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lunes, 17 de octubre de 2016
Redimensionarse: ¿Qué pasaría si...?. Por Guillermo Juan Morado

No dejo de pensar en que Cristo fundó la Iglesia contando con los Doce, con todo el sentido y el simbolismo de esos “Doce”.
La Iglesia no es una obra humana, sino que entra en el plan salvífico de Dios. Y Dios ha querido contar no solo con las misiones de Cristo y del Espíritu Santo, sino también con la misión de la Iglesia que, gracias a Cristo y al Espíritu, sigue haciendo posible hoy el encuentro de los hombres con Dios.
¿Qué es lo esencial en la vida de la Iglesia? Que, gracias a la predicación del Evangelio – de la revelación en su totalidad – , los hombres pueden encontrarse con Dios y recibir de Él, por medio de los sacramentos, la vida “nueva”, plena, que se inicia aquí, en la tierra, y que tiene su culminación en el cielo.
Esta misión no depende de los números, o no solo de ellos. La Iglesia de Cristo es la misma en el siglo I, con solo Doce columnas, u hoy en día, que sigue teniendo esas mismas columnas. La responsabilidad, en el siglo I y en el XXI, es idéntica: servir de mediación para que el encuentro revelador y salvador de Dios con los hombres tenga lugar.
Lo importante es que la Iglesia siga siendo fiel a su misión y a su razón de ser: mediación, escogida por Dios, para llevar a cabo la revelación y la salvación. Sin eso, la Iglesia estaría de sobra. La Iglesia está en el mundo para hacer posible que los hombres, de modo seguro, entren en comunión con Dios.
Benedicto XVI, Joseph Ratzinger, se pregunta en algún pasaje de su obra sobre Jesús de Nazaret: ¿Qué ha traído Jesús al mundo? La respuesta es muy sencilla: a Dios. “Ha traído a Dios”.
Jesús ha traído a Dios. Y no es poco lo que ha traído al mundo, sino que es lo decisivo, ya que “el hombre sólo se puede comprender a partir de Dios, y sólo viviendo en relación con Dios su vida será verdadera”.
Y eso mismo, y forma parte del designio divino, le corresponde a la Iglesia: Hacer que Dios esté presente en el mundo, porque solamente así el hombre llegará a vivir en la verdad y en la libertad.
Esta convicción fundamental le regala a la Iglesia una enorme capacidad de iniciativa y de renovación. No pasaría nada si la Iglesia, en su configuración histórica, dejase de ser lo que, circunstancialmente, es para seguir siendo lo que, esencial y teológicamente, ha de ser.
¿Qué pasaría si… tuviésemos menos parroquias, solo las necesarias? ¿Qué pasaría si… nos juntásemos un poco más para celebrar la fe? ¿Qué pasaría si… nos desprendiésemos de tantos edificios que solo causan pérdidas y nos quedásemos solo con los imprescindibles?
La respuesta, creo, es: No pasaría nada. La Iglesia seguiría siendo lo que es: La mediación, querida por Cristo, para que Dios siga viniendo al mundo. Algo parecido a lo que, en los orígenes, pasó con los Doce.
La Iglesia no ha surgido para ser una ONG, ni una especie de ONU, ni un cajero automático para resolver las necesidades de dinero disponible de todo el mundo. La Iglesia no es eso, ni puede serlo.
La Iglesia solo tiene sentido si lleva a Dios. Y, para ese fin, no es sustancial ser, o tener, una gran estructura. Eso es puramente accidental. Redimensionarse no es abdicar de la propia responsabilidad, sino optimizarla.
sábado, 15 de octubre de 2016
Evangelio del Domingo XXIX del Tiempo Ordinario

En aquel tiempo, Jesús, para explicar a sus discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse, les propuso esta parábola: «Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres. En la misma ciudad había una viuda que solía ir a decirle: "Hazme justicia frente a mi adversario." Por algún tiempo se negó, pero después se dijo: "Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esta viuda me está fastidiando, le haré justicia, no vaya a acabar pegándome en la cara."»
Y el Señor añadió: «Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche?; ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?»
Palabra del Señor
Les dijo una parábola sobre la necesidad de orar. Por Raniero Cantalamessa

Este ideal de oración continua se ha llevado cabo, en diversas formas, tanto en Oriente como en Occidente. La espiritualidad oriental la ha practicado con la llamada oración de Jesús: «Señor Jesucristo, ¡ten piedad de mí!». Occidente ha formulado el principio de una oración continua, pero de forma más dúctil, tanto como para poderse proponer a todos, no sólo a aquellos que hacen profesión explícita de vida monástica. San Agustín dice que la esencia de la oración es el deseo. Si continuo es el deseo de Dios, continua es también la oración, mientras que si falta el deseo interior, se puede gritar cuanto se quiera; para Dios estamos mudos. Este deseo secreto de Dios, hecho de recuerdo, de necesidad de infinito, de nostalgia de Dios, puede permanecer vivo incluso mientras se está obligado a realizar otras cosas: «Orar largamente no equivale a estar mucho tiempo de rodillas o con las manos juntas o diciendo muchas palabras. Consiste más bien en suscitar un continuo y devoto impulso del corazón hacia Aquél a quien invocamos».
