabeza, están llamados a ser miembros vivos, a contribuir con todas sus fuerzas, las recibidas por el beneficio del Creador y por la gracia del Redentor, al crecimiento de la Iglesia y a su continua santificación.

El apostolado de los laicos es participación en la misma misión salvífica de la Iglesia, apostolado al que todos están destinados por el mismo Señor en virtud del bautismo y de la confirmación. Y los sacramentos, especialmente la sagrada Eucaristía, comunican y alimentan aquel amor hacia Dios y hacia los hombres que es el alma de todo apostolado. Los laicos están especialmente llamados a hacer presente y operante a la Iglesia en aquellos lugares y circunstancias en que sólo se puede llegar a ser sal de la tierra a través de ellos. Así, todo laico, en virtud de los dones que le han sido otorgados, se convierte en testigo y simultáneamente en vivo instrumento de la misión de la misma Iglesia en la medida del don de Cristo (Ef 4,7).

Pueden ser llamados, también, de diversas formas, a una colaboración más inmediata con el apostolado de la jerarquía para ciertos cargos eclesiásticos según sus aptitudes y disponibilidad.

Hemos de tener en cuenta, sin embargo, que para que la misión del sacerdote, religioso o laico sea eficaz, ha de partir de una profunda experiencia personal de la pasión muerte y resurrección de Cristo a través de la oración y contemplación asidua de estos misterios

El poema de la poetisa Gabriela Mistral que voy a recitar expresa seguramente nuestros sentimientos más profundos si a esa letra le ponemos rostro: el rostro de Jesús crucificado, de Jesús muerto, de Jesús en la urna al que con tanta devoción veneramos

En esta tarde, Cristo del Calvario,
vine a rogarte por mi carne enferma;
pero, al verte, mis ojos van y vienen
de tu cuerpo a mi cuerpo con vergüenza.
¿Cómo quejarme de mis pies cansados,

cuando veo los tuyos destrozados?;
¿Cómo mostrarte mis manos vacías,
cuando las tuyas están llenas de heridas?

¿Cómo explicarte a ti mi soledad,
cuando en la cruz alzado y solo estás?
¿Cómo explicarte que no tengo amor,
cuando tienes rasgado el corazón?
Ahora ya no me acuerdo de nada,
huyeron de mí todas mis dolencias.
El ímpetu del ruego que traía
se me ahoga en la boca pedigüeña.

Y sólo pido no pedirte nada,
estar aquí, junto a tu imagen muerta,
ir aprendiendo que el dolor es sólo
la llave santa de tu santa puerta.


3. La vocación a la vida religiosa en la Iglesia

En el año 2014 el Sr. Arzobispo de Oviedo escribía por el mes de Enero una preciosa carta que titulaba “El secreto de la alegría de los consagrados”. En ella nos decía que la vida consagrada representa esa caricia que Dios brinda a los pobres de todas las pobrezas, como hemos visto hacer a tantos hombres y mujeres “llamados” que han dado la vida por sus hermanos más necesitados, imitando así la donación que para todos hizo el mismo Dios por medio de su hijo Jesucristo. Es su gozoso testimonio en medio de los avatares y dificultades de nuestro mundo, una alegría que nace de la mirada con la que Dios nos mira, del amor con el que Él nos ama, del perdón conmovido con el cual el Señor nos perdona. Una mirada, un amor y un perdón que no tienen nuestra medida ni son fruto de nuestra imaginación, sino que representan el humilde testimonio de lo que hemos visto hacer y lo que hemos escuchado decir a Dios en nuestra propia vida. Demos gracias al Señor por la sonrisa de los consagrados, por sus hechos y palabras, por sus vidas que nos traen la alegría de la Buena Noticia del Evangelio.

4. El legado del Padre Ormières

Desde ese compromiso de Vida Consagrada, la Congregación de las Hermanas del Santo Ángel de la Guarda a la que pertenezco, nos sentimos llamadas a celebrar con la alegría del que sirve la beatificación del P. Luis Antonio Ormières, Fundador de nuestra Congregación, y compartirla con esta Comunidad Parroquial de San Félix de Lugones en la que trabajamos pastoralmente y con toda Asturias en general, que también fue el “Paraíso Natural” del Padre Fundador.-

La Ceremonia tendrá lugar el próximo 22 de Abril a las 11h de la mañana en la Catedral de Oviedo, a la que todos estáis invitados.

