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lunes, 4 de marzo de 2019
Vídeo Seminaristas Mártires de Oviedo
El Postulador diocesano, Andrés Pérez Díaz, el Vicepostulador diocesano y Canciller Secretario, Jaime Díaz Pieiga, así como la Notaria diocesana, Socorro Caldevilla Fernández, describen en este vídeo cómo vivieron el proceso de los seminaristas mártires en la diócesis. Para finalizar, el Arzobispo de Oviedo, Mons. Jesús Sanz, explica qué supone este acontecimiento de la beatificación de los nueve seminaristas.
domingo, 3 de marzo de 2019
Dossier beatificaciones en la web
En la página web de la diócesis www.iglesiadeasturias.
org se ha habilitado un dossier
de los seminaristas mártires
de Oviedo donde se pueden
consultar desde las biografías
de los nueve futuros beatos,
artículos de opinión, galerías
fotográficas, hasta la partitura
del himno compuesto expresamente para estos nueve jóvenes, con letra de Carmen Cerezo y música de Leoncio Diéguez.
Evangelio Domingo VIII del Tiempo Ordinario
Lectura del santo Evangelio según san Lucas.
En aquel tiempo, dijo Jesús a los discípulos una parábola:
«¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo? No está el discípulo sobre su maestro, si bien, cuando termine su aprendizaje, será como su maestro. ¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: “Hermano, déjame que te saque la mota del ojo”, sin fijarte en la viga que llevas en el tuyo? ¡Hipócrita! Sácate primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la mota del ojo de tu hermano.
Pues no hay árbol bueno que dé fruto malo, ni árbol malo que dé fruto bueno; por ello, cada árbol se conoce por su fruto; porque no se recogen higos de las zarzas, ni se vendimian racimos de los espinos.
El hombre bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien, y el que es malo, de la maldad saca el mal; porque de lo que rebosa el corazón habla la boca».
Palabra del Señor
sábado, 2 de marzo de 2019
Rebosar del Corazón. Por Francisco Cerro Chaves
(Iglesia actualidad)
No se puede evangelizar si no estamos llenos del Amor del Señor. No se puede dar paz si no tenemos dentro esa paz. Nadie da lo que no tiene. Por eso Lucas nos pone contra la pared o estamos llenos y rebosamos hasta derrochar el amor de Dios y esto es la conversión o tenemos poco qué hacer.
No es bueno querer sembrar sin tener trigo abundante en el corazón. Mucha gente se aleja de la fe por las incoherencias de nuestras vidas. Nadie da lo que no tiene.
El fariseo, el autorreferencial que mira por encima del hombro a todos, porque yo no soy como ese, ha equivocado el camino de la santidad.
Solo creo en la santidad de los humildes. Sin humildad no se cimienta la santidad y no se puede avanzar en el camino del seguimiento de Cristo.
El fariseísmo es la religión del rigorismo de la ley. El cristianismo es la religión del amor, del corazón, donde desde la autenticidad de un amor desde dentro, nos lanza al olvido de si y al servicio de los más pobres y necesitados.
Conferencia del padre Fidel González
El padre Fidel González Fernández, vicepostulador en Roma de la causa de beatificación de los seminaristas mártires de Oviedo, pronunciará este martes, día 5, a las 12,30 h una conferencia en el Aula Magna del Seminario con el título “Los seminaristas mártires asturianos (1934 - 1936)”.
viernes, 1 de marzo de 2019
El perdón, característica del mártir
(Iglesia de Asturias)
La causa diocesana de los seminaristas mártires se prolongó durante ocho años.
