sábado, 15 de agosto de 2020

La Asunción de María, canto de esperanza. Por Joaquín Manuel Serrano Vila







Queridos fieles: 

En el corazón del verano nos convoca una de las celebraciones más importantes en torno a Santa María, su Asunción a los cielos. Dogma de nuestra fe, sí; pero desde siempre ha sido un momento de la vida de Nuestra Señora que el pueblo fiel hizo suyo a lo largo de los siglos y lugares desde antiguo. 

Media España está hoy de fiesta con la Madre, que desde hace días se viene preparando para vivir con el corazón bien dispuesto este día señero. En levante sobretodo tienen la hermosa costumbre de venerar ya en la liturgia del día 14 víspera y vigilia de la Solemnidad, a Santa María en su tránsito. Una preciosa imagen de María que en tantos templos de esa zona podemos contemplar recostada en un lecho en gesto de dormición. En parroquias grandes se venera incluso la víspera la imagen del tránsito y el día propio la imagen de la Asunción, lo que ha servido de catequesis visual al pueblo fiel para entender que María no muere sino que termina su vida mortal para ser asumpta al cielo en cuerpo y alma. Como dirán los católicos orientales: “María se duerme en el Señor”. 

Pero más allá de los detalles explícitos de lo que celebramos o de las precisiones del dogma, hemos de preguntarnos con sinceridad: ¿qué supone para mí celebrar hoy la “Asunción de María”, y qué debería significar realmente para mi como creyente?. 

Celebrar que Dios premia a su Madre librándola de la corrupción del sepulcro ha de ser un día de mucha alegría para cualquier cristiano que se precie; esta celebración nos recuerda el triunfo de María, su Pascua y su glorificación. En este contexto de pandemia que vivimos hemos de enfocar el mensaje de este día como una mirada al cielo, tratando de seguir el rastro que nuestra madre nos regala como pistas para saber seguir el camino y llegar al mismo destino. La Asunción es a la vez un canto de Resurrección, pues vemos cómo el Hijo asocia a la Madre a su Victoria sobre las cadenas de la muerte. Si Cristo ha resucitado, y María siendo parte de la condición humana es elevada al cielo, nosotros tenemos la esperanza anunciada de ser partícipes junto a ellos del banquete celestial al que somos invitados, aunque nunca estemos preparados ni seamos dignos por derecho propio de ser aceptados debido a nuestra ineludible condición pecadora. 

Celebrar este eco pascual en pleno verano con esta fiesta de la “Virgen de Agosto” es un recordatorio de que para poder nosotros subir al cielo hemos de pasar por este suelo tratando de llevar a la práctica el Evangelio que María tan bien supo meditar, hacer suyo y visualizarlo en su propia vida. El cielo nos llama; somos sus ciudadanos y estamos hechos para ese fin aunque la última palabra será sólo de Dios en función de cómo recorramos el camino de la vida. 

Si la victoria de Cristo sobre el pecado es el centro de nuestra fe, celebrar la glorificación de su Santísima madre nos ha de ayudar a profundizar en cómo agradecer cada día al Señor su muerte y su resurrección por nosotros. Caminemos pues hacia la Altura, hacia nuestra salvación, lavados por la penitencia y fortalecidos con la Eucaristía y guiados por la Iglesia, haciendo familia parroquial y comunidad viva no sólo los días de fiesta sino fundamentalmente los domingos como anticipo y salvoconducto de nuestro atardecer para este mundo y nuestro amanecer para Dios donde ya nos esperan Jesús y María. 

Sin confesión individual, sin comunión semanal y misa dominical viviendo la fe dentro de la Iglesia no podremos seguir a María en su vivir unida al Señor ni merecer lo anterior 

Ella participa ya de la plenitud de la salvación; ahora nosotros, discípulos de Jesús y devotos de Santa María le pedimos a ella como mediadora y abogada que nos ayude a purificar y corregir los desórdenes de nuestra vida para poder llegar al cielo cuando más pronto o más tarde, nos toque abandonar este suelo. 

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