miércoles, 19 de agosto de 2026

León XIV: «La música es parte de la acción litúrgica y no mera decoración de la celebración»

León XIV ha dedicado la audiencia general de este miércoles 19 de agosto a la música sacra, dentro de su ciclo de catequesis sobre los documentos del Concilio Vaticano II. Al abordar el capítulo sexto de Sacrosanctum Concilium, el Papa ha subrayado que la música «es parte de la acción litúrgica y no mera decoración de la celebración» y ha recordado que debe estar estrechamente unida a la liturgia, responder a su carácter sagrado y favorecer la oración y la comunión de los fieles.

El Pontífice ha reivindicado además el lugar particular que el Concilio atribuye al canto gregoriano y al órgano, al tiempo que ha reclamado música «noble y sencilla», textos inspirados principalmente en la Sagrada Escritura, los libros litúrgicos y la Tradición, y una sólida formación de compositores y cantores. León XIV ha advertido también contra «músicas y textos descuidados y poco acordes con la grandeza del acto que se celebra» y ha situado la participación activa de los fieles en un equilibrio entre el canto, los distintos ministerios y el «silencio sagrado».
Catequesis completa de León XIV

Los documentos del Concilio Vaticano II. II. Constitución Sacrosanctum Concilium. 7. La música sacra

Queridos hermanos y hermanas:

El sexto capítulo de la Constitución Sacrosanctum Concilium (SC) del Concilio Vaticano II está dedicado a la música sacra. En él se afirma: «La tradición musical de la Iglesia constituye un tesoro de valor inestimable, que sobresale entre las demás expresiones del arte, principalmente porque el canto sagrado, unido a las palabras, constituye una parte necesaria e integral de la liturgia solemne» (SC, 112); y se precisa: «La música sacra será tanto más santa cuanto más íntimamente esté unida a la acción litúrgica, ya sea expresando con mayor delicadeza la oración y fomentando la unanimidad, ya sea enriqueciendo con mayor solemnidad los ritos sagrados» (ibid.).

Aquí encontramos el núcleo de la enseñanza conciliar, que confirma y profundiza en la función ministerial de la música en la liturgia, ya puesta de relieve por san Pío X en el motu proprio Inter sollicitudines (22 de noviembre de 1903). La música, en efecto, es parte de la acción litúrgica y no mera decoración de la celebración. En la liturgia, cantar y tocar significa rezar, poniendo el propio corazón en sintonía con el de los hermanos y hermanas y con Dios, mediante la participación activa en el misterio celebrado. En particular, la música expresa la dimensión afectiva de la oración, como afirma san Agustín: «Cantare amantis est», es decir, «cantar es propio de quien ama» (Sermo 336, 1). Esto es muy importante, porque ayuda a abrir el corazón a la acción de Dios en la gracia y a dejarse moldear por ella.

El canto, además, favorece la comunión. Mediante la sinfonía de las voces contribuye a la unión de los corazones, superando las diferencias entre las personas y reuniendo a todos en la alabanza a Dios. Se convierte así en epifanía de la Iglesia, manifestación sensible de la comunión que pertenece a su misma naturaleza.

De la profunda dimensión teológica del canto sagrado, como parte integrante de la acción litúrgica, se derivan algunas exigencias. La primera es que, más allá de las modas o de las sensibilidades particulares de los autores, debe responder en todos sus niveles a aquello que resulte más apropiado para el momento celebrativo. La forma, además, especialmente en su aspecto melódico, debe ser al mismo tiempo noble y sencilla, de alta calidad musical y fácilmente ejecutable, sobre todo cuando está destinada a ser cantada por toda la asamblea (cf. SC, 121).

Por el mismo motivo, el Concilio recomienda que también los textos sean adecuados, profundos y, al mismo tiempo, fácilmente comprensibles, inspirados principalmente en la Sagrada Escritura, los libros litúrgicos y la Tradición espiritual de la Iglesia. Sobre esto es necesario vigilar, para que se mantenga viva y crezca la dinámica expresada en el antiguo principio lex orandi, lex credendi, es decir, la ley de la oración es también ley de la fe.

