domingo, 16 de agosto de 2026

''Ten compasión de mí, Señor''. Por Joaquín Manuel Serrano Vila


La Palabra de Dios en este Domingo XX del Tiempo Ordinario, nos sitúa ante un espejo incómodo, pero sanador. A menudo, tendemos a trazar fronteras invisibles. Decidimos quién está "dentro" y quién está "fuera" de la gracia de Dios. Construimos muros basados en la cultura, la moralidad, las etiquetas sociales, o incluso la práctica religiosa. Sin embargo, las lecturas de este domingo derriban esos muros. Desde el profeta Isaías hasta el impactante encuentro de Jesús con la mujer cananea, el mensaje es unánime: el corazón de Dios es una casa abierta para todos los pueblos. La única condición para entrar no es un certificado de pureza o pertenencia biológica, sino una fe humilde, sincera y perseverante.

El libro del profeta Isaías nos sitúa en el contexto del post-exilio. El pueblo de Israel había regresado de la cautividad en Babilonia; está intentando reconstruir su identidad. En ese momento de reconstrucción, el peligro evidente era el aislamiento, el nacionalismo religioso y el desprecio a los extranjeros. Pero la voz de Dios resuena con una fuerza revolucionaria: "A los extranjeros que se han unido al Señor... los traeré a mi monte santo". Dios no se deja encasillar por los límites geográficos o de sangre de Israel. Hoy se nos habla de la inclusión de los "lejanos": Los extranjeros que aman el nombre del Señor y guardan el Sábado no son ciudadanos de segunda categoría; tienen pleno derecho en el templo. La lectura culmina con una frase que el mismo Jesús citará siglos más tarde: "Mi casa es casa de oración"... Esta lectura nos invita a revisar nuestras comunidades: ¿somos una Iglesia de aduanas o una casa de puertas abiertas? A veces miramos con recelo al que es diferente, al inmigrante, al que no viste como nosotros o al que tiene una historia de vida complicada. Isaías nos recuerda que Dios ya los ha llamado y los está esperando "en su monte santo".

San Pablo, en la carta a los Romanos, abre su corazón de pastor y apóstol de los gentiles. Él sufre profundamente por sus hermanos de sangre, el pueblo de Israel, que en su mayoría ha rechazado a Jesucristo. Sin embargo, Pablo descubre un misterio teológico profundo en este aparente fracaso. Esta es la pedagogía de Dios. La rebeldía o el rechazo de Israel permitió que el evangelio se anunciara a los paganos (los gentiles). La "pérdida" de aquellos significó la reconciliación del mundo. Pablo afirma con rotundidad que "los dones y la llamada de Dios son irrevocables". Dios no se arrepiente de sus promesas, no descarta a Israel para siempre; su fidelidad es eterna. El argumento cumbre de Pablo es que tanto gentiles como judíos han pasado por la desobediencia y, ¿para qué? Para que nadie pueda jactarse de sus propios méritos. Todos dependemos absolutamente de la pura misericordia de Dios. San Pablo nos enseña a no perder la esperanza por aquellos que se han alejado de la fe o que parecen endurecidos frente al evangelio. Los caminos de Dios son más complejos e infinitamente más misericordiosos que nuestros juicios humanos. Si Dios usó la rebeldía para derramar gracia, cuánto más usará nuestra fidelidad y oración para atraer a los que hoy están lejos.

