lunes, 18 de mayo de 2026

Mensaje de los Obispos para el día del Apostolado Seglar

En la solemnidad de Pentecostés, recordamos la venida del Espíritu Santo y celebramos el Día de la Acción Católica y del Apostolado Seglar. El lema de este año, «Pueblo de Dios que sale al encuentro» nos propone conjugar en el horizonte del laicado en España dos elementos que nos comprometen: la implementación del Sínodo y la reflexión sobre la presencia de los cristianos en la vida pública. 

El proceso sinodal va más allá de ser una mera cuestión de organización interna para revelarse como un nuevo modo de presencia en el mundo. Para los cristianos en España, este camino no es nuevo. Como todos recordamos, en febrero de 2020, el Congreso de Laicos «Pueblo de Dios en salida» inició este proceso proponiendo dos claves trans versales de trabajo: el discernimiento y la sinodalidad. Estas se vieron confirmadas por el desarrollo del último Sínodo, viviendo la sinodalidad como modo de ser y actuar de la Iglesia. 

Uno de los cuatro itinerarios propuestos en el Congreso fue la presencia en la vida pública. Aquella intuición compartida se ha visto refrendada por el Documento final del Sínodo de la Sinodalidad (2024): «Cada bautizado responde a las exigencias de la misión en los contextos en los que vive y trabaja desde sus propias inclinaciones y capacidades, manifestando así la libertad del Espíritu en la concesión de sus dones» (DF 58). Esta convergencia entre misión y sinodalidad nos re cuerda que la presencia en la vida pública no es una tarea delegada por la jerarquía, sino un derecho y un deber que surgen del don del bautismo. El cristiano está en la política, la empresa o la educación como un ciudadano que, desde el discernimiento iluminado por el Evangelio y la Doctrina Social de la Iglesia, busca el bien común y el anuncio del reino de Dios. La sinodalidad, por tanto, se convierte en camino para concienciar a los laicos a ser protagonistas autónomos y maduros en la vida pública. 

Al subrayar la importancia de la presencia en la vida pública por parte de los cristianos, estamos hablando de querer potenciar una conversión a la dimensión social del Evangelio como inherente a la propia vocación bautismal y a promover que nuestras comunidades sean auténtica Iglesia sinodal en salida, que existe para evangelizar, se constituye en instrumento de anuncio, liberación y promoción de la dignidad de toda persona y que, desde la escucha de los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo (GS 1), tiene en la «cultura del encuentro» la clave de aproximación a la realidad social en la que se encuentra (1).

El compromiso transformador de la realidad es inherente a toda la Iglesia. Ser creyente no solo exige preguntarnos quién soy yo sino, sobre todo, para quién soy yo, como nos recordaba el Congreso de Vocaciones. Toda persona bautizada, cualquiera que sea su vocación, vive la misión desde la eclesialidad y la secularidad. El fiel cristiano laico concreta de manera propia y particular estas dos dimensiones. En este sentido, la presencia en la vida pública adquiere gran importancia en la vivencia de la vocación laical. Profundizar en la importancia de la presencia del cristiano en la vida pública ayuda a recuperar la dimensión social como verificación de la propia vocación. Los creyentes estamos llamados a estar en el mundo y a transformarlo.

 Sin embargo, es innegable que, a menudo, nos invade una cierta resistencia a manifestar públicamente nuestra fe, una dificultad que va desde la comprensión interna de esa necesidad hasta el paso definitivo de llevarla a la práctica. No siempre resulta sencillo mostrarnos como creyentes en los entornos donde nos movemos, pero esa presencia pública actúa como un termómetro diario que revela la salud de nuestra fe. Nos indica hasta qué punto el Evangelio ha transformado nuestras vidas, convirtiéndonos en personas más solidarias, misericordiosas, justas y fraternas, o si, por el contrario, nuestra creencia se queda solo en lo privado.

