sábado, 30 de mayo de 2026

Trinidad, el misterio de Dios comunión. Por Joaquín Manuel Serrano Vila


La Solemnidad de la Santísima Trinidad nos invita a contemplar el misterio central de nuestra fe no como un rompecabezas intelectual, sino como una relación desbordante de amor y comunión. Dios no es una soledad eterna, sino una familia divina que se abre para hacernos partícipes de su propia vida. A menudo, al pensar en la Trinidad, corremos el riesgo de tratarla como un teorema teológico abstracto, un dogma lejano o un misterio matemático de "tres que son uno". Sin embargo, las lecturas de este día nos revelan todo lo contrario. La Trinidad es el misterio de la cercanía absoluta de Dios. No es un Dios aislado en su omnipotencia, sino un Dios que es comunidad de Amor: Padre, Hijo y Espíritu Santo, cuya mayor alegría es comunicarse, salvar y habitar en el corazón de los hombres.

La primera lectura del libro del Éxodo nos sitúa en el monte Sinaí. Moisés sube de madrugada con dos tablas de piedra, en un contexto de infidelidad del pueblo que acababa de fabricar el becerro de oro. Humanamente, esperaríamos un Dios airado que viene a castigar. Pero lo que sucede es una revelación asombrosa: el Señor pasa ante Moisés y proclama su propio Nombre. En el Antiguo Oriente, conocer el nombre de alguien significaba conocer su esencia. ¿Cómo se define Dios a sí mismo? Él dice: "Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia". Aquí encontramos las raíces de la revelación trinitaria. Dios se revela como Alguien que no puede ser indiferente al sufrimiento humano ni al pecado de sus hijos. La respuesta de Moisés es la adoración y la intercesión; cae de rodillas y pide a Dios que camine con ellos, a pesar de ser un pueblo de "cerviz dura". Esta lectura nos enseña que el Padre Celestial, origen de toda la creación, es desde el principio un Dios de Alianza, un Padre que prefiere perdonar antes que condenar y cuyo amor es siempre fiel. Por eso el salmista responde: "A ti gloria y alabanza por los siglos". 

En la epístola de San Pablo a los Corintios se nos presenta la Comunión de la Iglesia como reflejo de la Trinidad. El Apóstol concluye su carta con una exhortación a la alegría, a la concordia y a la paz. Corinto era una comunidad rota por las divisiones, las envidias y los bandos. Por eso, Pablo les recuerda que la única manera de vivir como Iglesia es reflejando la unidad de Dios. El texto culmina con una de las fórmulas litúrgicas más bellas y antiguas de nuestra fe, la misma con la que iniciamos cada Eucaristía: "La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo estén con todos vosotros". Aquí tenemos ese saludo trinitario que la liturgia ha hecho suyo. Necesitamos el Amor de Dios (el Padre), que es la fuente original, el principio de todo lo que existe. Qué decir de la Gracia de nuestro Señor Jesucristo (el Hijo), el amor del Padre hecho carne, el regalo inmerecido de la salvación en la cruz. Y cómo olvidar la Comunión del Espíritu Santo -aún reciente Pentecostés-. Es la fuerza viva que une al Padre con el Hijo y que se derrama en nosotros para hacernos hermanos. El Apóstol nos dice que la Trinidad no es para ser debatida, sino para ser vivida en comunidad. Si Dios es comunión, nosotros, creados a su imagen, no podemos vivir en el aislamiento o en las trincheras.

Finalmente el Evangelio de esta solemnidad, tomado del evangelio de San Juan, nos habla del don del Hijo para la salvación del Mundo. Este pasaje contiene uno de los versículos más memorables de toda la Sagrada Escritura: "Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna". En esta frase del diálogo con Nicodemo, Jesús nos revela "el motor" que mueve a la Trinidad: ¡el Amor! El Padre no entrega a su Hijo por obligación o por un rescate legalista, sino por puro amor al mundo entero. Dios no envió a su Hijo para juzgar o condenar, sino para salvar. El juicio, nos explica Jesús, consiste en aceptar o rechazar esa luz y ese amor. Aquí vemos actuar a la Trinidad en perfecta sintonía de salvación: el Padre envía por amor, el Hijo se entrega en obediencia amorosa, y el Espíritu Santo derrama esa vida eterna en nuestros corazones. Creer en el Hijo es entrar en la dinámica de la Trinidad, es dejarse abrazar por el Padre a través de la gracia del Hijo.

Hemos concluido la Pascua el pasado domingo, y quizás tocaría en estos días hacer autoevaluacion y preguntarnos cómo he vivido personalmente y si he aprovechado la Pascua: Ha cambiado en mí, o ha pasado este tiempo y yo por él sin pena ni gloria. ¿Cómo se nota en mi vida que Cristo ha resucitado? Y es que si los enemigos siguen siendo tan enemigos como siempre, si los pobres o los que son diferentes me siguen produciendo alergia, y los que no tienen la misma forma de pensar o de ver las cosas que yo siguen siendo blancos a batir igual que siempre, Cristo vivirá; sí, pero no en mí. Si los malos siempre son los demás y yo sólo soy el bueno, algo no va bien. Con frecuencia nos viene a la mente una reflexión, y es que nos parece que el que hace el mal parece todo le sale a pedir de boca, y que los que queremos hacer el bien encontramos zancadillas y trampas a cada paso. Que nos consuele pensar esto: chocarnos de morros contra el mal siempre significará que no vamos en su dirección.

La Solemnidad de la Santísima Trinidad nos deja tres tareas fundamentales para nuestra vida de creyentes. En primer lugar saber vivir en Relación. Si fuimos creados a imagen de un Dios que es Familia, no estamos hechos para la soledad egoísta; estamos llamados a construir relaciones sanas de entrega y escucha en nuestros entornos. Segundo, ser Instrumentos de Comunión. En un mundo polarizado y herido por las divisiones, el cristiano debe ser un reflejo de la unidad trinitaria, buscando siempre el perdón, el diálogo y la reconciliación. Y lo tercero y último: agradecer y Adorar. Cada vez que hacemos la señal de la cruz, no lo hagamos como un gesto automático y repetitivo sin más. Hagámoslo como un acto de fe consciente, recordando que estamos sumergidos en el océano de amor de nuestro Dios. 

En este domingo celebra también la Iglesia la Jornada Pro Orantibus, un día para valorar la vida contemplativa, a las monjas de clausura y los monjes, que son auténticos faros de luz que sostienen el caminar de todo el Pueblo de Dios. Sin duda, es poco un día para agradecer a quienes dedican su día a día a rezar en silencio por nosotros. Que nuestra plegaria les sostenga en su valiosa e insustituible misión. Que esta Solemnidad nos transforme y nos permita experimentar hoy la compasión del Padre, la gracia del Hijo y la fuerza unificadora del Espíritu Santo. Amén.

Evangelio en la Solemnidad de la Santísima Trinidad

Lectura del santo evangelio según san Juan 3, 16-18

Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna.

Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.

El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios.

Palabra del Señor

Qué humanidad tan magnífica (I). Por Monseñor Fray Jesús Sanz Montes O. F. M.

Ha sido mucha la expectativa levantada ante el primer gran documento del papa León XIV. La encíclica Magnifica Humanitas ha concitado muchas lecturas. Hay quienes han visto en el texto una dedicatoria fantasiosa y nada inocente diciendo que el papa y ellos están de acuerdo. Otros han sabido leerlo respetuosamente sin intereses forzados. Vamos a subrayar algunos de los puntos que enhebran este importante documento.

Llama la atención el tema aparentemente poco “piadoso” escogido por el Santo Padre a diferencia de lo que se suele publicar en los primeros lances del nuevo Pontífice. Sin embargo, tiene toda una envergadura teológica de amplio horizonte. Porque contra lo que algunos lectores en diagonal han dicho no responde a la verdad: no se ha metido el papa en un asunto tangencial, técnico, ajeno, abstracto, oportunista. El papa ha abordado esta cuestión desde dos referentes esenciales para la tradición cristiana: el hombre como criatura de Dios, y el proyecto de Dios sobre su más esmerada criatura que es el hombre.

Aparecen elementos como la dignidad de la persona inviolable, su libertad sagrada con sus acechanzas y el destino eterno que le aguarda. Un papa que tiene una trayectoria humana, intelectual y eclesial que aboga y asegura la seriedad de su opción en esta primera entrega con la encíclica que acaba de publicar y que, por primera vez, él mismo ha querido presentar en una rueda de prensa. Esos factores biográficos perfilan la elección y la modulación de esta temática: americano de origen, con raíces hispanas, de formación matemática y jurídico-canónica, con una pertenencia espiritual a la gran familia de San Agustín, y con una experiencia misionera en tierras peruanas durante muchos años.

En el principio… era la vida. Y así lo afirma sin tapujos el papa: «la dignidad fundamental de cada persona no se adquiere ni se merece, ni necesita ser demostrada». Así se apunta al horrendo atentado contra la vida señalando como «decisiones gravemente ilícitas» el aborto provocado, la eutanasia promovida y el asesinato de inocentes en todas las circunstancias. No hay sociedad de progreso cuando se ignora este derecho de la vida «desde su concepción hasta su fin natural». Este es sin duda el principio y fundamento de su propuesta, porque faltando el respeto a la vida, todo lo demás corre el riesgo de ser un brindis al sol o una perversa ideología demagógica con intereses inconfesables.

