Nos congregamos como Comunidad en este Domingo III de Pascua. Hoy la liturgia nos invita a contemplar a un Dios que no se queda en la tumba, ni siquiera en un cielo distante, sino que se hace compañero de camino. En este día ponemos nuestra mirada en Emaús, un relato que es el espejo de nuestra propia fe. A veces caminamos tristes, sin reconocer que el Señor camina a nuestro lado...
En la primera lectura, vemos a un Pedro transformado por el Espíritu Santo. Aquél que negó a Jesús, ahora se pone de pie ante la multitud para proclamar el Kerygma, el anuncio fundamental de nuestra fe. Pedro recuerda que Jesús no fue sólo un hombre bueno, sino alguien "acreditado por Dios" mediante signos y prodigios. La clave del discurso es que "no era posible que la muerte lo retuviera bajo su dominio". Nuestra esperanza no se basa en una filosofía, sino en el hecho histórico y espiritual y testifical de muchos de que Dios rompió las ataduras de la muerte. San Pedro no habla de oídas; él y los once son testigos oculares. Esta lectura nos interpela: ¿Es nuestra vida hoy un testimonio creíble de que Jesús está vivo?
En la segunda lectura redescubrimos el precio de nuestra libertad. San Pedro nos recuerda en su carta la seriedad de nuestra vocación cristiana. Vivimos como "extranjeros" en este mundo, con la mirada puesta en la eternidad. Nuestra libertad no se compró con bienes materiales corruptibles, sino con la sangre preciosa de Cristo, el Cordero sin mancha. No es miedo al castigo, sino el asombro y respeto profundo ante un Padre que juzga sin favoritismos. Es el compromiso de no despreciar el sacrificio que Cristo hizo por nosotros.
El Evangelio de Lucas nos presenta una de las escenas más bellas y pedagógicas de toda la Escritura. Dos discípulos se alejan de Jerusalén —el lugar del fracaso y la cruz— hacia Emaús, que simboliza la vuelta a la rutina y la desilusión. Jesús se acerca, pero "sus ojos estaban retenidos". La tristeza y las expectativas políticas frustradas les impedían ver la realidad de la Resurrección. Jesús realiza con ellos la primera "misa" fuera del Cenáculo; una muestra de que necesitamos vivir de la liturgia para seguir con nuestro camino. Jesús les explica las Escrituras, haciendo que sus corazones comiencen a arder; esto es la liturgia de la Palabra. Al llegar a la mesa, Jesús toma el pan, lo bendice, lo parte y se lo da. Es en la fracción del pan donde finalmente lo reconocen. Ahí tenemos la liturgia eucarística. Y, ¿qué ocurre cuando termina la cena? Interrumpen la huida, vuelven a la comunidad alegres y sin miedos aunque ya fuera de noche. Una vez que encuentran al Resucitado, ya no pueden seguir huyendo. Regresan inmediatamente a Jerusalén para compartir esa alegría con los demás. El encuentro con Cristo siempre nos devuelve a la misión y a la Iglesia.
También hoy, Jesús se nos hace el encontradizo en nuestras propias tristezas. Nos sale al paso de nuestra peregrinación. Nos habla en las Escrituras, se parte y reparte en el pan y se nos entrega en el altar... Gracias Señor por ser alimento en el camino, y perdona por tantas veces que no somos capaces de reconocerte. Qué buen tiempo este de Pascua para cambiar, pues a veces nuestro ego nos impide reconocer al Señor porque no pocas veces le tenemos por enemigo o contrincante. En cuántas ocasiones Jesús pasa a nuestro lado en personas muy concretas de las que desconfiamos, a las que crucificamos con nuestras palabras, críticas, juicios y calumnias... Es curioso, ante la situación de nuestro mundo en guerra parece que todos opinamos igual: "no a la guerra, sí a la Paz". Pero luego en nuestra vida no somos constructores de paz: con nuestras palabras, con nuestros gestos, con nuestras miradas... Si todos pusiéramos nuestro granito de arena, nuestro mundo sería un poco mejor... Pidamos al Señor, como los discípulos: "Quédate con nosotros, porque atardece". Que su presencia ilumine nuestras oscuridades y nos convierta en testigos valientes de su Resurrección. Amén.

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