
(Lne/ Pablo Tuñón) De verbo directo y convicciones firmes, Jesús Sanz Montes no rehúye de ningún frente. El arzobispo de Oviedo defiende sus posiciones sobre la inmigración y el papel público de la Iglesia, aborda las relaciones con los dirigentes políticos asturianos y analiza el futuro de las parroquias, el papel de las mujeres y las vocaciones. También deja espacio para la autocrítica.
Va camino de diecisiete años al frente de la Iglesia asturiana. ¿Qué es lo que más le preocupa hoy de esta tierra y de sus habitantes?
Me preocupa lo mismo que a cualquier ciudadano: las personas que todavía no han podido empezar a trabajar o que pierden prematuramente su empleo; las listas de espera, a veces interminables, de quienes necesitan una prestación médica; el futuro de nuestros niños y jóvenes cuando el horizonte se vuelve turbio; la serenidad de nuestros mayores, enfermos o ancianos, cuando ven peligrar su estabilidad en el tramo final de su vida. También me preocupa la enseñanza cuando, en lugar de entenderse como un acompañamiento educativo, se convierte en un arma arrojadiza desde cualquier ideología. Pero también encuentro motivos de esperanza cuando veo personas que no han tirado la toalla, que siguen luchando y tienen razones para construir una sociedad mejor que la que estamos heredando.
Entre esas preocupaciones estará también la vivienda... ¿Cómo puede contribuir la Iglesia?
Siempre he dicho que la solidaridad es una versión laica de la caridad cristiana. La caridad, si no es solidaria, no es caridad. Y la solidaridad, si no tiene caridad, puede terminar convirtiéndose en una ideología. Jesús tiene palabras en el Evangelio sobre la acogida al extranjero y a quien no tiene techo. Son palabras que comprometen a los cristianos y que mantienen toda su vigencia. Ahora bien, la solidaridad que abre una casa y acoge a un extranjero no significa que todo el mundo pueda caber en ella. Yo dije que no todos caben porque los espacios son limitados. Y, dentro de ese "no todos caben", quizás tampoco todos sean bienvenidos. Si vienen huyendo de hambrunas, injusticias, dictaduras o riesgos para sus vidas, habrá que ensancharse para dar cabida a esas personas. Pero si vienen con delitos de sangre a sus espaldas, con violaciones o con pretensiones radicales que pueden ser incluso terroristas, es mejor que no entren. Son bienvenidos quienes se integran y a quienes podemos acoger dignamente. No se trata solamente de abrir las puertas, sino de ofrecer un futuro de trabajo, vivienda y escolarización, siempre que exista una integración en nuestra sociedad.
Sus declaraciones sobre la inmigración y lo sucedido en Ceuta fueron muy polémicas. ¿Cree que pudo resultar hiriente emplear algún término como "morito"?
El término "morito" lo tuve que explicar incluso a algún compañero. La palabra "moro" procede del griego "mauros", que significa oscuro. En su origen es descriptiva, no un apelativo despectivo o humillante. Decir "morito", como decir "asturianín" o "españolito", no tiene más intención ni significado. Otra cosa es que se quiera retorcer el significado o se ignore la etimología, que es lo que creo que sucedió.
Pero tres de cada cuatro hogares atendidos por Cáritas en Asturias estaban formados por personas migrantes. ¿Cree que en Cáritas comparten plenamente sus posiciones?
Cuando he explicado lo que acabo de explicar, algunos me han dicho que eso no lo sabían, que no entendían por qué se les había contado una cosa distinta de lo que realmente había dicho. Mi relación con Cáritas es excelente, como no puede ser de otra manera, y existe un acompañamiento responsable por mi parte. Cáritas es la expresión más amable de la solicitud de la Iglesia. Es uno de los tres pilares que permiten reconocer a una comunidad cristiana: la liturgia, la formación y la atención a quienes están necesitados. Y esa atención va mucho más allá de un ropero o de una campaña de recogida de alimentos. Hay muchas realidades educativas y sociales que permiten acoger responsablemente a quienes llaman a nuestra puerta.
