domingo, 27 de septiembre de 2026

"Voy, Señor". Por Joaquín Manuel Serrano Vila


La Palabra de Dios que la Iglesia nos regala en este Domingo XXVI del Tiempo Ordinario es una llamada directa, urgente y profunda a revisar el núcleo de nuestra fe. Hoy, la liturgia rompe nuestras falsas seguridades espirituales y nos sitúa ante un Dios que no se conforma con etiquetas, palabras bonitas o ritos externos. Dios mira el corazón, valora las decisiones reales y nos ofrece, por encima de todo, la gracia de la conversión y el cambio de vida.

En la primera lectura, el profeta Ezequiel se enfrenta a una queja muy humana del pueblo de Israel: "No es justo el proceder del Señor". Los israelitas se sentían víctimas de un destino rígido y pensaban que Dios los juzgaba de forma arbitraria. Sin embargo, la respuesta del Señor a través del Profeta da un vuelco completo a nuestra lógica y revela la verdadera justicia divina. Ezequiel nos enseña dos verdades fundamentales, por un lado la responsabilidad personal. Nuestra relación con Dios no depende de las glorias pasadas ni de los errores heredados. Se decide en el "aquí y ahora". Y por otro lado está el dinamismo de la conversión. Si un justo se aparta de su justicia y comete la maldad, su pasado no lo salva. Pero —y este es el milagro de la misericordia divina— si el malvado recapacita, se aparta de sus pecados y practica el derecho y la justicia, «salvará su vida». Dios nos está diciendo que nadie queda definitivamente perdido ni nadie está definitivamente asegurado. Lo que nos define no es cómo empezamos el camino, sino cómo lo terminamos. Este texto es un cántico a la libertad humana y a la infinita paciencia de Dios, quien siempre nos deja la puerta abierta para rectificar el rumbo.

San Pablo, escribiendo a la comunidad de Filipos, nos muestra la herramienta espiritual indispensable para poder cambiar de vida: la humildad. El Apóstol nos hace una exhortación bellísima: «Tened entre vosotros los mismos sentimientos de Cristo Jesús»: ¿Y cuáles son esos sentimientos? Pablo nos los describe en uno de los himnos cristológicos más hermosos de todo el Nuevo Testamento donde ensalza el abajamiento (Kénosis): Cristo, siendo Dios, no hizo alarde de su categoría divina. Al contrario, se despojó de su rango,y asumió la condición de esclavo y se hizo uno de tantos. San Pablo nos pone delante la obediencia absoluta del Señor. Se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz. La conversión que nos pedía Ezequiel no es un esfuerzo de pura fuerza de voluntad; nace de mirar a la cruz. El orgullo es la raíz de todos nuestros rechazos a Dios. Cuando creemos que lo sabemos todo, que somos mejores que los demás o que no necesitamos cambiar, cerramos el corazón. El Apóstol nos invita a derribar nuestros pedestales y a imitar a un Dios que prefirió lavar los pies y dar la vida antes que imponer su poder.

Todo lo anterior converge de forma magistral en el Evangelio de San Mateo, donde Jesús nos propone la parábola de los dos hijos enviados a trabajar a la viña. El primer hijo dice con rebeldía: «No quiero», pero después recapacita (como el malvado de Ezequiel) y va a trabajar. El segundo hijo responde con una cortesía impecable: «Voy, señor», pero al final se queda de brazos cruzados y no va. Al preguntar Jesús a las autoridades religiosas quién de los dos cumplió la voluntad del padre, la respuesta es obvia: el primero. Es entonces cuando Cristo lanza una de las advertencias más impactantes de todo el Evangelio: «Os aseguro que los publicanos y las prostitutas van por delante de vosotros en el reino de Dios». Jesús no está haciendo un elogio del pecado de los cobradores de impuestos y las prostitutas. Lo que elogia es su capacidad de cambiar. Ellos, al escuchar a Juan el Bautista, reconocieron su miseria, se arrepintieron y entraron en la viña. En cambio, los sumos sacerdotes y los ancianos —los que siempre decían "sí" a Dios de labios para afuera— se quedaron paralizados en su propia soberbia, incapaces de convertirse. El peligro más grande para nosotros, que venimos a misa, que rezamos y que nos consideramos "buenos cristianos", es convertirnos en el segundo hijo. Es el peligro de la incoherencia: decirle a Dios un "sí" litúrgico, pero un "no" práctico en nuestra vida cotidiana, en nuestra familia, en nuestra Parroquia, en el trabajo y con los necesitados.

