viernes, 9 de octubre de 2026

9 de Octubre: Santos Mártires de Turón



Los Mártires de Turón: Educadores y Testigos de Fe en la Cuenca Minera

Los Mártires de Turón son un grupo de ocho Hermanos de las Escuelas Cristianas (La Salle) y un sacerdote Pasionista que fueron asesinados por odio a la fe en la localidad asturiana de Turón, España, el 9 de octubre de 1934. Su ejecución se enmarcó dentro de los violentos sucesos de la Revolución de Asturias. Están considerados históricamente por la Iglesia católica como los primeros santos mártires de la persecución religiosa del siglo XX en España. 

Contexto Histórico y Misión Educativa

A comienzos de la década de 1930, la cuenca minera asturiana atravesaba un ambiente de profunda agitación política y social. En el pueblo de Turón (Mieres), los Hermanos de La Salle dirigían el colegio Nuestra Señora de Covadonga, una escuela donde ofrecían educación gratuita a los hijos de los mineros de la zona. 

A pesar de que su labor era estrictamente educativa y de asistencia social, las leyes de la Segunda República y la posterior radicalización local pusieron el foco sobre las congregaciones religiosas. El grupo que habitaba la comunidad era notablemente joven: cuatro de los hermanos no alcanzaban los 26 años de edad, y la gran mayoría llevaba apenas unos meses destinados en la región. 

El Arresto y el Martirio

El 5 de octubre de 1934, un grupo de revolucionarios armados asaltó el colegio bajo el pretexto de buscar armas ocultas. En ese momento se encontraba también en la casa el Padre Inocencio de la Inmaculada, un sacerdote pasionista que había viajado hasta Turón para confesar a los estudiantes y oficiar la misa de los primeros viernes de mes. 

Todos los religiosos fueron detenidos ilegalmente y conducidos a la "Casa del Pueblo" local, reconvertida temporalmente en centro de detención. Tras cuatro días de cautiverio, en la madrugada del 9 de octubre de 1934, los nueve prisioneros fueron trasladados en secreto al cementerio de Turón. Allí, frente a una fosa común previamente excavada, fueron fusilados. Los testimonios históricos de los propios ejecutores destacaron la serenidad, entereza y actitud de oración con la que los religiosos afrontaron sus últimos instantes. 

Quiénes eran los Nueve Mártires

El grupo estaba compuesto por las siguientes figuras:

San Cirilo Beltrán (46 años): Director de la comunidad escolar.
San Marciano José (33 años): Hermano lasaliano.
San Julián Alfredo (31 años): Hermano lasaliano.
San Victorino Pío (29 años): Hermano lasaliano.
San Benjamín Julián (25 años): Hermano lasaliano.
San Augusto Andrés (24 años): Hermano lasaliano.
San Benito de Jesús (23 años): Hermano lasaliano.
San Aniceto Adolfo (22 años): El hermano más joven del grupo.
San Inocencio de la Inmaculada (47 años): Sacerdote pasionista accidentalmente presente. 

Nota de interés geográfico: Entre ellos se encontraba el Hermano Benito de Jesús (nacido como Héctor Valdivielso Sáez), quien había nacido en Buenos Aires, Argentina. Debido a esto, se convirtió históricamente en el primer santo nacido en suelo argentino. 

Reconocimiento y Legado

La causa de canonización avanzó de manera significativa tras la validación de la curación milagrosa de Rafaela Bravo Jirón, una joven nicaragüense que sanó inexplicablemente de un cáncer terminal tras encomendarse a la intercesión de los religiosos. Fueron beatificados por el Papa Juan Pablo II el 29 de abril de 1990. El mismo pontífice los proclamó santos de la Iglesia Universal el 21 de noviembre de 1999 en la Ciudad del Vaticano. 

En la actualidad, las reliquias de los Mártires de Turón reposan en Bujedo (Burgos), y también en una urna dentro de la parroquia de San Martín de Turón, lugar que sigue recibiendo peregrinaciones anuales cada 9 de octubre para conmemorar su festividad litúrgica como un símbolo de entrega educativa, perdón y reconciliación. 

