sábado, 6 de agosto de 2016

Reflexiones al Evangelio. Por Fray Gerardo Sanchez Mielgo O.P.



1ª) ¡El peregrino ha de estar siempre vigilante y a punto para emprender la marcha!

Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas... La cintura ceñida es la imagen del caminante y del peregrino siempre dispuesto a ponerse en marcha (cf. Ex 12). La otra imagen indica la espera de algún personaje importante. Mantienen las lámparas encendidas los que esperan al novio para las bodas (recuérdese la parábola de las 10 muchachas que leemos en Mt 25,1-13). Las imágenes en ambos autores reflejan la premura y lo imprevisible de la puesta en marcha. Por eso hay que estar siempre a punto. Evidentemente aquí estamos leyendo varias realidades a la vez. La más importante es que Jesús volverá de nuevo glorioso, pero la Iglesia primitiva no recibió información del Maestro acerca del día concreto y la hora. El Señor no admite rivales, por tanto quien quiera participar de su gloria al final, debe colocarlo ahora en el centro de la vida mientras va de camino. Renunciar a todo y ponerse en camino detrás de él son condiciones para el seguimiento que sólo las ha exigido Jesús (no sabemos de ningún rabino que lo hubiera hecho nunca), porque sólo Él garantiza el destino final del hombre. Hoy como ayer, no podemos entreteneros en otros negocios que entorpezcan el principal. Sólo cabe una interpretación de lo temporal adecuada y correcta, a saber, partir de la esperanza del futuro. Ciertamente se exige un compromiso serio con lo temporal, pero entendido como una etapa previa de la construcción del definitivo Reino de Dios. Se produce así una tensión entre la temporalidad y la eternidad, entre la esperanza cristiana y el compromiso serio por lo temporal que compartimos con los hombres.

2ª) ¡Son declarados dichosos los que son capaces de vigilar siempre!

¿Qué quiso decir Jesús? Una advertencia velada a sus discípulos sobre el futuro. Pero cuando el evangelista lo ha introducido en su relato está pensando en la vuelta gloriosa del Hijo del hombre, en la Parusía que tan ardientemente era esperada en la Iglesia primitiva. Pero, cuando Lucas escribe, esta espera ha perdido fuerza en el sentido de inmediatez y en su aspecto de acontecimiento escatológico. Lucas piensa que el Hijo del hombre volverá, pero más tarde. Mientras tanto el discípulo debe equiparse de la paciencia, aguante y constancia (hupomoné lo llama él). El discípulo de Jesús debe recordar siempre que la vuelta de Jesús le exige la confianza, pero también una atenta vigilancia porque es imprevisible. Lucas utiliza los términos dichosos o felices en esta perícopa hasta tres veces que tiene su significación simbólica de insistencia. Jesús se congratula con quienes son capaces de velar y estar siempre atentos. El mismo hecho de vigilar produce en el discípulo una experiencia de verdadera bienaventuranza. Hoy como ayer, se nos invita a vivir la experiencia de las bienaventuranzas en la vigilante espera del Señor glorioso como un talante propio de sus discípulos. En el itinerario hacia Jerusalén y hacia la gloria, es necesario mantener un clima de alegría y seguridad en la esperanza de llegar a la meta. Nuestro mundo necesita que los testigos de Jesús lo hagan presente aquí y ahora.

3ª) ¡Quien posee la sabiduría del Reino está siempre dispuesto!

El criado que sabe lo que su amo quiere y no está dispuesto a ponerlo por obra, recibirá muchos azotes; el que no lo sabe, pero hace algo digno de castigo, recibirá pocos. Al que mucho se le dio, mucho se le exigirá; al que mucho se le confió, más se le exigirá. Dios concede los dones para que se pongan a contribución y a rendimiento a favor de los demás. Quien más recibe más posibilidades tiene para trabajar por los demás. Esto quiere decir que la recompensa y el rendimiento de cuentas está en proporción al don recibido. Mateo lo explica en la parábola de los talentos o del capital y los intereses (Mt 25,14ss; Lc 19,12ss). Ambas parábolas, gemelas, aunque presentadas con distinto ropaje narrativo, pretenden transmitir una lección fundamental: es necesario vigilar en el tiempo de la espera y dedicarse a explotar los dones recibidos. Sigue el mismo pensamiento que domina la perícopa completa que proclamamos hoy. Los discípulos de Jesús deben huir de dos posturas reprochables: la desidia con los dones y la vanagloria por los dones recibidos. Al discípulo se le pide un equilibrio equidistante de ambos extremos. Lo que se le da ha de recibirlo con agradecimiento, reconocer que es un regalo gratuito en vistas al bien común y, por tanto, debe evitar toda falsa humildad o modestia que impida el adecuado rendimiento de los dones y, a la vez, todo engreimiento. En la Escritura encontramos dos expresiones que reflejarían muy bien este mensaje (Jn 15,5; 1Cor 15,9-10). San Juan Crisóstomo afirma, en uno de sus sermones, que quien pone en duda haber recibido dones abundantes de Dios le inflige una contumelia, porque Dios siempre distribuye abundantemente entre todos. El creyente ha de poner todos sus dones, de cualquier género que sean, a producir para bien propio y de los demás a fin de que el Padre celestial sea glorificado (Mt 5,16).

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