domingo, 19 de abril de 2026

Habermas y Ratzinger. Saber dialogar. Por Monseñor Fray Jesús Sanz Montes O. F. M.



Cada día aparece en los periódicos la sección de esquelas mortuorias. Para la inmensa mayoría de los lectores se trata de noticias anónimas sobre personas desconocidas que acaban de fallecer. Cuatro datos que se aportan sobre el nombre y apellidos de los finados, la edad que tenían, quiénes son sus allegados y la certeza (o no) de que han recibido los sacramentos y la bendición. No son noticias anónimas para los más cercanos que serán quienes propiamente lamentarán la pérdida de su ser querido y por él verterán sus lágrimas y ofrecerán las plegarias pertinentes.

Hace unas semanas ha fallecido un señor alemán que apenas ha transcendido su deceso. Se trata de Herr Jürgen Habermas. De profesión filósofo, ha muerto con 97 años. Hasta aquí nada de particular. Se hizo célebre el encuentro que mantuvo en enero de 2004 con el entonces cardenal Ratzinger, futuro papa Benedicto XVI. Fue una conversación abierta, aunque apenas transcendió a la opinión pública y publicada.

Ambos pensadores, los dos de una máxima altura intelectual, nos permitieron asistir a un debate insólito y sanamente provocador. No es habitual sentarse a dialogar serenamente dos personas de universos tan distintos. En cualquier caso, resulta realmente hermoso que se permita colarnos en esa escena en donde dos hombres leales con sus preguntas y testigos de las respuestas que encontraron permitan cotejarnos con ellos. Cada uno de nosotros somos un cofre de preguntas de todo tipo cuando dejamos que la realidad provoque una búsqueda, un deseo, un anhelo que nos hace mendigos y peregrinos de la verdad. Máxime cuando lo que lamentablemente aflora en la crónica diaria es más bien lo contrario: la mediocridad más zafia, la corrupción más hipócrita, la mentira más ensayada, el declive sin freno en total caída libre.

Frente a esto, que dibuja en demasiada medida el panorama cultural, político y social de nuestro tiempo, emergen los ejemplos como Habermas y Ratzinger que nos permiten una altura de miras capaz de ennoblecer precisamente nuestra mirada. Ellos hablaron, cada uno desde su perspectiva, de cómo los grandes temas que hoy nos cuestionan cuando bajamos a la arena de lo concreto, están reclamando una comprensión honesta, sin censura ni prejuicio, llamando a las cosas por su nombre y siendo honradamente leales con su demanda. Ellos denominaron a estas cuestiones “asuntos pre-políticos”. Porque antes de que en un parlamento se puedan acordar decisiones votadas por mayoría en las respectivas cámaras, hay cuestiones previas que no son susceptibles (o no deberían serlo) de los tira y afloja, de los dimes y diretes, de los intereses partidistas o económicos.

Estos temas son pre-políticos porque están (o deberían estarlo) antes de toda consideración, cuando hablamos de la vida, o de la verdad, o de la bondad, o de la belleza. Cuando se fomenta una cultura de la muerte banalizando hasta su exclusión la vida del no nacido, la vida del nacido en todas sus circunstancias incluso en su fase terminal, rompemos un diálogo posible si la vida no cuenta. Dígase lo mismo con la verdad, que se asfixia en la llamada post-verdad de todas las engañifas con las que se rigen tantas gobernanzas fallidas y falaces. O con la bondad, que queda erradicada por una pervertida actitud cicatera y excluyente incapaz de mirar con el corazón. O con la belleza que se vilipendia hasta el mancharla con el esperpento que falsea nuestra dignidad sencilla y auténtica. No, no es posible construir nada serio en la sociedad, cuando la vida, la verdad, la bondad y la belleza no preceden el diálogo que nos permite buscar, compartir, corregir y custodiar aquello que fuimos llamados a ser. Para Ratzinger esto se llamaba secundar la caricia creadora de Dios, para Habermas fue apertura leal ante lo que se nos da como indicio del hallazgo que nos engrandece y nos salva. Hermosa lección que aprendemos sólo de los maestros.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

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