Jesús nos ha dado Él mismo el ejemplo de la oración incesante. De Él se dice en los evangelios que oraba de día, al caer de la tarde, por la mañana temprano y que pasaba a veces toda la noche en oración. La oración era el tejido conectivo de toda su vida.
Pero el ejemplo de Cristo nos dice también otra cosa importante. Es ilusorio pensar que se puede orar siempre, hacer de la oración una especie de respiración constante del alma incluso en medio de las actividades cotidianas, si no reservamos también tiempos fijos en los que se espera a la oración, libres de cualquier otra preocupación. Aquel Jesús a quien vemos orar siempre es el mismo que, como todo judío de su tiempo, tres veces al día -al salir el sol, en la tarde durante los sacrificios del templo y en la puesta de sol- se detenía, se orientaba hacia el templo de Jerusalén y recitaba las oraciones rituales, entre ellas elShema Israel, Escucha Israel. El sábado participa también Él, con los discípulos, en el culto de la sinagoga y varios episodios evangélicos suceden precisamente en este contexto.
La Iglesia igualmente ha fijado, se puede decir que desde el primer momento de vida, un día especial para dedicar al culto y a la oración, el domingo. Todos sabemos en qué se ha convertido, lamentablemente, el domingo en nuestra sociedad; el deporte, en particular el fútbol, de ser un factor de entretenimiento y distensión, se ha transformado en algo que con frecuencia envenena el domingo... Debemos hacer lo posible para que este día vuelva a ser, como estaba en la intención de Dios al mandar el descanso festivo, una jornada de serena alegría que consolida nuestra comunión con Dios y entre nosotros, en la familia y en la sociedad.
Es un estímulo para nosotros, cristianos modernos, recordar las palabras que los mártires Saturnino y sus compañeros dirigieron, en el año 305, al juez romano que les había mandado arrestar por haber participado en la reunión dominical: «El cristiano no puede vivir sin la Eucaristía dominical. ¿No sabes que el cristiano existe para la Eucaristía y la Eucaristía para el cristiano?».
viernes, 14 de octubre de 2016
Don Manuel González, santo, con otros cuatro más. Por Demetrio Fernández

Cuando la Iglesia eleva a los altares a alguno de sus hijos, y más declarándolo santo, hacemos fiesta grande. Pues cinco beatos son canonizados hoy en Roma: Don Manuel González, obispo español, el jovencito mexicano José Sánchez del Río, el sacerdote argentino José Gabriel Brochero, el mártir de Lasalle francés Hno. Salomone Leclerq, y sor Isabel de la Trinidad, carmelita descalza de Dijon (Francia). Cada uno presenta su propia biografía con características propias, pero todos ellos son un anuncio explícito de la vocación a la que todos estamos llamados, la santidad. Ellos, cada uno a su manera, han respondido generosamente a esa vocación del Señor y han pasado de pecadores a santos. Dios se la lucido en la vida de cada uno de ellos y ha manifestado su gloria. Que todos sintamos la alegría de Dios y de la Iglesia en este día tan bonito.
D. Manuel González nos toca más de cerca por razones históricas y geográficas. Sor Isabel de la Trinidad viene a sumarse en la rica tradición carmelitana con aportaciones propias en sus elevaciones a la Stma. Trinidad. El jovencito José Sánchez del Río, con 14 años, dio un testimonio de gran valentía, gritando ¡Viva Cristo Rey! mientras lo martirizaban en México. El cura Brochero es un sacerdote diocesano de Córdoba /Argentina, entregado a su ministerio y amigo de los pobres, que muere leproso por atenderlos. El Hno. Salomone es mártir de la revolución francesa.
D. Manuel González nació en Sevilla, fue niño Seise en su catedral, ordenado sacerdote por el beato cardenal Espínola, arzobispo de Sevilla. Fue obispo auxiliar de Málaga y después obispo residencial de Málaga. Es conocido como el «apóstol de los Sagrarios abandonados», y trabajó para fomentar la devoción eucarística, fundando la Congregación de las Misioneras Eucarísticas de Nazaret (Nazarenas), la Unión Eucarística Reparadora, el Granito de Arena, etc. En 1935 fue nombrado obispo de Palencia, donde está su sepulcro. Murió en 1940.
