domingo, 12 de abril de 2026

El abril de las aguas mil. Por Monseñor Fray Jesús Sanz Montes O. F. M.

Se dice en el refranero con sabor al poema de Antonio Machado al llegar estas calendas: “Son de abril las aguas mil. Sopla el viento achubascado, y entre nublado y nublado hay trozos de cielo añil”. Aunque no siempre se cumple por nuestros pagos y lares, es época en la que la hermana lluvia nos va regando su frescura mientras saluda a flor de piel una primavera imparable que pone su canto de la vida en medio de nuestra cotidianeidad. Sí, toda la creación se despereza entre tiritones de fríos tardíos y algún calentón de temperaturas imprevistas. Pero en ese despertar de nuestros sueños vamos haciendo camino al andar en la aventura siempre inédita del volver a vivir cada día.

De todo esto nos habla la Pascua que estamos celebrando y acabamos de estrenar, ese aleluya agradecido que con su música pone notas a la letra de este tiempo florido que llena de color y encanto el sendero del resucitado. La liturgia de este tiempo especial nos va sorprendiendo en los diversos evangelios de cada domingo, con las distintas escenas de encuentro de Cristo vivo vencedor de la muerte con todos aquellos que han sufrido ante el pavor que se clavó en un madero en forma de cruz. Son escenas para un retablo de la alegría verdadera.

Es sin duda importante lo que nuestras cofradías y hermandades volvieron a escenificar en la pasada y ya casi lejana Semana Santa. Ellas pusieron su mejor arte y talento, su fe sincera y su religioso sentimiento al pasear por nuestras calles semanasanteras aquellas heridas de Jesús y su Madre, aquellas heridas que paradójicamente nos curaron. Pero tras contemplar la pasión de Jesús padecida hasta el extremo, no vino la muerte triste sin más, no vino la fuga o el desaliento solamente, sino la sorprendente noticia de que un sepulcro estaba abierto, y vacío del temor oscuro, porque nadie lo habitaba ya, nadie que estuviera muerto.

La vida volvió a su sitio, y la muerte saltó en pedazos, y desde entonces dio comienzo esa otra procesión que paseamos por fuera también, aunque nos embargue de gozo por dentro. Cristo ha encendido una luz que nadie apagará, y sus ojos abiertos de par en par nos guiñan sus secretos, y sus manos cicatrizadas nos acarician con la bendición de una vida que se llama cielo, sí, cielo ya aquí en medio de nuestros desconciertos, aunque nos cansemos y equivoquemos, cielo, sí, aunque nos cueste tanto entenderlo. Cielo en la tierra, que es la altura del corazón de Dios que transita nuestro suelo.

Esta alegría de pascua es capaz de ponernos delante de nuestra vida, sea cual sea su edad, su circunstancia y su reto. La primavera no es simplemente el brotar explosivo de un tiempo del año sin más, sino que tiene esta conseja de atrevernos a descubrir la metáfora que encierran sus brotes y nos invita discreta a volver a empezar.

Bienvenidas las aguas mil de nuestro abril pascual, y que se llene de fruto la semilla que Dios sembró en el surco de los meses duros atrás. Porque siempre nos dice lo mismo el mensaje cristiano: ánimo, no temáis, soy Yo. Si este es el saludo de Jesús resucitado, acojamos gustosos y agradecidos su regalo de paz, su gracia concreta y veraz, y la compañía prometida de quien nos aseguró que estaría con nosotros todos los días.

Es el agua nueva, la de Dios, esa de la que tiene más sed nuestra vida, nuestra convivencia, nuestras alegrías y también nuestros pesares. Necesitamos que Jesús, que tiene sed de nuestra entrega, no deje de regarnos el consuelo de su palabra y su presencia.

Es primavera cristiana, vuelve la lluvia de Dios, y el campo de nuestra alma se abre para agradecerle su don, ese que nos hace sus hijos y que nos hermana entre nosotros para enviarnos con la Iglesia a continuar su misma misión.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

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