viernes, 19 de febrero de 2021

Carta semanal del Sr. Arzobispo

Una ceniza para la pandemia

Podría parecer que estamos de nuevo ante un escenario conocido en sus gestos, en sus textos, y en su ambientación costumbrista. Nos pasa como en otras épocas del año cuando llegan las fechas de escenificar lo que está escrito con letras seculares en las calendas de nuestras agendas. Así, llega la cuaresma y damos comienzo a estos cuarenta días de conversión con la consabida ceniza en el miércoles que toma este sobrenombre para un nuevo punto de partida. ¿Pero es así? De ser así estaríamos ante una trampa: la de caer en la rutina de quien repite gestos y textos, por la inercia que impone simplemente el calendario de nuestra agenda. 

Precisamente, esa ceniza con la que comienza la cuaresma, tiene este año una mordiente novedad que nos pone delante otras cenizas que han acompañado estos meses tan aciagos. Demasiada ceniza ha venido con la pandemia de marras, y la Covid-19 nos ha esparcido su peor telón cinerario viendo contagiados a tanta gente tras el anonimato de una fría estadística, a veces falseada y trucada, pero que te hacían temblar las carnes cuando el contagiado, el fallecido, era de tu propia familia, o del círculo de tus amigos, de tu gente querida y conocida. Sí, una ceniza pandémica que ha oscurecido el horizonte de nuestra esperanza, sembrando dudas en la fortaleza de nuestra fe y enfriando el ardor de nuestra caridad. Porque ante la severidad que nos asola, el miedo puede confinar también tantas cosas esenciales para nuestra vida, cuando nos encierra y extraña, cuando nos evade e inhibe, cuando nos deprime y vapulea. 

Pero la ceniza cristiana con la que comenzamos toda cuaresma, siempre es un gesto humilde que pone la fecha de nuestros días y contextualiza la circunstancia que nos embarga, para hacernos ver que no es una repetición cansina y aburrida, un año más viejos por el paso de la vida. Esta ceniza cuaresmera viene a recordarnos la humildad de nuestro origen desde el barro del que fuimos modelados, como literariamente describe el relato bíblico de la creación, y a asomarnos a la meta última de un destino hacia el que esperanzadamente caminamos. 

Los tres gestos que nos propone la cuaresma cristiana, son los que el papa Francisco ha querido recordar en su mensaje de este año: “El ayuno, la oración y la limosna, tal como los presenta Jesús en su predicación (cf. Mt 6,1-18), son las condiciones y la expresión de nuestra conversión. La vía de la pobreza y de la privación (el ayuno), la mirada y los gestos de amor hacia el hombre herido (la limosna) y el diálogo filial con el Padre (la oración) nos permiten encarnar una fe sincera, una esperanza viva y una caridad operante”. 

Efectivamente, hay siempre una conversión pendiente en nuestro camino cristiano, cuando con el ayuno aprendemos a prescindir de lo que es superfluo y dañino, tantas cosas que son inútiles y nocivas que nos tienen secuestrados como fieles usuarios. Igualmente, orar con una mayor entrega en nuestro tiempo dedicado a la plegaria. Porque es verdad que nosotros los creyentes no negamos a Dios, pero la pregunta es si siempre y en todo lo afirmamos. Volver a Dios el corazón, ventilar ante Él las preguntas, esperar con gratitud sus respuestas: esto es orar. Y, finalmente, la limosna, que no consiste únicamente en dar un dinero solidariamente, sino darnos a nosotros mismos con amor: nuestros talentos, nuestro tiempo, los dones que Dios nos ha regalado para repartirlos y compartirlos con nuestras manos. Esta es la cuaresma única e irrepetible de este año, en medio de las cenizas, viendo en ellas resurgir la vida que no fenece porque es eterna. 

+ Jesús Sanz Montes, 
Arzobispo de Oviedo

Unidos a Jesús

jueves, 18 de febrero de 2021

Cuarentena cuaresmal. Por Joaquín Manuel Serrano Vila

Queridos fieles, con el Miércoles de Ceniza que hemos celebrado en dos eucaristías para facilitar el aforo con seguridad, iniciamos esta Cuaresma donde el Señor nos llama al desierto. 

