Estamos recorriendo estos días de especial intensidad, tras haber caminado las cinco semanas de la cuaresma cristiana. El domingo pasado entramos con Jesús en Jerusalén, al que vimos montado sobre un humilde pollino de borrica. No un corcel de guerrero sino el jumento pequeño: pequeño para no sobresalir altanero y estar a la altura de nuestra mirada. Hoy celebramos esta Misa Crismal todo el santo pueblo de Dios, donde consagraremos los óleos y el santo crisma, y renovaremos los sacerdotes las promesas de nuestro ministerio.
De esta Eucaristía salen los óleos que acompañarán nuestra vida cristiana. En primer lugar, el óleo de los catecúmenos. Se trata de la unción que van a recibir los que se bautizan. Niños infantes con toda una historia por escribir todavía, pero también jóvenes y adultos que llaman a la puerta de la Iglesia para hacerse cristianos. Los más pequeños, son presentados por sus padres para incorporarlos a la comunidad creyente de la que también ellos forman parte, y los adultos, como decisión madura tras un encuentro con el Señor en medio de sus encrucijadas.
El papa León ha subrayado recientemente cómo hay un despertar religioso en personas alejadas de la Iglesia o que nunca se habían acercado a ella. Cuando todo parecía indicar la progresiva desaparición de referencias comunes en la sociedad, dentro de la cual era sencillo sembrar el Evangelio y construir la comunidad cristiana, de pronto emerge esta insospechada novedad de una apertura a Cristo y un interés por la Iglesia. Dice el papa León: «muchos de los presupuestos conceptuales que durante siglos facilitaron la transmisión del mensaje cristiano han dejado de ser evidentes y, en no pocos casos, incluso comprensibles. El Evangelio no se encuentra solo con la indiferencia, sino con un horizonte cultural distinto, en el que las palabras ya no significan lo mismo y donde el primer anuncio no puede darse por supuesto. Sin embargo, esta descripción no agota lo que realmente está sucediendo. Estoy convencido —y sé que muchos de vosotros lo percibís en el ejercicio cotidiano de vuestro ministerio— de que en el corazón de no pocas personas, especialmente de los jóvenes, se abre hoy una inquietud nueva. La absolutización del bienestar no ha traído la felicidad esperada; una libertad desvinculada de la verdad no ha generado la plenitud prometida; y el progreso material, por sí solo, no ha logrado colmar el deseo profundo del corazón humano. En efecto, las propuestas dominantes, junto con determinadas lecturas hermenéuticas y filosóficas con las que se ha querido interpretar el destino del hombre, lejos de ofrecer una respuesta suficiente, han dejado con frecuencia una mayor sensación de hartazgo y vacío. Precisamente por ello, constatamos que muchas personas comienzan a abrirse a una búsqueda más honesta y auténtica, una búsqueda que, acompañada con paciencia y respeto, las está conduciendo de nuevo al encuentro con Cristo» (León XIV, Carta a Convivium. 28 enero 2026).
El segundo óleo que vamos a consagrar tiene que ver con los enfermos. Ya la Palabra de Dios de esta Misa Crismal nos dice desde la visión profética de Isaías (cf. Is 61, 1-3) cómo estamos llamados y enviados «para dar la buena noticia a los pobres y curar los corazones desgarrados». Jesús en la sinagoga de Nazareth aplicará a su misión mesiánica este mismo quehacer (cf. Lc 4, 16-23). No sería difícil poner nombre a los afligidos de nuestro tiempo que esperan un consuelo que nadie les ofrece, que anhelan una diadema de dignidad en su cabeza en lugar de cenizas, un perfume de fiesta en lugar de tanto luto y duelo, un vestido de alabanza que ponga fin a la tristeza abatida de su vida cotidiana. Lo vemos por doquier a poco que nos asomemos a la dura realidad de nuestro mundo actual: las guerras que nos asolan en una incertidumbre planetaria de alto calibre, la banalización de la verdad imponiendo la mentira como una alternativa de gobernanza; la destrucción de la familia como núcleo central y fundamental de toda sociedad y hogar estable “donde las palabras padre y madre pueden decirse con gozo y sin engaño”, tal y como recordaba San Juan Pablo II; el ataque a la vida del no nacido, del que nacido no tiene libertad, ni dignidad, ni recursos para una honesta supervivencia, y del enfermo o anciano al que le solucionan su miedo o dolor inyectándole letalmente una muerte barata con la eutanasia, en lugar de ofrecer los cuidados paliativos, el amor y la esperanza. La tentación dictatorial de algunos mandamases libertarios que terminan siendo liberticidas. Son los destinatarios del mensaje de Jesús. A eso hay que añadir lo que el papa
León señalaba también sobre el marco cultural y social en el que hoy vivimos y expresamos nuestra fe: «en muchos ambientes constatamos procesos avanzados de secularización, una creciente polarización en el discurso público y la tendencia a reducir la complejidad de la persona humana, interpretándola desde ideologías o categorías parciales e insuficientes. En este marco, la fe corre el riesgo de ser instrumentalizada, banalizada o relegada al ámbito de lo irrelevante, mientras se afianzan formas de convivencia que prescinden de toda referencia trascendente» (León XIV, Carta a Convivium. 28 enero 2026).
