sábado, 31 de octubre de 2026

Mensaje del Papa León XIV al Cardenal Rouco Varela con motivo de sus bodas de oro episcopales


Traducción al castellano:

A nuestro venerable hermano

ANTONIO MARÍA, Cardenal de la Santa Iglesia Romana, ROUCO VARELA

Arzobispo emérito de Madrid

Al celebrar el jubileo de oro de su consagración episcopal, le felicitamos fraternalmente por este gozoso acontecimiento, recordando su prolongada misión pastoral en las comunidades eclesiales que le fueron encomendadas, así como su diligente labor, desempeñada con dedicación, en la Conferencia Episcopal Española y en los diversos Dicasterios de la Santa Sede Apostólica.

Al recordar su solicitud y fidelidad en la comunión de la Iglesia, y habiendo cumplido dignamente sus responsabilidades con caridad y obediencia, le deseamos toda clase de bienes.

Por intercesión de la Bienaventurada Virgen María, imploramos para él los dones celestiales y, como prenda de la recompensa divina, le impartimos muy gustosamente nuestra Bendición Apostólica, que extendemos también a sus familiares.

Desde el Vaticano, el día 24 de octubre del año del Señor 2026.

León XIV, Papa

Eucaristía de acción de gracias en el 50° aniversario de la ordenación episcopal del Cardenal Don Antonio María Rouco Varela

 

viernes, 30 de octubre de 2026

Medio siglo de fidelidad y pastoreo: al Cardenal Don Antonio María Rouco Varela en sus Bodas de Oro Episcopales

El 31 de octubre de 2026, la Iglesia en España se viste de gala y, sobre todo, de un profundo agradecimiento. Se cumplen exactamente 50 años desde que el Cardenal Antonio María Rouco Varela recibiera la consagración episcopal, medio siglo de entrega absoluta, magisterio fecundo y un amor inquebrantable a Jesucristo y a su Iglesia. Como nos recuerda el profeta Jeremías: «Os daré pastores según mi corazón, que os apacienten con ciencia y con inteligencia» (Jer 3, 15). Don Antonio María ha sido, sin duda, uno de esos pastores providenciales, cuya huella guiará a generaciones de católicos durante mucho tiempo.

Al volver la vista atrás, el propio Cardenal Rouco resumía su sentir con una humildad que conmueve: «Desde tu pequeñez, al lado de lo que el Señor hace contigo, lo que te sale del corazón es decirle a Él gracias». Esa gratitud será compartida mañana por miles de fieles que se unirán a la eucaristía de acción de gracias en la Catedral de la Almudena.

De las tierras compostelanas al corazón de la capital

La andadura episcopal de Don Antonio María comenzó en su Galicia natal. El Papa Pablo VI lo llamó al orden episcopal nombrándolo Obispo titular de Gergi y Obispo auxiliar de Santiago de Compostela en 1976. Aquella histórica consagración el 31 de octubre en la imponente seo compostelana marcó el inicio de un servicio incansable. Su inteligencia teológica y su celo apostólico no pasaron desapercibidos, y en 1984 fue designado Arzobispo de Santiago de Compostela, abriendo las puertas de la ciudad del Apóstol al mundo entero.

Su brillante labor pastoral en tierras gallegas hizo que, en 1994, el Papa San Juan Pablo II lo nombrara Arzobispo de Madrid, una archidiócesis que pastoreó con pulso firme, valentía y corazón de padre durante veinte años. Creado Cardenal en 1998, su figura se consolidó como un faro doctrinal y moral, presidiendo además la Conferencia Episcopal Española en dos etapas cruciales.

El gran arquitecto de la pastoral juvenil: Impulsor de las JMJ

Si hay un legado que brilla con luz propia en el ministerio del Cardenal Rouco Varela es su histórica y visionaria apuesta por los jóvenes. Don Antonio María entendió, al igual que San Juan Pablo II, que la juventud no es el futuro de la Iglesia, sino su vibrante presente. Bajo su guía y empuje directo, España se convirtió en el epicentro de la catolicidad juvenil global en dos ocasiones inolvidables. La primera Santiago de Compostela en 1989. Un hito que demostró la vigencia de las raíces cristianas de Europa a través del Camino de Santiago. La segunda sería Madrid en 2011. Una de las JMJ más multitudinarias y espirituosas de la historia, presidida por el Papa Benedicto XVI, donde el asfixiante calor de Cuatro Vientos se transformó en una fiesta de fe inquebrantable.

