viernes, 17 de julio de 2026

Las carmelitas de Compiègne, mártires del Corazón de Jesús Por: Mons. Alberto José González Chaves

Cuando la libertad levanta una guillotina

Su sangre continúa hablando, como la de Abel, no para pedir venganza, sino para desenmascarar la mítica mentira de su época.

El 17 de julio de 1794, al caer la tarde, dieciséis mujeres atravesaron París en una carreta de condenados camino de la guillotina. No llevaban armas; no habían conspirado, incendiado palacios o derramado sangre. Eran once monjas de coro, tres hermanas conversas y dos torneras o hermanas externas del Carmelo descalzo. Su delito era haber continuado siendo lo que eran: religiosas, esposas de Jesucristo, hijas de Santa Teresa, mujeres consagradas a la oración.

La Revolución que había prometido libertad, las condenaba por ejercerla. Los que proclamaban los derechos del hombre, les negaban el de pertenecer a Dios. Quienes iban a derribar tiranías levantaron una guillotina para cortar la cabeza a unas mujeres indefensas que rezaban. No murieron por un accidente cruel de la historia sino porque la «libertad» separada de la verdad odiar todo lo que no puede dominar. Fueron víctimas de tres embustes diabolicos: la libertad convertida en dogma, la igualdad que solo admite hombres idénticos ante el Estado, la fraternidad universal que excluye a quien se atreva a reivindicarla en Jesucristo, único Hermano Mayor, Hijo del eterno Padre.

El Carmelo frente a la nueva religión

El monasterio de la Anunciación de Compiègne había sido fundado en 1641 como uno de los primeros frutos franceses de la reforma teresiana. Durante siglo y medio sus moradoras vivieron una existencia escondida, reglada por la campana, la Santa Misa y el lento sucederse de las horas litúrgicas. Pero la Revolución no podía tolerar aquella vida, no porque las monjas constituyesen una amenaza política, sino porque constituían una contradicción teológica. En una sociedad que comenzaba a declarar que el hombre solo se pertenece a sí mismo, ellas afirmaban con su silencio que la libertad más alta consiste en pertenecer enteramente a Dios. En un mundo que divinizaba la voluntad autónoma, ellas profesaban obediencia cuando la Revolución abolía los votos religiosos por considerarlos contrarios a su «libertad». Mas las carmelitas sabían que nadie es más libre que quien entrega libremente su vida por amor.

En 1790 fueron suprimidas las órdenes contemplativas. En septiembre de 1792 las religiosas fueron expulsadas del convento y la comunidad se dispersó en pequeños grupos por varias casas de Compiègne, pero siguió viviendo, en cuanto fue posible, su horario de oración, silencio y fraternidad. Les quitaban el monasterio, pero no el Carmelo; les arrebataban el hábito, pero no la consagración. La persecución podía cerrar conventos, pero no encerrar la gracia; si disolvía comunidades por decreto, no podía derogar su vocación; si declaraba inexistentes sus votos en los registros del Estado, no lograría borrarlos de aquellos dieciséis corazones en los que Dios los había recibido.

«Fanáticas» del Sagrado Corazón

Las carmelitas de Compiègne murieron también por su devoción al Sagrado Corazón de Jesús. No fueron ejecutadas únicamente por poseer estampas piadosas, ni el proceso revolucionario se redujo formalmente a una condena del culto al Corazón de Cristo: fueron condenadas por su fidelidad a la vida religiosa, por su adhesión a la Iglesia, por su rechazo práctico de la descristianización y por lo que el tribunal llamaba «fanatismo». Pero entre los indicios empleados contra ellas figuraban precisamente testimonios de su devoción a los Sagrados Corazones de Jesús y de María. Fueron sentenciadas por su «fanatismo» unido a esa devoción y por su vinculación con la autoridad legítima. La acusación es reveladora: el Corazón de Jesús resultaba particularmente intolerable para la nueva religión revolucionaria. No era una devoción más, sino la proclamación de que el centro del mundo no es la voluntad humana, sino el amor de Dios hecho carne; que la humanidad no se salva construyendo paraísos políticos, sino dejándose redimir por un Corazón traspasado; que por encima de las asambleas, de los comités y de las constituciones está el reinado de Jesucristo. Mientras la Revolución pretendía rehacer al hombre, el Sagrado Corazón recordaba que el hombre necesitaba ser redimido; si la Revolución buscaba imponer la salvación mediante la política, el Corazón de Cristo ofrecía la salvación por la gracia. La Revolución exigía adhesión total a una idea y las carmelitas habían entregado ya su totalidad a una Persona. Por eso eran «fanáticas». ¡Les hicieron el elogio más bello! Eran «fanáticas», sí, si fanatismo significaba no admitir que ningún poder humano pudiera ocupar el lugar de Dios. Fanáticas de la mansedumbre, de la reparación, de la adoración y del amor; fanáticas de un Corazón que, perdonando, se había dejado atravesar por todos.

La ofrenda

En 1792, cuando la persecución se hacía cada vez más amenazadora, la priora, madre Teresa de San Agustín, propuso a la comunidad un acto de ofrenda a Dios en holocausto para que la paz fuese devuelta a la Iglesia y a Francia. No todas fueron capaces de aceptar inmediatamente: alguna sintió temor, y esto hace su martirio más humano, más cristiano y más grande. Porque el mártir no es quien no siente miedo sino quien, sintiéndolo, deja que la caridad sea más fuerte que el miedo. La gracia no destruye la fragilidad: la toma de la mano y la conduce hasta donde ella sola nunca habría llegado.

Aquellas mujeres no jugaron románticamente con la idea de morir: sabían lo que era la guillotina; habían visto cómo la Revolución devoraba a sus propios hijos; conocían los carros de condenados, los insultos, el ruido de la cuchilla, las fosas comunes. Por ello su ofrecimiento no fue una fantasía piadosa, sino un acto sacerdotal, pues, si no eran sacerdotes ministeriales, vivieron hasta el extremo la dimensión oblativa que pertenece a toda vida cristiana, haciendo cada una, de sí misma, una hostia viva. Y Dios, que no necesita sangre, pero acepta el amor que se entrega, tomó en serio su oración.

