miércoles, 3 de mayo de 2017

Del Oficio del día

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Del Tratado de Tertuliano, presbítero, Sobre la prescripción de los herejes
(Cap. 20, 1-9; 21, 3; 22, 8-10: CCL 1, 201-204)

LA PREDICACIÓN APOSTÓLICA

Cristo Jesús, nuestro Señor, durante su vida terrena, iba enseñando por sí mismo quién era él, qué había sido desde siempre, cuál era el designio del Padre que él realizaba en el mundo, cuál ha de ser la conducta del hombre para que sea conforme a este mismo designio; y lo enseñaba unas veces abiertamente ante el pueblo, otras aparte a sus discípulos, principalmente a los doce que había elegido para que estuvieran junto a él, y a los que había destinado como maestros de las naciones.

Y así, después de la defección de uno de ellos, cuando estaba para volver al Padre, después de su resurrección, mandó a los otros once que fueran por el mundo a adoctrinar a los hombres y bautizarlos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Los apóstoles -palabra que significa «enviados»-, después de haber elegido a Matías, echándolo a suertes, para sustituir a Judas y completar así el número de doce (apoyados para esto en la autoridad de una profecía contenida en un salmo de David), y después de haber obtenido la fuerza del Espíritu Santo para hablar y realizar milagros, como lo había prometido el Señor, dieron primero en Judea testimonio de la fe en Jesucristo e instituyeron allí Iglesias, después fueron por el mundo para proclamar a las naciones la misma doctrina y la misma fe.

De modo semejante, continuaron fundando Iglesias en cada población, de manera que las demás Iglesias fundadas posteriormente, para ser verdaderas Iglesias, tomaron y siguen tomando de aquellas primeras Iglesias el retoño de su fe y la semilla de su doctrina. Por esto también aquellas Iglesias son consideradas apostólicas, en cuanto que son descendientes de las Iglesias apostólicas.

Es norma general que toda cosa debe ser referida a su origen. Y, por esto, toda la multitud de Iglesias son una con aquella primera Iglesia fundada por los apóstoles, de la que proceden todas las otras. En este sentido son todas primeras y todas apostólicas, en cuanto que todas juntas forman una sola. De esta unidad son prueba la comunión y la paz que reinan entre ellas, así como su mutua fraternidad y hospitalidad. Todo lo cual no tiene otra razón de ser que su unidad en una misma tradición apostólica.

El único medio seguro de saber qué es lo que predicaron los apóstoles, es decir, qué es lo que Cristo les reveló, es el recurso a las Iglesias fundadas por los mismos apóstoles, las que ellos adoctrinaron de viva voz y, más tarde, por carta.

El Señor había dicho en cierta ocasión: Tendría aún muchas cosas que deciros, pero no estáis ahora en disposición de entenderlas; pero añadió a continuación: Cuando venga el Espíritu de verdad, os conducirá a la verdad completa; con estas palabras demostraba que nada habían de ignorar, ya que les prometía que el Espíritu de verdad les daría el conocimiento de la verdad completa. Y esta promesa la cumplió, ya que sabemos por los Hechos de los apóstoles que el Espíritu Santo bajó efectivamente sobre ellos.

RESPONSORIO Jn 12, 21-22; Rm 9, 26

R. Se acercaron a Felipe algunos gentiles y le hicieron este ruego: «Señor, queremos ver a Jesús.» * Felipe fue a decírselo a Andrés; y en seguida Andrés y Felipe se lo dijeron a Jesús. Aleluya.

V. Ahí donde se dijo: «No sois mi pueblo», serán llamados «hijos del Dios vivo».
R. Felipe fue a decírselo a Andrés; y en seguida Andrés y Felipe se lo dijeron a Jesús. Aleluya.

martes, 2 de mayo de 2017

Homilía del Sr. Arzobispo de Oviedo en el funeral de D. Jose Luis Sanchez ''Mosén''

"El sueño, hermano de la muerte, a su descanso nos convida; guárdanos tú, Señor, de suerte que despertemos a la vida... Recibe, Padre, la alabanza del corazón que en ti confía, y alimenta nuestra esperanza de amanecer a tu gran día" (Himno de completas, después de las primeras vísperas del Domingo).

