lunes, 25 de mayo de 2026

Bienaventurada Virgen María, Madre de la Iglesia

El título de “Madre de la Iglesia” fue proclamado por San Pablo VI durante el Concilio Vaticano II. Con él, quería subrayar el papel irreemplazable de María dentro de la Iglesia. El Papa Francisco, en 2018 instituyó esta fiesta en el lunes después de Pentecostés. Si la Iglesia nace en Pentecostés, tiene un gran significado que, en el primer día siguiente, el lunes, en la puesta en marcha de su camino en medio del mundo, se destaque la persona y la misión de la Virgen en ella.

Las tres lecturas que se proclaman en la liturgia de hoy son ricas en simbolismos y en estímulo para nuestra fe y nuestra devoción a la Madre del Señor. En el Genesis, tras el pecado y sus consecuencias, Adán pone nombre s a su mujer: “Eva”, por ser la “madre de todos los vivientes. En el evangelio se nos narra la escena en que Jesús, clavado en la cruz, nos da a María por Madre. En el salmo, hablando de la ciudad de Sión, como un lugar donde todos, cercanos y lejanos, se encuentran en su hogar, símbolo del Reino de Dios, abierto, como decía Francisco “a todos, todos, todos”, se dice: “es la madre, porque todos han nacido en ella”.

Junto a la cruz, María. Ya había dicho sí a Dios y a su proyecto de salvación en la Anunciación. Ahora, ya no jovencita, sino anciana, recibe una nueva anunciación: no ser solo la madre de la Cabeza sino también del cuerpo de la Iglesia: No solo madre de Dios, sino madre de todos los hijos de Dios, representados en Juan. No tuvo ella necesidad de decir sí con palabras: era la mujer cercana a Dios y totalmente disponible y colaborara con él.

En pentecostés la vemos como esa nueva Sión de la que nos habla el salmo, congregando a los discípulos y discípulas de su Hijo y pidiendo y esperando al Espíritu (Hechos 2, 14). Después de su asunción, sigue con su tarea maternal. Sigue pendiente y atenta de cada uno de nosotros y diciéndole a Jesús lo mismo que le dijo en Caná: “No tienen vino”; y a nosotros: “haced lo que Él os diga” (Jn 3, 4-5).

Fray Francisco José Rodríguez Fassio, OP


Oración a Nuestra Señora de la Cabeza



Virgen Santísima de la Cabeza;
A Ti venimos con amor y confianza
Deseosos de ofrecerte lo que tenemos,
Y pedirte cuanto necesitamos.
Enséñanos a convivir en paz,
Guiados por tu amor.
Bendice nuestras familias,
Nuestra tierra;
A todos los hombres.
Recibe nuestros trabajos,
Nuestros sufrimientos,
Nuestros deseos e ilusiones.
Preséntanos a Tu Hijo.
Guíanos siempre por el camino de la verdad,
de la justicia y del amor.
Y así, Madre, seremos felices contigo en el Cielo.
Amén

Carta Encíclica MAGNIFICA HUMANITAS del Papa LEÓN XIV


SOBRE LA CUSTODIA DE LA PERSONA HUMANAEN EL TIEMPO 
DE LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL

Con motivo del 135.º aniversario de la «Rerum novarum», el Pontífice reflexiona en su primera encíclica, «Magnifica humanitas», sobre la doctrina social de la Iglesia en la era de la inteligencia artificial. El llamamiento a custodiar «una magnífica humanidad habitada por Dios», promoviendo la verdad, la dignidad del trabajo, la justicia social y la paz. En la era digital, es necesario desarmar la IA y superar la teoría de la «guerra justa», relanzando el diálogo y el multilateralismo