Un juicio contra Dios

Las religiosas fueron detenidas en junio de 1794. Trasladadas a París, comparecieron el 17 de julio ante el Tribunal Revolucionario. El proceso fue sumario; la sentencia, decidida de antemano. Cuando se empleó contra ellas la palabra «fanatismo», sor Enriqueta de Jesús pidió al acusador que explicase qué significaba. La respuesta fue brutal y luminosa: el fanatismo era su adhesión a creencias infantiles y a prácticas religiosas ridículas. Entonces sor Enriqueta comprendió que la sentencia no castigaba un crimen político, sino la fe, y dijo a sus hermanas que debían alegrarse, porque iban a morir por su santa religión y por su fidelidad a la Iglesia católica. El lenguaje del tribunal había despejado cualquier duda: no las mataban por conspiradoras, sino por creyentes. En realidad, aquel día no se juzgó a dieciséis carmelitas: se juzgó el derecho de Dios a ser amado por encima del Estado, la posibilidad de que exista en la tierra un espacio interior que el poder no pueda ocupar, la libertad de la conciencia cristiana. Y, como sucede siempre que un poder absoluto juzga a Dios, terminó condenando al hombre.

La carreta, «paso» de procesión

Al salir hacia el patíbulo, las carmelitas no organizaron una protesta ni gritaron consignas ni respondieron al odio con odio. Cantaron. La carreta de las condenadas se convirtió en coro monástico y el camino hacia la plaza del Trono Derribado se hizo procesión litúrgica. El poder había querido reducirlas al silencio, y ellas respondieron con música, transfirmando su degradación pública, ignominiosa, en oficio divino. Aquellas mujeres derrotadas mostraban al todo París la belleza de una comunidad que moría como había vivido: unida y cantando el Miserere, la Salve Regina y, al pie del patíbulo, el Veni Creator Spiritus. Así fueron al cadalso: rezando y cantando, renovando su consagración, una tras otra, ante su priora. Antes de subir, cada religiosa se arrodillaba ante madre Teresa de San Agustín, pedía permiso para morir y renovaba su obediencia. Después besaba una pequeña imagen de la Virgen y se entregaba al verdugo.

La más joven, sor Constanza, fue de las primeras. Sus veintinueve años avanzaron con alegría, como quien va a una fiesta. La priora quiso morir la última, como una madre que acompaña a todas sus hijas hasta la puerta y solo la cruza después de haber comprobado que ninguna queda atrás. Dieciséis veces cayó la cuchilla. Dieciséis voces fueron apagándose. El silencio retumbó en la plaza cuando la multitud descubrió que acababa de presenciar algo santo.

Bernanos: el miedo visitado por la gracia

A la historia de Compiègne la Providencia quiso prolongarla a través de la literatura y de la música. En 1931, Gertrud von Le Fort publicó «La última en el cadalso», inspirándose libremente en las mártires. Introdujo el personaje ficticio de Blanca de la Force, una joven dominada por el miedo. Años después, Georges Bernanos recibió el encargo de escribir los diálogos para una película basada en aquella obra. El proyecto cinematográfico no salió entonces adelante, pero el texto apareció póstumamente con el título de «Diálogos de carmelitas». Francis Poulenc lo convirtió después en una de las óperas religiosas más intensas del siglo XX, estrenada en 1957.

Bernanos no se limitó a versionar una epopeya histórica; penetró en el misterio cristiano del miedo con intuición profundamente católica: la gracia no siempre quita el miedo; a veces lo transfigura. Hay personas llamadas a dar a Dios no una fortaleza natural que poseen, sino una debilidad que Él redime. Blanca no es santa porque sea valiente sino porque, después de huir, de temblar y creerse indigna, llega a la hora en que la gracia la esperaba. La libertad cristiana no consiste en no tener miedo, sino en que el miedo no tenga la última palabra. Frente al héroe pagano, que domina su destino por la fuerza de su carácter, el mártir cristiano recibe una fortaleza que no es suya. No asciende al patíbulo para demostrar que es superior a los demás: sube sostenido por Otro. Por eso las carmelitas de Bernanos no son estatuas: discuten, dudan, tiemblan, se contradicen. Y, sin embargo, en la hora final, todas sus pobrezas quedan asumidas en la comunión de los santos.

La última escena, popularizada por Poulenc, ofrece una intuición teológica extraordinaria: las voces desaparecen una a una al golpe seco de la guillotina, pero el canto no se destruye; se adelgaza, se purifica, asciende. Parece que la muerte vence a cada cantora y, sin embargo, no logra vencer la canción. La Iglesia es precisamente eso: un canto que atraviesa los siglos aunque vayan cayendo quienes lo entonan.

Las guillotinadas, en los altares

El proceso de beatificación se abrió a finales del siglo XIX. Las carmelitas de Compiègne fueron beatificadas por san Pío X el 27 de mayo de 1906 como las primeras mártires de la Revolución Francesa reconocidos solemnemente por la Iglesia. Francia vivía entonces una nueva oleada de laicismo militante. La Ley de Separación de la Iglesia y el Estado había sido aprobada en 1905. Congregaciones religiosas eran expulsadas, comunidades se dispersaban y bienes eclesiásticos volvían a ser incautados. San Pío X elevaba a los altares a unas religiosas expulsadas por una revolución justamente cuando otras religiosas francesas volvían a conocer el destierro. No era un gesto político, pero sí una afirmación profética: las ideologías cambian de nombre, suavizan su vocabulario, sustituyen la guillotina por el decreto administrativo, pero la tentación de expulsar a Dios de la vida pública permanece.

Al beatificarlas, la Iglesia no canonizaba una opción monárquica ni una nostalgia histórica. Reconocía que ninguna ley puede declarar ilegítima la entrega total a Dios; que el martirio es el acto supremo de libertad religiosa; y que aquellas mujeres, consideradas inútiles por la sociedad revolucionaria, habían realizado uno de los actos más fecundos de la historia espiritual de Francia.

El 18 de diciembre de 2024, el papa Francisco decidió extender a la Iglesia universal el culto de la beata Teresa de San Agustín y sus quince compañeras, inscribiéndolas en el catálogo de los santos mediante canonización equipolente una forma excepcional que no exige un nuevo proceso de milagro porque reconoce un culto antiguo, estable y extendido, la fama constante de santidad y la solidez histórica y doctrinal de la causa.

Unas monjas escondidas, borradas por la Revolución, arrojadas a una fosa común del cementerio de Picpus, eran propuestas como santas a toda la Iglesia. Si la Revolución quiso privarlas incluso de sepultura individual, la Iglesia les daba un nombre eterno; si el mundo las contó entre los enemigos del pueblo, las Iglesia las inscribía en el libro de los santos.