Necrológica

Falleció el sacerdote diocesano D. Antonio Moretón Puig

Nació en Béjar, Provincia de Salamanca y Diócesis de Plasencia, el 3 de enero de 1931

Ingresó muy joven en la Pía Sociedad de San Francisco de Sales (Salesianos), en cuya Congregación se formó, profesó y recibió la ordenación sacerdotal el 24 de junio de 1959. Fue destinado por sus superiores a Asturias donde ejerció su vocación de educador en las comunidades de Tudela Veguín (Oviedo) y Llaranes (Avilés). 

En el año 1977 decide abandonar la Congregación Salesiana para incorporarse al presbiterio diocesano de Oviedo.

En la Archidiócesis de Oviedo recibió las siguientes encomiendas:

Ecónomo de San Mamés de Tebongo y encargado de San Pedro de Coliema, San Juan de Porley, Santa María de Maganes, San Martín de Sierra y Santa María de Jarceley - Cangas de Narcea (1977 - 2018)

Encargado de Santa María de Brañas de Llamas (filial de San Martín de Sierra) - Cangas de Narcea (1977 - 2012)

Administrador Parroquial de Santa Eulalia de Sorriba y Santa María de Arganza - Tineo (2003 - 2018)

Administrador Parroquial de San José de El Pozón - Tineo (2003 - 2004)

Miembro de la Comisión de Sacerdotes para la Economía Diocesana (1978 - 1985) y (1988 - 1994)

Miembro elegido del Consejo Presbiteral (2003 - 2019)

 Administrador Parroquial de San Andrés de Pola de Allande, San José de Bustantigo, Santa María de Celón, Santiago de Linares, San Clemente de Lomés, San Martín de Villagrufe, San Juan de Villaverde, San Cipriano de Villavaser y Santiago de Villar de Sapos  (2005 - 2006)

Realizó una gran labor de apostolado en esta zona rural del Suroccidente asturiano donde se ganó el respeto, cariño y el corazón de todos su feligreses. No había casa que cerrara la puerta a Don Antonio, o que no le invitara a un café si se lo encontraban por Cangas haciendo "recados".

Hombre sencillo y bueno, nunca aspiró a nada ni criticó a nadie, sino que fue brazos abiertos para todo el que a él acudía. Trabajador incansable, restauró prácticamente todas sus parroquias y capillas de su encomienda, a no ser la de Jarceley, donde "Patrimonio" a pesar de la necesidad, nunca dejó tocar nada.

Con muchos años ya a sus espaldas tuvo que presenciar el derrumbe de la Iglesia de Arganza en 2007 en la que los vecinos -y el Arcipreste de entonces da fe- aseguran que Don Antonio se coló entre los escombros para rescatar el Santísimo y otras piezas de valor religioso. En octubre de 2010 se consagró el nuevo templo en el que el buen cura había puesto toda su capacidad y empeño.

Fue también profesor de religión en el Instituto de Pola de Allande.

En el año 2018 pasó a la situación de jubilado, quedándose en Cangas del Narcea como adscrito a la Basílica de Santa María Magdalena, residiendo en la casa rectoral de Coliema hasta el año 2021. Empeorada su salud pasó a residir en la Casa Sacerdotal de Oviedo donde ha vivido los últimos años de su vida sufriendo un gran deterioro cognitivo y físico. Falleció en el Hospital Monte Naranco de Oviedo en el día de hoy. Tenía 95 años de edad, y 67 de ministerio sacerdotal. 

D. E. P.

Este sábado 10 de octubre, a las diez de la mañana, se celebrará el funeral por su eterno descanso, presidido por el Sr. Arzobispo. A continuación sus restos mortales serán incinerados. La capilla ardiente estará instalada en la Capilla de Altares de la Casa Sacerdotal de Oviedo. 

«En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no, os lo habría dicho, porque me voy a prepararos un lugar» (Jn 14, 2)

jueves, 8 de octubre de 2026

«En el Rosario está cifrada la salvación de tu patria». Por Mons. Alberto José González Chaves

«Antonio, predica sin cesar mi Rosario; en él está cifrada la salvación de tu patria».