Fue el sueño de la hermana muerte en el que entró José Luis como quien finalmente halla su descanso hasta que el Señor venga para despertarle en la vida que no acaba. La alabanza humilde de su última entrega fue el corazón confiado que se mece en las manos de Dios, aguardando que amanezca la pascua eterna del gran día.

Se nos ha ido un buen hermano, muy querido. Yo llegaba a Lourdes justamente cuando él expiraba. Inmediatamente bajé a la Gruta para rezar el rosario que él ya no podía desgranar en la tierra. Allí, mientras los enfermos y peregrinos de nuestra Diócesis se preparaban para la noche larga, me perdí en ese silencio de oraciones calladas, a la luz del cirio que en penumbra ilumina la imagen de la Virgen de Massabielle, mientras las aguas del río Gave murmuran su plegaria. Noche de oración en la despedida en la distancia de este querido hermano sacerdote.

Tantas cuentas, tantas cuantas tiene el rosario de una vida como la de José Luis. Una vida intensa, llena de búsquedas y hallazgos, de preguntas y respuestas, desde la sencillez de un sacerdote bueno que vivió sencillamente las cosas, todas las cosas. Conocido por el sobrenombre que él mismo se dio, "Mosén" –de claro sabor aragonés como allí llaman a los curas–, fue llenando de piedad los diversos destinos que la Iglesia diocesana le fue confiando. Una piedad tradicional, y por eso duradera en lo que tiene de esencial y verdadera. La religiosidad popular la tuvo muy a gala en su prioridad cuando tantos la descuidaban hasta el desprecio, y fue así que él nutría con su proverbial sencillez lo que la gente sencilla como él más necesitaba. En primer lugar los sacramentos, cuidadosamente preparados y administrados con la delicadeza de un novicio y la ilusión de un misacantano. La dotación de sus iglesias con ornamentos dignos y no ostentosos. Pero también otras expresiones populares en torno al Señor, a Santa María o a los santos. Que pregunten a las cofradías a las que él tanto acompañó y que hoy le hacen homenaje acompañándole en el funeral de sus exequias.

Pude gozar de su lealtad sin fisuras, esa que se confunde con una amistad tan fraterna como respetuosa: sin dobles caras, sin dos discursos, sin zalamerías serviles por delante y por detrás el desdén de la crítica amarga. La bondad de sus años entregados, hace las cuentas como las hace un rosario que sabe de todos los misterios que se desgranan ante la Señora: los momentos luminosos con todas sus luces cálidas y alumbradoras, los lances dolorosos con los sufrimientos y moratones que a veces nos impone la vida con incomprensiones varias, los instantes gozosos que nos permiten brindar por tantas cosas hermosas vividas en el Señor, los atisbos gloriosos con la esperanza cierta de sabernos llamados a una promesa que se cumple en la fidelidad del buen Dios.

Así le pude ver cuando le conocí de cura trotapueblos cuando estaba de párroco en Campo de Caso y sus muchos alrededores por él cuidados. Así me contó él mismo que fue en sus primeros destinos pastorales en Berducedo, Allande y el profundo Valledor. Así incluso en los dos momentos, agridulces, en su Gijón del alma en la parroquia de San Pedro con sus tiras y aflojas.

Fue un fiel hijo de la Iglesia. Aceptó sus diversos envíos sin ninguna pretensión, sino dejándose hacer y llevar con la gozosa obediencia de quien hace sencillamente lo que tiene que hacer. Cuando le propuse hace cinco años ir a Covadonga como canónigo, le estaba dando un regalo sin yo saberlo, un regalo tan cargado de todos esos misterios de las cuentas de su rosario. Fue allí donde se ordenó en 1979, a la sombra de la Santina, a la que amó tiernamente como mira y quiere a la Virgen nuestra un verdadero asturiano. Estos años en Covadonga han sido para él fuente de paz y de mucho gozo interior, sin que le hayan faltado algunas pruebas e incomprensibles incomprensiones. Guardo en mi corazón los motivos que inmerecidamente quiso compartir conmigo para darme el humilde testimonio de cuánto y cómo le quería Dios, de cómo y cuánto era sostenido por nuestra Madre la Santina. Y quienes desde tantos sitios de Asturias y fuera de nuestra tierra llegaban a Covadonga, era a él a quien especialmente encontraban en ese ministerio callado de acoger fraternamente, de ofrecerles el perdón de Dios en sus muchas horas de confesionario, y de ser el rostro sencillo de aquel Santuario mariano, sin poses decimonónicas ni aspavientos ilustrados, ese rostro que rápido reconocen los que de veras van buscando en Covadonga lo que a través de la Santina les concede el buen Dios en los hermanos.