 Manifestar lo que creemos implica estar no solo dispuestos, sino deseosos de explicar por qué apostamos por un amor desinteresado y a fondo perdido, defendiendo la misericordia y la justicia como los pilares fundamentales tanto de las relaciones personales como de las sociales y políticas. Significa sostener que la vida es digna desde su inicio hasta su fin y que existe una responsabilidad compartida entre personas e instituciones para garantizar condiciones de trabajo y de vida que respeten esa dignidad. Esta coherencia nos impulsa a defender el destino universal de los bienes y la prioridad de erradicar la pobreza, bajo la premisa de que los últimos deben ser los primeros, trabajando por una paz que nazca del respeto profundo a cada criatura de Dios y del cuidado de la creación como un don recibido.

 Si esta presencia pública nos parece difícil es porque, objetivamente, lo es; nos obliga a reconocer cuánto nos falta para alcanzar el ideal de vida que Jesús propone y nos exige superar el vértigo de derribar esas barreras que, consciente o inconscientemente, levantan muros entre nuestra fe y nuestra vida cotidiana, dividiéndolas en compartimentos estancos. Plantearnos esta dimensión pública es, en realidad, un ejercicio de honestidad en todos nuestros espacios —la familia, el empleo, el ocio o el compromiso social— cuestionando nuestra respuesta ante situaciones de injusticia, marginación o violencia. 

Aunque quizás no estemos acostumbrados a medirnos con esta vara, el mensaje de Jesús es inequívoco, desde su presentación en la sinagoga hasta el mandato de que lo hecho a los más pequeños se le hace a él mismo. En sintonía con esto, el magisterio de la Iglesia y especialmente los últimos papas, nos llaman a no separar la fe en Jesucristo de la realidad concreta, instándonos a iluminar el mundo mediante es tilos de vida que impregnen la política, la vida social y las asociaciones civiles con los valores del Evangelio.

 En el contexto actual de nuestra Iglesia, se nos pide reforzar una mirada atenta a los signos de los tiempos, reconociendo al Espíritu que brota incluso en las grietas de nuestra compleja sociedad. Es una invitación comunitaria a generar gestos de humanización y a demostrar que es posible construir la vida social desde el amor y el diálogo con todos los hombres y mujeres de buena voluntad. En este sentido, una de las cosas que la sinodalidad aporta a la vida pública es lo que el Sínodo llama la «conversación en el Espíritu»: un método que sustituye el enfrentamiento dialéctico por la escucha activa. Frente a la polarización que fractura nuestra sociedad, el cristiano sinodal propone el diálogo como herramienta de construcción.

 En definitiva, la presencia pública no es algo opcional para el cristiano, sino que reside en el corazón mismo de su propuesta espiritual: anunciar a Dios es hacer vida su amor en nuestro entorno, tal como hizo Jesucristo. Son nuestras obras, y el modo en que nos relacionamos con quienes más sufren el dolor o la exclusión, las que verifican y hacen respetable nuestra fe ante la sociedad de hoy. Esta «mística del hacer nos prójimos» es la que verdaderamente nos permite encontrar a Dios en medio de las circunstancias cotidianas. Actuar en el mundo de esta manera nos abre el corazón a la llamada del Padre, aceptando nuestra condición de levadura y pequeña semilla que, por la acción divina, se vuelve un elemento imprescindible para transformar el mundo en lo que Dios soñó: un hogar de hermanos que caminan en paz y justicia. 

El desafío actual es evitar que la sinodalidad se quede atrapada en meros espacios de discusión de salón. Las conclusiones del Congreso de Laicos de 2020 ya nos advertían: la Iglesia es «en salida» o no es. El Documento final de 2024 nos ofrece ahora las herramientas teológicas para dar el salto. La presencia pública no es un apéndice de la fe; es el lugar donde la sinodalidad se hace carne. Estamos llamados a ser un «pueblo de Dios» que no solo camina por las naves de los templos, sino que camina, sobre todo, por las calles de nuestro mundo, aportando la luz del Evangelio a los desafíos del presente.