No he encontrado estas palabras de la Santísima Virgen a San Antonio María Claret en la Autobiografía del santo, mas no parecen una invención piadosa. La referencia más antigua que he podido localizar hasta ahora —ojalá algún claretiano ofrezca otra más documentada— se encuentra en 1920, catorce años antes de su beatificación, en la obra del dominico fray Paulino Álvarez, Santos, Bienaventurados, Venerables de la Orden de los Predicadores. Álvarez refiere que Claret se encontraba en Madrid y que la Virgen ya le había hablado varias veces de la necesidad de predicar el Rosario. Una noche se le habría aparecido acompañada de Santo Domingo, mostrándole su Corazón, y le habría dirigido aquellas palabras. Claret hizo pintar después una imagen conforme a aquella visión. Una relación posterior, publicada en 1926, añade a la escena la presencia de Santa Catalina de Siena. La edición crítica de los escritos de Claret reconoce que existió una comunicación anterior de la Virgen sobre esta misión rosariana que el santo no consignó por escrito. Si no podemos identificar sin más aquella comunicación con la frase transmitida por los biógrafos, tampoco podemos decir que ésta carezca de encaje en los testimonios autógrafos. Más bien sucede lo contrario.

«Serás el Domingo de estos tiempos»

El 9 de octubre de 1858, a las cuatro de la madrugada, según los dos autógrafos más próximos al acontecimiento, Claret anotó una comunicación: «La Santísima Virgen María me repitió lo que ya me tenía dicho otras veces: que yo había de ser el Domingo de estos tiempos en la propagación del Rosario». La propia edición crítica subraya el detalle decisivo: Claret no dejó escrito cuándo había recibido aquellas comunicaciones anteriores. La Autobiografía las colocó inicialmente en 1857, pero los manuscritos inmediatos permiten corregir la fecha a 1858.

No era, por tanto, una afición devocional privada. Claret creía haber recibido de la Virgen una verdadera misión apostólica: hacer en el siglo XIX algo semejante a lo que la tradición atribuía a Santo Domingo y después a Alano de Rupe. Por eso escribió inmediatamente sobre el Rosario. Y en El Santísimo Rosario explicado, publicado en 1864, llega a ponerse enteramente a disposición de María para esa tarea: «Ecce ego, mitte me», aquí estoy, envíame; y añade que se ofrece con alegría, aunque para propagarlo haya de pasar trabajos e incluso sufrir la muerte.

Siendo Antonio muy pequeño, recibió un Rosario «como si fuera la adquisición del mayor tesoro». Lo dirigía con los niños de la escuela; en casa lo rezaba con su familia y, trabajando en el telar, rezaba diariamente sus tres partes. El gran apóstol del Rosario comenzó siendo un niño con sus cuentas entre las manos.

Los males de España y tres remedios

Años después, esta misión mariana adquirió una dimensión expresamente relacionada con España. El 27 de agosto de 1861, en la iglesia del Rosario de La Granja, durante la bendición con el Santísimo después de la Misa, Claret dejó escrito que el Señor le hizo conocer «los tres grandes males que amenazan la España: el protestantismo, mejor dicho, la descatolización; la república y el comunismo». Y, frente a ellos, se le mostraron tres remedios: el Trisagio, el Santísimo Sacramento y el Rosario. Respecto de éste concreta: rezarlo todos los días, entero o al menos una parte, «meditando los misterios, aplicándolos a las costumbres propias».

Aquellas palabras deben leerse en el contexto atormentado de la España de 1861, pero la corrección de Claret conserva una impresionante actualidad. Dice «protestantismo» y enseguida parece buscar una palabra más honda: «mejor dicho, la descatolización». Ahí estaba el verdadero problema: más que una doctrina determinada, el lento desvanecimiento de la fe de un pueblo; el proceso por el cual Dios deja de contar en la inteligencia, en las costumbres, en las familias y finalmente en la vida pública. Y frente a una enfermedad que en su raíz es espiritual, Claret sabía que las armas exclusivamente humanas no bastaban.

«Sí, Antonio, haz lo que te dice mi Madre»

Todavía faltaba otra confirmación. El 6 de diciembre de 1862, a las seis y tres cuartos de la tarde, Claret anotó de su propia mano: «La Santísima Virgen María me dijo que yo había de propagar la devoción del Santísimo Rosario, como lo hizo el Venerable Alano de Rupe». Añade que la Virgen se lo dijo dos veces. Inmediatamente escuchó a Jesucristo: «Sí, Antonio, haz lo que te dice mi Madre». Y a las siete de aquella misma tarde María volvió a insistir: «Sí, Antonio, yo lo quiero. Yo lo quiero». Jesús añadió: «Ánimo, Antonio, ánimo».