Y qué bien nos hace este camino que nos conducirá hasta la Pascua. Vivamos esta nueva oportunidad  no como la rutina que nos viene dada, sino como una nueva oportunidad que Dios nos regala para vivir radicalmente el espíritu de este tiempo santo que no busca otra cosa que nuestra purificación, acercarnos más a Él y a los hermanos y dejar atrás tantos lastres que nos alejan de nuestro bien y felicidad. 

A punto de cumplirse un año de nuestra convivencia con la Pandemia, habría que añadir: ¡otro año gracias a Dios! Pues son muchísimos ya los que no han llegado a este día, por eso el lenguaje y los mensajes que el Señor nos manda en este tiempo y acontecimientos nos invitan a vivir la Cuaresma de este año con mucha más intensidad. El Covid nos "ayudará" a ello, pues si la Cuaresma nos prepara para la Pascua, convivir con la enfermedad y la muerte lleva nuestra mente y corazón a vislumbrar también más de cerca el destino soñado: la vida eterna.

Igual que el pueblo peregrinó por el desierto cuarenta largos años en busca de la tierra prometida, nosotros lo hacemos ahora sabiendo que esa tierra no es un lugar físico, sino que sencillamente es estar y descansar con el Señor. Aquí en la tierra nos cuesta mucho saborear la presencia de Dios, y es que el demonio siembra nuestro camino de trampas en las que reiteradamente caemos y que nos alejan del Señor. No olvidemos que "el mundo, el demonio y la carne" (poder, tener y placer) son enemigos de la virtud por definición: ''Si fuerais del mundo, el mundo os amaría; pero como no sois del mundo, sino que yo os escogí de entre el mundo, por eso el mundo os odia'' (Jn 15,19). 

Esta Cuadragésima decimos que es un tiempo fuerte, un momento de gracia, un período penitencial. En definitiva, son cuarenta días para mirar hacia nuestro interior y analizar qué nos hace falta por dentro y por fuera, y qué nos sobra para poder amar más y mejor a Dios y a nuestros semejantes. Debemos prepararnos espiritualmente para la fiesta de todas las fiestas, esforzamos en purificarnos y crecer en la fe... Si algo caracteriza la Cuaresma es su sobriedad, la sencillez y el silencio. Es un momento de adentrarnos en el desierto, de hacer retiro individual y propósito de enmienda, de poner en práctica las pautas de este Tiempo: ayuno, oración y limosna. No se piden grandes sacrificios, que por otra parte no suelen alcanzar más allá de la primera semana, sino que es mejor empezar con ritmo pausado pero constante, de un esfuerzo personal. Hay personas que intentan no fumar en toda la Cuaresma, cuando ha de ser preferible mejorar las cosas día a día: mañana voy a fumar la mitad, voy a guardar lo que ahorré en tabaco para una limosna, voy a contener mi mal humor, o voy a esforzarme en saludar al vecino que sé que me critica...

El Papa Francisco nos ha regalado muchas y originales ideas para este tiempo: apagar el televisor y abrir la Bíblia, desconectar el móvil y conectarnos al Evangelio, o renunciar a palabras y críticas e inútiles para dedicar más tiempo al Señor rezando para que transforme nuestro corazón. Cada cual sabe lo que más necesita y lo que más le hace falta. En este tiempo en que miraremos a la Cruz, al "Vía Crucis", a la Pasión, tengamos muy presentes a los que han muerto, a los que van quedando atrás y a todos los que sufren: los enfermos del covid-19, médicos y sanitarios, Fuerzas de Seguridad y de Servicios; a los que se han quedado sin trabajo o a los que están siendo golpeados de cualquier forma por la crisis económica derivada de la Pandemia, y a tantos que hemos de tener  presentes en la oración hoy más que nunca.

Tenemos también ahora en "tiempos revueltos" que construir puentes en nuestro entorno y regalar sonrisas aunque estén tapadas por mascarillas; que con nuestro trato seamos para todos ese abrazo que no podemos dar no sólo para los amigos, sino que todos vean que los seguidores del Nazareno queremos ser testimonio y abrir caminos y llevar luz donde no la hay. La luz de la Pascua Resucitada a la que nos encaminamos es la misma que nos recuerda que Cristo con su muerte venció la nuestra. 