 En estas semanas, hemos conmemorado el primer aniversario del pontificado del papa León XIV y estamos a las puertas de su primer viaje a España. En estos meses sus palabras siempre nos han animado a vivir como Iglesia misionera, promotora de una paz desarmada y desarmante, capaz de construir «puentes dialogando, siempre abierta a recibir con los brazos abiertos a todos, a todos aquellos que necesi tan nuestra caridad, nuestra presencia, diálogo y amor» (2). Que la cele bración de esta Jornada nos sea de ayuda para disponernos del mejor modo posible a acoger la visita del Santo Padre.

 A todo ello os animamos con la confianza de que el Espíritu que el Señor ha entregado a su Iglesia, y que celebramos en Pentecostés, es el que nos antecede siempre. león XIV, Bendición «Urbi et orbe» (8 de mayo de 2025).

Presidente de la Comisión
Mons. Carlos M. Escribano Subías
Arzobispo de Zaragoza

Subcomisión de Familia y Vida

Mons. José Mazuelos Pérez
Obispo de Canarias

Mons. Antonio Prieto Lucena
Obispo de Alcalá de Henares

Mons. Gerardo Melgar Viciosa
Obispo de Ciudad Real

Mons. Ángel J. Pérez Pueyo
Obispo de Barbastro-Monzón

Subcomisión de Infancia y Juventud

Mons. Arturo P. Ros Murgadas
Obispo de Santander

Mons. Francisco Jesús Orozco Mengíbar Obispo de Guadix

Mons. David Abadías Aurín
Obispo auxiliar de Barcelona
Consiliario de Manos Unidas y Acción Católica

Mons. Santos Montoya Torres
Obispo de Calahorra y La Calzada-Logroño

Foro de Laicos

Mons. Sergi Gordo Rodríguez
Obispo de Tortosa

domingo, 17 de mayo de 2026

Madre San Pascual, Una mujer entregada totalmente a Dios

El 17 de Mayo es el día de la Chère mère, de la Madre San Pascual. La Madre San Pascual fue una religiosa que dedicó su vida a la educación cristiana, a la caridad y al servicio de los más necesitados. Junto al Padre Luis Antonio Ormieres, fundó de la Congregación de las Hermanas del Santo Ángel de la Guarda, sabiendo descubrir en cada persona el rostro de Cristo y transmitir a sus hijas espirituales el amor a Dios, la sencillez y la confianza en la Providencia.

Nació en Francia en el siglo XIX en una familia profundamente cristiana. Desde muy joven manifestó una gran sensibilidad religiosa y un deseo ardiente de consagrarse totalmente al Señor. En una época en la que la sociedad estaba marcada por las dificultades y la pobreza, comprendió que la educación y la atención a los necesitados eran caminos privilegiados para evangelizar.

Con gran fe y valentía junto al P. Ormieres, pusieron la obra de su Congregación bajo la protección de los santos ángeles custodios. Su misión principal fue la educación de niños y jóvenes, especialmente de los más pobres, así como el acompañamiento espiritual y humano de quienes sufrían necesidad material o moral.

Toda la vida de la Madre San Pascual estuvo marcada por el amor a Jesucristo y la confianza absoluta en la voluntad de Dios. Vivió con humildad, espíritu de sacrificio y una profunda vida de oración. Ella misma repetía con frecuencia: “Todo por Jesús y para Jesús”. Y también enseñaba: “La caridad y la humildad son las alas del alma.” Su vida refleja las palabras del Evangelio: “Permaneced en mi amor” (Jn 15, 9). Y aquellas otras del apóstol San Pablo: “Todo lo puedo en Aquel que me fortalece.” (Fil 4, 13).

La Madre San Pascual enseñaba a sus religiosas a vivir en espíritu de sencillez y entrega, confiando siempre en la Providencia Divina, incluso en medio de las dificultades. La Fundadora entendió que educar era una forma de evangelizar y de dignificar a la persona humana. Por ello impulsó escuelas, obras sociales y comunidades religiosas donde se anunciaba el Evangelio con cercanía y misericordia. Su vida puede resumirse en las palabras de Jesús: “Lo que hicisteis con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis” (Mt 25, 40). La Madre San Pascual veía en cada niño y en cada pobre una presencia viva del Señor. Por eso pidió siempre a sus hermanas que trataran a todos con dulzura, paciencia y espíritu evangélico.