Vivió su última Semana Santa con una intensidad mayor espiritualmente, con el evidente deterioro de su cuerpo que su cáncer ya le iba minando por dentro. La emoción de la Misa Crismal que le hizo romper en llanto por la alegría de poder renovar sus promesas sacerdotales por primera vez en tantos años de ministerio, pues nunca se había podido allegar a esta cita tan nuestra. Pero valió la pena hacerlo este año, intuyendo que era la vez postrera, como así me dijo. E igualmente el triduo pascual, que gocé junto a él aquí en nuestra Catedral. Participó con todo empeño, y le dije que se pusiera su hábito coral de canónigo, porque lo era, del cabildo colegial hermano de Covadonga. Él iba, como el último de la fila a los rezos matutinos nada más con alba y estola. Hasta que le dije que parecía la oveja blanca en aquel rebaño de trajes negros. Tres horas tardó en venir su hábito coral desde Covadonga. Y con toda la dignidad así lo vistió en esta inolvidable Semana Santa. Pero la suerte estaba ya echada, y su dolencia final estaba firmada por la mano del Señor con su inexcusable llamada.

Pudimos verle y visitarle en la Casa Sacerdotal y en el hospital. Tantas veces y tantos lo hicimos. Curas y seglares. Nos agradeció de mil modos el detalle de ir a visitarle. No importa que algunos no lo hicieran como él con dolor me comentaba, con sus nombres y sus remitentes, algunos de los que cabría que lo hubieran hecho con más motivo. Pero aún eso, no melló su caridad ni alimentó su resquemor. El perdón hecho de comprensión cristiana es lo que me queda como último mensaje y dulce recuerdo de este querido hermano que murió perdonando a los que a él tanto le ignoraron.

La noche que creíamos que fallecería, tres días antes de que lo hiciera, fui a media noche al hospital. Tres sacerdotes queridos le acompañaban. Yo le tomé la mano, le aseguré la cercanía de la Santina y la nuestra como hermanos. Rezamos juntos el último padrenuestro, síntesis evangélica de toda una vida humana y sacerdotal. El sábado volví para despedirme, antes de salir para Lourdes con la Hospitalidad diocesana de enfermos. Allí le encontré en su cama de hospital con el jadeo de una vida que termina. Tenía el rosario en la mesilla, y en la mano bien apretado el escapulario de la Virgen del Carmen, como hábito coral póstumo de quien fuera un tiempo carmelita descalzo. La hermana muerte ya llegaba, y a este hijo de san Francisco, porque lo fue con toda su alma, le venía a acompañar para el encuentro con el Señor por antonomasia. Dios le acogía, María su Madre allí estaba, y tantos santos sus amigos en esos instantes le esperaban.

El evangelio que se leyó en el domingo en que José Luis falleció, ese que él predicó durante toda su vida en el púlpito de su entrega honda y sencilla, fue el de los dos discípulos de Emaús. Atrás quedan las cosas que no hemos entendido, o las que hemos entendido tarde y mal. Pero Dios en su Hijo se hace encontradizo, compañero de andanza para alcanzarnos en el camino a ninguna parte mientras vagamos perdidos. Ahí están todas nuestras trampas, nuestras pretensiones, los engaños que nos hacen sufrir y con los que infligimos dolor a mansalva, nuestras fijaciones y pecados, nuestras cegueras del alma. Pero Jesús nos cuenta paciente lo que tal vez todavía no hemos podido ni querido escuchar, y de pronto –porque nunca es tarde– se nos abren los ojos y se enciende el corazón, para reconocer que nos ardían por dentro las ascuas que no se apagan y que nadie ha podido robarnos. Siempre quedará ese rescoldo de lo mejor que Jesús resucitado es capaz de convertir en nuestra mejor llama.

