viernes, 22 de marzo de 2024

1ª Charla Cuaresmal del Arciprestazgo de Oviedo 2024 a cargo del Sr. Arzobispo de Oviedo


Los desiertos modernos: intemperies para nuestra esperanza
«El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?» (Salmo 26)
Conferencia cuaresmal en la Catedral de Oviedo. 20 marzo de 2024

Obertura musical
Federico Jusid. Requiem. (Soundtrack de la serie “Isabel”).

Requiem es descanso inmenso, paz eterna, silencio envolvente. Es lo que pedimos con estas notas conmovedoras al inicio de nuestras conferencias cuaresmales.

Introducción

​Es la oración vespertina, la que toda la Iglesia eleva a su Señor cuando el día ya declina como plegaria agradecida con la que queremos dar gracias. Quedan atrás las horas, los sudores y las fatigas. También ya son pretérito lo que en este día se nos ha concedido vivir entre el gozo que nos dilata el corazón y la mirada y los disgustos que nos encogen el alma y las entrañas. Pero hemos elevado nuestra oración cantando los salmos atreviéndonos a poner la Palabra de Dios en nuestros labios, sabedores de que no tenemos un verbo adecuado para decirle al Señor lo que de suyo es inefable. Y entonces tomamos prestada la salmodia como hicieron los profetas, como hicieron Jesús, María, los Apóstoles y los santos todos, y nuestra gente sencilla que aprendió a cantarlos con devoción popular. Le hemos pedido que viniera en nuestro auxilio y que se apresurarse a socorrernos. Él no ha faltado a la cita.

​Nos disponemos a esta reflexión como una ayuda en el tramo final de la cuaresma, con estas conferencias que se enmarcan dentro de un itinerario de subida al Jerusalén de la pascua. En Jesús fueron muchas las idas y venidas desde que comenzó su ministerio de buen Pastor con signos, gestos y palabras, dejando atrás aquellos casi treinta años de discreción misteriosa entre virutas y garlopas, en el taller de la carpintería donde fue iniciado en la profesión artesana de la madera por José de Nazaret, su padre adoptivo, bajo la mirada familiar de María, su madre virginal. De maderas iba la cosa, cuando al final le aguardaba el madero de la cruz redentora. Estamos ya en los últimos momentos de ese camino de tres años. El hogaño se hacía intenso sin olvidar cada uno de los encuentros con tanta gente de antaño.

​Así comenzamos nosotros estas conferencias cuaresmales con este formato novedoso que entremezcla la oración y la palabra, la plegaria y la propuesta, la música y la letra, compartiendo como hermanos el deseo y la andanza. Yo agradezco que hayan acudido sacerdotes, religiosas y fieles laicos. Quiera el Señor bendecirnos a todos en esta ocasión señera para aprestarnos a la sorpresa de un Dios que nunca aburre ni satura, y que diciéndonos lo mismo de siempre Él jamás se repite. A la puerta está llamando, esperando que le abramos para pasar y cenar con nosotros y nosotros con Él, como emocionado nos recordaba San Juan en un rincón del Apocalipsis (Apoc 3, 20).

1. Entre la inercia y la sorpresa de algo que Dios nos estrena

​Se ponen graves las calles de esta Vetusta ovetense al llegar estas fechas de tan alto raigambre cristiano. Ya nos iban avisando nuestras hermandades cofrades cuando ensayaban sus pasos procesionales al ritmo de timbales y cornetas como quien señala que ya llega la comitiva piadosa inundando de talento y devoción las caleyas y plazuelas de nuestra señorial capital del Principado de Asturias.

​No es una gravedad prestada e impostada, sino que emerge del hondón sincero de nuestra alma cristiana, a pesar de que seamos lentos, pobres e incoherentes cuando decimos con los labios lo que nuestra vida luego no narra. Pero, a pesar de estos requiebros tan humildemente humanos, nos asomamos a unos días especiales a los que nos convoca de nuevo la Iglesia, madre y maestra en medio de la edad de nuestros años.