La Congregación quedó marcada por una profunda devoción a los Santos Ángeles. La Madre San Pascual veía en ellos compañeros de camino y protectores de la misión evangelizadora. Inspiraba a sus religiosas con palabras llenas de confianza: “Los ángeles nos conducen siempre hacia Dios”. Esta espiritualidad ayudó a crear comunidades centradas en la oración, la fraternidad y el servicio alegre.

La obra de la Madre San Pascual continúa viva hoy en las Hermanas del Santo Ángel, presentes en distintos lugares del mundo en diferentes actividades pastorales, principalmente en el campo de la enseñanza. Su ejemplo sigue inspirando a quienes desean vivir el Evangelio desde la humildad, la educación y la caridad. Su vida recuerda las palabras del evangelio: “Brille así vuestra luz ante los hombres” (Mt 5, 16). La Madre San Pascual fue una mujer de fe firme, corazón humilde y caridad incansable. Su historia es un testimonio de cómo Dios puede realizar grandes obras a través de personas sencillas que se abandonan plenamente a su voluntad.

''Dios asciende''. Por Joaquín Manuel Serrano Vila


Celebramos hoy la Solemnidad de la Ascensión del Señor. Este día marca un punto de inflexión definitivo en la historia de la salvación. Jesús no se marcha para desentenderse de nosotros, sino que asume su señorío universal y nos confía su propia misión. Las lecturas de este Ciclo A nos invitan a profundizar en el misterio de su ausencia física, que en realidad se convierte en una presencia nueva, interior y eclesial.

La primera lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles comienza justo donde termina el Evangelio de Lucas. El autor nos sitúa en ese intervalo de cuarenta días en el que Jesús resucitado consolida la fe de sus discípulos. Los apóstoles, todavía marcados por una mentalidad puramente humana y nacionalista, preguntan: "¿Es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?". Ellos buscaban una victoria política visible, el fin de la ocupación romana y la gloria terrenal. Jesús corrige con delicadeza pero con firmeza su perspectiva. El tiempo de Dios no coincide con los cronómetros humanos. En lugar de un reino político local, Jesús les promete el don del Espíritu Santo. Este don no es para el aislamiento espiritual, sino para la acción: "Seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra". La Ascensión se describe con un lenguaje simbólico y teológico: "Fue levantado en presencia de ellos, y una nube lo ocultó a sus ojos". La nube en la Sagrada Escritura representa la manifestación de la gloria divina (la Shejiná). Jesús entra de forma definitiva en la esfera de Dios.

El reproche de los dos hombres vestidos de blanco es la clave para nosotros hoy: "Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?". La Ascensión no es una invitación a la evasión mística ni a los brazos cruzados. Mirar al cielo es necesario para recordar nuestra meta, pero la tarea está en la tierra. Quedarse estáticos paraliza la misión. La Ascensión nos urge a sumergirnos en la historia humana para transformarla con la fuerza del Evangelio.

En la segunda lectura San Pablo, en su carta a los Efesios, eleva una oración profunda por la comunidad. Pide a Dios que nos conceda "espíritu de sabiduría y de revelación" para conocerlo verdaderamente. El Apóstol sabe que la mente humana por sí sola no puede abarcar la grandeza del misterio de Cristo. Necesitamos que los ojos de nuestro corazón sean iluminados. Pablo describe la Ascensión como el despliegue del poder omnipotente del Padre. Dios resucitó a Cristo de entre los muertos y lo sentó a su derecha en el cielo. Estar sentado a la derecha de Dios significa compartir su mismo poder, su misma autoridad y su soberanía sobre toda la creación. Cristo "está por encima de todo principado, potestad, fuerza y dominación". Nada en este mundo, ningún poder político, económico o espiritual, es superior a Él. Pero lo más hermoso de este texto es el vínculo que Pablo establece entre Cristo y la Iglesia. Dios "lo dio a la Iglesia como cabeza suprema". La Iglesia es su Cuerpo, y ella es "la plenitud del que lo llena todo en todas las cosas". Esto significa que Cristo ha querido necesitar de nosotros. Nosotros somos sus pies para caminar hacia el marginado, sus manos para partir el pan y sanar las heridas de éstos, y su boca para proclamar la justicia y la paz. La Ascensión glorifica a la Cabeza, lo que da a los miembros del Cuerpo la esperanza cierta de que un día compartiremos esa misma gloria.