Sacrosanctum Concilium dedica un amplio espacio al tema de la participación activa de los fieles (cf. n. 114). Esta «debe comprenderse […] a partir de una mayor conciencia del misterio que se celebra y de su relación con la vida cotidiana» (Benedicto XVI, exhortación apostólica Sacramentum caritatis, 52), en un «espíritu de conversión constante que debe caracterizar la vida de todos los fieles» (ibid., 55).

En cuanto al modo concreto en que esta participación puede realizarse mediante la función específica de la música sacra, la Constitución ofrece una respuesta clara: «Foméntense las aclamaciones de los fieles, las respuestas, el canto de los salmos, las antífonas, los cantos» y «un silencio sagrado» (SC, 30); y exhorta a cada uno, ministro o fiel, a realizar «todo y solo aquello que, según la naturaleza del rito y las normas litúrgicas, le corresponde» (SC, 28), en el armonioso equilibrio entre los diferentes ministerios, las distintas intervenciones y los momentos de silencio.

El Concilio atribuye además un gran valor al canto gregoriano, sin excluir de la celebración otros géneros de música sacra. También se presta una atención particular al órgano (cf. SC, 120), mientras que el uso de otros instrumentos se admite «siempre que sean aptos o puedan adaptarse al uso sagrado, convengan a la dignidad del templo y contribuyan realmente a la edificación de los fieles» (SC, 120).

Un tema querido por la reforma conciliar es el de la inculturación, también en el ámbito de la música sacra. Se subraya, en particular, en relación con las tradiciones musicales de las diferentes culturas, la importancia de tenerlas seriamente en consideración como parte de la vida religiosa y social de las personas.

Por ello se recomienda, por una parte, proporcionar a todos una adecuada «educación del sentido religioso» (SC, 119) y, por otra, «en la medida de lo posible […], promover la música tradicional de esos pueblos, tanto en las escuelas como en las acciones sagradas» (ibid.).

En el contexto litúrgico se reconoce una tarea particular a la schola cantorum, instrumento pastoral cuya promoción se recomienda, con la misión «de cuidar la correcta ejecución de las partes que le son propias, según los distintos géneros de canto, y favorecer la participación activa de los fieles en el canto» (Sagrada Congregación de Ritos, Instrucción Musicam sacram, 19).

Para ello, el compositor de música sacra está llamado a conocer y custodiar el patrimonio musical de la Iglesia, dejándose inspirar por él para dar vida a nuevas composiciones al servicio de la liturgia, respetando la sensibilidad contemporánea y las distintas tradiciones culturales, de manera que se pueda «purificar el culto de incorrecciones de estilo, de formas descuidadas de expresión, de músicas y textos desaliñados y poco acordes con la grandeza del acto que se celebra, para asegurar dignidad y bondad de formas a la música litúrgica» (san Juan Pablo II, Quirógrafo sobre la música sacra, 22 de noviembre de 2003, 3).

Por todas estas razones, los Padres conciliares recomiendan promover la formación y la práctica de la música sacra «en los seminarios, en los noviciados de religiosos y religiosas y en las casas de estudios, así como en los demás institutos y escuelas católicas» (SC, 115), y garantizar a los músicos y cantores una sólida formación litúrgica (cf. ibid.).

Queridos hermanos y hermanas, los Padres de la Iglesia tuvieron en gran consideración el canto litúrgico, símbolo de la comunión eclesial. Por ello podemos concluir con estas hermosas palabras de san Ignacio de Antioquía: «Vosotros, uno a uno, convertíos en un coro, para que, armoniosos en la concordia y tomando en la unidad la tonalidad de Dios, cantéis al unísono por medio de Jesucristo al Padre, para que Él os escuche y, por las buenas obras que realizáis, reconozca que sois miembros de su Hijo» (Carta a los Efesios, 4, 2).
Saludos

Saludo cordialmente a los fieles de lengua francesa, en particular a los peregrinos procedentes de Burkina Faso y Costa de Marfil. Hermanos y hermanas, que la participación activa de los fieles a través del canto litúrgico fortalezca los vínculos de amor y de unidad en el pueblo de Dios y sea signo de comunión eclesial. ¡Que Dios os bendiga!