Hay una tendencia a la simulación cuando la Inteligencia Artificial (IA) desplaza a la persona sustituyéndola en su imagen, en su voz, en sus deseos y necesidades. Se corre el riesgo de una suplantación que termina reduciendo a datos y logaritmos la conciencia humana y su libertad. Afirma el papa que la IA no tiene «conciencia moral, empatía, capacidad afectiva, relacional ni espiritual», todos ellos elementos que definen esa «magnífica humanidad» en la que habita Dios con dulzura y respeto. Y esto abre el debate a la cuestión ética de un cierto monopolio que controla a las personas, las determina y las llega a esclavizar, porque «no sirve una IA más moral si esa moral la deciden unos pocos». En este sentido previene sobre los intereses lucrativos de quienes abusan del control que esta herramienta propicia, en detrimento del bien común y de la libertad y dignidad de la persona. Apela en este sentido a los cauces jurídicos adecuados y una vigilancia independiente para evitar que la «homologación y dominio» de los que controlen la IA pueda dañar la justicia social y a los que resultan más vulnerables.

Es bienvenido este instrumento técnico de largo alcance que representa la IA, siempre y cuando se acierte en su recto uso que potencia lo que nos define como personas libres, relacionadas fraternamente y depositarias de un proyecto de Dios que nos realiza felizmente a través de nuestra andadura biográfica sea cual sea nuestra circunstancia. Habiendo más puntos que vale la pena señalar, seguiremos la reflexión el próximo domingo.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

La encíclica "Magnifica humanitas": Dos amores, dos ciudades. Por Guillermo Juan Morado

(La Puerta de Damasco) En su obra “La ciudad de Dios” san Agustín elabora una visión teológica de la historia universal. Esta es contemplada como un drama en el que luchan dos amores que fundaron dos ciudades: “el amor propio hasta el desprecio de Dios” fundó la ciudad terrena y “el amor de Dios hasta el desprecio de sí propio”, la ciudad celestial.

Este drama es evocado por el papa León XIV en su encíclica “Magnifica humanitas”, que trata sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial, para distinguir entre un progreso que sirve a la persona y a los pueblos y un progreso que los doblega a la lógica del poder.

La imagen de los dos amores y de las dos ciudades recuerda la diferencia que la Biblia establece entre la construcción de Babel, un proyecto que surge de la absolutización de lo humano y de su pretensión de autosuficiencia y que deriva en confusión y desencuentro, y la reconstrucción de Jerusalén narrada por Nehemías, que es el efecto de la responsabilidad compartida de todo un pueblo, reconociendo la centralidad de Dios y generando comunión.

Si se impone en la sociedad el llamado “paradigma tecnocrático”, que privilegia sobre cualquier otra consideración la eficiencia, el control y el lucro, peligra lo humano, ya que lo más poderoso no significa necesariamente lo mejor. Para establecer un equilibrio entre técnica y dominio se hace preciso proteger el primado de la persona, rompiendo la equivalencia entre poder tecnológico y derecho a gobernar. Lo cual, como explica el Papa, “no significa renunciar a la tecnología, sino impedirle el dominio sobre lo humano”, desarmándola y haciéndola acogedora.

Las opciones transhumanistas, que apuestan por una humanidad potenciada por la técnica, y posthumanistas, partidarias de la hibridación del hombre con la máquina, pueden abocar a la pérdida de lo humano. Y en la entraña de lo humano se encuentra también la contingencia, la finitud y el límite: “La finitud – observa León XIV -, cuando se acoge en la verdad, no empobrece al ser humano, sino que lo abre al reconocimiento del rostro de Dios y del otro”. Precisamente porque experimenta el límite – la vulnerabilidad, el dolor, el fracaso -, puede el hombre reconocer la dignidad propia y ajena como inviolable y abrirse a la fraternidad.

El auténtico desafío consiste en “hacer que la técnica crezca sin que se repliegue el corazón”. El hombre tiene la potencialidad de ir “más allá de lo humano”, pero esta elevación que, como decía Santo Tomás de Aquino, “sobrepasa la capacidad de la naturaleza humana” no es el resultado de una divinización tecnológica, sino el fruto de la acción de la gracia de Dios, que hace posible una relación que libera, una comunión que transforma y una trascendencia que nos hace más plenamente humanos. En Jesucristo la humanidad encuentra el camino que conduce a esa plenitud.

viernes, 29 de mayo de 2026

La Jornada Pro Orantibus pregunta «¿Por quién eres?»

(C.E.E.) La Iglesia celebra el domingo 31 de mayo, solemnidad de la Santísima Trinidad, la Jornada Pro Orantibus, que este año lleva por lema: «Vida contemplativa: ¿por quién eres?» Los materiales de esta Jornada han sido preparados por la Comisión Episcopal para la Vida Consagrada. 

Los obispos de la Comisión Episcopal para la Vida Consagrada indican que en España celebra cada año la Jornada Pro Orantibus como una ocasión privilegiada para hacer visible, agradecer y sostener la vida contemplativa presente en nuestras diócesis. En este 2026, el lema «Vida contemplativa, ¿por quién eres?» sitúa ante una pregunta fundamental, capaz de iluminar, a través de la vocación contemplativa, la vida cristiana en su conjunto.

En su mensaje los obispos recuerdan que en un tiempo y contexto cultural marcados por la prisa, la dispersión interior y la tentación de medir la vida desde la eficacia inmediata, junto con una sed de espiritualidad a muchos niveles, «la vida contemplativa recuerda a toda la Iglesia que la pregunta decisiva no es solo qué podemos hacer y esperar, sino también, y sobre todo, por quién somos, vivimos yactuamos, por quién alzamos la mirada».

Además, subrayan la importancia de una existencia dedicada a la contemplación, que proclama, con la entrega de la vida, que «Dios es digno de ser buscado y amado por sí mismo y que situar la vida ante él representa por sí solo un servicio profundo y silencioso, tanto a la Iglesia como al conjunto de una humanidad muchas veces perdida en trincheras de odio y destrucción. Un servicio y una misión que la Iglesia y los hombres y mujeres de todos los tiempos necesitan».

En los materiales también se incluyen testimonios de vida contemplativa, donde dan a conocer su vida dedicada a Dios y puesta al servicio del mundo.

Homilía del Sr. Arzobispo en las Bodas de Oro y Plata Sacerdotales 2026

En nuestro calendario diocesano hay algunas fechas de marcado sabor sacerdotal, cuando al hilo de una fiesta importante de Jesucristo como Sumo y Eterno Sacerdote, como nuestro entrañable Buen Pastor, nos juntamos en su efeméride para dar gracias por los hermanos que celebrar su cumpleaños ministerial con los veinticinco o cincuenta años de andadura como presbíteros.

Lo hemos pedido en la oración colecta: “concede a quienes Él eligió para ministros y dispensadores de sus misterios la gracia de ser fieles”. Cada uno de nosotros sabe bien cómo fue la antesala de aquel día hace ya esos veinticinco o cincuenta años. Larga preparación en nuestros centros formativos donde fuimos leyendo entre líneas el futuro añorado que nos aguardaba como respuesta a la llamada recibida. Cuestiones filosóficas, argumentos teológicos, oraciones litúrgicas, nos fueron acompañando mientras nosotros crecíamos viendo caer las hojas de nuestro almanaque vocacionado.

Y entonces se dieron los sobresaltos previstos en cualquier itinerario serio en lo humano y lo cristiano: momentos de euforia contenida cuando se fue verificando sin alharacas extrañas que Jesús puso nuestro nombre en sus labios y nos dijo aquel inolvidable ¡ven!; momentos de incertidumbre humillada cuando las sombras de las dudas también nos acorralaron más de una vez. Pero fuimos sorteando los vaivenes, abajando los humos cuando nos veníamos demasiado para arriba u ofreciendo las manos cuando el ofertorio se nos tornaba en cansancio y desazón.

¡Cuanta gente buena Dios cruzó en nuestro camino para no plegarnos en nuestra respuesta al Señor! Ahí están personas de nuestro entorno familiar, del círculo de nuestros amigos, compañeros de fatiga y de ilusión, formadores, profesores, religiosas, párrocos. Por todos ellos damos gracias hoy, ya nos estén acompañando en esta celebración o ya estén donde Dios los haya situado si con la hermana muerte los llamó. Por todos damos sentidamente gracias al Señor.

El relato del sacrificio de Isaac que hemos escuchado en la primera lectura, siempre conmovedor, no es una macabra descripción de las entretelas secretas de un implacable Dios, sino la gran lección que el Señor hace con sus hijos cuando se trata de educarlos pedagógicamente en el teresiano “bastar, bastar… sólo basta Dios”. No quería el Señor reírse de un Abrahán asustado y confundido al comprobar que lo prometido solemnemente era quimera sin solución. Sino que trataba de enseñarle dónde está el quicio de una pertenencia del propio corazón con sus proyectos y ensueños que no deben jamás rivalizar con los dones de Dios. No quería arrebatarle al hijo de la promesa pidiendo absurdamente que lo sacrificase como un cordero de inmolación, sino que jamás se apropiase de ese regalo y más bien siempre lo mirase con la gratitud agradecida de quien inmerecidamente recibe tamaño don.

