viernes, 24 de julio de 2026

Este Domingo

 

La VI Peregrinación Nuestra Señora de la Cristiandad partirá mañana hacia Covadonga con una participación récord

(Infovaticana) La VI Peregrinación Nuestra Señora de la Cristiandad – España comenzará este 25 de julio con la salida de cientos de peregrinos desde la catedral de Oviedo hacia el santuario de Covadonga, donde concluirá dos días después tras recorrer cerca de cien kilómetros a pie.

La organización afronta esta nueva edición con la previsión de superar el récord de participación alcanzado en 2024. Su presidenta, Diana Catalán, ha señalado en entrevistas recientes que, tras el rápido crecimiento de los primeros años, la peregrinación ha entrado en una etapa de consolidación sin dejar de aumentar el número de inscritos.

Una peregrinación ya consolidada

Inspirada en la tradicional peregrinación de Pentecostés entre París y Chartres, la marcha española se ha consolidado como la principal peregrinación vinculada a la liturgia tradicional en España. El modelo, nacido en Francia hace más de cuatro décadas, ha dado lugar en los últimos años a iniciativas similares en países como Argentina, Reino Unido, Portugal e Italia.

La meta es el santuario de Covadonga, un lugar estrechamente unido a la tradición de la Reconquista, donde los organizadores proponen una peregrinación de carácter penitencial ofrecida por la Iglesia, por el Santo Padre y por España.

Participación internacional en aumento

La edición de este año reunirá a 40 capítulos, de los cuales 29 proceden de España y 11 del extranjero. Entre ellos habrá peregrinos llegados de Francia, Reino Unido, Irlanda, Países Bajos, Portugal, Italia, Polonia, Australia, México y Estados Unidos, reflejando el creciente carácter internacional de la convocatoria.

Según ha explicado la organización en los últimos días, la peregrinación española mantiene una estrecha colaboración con las demás iniciativas inspiradas en Chartres, compartiendo experiencias organizativas y de formación.

Liturgia, oración y vida sacramental

Durante los tres días de camino, los peregrinos recorrerán cerca de cien kilómetros divididos en capítulos, participando diariamente en el rezo del Rosario, meditaciones espirituales —dedicadas este año a la virtud de la fe— y en la celebración solemne de la Santa Misa según el usus antiquior, conforme al Misal Romano de 1962.

La peregrinación contará además con alrededor de cincuenta sacerdotes, distribuidos entre los distintos capítulos, que estarán disponibles para administrar el sacramento de la confesión y ofrecer acompañamiento espiritual durante todo el recorrido. Cada jornada concluirá con un tiempo de adoración eucarística en el campamento.

Una nueva modalidad para familias

Entre las novedades de esta sexta edición figura la incorporación de una «minirruta», diseñada para facilitar la participación de familias con niños menores de seis años. Este itinerario, de unos cuatro kilómetros diarios y apto para carritos de bebé, se suma a la ruta completa y a la modalidad familiar, permitiendo que más familias puedan integrarse en la peregrinación.

La organización espera que esta nueva modalidad contribuya a ampliar la participación familiar y pueda consolidarse en futuras ediciones si la acogida responde a las expectativas.

jueves, 23 de julio de 2026

Cosas que no son obligatorias en misa, y cosas que sí. Por Jorge González Guadalix

(De profesión cura) Es que, con el paso del tiempo, los vicios adquiridos y las cosas que la gente observa, podemos acabar con los principios trastocados, de forma que lo accesorio pasa a ser fundamental, lo fundamental queda diluido y el ritmo propio muy trastocado.

Obligatorias:

Lugar digno -no andemos celebrando en cualquier sitio por capricho o esnobismo-.

Altar bien dispuesto y preparado: mantel o manteles, velas, adorno apropiado.

Vasos sagrados según las normas litúrgicas.

Misal romano. Leccionario apropiado. Respetar las rúbricas.

Ornamentos prescritos: alba, cíngulo, estola y casulla.

No obligatorias:

Las moniciones.

Cantar, por ejemplo.

Añadir elementos extraños en el ofertorio. No a las procesiones interminables de ofrendas.

La homilía en todas las misas.

El rito de la paz.