Que se haga verdad en esta nuestra Cuaresma lo que canta la liturgia de estos días, que sea un tiempo de gracia especial para purificar el corazón de todos los hijos de Dios, "de modo qué, libres de todo afecto desordenado, vivamos las realidades temporales adhiriéndonos a las eternas”.

Buena, provechosa y Santa Cuaresma

Joaquín, párroco

Cuaresma: «Cuarenta días para fiarnos de Aquel que no se cansa de esperarnos»

Este Miércoles de Ceniza comenzó en la Catedral de Oviedo con la celebración de la Misa Capitular a las 9,15 h. presidida por nuestro Arzobispo, Mons. Jesús Sanz. En su homilía, recordó que la Iglesia propone, un día como hoy, «los mismos textos y oraciones de la liturgia, año tras año, algo que puede ser motivo de desconcierto», afirmó. «Parece que entramos en un bucle donde no hay novedad, donde parece que lo tenemos todo demasiado sabido pero, como decía el profeta Isaías, a la hora de enumerar nuestros cansancios, yo quiero salvarte». «Tus palabras –decía– pueden sonar torpes y cansinas, pero yo quiero venir a tu encuentro». Un tono de esperanza, que tal y como manifestó el Arzobispo de Oviedo en este Miércoles de Ceniza, «se acompaña con lo que nos dice hoy San Pablo en su carta a los Corintios: Dejáos reconciliar con Dios. Si tiene que haber una reconciliación, significa que tenemos conflictos pendientes, y hoy es el día de vuestra salvación, tal y como terminaba diciendo el Apóstol».

Finalmente, Mons. Sanz recordó que en el Evangelio de hoy se mencionan tres actitudes para esta Cuaresma, y coinciden con los tres gestos que el Papa ha querido subrayar para su mensaje de este año: ayuno, limosna y oración.

«Un ayuno de las cosas que no nos sirven, pero de las que somos fieles usuarios; aquellas cosas que nos enajenan de Dios y nos extrañan ante los hermanos. Una limosna –dijo– que soy yo mismo. Lo que Dios quiere repartir a través de mí, si yo le dejo y pongo mi vida en sus manos. Y finalmente la oración. Probablemente todos los que estamos aquí no negamos a Dios. Pero ¿lo afirmamos siempre?», cuestionó Mons. Sanz.

Son tres actitudes: fe, esperanza y caridad, «que nunca están suficientemente aprendidas».

Y recordando este Miércoles de Ceniza, el Arzobispo de Oviedo explicó que «cenizas no nos han faltado de este año para acá. Cenizas en las estadísticas cotidianas, en las que la desazón parecía debilitar nuestra fe, ceniza, en definitiva, que nos enfría el corazón. Estas cenizas no nos han faltado. Pero la ceniza de este miércoles es distinta: nos recuerda el polvo del que nacimos y la meta hacia la que caminamos. Los cristianos, ya lo he dicho muchas veces –afirmó– no creemos en una vida larga, sino en la vida eterna. Todas estas cosas que están pasando nos afectan, pero no nos destruyen».

Mons. Sanz recordó que en esta última semana ha tenido que despedir a tres sacerdotes fallecidos –D. Senén González Zapico, D. Luis García Pola y D. Ángel González Suárez–, y finalizó manifestando que «La ceniza viene con este gesto humilde, a recordarnos el origen humilde de la meta gloriosa hacia la que caminamos. Cuarenta días para fiarnos de Aquel que no se cansa de esperarnos».

miércoles, 17 de febrero de 2021

Mensaje del Santo Padre Francisco para la Cuaresma 2021

«Mirad, estamos subiendo a Jerusalén...» 
(Mt 20,18).

Cuaresma: un tiempo para renovar la fe, la esperanza y la caridad.

Queridos hermanos y hermanas:

Cuando Jesús anuncia a sus discípulos su pasión, muerte y resurrección, para cumplir con la voluntad del Padre, les revela el sentido profundo de su misión y los exhorta a asociarse a ella, para la salvación del mundo.

