jueves, 11 de junio de 2026

Día grande

 

Homilía del Santo Padre en la Basílica de la Sagrada Família (Barcelona)

«Senyor, sobirà nostre, que n’és, de gloriós, el vostre nom per tota la terra!» (Sl 8,2.10). Con la alabanza de este salmo, tan lleno de alegría y asombro, os saludo a todos vosotros, queridos hermanos y hermanas. Expreso mi agradecimiento a Sus Majestades, doy las gracias al Cardenal Juan José Omella, Arzobispo de Barcelona, así como a los demás hermanos en el Episcopado y a todos los que se unen a nuestra oración: sacerdotes, diáconos, religiosos y religiosas. En esta tarde de fiesta para toda la ciudad de Barcelona, extiendo mi saludo agradecido a las autoridades públicas, así como a los miembros de otras comunidades cristianas y de otras religiones que participan en nuestra acción de gracias.

Avui la Basílica de la Sagrada Família ens acull en aquesta bella ciutat, obrint les seves portes com si fossin braços que conviden a cadascú en aquest altar a escoltar la Paraula de Déu. És un temple que ens constitueix en una família estimada pel Senyor, alimentada per la seva pròpia vida en l’Eucaristia. Així és com la ciutat comtal i tota Catalunya es reuneixen en aquest temple, signe també d’unitat i de concòrdia, i aixequen la seva mirada per trobar-se amb el rostre de Déu Pare, resplendent en el seu Fill fet home, Jesucrist.

Tot donant gràcies al Senyor per la seva caritat vers nosaltres, el lloem per tot el que realitza en la nostra vida. Li donem gràcies en especial per aquesta extraordinària basílica, que el Papa Benet XVI va consagrar el 2010, recordant que és signe visible del Déu invisible, i que per la seva glòria s’alcen les torres (cf. Homilia per a la consagració, 7 de novembre 2010). En continuïtat amb la pregària del meu Predecessor, en uns moments beneiré la torre més alta, la de Jesucrist.

[Hoy la Basílica de la Sagrada Familia nos acoge en esta hermosa ciudad, abriendo sus puertas como si fueran sus brazos para invitar a cada uno a este altar, a escuchar la Palabra de Dios. Es un templo que nos constituye en una familia amada por el Señor, alimentada por su propia vida en la Eucaristía. Así es com la ciutat comtal y toda Cataluña se reúnen en este templo, signo también de unidad y de concordia, y alzan su mirada para encontrarse con el rostro de Dios Padre, resplandeciente en su Hijo hecho hombre, Jesucristo.

Mientras damos gracias al Señor por su caridad hacia nosotros, le alabamos por lo que obra en nuestra vida. Le damos gracias en particular por esta extraordinaria basílica, que el Papa Benedicto XVI consagró en 2010, recordando que es signo visible del Dios invisible, por cuya gloria se alzan sus torres (cf. Homilía para la consagración, 7 noviembre 2010). En continuidad con la oración de mi Predecesor, dentro de unos momentos bendeciré la torre más alta, la de Jesucristo.]

Esta iglesia es un único edificio, compuesto por muchas piedras. Una casa que crece con constancia a lo largo de los años, siguiendo un mismo proyecto. Todos nosotros somos las piedras vivas de esta obra, que tiene a Cristo como fundamento y culmen, principio y fin. Mucho más que un monumento, la Basílica de la Sagrada Familia sigue siendo hoy una obra en construcción, que nos recuerda cómo la vida cristiana es siempre un camino, porque se trata de un proyecto que Dios lleva a cabo.

No habitamos, pues, una obra inacabada, sino un templo aún en construcción. Su imperfección no es un defecto, porque da testimonio de un deseo; no significa una carencia, sino que expresa una promesa que queremos honrar con coherencia. Nuestra gratitud se convierte entonces en compromiso, al tiempo que cooperamos en el proyecto de Dios, es decir, en la construcción a la que Él mismo nos llama. Puesto que somos templo del Espíritu Santo (cf. 1 Co 6,16.19), esta obra coincide con nuestra vida, que Dios concibe como una obra maestra que debemos realizar juntos y nos llama a colaborar con Él (cf. 1 Co 3,9).