Ritmo propio

Las misas no son propiedad del celebrante ni del pueblo. Son de la Iglesia.

Los fieles tienen derecho a saber qué se van a encontrar: una misa de treinta, cuarenta minutos o una hora; si cantada hasta el agotamiento o rezada. O peor algún, el mismo horario, la misma parroquia y hoy son treinta minutos y el próximo domingo hora y cuarto. Más respeto a los fieles.

El centro de la misa es Cristo, y Cristo en el Calvario, no el sacerdote.

La misa tiene su tiempo y su ritmo. Pasa en ocasiones que dedicamos tanto tiempo a lecturas y, sobre todo, a la homilía, que se compensa corriendo en la plegaria eucarística. Inmenso error.

Las grandes solemnidades necesitan, perdón, solemnizar. Que se note la liturgia.

Como ven, cuatro líneas sin mayores pretensiones. Pero si se cuidatran, mejor nos iría, digo yo.

La religiosidad de Carlos II, rey de España. Por Guillermo Juan Morado

(La Puerta de Damasco) El libro del historiador Alberto Bravo, “Yo, el Rey. La historia de Carlos II” (Barcelona 2026) pretende ofrecer una renovada imagen del último rey de la Casa de Austria y de su tiempo, siendo consciente el autor de que “la figura de Carlos II sigue siendo para el gran público la de ese rey enfermizo y hechizado de la historiografía clásica, sometido continuamente al escarnio público de periodistas, pésimos divulgadores y pseudohistoriadores que llenan páginas y horas en radios y redes sociales con las más disparatadas invenciones y morbosas fantasías”, pese a que las últimas décadas han supuesto una auténtica revolución en el estudio de su reinado.

Carlos II (1661-1700) murió sin hijos, y legó su inmensa herencia a su sobrino-nieto, Felipe de Borbón (1683-1746), duque de Anjou, nieto de su hermana María Teresa de Austria y de Luis XIV, quien reinó con el nombre de Felipe V. El reinado de Carlos II se extendió desde 1665 a 1700; treinta y cinco años, muchos más de los que reinaron, por ejemplo, Felipe III, Fernando VI, Carlos III o Carlos IV. Al igual que su padre, Felipe IV, el rey Carlos fue amante de la pintura, del teatro y de la música. Fue un monarca plenamente consciente de su dignidad regia, de quien el historiador barcelonés Narciso Feliú de la Peña (+1712) escribió el siguiente elogio: “fue el mejor Rey que ha tenido España […] ha sido el Rey que en España dio su vida por sus vasallos, y para remediar sus daños consumió y aniquiló hasta su mismo corazón, y sangre”.





Un interesante capítulo de la obra de Alberto Bravo está dedicado a la religiosidad de Carlos II, que se inserta en la tradición piadosa de la Casa de Austria, cuyos pilares eran la Eucaristía y la Inmaculada. El bisabuelo del rey Carlos, Felipe II, solía contar a los de su cámara el suceso de su antepasado, el conde Rodolfo de Habsburgo, quien, viendo que un sacerdote que portaba el Santísimo Sacramento para asistir a un enfermo intentaba cruzar un río, se apeó del caballo en que estaba cazando y, de rodillas adoró al Santísimo, y le regaló el caballo al sacerdote diciéndole: No quiera Dios que yo ni alguno de los míos vuelva a subir en caballo que ha llevado sobre sí a mi Dios y Criador. El propio Carlos II tuvo la oportunidad de reproducir el venerado episodio cuando, el 20 de enero de 1685, volvía a Madrid desde el palacio de El Pardo. A la altura de la Florida se cruzó con un sacerdote que llevaba el viático a un hortelano enfermo de Migas Calientes acompañado de un monaguillo. Carlos II, que iba montado en una carroza, al saber que el sacerdote portaba al Santísimo Sacramento, desmontó del coche y se postró en tierra para adorar a Cristo. Luego, le pidió al sacerdote, “pues llevaba consigo al Rey de gloria”, que subiese a la carroza, yendo el monarca a pie y descubierto, llevando de su propia mano el estribo junto al coche hasta la casa del enfermo. El fervor eucarístico de Carlos II se plasma, asimismo, en un cuadro de Claudio Coello que se conserva en la sacristía de San Lorenzo de El Escorial, donde se observa al rey arrodillado frente al prior del Real Monasterio, quien muestra una custodia con la Sagrada Forma.

