viernes, 8 de noviembre de 2013

Sobre la reciente beatificación en Tarragona

 

De ayer a hoy: 522 mártires suben a los altares

 
Ayer el olvido de los mártires por miedo, por vergüenza, por política, ha sido un pecado de la Iglesia española que ha servido para pisotear la sangre de Cristo, porque los mártires son Cristo de nuevo crucificado.
Si malo es el olvido actual de las víctimas del terrorismo, mucho peor ha sido el olvido de la Iglesia de sus mártires. Y así nos ha lucido el pelo. Mientras en el Smeinario de oviedo generaciones de futuros sacerdotes cantaban el himno a los seminaristas mártires, se llenaba el Seminario de aspirantes al sacerdocio, de cuyas rentas sigue viviendo la Diócesis. Pero, desde los tiempos en que la orla de los seminaristas mártires desapareción, ¿dónde fue a parar?, hasta que se encontró con el correr de los años perdidos en el sótano de los trastos, aquel Seminario floreciente, que era las niñas de los ojos de don Javier Lauzurica, fue puesto en el tobogán, llegando hace dos años a su meta de fracaso resbaladizo con sólo ocho alumnos.
Para colmo de males, en ese entretiempo, en vida de Franco, se repartieron en el Seminario los primeros carnés del Partido Comunista; y que esto no es difamación ni calumnia, lo reconoció en la prensa el entonces rector del Seminario Metropolitano.
¡Qué razón tenía Briva Miravent, obispo de Astorga, quien vacante la Sede de Oviedo por traslado de Tarancón a Toledo, siendo nombrado Administrador apostólico de Oviedo, dijo que él, siendo rector del Seminario de Barcelona, lo había cerrado por muchos menos motivos que tenía el seminario de Oviedo para ser clausurado.
Pues bien, muere Pablo VI y al mes muere su sucesor Juan Pablo I y el Espíritu Santo elige como sucesor de Pedro a un joven cardenal polaco, Juan Pablo II, quien desde niño conocía las huellas en su propia carne de la persecución religiosa del comunismo en Polonia, donde celebró la beatificación y canonización del franciscano Maximiliano Kolbe, "mártir de amor". Y al poco de tomar posesión de la Cátedra de Pedro debió echarse las manos a la cabeza, porque de los casi 7000 sacerdotes mártires de España a manos del comunismo, sin ninguna apostasía, y miles y miles de seglares por ser cristianos, ninguno había sido llevado a los altares. Y se puso manos a la obra, y contra viento y marea impuso su criterio contra un clero que se autodetermina progresista, y promocionó las Causas de Beatificación que dormían el sueño de los justos llenas de polvo en los anaqueles de la Sagrada Congregación de los Santos.
Muchas, muchas gracias, Juan Pablo II, porque marcaste el rumbo que han seguido Benedicto XVI y Francisco I. Es la vuelta a la senda del Calvario que Cristo profetizó a sus mejores amigos: "Seréis perseguidos por mi causa". Es el retorno al único camino de la verdad de quien dijo: "Yo soy la Verdad". Es la aurora tras la noche larga que nos trae el día lleno de esperanza de quien dijo: "Yo soy la Vida".
Demos gracias a Dios, porque 522 mártires, entre ellos tres obispos, fueron beatificados en Tarragona el pasado domingo 13 de octubre, porque una buena parte de ellos son catalanes.
Allí, en aquella catedral donde yace el cardenal Vidal y Barraquer, que se salvó del martirio gracias a la que la Generalitat envió a dos motoristas para sacarlo de la cárcel por su afinidad política, no así al obispo auxiliar, Borras, que siguió en la misma cárcel. Es cierto que el señor cardenal intentó liberarlo, pero no lo consiguió porque los motoristas cumplían órdenes. Mientras a Vidal y Barraquer le proporcionan embarcar rumbo a Italia, Borras días después fue martirizado y quemado su cuerpo.
Ahora es beatificado en compañía de otros 521. Buena oportunidad para levantar el espíritu cristiano en Cataluña, tal vez la región española más descristianizada.
Bellísima la homilía del Cardenal Amato, prefecto de la Congregación de los Santos.
¡Enhorabuena a la asociación "Hispania martyr" con sede en Barcelona que con tanto ahínco ha trabajado por la causa de quienes murieron como Cristo, perdonando a sus asesinos. Magnífica respuesta, ahora, que los enemigos envueltos en la aureola de la revancha, exien que la Iglesia pida perdón por haberse puesto del lado del primer vencedor del comunismo, que sacó a la Iglesia española de la mazmorra a la libertad proporcionando a la patria el proceso de paz más largo.
 

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