Tras la canonización, el convento vacío

En 2026 hubo un epílogo doloroso: el 21 de abril el obispo de Beauvais anunció el cierre de la comunidad carmelitana de Compiègne, establecida desde 1992 en Jonquières. El comunicado diocesano explicaba las razones: edad avanzada de las religiosas, disminución de su número, ausencia de nuevas vocaciones e imposibilidad de encontrar refuerzos de otros monasterios. La salida de las hermanas se realizaría progresivamente. Dolorosa paradoja: mientras el mundo entero descubría de nuevo a las carmelitas de Compiègne; la Iglesia las canonizaba; los teatros seguían representando su martirio y la música de Poulenc estremeciendo a creyentes y no creyentes; el Carmelo que custodiaba su memoria quedaba vacío porque no hay jóvenes dispuestas a suceder a aquellas heroínas. Aplaudimos su heroísmo, pero la Francia hodierna ha dejado de engendrar las condiciones espirituales en las que puede nacer una vocación semejante. La hija primogénita de la Iglesia conserva o restaura catedrales, organiza conciertos sacros y convierte monasterios en patrimonio cultural, pero el cristianismo no sobrevive como patrimonio. Una iglesia sin fieles acaba siendo museo; un monasterio sin vocaciones termina siendo archivo; una tradición que ya no es elegida por nadie se convierte en recuerdo.

El cierre del Carmelo de Compiègne es, por eso, algo más que una reorganización conventual. Es una pregunta dirigida a Europa. ¿Qué ha sucedido en una tierra capaz de producir a san Bernardo, san Luis, santa Juana de Arco, san Vicente de Paúl, santa Margarita María, el Cura de Ars, santa Teresita y las mártires de Compiègne, para que ahora resulte tan difícil encontrar seis, ocho o diez jóvenes dispuestas a entregar la vida a Dios en silencio?

Sería injusto afirmar que Francia carece absolutamente de vocaciones o de vitalidad cristiana. Las hay, y existen comunidades frescas y fecundas, como otro Carmelo, el otrora envejecido de Alençon, que optó hace años por la liturgia tradicional y se pobló de jovenes de los cuatro puntos cardinales. Pero el cierre de un Carmelo tan simbólico como el de Compiegne revela una herida profunda: una civilización puede seguir admirando los frutos de la fe después de haber arrancado sus raíces.

Las falsas libertades

¿Qué nos enseñan hoy las carmelitas de Compiègne? Ante todo, que no toda libertad libera.

La Revolución hablaba de libertad mientras prohibía los votos religiosos no tolerando que una mujer eligiera obedecer, vivir en clausura, guardar castidad y pertenecer a Jesucristo. La nueva sociedad se atribuía el derecho de decidir qué opciones podían llamarse libres y cuáles debían ser anuladas por el bien de quien las había elegido. Es una tentación muy moderna invocar la libertad para desarraigar al hombre de todo vínculo que no haya sido fabricado por él mismo. Se presenta como liberación la ruptura con la naturaleza, con la tradición, con la familia, con la historia e incluso con el propio cuerpo. Pero, paradójicamente, cuanto más se proclama la autonomía absoluta, más se multiplican los poderes que pretenden definir qué debemos pensar, qué palabras podemos pronunciar, qué convicciones resultan admisibles y qué presencia pública puede concederse a la fe.

La falsa libertad comienza diciendo: «No necesitas a Dios». Continúa afirmando: «No debes hablar de Dios». Y termina sentenciando: «No te permitiremos vivir como si Dios existiera». No siempre llega con una guillotina; a veces lo hace con una sonrisa, una campaña cultural, una exclusión profesional, una caricatura permanente o una ley redactada con palabras impecables. Pero la lógica es la misma cuando el poder deja de proteger la libertad religiosa y comienza a conceder a los creyentes un permiso condicionado para existir.

Las carmelitas nos recuerdan que la libertad no consiste en carecer de vínculos, sino en poder amar el bien sin coacción. Ellas habían escogido libremente la clausura, y la Revolución quiso «liberarlas» obligándolas a abandonar aquello que amaban. Quien las privó de libertad no fue el voto, sino el Estado que declaró nulo el voto. La reja no fue su prisión: lo fue la ideología que no soportaba verlas detrás de la reja.

La fecundidad de lo inútil

Las mártires de Compiègne enseñan también el valor inmenso de las vidas que el mundo considera inútiles. Aquellas monjas no administraban hospitales, no dirigían universidades, no publicaban periódicos, no participaban en debates públicos. Rezaban. Y para la mentalidad utilitarista de la Revolución, rezar era no hacer nada. Sin embargo, cuando Francia se desangraba, fueron ellas quienes ofrecieron su vida por la paz.

El contemplativo parece no intervenir en la historia, pero toca la fuente secreta de la que la historia depende. No cambia primero las estructuras; se presenta ante Dios con el sufrimiento del mundo en las manos. No produce resultados mensurables; permite que la gracia siga descendiendo sobre una humanidad que ni siquiera sabe que la necesita.

Diez días después de la muerte de las carmelitas cayó Robespierre y terminó el Terror. No puede demostrarse históricamente una causalidad entre ambos acontecimientos, ni la fe necesita convertir la cronología en una prueba matemática, pero el cristiano puede contemplar en aquella cercanía una misteriosa correspondencia: ellas habían pedido la paz y ofrecido la vida; pocos días después, la maquinaria del Terror comenzó a devorar a quienes la manejaban y perdió su dominio. La oración no es magia ni la ofrenda un mecanismo. Pero Dios gobierna la historia también mediante las vidas escondidas que se entregan por los demás.

Morir juntas

Hay todavía una enseñanza especialmente necesaria para nuestro tiempo: las carmelitas no murieron aisladamente sino en comunidad. La modernidad exalta al héroe solitario; el cristianismo contempla una comunión.

La más fuerte sostuvo a la más débil, la anciana alentó a la joven, la priora recibió la profesión renovada de sus hijas; cada una escuchó cómo callaban las voces de las demás y supo que pronto le llegaría su turno. No poseían todas el mismo temperamento ni sentían todas idéntica valentía, pero compartían una vocación, una regla, una mesa, un coro, una Madre y un Esposo. El martirio fue la última recreación conventual; la plaza, su coro; la guillotina, su puerta de clausura definitiva; el cielo, su celda eterna.

Frente a una cultura que nos fragmenta, nos encierra en identidades individuales y nos deja solos ante el sufrimiento, ellas muestran que la santidad también consiste en dejarse llevar por la fe de los hermanos cuando la propia flaquea.

Quizá alguna subió al cadalso porque había visto subir a la anterior, o pudo cantar porque escuchaba cantar a las demás. Así vive la Iglesia. Así ha atravesado las persecuciones. Así permanece cuando todo parece derrumbarse: una voz sostiene a otra hasta que todas se funden en el mismo canto.