El papa León XIV pidió prestar especial atención a los menores migrantes. ¿Cómo trasladaría ese mensaje a Ceuta?
Yo estaba en Canarias cuando el Papa tuvo ese gesto precioso de dirigirse a las personas que llegaban en cayucos, algo que ya había querido hacer Francisco y que no pudo llevar a cabo por sus problemas de salud. Les dedicó palabras muy cariñosas y acogedoras, pero también exigentes. Venía a decir que hay que acogerlos, pero que ellos también tienen que dejarse acoger. Hay que abrir nuestras puertas en la medida de nuestras posibilidades y ellos también tienen que saber integrarse. De lo contrario, no estamos hablando de una razonable acogida cristiana, sino de una invasión que estamos sufriendo. Ceuta tiene unos 80.000 habitantes. Si de pronto entrase una cantidad equivalente de personas, se romperían las costuras de esa pequeña ciudad. ¿Por qué entran? ¿Por dónde? ¿Qué hay detrás? Son preguntas que llevan meses presentes en el debate político y que todavía no se han resuelto.
¿Qué habría que hacer con los inmigrantes irregulares que aún permanecen en Ceuta?
Entiendo que quienes han entrado indebidamente deberían regresar a sus lugares de procedencia. Una invasión es un forzamiento de una realidad. Podemos compararlo con una casa. Cuando alguien llama a tu puerta y te explica que tiene un problema y necesita ayuda, lo escuchas, lo acoges y, si puedes, lo ayudas. Pero es muy distinto que alguien dé una patada a tu puerta, se instale en tu casa y, además, en ocasiones, cometa fechorías. A esas personas hay que invitarlas, de la mejor manera posible, a que salgan por donde entraron y a que, si quieren beneficiarse de nuestra buena voluntad y de nuestra caridad cristiana, lo planteen de otra manera. Ceuta ha sido históricamente un ejemplo de multiculturalidad, de tolerancia y de convivencia entre culturas y religiones diferentes.
Hace unos días aseguró en el Senado que "hago política siempre que puedo". ¿Pero dónde está la frontera que no debe cruzar un arzobispo?
Agradecí inmensamente la invitación al Senado, una de las instituciones que representan la soberanía popular de nuestra nación. El debate de fondo era si Dios puede estar presente en nuestra sociedad o si debe considerarse un intruso al que hay que expulsar. En ese contexto dije que hago política siempre que puedo. Y añadí: "No hago partido, hago política". La palabra política viene del griego "polis", que significa ciudad. Como ciudadano, me siento llamado a construir respetuosamente esa ciudad y no renuncio a ello. No lo hago desde un programa político, porque no milito en ningún partido, sino desde unos valores a los que no puedo ni debo renunciar: la paz, la convivencia, la verdad, la libertad, la vida y la familia. Son valores que nos recuerdan determinadas líneas rojas que no deberían traspasarse. Cuando basas tu aportación en la mentira, de ahí saldrá una mala política que intentará engañarnos. Tampoco podemos utilizar la historia de un pueblo como un arma para reabrir heridas que estaban cicatrizadas, sencillamente para jalear el ambiente y volver a enfrentar a una sociedad. En España tenemos experiencia de lo que eso puede significar.
¿Le preocupa la polarización? Hay quien podría decirle que usted también contribuye a ella.
La polarización siempre es preocupante. Es una mirada corta y mezquina, la de quien se queda en uno de los polos, omitiendo o incluso destruyendo el resto de la realidad. La vida es mucho más que un polo, tiene muchos matices. No es ni blanca ni negra, ni tampoco de un gris incoloro, sino que tiene una amplia gama cromática que debemos contemplar con inteligencia. La polarización no nos ayuda a convivir ni a construir una ciudad común. Y a quienes dicen que yo contribuyo a ella les pediría que me explicasen en qué. Si digo que creo en la verdad, en la paz, en la libertad y en la vida, y eso es polarización, pues lo siento. Es la aportación que responsablemente quiero y debo hacer.
En una homilía del año pasado pidió elecciones anticipadas. Ahora que están convocadas, ¿qué espera de ellas?