Llegamos a la cumbre de la liturgia de la palabra con el evangelio, tomado del capítulo 15 de San Mateo. Un texto qué, a primera vista, nos desconcierta y hasta nos puede resultar chocante por la aparente dureza de Jesús. Jesús sale de los confines de Israel y se retira a la región de Tiro y Sidón (territorio pagano). Allí se encuentra con una mujer cananea. Para un judío de la época, esta mujer reunía tres condiciones para ser rechazada: era extranjera (enemiga histórica de Israel), era mujer (socialmente postergada en el ámbito público) y tenía una hija endemoniada (considerada impura). Pero lo hermoso de la cananea es que ella no pide nada para sí misma. Grita desde las entrañas: "Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo"... Reconoce a Jesús con títulos mesiánicos. Su oración es clamor de dolor pidiendo su intercesión. Al principio, Jesús no le responde palabra, guarda silencio. Los discípulos, molestos por el escándalo que va montando tras ellos le piden que la despida: "Atiéndela, que viene gritando detrás de nosotros". No se lo piden por compasión, sino por la incomodidad que les está causando; quieren quitarse el problema de encima. Entonces Jesús responde: "Solo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel". Ella, lejos de rendirse, se postra ante Él y repite: "Señor, socórreme"... Jesús añade una frase durísima en el lenguaje cultural de la época: "No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perros". Pero la mujer no se ofende. No entra en discusiones de dignidad. Acepta el argumento de Jesús y le da la vuelta con una sabiduría asombrosa: "Tienes razón, Señor; pero también los perros comen las migajas que caen de la mesa de los amos". Ella sabe que una sola migaja de la mesa de Jesús es más que suficiente para salvar a su hija. Ante esta respuesta, Jesús queda conmovido y admirado. Rompe el protocolo de su misión inmediata y exclama: "Mujer, qué grande es tu fe; que se cumpla lo que deseas". Y en aquel mismo momento quedó curada su hija. ¿Por qué actuó así Jesús? Jesús no quería humillarla. Él, que conoce los corazones, estaba ensanchando la mente de sus discípulos y de ella misma. Estaba provocando que aquella mujer sacara a la luz la mina de oro de su fe. Jesús demuestra que la fe no es una cuestión de pasaporte, linaje o doctrina teórica perfectamente aprendida. La fe es confianza absoluta en el poder y el amor de Dios, incluso cuando el cielo parece callar.

La mujer cananea es hoy nuestra maestra de oración. Ella nos enseña tres cosas fundamentales. Primero a orar con perseverancia y no desanimarnos ante el silencio de Dios. El silencio no es ausencia; a veces es una invitación a profundizar en nuestro deseo y nuestras carencias. Segundo, a hacerlo con humildad, presentándonos ante Dios no exigiendo derechos por ser "buenos cristianos", sino mendigando su misericordia. Y tercero, a romper las fronteras del corazón: dejarnos interpelar por el dolor ajeno, venga de donde venga. Que al acercarnos hoy a la mesa de la eucaristía, donde no recibimos migajas, sino el pan entero de los hijos y que es el Cuerpo de Cristo, le pidamos al Señor la gracia de tener una fe tan grande como la de aquella mujer. Una fe que mueva el corazón de Dios y una caridad que ensanche las puertas de nuestra Iglesia para que todos, sin excepción, encuentren su casa en ella. Amén!

Evangelio Domingo XX del Tiempo Ordinario

Lectura del santo evangelio según san Mateo 15, 21-28

En aquel tiempo, Jesús salió y se retiró a la región de Tiro y Sidón.

Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle:
«Ten compasión de mí, Señor Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo».

Él no le respondió nada. Entonces los discípulos se le acercaron a decirle:
«Atiéndela, que viene detrás gritando».

Él les contestó:
«Solo he sido enviado a las ovejas descarriadas de Israel».

Ella se acercó y se postró ante él diciendo:
«Señor, ayúdame».

Él le contestó:
«No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos».

Pero ella repuso:
«Tienes razón, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de los amos».

Jesús le respondió:
«Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas».

En aquel momento quedó curada su hija.

Palabra del Señor

sábado, 15 de agosto de 2026

Reflexión de nuestro Párroco en la Solemnidad de la Asunción + Parroquia de Viella


Queridos hermanos y hermanas en Cristo:

Unidos a toda la Iglesia universal que detiene su caminar cotidiano en el centro de este mes de agosto, celebramos un misterio que desborda de alegría y consuelo: la Solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen María en cuerpo y alma a los cielos. Al término de su vida terrena, Aquella que estuvo exenta de toda mancha de pecado original no conoció la corrupción del sepulcro. Dios no permitió que la tierra reclamara el cuerpo inmaculado y sagrario donde el Verbo de Dios se hizo carne. De este modo, cada 15 de agosto recordamos ese día bendito en que María entró por la puerta grande del Cielo; no como un espíritu incorpóreo, sino con la totalidad de su ser humano, abriéndonos camino y convirtiéndose en el espejo de nuestro anhelo de creyentes.

