domingo, 13 de septiembre de 2026

"¿Hasta siete veces?". Por Joaquín Manuel Serrano Vila


Toca hablar hoy de la lógica revolucionaria del perdón. Las lecturas de este Domingo XXIV del Tiempo Ordinario nos sitúan frente a uno de los núcleos más exigentes, pero a la vez más liberadores, de nuestra fe: la urgencia y la radicalidad del perdón. A menudo pensamos que perdonar es una debilidad o un simple acto de buena voluntad; sin embargo, la Palabra de Dios nos demuestra hoy que el perdón es una fuerza divina, una necesidad espiritual para nuestra propia conversión y sanación, y la única manera coherente de vivir como personas que pertenecen enteramente al Señor.

El libro del Eclesiástico nos habla con una sabiduría humana y espiritual apabullante. El autor sagrado define el rencor y la cólera como cosas abominables. Nos ofrece una radiografía exacta del corazón humano resentido, aquel que guarda rencor a su prójimo, pero luego pretende que Dios lo cure. El texto nos plantea una pregunta de una lógica aplastante: «Si un hombre guarda rencor a otro, ¿cómo puede pedir la salud al Señor? No tiene compasión de su semejante, ¿y pide perdón por sus propios pecados?». He aquí la trampa del resentimiento. El rencor es como un veneno que tomamos nosotros esperando que le haga daño al otros. Nos encadena al pasado y pudre nuestro presente. El sabio nos invita a un ejercicio de realismo: «Acuérdate de tu fin y deja de odiar; piensa en la muerte y en la corrupción, y guarda los mandamientos». Ante la brevedad de la vida, gastar el tiempo en alimentar enemistades es una necedad. El perdón comienza cuando quitamos los ojos de la ofensa y los ponemos en el Dios de la Alianza. El modelo de Dios como respuesta a esta sabiduría, nos lo da el Salmo 102: «El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia».

El apóstol San Pablo eleva la discusión a un nivel teológico y existencial profundo: «Ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo». Nuestra vida no es un proyecto aislado. Tanto en la vida como en la muerte, pertenecemos a Jesucristo. Si yo soy del Señor y mi hermano también es del Señor, ya no tengo derecho a juzgarlo, a condenarlo o a excluirlo de mi afecto. No podemos vivir reclamando derechos únicos y absolutos, ni sumergidos en el egoísmo. Perdonar al hermano es el reconocimiento práctico de que Cristo es el único Señor de la historia y de nuestras vidas.

En el Evangelio de san Mateo, Pedro se acerca a Jesús con una propuesta que él cree sumamente generosa: «Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?» (siete era el número de la perfección). Pedro pensaba que estaba yendo más allá del deber. La respuesta de Jesús rompe todos los esquemas: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete». Es decir, siempre. Jesús evoca la vieja ley de venganza de Lamec -quien decía que se vengaría setenta veces siete- y la invierte por completo: ahora la medida del cristiano es el perdón ilimitado. Para explicarlo, nos regala la parábola del siervo despiadado. Un empleado que debe diez mil talentos -una cantidad astronómica, equivalente a miles de años de trabajo-. Ante la súplica del empleado, el rey, movido a compasión, le perdona toda la deuda. Este rey es Dios, que nos ha condonado la deuda del pecado que jamás habríamos podido pagar por nosotros mismos. Ese mismo empleado sale y encuentra a un compañero que le debe cien denarios -el salario de unos pocos meses- y lo agarra por el cuello hasta casi estrangularle, y lo mete en la cárcel para que se los pague. No tiene compasión, olvidando por completo el rescate inmenso que él acaba de experimentar. El rey se entera y castiga al siervo despiadado. Jesús concluye de forma tajante: «Lo mismo hará con vosotros mi Padre celestial si cada uno no perdona de corazón a su hermano». La enseñanza de este domingo no es opcional. El perdón no es un sentimiento -a veces el dolor de la herida permanece-, sino una decisión de la voluntad sostenida por la gracia de Dios. Cuando rezamos el "Padre Nuestro", nos imponemos a nosotros mismos la medida: "Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden". Hoy la Palabra de Dios nos invita a revisar nuestras propias cuentas pendientes: ¿A quién tenemos "agarrado por el cuello" en nuestro corazón por una deuda del pasado; qué resentimiento familiar, laboral o comunitario nos está quitando la paz?.. Venimos a la eucaristía, donde Cristo actualiza el perdón supremo de la Cruz, y pidámosle que transforme nuestro corazón de piedra en un corazón de carne, capaz de recibir su misericordia y así también de transmitirla igualmente sin condiciones.