A este respecto, guardamos en nuestro corazón las palabras que el Señor dirigió al rey David: «¿Tú me vas a construir una casa para morada mía?» (2 Sam 7,5). Al contrario, «el Señor te anuncia que te va a edificar una casa» (v. 11). Con este anuncio, la Escritura nos enseña que no somos nosotros quienes damos un lugar a Dios, como si fuera un elemento de una serie o parte de un todo mayor que Él. Es Dios en cambio quien nos da un lugar, y el lugar que nos regala es su propio corazón: el lugar del Hijo, para nosotros que éramos extraños; el lugar del Amado, para nosotros que somos pecadores.

Esta voluntad suya se cumple a través de Jesús; podemos entonces comprender el sentido de lo que hemos escuchado en el Evangelio, cuando el Señor dice a los fariseos: «Si no creéis que “Yo soy”, moriréis en vuestros pecados» (Jn 8,24). Palabras fuertes, que no son en absoluto amenazas, ni un chantaje. Son una invitación a la salvación, es decir, un llamamiento a la libertad por parte de Cristo, que quiere para nosotros el bien definitivo, eterno. Ante la amenaza del mal, el Señor está siempre con nosotros, siempre a nuestro favor. “Yo soy”: este es el Nombre Santísimo que Dios entregó a Moisés desde la zarza ardiente, revelando su inquebrantable fidelidad. Hecho hombre, Él se convierte para nosotros en el Emmanuel, fuente de gracia y perdón, de salvación y de vida nueva. Es por ello que, si no creemos en Jesucristo, permanecemos en el pecado y no sólo morimos nosotros, sino que provocamos la muerte del prójimo. Queridos hermanos, no podemos creer en Jesús y promover la guerra. No podemos creer en Jesús y matar al inocente. No podemos creer en Jesús y abandonar a quien sufre, a quien llora, a quien huye de la miseria.

En aquesta nit, doncs, la Creu de Crist, que corona aquesta basílica, és la Creu dels últims, que es tornen els primers, dels pecadors que es tornen sants, dels morts que ressusciten. Les tres façanes de la Sagrada Família en donen testimoni: el Primer es fa el darrer per a nosaltres en el Nadal; amb el seu sacrifici ens redimeix mitjançant la Passió; la seva mort ens dóna la vida eterna fent-nos partícips de la glòria divina. En admirar la torre de Jesucrist, alcem la mirada cap a Ell, cap a Aquell que ens revela la veritat de Déu i la veritat de nosaltres mateixos. Mirant Crist podem veure el món amb ulls renovats: la torre de la creu es converteix aleshores en un estàndard de caritat, perquè Déu ens estima així, transformant un instrument de mort en signe d’esperança. En la creu de Jesús la nostra fe aconsegueix el cim, com professa la inscripció que es troba en la base de l’agulla: “Tu solus Sanctus, Tu solus Dominus, tu solus Altíssimus”. Aquesta creu brilla de dia, reflectint la llum del sol i brilla de nit, il·luminant la ciutat com un far obert al Mediterrani.