Me llamó mucho la atención leer su epitafio: «Pido ser enterrado junto a un Sagrario, para que mis huesos, después de muerto, como mi lengua y mi pluma en vida, estén siempre diciendo a los que pasen: ¡Ahí está Jesús! ¡Ahí está! ¡No lo dejéis abandonado!». Y allí se encuentra en la capilla del Sagrario de la Catedral de Palencia. Ante un misterio tan grande, como es la Eucaristía, corremos el riesgo de acostumbrarnos a ello y no caer en la cuenta de la grandeza de esta presencia, que es prolongación del sacrificio del Calvario, que es comunión del Cordero, que es presencia del Resucitado en medio de nosotros. La canonización de este apóstol de la Eucaristía nos despierte ante tan gran misterio.
Los dos mártires, el jovencito y el hermano de la Salle, nos recuerdan que en tiempos revueltos no hay que amilanarse o encogerse, sino estar dispuesto a dar la vida proclamando a Jesucristo, nuestro único Rey, pasando todas la penalidades que vengan por su causa. El cura Brochero fue un cura ejemplar en el ejercicio de su ministerio sacerdotal y en su desbordamiento de amor a los pobres. Sor Isabel de la Trinidad, carmelita descalza, muere jovencita (a los 26 años), encendida de amor a la Santísima Trinidad, dejándonos escritos preciosos sobre el tema.
Los santos son los mejores hijos de la Iglesia. Y la Iglesia los tiene por miles, de todas las edades, de todas las épocas, de todos los estados de vida. Constituyen un catálogo precioso y riquísimo. En esa familia de santos hemos sido incorporados nosotros por el bautismo para llegar a ser santos también nosotros. Que los santos que hoy son canonizados nos alcancen la santidad que Dios nos tiene preparada, y a la que queremos responder generosamente, cada uno desde su propia situación.
Orar con el Salmo del Día

R/. Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad
Aclamad, justos, al Señor,
que merece la alabanza de los buenos.
Dad gracias al Señor con la cítara,
tocad en su honor el arpa de diez cuerdas.
Que la palabra del Señor es sincera,
y todas sus acciones son leales;
él ama la justicia y el derecho,
y su misericordia llena la tierra.
Dichosa la nación cuyo Dios es el Señor,
el pueblo que él se escogió como heredad.
El Señor mira desde el cielo,
se fija en todos los hombres.
jueves, 13 de octubre de 2016
Homilía del Cardenal Amato en la Beatificación de los Mártires de Nembra.

Los cuatro mártires, que la Iglesia beatifica hoy, son víctimas de la persecución de 1936. Se trata del párroco de Nembra -parroquia de Aller en Asturias-, don Jenaro Fueyo Castañón, y de tres parroquianos suyos: Segundo Alonso González, Isidro Fernández Cordero y Antonio González Alonso. Este grupo se añade a los otros 193 mártires de la archidiócesis de Oviedo, entre sacerdotes, religiosos y seminaristas asesinados en el tiempo del terror revolucionario de los años treinta.
¿Qué pasó en aquel periodo de persecución?
Fue prohibida la enseñanza religiosa en las escuelas públicas y fue retirado el Crucifijo. Se prohibió a las órdenes religiosas ejercitar la enseñanza y se confiscaron sus edificios. Fueron nacionalizados los inmuebles de la Iglesia y emanaron leyes contra la institución familiar. Hubo una tiranía feroz a favor del ateísmo social.
Ya en 1934, en apenas quince días, habían matado en Asturias a treinta y cuatro sacerdotes, religiosos y seminaristas. Entre ellos fueron ejecutados los Hermanos de las Escuelas Cristianas de Turón, dedicados a la educación gratuita de los hijos de los mineros pobres, canonizados por Juan Pablo II. La finalidad de la persecución era la anulación de la Iglesia Católica, exterminando a sacerdotes, religiosos y fieles y profanando, quemando y destruyendo todo.
El balance final fue espantoso: el martirio de 13 obispos, de 6.838 sacerdotes, religiosos y seminaristas, y decenas de miles de laicos, asesinados solo por su condición de católicos practicantes.
2.- Han pasado ochenta años de esta masacre y las heridas se están cicatrizando poco a poco. Cada día que pasa la tragedia se aleja más y más, haciéndose cada vez menos visible. Nos preguntamos entonces: ¿por qué no cancelamos esta página negra de la historia española? ¿Por qué la Iglesia evoca aún aquel periodo de matanza de seres inocentes?
La respuesta yace en el hecho de que, contra el riesgo real de la desaparición de aquel suceso sangriento, la Iglesia reclama no por un sentimiento de venganza y de odio hacia los perseguidores de entonces, sino por un justo deseo de recuerdo. Si se olvida el pasado estamos condenados a repetirlo.