De modo que la frase «en el Rosario está cifrada la salvación de tu patria» no aparece como tal en los autógrafos conservados, pero resume admirablemente una cadena documental indiscutible: la Virgen le había hablado anteriormente del Rosario; en 1858 le ordenó ser el «Domingo de estos tiempos»; en 1861 el Rosario aparece como uno de los remedios para los males de España; y en 1862 María vuelve a mandarle que lo propague, con la confirmación expresa de Cristo.

Claret no concebía el Rosario sólo como una piadosa costumbre: en sus escritos lo llama medio eficaz frente a las necesidades espirituales y afirma que mediante esta devoción se había encontrado remedio incluso en «las necesidades públicas de guerras, pestes, hambres y otras calamidades». Lo consideraba un medio sencillo y poderoso para combatir la ignorancia y el error, precisamente porque introduce al cristiano, misterio tras misterio, en la escuela de Jesucristo.

Los nuevos Lepantos

El 7 de octubre de 1571, mientras se libraba la batalla decisiva de Lepanto, San Pío V había convocado a la oración del Rosario. Porque la victoria quedó ligada en la conciencia cristiana a la intercesión de María, el Papa dominico instituyó la fiesta de Santa María de las Victorias, Auxilium christianorum, que después sería Nuestra Señora del Rosario.

Pero no todos los Lepantos se libran en el mar. Hay Lepantos silenciosos dentro de una familia, en el corazón de un hijo que se aleja de Dios, en la fidelidad de un matrimonio, en una vocación que vacila, en la perseverancia de un sacerdote, en la transmisión de la fe a la generación siguiente. Y hay también un gran combate por el alma de los pueblos, que se pierde mucho antes en las conciencias que en las instituciones. Frente a esas batallas sigue pareciendo ridículamente pequeña un arma formada por un crucifijo y unas cuentas. Precisamente por eso es tan de Dios.

Fátima vino a repetir la misma pedagogía. El 13 de mayo de 1917, Nossa Senhora no escogió a sabios ni a poderosos, sino a tres pastorinhos, pidiéndoles rezar cada día el terço, o «tercio», como llaman los portugueses a cada una de las tres partes del Rosario: «Rezem o Terço todos os dias, para alcançarem a paz para o mundo e o fim da guerra». En julio volvió a insistir: «Continuem a rezar o Terço todos os dias, em honra de Nossa Senhora do Rosário». Y el 13 de octubre se presentó sencillamente: «Eu sou a Senhora do Rosário».

Recuperar la sencillez del niño no es infantilismo. Rezar como un niño significa confiar como él. Tomar el Rosario sin pretender entender previamente todos los caminos de Dios; dejar que las avemarías acompasen la contemplación de Belén, Nazaret, el Calvario y la Pascua; rezarlo sin prisas, sin superstición, sin convertirlo en bandera partidista, sin avergonzarse de esperar mucho de él.

Claret, que fue un hombre de una actividad casi sobrehumana, sabía que antes de organizar había que rezar. Y Fátima, medio siglo después, puso el mismo Rosario en las manos de unos niños. Hoy los nuevos Lepantos deben librarse así: una familia que consigue reunirse a rezar unida cada noche; una madre que reza por el hijo que ha perdido la fe; un sacerdote que desgrana el Rosario después de una jornada agotadora; un enfermo que apenas puede ya pronunciar las avemarías; un niño que aprende de sus padres a pasar las cuentas entre los dedos. Nada espectacular ni ruidoso: ¡un Rosario! Del que María prometió a Claret: «Antonio, predica sin cesar mi Rosario; en él está cifrada la salvación de tu patria».

Solemne eucaristía en La Almudena con motivo del 50 Aniversario de la consagración episcopal del Cardenal Rouco Varela

(Religión confidencial) Con este motivo la archidiócesis ha convocado una solemne eucaristía de Acción de Gracias en la catedral de La Almudena. A las 12 del mediodía del sábado 31 de octubre, dará comienzo una celebración solamente en la catedral, de Acción de Gracias por el ministerio episcopal de quien fue arzobispo titular de la diócesis de Madrid durante veinte años.