Doy una calurosa bienvenida a todos los peregrinos y visitantes de lengua inglesa que participan en la audiencia de hoy, especialmente a los procedentes de Malta. Sobre vosotros y vuestras familias invoco la alegría y la paz de nuestro Señor Jesucristo. ¡Que Dios os bendiga a todos!

Queridos fieles de lengua alemana, es hermoso recordar que, al participar en la liturgia, nos encontramos siempre también en comunión invisible con todos los ángeles y los santos y que, junto con ellos, podemos cantar a una sola voz el himno de alabanza al Señor. A Él sean el honor y la gloria por los siglos de los siglos.

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Los invito a reflexionar sobre el canto litúrgico como símbolo de la comunión eclesial, pidiéndole al Señor que nos ayude a vivir en armonía y concordia, como un único coro, cuyas melodías y buenas obras glorifican y alaban al Padre por medio de Jesucristo. Que Dios los bendiga. Muchas gracias.

Dirijo mi cordial saludo a las personas de lengua china. Queridos hermanos y hermanas, que la caridad de Cristo inspire vuestras relaciones en la familia, en la comunidad y en la sociedad. Os bendigo de corazón.

Saludo cordialmente a los fieles de lengua portuguesa. San Agustín escribió: «Quien canta una alabanza no solo canta, sino que ama a Aquel a quien dirige su canto» (Enarrationes in Psalmos 72, 1). Hagamos del canto litúrgico una expresión de nuestro amor a Dios. ¡Os bendigo de corazón!

Saludo a los fieles de lengua árabe, en particular a los procedentes del Líbano. La música litúrgica es un instrumento preciosísimo mediante el cual prestamos el servicio de alabanza a Dios y expresamos la alegría de la vida nueva en Cristo. ¡Que el Señor os bendiga a todos y os proteja siempre de todo mal!

martes, 18 de agosto de 2026

Santoral del día: Santa Elena

(Aciprensa) Santa Elena, emperatriz romana, fue la madre de Constantino I, el emperador que detuvo la persecución a los cristianos y les concedió la libertad de culto dentro de las fronteras del imperio. A Santa Elena se le atribuye el hallazgo, en Jerusalén, de la Santa Cruz en la que Cristo murió. Santa Elena también es conocida como ‘Helena de Constantinopla’ o ‘Santa Elena de la Cruz’. A ella recurren los fieles cristianos cuando algo o alguien se ha extraviado, para que con su ayuda lo perdido sea encontrado.

Rechazada por su esposo, encontró al Dios verdadero

Elena nació alrededor del año 246, en Bitinia, antigua provincia del Imperio Romano ubicada al noroeste de Asia Menor, al suroeste del mar Negro (actual Turquía). Aunque su origen fue humilde -se dice que fue hija de un sirviente-, estuvo casada con Constancio Cloro, quien se convertiría en emperador con el nombre de Constancio I. Ambos fueron los padres de Constantino I el Grande.

En tiempos del emperador Maximiano, Constancio Cloro ya era reconocido como un militar destacado. Cuando el emperador se percató de su capacidad, lo invitó a ser su colaborador más cercano, pero con una condición: que repudiara a su esposa, Elena, y se casara con su hija. Dejándose llevar por la ambición, Constancio repudió a Elena.

La santa sufriría, como consecuencia, un humillante abandono durante 14 años. Sin embargo, en medio de la soledad, conoció a Dios y se convirtió al cristianismo, muy probablemente por influencia de su hijo, futuro emperador, quien abrazó el cristianismo antes que ella.