Nuestro mundo necesita ese óleo de los enfermos como bálsamo de Dios en nuestras heridas todas, que la Iglesia con nuestras manos ministeriales acerca a los hombres y mujeres de nuestra época como ha hecho en tantos momentos de la historia.
Y, el tercer óleo que consagramos será el santo crisma. Con él serán ungidos los que reciban el sacramento de la confirmación y del orden sacerdotal. En la gran catequesis bautismal del apóstol San Pedro llama a los cristianos linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido por Dios para que anuncie las proezas del Señor que nos llamó de las tinieblas a su luz maravillosa: “Los que antes erais no- pueblo, ahora sois pueblo de Dios, los que antes erais no compadecidos. ahora sois objeto de compasión” (1 Pd 2, 9-10) … Recordaba el papa Benedicto XVI a propósito de cómo los cristianos somos un pueblo sacerdotal para el mundo «¿Somos verdaderamente el santuario de Dios en el mundo y para el mundo? ¿Abrimos a los hombres el acceso a Dios o, por el contrario, se lo escondemos? Nosotros –el Pueblo de Dios– ¿acaso no nos hemos convertido en un pueblo de incredulidad y de lejanía de Dios? ¿No es verdad que el Occidente, que los países centrales del cristianismo están cansados de su fe y, aburridos de su propia historia y cultura, ya no quieren conocer la fe en Jesucristo? Tenemos motivos para gritar en esta hora a Dios: No permitas que nos convirtamos en no- pueblo. Haz que te reconozcamos de nuevo. Sí, nos has ungido con tu amor, has infundido tu Espíritu Santo sobre nosotros. Haz que la fuerza de tu Espíritu se haga nuevamente eficaz en nosotros, para que demos testimonio de tu mensaje con alegría» (Benedicto XVI, Homilía en la Misa Crismal. 21 abril 2011).
Junto a la consagración de los santos óleos y el crisma, en esta Misa Crismal los sacerdotes renovaremos nuestras promesas hechas en el día de nuestra ordenación. Se nos van a hacer tres preguntas, como un dulce y al mismo tiempo serio examen de conciencia. Las comento con vosotros para entenderlas y abrazarlas también yo mismo:¿Queréis renovar las promesas que hicisteis un día ante vuestro obispo y ante el pueblo santo de Dios? Esta es la primera pregunta.
Queda atrás ese momento de la ordenación. Han pasado los años trayéndonos las gracias que ni imaginábamos y apareciendo los pecados que nos debilitaron. Momentos de grata alegría por nuestro ministerio sin que hayan faltado otros en los que desfondados hemos experimentado el cansancio por la humana esterilidad en nuestra entrega de curas. Situaciones de gozosa vivencia de la fraternidad sacerdotal u otras en la que ha habido que masticar la incomprensión y la soledad. Prometimos abrazar la vocación que se nos hizo, y vivirla con jovial entusiasmo, fiándonos de la fidelidad de quien siendo fiel nos llamaba y enviaba en el ministerio santo. Altibajos agridulces pueden haber sembrado decepción y desencanto, pero la llamada permanece como también la ayuda divina que sostiene nuestro sí. Esto es lo que renovamos fiándonos de quien nos ha llamado y nos llama.¿Queréis uniros más fuertemente a Cristo y configuraros con él, renunciando a vosotros mismos cumpliendo con los sagrados deberes que por amor a Cristo aceptasteis gozosos el día de vuestra ordenación? Es la segunda pregunta que alarga la anterior.
