martes, 3 de marzo de 2026

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Este Domingo


¿Cómo muere una monja de clausura? Las últimas horas de la dominica que conmueve las redes

(Rel.) Son las diez de la mañana de un jueves cualquiera del mes de febrero de 2026. Sor Virtudes está malita en el hospital, tiene 88 años y, a pesar del cáncer que le detectaron hace meses, tiene una vitalidad que sorprende a todos los que pasan por su habitación. Las enfermeras le tienen auténtica devoción, y hasta se le acercan otros pacientes con sus familias para charlar.

En un momento dado, la anciana pide a su fiel escudera –otra hermana de su mismo Monasterio de Santo Domingo de Caleruega (Burgos, España)–, que coja el teléfono porque quiere grabar un audio, un último audio. La compañera le da al play y la anciana, con un ánimo tan entusiasta que llega a conmover –para los definitivos días a los que, presumiblemente, se tiene que enfrentar–, comienza a decir:

"Hola, soy sor Virtudes. Solo quiero mandarte un abrazo grande, grande, desde el hospital. Quiero despedirme de ti, ¡hasta el cielo, maja, allí te espero!, y allí cantaremos todas juntas las alabanzas del Señor".

Unos días después. Es 25 de febrero de 2026.

El vídeo de una monja anciana hablando de su relación con Dios, grabado por el fotógrafo David Naval, se empieza a hacer viral en las redes sociales. En apenas unas horas alcanza las 40.000 visitas y los más de 30.000 "Me gusta". Su Instagram se convierte en un auténtico hervidero de reacciones.

Podría ser otro bonito testimonio de una de las miles de monjas ancianas que pueblan los monasterios de toda España, pero, no lo es. Detrás de las palabras de esta dominica –con 69 años de vida consagrada a las espaldas–, hay una forma de afrontar la muerte que resuena a algo realmente extraordinario.

"No me hice religiosa para santificarme yo sola, sino para ayudar al mundo a que busque a Dios, a que le ame. No sé si lo he conseguido, pero eso fue lo que hice", se le escucha decir.

"Cuando me han venido cosas duras, digo: 'Tú estás conmigo, Tú eres mi Dios, Tú eres mi confidente, Tú eres lo más grande que hay, Tú eres el que me va a recibir al final de la vida. Él me va a recibir en sus brazos y me va a abrazar. Él me va a amar. Añoro ese día…", continúa diciendo sor Virtudes.

Viernes 27 de febrero de 2026.

Un sol espléndido luce en lo alto del Monasterio de las Madres Dominicas de Caleruega. Sobre una lápida sin nombre descansa un ramo de rosas rojas, sus queridas rosas rojas. Todavía más abajo, los restos de sor Virtudes esperan alcanzar nuestra propia eternidad, que no la suya. Sor Teresa de Jesús –vicaria del monasterio– la acompañó durante sus últimos días en el hospital. Es joven, pero, a pesar de su edad, le ha tocado despedirse de varias de sus hermanas mayores.

En un hueco libre, aprovecha para charlar con Religión en Libertad sobre el ejemplo de fe que ha supuesto sor Virtudes para toda la comunidad, y, sobre algo más importante, de cómo debería despedirse una monja de clausura –o, más bien, cualquier cristiano–, de esta vida terrenal... antes de abrazar la meta definitiva que Virtudes anheló durante 88 años.

"Sor Virtudes era una persona muy discreta, tenía una grandísima humildad. Lo que estamos viendo con su muerte no lo hubiéramos pensado con su vida, estoy segura de que hay gente que se está sorprendiendo muchísimo", dice sor Teresa.

"Se desprendió de todo para enseñárnoslo a las más jóvenes. Siempre decía que su misión era que alguien pudiera recibir el testigo. Acogió el diagnóstico del cáncer con muchísima paz. En ningún momento dejó de bajar al obrador ni a rezar. En las últimas semanas, le había propuesto que se quedara en la cama, pero me decía que ella descansaba rezando con la comunidad. Su vida fue una alabanza continua hasta el final".