​Me lo he preguntado en estos días muchas veces, y lo he hecho en voz alta como queriendo compartir el interrogante que me zarandea y “simielga” (como decimos en Asturias) para despertarme si sesteo en demasía adormilado en lontananza de las cosas esenciales que valen la pena. La pregunta es algo tan simple como una cifra: ¿cuántas cuaresmas llevo ya vividas y contadas desde que tengo uso de razón cristiana? Al ver que me salen bastantes, con pudor clandestino me hice la siguiente pregunta mucho más inquisitiva: ¿qué han aportado a mi crecimiento y maduración cristiana? Según iba entonando el miserere pidiendo perdón por mi pequeñez torpe y pecadora, y pidiendo la clemencia de la gracia divina, brotaba espontánea la audacia de quien tiene conciencia de su pobreza. No podía ni puedo negociar la compraventa, ni traficar con amaño algo que suene a derecho reivindicador, cuando sólo cabe la espera asombrada de la más gratuita de las gracias. Señor, ten piedad… musitaba en mi canto en voz baja, y no te canses de esperarme siempre en mi regreso a la casa encendida y habitada, tras todas mis intemperies en los extravíos de noches y mañanas fuera de tu mirada.

​Así estamos en esta tarde en nuestra Catedral de Oviedo, la Sancta Ovetensis que nos proclama en las reliquias de los santos y en la reliquia por antonomasia del Santo Sudario: has sido llamado a una vida santa, es decir, a una vida cristiana capaz de abrazar cada instante y en cada momento ser abrazados con la compañía discreta de un Dios que jamás se ausenta al dejarse ver de tantos modos, que siempre nos habla cuando nos acerca su palabra o su silencio, un Dios al que, en definitiva, le importa mi vida, se sabe mi nombre y lo lleva tatuado en las palmas de sus manos como dice el profeta (Is 49, 16).

Ya me gustaría poder sacudir la inercia de tantas Semanas Santas vividas antes. Porque ese costumbrismo que tanto nos ha acostumbrado piadosamente, puede suscitar una actitud sabihonda como quien se apresta a escuchar un canto oído demasiadas veces, o releer una historia cuyo final se conoce. Una inercia acostumbrada que nos roba el asombro y acaso nos confina a una vivencia que hace tiempo dejó de conmovernos. Quiera Dios valerse de este humilde pregonero para asomarnos a una Semana Santa inédita, esa que nunca antes sucedió y que jamás se repetirá, tal que esta que tenemos casi ya delante de nuestra calenda. Y que verdaderamente nos toque el corazón en sus pliegues más íntimos y enteros, para poder pedir con Santa Teresa de Jesús: “Dios nos conceda saber cuánto le hemos costado”, así decía conmovida nuestra andariega santa abulense.

2. Cuaresma y carnaval

Los cristianos hemos recorrido la senda cuaresmal que llega ya a sus últimos recodos. Quedan atrás las charangas con sus notas de desenfado con más o menos gusto e ingenio en el pasado carnaval. Siempre que nos asomamos a las cenizas y a los carnavales del comienzo de la cuaresma, podría parecer que los cristianos estamos ante una pugna, con ese pulso que cada año dicen que volvemos a plantear frente a todos. Es fácil endosarnos una especie de uniforme oscuro, en divisa cenicienta, que da la impresión que somos gente dura, gente triste, amiga siempre del recorte de cualquier abundancia. Así se nos caricaturiza en no pocos foros de la opinión pública y en la publicada. Pero, evidentemente, no nos reconocemos en tal atuendo ni es nuestro tan ajeno disfraz.

Para no pocos, la cuaresma es como una especie de secular venganza de la Iglesia contra la alegría, contra la visión optimista y juguetona de la existencia. Llega la cuaresma cristiana y su mensaje sigue resultando extraño para tanta gente. Tanto que, algunos organizan su correspondiente vacuna folclórica: se sacan las coreografías del carnaval al uso, con disfraces y caretas, caravanas divertidas, bacanales a medida, desenfrenos de encargo y orgías pagables con tarjeta de crédito negras o multicolor.

​Los cristianos dale con su cuaresma, con sus ayunos, sus limosnas y su oración. Quien tuviera que hacer una crónica apresurada de este escenario, tendría un fácil titular periodístico: la vieja batalla entre la señora cuaresma y don carnal, entre el libertinaje y los diez mil mandamientos, entre el paraíso fiscal del vale todo y el infierno penal de todos los peajes. Así las cosas, es justo y necesario que nos preguntemos si los cristianos somos tan extraños y obsoletos de verdad. ¿Nos embarca la Iglesia cada año a un viaje tan triste y sin final? Y bueno, no faltarán los que alardeando de cuatro ideas religiosas prendidas del baúl de sus pretéritos, digan incluso: pero, ¿no ha resucitado Cristo ya? ¿A qué vienen, pues, todas estas alharacas cenicientas en las que la Iglesia se empeña cada año? Y surge casi inevitable la inevitable conclusión: que los cristianos han perdido el tren de la vida, repiten sus trasnochadas cantinelas, y sus musas son sirenas de la nada.

