Han sido cincuenta días sin tregua para cantar un himno de victoria sobre el último enemigo del hombre como es la muerte dañina. Un canto de triunfo que no se hace triunfalista, sino que entona la canción bienaventurada y bendita. Sí, han sido cincuenta días de Pascua poniendo en nuestros labios el más sublime himno de la alegría colmada, que tiene como única estrofa el Aleluya de aquella primera mañana cristiana con el domingo que no acaba. Esa fue la más inspirada música divina que puso sus notas en la letra de nuestras andanzas, cuando la muerte fue vencida para siempre dejando el sepulcro vacío de sus acechanzas. Tiempo de sorpresas con las apariciones del Resucitado que disipa los miedos y prepara los corazones para que irrumpa el Espíritu prometido mientras con María aguardamos rezando en el cenáculo de nuestras circunstancias.
La Pascua tiene siempre una coprotagonista: María la madre de Jesús. Ella estará en la primera Pascua de la Natividad de un Dios que nace con el sí que creyó que lo imposible para ella era posible para Dios. Estará también en la Pascua de la Resurrección de un Dios que renace con el “stábat” previo de su fidelidad a pie de la cruz antes de resucitar. Y estará igualmente en la Pascua de Pentecostés reuniendo a los hijos dispersos para enseñarles a orar y a esperar en el cumplimiento de la promesa de Cristo con el envío del Espíritu Santo. La Virgen nos empuja a esta misma experiencia de acoger tan inmensa gracia con sus tres pascuas. Así hemos rezado en la oración colecta de la fiesta solemne de Pentecostés: “derrama los dones de tu Espíritu sobre todos los confines de la tierra y realiza ahora también, en el corazón de tus fieles, aquellas maravillas que te dignaste hacer en los comienzos de la predicación evangélica”. Esto hemos pedido: que en el hoy de nuestros días y en el trasiego de nuestro momento, realice aquellas mismas maravillas. ¿Qué ocurrió entonces?
La muerte del Maestro de la que ellos fueron testigos se tornó en una losa insoportable que los encerraba a cal y canto en el agujero de sus pánicos en aquellas paredes de esa estancia superior, testigo de encuentros, de cenas, de confidencias, también de apariciones del Resucitado, como nos ha recordado hace un instante el Evangelio de San Juan. Pero a la postre, ellos seguían con el come-come de su pobreza creyente. Palabras escuchadas, milagros vistos, y toda una serie de enseñanzas y caricias por parte del mismo Jesús, parecía que no lograban superar lo que en los adentros les embargaba hasta el punto de esconderse por temor, de huir cobardemente, de llorar sin consuelo.
Pero sucedió lo inaudito, el cumplimiento de la promesa de Jesús con el envío del Espíritu Santo. Ellos sencillamente aguardaban con María orando y esperando el acontecimiento. Sabemos lo que ocurrió, como nos ha recordado la primera lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles: que las puertas y ventanas selladas por el pánico, se abrieron de par en par con el viento huracanado que ventiló todos sus miedos. Y sobre sus cabezas se posaron las llamaradas que pusieron luz en sus penumbras y calidez en sus tiriteras. Sintieron una fuerza imprevista que los empujó a la plaza pública donde en todas las lenguas testimoniaron que Dios es maravilloso, no rival de nuestros ensueños y certezas, sino cómplice de lo mejor por corresponder sus promesas con lo que anhela y exige nuestro corazón. Así sucedió entonces, hace dos mil años. Así pedimos que suceda en esta tarde en este nuevo cenáculo de nuestra iglesia madre diocesana, en la Catedral de Oviedo. Habrá que poner nombre a nuestras encerronas asustadizas, a nuestras huidas fugitivas, al enroscamiento tras las celosías de nuestra dejadez, nuestra tibieza o comodidad cotidianas. Y ver cómo después de veinte siglos el Espíritu nos da a cada cual lo que necesitamos para anunciar la Buena Noticia, como nos ha recordado San Pablo en la segunda lectura.
Podemos así entender lo que en la preciosa secuencia que hemos escuchado antes del Evangelio, hemos pedido al Espíritu Santo: una luz que penetre en el alma y que se haga fuente del mayor consuelo; que sea el descanso de nuestros esfuerzos y la brisa en las horas de fuego; como un gozo que sabe secar nuestras lágrimas y darnos la paz que nos reconforta en los duelos. Tenemos una tierra personal seca que Él riega, y un corazón enfermo que deseamos que Él nos sane; manchas de pecados que su gracia lavará con agua pura y derroteros extraviados e indómitos que Él devolverá a su sendero.
Estos dones del Espíritu Santo, los pedimos de manera especial para los hermanos que en esta memorable solemnidad pascual van a ser ordenados esta tarde. Con una inmensa alegría reconocemos estos once rostros con sus nombres: los que vais a ser ordenados presbíteros (Rafael, Edgar Michel, Luis Guillermo, John Ángel, Geoffrey Jesús, Modesto Eliezer y Jesús Miguel) y los que vais a ser ordenados diáconos (Pelayo, Yesid, Gabino y Adrián). Esta mañana en mi oración primera fui deletreando vuestros nombres ante el Sagrario de mi capilla. Los nombres que os identifican como historia y los años que ponen fecha a vuestra edad.