"Cuando ya estaba muy enferma, con muchos dolores, siempre me decía: 'tú no te preocupes por mí, la que te tienes que cuidar eres tú, que tienes muchos años de vida por delante, yo, ahora, ya no me tengo que cuidar, tengo que entregarlo todo a las demás'. Y, literalmente, se esforzaba en cargar peso... y asumía ciertos trabajos para poder liberar al resto de las hermanas".

"Hace unos días empeoró y la tuvieron que ingresar. Ella pensaba que viviría un poco más, pero no por ella sino por poder seguir echando una mano un rato más. Cuando el médico nos informó de que ya no había nada que hacer me empezó a explicar –sin yo decirle nada– cómo quería que fuera su funeral".

"'Quiero que cantéis de entrada Qué alegría cuando me dijeron, y se puso ella a cantarlo, y, luego, en la Comunión, Cerca de Ti, Señor, y, de salida, Yo le resucitaré. Me dijo que no me preocupara por ponerle el hábito más elegante ni el más nuevo, que teníamos voto de pobreza, que ese podía servir para otra monja, que, además, ella iba a entrar en el cielo revestida de la misericordia del Señor, y que el hábito se quedaría aquí".

"Le gustaban muchísimo las flores, siempre había cuidado las plantas de la huerta. Le dije que si me iba a dejar ponerle flores, me dijo que 'para mí no, pero que para el Señor las que quisiera'. Le pregunté que cuáles eran sus favoritas, y me dijo que las rosas rojas. Esa tarde le compré una rosa roja y le dije que me la había encargado su Esposo. Ella me dijo que con esa rosa tendría que enterrarla".

"Al día siguiente, llegó su confesor y le regaló un rosario, y me pidió que también le enterrara con él. Yo, de vez en cuando, le preguntaba, ¿no tienes miedo?, ¿no estás nerviosa?, y ella me miraba, como diciendo '¿pero qué me estás preguntando?'. Y, el domingo, otra vez, le pregunté, y me dijo: 'pero si la misericordia de Dios es más grande que todo, ¿de qué voy a dudar?, yo me voy por fin al abrazo con el Padre, es para lo que he vivido toda mi vida y lo estoy esperando, lo estoy deseando".

"Una de las veces que me vio llorar, me dijo: 'mujer de poca fe, ¡no te crees que me voy al cielo!', y luego me dio la bendición. La última tarde tenía ya muchos dolores y le cantamos. Cuando en la orden un hermano está agonizando se le canta La Salve y el O spem miram, que es un canto a Santo Domingo. Cuando Nuestro Padre se estaba muriendo, y los frailes estaban llorando, él les dijo: 'no lloréis por mí, que os seré más útil desde el cielo'. Nosotras, como no nos atrevíamos a decirle que lo íbamos a cantar, le preguntamos que si le cantábamos simplemente algo a la Virgen... y ella contestó que quería La Salve y el O spem miram. Sabía muy bien lo que venía y estaba en paz".

"Había momentos en los que la veía muy mal, que estaba con los ojos fijos mirando a la pared, yo pensaba que se nos iba, y, de repente, se giraba y me decía: '¿has cenado? o ¡vete a dormir! Cuando la levantaba de la cama, siempre la cogía con el brazo derecho –que tengo operado–, y me decía: 'no, no, con ese no, que ese es el malo, cógeme con el izquierdo'".

"En el hospital coincidió en la habitación con una hermana de Iesu Communio, y, un día, llegó una de ellas y le dijo: 'Sor Virtudes, que eres famosa en nuestro monasterio, que todas las que vuelven de aquí dicen que las estás llevando a Dios'. Todas querían acercarse a su cama para que ella les hablara".

"El cielo, me decía, 'es el gran monasterio', y allí iba a poder alabar a Dios con todos los santos. Me repitió varias veces: 'me voy al gran monasterio'. Sor Virtudes me ha hecho ver que estamos hechos para el cielo. Yo siempre le decía: 'me das envidia'. Ahora veo que todo cobra sentido si vives la vida de esta manera. Y, una muerte así no se improvisa en el último momento... si no es fruto de una vida de intimidad con Dios y sostenida por la fe".