Espero que, sin ningún tipo de zancadillas ni trampas, pueda salir un gobierno capaz de afrontar los problemas y desafíos que tenemos en España de la mejor manera posible. Sin trampas y sin pretensiones inconfesables. Unas elecciones pueden ser limpias, con los ciudadanos ejerciendo libremente su derecho al voto, pero también puede haber pucherazos, trampas y campañas que no estén orientadas a solucionar los problemas reales de la gente, sino sencillamente a perpetuarse en la poltrona o a intentar ocuparla.
Ha sido muy crítico con Pedro Sánchez. ¿Entiende que haya ciudadanos que interpreten esas críticas como un posicionamiento suyo a la derecha?
No. Si invoco la verdad, la vida, la libertad, la convivencia, la familia o la educación, no estoy presentando un programa político, que no lo tengo. Cuando intervengo en una homilía cuido especialmente que el ambón no se convierta en una tribuna política. Tengo que evitar que se entienda que utilizo la explicación de la palabra de Dios para hacer política partidista. Yo jamás pongo nombres de personas ni siglas políticas. Son las personas que se sienten aludidas las que luego se retratan, no porque yo les haya hecho la fotografía. Estoy recordando valores que aprendo del Evangelio y de la tradición cristiana. Si hablo de la verdad, quienes mienten pueden sentirse incómodos. Si defiendo la vida, quienes propician la muerte de una persona no nacida o de una persona anciana o enferma terminal pueden sentirse aludidos. Pero no pretendo echar ningún pulso político porque, si quisiera hacerlo, me habría dedicado a otra cosa.
¿Y no le preocupa que los posicionamientos públicos de la jerarquía eclesiástica puedan alejar a creyentes que piensan diferente?
Si tuviera una visión electoralista o partidista, estaría haciendo encaje de bolillos para intentar que no se me fuera nadie y que se apuntaran más personas. Pero esa no es mi intención. Intento decir cosas que ayuden al pueblo del que soy responsable como pastor. Intento educar, acompañar e iluminar, no desde mis ideas personales, sino desde una tradición a la que pertenecemos. Si algunos, condicionados también por su propia ideología o su cercanía a alguna formación política, se sienten incómodos ante mis palabras y deciden alejarse, escandalizarse o afearme algunas expresiones, lo acepto deportivamente. Pero nada más.
¿Cree que se puede ser buen cristiano y votar a Pedro Sánchez?
Se puede ser buen cristiano si se vota la verdad, la convivencia, la paz, la vida y la libertad. Ese es el voto del buen cristiano. Si alguna persona o formación política transgrede o contradice esos valores, creo que un buen cristiano debería elegir a quienes estén más cerca de lo que es la moral cristiana. A nosotros, como pastores, no nos corresponde hacer un juicio político, sino un juicio moral. Y es desde ahí desde donde podemos pronunciarnos. De hecho, la Conferencia Episcopal está preparando una nota que espero que se publique antes de las elecciones.
Ni Barbón ni Lastra acudieron otro año más a la misa de Covadonga, pero usted ha señalado que mantiene una relación cordial con ellos...
Es una relación institucionalmente correcta. Cuando nos vemos, mantenemos el trato que corresponde a nuestras respectivas responsabilidades. Ellos representan lo que representan desde sus formaciones políticas y sus cargos públicos, y yo represento a una comunidad católica numerosísima. Esa es la relación institucional que mantenemos. Hablar del grado de amistad o de cuántas veces nos vemos en privado creo que no viene al caso.
¿Pero cree que sería bueno que volvieran a la misa de Covadonga?
Sería bueno. Cuando me invitan a un acto de la judicatura, del Parlamento asturiano o de cualquier ayuntamiento, acudo porque estoy representando a un colectivo importante, que tiene mucho que decir en los campos de la cultura, la educación, el arte o la religión. No podría responder a un alcalde que no voy porque no pertenezco a su partido. Entiendo que quienes tienen grandes responsabilidades públicas representan a una sociedad a la que le gusta que sus representantes participen en determinados acontecimientos. Cuando entran en la Catedral o en la basílica de Covadonga no les pedimos que reciten el credo ni les hacemos un examen de catequesis. Sencillamente les damos la bienvenida porque participan institucionalmente en un acontecimiento importante para la sociedad. Sería bueno que fueran. Si no van, que expliquen ellos por qué no quieren ir.