El recuerdo es necesario en el caso de nuestros mártires, porque, matados por odio a la fe, respondieron a sus asesinos con el perdón, convirtiéndose así en héroes de auténtica humanidad y vencedores inermes de una diabólica y ciega violencia. A distancia del tiempo su recuerdo pone en evidencia la sublimidad de la mansedumbre cristiana y la fragilidad del mal. Solo la piedad vuelve humana a la sociedad. Con razón, Dostoievski decía: “La compasión constituye la más fundamental, quizá la única ley existencial de toda la humanidad”(2). Si la compasión se sustituye por la crueldad, el hombre se vuelve un lobo feroz para su prójimo.
3.- ¿Quiénes eran nuestros mártires? El párroco don Jenaro era un sacerdote íntegro, piadoso, fiel a Jesucristo hasta la muerte, muy amado por sus fieles, celoso en visitar a los enfermos y en socorrer a los pobres. Animaba a los fieles a ayudar a las familias necesitadas. Promovía las vocaciones misioneras por el mundo entero. Todos le querían. Era un párroco ejemplar y un modelo de oración.
El señor Segundo Alonso González era padre de una familia numerosa, que sostenía con el duro trabajo cotidiano y con la oración. Era presidente de la Adoración Nocturna y del Sindicato Católico de los Mineros. Era un hombre de fe con una dimensión social ejemplar.
Padre de seis hijos, el mártir Isidro Fernández Cordero era también miembro de la Adoración Nocturna y del Sindicato Católico de los Mineros. Hombre bueno y afectuoso, era ejemplar en la vida familiar y social.
"Hoy entre nosotros se encuentra aquí uno de los hijos. Su padre, ahora beato, le envía un beso desde el Paraíso".
Su martirio fue especialmente cruel. Rechazando abjurar de su fe, fueron obligados a cavarse la fosa. Después fueron decapitados como bestias, desangrados, descuartizados y profanados. Las mujeres presentes en esta masacre se burlaban diciendo: “¡Qué buenos eran que ni protestaban!”(3).
El más joven de los tres laicos Antonio González Alonso tenía veintitrés años y había vestido por unos pocos años el hábito dominico, al cual había tenido que renunciar por una grave forma de tuberculosis, entonces de difícil curación. Era un joven sereno, estudioso, fervoroso en la participación en la misa y en la oración.
También su martirio demuestra la falta infinita de humanidad de sus verdugos. Habiéndose negado a abjurar y a pisar objetos sacros, le arrancaron la lengua, fue apaleado hasta la muerte y finalmente echado en un pozo profundo de una mina. De camino al suplicio, pasando delante de su casa, Antonio había gritado a su madre: “¡Adiós, madre, hasta el cielo!”(4).
Por una parte odio, prevaricación, violencia, homicidio; por otra, amor, perdón, fortaleza y perseverancia en la fe. Los vencedores de este duelo fueron nuestros mártires, protagonistas con Cristo resucitado de la superioridad y de la eternidad del bien.
La sangre derramada por los cristianos -afirma el Papa Francisco- es el rocío que fecunda a la Iglesia. A finales de agosto en el Meeting de Rímini ha habido una exposición sobre los mártires recientes del Evangelio. Una inscripción recuerda que el martirio puede suceder en cualquier parte y a cualquiera por razones de fe. De nuevo no se trata de documentar hechos de odio y de muerte, sino de evocar la fe y el amor que brotan de la sangre derramada con abundancia.
Como ha dicho el Papa Francisco en el mensaje Urbi et Orbi del año pasado: “Los cristianos son los brotes de otra humanidad en la que tratamos de vivir al servicio los unos de los otros, de no ser arrogantes sino disponibles y respetuosos. ¡Esto no es debilidad sino fuerza verdadera! Quien lleva dentro de sí la fuerza de Dios, su amor y su justicia, no tiene necesidad de utilizar la violencia, sino que habla y actúa con la fuerza de la verdad, de la belleza y del amor”(5).
Es la Eucaristía lo que ha hecho fuertes e invencibles a nuestros cuatro mártires, sostenidos en su existencia terrena por la sangre preciosa del Cristo resucitado, que los ha preparado al gozo de la vida eterna en el paraíso.
Con razón el Papa Francisco, en su Carta Apostólica, habla de nuestros Beatos como “animadores de la adoración eucarística y heroicos testigos del Evangelio hasta el derramamiento de sangre”.
A los nuevos mártires pedimos con humildad y convicción la perseverancia en la fe y en la caridad de Cristo.
Beatos don Jenaro Fueyo Castañón, Segundo Alonso González, Isidro Fernández Cordero y Antonio González Alonso, rogad por nosotros
(1) Datos recogidos de la Positi super martyrio de 2007.
(2) Fiodor Dostoievski, L´Idiota, Bur Rizzoli, Milano 2014, pág. 255.
(3) Positio, Summarium, págs. 42-8
(4) Positio, Informatio, pág. 77.
(5) Papa Francisco, Mensaje Urbi et Orbi de la Pascua de 2015.
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