domingo, 22 de marzo de 2026

«Desatadlo y dejadlo andar». Por Joaquín Manuel Serrano Vila


Con el V domingo de Cuaresma nos acercamos ya al final de este Tiempo. La Palabra del Señor en este día nos habla con una fuerza especial: Dios quiere sacarnos de nuestros sepulcros y darnos su Espíritu. Somos peregrinos en camino, llamados a reconocer y escuchar su voz. Él nos sigue llamando, no se cansa; nos llama a la vida. No tengamos miedo, pues Dios es el único capaz de devolver la vida. Donde nosotros vemos final, Él plantea un comienzo. Por ello la oración del salmista nos insiste: "Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa".

En la primera lectura, el profeta Ezequiel transmite una promesa extraordinaria de parte de Dios: “Yo mismo abriré vuestros sepulcros, os sacaré de ellos… y pondré mi Espíritu en vosotros y viviréis”. Este mensaje fue dirigido a un pueblo que lo había perdido todo: la tierra, el templo, la esperanza. Se sentían como muertos en vida, como un pueblo agostado y acabado. También esa es, tantas veces, nuestra experiencia. Hay momentos en que nos sentimos encerrados en los “sepulcros” del desánimo, del pecado, de la desesperanza, del abatimiento ante una vida sin sentido...Y lo más peligroso es cuando nos acostumbramos a vivir así, sin ganas de luchar y como si no hubiera salida. Pero Dios dice: “Yo abriré vuestros sepulcros.” No dice: “intenta salir tú solo”, sino “yo lo haré”. La salvación no es obra nuestra, es don de Dios. Él tiene poder para devolver la vida donde parece que todo está perdido.

Y esa promesa se cumple plenamente en Cristo, pero se hace realidad en nosotros por medio del Espíritu Santo, como nos recuerda la segunda lectura de San Pablo en la carta a los Romanos. El Apóstol nos dice algo muy claro: “Vosotros no estáis en la carne, sino en el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios habita en vosotros”. Aquí hay una clave fundamental para nuestra vida cristiana; no se trata solo de portarse bien o ser buenos a secas, sino de vivir según el Espíritu. Vivir según la carne -en el sentido que usa San Pablo- es vivir encerrados en nosotros mismos, en nuestros egoísmos, en nuestros criterios puramente humanos. Es una vida qué, al final, lleva a la muerte interior. Pero vivir según el Espíritu es otra cosa, es dejar que Dios habite en nosotros, abrirnos a su gracia; es vivir como hijos de Dios. Y San Pablo añade una promesa que a menudo olvidamos: “El que resucitó a Cristo Jesús de entre los muertos dará vida también a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu”. Es decir; la vida de Dios ya está actuando en nosotros. No es algo sólo para el final de los tiempos. Ya ahora y aquí, en medio de nuestras luchas, el Espíritu nos está dando vida.

Por su parte, el Evangelio que la Iglesia nos presenta hoy tomado del capítulo 11 de San Juan, es uno de los pasajes más emocionantes del Nuevo Testamento: la resurrección de Lázaro. Es como un anticipo de la Pascua, una puerta abierta a la esperanza. Jesús recibe la noticia de que su amigo Lázaro está enfermo y, sorprendentemente, no va inmediatamente como sería lógico; Espera. Cuando llega, Lázaro lleva ya cuatro días en el sepulcro. Todo parece absolutamente perdido... ¿Cuántas veces en nuestra vida sentimos eso mismo? Situaciones que parecen sin solución: problemas familiares, heridas antiguas no curadas, pecados que se repiten, fe que se desmorona ante acontecimientos dramáticos y frustrantes. Como si algo en nosotros estuviera ya definitivamente “muerto”... Marta sale al encuentro de Jesús y le dice: “Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano”. Es una queja; sí, pero también es un acto de fe. Y Jesús le responde con una de las frases más profundas de su predicación: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá.”... No dice: “yo traigo vida”, sino “yo soy la vida”. La vida verdadera no es sólo respirar, trabajar, tener cosas; la vida es estar unidos a Cristo.

Luego ocurre algo conmovedor: Jesús llora. Dios no es indiferente a nuestro dolor. No es un Dios lejano. Llora con nosotros, sufre con nosotros. Pero no se queda en el llanto: actúa. Llega al sepulcro y grita con voz fuerte: “¡Lázaro, sal fuera!” Y el muerto sale. Este grito de Jesús no es solamente para Lázaro. Es para cada uno de nosotros: “¡Sal fuera!” de tu pecado, de tu tristeza, de tu odio, de tu falta de fe, de esa vida mediocre y gris que no te deja vivir plenamente. A veces estamos vivos por fuera, pero muertos por dentro. Y Cristo hoy viene a sacarnos de nuestras tumbas existenciales. Pero hay un detalle importante que puede pasar desapercibido: Lázaro sale, pero está atado con vendas. Entonces Jesús dice: “Desatadlo y dejadlo andar”. Dios nos da la vida, pero también quiere que nos ayudemos unos a otros a vivirla. La comunidad cristiana está llamada a desatar, acompañar, perdonar, sostener, levantar...

Estamos a las puertas de la Semana Santa. Este es el momento de escuchar de verdad la voz de Cristo. No endurezcamos el corazón. Quizá hoy el Señor está pasando por nuestra vida y nos dice por nuestro nombre: “¡Sal fuera!”. No tengamos miedo. Fuera del sepulcro está la vida, está la luz, está la libertad... 

Que en esta Eucaristía renovemos hoy nuestra fe en Cristo, que es la resurrección y la vida, y cuando llegue la Pascua, podamos celebrar no sólo una fiesta externa, sino una verdadera vida nueva en nuestro interior.

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