La diócesis tiene 934 parroquias, pero un número de sacerdotes muy inferior. ¿Es sostenible el modelo de unidades pastorales que ha establecido?
Es un modelo que no hemos implantado solamente en Asturias, sino que también existe en otras diócesis españolas y de nuestro entorno. Hasta hace no tantos años, el cura lo era todo. Pero la vida nos ha impuesto una lección para la que quizás no estábamos preparados: ni el obispo, ni el Papa, ni los sacerdotes lo somos todo. Hemos descubierto, quizás por imperativo de la realidad, que lo verdaderamente importante es el pueblo de Dios. Y ese pueblo tiene tres vocaciones básicas: los pastores, los religiosos y religiosas, y los laicos. Todos tenemos que empujar ese carro común que se llama Iglesia. Es una enseñanza saludable: el sacerdote no lo es todo y los laicos tienen una responsabilidad y una aportación preciosas. Con las unidades pastorales no estamos dibujando una nueva geografía diocesana, sino respondiendo a la realidad. Agrupamos las parroquias sin disolver ninguna y las atendemos mediante unidades pastorales presididas por un sacerdote o un diácono, con la participación de religiosas, cuando las hay, y de muchos laicos comprometidos.
Si la Iglesia tiene que apoyarse cada vez más en los laicos, ¿no debería reforzarse también el papel de las mujeres?
Evidentemente. El machismo ha hecho mucho daño a la Iglesia y a la sociedad entera. El varón machista ha sido muy injusto, muy violento y ha provocado muchos destrozos. Ahora bien, el machismo no se cura con el feminismo, porque en el fondo es pretender gestionar la misma injusticia desde la parte contraria. No aspiramos a un feminismo equilibrador, sino a una convivencia complementaria. El hombre y la mujer, siendo diferentes, están llamados a aportar cada uno su genialidad, desde sus características psicológicas, físicas, intelectuales y afectivas. Cuando conseguimos caminar juntos, la vida madura y se hace feliz. Pero si permanecemos en la trinchera machista o en la feminista, nunca saldremos de esa barricada que tanto daño nos sigue haciendo. La mujer está llamada a aportar ese don precioso que tiene, sin hacerlo contra el hombre, y el hombre no debe verla como una enemiga que viene a conquistarlo. Tenemos que construir juntos una historia común.
¿Percibe realmente un retorno de los jóvenes a la Iglesia o persiste la sangría de fieles?
Estamos comprobando ese retorno en los encuentros con el Santo Padre y en las visitas apostólicas que está realizando. Hay una generación que no tiene los prejuicios que quizás tuvieron generaciones anteriores. Son jóvenes que, como ellos mismos nos cuentan, muchas veces no sabían absolutamente nada de Dios. No es que tuvieran dificultades con la Iglesia o sospechas sobre ella, sino que sencillamente la desconocían. Se acercan con curiosidad, se hacen preguntas y escuchan las respuestas. Yo veo en esta generación muchas preguntas vivas a las que nadie les había presentado una respuesta. Cuando conocen a Jesús, su Evangelio y la tradición cristiana, especialmente la de los santos, algunos reconocen que les habían contado otra cosa o que ignoraban completamente esa historia. Y deciden quedarse. Estamos viendo adhesiones de jóvenes que no solamente regresan a la Iglesia, sino que entran en ella por primera vez.
¿Y se está notando ese interés de los jóvenes en las vocaciones?
En este momento tenemos 36 seminaristas. Cuando llegué a Asturias había ocho, una cifra que me llamó mucho la atención en una diócesis tan grande y con una historia tan importante. En estos años he ordenado a 54 sacerdotes, lo que considero un regalo enorme. Ahora tenemos a esos 36 jóvenes de diferentes edades en nuestro seminario, una cifra que no es pequeña para la realidad de nuestra diócesis. Además, como antiguo profesor universitario, me he concedido la satisfacción de dar clase a los del último curso. Para mí es un aliciente y para ellos también tiene su curiosidad tener al arzobispo de profesor. Estoy muy contento y esperanzado.