El segundo pilar de la religiosidad de la Casa de Austria era la promoción del dogma de la Inmaculada, cuya defensa fue impulsada por Felipe III, quien en 1616 dispuso la creación de la Junta de la Inmaculada Concepción con el propósito de propiciar que Roma definiese el dogma y de fomentar la expansión del culto inmaculista en los reinos y dominios del rey católico. Carlos II consiguió que el 15 de mayo de 1693 el papa Inocencio XII firmara el breve por el que concedía la celebración del misterio de la Concepción con octava de precepto y con carácter doble de segunda clase en toda su monarquía. No obstante, la definición dogmática tuvo que esperar hasta 1854, cuando reinaba Isabel II y era pontífice Pío IX.

Otro de los grandes anhelos de los reyes de la Casa de Austria era lograr que Roma reconociese como santo a un rey español; un objetivo que se alcanzó en 1671, en pleno gobierno de Mariana de Austria, madre de Carlos II, cuando el papa Clemente X sancionaba y validaba el culto que se tributaba al rey san Fernando III en Sevilla y en gran parte de los reinos de España, ampliándolo al resto de los dominios del monarca e incluyéndolo después en el misal y breviario romanos.

miércoles, 22 de julio de 2026

Santoral del día: Santa María Magdalena

(COPE) Los Frutos del Espíritu de Dios que toca y convierte los corazones se manifiesta en la Santa de este día. Hoy celebramos a Santa María Magdalena. Su apellido proviene del pueblo de Magdala en el que ella había nacido.

El Papa San Gregorio y la tradición la identifican con la pecadora que va a casa de Simón el fariseo cuando el Señor es invitado allí, y se convierte. El hecho es que tras una vida muy mundana se encuentra con Cristo que le sana. De ella habían salido siete demonios. Desde ese momento destaca ante los otros su amor a Dios.

Formaba parte del grupo de mujeres que atendían al Señor y sus discípulos. En toda la Pasión, no se esconde como los demás, sino que se sitúa hasta el final en el Calvario para acompañar a Jesús, hasta que muere dando la Vida por todos.

En la Resurrección se encuentra el Sepulcro Vacío y se lo dice a Pedro y Juan. Y cuando llora desconsolada se le aparece el Señor Resucitado y termina reconociéndolo. En los evangelios se relata cómo es la primera a la que se le aparece Jesús.

La tradición dice que acompañó a La Virgen y el Apóstol San Juan a Éfeso. En Occidente se cree que predicó el Evangelio en la parte francesa de Marsella, en el sur de Las Galias, y con una vida totalmente de contemplación y de ermitaña.

El Papa Francisco puso su día como una Fiesta, resaltando a Santa María Magdalena como fiel discípula. De esa forma se apoya en las palabras de Santo Tomás de Aquino que califica a esta Santa Mujer como “Apóstol entre los apóstoles”.

Entrevista al Cardenal Rouco Varela (II): «¿'Resignificar' el Valle de los Caídos? Es una basílica donde se reza por todos. Ya está»

(El Debate) El próximo 20 de agosto cumplirá 90 años, se mantiene en buen estado de salud y con la cabeza despierta y ágil, como de costumbre. Pero el cardenal Antonio María Rouco Varela (Villalba, Lugo, 1936) se cuida, y reconoce que no siguió la final del Mundial que enfrentó a España con Argentina. «Vi un resumen después del partido», puntualiza. «Bueno, en fin, tengo que reconocer que, a veces, viendo partidos donde juega un equipo con el que tengo mucha afinidad, me pongo un poquito nervioso y por lo tanto prefiero no verlo», apunta. Sabia decisión que sería de utilidad para muchos otros.

–La Selección nos da alegrías, pero el resto del panorama patrio anda bastante revuelto... La que le montaron algunos hace unos días a monseñor Luis Argüello por recordar la cita de San Agustín: «Cuando un Estado olvida la ética se convierte en una banda de ladrones»...