“Los mártires son un ejemplo de cómo vivir la fe”, destaca Andrés Pérez
A comienzos de los años 90 del pasado siglo se abrió la causa de beatificación de los seminaristas mártires de Oviedo. Un largo proceso que se prolongó durante ocho años, y que consistió en investigar a fondo las vidas y especialmente el momento del asesinato de los jóvenes estudiantes del Seminario de Oviedo entre los años 1934 y 1937. La responsabilidad principal durante la mayor parte de estos años recayó sobre el sacerdote Andrés Pérez, actualmente párroco de Tapia de Casariego, que fue nombrado postulador de la causa diocesana, dirigió la investigación y recorrió la diócesis en busca de información que pudiera aportar luz sobre el trabajo. Finalizó la labor los últimos años el que fue vicepostulador, Jaime Díaz Pieiga. “Se trataba para mí de un mundo muy desconocido –reconoce Andrés Pérez– y tan sólo había oído hablar de los Seminaristas Mártires a los sacerdotes mayores”. “Al principio –recuerda– me entregaron como documentación una cartulina con fotos de veinte jóvenes y tuve que ponerme a trabajar sobre eso. Lo primero fue hacer una selección: hubo algunos que murieron combatiendo. Aquellos fueron apartados. Tenía que haber signos evidentes de que eran mártires, y para ello tenían que cumplir tres condiciones: que hubieran muerto por su fe, la primera; que hubieran aceptado su muerte, la segunda; y finalmente, que murieran perdonando”. Estas tres características permitieron una importante “criba” dentro de los jóvenes que habían sido seleccionados, y descartar, también, aquellos que, aunque figuraban como asesinados por su fe, no se disponía de testimonios directos de sus últimas horas. “Escogimos finalmente a tres seminaristas asesinados en el 36, y seis del 34, de los que realmente teníamos certeza de que habían muerto por su fe, teníamos testimonios que lo probaban y cumplían con las condiciones necesarias, antes citadas”. Una vez seleccionados los jóvenes que podían cumplir los requisitos del martirio, comenzó la investigación: “Lo primero que hice fue recabar toda la documentación que había escrita y buscarla. Me desplacé por toda Asturias e incluso llegué a León. Hablé con muchos sacerdotes –recuerda– y cada uno era una mina, te mostraba un aspecto nuevo que no conocías y te abría un nuevo horizonte. También tuve que buscar a los familiares que quedaban: padres ya no había ninguno, pero en aquel entonces sí que había hermanos, y muchos sobrinos, aunque interesaban especialmente los hermanos”
“Un testimonio de fe y de reconciliación”
Recorrí los pueblos buscando a todas estas personas y como algunos eran muy mayores, me aseguré de conseguir su testimonio y que lo firmaran, para que, cuando llegara el proceso, si ellos no seguían vivos, al menos que quedaran recogidos. Fue una labor apasionante”, explica el expostulador. Actualmente, y como es de esperar, muchos de aquellos que en su momento pudieron aportar su testimonio y recuerdos, ya no se encuentran entre nosotros, casi treinta años más tarde. A medida que iba recogiendo opiniones y conociendo a los seminaristas mártires más de cerca, Andrés Pérez fue confirmando “que se trataba de unos chavales completamente normales, con las mismas preocupaciones que tenían el resto de sus compañeros”, afirma. “A unos les tocó el martirio, y a otros les tocó vivir, pero tenían las mismas inquietudes habituales para sus años, querían ser sacerdotes, estaban preocupados por sus padres, por su familia, por el campo… aspectos de la vida tan comunes que me impresionó darme cuenta de cómo Dios se había hecho presente en esos momentos”. Aunque el expostulador diocesano asegura que “de todos los mártires fui sacando alguna cosa”, destaca el testimonio de Luis Prado, que falleció en Gijón: “Me impresionó porque cuando se enteró del asesinato de los mártires del 34, decía qué suerte, y valoraba mucho este testimonio que habían dado sus compañeros. Y cuando a él le tocó morir, con qué fuerza, con qué claridad y con qué firme za lo hizo. Y eso mismo lo había transmitido también a sus compañeros, e incluso a sus hermanas, y recuerdo cómo una de ellas me lo contaba, en Piedras Blancas, con lágrimas en los ojos. Era un chico como los demás, completamente normal, pero con las ideas muy claras: amor a Dios, amor a la Iglesia y sin ningún tipo de resentimiento, odio ni rencor hacia los que les mataron”. Esa actitud será, según este sacerdote, lo que debe prevalecer en la manera en cómo se viva y se profundice en el acto de beatificación que tendrá lugar el próximo 9 de marzo: “Ha de ser un ejemplo de cómo vivir la fe. Quisiera que esta misa del próximo sábado en la Catedral fuera una misa de reconciliación y perdón mutuo. Que los seminaristas sean eso mismo para nosotros: un testimonio de fe, de perdón y de reconciliación”.
La causa diocesana de los seminaristas mártires se prolongó durante ocho años.