El Corazón contra la cuchilla

El contraste definitivo no se establece entre unas monjas y unos revolucionarios, sino entre dos símbolos: el Corazón y la guillotina. Esta representa el poder que simplifica eliminando. Cuando una realidad humana no cabe en la ideología, se corta; cuando una voz molesta, se silencia; si una conciencia no se somete, se suprime.

El Corazón de Jesús representa lo contrario. No elimina al pecador: carga con él; no corta la cabeza del enemigo: se deja coronar de espinas; no derrama la sangre ajena: entrega la propia; no salva destruyendo sino dejándose destruir. Si la Revolución ofrecía regenerar Francia mediante la muerte de los culpables, Cristo había regenerado al mundo muriendo por los culpables.

Las carmelitas eligieron el Corazón ypor eso pudieron caminar hacia la cuchilla sin convertirse interiormente en aquello que las mataba. No odiaron a sus verdugos ni pidieron que Dios castigase París: se ofrecieron por Francia.

Tal es la diferencia entre el mártir y el fanático: este mata por su idea; aquel muere por amor. El fanático sacrifica a los demás; el mártir se ofrece a sí mismo; el primero necesita enemigos; el segundo intercede por quienes lo destruyen.

Ellas fueron llamadas fanáticas del Sagrado Corazón,pero precisamente porque pertenecían a ese Corazón, no se hicieron fanáticas de la ideología.

¿Qué nos piden hoy las carmelitas de Compiègne? No la admiración estética de emocionarse con Bernanos o estremecerse con Poulenc. No basta visitar Picpus, venerar sus reliquias o lamentar el cierre del convento. Nos preguntan qué libertad estamos dispuestos a defender y si el Sagrado Corazón es para nosotros una imagen amable o el verdadero Rey y centro de nuestra vida; si creemos todavía en la fecundidad de la oración contemplativa y preguntan si nuestras familias son capaces de entregar hijos e hijas a Dios; si queremos vocaciones o solo sentimos nostalgia cuando desaparecen. Y, sobre todo, nos preguntan qué cantaremos cuando llegue nuestra hora. Porque todos caminamos hacia un patíbulo, aunque no tenga cuchilla ni se alce en una plaza. La muerte espera a cada hombre. La cuestión no es si subiremos, sino cómo subiremos: aferrados a nosotros mismos o entregados; en soledad o dentro de la comunión de la Iglesia; maldiciendo o cantando.

Aquellas mujeres habían ensayado durante años su último canto. Cada oficio divino, cada Gloria Patri, cada Salve Regina, cada acto de obediencia y cada silencio del Carmelo habían preparado la tarde del 17 de julio. Nadie improvisa el martirio: se aprende a morir aprendiendo cada día a entregarse.

El canto no ha terminado

El convento queda vacío. Las hermanas se marchan. El silencio se instalará en los corredores de Jonquières. Puede parecer que la Revolución, dos siglos después, ha logrado lo que no consiguió con la guillotina: apagar el Carmelo de Compiègne. Pero no es así. La comunidad histórica fue dispersada en 1792 y aniquilada en 1794. Sin embargo, nunca ha estado tan viva como ahora que toda la Iglesia pronuncia el nombre de aquellas santas. El Carmelo no depende únicamente de unas paredes; el mismo fuego puede encenderse en otro lugar, en otra joven, en otra comunidad, en otro país. La sangre de las mártires no garantiza automáticamente las vocaciones, pero las reclama, las implora y las hace posibles.

Tal vez el cierre del convento sea también una llamada. Las santas carmelitas, recién inscritas en el catálogo universal de la Iglesia, no quieren únicamente que contemplemos su gloria, sino que pidamos de rodillas un renacimiento. Quizá su canonización no sea el cierre solemne de una historia, sino el comienzo de una nueva misión.

Francia no necesita solamente conservar la memoria de sus carmelitas: precisa volver a engendrarlas. Europa no necesita únicamente admirar a sus mártires sino recuperar la fe por la que merecía la pena morir. Y la Iglesia no necesita añorar tiempos heroicos sino católicos convencidos de que Jesucristo sigue mereciendo una entrega total.

Cuando cayó la última cabeza, el verdugo creyó que el canto había terminado pero se equivocaba. El canto pasó de la plaza al cielo, del cielo a la Iglesia, de la Iglesia a Bernanos, de Bernanos a Poulenc, de Poulenc a los teatros del mundo y de estos al corazón de quienes, incluso sin fe, perciben que aquellas mujeres poseían una libertad que sus verdugos jamás comprendieron.

La guillotina hizo ruido durante unos segundos; el Veni Creator lleva resonando más de dos siglos. Y seguirá haciéndolo mientras haya en la tierra una sola alma dispuesta a decirle a Cristo: «mi vida es tuya; mi libertad consiste en pertenecerte; mi corazón descansa dentro del tuyo». Entonces la cuchilla de la guillotina podrá caer pero no vencerá.

Entrevista al Arzobispo de Oviedo

 

jueves, 16 de julio de 2026

El hombre del escapulario: San Simón Stock y la Virgen del Carmen Por: Mons. Alberto José González Chaves

He aquí otro santo que los historiadores modernos contemplan con gesto escéptico; pesan documentos, discuten fechas, afinan manuscritos, sospechan interpolaciones y revisan leyendas con el bisturí frío de la crítica. Pero después de tanta disección, el pueblo cristiano continúa arrodillándose exactamente en el mismo lugar de siempre. Tal sucede con San Simón Stock. Desde hace años, algunos estudiosos relativizan o incluso niegan su historicidad concreta y la de la aparición de la Virgen del Carmen entregándole el escapulario. Pero miles de catolicos siguen besando el escapulario con una confianza filial que atraviesa los siglos.

Porque si la tradición del escapulario no puede salir de un laboratorio documental, ha impregnado de tal manera la oración, la liturgia, la iconografía y la vida espiritual de la Iglesia, que es imposible arrancarla del alma católica.

El muchacho del tronco hueco

Fue Simón un muchacho singularísimo. A los doce años —dice la piadosa narración medieval— se retiró a vivir dentro del hueco de un árbol, entregado a la oración y a la penitencia. De ahí habría venido el sobrenombre de Stock, tronco. La imagen tiene algo profundamente bíblico y profundamente inglés al mismo tiempo: un adolescente escondido en un árbol como un pequeño profeta de bosque húmedo y cielo gris.