¿Qué cambios ha notado con León XIV respecto al pontificado de Francisco?
Son diferentes, como lo han sido todos los papas. Para empezar, pertenecen a generaciones distintas. León XIV tiene mi edad, nacimos en el mismo año, y eso me permite entender mejor el contexto generacional en el que se ha formado. No se trata solamente de la edad, sino también de la cultura, la formación y las experiencias humanas, familiares y eclesiales que van configurando a una persona. Todo eso hace que tengas una mirada diferente. No mejor ni peor, sino diferente. León XIV pone determinados acentos que difieren de los que ponía Francisco, del mismo modo que Francisco tenía los suyos respecto a Benedicto XVI o Juan Pablo II. Pero diferir no significa contradecir. A veces se quiere presentar como una rectificación de la línea del pontificado y no es así. Ni Francisco ni sus antecesores ni el actual Papa están diciendo cosas que contradigan el Evangelio y la tradición cristiana. Cada uno tiene sus propios subrayados.
El Arzobispado ha sacado al mercado propiedades en la zona rural de Gijón por valor de 1,5 millones de euros. ¿Para qué necesita ese dinero la Iglesia?
Cuando la Iglesia tiene propiedades, como puede tenerlas una familia o cualquier institución, puede disponer de ellas en beneficio de una causa mayor. Si tienes una propiedad que puedes vender, la vendes. No por hacerte rico, sino porque esa venta permite invertir en otras necesidades. Tenemos muchas cosas entre manos. Por ejemplo, próximamente queremos abrir una nueva misión de la Iglesia asturiana en el Tercer Mundo. Ese tipo de iniciativas necesita recursos y puede justificar que te desprendas de propiedades que ya no te hacen falta. Como cualquier institución, puedes adquirir bienes o deshacerte de ellos para invertir en causas que consideras mejores.
¿Podría haber más ventas en otros lugares?
La diócesis de Oviedo, como cualquier otra, tiene un Consejo de Asuntos Económicos que preside el arzobispo y del que forman parte personas muy relevantes: catedráticos universitarios, empresarios, juristas, arquitectos y especialistas en fiscalidad. En ese consejo analizamos los pros y los contras de las operaciones que podemos realizar con nuestro patrimonio, tanto para adquirir propiedades como para desprendernos de las que no necesitamos. El objetivo es poder destinar esos recursos a otras causas.
Usted defendió el acuerdo de reparación a las víctimas de abusos sexuales en la Iglesia, pero también llegó a hablar de un "arma de distracción masiva". ¿Comprende que esa expresión causara malestar entre las víctimas?
Cuando hablé de "arma de distracción masiva" no me refería a las víctimas, sino a quienes pueden utilizar ese asunto para distraer la atención de otros problemas que afectan a su gestión política. El abuso sexual de menores o de personas vulnerables es un crimen horrendo. Pero no es exclusivamente eclesial, sino social. La Iglesia forma parte de esa sociedad y, por tanto, también queda salpicada. Lo que he dicho es que determinada prensa o determinados posicionamientos políticos pueden dar la impresión de que los únicos pederastas son los sacerdotes católicos. Claro que tenemos curas pederastas, lamentablemente. Pero los abusos se producen fundamentalmente en el ámbito familiar, educativo y del tiempo libre. La Iglesia está en esa lista, pero, según las estadísticas, representa un 0,2%. Si realmente nos preocupan los pequeños, que son las verdaderas víctimas, tendríamos que atender también al 99,8% restante. Por eso hablo de "arma de distracción masiva": porque se puede estar poniendo toda la atención en ese 0,2% y olvidando el resto para no hablar de otras cuestiones que pueden llevar a algunos responsables políticos ante los tribunales.
Tienen una oficina diocesana de protección y acompañamiento a las víctimas. ¿Cuántas denuncias han recibido durante su etapa como arzobispo y qué resultado han tenido?
