viernes, 29 de mayo de 2026

Homilía del Sr. Arzobispo en las Bodas de Oro y Plata Sacerdotales 2026

En nuestro calendario diocesano hay algunas fechas de marcado sabor sacerdotal, cuando al hilo de una fiesta importante de Jesucristo como Sumo y Eterno Sacerdote, como nuestro entrañable Buen Pastor, nos juntamos en su efeméride para dar gracias por los hermanos que celebrar su cumpleaños ministerial con los veinticinco o cincuenta años de andadura como presbíteros.

Lo hemos pedido en la oración colecta: “concede a quienes Él eligió para ministros y dispensadores de sus misterios la gracia de ser fieles”. Cada uno de nosotros sabe bien cómo fue la antesala de aquel día hace ya esos veinticinco o cincuenta años. Larga preparación en nuestros centros formativos donde fuimos leyendo entre líneas el futuro añorado que nos aguardaba como respuesta a la llamada recibida. Cuestiones filosóficas, argumentos teológicos, oraciones litúrgicas, nos fueron acompañando mientras nosotros crecíamos viendo caer las hojas de nuestro almanaque vocacionado.

Y entonces se dieron los sobresaltos previstos en cualquier itinerario serio en lo humano y lo cristiano: momentos de euforia contenida cuando se fue verificando sin alharacas extrañas que Jesús puso nuestro nombre en sus labios y nos dijo aquel inolvidable ¡ven!; momentos de incertidumbre humillada cuando las sombras de las dudas también nos acorralaron más de una vez. Pero fuimos sorteando los vaivenes, abajando los humos cuando nos veníamos demasiado para arriba u ofreciendo las manos cuando el ofertorio se nos tornaba en cansancio y desazón.

¡Cuanta gente buena Dios cruzó en nuestro camino para no plegarnos en nuestra respuesta al Señor! Ahí están personas de nuestro entorno familiar, del círculo de nuestros amigos, compañeros de fatiga y de ilusión, formadores, profesores, religiosas, párrocos. Por todos ellos damos gracias hoy, ya nos estén acompañando en esta celebración o ya estén donde Dios los haya situado si con la hermana muerte los llamó. Por todos damos sentidamente gracias al Señor.

El relato del sacrificio de Isaac que hemos escuchado en la primera lectura, siempre conmovedor, no es una macabra descripción de las entretelas secretas de un implacable Dios, sino la gran lección que el Señor hace con sus hijos cuando se trata de educarlos pedagógicamente en el teresiano “bastar, bastar… sólo basta Dios”. No quería el Señor reírse de un Abrahán asustado y confundido al comprobar que lo prometido solemnemente era quimera sin solución. Sino que trataba de enseñarle dónde está el quicio de una pertenencia del propio corazón con sus proyectos y ensueños que no deben jamás rivalizar con los dones de Dios. No quería arrebatarle al hijo de la promesa pidiendo absurdamente que lo sacrificase como un cordero de inmolación, sino que jamás se apropiase de ese regalo y más bien siempre lo mirase con la gratitud agradecida de quien inmerecidamente recibe tamaño don.

En nuestro ministerio sacerdotal hemos recibido promesas que no queremos apropiarnos, que sabemos agradecer o ofrecer desde nuestra leal disponibilidad para lo que quiera Dios. Sin regateos, sin condiciones, sin negociar con el Señor nuestros cálculos, calendarios e intereses. Responder a Dios el “aquí estoy” como hizo Abrahán, es tener la conciencia clara de que no hay doblez en nuestros entrecejos, no hay trampas en nuestras decisiones, no hay alternativas en nuestros vericuetos… que no las sepa como nadie el mismo Dios. Por este motivo también nosotros podemos decir como Abrahán poniendo nombre a nuestro momento: “el Señor ve”, sí, el Señor ve, sin trampa ni cartón. Ser peregrinos de la voluntad de Dios ofreciendo nuestra disponibilidad firme y sincera con el paso de los años, y no atrincherarnos como turistas de nuestros caprichos e intereses abaratando el sí que dimos en nuestra ordenación sacerdotal.

No estamos ante un cumpleaños más de una efeméride cualquiera, pero tampoco le queremos conceder un valor mágico a las bodas de oro o de plata, porque todos tenemos experiencia que la vida no cambia por llegar estas fechas redondas. Y, sin embargo, no las queremos dejar pasar. Por eso hacemos fiesta, por eso damos gracias, con este motivo pedimos gracia también. Serían las tres actitudes que enmarcan nuestra celebración sacerdotal. Hacer fiesta en primer lugar en este día especial de Cristo Sacerdote. Miramos al Señor como al único y sumo sacerdote, que nos ha llamado a ser prolongación suya poniendo nuestras manos ungidas, nuestros labios consagrados, nuestro corazón e inteligencia ofrecidos, al servicio de la gracia redentora de la que somos ministros. Sí, hacemos fiesta como merece el caso, y ponemos en la patena del altar nada menos que cincuenta o veinticinco años de ministerio, mientras nos disponemos a abrazar fraternamente a estos hermanos que han vivido todo este tiempo amando a Dios, sirviendo a la Iglesia, en el ministerio concreto hacia las personas que se les iba confiando como sacerdotes.