[Esta noche recordemos, pues, que la Creu de Crist, que corona esta basílica, és la Creu dels últims que se vuelven los primeros, de los pecadores que se vuelven santos, de los muertos que resucitarán. Las tres fachadas de la Sagrada Familia lo atestiguan: el Primero se hace el último por nosotros en la Natividad; con su sacrificio nos redime mediante la Pasión; su muerte nos da la vida eterna haciéndonos partícipes de la gloria divina. Al admirar la torre de Jesucristo, alzamos la mirada hacia Él, hacia Aquel que sólo nos revela la verdad de Dios y la verdad de nosotros mismos. Mirando a Cristo podemos ver el mundo con ojos renovados: la torre de la cruz se convierte entonces en estandarte de caridad, porque Dios nos ama así, transformando un instrumento de muerte en signo de esperanza. En la cruz de Jesús nuestra fe alcanza su culmen, como profesa la inscripción que se encuentra en la base de la aguja: “Tu solus Sanctus, Tu solus Dominus, tu solus Altissimus”. Esta cruz brilla de día, reflejando la luz del sol, y brilla de noche, iluminando la ciudad como un faro abierto al Mediterráneo.]

Sí, la luz de Cristo brilla en las tinieblas, aunque las tinieblas no la hayan acogido (cf. Jn 1,5.11). Sin embargo, este rechazo no hace que falte el amor de Dios: «Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre —dice el Señor— entonces sabréis que Yo Soy y que nada hago por mí mismo, sino que hablo como el Padre me ha enseñado» (Jn 8,28). Es necesario pasar por la pasión del Crucificado para ser iluminados por la gloria del Resucitado: desde siempre, en efecto, el Padre enseña a dar la vida y el Hijo, que la recibe de Él, la da a todos con el poder del Espíritu Santo. He aquí por qué precisamente la cruz es el signo luminoso de su amor.

És la fe que dóna forma a les pedres i sentit a l’edifici que habitem junts. En la nostra pregària descobrim, per tant, el vincle originari de les coses amb Déu, creador del cel i de la terra: Ell és l’artista que ha imprès el seu esplendor en el cosmos. Creat a la seva imatge, l’home respon a l’obra de Déu amb el seu propi enginy: així es com l’artista converteix el talent en lloança i la creativitat en testimoni del mateix Creador. Com arquitecte ardent de fe, el venerable Antoni Gaudi va concebre aquests espais amb el desig de narrar els misteris de la vida del Senyor: d’aquesta manera ens ha proposat un pelegrinatge espiritual, que condueix a la trobada amb Crist nascut, mort i ressuscitat per nosaltres. Juntament amb Gaudí, de qui commemorem el centenari de la seva mort, recordem i donem gràcies en aquesta tarda a tots els promotors i benefactors, als artistes i als treballadors que cooperen en la construcció d’una obra mestra arquitectònica, que és també una eloqüent catequesi feta de pedres, colors i llum. En la saviesa, l’Església renova així la Biblia pauperum de les antigues catedrals, que són elles mateixes missatges d’evangelització d’una gran riquesa. En aquest temps de la imatge, resulta encara més evident com l’art i la bellesa son eminents canals d’evangelització.

[Es precisamente la fe la que da forma a las piedras y sentido al edificio que habitamos juntos. En nuestra oración descubrimos, por tanto, el vínculo originario de las cosas con Dios, creador del cielo y de la tierra: Él es el artista que ha impreso su esplendor en el cosmos. Creado a su imagen, el hombre responde a la obra de Dios con su propio ingenio: así es como el artista convierte el talento en alabanza y la creatividad en testimonio del mismo Creador. Como arquitecto ardiente de fe, el venerable Antoni Gaudí concibió estos espacios con el deseo de narrar los misterios de la vida del Señor: de este modo nos ha propuesto una peregrinación espiritual, que conduce al encuentro con Cristo nacido, muerto y resucitado por nosotros. Junto con Gaudí, de quien conmemoramos el centenario de su muerte, recordamos y damos las gracias esta tarde a todos los promotores y benefactores, a los artistas y a los trabajadores que cooperan en la construcción de una obra maestra arquitectónica, que es también una elocuente catequesis hecha de piedras, colores y luz. En su sabiduría, la Iglesia renueva así la Biblia pauperum de las antiguas catedrales, que son en sí mismas mensajes de evangelización de gran riqueza. En este tiempo de la imagen, resulta aún más evidente cómo el arte y la belleza son eminentes canales de evangelización.]