El Evangelio de Mateo concluye con la escena conocida como la "Gran Comisión", situada en un monte de Galilea. El monte evoca las grandes teofanías del Antiguo Testamento y el Sermón de la Montaña. Los once discípulos se encuentran con Jesús. Mateo añade un detalle muy humano y consolador: "Lo adoraron, pero algunos dudaron". La comunidad que va a recibir la misión universal no es perfecta; está compuesta por hombres que creen, pero que también experimentan fragilidad y las dudas. Jesús no espera a que sean impecables ni perfectos para confiar en ellos.

Jesús se acerca y les quiere así, pero les habla con una autoridad absoluta: "Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra". Basado en este poder, dicta el mandato misionero que sostiene a la Iglesia hasta el día de hoy: "Id y haced discípulos de todos los pueblos". La misión tiene tres dimensiones claras. La primera es "Ir": salir de las propias comodidades y fronteras geográficas o existenciales. La segunda es "Bautizar": introducir a los hombres en la vida misma de la Trinidad; en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Y la tercera es "Enseñar": ayudar a guardar y poner por obra todo lo que Jesús ha mandado, que se resume en el mandamiento del Amor.

El Evangelio no termina con una despedida dolorosa, sino con el ánimo contra el miedo o la vacilación y promesa más rotunda de la Escritura: "Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo". Mateo abre su Evangelio presentando a Jesús como el Enmanuel, el "Dios con nosotros", y lo cierra confirmando esa identidad. Jesús ya no está en un lugar concreto de Tierra Santa; ahora, gracias a su Ascensión, está presente en todas partes, en todo sagrario, en cada comunidad reunida en su nombre y, de manera especial, en el rostro de los pobres y sufrientes; no lo olvidemos. Celebrar la Ascensión del Señor es celebrar nuestra propia dignidad y nuestro compromiso. Cristo ha llevado nuestra naturaleza humana a lo más alto de la gloria divina. Nuestro destino es el cielo, pero nuestro deber es el suelo. No somos huérfanos; no estamos solos ante los desafíos del mundo actual, ante la indiferencia religiosa, la injusticia interna o externa o nuestros propios sufrimientos familiares o personales: ¡Él está con nosotros!

Vayamos hoy a nuestras casas con la certeza de su presencia. Seamos esos testigos valientes que el mundo necesita: cristianos que no miran al cielo con nostalgia pasiva, sino que trabajan y luchan en la tierra con la esperanza puesta en la eternidad. Con razón celebra la Iglesia en este Domingo la Jornada de las Comunicaciones Sociales, pues fue en la Ascensión cuando el Señor nos envió a darlo a conocer al mundo.

Este día, 17 de mayo, es un día también especial para nuestras Hermanas del Santo Ángel que celebran la onomástica de su Fundadora, la Madre San Pascual, que también Ella nos enseñe a todos a "ir despacio para lograr llegar lejos"...

Evangelio Domingo de la Ascensión del Señor

Conclusión del santo evangelio según san Mateo 28, 16-20

En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado.

Al verlo, ellos se postraron, pero algunos dudaron.

Acercándose a ellos, Jesús les dijo:

«Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado.

Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos».

Palabra del Señor

Sorpresa que siempre provoca. Por Monseñor Fray Jesús Sanz Montes O. F. M.