PINCHA AQUÍ PARA LEER LA ENCÍCLICA:


domingo, 24 de mayo de 2026

Pentecostés, Pascua del Espíritu. Por Joaquín Manuel Serrano Vila


Hoy celebramos la Solemnidad de Pentecostés, la plenitud de la Pascua y el nacimiento de la Iglesia misionera. Durante cincuenta días hemos caminado a la luz de la Resurrección, pero hoy esa luz se convierte en un fuego ardiente dentro de nosotros. Pentecostés no es un evento del pasado; es el "hoy" de Dios que sigue actuando en su Iglesia. Esta evidencia se hace verdad cada año en nuestra Catedral, como ocurrirá esta tarde en las ordenaciones diaconales y presbiterales. Las lecturas de este día nos ofrecen una maravillosa radiografía de cómo actúa el Paráclito: derriba los muros de la incomunicación, unifica la diversidad sin destruirla y nos capacita para el perdón y la misión. Pasemos a profundizar en cada mesa de la Palabra que el Señor nos sirve hoy.

El libro de los Hechos nos sitúa en el escenario del Cenáculo. Los discípulos estaban "todos juntos en el mismo lugar". A nivel superficial parece haber unidad, pero en realidad compartían el miedo y el aislamiento. De repente, irrumpen dos símbolos veterotestamentarios que evocan la teofanía del Sinaí: el viento fuerte y las lenguas de fuego. El viento es la fuerza creadora que reordena el caos. Limpia el aire viciado del encierro y sacude las estructuras paralizadas de los discípulos. El fuego es el que purifica las escorias del desánimo y enciende el celo apostólico. Ya no son lenguas mudas por el temor; ahora son lenguas inflamadas por el amor divino. El gran milagro de este pasaje no es que todos hablaran un idioma universal ficticio, sino que "cada uno los oía hablar en su propia lengua". Casi todos los años me escucháis esta reflexión, que me encanta, y es que en Pentecostés vemos la antítesis perfecta de la Torre de Babel. En Babel, el orgullo humano intentó asaltar el cielo y el resultado fue la confusión y la división. En Pentecostés, el Espíritu desciende del cielo y genera comunión. El Espíritu Santo no busca la uniformidad donde todos vistan, piensen o hablen igual; busca la unidad en la diversidad. Respeta la identidad cultural y personal de cada uno de los "partos, medos y elamitas", pero los sintoniza en una misma sinfonía: proclamar "las grandezas de Dios". Esta es una buena reflexión para hacernos hoy todos como Iglesia de Jesucristo: ¿Vivimos construyendo Babel en nuestras comunidades litigando por imponer visiones particulares, o dejamos que el Espíritu cree armonía desde nuestras diferencias?. Necesitamos orar con más insistencia "Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra". Ojalá pasemos del aislamiento de Babel a la sinfonía de Pentecostés.

En la segunda lectura San Pablo nos aterriza el misterio del Espíritu en la vida comunitaria y ordinaria de la Iglesia. El Apóstol nos regala una clave teológica fundamental, y es que "Nadie puede decir: 'Jesús es Señor', sino por el Espíritu Santo". Cada acto de fe, cada oración sincera y cada impulso de caridad que emerge en nuestras vidas no es mérito propio, sino fruto del huésped discreto de nuestras almas. San Pablo utiliza la metáfora del cuerpo humano para explicar la eclesiología de comunión. Diversidad de dones para el bien común: "Hay diversidad de carismas, pero un mismo Espíritu". Los ministerios y talentos dentro de la parroquia o diócesis no son títulos de propiedad para el orgullo personal, ni motivos de competencia. Son regalos dados "para el bien común". Cuánto insistía en esto el P. Ormieres, y que es el gran mensaje de este día: que seamos testigos siendo cada uno fieles a nuestro don. Una comunidad que no valora los distintos carismas se vuelve monótona y estéril, pero una comunidad donde los carismas no buscan la unidad se convierte en un campo de batalla faccioso. El Espíritu es el equilibrio perfecto: regala la variedad y garantiza la cohesión. Nos dice también el Apóstol: "Hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo". Y es que no acabamos de entender que no podemos ser rivales cuando a fin de cuentas todos llamamos a Dios "Padre".