En nuestro ministerio sacerdotal hemos recibido promesas que no queremos apropiarnos, que sabemos agradecer o ofrecer desde nuestra leal disponibilidad para lo que quiera Dios. Sin regateos, sin condiciones, sin negociar con el Señor nuestros cálculos, calendarios e intereses. Responder a Dios el “aquí estoy” como hizo Abrahán, es tener la conciencia clara de que no hay doblez en nuestros entrecejos, no hay trampas en nuestras decisiones, no hay alternativas en nuestros vericuetos… que no las sepa como nadie el mismo Dios. Por este motivo también nosotros podemos decir como Abrahán poniendo nombre a nuestro momento: “el Señor ve”, sí, el Señor ve, sin trampa ni cartón. Ser peregrinos de la voluntad de Dios ofreciendo nuestra disponibilidad firme y sincera con el paso de los años, y no atrincherarnos como turistas de nuestros caprichos e intereses abaratando el sí que dimos en nuestra ordenación sacerdotal.

No estamos ante un cumpleaños más de una efeméride cualquiera, pero tampoco le queremos conceder un valor mágico a las bodas de oro o de plata, porque todos tenemos experiencia que la vida no cambia por llegar estas fechas redondas. Y, sin embargo, no las queremos dejar pasar. Por eso hacemos fiesta, por eso damos gracias, con este motivo pedimos gracia también. Serían las tres actitudes que enmarcan nuestra celebración sacerdotal. Hacer fiesta en primer lugar en este día especial de Cristo Sacerdote. Miramos al Señor como al único y sumo sacerdote, que nos ha llamado a ser prolongación suya poniendo nuestras manos ungidas, nuestros labios consagrados, nuestro corazón e inteligencia ofrecidos, al servicio de la gracia redentora de la que somos ministros. Sí, hacemos fiesta como merece el caso, y ponemos en la patena del altar nada menos que cincuenta o veinticinco años de ministerio, mientras nos disponemos a abrazar fraternamente a estos hermanos que han vivido todo este tiempo amando a Dios, sirviendo a la Iglesia, en el ministerio concreto hacia las personas que se les iba confiando como sacerdotes.

Tenemos a los hermanos dorados que en aquel año 1976 fueron ordenados: Amador Joaquín Galán Caso, Luis Miguel Menes Álvarez, Alberto Reigada Campoamor, Alejandro Rodriguez Catalina y Arturo Muiño Fonticoba. Los cuatro primeros de nuestro presbiterio diocesano con distintas encomiendas en nuestras parroquias y comunidades o en la experiencia misionera plural en África y Centroeuropa, y con responsabilidades varias en la marcha de nuestra vida diocesana. El último, P. Arturo, misionero claretiano entregado a la educación y docencia de la historia, esa de la que formamos parte y seguimos escribiendo cada día.

Vienen luego los hermanos argénteos que recibieron el mismo ministerio cuando se les impuso las manos en el año 2001: Pedro Miguel López Muñoz, originario de Ibiza y que se acaba de integrar en nuestra Archidiócesis. Le felicitamos y le damos oficialmente la bienvenida tras unos años de convivencia entre nosotros. Después tenemos al P. José María Rguez. Olaizola, un ovetense que como jesuita ha recorrido tantos mundos desde la sociología y la espiritualidad y desde hace meses está destinado a las obras que la Compañía tiene en Asturias. Que seas profeta en tu tierra. Finalmente, el P. José Manuel Sueiro Expósito, también misionero claretiano que ha combinado su labor en los colegios de su Congregación con la colaboración pastoral en las parroquias por las que ha pasado.

Dorados y argénteos, como verdaderos regalos preciosos para la vida de nuestra comunidad diocesana. Hubo un punto de inflexión en aquellos años tardíos del fin de siglo que con un reajuste académico nos quedamos con un curso en blanco y vacío, motivo por el cual entre los de las bodas de plata no hay ninguno formado en nuestro Seminario Metropolitano.

El domingo tuvimos la inmensa alegría de ordenar 7 presbíteros y 4 diáconos. Algunos están hoy aquí concelebrando con nosotros. Termino recordando lo que entonces les dije al final de la misa, y que pensando en todos vosotros lo comparto también como discreto y cariñoso mensaje de ánimo y agradecimiento por vuestra entrega:

Vuestro ministerio irá contracorriente y apareceréis ante tantos como signo de contradicción amable y profética, capaz de anunciar la esperanza que nos salva y bendice, denunciando los desmanes malditos que nos desesperan. Os aseguro que no lo tendréis fácil, pero vuestras vidas entregadas abrirán caminos que tienen meta, y curarán heridas que otros desangran, derramaréis el agua bautismal a los nuevos cristianos que se inician con fe en los senderos de las bienaventuranzas. Podréis perdonar los pecados que nos enfrentan con los hermanos y nos extravían de Dios, y pondréis el bálsamo de la unción a los enfermos y ancianos que rematan sus vidas en la confianza. Acercaréis el pan tierno del Cuerpo de Cristo que quita las hambres y escanciaréis el vino convertido en la Sangre de Jesús que nos llena de santa alegría. Como diáconos o como presbíteros esta será vuestra vivencia cotidiana según vuestro ministerio en la Iglesia.

Queridos hermanos sacerdotes, esta fiesta nos recuerda en el prefacio de la misa que Jesús con amor de hermano nos ha llamado. Damos gracias al Señor por este inmenso regalo de unir nuestro nombre, nuestra biografía, nuestro tiempo e inteligencia, nuestro corazón, a su único Sacerdocio como Buen Pastor de cada hombre. Nosotros respondemos con nuestro sí renovado como hace veinticinco o cincuenta años, pero con todo lo que hemos aprendido, vivido y ofrecido después. Toda una vida hecha ministerio, sin horarios ni intereses mundanos, que se pone al servicio de los hermanos con la entrega de la caridad más hermosa y que alaba al Señor con el cántico de la gratitud más bella y sonora. Este es el regalo que Dios nos hace con vuestras vocaciones tan inmerecidamente regaladas por su Providencia. Que María os proteja y acompañe. Nosotros, conmovidos, por cada uno de vosotros, damos las gracias. El Señor os bendiga y os guarde. Amén.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

Seminario Metropolitano
28 mayo de 2026

jueves, 28 de mayo de 2026

Los Papas en España

 

 Jesucristo Sacerdote “ La obediencia que se hace camino de entrega”. Por Manuel González López-Corps

Esta fiesta celebra el contenido de la obra sacerdotal de Cristo, su Misterio Pascual en favor de los hombres, realizado una vez para siempre

El calendario litúrgico general del rito romano celebra una serie de fiestas del Señor Jesús con grado de solemnidad: Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, Sagrado Corazón de Jesús y Jesucristo Rey del Universo. El calendario de la Iglesia en España aporta una fiesta propia: Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote (jueves posterior a Pentecostés).

El Nuevo Testamento, específicamente la Carta a los Hebreos, afirma que sólo Jesucristo es el sumo sacerdote en un sentido diverso al sacerdocio veterotestamentario: él ha cumplido plenamente la antigua alianza, pues su culto es auténtico al consistir en la oblación de su persona. Esa entrega oblativa, santifica a la Iglesia (Jn 17, 19 s.), que por esa consagración ofrece al Padre en el Espíritu el sacrificio espiritual (1P 2, 5-9; Ap 1, 6; 5, 10; 20, 6). Cristo Jesús, siervo obediente, que por su misterio pascual ha entrado en el cielo, lo ha hecho como sumo sacerdote para siempre, no a la manera del sacerdocio levítico de Aarón, sino de Melquisedec (Hb 4, 14-5, 10; 6, 20). A partir de la Encarnación en María, el sacerdocio antiguo con su complejo sistema de sacrificios y holocaustos ha pasado. Al asumir el Verbo un cuerpo se ha convertido en sacerdote y víctima de manera perfecta (cf. Sal 39), lo que le constituye en Mediador de la nueva alianza (lTm 2, 5; Hb 8, 6; 9, 1-28), realizando la comunión entre Dios y los hombres (Jn 14, 6).

Toda esta teología bíblica se ha concentrado pedagógica y magistralmente en esta fiesta que celebra el contenido de la obra sacerdotal de Cristo, su Misterio Pascual en favor de los hombres, realizado una vez para siempre.

Origen de la fiesta

La Sagrada Congregación de Ritos, de acuerdo con el mandato del papa Pío XI en la encíclica Ad catolici sacerdotii, el día 24 de diciembre de 1935, presenta a la Iglesia un formulario de la misa votiva de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote. Dos años más tarde, la Santa Sede concede una serie de indulgencias a quienes participen en esta celebración orando y ofreciéndose a Dios en favor de los sacerdotes y los seminaristas, para que sean santificados y formados según el corazón de Cristo Sacerdote.