"Sor Virtudes nos enseñó cómo nuestra propia vida predica sin necesidad de muchas palabras. Es la forma a la que estamos todos llamados a morir. Yo siempre le decía: 'muriendo así, nos lo estás poniendo muy complicado'. Porque ha muerto de una manera tan elegante, tan serena, tan pacífica... No podemos dejarnos llevar por la tristeza. Ella está ahora feliz, ha cumplido su meta, y por eso celebramos su funeral como una auténtica boda, porque era lo que correspondía", concluye sor Teresa de Jesús.

***A Sor Virtudes, con cariño, a la que tuve la suerte de conocer de cerca y de la que siempre me impresionó su fe, esperanza y caridad. Una de las últimas veces que la vi, con 88 años, todavía quería renovar el carnet de conducir 'para poder servir mejor a su comunidad'. Descansa en paz, hermana, y disfruta del Gran Monasterio... ¡que te lo has ganado!

Sor Virtudes González González O.P.

Natural de Santa Bárbara (Asturias), era la segunda de 5 hermanos. Nacida el 22 de marzo de 1937 quedó huérfana de madre en la adolescencia y unos meses después se enfrentó la muerte de su hermana mayor, haciéndose cargo del resto de sus hermanos. En Sotrondio conoció a las dominicas y fue descubriendo su carisma. Ingresó como monja de la Orden de Predicadores en 1957 y falleció 69 años después, en la mañana del lunes 23 de febrero de 2026, siendo subpriora del Monasterio de Santo Domingo de Caleruega (Burgos, España), cuna de Santo Domingo de Guzmán.

lunes, 2 de marzo de 2026

El P. Francisco Torres sobre las nuevas consagraciones FSSPX


La visita del Papa. Por Guillermo Juan Morado


(La puerta de Damasco) El Vaticano ha confirmado la visita de León XIV a España del 6 al 12 de junio de 2026. Estará en Madrid, en Barcelona y en las Islas Canarias. Este acontecimiento es destacable tanto por el visitante como por el país visitado. El papa, por su oficio, representa a la totalidad de la Iglesia, ya que es el pastor universal de la misma. Como obispo de Roma y Sucesor de Pedro, es el nexo visible de unión de todos los católicos y el signo de continuidad con la tradición que proviene de Jesucristo a través de los apóstoles. España, por su parte, es una nación estrechamente vinculada al catolicismo. Sin esa referencia, no se puede entender su historia, su patrimonio artístico y su misma identidad cultural.

El papa Juan Pablo II viajó a España en cinco ocasiones. La primera de ellas tuvo lugar del 31 de octubre al 9 de noviembre de 1982. Visitó Madrid, Ávila – se celebraba el IV centenario de la muerte de santa Teresa de Jesús -, Alba de Tormes, Salamanca, Guadalupe, Toledo, Segovia – donde rezó ante el sepulcro de san Juan de la Cruz -, Sevilla – con la beatificación de sor Ángela de la Cruz-, Granada, Loyola, Javier, Zaragoza, Montserrat, Barcelona, Valencia, la Ribera del Júcar – afectada por las inundaciones – y, finalmente, Santiago de Compostela, en cuya catedral se desarrolló un memorable “Acto europeo”. En las diferentes etapas, el ambiente era de entusiasmo, con una enorme concurrencia de fieles.

El segundo viaje se celebró del 10 al 12 de octubre de 1984 y consistió en una escala en Zaragoza de camino a Santo Domingo y Puerto Rico, en el contexto de la preparación del V centenario del descubrimiento y la evangelización de América. Del 19 al 21 de agosto de 1989, visitó Santiago de Compostela y Asturias, con motivo de la IV Jornada Mundial de la Juventud. Del 12 al 17 de junio de 1993, Juan Pablo II volvió a estar en España: en Sevilla, para clausurar el XLV Congreso Eucarístico Internacional, en Huelva – con una celebración mariana en El Rocío – y en Madrid, donde consagró la catedral de la Almudena. El último de sus viajes a España abarcó el 3 y el 4 de mayo de 2003. Se encontró con los jóvenes en la Base Aérea de Cuatro Vientos y canonizó, en la Plaza de Colón, a san Pedro Poveda, san José María Rubio, santa Genoveva Torres, santa Ángela de la Cruz y santa Maravillas de Jesús.