Don Antonio María siempre defendió que el encuentro de los jóvenes con Cristo transforma sociedades. Como él mismo afirmó en uno de sus recordados discursos: «La juventud no está perdida cuando se le ofrece la verdad del Evangelio sin rebajas y la belleza de una vida entregada al prójimo».

Obras, proyectos y un legado imborrable

El episcopado del Cardenal Rouco no solo se midió en grandes eventos, sino en hitos estructurales que dinamizaron la vida diocesana. Entre sus grandes proyectos destacan la Universidad Eclesiástica San Dámaso impulsada por él en Madrid, convirtiéndola en un referente internacional de excelencia teológica y filosófica. La reestructuración territorial y pastoral de la diócesis de Madrid, la creación de nuevas parroquias para acercar la Iglesia a los nuevos barrios. 

Defensa de la vida y la familia: Su voz valiente y clara en el debate público español, defendiendo la dignidad humana desde su concepción hasta su fin natural.

Su inmensa labor ha sido reconocida en este aniversario por el actual arzobispo de Madrid, el Cardenal José Cobo, quien le hace entrega de la primera Medalla Honorífica de la archidiócesis de Madrid, un broche de oro institucional que plasma el sentir de todo su pueblo.

La fidelidad inquebrantable del Cardenal Don Antonio María Rouco Varela al mandato de la Iglesia brilla con especial fuerza en medio de las tormentas, la persecución mediática y las campañas de calumnia barata. A lo largo de su ministerio, Don Antonio nunca dejó de abrazar y amar la Cruz, encarnando en cada instante de su existencia su lema episcopal: “In ecclesiae communione” (En la comunión de la Iglesia).

Su trayectoria deja en evidencia una profunda entrega pastoral frente a la hostilidad ideológica. Su magisterio y su vida se han cimentado en la obediencia y el amor a la Iglesia, asumiendo el sufrimiento y los ataques frontales como parte de su entrega y su configuración con Cristo. Frente al ruido de los juicios mediáticos y las difamaciones, sus silencios prudentes, su dignidad y su forma de ofrecer las cruces de cada día lo han convertido en un referente espiritual y moral indiscutible para miles de fieles tanto en Madrid como en toda España.

La paradoja de sus detractores: Quienes han intentado dañar a este hombre de Dios basándose en premisas puramente ideológicas a menudo se retratan a sí mismos. Resulta paradójico que aquellos sectores que constantemente se abanderan en el progreso, el respeto y la tolerancia hacia la diversidad de pensamiento sean, a la hora de la verdad, los primeros en intentar destruir y perseguir al que piensa y enseña de forma diferente.

El legado de Don Antonio permanece como el de un pastor íntegro que, por encima de las modas del mundo y los ataques mundanos, prefirió siempre mantener la mirada fija en el Evangelio y en la comunión eclesial, sabiendo que del mal recibido y de la persecución injusta solo Dios es el juez definitivo.

Las palabras de la Carta a los Hebreos resumen muy bien lo que es la vida de un Arzobispo que a sus 90 años sigue anunciando al Señor con la misma fuerza del primer día: «Acordaos de vuestros guías, que os anunciaron la Palabra de Dios; considerad el desenlace de su vida e imitad su fe» (Hebreos 13, 7). 

¡Gracias, Don Antonio María, por cincuenta años de fortaleza, paternidad y fidelidad inquebrantable al Evangelio!

