lunes, 16 de marzo de 2026

Nuestra Parroquia gana el premio al Mejor grupo infantil del Festival de la Canción Misionera


17 de Marzo: Santa Gertrudis de Nivelles, Patrona de los gatos

(Catholic.net) Santa Gertrudis, hija menor del Pipino de Landen y de Itta, Ida o Iduberga, nació en Landen en 626. Tenía un hermano, Grimoaldo, quien sucedió a su padre, y una hermana, santa Begga, quien se casó con el hijo de san Arnulfo de Metz.

Gertrudis fue educada muy esmeradamente por sus padres, quienes pronto descubrieron su inclinación por la vida religiosa. Cuando tenía cerca de 10 años, su padre dio una fiesta a la que asistió el rey Dagoberto y los nobles más prominentes de Austrasia. Uno de los nobles pidió al rey que le otorgara la mano de Gertrudis para uno de sus hijos ahí presentes. Dagoberto, pensando halagar a la niña, la mandó llamar y señalando hacia el apuesto joven le preguntó si deseaba casarse con él. Para sorpresa suya, Gertrudis le contestó que ella nunca tomaría esposo y que deseaba tener a Cristo Jesús por su único amo y Señor. Nadie se opuso a la determinación de la niña, antes bien fue elogiada por el rey y los cortesanos.

Al quedar viuda, Itta consultó a san Amando obispo de Maestricht, sobre cuál sería la mejor forma de que ella y su hija sirvieran a Dios. Siguiendo el consejo del obispo, comenzó a construir un monasterio en Nivelles. Para evitar toda tentación en contra de la vocación de Gertrudis, su madre le cortó el pelo y afeitó su cabeza. Cuando la nueva fundación fue terminada, madre e hija ingresaron a ella. Itta insistió en que su hija fuera superiora, aunque de vez en cuando la asistiría con su consejo. La joven abadesa probó ser capaz de desempeñar atinadamente su cargo. No sólo se ganó el respeto de las religiosas, sino también el de muchos peregrinos de categoría que visitaban la casa.

Itta murió en 625, santa Gertrudis encomendó entonces muchas de las labores de la administración externa a otras personas. Esto le permitió dedicar más tiempo al estudio de las Sagradas Escrituras, así como imponerse mayores mortificaciones. Tan severamente había tratado su cuerpo, que a la edad de 30 años estaba completamente extenuada por el continuo ayuno y falta de sueño. Decidió dejar el cargo a su sobrina Wulfetrudis, a la que había preparado y sólo contaba 20 años de edad. La santa se dedicó entonces a prepararse para la muerte, aumentando sus devociones y disciplinas.

Sus biógrafos cuentan que una vez, cuando Gertrudis estaba en la iglesia, una esfera de fuego apareció sobre su cabeza y alumbró el recinto durante media hora. A pesar de su santidad, cuando llegó su hora, tenía miedo de haber sido indigna y entonces envió recado a san Ultan, que estaba en Fosses, para saber si había tenido alguna revelación que se refiriera a ella. El santo hombre mandó decirle que moriría al día siguiente, mientras se celebraba la santa misa, pero que no tuviera miedo, porque san Patricio, junto con muchos ángeles y santos, la esperaban para recibir su alma. Santa Gertrudis acogió con regocijo el mensaje y el 17 de marzo, mientras el sacerdote estaba diciendo las oraciones que preceden al prefacio, entregó su alma a Dios. Siguiendo sus deseos, fue enterrada con su cilicio puesto, sin sudario o mortaja, y su cabeza fue envuelta en un velo viejo que una religiosa había dejado allí, a su paso por el convento.

Santa Gertrudis ha sido invocada como la patrona de los viajeros, probablemente debido al interés que mostraba por los peregrinos y también por el rescate milagroso de unos monjes que la invocaron durante un gran peligro en el mar. Existía la costumbre de tomar una copa de despedida en su honor, antes de comenzar un viaje. Se conserva aún una copa que se usaba con este propósito en Nivelles, junto con algunas otras reliquias. El pueblo la veneraba como la patrona de las almas que iban de viaje al otro mundo; decían que las almas viajaban por tres días y se hospedaban la primera noche con ella y la segunda con san Miguel.