El Cielo es nuestra meta soñada, y para éste nos hemos de preparar día a día tomándonos muy en serio la salvación de nuestra alma. Si nuestra vida no se edifica por medio de la práctica sacramental, seremos cristianos de nombre y costumbres, pero sólo eso. Necesitamos redescubrir la grandeza de orientar nuestra vida a la luz del evangelio, de los mandamientos de la ley de Dios y de los de la Santa Madre Iglesia que nuestros mayores vivían con tanta seriedad y cumplimiento. Por ejemplo, se ha diluido demasiado el término "precepto"; hoy es uno de esos días; y es que en nuestra sociedad líquida y anodina parece que ha quedado como en algo del pasado que para un católico practicante sea: -¡es!- obligatorio escuchar misa entera todos los domingos y fiestas de guardar. Hay quien dice: Yo voy sólo cuando el cuerpo me lo pide (otros sólo a los funerales para dejar la tarjeta); perfecto, cada cual es libre, pero entonces no se ponga en la fila para comulgar pues está en pecado, teniendo en cuenta, además, que para comulgar hay que estar en gracia tras haber confesado, algo bastante olvidado... Las normas de la Iglesia no han cambiado en absoluto, y sigue vigente que para poder comulgar hay que confesarse al menos una vez al año. El Papa León XIV lo ha recordado recientemente: «El inmenso tesoro de la misericordia de la Iglesia permanece inutilizado». A esto siempre está la persona pseudointelectual que dice: ¡yo me confieso directamente con Dios; no creo que por medio de la bendición del cura me venga nada del cielo! Muy bien, entonces usted no se debería poner nunca en la cola para comulgar, pues si no cree que por manos de sacerdote le llega el perdón, tampoco por ellas, que lo consagran, recibirá el Cuerpo de Cristo...

Redescubramos el tesoro de nuestra fe, el regalo de ser católicos y de poder vivir ya aquí en la tierra el anticipo del Cielo.
El Evangelio nos muestra que el camino de María hacia esa corona de estrellas no comenzó con un estallido de poder humano, sino con un humilde "sí" en Nazaret, y con un viaje de servicio que todos conocemos y acabamos de proclamar: al encontrarse con Isabel, María prorrumpe en el canto del Magnificat: Proclama mi alma la grandeza del Señor... porque ha mirado la humillación de su esclava... La Asunción nos enseña una ley divina inquebrantable: el camino hacia la verdadera grandeza, pasa por la humildad. Dios derriba a los poderosos (a los caciques, subversivos e intrigantes que no vienen nunca y del que "Tú no sabes quién soy yo"... y enaltece a los humildes (a los que silenciosa y piadosamente vienen y participan cada domingo de la misa). María está hoy en lo más alto porque así lo entendió y supo hacerse la más pequeña. Necesitamos aprender de Ella, a mirar a los demás con sus ojos, a hablar de los demás con sus labios, a amar con su corazón sincero y agradecido.

Celebrar la Asunción de María en cuerpo y alma es de vital importancia para el mundo de hoy. Vivimos en una sociedad contradictoria: por un lado, se rinde un culto obsesivo al cuerpo a través de la estética y cosmética consumista; por otro, el cuerpo es a menudo instrumentalizado, cosificado y descartado (como vemos en el drama del aborto, la eutanasia o la explotación humana). Frente a este desvío, la Asunción de María es un reclamo también de la dignidad del cuerpo. Dios nos está diciendo hoy que nuestra carne importa, que nuestra corporalidad es sagrada y templo del Espíritu Santo. El cuerpo no es una cárcel del alma, ni un traje viejo que nos quitamos al morir para ser disueltos en la nada. Nuestro cuerpo está llamado a la transfiguración, a la santidad y a la resurrección. María es la criatura humana en la que la Pascua de Cristo ya ha dado su fruto pleno. Ella ya experimenta en sus propias carnes lo que todos nosotros —si somos fieles— experimentaremos al final de los tiempos. Al mirar a María asunta al cielo, recordamos que nuestros ojos verán a Dios, que nuestras manos resucitarán, y que cada fatiga, cada enfermedad sufrida con fe y cada arruga ganada en el servicio a Dios y a los hermanos por amor, tiene un eco de premio en la gloria eterna. No fuimos creados para la corrupción de la muerte y el polvo del sepulcro; fuimos creados para la inmensidad y la eternidad del Cielo.

