Empezamos este mes de mayo florido y, en medio de los avatares de un año que ve pasar los meses de modo imparable, los cristianos estrenamos un tiempo saludable de romerías. Aquí en Asturias es una cita esperada cuando llega el primer sábado de mayo, para subir con nuestros cientos y cientos de jóvenes hasta Covadonga en alegre romería.
Nuestra geografía en sus altos y sus llanos, a la entrada de nuestros pueblos, en los acantilados que miran los mares, en los valles profundos de nuestras montañas, está salpicada de pequeñas ermitas y santuarios que actúan como de pararrayos de nuestras tormentas, como indicadores en nuestros extravíos, como posadas en nuestros cansancios, como hogares de nuestras intemperies, como bálsamo de nuestras heridas. Sucede así también en las ascensiones de montaña cuando aparecen los hitos, esos pequeños montoncitos de piedras que nos guiñan su aviso como si fuera una brújula buena y fija que nos devuelven o nos confirman en el verdadero camino hacia la meta.
Es la luz y la lumbre que nos acoge en esas moradas marianas que representan tantos de sus santuarios y ermitas, como una “casa encendida” donde las haya, en donde la mirada de una imagen nos reconforta con su materno significado: el de los ojos verdaderos de quien no pierde nuestra senda, asomada como está a todas nuestras andanzas. La certeza del cobijo que todos experimentan junto a la Reina y Madre en tantas de nuestras montañas es algo que no puede expresarse tan fácilmente, pero que nadie puede negar cuando nos acercamos filialmente a ella. Esto explica el largo recorrido que han hecho los creyentes allegándose a esos lugares de gracia, o el que hacen quienes tienen una fe tibia, extraviada o no encontrada todavía. La mirada de esa Virgen que tantas veces lleva al pequeño que tiene en sus brazos, nos adentra en algo nuclear de nuestra humanidad sedienta de verdad, de bondad y de belleza, hambrienta de justicia, de paz y de fe.
Esto es capaz de transformar el caos de todos nuestros conflictos e incertidumbres, en la dulzura del encuentro de una gracia que nos salva posibilitando nuestra esperanza. Es el conmovedor relato con el que el papa Benedicto XVI explicaba la esperanza cristiana a través del testimonio de Santa Bakhita cuando tras una vida de desprecio y violencia ella descubrió a Jesús: «Se enteró de que este Señor también la conocía, que la había creado también a ella; más aún, que la quería... Ella era conocida y amada, y era esperada. Incluso más: Él había afrontado personalmente el destino de ser maltratado y ahora la esperaba a la derecha de Dios Padre. En este momento tuvo “esperanza”; no sólo la pequeña esperanza de encontrar dueños menos crueles, sino la gran esperanza: yo soy definitivamente amada, suceda lo que suceda; este gran Amor me espera. Por eso mi vida es hermosa. A través del conocimiento de esta esperanza ella fue “redimida”, ya no se sentía esclava, sino hija libre de Dios» (Spe Salvi, 3).
Esta es la confluencia que se hace encuentro de esperanza, se hace admiración que contempla, verso que relata una historia y beso como una humilde plegaria. Un santuario mariano o una sencilla ermita de la Virgen tienen todo esto para quien se allega con sus búsquedas, sus heridas, sus dudas y sus certezas. Todos reciben algo como una gracia inesperada que siempre será gracia inmerecida. Así, cuando el silencio y la noche nos abruman, cuando las malas noticias nos acorralan, cuando masticamos el temor o sufrimos alguna violencia, en María se escucha una Palabra que da vida y se enciende una Luz que nadie apaga. Es una hermosa manera de vivir este tiempo en el mayo florido en donde miramos a las buenas madres: la del cielo y las de la tierra, dando gracias por el don que nos permitió nacer y crecer en la vida y en la fe. Feliz mes de mayo, feliz romería materna.
+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

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