El ascenso de Constantino

A la muerte de Constancio Cloro, Constantino fue proclamado emperador por el ejército romano. Estando en el campamento militar del puente Milvio en Roma, antes de la batalla de Saxa Rubra (año 313), Constantino tuvo un sueño en el que Cristo le mostraba la cruz y le decía: “Con este signo vencerás”. A la mañana siguiente, el emperador ordenó que una cruz encabezara la formación de sus huestes. Así se hizo durante el combate y Constantino consiguió la victoria.

Tras aquel triunfo, Constantino decretó la libre profesión del cristianismo -la religión católica-, y, habiendo él mismo abrazado esa fe, se propuso contribuir a hacerla crecer en todo el imperio. Buscó y halló: la Cruz. Constantino amaba y respetaba inmensamente a su madre, Elena, y la nombró “Augusta” (emperatriz). Mandó acuñar monedas con su rostro, y le dio plenos poderes para que empleara el dinero del imperio en las obras de caridad que ella quisiera.

Elena, comprometida con la causa cristiana, decidió emprender un viaje a Jerusalén con el propósito de recuperar todo vestigio dejado por Jesús de Nazaret. Es así que, movida por la devoción al Dios que muere por amor a los hombres, se propuso encontrar la Santa Cruz de nuestro Señor. Para tal empresa llevó consigo un numeroso grupo de obreros quienes realizaron excavaciones en el monte Calvario, donde de acuerdo a la tradición fue encontrado el madero santo. Posteriormente, en el año 326, Santa Elena mandó traer a Roma la “Escalera Santa” (Scala sancta) desde el palacio de Poncio Pilato en Jerusalén. La Escalera Santa fue transportada posteriormente en su integridad.

De acuerdo a la tradición, Cristo subió por aquella escalera el Viernes Santo hacia el lugar donde sería juzgado; y sobre ella derramó su sangre. Hoy, la escalera está ubicada frente a la Basílica de San Juan de Letrán en la Ciudad Eterna. En 1723, la “Scala” fue recubierta con madera de nogal como una forma de preservarla del desgaste. Como es natural, miles y miles de peregrinos se acercan al lugar en el que está ubicada hoy con la intención de venerarla. A través de los siglos ha quedado establecida la costumbre de subir por ella de rodillas como signo de sentida devoción.

Una mujer humilde y de gran voluntad

San Ambrosio de Milán, en el siglo IV, se refería a Santa Elena resaltando que, a pesar de ser la madre del emperador, vestía con sencillez, se mezclaba con los pobres y utilizaba las riquezas que su hijo le daba para ayudarlos. Santa Elena hizo construir tres templos en Tierra Santa: uno en el monte Calvario, otro en el monte de los Olivos y el tercero en Belén. Ella es considerada patrona de las sociedades o hermandades de la Vera Cruz y se pide su intercesión cuando un objeto importante se encuentra extraviado. Santa Elena de la Cruz murió alrededor del año 330 de nuestra era.

Nuevo libro del Sr. Arzobispo de Oviedo: «La brisa de Prevost», diario de unos días extraordinarios

(Iglesia de Asturias) El Arzobispo de Oviedo, Mons. Jesús Sanz Montes, acaba de publicar, con la editorial BAC, un libro que recoge, a modo de crónica, sus memorias personales acompañando al Santo Padre en el Viaje Apostólico que realizó a España el pasado mes de junio. En el prólogo, Mons. Luis Argüello García, Arzobispo de Valladolid y Presidente de la Conferencia Episcopal Española, explica que «este diario del Arzobispo de Oviedo nos permite acercarnos a su mirada, pero, sobre todo, es una invitación a leer los textos de las diversas intervenciones del Papa y a repasar en el corazón tantas imágenes, rostros y gestos que nos hablan de un nuevo despertar de la Iglesia en las almas».

