miércoles, 26 de marzo de 2025

Ricardo Mejía, sacerdote y filósofo, combate el transhumanismo «obcecado» evitando la «tecnofobia»

(Rel./ Luis Javier Moxó Soto)  ¿Es posible "otro" transhumanismo, distinto del que goza de las preferencias informativas y culturales del momento? Es lo que plantea el sacerdote Ricardo Mejía Fernández en su libro Transhumanismo integral. En torno al deseo de vivir para siempre (Encuentro).

Ricardo Mejía Fernández (n. 1987) es vicario de la basílica de la Sagrada Familia de Barcelona y doctor en Lógica y Filosofía de la Ciencia por las universidades de Salamanca y Memphis, bajo la dirección del Shaun Gallagher, experto en ciencias cognitivas e Inteligencia Artificial. Ha sido profesor e investigador en las universidades de la Sorbona de París, Lovaina y Memphis, y es profesor titular de la Facultad de Filosofía de Cataluña y en la Facultad de Filosofía Civil de la Universidad Ramon Llull de Barcelona. Es director de la revista Actualidad Bibliográfica de Filosofía y Teología. 

- En su obra, usted menciona la necesidad de renovar las bases del humanismo para enfrentar los desafíos tecnológicos. ¿Podría explicar cómo propone integrar el transhumanismo con la tradición humanística de nuestra civilización sin perder de vista los valores esenciales del humanismo cristiano?

-Cuando contraponemos sin remedio el humanismo y el transhumanismo estamos privando a los defensores de este último movimiento de que consideren la riqueza, reflexiva y práxica, de nuestro acervo cultural e intelectual sobre la persona humana.

»Uno de los hechos que se omite a menudo, a causa del miedo que provoca, es que el transhumanismo es un movimiento diverso y abierto, no es algo monolítico y fijado para siempre; y esto, más que un obstáculo, constituye una oportunidad. Transhumanismo integral, no sin cierta ironía en sus páginas, es una invitación a criticar, revisar y reformar la versión más obcecada e ignorante del transhumanismo, la que yo llamo parcial o mayoritaria, con respecto de las aportaciones presentes en la tradición filosófica y teológica de Occidente sobre la persona humana. Por ello, “transhumanismo integral” es a la sazón una concepción nueva e inédita.

- El libro plantea la posibilidad de que se impongan discursos de transformación o sustitución sobre nuestra humanidad y sociedad. ¿Cuál cree que es el mayor riesgo de estos discursos y cómo podemos los católicos contrarrestarlos de manera efectiva?

-Si este transhumanismo mayoritario es cuestionable, no lo es menos un humanismo para el cual la técnica no tenga ningún lugar ni sentido, ni que tampoco preste atención a los avances que contribuyan efectivamente a dignificar la vida humana. Algún filósofo hoy parece que defiende a Platón como salvador de la especie ya que salvar al hombre consistiría en confinarle al margen de la técnica, en vez de ayudarle a afrontarla y responsabilizarse de la misma.

»Mi obra, más realista que la de esta postura tecnofóbica, no es una interpretación buenista hacia uno de los movimientos que más amenazan la integridad e identidad humana, sino que pretende ser más bien implacable con la versión que, sin haber alcanzado todavía la excelencia humana, pretende solamente aumentar la configuración material del hombre, como si esto fuese lo más importante.

»Y es que los posthumanistas pretenden, in extremis, substituir a la persona mediante el producto material de una versión tecnocientífica extrema: quieren crear otro ser. Ni transformar ni substituir… es preciso ante todo afrontar nuestra realidad y proporcionar una respuesta de sentido.

- En diálogo con Jacques Maritain, usted propone un humanismo antropocéntrico integral, pero distanciándose de su pensamiento. ¿Podría profundizar en las diferencias clave entre su propuesta de humanismo integral y el humanismo antropocéntrico parcial de Maritain?

-Jacques Maritain fue un converso y un neotomista muy particular de su tiempo. Había sido ateo y anarcocomunista en su juventud, recibiendo después el don de convertirse a la fe cristiana. Tras una intensa vida intelectual y eclesial, Maritain murió prácticamente como un monje en el seno de una congregación francesa que lo acogió.