Puedo decir que no sé acostumbrarme. Es como una sorpresa que siempre me provoca, y no por sabida y esperada deja de provocar el asombro y la gratitud. En estos tiempos que corren tan turbulentos en tantos sentidos, tan aciagos por las amenazas bélicas o por las guerras en curso, por los dimes y diretes de los mentideros con sus frivolidades y escaramuzas, por los escenarios de corrupción en una parte de la clase política y sus trampas en la gobernanza, en estos tiempos en los que nos asolan estas podredumbres, aparece como más necesario, una vez más, la referencia moral y ese rearme ético que ponga en primer plano la verdad, la bondad, la paz y la belleza.

No en vano, los fautores de ese escenario preocupante que acabo de señalar, tienen como usanza atacar de mil modos la presencia cristiana en la sociedad, como si fuera una espina que tienen clavada en sus cuentas pendientes, en sus contradicciones a mansalva, necesitando poner en sus dianas a la Iglesia católica para distraer la focalización en sus vergüenzas, para denostar a los cristianos ninguneándonos con sus censuras o señalándonos con sus ataques mediáticos y legislativos.

Por eso, vuelve a sorprenderme con inmenso agrado que a pesar de tanto y a pesar de ellos, la presencia cristiana permanece como un faro de referencia en medio de las tempestades geopolíticas, económicas, éticas y culturales. Se vuelve a repetir lo que sucedió hace dos mil años: la persecución hacia Jesús y aquellos primeros cristianos, no era una persecución inocente o fortuita, sino la reacción de quienes amigos de la oscuridad, la depravación y la muerte, se sentían incómodos ante quien se presentaba aún en medio de todos sus defectos y pecados, como testigos de la luz amiga, de la regeneración moral y de la vida.

Cuando parece que nos han hecho mella tantas andanadas contra la Iglesia y que debemos colgar el cartel de “se vende” en nuestros principios y nuestras propuestas, resulta que renace inesperadamente el interés por el Evangelio, por la tradición cristiana y por nuestra postura moral ante tantos desafíos. Lo pude experimentar hace días ante el precioso espectáculo de subir con más de 700 jóvenes hasta Covadonga caminando por la montaña y adentrándonos en sus bosques. Chicos y chicas sanos y joviales, que hacen sus estudios, saben divertirse sanamente y tienen un interés creciente por vivir todas sus cosas desde la clave cristiana: sus preguntas, sus amores, sus ensueños, sus heridas, sus certezas. Todo un regalo por el que di gracias con ellos ante nuestra Santina.

Pero, como acontece cada año por estas fechas de pascua, volvemos a celebrar en nuestra catedral de Oviedo un acontecimiento peculiar que despierta hasta el extremo la gratitud más asombrada: el hecho de ver nuestra iglesia madre diocesana llena hasta la bandera y el campanario, por los 372 jóvenes adultos que llaman a la puerta. No para apostatar sino para pedir el bautismo o recomenzar su vida cristiana. Algunos sólo estaban bautizados, pero jamás vivieron nada como hijos de la Iglesia, y recibirán con plena conciencia su primera comunión tras encontrarse con Jesús y comenzar propiamente hablando su andadura como cristianos. Otros, ya bautizados y con la primera comunión, no tuvieron luego un recorrido creyente y jamás recibieron la confirmación. Se trata de este importante número de hombres y mujeres, jóvenes adultos que, bautizándose, recibiendo la Eucaristía y confirmándose llenarán nuestra comunidad diocesana de tanta esperanza, por el paso que van a dar.

Nuestra sociedad necesita este testimonio, que no es el relato de los escándalos de la corrupción cotidiana, sino el de la esperanza que no defrauda cuando tras el encuentro con Cristo la vida cambia, y nos convoca a ser testigos de la paz, la bondad, la verdad y la belleza que llenan la ciudad de alegría. Todo un regalo por el que dar tantas gracias.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

sábado, 16 de mayo de 2026

Una liturgia más bella. Por Carlos Granados García

(Alfa y omega) Este nuevo libro del cardenal Robert Sarah aborda, sobre todo, la cuestión de la música sacra en la liturgia. El volumen transcribe una serie de entrevistas realizadas por Peter Carter. Es un libro recomendable y aleccionador. La ventaja que tiene el género literario de la entrevista es que hace la lectura más amena y entretenida. La desventaja es que se difumina a veces el hilo conductor.