A lo largo de sus páginas, Mons. Jesús Sanz desgrana cada momento que el Papa León XIV vivió con los españoles en Madrid, Barcelona y Canarias. Describe sus gestos, cita algunos fragmentos de sus intervenciones y muy especialmente analiza todo ello, ayudando al lector a situar cada palabra en el tiempo y en el lugar, haciendo que puedan revivirse esos días con la profundidad que requieren aquellas jornadas inolvidables.

lunes, 17 de agosto de 2026

Santoral del día: Santa Beatriz de Silva

(COPE) Las contrariedades de la vida fueron el mejor estímulo para la Santa de este día que se sintió protegida por la Reina del Cielo ante las adversidades. Hoy celebramos a Santa Beatriz de Silva. Su vida transcurre en el siglo XV. Hija de familia al servicio del rey, son once hermanos.

No todos se ponen de acuerdo sobre el lugar concreto de su nacimiento. Lo que sí es cierto es que los padres pusieron a toda la prole al cuidado de los frailes franciscanos que les inculcaron la devoción a María Inmaculada Posteriormente Don Juan I ofreció a su padre la Alcaldía de Campomayor, ciudad fronteriza entre España y Portugal.

Cuando el monarca se traslada con la Corte a Tordesillas, en Valladolid, las envidias de la reina, llevan a Beatriz a sufrir un encierro en un baúl del que se verá liberada milagrosamente por la Virgen a los tres días de ser encerrada.

Así llegará al Convento de Santo Domingo el Real en Toledo, hasta que funda la Orden de la Inmaculada Concepción, llamadas popularmente Concepcionistas Franciscanas. El color es azul y blanco en alusión a la Purísima Concepción. Allí estuvo llevando una vida totalmente desprendida. Poco tiempo pudo dirigir la Congregación como Superiora ya que Santa Beatriz de Silva muere en el año 1492. Su carisma se extendió por todo el mundo. En su espiritualidad con el paso de los tiempos se encuentra La Venerable Sor María de Ágreda, hoy camino de los altares y que tuvo el Don de la Bilocación estando con los indígenas en América antes de ser descubierta.

Novena a la Santina de Covadonga 2026

(Iglesia de Asturias) El sábado día 30 de agosto dará comienzo el tradicional novenario en honor de Nuestra Señora de Covadonga, en esta ocasión con el lema «Bienaventurada María».

El programa de la Novena será el siguiente:

30 de agosto: «María, Señora de las Bienaventuranzas», por Mons. Demetrio Fernández González, Obispo emérito de Córdoba.

31 de agosto: «María, humilde sierva del Señor», a cargo de D. David Cuenca Manteca, Arcipreste de Avilés.

1 de septiembre: «María, Madre del Consuelo», por D. Jesús Domingo García Valle, Arcipreste de Villaviciosa.

2 de septiembre: «María, Madre de la Ternura», a cargo de D. Manuel Viego Tomás, Delegado Episcopal de Pastoral Juvenil.

3 de septiembre: «María, Madre de la Justicia», por D. Jaime Sanz Santacruz, Delegado Episcopal de Pastoral Universitaria.

4 de septiembre: «María, Madre de la Misericordia», a cargo de D. Manuel Alonso Martín, Delegado episcopal de Catequesis.

5 de septiembre: «María, Corazón Inmaculado», con P. Edgar Michel Perales Barboza, Adscrito a la UP de San Antonio – San Melchor (Oviedo).

6 de septiembre: «María, Reina de la Paz», a cargo de D. Roberto Gutiérrez González, Prior de los Carmelitas y Presidente de CONFER Asturias.

7 de septiembre: «María, fiel al pie de la Cruz», por D. David Cueto Rodríguez, Abad de Covadonga.

La Novena tendrá lugar en la Basílica del Santuario, todos los días a las seis de la tarde, con la celebración de la Eucaristía. A continuación se rezará el Santo Rosario en procesión con la imagen de la Santina hasta la Cueva, donde se cantará la Salve y el himno a la Virgen de Covadonga. Los actos serán retransmitidos a diario en directo a través del canal de YouTube 24 horas.