«Rezar por nuestros difuntos es una manera de mantener viva su memoria». Entrevista al Delegado Episcopal de Liturgia D. José Luis González Vázquez 

(Iglesia de Asturias) Este domingo, 1 de noviembre, la Iglesia celebra la solemnidad de Todos los Santos y al día siguiente, el lunes, los Fieles Difuntos. Para profundizar en el sentido de estas dos celebraciones tan importantes en el calendario cristiano, hablamos con el Delegado Episcopal de Liturgia, D. José Luis González.

¿Qué celebramos exactamente el día de todos los santos y por qué la iglesia le dedica un día en concreto cuando realmente pues ya celebramos un santo casi todos los días de la semana?

Pues sí, ciertamente en el calendario cristiano, que más o menos es el calendario que todos tenemos colgado en la cocina, pues aparecen las fiestas de muchos santos con nombres y apellidos pero el que se le dedique un día, en este caso el primero de noviembre, a celebrar Todos los Santos tiene una razón muy sencilla: son todos esos hombres y mujeres, niños y ancianos que pasaron por este mundo tomando como guía el evangelio en silencio, sin autoridad, sin canonización, sin prácticamente biografías, pero sin embargo pusieron su granito de arena para hacer un mundo mejor y la Iglesia tiene memoria agradecida. Aunque no conserve sus nombres, sí conserva sus hechos y de alguna manera nos los presenta y nosotros el pueblo cristiano los celebramos con alegría de corazón, son los santos anónimos que no tienen un día concreto en el calendario.

Al día siguiente se celebra los Fieles Difuntos. ¿Están ambas fechas relacionadas?

Pues sí, esta relación no es casual y expresa, a mi modo de entender, una verdad profunda. El primero de noviembre miramos y celebramos a quienes ya están en la Gloria y la Gloria no es algo, la Gloria es Alguien: la Gloria es Cristo y por lo tanto participamos de su gozo y el 2 de noviembre, el día siguiente, celebramos a todos aquellos que están camino de ella, camino de la Gloria. Unos ya han llegado y otros están en camino, viene a ser, podríamos decir, como dos caras de la misma moneda, es su mismo misterio, el misterio de los santos y el misterio de los difuntos, los que llegaron y los que están en camino.

D. José Luis González ¿Cómo señala la Iglesia que se deben celebrar estos días?

Bueno, en primer lugar con la memoria agradecida. Lo dice con toda claridad el refrán popular: «De bien nacidos es el ser agradecidos» y la gratitud es la memoria del alma y la Iglesia tiene memoria. La memoria de la Iglesia no es algo sino que es Alguien, es el Espíritu Santo y entonces nos recuerda por un lado esta gente buena y nosotros lo celebramos con alegría de corazón. Después están los otros que están en camino que también lo celebramos con nuestra ayuda y con nuestra intercesión, es decir, con nuestra oración y sobre todo con la recomendación que nos hace la Iglesia, que los difuntos ocupan un lugar, están en un sitio, están en el cementerio. El cementerio es una palabra muy bonita que significa dormitorio y por eso nos invita a que los visitemos, a que no caigan en el olvido, tenemos una historia y esa historia forma parte de nuestra vida y sobre todo rezamos por ellos porque es una manera de mantener la memoria viva y los lazos de comunión con ellos.

¿Qué se hacía antiguamente? ¿Cuáles eran las tradiciones habituales en estos días?

Sí, la Iglesia es una comunidad que tiene raíces y decir que tiene raíces significa que tiene tradición, no meras costumbres. Las costumbres pasan como pasa el tiempo, las tradiciones son como las raíces, dan vida al árbol y sostienen el tronco. En primer lugar la gran tradición queda muy bien reflejada en aquella frase hermosa que dice Mónica a su hijo Agustín en el puerto de Ostia: «Hijo, yo voy a morir. No me importa dónde me entierres, lo que sí que te pido es que me recuerdes ante el Altar de Cristo» y esto es lo que sigue haciendo la Iglesia a través del tiempo: ofrece la Eucaristía, celebra la Santa Misa, visita los cementerios, pide por ellos y enciende normalmente en las tumbas una vela, que es algo que da luz, que da calor y que, en definitiva, hace referencia a una vida que aunque desapareció permanece en el regazo de Dios.