El evangelio de esta Solemnidad tomada del capítulo 20 de San Juan nos habla de tres realidades que necesitamos interiorizar: Paz, envío y reconciliación. A diferencia del relato cronológico de Lucas en Hechos (cincuenta días después), el Evangelio de Juan nos sitúa en el mismo "atardecer de aquel día, el primero de la semana". Es el día de la Resurrección. Los discípulos están viviendo su propio "atardecer" existencial: puertas cerradas y corazones bloqueados por el miedo. Jesús rompe el cerco del miedo haciéndose presente en medio de ellos. No entra reprochando las traiciones ni las huidas de la Pasión. Sus primeras palabras constituyen el núcleo del mensaje pascual: "Paz a vosotros". Les muestra las manos y el costado, no para reclamar venganza, sino como credenciales de un amor que ha triunfado sobre el dolor y la muerte. Es en este contexto de paz y alegría recobrada donde se realiza el "Pentecostés joánico" mediante tres acciones correlativas. Primero el Envío Misionero: "Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo". La Iglesia no recibe el Espíritu para quedarse ensimismada disfrutando de un bienestar espiritual íntimo. El Espíritu es fuerza de proyección hacia fuera. En segundo lugar el Soplo Creador: "Sopló sobre ellos y les dijo: 'Recibid el Espíritu Santo'". Este gesto evoca directamente el Génesis (Gn 2, 7), cuando Dios sopló en aquel poco de arcilla para darle vida al hombre. Jesús realiza aquí la nueva creación. Y es que la humanidad caída es recreada gracias a la Pascua.Y por último, el Poder de Reconciliación: "A quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados". El primer gran encargo que recibe la Iglesia bajo la acción del Espíritu no es organizar grandes eventos, reuniones, campañas solidarias... sino administrar la misericordia divina. El pecado ata, encierra y levanta muros; el perdón libera, abre puertas y rehace los lazos rotos.

Hermanos, el diagnóstico de nuestra sociedad actual guarda grandes semejanzas con el Cenáculo previo a Pentecostés. Con frecuencia vivimos encerrados tras las puertas del miedo: miedo al futuro, miedo al diferente, miedo al sufrimiento. Nos parapetamos en nuestras ideologías y Babel resurge cuando somos incapaces de escucharnos y perdonarnos. Hoy el Señor Resucitado vuelve a ponerse en medio de nosotros. Él nos trae su "Paz". No permitamos que se apague la llama divina recibida en nuestro bautismo y en nuestra confirmación. Hoy apagaremos el cirio pascual; sí, pero que no se apague nunca la llama de la fe en nuestro corazón. Dejémonos sacudir por el viento del Espíritu. Abramos de par en par las ventanas de nuestras vidas por medio de la confesión para que entre el aire fresco de la gracia. Salgamos sin temor a nuestras calles, trabajos y familias a hablar el único idioma que todo ser humano comprende sin importar su origen: el idioma del amor, de la compasión, del reconocimiento del otro o diferente y del perdón mutuo.

"...Reparte tus siete dones
según la fe de tus siervos.
Por tu bondad y tu gracia,
dale al esfuerzo su mérito.
Salva al que busca salvarse
y danos tu gozo eterno".

Evangelio en la Solemnidad de Pentecostés

Lectura del santo evangelio según san Juan 20, 19-23

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
«Paz a vosotros».

Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor.

Jesús repitió:
«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».

Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:
«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

Palabra del Señor

Como aquella vez, la llamada. Por Monseñor Fray Jesús Sanz Montes O.F.M.

