Puedo decir que no sé acostumbrarme. Es como una sorpresa que siempre me provoca, y no por sabida y esperada deja de provocar el asombro y la gratitud. En estos tiempos que corren tan turbulentos en tantos sentidos, tan aciagos por las amenazas bélicas o por las guerras en curso, por los dimes y diretes de los mentideros con sus frivolidades y escaramuzas, por los escenarios de corrupción en una parte de la clase política y sus trampas en la gobernanza, en estos tiempos en los que nos asolan estas podredumbres, aparece como más necesario, una vez más, la referencia moral y ese rearme ético que ponga en primer plano la verdad, la bondad, la paz y la belleza.
No en vano, los fautores de ese escenario preocupante que acabo de señalar, tienen como usanza atacar de mil modos la presencia cristiana en la sociedad, como si fuera una espina que tienen clavada en sus cuentas pendientes, en sus contradicciones a mansalva, necesitando poner en sus dianas a la Iglesia católica para distraer la focalización en sus vergüenzas, para denostar a los cristianos ninguneándonos con sus censuras o señalándonos con sus ataques mediáticos y legislativos.
Por eso, vuelve a sorprenderme con inmenso agrado que a pesar de tanto y a pesar de ellos, la presencia cristiana permanece como un faro de referencia en medio de las tempestades geopolíticas, económicas, éticas y culturales. Se vuelve a repetir lo que sucedió hace dos mil años: la persecución hacia Jesús y aquellos primeros cristianos, no era una persecución inocente o fortuita, sino la reacción de quienes amigos de la oscuridad, la depravación y la muerte, se sentían incómodos ante quien se presentaba aún en medio de todos sus defectos y pecados, como testigos de la luz amiga, de la regeneración moral y de la vida.
Cuando parece que nos han hecho mella tantas andanadas contra la Iglesia y que debemos colgar el cartel de “se vende” en nuestros principios y nuestras propuestas, resulta que renace inesperadamente el interés por el Evangelio, por la tradición cristiana y por nuestra postura moral ante tantos desafíos. Lo pude experimentar hace días ante el precioso espectáculo de subir con más de 700 jóvenes hasta Covadonga caminando por la montaña y adentrándonos en sus bosques. Chicos y chicas sanos y joviales, que hacen sus estudios, saben divertirse sanamente y tienen un interés creciente por vivir todas sus cosas desde la clave cristiana: sus preguntas, sus amores, sus ensueños, sus heridas, sus certezas. Todo un regalo por el que di gracias con ellos ante nuestra Santina.
Pero, como acontece cada año por estas fechas de pascua, volvemos a celebrar en nuestra catedral de Oviedo un acontecimiento peculiar que despierta hasta el extremo la gratitud más asombrada: el hecho de ver nuestra iglesia madre diocesana llena hasta la bandera y el campanario, por los 372 jóvenes adultos que llaman a la puerta. No para apostatar sino para pedir el bautismo o recomenzar su vida cristiana. Algunos sólo estaban bautizados, pero jamás vivieron nada como hijos de la Iglesia, y recibirán con plena conciencia su primera comunión tras encontrarse con Jesús y comenzar propiamente hablando su andadura como cristianos. Otros, ya bautizados y con la primera comunión, no tuvieron luego un recorrido creyente y jamás recibieron la confirmación. Se trata de este importante número de hombres y mujeres, jóvenes adultos que, bautizándose, recibiendo la Eucaristía y confirmándose llenarán nuestra comunidad diocesana de tanta esperanza, por el paso que van a dar.
Nuestra sociedad necesita este testimonio, que no es el relato de los escándalos de la corrupción cotidiana, sino el de la esperanza que no defrauda cuando tras el encuentro con Cristo la vida cambia, y nos convoca a ser testigos de la paz, la bondad, la verdad y la belleza que llenan la ciudad de alegría. Todo un regalo por el que dar tantas gracias.
+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

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