viernes, 21 de marzo de 2025

La limosna en el camino cuaresmal. Por Luis Manuel Romero Sánchez

La conversión a la que estamos llamados, de un modo especial, en este tiempo de Cuaresma no es algo abstracto, sino que se debe concretizar en gestos concretos, que son las llamadas obras de misericordia. Mediante las corporales tocamos la carne de Cristo en los hermanos y hermanas que necesitan ser nutridos, vestidos, alojados, visitados, mientras que las espirituales tocan más directamente nuestra condición de pecadores: aconsejar, enseñar, perdonar, amonestar, rezar.

Practicando las obras de misericordia vamos a hacer realidad esas tres prácticas cuaresmales que nos enseña el evangelio y que forman parte de la tradición de la Iglesia: la limosna, la oración y el ayuno.

Cuando hablamos de limosna estamos pensando siempre sólo en dar y compartir nuestro dinero, pero también consiste en ofrecer nuestro tiempo, nuestras capacidades y cualidades, nuestra persona entera. Es decir, la limosna más que “dar” consiste en “darse”, hacer de nuestra vida un don para los demás.

El papa Francisco nos invita en esta cuaresma a concebir este camino de conversión a la luz del proceso sinodal, que es un camino de ascesis, en el que vamos a encontrar dificultades.

Aprender a conjugar la primera persona del plural

En la sociedad actual, en la que prevalece el individualismo, la limosna consiste en darnos y ofrecernos a los demás, en ser capaces de caminar con los demás, especialmente con los que sufren, con los más pobres y marginados o excluidos.

Practicar la limosna en esta cuaresma, en clave sinodal, es una llamada como Iglesia a salir de la autorreferencialidad, del inmovilismo, y abrirnos a todos los hombres y mujeres, siendo una Iglesia madre, hogar y familia.

A nivel personal, dar limosna significa aprender a conjugar la primera persona del plural, hacer realidad el deseo de caminar junto a otros, desde la escucha activa, el diálogo profundo y el discernimiento comunitario.

En definitiva, pidamos al Espíritu Santo que durante esta cuaresma nos convirtamos al hermano, también al que es diferente a nosotros, para que caminando juntos, desde la unidad y la diversidad, podamos descubrir a Cristo, su Misterio Pascual, como el centro de nuestra vida.

C.E.E. El autor del artículo es Director Secretariado-Comisión Episcopal para los Laicos, Familia y Vida

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