Benedicto XVI vino a España tres veces. La primera vez a Valencia, del 8 al 9 de julio de 2006, por el V Encuentro Mundial de las Familias. La segunda vez, del 6 al 7 de noviembre de 2010, visitó la catedral de Santiago de Compostela, celebrando la misa en la Plaza del Obradoiro con ocasión del Año Santo Compostelano y, al día siguiente, dedicó en Barcelona la iglesia de la Sagrada Familia y consagró el altar. Por último, del 18 al 21 de agosto de 2011 participó, en Madrid, en la XXVI Jornada Mundial de la Juventud. La imagen serena de Benedicto XVI en la vigilia de Cuatro Vientos adorando, junto a la multitud de jóvenes, al Santísimo Sacramento expuesto en la custodia de Arfe, a pesar de la tormenta de lluvia y viento que se había desatado, quedó impresa en la memoria de muchos.

León XIV vendrá a una España muy diferente de la que acogió a Juan Pablo II en 1982. La sociedad ha cambiado y la Iglesia en España también lo ha hecho. Es una Iglesia mucho más humilde, más reducida numéricamente, pero no deja de formar parte del siempre “pequeño rebaño” que es la Iglesia de Jesucristo. Previsiblemente, en Madrid sobresaldrá el aspecto más institucional del viaje – el papa es el soberano del Estado de la Ciudad del Vaticano -; en Barcelona destacará la alianza entre arte y santidad, al acudir a la Sagrada Familia en el centenario de la muerte de Antonio Gaudí; y, en Tenerife y Gran Canaria, el papa incidirá en la necesaria generosidad y hospitalidad que se debe practicar con los migrantes y refugiados.

domingo, 1 de marzo de 2026

''Subió con ellos aparte a un monte alto'. Por Joaquín Manuel Serrano Vila


Celebramos el día del Señor en este II domingo de Cuaresma, avanzamos en la senda cuaresmal sin perder de vista que no es simplemente dejar que los días del calendario pasen; necesitamos ponernos en camino, el cual comienza en nuestro interior. Según avanzamos tomamos conciencia que tampoco es sencillo, que a veces parece que los pies se nos han quedado pegados al suelo y nos cuesta romper con nuestras rutinas, inercias, comodidades, manías y seguridades. Ante esto nos sale al paso San Pablo en su Segunda Carta a Timoteo, donde les dice y nos dice también a nosotros: ''Toma parte en los padecimientos por el Evangelio, según la fuerza de Dios''. La pasión por el evangelio, por Jesucristo, por su verdad, es lo único que puede despertarnos, convencernos de que este es un tiempo de gracia, el tiempo ideal para darnos cuenta de que nunca alcanzaremos a Cristo ni seremos totalmente suyos si no renunciamos a la mediocridad del pecado. Así de directo nos lo dice el Apóstol: ''Él nos salvó y nos llamó con una vocación santa''. Cada cual recibimos del Señor una vocación específica, pero una misma misión, como es la de anunciar el evangelio. Y el evangelio no vale anunciarlo de cualquier manera; es un tesoro al que solo daremos valor cuando empecemos predicándolo desde la propia coherencia de vida. Hay muchas personas que viven "en tinieblas y en sombra de muerte", y la única luz que puede salvarles y darles vida ya aquí en este mundo es descubrir a Jesucristo, su palabra, y alimento.

La primera lectura del Libro del Génesis nos presenta la vocación de Abrahán, un pasaje que nos viene muy bien en este 1 de marzo en que la Iglesia celebra el Día de Hispanoamérica. Con el apoyo de la Comisión Episcopal para las Misiones y Cooperación de las Iglesias, esta Jornada tiene el objetivo de poner en valor la presencia de la Iglesia en América, y los vínculos con esta vieja Europa que hoy mantiene tantas de sus comunidades parroquiales y religiosas gracias a la generosidad de entrega de estos pueblos hermanos. Son muchos los que están entre nosotros: los rostros de nuestras celebraciones, de nuestros conventos de clausura, seminarios o noviciados, son un testimonio de que vosotros -como nosotros un día- no habéis dicho no a salir de vuestra tierra, de vuestra patria, y así confiados en el Altísimo os habéis dejado sorprender por Él en esta tierra nueva que os ha mostrado y a la que habéis llegado probablemente sin que nunca hubiera estado en vuestros cálculos. Gracias por haber puesto vuestra confianza en el Señor. Él no nos abandona nunca, cumple siempre su promesa, y nos bendice. El Salmista, por su parte, responde a esa marcha de Abrahán, que es la marcha de cada uno de nosotros hacia el mañana desconocido con esa súplica sincera: ''Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti''