Pensaba en lo que medité cuando me hicieron obispo: Dios nos llama por entero, no a una parte de nuestra vida, quizás la más vistosa y presentable, o la más maquillada y clandestina, sino que nos llama por entero abrazando con amor de hermano toda nuestra andadura humana. La familia en la que nacimos, el lugar donde vimos la luz, los escenarios que nos vieron crecer. También los tropiezos y caídas que nos tumbaron recordándonos nuestra condición frágil, así como los momentos luminosos en los que dimos pasos con decisión y certeza. Las preguntas que nos hicimos y las respuestas que se nos dieron. Los pecados que nos humillaron y las gracias que nos pusieron en pie de nuevo. ¡Cuántos nombres, cuántos domicilios, cuántas circunstancias que hoy se agolpan cuando Dios con los labios de la Iglesia os vuelve a decir a cada uno de vosotros: ven!
Venís de Asturias, de Perú, de Colombia, de República Dominicana y de Venezuela. La divina Providencia ha dispuesto que todos recaléis en nuestra Archidiócesis desde nuestra misma tierra o desde esos queridos pueblos hispanos que tanto amamos. Estáis insertos en nuestro Seminario Metropolitano de la Asunción, en el Seminario misionero diocesano Redemptoris Mater San Melchor de Quirós y en el Seminario de la comunidad Lumen Dei. Todos habéis pasado por nuestras aulas y habéis sido acompañados por nuestros profesores, párrocos y formadores. Todos sois de nuestra familia y como tal os reconocemos conmovidos y agradecidos al Señor y a nuestra Madre la Santina. Es todo un regalo para nuestra Archidiócesis y la Iglesia universal, por el que no ceso de dar gracias al buen Dios.
Qué gran misterio el saberos llamados por el Señor a la vocación del ministerio como diáconos y presbíteros. No hay nada de conquista ni de merecimiento por vuestra parte. Sólo cabe la admiración agradecida por una gracia tan grande que os deja siempre asombrados por haber sido tan bendecidos. El hecho de que Dios quiera poner en vuestra boca su Palabra de verdad y bondad para contar con vuestros labios la Buena Noticia, o que quiera poner en vuestras pequeñas manos sus dones y regalos para gratuitamente repartirlos con vosotros, no deja de ser admirable. Sois portavoces de su Palabra y portadores de su Gracia, esta es la llamada impresionante misteriosamente recibida.
Gabino y Adrián seréis diáconos permanentes. Una vocación dentro de la vocación matrimonial y paterna que habéis recibido y que Dios no desplaza. Gracias a vuestras esposas Raquel y Eva por ayudaros a reconocer la llamada del Señor y con vosotras decir un sí al unísono con ellos. Pelayo y Yesid seréis diáconos transitorios, como camino preparatorio para ser luego ordenados sacerdotes. Recibiréis mi imposición de manos y luego el abrazo de los demás diáconos presentes. Los otros siete hermanos, Rafael, Edgar Michel, Luis Guillermo, John Ángel, Geoffrey Jesús, Modesto Eliezer y Jesús Miguel, os impondré las manos para haceros presbíteros de Jesucristo, gesto que también harán los demás sacerdotes que nos acompañan.
Precioso y audaz deberá ser vuestro ministerio. Porque tendréis que anunciar la Verdad en medio de un mundo que hace de la mentira su manera de abusar en el poder. Tendréis que izar la bandera de la Paz cuando tantas trincheras de violencia nos acosan en las guerras entre pueblos y en las guerras domésticas. Tendréis que cantar la Bondad en contraste con la maldad perversa que campea por sus fueros con gente que trampea hasta corromperse de tantos modos. Y tendréis que proclamar la Belleza cuando lo zafio desparrama con su mal gusto tantas cosas feas que nos desbaratan y vacían. Y frente a la insidia que enfrenta y divide, seréis heraldos de la Fraternidad que nos hermana contra viento y marea en este mundo contradictorio enfrentado a Dios y enemigo del hombre.
Por eso vuestro ministerio irá contracorriente y apareceréis ante tantos como signo de contradicción amable y profética, capaz de anunciar la esperanza que nos salva y bendice, denunciando los desmanes malditos que nos desesperan. Os aseguro que no lo tendréis fácil, pero vuestras vidas entregadas abrirán caminos que tienen meta, y curarán heridas que otros desangran, derramaréis el agua bautismal a los nuevos cristianos que se inician con fe en los senderos de las bienaventuranzas. Podréis perdonar los pecados que nos enfrentan con los hermanos y nos extravían de Dios, y pondréis el bálsamo de la unción a los enfermos y ancianos que rematan sus vidas en la confianza. Acercaréis el pan tierno del Cuerpo de Cristo que quita las hambres y escanciaréis el vino convertido en la Sangre de Jesús que nos llena de santa alegría. Como diáconos o como presbíteros esta será vuestra vivencia cotidiana según vuestro ministerio en la Iglesia.
Toda una vida hecha ministerio, sin horarios ni intereses mundanos, que se pone al servicio de los hermanos con la entrega de la caridad más hermosa y que alaba al Señor con el cántico de la gratitud más bella y sonora. Este es el regalo que Dios nos hace con estas nuevas vocaciones tan inmerecidamente regaladas por su Providencia. Que María os proteja y acompañe. Nosotros, conmovidos, por cada uno de vosotros, damos las gracias. El Señor os bendiga y os guarde. Amén.
+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo
S.I.C.B.M. El Salvador
Oviedo, 24 mayo de 2026

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