Estimats germans i germanes, la belleza de este templo nos anima a aprender cada vez más de nuestro Maestro y Señor el arte de vivir según su Evangelio. Mientras alzamos la mirada hacia Él, el Crucificado Resucitado, comprometámonos a levantar el rostro de quienes yacen en el polvo (cf. 1 Sam 2,8). Y demostremos así que la Sagrada Familia es la iglesia más alta del mundo, no para destacar en clasificaciones mundanas, sino para guiar los pasos del pueblo de Dios que peregrina en esta tierra de Cataluña, con la cruz que ilumina el camino, como una lámpara encendida en la espera del regreso del Esposo.

martes, 9 de junio de 2026

Entrega de la Rosa de Oro a Nuestra Señora de la Almudena

 

Si oviesse buen señor. Por Jorge González Guadalix

(De profesión cura) Impresionante lo que hemos vivido con la presencia del papa León en Madrid. Verdad que podemos ponernos especialmente tiquismiquis y rebuscar para encontrar peros. Solo faltaba. Yo les doy mi impresión, que e sla mía y punto.

- Lo primero, felicitar al cardenal arzobispo de Madrid por la organización. Impecable en todos los sentidos.

- Impresionante la respuesta de los fieles en la calle y en todos los actos.

- Me gustó mucho el saludo del cardenal Cobo en la vigilia con jóvenes y muchísimo las respuestas del papa a las preguntas de los jóvenes. Sobrecogedor el tiempo de oración con un silencio sincero de más de 600.000 asistentes. Me sobró el numerito de Godspell, obra estrenada en los años 70. A ver si evolucionamos.

- De antología del pensamiento católico el discurso en el Congreso de los Diputados. Todo lo que se diga es poco.

- No se puede hablar de todo. Muy distinto el acto en el Bernabéu con la Iglesia de Madrid, donde hubo tiempo para reír, rezar, cantar.

España es católica por más que se empeñen en lo contrario desde Azaña, por más que las encuestas quieran demostrar el abandono de la Iglesia, por más que los políticos busquen dar carta de naturaleza a una laicidad que nadie pidió ni recoge la Constitución. Solo un pueblo católico, una ciudad católica como Madrid, hacen posible reunir 600.000 jóvenes en una vigilia, 1.200.000 personas en misa y cientos de miles en las calles para saludar al sucesor de Pedro ¡sin un solo altercado, sin una papelera rota, sin el rastro de un papel en el suelo!

Católicos que se molestan, que rezan, cantan y se emocionan. Católicos que saben amar. Católicos deseosos de que alguien les confirme en la fe.

“¡Dios, qué buen vasallo, si oviesse buen señor!” proviene del verso 20 del célebre Cantar de Mío Cid. Ya tenemos los buenos vasallos, católicos provenientes de toda España que manifiestan su deseo de seguir a Cristo hasta la heroicidad en el seno de la Iglesia Católica. Católicos que claman por pastores que sean sal de la tierra -evangelio de hoy- y no se conformen con edulcorar cualquier cosa en un cómodo endulzar todo y pasar por todo para caer bien y conseguir una limosna.

Tras la visita del papa León, después de una semana santa que cada año crece y es vivida con mayor devoción, hemos de proclamar que el problema no está en los vasallos, que han demostrado fidelidad, lealtad y capacidad de compromiso, sino en la necesidad de que la Iglesia les ofrezca señores llenos de fe, fieles al evangelio, valientes, testigos capaces de entusiasmar y guiar a su pueblo a la santidad, la evangelización y el anhelo del cielo.

Tenemos los mejores vasallos. Pedimos los mejores señores.

domingo, 7 de junio de 2026

Corpus Christi, día de la caridad. Por Joaquín Manuel Serrano Vila


Hoy celebramos con inmensa alegría y devoción la solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo. Es la fiesta del amor desbordado de Dios, el día en que salimos a las calles para gritarle al mundo que el Señor no se ha marchado, sino que permanece oculto y real bajo las especies del pan y del vino.

