El tiempo cuaresmal es ante todo un tiempo de conversión. Y esta es la idea central para este domingo III; es una jornada para interiorizar cómo está mi conversión personal que ha de traducirse en mi cercanía al Señor y a los hermano. Y en el trato con el prójimo uno puede hasta calcular el grado de conversión; mejora en tanto en cuanto somos capaces de perdonar, dar nuevas oportunidades o partir de cero con quienes hayamos tenido una mala experiencia. Normalmente el egoísmo nos lleva a quejarnos de que no nos dan segundas oportunidades, cuando a menudo somos los primeros que no las concedemos a quienes consideramos que nos han fallado gravemente y no nos merecen. La liturgia de este día incide especialmente en este deseo, como escucharemos en la oración última que en este Tiempo se hace sobre el pueblo y que reza en este domingo lo siguiente: Te pedimos, Señor, que dirijas los corazones de tus fieles y les concedas benigno la gracia de permanecer firmes en el amor a ti y al prójimo, y de cumplir plenamente tus mandamientos.
Las lecturas de este día quieren ayudarnos en este camino de conversión, y para ello nos pone ejemplos muy concretos como por ejemplo el caso de Moisés, que es muy sugerente. El Moisés que había dejado atrás su pasado de príncipe de Egipto, que había huido al desierto y había encontrado la paz y la felicidad con una nueva vida como honrado pastor, cuidando a las ovejas de suegro Jetró. Y es ahí cuando él mejor se encontraba, el momento en que el Señor se le manifiesta en la zarza ardiendo «Yo soy el Dios de tus padres, el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob». Y le manda volver a Egipto, al pasado que daba por olvidado; al último lugar de la tierra al que quisiera ir. Pero no para fastidiarle, sino porque el Altísimo ha escuchado el clamor de su pueblo; había visto su opresión y por ello le envía a decir a los israelitas que sus días en la estepa egipcia van a llegar a su fin, para ponerse en camino a una tierra fértil. A eso se nos llama también a nosotros en esta cuaresma, a dejar la aridez del pecado para disfrutar saciándonos de la gracia. En la experiencia de la zarza Moisés pregunta: ''Si ellos me preguntan: “¿Cuál es su nombre?”, ¿Qué les respondo?'' y es que detrás de todo esto hay una catequesis bellísima; no es que Moisés dude del Señor, sino del que duda es de sí mismo: era tartamudo, le costaba expresarse, se consideraba incapaz de una misión tan compleja. Y esto es lo hermoso, que Moisés tenía fe en Dios pero no en sí mismo, y lo que el Señor quiere hacerle ver es que no estará sólo ante lo que habrá de venir.
Y quiero adentrarme ya directamente en el evangelio de este día que es bastante profundo. Se trata de una escena del capítulo 13 de San Lucas donde aparecen sucesos de la época, que conmocionaron a la sociedad judía. Por ejemplo, lo primero que nos dice el texto es: ''En aquel tiempo se presentaron algunos a contar a Jesús lo de los galileos, cuya sangre había mezclado Pilato con la de los sacrificios que ofrecían''. ¿A que se refiere? Pues bien, no olvidemos que la tierra de Jesús estaba bajo dominación romana aunque respetaban su culto y tradiciones, pero también a veces había revueltas, disputas o altercados, y aquí sale de refilón uno de ellos... Hubo una represión contra unos galileos por parte de una guarnición de soldados de Pilato que no respetaron la sacralidad del templo, sino que los sacrificaron mezclándose la sangre de los animales que se ofrecen en el "sancta sanctorum" con las víctimas humanas. Para los judíos esto era un escándalo: ¿Cómo se atreven los romanos a asesinar en nuestro templo, por qué Yahvé permite esto; es que el pueblo no piensa tomar medidas?... Jesús ya sabía lo que había pasado, pero que se lo fueran a contar delante de los que le escuchaban era una jugada muy astuta; al presentarle este suceso quedaba muy condicionado, pues si lo condenaba podrían decir que estaba contra Roma, y si no se pronunciaba, lo tacharían de traidor a sus paisanos asesinados.
Había opiniones para todo, incluso entre los mismos judíos que interpretaron aquellas muertes terribles como un castigo por la vida de pecado de aquellos galileos. Este es el motivo por el que Jesús les pregunta: ''Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos porque han padecido todo esto? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis lo mismo''. Y es que se nos olvida con frecuencia que Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva. No hay forma más terrible que perecer en la condenación eterna, y Jesucristo les pone como ejemplo otro caso que conocen bien, como es el de la torre de Siloé. Ahí no fue muerte por mano humana, sino que se trató de una catástrofe donde al venirse abajo el edificio acabó con dieciocho vidas. Y sobre esto vuelve a decir el Señor: ''¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera''. Es como si Jesús expusiera hoy tres tipos de muerte: por manos de los hombres, por una catástrofe y, finalmente, por no convertirse, que es la muerte espiritual. Y para esto nos regala la parábola de la higuera plantada en la viña y que no dio fruto. Ante esto se plantean dos propuestas diferentes: cortarla y darla por amortizada, o darle una nueva oportunidad, que conlleva, regar, abonar, cambiarle la tierra... Apostar por esa higuera estéril que es lo que hace el Señor siempre con nosotros: darnos nuevas oportunidades, pues sólo Él es ''compasivo y misericordioso'',
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