Estoy asomado a una ventana donde se contempla un horizonte nevado y hace frío hasta en la mirada. Puede parecer que este tiempo invernal es una época dura que cuanto antes hemos de ir superando. Como si estos meses fueran un peaje inevitable que debemos poco a poco atravesar. Las jornadas tienen menos luz y se trabaja en los adentros con discreción y calidez, no a la intemperie que nos dejaría gélidos y tiritones. Pero lentamente los días se van alargando con las fechas imparables que van recabando minutos y espacios a esa vida que no se detiene. Así paulatinamente se nos irá colando antes la luz cada mañana al despertar nuestros ojos, mientras que esa luz madrugadora se hace cada vez más remolona al decirnos adiós al atardecer de cada tarde. No estamos ante la explosión pizpireta de una primavera en flor como en otras épocas de calendas personales o sociales, tampoco nos hallamos ante el apacible estío que llena de sosiego la holganza tranquila al fresco de la brisa de la tarde, y ni siquiera estamos ante el otoño de paz serena con las alfombras de hojas caídas que nos llenan de nostalgia entrañable. El invierno tiene otro formato, otros grados y tiene también otro paisaje.
Es difícil este tiempo de los inviernos tenaces en el que el frío por fuera parece que nos atenta por dentro, y nos deja demasiado desnudos ante una intemperie desnuda también escuálidamente. El paisaje invernal impone esa nota de austeridad que puede sumirnos en una cierta soledad, en un pasmo aterido que nos impone la tristeza o el desencanto. Y, sin embargo, en el invierno la vida también crece, aunque no lo parezca: tiene su sentido, cumple su misión, por eso es urgente saber escuchar su mensaje descubriendo su secreto y calidez. No tiene la apariencia colorida de otras estaciones del año, pero hace su papel indispensable y trabaja calladamente para que luego lleguen los frutos sabrosos y dulces, y rompan las flores con su aroma delicioso, y el agua salte cantarina por torrentes y valles tras el llanto fecundo con el que se derriten nuestros neveros y glaciares desde las cimas más altas hasta las simas indescifrables de profundas hondonadas.
Nuestra vida tiene momentos de invierno que no son inútiles, ni sin sentido, aunque cueste comprenderlos, abrazarlos y vivirlos con todo su significado. Hay que saber habitarlos con la sencillez y sabiduría de quien también aquí se atreve a entender el mensaje de Dios que se esconde en cada instante. Porque no es el momento de la flor ni del fruto, sino el tiempo de la raíz. Y las raíces no trabajan en el escaparate, sino en la más noble trastienda de penumbra recatada, para que luego se pueda presentar y exhibir lo que callandito se ha ido preparando cada día y cada tarde en una vida que no para.
Decía el gran poeta Rilke que “Dios espera donde están las raíces”. No somos nosotros quienes con nerviosa ansiedad nos empeñamos en solucionar con herramientas humanas lo que tan sólo en Dios tiene su arreglo cumplido y completo. Pero en ese surco invernal hay también semillas, que no por ocultas a la mirada dejan de trabajar para el bien bondadoso, para la verdad verdadera y para la belleza hermosa. Esta sería la sabiduría que deberíamos aprender de la parábola del hermano invierno, porque en ella se nos enseña una página inexcusable de vida que no deberíamos dejar pasar sin aprenderla.
Tiene nombres que identifican en la vida esta parábola, como tiene el tiempo de una edad y el domicilio de una circunstancia. Cuando ese nombre señala un momento y su contexto, la parábola deja de ser alarde literario vacío, y se torna un regalo, una verdadera gracia. Porque en el trance del invierno también Dios abraza nuestros temores, cura las heridas que nos desangran, relativiza los desprecios que nos infligen, y en ese cauce se nos susurra una palabra y se nos acerca una ternura que nos libra del hastío escéptico, de la bronca insidiosa y del miedo que acorrala, mientras nos hace sabios con la sabiduría del buen Dios que, en nuestras raíces, trabaja.
+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

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