–La traducción que yo conocí era cueva de ladrones... Pero sí, viene a ser lo mismo. Yo eso lo he oído en un acto sobre Europa en la catedral de Espira (Alemania). Es una catedral espléndida, románica, donde están enterrados un buen número de emperadores del Sacro Imperio Romano Germánico. No recuerdo exactamente cuándo fue, pero participaron todos los jefes de Estado de Europa.

Fuimos invitados a ese acto varios obispos y arzobispos titulares de diócesis con un significado europeo singular. Santiago de Compostela evidentemente lo tiene [el cardenal Rouco, en ese momento, era el arzobispo de la diócesis gallega]. Me invitó el obispo de Espira, entonces monseñor Friedrich Wetter, que, por cierto, después fue arzobispo de Múnich y cardenal, y que aún vive, que debe andar cercano a los 100 años y era muy amigo nuestro y de España y venía a veces a Santiago.

Recuerdo que el discurso fue del cardenal Ratzinger, que comenzó con esa frase: Un reino donde no hay justicia es una cueva de ladrones. No eres dueño absolutamente de todos los aspectos de tu vida; tienes que vivir moralmente, éticamente. Por la fe te planteas quién eres tú, cuál es tu vocación, quién te la ha dado, de dónde vienes...

Pero por ahí no vino la crítica a la frase de don Luis, si no por decirla y por el lenguaje, porque es duro, es duro. Y, si lo lees en la actualidad, en una realidad histórica concreta, como la de ahora, pues claro, duele. Pero yo creo que, en el ejercicio del Magisterio de la Palabra por parte del obispo y de la Conferencia Episcopal de obispos, hay que decir la verdad, y hay que proclamarla. Puede costar algo, te puede costar... Siempre ha costado.
Sin miedo

–Hay que decir la verdad, aunque algunos luego reaccionen muy mal...

–Aunque duela, sí, sí. Hombre, vamos a fijarnos en la persona y la historia de Jesús, del Hijo de Dios hecho hombre. Desde el punto de vista humano, pasión y cruz y muerte. Eso lo han vivido los primeros apóstoles y, a lo largo de toda la historia, ha ocurrido muchas veces. Hombre, ahora no. No cuesta sangre, no cuesta martirio, pero cuesta, cuesta. Cuesta comentarios, cuesta contestaciones agresivas o, por lo menos, contestaciones que no brillan por su buena educación.

Un servidor tiene una cierta experiencia en esas situaciones... Yo le comentaba a don Luis –cuando le llamé para animarle– que, un día de San Isidro Labrador en Madrid, yo acostumbraba, después de la misa en la Colegiata, ir a pie hasta mi casa, que no está lejos. Además, yo iba con el capisayo, o sea, que era súper reconocible, y tuvimos que esperar ante el semáforo en rojo para pasar a la calle. Pasaban dos chicos vestidos así, como raro, estos que van con pelos así como... Bueno, y empiezan a hablar de monseñor Setién, donde está Setién y tal. Luego me empezaron a insultar a mí también. Pero pasé al otro lado de la calle. Una señora me besa el anillo y me dice: Señor Cardenal, acaba de ser usted un poco más bienaventurado. Así que dije: Tú aplícate el cuento.
El Valle de los Caídos

–Usted, que ha sido arzobispo de Madrid, ¿cómo ve el tema del Valle de los Caídos? ¿Cómo cree que va a acabar?

–Hombre, a mí me ha extrañado. Las leyes de memoria histórica son súper problemáticas. Los que hemos vivido toda la transición política, en la etapa de mi vida de treintañero y cuarentañero, que fue la de los políticos de entonces, Adolfo Suárez, Felipe González... La reconciliación era necesaria. La Conferencia Episcopal Española lo recordó el año 75. En el fondo era ya una realidad vivida por todos. Yo no recuerdo durante mi vida de joven seminarista, de joven profesor, de joven sacerdote, decir: este era de este bando, este era del otro. Ese dato no se daba en la vida normal y corriente.

Pero en lo político sí necesitamos, creo yo, una especie de punto final, de nuevo comienzo. Lo que no se puede es volver otra vez a una memoria colectiva nacional partida. Eso no es responsable. Cada uno tiene su memoria.