8 de septiembre: Festividad de Nuestra Señora de Covadonga, Eucaristía presidida por Mons. Jesús Sanz Montes, Arzobispo de Oviedo, a las 12 h y retransmitida para toda España, en directo, a través del canal TreceTV.

Este año la ofrenda a la Santina correrá a cargo de los voluntarios del servicio de acogida del Santuario.

domingo, 16 de agosto de 2026

''Ten compasión de mí, Señor''. Por Joaquín Manuel Serrano Vila


La Palabra de Dios en este Domingo XX del Tiempo Ordinario, nos sitúa ante un espejo incómodo, pero sanador. A menudo, tendemos a trazar fronteras invisibles. Decidimos quién está "dentro" y quién está "fuera" de la gracia de Dios. Construimos muros basados en la cultura, la moralidad, las etiquetas sociales, o incluso la práctica religiosa. Sin embargo, las lecturas de este domingo derriban esos muros. Desde el profeta Isaías hasta el impactante encuentro de Jesús con la mujer cananea, el mensaje es unánime: el corazón de Dios es una casa abierta para todos los pueblos. La única condición para entrar no es un certificado de pureza o pertenencia biológica, sino una fe humilde, sincera y perseverante.

El libro del profeta Isaías nos sitúa en el contexto del post-exilio. El pueblo de Israel había regresado de la cautividad en Babilonia; está intentando reconstruir su identidad. En ese momento de reconstrucción, el peligro evidente era el aislamiento, el nacionalismo religioso y el desprecio a los extranjeros. Pero la voz de Dios resuena con una fuerza revolucionaria: "A los extranjeros que se han unido al Señor... los traeré a mi monte santo". Dios no se deja encasillar por los límites geográficos o de sangre de Israel. Hoy se nos habla de la inclusión de los "lejanos": Los extranjeros que aman el nombre del Señor y guardan el Sábado no son ciudadanos de segunda categoría; tienen pleno derecho en el templo. La lectura culmina con una frase que el mismo Jesús citará siglos más tarde: "Mi casa es casa de oración"... Esta lectura nos invita a revisar nuestras comunidades: ¿somos una Iglesia de aduanas o una casa de puertas abiertas? A veces miramos con recelo al que es diferente, al inmigrante, al que no viste como nosotros o al que tiene una historia de vida complicada. Isaías nos recuerda que Dios ya los ha llamado y los está esperando "en su monte santo".

San Pablo, en la carta a los Romanos, abre su corazón de pastor y apóstol de los gentiles. Él sufre profundamente por sus hermanos de sangre, el pueblo de Israel, que en su mayoría ha rechazado a Jesucristo. Sin embargo, Pablo descubre un misterio teológico profundo en este aparente fracaso. Esta es la pedagogía de Dios. La rebeldía o el rechazo de Israel permitió que el evangelio se anunciara a los paganos (los gentiles). La "pérdida" de aquellos significó la reconciliación del mundo. Pablo afirma con rotundidad que "los dones y la llamada de Dios son irrevocables". Dios no se arrepiente de sus promesas, no descarta a Israel para siempre; su fidelidad es eterna. El argumento cumbre de Pablo es que tanto gentiles como judíos han pasado por la desobediencia y, ¿para qué? Para que nadie pueda jactarse de sus propios méritos. Todos dependemos absolutamente de la pura misericordia de Dios. San Pablo nos enseña a no perder la esperanza por aquellos que se han alejado de la fe o que parecen endurecidos frente al evangelio. Los caminos de Dios son más complejos e infinitamente más misericordiosos que nuestros juicios humanos. Si Dios usó la rebeldía para derramar gracia, cuánto más usará nuestra fidelidad y oración para atraer a los que hoy están lejos.