El P. Ormières fue un Sacerdote nacido en Quillán, un pueblo del sur de Francia, en 1809 que, desde muy joven, sintió una gran preocupación por la educación de las niñas de las zonas rurales de su país, muy abandonadas en aquel momento.

La Revolución Francesa de 1789 promovió las ideas de libertad igualdad y fraternidad que abrieron las puertas a la “Declaración de los Derechos Humanos” e inauguró una época caracterizada por la secularización de las instituciones.

La Iglesia también se vio afectada por esta política y quedó en una situación de marginación por las nuevas corrientes sociales, culturales y científicas. Ante una propaganda claramente anticlerical

-existe una cierta tendencia cíclica en la historia a la repetición de estas situaciones- la Iglesia deja oír su voz y lo hace con un florecimiento de la Vida Religiosa, sobre todo femenina, dedicada a la enseñanza elemental en pequeños pueblos, la atención de los jóvenes y el cuidado de los enfermos y ancianos.

La respuesta del P. Ormières a esta situación, se concreta en la evangelización de las niñas pobres, desde escuelas de enseñanza elemental en pueblos y aldeas.

Para ello solicitó ayuda a una Congregación de Religiosas “Hermanas de la Instrucción Cristiana” dedicada a la enseñanza y establecida en el Norte de Francia, que le proporcionó tres Hermanas. Y así, después de muchos avatares, el P. Ormières comienza a levantar en Quillán, la escuela con la que tanto había soñado.

Quillán, que vio nacer al P. Ormières, verá nacer también su primer proyecto hecho realidad: la Fundación de una pequeña Comunidad de Hermanas, de la que será el primer Superior, que se llamará “Hermanas del Ángel de la Guarda” y se convertirá así en la Casa Madre de la nueva Congregación. Es el 3 de diciembre de 1839.

Enseguida se multiplicaron estas escuelas por todo el sur de Francia.

La venida de la Congregación a España fue providencial.

El P. Ormières tuvo siempre gran espíritu misionero y quiso fundar en Dahomey (África) una Comunidad. Ya estaban en España las Hnas. destinadas a esta misión pero, por diversas circunstancias, el viaje no se pudo realizar y tuvieron que quedarse en Puerto Real (Cádiz). Aquí, en tierras andaluzas, forman una Comunidad y una escuela. Era el año 1864.

Sólo un interrogante se le presentó al Fundador. Esta nueva fundación ¿significaba el abandono de la educación de las zonas rurales?. No. Porque:

La situación social de España no era la de Francia. En España se necesitaba, con urgencia, atender el mundo de la juventud que se desarrollaba masivamente en las ciudades. Y se decía el P. Ormières: Lo importante es que no desaparezca el espíritu de sencillez y entrega que están en nuestros orígenes. Porque para nuestras obras lo más importante ha sido y sigue siendo la atención a los niños pobres.

Después de un profundo discernimiento, las Hermanas se quedan en Puerto Real y no tardaron en llover peticiones para otras Fundaciones: Sevilla, Jerez de la Frontera, Huelva, Palencia, Pravia, Carmona, Avilés, Gijón, Badajoz, Oviedo etc. En todas estas ciudades construyen Colegios en los que se imparte una educación integral desde los valores del Evangelio.

El P. Ormières viene a Gijón invitado por un Sacerdote, D. Eugenio, Coadjutor de la Parroquia de San Pedro y se establece en el edificio que hoy es el Colegio del Santo Ángel, en el Campo Valdés, junto a la playa de San Lorenzo.

De Gijón hace el P. Ormières su residencia oficial en España; vive con fama de santo hasta su muerte acaecida el 16 de Enero de 1890 a los 81 años.

Esta santidad con la que vivió y murió la ha reconocido la Iglesia y es lo que vamos a celebrar el día de la Beatificación.

El testamento espiritual que el P. Ormières dejó a las Hermanas contiene, entre otros, los siguientes rasgos:

· Amor a la Iglesia

· Sencillez y humildad

· Fe y confianza en la Providencia

· Amor al trabajo

· Bondad y paciencia

· Formar verdaderos discípulos de Cristo

· Preferencia por los más pobres y vulnerables de la sociedad

En la actualidad la Congregación de HH del Ángel de la Guarda está presente en: Francia, España, Alemania, Italia, Venezuela, Colombia, Ecuador, Estados Unidos (Los Ángeles), Nicaragua, México, El Salvador, Malí, Guinea Ecuatorial, Costa de Marfil, Japón y Vietnam.

