domingo, 17 de mayo de 2026

''Dios asciende''. Por Joaquín Manuel Serrano Vila


Celebramos hoy la Solemnidad de la Ascensión del Señor. Este día marca un punto de inflexión definitivo en la historia de la salvación. Jesús no se marcha para desentenderse de nosotros, sino que asume su señorío universal y nos confía su propia misión. Las lecturas de este Ciclo A nos invitan a profundizar en el misterio de su ausencia física, que en realidad se convierte en una presencia nueva, interior y eclesial.

La primera lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles comienza justo donde termina el Evangelio de Lucas. El autor nos sitúa en ese intervalo de cuarenta días en el que Jesús resucitado consolida la fe de sus discípulos. Los apóstoles, todavía marcados por una mentalidad puramente humana y nacionalista, preguntan: "¿Es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?". Ellos buscaban una victoria política visible, el fin de la ocupación romana y la gloria terrenal. Jesús corrige con delicadeza pero con firmeza su perspectiva. El tiempo de Dios no coincide con los cronómetros humanos. En lugar de un reino político local, Jesús les promete el don del Espíritu Santo. Este don no es para el aislamiento espiritual, sino para la acción: "Seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra". La Ascensión se describe con un lenguaje simbólico y teológico: "Fue levantado en presencia de ellos, y una nube lo ocultó a sus ojos". La nube en la Sagrada Escritura representa la manifestación de la gloria divina (la Shejiná). Jesús entra de forma definitiva en la esfera de Dios.

El reproche de los dos hombres vestidos de blanco es la clave para nosotros hoy: "Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?". La Ascensión no es una invitación a la evasión mística ni a los brazos cruzados. Mirar al cielo es necesario para recordar nuestra meta, pero la tarea está en la tierra. Quedarse estáticos paraliza la misión. La Ascensión nos urge a sumergirnos en la historia humana para transformarla con la fuerza del Evangelio.

En la segunda lectura San Pablo, en su carta a los Efesios, eleva una oración profunda por la comunidad. Pide a Dios que nos conceda "espíritu de sabiduría y de revelación" para conocerlo verdaderamente. El Apóstol sabe que la mente humana por sí sola no puede abarcar la grandeza del misterio de Cristo. Necesitamos que los ojos de nuestro corazón sean iluminados. Pablo describe la Ascensión como el despliegue del poder omnipotente del Padre. Dios resucitó a Cristo de entre los muertos y lo sentó a su derecha en el cielo. Estar sentado a la derecha de Dios significa compartir su mismo poder, su misma autoridad y su soberanía sobre toda la creación. Cristo "está por encima de todo principado, potestad, fuerza y dominación". Nada en este mundo, ningún poder político, económico o espiritual, es superior a Él. Pero lo más hermoso de este texto es el vínculo que Pablo establece entre Cristo y la Iglesia. Dios "lo dio a la Iglesia como cabeza suprema". La Iglesia es su Cuerpo, y ella es "la plenitud del que lo llena todo en todas las cosas". Esto significa que Cristo ha querido necesitar de nosotros. Nosotros somos sus pies para caminar hacia el marginado, sus manos para partir el pan y sanar las heridas de éstos, y su boca para proclamar la justicia y la paz. La Ascensión glorifica a la Cabeza, lo que da a los miembros del Cuerpo la esperanza cierta de que un día compartiremos esa misma gloria.

El Evangelio de Mateo concluye con la escena conocida como la "Gran Comisión", situada en un monte de Galilea. El monte evoca las grandes teofanías del Antiguo Testamento y el Sermón de la Montaña. Los once discípulos se encuentran con Jesús. Mateo añade un detalle muy humano y consolador: "Lo adoraron, pero algunos dudaron". La comunidad que va a recibir la misión universal no es perfecta; está compuesta por hombres que creen, pero que también experimentan fragilidad y las dudas. Jesús no espera a que sean impecables ni perfectos para confiar en ellos.

Jesús se acerca y les quiere así, pero les habla con una autoridad absoluta: "Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra". Basado en este poder, dicta el mandato misionero que sostiene a la Iglesia hasta el día de hoy: "Id y haced discípulos de todos los pueblos". La misión tiene tres dimensiones claras. La primera es "Ir": salir de las propias comodidades y fronteras geográficas o existenciales. La segunda es "Bautizar": introducir a los hombres en la vida misma de la Trinidad; en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Y la tercera es "Enseñar": ayudar a guardar y poner por obra todo lo que Jesús ha mandado, que se resume en el mandamiento del Amor.

El Evangelio no termina con una despedida dolorosa, sino con el ánimo contra el miedo o la vacilación y promesa más rotunda de la Escritura: "Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo". Mateo abre su Evangelio presentando a Jesús como el Enmanuel, el "Dios con nosotros", y lo cierra confirmando esa identidad. Jesús ya no está en un lugar concreto de Tierra Santa; ahora, gracias a su Ascensión, está presente en todas partes, en todo sagrario, en cada comunidad reunida en su nombre y, de manera especial, en el rostro de los pobres y sufrientes; no lo olvidemos. Celebrar la Ascensión del Señor es celebrar nuestra propia dignidad y nuestro compromiso. Cristo ha llevado nuestra naturaleza humana a lo más alto de la gloria divina. Nuestro destino es el cielo, pero nuestro deber es el suelo. No somos huérfanos; no estamos solos ante los desafíos del mundo actual, ante la indiferencia religiosa, la injusticia interna o externa o nuestros propios sufrimientos familiares o personales: ¡Él está con nosotros!

Vayamos hoy a nuestras casas con la certeza de su presencia. Seamos esos testigos valientes que el mundo necesita: cristianos que no miran al cielo con nostalgia pasiva, sino que trabajan y luchan en la tierra con la esperanza puesta en la eternidad. Con razón celebra la Iglesia en este Domingo la Jornada de las Comunicaciones Sociales, pues fue en la Ascensión cuando el Señor nos envió a darlo a conocer al mundo.

Este día, 17 de mayo, es un día también especial para nuestras Hermanas del Santo Ángel que celebran la onomástica de su Fundadora, la Madre San Pascual, que también Ella nos enseñe a todos a "ir despacio para lograr llegar lejos"...

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