Hemos de decir que los cristianos creemos que Cristo ha resucitado. Pero nosotros no. En nuestra vida quedan aún tantas cosas que tienen pendiente la pascua del Señor, tantas zonas en las que su luz resucitada todavía no ha entrado iluminando. Y año tras año hacemos el camino cuaresmal con la alegría del evidente realismo que deja fuera cualquier hipocresía, sin disfraces ni caretas: necesitamos resucitar también nosotros. Y lo hacemos andando el camino de Jesús. No creemos en una alegría fugaz, prestada, escondida tras una careta que tapa una realidad mucho menos halagüeña. Creemos en una alegría que es fruto de la verdad, de la verdad de nuestra vida, porque sólo la verdad nos hace libres y nos da esa alegría que nadie nos podrá arrebatar (cf. Jn 16, 22).

La cuaresma que nos aprestamos a concluir, no es un túnel negro e inevitable que cada año hemos de recorrer los cristianos. Es un camino por el que volvemos a tomar el sendero que habíamos perdido, la paz que habíamos quebrado, la belleza que habíamos manchado, la bondad que habíamos embrutecido y la fidelidad que habíamos traicionado. Todos tenemos, en mayor o menor medida, necesidad de volver, esa vuelta que en el lenguaje cristiano llamamos conversión. Volver a empezar dejándonos abrazar por una misericordia infinitamente mayor que todos nuestros traspiés pecadores.

Nos metemos en estos andurriales cuaresmales y semanasanteros no porque la jarana de carnaval que ya caducó -como siempre- nos parezca un exceso, sino justamente porque nos sabe a demasiado poco. No nos asiste una actitud reaccionaria, sino una postura de realismo ambicioso: nuestro corazón no nos perdonaría jamás que a su infinita exigencia de felicidad la entretuviésemos con un contento que termina, con una alegría que lleva inscrita por doquier su camuflada fecha de caducidad.

3. El deseo incensurable: nostalgia de lo mejor que sucederá

Todos tenemos experiencia de que no logramos que nazca lo que en verdad sueña nuestro adentro. No llegamos a conseguir por nosotros mismos la realización de un destino para el que hemos nacido y al que nos es imposible renunciar. Este ensueño del corazón humano, corazón inquieto hasta que descanse en Dios, como decía el gran san Agustín, tiene nombre de paz, a ternura sabe, luminoso y claro es su color, en permanente deuda con ese buen Dios que endeudándonos nos hace libres como nadie y de verdad; un ensueño que no es privado sendero egoísta, sino que se abre de par en par hacia todas nuestras direcciones: las que nos llevan y nos traen hacia el Misterio de Dios mismo, las que nos recorren y sorprenden en el encuentro con el hermano y el amigo; las que nos adentran y nos comparten en la conciencia personal más nuestra; un ensueño tan viejo como eterno es Dios, huella que nos dejó marcada en nuestro barro fresco aún como si de una firma se tratase cuando nos hizo de arcilla nuestro Alfarero Dios; un ensueño mil veces intuido y otras mil veces extraviado, confundido y traicionado; un anhelo que nos constituye, que nos pone en pie cada mañana para volver a la hazaña de vivir y convivir la aventura cotidiana.

Es el íter de nuestro origen, el de cada hombre y cada mujer y el de la historia de la humanidad, el que nos empuja a buscar adecuadamente el camino que nos lleve a nuestro destino cierto, a ese para el que fuimos hechos y para el que nacimos. Por eso, ante la certeza evidente de ser vulnerables a tantos señuelos, débiles y cansinos ante tropiezos y enredos, por esta razón, precisamente por amor hacia lo mejor de nosotros mismos, la Iglesia nos ha vuelto a proponer un año más la cuaresma cuando miramos tan cerca la Semana Santa tan a nuestra vera ya.