Encomendamos a este querido hermano al Señor, pedimos para él la vida resucitada para la que nació y que Cristo glorioso nos obtuvo en su pascua. Que María le proteja con su manto, y que podamos vernos también con Mosén en el cielo, en la eterna cofradía de los ángeles y los santos, en una procesión llena de belleza y bondad tan infinita como el mismo cielo. Descanse en paz este cura sencillo y bueno, que tanto bien hizo y en el que Dios nos bendijo. Amén.

Necrológica Diocesana

Falleció el Rvdo. Sr. D. Manuel Fernández Rodríguez.
Nació en el año 1920, en La Piñera, delante de la Fábrica de Armas. Hizo la primera comunión en San Tirso, y la vocación religiosa le llegó a la temprana edad de 14 años, cuando era monaguillo en San Julián de los Prados. 

El 1 de octubre de 1934 ingresó en el Seminario (Tapia, Valdediós y Covadonga) cuatro días antes de que comenzara la sangrienta revolución.

En 1945 fue ordenado sacerdote, el mismo año en que se inauguró el Seminario Metropolitano de Oviedo. 

Algunos de sus destinos fueron:

–Profesor del Seminario Menor de Tapia de Casariego (1945-1946).
–Encargado de San Fabián de Quintes (Gijón), de San Clemente de Quintueles (Gijón), y Coadjutor de San      Miguel de Canero (Luarca) (1946).
–Profesor del Seminario Menor de Valdediós (1946-1947).
–Capellán del Convento de Agustinas de Oviedo (1947).
–Coadjutor de San Tirso El Real de Oviedo (1947)
–Auxiliar de Secretaría del arzobispado (1947).
–Capellán de la Adoración Nocturna de Oviedo (1947-1948).
–Coadjutor de San Pedro de los Arcos de Oviedo (1947).
–Capellán del Sr. Obispo Dr. Arriba y Castro (1947-1948).
–Secretario de Visita Pastoral (1947-1948).
–Capellán Rector del Cristo de las Cadenas (1948).
–Director Espiritual del Seminario Menor de Valdediós (1948-1950).
–Encargado de San Bartolomé de Puelles (Villaviciosa) (1948-1948)
–Director Espiritual del Seminario de Oviedo (1951-1952).
–Director Espiritual del Seminario Menor de Covadonga (1952-1957).
–Ecónomo de San José de Pumarín (Oviedo) (1957-1961).
–Párroco de San José de Pumarín (Oviedo) (1961-1997)
–Arcipreste de Oviedo-Nordeste (1990-1994).
–Consiliario diocesano de Vida Ascendente (1997-2014).

Fue también  consiliario diocesano de los aspirantes de la Adoracion Nocturna y oficinista de Curia.

En 1997 pasó a la situación de jubilado. Siempre estuvo muy vinculado a su querida Parroquia de Pumarín así como a las Pasionistas de Fitoria y a las Carmelitas de Toleo, donde solía celebrar los domingos por la mañana. Su último encargo fue la capellanía de las Hermanas del Santo Ángel de la Guarda del Polígono del Otero (San Lázaro) celebrando a diario desde su jubilación hasta el verano de 2015 en que fue relevado en esta misión por los padres dominicos. Los últimos años colaboró en la Parroquia de San Lázaro del Camino, mientras las fuerzas le acompañaron.

Funeral mañana miércoles día 3 a las 16´00h. en la Parroquia de San José de Pumarín de Oviedo, presidido por el Sr. Arzobispo de Oviedo.

Descanse en Paz 

Así también Dios resucitará con Cristo a los que han muerto en unión con Él (1 Tes 4,14)

Intenciones Apostolado de la Oración


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Por la evangelización

Por los cristianos de África, para que den un testimonio profético de reconciliación, de justicia y paz, imitando a Jesús Misericordioso.