Para conmemorar esta efeméride se barajaron varias posibilidades, entre ellas un homenaje al final de la misa en la Solemnidad de la Virgen de la Almudena, el próximo 9 de noviembre.

Al final, se ha decidido que haya una celebración especial a la que está invitado el clero y el pueblo cristiano de Madrid.

Asistirán sacerdotes y fieles procedentes de las diócesis de Santiago de Compostela, en la que el cardenal Rouco fue obispo auxiliar y arzobispo, y de su diócesis de origen, Mondoñedo-Ferrol.

Obispo de Santiago y cardenal

El Papa Pablo VI nombró a Antonio María Rouco Varela obispo auxiliar de Santiago de Compostela en 1976. El 31 de octubre de ese mismo año fue consagrado obispo en la seo Compostelana.

En 1984 fue nombrado arzobispo de la sede compostelana por el Papa Juan Pablo II. En 1994, fue promovido a arzobispo de Madrid. En ambas sedes, sucedió al cardenal Suquía.

El 18 de enero de 1998, Antonio María Rouco Varela fue nombrado cardenal, recibiendo el capelo cardenalicio de manos del Papa Juan Pablo II el 21 de febrero de ese mismo año.

Los 25 años

El 31 de octubre de 2001, con motivo de los 25 años, también se celebró una misa en la catedral de La Almudena, presidida por el cardenal arzobispo de Madrid y concelebrada por varios cardenales, numerosos arzobispos, obispos y sacerdotes de las diócesis de Madrid y Santiago de Compostela, entre otras.

En esas fechas, además, se organizó un ciclo de conferencias. El 5 de noviembre de 2001, el entonces obispo de Bilbao, monseñor Ricardo Blázquez, habló de “El Episcopado, servicio para los presbíteros”; el 7 de noviembre, el abad de Monserrat, José María Soler i Canals, disertó sobre “El Episcopado, servicio para la vida consagrada”.

El ciclo lo cerró el teólogo Olegario González de Cardenal, con una conferencia sobre “El Episcopado, servicio para los laicos”.

Jornada Mundial de la Juventud

El pasado 12 de agosto, como informó la prensa gallega, la parroquia de San Xoán Bautista de Carballo acogió un encuentro de fraternidad vinculado con motivo de la efeméride que se celebrará el día 31 de octubre, y de la memoria de la Jornada Mundial de la Juventud de 1989, en el que participó el arzobispo de Santiago, monseñor Francisco José Prieto, y el obispo de Lugo, monseñor Alfonso Carrasco.

El cardenal Rouco Varela, natural de Villalba, compartió una reflexión personal ante los dos acontecimientos próximos a ese día: su 90 cumpleaños, el 20 de agosto pasado, y el cincuentenario de su ordenación episcopal.

“Cincuenta años de una gracia de nuestro Señor desbordante”. Con estas palabras resumió el medio siglo transcurrido desde que recibió la ordenación episcopal. Al mirar atrás, reconoció la acción de Dios en su vida interior, en la salud y, sobre todo, en la posibilidad de haber servido a la Iglesia.

La persona de Cristo

Para el cardenal Rouco Varela, la misión de un obispo no puede separarse de la persona de Cristo. “El que sirve a la Iglesia o trata de hacerlo entregando la vida está sirviendo al Señor”, afirmó.

La Iglesia, explicó, permanece unida a Cristo, que es su cabeza, su maestro, su salvador y su sacerdote supremo. Por ello, el servicio eclesial es también una forma de entrega al Señor y, por medio de Él, a los hermanos.

Esa entrega alcanza a personas de toda condición y se dirige de un modo particular a quienes padecen dificultades materiales o espirituales. El cardenal situó así su ministerio dentro de las comunidades concretas a las que fue enviado.

miércoles, 7 de octubre de 2026

«La acedia. El demonio del mediodía. Recuperar la esperanza». Por el P. P. Roberto José Gutiérrez O.C.D.

 

7 de Octubre: Nuestra Señora del Rosario: la fiesta nacida de una victoria que cambió la historia de Europa

(Infovaticana) Cada 7 de octubre, la Iglesia honra a Nuestra Señora del Rosario y recuerda una de esas jornadas en las que la historia de la Cristiandad quedó inseparablemente unida a la oración. El origen de la fiesta conduce hasta el año 1571, cuando el avance otomano por el Mediterráneo amenazaba gravemente a la Europa cristiana y el papa san Pío V llamó a los fieles a implorar el auxilio de la Santísima Virgen mediante el rezo del Rosario.

