Apuntes sobre la historia, la estructura, la liturgia, la espiritualidad y las posibilidades pastorales de la celebración del tiempo pascual
Pascua es el tiempo litúrgico del encuentro con el Resucitado. Por ello, es el tiempo de la alegría, por habernos encontrado con Él, como nos recuerda el Papa Francisco en Evangelii gaudium: «La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento» (EG, 1).
Escuchemos una homilía de Melitón de Sardes sobre la Pascua, cuya lectura nos remonta a la teología pascual: «Soy yo, en efecto vuestra remisión; soy yo, la Pascua de la salvación; yo el cordero inmolado por vosotros, yo vuestro rescate, yo vuestra vida, yo vuestra luz, yo vuestra salvación, yo vuestra resurrección, yo vuestro rey… Él es el Alfa y el Omega, Él es el principio y el fin. Él es el Cristo. Él es el rey. Él es Jesús, el caudillo, el Señor, aquel que ha resucitado de entre los muertos, aquel que está sentado a la derecha del Padre».
Se puede afirmar que la Pascua anual es la institución cristiana más antigua después del domingo y que hunde sus raíces en la fiesta de la Pessah. De la Pascua semanal, celebrada por la Iglesia apostólica y llamada «día del Señor» (cf. Ap 1, 10), pasamos a la Pascua anual celebrada por las primeras comunidades cristianas a partir del siglo II, como memorial de la Muerte y de la Resurrección. Es, entonces, cuando en torno a esta fiesta nace su prolongación 50 días, hasta Pentecostés.
Vigilia Pascual
Originariamente, la Pascua se celebraba durante una vigilia nocturna dedicada a las lecturas, oraciones, cantos y que concluía con la celebración de la Eucaristía. Es alrededor de los siglo II-III cuando se incorpora la liturgia bautismal. En último lugar, se introduce la liturgia de la luz.
Estos elementos han estado presentes, y casi sin sufrir variaciones, en la liturgia de la Pascua romana, incluso después de la reforma realizada por el Concilio Vaticano II, en la que la estructura de la Vigilia Pascual sigue este esquema: liturgia de la luz, liturgia de la Palabra, liturgia bautismal y la liturgia eucarísitca.
Después de un día de silencio, de oración y de ayuno, nos disponemos a celebrar la Pascua, el paso, la Resurrección. La Vigilia de la Pascua del Señor y la Pascua de toda la Iglesia, origen y raíz del año litúrgico. Todo ello lo celebramos en medio de la noche, esperando la nueva luz. En la noche, se renuevan todas las cosas. La luz pascual, que desde los orígenes (Génesis) hasta el final (Apocalipsis), es signo de Cristo luz del mundo que lo invade todo y lo penetra todo. Ese fuego que nos recuerda la columna de fuego que condujo al pueblo de Israel y el fuego del Espíritu que enciende el resucitado en nuestros corazones.
El cirio es bendecido y adornado, signo de Cristo resucitado. Caminamos de las tinieblas a la luz, como nuevo Pueblo de Dios, guiados por esa columna de fuego, de donde tomamos nuestra luz para ser hijos de la luz.
Todo es nuevo, todo confiere novedad a la Iglesia en los grandes símbolos cristianos y litúrgicos.
El solemne anuncio de la Pascua, el pregón pascual, canto lírico, pero cargado de teología y lleno de sentimientos que acogemos con fe y gozosa escucha, con plena participación.
Cuatro son las ideas centrales: una invitación gozosa a todo el universo, una oración de bendición y exaltación de la Pascua del Señor («esta noche dichosa», síntesis de las noches salvíficas de Dios en la historia de la salvación), un canto a la redención pascual («¡oh feliz culpa que mereció tal Redentor», una noche donde se reconcilia todo, lo humano y lo divino) y finalmente un ofrecimiento con una petición: «Te rogamos, Señor, que este cirio, consagrado en tu nombre (…) y, como ofrenda agradable, se asocie a las lumbreras del cielo».
A la luz de Cristo resucitado, proclamamos la Palabra de Dios, en un tono progresivo, cristocéntrico y que nos remite al bautismo. Pasamos de las lecturas del Antiguo Testamento al Nuevo, pero entre los dos cantamos con solemnidad el canto del Gloria, antiguo himno de la mañana, que nos lleva también al sentido pascual de la Encarnación y del Nacimiento de Cristo. Pidiendo en la oración colecta: «Oh, Dios, que has iluminado esta noche santísima con la gloria de la resurrección del Señor, aviva en tu Iglesia el espíritu de la adopción filial, para que, renovados en cuerpo y alma, nos entreguemos plenamente a tu servicio».
El agua viva, regeneradora, signo de la vida nueva de Cristo, es el recuerdo memorial de la Pascual y del bautismo. El sacrificio y el banquete eucarístico, encuentro con Cristo resucitado que nos anuncia el banquete eterno, es la comida del Resucitado y con el Resucitado, nos invita a llevar a todos el anuncio y la alegría de Cristo resucitado.
