Desde niño siempre escuché a
la gente de mi pueblo contar historias y anécdotas de los sacerdotes que por la
Parroquia pasaron, cada cual con sus fans y detractores, más de las que nuca oí
hablar bien fue de las familias de los Párrocos. Aquella hermana, aquella
sobrina… menudos eran. Es triste comprobar esta realidad, pero a día de hoy en
un gran número de casos nos estamos encontrando con lo mismo, y no hay de que
sorprenderse, pues los madrileños que son muy refraneros y no suelen fallar,
siempre han sentenciado eso de que a quien Dios no da hijos, el diablo da
sobrinos.
Desgraciadamente, han sido
muchos sacerdotes los que hemos despedido en Asturias en los últimos años, y
detrás de cada nombre hay una forma diferente de actuar siendo en ocasiones, si
no de escándalo, sí de frialdad e interés mezquino con que actúan algunos
parientes del cura. No olvidaré nunca aquel velatorio en la capilla de la Casa
Sacerdotal ante el féretro de un venerable sacerdote, con apenas gente ni
flores, dónde se apreciaba hasta el ruido de los interruptores al encender o
apagar las lámparas, cuando como una estampida de elefantes con vaqueros y
camiseta de ir al gimnasio apareció “la familia”. El primer sobrino en hablar,
dirigiéndose al personal de la casa allí presentes, fue directo y sin rodeos:
¿Dónde está la cartilla de mi tío?. Los presentes nos quedamos helados, pues
con el cadáver aún caliente no hubo ningún interés en saber cómo fue su final,
cómo pasó los últimos días o cuáles fueron sus últimas palabras. Quizás es la
parte más negra de nuestra humanidad la que sale a flote cuando se vislumbran o
se palpan cuatro pesetas inmerecidamente llegadas.
Qué decir de tantos otros
casos como el de otro sacerdote atropellado en accidente de tráfico, el cual falleció
a los pocos días y cuyo funeral se inició casi una hora más tarde ya que su
familia había impuesto hacerle la autopsia a última hora para garantizar la
indemnización del seguro. Vamos, que nunca la vieron tan gorda; no hay que
cuidarlo (no lo hicieron nunca), se lo quitan de delante y encima se van a
llevar un pico por haber sido arrollado por un conductor que se metió en la
acera. ¡Pobre cura! Qué paradoja que por el afán de la saca de “los suyos” llegara
él tarde a su propio funeral, el cual jamás se retrasó en ningún sepelio de los
que en vida tuvo que oficiar.
Esta es la realidad: Sacerdotes
solos en sus casas sin nadie que les atienda; en la sacerdotal o en tantos
otros aparcamientos de la vida sin
visita ni llamada de teléfono de ningún conocido. Curas enfermos, desgastados…
que lo han dado todo por todos y que ahora nadie da nada por ellos. Familias
avaras que por miedo a que la diócesis se quede con lo poco que tienen ahorrado,
se ofrecen a buscarles una residencia -la más barata- cerca “de casa” dónde
desatendidos de las cosas de Dios están controlados para que llegada la hora de
expirar tener más a mano su cartilla. No digo que sea así en todos los casos,
pero haberlos “haylos” (y no pocos) de
todos conocidos.
Familias engreídas y soberbias
que ante la muerte de su tío cura, el Papa les parece poco para celebrarles el
funeral, pero conocidos por su falta de fe y religiosidad o que a los tres días
se convierten en los más agnósticos del pueblo. Qué insulto a la memoria de
alguien que dejó su voz predicando para
contemplar hoy desde el cielo como “los suyos” han dado la espalda a lo que él
desearía que nunca abandonaran, y, “tirando” de otro refrán: “cría cuervos y te
sacarán los ojos”. Así es la vida y nada
podemos hacer. Por suerte, son también muchas las familias modélicas de
sacerdotes que han querido y quieren a los suyos, y que tras haber pasado 50
años o más, siguen participando de la Santa Misa, de la vida de Parroquia y
presumiendo allá donde van: yo tuve un
tío que fue sacerdote de Jesucristo y la mayor herencia que me dejó fue su
breviario gastado, su sotana vieja y el cariño con que me hablan de él cada vez
que paso por las que fueron sus parroquias. Ojalá todas las familias con
alguien soltero, sólo o abandonado se preocupen siempre de cuidarlos con mimo
sin esperar nada a cambio y sin frotarnos las manos cuando vislumbramos su
fenecer para comenzar la rapiña.
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