Recorriendo el camino cuaresmal, que nos conducirá a las celebraciones pascuales, recordemos a Aquel que «se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz» (Flp 2,8). En este tiempo de conversión renovemos nuestra fe, saciemos nuestra sed con el “agua viva” de la esperanza y recibamos con el corazón abierto el amor de Dios que nos convierte en hermanos y hermanas en Cristo. En la noche de Pascua renovaremos las promesas de nuestro Bautismo, para renacer como hombres y mujeres nuevos, gracias a la obra del Espíritu Santo. Sin embargo, el itinerario de la Cuaresma, al igual que todo el camino cristiano, ya está bajo la luz de la Resurrección, que anima los sentimientos, las actitudes y las decisiones de quien desea seguir a Cristo.

El ayuno, la oración y la limosna, tal como los presenta Jesús en su predicación (cf. Mt 6,1-18), son las condiciones y la expresión de nuestra conversión. La vía de la pobreza y de la privación (el ayuno), la mirada y los gestos de amor hacia el hombre herido (la limosna) y el diálogo filial con el Padre (la oración) nos permiten encarnar una fe sincera, una esperanza viva y una caridad operante.

1. La fe nos llama a acoger la Verdad y a ser testigos, ante Dios y ante nuestros hermanos y hermanas.

En este tiempo de Cuaresma, acoger y vivir la Verdad que se manifestó en Cristo significa ante todo dejarse alcanzar por la Palabra de Dios, que la Iglesia nos transmite de generación en generación. Esta Verdad no es una construcción del intelecto, destinada a pocas mentes elegidas, superiores o ilustres, sino que es un mensaje que recibimos y podemos comprender gracias a la inteligencia del corazón, abierto a la grandeza de Dios que nos ama antes de que nosotros mismos seamos conscientes de ello. Esta Verdad es Cristo mismo que, asumiendo plenamente nuestra humanidad, se hizo Camino —exigente pero abierto a todos— que lleva a la plenitud de la Vida.

El ayuno vivido como experiencia de privación, para quienes lo viven con sencillez de corazón lleva a descubrir de nuevo el don de Dios y a comprender nuestra realidad de criaturas que, a su imagen y semejanza, encuentran en Él su cumplimiento. Haciendo la experiencia de una pobreza aceptada, quien ayuna se hace pobre con los pobres y “acumula” la riqueza del amor recibido y compartido. Así entendido y puesto en práctica, el ayuno contribuye a amar a Dios y al prójimo en cuanto, como nos enseña santo Tomás de Aquino, el amor es un movimiento que centra la atención en el otro considerándolo como uno consigo mismo (cf. Carta enc. Fratelli tutti, 93).

La Cuaresma es un tiempo para creer, es decir, para recibir a Dios en nuestra vida y permitirle “poner su morada” en nosotros (cf. Jn 14,23). Ayunar significa liberar nuestra existencia de todo lo que estorba, incluso de la saturación de informaciones —verdaderas o falsas— y productos de consumo, para abrir las puertas de nuestro corazón a Aquel que viene a nosotros pobre de todo, pero «lleno de gracia y de verdad» (Jn 1,14): el Hijo de Dios Salvador.

2. La esperanza como “agua viva” que nos permite continuar nuestro camino 

La samaritana, a quien Jesús pide que le dé de beber junto al pozo, no comprende cuando Él le dice que podría ofrecerle un «agua viva» (Jn 4,10). Al principio, naturalmente, ella piensa en el agua material, mientras que Jesús se refiere al Espíritu Santo, aquel que Él dará en abundancia en el Misterio pascual y que infunde en nosotros la esperanza que no defrauda. Al anunciar su pasión y muerte Jesús ya anuncia la esperanza, cuando dice: «Y al tercer día resucitará» (Mt 20,19). Jesús nos habla del futuro que la misericordia del Padre ha abierto de par en par. Esperar con Él y gracias a Él quiere decir creer que la historia no termina con nuestros errores, nuestras violencias e injusticias, ni con el pecado que crucifica al Amor. Significa saciarnos del perdón del Padre en su Corazón abierto.