Y claro, eso afecta al Valle de los Caídos. El Valle de los Caídos lo hemos vivido siempre como un lugar de reconciliación donde se reza por todos los que murieron en la guerra. Ya está desligado de los elementos concretos de los años en que fue construido. ¿Hay que resignificar el Valle de los Caídos? Es una basílica donde se reza. Ya está. Pero claro, es una consecuencia de la Ley de Memoria Histórica y Memoria Democrática. En fin...
Los estatutos del Opus Dei

–¿Tiene usted alguna información de en qué punto se encuentran los trabajos en el Vaticano sobre los nuevos estatutos del Opus Dei?

–Esa es una información concreta que no tengo. Pero, conociendo al Papa, el Papa cuida mucho el no herir sin necesidad. Es decir, si tú anuncias que Cristo es el Salvador del hombre y que el momento culminante de su obra salvadora es la cruz, y lo vives, eso molesta. Molesta al enemigo, al enemigo de las cosas de Dios. A Satanás. Por cierto, no ha habido un Papa contemporáneo que hablase tantas veces de Satanás como el Papa Francisco. Y, si tienes que ir al martirio, vas.

Pero, a la hora del gobierno pastoral de la Iglesia, la comprensión, la caridad, es lo que subraya mucho el Papa León. Y, cuando él habla –cuando nos habló al final del Consistorio– vimos que era un espíritu de saber hablar, saber comprender, saber acompañar mutuamente. Cada uno desde su responsabilidad.

La palabra sinodal no puede quedar tan diluida en su significado que valga para todo. Y sobre todo, lo que no puede valer es para negar los elementos constitucionales por derecho divino de la Iglesia. Por lo tanto, en este caso yo creo que el Santo Padre, el Papa, va a actuar sin herir, sin herir. No hay necesidad de herir. En estas situaciones –diríamos de versiones y matices pastorales–, en el nuevo Código de Derecho Canónico del 83, hay todo un capítulo sobre los derechos y deberes de los fieles, y hay que respetarlo. Es decir, no se puede ejercer la autoridad no canónicamente. La autoridad en la Iglesia tiene que realizarse canónicamente según las exigencias del derecho divino.

martes, 21 de julio de 2026

Entrevista al Cardenal Rouco Varela (I): «En los 70 se dieron muchos casos de abusos litúrgicos» que reducían la misa «a una parodia»

(El Debate) «Don Antonio se encuentra en unos campamentos de verano. Le podré responder a su regreso». El mensaje de la secretaria del cardenal Antonio María Rouco Varela a la solicitud para entrevistarle es lo último que uno se podría esperar. El arzobispo emérito de Madrid, que nació en Villalba (Lugo) en 1936 y está a las puertas de cumplir los 90 años de edad; el hombre que dirigió oficiosamente las riendas de la Iglesia en España durante prácticamente dos décadas; el obispo que acogió a San Juan Pablo II en Santiago de Compostela y a Benedicto XVI en Madrid; el cardenal que participó en los cónclaves de los que surgieron los tres últimos pontífices de la Iglesia católica, se encuentra ayudando en un campamento de verano para niños y adolescentes.

«Bueno, para tener casi 90 años, me encuentro muy bien», reconoce el cardenal Rouco Varela algunos días después, cuando acude por fin a la redacción de El Debate. Y revela su secreto para lograrlo: «La juventud se mantiene especialmente en la cabeza, con una mentalidad joven».

No puedo ocultarle mi sorpresa por lo de los campamentos. Y más, en este verano de calores extremos. «Bueno, sí, he ido a visitar un día el de los chicos del instituto secular masculino Stabat Mater, que tiene que ver con la familia de las Cruzadas de Santa María. También estuve en el campamento de las niñas para celebrar la eucaristía en el Día de las Familias. Y luego tuvimos una charla», detalla. Todo esto lo hizo nada más llegar de Roma, donde, entre los días 26 y 27 de junio, participó en el último consistorio de cardenales con el Papa León XIV. De los marmóreos pasillos vaticanos al tosco granito de la sierra de Ávila.

– Consistorio tras el que usted mostró su preocupación –y la de otros purpurados– por lo que se ha denominado el 'Camino Sinodal Alemán'...