¿Cómo podemos hoy en día celebrar los cristianos de estas fechas en un ambiente tan diferente al que había antiguamente?
En primer lugar, no banalizar un acontecimiento tan importante como es la muerte y quizás algunas fiestas de las que hoy se está introduciendo en nuestra cultura, lo banalizan.

La muerte es un momento importante en la vida del cristiano y de la vida de la persona y hay que prepararla. La Iglesia nos pide, en primer lugar, que no la banalicemos y, en segundo lugar, nos invita a que visitemos los lugares donde descansan nuestros seres queridos y nos estimula para ello concediendo una indulgencia plenaria por la visita.

¿Qué es la indulgencia? 

Pues la indulgencia es la ayuda que nos presta la Iglesia ante un mal hecho, ya perdonado, pero que no ha sido reparado. Un ejemplo muy sencillo: unos niños se encuentran jugando en un patio, uno de ellos tira el balón más fuerte de lo debido y rompe un cristal, se acerca al dueño y le dice «Perdón, rompí el cristal jugando». El dueño le responde: «Bueno anda no te preocupes, te perdono». Pero el cristal sigue roto, alguien lo tiene que pagar y alguien lo tiene que poner y dice el refrán popular que «el que rompe, paga». Pues la indulgencia plenaria es como si le dijese el dueño: «No te preocupes que el cristal lo pago yo». Eso es una indulgencia plenaria.

La celebración de todos los santos es también una llamada a la santidad para todos nosotros que, a veces, se nos antoja muy lejana. ¿Qué consejo podría darnos a todos nosotros en medio de las ocupaciones tan diversas y rutinarias en esta vida que llevamos, para luchar por esa santidad?

Pues sí quizás estamos acostumbrados a ver los santos de calendario que ciertamente ofrecen un testimonio cristiano de mucho calado, de mucho valor, pero sin embargo la mayoría son gente como nosotros que pasaron por este mundo haciendo el bien, haciendo lo que tenían que hacer con sinceridad de corazón. Yo suelo decir: «con mente limpia, con una palabra verdadera y con una manera de vivir fiel». Es decir: transparencia, veracidad y fidelidad en las cosas que hacemos cada día.

Muchas personas vamos al cementerio estos días a rezar por nuestros familiares fallecidos, amigos etc. Se ponen flores, se arreglan lápidas. ¿Qué oración nos recomienda que podamos rezar delante de los restos de nuestros seres queridos?
Pues yo la oración que recomendaría sería esta: «Señor, acuérdate de mis padres, de mis abuelos, de mis hermanos, de mis sobrinos, en fin de esas personas a las que queremos y acógelas en tu regazo». No hay mejor oración y no hay mejor sitio para estar. El mejor sitio para un niño que acaba de nacer es el regazo de su madre. El mejor sitio para una persona que ha muerto es el regazo de Dios, que es Padre y Madre con creces y además al mismo tiempo.

jueves, 29 de octubre de 2026

Este Sábado en Madrid


León XIV expresa su pésame ante el accidente en Urda con un telegrama al arzobispo de Toledo

(C. E. E.) El papa León XIV ha dirigido un telegrama al arzobispo de Toledo, Mons. Francisco Cerro Chaves, con el que muestra su pésame ante el «trágico accidente ferroviario« sucedido en Urda (Toledo). El mensaje —publicado en el Boletín de la Santa Sede— está firmado por el Secretario de Estado del Vaticano, el Card. Pietro Parolin.

Con el telegrama, el Santo Padre se muestra «vivamente apenado» por las numerosas víctimas y heridos ocasionadas por el accidente ferroviario y ofrece sufragios por el descanso de los difuntos. También pide por la «pronta recuperación de los heridos» y por los equipos de rescate que perseveran en los «trabajos de socorro y asistencia». «Les imparte a todos de corazón la confortadora bendición apostólica, como signo de esperanza en el Señor Resucitado», concluye el telegrama.