En el actual contexto de preocupación en el que vivimos y en el que todo parece frágil e incierto, hablar de esperanza podría parecer una provocación. El tiempo de Cuaresma está hecho para esperar, para volver a dirigir la mirada a la paciencia de Dios, que sigue cuidando de su Creación, mientras que nosotros a menudo la maltratamos (cf. Carta enc. Laudato si, 32-33;43-44). Es esperanza en la reconciliación, a la que san Pablo nos exhorta con pasión: «Os pedimos que os reconciliéis con Dios» (2 Co 5,20). Al recibir el perdón, en el Sacramento que está en el corazón de nuestro proceso de conversión, también nosotros nos convertimos en difusores del perdón: al haberlo acogido nosotros, podemos ofrecerlo, siendo capaces de vivir un diálogo atento y adoptando un comportamiento que conforte a quien se encuentra herido. El perdón de Dios, también mediante nuestras palabras y gestos, permite vivir una Pascua de fraternidad.

En la Cuaresma, estemos más atentos a «decir palabras de aliento, que reconfortan, que fortalecen, que consuelan, que estimulan», en lugar de «palabras que humillan, que entristecen, que irritan, que desprecian» (Carta enc. Fratelli tutti [FT], 223). A veces, para dar esperanza, es suficiente con ser «una persona amable, que deja a un lado sus ansiedades y urgencias para prestar atención, para regalar una sonrisa, para decir una palabra que estimule, para posibilitar un espacio de escucha en medio de tanta indiferencia» (ibíd., 224).

En el recogimiento y el silencio de la oración, se nos da la esperanza como inspiración y luz interior, que ilumina los desafíos y las decisiones de nuestra misión: por esto es fundamental recogerse en oración (cf. Mt 6,6) y encontrar, en la intimidad, al Padre de la ternura.

Vivir una Cuaresma con esperanza significa sentir que, en Jesucristo, somos testigos del tiempo nuevo, en el que Dios “hace nuevas todas las cosas” (cf. Ap 21,1-6). Significa recibir la esperanza de Cristo que entrega su vida en la cruz y que Dios resucita al tercer día, “dispuestos siempre para dar explicación a todo el que nos pida una razón de nuestra esperanza” (cf. 1 P 3,15).

3. La caridad, vivida tras las huellas de Cristo, mostrando atención y compasión por cada persona, es la expresión más alta de nuestra fe y nuestra esperanza.

La caridad se alegra de ver que el otro crece. Por este motivo, sufre cuando el otro está angustiado: solo, enfermo, sin hogar, despreciado, en situación de necesidad… La caridad es el impulso del corazón que nos hace salir de nosotros mismos y que suscita el vínculo de la cooperación y de la comunión.

«A partir del “amor social” es posible avanzar hacia una civilización del amor a la que todos podamos sentirnos convocados. La caridad, con su dinamismo universal, puede construir un mundo nuevo, porque no es un sentimiento estéril, sino la mejor manera de lograr caminos eficaces de desarrollo para todos» (FT, 183).

La caridad es don que da sentido a nuestra vida y gracias a este consideramos a quien se ve privado de lo necesario como un miembro de nuestra familia, amigo, hermano. Lo poco que tenemos, si lo compartimos con amor, no se acaba nunca, sino que se transforma en una reserva de vida y de felicidad. Así sucedió con la harina y el aceite de la viuda de Sarepta, que dio el pan al profeta Elías (cf. 1 R 17,7-16); y con los panes que Jesús bendijo, partió y dio a los discípulos para que los distribuyeran entre la gente (cf. Mc 6,30-44). Así sucede con nuestra limosna, ya sea grande o pequeña, si la damos con gozo y sencillez.

Vivir una Cuaresma de caridad quiere decir cuidar a quienes se encuentran en condiciones de sufrimiento, abandono o angustia a causa de la pandemia de COVID-19. En un contexto tan incierto sobre el futuro, recordemos la palabra que Dios dirige a su Siervo: «No temas, que te he redimido» (Is 43,1), ofrezcamos con nuestra caridad una palabra de confianza, para que el otro sienta que Dios lo ama como a un hijo.

«Sólo con una mirada cuyo horizonte esté transformado por la caridad, que le lleva a percibir la dignidad del otro, los pobres son descubiertos y valorados en su inmensa dignidad, respetados en su estilo propio y en su cultura y, por lo tanto, verdaderamente integrados en la sociedad» (FT, 187).