El Prefacio de la Misa de hoy afirma bellamente que María, asunta al cielo, es "principio y aurora de la Iglesia de la gloria, señal de consuelo y de esperanza firme para el pueblo que todavía peregrina en la tierra". María no se ha marchado a un cielo lejano y aristocrático para desentenderse de nosotros. Al contrario, al estar plenamente en Dios, está más cerca que nunca de cada uno de sus hijos. Ella es la madre que ha llegado primero a la casa paterna; la que ya conoce las habitaciones del palacio del Rey y ha encendido las luces para esperarnos. Ella sabe lo que cuesta caminar por este "valle de lágrimas", por eso nunca nos desampara. Nuestra Señora nos recuerda en este día que nuestra patria definitiva está en los cielos [Flp 3, 20]. María también es llamada en las letanías del Rosario "Puerta del Cielo". Ella, que fue la puerta por la que Dios entró en nuestra historia, es ahora la puerta que nos mantiene abierto el horizonte de la eternidad.

La fiesta de hoy alegra nuestro caminar cristiano. Que María asunta al cielo, nos rescate de la banalidad, de la queja y protesta estéril y de vivir como si esta tierra fuera nuestro único destino. Pidámosle hoy a la Santísima Virgen que nos conceda un corazón semejante al suyo: un corazón humilde que sepa decir "¡Hágase!" a los planes de Dios; un corazón servicial que corra al encuentro del hermano necesitado, y una mirada limpia qué, aun con los pies firmes en la tierra, mantenga siempre los ojos en la esperanza de los bienes del cielo.

No quiero terminar tampoco sin un recuerdo a todos los que sufren y la invocan con piedad y angustia y, particularmente, quiero invocar a Nuestra Señora de África para que ayude al pueblo ceutí, el más español -hoy día- de toda nuestra Patria de María. Que nos ayude a entender que no existe más "Alianza de Civilizaciones" -que decía un necio que por ladrón rinde cuentas a la Justicia- más que con aquellos hermanos nuestros con los que compartimos historia, cultura, tradición, lengua y fe, y que vienen ordenadamente del otro lado del océano, el cual nosotros cruzamos primero, para prosperar legítimamente y trabajar y en nuestra gran Nación que únicamente es España, y que lo hicieron saliendo desde sus propias tierras de María, muy lejos de los infieles tiranos y sátrapas sarracenos.

Santa María, Asunta a los cielos, Santina de Covadonga y Señora de África, cuida de esta Parroquia que hoy te invoca; ayuda a Ceuta, salva a España, y ruega por nosotros, ahora y en la hora de nuestra muerte. ¡Amén!

Evangelio en la Solemnidad de la Asunción de Nuestra Señora

Lectura del santo evangelio según san Lucas 1, 39-56

En aquellos días, María se levantó y se puso en camino de prisa hacia la montaña, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel.

Aconteció que, en cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel de Espíritu Santo y levantando la voz, exclamó:
«¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre!

¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? Pues, en cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Bienaventurada la que ha creído, porque lo que le ha dicho el Señor se cumplirá».

María dijo:
«Proclama mi alma la grandeza del Señor, “se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humildad de su esclava”.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mi: “su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación”.

Él hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, “derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia” - como lo había prometido a “nuestros padres” - en favor de Abrahán y su descendencia por siempre».

María se quedó con Isabel unos tres meses y volvió a su casa.

Palabra del Señor

viernes, 14 de agosto de 2026

Santoral 14 de Agosto: San Maximiliano Kolbe

(Aciprensa) Cada 14 de agosto la Iglesia Católica celebra a San Maximiliano María Kolbe (1894-1941), sacerdote y fraile franciscano conventual que murió voluntariamente en el campo de concentración de Auschwitz (Polonia) durante la II Guerra Mundial. El P. Kolbe pidió ser intercambiado por un prisionero a punto de ser ejecutado. San Maximiliano Kolbe fue un gran promotor de la devoción al Inmaculado Corazón de María y uno de los fundadores de la “Ciudad de la Inmaculada", un complejo religioso construido cerca de Varsovia que contaba con un seminario, un monasterio, una editorial y una estación de radio.