– El Concilio es una forma de relación de los obispos que son herederos del Colegio Apostólico. Por lo tanto, el Colegio de los Doce. Pero el Obispo de Roma es la cabeza del Colegio. Los otros once no pueden prescindir de la cabeza y desbordarlo. A la vez, la cabeza tiene que contar con los once.

– ¿Cómo es su día a día como arzobispo emérito de Madrid? Le siguen convocando a usted a numerosas conferencias y eventos.

– Decir «de Madrid» creo que no tiene mayor importancia en relación con vivir una vida de obispo emérito, de arzobispo emérito. Pero hay que advertir que los cardenales no somos eméritos; somos electores o no electores, pero somos partícipes sujetos con todos los derechos y obligaciones del Colegio Cardenalicio. Por lo tanto, cuando el Papa nos convoca en Consistorio, sobre todo Consistorio Extraordinario, participamos con los mismos derechos y deberes que los cardenales electores, que son aquellos que no han cumplido 80 años. El fenómeno contemporáneo de esa prolongación de las edades en la vida también afecta a la Iglesia, y el Colegio Cardenalicio, por ejemplo, en el Consistorio que acabamos de celebrar en junio, el número de cardenales mayores de 80 años era considerable. Yo creo que 40 o por ahí; no menos.

Pero tratar de interpretar con categorías políticas el organismo que ejerce la autoridad en la Iglesia no es acertado, porque no se debe plegar, en su finura sacramental, a las exigencias de una comunidad humana que se organiza jurídicamente para conseguir el bien común de las personas que viven la historia en el tiempo y en el espacio concreto.

Por lo tanto, el Colegio Episcopal –sucesor del Colegio Apostólico– no es una especie de parlamento, de Senado que controla a la cabeza –al Rey o al jefe del Estado–. Las categorías naturales mejores para comprender la constitución divina de la Iglesia serían más bien la familia, la paternidad, la fraternidad, más que el Presidente de la República, el Rey o el Emperador.

Corre por ahí una definición de que el bautismo es la fuente de toda ministerialidad. Eso es una proposición falsa en sí misma. El bautismo es condición indispensable para recibir un ministerio, pero no es la fuente. El ministerio principal y decisivo en la constitución de la Iglesia es el sacramento del orden. Por eso hay una diferencia entre la eclesiología protestante y la eclesiología católica.
Preocupación en el Vaticano

– ¿Percibe preocupación en Roma con la Iglesia alemana?

– La preocupación no es solo de la Santa Sede y de los Papas. El Papa Francisco se expresó varias veces con mucha preocupación sobre lo que pasaba en Alemania. El Papa León ya intervino en tres momentos en la relación de la Iglesia en Alemania con la Santa Sede.

No me gusta decir Iglesia española, Iglesia alemana, etcétera, porque no hay iglesias nacionales. La Iglesia es católica, y por eso une las realidades terrenales. Tiene una capacidad de unión de lo humano, de toda la familia humana.

Tuve una experiencia que no he olvidado nunca. En un seminario de doctorandos y doctores de la Universidad de Munich, un servidor intervino en el diálogo y usé la expresión de la Iglesia alemana. Y me contestaron: Doctor Rouco, yo no conozco esa Iglesia; yo solo conozco la Iglesia una, santa, católica y apostólica. Me dio una lección que no he olvidado en toda la vida.

– La Iglesia en Alemania, por tanto. Gracias por la matización. Algunos, de hecho, afirman que en la Iglesia en Alemania ha habido una cierta protestantización...

– Sí, sí, sí. Bueno, es que hay que conocer la situación en general de la fe en Alemania. Hay una crisis de fe anterior a una crisis de la Iglesia, algo que se está dando en toda Europa de una manera más grave o menos grave. Sobre todo, en la Iglesia enraizada en la Europa libre, la que se desarrolló a este lado del Telón de Acero. Al otro lado se vivió una persecución tremenda, que duró medio siglo. Pero, en este lado, se dio una crisis de fe.

Si la fe en Dios falla, si la fe en Jesucristo falla, no entiendes a la Iglesia. Si la Iglesia no se concibe como la define el Vaticano II –el sacramento universal de la salvación en Cristo donde él se hace presente–, se diluye en una especie de realidad social que se dedica a lo religioso. Porque el hombre, en fin, en su ser más íntimo, ansía el más allá; más allá de uno mismo; más allá de la naturaleza visible; más allá de las categorías que el hombre puede concebir de verdad, de bien, de belleza, de amor, etcétera.