Queridos hermanos y hermanas: Cada etapa de la vida es un tiempo para creer, esperar y amar. Este llamado a vivir la Cuaresma como camino de conversión y oración, y para compartir nuestros bienes, nos ayuda a reconsiderar, en nuestra memoria comunitaria y personal, la fe que viene de Cristo vivo, la esperanza animada por el soplo del Espíritu y el amor, cuya fuente inagotable es el corazón misericordioso del Padre.

Que María, Madre del Salvador, fiel al pie de la cruz y en el corazón de la Iglesia, nos sostenga con su presencia solícita, y la bendición de Cristo resucitado nos acompañe en el camino hacia la luz pascual. 

Roma, San Juan de Letrán, 11 de noviembre de 2020, memoria de san Martín de Tours.



Francisco

Rito de la Ceniza 2021

 

martes, 16 de febrero de 2021

Necrológica

Falleció el sacerdote diocesano Rvdo. Sr. D. Ángel González Suárez

Nació en Sebarga (Amieva) el 31 de Enero de 1948

Ingresó en el Seminario Diocesano de Oviedo donde cursó los estudios de filosofía y teología.

Ejerció el diácono el curso pastoral 1972-1973 como adscrito a la Parroquia de San Martín de Besullo (Cangas de Narcea) en cuyo templo recibió la ordenación sacerdotal el 5 de agosto de 1973 por manos del entonces Arzobispo de Oviedo Monseñor Díaz Merchán. 

Sus encomiendas pastorales fueron:

Misionero en la Diócesis de Gitega - Burundi (1973 - 1984)

Estudios de Catequética y adscrito a St François de Salles - París (1984 - 1986)

Moderador del Equipo sacerdotal de Santa María de Cerredo, Santiago Apóstol de Degaña, Santa Eulalia de Larón, San Pedro de Taladriz, San Jorge de Tormaleo, Santa María de Sisterna y San Luis de Tablado (1986 - 1989)

Párroco de Santa María de Riosa y Santo Adriano (1989 - 1996)

Arcipreste de Morcín (1994-1996)

Párroco de la Sagrada Familia de las Vegas - Corvera (1996 - 2005)

Vice-arcipreste de Avilés (1998-2001)

Miembro elegido del Consejo Presbiteral (2000 - 2003)

Curso de actualización teológica en Salamanca (2005-2006)

Párroco de San Pelayo de Olloniego, San Julián de Box de Tudela Veguín, 
Santiago de Tudela Agüeira, Santa Eulalia de Manzaneda y San Pedro de Naves (2006 - 2015)

Adscrito a San José de Pumarín - Oviedo (2015 - 2021)

Administrador Parroquial de San José de Pumarín - Oviedo (Enero - Septiembre 2018)

Encargado Adjunto del Archivo Diocesano (2015 - 2021)

También colaboró desde el año 2015 hasta el 2019 con la Capellanía de las Madres Pasionistas del Convento de Santa María Magdalena de Fitoria - Oviedo. 

Tras unos años luchando contra una grave enfermedad que le apartaron de la vida pastoral y la colaboración en la Curia Diocesana fijó su domicilio en casa de su familia en el barrio de Pumarín de Oviedo dentro de la jurisdicción de la parroquia de San José en la que estaba destinado como adscrito. Aquí ha sido atendido por su hermana hasta el final. El pasado sábado día 13 de febrero, agravada su salud fue ingresado en el Hospital Universitario Central de Asturias donde falleció en la mañana de hoy día 16 de febrero a los 73 años de edad, y 48 de ministerio sacerdotal. 

D. E. P.

El funeral por su eterno descanso, tendrá lugar mañana miércoles día 17 de febrero, a las 12 horas en la Parroquia de San José de Pumarín (Oviedo), presidido por el Sr. Arzobispo de Oviedo. A continuación sus restos mortales serán trasladados a la Parroquia de Santa María de Sebarga - Cirieño (Amieva) donde habrá una segunda celebración antes de recibir cristiana sepultura en el Cementerio parroquial.

''Ahora ha sido manifestada por la aparición de nuestro Salvador Cristo Jesús, quien abolió la muerte y sacó a la luz la vida y la inmortalidad por medio del evangelio''
                                                                                                                           (2 Tim 1,10)