De la CEE
Por las familias cristianas, para que sean como iglesias domésticas donde se vive y trasmite el evangelio de Jesucristo.

lunes, 1 de mayo de 2017

Don José Luis; ''Mosén'': sacerdote de pies a cabeza.

Me pongo a escribir estas líneas tras tener noticia de que Don Jose Luis ha cerrado ya sus ojos para este mundo. Aún el jueves pasado le pude visitar en el hospital, aunque el pobre no era capaz ya de articular palabra. Fue una visita triste pero de paz.

Estando allí con más gente que le estaba visitando o acompañando, Don José Manuel, el Párroco de Candás, sacó de su cartera una estampa del Santísimo Cristo (del que Don José Luis era muy devoto) y se la enseñó; sus ojos respondían a aquella imagen con profunda emoción. Después, Don Jose Manuel le acarició la mano y le impartió la bendición. Él, que no podía apenas moverse, hizo un leve gesto con la cabeza como diciendo amén;  así sea, así lo quiero… Pude ver a un cura que se moría, pero que se moría amando lo que creyó y creyendo lo que amó.

Don José Luis era gijonés de primera, pues nada menos que a la vera de la Plaza de los Mártires o de La Gota leche, en el antiguo y desaparecido Sanatorio, donde hoy se ubica la estación de autobuses, abrió los ojos para este mundo. En el barrio del Carmen, en terrenos de una Parroquia nacida de la Capilla y Cofradía del Carmen, en un hospitalillo llamado del Carmen y nacido de una mujer que, aunque no llamada Carmen, si era de la Orden Tercera del Carmelo. De esta forma tan predeterminada a la devoción mariana nació este gran devoto del Santo Escapulario, en cuya orden llegaría a profesar.

No voy hacer de biógrafo, aunque podríamos resumir sus primeros años de infancia y juventud inmersos en una época convulsa para todo el país, para su familia y para él mismo, que vivió idas y venidas en su experiencia de vital... finalmente, tras pasar por la vida religiosa y la militar, el Señor le llamó como presbítero diocesano. Terminó sus estudios en el Seminario de Oviedo con los de su promoción; curso muy variopinto y del cual me permito destacar a uno, Don Fernando Llenín, que tuvo el corazón y la caridad sacerdotal y de verdadero amigo para con él que otros no tuvieron.

A los pocos días de ser ordenado, cuentan que visitó Campo de Caso (pues este había sido un lugar muy importante para sus padres) y tras conocer la maravillosa y escondida Iglesia de Caleo, comentó: ‘’no me importaría ser cura de estos lares’’, opinión que al párroco de entonces (con cierta alergia al incienso) no le hizo mucha gracia la mera idea...

Al final (más bien al principio) el primer destino fue Gijón, en San Pedro Mayor, junto al inolvidable Don Bonifacio y un numeroso equipo de sacerdotes que mantenían aún aquel cuasi cabildo del que ya Don José Arenas, había sabido sacar réditos pastorales en la particular idiosincrasia del barrio playo. Después de tres años es trasladado a Berducedo, junto a otras seis parroquias de la zona de Allande y Grandas de Salime.

Aquí llevará a cabo una labor encomiable de arreglo de templos y capillas, recuperación de fiestas y devociones perdidas y otros múltiples y piadosos trabajos. Por aquel entonces no había redes sociales ni ordenador en casa, pero Don Jose Luis mendigó casi por todo el país lo que sobrara o no quisieran otras parroquias para poder adecentar así las suyas. En aquella época aún seguían retirándose santos, candelabros y retablos, y todo lo que a sus manos llegó, para el alto Allende fue a parar.

Dicen que tras diecisiete años en este lugar dejó aquellas parroquias más vestidas que la Macarena; arregladas y con ornamentos dignos de una catedral. Desconozco cómo están hoy, pero los que vieron su partida de allí dan fe de su esfuerzo y trabajo.

Retorna a San Pedro de Gijón donde ejercerá siete años como Vicario Parroquial, hasta el año 2000. Con el cambio de párroco de la Iglesia Mayor, tendrá que hacer de nuevo las maletas. Cuentan que Don Gabino le ofrecía ser párroco de una Villa bastante apetecible para otros, sin embargo, el apuntó: Sr. Arzobispo, Campo de Caso está vacante, si lo tiene a bien prefiero que me premie con ese destino antes que con una villa. Don Gabino se quedó sorprendido hasta el punto de preguntarle ¿sabes lo que estas pidiendo?... Y así fue a parar este gijonés a las tierras casinas.