Evangelio Domingo XXIV del Tiempo Ordinario

Lectura del santo evangelio según san Mateo 18, 21-35

En aquel tiempo, acercándose Pedro a Jesús le preguntó:
«Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?».

Jesús le contesta:
«No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Por esto, se parece el reino de los cielos a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus criados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. El criado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo:
“Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo”.

Se compadeció el señor de aquel criado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda.

Pero al salir, el criado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba diciendo:
“Págame lo que me debes”.

El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba diciendo:
“Ten paciencia conmigo y te lo pagaré”.

Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía.

Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido.

Entonces el señor lo llamó y le dijo:
“¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo rogaste ¿no debías tener tú también compasión de un compañero, como yo tuve compasión de ti?”.

Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda.

Lo mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si cada cual no perdona de corazón a su hermano».

Palabra del Señor 

Vuelta al cole, vuelta al cate. Por Monseñor Fray Jesús Sanz Montes O. F. M.

Ya hemos pasado páginas a este verano peleón con tantos sobresaltos de incendios por doquier, terremotos en Granada, invasiones en Ceuta. Pero se impone el regreso dentro de lo posible a una normalidad en nuestras agendas y quehaceres diarios. No en todos los lugares este regreso será fácil o inmediato, por lo que nos hacemos cargo de los distintos escenarios, y ofrecemos nuestro afecto, solidaridad y oraciones a los que tendrán que remontar su particular valle de lágrimas hasta esa altura donde el sol no es eclipsado.

Uno de los gestos que más nos llenan de alegría con la inevitable pizca de nostalgia, es ver a todos nuestros chavales que con sus mochilas o pequeñas maletinas de ruedas, se dirigen nuevamente a sus centros escolares. También ellos esperaban esta vuelta al colegio, reencontrarse con sus compañeros y amigos, subir curso con materias y profesores distintos. Habrán abierto ya los libros de las asignaturas que les esperan, tal vez habrán pasado por el rito de forrarlos como quien protege los secretos que poco a poco irán encontrando y desvelando.

Aunque a esa edad no hay perspectiva de largo recorrido, sino que se concentran los ojos en lo que inmediatamente se recuerda o lo que seguidamente se puede soñar, sin embargo, así se escribe con los renglones rectos o torcidos, con pulcritud o con algún borrón que otro, la historia inacabada de una joven biografía en esos niños y jóvenes que dilatan con su alegría nuestra esperanza en este mundo complejo y a veces contradictorio.

Pero la “vuelta al cole” no agota el recomienzo. En la comunidad cristiana también es tiempo de estreno. Las familias católicas desean que sus hijos sigan creciendo no sólo en sus cuerpos físicos con salud, ni sólo en sus conocimientos con la cultura aprendida en las aulas. Estos padres y madres miran a sus hijos también como cristianos a los que hay que acompañar para que aquello que tuvo comienzo en el día del bautismo, vaya paulatinamente madurando. Los padrinos pusieron voz a aquellos infantes, y su compromiso sostenía la voluntad de quienes todavía no podían asertar libremente las consecuencias de una vida cristiana. Es algo que siempre me impresiona cuando me toca bautizar a un bebé: los adultos presentes en la celebración bautismal, arropamos a ese pequeño, le deseamos lo mejor, rezamos por él a Dios y a la Virgen María, y nos anticipamos en su nombre para profesar en su nombre la fe de la Iglesia.