Mientras la armada de la Santa Liga navegaba hacia el encuentro con la flota otomana, en Roma y en otros lugares de la Cristiandad se rezaba. El domingo 7 de octubre llegó finalmente el enfrentamiento en aguas griegas, cerca de Lepanto, y la victoria cristiana fue recibida como una gracia alcanzada por intercesión de Nuestra Señora.

San Pío V quiso que aquella ayuda no fuese olvidada cuando desapareciera el peligro inmediato. De su acción de gracias nació una celebración dedicada inicialmente a Nuestra Señora de la Victoria, que poco después quedaría vinculada al Rosario y que la Iglesia sigue celebrando más de cuatro siglos después.

Lepanto pertenece a la historia militar de Europa, pero para un católico su recuerdo no termina en las galeras, los comandantes y las estrategias. Aquel 7 de octubre recuerda también una verdad profundamente arraigada en la vida de la Iglesia: la oración puede intervenir realmente en la historia y la intercesión de la Madre de Dios no es un adorno piadoso de la fe cristiana.
Cuando la Cristiandad acudió a la Virgen

La Europa de 1571 llevaba más de un siglo contemplando el avance del Imperio otomano. Constantinopla había caído en 1453 y durante las décadas siguientes los turcos extendieron sus dominios por los Balcanes y el Mediterráneo oriental, mientras su poder naval amenazaba cada vez con mayor intensidad las posiciones cristianas.

La ofensiva contra Chipre, entonces bajo dominio veneciano, agravó la situación en 1570. Nicosia cayó y Famagusta quedó sometida a un largo asedio. San Pío V comprendía que las potencias cristianas difícilmente podrían responder por separado, pero conseguir que actuasen juntas era una empresa particularmente difícil. Entre ellas existían rivalidades políticas, intereses comerciales y viejos conflictos que obstaculizaban cualquier alianza.

El Papa perseveró hasta que, en mayo de 1571, quedó constituida la Santa Liga, formada principalmente por la Monarquía Hispánica, la República de Venecia y los Estados Pontificios, junto con otros participantes. El mando de la flota fue confiado a don Juan de Austria, hijo del emperador Carlos V y hermanastro de Felipe II.

Pío V, dominico y profundamente devoto de la Virgen, sabía, sin embargo, que la defensa de la Cristiandad no podía descansar únicamente sobre el número de barcos y soldados. Por eso acompañó los esfuerzos diplomáticos y militares con una llamada insistente a la oración y pidió de manera particular el rezo del Rosario.

La relación entre esta oración y Lepanto no fue una leyenda incorporada tardíamente al relato. Más de tres siglos después, León XIII recordaba en Supremi Apostolatus Officio cómo, mientras los soldados cristianos se preparaban para combatir, los fieles que permanecían lejos de la batalla invocaban a María mediante el Rosario y pedían su protección para quienes iban a enfrentarse a la flota otomana.

La Cristiandad combatía así de dos maneras distintas: unos empuñaban las armas y otros rezaban. San Pío V había pedido ambas cosas a quienes correspondía.
El domingo de Lepanto

Las dos flotas se encontraron el 7 de octubre de 1571, domingo, en el golfo de Patras. En las naves de la Santa Liga viajaban españoles, venecianos, genoveses, pontificios y hombres procedentes de otros territorios cristianos que habían dejado temporalmente a un lado sus diferencias para hacer frente a un peligro común.

La dimensión religiosa acompañó a los combatientes antes del enfrentamiento. Los capellanes atendieron a las tropas y se rezó a bordo de las naves antes de comenzar una batalla que se prolongaría durante horas y se convertiría en uno de los mayores enfrentamientos navales de la época.

Al terminar la jornada, la armada otomana había sufrido una derrota de enorme importancia. Numerosas galeras habían sido capturadas o destruidas y miles de cristianos que permanecían cautivos en ellas recuperaron la libertad. La noticia recorrió Europa y disipó la impresión de que el avance naval otomano era imposible de detener.