Diversas en las tareas, tenemos un mismo estilo de presencia que configura los rasgos propios del ángel que ilumina, guía, protege, libera... son las raíces donde se alimenta nuestro estilo de evangelizar, que nos imprime un sello y un talante peculiar en la manera de ser y estar en nuestra misión.

El 7 de Octubre de 1990 las Hermanas llegan a Lugones formando una Comunidad inserta en la Parroquia de San Félix, y colaboran en diversas actividades de pastoral social. En la actualidad continuamos realizando estas mismas tareas, en estrecha colaboración con el Párroco.

5. Con María en su Soledad

Quisiera concluir con una mirada para la Madre, con ella caminaremos este itinerario de Semana Santa. La acompañaremos como discípula atenta que sube sin miedo al Calvario, para después felicitarla en el Domingo de Pascua Florida cuando le pedimos que se alegre. Pero ahora la tenemos de luto, saliendo aún de la Cuaresma para introducirnos en el ya cercano y anunciado Triduo.

Ante esta hermosa figura de Santa María que acompañaremos estos días en su “Soledad”, quiero recordar a modo de oración un poema que compuso un sacerdote poeta Francisco Vaquerizo de Sigüenza-Guadalajara, en el que parece describir fielmente nuestra imagen. Con él quiero concluir este pregón:

Cuando pasas por mi calle,
Virgen de la Soledad,
con esas manos tan hechas
al perdón y a la bondad,
con esa cara de pena,
ese gesto de orfandad
y ese luto que acompasa
tu agonía maternal,
no te canto una saeta
porque no la sé cantar
pero te rezo una salve
y lo que haya que rezar.

Cuando pasas por mi calle,
Virgen de la Soledad,
los pesares de la vida
casi dejan de pesar,
los sueños, que tanto cuentan,
casi dejan de contar,
las ilusiones perdidas
recobran su identidad
porque, a tu sombra bendita,
oh Madre, nada es igual.

Tu pena es tan soberana,
tan honda tu soledad,
tu desamparo tan íntimo
y tu herida tan mortal
que, si mucho nos admira,
nos conduele mucho más.

Cuando pasas por mi calle,
Virgen de la Soledad,
échanos tu bendición
y ayúdanos a llevar
una vida siempre acorde
con tu amor y tu bondad,
bajo la sombra benéfica
de tu amparo maternal.

Animo a los miembros de la Cofradía a seguir trabajando con empeño e ilusión en la promoción y fomento de la Semana Santa Lugonina. Escenificar por las calles de nuestro pueblo, en las procesiones, lo que representan para nosotros, las imágenes del Cristo y de la Virgen de la Soledad, a los que con tanto cariño y devoción veneramos.

Estos gestos nos ayudan, sin duda, a madurar y fortalecer la fe, a hacerla más auténtica y comprometida en la vivencia cristiana de amor y servicio siguiendo el ejemplo que Jesús nos ha dado con su vida, muerte y Resurrección

Feliz Semana Santa y Pascua 2017
Muchas gracias

domingo, 9 de abril de 2017

Reflexión en torno al Domingo de Ramos. Por Rodrigo Huerta Migoya

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1 Dios bendice los ramos, pero sobre todo a las personas

Entramos en la Semana Santa acompañando al Señor en esta senda que enmarca las últimas horas de su vida. Hoy el color litúrgico nos advierte que no estamos ante una fiesta sino ante un memorial de pasión, por ello el color rojo nos evoca, en este marco, su preciosísima sangre.

Iniciamos una etapa que requiere ser vivida en profundidad, de domingo a domingo, día a día y paso a paso junto al Salvador, el cual nos invita un año más a ser testigos de su pasión, muerte y resurrección. Quedarnos únicamente en este domingo de "Ramos" sin ir más allá, es empobrecer el legado de fe del que somos deudores; más hoy día podemos ya dar gracias porque algunos sigan al menos siendo fieles a los domingos, o al domingo de Ramos, pues hay muchos bautizados, e incluso practicantes, a los que estos días nada les dirán o no sabrán vivirlo con verdadero provecho de su alma. La playa, el "sky", la montaña o el crucero, suplen en estos días al que da sentido a la vida total a cambio de un placer temporal, sin futuro ni sentido que también acabará pasando factura. Pero tampoco se puede enfocar esta evidencia como una reprimenda clerical cada año, sino que esto ha de invitarnos a reflexionar y orar sin descanso por tantos hijos pródigos a los que el Señor espera con los brazos abiertos y que quizá en estos días su corazón sea tocado por la gracia al pasar cerca de un templo abierto, una procesión u acto de piedad.