Sin embargo, recogiendo la rica tradición espiritual hispana, los primeros pasos para la institución de la fiesta se dan en España en el seno de una naciente congregación monástica: Hermanas Oblatas de Cristo Sacerdote. En 1950, sus fundadores, padre José María García Lahiguera y madre María del Carmen Hidalgo de Caviedes, en audiencia con Pío XII, piden la gracia de poder celebrar el 25 de abril, fecha fundacional de la congregación, la fiesta de Cristo Sacerdote. La Sede Apostólica, en rescripto del 25 de junio de 1952, concede a la congregación la posibilidad de celebrar la fiesta con la máxima categoría litúrgica. En 1953, en las casas de Madrid y Salamanca, se celebra con toda solemnidad la primera fiesta en honor de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote. El presbiterio de Madrid, formado espiritualmente por monseñor García Lahiguera en su labor de padre espiritual del Seminario Conciliar, acoge favorablemente el significado de la fiesta como jornada de santificación sacerdotal. La Congregación de San Pedro Apóstol de Presbíteros Seculares de Madrid, con la aprobación de su obispo, el patriarca Eijo Garay, recoge el proyecto de difundir la celebración en la Iglesia universal. La congregación matritense se convierte en conducto para recabar adhesiones enviándose, a su vez, cartas e informaciones al resto de las diócesis españolas. En la última sesión del Concilio Vaticano II, el 25 de octubre de 1965, monseñor García Lahiguera interviene en el aula para tratar sobre la responsabilidad de los obispos en relación con la formación sacerdotal y propone que como monumento litúrgico del concilio, se instituya en la Iglesia universal la fiesta de, Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote.

La madre fundadora de las Oblatas de Cristo Sacerdote solicita, en octubre de 1967, poder rezar el 25 de abril el oficio de Cristo Sacerdote, según un modelo editado en México. El trabajo de elaboración de los textos de la misa y oficio divino por parte de la Congregación de Hermanas Oblatas recibe aprobación romana, íntegra y definitiva, el 21 de diciembre de 1971. El material litúrgico queda en la Congregación del Culto como texto oficial para las diócesis que lo soliciten. Los monjes benedictinos cíe Leyre se encargan de musicalizar los textos eucológicos. Tras no pocas vicisitudes, la Conferencia Episcopal Española aprueba la inserción de la fiesta en el calendario nacional y el 6 de junio de 1974, jueves posterior a Pentecostés, se celebra por primera vez en España entera la fiesta de Cristo Sacerdote. Preside la solemne concelebración eucarística, en el monasterio de las oblatas de Madrid, el cardenal arzobispo de Toledo y primado de España, don Marcelo González Martín, a la sazón superior mayor del rito mozárabe. En 1996, los textos de la liturgia de las horas se envían desde Madrid para ser utilizados en las vísperas solemnes que preside el papa Juan Pablo II con motivo del 50 aniversario de su ordenación sacerdotal. Un año después, el arzobispo de Madrid, monseñor Antonio María Rouco Varela, establece que esta fiesta sea en la Iglesia diocesana Jornada por la santificación de los sacerdotes».

Teología Litúrgica

La fiesta celebra el sacerdocio de Jesucristo, único acceso al Padre, para la salvación del mundo (cf. Colecta de la Misa y Oficio y Antífona de Tercia). El Señor aparece como Sacerdote y Víctima [cf. Antifona de entrada de la Misa; Primera lectura (Is 52, 13-15; 53,1-12), Segunda lectura (Hb 10, 12-23) y Oración sobre las ofrendas]. Este sacerdocio, por la obediente oblación de su cuerpo en la cruz, realizada una vez para siempre, es eterno (cf. Antífona del Magníficat de las 1 Vísperas —Hb 7, 24s-; Antífona 1 a de las II vísperas —Sal 109, 4—y Antífona de comunión). Su teología pone de manifiesto la doble modalidad en la participación del único sacerdocio de Cristo, ya que éste elige a sus ministros al interno de un pueblo todo él sacerdotal (cf. Lectura breve de Vísperas —Ap 5, 9 s.; Catecismo 1546 s.; 1120 s.; 1132 s.; 1188; 1273; 1557 s.; 1563— 1566; 1409 s.). Especial hincapié se pone en aquellos elegidos por el Señor para servir a la Iglesia en la dispensación de sus misterios, especialmente en la Eucaristía (Cfr. Evangelio de la Misa: Lc 22, 14-20; Prefacio de la Misa). Para ellos se implora la santidad como estilo de vida (cf. Preces de laudes), en el espíritu de oblación de toda la Iglesia (cf. Antífona segunda del Oficio de lecturas). Por el ministerio de los sacerdotes, hoy se sigue ofreciendo el mismo sacrificio que entonces se ofreció en el altar de la cruz.

En la colecta, tanto de la misa como de las horas del oficio, se presentan las dos dimensiones del único plan salvífico que lo son también de la vida sacerdotal: la gloria del Padre y la salvación de los hombres. Desde ahí cobran toda su importancia la oblación y la intercesión (cf. Salmo responsorial, Sal 39. Aquí estoy para hacer tu voluntad, Lectura breve de Laudes con su responsorio y Antífona del Magníficat de las II Vísperas: Padre, yo ruego por ellos...).

El Resucitado que vive para interceder por nosotros (Hb 7, 25), es el sacramento por el que el Padre nos da la vida. El Espíritu, memoria de la Iglesia, nos posibilita celebrar sacerdotalmente la obra de la salvación.

Texto tomado del Nuevo Año Cristiano de EDIBESA.

miércoles, 27 de mayo de 2026

Santoral del día: San Agustín de Cantorbery

(Cope) La evangelización es el cumplimiento del mandato de Dios a los Apóstoles antes de subir a los Cielos. Hoy celebramos a San Agustín de Cantorbery. Su vida transcurre en el siglo VI con toda seguridad. Probablemente, estuvo en los primeros momentos en un Monasterio preparándose a lo que Dios le pidiese. Fue su tiempo de oración y estudio.

Los primeros datos sobre él, nos cuentan cómo en el año 597, el Papa le envió a anunciar el mensaje del Evangelio a Inglaterra. La misión se llevó a cabo, con no pocas dificultades, dada la situación de vacilación en que se encontraba muchas veces el propio Agustín.

El Santo Padre, le tendrá que confortar hasta que la Providencia le pone en el camino al rey Etelberto, pagano y liberal, pero casado con una francesa católica y bastante respetuoso, con los testigos del Evangelio.

Algo que calaba en el corazón de todos los hombre es que nunca imponía la Fe, la proponía y la enseñaba con su sencillez y testimonio de vida. Todos los vieron idóneo para pastorear a la Grey. Pero esa idea, no era sino el Plan de la Providencia.

Consagrado Obispo de Cantorbery, se dedicó totalmente por completo al anuncio del Reino de Dios, convirtiendo a muchos y fundando innumerables comunidades cristianas, en el reino de Kent. Hizo de su Diócesis una Sede de fuerte unión de Fe y cultura, hasta donde se acercaban muchos para profundizar en una experiencia de Dios. San Agustín de Cantorbery muere en el 605.

León XIV advierte contra quienes modifican la liturgia «por iniciativa propia»

(InfoCatólica) El Papa ha exhortado a los sacerdotes a custodiar «el respeto de los textos y de los ordenamientos de la liturgia» y ha recordado que el Magisterio conciliar disuade a cualquiera de «añadir o quitar o modificar algo» en las celebraciones por cuenta propia.

León XIV ha dedicado la catequesis de la Audiencia General de este miércoles, celebrada en la Plaza de San Pedro, a la reforma litúrgica promovida por el Concilio Vaticano II, con un mensaje que apunta directamente a quienes introducen cambios en los ritos sin autorización. En el marco de su ciclo de catequesis sobre los documentos conciliares, el Pontífice ha abordado la Constitución Sacrosanctum Concilium para explicar la relación entre tradición y progreso en la liturgia, y ha concluido con una firme exhortación a los sacerdotes: nadie puede alterar la misa por iniciativa propia.

Sin embargo todavía no hay ninguna medida concreta contra «creatividad» que sufren los fieles por todo el mundo, a veces, incluso perpretada por obispos.

Tradición y progreso no se oponen

El Papa ha partido de las palabras del Venerable Pío XII en su encíclica Mediator Dei, donde se define a la Iglesia como «un organismo vivo» que «crece y se desarrolla, adaptándose y acomodándose a las circunstancias y a las exigencias que se presentan en el transcurso del tiempo». En continuidad con este principio, ha recordado que el Concilio Vaticano II reconoció como deber propio «proveer a la reforma y al fomento de la Liturgia».

León XIV ha querido desmontar lo que considera una falsa dicotomía. Citando un discurso de Benedicto XVI de 2011, ha señalado que «no pocas veces se contrapone de manera torpe tradición y progreso», cuando «en realidad, los dos conceptos se integran: la tradición es una realidad viva y por ello incluye en sí misma el principio del desarrollo, del progreso. Es como decir que el río de la tradición lleva en sí también su fuente y tiende hacia la desembocadura».

La Sacrosanctum Concilium, ha explicado el Pontífice, establece como fórmula directriz «conservar la tradición y apertura al legítimo progreso», distinguiendo dentro de la liturgia «una parte que es inmutable por ser la institución divina» de «otras partes sujetas a cambio, que en el decurso del tiempo pueden y aun deben variar» cuando ya no respondan «a la naturaleza íntima de la misma Liturgia».

La liturgia como motor de evangelización

El Santo Padre ha situado esta reflexión en perspectiva histórica. A lo largo de los siglos, ha explicado, la Iglesia ha adaptado sus formas rituales para permitir a los fieles participar en el misterio pascual de Cristo. El culto se ha «encarnado» en las formas culturales de cada época, llegando incluso a transformarlas. «La liturgia ha sido así, durante siglos, un motor de evangelización», ha afirmado, añadiendo que hoy es necesario «renovar esta energía en continuidad con la auténtica y viva tradición católica», orientando a los creyentes «hacia la plenitud de la verdad».