Las tres lecturas de hoy se resumen en una sola palabra: ¡Hechos! Dios prefiere un "no" inicial que se convierte y transforma en obediencia sincera a través del arrepentimiento, que un "sí" formal que se desvanece en el tiempo por la pereza espiritual y el egoísmo. Y como la Palabra de Dios nos viene que ni pintada en ocasiones concretas, hoy es un día excelente para hacernos preguntas sinceras delante del altar:. ¿En cuál de los dos hijos me reconozco más en este momento de mi vida; en qué áreas de mi vida le estoy diciendo a Dios "sí; ya voy", pero las sigo postergando (un perdón que no doy, un vicio que no dejo, una soberbia que no me deja cambiar, un tiempo de oración que no cumplo o una participación fingida)?... ¿Tengo la humildad suficiente para reconocer mis errores , arrepentirme y cambiar de dirección?... No tengamos miedo de reconocer que a veces por orgullo le hemos dicho "no" a Dios. Lo hermoso de nuestra fe es que el Señor hoy nos vuelve a ofrecer su viña; su Viña siempre está ahí. No importa lo que hayamos hecho en el pasado; si hoy recapacitamos y nos ponemos de nuevo en camino, el Padre nos recibirá con los brazos abiertos...

Evangelio Domingo XXVI del Tiempo Ordinario

Lectura del santo evangelio según san Mateo 21, 28-32

En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:
«¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: “Hijo, ve hoy a trabajar en la viña”. Él le contestó: “No quiero». Pero después se arrepintió y fue.
Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. Él le contestó: “Voy, señor”. Pero no fue.
¿Quién de los dos cumplió la voluntad de su padre?».
Contestaron:
«El primero».
Jesús les dijo:
«En verdad os digo que los publicanos y las prostitutas van por delante de vosotros en el reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia y no le creísteis; en cambio, los publicanos y prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto, vosotros no os arrepentisteis ni le creísteis».

Palabra del Señor

Visita inolvidable, libro para recordarla. Por Monseñor Fray Jesús Sanz Montes O.F. M.



Vuelan los días y nos alejamos de momentos que han podido marcar bellamente un instante de nuestro camino. Por eso es un deber saludable poner hitos para que el olvido no acabe diluyendo lo que ha podido ser luminoso en nuestra penumbra, o cuanto en medio de la confusión y el cansancio nos ha abierto horizontes que se acarician con remembranza. El viaje del Papa León xiv a España ha sido una grata sorpresa que con su brisa nos ventiló el alma mientras el corazón se sentía vivo con latidos de esperanza. Este es el motivo por el que he querido escribir un pequeño libro que he titulado “La brisa de Prevost” (BAC. Madrid 2026), como ayuda para recorrer los pasos del santo Padre entre nosotros, comentando a modo de crónica los distintos escenarios que anduvimos con él.

Así recibimos tan esperada visita a nuestra patria del mensajero de la paz desarmada y desarmante: León xiv. Necesitamos el reclamo de quien no venga a vendernos humo engañando nuestra sed de esperanza. El lema de este viaje papal fue “alzad la mirada” (Jn 4, 35), invitación de Jesús cuando parecía que la cosecha se hacía remolona y costaba creer el momento de recoger los frutos que tanto se necesitaban. Sí, necesitamos levantar nuestra mirada ante tantos motivos nacionales e internacionales, sociales, políticos, culturales, religiosos… que nos impelen a quitar las orejeras y alzar los ojos a esa belleza, bondad, esa verdad, que junto con la paz y la justicia nos están desafiando a diario en todos nuestros escenarios.