Son muchos los factores que se acomunan para explicar la severa estadística de la carencia de vocaciones si la comparamos con otros tiempos pasados no tan lejanos. La crisis demográfica influye, sin duda, en la disminución de seminaristas. También el ambiente de secularización que impone un declive en los valores cristianos que en otras épocas permeaban la sociedad y las mismas familias. Los ataques que sufrimos los cristianos ridiculizando y focalizando injustamente sólo sobre la Iglesia lo que son lacras de la entera sociedad. También nuestra incoherencia cristiana frente a Jesús y su Evangelio y el testimonio de los santos a través de dos mil años de historia. Todos esos factores influyen en la realidad vocacional de nuestros días, dibujando un mapa más descolorido y menos habitado al compararlo con cuanto se vislumbraba unas cuantas décadas atrás.

Pero dicho esto, hay un punto de inflexión en Asturias. Cuando llegué a esta bella tierra en 2010 teníamos en nuestro Seminario ocho seminaristas. Preciosas vocaciones siendo hoy excelentes sacerdotes. En este momento contamos con cuarenta y dos jóvenes que se forman en nuestro Seminario. Y además de los 63 que he podido ordenar en todos estos años, puedo decir con inmenso agradecimiento que en este domingo de Pentecostés ordenaré a 11 seminaristas: cuatro diáconos y siete presbíteros. Todo un regalo para nuestra Archidiócesis y la Iglesia universal, por el que no ceso de dar gracias al buen Dios.

Es un misterio muy grato el saberte llamado por el Señor a la vocación del ministerio sacerdotal. No hay nada de conquista ni de merecimiento por parte nuestra. Sólo cabe la admiración agradecida por una tamaña gracia que nos deja siempre asombrados por haber sido tan bendecidos. El hecho de que Dios quiera poner en tu boca su Palabra de verdad y bondad para contar la Buena Noticia con tus labios, o que quiera poner en tus pequeñas manos sus dones y regalos para gratuitamente repartirlos contigo, no deja de ser admirable donde lo haya. Portavoces de su Palabra y portadores de su Gracia, esta es la llamada impresionante misteriosamente recibida.

Estos jóvenes que se inician en el ministerio tendrán que anunciar la Verdad en medio de un mundo que hace de la mentira su manera de abusar en el poder. Tendrán que izar la bandera de la Paz cuando tantas trincheras de violencia nos acosan en las guerras entre pueblos y en las domésticas. Tendrán que cantar la Bondad en contraste con la maldad perversa que campea por sus fueros. Y tendrán que proclamar la Belleza cuando lo zafio desparrama con su mal gusto tantas cosas feas. Y frente a la insidia que enfrenta y divide, serán heraldos de la Fraternidad que nos hermana contra viento y marea.

Por eso irán contracorriente siendo ante tantos un signo de contradicción amable y profética, capaz de anunciar la esperanza que nos salva y bendice, denunciando los desmanes malditos que nos desesperan. No lo tendrán fácil, pero sus vidas abrirán caminos que tienen meta, y curarán heridas que otros desangran, acercarán el pan tierno que quita las hambres con el Cuerpo de Cristo y escanciarán el vino convertido en la Sangre de Jesús que nos llena de santa alegría. Derramarán el agua bautismal a los nuevos cristianos que se inician con fe en los senderos de las bienaventuranzas. Podrán perdonar los pecados que nos enfrentan con los hermanos y nos extravían de Dios, y pondrán el bálsamo de la unción a los enfermos y ancianos que rematan sus vidas en la confianza.

Toda una vida hecha ministerio, sin horarios ni intereses mundanos que sirve a los hermanos con la entrega de la caridad más hermosa y alaba al Señor con el cántico de la gratitud más bella y sonora. Este es el regalo que Dios nos hace con estas nuevas vocaciones tan inmerecidamente regaladas por su Providencia. Que María las proteja y acompañe. Nosotros, conmovidos, damos las gracias.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

sábado, 23 de mayo de 2026

Fallece el P. Antonio Turú Rofes, Superior General de la Sociedad Misionera de Cristo Rey

(Infovaticana) La Sociedad Misionera de Cristo Rey ha confirmado el fallecimiento del P. Antonio Turú Rofes, mCR, su Superior General. La noticia, comunicada por los Padres, Hermanas y Hermanos de la Congregación, viene acompañada de la petición fraterna de oraciones y sufragios por su alma. En las próximas horas se dará a conocer el lugar y horario de la capilla ardiente y de la Misa exequial.