En este punto, el Papa ha recordado también la convicción expresada por San Juan Pablo II de que «existe un vínculo estrechísimo y orgánico entre la renovación de la liturgia y la renovación de toda la vida de la Iglesia. La Iglesia no solo actúa, sino que se expresa también en la liturgia, vive de la liturgia y saca de la liturgia las fuerzas para la vida».

Nadie puede añadir ni quitar nada por su cuenta

En el tramo más contundente de la catequesis, León XIV ha abordado los criterios que los Padres conciliares fijaron para cualquier revisión de los ritos. Toda modificación debe responder a «una utilidad verdadera y cierta de la Iglesia», las nuevas formas deben «nacer orgánicamente a partir de las ya existentes» y cualquier reforma ha de ir precedida por «una concienzuda investigación teológica, histórica y pastoral».

El Pontífice ha subrayado que «el Magisterio conciliar, de este modo, invita a evitar desorientar a los fieles, disuadiendo a cualquiera de añadir o quitar o modificar algo, en materia litúrgica, por iniciativa propia». Y ha precisado que «el progreso evocado por la Constitución conciliar no compromete en absoluto la comunión eclesial: más bien pretende confirmarla y favorecerla».

Exhortación directa a los sacerdotes

El Papa ha cerrado su catequesis dirigiéndose de forma expresa a «todos los que son llamados a preparar la celebración de los divinos misterios», con especial énfasis en los sacerdotes que ejercen «el ministerio de la presidencia litúrgica». Les ha instado a custodiar «ese respeto de los textos y de los ordenamientos de la liturgia que nace del actitud interior de disponibilidad y de entrega a Dios», manifestando «humildad ante su grandeza y fidelidad sincera a la comunión eclesial».

Las palabras de León XIV llegan en un momento en que los debates sobre la celebración litúrgica continúan muy presentes dentro de la Iglesia, con tensiones entre sectores que reclaman una mayor fidelidad a las normas vigentes y corrientes favorables a una mayor creatividad en las celebraciones.

martes, 26 de mayo de 2026

Oración a Nuestra Señora de la Esperanza de la Balesquida


Salve María, Nuestra Señora,  Esperanza de Oviedo,
Tú que creíste firmemente en la promesa de Dios
Y llevaste en tu seno al Salvador del mundo,
Nos dirigimos a ti con confianza y devoción

En tiempos de incertidumbre y desesperación,
Inspíranos con la esperanza que descansa en la fe en Dios,
Ayúdanos a ver la luz en la oscuridad
Y a perseverar en la confianza a pesar de las pruebas.

Virgen María, estrella de la mañana que anuncias la aurora,
Guíanos por el camino de la verdad y del amor,
Protégenos de peligros y tentaciones
Y sostennos en nuestro camino hacia el Reino de Dios.

Tú que fuiste testigo de la resurrección de tu Hijo amado,
Intercede por nosotros con él,
Consíguenos la gracia de vivir en alegre esperanza,
Y ayúdanos a compartir esta esperanza con todos los necesitados.

Virgen María, Nuestra Señora de la Esperanza,
Te confiamos nuestras oraciones y preocupaciones,
Y te pedimos que ruegues por nosotros ante el trono de Dios.
Amén.

Homilía en las ordenaciones. Domingo de Pentecostés 2026

Han sido cincuenta días sin tregua para cantar un himno de victoria sobre el último enemigo del hombre como es la muerte dañina. Un canto de triunfo que no se hace triunfalista, sino que entona la canción bienaventurada y bendita. Sí, han sido cincuenta días de Pascua poniendo en nuestros labios el más sublime himno de la alegría colmada, que tiene como única estrofa el Aleluya de aquella primera mañana cristiana con el domingo que no acaba. Esa fue la más inspirada música divina que puso sus notas en la letra de nuestras andanzas, cuando la muerte fue vencida para siempre dejando el sepulcro vacío de sus acechanzas. Tiempo de sorpresas con las apariciones del Resucitado que disipa los miedos y prepara los corazones para que irrumpa el Espíritu prometido mientras con María aguardamos rezando en el cenáculo de nuestras circunstancias.

La Pascua tiene siempre una coprotagonista: María la madre de Jesús. Ella estará en la primera Pascua de la Natividad de un Dios que nace con el sí que creyó que lo imposible para ella era posible para Dios. Estará también en la Pascua de la Resurrección de un Dios que renace con el “stábat” previo de su fidelidad a pie de la cruz antes de resucitar. Y estará igualmente en la Pascua de Pentecostés reuniendo a los hijos dispersos para enseñarles a orar y a esperar en el cumplimiento de la promesa de Cristo con el envío del Espíritu Santo. La Virgen nos empuja a esta misma experiencia de acoger tan inmensa gracia con sus tres pascuas. Así hemos rezado en la oración colecta de la fiesta solemne de Pentecostés: “derrama los dones de tu Espíritu sobre todos los confines de la tierra y realiza ahora también, en el corazón de tus fieles, aquellas maravillas que te dignaste hacer en los comienzos de la predicación evangélica”. Esto hemos pedido: que en el hoy de nuestros días y en el trasiego de nuestro momento, realice aquellas mismas maravillas. ¿Qué ocurrió entonces?

La muerte del Maestro de la que ellos fueron testigos se tornó en una losa insoportable que los encerraba a cal y canto en el agujero de sus pánicos en aquellas paredes de esa estancia superior, testigo de encuentros, de cenas, de confidencias, también de apariciones del Resucitado, como nos ha recordado hace un instante el Evangelio de San Juan. Pero a la postre, ellos seguían con el come-come de su pobreza creyente. Palabras escuchadas, milagros vistos, y toda una serie de enseñanzas y caricias por parte del mismo Jesús, parecía que no lograban superar lo que en los adentros les embargaba hasta el punto de esconderse por temor, de huir cobardemente, de llorar sin consuelo.

Pero sucedió lo inaudito, el cumplimiento de la promesa de Jesús con el envío del Espíritu Santo. Ellos sencillamente aguardaban con María orando y esperando el acontecimiento. Sabemos lo que ocurrió, como nos ha recordado la primera lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles: que las puertas y ventanas selladas por el pánico, se abrieron de par en par con el viento huracanado que ventiló todos sus miedos. Y sobre sus cabezas se posaron las llamaradas que pusieron luz en sus penumbras y calidez en sus tiriteras. Sintieron una fuerza imprevista que los empujó a la plaza pública donde en todas las lenguas testimoniaron que Dios es maravilloso, no rival de nuestros ensueños y certezas, sino cómplice de lo mejor por corresponder sus promesas con lo que anhela y exige nuestro corazón. Así sucedió entonces, hace dos mil años. Así pedimos que suceda en esta tarde en este nuevo cenáculo de nuestra iglesia madre diocesana, en la Catedral de Oviedo. Habrá que poner nombre a nuestras encerronas asustadizas, a nuestras huidas fugitivas, al enroscamiento tras las celosías de nuestra dejadez, nuestra tibieza o comodidad cotidianas. Y ver cómo después de veinte siglos el Espíritu nos da a cada cual lo que necesitamos para anunciar la Buena Noticia, como nos ha recordado San Pablo en la segunda lectura.

Podemos así entender lo que en la preciosa secuencia que hemos escuchado antes del Evangelio, hemos pedido al Espíritu Santo: una luz que penetre en el alma y que se haga fuente del mayor consuelo; que sea el descanso de nuestros esfuerzos y la brisa en las horas de fuego; como un gozo que sabe secar nuestras lágrimas y darnos la paz que nos reconforta en los duelos. Tenemos una tierra personal seca que Él riega, y un corazón enfermo que deseamos que Él nos sane; manchas de pecados que su gracia lavará con agua pura y derroteros extraviados e indómitos que Él devolverá a su sendero.

Estos dones del Espíritu Santo, los pedimos de manera especial para los hermanos que en esta memorable solemnidad pascual van a ser ordenados esta tarde. Con una inmensa alegría reconocemos estos once rostros con sus nombres: los que vais a ser ordenados presbíteros (Rafael, Edgar Michel, Luis Guillermo, John Ángel, Geoffrey Jesús, Modesto Eliezer y Jesús Miguel) y los que vais a ser ordenados diáconos (Pelayo, Yesid, Gabino y Adrián). Esta mañana en mi oración primera fui deletreando vuestros nombres ante el Sagrario de mi capilla. Los nombres que os identifican como historia y los años que ponen fecha a vuestra edad.

Pensaba en lo que medité cuando me hicieron obispo: Dios nos llama por entero, no a una parte de nuestra vida, quizás la más vistosa y presentable, o la más maquillada y clandestina, sino que nos llama por entero abrazando con amor de hermano toda nuestra andadura humana. La familia en la que nacimos, el lugar donde vimos la luz, los escenarios que nos vieron crecer. También los tropiezos y caídas que nos tumbaron recordándonos nuestra condición frágil, así como los momentos luminosos en los que dimos pasos con decisión y certeza. Las preguntas que nos hicimos y las respuestas que se nos dieron. Los pecados que nos humillaron y las gracias que nos pusieron en pie de nuevo. ¡Cuántos nombres, cuántos domicilios, cuántas circunstancias que hoy se agolpan cuando Dios con los labios de la Iglesia os vuelve a decir a cada uno de vosotros: ven!