Esta es la clave de nuestra historia: la unión fuerte con Cristo hasta ser configurados con Él. Y así salimos del seminario para comenzar nuestra vida ministerial. Se han sucedido el paso de los años, los cambios de destino con sus mudanzas de todo tipo, acaso el cansancio ante fracasos de expectativas no cumplidas o la dureza de un trabajo aciago, no habrán faltado los momentos de duda e incomprensión que nos han podido sumir en la soledad vacía de quien debería llenar nuestro corazón. Pero también se habrán dado momentos gozosos por los frutos pastorales de nuestra entrega, por la alegría de ver cómo la luz que portamos ilumina a tanta gente apagada y cómo la gracia que reparten nuestras manos salva y levanta a tantos hermanos que han confiado a nuestro ministerio. Está también el gozo de sabernos hermanos de los que Dios ha puesto a nuestro lado en el presbiterio viendo cómo formamos una fraternidad que no es trinchera de nuestras batallas declaradas, ni isla de nuestras fugas cómodas, ni barricada de nuestras críticas estériles, sino espacio en donde crecer en la pertenencia al Señor y hospital de campaña donde curar las heridas, como decía el papa Francisco. Unirnos a Cristo y configurarnos con Él para seguir madurando en la llamada recibida en nuestro ministerio.¿Deseáis permanecer como fieles dispensadores de los misterios de Dios en la celebración eucarística y demás acciones litúrgicas, en el ministerio de la predicación sin pretender los bienes temporales sino movidos únicamente por el celo de las almas? La tercera y última pregunta se asoma al ejercicio de nuestro ministerio.
Porque recordar el día de nuestra ordenación con el deseo de renovar aquel momento, y unirnos fuertemente a Cristo Buen Pastor, tiene como grata deriva ejercer nuestro ministerio en lo que propiamente se nos confía como vocación. No somos activistas sociales ni políticos, no somos terapeutas de psicología impostada, ni bedeles de museos obsoletos donde exhibir antiguallas o agitadores de masas en causas revolucionarias. Somos sacerdotes en Jesús, prolongando en el tiempo de la Iglesia su entraña filial que vivió como sacerdote, víctima y altar. Dispensar los misterios de Dios al celebrar diariamente la Eucaristía siendo mendigos de ese Pan partido, al perdonar los pecados de los hermanos como la Iglesia nos indica sabiéndonos también nosotros penitentes de esa gracia, al predicar la palabra de Dios sin homilías prestadas sino como fruto de la escucha orante de cuanto Dios nos dice o nos calla, al dejarnos mover sólo por el celo de las almas que se cruzan con nuestros pasos de pastores.
Así entendemos lo que decía el papa León a un grupo de seminaristas hace poco hablando de la paternidad que se deriva de nuestra vocación de pastores: «La unión con Cristo en el Sacrificio eucarístico se prolonga en la paternidad sacerdotal, que no engendra según la carne, sino según el Espíritu (cf. 1 Co 4,14-15). Ser padre no es algo que se hace, sino algo que se es. Un verdadero padre no vive para sí, sino para los suyos: se alegra cuando sus hijos crecen, sufre cuando se pierden, espera cuando se alejan (cf. 1 Ts 2,11-12). Así también el sacerdote lleva en su corazón al pueblo entero, intercede por él, lo acompaña en sus luchas y lo sostiene en la fe (cf. 2 Co 7,4). La paternidad sacerdotal consiste en transparentar el rostro del Padre, de modo que quien encuentre al sacerdote intuya el amor de Dios. Tal paternidad se expresa en actitudes de entrega: el celibato como amor indiviso a Cristo y a su Iglesia, la obediencia como confianza en la voluntad de Dios, la pobreza evangélica como disponibilidad para todos (cf. (PO 15-17), y la misericordia y fortaleza que acompañan las heridas y sostienen en el dolor. En ellas se reconoce al sacerdote como verdadero padre, capaz de guiar a sus hijos espirituales hacia Cristo con firmeza y amor. No existe paternidad a medias, ni sacerdocio a medias (LEÓN XIV, Carta al Seminario Mayor Arquidiocesano de Trujillo (Perú), en los 400 años de su fundación (4 noviembre 2025).
Queridos hermanos sacerdotes, gracias por vuestra entrega cotidiana en los mil avatares y circunstancias. En los inviernos duros donde Dios espera en las raíces, como decía Rainer María Rilke, en las primaveras cuando vemos florecer la vida a raudales, en los estíos cuando entramos en la holganza que nos descansa, en los otoños que con color pastel se nos invita a la calma serena que agradece la bonanza. Los años de nuestra edad, los domicilios de nuestras circunstancias, sabiéndonos destinatarios de la misma llamada por parte de Aquel que a diario nos llama, junto a los hermanos que vienen y van y con los que escribimos una historia inacabada.
Mi gratitud se hace plegaria por todos y cada uno de vosotros, como el regalo inmerecido que Dios me concede para que yo sea también un don para cada cual.
En esta mañana, junto al santo pueblo de Dios, consagramos los óleos y renovamos nuestra vocación. Que el Señor siga sosteniendo nuestra entrega y que María nuestra Santina sea para nosotros lo que al pie de la cruz fue para el apóstol san Juan. Amén.
+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo
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