“Los mártires son un ejemplo de cómo vivir la fe”, destaca Andrés Pérez
A comienzos de los años 90 del pasado siglo se abrió la causa de beatificación de los seminaristas mártires de Oviedo. Un largo proceso que se prolongó durante ocho años, y que consistió en investigar a fondo las vidas y especialmente el momento del asesinato de los jóvenes estudiantes del Seminario de Oviedo entre los años 1934 y 1937. La responsabilidad principal durante la mayor parte de estos años recayó sobre el sacerdote Andrés Pérez, actualmente párroco de Tapia de Casariego, que fue nombrado postulador de la causa diocesana, dirigió la investigación y recorrió la diócesis en busca de información que pudiera aportar luz sobre el trabajo. Finalizó la labor los últimos años el que fue vicepostulador, Jaime Díaz Pieiga. “Se trataba para mí de un mundo muy desconocido –reconoce Andrés Pérez– y tan sólo había oído hablar de los Seminaristas Mártires a los sacerdotes mayores”. “Al principio –recuerda– me entregaron como documentación una cartulina con fotos de veinte jóvenes y tuve que ponerme a trabajar sobre eso. Lo primero fue hacer una selección: hubo algunos que murieron combatiendo. Aquellos fueron apartados. Tenía que haber signos evidentes de que eran mártires, y para ello tenían que cumplir tres condiciones: que hubieran muerto por su fe, la primera; que hubieran aceptado su muerte, la segunda; y finalmente, que murieran perdonando”. Estas tres características permitieron una importante “criba” dentro de los jóvenes que habían sido seleccionados, y descartar, también, aquellos que, aunque figuraban como asesinados por su fe, no se disponía de testimonios directos de sus últimas horas. “Escogimos finalmente a tres seminaristas asesinados en el 36, y seis del 34, de los que realmente teníamos certeza de que habían muerto por su fe, teníamos testimonios que lo probaban y cumplían con las condiciones necesarias, antes citadas”. Una vez seleccionados los jóvenes que podían cumplir los requisitos del martirio, comenzó la investigación: “Lo primero que hice fue recabar toda la documentación que había escrita y buscarla. Me desplacé por toda Asturias e incluso llegué a León. Hablé con muchos sacerdotes –recuerda– y cada uno era una mina, te mostraba un aspecto nuevo que no conocías y te abría un nuevo horizonte. También tuve que buscar a los familiares que quedaban: padres ya no había ninguno, pero en aquel entonces sí que había hermanos, y muchos sobrinos, aunque interesaban especialmente los hermanos”
“Un testimonio de fe y de reconciliación”
Recorrí los pueblos buscando a todas estas personas y como algunos eran muy mayores, me aseguré de conseguir su testimonio y que lo firmaran, para que, cuando llegara el proceso, si ellos no seguían vivos, al menos que quedaran recogidos. Fue una labor apasionante”, explica el expostulador. Actualmente, y como es de esperar, muchos de aquellos que en su momento pudieron aportar su testimonio y recuerdos, ya no se encuentran entre nosotros, casi treinta años más tarde. A medida que iba recogiendo opiniones y conociendo a los seminaristas mártires más de cerca, Andrés Pérez fue confirmando “que se trataba de unos chavales completamente normales, con las mismas preocupaciones que tenían el resto de sus compañeros”, afirma. “A unos les tocó el martirio, y a otros les tocó vivir, pero tenían las mismas inquietudes habituales para sus años, querían ser sacerdotes, estaban preocupados por sus padres, por su familia, por el campo… aspectos de la vida tan comunes que me impresionó darme cuenta de cómo Dios se había hecho presente en esos momentos”. Aunque el expostulador diocesano asegura que “de todos los mártires fui sacando alguna cosa”, destaca el testimonio de Luis Prado, que falleció en Gijón: “Me impresionó porque cuando se enteró del asesinato de los mártires del 34, decía qué suerte, y valoraba mucho este testimonio que habían dado sus compañeros. Y cuando a él le tocó morir, con qué fuerza, con qué claridad y con qué firme za lo hizo. Y eso mismo lo había transmitido también a sus compañeros, e incluso a sus hermanas, y recuerdo cómo una de ellas me lo contaba, en Piedras Blancas, con lágrimas en los ojos. Era un chico como los demás, completamente normal, pero con las ideas muy claras: amor a Dios, amor a la Iglesia y sin ningún tipo de resentimiento, odio ni rencor hacia los que les mataron”. Esa actitud será, según este sacerdote, lo que debe prevalecer en la manera en cómo se viva y se profundice en el acto de beatificación que tendrá lugar el próximo 9 de marzo: “Ha de ser un ejemplo de cómo vivir la fe. Quisiera que esta misa del próximo sábado en la Catedral fuera una misa de reconciliación y perdón mutuo. Que los seminaristas sean eso mismo para nosotros: un testimonio de fe, de perdón y de reconciliación”.
Orar con el Salmo del Día
R/. Guíame, Señor, por la senda de tus mandatos
V/. Bendito eres, Señor,
enséñame tus decretos. R/.
V/. Tus decretos son mi delicia,
no olvidaré tus palabras. R/.
V/. Ábreme los ojos, y contemplaré
las maravillas de tu ley. R/.
V/. Instrúyeme en el camino de tus mandatos,
y meditaré tus maravillas. R/.
V/. Enséñame a cumplir tu ley
y a guardarla de todo corazón. R/.
V/. Guíame por la senda de tus mandatos,
porque ella es mi gozo. R/.
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