¿Ocurrió exactamente así? Que los historiadores siguan discutiéndolo: lo cierto es que la tradición quiso ver en él a un hombre radicalmente enamorado de Dios y de la Virgen, un alma contemplativa y fuerte, moldeada por el silencio y por la austeridad. Algo que encaja admirablemente con el espíritu del Carmelo naciente.

El escapulario no cae del cielo como si hubiera descendido flotando solo, sin historia, sin manos, sin rostro, sin contexto humano. Dios nunca obra así: se sirve de hombres concretos, de biografías reales, de almas preparadas durante años.

La Virgen vino a darle el escapulario a un hombre, un varón fuerte enamorado de María, un hijo apasionado de la Señora del Carmelo. Hacía falta un religioso capaz de recibir aquel don y transmitirlo después a generaciones enteras. Y ahí aparece Simón Stock. Aunque algunos quieran desdibujarlo entre nieblas documentales, la tradición carmelitana lo ha venerado durante siglos como el gran receptor de aquella confidencia maternal de María.

“Recibe, hijo amadísimo…”

Estamos conmemorando el 775 aniversario (Año Jubilar), porque la tradición sitúa la aparición el 16 de julio de 1251. La Virgen habría dado el escapulario a Simón, apenado por la deriva de la Orden, naciente y moribunda, diciéndole: «Recibe, hijo amadísimo, este escapulario de tu Orden; señal de mi confraternidad, privilegio para ti y para todos los carmelitas. Quien muera con él no padecerá el fuego eterno».

Naturalmente, los teólogos han explicado siempre que esta promesa no debe entenderse de manera mágica ni supersticiosa. El escapulario no es un amuleto. Es un signo de consagración, de pertenencia, de vida cristiana, de confianza filial en María vivida seriamente. No se puede vaciar de contenido sobrenatural una tradición abrazada durante siglos por tantos santos, pontífices y fieles.

Los Papas han hablado del escapulario con inmenso respeto y profunda devoción; no como quien tolera una ingenuidad medieval, sino como quien reconoce un verdadero camino espiritual mariano.

Juan XXII difundió el llamado «privilegio sabatino», según el cual la Virgen llevará al cielo, el sabado siguiente a su muerte, a quien lleve devotamente el escapulario y haya vivido cristianamente.

Mucho después, Pío XII escribió sobre el escapulario preciosamente en su carta «Neminem profecto latet» (1950), el texto pontificio más bellos sobre esta devoción carmelitana. Allí llama al escapulario “signo de consagración al Inmaculado Corazón de María” y lo califica como la primera entre todas las devociones marianas.

¿Solo un pedazo de tela?

Hay algo conmovedoramente católico en el escapulario. Dos pequeños trozos de tela marrón: nada espectacular ni deslumbrante. Nada moderno. Y, sin embargo, detrás de él, siglos de procesiones, agonías acompañadas, conversiones silenciosas, marineros, ancianas, soldados, niños, conventos enteros, seminaristas, campesinos y moribundos.

¡Cuántas veces el escapulario fue el último objeto besado antes de morir! ¡Cuántas madres lo colgaron al cuello de sus hijos! ¡Cuántos sacerdotes lo impusieron al neófito, temblando un poco, conscientes de estar entregando algo infinitamente más grande que una simple devoción externa! Porque el escapulario resume admirablemente el estilo de María: discreto, silencioso, humilde, protector.

Yo seguiré celebrando cada 16 de mayo a San Simón Stock. Y seguiré haciéndolo aunque algún especialista me asegure un día, con gesto doctoral y pie de página impecable, que quizá no existió exactamente como lo hemos imaginado. Francamente, me da igual. Porque si no hubiera existido, habría que inventar a ese viejo carmelita inglés que mira a la Virgen con ojos de hijo enamorado. Habría que inventar a ese hombre silencioso que recibe sobre sus hombros un hábito de misericordia para millones de almas. Habría que inventar a ese fraile austero que aparece en los cuadros sosteniendo el escapulario como quien sostiene una promesa.

Pero no hace falta inventarlo: Simón sobrevive a la crítica histórica por la fuerza espiritual de lo que transmiten. Y el pueblo cristiano posee un misterioso instinto de autenticidad que no cabe en las notas de una edición académica.

Tal vez ahí esté el secreto último del escapulario carmelitano: en que no deslumbra la lana humilde y parda de María. No es una corona de oro; es un trocico de estameña: tela pobre, monástica, hogareña, maternal.

La Virgen del Carmen no quiso dejar a sus hijos una joya, sino un vestido; no un símbolo de poder, sino de cobijo; de algo apoyado sobre el pecho, junto al corazón. Por eso el escapulario sigue atravesando los siglos con una fuerza que desconcierta a los modernos. Y es que el hombre contemporáneo, aunque no lo confiese, sigue necesitando lo mismo que necesitaba Simón Stock: sentirse cubierto por el abrazo de una Madre.

María, estrella de los mares y columna de España

(Rel.) Cada 16 de julio, en puertos grandes y pequeños, España se asoma al mar con un gesto que conserva algo de súplica antigua y de gratitud filial. Barcos engalanados, sirenas, flores arrojadas al agua, procesiones marineras, pescadores con la mirada seria, familias enteras siguiendo la imagen de la Virgen del Carmen: no es solo una costumbre de verano, sino la memoria viva de un pueblo que sabe que el mar da pan, pero también pide respeto, y que el hombre no lo domina nunca del todo.

Por eso la devoción del Carmen toca un nervio muy hondo de España. La gente del mar no venera una abstracción, sino a una Madre. La llama Estrella de los Mares porque, cuando la costa desaparece y la noche se cierra, hace falta una luz que no deslumbre pero oriente; una presencia que no sustituya al esfuerzo del navegante, pero lo sostenga cuando la fuerza humana ya no basta. Esa experiencia, tan concreta y tan popular, dice mucho más sobre la fe de un pueblo que muchos discursos. España ha aprendido a invocar a María no solo en las catedrales, sino también en cubierta, entre redes, temporales, salitre y silencio.

Del Monte Carmelo a las costas de España

La advocación de la Virgen del Carmen hunde sus raíces en el Monte Carmelo, en Tierra Santa, lugar unido a la memoria del profeta Elías y a la vida de los primeros ermitaños que allí buscaron a Dios. De esa tradición nació la Orden del Carmen y, según la tradición carmelita, el 16 de julio de 1251 la Virgen se apareció a san Simón Stock entregándole el escapulario como signo de protección y pertenencia.