No tenemos un rancio complejo de estar al margen de determinadas grescas, porque no es su exceso el que nos amilana o asusta, sino su cortedad y chantaje lo que con lucidez nos desengaña. Todas esas cosas mejores de nuestro corazón y nuestra vida, lo son porque participan ya del triunfo pascual de Jesucristo, pero a fuer de ser sinceros, o sencillamente veraces, no todo lo que hay en nosotros o entre nosotros, goza de esa luz resucitada ni se deja abrazar por esos brazos desclavados para siempre del madero de la muerte. No queremos, entonces, que este tiempo en el que estamos, nos pase sin pena ni gloria un año más, porque la Semana Santa de este año es única, como únicas son nuestras preguntas y cuitas, nuestros retos y desafíos, nuestras lágrimas y sonrisas.
4. Los desiertos que nos desafían

El desierto es paso inevitable para llegar a Jerusalén, como lo fue también para el pueblo de Israel cada vez que salió de sus exilios en Egipto o Babilonia dirigiéndose a la tierra que Dios les prometió. No hay atajo que evite esos desiertos ni se pueden canjear por una bicoca a módico precio. El desierto son las afueras que nos provocan de continuo poniendo a prueba nuestra fortaleza, nuestra seguridad y confianza. Cada día constatamos la vulnerabilidad de nuestra vida. Todos los paraguas atómicos, todas las cámaras de seguridad, todos los drones con los que somos vigilados y las redes sociales que nos sirven para comunicarnos y al mismo tiempo para aislarnos más y más, dibujan con enorme incertidumbre la realidad dura de una intemperie global en un desierto moderno debidamente maquillado y adornado con las trampas de nuestro plexiglás. Y como se preguntó el pensador y exegeta franco-judío André Neher, también nosotros nos cuestionamos si después de Auschwitz es posible hacer teología ante una especie de exilio de la Palabra de Dios en medio de nuestros holocaustos, guerras y tragedias [Cf. A. Neher, L’esilio della Parola. Dal silenzio biblico al silenzio di Auschwitz (Medusa. Napoli 2010); también puede verse el ensayo de D. di Matteo, L’esilio della Parola. Il tema del silenzio nel pensiero di André Neher (Mimesis. Milano 2020)].

Es precioso testimonio de Benedicto XVI cuando visitó ese campo de concentración nazi en Auschwitz-Birkenau en 2006 con aquellas conmovedoras palabras: «En un lugar como este se queda uno sin palabras; en el fondo sólo se puede guardar un silencio de estupor, un silencio que es un grito interior dirigido a Dios: ¿Por qué, Señor, callaste? ¿Por qué toleraste todo esto? Con esta actitud de silencio nos inclinamos profundamente en nuestro interior ante las innumerables personas que aquí sufrieron y murieron. Sin embargo, este silencio se transforma en petición de perdón y reconciliación, hecha en voz alta, un grito al Dios vivo para que no vuelva a permitir jamás algo semejante» [Benedicto XVI, Discurso en el campo de concentración de Auschwitz (28 mayo 2006)].

Poniendo la fecha de nuestros días, podemos atestiguar que suenan hoy otras sirenas reabriendo los refugios antiaéreos que con premura y pánico absorben a la población impávida que no entiende casi nada de lo que está sucediendo. Las sirenas de nuestras prisas, los refugios de nuestras evasiones, las trincheras de nuestras batallas pendencieras. Son un macabro escenario que se repite en la larga historia de la humanidad: cambian los métodos, son más sofisticados los armamentos, pero el rictus de dolor, de miedo, y la capacidad de autodestrucción fratricida, sigue siendo la misma. Caín lo hizo con una simple quijada de asno matando de un golpe a su hermano Abel. Desde entonces hasta los drones de precisión milimétrica para asestar un golpe mortal al enemigo de enfrente, han pasado siglos y siglos, pero sigue siendo actual y vigente el absurdo que significa siempre matar al hermano, por pensar, sentir y creer de un modo distinto. Es un botón de muestra que nos dice que algo de nuestra convulsa historia de la humanidad tiene sin resolver cosas importantes.

Pueden darse las tormentas varias que nuestro mundo contradictorio escenifica en el foro internacional y nacional cuando vemos guerras que no cesan, cada vez más rebuscadas. Y corrupciones que laminan la política con los bribones que como tiburones no dejan de aprovecharse de todo y de todos para seguir apoltronados en sus vergüenzas a cualquier precio, como constatamos día a día. No es fácil asomarse a estos escenarios del mundo o de nuestra patria chica levantando acta de los desmanes impunes, de las mentiras zafias, de las violencias varias. Son el mapa de un desierto que asola nuestra sociedad actual poniendo patas arriba la mesura ponderada de un mundo asistido por la justicia y edificado sobre la paz en un beso que embelesa, como decía el salmista (Sal 84).