Dos coronas: una blanca y otra roja

Maximiliano, cuyo nombre de pila fue Raimundo, nació el 8 de enero de 1894 en la ciudad de Zdunska Wola, Reino de Polonia (en ese momento parte del Imperio Ruso). De acuerdo al relato de su madre -registrado después de la muerte del santo-, cuando Raimundo era niño, hizo una travesura que ella reprochó enérgicamente: “Niño mío, ¡quién sabe lo que será de ti!”. Días después, la madre vio que el pequeño Raimundo había cambiado de actitud y que oraba llorando con frecuencia ante un pequeño altar que tenía entre dos roperos. Ella le pidió que le contara qué le sucedía. Entonces, con los ojos llenos de lágrimas, Raimundo contestó:

“Mamá, cuando me reprochaste, pedí mucho a la Virgen que me dijera lo que sería de mí. Lo mismo en la Iglesia, le volví a rogar. Entonces se me apareció la Virgen, teniendo en las manos dos coronas: una blanca y otra roja. La blanca significaba que perseveraría en la pureza y la roja que sería mártir. Contesté que aceptaba las dos. Entonces la Virgen me miró con dulzura y desapareció”. Este hecho marcó la vida de Maximiliano, quien a partir de entonces profesó la más grande de las devociones a la Virgen Inmaculada.

Caballero de la Inmaculada, hijo de San Francisco

Años más tarde, Raimundo se descubrió llamado a la vida religiosa e ingresó a la Orden de los Franciscanos Conventuales. En el noviciado (1910) cambió su nombre por el de “Maximiliano” en honor a San Maximiliano de Celeia, mártir. En 1911 profesó sus primeros votos y en 1914 los votos finales. Es entonces cuando adopta el nombre adicional de “María”, en honor a la madre de Jesús. Como estudiante de filosofía y teología en Roma (Pontificia Universidad Gregoriana), fundó la “Milicia de la Inmaculada” con la finalidad de promover el amor y el servicio a la Virgen y la conversión de las almas a Cristo. En 1918 fue ordenado sacerdote. De regreso a Polonia, publica la revista mensual “Caballero de la Inmaculada” y en 1929 funda la "Ciudad de la Inmaculada" en Niepokalanów, a 40 kilómetros de Varsovia. Luego se ofreció como misionero en Asia. Establecido en Japón, funda una nueva "Ciudad de la Inmaculada" (Mugenzai No Sono) y publica la revista “Caballero de la Inmaculada” en japonés.

La vuelta a Polonia y el inicio de la Guerra

Maximiliano regresa a Polonia unos años antes del inicio de la Segunda Guerra Mundial, cuando el clima social y político ya se encontraba convulsionado. Allí se encontró con que “El Caballero de la Inmaculada” -la publicación que fundó y dirigió- se había alejado de su línea estrictamente religiosa, dando un giro inadecuado hacia lo político. Maximiliano, retoma la dirección para enderezar lo que se había torcido, y no pierde la oportunidad de criticar desde la publicación las ideas nacionalsocialistas, es decir, las esgrimidas por el partido nazi, totalmente contrarias a la fe.

Con esto, el P. Kolbe quedó expuesto a la persecución de los nazis. Mientras tanto, continuaba con su servicio sacerdotal heroicamente: alentaba a la gente a mantener la fe y a acercarse al Señor. En solidaridad con el pueblo judío, se negó a ser registrado en la lista de los “alemanes” -su padre era alemán, su madre polaca-, con lo que se hubiese librado de posteriores problemas u hostigamientos. Sin embargo, su opción fundamental era el respeto por la humanidad toda, sin exclusiones. Maximiliano mantuvo una posición firme contra el nacionalsocialismo. Luego de algunos enfrentamientos verbales con los nazis, es apresado y enviado a los campos de concentración. Asignado en Auschwitz, destinado a las barracas, quiso ser signo del amor de Dios en un lugar que todos creían precisamente abandonado por Dios.

El amor más grande: dar la vida

Cierto día un prisionero del campo de concentración logró escapar y los soldados alemanes, en represalia, y como muestra de severidad, seleccionaron a 10 prisioneros para que mueran de hambre en los calabozos. El décimo número le tocó al sargento Franciszek Gajowniczek, polaco también, quien exclamó: “Dios mío, yo tengo esposa e hijos”.

Ante esto, el P. Maximiliano se ofreció para ser intercambiado por el condenado a muerte. El sacerdote fue llevado a un subterráneo, donde alienta a los demás prisioneros a mantenerse unidos en oración. Después de varios días, sin comida ni agua, todos han muerto y solo él queda vivo. Para desocupar el lugar, los soldados decidieron aplicarle veneno, procedimiento que se conoce como “inyección letal". El P. Maximiliano rezó así hasta el final: “Concédeme alabarte, Virgen santa, concédeme alabarte con mi sacrificio. Concédeme por ti, solo por ti, vivir, trabajar, sufrir, gastarme, morir…”. Murió el 14 de agosto de 1941, a los 47 años de edad. El Papa San Pablo VI lo declaró Beato al P. Kolbe en 1971. Fue canonizado por San Juan Pablo II -su compatriota- en 1982. En la ceremonia el Papa polaco lo honró con estas palabras: “Maximiliano Kolbe hizo como Jesús, no sufrió la muerte sino que donó la vida”.

