jueves, 20 de noviembre de 2014

Carta semanal del Sr. Arzobispo


No es un tumor: es un hijo

Puede que a veces nos quedemos afónicos los cristianos, o que no nos subvencionen el micro y quieran quitarnos el púlpito desde los que seguir alzando nuestra voz evangélica para salir al paso de quienes de tantos modos les censuran su palabra. Pero no renunciaremos a ser el grito de Dios para decir con voz muy alta lo que a tantos nos les gusta escuchar.

El reciente informe Foessa ha podido poner sordina a algunos triunfalismos de quienes reducen la vida a cifras macroeconómicas. Bienvenida siempre la buena gestión que va paliando desastres anteriores cuando por la frivolidad nada inocente sucumbimos a una crisis que se empeñaron en maquillar e ignorar. Pero la vida no puede reducirse en sus desafíos más flagrantes a la pura y dura economía. La deriva que diariamente estamos comprobando con cansina saturación y hartazgo en la corrupción de algunos representantes políticos, sindicales y empresariales, ha sido abordada por el Presidente de la Conferencia Episcopal Española en su reciente discurso de apertura de la Asamblea Plenaria: «la noticia de tantos hechos que nos abochornan, desmoralizan y entristecen debe llevarnos a detectar las causas y a cambiar el curso de las cosas… Sin conducta moral, sin honradez, sin respeto a los demás, sin servicio al bien común, sin solidaridad con los necesitados, nuestra sociedad se degrada… ¡Cuánto despiertan, vigorizan y rearman moralmente la conciencia, el reconocimiento y el respeto de Dios!».

Pero hay una cuestión que siempre será previa, que no responde a una postura religiosa sin más, y que no tiene porqué saber cantar un credo. Me refiero a la vida como tal. No a la vida que sufre en su lucha por las libertades, en su batalla por la justicia y hasta en su pugna por la supervivencia. Hablo de la vida en sí misma, del hecho de poder o no poder existir cuando algunos deciden acogerte o fatalmente censurarte en la más terrible exclusión haciendo del seno materno una cámara de exterminio.

Estamos embarcados en esa batalla primordial: la defensa de la vida. Mucho antes de los famosos cambios climáticos que tienen su aquél, mucho antes de la opción de salvaguarda de los ecosistemas, antes de la preocupación por la desaparición de determinadas especies de nuestra fauna y flora, se sitúa la defensa de la vida humana sea cual sea su entredicho, su amenaza y su exclusión. No faltan, desgraciadamente, motivos ni líneas rojas traspasadas para hacer un elenco de los atentados contra la vida del ser humano. Pero hay una causa que llama la atención y la reclama sobremanera: la que se refiere a la persona humana más vulnerable y más fácilmente vulnerada.

Mons. Ricardo Blázquez apuntaba en su discurso: «¿Cómo es posible que el Tribunal Constitucional no haya respondido todavía al recurso que hace cuatro años le fue presentado contra la segunda ley del aborto? Los cristianos, junto con otras muchas personas, queremos que la persona nunca sea considerada como medio, sino como fin… Con predilección queremos defender la vida de los más débiles, entre los que se encuentran los niños concebidos y no nacidos. La ciencia enseña que desde la concepción hay un tercer ser humano distinto de los padres. No es un tumor, sino un hijo… A ello ayudarán, sin duda, las expresiones sociales que canalicen las convicciones de los ciudadanos que quieren construir de manera plenamente democrática una sociedad justa y libre en la que la vida humana sea protegida en todas sus etapas». El próximo sábado 22 de noviembre, tendrá lugar en Madrid esa manifestación por la vida, la mujer y la maternidad. Un aldabonazo de esperanza en medio de una sociedad profundamente envejecida.


+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

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