¡Cuántos vientos soplan huracanados, lluvias que arrecian con virulencia, ríos que crecen desbordados… todo ello batiéndose contra una casa que no tiene cimientos en una roca firme que duda y se tambalea! (cf. Mt 7, 24-25). Pueden darse también las confusiones extrañas y los momentos de perplejidad en donde menos cabría imaginar tamañas imposturas incluso dentro de la Iglesia, como si fuera una edición corregida y aumentada de la tempestad que nos refiere el Evangelio ante la zozobra de los discípulos y la apariencia durmiente del Maestro en la popa de la barca que los atenazaba con sus olas encrespadas (cf. Mc 4, 37-41). En medio de estos tablados del palenque mundial, nacional y eclesial viene a añadirse como bitácora más íntima el cansancio personal, no exento de miedo saturado y desanimado ante la falta de un horizonte claro o unas fuerzas menguadas quizás por no haber sido nutridas por lo que las fortalece y ensancha. Tantas cosas que nos retan y astillan desafiándonos, como frontispicio en este inédito itinerario de la cuaresma cristiana, en una especie de batalla sobrevenida frente a un Goliat que mete miedo y para el que no valen ni nuestras fugas cobardes e inhibidoras, ni las corazas y espadas prestadas que no sirven para nada (cf. 1 Sam 17).

Así podemos entender lo que rezábamos el primer día de la cuaresma, humilde plegaria que sube hasta Dios como incienso en su presencia: “Concédenos, Señor, comenzar el combate cristiano con el ayuno santo, para que, al luchar contra los enemigos espirituales, seamos fortalecidos con la ayuda de la austeridad”. Es claro el combate cristiano al que soy invitado. No puedo claudicar en una rendición continua, en una actitud de derrota práctica en la trama cotidiana de quien no quiere luchar. Y para este combate se iza la bandera del ayuno como enseña de este deseo sincero de dar una batalla. No es un ayuno cualquiera, sino un ayuno santo que es el único ayuno que alimenta. No es un simple prescindir de alguna ingesta parcial e innecesaria como dieta adelgazante en un frívolo ramadán , sino ayunar de veras de aquello que me hace daño, de lo que es inútil, de lo que me paraliza y atonta, de lo que me distrae y enajena.

Y también saber reconocer el nombre de los enemigos espirituales que me diezman, me debilitan, me enfrentan por fuera y me rompen por dentro. Sólo así podré ser fortalecido con la austeridad que se me brinda como auténtica ayuda en mi camino, a mi edad y en esta coyuntura de mi circunstancia. Porque ignorar mi enfermedad no me cura, así como desconocer cuáles son los enemigos no me permitirá ganar la batalla.

5. El desierto de Jesús y su enseñanza

​A los desiertos de la vida en donde se libra nuestro combate cristiano, hemos de añadir un desierto más que para nosotros resulta ser aleccionador en la cuaresma: nada menos que en su pórticoencontramos a Jesús tentado por el diablo. También el Señor tuvo su desierto y ahí se libró el particular combate de su humanidad. Con el Hijo de Dios no pudo nunca Satanás. Pero con el Hijo del Hombre, lo quiso intentar. Dios y hombre verdadero, pero con esa doble naturaleza que reside en su única Persona.

Son varios los nombres que Satanás recibe en la Escritura, pero en todas sus manifestaciones subyace el mismo cometido: el que separa y arranca; esto es lo que significa diablo, dia-bolus: el que divide. Él usará casi siempre un estilo indirecto, porque no va abiertamente por la vida de “leal oposición” de Dios. Es otra de sus constantes: no ir de cara, disfrazar las razones y argumentos últimos (los diabólicos), con motivos asépticos e incluso presumiblemente buenos (encubrir, presentar apariencias, engañar). Las tres tentaciones que sufre Jesús, tienen un denominador común: el envoltorio de la mentira con una forma condicional que hace más amable la transgresión. No es la propuesta grosera y bronca, sino la insinuación suave tal y como ya apareció en el relato del pecado de Eva, o en la narración de la prueba que a través de Dios hace a Job, y la que clarísimamente propone a Jesús en este Evangelio. Efectivamente, siempre comienza con un inocente condicional: «si... coméis de este árbol seréis como dioses» (Gn 3,5). «Si... le hieres a Job en sus bienes y en su carne, blasfemará” (Job 1-2). “Si... eres hijo de Dios, si... te arrodillas ante mí» (Lc 4,3-9). Esta es la lógica de su chantaje.

