(De profesión cura) Hablo mucho de ella en mi libro "Pastoral rural para urbanitas escepticos". Es que Juana era mucha Juana, qué les voy a contar. Se nos fue el pasado 12 de marzo. Cuántos días, incluso algunos domingos, hemos celebrado la misa los dos solos, al punto que no faltó quien me preguntase que qué iba a ser ahora de la parroquia cuando a misa ya no vaya ni la señora Juana. ¿Va a seguir celebrando? Dios proveerá.
Ayer fue el domingo del buen pastor. Cuesta trabajo creerlo, pero sepan que conté en la misa parroquial más de veinte personas. Unos dirán que casualidades, puede ser, ¿y si les digo que desde que la señora Juana se nos fue nunca hemos bajado de ocho o diez en la misa dominical? ¿Y que en semana santa no menos de quince o veinte en cada una de las celebraciones?
Cada cual lo interprete como quiera.
Con motivo de su fallecimiento, un buen amigo, Francisco José Fernández de la Cigoña, escribía: “Y no descartes que si en alguna ocasión te ve más bajo de forma interpele al mismo Jesucristo para que corrija la situación. Y sabes que es muy capaz de ello. Y el mismo Jesucristo también lo sabe y solo de pensarlo se ríe solo. Así que, a partir de ahora, estás más recomendado".
Me río y pienso en ella, enredando por el cielo, ya sin su bastón, que los ángeles con sus alas se manejan muy bien sin riesgo a tropezones, y dirigiéndose al mismo Jesucristo para decirle que a ver si ahora que ella no está se va a olvidar de la parroquia y dejar solo a su cura. Por supuesto que no… Estate tranquila, mujer.
Casualidades, quién sabe. De repente una familia que se deja caer porque sí. Un vecino de otro pueblo que, precisamente, ese domingo le venía mejor la misa de 11, dos del pueblo que llevaban tiempo sin ir a misa y se han sentido llamados. Todo casualidades… o todo enredos de la señora Juana que con su sonrisa picarona cada domingo le recuerda a Jesús que tal vez su cura pudiera estar solo. Y Jesús, pues eso, que se las apaña. Tranquila, mujer…
La señora Juana siempre fue una mujer entregada a Dios y preocupada por su parroquia. Ahora que ya goza, es mi esperanza, de la claridad definitiva, estoy seguro de que sigue velando por su parroquia y por su cura. Un beso, Juana. Reza por nosotros.
Cosas mías. Para entenderlas, hay que hacerse Juana o Rafaela.

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