El símbolo con el que la suelen representar es un ratón. Suelen pintar uno o dos ratones subiendo a su bastón pastoral o jugando sobre su rueca. Nunca se ha dado una explicación satisfactoria a este simbolismo, aunque se han hecho muchas conjeturas: una de ellas es que el diablo en forma de ratón, solía enredarle el hilo mientras hilaba para hacerle perder la paciencia.

¡Felicidades a quien lleve este nombre!

domingo, 15 de marzo de 2026

“Creo, Señor”. Por Joaquín Manuel Serrano Vila


Hoy celebramos el cuarto domingo de Cuaresma, llamado tradicionalmente domingo “Laetare”, que significa “alégrate”. En medio del camino cuaresmal, la Iglesia nos invita a hacer una pausa de esperanza. No es una alegría superficial, sino la alegría profunda de saber que Dios está obrando nuestra salvación y que la luz de Cristo ya comienza a iluminar nuestro camino hacia la Pascua. Las lecturas de hoy tienen un tema muy fuerte y profundo: la mirada de Dios y la luz que transforma la vida. Y es que Dios no mira las apariencias, sino el corazón.

En la primera lectura vemos un momento muy importante en la historia de Israel: Dios envía al profeta Samuel a ungir al nuevo rey. Samuel llega a la casa de Jesé y ve a los hijos mayores, fuertes, altos, con apariencia de líderes. Humanamente parecía evidente quién debía ser el elegido. Pero Dios dice una frase que atraviesa toda la Biblia: “El hombre mira las apariencias, pero el Señor mira el corazón”. Y entonces ocurre algo sorprendente: Dios elige al más pequeño, al que ni siquiera estaba presente en la reunión, a David, el pastor de ovejas. Esto revela algo fundamental, y es que Dios no elige como elegimos nosotros, ni se deja impresionar por lo externo; Dios mira lo profundo del corazón... Cuántas veces en nuestra sociedad, ocurre lo contrario: se valora la apariencia, el poder, la fama, el dinero o la imagen. Pero Dios busca algo distinto, un corazón abierto, humilde y disponible. La historia de David nos recuerda que muchas veces los que el mundo considera pequeños son los grandes para Dios. Tal vez alguien se siente pequeño, insignificante, ignorado, poco valorado... Pues hoy el Señor nos dice: “Yo te veo. Yo conozco tu corazón.”

San Pablo, en la segunda lectura, profundiza este mismo tema desde otra perspectiva. Él dice: “Antes erais tinieblas, pero ahora sois luz. Vivid como hijos de la luz”. La Cuaresma es precisamente eso, un paso de la oscuridad a la luz. Las tinieblas pueden tomar muchas formas, como el pecado, el egoísmo, la indiferencia, la mentira, la falta de amor... Pero Cristo vino al mundo para iluminar nuestra vida. San Pablo nos recuerda algo muy importante, no sólo debemos recibir la luz, sino vivir como hijos de la luz. Esto significa que nuestra vida debe reflejar la bondad, la justicia, la verdad... Un cristiano no puede vivir en contradicción permanente. No podemos decir que seguimos a Cristo y al mismo tiempo vivir en la oscuridad del egoísmo y la miseria del poecado. La luz siempre revela, purifica y transforma.

El evangelio de hoy es uno de los relatos más bellos y profundos del Evangelio de Juan, la curación del ciego de nacimiento. Jesús encuentra a un hombre que nunca ha visto. Nunca ha visto la luz, los colores, los rostros. Vive en una oscuridad total. Los discípulos preguntan algo típico de la mentalidad de la época: “¿Quién pecó, él o sus padres para que naciera ciego?”. Jesús responde sentenciando, y es que no se trata de buscar culpables, sino de manifestar la obra de Dios. Jesús, entonces, hace algo muy simbólico: mezcla barro con saliva, lo pone en los ojos del ciego, y lo envía a lavarse. Cuando el hombre se lava, comienza a ver. Pero el verdadero milagro no es solo físico. Es un proceso espiritual. El hombre pasa por varias etapas. Primero dice: “Ese hombre que se llama Jesús”. Luego dice: “Es un profeta”. Después reconoce que viene de Dios. Y finalmente lo adora como Señor. Es decir; no solo recupera la vista física, sino también la fe... Mientras el ciego comienza a ver cada vez más claro, ocurre lo contrario con los fariseos; ellos tienen ojos sanos y no son invidentes, pero no quieren ver. Están tan seguros de sí mismos que rechazan la propia evidencia. Al final del relato, Jesús dice algo impresionante: “He venido para que los que no ven vean, y los que ven se vuelvan ciegos”. Es decir; los humildes reciben la luz, los orgullosos permanecen en la oscuridad. La verdadera ceguera no es la falta de visión física. La verdadera ceguera es la soberbia, el corazón cerrado, la incapacidad de reconocer a Dios... Hay muchas personas que ven perfectamente, pero no son capaces de ver a Dios en su vida... Este evangelio nos invita a preguntarnos: ¿Quién soy yo en esta historia; soy como el ciego que reconoce su necesidad de luz, o como los fariseos que creen que ya lo saben todo?... La fe comienza siempre con una actitud humilde: “Señor, necesito que abras mis ojos”... Necesitamos que Jesús abra nuestros ojos para ver el sufrimiento de los demás, la presencia de Dios en nuestra vida, nuestras propias faltas, el camino que debemos seguir.

