Nos lo hemos vuelto a decir: feliz año nuevo. Tal vez seamos ilusos y no tanto ilusionados, cuando pensamos que podemos estrenar desde cero algo que no comienza en este deseo, sino que tiene una continuidad implacable y amplia de aquello que veníamos haciendo y diciendo hasta el anteayer de nuestro más próximo pasado. Pero es sincera esta expresión, porque indica precisamente lo que en el corazón nos anida, con la convicción despierta de que un mundo mejor es posible, y que también se pueden superar los atolladeros y encontrar solución a los callejones sin salida. Habrá cosas que nos seguirán acompañando, como la herencia reciente de lo que nos rodeaba a fin de año: las cosas hermosas que apuntan maneras con todas sus posibilidades, y no sólo las cosas ingratas que nos entristecen y desafían. Y así vamos poco a poco escribiendo en el tram-tram de cada día, la historia inconclusa que, en medio de nuestros renglones torcidos, con nuestras páginas en blanco, e incluso con la más apasionada y bella caligrafía, contamos y cantamos tratando de hacer el bien y sembrar la paz, buscando la gloria de Dios y la bendición para los hermanos.
Ya hicimos el recuento de cuanto durante los meses que nos quedan en el ayer de nuestras espaldas nos sucedió día tras día. Y podemos decir que tantas cosas han quedado escritas en el tablón de nuestra memoria, sabiendo que no pocas de ellas fueron una sorpresa que no tuvieron el decoro de avisarnos de su llegada. Pero acontecieron, como quien se cuela en la vida con la frescura de su imprevista llamada dejándonos su fugaz enojo malencarado o su siempre graciosa esperanza.
La vida sigue con sus derroteros, y ahí seguimos siendo peregrinos de la esperanza que no defrauda jamás con todos los desafíos que tenemos por delante cuando pensamos en el acompañamiento de los niños y los jóvenes, en la cercanía a las familias y el apoyo a los enfermos con sus situaciones y los pobres con todos sus rostros, el reto de seguir formando a nuestros numerosos seminaristas y de soñar con la vocación misionera de nuestra comunidad diocesana en tierras lejanas a las que llevar el Evangelio, como es nuestro deseo. Por este motivo pasamos la página de estos meses, dejamos en las manos de Dios lo que vivimos con premura y agitados, o con serenidad y calma, para continuar luego escribiendo nuestra historia inacabada. Con aquellos que el Señor puso a nuestro lado, en medio de las encomiendas que la divina Providencia nos confía, seguimos nuestro relato de la vida. Habrá contradicciones y borrones, habrá apagones y sobresaltos, pero también la humilde escritura del libro de la vida con su ilusión y su confianza.
Debemos estrenar algo que de suyo sea eterno como eterno es Dios: el viejo sueño de felicidad para el que todos hemos sido creados. Es una extraña paradoja esa de estrenar lo que es eterno, pero así nos lo demanda lo mejor y más verdadero de nosotros mismos. Muchas veces el estreno más hermoso es el de volver a tomar lo que torpemente hemos abandonado; o el de volver a ilusionarnos con lo que una vez llenó de luz y de color nuestros ojos; o el de pedir perdón y saber ofrecerlo, poniendo fin a cuitas y enfados; o estrenar el amor y desempolvar la fe, tan amenazados ambos por la cultura de la caducidad al uso. Tenemos una cita grande para pedir también a Dios algo tan bello y necesario como el regalo de la Paz. Sabemos que habrá trincheras bélicas, maquinaciones terroristas y violencias domésticas que jamás entrarán en la fiesta de los hombres ni en la que nos ofrece Dios. Se trata de pedir al Señor la verdadera Paz, la Paz con mayúsculas, y pedírsela también desde el compromiso concreto y cotidiano de hacernos nosotros instrumentos de ella para que, en el trozo de tierra y de vida que a diario habitamos, pueda verse y gozarse esa Paz que sabe a lo que sabe Dios. Feliz año nuevo.
+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo
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