Venís de Asturias, de Perú, de Colombia, de República Dominicana y de Venezuela. La divina Providencia ha dispuesto que todos recaléis en nuestra Archidiócesis desde nuestra misma tierra o desde esos queridos pueblos hispanos que tanto amamos. Estáis insertos en nuestro Seminario Metropolitano de la Asunción, en el Seminario misionero diocesano Redemptoris Mater San Melchor de Quirós y en el Seminario de la comunidad Lumen Dei. Todos habéis pasado por nuestras aulas y habéis sido acompañados por nuestros profesores, párrocos y formadores. Todos sois de nuestra familia y como tal os reconocemos conmovidos y agradecidos al Señor y a nuestra Madre la Santina. Es todo un regalo para nuestra Archidiócesis y la Iglesia universal, por el que no ceso de dar gracias al buen Dios.

Qué gran misterio el saberos llamados por el Señor a la vocación del ministerio como diáconos y presbíteros. No hay nada de conquista ni de merecimiento por vuestra parte. Sólo cabe la admiración agradecida por una gracia tan grande que os deja siempre asombrados por haber sido tan bendecidos. El hecho de que Dios quiera poner en vuestra boca su Palabra de verdad y bondad para contar con vuestros labios la Buena Noticia, o que quiera poner en vuestras pequeñas manos sus dones y regalos para gratuitamente repartirlos con vosotros, no deja de ser admirable. Sois portavoces de su Palabra y portadores de su Gracia, esta es la llamada impresionante misteriosamente recibida.

Gabino y Adrián seréis diáconos permanentes. Una vocación dentro de la vocación matrimonial y paterna que habéis recibido y que Dios no desplaza. Gracias a vuestras esposas Raquel y Eva por ayudaros a reconocer la llamada del Señor y con vosotras decir un sí al unísono con ellos. Pelayo y Yesid seréis diáconos transitorios, como camino preparatorio para ser luego ordenados sacerdotes. Recibiréis mi imposición de manos y luego el abrazo de los demás diáconos presentes. Los otros siete hermanos, Rafael, Edgar Michel, Luis Guillermo, John Ángel, Geoffrey Jesús, Modesto Eliezer y Jesús Miguel, os impondré las manos para haceros presbíteros de Jesucristo, gesto que también harán los demás sacerdotes que nos acompañan.

Precioso y audaz deberá ser vuestro ministerio. Porque tendréis que anunciar la Verdad en medio de un mundo que hace de la mentira su manera de abusar en el poder. Tendréis que izar la bandera de la Paz cuando tantas trincheras de violencia nos acosan en las guerras entre pueblos y en las guerras domésticas. Tendréis que cantar la Bondad en contraste con la maldad perversa que campea por sus fueros con gente que trampea hasta corromperse de tantos modos. Y tendréis que proclamar la Belleza cuando lo zafio desparrama con su mal gusto tantas cosas feas que nos desbaratan y vacían. Y frente a la insidia que enfrenta y divide, seréis heraldos de la Fraternidad que nos hermana contra viento y marea en este mundo contradictorio enfrentado a Dios y enemigo del hombre.

Por eso vuestro ministerio irá contracorriente y apareceréis ante tantos como signo de contradicción amable y profética, capaz de anunciar la esperanza que nos salva y bendice, denunciando los desmanes malditos que nos desesperan. Os aseguro que no lo tendréis fácil, pero vuestras vidas entregadas abrirán caminos que tienen meta, y curarán heridas que otros desangran, derramaréis el agua bautismal a los nuevos cristianos que se inician con fe en los senderos de las bienaventuranzas. Podréis perdonar los pecados que nos enfrentan con los hermanos y nos extravían de Dios, y pondréis el bálsamo de la unción a los enfermos y ancianos que rematan sus vidas en la confianza. Acercaréis el pan tierno del Cuerpo de Cristo que quita las hambres y escanciaréis el vino convertido en la Sangre de Jesús que nos llena de santa alegría. Como diáconos o como presbíteros esta será vuestra vivencia cotidiana según vuestro ministerio en la Iglesia.

Toda una vida hecha ministerio, sin horarios ni intereses mundanos, que se pone al servicio de los hermanos con la entrega de la caridad más hermosa y que alaba al Señor con el cántico de la gratitud más bella y sonora. Este es el regalo que Dios nos hace con estas nuevas vocaciones tan inmerecidamente regaladas por su Providencia. Que María os proteja y acompañe. Nosotros, conmovidos, por cada uno de vosotros, damos las gracias. El Señor os bendiga y os guarde. Amén.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

S.I.C.B.M. El Salvador
Oviedo, 24 mayo de 2026

lunes, 25 de mayo de 2026

Bienaventurada Virgen María, Madre de la Iglesia

El título de “Madre de la Iglesia” fue proclamado por San Pablo VI durante el Concilio Vaticano II. Con él, quería subrayar el papel irreemplazable de María dentro de la Iglesia. El Papa Francisco, en 2018 instituyó esta fiesta en el lunes después de Pentecostés. Si la Iglesia nace en Pentecostés, tiene un gran significado que, en el primer día siguiente, el lunes, en la puesta en marcha de su camino en medio del mundo, se destaque la persona y la misión de la Virgen en ella.

Las tres lecturas que se proclaman en la liturgia de hoy son ricas en simbolismos y en estímulo para nuestra fe y nuestra devoción a la Madre del Señor. En el Genesis, tras el pecado y sus consecuencias, Adán pone nombre s a su mujer: “Eva”, por ser la “madre de todos los vivientes. En el evangelio se nos narra la escena en que Jesús, clavado en la cruz, nos da a María por Madre. En el salmo, hablando de la ciudad de Sión, como un lugar donde todos, cercanos y lejanos, se encuentran en su hogar, símbolo del Reino de Dios, abierto, como decía Francisco “a todos, todos, todos”, se dice: “es la madre, porque todos han nacido en ella”.

Junto a la cruz, María. Ya había dicho sí a Dios y a su proyecto de salvación en la Anunciación. Ahora, ya no jovencita, sino anciana, recibe una nueva anunciación: no ser solo la madre de la Cabeza sino también del cuerpo de la Iglesia: No solo madre de Dios, sino madre de todos los hijos de Dios, representados en Juan. No tuvo ella necesidad de decir sí con palabras: era la mujer cercana a Dios y totalmente disponible y colaborara con él.

En pentecostés la vemos como esa nueva Sión de la que nos habla el salmo, congregando a los discípulos y discípulas de su Hijo y pidiendo y esperando al Espíritu (Hechos 2, 14). Después de su asunción, sigue con su tarea maternal. Sigue pendiente y atenta de cada uno de nosotros y diciéndole a Jesús lo mismo que le dijo en Caná: “No tienen vino”; y a nosotros: “haced lo que Él os diga” (Jn 3, 4-5).

Fray Francisco José Rodríguez Fassio, OP


Oración a Nuestra Señora de la Cabeza



Virgen Santísima de la Cabeza;
A Ti venimos con amor y confianza
Deseosos de ofrecerte lo que tenemos,
Y pedirte cuanto necesitamos.
Enséñanos a convivir en paz,
Guiados por tu amor.
Bendice nuestras familias,
Nuestra tierra;
A todos los hombres.
Recibe nuestros trabajos,
Nuestros sufrimientos,
Nuestros deseos e ilusiones.
Preséntanos a Tu Hijo.
Guíanos siempre por el camino de la verdad,
de la justicia y del amor.
Y así, Madre, seremos felices contigo en el Cielo.
Amén

Carta Encíclica MAGNIFICA HUMANITAS del Papa LEÓN XIV


SOBRE LA CUSTODIA DE LA PERSONA HUMANAEN EL TIEMPO 
DE LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL

Con motivo del 135.º aniversario de la «Rerum novarum», el Pontífice reflexiona en su primera encíclica, «Magnifica humanitas», sobre la doctrina social de la Iglesia en la era de la inteligencia artificial. El llamamiento a custodiar «una magnífica humanidad habitada por Dios», promoviendo la verdad, la dignidad del trabajo, la justicia social y la paz. En la era digital, es necesario desarmar la IA y superar la teoría de la «guerra justa», relanzando el diálogo y el multilateralismo

PINCHA AQUÍ PARA LEER LA ENCÍCLICA:


domingo, 24 de mayo de 2026

Pentecostés, Pascua del Espíritu. Por Joaquín Manuel Serrano Vila


Hoy celebramos la Solemnidad de Pentecostés, la plenitud de la Pascua y el nacimiento de la Iglesia misionera. Durante cincuenta días hemos caminado a la luz de la Resurrección, pero hoy esa luz se convierte en un fuego ardiente dentro de nosotros. Pentecostés no es un evento del pasado; es el "hoy" de Dios que sigue actuando en su Iglesia. Esta evidencia se hace verdad cada año en nuestra Catedral, como ocurrirá esta tarde en las ordenaciones diaconales y presbiterales. Las lecturas de este día nos ofrecen una maravillosa radiografía de cómo actúa el Paráclito: derriba los muros de la incomunicación, unifica la diversidad sin destruirla y nos capacita para el perdón y la misión. Pasemos a profundizar en cada mesa de la Palabra que el Señor nos sirve hoy.