La Cuaresma es tiempo para abrir los ojos. Es, precisamente, el tiempo en el que Cristo quiere sanar nuestra vista. A veces también nosotros vivimos en cierta oscuridad, nos acostumbramos al pecado, justificamos nuestras actitudes, dejamos de escuchar a Dios. Pero el Señor sigue pasando por nuestro camino y nos dice: “Ve a lavarte”; es decir, conviértete; cambia tu vida, deja que mi gracia te purifique. En el fondo, todo el evangelio de hoy gira en torno a una afirmación de Jesús: “Yo soy la luz del mundo”. Sin Cristo, la vida queda en absoluta oscuridad; con Él todo cambia. Cristo ilumina nuestras decisiones, nuestras relaciones, nuestras heridas, nuestro futuro. Por eso el domingo Laetare es un domingo de alegría. Porque aunque el camino cuaresmal todavía continúa; ya vemos la luz de la Pascua acercarse. Pidamos hoy al Señor tres cosas: Un corazón que Dios pueda mirar con alegría, como miró el de David. La gracia de vivir como hijos de la luz, como nos pide San Pablo. Y la humildad del ciego del evangelio, que dejó que Jesús tocara y cambiara su vida. Que podamos decir al final de nuestro camino de fe como aquel hombre sanado: “Creo, Señor...”

Evangelio Domingo IV de Cuaresma

Lectura del santo evangelio según san Juan 9, 1. 6-9. 13-17. 34-38

En aquel tiempo, al pasar, vio Jesús a un hombre ciego de nacimiento.

Entonces escupió en la tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego, y le dijo:
«Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado)».

Él fue, se lavó, y volvió con vista. Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban:
«¿No es ese el que se sentaba a pedir?».

Unos decían:
«El mismo».

Otros decían:
«No es él, pero se le parece».

El respondía:
«Soy yo».

Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista.

Él les contestó:
«Me puso barro en los ojos, me lavé y veo».

Algunos de Los fariseos comentaban:
«Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado».

Otros replicaban:
«¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?».

Y estaban divididos. Y volvieron a preguntarle al ciego:
«Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?».

Él contestó:
«Que es un profeta».

Le replicaron:
«Has nacido completamente empecatado, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?».

Y lo expulsaron.

Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo:
«¿Crees tú en el Hijo del hombre?».

Él contestó:
«¿Y quién es, Señor, para que crea en él?».

Jesús le dijo:
«Lo estás viendo: el que te está hablando, ese es».

Él dijo:
«Creo, Señor».

Y se postró ante él.

Palabra del Señor

Los contrastes en Panamá. Por Monseñor Fray Jesús Sanz Montes O.F.M.

Después del periplo misionero mexicano, hicimos la segunda y última escala en el bello país centroamericano de Panamá. La buena amistad con el arzobispo agustino de Ciudad de Panamá hizo que volviese a ese rico y querido rincón caribeño que hace de puente comercial entre los dos grandes océanos del Atlántico y el Pacífico con su famoso canal, trasiego importante en las mercaderías mundiales con todo tipo de buques que llevan de un lado a otro containers, vehículos y combustibles. Pero llama la atención la diferencia de escenario. En la Ciudad de Panamá moderna te encuentras con inmensos rascacielos como si fuera una avenida más de Nueva York, o como si fuera un Manhattan con su bahía de vistas al mar. La calidad de los automóviles, la proliferación de grandes firmas comerciales, elegantes restaurantes y hoteles de lujo, hace que te confundas con el ambiente bien distinto y distinguido que allí se exhibe.