¡Cuántas losas nos aplastan cuando la mentira de las gobernanzas y todas sus trampas, la desigualdad ramplona y la violencia que nos enfrenta e insidia, la intolerancia que nos señala como espurios y proscritos mientras nos obliga a ser tolerantes con aquellos que no respetan nada, todo lo que hace que sea una vida irrespirable en una sociedad sumida en demasiada corrupción cotidiana como si no pasase nada precisamente porque pasa cada día! Es entonces cuando emerge esta comprensible necesidad de mirar a alguien que no nos engañe cuando mercadea con nuestra confianza, que no nos use para luego tirarnos tras haberle dado el beneficio de nuestro interés o el préstamo de nuestros votos. Alguien que tenga una autoridad moral digna de su credibilidad sin tacha.

No los farsantes encantadores de serpientes mientras tocan sus flautas, los botarates que viven de sus cuentos con cara transcendente que nos engaña, los que dan lecciones de todo desde sus inmensas ignorancias maquilladas, no sirven para el rearme ético y moral que necesita nuestra sociedad tan de capa caída a pesar de los trucos amañados y los barnizados enjuagues. No, necesitamos a quien os acerque la frescura del Evangelio encienda nuestra apagada fe, dilate el horizonte de nuestra esperanza y haga acogedora una caridad sincera que abrace las necesidades de los más desheredados de la tierra. Alzar la mirada contemplando el hontanar de nuestra historia milenaria, reconociendo a los testigos que han marcado las referencias evangélicas como han hecho los santos, y discerniendo los retos que nos desafían para anunciar la Buena Nueva. Con la mirada alzada al Señor y abajada a los hermanos, hemos visto con sorpresa y gratitud el despertar de un pueblo que se ha desquitado de la orfandad asustadiza y esquiva, para reestrenar el gozo de una paternidad que nos convoca y acompaña, como ha hecho el papa León xiv.

Las comunidades cristianas, iluminadas por la luz que ha brillado en esta visita, fortalecidas con los gestos y los textos del Santo Padre, experimentan la alegría del Evangelio para nuestros contemporáneos, en medio de sus heridas, sus preguntas, sus búsquedas. Somos los testigos del bálsamo, de las respuestas y de las metas con que el Señor nos ha encontrado y bendecido en esta memorable visita inolvidable, y un libro para recordarla.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

viernes, 25 de septiembre de 2026

Doce tradiciones en torno a los Mártires de Valdecuna

El Santuario de los Santos Mártires Cosme y Damián se encuentra en la localidad de Insierto, aldea perteneciente a la parroquia de Valdecuna en el concejo de Mieres, municipio de la Cuenca minera del Caudal, al sur de la Comunidad Autónoma. Este lugar tiene un antiquísimo culto; es cierto que la mayor parte del actual edificio del Santuario data del siglo XVIII, pero eso no significa que el culto a los Mártires se limite a tan poco tiempo, sino que precisamente se pierde en el tiempo. Ya el sacerdote y erudito Don Silverio Cerra defendió en su estudio de 1992 la antigüedad de este lugar datando la cabecera del actual Santuario en el período altomedieval. La imagen que preside el retablo principal -en medio de San Cosme y San Damián- es una talla románica de San Esteban, que algunos datan del siglo XI. Su presidencia ahí tiene mucho sentido; si a al Santo diácono le llamamos el protomártir es precisamente por eso, por haber sido el primer discípulo de Cristo en sellar la fidelidad al maestro con su sangre. Por eso también algunos defienden que quizás la primera ermita en este lugar estuvo dedicada a San Esteban, incluso que esta pudiera haber sido edificada ahí para cristianizar un lugar de culto pagano como ocurrió con tantos templos, santuarios y ermitas de nuestra región. Algunos historiadores sitúan el primer templo cristiano en este lugar entre los siglos VI y VII. La idea más consolidada es que al menos el culto a San Cosme y San Damián tuvo que llegar a este lugar en torno a los comienzos del siglo VIII cuando con el avance de las tropas islámicas tantas reliquias fueron trasladadas a nuestra tierra para salvarlas de la profanación y destrucción. No perdamos de vista que del Santuario de Valdecuna a las ermitas medievales del Monsacro hay poco más de 20 km. Con la llegada de las reliquias de estos Santos Médicos se convirtió este rincón del valle de Cuna y Cenera en un lugar al que peregrinar pidiendo o dando gracias por la salud. 