En los doce años que pasó en las parroquias de Campo de Caso, a las que se unirían en los últimos cuatro las de Sobrescobio, volvió a hacer lo que sabía y le gustaba: obras, restauraciones, adquisiciones, mejoras… y todo sin descuidar la atención pastoral que siempre la llevaba al día. No moriría un feligrés enfermo sin su unción, ni se quedaría ningún difunto sin su solemne responso, precedido del ''De profundis''. Era un cura peculiar, sí; pero sobre todo y ante todo un sacerdote enamorado de su vocación.

Su último destino fue el hogar de la Madre, Covadonga, a la que tanto quería desde su “prefiguración” con ella. Allí se fue preparando para lo que sabía que se le venía encima y que con la naturalidad del que espera en Dios, a nadie ocultó nunca. Con total tranquilidad hablaba de su enfermedad, del pronóstico y hasta del tiempo que le daban de vida, pero nada le turbaba, pues como San Pablo, bien sabía de quién se había fiado.

Ser pastor de almas era su pasión, por ello su último nombramiento no lo tomó como un encargo al uso, sino como la mayor obligación de todas, por encima incluso de la canonjía. La iglesia de los Santos Justo y Pastor ya no tenía misa quincenal, sino diaria. También novenas, procesiones, pláticas espirituales, recepción de reliquias... Para Don José Luis, como para el Cura de Ars, la parroquia no se medía por “el caché” o la población sino por lo mimado que estaba ese Jesús del Sagrario. Algunos se mofaban del ímpetu que se daba por hacer cosas en esa pequeñísima Parroquia de La Riera, pero él estaba por encima de comentarios pues, además de “venir de vuelta”, el mero hecho de seguir construyendo el Reino de Cristo en la tierra le propiciaba bocanadas de aire y de vida en la suya propia que se iba apagando.

El celo de tu casa me devora (Salmo 69) que podríamos parafrasear en Don Jose Luis diciendo, sin duda, que su celo pastoral le devoraba. Por encima de todo límite u obstáculo que apareciera, para él lo primero era servir a los fieles. No suprimía ninguna celebración, tuviera tres personas o una, pues las almas estaban incluso por encima de su propia salud… ¡Cuántas veces en la soledad de las zonas rurales de Berducedo o el Parque de Redes sobrepasaba el kilometraje que la diócesis le pagaba!... o ¡cuántas otras celebraba cuatro misas pálido de fiebre o se dejaba hasta su último ahorro en el arreglo de una imagen! Mosén lo dio todo a la Iglesia, y con muchos más aciertos que errores salvó muchos templos y capillas de esta diócesis de la pura ruina, de muchas piezas acabar en el expolio indecente y de muchas tradiciones terminar en el olvido.

Emilio de Marchi, en su libro “El sombrero del Cura”, dice: Creía que con la muerte del cura había terminado todo y, sin embargo, todo estaba por hacerse. También en la historia de este cura que no tenía sombrero sino bonete, y que no era especulador sino pobre, lo importante de verdad empieza ahora...

Descansa en Paz Mosen Jose Luis, y muchas gracias por tu amistad y por el aprecio que siempre me profesaste inmerecidamente. 

Rodrigo Huerta Migoya

​¿Por qué mayo es el mes de la Virgen María?. Por Patricia Navas


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Millones de personas participan durante el mes de mayo en romerías a santuarios marianos, rezan oraciones especiales a la Virgen y le hacen regalos, tanto espirituales como materiales.

Dedicar el mes de mayo –también llamado mes de las flores- a María es una devoción popular arraigada desde hace siglos: con su poesía Ben vennas Mayo de las Cantigas de Santa María, Alfonso X el Sabio nos revela que ya existía en la Edad Media, al menos en España.