Desde la Edad Media, y de modo creciente con la expansión carmelita, la devoción del Carmen fue arraigando en España hasta hacerse una de las más queridas del pueblo fiel. Su vinculación con la mar se volvió tan fuerte que la Virgen del Carmen quedó unida oficialmente a la Armada por Real Orden de 1901, y desde entonces es patrona de la Marina de guerra española. Pero esa oficialidad solo confirmó algo que el corazón del pueblo ya sabía desde mucho antes: cuando un barco sale, conviene que salga bajo el manto de la Virgen.

La fe de los puertos

Hay advocaciones que se comprenden mejor en una biblioteca, y otras que se entienden mirando una procesión popular. La del Carmen pertenece a estas últimas. En Málaga, A Coruña, Santurce, Vila Joiosa, Asturias y tantos otros lugares costeros, la imagen de la Virgen sigue siendo embarcada cada año entre vítores, lágrimas y promesas, mientras se recuerda a quienes no regresaron del mar y se pide protección para los vivos.

Ahí se percibe una verdad profunda: la piedad popular, cuando es sana, no banaliza la fe, la encarna. La Virgen del Carmen acompaña a pescadores, marineros, buzos, familias de puerto, armadores humildes, viudas del mar y jóvenes que quizá no pisan una iglesia con frecuencia, pero se descubren quitándose la gorra al paso de la imagen. En torno a ella, la fe deja de ser un concepto y vuelve a ser pertenencia, memoria, amparo y comunidad.

Del Carmen al Pilar

Sin embargo, la fuerza del Carmen en España no se entiende del todo si no se la inserta en una realidad mayor: este país ha vivido históricamente bajo una constelación de advocaciones marianas que no compiten entre sí, sino que se iluminan mutuamente. La Virgen del Carmen guarda a la gente del mar; la del Pilar sostiene al apóstol desalentado; Guadalupe ensancha el horizonte hacia América; Covadonga custodia los comienzos de una resistencia; la Inmaculada resume una intuición teológica y espiritual que España defendió durante siglos.

La tradición del Pilar, tan unida a Santiago, muestra a María sosteniendo la misión cuando parece estéril. El Carmen hace algo parecido, pero con imágenes marineras: cuando no se domina el oleaje y el horizonte se vuelve incierto, la Madre acompaña. Una columna en la orilla del Ebro, una estrella sobre el mar: dos símbolos distintos para la misma certeza. España no se ha sentido guiada por María de forma decorativa o sentimental, sino en momentos en los que la fe, la misión o la propia supervivencia parecían vacilar.

Una mariología nacida del pueblo y pensada con hondura

Reducir todo esto a simple folclore sería no entender nada. España no solo ha amado a la Virgen; también la ha pensado. La mariología española e hispana ha tenido una continuidad notable, desde los teólogos que defendieron con especial ardor la Inmaculada Concepción hasta la producción mariana del siglo XX articulada en torno a instituciones como la Sociedad Mariológica Española y publicaciones como Estudios Marianos.

Esa combinación de piedad popular y reflexión teológica explica por qué ciertas frases no son solo retóricas. Cuando se dice que España es “tierra de María”, no se está aludiendo únicamente a procesiones o imágenes patronales, sino a una cultura católica en la que la fe del pueblo, la liturgia, la teología y la misión han convergido con particular intensidad en torno a la Madre de Dios. Hay países donde María es un rasgo de sensibilidad; aquí ha sido también una forma de pensar la historia y de entender la vocación colectiva.

Calanda, o la carne devuelta

En ese tejido entra con fuerza el milagro de Calanda, atribuido a la Virgen del Pilar. En 1640, Miguel Juan Pellicer, que había sufrido la amputación de una pierna, amaneció con la extremidad restituida; el hecho dio lugar a un proceso con testigos, médicos y documentación notarial, y al año siguiente la autoridad eclesiástica reconoció el milagro. Para los creyentes, se trata de uno de los prodigios mejor documentados de la historia de la cristiandad.

Más allá de controversias modernas, Calanda posee una fuerza simbólica extraordinaria. María no aparece ahí como mero consuelo subjetivo, sino como intercesora en una historia concreta, corporal, verificable, que devuelve a un hombre lo que parecía perdido para siempre. Dicho de otro modo: la Virgen no solo calma el alma; puede rehacer una vida. Y esa imagen tiene una resonancia muy poderosa para una España tantas veces herida, desgajada o amputada de su memoria cristiana.

España, tierra de María

San Juan Pablo II entendió muy bien todo esto. En varias ocasiones habló de España como “tierra de María”, y no lo hizo como cortesía diplomática, sino como lectura espiritual de una realidad histórica. Para él, la devoción mariana española no era una reliquia folclórica, sino un depósito vivo de fe capaz de seguir fecundando la Iglesia y de sostener una vocación misionera abierta también a la hispanidad.

Ahí el Carmen cobra un relieve especial. La Virgen que guía a marineros y pescadores sirve también como imagen de una nación llamada a no perder el rumbo. El mar puede leerse como metáfora de la historia: oleaje ideológico, tempestades culturales, nieblas morales, puertos falsos. En ese contexto, María aparece como la estrella humilde y segura que no sustituye a Cristo, pero conduce hacia Él.

Y desde España, esa protección se proyecta hacia la gran familia hispana. La hispanidad, entendida cristianamente, no es una nostalgia de poder, sino una comunidad de memoria, lengua, fe y misión que ha aprendido a rezar bajo distintas advocaciones marianas a uno y otro lado del océano. Del Carmen al Pilar, de Guadalupe a tantas otras imágenes queridas, la misma Madre ha ido tejiendo una geografía espiritual que une puertos, montañas, caminos y pueblos enteros.

Bajo la misma estrella

La Virgen del Carmen ofrece una puerta de entrada concreta, popular y hondamente española a una verdad mayor: que este país solo se entiende de verdad si se tiene en cuenta la presencia maternal de María en su historia. Después vendrá Santiago, patrono de España, y con él la memoria del apóstol, del Camino y de la misión; pero antes de la tumba del discípulo está la Madre que lo sostuvo cuando parecía desfallecer.

Quizá esa sea la enseñanza más actual de la fiesta del Carmen. Un pueblo puede olvidar muchas cosas, pero mientras siga llevando a la Virgen hasta el mar, mientras haya hombres rudos que se santigüen al verla pasar y mujeres que le recen por los suyos desde el muelle, no estará del todo perdido. Bajo la mirada del Carmen, España recuerda que su grandeza nunca estuvo en dominar las aguas, sino en saber a Quién invocar cuando las aguas se embravecen.

miércoles, 15 de julio de 2026

Diana Catalán: ''Damos gracias a Dios por la gran acogida de la peregrinación a Covadonga''

(Infocatolica) Se celebrará la VI edición del 25 al 27 de julio y hoy acaba el plazo de inscripción

Diana Catalán Vitas (Tudela, 1996). Enfermera. Fundadora y presidente de Nuestra Señora de la Cristiandad - España, que organiza anualmente la peregrinación con liturgia tradicional a Covadonga.