Se va un sacerdote de la vieja escuela: de aquellos que entendieron el ministerio como una entrega sin reservas y sin condiciones, y que hicieron de la fidelidad a la Iglesia y del amor a la Virgen María el itinerario silencioso de toda una vida.

Cuarenta y dos años de sacerdocio

Ordenado presbítero en 1980 por Mons. José Guerra Campos, entonces obispo de Cuenca —una de las figuras episcopales más insignes—, el P. Turú desarrolló durante seis años su ministerio en los pueblos de la diócesis conquense. Fueron años de parroquia rural, de catequesis y de proximidad pastoral, en una España todavía marcada por la transición eclesial.

En 1986 recibió un nuevo destino que sería ya definitivo: el Colegio del Corazón Inmaculado de María, en Sentmenat (Barcelona), casa madre de la Sociedad Misionera de Cristo Rey y lugar donde reposan los restos de su fundador, el P. José María Alba Cereceda, SJ. Allí, a la sombra del carisma fundacional, transcurrió la mayor parte de su vida sacerdotal y desde allí condujo, ya como Superior General, los destinos de la Congregación.

Una espiritualidad sin retórica

El propio P. Turú había dejado escrito, al cumplir los cuarenta y dos años de sacerdocio, que «no cambiaría ninguno», porque en cada uno había podido aprender algo que le acercase más al Señor, que le hiciese desear la vida eterna y reavivar su entrega. Una confesión sencilla, sin retórica, que dice más de un sacerdote que muchas biografías oficiales.

El Señor y la Santísima Virgen, decía, eran sus dos pilares: en ellos encontraba refugio, seguridad y consuelo, y de ellos obtenía la fuerza para perseverar —son sus palabras— «en la lucha por ser santo». Pocas veces se oye ya hablar así en la Iglesia de hoy, y conviene escucharlo precisamente ahora.

La Sociedad Misionera de Cristo Rey

Fundada por el jesuita P. José María Alba Cereceda, la Sociedad Misionera de Cristo Rey forma parte de ese tejido de congregaciones de raíz hispana que, sin grandes focos mediáticos, han sostenido durante décadas la educación católica, la vida parroquial y la misión ad gentes.

Exequias

La Sociedad Misionera informará en las próximas horas del lugar y el momento en que quedará instalada la capilla ardiente, así como del día y la hora de la Misa exequial. Sus hermanos en la vida consagrada piden a los lectores que eleven a Dios oraciones y sufragios por el alma del P. Turú.

Descanse en paz.

Dales, Señor, el descanso eterno, y brille para ellos la luz perpetua.

«El Diaconado es una vocación de servicio, llega un momento en que piensas en que puedes dar más»

(Iglesia de Asturias) En la misma celebración, este domingo a las 18 h en la Catedral de Oviedo, en la que siete diáconos serán ordenados Presbíteros y dos seminaristas, Diáconos, también dos hombres casados, con hijos y con sus respectivos trabajos, serán ordenados Diáconos Permanentes.

Se trata de Adrián Menéndez Conde, natural de Riaño y maestro en el colegio de La Salle de La Felguera y Gabino Cienfuegos Prada, natural de Colloto, dedicado, durante muchos años, a la Seguridad Privada. Con ellos serán ya 14 los Diáconos Permanentes en nuestra diócesis. Hablamos con ellos para conocer mejor el camino que les ha llevado hasta aquí, cómo lo han vivido con su familia y cuál será su futuro a partir de ahora

¿Cómo llegáis a la vocación del Diaconado Permanente? ¿Es algo que conocíais o que se os propuso?