Los obispos de Europa rezan por las víctimas

Además, el Consejo de Conferencias Episcopales Europeas (CCEE) celebra su Asamblea Plenaria en Salzburgo del 27 al 30 de octubre. Ante el accidente en Urda, el CCEE ha manifestado sus condolencias por medio de su presidente, Mons. Gintaras Grusas. Tras conocer la triste noticia, el CCEE ofreció la Eucaristía del miércoles 28 de octubre en la Catedral de Salzburgo por el eterno descanso de las víctimas.

Además, la Conferencia Episcopal Española está recibiendo numerosas muestras de condolencia de Conferencias Episcopales de todo el mundo.

miércoles, 28 de octubre de 2026

El Cardenal Cobo y Episcopado Español ante las bodas de oro de Rouco Varela: una oportunidad histórica para sanar la comunión.

La archidiócesis de Madrid se encamina hacia una fecha de alta trascendencia eclesial y humana: las bodas de oro episcopales del Cardenal Antonio María Rouco Varela. Más allá de la legítima efeméride litúrgica, esta conmemoración sitúa al actual arzobispo, el Cardenal José Cobo, ante una oportunidad histórica y pastoral de primer orden: la de clausurar definitivamente un ciclo de profunda división interna y sanar las heridas que el anterior pontificado dejó abiertas en el tejido diocesano.

Es un hecho incontestable que el clero madrileño, sus seminaristas, el laicado y numerosas congregaciones conservan un arraigado afecto y respeto por la figura del Cardenal Rouco, un hombre qué, con sus aciertos y sus firmes convicciones, sirvió a la Iglesia con toda su alma. Por ello, el contraste entre su legado y los años de Monseñor Carlos Osoro sigue siendo objeto de dolorosa memoria en los pasillos de la Archidiócesis. El pontificado del prelado cántabro comenzó con aquel lamento de que "los curas jóvenes de Madrid no me quieren", y concluyó en una suerte de profecía autocumplida, afirmando que el clero nunca le había profesado afecto, terminando sus días en Madrid en una dolorosa sensación de aislamiento y traición generalizada. Aunque hubo quien le recordó a Don Carlos Osoro que cuando él era arzobispo de Oviedo invitaba con frecuencia al Cardenal de Madrid, e incluso en una cena con sacerdotes Don Carlos afirmó ''yo soy obispo gracias a Don Antonio María''. Poco agradecido fue al final, pero ya saben lo que dicen de los de Santander, que tienen "una cara pa comprar, y otra pa vender''.

La gestión de aquellos años estuvo marcada, a ojos de gran parte de la diócesis, por una serie de agravios institucionales hacia el cardenal emérito Don Antonio. La memoria colectiva presbiteral recuerda el férreo silencio impuesto por Monseñor Osoro cuando el Consejo Episcopal y los obispos auxiliares solicitaron una nota aclaratoria para defender al Cardenal Rouco de la calumnia mediática sobre su vivienda —curiosamente, el domicilio posterior del propio Osoro que no desentonaría en absoluto con las exigencias de su rango—. A esto se sumaron decisiones de un marcado carácter simbólico: la supresión de la masiva Fiesta de las Familias en Colón, el traslado de la misa de la Almudena fuera de la Plaza Mayor, las directrices para evitar su presencia en las festividades del Seminario, o el desaire de obligarle a entrar por una puerta lateral de la Catedral el día de su 80 cumpleaños sin presencia del Cabildo; una restricción que muchos canónigos desobedecieron en masa para arropar al homenajeado. Queda para el recuerdo cuando Don Carlos Osoro quiso prohibir el canto del himno a la Almudena, e incluso pidió que se compusiera otro para postergar el conocido por considerarlo de un tiempo ya superado. 