¿Qué supone celebrar ya la VI edición de la peregrinación de Nuestra Señora de la Cristiandad a Covadonga?

Cuando echo la vista atrás no me puedo creer que esta sea ya nuestra VI edición. Parece que fue ayer cuando nos embarcamos en esta aventura, sin saber si tendría aceptación, si podríamos perseverar… ¡Y aquí estamos! Damos gracias a Dios por la gran acogida que ha tenido la Peregrinación Nuestra Señora de la Cristiandad en España. Tras un grandísimo crecimiento los primeros años, estos dos últimos hemos experimentado una estabilización y afianzamiento. Pero ya podemos decir que este año se va a superar el récord de inscritos que se alcanzó en 2024. ¡Deo gratias!

¿Cómo la experiencia de estos años les ayuda cada vez más a consolidarla y a mejorar?

Conforme se van estableciendo guías, protocolos, formas de trabajar… cada vez es menor el tiempo que hay que invertir en preparar lo más básico y esencial de la peregrinación. Esto nos permite ir implementando mejoras poco a poco, corrigiendo errores… El año pasado ya pudimos distribuir mejor el trabajo de los voluntarios, incluir ratos de descanso en común y charlas espirituales. Creo que esto ayudó a mejorar el ambiente de trabajo considerablemente. Es por eso que muchos de esos voluntarios repiten este año.

Respecto a los peregrinos, también se van logrando mejoras poco a poco: en el cumplimiento de horarios, la atención al clero más personalizada, a las familias, etc.

Incluso ya son una referencia para otras peregrinaciones nuevas como las de Italia, Reino Unido o Portugal…

Hemos tenido el placer de ver el nacimiento de estas tres peregrinaciones, que han adoptado el mismo nombre, fijando también su modelo en nuestra “hermana mayor”, la peregrinación de Chatres. Gozamos de una muy buena relación todos los organizadores, incluyendo la peregrinación a Luján, procurando siempre ayudarnos entre nosotros. Así como Notre-Dame de Chrétienté nos ha invitado en diversas ocasiones a todos nosotros para poder aprender de su organización, también nosotros estamos encantados de enseñar lo poco que sabemos a estas peregrinaciones más pequeñas. Este año, por ejemplo, nos acompañará en la organización Andrea Cabanas, presidente de Our Lady of Christendom-UK.

¿Cómo se han preparado espiritualmente para ello?

No hemos dejado de tener varios encuentros a lo largo del año. Algunos abiertos a todos los fieles y otros propios de la organización. Retiros espirituales, encuentros de jóvenes… todo ello como complemento y dirigido hacia la preparación de la Peregrinación, que no deja de ser nuestra actividad principal y la razón de ser de la Asociación.

¿Qué supone incrementar la participación este año?

Si bien es cierto que este año recibimos más peregrinos, no es un incremento tan repentino como el que experimentamos los primeros años, por lo que es más fácil adaptar la organización a este mayor número de participantes.

Siempre es una gran alegría ver que la peregrinación sigue teniendo una gran acogida y el número de peregrinos va incrementando. Si además es a un ritmo que nos permita hacer frente a ello con los medios actuales de los que disponemos, mucho mejor, claro.

¿Van a contar con mucha presencia internacional?

Así es. La presencia internacional no para de crecer. Este año recibimos capítulos de Francia, Reino Unido, Irlanda, Holanda, Portugal, Italia, Polonia, Australia, México y Estados Unidos. Muchos de estos capítulos ya existen en la peregrinación a Chartres y sabemos el gran esfuerzo que realizan año tras año para venir también a España y compartir con nosotros la ruta de Oviedo a Covadonga.

¿En qué consiste la mini ruta que añaden este año?

Durante estos años veíamos como muchas familias con niños pequeños tenían dificultades para participar en la peregrinación. Este año hemos querido facilitárselo un poco creando una ruta adaptada para poder hacer con carritos de bebé. Es apenas una hora caminando al día, pero también podrán compartir otros momentos con el resto de peregrinos, como las comidas, o actividades con los peregrinos de la ruta de familias. Este año, por ser el primero, hemos puesto un límite de plazas, hasta completar un autobús. Si funciona bien y tiene buena acogida, intentaremos aumentar las plazas para las siguientes ediciones.

¿Siguen necesitando voluntarios?

Gracias a la generosidad de muchos peregrinos que han solicitado cambiar su inscripción para ser voluntarios ya casi se ha conseguido completar el gran número de voluntarios que todavía faltaban. Desde aquí quiero agradecerles a todos ellos y les puedo asegurar que no se arrepentirán. Como podrán comprobar, la experiencia de peregrino voluntario es tan única como la de peregrino caminante.

¿Quiere añadir algo?

Me gustaría también aprovechar para agradecer a todos aquellos que han contribuido económicamente para que esta peregrinación salga adelante. Como anunciamos hace un tiempo en redes sociales, el pasado año tuvimos más gastos de los habituales y nos quedamos en una situación económica bastante precaria. Gracias a la ayuda desinteresada de muchos peregrinos hemos podido sacar esta edición adelante. Siempre intentamos que el precio de inscripción sea bajo, para que esto no sea impedimento para nadie. Pero este precio no llega a cubrir todos los gastos, por lo que siempre dependeremos de las donaciones para poder organizar año tras año esta peregrinación. ¡Gracias!