Lepanto no destruyó el Imperio otomano ni puso fin a todos los peligros que amenazaban a la Europa cristiana. Las guerras continuarían y el poder turco seguiría siendo formidable durante generaciones. Pero la victoria alteró el equilibrio psicológico y político del Mediterráneo y se convirtió inmediatamente en uno de los grandes acontecimientos de su tiempo.

Para san Pío V, además, la victoria exigía algo más que celebraciones humanas: exigía dar gracias.
La Iglesia quiso recordar quién había auxiliado a los cristianos

León XIII recordaría posteriormente que Pío V, deseoso de perpetuar la memoria de la gracia recibida, estableció una conmemoración en honor de Nuestra Señora de la Victoria. Su sucesor, Gregorio XIII, vincularía aquella celebración al título de Nuestra Señora del Rosario.

De este modo, la victoria de Lepanto comenzó a incorporarse a la vida litúrgica de la Iglesia. La fiesta se extendió progresivamente y durante siglos se celebró el primer domingo de octubre. Finalmente, la reforma del Breviario realizada por san Pío X en 1911 fijó su celebración el 7 de octubre, haciendo coincidir nuevamente la fiesta mariana con el aniversario exacto de la batalla.

La antigua liturgia romana conservó también expresamente la memoria de Lepanto. Durante generaciones, quienes rezaban el Oficio Divino en la fiesta del Rosario encontraban allí el recuerdo de la victoria obtenida durante el pontificado de san Pío V mediante el auxilio de la Santísima Virgen.

No era un detalle secundario. La liturgia enseñaba así a mirar la historia con ojos cristianos: los hombres actúan, combaten, gobiernan y toman decisiones verdaderas, pero por encima de la acción humana permanece la Providencia de Dios. Reconocerlo no disminuye el valor de quienes lucharon en Lepanto; coloca sus esfuerzos dentro de una realidad mayor.

Por eso la celebración que sobrevivió a la batalla no lleva el nombre de don Juan de Austria, ni el de España, Venecia o los Estados Pontificios. La Iglesia prefirió conservar aquella jornada bajo el nombre de la Virgen.
El Rosario en las horas difíciles

La enseñanza de Lepanto tampoco quedó confinada al siglo XVI. Cuando León XIII quiso devolver un lugar central al Rosario en la vida de los católicos, acudió precisamente al ejemplo de san Pío V.

En Supremi Apostolatus Officio, publicada en 1883, recordó la victoria de 1571 al exhortar nuevamente a la Iglesia a buscar el auxilio de la Virgen mediante esta oración. Durante los años siguientes dedicaría numerosos documentos al Rosario y contribuiría decisivamente a consolidar octubre como el mes especialmente consagrado a esta devoción.

No era nostalgia histórica. León XIII estaba convencido de que aquello que había hecho la Iglesia ante los peligros del siglo XVI seguía siendo válido ante las pruebas de su propio tiempo. Cambiaban las amenazas y las circunstancias, pero no la necesidad del auxilio divino ni el poder de la intercesión de María.

Otros pontífices continuaron recomendando la misma práctica. Pío XI, por ejemplo, pidió en 1937 que durante octubre el Rosario fuese rezado con particular fervor en las iglesias y en los hogares cristianos.

De este modo, Lepanto quedó unido a una enseñanza que trasciende cualquier batalla: cuando llegan tiempos difíciles, el católico no desprecia los medios humanos ni renuncia a cumplir sus deberes, pero sabe que éstos no agotan la realidad. También reza, pide la ayuda de Dios y acude a la intercesión de su Madre.
Una victoria convertida en acción de gracias

Han pasado 455 años desde aquel domingo. El mundo de san Pío V y don Juan de Austria desapareció hace mucho tiempo; las potencias que combatieron en Lepanto cambiaron, las fronteras fueron trazadas de nuevo innumerables veces y las galeras terminaron convertidas en piezas de museo.

Nuestra Señora del Rosario, en cambio, continúa teniendo su fiesta cada 7 de octubre.

La permanencia de esta celebración dice mucho sobre la manera católica de conservar la memoria. Lepanto fue una gran victoria militar, pero la Iglesia no quiso limitar su recuerdo al valor de los combatientes ni a la habilidad de sus comandantes. Vio también las oraciones elevadas lejos del campo de batalla y reconoció el auxilio recibido por intercesión de la Virgen.

