lunes, 6 de abril de 2026

Homilía del Sr. Arzobispo en el Domingo de Pascua

En un evangelio breve con tan sólo nueve versículos, cobra protagonismo en su relato la mención del sepulcro: hasta seis veces se repite la palabra. Viene a ser el escenario de un acontecimiento, el más decisivo en la historia de la humanidad. Jesús ha resucitado y la señal es el sepulcro vacío que aquellas mujeres encontraron la mañana de pascua. Van y vienen, comentan y callan, corren y cuentan, todo en un sinvivir que las empuja a buscar a Pedro para decirle lo que han visto. Hay una obra preciosa titulada «Los discípulos Pedro y Juan corriendo al sepulcro» (1898) de un pintor realista, el suizo Eugène Burnand, que plasma en su lienzo el momento lleno de tensión emocionada en el que Pedro y Juan corren hasta el sepulcro tras lo que les contó María Magdalena, cuando aquel día amanecía en la hora mañanera y en la historia toda.

Necesitamos esa inspiración que tuvo el gran Beethoven para componer su himno de la alegría en su novena y última sinfonía. En lugar de prestarle sus versos la oda de Friedrich Schiller, le podríamos facilitar nosotros el texto de nuestra crónica diaria para que intentara poner música sacra a nuestro bronco relato. Pero intentemos situarnos en este concierto donde cabe una alegría que no caduca en medio de cuanto atenta e intenta su dislate. Es al hilo de lo que días atrás celebrábamos lo que ahora se nos presenta como provocación saludable.

Ha pasado ya la noche con todas las penumbras que nos secuestran las formas y nos roban los colores. Tantos apagones que nos imponen su negrura en este tiempo de la historia de la humanidad. La lista se hace tan ingrata como interminable: situaciones sórdidas que a diario aparecen en todos los estratos de la sociedad. Ahí abultan las sombras y los rumores de un viaje sin norte, sin brújula y sin horizonte. Basta leer las noticias cada día para darnos cuenta del deterioro al que hemos llegado… sin que aquí pase nada. Podríamos pensar que en este panorama no cabe la alegría por tornarse un lujo que con la que está cayendo no se acompasa. La noche en su peor perfil, tiene siempre ese maleficio que nos llena de sombras adversas, cobardes filigranas que se esconden para herirnos sin dejar pistas de su drama. Secuestra los contornos y desdibuja los colores haciendo que todo sea sin rostro, sin nombre, grisáceo y tosco, imponiéndonos sus centellas que hieren como si fueran amenazas. Pero, toda esta tragedia no tiene la última palabra, por más que dure su impostura y su acechanza.

Todo parecía acabado, todo perdido con la peor de las tramas. Se fue tensando lo que decía el Maestro y algunos preveían tan fatal desenlace: hubiera sido mejor que no hablara. Pero Él habló, con su ternura acostumbrada o con palabras de fuego que levantaban las ascuas, e hizo signos que salvan y devuelven la dignidad traicionada. Cada mañana madrugaba o cada tarde trasnochaba para escuchar en su Padre la palabra que luego narraba, abismándose en la belleza que con sus divinas manos repartía hasta llegar a reestrenarla.

El punto de inflexión sucedió al alba. Pero casi nadie lo creía, casi ninguno lo esperaba. Los discípulos andaban cabizbajos, llorosos y fugitivos para volver cada uno a sus andadas. ¿Será posible -se preguntaban destrozados-, que en aquellos labios hayan enmudecido para siempre sus palabras? ¿Será posible que aquellas manos hayan dejado ya de bendecirnos desde que las vimos a la muerte clavadas? Y así estaban unos y otros, de aquí para allá, mientras lloraban sus recuerdos haciendo sus mil cábalas.

Fue al alba de alborada cuando la noche comenzó su partida irremediable. Y de pronto las lágrimas no eran ya el llanto de la pérdida maldita, sino la emoción bendecida de un reencuentro que no acaba. La noche pasó con sus sombras, y se encendió la luz amanecida. La penúltima palabra del pavoneo del sinsentido, de la censura de la verdad y el asesinato de la vida, cedió inevitable la palabra final a quien siendo Dios se hizo hombre, se hizo hermano, se hizo historia y se hizo rediviva pascua.

Al alba de la pascua encendemos los cristianos el cirio de la luz amanecida. Es un canto dulce, apasionado, con un brindis de triunfo que no se hace triunfalista. Porque Cristo ha vencido con su resurrección bendita su muerte y la nuestra. Fue al alba, sí, sucedió al alba, cuando el amor no nos abandona dejando atrás las noches aciagas. Dios nos ha abierto su casa, nos acoge y nos regala su vida. Por eso cantamos un aleluya al alba de nuestra mejor albricias. Por malditos que resulten tantos avata­res inhumanos cada día, y por tropezosos que nos parezcan los traspiés cotidianamente, Jesús ha vencido. Y esto significa que ni la enfermedad, ni el dolor, ni la oscuridad, ni la tristeza, ni la persecución, ni la espada… ni la mismísima muerte tendrán ya la última palabra. Jesús ha resucitado y su triunfo nos abre de par en par el camino de la esperanza, de la utopía cristiana, el camino de la verdadera humanidad, el camino que nos conduce al hogar entrañable de Dios que siempre nos aguarda.

Al unirnos a la alegría de toda la creación, también nosotros queremos ser testigos de su paso entre nosotros, de su trasiego bondadoso y embellecedor. Y ¿qué debemos testificar? Lo que la misma Pascua pro­clama: que la luz vence a la sombra, y la paz a la guerra, el amor vence al odio, porque Jesús ha resucitado dejando vacío el sepulcro de la muerte.

Cuando las guerras que nos asolan declaren la paz, cuando las injusticias que se perpetran rectifiquen para el bien, cuando los mentirosos que gobiernan dejen de engañar al pueblo y los que se corrompen devuelvan su disfraz y acaten lo debido por la ley, cuando la vida se respete antes de nacer sin los abortos y tras haber nacido sin muerte abaratada con eutanasias, cuando las ideologías en curso dejen de imponer sus dictados liberticidas, cuando la administración de recursos y la acogida de inmigrantes no tengan la medida de los intereses bastardos, cuando entre en la mesura de la convivencia serena y respetuosa lo que nos constituye como pueblo en esta gran Patria y se proteja sin mortaja la verdad de la familia, cuando tantos “cuandos” vivan en la verdad, la belleza y la bondad, entonces podremos comenzar a cantar el himno de la alegría.

Estamos llamados a cantar y contar este mi­lagro, esta maravillosa in­tervención de nuestro Dios que pone un antes y un después en la historia humana. En medio de todos nuestros dra­mas y dificultades, ha su­cedido algo que ha modificado en nuestra historia todos los fatalismos que nos acorralan y atenazan: Jesús resucitado. El himno de esta alegría no tiene ninguna fuga en su tocata, sino el regalo que nos permite renacer agradecidos en la pascua. Viene ahora una procesión distinta que no lleva la penitencia por estandarte, porque tras la resurrección de Jesús somos cofrades de la paz, de la vida, de la esperanza. Es el aleluya de victoria como canto de la albricias que con los ángeles entonamos junto a Santa María. Feliz pascua resucitadora, santa pascua resucitada.

Fr. Jesús Sanz Montes, OFM
Arzobispo de Oviedo
S.I.C.B.M El Salvador
Oviedo, 5 abril de 2026

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