El libro de los Hechos nos sitúa en el escenario del Cenáculo. Los discípulos estaban "todos juntos en el mismo lugar". A nivel superficial parece haber unidad, pero en realidad compartían el miedo y el aislamiento. De repente, irrumpen dos símbolos veterotestamentarios que evocan la teofanía del Sinaí: el viento fuerte y las lenguas de fuego. El viento es la fuerza creadora que reordena el caos. Limpia el aire viciado del encierro y sacude las estructuras paralizadas de los discípulos. El fuego es el que purifica las escorias del desánimo y enciende el celo apostólico. Ya no son lenguas mudas por el temor; ahora son lenguas inflamadas por el amor divino. El gran milagro de este pasaje no es que todos hablaran un idioma universal ficticio, sino que "cada uno los oía hablar en su propia lengua". Casi todos los años me escucháis esta reflexión, que me encanta, y es que en Pentecostés vemos la antítesis perfecta de la Torre de Babel. En Babel, el orgullo humano intentó asaltar el cielo y el resultado fue la confusión y la división. En Pentecostés, el Espíritu desciende del cielo y genera comunión. El Espíritu Santo no busca la uniformidad donde todos vistan, piensen o hablen igual; busca la unidad en la diversidad. Respeta la identidad cultural y personal de cada uno de los "partos, medos y elamitas", pero los sintoniza en una misma sinfonía: proclamar "las grandezas de Dios". Esta es una buena reflexión para hacernos hoy todos como Iglesia de Jesucristo: ¿Vivimos construyendo Babel en nuestras comunidades litigando por imponer visiones particulares, o dejamos que el Espíritu cree armonía desde nuestras diferencias?. Necesitamos orar con más insistencia "Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra". Ojalá pasemos del aislamiento de Babel a la sinfonía de Pentecostés.

En la segunda lectura San Pablo nos aterriza el misterio del Espíritu en la vida comunitaria y ordinaria de la Iglesia. El Apóstol nos regala una clave teológica fundamental, y es que "Nadie puede decir: 'Jesús es Señor', sino por el Espíritu Santo". Cada acto de fe, cada oración sincera y cada impulso de caridad que emerge en nuestras vidas no es mérito propio, sino fruto del huésped discreto de nuestras almas. San Pablo utiliza la metáfora del cuerpo humano para explicar la eclesiología de comunión. Diversidad de dones para el bien común: "Hay diversidad de carismas, pero un mismo Espíritu". Los ministerios y talentos dentro de la parroquia o diócesis no son títulos de propiedad para el orgullo personal, ni motivos de competencia. Son regalos dados "para el bien común". Cuánto insistía en esto el P. Ormieres, y que es el gran mensaje de este día: que seamos testigos siendo cada uno fieles a nuestro don. Una comunidad que no valora los distintos carismas se vuelve monótona y estéril, pero una comunidad donde los carismas no buscan la unidad se convierte en un campo de batalla faccioso. El Espíritu es el equilibrio perfecto: regala la variedad y garantiza la cohesión. Nos dice también el Apóstol: "Hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo". Y es que no acabamos de entender que no podemos ser rivales cuando a fin de cuentas todos llamamos a Dios "Padre".

El evangelio de esta Solemnidad tomada del capítulo 20 de San Juan nos habla de tres realidades que necesitamos interiorizar: Paz, envío y reconciliación. A diferencia del relato cronológico de Lucas en Hechos (cincuenta días después), el Evangelio de Juan nos sitúa en el mismo "atardecer de aquel día, el primero de la semana". Es el día de la Resurrección. Los discípulos están viviendo su propio "atardecer" existencial: puertas cerradas y corazones bloqueados por el miedo. Jesús rompe el cerco del miedo haciéndose presente en medio de ellos. No entra reprochando las traiciones ni las huidas de la Pasión. Sus primeras palabras constituyen el núcleo del mensaje pascual: "Paz a vosotros". Les muestra las manos y el costado, no para reclamar venganza, sino como credenciales de un amor que ha triunfado sobre el dolor y la muerte. Es en este contexto de paz y alegría recobrada donde se realiza el "Pentecostés joánico" mediante tres acciones correlativas. Primero el Envío Misionero: "Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo". La Iglesia no recibe el Espíritu para quedarse ensimismada disfrutando de un bienestar espiritual íntimo. El Espíritu es fuerza de proyección hacia fuera. En segundo lugar el Soplo Creador: "Sopló sobre ellos y les dijo: 'Recibid el Espíritu Santo'". Este gesto evoca directamente el Génesis (Gn 2, 7), cuando Dios sopló en aquel poco de arcilla para darle vida al hombre. Jesús realiza aquí la nueva creación. Y es que la humanidad caída es recreada gracias a la Pascua.Y por último, el Poder de Reconciliación: "A quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados". El primer gran encargo que recibe la Iglesia bajo la acción del Espíritu no es organizar grandes eventos, reuniones, campañas solidarias... sino administrar la misericordia divina. El pecado ata, encierra y levanta muros; el perdón libera, abre puertas y rehace los lazos rotos.

Hermanos, el diagnóstico de nuestra sociedad actual guarda grandes semejanzas con el Cenáculo previo a Pentecostés. Con frecuencia vivimos encerrados tras las puertas del miedo: miedo al futuro, miedo al diferente, miedo al sufrimiento. Nos parapetamos en nuestras ideologías y Babel resurge cuando somos incapaces de escucharnos y perdonarnos. Hoy el Señor Resucitado vuelve a ponerse en medio de nosotros. Él nos trae su "Paz". No permitamos que se apague la llama divina recibida en nuestro bautismo y en nuestra confirmación. Hoy apagaremos el cirio pascual; sí, pero que no se apague nunca la llama de la fe en nuestro corazón. Dejémonos sacudir por el viento del Espíritu. Abramos de par en par las ventanas de nuestras vidas por medio de la confesión para que entre el aire fresco de la gracia. Salgamos sin temor a nuestras calles, trabajos y familias a hablar el único idioma que todo ser humano comprende sin importar su origen: el idioma del amor, de la compasión, del reconocimiento del otro o diferente y del perdón mutuo.

"...Reparte tus siete dones
según la fe de tus siervos.
Por tu bondad y tu gracia,
dale al esfuerzo su mérito.
Salva al que busca salvarse
y danos tu gozo eterno".

Evangelio en la Solemnidad de Pentecostés

Lectura del santo evangelio según san Juan 20, 19-23

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
«Paz a vosotros».

Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor.

Jesús repitió:
«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».

Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:
«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

Palabra del Señor

Como aquella vez, la llamada. Por Monseñor Fray Jesús Sanz Montes O.F.M.

Son muchos los factores que se acomunan para explicar la severa estadística de la carencia de vocaciones si la comparamos con otros tiempos pasados no tan lejanos. La crisis demográfica influye, sin duda, en la disminución de seminaristas. También el ambiente de secularización que impone un declive en los valores cristianos que en otras épocas permeaban la sociedad y las mismas familias. Los ataques que sufrimos los cristianos ridiculizando y focalizando injustamente sólo sobre la Iglesia lo que son lacras de la entera sociedad. También nuestra incoherencia cristiana frente a Jesús y su Evangelio y el testimonio de los santos a través de dos mil años de historia. Todos esos factores influyen en la realidad vocacional de nuestros días, dibujando un mapa más descolorido y menos habitado al compararlo con cuanto se vislumbraba unas cuantas décadas atrás.

Pero dicho esto, hay un punto de inflexión en Asturias. Cuando llegué a esta bella tierra en 2010 teníamos en nuestro Seminario ocho seminaristas. Preciosas vocaciones siendo hoy excelentes sacerdotes. En este momento contamos con cuarenta y dos jóvenes que se forman en nuestro Seminario. Y además de los 63 que he podido ordenar en todos estos años, puedo decir con inmenso agradecimiento que en este domingo de Pentecostés ordenaré a 11 seminaristas: cuatro diáconos y siete presbíteros. Todo un regalo para nuestra Archidiócesis y la Iglesia universal, por el que no ceso de dar gracias al buen Dios.

Es un misterio muy grato el saberte llamado por el Señor a la vocación del ministerio sacerdotal. No hay nada de conquista ni de merecimiento por parte nuestra. Sólo cabe la admiración agradecida por una tamaña gracia que nos deja siempre asombrados por haber sido tan bendecidos. El hecho de que Dios quiera poner en tu boca su Palabra de verdad y bondad para contar la Buena Noticia con tus labios, o que quiera poner en tus pequeñas manos sus dones y regalos para gratuitamente repartirlos contigo, no deja de ser admirable donde lo haya. Portavoces de su Palabra y portadores de su Gracia, esta es la llamada impresionante misteriosamente recibida.

Estos jóvenes que se inician en el ministerio tendrán que anunciar la Verdad en medio de un mundo que hace de la mentira su manera de abusar en el poder. Tendrán que izar la bandera de la Paz cuando tantas trincheras de violencia nos acosan en las guerras entre pueblos y en las domésticas. Tendrán que cantar la Bondad en contraste con la maldad perversa que campea por sus fueros. Y tendrán que proclamar la Belleza cuando lo zafio desparrama con su mal gusto tantas cosas feas. Y frente a la insidia que enfrenta y divide, serán heraldos de la Fraternidad que nos hermana contra viento y marea.