En el ritual del inicio de la Celebración de este día la liturgia presenta dos posibles oraciones para el momento de la bendición de las palmas; la primera dice: "Santifica con tu bendición estos ramos…" mientras que la segunda reza: "Acrecienta Señor la fe de los que en ti esperan..."
Es un detalle a observar: no vamos a la Iglesia sólo para bendecir un ramo, sino para decirle al mismo Cristo que queremos estar a la altura y ser testigos de su entrega.

2 Hacerse como niños

De la liturgia tradicional hemos heredado un canto realmente hermoso ‘’Pueri hebreorum’’ o ‘’los niños hebreos`` que antaño se empleaba como antífona del salmo 23 (Del Señor es la tierra y cuanto la llena…) que se entonaba justo al terminar la bendición de los ramos.
Actualmente en muchos lugares del orbe católico seguimos recordando a aquellos niños que portando ramas de olivo salieron al encuentro del Señor. Y he aquí que en aquella escena de la entrada que llamamos triunfal del Señor los pequeños del lugar fueron protagonistas, y es que Jesús los quería cerca de él.
También los niños se nos presentan de nuevo como modelo a imitar; no fueron los sacerdotes, ni los ancianos, ni los peregrinos que llenaban la ciudad los que organizaron la recepción del Mesías, sino ellos, los últimos. "En verdad os digo que si no os convertís y os hacéis como niños no entrareis en el reino de los Cielos" (Lc 18,17)

3 El abandono de Dios


El relato según San Mateo vuelve a tocarnos el corazón, y es que uno no puede dejar de comparar el evangelio de los ramos del comienzo de la Misa, con la Pasión que hoy ocupa el ángulo central de la Palabra de Dios. La cosa parece que empieza bien, pero termina mal. Así será la Semana Santa, así será la misión redentora como también a nuestra vida le llegará un fin triste que en nada se asemejara a gozo del comienzo. La pregunta es ¿dónde esta el final para nosotros?
Analizando ese ''Dios mío, Dios mío ¿por que me has abandonado?'' que es la que llamamos cuarta palabra que el Redentor dijo en la Cruz, podemos entender muchas cosas: el miedo, la verdadera aceptación de la limitación humana e incluso el sentimiento de abandono.
Se ha hecho ya internacional sacar a relucir esa ausencia o inoperancia de Dios cada vez que ocurre una tragedia. Pero también sobre uno se puede pensar ¿quien ha abandonado más a quién? ¿Dios al hombre, o el hombre a Dios? 
Creo que fue en el año 2008 cuando en una celebración en la Almudena el Cardenal Arzobispo de Madrid reflexionaba sobre esta evidencia con una palabras que luego serian muy criticadas y es que la verdad a nadie nos gusta que se nos recuerde, cuando nos denuncia. Decía así: "la sentencia de que ‘Dios ha muerto’ ha dejado en la sociedad contemporánea rastros inequívocos, entre otros, el de la soledad de las personas. El abandono de Dios es el origen de la soledad radical que genera las crisis de matrimonios y familias.No hay poder humano que pueda llenar el vacío de Dios en la conciencia de las personas y consiguientemente, tampoco, en el corazón y el interior de la sociedad".
Por tanto cuando culpamos a Dios hemos de estar seguros de encontrarnos en una situación favorable para poder exigirle o reclamarle ante lo que nosotros consideramos abandono. Entra en juego aquí el pecado, como también en sus últimas horas fue tentado el Hijo de Dios.

sábado, 8 de abril de 2017

Evangelio Dominical

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Pasión de nuestro Señor Jesucristo según San Mateo (26,14–27,66):