En el plano administrativo y académico, la ruptura de comunión se evidenció en la hostilidad de una auditoría inicial concluida en 2015 por la Consultora PwC (2015) cuyas conclusiones positivas se intentaron silenciar, y en la negativa a publicar las obras completas de Rouco Varela, un honor que sí recibió Monseñor Suquía y arzobispos anteriores, y que el propio Osoro reclamó para sí al concluir su mandato. La herida historiográfica quedó rubricada cuando la Archidiócesis patrocinó una historia oficial de la Diócesis encomendada a Juan María Laboa, percibida por amplios sectores como un texto de encargo destinado a empañar el pontificado anterior en sintonía con las campañas de descrédito de ciertos medios digitales religiosos. Esa publicación es hoy un ejemplo claro de lo que nunca un historiador debe hacer: escribir un texto movido por cuestiones ideológicas, filias y fobias o motivaciones económicas. 

Hoy, la fisonomía de la Archidiócesis exige un liderazgo inteligente y magnánimo. El Cardenal José Cobo posee las cualidades y el conocimiento de su clero para entender que prolongar el distanciamiento con el sector conservador abocaría a la Diócesis al mismo callejón sin salida del pasado. Incluso la presencia en su entorno de colaboradores vinculados a esos medios digitales del pasado puede transformarse en la coyuntura perfecta para escenificar un definitivo entierro del hacha de guerra. Las Bodas de Oro episcopales ofrecen el escenario ideal para este reencuentro. Sería un gesto de enorme audacia pastoral que el Cardenal Cobo convocara a toda la Archidiócesis —laicos, religiosas, sacerdotes y obispos, piensen como piensen— mediante un mensaje público o un vídeo diocesano para la eucaristía del próximo sábado. El clero madrileño valorará sobremanera que su actual pastor demuestre la libertad evangélica de reconocer los errores del pasado con el emérito: el silencio ante los ataques injustificados por su nueva vivienda, el freno a la publicación de su magisterio, y el agravio de una publicación oficial de la Diócesis que criticaba al emérito y alababa al entonces arzobispo residencial, Monseñor Osoro. 

La reconciliación total pasa también por la restitución institucional. Madrid ganaría en madurez si esta efeméride fuera el punto de partida para la esperada publicación de las "Obras Completas" del Cardenal Rouco Varela (aún pendientes) desde sus años en Santiago -unicamente están publicados los textos de sus primeros años en Madrid; ''Cardenal Rouco: Cinco años de magisterio en la Iglesia de Madrid (1994-1999)'' en la Editorial EDIBESA por iniciativa de los Padre Dominicos José Antonio Martínez Puche y Braulio González Romero-, o para promover un reconocimiento público y permanente en la capital, ya sea una calle o título. Qué decir de una escultura en los jardines del Seminario de la calle San Buenaventura o una iniciativa que el propio presbiterio sufragaría con agrado. Así mismo, este reconocimiento de gratitud eclesial debería extenderse a sus diócesis de origen: Mondoñedo-Ferrol, celebrando una eucaristía en su catedral o en su Villalba natal, y Santiago de Compostela, invitándole a presidir -por ejemplo- la fiesta del Traslado de los restos del Apóstol en la misma Seo donde recibió la consagración episcopal. En este contexto, las presencias y ausencias del episcopado español este próximo sábado serán muy notables, ya que la Conferencia Episcopal Española se encuentra celebrando sus 60 años de historia, un acontecimiento del que el Cardenal Rouco es un testigo privilegiado. Sería un motivo de profunda alegría evangélica ver entre los concelebrantes a los arzobispos de Tarragona y Barcelona, al propio arzobispo emérito de Madrid, Carlos Osoro, o a los obispos de Málaga, Plasencia, San Sebastián, Mallorca, Gerona o Huesca. Una cita así se convertiría en una bellísima expresión de que la sinodalidad no se queda únicamente en el papel o en las palabras, sino que se traduce en el gesto real de saber reconocer y abrazar al que piensa diferente porque, por encima de todo, es mi hermano.

El próximo sábado, el Cardenal Cobo tiene en sus manos la oportunidad de que la verdad, la caridad y la justicia prevalezcan sobre las viejas dinámicas de exclusión. Su clero espera el gesto de un gran Arzobispo dispuesto a liderar a todos, sin excepciones. Y de restituir el honor a un buen pastor que ha llegado a ser calumniado por la misma Diócesis que pastoreó...