El evangelio de este día tomado del capítulo 17 de San Mateo, desarrolla la famosa escena de la subida de Jesús al monte Tabor junto con Pedro, Santiago y Juan. Vemos que el Señor hace un alto en el camino y se lleva consigo a la cima de una montaña sólo a tres de sus doce discípulos. La primera idea que hemos de tener clara es que caminaban al mismo sitio que nosotros: a Jerusalén, hacia la Pascua... Este hecho, que celebramos en agosto y que es el día grande de nuestra Catedral la tenemos muy asumida en nuestro vocabulario. Este episodio expone toda una muestra del amor de Dios. Los discípulos no se enteraron en aquel momento de nada -como tantas veces no ocurre a nosotros escuchando su palabra- se quedaron simplemente en que estaban bien, a gusto, felices... Pero Jesús les estaba preparando en todos los sentidos; es, por así decirlo, como cuando un niño tiene dudas de si ver una película o nó (pues a los niños no les gustan lo finales tristes) y su madre o su padre les tranquilizan: ''esa puedes verla que no es de pena''. Esto es lo que hace Jesús: se transfigura ante ellos, les muestra cómo va ser el final; es decir, su glorificación. Pero Jesús no lo hace en privado, lo hace ante testigos, de modo que no sólo se da la transfiguración de lo humano en lo divino, sino que también de algún modo, lo divino se humaniza. Alguna vez ya os comenté lo significativo de los tres discípulos que Jesús elige para acompañarle: Pedro, que será el primero en negarle; Juan que será el único que no le abandone en la cruz; y Santiago, que será el primero en morir mártir por su Maestro. Y también hay otro detalle muy hermoso: el valor de la montaña como lugar de encuentro del hombre con Dios, que aquí cobra todo su valor. Jesús sube al monte Tabor cuando se dirige al monte Calvario, pero también tenemos a Moisés y a Elías, los profetas del Antiguo Testamento, los cuales también vivieron su particular experiencia de Dios en la montaña: el Carmelo y el Sinaí. 

También nosotros hoy, en esta Cuaresma, somos llamados a ser transfigurados. Este segundo domingo quiere ser un alto en el camino, una bocanada de aire para seguir nuestra marcha hacia la noche pascual. Somos llamados a subir al monte del Señor, a buscarle, a contemplarle, a quedarnos en oración, a preguntarle cuál es su voluntad... Subir al Tabor no requiere de calzado especial, ni de mochila, ni brújula... Nuestro Tabor es el Sagrario, ahí es donde siempre hay sitio para gastar unos minutos o unas horas, y todo el que descubre esta joya de la oración ante Jesús Sacramentado termina diciendo exactamente lo mismo que los discípulos al Señor: ¡qué bueno es que estemos aquí!... El Señor en el Monte se nos ha revelado como el Hijo amado del Padre, como la luz que supera toda luz. Los discípulos se quedaron extasiados, ya no pensaban en continuar el viaje, ya no querían descender de la montaña, sino que ya hablaban de hacer tiendas y quedarse allí con Él. Pero la vida no puede quedarse en momentos de comodidad, hay que bajar de la montaña y volver a ponerse en camino hacia la Jerusalén del Cielo sin miedo a la cruz, pues de ésta es redentora y de ella brotará la gloria. 

sábado, 28 de febrero de 2026

Evangelio Domingo II de Cuaresma

Lectura del santo evangelio según san Mateo 17, 1-9

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y subió con ellos aparte a un monte alto.

Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz.

De repente se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él.

Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús:
«Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías».

Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y una voz desde la nube decía:
«Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo».

Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto.

Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo:
«Levantaos, no temáis».

Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo.

Cuando bajaban del monte, Jesús les mandó:
«No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos».

Palabra del Señor