Según la tradición eran hermanos, y además gemelos. Parece que nacieron y vivieron en la antigua Égea (actual ciudad de Ayas en el sureste de Turquía) en torno a finales del siglo III. Al parecer se desplazaban atendiendo enfermos por toda Arabia, la zona que se encuentra entre Asia y África entre el mar arábigo, el mar rojo, el golfo pérsico y el golfo del Adén. Esta región se la conoce como la península más grande del mundo, ya integrada en el Oriente Próximo. San Cosme y San Damián eran dos cristianos laicos que ejercían la medicina por caridad, por este motivo en el Santoral de la Iglesia Ortodoxa se les incluye entre los santos anárgiros; es decir, aquellos que nunca aceptaron plata -dinero- en pago a sus buenas obras. Aunque dedicados a la medicina, en general de lo que tenían fama era de ser buenos cirujanos, así la tradición oral nos cuenta el caso del hombre rico al que ellos trasplantaron una pierna de uno de sus criados negros que había fallecido poco antes. Cosme y Damián ya tenían fama de milagrosos en vida, pero ellos atribuían el éxito de sus actuaciones a Jesús de Nazaret, lo que provocó que crecieran las conversiones y bautizos en la región hasta el punto que Roma tomó cartas en el asunto. Algunos autores apuntan a que la persona que les denunció y promovió que los hermanos fueran juzgados fue nada menos que el renombrado orador Lisias, que era gobernador de Cilicia en aquel momento. 
Fueron detenidos y encarcelados por mandato del emperador Diocleciano, del que se dice tuvo noticias de los milagros de estos dos hermanos médicos y dio el beneplácito para que fueran ejecutados en torno al año 300 d.C. aproximadamente. Se dice que fueron sometidos a numerosas torturas y suplicios, más confortados por el Cielo superaban todas las pruebas para mayor ira y desconcierto de sus verdugos, que con saña se afanaban queriendo verles sufrir. Finalmente, fueron decapitados a espada. Los cristianos recogieron sus reliquias y les dieron piadosa sepultura en Ciro (Siria), convirtiéndose en un lugar de veneración, donde se construyó una basílica de la que hay noticias en el siglo V. Se trata de unos de los santos más queridos de la antigüedad. En todo el Oriente Cristiano se levantaron basílicas, iglesias o santuarios en su honor como en Jerusalén, Constantinopla, Egipto, Edesa, Tesalónica, Mesopotamia... El culto también se extendió en occidente, de forma destacada en Italia, donde tuvieron muchos devotos en las ciudades de  Rávena, Verona, y especialmente en Roma, donde llegaron a tener diez templos dedicados a ellos, y sus nombres se hicieron muy comunes en los bautismos de niños. Un dato que no podemos perder de vista es que San Cosme y San Damián aparecen en la plegaria eucarística I o Canon Romano, lo que nos demuestra lo arraigado que estaba su culto en la liturgia de la Iglesia, y es que hablamos del siglo V con San Gelasio, y del siglo VI con San Gregorio Magno. Aunque hay liturgistas que defienden que parte de este canon se remonta al siglo III. Numerosos pontífices promovieron el culto a nuestros Santos, por ejemplo el Papa Símaco, el cual les dedicó un oratorio en el monte Esquilino de Roma, convirtiéndose después en abadía. El Papa San Félix IV ordenó destinarles dos antiguos edificios clásicos del Foro de Roma como eran el templum sacrum urbis y la basílica de Rómulo, que quedaron como templos consagrados a los dos Santos médicos. El Papa Urbano VIII, de la saga de los Barberini, ordenó restaurar el templo de San Cosme y Damián del Foro en 1631.