En aquel tiempo Jesús fue llevado ante el gobernador, y el gobernador le preguntó:
S. «¿Eres tú el rey de los judíos?»
C. Jesús respondió:
+ «Tú lo dices.»
C. Y, mientras lo acusaban los sumos sacerdotes y los ancianos, no contestaba nada. Entonces Pilato le preguntó:
S. «¿No oyes cuántos cargos presentan contra ti?»
C. Como no contestaba a ninguna pregunta, el gobernador estaba muy extrañado. Por la fiesta, el gobernador solía soltar un preso, el que la gente quisiera. Había entonces un preso famoso, llamado Barrabás. Cuando la gente acudió, les dijo Pilato:
S. «¿A quién queréis que os suelte, a Barrabás o a Jesús, a quien llaman el Mesías?»
C. Pues sabía que se lo habían entregado por envidia. Y, mientras estaba sentado en el tribunal, su mujer le mandó a decir:
S. «No te metas con ese justo, porque esta noche he sufrido mucho soñando con él.»
C. Pero los sumos sacerdotes y los ancianos convencieron a la gente que pidieran el indulto de Barrabás y la muerte de Jesús. El gobernador preguntó:
S. «¿A cuál de los dos queréis que os suelte?»
C. Ellos dijeron:
S. «A Barrabás.»
C. Pilato les preguntó:
S. «¿Y qué hago con Jesús, llamado el Mesías?»
C. Contestaron todos:
S. «Que lo crucifiquen.»
C. Pilato insistió:
S. «Pues, ¿qué mal ha hecho?»
C. Pero ellos gritaban más fuerte:
S. «¡Que lo crucifiquen!»
C. Al ver Pilato que todo era inútil y que, al contrario, se estaba formando un tumulto, tomó agua y se lavó las manos en presencia de la multitud, diciendo:
S. «Soy inocente de esta sangre. ¡Allá vosotros!»
C. Y el pueblo entero contestó:
S. «¡Su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos!»
C. Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran. Los soldados del gobernador se llevaron a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de él a toda la compañía; lo desnudaron y le pusieron un manto de color púrpura y, trenzando una corona de espinas, se la ciñeron a la cabeza y le pusieron una caña en la mano derecha. Y, doblando ante él la rodilla, se burlaban de él, diciendo:
S. «¡Salve, rey de los judíos!»
C. Luego le escupían, le quitaban la caña y le golpeaban con ella la cabeza. Y, terminada la burla, le quitaron el manto, le pusieron su ropa y lo llevaron a crucificar. Al salir, encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo forzaron a que llevara la cruz. Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota (que quiere decir: «La Calavera»), le dieron a beber vino mezclado con hiel; él lo probó, pero no quiso beberlo. Después de crucificarlo, se repartieron su ropa, echándola a suertes, y luego se sentaron a custodiarlo. Encima de su cabeza colocaron un letrero con la acusación: «Éste es Jesús, el rey de los judíos.» Crucificaron con él a dos bandidos, uno a la derecha y otro a la izquierda. Los que pasaban lo injuriaban y decían, meneando la cabeza:
S. «Tú que destruías el templo y lo reconstruías en tres días, sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, baja de la cruz.»
C. Los sumos sacerdotes con los escribas y los ancianos se burlaban también, diciendo:
S. «A otros ha salvado, y él no se puede salvar. ¿No es el rey de Israel? Que baje ahora de la cruz, y le creeremos. ¿No ha confiado en Dios? Si tanto lo quiere Dios, que lo libre ahora. ¿No decía que era Hijo de Dios?»
C. Hasta los bandidos que estaban crucificados con él lo insultaban. Desde el mediodía hasta la media tarde, vinieron tinieblas sobre toda aquella región. A media tarde, Jesús gritó:
+ «Elí, Elí, lamá sabaktaní.»
C. (Es decir:
+ «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»)
C. Al oírlo, algunos de los que estaban por allí dijeron:
S. «A Elías llama éste.»
C. Uno de ellos fue corriendo; en seguida, cogió una esponja empapada en vinagre y, sujetándola en una caña, le dio a beber. Los demás decían:
S. «Déjalo, a ver si viene Elías a salvarlo.»
C. Jesús dio otro grito fuerte y exhaló el espíritu.
Todos se arrodillan, y se hace una pausa
C. Entonces, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo; la tierra tembló, las rocas se rajaron. Las tumbas se abrieron, y muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron. Después que él resucitó, salieron de las tumbas, entraron en la Ciudad santa y se aparecieron a muchos. El centurión y sus hombres, que custodiaban a Jesús, el ver el terremoto y lo que pasaba, dijeron aterrorizados:
S. «Realmente éste era Hijo de Dios.»
C. Había allí muchas mujeres que miraban desde lejos, aquellas que habían seguido a Jesús desde Galilea para atenderlo; entre ellas, María Magdalena y María, la madre de Santiago y José, y la madre de los Zebedeos. Al anochecer, llegó un hombre rico de Arimatea, llamado José, que era también discípulo de Jesús. Éste acudió a Pilato a pedirle el cuerpo de Jesús. Y Pilato mandó que se lo entregaran. José, tomando el cuerpo de Jesús, lo envolvió en una sábana limpia, lo puso en el sepulcro nuevo que se había excavado en una roca, rodó una piedra grande a la entrada del sepulcro y se marchó. María Magdalena y la otra María se quedaron allí, sentadas enfrente del sepulcro. A la mañana siguiente, pasado el día de la Preparación, acudieron en grupo los sumos sacerdotes y los fariseos a Pilato y le dijeron:
S. «Señor, nos hemos acordado que aquel impostor, estando en vida, anunció: "A los tres días resucitaré." Por eso, da orden de que vigilen el sepulcro hasta el tercer día, no sea que vayan sus discípulos, roben el cuerpo y digan al pueblo: "Ha resucitado de entre los muertos." La última impostura sería peor que la primera.»
C. Pilato contestó:
S. «Ahí tenéis la guardia. Id vosotros y asegurad la vigilancia como sabéis.»
C. Ellos fueron, sellaron la piedra y con la guardia aseguraron la vigilancia del sepulcro.