Mañana

 

jueves, 13 de agosto de 2026

13 de Agosto: Memoria del Beato Juan Díaz Nosti C.M.F. y compañeros

El Beato Juan Díaz Nosti nació en Oviedo (Asturias) el 17 de febrero de 1880. Creció en el seno de una familia profundamente cristiana, ambiente que favoreció el rápido florecimiento de su vocación religiosa. Atraído por el carisma misionero de la Congregación de los Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María (Claretianos), decidió ingresar en la congregación, convirtiéndose históricamente en el primer religioso asturiano en profesar los votos dentro de este Instituto religioso fundado por San Antonio María Claret.

Dotado de una notable capacidad intelectual y una profunda vida interior, Díaz Nosti fue enviado a realizar sus estudios eclesiásticos de Filosofía y Teología en los centros formativos que la congregación poseía en Cervera y Santo Domingo de la Calzada. Tras completar con brillantez su preparación, recibió la ordenación sacerdotal en Zaragoza en el año 1906. A partir de ese momento, su vida estuvo guiada por la docencia y el gobierno comunitario. Debido a su carácter prudente, afable y a su sólida preparación teológica, sus superiores le confiaron altas responsabilidades. Fue profesor de Teología Moral dedicando gran parte de su ministerio a la docencia, formando a las nuevas generaciones de sacerdotes. Ejerció como guía espiritual y académico de los estudiantes claretianos en su etapa final de formación como Prefecto de Teólogos. Desempeñó el cargo de superior en conventos y seminarios de ciudades clave como Barcelona, Cartagena, Zaragoza y, finalmente, Barbastro.

En el verano de 1936, el padre Juan Díaz Nosti se encontraba en el caserón-seminario de los claretianos en Barbastro (Huesca), desempeñando el cargo de prefecto de los estudiantes de teología. En la casa residía una numerosa comunidad compuesta mayoritariamente por jóvenes seminaristas, además de los formadores y hermanos coadjutores. Tras el golpe de Estado del 18 de julio de 1936 y el inicio de la Guerra Civil, la situación en Barbastro se volvió extremadamente peligrosa para los religiosos. El 20 de julio, las milicias revolucionarias locales asaltaron el seminario. Toda la comunidad fue arrestada y confinada en el salón de actos del colegio de los Padres Escolapios, convertido provisionalmente en prisión. Durante las semanas de cautiverio, el padre Juan se significó por ser un pilar de fortaleza espiritual para los jóvenes estudiantes, exhortándolos a mantener la fe y preparándolos sacramentalmente para el desenlace que se presentía inevitable.

El ensañamiento contra la cúpula de la comunidad claretiana no tardó en ejecutarse. En la noche del 2 de agosto de 1936, los milicianos seleccionaron a los tres principales responsables de la casa para ser los primeros en morir. Junto al padre superior Felipe de Jesús Munárriz y al administrador de la comunidad Leoncio Pérez Ramos, el padre Juan Díaz Nosti fue conducido a las puertas del cementerio de Barbastro. Allí, en la penumbra de la madrugada, los tres sacerdotes fueron fusilados debido a su condición religiosa. Con su muerte, se abrió el trágico goteo de ejecuciones que pocos días después acabaría con la vida de un total de 51 miembros de aquella comunidad claretiana.

El testimonio de fidelidad de los religiosos de Barbastro conmovió a la Iglesia universal. El proceso de canonización avanzó con firmeza y, el 25 de octubre de 1992, el papa Juan Pablo II los beatificó solemnemente en Roma. Con esta proclamación, Juan Díaz Nosti inscribió su nombre en la historia eclesiástica de su región natal al ser reconocido como el primer beato nacido en la ciudad de Oviedo. Su memoria litúrgica se celebra cada 13 de agosto de manera conjunta con la de sus compañeros de martirio, siendo recordados en el santuario edificado en su honor en Barbastro, donde reposan sus restos, así como en los altares de las iglesias claretianas de toda España.