Por eso irán contracorriente siendo ante tantos un signo de contradicción amable y profética, capaz de anunciar la esperanza que nos salva y bendice, denunciando los desmanes malditos que nos desesperan. No lo tendrán fácil, pero sus vidas abrirán caminos que tienen meta, y curarán heridas que otros desangran, acercarán el pan tierno que quita las hambres con el Cuerpo de Cristo y escanciarán el vino convertido en la Sangre de Jesús que nos llena de santa alegría. Derramarán el agua bautismal a los nuevos cristianos que se inician con fe en los senderos de las bienaventuranzas. Podrán perdonar los pecados que nos enfrentan con los hermanos y nos extravían de Dios, y pondrán el bálsamo de la unción a los enfermos y ancianos que rematan sus vidas en la confianza.

Toda una vida hecha ministerio, sin horarios ni intereses mundanos que sirve a los hermanos con la entrega de la caridad más hermosa y alaba al Señor con el cántico de la gratitud más bella y sonora. Este es el regalo que Dios nos hace con estas nuevas vocaciones tan inmerecidamente regaladas por su Providencia. Que María las proteja y acompañe. Nosotros, conmovidos, damos las gracias.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

sábado, 23 de mayo de 2026

Fallece el P. Antonio Turú Rofes, Superior General de la Sociedad Misionera de Cristo Rey

(Infovaticana) La Sociedad Misionera de Cristo Rey ha confirmado el fallecimiento del P. Antonio Turú Rofes, mCR, su Superior General. La noticia, comunicada por los Padres, Hermanas y Hermanos de la Congregación, viene acompañada de la petición fraterna de oraciones y sufragios por su alma. En las próximas horas se dará a conocer el lugar y horario de la capilla ardiente y de la Misa exequial.

Se va un sacerdote de la vieja escuela: de aquellos que entendieron el ministerio como una entrega sin reservas y sin condiciones, y que hicieron de la fidelidad a la Iglesia y del amor a la Virgen María el itinerario silencioso de toda una vida.

Cuarenta y dos años de sacerdocio

Ordenado presbítero en 1980 por Mons. José Guerra Campos, entonces obispo de Cuenca —una de las figuras episcopales más insignes—, el P. Turú desarrolló durante seis años su ministerio en los pueblos de la diócesis conquense. Fueron años de parroquia rural, de catequesis y de proximidad pastoral, en una España todavía marcada por la transición eclesial.

En 1986 recibió un nuevo destino que sería ya definitivo: el Colegio del Corazón Inmaculado de María, en Sentmenat (Barcelona), casa madre de la Sociedad Misionera de Cristo Rey y lugar donde reposan los restos de su fundador, el P. José María Alba Cereceda, SJ. Allí, a la sombra del carisma fundacional, transcurrió la mayor parte de su vida sacerdotal y desde allí condujo, ya como Superior General, los destinos de la Congregación.

Una espiritualidad sin retórica

El propio P. Turú había dejado escrito, al cumplir los cuarenta y dos años de sacerdocio, que «no cambiaría ninguno», porque en cada uno había podido aprender algo que le acercase más al Señor, que le hiciese desear la vida eterna y reavivar su entrega. Una confesión sencilla, sin retórica, que dice más de un sacerdote que muchas biografías oficiales.

El Señor y la Santísima Virgen, decía, eran sus dos pilares: en ellos encontraba refugio, seguridad y consuelo, y de ellos obtenía la fuerza para perseverar —son sus palabras— «en la lucha por ser santo». Pocas veces se oye ya hablar así en la Iglesia de hoy, y conviene escucharlo precisamente ahora.

La Sociedad Misionera de Cristo Rey

Fundada por el jesuita P. José María Alba Cereceda, la Sociedad Misionera de Cristo Rey forma parte de ese tejido de congregaciones de raíz hispana que, sin grandes focos mediáticos, han sostenido durante décadas la educación católica, la vida parroquial y la misión ad gentes.

Exequias

La Sociedad Misionera informará en las próximas horas del lugar y el momento en que quedará instalada la capilla ardiente, así como del día y la hora de la Misa exequial. Sus hermanos en la vida consagrada piden a los lectores que eleven a Dios oraciones y sufragios por el alma del P. Turú.

Descanse en paz.

Dales, Señor, el descanso eterno, y brille para ellos la luz perpetua.

«El Diaconado es una vocación de servicio, llega un momento en que piensas en que puedes dar más»

(Iglesia de Asturias) En la misma celebración, este domingo a las 18 h en la Catedral de Oviedo, en la que siete diáconos serán ordenados Presbíteros y dos seminaristas, Diáconos, también dos hombres casados, con hijos y con sus respectivos trabajos, serán ordenados Diáconos Permanentes.

Se trata de Adrián Menéndez Conde, natural de Riaño y maestro en el colegio de La Salle de La Felguera y Gabino Cienfuegos Prada, natural de Colloto, dedicado, durante muchos años, a la Seguridad Privada. Con ellos serán ya 14 los Diáconos Permanentes en nuestra diócesis. Hablamos con ellos para conocer mejor el camino que les ha llevado hasta aquí, cómo lo han vivido con su familia y cuál será su futuro a partir de ahora

¿Cómo llegáis a la vocación del Diaconado Permanente? ¿Es algo que conocíais o que se os propuso?

Gabino: Bueno, pues es la historia de una vida. Yo ya de pequeño fui de esos que, al día siguiente de la Primera Comunión, siguen yendo a misa. Pasaron los años, me eduqué con los Salesianos y tuve buenos amigos sacerdotes. Al final, el Diaconado Permanente es una vocación de servicio y vas viendo que llega el momento en que puedes dar más de ti y empiezas con esto. Es un camino de ilusión. En mi caso fue un poco las dos cosas: yo tenía la inquietud y también conocía a varios diáconos permanentes, al final, es algo que surge.

Adrián: Yo recibí la Primera Comunión con seis años en la parroquia de San Martín de Riaño y siempre he estado vinculado a la misma, hasta ahora que tengo 38 años. Allí fui creciendo espiritualmente gracias a todos los sacerdotes que fueron pasando. Le tengo un especial cariño a don Vicente, que fue con el que recibí el sacramento del Bautismo y la Primera Comunión y me acompañó en los primeros años de vida cristiana. Con los años me fui dando cuenta de que necesitaba ir a misa los domingos y participar de la vida de la parroquia. Cada edad va teniendo unos acontecimientos distintos y bueno, como dice nuestro fundador de La Salle, que es el lema de este año, «De compromiso en compromiso». Uno va discerniendo pero a la vez va adquiriendo unos compromisos que te hacen ir viendo los caminos de Dios.

¿Cómo definiríais lo que es un Diácono Permanente y qué es lo que hace?

Gabino: Diácono es una palabra cuyo significado es «el que sirve». Sirve a la Iglesia en sus necesidades y también, evidentemente bajo las órdenes del Arzobispo nosotros tendremos unas obligaciones más concretas, dependiendo también de las necesidades de las diócesis o donde quiera que se nos destine. Administramos algún sacramento, como por ejemplo el Bautismo; podemos bendecir el agua; presidir una ceremonia de boda. Eso sería por una parte, pero también podemos leer el Evangelio, la homilía en aquellos casos que sea necesario y, en general, estar al servicio de las necesidades que tenga la Iglesia.

Para esto habréis tenido que tener una buena formación.

Adrián: Sí, este año hemos terminado los estudios de Teología que hemos cursado durante tres años y también ha sido muy importante el tiempo de discernimiento. Junto con la formación académica, además este año, con D. José Julio a la cabeza, que es el Vicario de la zona centro, responsable del Diaconado Permanente, nos hizo muy partícipes de la vida de los ya ordenados Diáconos Permanentes. Durante todo este año hemos cada mes de un itinerario que tenían marcado, en el que había retiros, encuentros, formación por las diversas realidades de la diócesis asturiana etc. Se nos llama y se quiere que seamos partícipes de esta necesidad de la Iglesia asturiana. Ha sido un año intenso donde, además de culminar los estudios, hemos podido vivir esa realidad a la que estamos llamados. Y es que, como decía mi compañero Gabino, participamos de la vida sacramental de la Iglesia, pero también de esa vida más allá, fuera de ella, en la que también tenemos que dar testimonio y acompañar. Como nos recordaba don Jesús, nuestro Arzobispo, cuando nos recibió con nuestras esposas, tenemos que ser fermento en la masa en el día a día, cada uno en su vida ordinaria y cotidiana.

Acabas de mencionar a vuestras esposas, ahí está esa familia que también es partícipe de esa decisión pues les afecta de primera mano. ¿Cómo fue la reacción de vuestras mujeres, vuestros hijos, vuestro entorno cuando les planteasteis esta posibilidad?

Adrián: Su respuesta y apoyo es muy importante, sí. Esto es un ministerio de dos, aunque yo diría incluso que es de toda la familia. Cuando empecé este proceso, con los estudios y demás, mi hijo aún era un bebé y no podía hablar, nació justo en enero del 2023, y yo siempre he pensado que él, desde aquel momento, ya había entregado su tiempo a la Iglesia asturiana porque yo no pude estar en aquellos años tan importantes donde él necesitaba especial dedicación.