No lejos de ese centro, está el estilo del virreinato. Su inequívoco sabor colonial también te transporta a otras épocas gloriosas de los primeros lances tras el descubrimiento de América. No en vano, Panamá fue donde por primera vez se celebró la santa Misa en tierra firme (propiamente, la primera tras el descubrimiento fue en La Española, actual Santo Domingo). Quedan algunas iglesias preciosas de aquella época, vinculadas a las Órdenes religiosas cuyos misioneros fueron la avanzadilla de la evangelización: franciscanos, mercedarios, dominicos, jesuitas… No deja de ser un paseo lleno de belleza simple y esencial que te transporta a un tiempo de apertura y mestizaje con los nativos de entonces al cruzarse con los españoles que allí se allegaban, cuando merodeas sus calles.

Pero tras estos dos escenarios nobles y curiosos, cada uno con su significado y andadura en el tiempo, fuimos a lo que propiamente era el objeto de nuestro viaje misionero. No hizo falta emplear mucho tiempo para poner distancia en lo que habíamos visto anteriormente. A muy pocos kilómetros nos topamos con una realidad realmente distinta, donde los contrastes se hacían manifiestos y la provocación cristiana estaba servida pidiendo quizás una respuesta a lo que aparecía ante nuestra mirada. Se trataba de inmensas superficies de casitas pequeñas agrupadas en unas pocas parroquias y sus aledañas capillas. La foresta de sus bosques bajos ocultaban a los ojos la enorme cantidad de personas que allí vivían con una grande pobreza y con mucha dignidad sus cosas. También había favelas que como barrios de chabolas acogían a enteras y fecundas familias que sobreviven en medio de una naturaleza fértil en frutas tropicales y hortalizas lugareñas.

Una de las zonas visitadas tenía un censo increíble: cien mil personas sumadas y hacinadas ordenadamente. Enseguida pregunté cómo se hacía para acompañar a toda esa gente que es, además, profundamente cristiana en su sencillez. Y la respuesta me dejó sorprendido, cuando lo comparas con los apuros y desafíos que tenemos en esta parte del mundo. Me dijeron que para acompañar pastoralmente a toda esa gente, contaban con un sacerdote, dos diáconos permanentes, alguna comunidad de religiosas y con muchos laicos que se implican. Todos los centros de culto, con sus correspondientes celebraciones litúrgicas y servicios sacramentales, los van visitando el sacerdote y los dos diáconos. Pero el resto de las necesidades en el terreno social de la caridad, en el de la formación catequética y en la proyección cultural católica, cuentan con los laicos y religiosas que ellos denominan “delegados de la Palabra”. Lógicamente, hay que formar a tantos colaboradores y esta es una de las prioridades de aquella diócesis. Es todo un reto que nos abre misioneramente a la esperanza que nos hermana. Y aquí aparece una posibilidad de compromiso fraterno con aquellos pueblos acogedores y sencillos que, teniendo hambre de Dios, nos esperan para acompañarlos. Dios lo quiera y nos ayude a todos en esta empresa.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

sábado, 14 de marzo de 2026

León XIV urge a redescubrir la confesión y recuerda la obligación canónica de confesarse al menos una vez al año

(InfoCatólica) El sacramento de la reconciliación encierra un tesoro que la Iglesia pone a disposición de todos los bautizados, pero que con demasiada frecuencia permanece sin recoger. El Papa León XIV lo recordó este viernes con afecto y firmeza ante los futuros confesores reunidos en el Palacio Apostólico Vaticano, invocando el mandato que obliga a todo cristiano a confesarse al menos una vez al año y evocando a los grandes santos que hicieron del confesionario el centro de su vida sacerdotal y el camino de su santidad.

El Santo Padre recibió a los sacerdotes, diáconos y seminaristas participantes en el 36.º Curso sobre el Fuero Interno, iniciativa anual de la Penitenciaría Apostólica para la formación de confesores. Saludó al Cardenal Angelo De Donatis, Penitenciario Mayor, al regente Mons. Nykiel y a todos los miembros de la Penitenciaría. Recordó que el curso fue impulsado por San Juan Pablo II «con su pasión pastoral», confirmado por Benedicto XVI «con su sabiduría teológica» y continuado por el Papa Francisco, «que siempre tuvo gran cuidado del rostro misericordioso de la Iglesia». León XIV animó a proseguir y ampliar esta oferta formativa para que el cuarto sacramento sea «cada vez más profundamente conocido, adecuadamente celebrado y, por ello, serena y eficazmente vivido por todo el santo pueblo de Dios».