Gabino: Bueno, pues es la historia de una vida. Yo ya de pequeño fui de esos que, al día siguiente de la Primera Comunión, siguen yendo a misa. Pasaron los años, me eduqué con los Salesianos y tuve buenos amigos sacerdotes. Al final, el Diaconado Permanente es una vocación de servicio y vas viendo que llega el momento en que puedes dar más de ti y empiezas con esto. Es un camino de ilusión. En mi caso fue un poco las dos cosas: yo tenía la inquietud y también conocía a varios diáconos permanentes, al final, es algo que surge.

Adrián: Yo recibí la Primera Comunión con seis años en la parroquia de San Martín de Riaño y siempre he estado vinculado a la misma, hasta ahora que tengo 38 años. Allí fui creciendo espiritualmente gracias a todos los sacerdotes que fueron pasando. Le tengo un especial cariño a don Vicente, que fue con el que recibí el sacramento del Bautismo y la Primera Comunión y me acompañó en los primeros años de vida cristiana. Con los años me fui dando cuenta de que necesitaba ir a misa los domingos y participar de la vida de la parroquia. Cada edad va teniendo unos acontecimientos distintos y bueno, como dice nuestro fundador de La Salle, que es el lema de este año, «De compromiso en compromiso». Uno va discerniendo pero a la vez va adquiriendo unos compromisos que te hacen ir viendo los caminos de Dios.

¿Cómo definiríais lo que es un Diácono Permanente y qué es lo que hace?

Gabino: Diácono es una palabra cuyo significado es «el que sirve». Sirve a la Iglesia en sus necesidades y también, evidentemente bajo las órdenes del Arzobispo nosotros tendremos unas obligaciones más concretas, dependiendo también de las necesidades de las diócesis o donde quiera que se nos destine. Administramos algún sacramento, como por ejemplo el Bautismo; podemos bendecir el agua; presidir una ceremonia de boda. Eso sería por una parte, pero también podemos leer el Evangelio, la homilía en aquellos casos que sea necesario y, en general, estar al servicio de las necesidades que tenga la Iglesia.

Para esto habréis tenido que tener una buena formación.

Adrián: Sí, este año hemos terminado los estudios de Teología que hemos cursado durante tres años y también ha sido muy importante el tiempo de discernimiento. Junto con la formación académica, además este año, con D. José Julio a la cabeza, que es el Vicario de la zona centro, responsable del Diaconado Permanente, nos hizo muy partícipes de la vida de los ya ordenados Diáconos Permanentes. Durante todo este año hemos cada mes de un itinerario que tenían marcado, en el que había retiros, encuentros, formación por las diversas realidades de la diócesis asturiana etc. Se nos llama y se quiere que seamos partícipes de esta necesidad de la Iglesia asturiana. Ha sido un año intenso donde, además de culminar los estudios, hemos podido vivir esa realidad a la que estamos llamados. Y es que, como decía mi compañero Gabino, participamos de la vida sacramental de la Iglesia, pero también de esa vida más allá, fuera de ella, en la que también tenemos que dar testimonio y acompañar. Como nos recordaba don Jesús, nuestro Arzobispo, cuando nos recibió con nuestras esposas, tenemos que ser fermento en la masa en el día a día, cada uno en su vida ordinaria y cotidiana.

Acabas de mencionar a vuestras esposas, ahí está esa familia que también es partícipe de esa decisión pues les afecta de primera mano. ¿Cómo fue la reacción de vuestras mujeres, vuestros hijos, vuestro entorno cuando les planteasteis esta posibilidad?

Adrián: Su respuesta y apoyo es muy importante, sí. Esto es un ministerio de dos, aunque yo diría incluso que es de toda la familia. Cuando empecé este proceso, con los estudios y demás, mi hijo aún era un bebé y no podía hablar, nació justo en enero del 2023, y yo siempre he pensado que él, desde aquel momento, ya había entregado su tiempo a la Iglesia asturiana porque yo no pude estar en aquellos años tan importantes donde él necesitaba especial dedicación.