»Esto hizo que, en su estilo filosófico, en vez de negar su pasado humanista en tanto que carente de toda verdad, lo interpretase a la luz preclara de la fe; por lo cual no le faltaron críticas de quienes no entendían su actualización personalista de Santo Tomás, como las de Charles Maurras o Julio Meinvielle. Algunas de estas críticas, la mayoría despiadadas, fueron acertadas porque en ocasiones parecía que Maritain virtualizaba la concreción revelada.

»Aunque su estilo abierto y dialogante me lleva a Maritain, me separa de él esto último: si el humanismo quiere ser integral, atendiendo todas las dimensiones de la persona, no puede excluir nuestra dimensión técnica, ni tampoco excusarla en un Dios más virtual en la tendencia que real in obiecto. Un humanismo totalmente atécnico, además de no hacer justicia a una importante dimensión y capacidad humana, es a todas luces anacrónico.

- Como filósofo y vicario adscrito de la basílica de la Sagrada Familia, ¿cómo cree que la religión católica, o en general las religiones, pueden colaborar con el transhumanismo para ofrecer una visión más completa de la salvación humana? ¿Cree que hay puntos de convergencia entre ambos enfoques?

-La fe cristiana contiene verdades perennes incluso para el presente tecnocientífico en el cual ya no solo es posible sino factible modificar la identidad específica de lo humano. El transhumanismo integral no es una ruptura hacia el humanismo de nuestra civilización, sino una ampliación de sus presupuestos y temas a la hora de abordar a la persona, así como evitando sacralizar lo que no es más que una reflexión natural que, si bien no está no basada temáticamente en la economía salvífica, está motivada y arraigada en ella.

»El auténtico antropocentrismo está referido a Dios, origen, fundamento y meta del ser humano, en cuanto realidad, en cuanto problema y en cuanto tendencia ineludibles. ¿Puede ser integral un humanismo que no se percata que la persona puede autodestruirse técnicamente pero que también puede robustecer lo más excelente de su vida natural? De aquí el prefijo “trans” de mi propuesta, puesto que cabe superar el humanismo excluyente y parcial (subsumiendo el hombre en un espiritualismo etéreo o en un materialismo determinista) que ha colapsado el presente mediante una todavía luminiscente reflexión que hunde sus raíces en nuestra cultura.

-El transhumanismo plantea el deseo de vivir para siempre, un anhelo humano que ha existido desde tiempos inmemoriales. ¿Cuáles son, en su opinión, las implicaciones éticas más importantes de este deseo y cómo deberíamos abordarlas desde una perspectiva filosófica, bioética y teológica?

-Los humanistas y los transhumanistas mayoritarios tienen algo en común: ambos reconocen que el hombre consta de este extraño deseo de vivir por siempre, de manera plena y fecunda… Esto que los medievales llamaban el desiderium naturale videndi Deum nos dice mucho.

»Quizá los transhumanistas parciales no se dan cuenta que gran parte del final de plenitud que ansían se encuentra, al menos como deseo, ya en el inicio. ¿Será que la persona humana actual es imprescindible para la transición que buscan? ¿Ya no es tan imperfecta como piensan? Sin esta tendencia natural hacia la plenitud no podríamos ni tan solo trabajar mínimamente en conseguirla. Esto se asocia con una religación natural en el hombre, si bien los transhumanistas que copan el escenario contemporáneo se equivocan en la respuesta que ofrece: que ese deseo infinito se colmará con lo finito, parcial e imperfecto de las producciones tecnocientíficas.

»Este es el error que les lleva a convertir nuestra relación con las tecnociencias en una relación pseudoreligiosa, dependiente e incluso inhumana. En esta tecnosalvación hay soluciones muy concretas, pero falsas en su planteamiento y articulación, mediante el uso de fármacos, dispositivos y técnicas que comprometen la integridad, identidad y los límites asociados a nuestra especie, por lo que me preocupa especialmente la eugenesia biologicista y la edición genética a nivel embrionario. ¿Puede ser posible, por el contrario, una viricultura de la mejora y el cuidado integrales de la persona humana? Esta es la cuestión bioética clave de mi libro.

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