Por eso, siglos después, los católicos siguen haciendo el 7 de octubre aquello que hicieron sus antepasados mientras la suerte de Lepanto todavía era incierta: tomar entre sus manos las cuentas del Rosario y recorrer, junto a María, los misterios de la vida de su Hijo.

Ahí está la herencia más profunda de aquella jornada. Una victoria que cambió la historia de Europa terminó convertida por la Iglesia en una fiesta de gratitud a la Madre de Dios: Nuestra Señora del Rosario.

martes, 6 de octubre de 2026

La conciencia de lo sagrado. Por Juan Manuel de Prada

El odio es una pasión que actúa a modo de reflejo manifiesto de algo que permanece oculto en los repliegues de nuestra alma. De ahí que el odio religioso sea el más habitual –y el más pujante– de todos los odios: puesto que el ser humano es, por naturaleza, un ser religioso, la represión de su identidad religiosa azuza el odio; o cuando menos un sentimiento de pesadumbre íntima que se suele mitigar abrazando los más diversos sucedáneos idolátricos: utopías ideológicas, afanes mundanos, concupiscencias plutónicas o venéreas, etcétera.

Con frecuencia, tales placebos logran hacer creer al hombre que la represión de su identidad religiosa es auténtica “indiferencia”; pero a veces también ocurre que tales placebos idolátricos enardecen su odio religioso: así ha sucedido siempre, en los sucesivos ocasos de la Historia, y así sucede hoy, aunque las utopías políticas en boga se emperifollen de “libertad religiosa”.

Para derruir una cruz o profanar una iglesia es preciso odiar algo que, en lo más secreto de nuestras entretelas, forma parte de nosotros; hace falta –como diría la Epístola de Santiago– “creer y temblar”. Pues alguien que, simplemente, fuese ­descreído no sentiría irritación alguna ante una cruz, ni querría despelotarse ante un sagrario; le parecerían objetos tan triviales o absurdos como a mí me lo parecen los amuletos o las estatuillas de Buda.

Es cierto que las idolatrías sustitutorias en boga pueden travestirse, mediante una suerte de “coraza civilizatoria”, de indiferentismo religioso; y que muchos forofos de tal o cual utopía ideológica, afán mundano o concupiscencia plutónica logran pasar ante una iglesia fingiendo que no se inmutan. Pero no es menos cierto que, con frecuencia, tales idolatrías sustitutorias no hacen sino hurgar en la llaga abierta del odio religioso. Para arrancar la cruz de la cima de una montaña o quitarse el sostén ante un sagrario es preciso “creer y temblar”, es preciso ser un creyente invertido. Ni siquiera podemos confundir estas reacciones con actos de mera “barbarie”, pues el salvaje actúa de forma instintiva o impulsiva; y quienes perpetran estas irreverencias y profanaciones lo hacen muy calculadamente, en volandas de consignas ideológicas, azuzados (o siquiera jaleados) por las biliosas alfalfas que les suministraron en los medios de cretinización de masas y en las aulas académicas. Es, pura y simplemente, odium fidei, salpimentado con su dosis azufrosa de utopía ideológica en boga.

Pero el caso es que este tipo de profanaciones empieza a hacerse frecuente en nuestro Occidente terminal. Y aquí deberíamos preguntarnos si el caldo de cultivo que las alimenta no será la falta de ardor de los creyentes, la tibieza de nuestra fe, la languidez de nuestras devociones. El ultraje de lo sagrado sólo adquiere su plena dimensión monstruosa cuando se tiene conciencia de lo que significa lo sagrado.

En este sentido, el odiador que arranca la cruz de la cima de un monte o la odiadora que se despelota en una iglesia tienen mucha más conciencia de lo sagrado que muchos creyentes rutinarios que pasan ante el sagrario como quien pasa ante un armatoste, o que se quedan como estafermos en la consagración, o que comulgan de forma frívola e indigna. Y mucha más conciencia también, por cierto, que los prelados que permiten que muchedumbres de turistas estivales se paseen en pantalón corto por las iglesias, como se pasearían por una verbena de pueblo o una feria de productos agropecuarios. Esta pérdida del significado de lo sagrado entre los propios creyentes es un triunfo mucho más jubiloso para los que “creen y tiemblan” que todas las irreverencias y profanaciones de los exaltados.

Publicado en el número 81 de la revista Misión.