Llegamos a la cumbre de la liturgia de la palabra con el evangelio, tomado del capítulo 15 de San Mateo. Un texto qué, a primera vista, nos desconcierta y hasta nos puede resultar chocante por la aparente dureza de Jesús. Jesús sale de los confines de Israel y se retira a la región de Tiro y Sidón (territorio pagano). Allí se encuentra con una mujer cananea. Para un judío de la época, esta mujer reunía tres condiciones para ser rechazada: era extranjera (enemiga histórica de Israel), era mujer (socialmente postergada en el ámbito público) y tenía una hija endemoniada (considerada impura). Pero lo hermoso de la cananea es que ella no pide nada para sí misma. Grita desde las entrañas: "Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo"... Reconoce a Jesús con títulos mesiánicos. Su oración es clamor de dolor pidiendo su intercesión. Al principio, Jesús no le responde palabra, guarda silencio. Los discípulos, molestos por el escándalo que va montando tras ellos le piden que la despida: "Atiéndela, que viene gritando detrás de nosotros". No se lo piden por compasión, sino por la incomodidad que les está causando; quieren quitarse el problema de encima. Entonces Jesús responde: "Solo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel". Ella, lejos de rendirse, se postra ante Él y repite: "Señor, socórreme"... Jesús añade una frase durísima en el lenguaje cultural de la época: "No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perros". Pero la mujer no se ofende. No entra en discusiones de dignidad. Acepta el argumento de Jesús y le da la vuelta con una sabiduría asombrosa: "Tienes razón, Señor; pero también los perros comen las migajas que caen de la mesa de los amos". Ella sabe que una sola migaja de la mesa de Jesús es más que suficiente para salvar a su hija. Ante esta respuesta, Jesús queda conmovido y admirado. Rompe el protocolo de su misión inmediata y exclama: "Mujer, qué grande es tu fe; que se cumpla lo que deseas". Y en aquel mismo momento quedó curada su hija. ¿Por qué actuó así Jesús? Jesús no quería humillarla. Él, que conoce los corazones, estaba ensanchando la mente de sus discípulos y de ella misma. Estaba provocando que aquella mujer sacara a la luz la mina de oro de su fe. Jesús demuestra que la fe no es una cuestión de pasaporte, linaje o doctrina teórica perfectamente aprendida. La fe es confianza absoluta en el poder y el amor de Dios, incluso cuando el cielo parece callar.

La mujer cananea es hoy nuestra maestra de oración. Ella nos enseña tres cosas fundamentales. Primero a orar con perseverancia y no desanimarnos ante el silencio de Dios. El silencio no es ausencia; a veces es una invitación a profundizar en nuestro deseo y nuestras carencias. Segundo, a hacerlo con humildad, presentándonos ante Dios no exigiendo derechos por ser "buenos cristianos", sino mendigando su misericordia. Y tercero, a romper las fronteras del corazón: dejarnos interpelar por el dolor ajeno, venga de donde venga. Que al acercarnos hoy a la mesa de la eucaristía, donde no recibimos migajas, sino el pan entero de los hijos y que es el Cuerpo de Cristo, le pidamos al Señor la gracia de tener una fe tan grande como la de aquella mujer. Una fe que mueva el corazón de Dios y una caridad que ensanche las puertas de nuestra Iglesia para que todos, sin excepción, encuentren su casa en ella. Amén!

Evangelio Domingo XX del Tiempo Ordinario

Lectura del santo evangelio según san Mateo 15, 21-28

En aquel tiempo, Jesús salió y se retiró a la región de Tiro y Sidón.

Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle:
«Ten compasión de mí, Señor Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo».

Él no le respondió nada. Entonces los discípulos se le acercaron a decirle:
«Atiéndela, que viene detrás gritando».

Él les contestó:
«Solo he sido enviado a las ovejas descarriadas de Israel».

Ella se acercó y se postró ante él diciendo:
«Señor, ayúdame».

Él le contestó:
«No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos».

Pero ella repuso:
«Tienes razón, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de los amos».

Jesús le respondió:
«Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas».

En aquel momento quedó curada su hija.

Palabra del Señor