Domingo de Pascua
La respuesta del salmo invitatorio del oficio de lectura de este día dice: «Verdaderamente ha resucitado el Señor. ¡Aleluya!», donde expresamos de nuevo el gozo y la alegría. Por ello, nos volvemos a reunir por segunda vez en la mañana del domingo para expresar ese gozo y esa alegría celebrando la «misa del día».
Todo nos habla de vida, belleza, novedad: el cirio que nos preside, el presbiterio con flores, los ornamentos blancos, ponen de manifiesto lo que canta la antífona de entrada: «He resucitado y aún estoy contigo, aleluya: me cubres con tu mano, aleluya; tu sabiduría es sublime, aleluya, aleluya». Lo viejo se renueva y todo ello es llevado a la perfección.
Lo que celebramos tiene que manifestarse en nuestra vida, de la «lex orandi a la lex vivendi», es decir, no se puede disociar lo que celebramos y oramos con lo que luego vivimos, por ello, la oración colecta reza así: «Oh, Dios, que en este día, vencida la muerte, nos has abierto las puertas de la eternidad por medio de tu Unigénito, concede, a quienes celebramos la solemnidad de la resurrección del Señor, que, renovados por tu Espíritu, resucitemos a la luz de la vida».
Nuestra participación en el sacrificio y sacramento de la misa nos capacita para vivir más auténtica y efectivamente el misterio que se inició en nosotros el día de nuestro bautismo. La eucaristía de este día, si cabe, nos tendría que hacer caer en la cuenta del carácter pascual de toda la misa, prenda de vida eterna, de nuestra futura resurrección. Con las segundas vísperas del domingo de Pascua se cierra el triduo pascual. Esta oración de alabanza, de acción de gracias y petición, cierra en un ambiente contemplativo, las celebraciones del día. Las antífona del Magníficat dice: «Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas, y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros». Aleluya».
Este es el fruto de las Pascua, el don que nos regala Cristo, que, por su misterio pascual, ha restablecido la paz, la alianza entre Dios y el hombre.
Cincuentena Pascual y Octava Pascual
Este período, denominado tiempo pascual o cincuentena pascual, conmemora el triunfo de Cristo resucitado presente en la Iglesia, y al Espíritu Santo, donación de la promesa del Padre. La Pascua es la expresión culmen del amor de Dios. Del amor de un Dios que se hace pascua para nosotros. Es el paso del odio al amor.
Con la reforma conciliar sobre liturgia, se ha restituido al tiempo pascual su significado. En las normas sobre el año litúrgico se dice: «Los cincuenta días que van del domingo de Resurrección hasta el domingo de Pentecostés han de ser celebrados con alegría y exultación, como si se tratase de un solo y único día festivo, más aún, como «un gran domingo»» (n. 22). Este tiempo es llamado por los padres orientales como «el gran domingo» ya que todos los elementos que hacen del domingo un día de fiesta, concluyen en la cincuentena. Se tiene que hacer ver el carácter unitario de estas siete semanas.
Estas siete semanas se desdobla en otro ciclo de ocho días, la octava pascual, con un carácter eminentemente bautismal. Los neófitos pregustaban durante estos ocho días las delicias de su bautismo. Durante estos días recibían las últimas catequesis, llamadas mistagógicas. El último día se desprendían de sus vestidos blancos y tomaban asiento entre el pueblo.
El misterio de la Resurrección recorre todo este tiempo. Durante los 50 días es lo que vamos a celebrar, ellos es la causa de nuestra alegría, del encuentro con el resucitado. Así, los domingos de Pascua nos narran los distintos encuentros que tiene Jesús: con las mujeres, con el grupo de los doce, con María Magdalena, a los discípulos de Emaús, a los apóstoles sentado en la mesa, en el lago Tiberíades.
Después de la Octava, no se pierde de vista la Resurrección, sino que se la contempla desde otra perspectiva, de la presencia de Cristo en la Iglesia: como buen Pastor, como camino y conduce al Padre, como la Vid.
Todo el tiempo pascual es la exaltación de Cristo, Señor del universo donde Cristo sea todo en todos. Pascua es la luz que alumbra sobre las tinieblas, la vida que derrota a la muerte, el amor que vence al odio. Es donde profundizamos en el bautismo recibido o en la fe ya vivida.
Es el tiempo de la alegría y del banquete, donde cantamos el aleluya y la comunidad se reconoce como misterio de comunión y fraternidad.
Los cantos de la Pascua hacen nacer de nuevo a la esperanza, colma de alegría a los cristianos. La Iglesia es el lugar donde nos encontramos con Jesús resucitado, donde experimentamos su Espíritu que nos vivifica, donde lo vivimos a través de los sacramentos y donde somos llamados a testimoniar la Buena Noticia con nuestras vidas. «Id a Galilea, allí me veréis». Volvamos a nuestros quehaceres de cada día y lo veremos y conoceremos en la fracción de pan, en la escucha de la Palabra, en el sacramento de la caridad hacia el hermano. Es el momento de caminar, es el momento de ser sus testigos, es el momento de ser pascua para la humanidad.

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