Palabra del Señor

En agonía hasta el fin del mundo. Por Raniero Cantalamessa


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El Domingo de Ramos es la única ocasión, aparte del Viernes Santo, en que se lee el Evangelio de la Pasión de Cristo en el curso de todo el año litúrgico. Como no es posible comentar el largo relato por completo, detengámonos en dos de sus momentos: Getsemaní y el Calvario.

De Jesús en el huerto de los olivos está escrito: «Comenzó a sentir tristeza y angustia. Les dijo: "Mi alma está triste hasta el punto de morir; quedaos aquí y velad conmigo"». ¡Un Jesús irreconocible! Él, que daba órdenes a los vientos y a los mares y le obedecían, que decía a todos que no tuvieran miedo, ahora es presa de la tristeza y la angustia. ¿Cuál es la causa? Se contiene toda en una palabra, el cáliz. «¡Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz!». El cáliz indica toda la mole de sufrimiento que está a punto de caer sobre Él. Pero no sólo. Indica sobre todo la medida de la justicia divina que los hombres han colmado con sus pecados y transgresiones. Es «el pecado del mundo» que Él tomó sobre sí y que pesa sobre su corazón como una piedra.

El filósofo Pascal dijo: «Cristo está en agonía, en el huerto de los olivos, hasta el fin del mundo. No hay que dejarle solo en todo este tiempo». Agoniza allí donde haya un ser humano que lucha con la tristeza, el pavor, la angustia, en una situación sin salida como Él aquel día. No podemos hacer nada por el Jesús agonizante de entonces, pero podemos hacer algo por el Jesús que agoniza hoy. Oímos a diario tragedias que se consuman, a veces en nuestro propio vecindario, en la puerta de enfrente, sin que nadie se percate de nada. ¡Cuántos huertos de los olivos, cuántos Getsemaní en el corazón de nuestras ciudades! No dejemos solos a los que están dentro.

Trasladémonos ahora al Calvario. «Clamó Jesús con fuerte voz: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?". Dando un fuerte grito, expiró». Estoy a punto de decir ahora casi una blasfemia, pero me explicaré enseguida. Jesús en la cruz pasó a ser ateo, el «sin Dios». Hay dos formas de ateísmo. El ateísmo activo, o voluntario, de quien rechaza a Dios, y el ateismo pasivo, o padecido, de quien es rechazado (o se siente rechazado) por Dios. En uno y en otro existen los «sin Dios». El primero es un ateísmo de culpa, el segundo un ateísmo de pena y de expiación. A esta última categoría pertenece el «ateísmo» de la Madre Teresa de Calcuta, de quien tanto se ha hablado con ocasión de la publicación de sus escritos personales.

En la cruz Jesús expió anticipadamente todo el ateísmo que existe en el mundo. No sólo el de los ateos declarados, sino también el de los ateos prácticos, aquellos que viven «como si Dios no existiera», relegándole al último lugar en la propia vida. «Nuestro» ateísmo, porque, en este sentido, todos somos -quien más, quien menos- ateos, «indiferentes» de Dios. Dios es también hoy un «marginado», marginado de la vida de la mayoría de los hombres.

