sábado, 1 de noviembre de 2014

RECORDANDO…

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Cuando llegan estas fechas y acudo a “mis cementerios” y veo a las mujeres afanadas, limpiando y adornando silenciosas las sepulturas y nichos, no puedo por menos que volver a mi infancia y recodar aquellos sábados, uno tras otro, año tras año, en los que cual “mascota parlanchina” acompañaba a mi madre al cementerio a contarle a su esposo, a decirle a mi padre cómo nos iban las cosas, los progresos y fracasos, los anhelos y deseos; hablándoles y recordando las ausencias de los nuestros: ¿Será de locos hablarle a los muertos?...

            No recuerdo cuántos años, no recuerdo cuántas veces, pero sé que fueron muchos, muchos cientos. Sólo recuerdo a mi madre con bochornos y paraguas peleada entre escaleras, enredada entre claveles que adornaban sus recuerdos y pidiéndole a mi padre que nos cuide desde el cielo, pues la vida se hace dura cuando se escapan aquellos.

            No, pienso que no es de locos hablarles a éstos, más aún, muy cristiano y evangélico; que genera paz en el alma cuando se hace sereno, y que aviva el intelecto para comprender que Cristo, resucitado, lo mismo les habló a ellos y anticipándolo en Lázaro, también nos habla a nosotros, incluso después de muertos.

            Con el paso de los años, miramos nuestro camino que nos es distinto que el de ellos: que nos salen las arrugas, que emblanquece nuestro pelo, que flaquean nuestras fuerzas, que hay que ir a hacerse un chequeo… y sin opción escuchamos y mucho más claro entendemos la Copla de un tal Manrique que nos susurra al espejo: cómo se pasa la vida, cómo se viene la muerte, tan callando...

            Al final del recorrido, que llega en cualquier momento, no servirán evasivas ni disculpas, ni “Grouchianos” epitafios: “perdone que no me levante”; sólo nos quedará un Cristo hablándole a Lázaro muerto: “¡levantate y sal fuera!”, y atónitos los presentes, todos ellos entendieron la respuesta que dio a Marta: Yo soy la resurrección y la vida, el que cree en mí aunque haya muerto vivirá y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre: ¿Crees esto?... y así, su asentimiento, también ha de ser el nuestro.

            Por eso en este Otoño, entre nichos y mausoleos, cantémosle al que es la vida cuidando del cementerio; vivamos nuestra existencia adornando los recuerdos, sabiendo nuestro destino, y hablándole a nuestros muertos.

Joaquín (Párroco)

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