sábado, 25 de junio de 2016

Deja que los muertos entierren a sus muertos. Por Raniero Catalamessa


El pasado abril se publicó el libro de Benedicto XVI «Jesús de Nazaret». He pensado comentar algunos de los próximos evangelios dominicales teniendo en cuenta reflexiones del Papa. Ante todo, alguna mención sobre el contenido y el objetivo del libro. Éste se ocupa de Jesús en el período que va desde el bautismo en el río Jordán hasta el momento de la transfiguración, esto es, desde el inicio de su ministerio público hasta su epílogo. Un volumen sucesivo, si Dios –confía el Papa- le da fuerzas y tiempo suficiente para escribirlo, se ocupará de los relatos de la muerte y resurrección, así como de las narraciones de la infancia, que se han quedado fuera de este primer volumen.

El libro presupone la exégesis histórico-crítica y se sirve de sus resultados, pero quiere ir más allá de este método, contemplando una interpretación propiamente teológica, esto es, global, no sectorial, que tome en serio el testimonio de los evangelios y de las Escrituras, como libros inspirados por Dios.

El objetivo del libro es mostrar que la figura de Jesús que se alcanza por tal vía «es mucho más lógica y, desde el punto de vista histórico, también más comprensible que las reconstrucciones con las que nos hemos tenido que enfrentar en las últimas décadas. Sostengo –añade el Papa- que precisamente este Jesús –el de los Evangelios- es una figura históricamente sensata y convincente».

Es muy significativo que la opción del Papa de atenerse al Jesús de los Evangelios encuentre una confirmación en las orientaciones más recientes y autorizadas de la propia crítica histórica, como en la obra monumental del escocés James Dunn («Christianity in the Making»), según el cual «los evangelios sinópticos atestiguan un modelo y una técnica de transmisión oral que han garantizado una estabilidad y una continuidad en la tradición de Jesús mayores que las que, desde ahí, se han imaginado generalmente».

Pero pasemos al pasaje evangélico del XIII domingo del Tiempo Ordinario. Refiere tres encuentros de Cristo en el curso del mismo viaje. Concentrémonos en uno de estos encuentros: «A otro [Jesús] dijo: "Sígueme". Él respondió: "Déjame ir primero a enterrar a mi padre". Le respondió: "Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el Reino de Dios"».

El Papa, en su libro, comenta el tema aquí implícito de las relaciones de parentesco en diálogo con el rabino judío americano Jacob Neusner. Neusner ha escrito un libro («A Rabbi Talks with Jesus») en el que se imagina entre los presentes cuando Jesús hablaba a la multitud, y explica por qué, a pesar de su gran admiración por el Maestro de Nazaret, no habría podido ser su discípulo. Uno de los motivos es precisamente la postura de Jesús respecto a los vínculos familiares. En varias ocasiones, afirma el rabino, Él parece invitar a transgredir el Cuarto Mandamiento –que dice: «Honrarás a tu padre y a tu madre»-. Pide, como hemos oído, renunciar a acudir a sepultar al propio padre y en otro lugar dice que quien ama al padre o a la madre más que a Él, no es digno de Él.

A estas objeciones se responde de costumbre apuntando otras palabras de Jesús que afirman con fuerza la permanente validez de los vínculos familiares: la indisolubilidad del matrimonio, el deber de asistir al padre y a la madre. El Papa, en cambio, en su libro da una respuesta más profunda e iluminadora a esta objeción que no es sólo del rabino Neusner, sino también de muchos lectores cristianos del Evangelio. Él parte de una palabra de Jesús. A quien le anunciaba la visita de sus parientes, Él respondió un día: «¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?... Todo el que cumpla la voluntad de mi Padre celestial, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre» (Mt 12, 49-50).

Jesús no deroga con ello la familia natural, pero revela una nueva familia en la que Dios es padre y los hombres y las mujeres son todos hermanos y hermanas, gracias a la común fe en Él, el Cristo. ¿Tenia derecho a hacer esto?, se pregunta el rabino Neusner. Esta familia espiritual existía ya: era el pueblo de Israel unido por la observancia de la Torá, o sea, la Ley mosaica. Sólo para estudiar la Torá se permitía a un hijo dejar la casa paterna. Pero Jesús no dice: «Quien ama a su padre o a su madre más que la Torá, no es digno de la Torá». Dice: «Quien ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí». Se pone a sí mismo en el lugar de la Torá, y esto puede hacerlo sólo quien es superior a la Torá y superior a Moisés, que la ha promulgado.

El rabino judío tiene razón, según Benedicto XVI, al concluir: «Sólo Dios puede exigir de mí cuanto Jesús pide». La discusión sobre Jesús y los vínculos de parentesco (como aquella sobre Jesús y la observancia del sábado) nos lleva así, observa el Papa, al verdadero núcleo de la cuestión, que es saber quién es Jesús. Si un cristiano no cree que Jesús actúa con la autoridad misma de Dios y que es Él mismo Dios, entonces hay más coherencia en la postura del rabino judío que rechaza seguirle que en la suya. No se puede aceptar la enseñanza de Jesús si no se acepta también su persona.

Saquemos también alguna enseñanza práctica del debate. La «familia de Dios», que es la Iglesia, no sólo no está contra la familia natural, sino que es su garante y promotora. Lo vemos hoy. Es una lástima que algunas divergencias de opiniones en el seno de la sociedad actual sobre cuestiones ligadas al matrimonio y a la familia impidan a muchos reconocer la obra providencial de la Iglesia a favor de la familia, y se la deje frecuentemente sola en esta batalla decisiva para el futuro de la humanidad.

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