No se trata de una sustitución o de una imposición, sino simplemente desear con ese amoroso gesto que ese niño o niña reciba lo más y lo mejor que nosotros podemos brindarle. Por eso le vestimos y alimentamos, supliendo de momento sus gustos de ropa o sus preferencias de comida, pensando en ellos y en su bien. Exactamente igual que le ofrecemos también el anuncio de nuestra visión cristiana de la vida, hasta que llegando el momento ese bebé pueda asumirlo en la confirmación como adulto cristiano.

Por este motivo, hay también una “vuelta al cate”. La catequesis apropiada a su edad y a su itinerario cristiano también les aguarda. Allí les esperan igualmente los otros compañeros y amigos, los nuevos textos de formación religiosa, los catequistas y sacerdotes que los acompañarán. Es una alegría ver a nuestros niños y jóvenes volver a nuestras parroquias y colegios católicos para reemprender también ahí su catequesis que les permite seguir creciendo y madurando como cristianos. Porque el término educación se deriva del verbo latino “educere”, que significa acompañar en el camino, no eclipsar o secuestrar la libertad, sino sostenerla desde el afecto y la sabiduría de quien transmite los verdaderos valores que permiten a la otra persona crecer integralmente en su vida. Vuelta al cole y vuelta al cate: una alegría por este recomienzo que nos llena de esperanza.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

viernes, 11 de septiembre de 2026

''Sagrado Corazón'': el documental que actualiza con fuerza una tradición que muchos creen olvidada

(El Debate) Se estrena una película documental francesa que en nuestro país vecino ya ha superado el medio millón de espectadores. Dirigida por Sabrina y Steven Gunell, la película presenta y profundiza en el sentido y la historia de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús. El origen del film está en un encuentro que los directores tuvieron en 2023 en Notre-Dame-du-Laus, un conocido santuario mariano situado en los Alpes franceses. Allí conocieron el testimonio de personas consagradas al Corazón de Jesús y se dieron cuenta que esta devoción seguía muy viva actualmente y mantenía plenamente su sentido. «Muchos pensaban que hablar de las apariciones del siglo XVII era algo lejano o anticuado -declara la directora Sabrina Gunnell-, pero precisamente queríamos mostrar que este mensaje sigue siendo actual».

El guion cuenta con tres líneas narrativas diferentes que se van trenzando entre sí. Por un lado nos acerca en clave de ficción a la vida de Santa Margarita María Alacoque (1647-1690) religiosa mística francesa que en el monasterio de la Visitación de Paray-le-Monial (Borgoña), recibió las famosas revelaciones sobre el Sagrado Corazón entre 1673 y 1875. Estas recreaciones están interpretadas magníficamente por la actriz Julie Budria, a la que acompaña Grégory Dutoit en el papel de Jesús. En segundo lugar, a esta ficción histórica se añaden intervenciones de expertos y teólogos que van explicando el sentido profundo de esa devoción y sus raíces evangélicas, que se nos ilustran con dramatizaciones de episodios de la vida de Cristo. Es el caso, por ejemplo, del rector de Paray-le-Monial, Étienne Kern, el sacerdote Martin Pradère de la Comunidad Emmanuel o el profesor de teología Matthieu Raffray, entre otros muchos. Y por último, todo ello se va integrando con testimonios actuales de personas marcadas de una u otra manera por la devoción al Sagrado Corazón que viven de forma muy especial. Es el caso de Louis, afectado de una enfermedad degenerativa; de Zoé, una futbolista conversa; de Winz, un cantante francomexicano que fue abandonado por su padre y que descubrió el Amor en el Sagrado Corazón o de Sylvie y Jean-Marc, un matrimonio que reencuentra la fe después de años de casados.

La película también nos acerca a figuras históricas como el pintor Desvallieres, que tantas veces representó al Sagrado Corazón. Resulta curiosa la participación de Clémentine Beauvais, una joven escritora que es descendiente de la familia de Santa Margarita. La película subraya que ya antes de esta santa existía una espiritualidad sobre el Corazón de Jesús, incluso desde tiempos de los Padres de la Iglesia y que había acompañado a diversas místicas de la Edad Media.