En todo caso, Peter Carter demuestra ser un entrevistador eficaz. Sus preguntas son provocativas, a veces un poco subversivas, con un estilo típicamente americano, cortante y al grano.

Si pasamos al contenido, creo que leer al cardenal Sarah es siempre recuperar el sentido de lo sagrado en la liturgia: silencio o contemplación son palabras que resuenan continuamente en el libro. A ello se suma un hondo sentido de la centralidad de la liturgia en la vida cristiana. La respuesta de los mártires de Albitene en el año 304 expresa bien lo que para el cardenal Sarah es (o debería ser) la natural perspectiva cristiana: sine dominico non possumus, «sin domingo no podemos vivir»; sin la Eucaristía dominical no podemos subsistir.

En general, el libro es profundamente heredero de Joseph Ratzinger y de su punto de vista sobre el sentido de la música en la liturgia, la preservación del latín, la belleza de la liturgia o el significado de una paticipatio actuosa en la ella.

Las preguntas del pertinaz entrevistador obligan, a veces, al cardenal Sarah a aterrizar sobre terrenos un poco tortuosos, como cuando Carter inquiere sobre la «necesidad» del canto gregoriano, o se empeña en saber hasta qué punto es posible el baile durante una celebración eucarística o porfía sobre la medida en que ciertos ritmos musicales modernos pueden emplearse en un contexto litúrgico. Son temas que evidentemente despiertan cierta curiosidad y que pueden impactar más en una lectura superficial. Repito, sin embargo, que para mi gusto lo que aporta el cardenal Sarah supera con mucho toda esta serie de cuestiones más puntuales.

En su profundidad última, lo que despierta este libro es el sentido de la belleza sagrada de la liturgia. Esa belleza es, en sí misma, testimonio de Cristo e invitación a adentrarse en el misterio. Una liturgia banal, descuidada, secularizada; o una liturgia de mero aplauso y escenario, de espectáculo y pasarela de moda, nos deja, en el fondo, muy vacíos.

No quiero terminar sin añadir que las palabras del cardenal Sarah respiran, sin duda, un sincero cariño y cercanía a los sacerdotes que, ciertamente, hacen mucho más reales y llevaderas la serie de exhortaciones particulares que les dirige en el libro.

viernes, 15 de mayo de 2026

Santoral del día: San Isidro, Labrador

El perfil del Santo se caracteriza por su humildad y sencillez en sus tareas con una base de Fe muy sólida. Hoy celebramos a San Isidro Labrador. Nacido a finales del siglo XI, casa con María de la Cabeza y, fruto de su matrimonio, tienen un hijo al que ponen el nombre de Illán. Esposa e hijo también son Santos.

Durante la mayor parte de su vida trabajó en el campo al servicio de Juan de Vargas. Su Fe y sencillez le hacen agradable a Dios. En su trabajo como jornalero de Don Juan de Vargas fue calumniado asegurando que no cumplía bien sus labores.

El amo fue a ver y se le encontró en el trabajo y dando gracias a Dios. Un día su hijo cae al pozo y ambos esposos oran, recobrándole sano y salvo. En otra ocasión le acusaron falsamente a su esposa a la que levantaron rumores oscuros sobre lo que hacía al cruzar el río.

Isidro le llevó cerca de ella y nada más llegar a la orilla la cruzaba y también oraba al Señor. Después de una feliz ancianidad, colmado de años, muere en olor de santidad. Su cuerpo incorrupto descansa en la Colegiata construida en su honor.

Varias décadas después, fue descubierto su cuerpo. Beatificado por el Papa Pablo V en 1619, hace que sea finalmente Benedicto XIII el que le eleve a los altares. San Juan XXIII le declara Patrón de los agricultores y las gentes del campo. También lo es de la ciudad de Madrid.