​Quizás para nosotros, que pertenecemos a una sociedad que dice haberlo superado casi todo, estas páginas bíblicas con su demonio dentro, nos parecerán lejanísimas o del todo irreales, propias de una religiosidad trasnochada y oscurantista. Pero lamentablemente el demonio –en medio de una generación que lo ignora y lo frivoliza– está más presente que nunca en los miedos, en los dramas, en las mentiras y en los vacíos del hombre postmoderno, aparentemente desenfadado, juguetón y divertido. Más allá de una escenografía pintoresca, que nos lo ha pintado con cuernos, rabo y tridente, rojete y pervertido para susto general del personal, hemos de comprender cuál es el verdadero significado de su acción diabólica de siempre.

​Con Jesús, como con todos, el diablo tratará de hacerle una única tentación, aunque con diversos matices: romper la comunión con el Padre Dios. Para este fin, todos los medios serán aptos, hasta el citar la misma Biblia o disfrazarse de ángel de luz. Las tres tentaciones de Jesús son un ejemplo actualísimo: desde tu hambre, convierte las piedras en pan; desde tus aspiraciones, hazte dueño de todo; desde tu condición de hijo de Dios, pon a prueba su protección. Dicho de otro modo: el diabolus tratará de conducir a Jesús por un camino en el que Dios o es banal y superfluo, o es inútil y pernicioso.

​Prescindir de Dios porque yo reduzco mis necesidades a un pan que yo mismo puedo fabricarme, cual si fuera mi propia hada mágica (1ª tentación). Prescindir de Dios modificando su plan sobre mí, incluyendo aspiraciones de dominio que no tienen que ver con la misión que Él me confió (2ª tentación). Prescindir de Dios banalizando su providencia, haciéndola capricho o divertimento (3ª tentación). Ya esto nos parece más cercano a nuestra realidad. Y gana en cercanía y actualidad si vamos traduciendo con nombres y color, cuáles son las tentaciones ¡reales! que a cada uno y a todos juntos, nos separan de Dios, y por tanto de los demás y hasta de nosotros mismos. La tentación del dios-tener (en todas sus manifestaciones de preocupación por el dinero, por la acumulación, por las “devociones” de lotos y azares, por el consumo crudo y duro). La tentación del dios-poder (con toda la gama de pretensiones trepadoras, que confunden el servicio a los demás con el servirse de los demás, para los propios intereses y controles que fácilmente vemos en algunos gobernantes). La tentación del dios-placer (con tantas, tan desdichadas y sobre todo tan deshumanizadoras formas de practicar el hedonismo más obsceno y pervertido, tratando de censurar inútilmente nuestra limitación y finitud con jaranas que caducan).

​¿Quién duda de que hay mil diablos, que nos encantan y seducen desde el chantaje de sus condiciones, y poniéndonoslo fácil y atractivo, nos separan de Dios, de los demás y de nosotros mismos? La tentación en sí misma no es buena ni mala, es una consecuencia de nuestra humana condición y del pecado original. El problema es ceder y negociar con el separador, pactar con el dia-bolus, con el que tiene una idea del mundo y de la historia en la que se ofende a Dios y el hombre se destruye. La cuaresma es un tiempo para volver a unir todo cuanto el tentador ha separado.

​Estos son los desiertos modernos en los que somos tentados también nosotros. Estas son las intemperies inhóspitas en las que quedan en entredicho nuestra esperanza. No está mal tener esta conciencia clara de lo que nos estamos jugando, y de cómo Dios entra en la escena con toda su gracia para venir a nuestro encuentro desde su infinita espera, para celebrar nuestra llegada con el abrazo de su misericordia, para abrir de nuevo de par en par las puertas de su entraña en la que cada mañana yo era esperado. Podemos así decir con el salmista: «El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?» (Salmo 26). Pero este feliz desenlace es el que veremos en la conferencia de mañana.

Clausura musical

Escuchamos como broche final un aria de la Ópera Rinaldo, la única que compuso George Friedrich Händel. Es el grito de un llanto cuando las lágrimas hablan con impostura sobre la cruda suerte que es incapaz de reprimir y censurar el anhelo de libertad para el que nacimos. Se pide al final que el dolor rompa el maleficio de lo que nos aplasta y que podamos revivir tan sólo por piedad.

G.F. Haendel. Lascia ch’io pianga [Ópera Rinaldo (1711)]

Lascia ch'io pianga mia cruda sorte
E che sospiri la liberta
Il duolo infranga queste ritorte
De miei martiri sol per pieta


+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo
SICBM El Salvador (Oviedo)
20 marzo de 2024

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