El resultado de este abigarrado collage es una película sumamente interesante, que ofrece información y reflexión a partes iguales y que busca mover el corazón del espectador. «Esta película es un acto de amor y un acto de fe», explica Steven Gunnell. «Pensábamos en los peregrinos de Emaús, que caminan junto a un desconocido y, después de escucharlo, se dicen el uno al otro: ‘no ardía nuestro corazón?’ Ese es el proyecto de la película: permitir que cada persona pueda experimentar este amor ardiente de Jesús».

Entrevista al Arzobispo de Oviedo en Ecclesia al Día

 

jueves, 10 de septiembre de 2026

10 de Septiembre: San Vicente abad y mártir

En los siglos VI y VII, la Península Ibérica fue escenario de profundas transformaciones políticas y religiosas. Entre la dominación de los reinos suevo y visigodo, la lucha teológica entre el catolicismo trinitario y la herejía arriana marcó la vida de miles de fieles. En este contexto de tensiones doctrinales sobresale la figura de San Vicente, abad del monasterio de San Claudio en León, quien prefirió entregar su vida antes que renunciar a la verdad del Concilio de Nicea. Su martirio, acontecido en el año 630, lo convirtió en un referente imperecedero de valentía e integridad espiritual.

Orígenes y Labor Pastoral en San Claudio

San Vicente consagró su vida a la regla benedictina y a la oración monástica. Llegó a ser nombrado abad del influyente monasterio de San Claudio, un centro de espiritualidad y cultura situado a las afueras de la ciudad de León. Bajo su dirección, la comunidad monástica no solo floreció en la contemplación y el estudio, sino que se transformó en un bastión de resistencia teológica frente a las corrientes heréticas que dividían a los gobernantes de la época. Vicente era profundamente respetado por su sabiduría, su rectitud moral y su ferviente defensa de la doctrina trinitaria, que afirmaba la divinidad de Jesucristo en perfecta igualdad con el Padre.

El Desafío Doctrinal y el Martirio

La firmeza del abad no pasó desapercibida para las autoridades civiles. En un momento de resurgimiento de las tensiones con las facciones arrianas, Vicente fue convocado ante un concilio o tribunal civil impulsado por los gobernantes locales. La exigencia era clara: debía abjurar de las conclusiones de Nicea y abrazar el arrianismo para mantener la paz política de la región.

Lejos de ceder ante las presiones, San Vicente defendió la fe con una elocuencia arrolladora y una serenidad que desconcertó a sus jueces. Su negativa rotunda a traicionar sus convicciones selló su destino. Fue condenado a sufrir severos tormentos, siendo flagelado públicamente antes de ser ejecutado en el año 630. Su muerte no fue vista por su comunidad como una derrota, sino como la victoria definitiva de la fe sobre la coacción temporal.

Traslado de Reliquias y Culto Actual

Tras su martirio, la memoria de San Vicente permaneció viva entre los cristianos del norte de la Península. Ante el avance de posteriores invasiones y para asegurar la protección de sus restos, sus reliquias fueron trasladadas pacientemente hacia el norte, encontrando refugio definitivo en Asturias. Hoy en día, sus sagrados restos se custodian en la Cámara Santa de la Catedral de Oviedo, un espacio de incalculable valor histórico y espiritual.

El vínculo directo de San Vicente abad y mártir con Asturias radica en el traslado de sus restos mortales. Para proteger sus reliquias de las profanaciones durante la invasión musulmana o el posterior avance de los reinos medievales, sus restos se llevaron a Oviedo. Hoy en día, sus reliquias se custodian y veneran piadosamente en la catedral de Oviedo. La diócesis de Oviedo conmemora su memoria litúrgica cada 11 de septiembre, recordando el sacrificio de un hombre que priorizó la verdad eterna por encima de su propia supervivencia terrenal.