Tenemos a los hermanos dorados que en aquel año 1976 fueron ordenados: Amador Joaquín Galán Caso, Luis Miguel Menes Álvarez, Alberto Reigada Campoamor, Alejandro Rodriguez Catalina y Arturo Muiño Fonticoba. Los cuatro primeros de nuestro presbiterio diocesano con distintas encomiendas en nuestras parroquias y comunidades o en la experiencia misionera plural en África y Centroeuropa, y con responsabilidades varias en la marcha de nuestra vida diocesana. El último, P. Arturo, misionero claretiano entregado a la educación y docencia de la historia, esa de la que formamos parte y seguimos escribiendo cada día.

Vienen luego los hermanos argénteos que recibieron el mismo ministerio cuando se les impuso las manos en el año 2001: Pedro Miguel López Muñoz, originario de Ibiza y que se acaba de integrar en nuestra Archidiócesis. Le felicitamos y le damos oficialmente la bienvenida tras unos años de convivencia entre nosotros. Después tenemos al P. José María Rguez. Olaizola, un ovetense que como jesuita ha recorrido tantos mundos desde la sociología y la espiritualidad y desde hace meses está destinado a las obras que la Compañía tiene en Asturias. Que seas profeta en tu tierra. Finalmente, el P. José Manuel Sueiro Expósito, también misionero claretiano que ha combinado su labor en los colegios de su Congregación con la colaboración pastoral en las parroquias por las que ha pasado.

Dorados y argénteos, como verdaderos regalos preciosos para la vida de nuestra comunidad diocesana. Hubo un punto de inflexión en aquellos años tardíos del fin de siglo que con un reajuste académico nos quedamos con un curso en blanco y vacío, motivo por el cual entre los de las bodas de plata no hay ninguno formado en nuestro Seminario Metropolitano.

El domingo tuvimos la inmensa alegría de ordenar 7 presbíteros y 4 diáconos. Algunos están hoy aquí concelebrando con nosotros. Termino recordando lo que entonces les dije al final de la misa, y que pensando en todos vosotros lo comparto también como discreto y cariñoso mensaje de ánimo y agradecimiento por vuestra entrega:

Vuestro ministerio irá contracorriente y apareceréis ante tantos como signo de contradicción amable y profética, capaz de anunciar la esperanza que nos salva y bendice, denunciando los desmanes malditos que nos desesperan. Os aseguro que no lo tendréis fácil, pero vuestras vidas entregadas abrirán caminos que tienen meta, y curarán heridas que otros desangran, derramaréis el agua bautismal a los nuevos cristianos que se inician con fe en los senderos de las bienaventuranzas. Podréis perdonar los pecados que nos enfrentan con los hermanos y nos extravían de Dios, y pondréis el bálsamo de la unción a los enfermos y ancianos que rematan sus vidas en la confianza. Acercaréis el pan tierno del Cuerpo de Cristo que quita las hambres y escanciaréis el vino convertido en la Sangre de Jesús que nos llena de santa alegría. Como diáconos o como presbíteros esta será vuestra vivencia cotidiana según vuestro ministerio en la Iglesia.

Queridos hermanos sacerdotes, esta fiesta nos recuerda en el prefacio de la misa que Jesús con amor de hermano nos ha llamado. Damos gracias al Señor por este inmenso regalo de unir nuestro nombre, nuestra biografía, nuestro tiempo e inteligencia, nuestro corazón, a su único Sacerdocio como Buen Pastor de cada hombre. Nosotros respondemos con nuestro sí renovado como hace veinticinco o cincuenta años, pero con todo lo que hemos aprendido, vivido y ofrecido después. Toda una vida hecha ministerio, sin horarios ni intereses mundanos, que se pone al servicio de los hermanos con la entrega de la caridad más hermosa y que alaba al Señor con el cántico de la gratitud más bella y sonora. Este es el regalo que Dios nos hace con vuestras vocaciones tan inmerecidamente regaladas por su Providencia. Que María os proteja y acompañe. Nosotros, conmovidos, por cada uno de vosotros, damos las gracias. El Señor os bendiga y os guarde. Amén.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

Seminario Metropolitano
28 mayo de 2026

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