Un tesoro que nadie recoge

El Papa no esquivó el diagnóstico: a la reiterabilidad que la Iglesia reconoce al sacramento no corresponde siempre, por parte de los bautizados, la solicitud de acudir a él. «El inmenso tesoro de la misericordia de la Iglesia permanece inutilizado», afirmó León XIV, por una «difusa distracción de los cristianos que, no pocas veces, permanecen largo tiempo en estado de pecado, en lugar de acercarse al confesionario con sencillez de fe y de corazón para acoger el don del Señor Resucitado».

Para subrayar que no se trata de una aspiración piadosa sino de una obligación vinculante, el Papa recordó el doble respaldo normativo de la práctica. El Concilio de Letrán IV, en 1215, estableció la obligación de la confesión sacramental al menos una vez al año. El Catecismo de la Iglesia Católica (n. 1457) confirmó esa norma tras el Concilio Vaticano II, y el Código de Derecho Canónico la recoge en términos precisos: «Todo fiel, llegado al uso de razón, está obligado a confesar fielmente sus pecados graves al menos una vez al año» (CIC 989).

El Papa encontró en San Agustín la articulación más luminosa de lo que está en juego: «Quien reconoce sus propios pecados y los condena ya está de acuerdo con Dios. Dios condena tus pecados; y si tú también los condenas, te unes a Dios». Reconocer los propios pecados, subrayó León XIV, equivale a «acordarse» con Dios, unirse a Él, y ese dinamismo tiene especial urgencia en el tiempo de Cuaresma que la Iglesia atraviesa.

Los santos que se santificaron en el confesionario

Frente al cuadro de abandono, León XIV ofreció a los jóvenes sacerdotes y ordenandos presentes un horizonte de plenitud sacerdotal encarnado en figuras concretas. «La vida entera de un sacerdote puede ser plenamente realizada celebrando asiduamente y fielmente este sacramento», afirmó. Y añadió con entusiasmo: «¡Cuántos sacerdotes se han hecho santos en el confesionario!»

Los nombres que evocó el Papa forman una galería que va del siglo XIX al XX: San Juan María Vianney, San Leopoldo Mandić, San Pío de Pietrelcina y el Beato Michał Sopoćko. Cuatro vidas sacerdotales cuya santidad brotó, en buena medida, de la fidelidad a ese tribunal de misericordia donde la Iglesia restituye a los penitentes la gracia perdida. «En el confesionario, queridos hermanos, colaboramos en la continua edificación de la Iglesia: una, santa, católica y apostólica; y así damos también energías nuevas a la sociedad y al mundo», les dijo el Papa.

La exhortación final fue, en consecuencia, coherente con el ejemplo invocado: León XIV pidió a los nuevos confesores que ellos mismos se acercaran al sacramento del perdón con «fiel constancia», para ser «los primeros beneficiarios de la divina Misericordia» de la que serán ministros.

La pregunta incómoda sobre los conflictos armados

El discurso situó la reconciliación sacramental en el horizonte más amplio de la paz. Tras definirla como «laboratorio de unidad» –que restablece sucesivamente la unión con Dios, la unidad interior de la persona y la comunión con la Iglesia–, León XIV proyectó esa lógica sobre la escena internacional con una interpelación directa: «Esos cristianos que tienen graves responsabilidades en los conflictos armados, ¿tienen la humildad y el valor de hacer un serio examen de conciencia y de confesarse?»

La frase, formulada como pregunta retórica, no cita conflictos ni protagonistas concretos, pero su alcance es inequívoco. Para el Papa, la paz entre los pueblos es fruto de personas interiormente reconciliadas: quien depone «las armas del orgullo» y se deja renovar continuamente por el perdón de Dios «se convierte en operador de reconciliación en la vida de cada día». León XIV cerró con las palabras atribuidas a San Francisco de Asís –«Señor, hazme instrumento de tu paz»– y encomendó a los participantes a María, Madre de la Misericordia, antes de impartir la bendición apostólica.