Pero, si no le conoces a Él, no crees en Él, te quedas sin respuesta. Entonces, ¿qué pasa en Europa? Pues que es una crisis que se hace muy viva con el final del Renacimiento, luego con el protestantismo y la Ilustración, que es muy alabada y, efectivamente, ha aportado muchos elementos positivos para la edificación de la sociedad y del Estado. Pero, en el corazón mismo de la Ilustración, hay una reserva; en algunos casos, un pensamiento ateo, un pensamiento agnóstico, un pensamiento dudoso, un pensamiento vacilante.

Esa herencia la volvimos a vivir y, además, con una gravedad histórica, con las configuraciones políticas del siglo XX –enormemente poderosas– que llevaban como principio fundamental de su ideología el ateísmo. En primer lugar, el marxismo-leninismo y, después, el nacionalsocialismo. Mucho más estos dos movimientos que el fascismo italiano, que no era explícitamente ateo. La experiencia del ateísmo comunista se vivió así después de la guerra en nuestra generación de jóvenes sacerdotes, los que nos ordenamos sobre todo en los años 50, los que vivimos la experiencia del Vaticano II; los que vivimos la revolución de mayo del 68, etc.
Sobre León XIV

– En este año y pocos meses que llevamos de pontificado de León XIV, muchos han intentado –a mi juicio, infructuosamente– encasillar al Papa como «conservador», «progresista», «continuista»... ¿Cómo lo ve usted?

–Bueno, yo tuve una audiencia con él muy larga en abril. Luego, los dos consistorios. Y, sobre todo, he leído libros. Lo que ha escrito y lo que ha dicho. Por ejemplo, pude leer con cierto detenimiento todo su magisterio en el viaje a España, desde ese pequeño discurso en el CEDIA al discurso en el Palacio Real, donde interpreta la historia de España a partir de la historia espiritual de España. El discurso en el Congreso fue enormemente significativo, donde recurre a las fuentes del pensamiento y de la espiritualidad española, desde San Juan de la Cruz a los maestros de la Escuela de Salamanca.

En todos ellos encuentras la preocupación de un Sucesor de Pedro que tiene bien claras cuáles son las verdades fundamentales de la fe y cuál es el principio fundamental de esa fidelidad a la verdad. La referencia a la categoría de eternidad y las referencias a que el final de la vida no termina aquí en el mundo son muy luminosas y muy centrales. Podríamos hablar de un magisterio extraordinariamente cristológico, de que la Iglesia está para vivir con Cristo, en Él, por Él. Y una expresión sacramental central, que es la de la Eucaristía. Y con una exigencia primera y básica del sí profundo de la vida, que exige conversión, pero que también confiere esperanza, confiere una especie de libertad dispuesta a superarse a sí misma; superar las heridas con las que hemos nacido y, por lo tanto, recordar a la Iglesia en este momento que colocarnos en lo esencial es imprescindible. De ahí puedes hacer mucho bien al mundo en el sentido más temporal de la expresión: desde las políticas sociales.

Pero sobre todo, me ha admirado mucho la importancia que le ha dado al valor de la vida, unido muy estrechamente al valor de la dignidad de la persona humana, que la concibe de forma trascendente. En el Parlamento dijo que la dignidad de la persona humana es intocable, porque la persona humana nace de la creación de Dios.

Diríamos –en términos del Papa Francisco– que lo periférico se da si el centro –lo esencial– funciona. Yo creo que, desde este punto de vista, hay una continuidad básica y fundamental con el pontificado de su predecesor, pero también con los Papas del post concilio. Es curioso, pero él ya ha escogido como tema para sus catequesis el Concilio Vaticano II, lo que es una llamada de atención a todos. Hay que volver al Concilio Vaticano II, ya que es la fuente inmediata, clara, evidente, inequívoca de lo que se le pide a la Iglesia por mucho tiempo. Todavía tenemos mucho espacio de aplicación del Vaticano II por delante.

– Aunque este ha sido uno de los puntos de fricción que ha desembocado en la reciente excomunión de los lefebvristas...