La Palabra de Dios en el libro del Deuteronomio nos sitúan ante una de las actitudes espirituales más importantes para el cristiano, el deber de recordar. Moisés exhorta al pueblo a hacer memoria del largo y terrible camino por el desierto; éste representa nuestras crisis, sequedades y momentos de desamparo. Allí, Dios permite que el pueblo sienta hambre, pero no para destruirlo, sino para enseñarle que "no solo de pan vive el hombre, sino de todo lo que sale de la boca de Dios".

En aquel lugar árido les dio el "maná", un pan misterioso que no conocían. El maná fue el auxilio provisional de Dios. Sin embargo, hoy se nos invita a mirar más allá de lo provisional. El peligro del ser humano es el olvido y la autosuficiencia que nacen del egoísmo cuando estamos saciados, cómodos y satisfechos. El Corpus Christi nos pide reactivar la memoria del corazón: recordar que somos mendigos de la gracia de Dios y que sin Él desfallecemos en el camino de la vida.

San Pablo, en su carta a los Corintios, nos eleva a la dimensión eclesial y comunitaria del Sacramento. El Apóstol utiliza términos rotundos: el cáliz y el pan son comunión con la Sangre y el Cuerpo de Cristo. Comulgar no es un acto de piedad estrictamente privado o individualista; es el misterio que nos amalgama.

"El pan es uno, y nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo, pues todos comemos del mismo pan". Esta verdad sacude nuestras divisiones, nuestros juicios temerarios y nuestras faltas de caridad. Al acercarnos al altar, nos unimos íntimamente a Cristo y, por consecuencia inmediata, quedamos entrelazados con el hermano que está a nuestro lado. La eucaristía es el "pegamento" de la Iglesia. No podemos comer el Cuerpo de Cristo de espaldas a los sufrimientos de los miembros sufrientes de su Cuerpo místico. Y es que la eucaristía siempre es vínculo de comunión.

El Evangelio de san Juan nos introduce en el corazón del "Discurso del Pan de Vida". Las palabras de Jesús son tan realistas que provocaron la disputa y el escándalo de quienes lo escuchaban: "¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?"... Lejos de suavizar el lenguaje o decir que se trata de una simple metáfora, Jesús reafirma con solemnidad su declaración: "Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida".

El maná del desierto sació el estómago, pero aquellos padres murieron. El pan que Jesús nos ofrece comunica la vida eterna. Quien lo come experimenta una mutua inhabitación: "habita en mí y yo en él". El fruto de la comunión eucarística es la cristificación de nuestra existencia. Vivimos por el Hijo, del mismo modo que el Hijo vive por el Padre. Al recibirlo, se nos inocula la vida misma de Dios, una vida divina que vence a la muerte y nos capacita para amar como Él ama... Adoremos hoy este misterio con profunda reverencia; que nuestra procesión posterior exprese la gratitud de un pueblo que se sabe alimentado y rescatado por su Redentor.

Tradicionalmente, la fiesta del Corpus Christi es el Día de la Caridad, recordándonos que el amor a la eucaristía es inseparable del amor a los pobres. También la novena al Sagrado Corazón de Jesús nos ayuda a vivir este día, al caer en la cuenta que su Corazón late en la custodia, en el Sagrario y entre las manos del sacerdote en la consagración. No separemos nunca adoración eucaristía de compromiso social, ambas han de ir de la mano. Vivimos también días de inmensa gracia con motivo de la visita apostólica del Papa León XIV a nuestra Nación, a esta España tradicionalmente católica en su historia, hasta el punto que nuestra Ley de leyes así lo contempla con distinción y reconocimiento. Unámonos fervientemente en oración por los frutos pastorales de su viaje papal, por sus mensajes de unidad y por las intenciones del sucesor de Pedro para nuestra Patria.