Hablo de memoria, pero creo que durante los años que llevo en Asturias hemos recibido cinco casos. En tres de ellos la situación se invirtió y el presunto victimario terminó siendo la víctima, porque se trataba de acusaciones falsas. De los otros dos casos, uno siguió su recorrido y terminó con el sacerdote fuera del ministerio por decisión del papa Francisco. El otro continúa abierto. Cuando recibimos una denuncia tenemos la obligación de informar a la Fiscalía y poner en marcha los procedimientos correspondientes. Puede suceder que los hechos hayan prescrito para la justicia ordinaria, pero eso no impide que la Iglesia abra una investigación para intentar esclarecerlos. Hay personas que tardan muchos años en denunciar por miedo, vergüenza o pudor. Aunque ya no exista recorrido penal, queremos estar cerca de esas personas y, siempre que se pueda demostrar lo sucedido, tratar de reparar el daño. Naturalmente, también hay situaciones difíciles de investigar, por ejemplo cuando la persona denunciada ha fallecido. Pero, siempre que sea posible una investigación razonable, la Iglesia mantiene esa disposición.
De los cinco casos que menciona, uno continúa abierto y está prescrito para la justicia ordinaria. ¿En qué fase se encuentra y por qué sigue ejerciendo el sacerdote?
Está en fase de investigación. No puedo decir mucho más porque soy el presidente del tribunal eclesiástico. Naturalmente, mientras no se demuestre lo contrario, el acusado mantiene la presunción de inocencia, como sucede en la justicia ordinaria.
Se le considera un arzobispo de convicciones firmes, muy dado a expresar sus opiniones sin rodeos. ¿Hay alguna polémica de estos años en Asturias en la que crea que pudo equivocarse, aunque fuera en el tono?
Yo me equivoco con mucha frecuencia, como cualquier otro mortal. Quizás está bien traída esa cuestión del tono, porque a veces publico un mensaje en mi cuenta de X y después pienso que, de haberlo reflexionado mejor, habría evitado alguna palabra a la vista de lo que ha provocado. Los errores normalmente los descubrimos después, no antes. Cuando haces balance, reconoces que hay cosas que podrías haber dicho de otra manera. Los cristianos, al comenzar la misa, pedimos perdón por nuestros pensamientos, palabras, acciones y omisiones. Son las cuatro cosas que aparecen en cualquier examen de conciencia: palabras que han podido herir, pensamientos que nos han llevado demasiado lejos, acciones que podrían haber sido mejores y omisiones que deberíamos haber evitado. También en mi trayectoria como arzobispo reconozco que ha habido palabras, pensamientos, acciones y omisiones que podría haber mejorado. A veces son precisamente las cosas más pequeñas las que pasan inadvertidas: puedes hacer daño o dejar de hacer el bien que se esperaba de ti sin siquiera darte cuenta.
Cuando termine su etapa al frente de la Iglesia asturiana, ¿cómo le gustaría que lo recordasen?
Me gustaría que me recordasen como yo recuerdo a las personas que me han hecho el bien. Estamos en las celebraciones de Todos los Santos y de los Fieles Difuntos. Cuando voy al cementerio a visitar a mis seres queridos, a mis padres, llevo flores y elevo una oración por su descanso, pero también recuerdo las palabras que me hicieron bien y los ejemplos que me ayudaron a ser mejor. Me gustaría que mis palabras y mis ejemplos hubieran servido también para hacer el bien y ayudar a mejorar a las personas que me han tratado. Esa sería la mejor herencia que podría dejar después de todos estos años como un madrileño-asturiano en este Principado.
¿Y qué asuntos pendientes le gustaría dejar resueltos?
Hay tantas cosas... Cuando alguien llama a tu puerta para pedir ayuda o un consejo, a veces te encuentras con historias reales de personas que sufren muchísimo, que se desangran. Me gustaría disponer de más recursos, personales y de humanidad cristiana, para poder estar a la altura de esas personas que acuden buscando un consejo, una ayuda o un recurso que no siempre tenemos a mano.