– En la historia de los concilios de la Iglesia, antes y después de los grandes concilios, siempre hubo una divergencia en algún punto doctrinal más o menos decisivo –a veces muy decisivo–, como por ejemplo todos los dogmas sobre la divinidad de Jesús o todos los dogmas cristológicos, pues siempre fueron acompañados y seguidos de grupos y de personas que se desviaban. En el Vaticano II también se da ese fenómeno: un sector considerable de la Iglesia, sobre todo en Europa, sobre todo en Francia y Suiza, donde la doctrina sobre la libertad religiosa del Vaticano II no fue comprendida y, por lo tanto, se produjo en torno a la figura de un arzobispo que tenía mucho prestigio personal. Y además con razón, porque era un hombre culto, un obispo culto espiritualmente, muy apreciable, más que respetable. Y, en torno a él, se dice: Este paso no lo damos.

Pero claro, ese paso significaba romper con el Concilio, porque el Concilio, en su doctrina, se extiende a muchos aspectos de la fe de la Iglesia. Vale tanto el Magisterio del Concilio hablando del Colegio Episcopal, o de la vida consagrada, o de los laicos, o de la libertad religiosa.
La misa tridentina

– La liturgia tradicional ha sido otro de los puntos de desencuentro. Usted, recientemente, ha pedido «comprensión para quienes quieren el rito antiguo».

– Pero ese no fue el problema nunca, porque todos los Papas tuvieron comprensión hacia ello. Y, claro, se puede celebrar legalmente, incluso después de la derogación del decreto de Benedicto XVI. El Papa Francisco no prohibió totalmente la celebración del rito antiguo. Limitó mucho la posibilidad de que se extienda, por ejemplo, que no puede haber más comunidades, más grupos de fieles que quieran celebrar en el rito antiguo. Yo soy sacerdote desde marzo del año de 59, y celebré siete años esa misa hasta el año 66. Por lo tanto, no estamos en un asunto de doctrina, de fe, porque la Iglesia ha vivido 500 años con este ritual.

Siempre ha habido variedad de ritos litúrgicos. Es, por lo tanto, un problema de disciplina y de pastoral litúrgica. Pero, claro, al convertirse en una desobediencia expresa, pasa a ser un problema grave, que atenta contra la unidad de la Iglesia.



Se hizo una reforma litúrgica en el Vaticano II que, en muchísimos y muy extendidos casos, se convirtió en una parodia de la liturgia. Y, claro, cuando la parodia llega hasta tal grado de profundidad que afecta a la verdad misma de lo sacramental, la conciencia de los fieles e incluso la misma sensibilidad estética de lo humano, ante la indisciplina casi anárquica de la liturgia en muchos casos y en muchos lugares de la Iglesia en los años 70 influyó en que grupos de fieles volvieran otra vez a la tradición anterior a la reforma del Vaticano II.

– Recuerdo, cuando era arzobispo de Madrid, uno de esos abusos litúrgicos muy sonados que se produjo en 2007 en la parroquia de San Carlos Borromeo y que usted ordenó cerrar al culto. Hasta allí acudieron a «solidarizarse» y a montar el numerito José Bono y Pedro Zerolo...

– Claro, cuando se producen estos fenómenos de abusos, hay gente que reacciona saliéndose por el otro lado... No negando la fe, no negando los contenidos básicos de la fe, pero exagerando, diríamos, la fórmula de solución del problema, que puede producir división, puede producir pérdida de unidad en lo verdadero y lo esencial.

Casos como ese se dieron a lo largo de los años 70. Hubo de todo y, lo que era peor, en las casas de formación, de religiosos, de religiosas, seminarios... Celebrar la Eucaristía en la sala de estar con una mesa baja. Sentados, en cuclillas, traer el vino de la nevera, el pan de no sé qué y luego hablar cada uno lo que le parecía... Casi lo único reductible a verdad teológica eran las palabras de la consagración.

O sea, se pasó de la celebración de la Eucaristía instituida por el Señor; sacramento de su presencia sacrificial y sacrificada en la cruz que alimenta nuestras almas; su carne y su sangre; la presencia de lo Divino en medio de tu vida y de tu historia... a una especie de juego de amigotes o de amigos, sin más. Hay una distancia infinita.