Igualmente aquí hay que decir: «Jesús está en la cruz hasta el fin del mundo». Lo está en todos los inocentes que sufren. Está clavado a la cruz en los enfermos graves. Los clavos que le tienen aún cosido a la cruz son las injusticias que se cometen con los pobres. En un campo de concentración nazi se colgó a un hombre. Alguien, señalando a la víctima, preguntó iracundo a un creyente que tenía al lado: «¿Dónde está ahora tu Dios?». «¿No lo ves? -le respondió-. Está ahí, en la horca».

En todas las «deposiciones de la cruz» sobresale la figura de José de Ariamatea. Representan a cuantos también hoy desafían el régimen o la opinión pública para acercarse a los condenados, a los excluidos, a los enfermos de sida, y se empeñan en ayudar a alguno de ellos a descender de la cruz. Para alguno de estos «crucificados» de hoy, el «José de Arimatea» designado y esperado bien podría ser yo, o podrías ser tú.

viernes, 7 de abril de 2017

Ayuno de móvil. Por Carmen Castiella


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(Rel.) Del whatsapp al correo electrónico, de la página del banco al periódico, de facebook a instagram…Todo sin levantar la mirada ni apenas parpadear para humedecer los ojos. Las pantallas secan los ojos y de paso el alma. No dramatizo. Es dramático.

Gula de “likes” buscando la aprobación continua del grupo. Gula de conocimiento porque, en cuanto nos falta un dato, ahí está Google y su inmediatez en la respuesta. La biblioteca más grande de la historia, pero también la más desordenada. Un gigante sin cabeza. Pura dispersión. Gula de mensajes y respuestas. La red es un océano de náufragos pidiendo atención.

No quiero ser un erizo, actitud estéril que tiene todas las de perder frente al avance imparable de la era digital. La crítica desairada siempre será inútil, así que no nos queda otra que hacer un ejercicio de mesura: ya que el móvil se ha vuelto imprescindible, pongámosle límites para que no se convierta en un monstruo.

Propongo 24 horas de desconexión digital. 24 horas de liberación y descanso. 24 horas ganadas al tiempo. 24 horas de levantar la mirada al cielo y caer en la cuenta de hasta qué punto el dichoso y omnipresente aparato nos hace mirar hacia abajo…

No basta con silenciarlo. Hay que mantenerlo desconectado.

Menos móvil es más intimidad con las personas con las que estás.
Menos móvil es más atención y menos distracción.
Menos móvil es más puntualidad porque no puedes avisar de que llegas tarde.
Menos móvil es más conciliación porque estás para ellos. Hand-free-papás.
Menos móvil es más tiempo y menos prisa.
Menos móvil es más conocimiento y menos información.
Menos móvil es más serenidad y menos inmediatez.
Menos móvil es más ejemplo para nuestros hijos.
Menos móvil es más concentración y menos interrupción.
Menos móvil es más recogimiento.
Menos móvil es más realidad.

Menos móvil para custodiar nuestra cabeza y nuestro corazón, para educar nuestros sentidos y no vivir permanentemente volcados hacia el exterior.

Veréis que el ayuno tecnológico sabe a gloria. En mi caso, ni rastro de síndrome de abstinencia. Comprobadlo y repetiréis. Parece que el uso compulsivo del móvil puede ser más un mal hábito que una adicción y eso es esperanzador.

Después de probar el ayuno, viene la dieta de mantenimiento. Hay mil variables que se adaptan a mil circunstancias. Yo sigo una que consiste en apagar el móvil cada día a las 19.00 horas y volverlo a encender a las 9.00 de la mañana del día siguiente. La vida familiar fluye cuando no hay permanentes interrupciones.

Orar con el Salmo del día

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Sal 17,2-3a.3bc-4.5-6.7

R/. En el peligro invoqué al Señor, y me escuchó

V/. Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza;
Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador.

V/. Dios mío, peña mía, refugio mío,
escudo mío, mi fuerza salvadora, mi baluarte.
Invoco al Señor de mi alabanza
y quedo libre de mis enemigos.

V/. Me cercaban olas mortales,
torrentes destructores me aterraban,
me envolvían las redes del abismo,
me alcanzaban los lazos de la muerte.

V/. En el peligro invoqué al Señor,
grité a mi Dios:
desde su templo él escuchó mi voz,
y mi grito llegó a sus oídos.