La Iglesia la ha alentado, por ejemplo concediendo indulgencias plenarias especiales y con referencias en algunos documentos del Magisterio, como la encíclica Mense Mayo de Pablo VI en 1965.

“El mes de mayo nos estimula a pensar y a hablar de modo particular de Ella –constataba san Juan Pablo II en una audiencia general al empezar el mes de mayo en 1979-. En efecto, este es su mes. Así pues, el período del año litúrgico, [Resurrección], y el corriente mes llaman e invitan nuestros corazones a abrirse de manera singular a María”.

¿Pero por qué este mes, si otros contienen fiestas litúrgicas más destacadas dedicadas a María? El beato cardenal John Henry Newman ofrece varias razones en su libro póstumo Meditaciones y devociones.

“La primera razón es porque es el tiempo en el que la tierra estalla en tierno follaje y verde pastos, después de las severas heladas y nieves del invierno, y la cruda atmósfera y el viento salvaje y las tempranas lluvias de la primavera”, escribe desde un país del hemisferio norte.

“Porque los retoños brotan en los árboles y las flores en los jardines. Porque los días se vuelven largos, el sol nace temprano y se pone tarde –añade-. Porque semejante alegría y júbilo externo de la Naturaleza es el mejor acompañante de nuestra devoción a Aquella que es la Rosa Mística y Casa de Dios”.

¿Pero y si el mes de mayo trae cada día un rayo, como dice el refrán? “Aun así,
nadie puede negar que al menos sea el mes de la promesa y de la esperanza –responde el eclesiástico inglés-. Aunque el tiempo sea malo, es el mes que inicia y preludia el verano”.

“Mayo es el mes, si no de la consumación, al menos de la promesa, ¿no es este el sentido en el que más propiamente recordamos a la Santísima Virgen María, a quien dedicamos el mes?”, plantea en su obra, publicada en 1893.

Algunos autores como Vittorio Messori ven en esta manifestación de religiosidad popular una cristianización más de una celebración pagana: la dedicación del mes de mayo a las diosas de la fecundidad: en Grecia, a Artemisa; en Roma, a Flora. De hecho, mayo debe su nombre a la diosa de la primavera Maia.

Además, en algunos países durante el mes de mayo se celebra el Día de la Madre, y el recuerdo y los obsequios se elevan muchas veces también a la del cielo.

Para muchos, mayo es el mes más bello como María es la mujer más bella, el mes más florido que conduce el corazón hasta ella, Palabra hecha flor.

San José Obrero, patrono de los trabajadores

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(ACI).- El 1 de mayo la Iglesia celebra la Fiesta de San José Obrero, patrono de los trabajadores, fecha que coincide con el Día Mundial del Trabajo. Esta celebración litúrgica fue instituida en 1955 por el Siervo de Dios, Papa Pío XII, ante un grupo de obreros reunidos en la Plaza de San Pedro en el Vaticano.

El Santo Padre pidió en esa oportunidad que “el humilde obrero de Nazaret, además de encarnar delante de Dios y de la Iglesia la dignidad del obrero manual, sea también el próvido guardián de vosotros y de vuestras familias”.

Pío XII quiso que el Santo Custodio de la Sagrada Familia, “sea para todos los obreros del mundo, especial protector ante Dios, y escudo para tutela y defensa en las penalidades y en los riesgos del trabajo”.
Por su parte, San Juan Pablo II en su encíclica a los trabajadores “Laborem exercens” destacó que “mediante el trabajo el hombre no sólo transforma la naturaleza adaptándola a las propias necesidades, sino que se realiza a sí mismo como hombre, es más, en un cierto sentido ‘se hace más hombre’”.

Posteriormente, en el Jubileo de los trabajadores en el 2000, el Papa de la Familia dijo: “Queridos trabajadores, empresarios, cooperadores, agentes financieros y comerciantes, unid vuestros brazos, vuestra mente y vuestro corazón para contribuir a construir una sociedad que respete al hombre y su trabajo”.

“El hombre vale más por lo que es que por lo que tiene. Cuanto se realiza al servicio de una justicia mayor, de una fraternidad más vasta y de un orden más humano en las relaciones sociales, cuenta más que cualquier tipo de progreso en el campo técnico”, añadió”.