Por Javier Navascués

Oramos por las nuevas encomiendas pastorales en la Archidiócesis

 SACERDOTE

 DESTINO

 HASTA AHORA

  D. Juan Ignacio García Iglesias



 Canónigo de la SICBM

 


Adscrito a San Melchor y San Antonio de Oviedo

  D. Jorge Juan Fdez. Sangrador 

 


Párroco de San Isidoro el Real de Oviedo



Vicario Episcopal para la Cultura (Encomienda que mantiene)

D. Vicente Pañeda Requejo 

 


Vicario Parroquial de San Melchor y San Antonio de Oviedo

 


Párroco de San Martín de Laspra - Piedras Blancas, Pillarno y Quiloño

D. Juan Luis Monzón Viera 



Párroco de la Unidad Pastoral de Ribera de Abajo (Las Caldas) - Oviedo 

 


Vicario Parroquial de la Unidad Pastoral de San Lázaro - La Manjoya (Oviedo)

D. Artemio Grande Bermejo 

 

Diácono permanente adscrito a la Unidad Pastoral de 


Diácono permanente adscrito a la Unidad Pastoral de La Carrera - El Berrón

D. Constantino Bada Prendes

 


Vicario Parroquial de San Juan el Real de Oviedo

 


Párroco de Trasona, Los Campos, Cancienes y Solís

D. Gabino Cienfuegos Prada 

 


Diácono permanente adscrito a la Parroquia de San Juan el Real y a la Capellanía de Tanatorios 



P. Juan Felipe Restrepo Díez LD 



Párroco de la Unidad Pastoral de Bimenes 

 


Adscrito a la Unidad Pastoral de Cangas de Onís, Amieva, Ponga y Onís

D. Juan B. González Crespo



Vicario Parroquial de la Unidad Pastoral de Mieres 

 


Vicario Parroquial de la Unidad Pastoral de Grandas de Salime - Pesoz - Los Oscos

D. Adrián Menéndez Conde 

 

Diácono permanente adscrito a la Unidad Pastoral de Riaño y La Felguera (Langreo)

 


X

D. Antonio Nistal Hernández  

 


Párroco de la Unidad Pastoral de Roces - Granda  (Gijón)



Administrador Parroquial de San Melchor del Cerillero (Gijón) 

D. Fernando Velado González 



Párroco de Caldones y Lavandera en la Unidad Pastoral de Vega  



Párroco de Nuestra Señora de Covadonga de Roces 

D. Serrano A. Calvo Aladro 

 

Párroco de San Juan de Tremañes (Gijón)



Administrador parroquial de Monteana - Fresno, Poago y Serín ( Encomienda que mantiene)


D. Segundo Fernández Arias 

 


Administrador parroquial de San Esteban del Mar

 


Administrador parroquial de Santa Olaya del Natahoyo (Encomienda que mantiene)

D. Eduardo Zulaiba Cordero 

 


Párroco de San Melchor del Cerillero (Gijón)



Párroco de La Calzada y Jove (Encomienda que mantiene) 

 D. Enmanuel González Ortiz

 


Párroco de la Asunción y San Juan XXIII de Gijón

 


Párroco de la Unidad Pastoral de Villayón - Coaña

D. Miguel Ángel Bueno Sierra 

 


Párroco de la Unidad Pastoral de la Marina de Villaviciosa



Vicario Parroquial de la Unidad Pastoral de Colunga - Caravia 

D. Edgar Perales Barboza 


Vicario Parroquial de la Unidad Pastoral de Colunga - Caravia y Administrador parroquial de Camoca y Valdebárcena  



Diácono transitorio adscrito a San Melchor y San Antonio de Oviedo 

 D. Pelayo Díaz Avello

 


Diácono transitorio adscrito a la Unidad Pastoral de Ribadesella



D. Alfonso López García 

 


Párroco moderador de la Unidad Pastoral de Piloña



Párroco in solidum de la Unidad Pastoral de Piloña 

D. Rafael García Fernández 



Párroco in solidum de la Unidad Pastoral de Piloña 



Diácono transitorio adscrito a la Unidad Pastoral de Ribadesella 

 D. Daniel Rojo Fernández 



Vicario parroquial de la Unidad Pastoral de Cabrales  

 


Ministerio en la Diócesis de Getafe

D. Modesto Mateo Aristy 



Vicario Parroquial de la Unidad Pastoral de Cangas de Onís, Amieva, Ponga y Onís 



Diácono transitorio adscrito a la Unidad Pastoral de Cangas de Onís, Amieva, Ponga y Onís 

D. Sergio Martínez Mendaro 

 


Párroco de Trasona, Cancienes, Los Campos y Solís

 


Vicario Parroquial de San Juan el Real de Oviedo

D. Jorge Luis Fernández Cuesta 

 


Vicario Parroquial de Santo Tomás de Cantorbery - Las Mareas (Avilés)



Párroco de la Unidad Pastoral de Tapia de Casariego - Tol 

D. José María García Castro 

 


Párroco de la Unidad Pastoral de Guimarán (Carreño)



Colaboraba en Santo Tomás de Cantorbery (Avilés) 

D. David Álvarez Rodríguez 

 


Párroco de Las Vegas, Molleda y Villa (Corvera)



Párroco moderador de la Unidad Pastoral de Piloña 

D. Andrés Fernández Díaz  

 


Párroco de San Martín de Laspra - Piedras Blancas, Pillarno y Quiloño (Castrillón)



Párroco de La Asunción y San Juan XXIII de Gijón 

D. Manuel García Velasco 

 


Párroco de la Unidad Pastoral de Luarca




Administrador parroquial desde diciembre de 2025.


 D. Alfonso López Menéndez


Párroco de la Unidad Pastoral de Navia 


 


Ampliaba estudios en Pamplona 

D. Jonathan Solano Monge 



Párroco de la Unidad Pastoral de Coaña - Villayón 



Vicario parroquial de la Unidad Pastoral de Tineo  

 D. Luis Holguín Millán

 

Vicario Parroquial de la Unidad Pastoral de Grandas de Saime - Pesoz - Los Oscos


 Diácono transitorio adscrito a la Unidad Pastoral de Grandas de Salime - Pesoz - Los Oscos


 D. José Alejandro Soler Castelblanch

 


Párroco de la Unidad Pastoral de Tapia de Casariego

 


Párroco de Las Vegas, Molleda y Villa (Corvera)

 D. Jhon Ángel Terán Quintero

 


Párroco de la Unidad Pastoral de Tineo 



Diácono adscrito a la Unidad Pastoral de Tineo 

 D. Geoffrey Bravo Zarpán



Vicario Parroquial de la Unidad Pastoral de Tineo 

 


Diácono transitorio adscrito a la Unidad Pastoral de Villayón - Coaña

D. Yesid Montoya Aguirre 

 


Diácono transitorio adscrito a la Unidad Pastoral de Tineo




D. Ángel María Vilaboa Pérez

 


Párroco de la Unidad Pastoral de Cangas de Narcea

 


Ampliaba estudios en Roma de filosofía

D. Juan José Blanco Salvador 

 


Enviado a Roma a ampliar estudios de pastoral

 


Párroco de la Unidad Pastoral de Cangas de Narcea

D. Marcos Cuervo Martínez 

 


Se le envía a ampliar estudios de Doctrina social de la Iglesia en Madrid



Continúa con la encomienda pastoral que tenía como párroco de la Unidad Pastoral de San Martín del Rey Aurelio