El Santuario

En Insierto (Mieres) el Santuario vivió su época de mayor esplendor en el siglo XVIII cuando se edifica el actual edificio del Santuario así como la llamada Casa de Novenas, la cual acogía a los peregrinos y romeros. El arquitecto del templo fue el asturiano Pedro Muñiz Somonte, quien diseñó otros templos de la Región como el templo parroquial de Santa María de Luanco, la Colegiata de San Juan Bautista de Gijón, el Convento de las Clarisas de Oviedo o la capilla de la Esperanza de la Balesquida, también en la capital del Principado. La estructura del templo repite los modelos del barroco asturiano, especialmente sobrio, que se puede apreciar en otros templos cercanos como son las iglesias parroquiales de Jomezana y Zureda en Lena, o la antigua iglesia parroquial de San Juan de Mieres. 

Consta de planta de cruz latina, pórticos laterales y cubiertas abovedadas en arista. Tiene muro con testero recto al que le viene adosados los contrafuertes que son los que absorben los empujes de la cubierta. El aparejo del edificio combina tanto sillería como mampostería; destacan en sillar las pilastras, las embocaduras de los vanos, la cornisa moldurada y la imposta. Se ha dejado la piedra vista al exterior, mientras que el interior fue cargado y decorado en sus bóvedas y muros. Aunque la mayor parte del edificio es barroco, no podemos olvidar que la zona del presbiterio es románica, y también hay añadidos neoclásicos. Tanto la torre, el cabildo o la sacristía se trata de ampliaciones del siglo XIX, siendo su fachada original rematada en espadaña. El cabildo está delimitado con un muro sobre el que se apoyan las columnas de madera que sostienen las cubiertas de éste. Ante la puerta principal encontramos la base de la torre,  la cual se asienta en tres arcos torales de medio punto en noble sillería de piedra. Los tres arcos entrelazan los machones que forman la bóveda de crucería que recibe a los peregrinos sobre la puerta principal, y que es a su vez la techumbre de la torre.

La torre a los pies del edificio presenta forma cuadrada con muros reticulados, conformada con pilastras angulares, así como imposta. Se abre a partir de un arquillo, un óculo y un balcón. Es hermosa la portada principal arquitrabada toda ella y adornada con orejas y molduras, labrándose semicírculos en su clave. La puerta principal está realizada en madera tallada en doble hoja con cuarterones. En el interior encontramos a los pies de la nave la tribuna o coro en madera, cuya barandilla está realizada con barrotes de madera torneados. Se accede a la parte superior por una escalera de caracol realizada en piedra dividida en dos tramos, los cuales están cubiertos por un cañón con lunetos. En las bóvedas del Santuario encontramos pinturas de dos épocas distintas: las más próximas al altar mayor corresponden al siglo XVIII y siguen el mismo esquema de las pinturas del palacio del Valleto, firmadas por Francisco Javier González, lo cual demuestra el vínculo de dicha Casa con los Mártires, e incluso algunos apuntan que pudieron ser ellos los encargados de sufragar dicha obra. Estas representaciones pictóricas entremezclan motivos vegetales con símbolos martiriales como la espada, la corona o la palma. También aparecen símbolos vinculados al campo de la medicina y al mundo farmacéutico. La segunda zona de pinturas más próximas a la puerta principal son las del siglo XIX, con figuras geométricas, símbolos florales y dibujos de los nervios. 

Las imágenes de los Mártires

La quema del Santuario en la persecución religiosa de los años treinta del siglo pasado nos hace desconocer muchos detalles; uno de ellos: ¿Cómo eran las primitivas imágenes de San Cosme y San Damián?... Seguramente hubo tallas románicas de ellos del mismo autor de la talla de San Esteban, pues desde los comienzos del siglo VIII en que llegarían las reliquias procedentes de Toledo a Insierto, ¿habrían estado los mierenses celebrándolos sin imágenes suyas hasta el siglo XVIII? ¡de ninguna manera! Lo que sí se daría con la llegada del barroco sería el deseo de cambiar las imágenes por otras que respondieran al nuevo canon artístico de moda, más seguro que aún cuando las imágenes actuales ya se habían encargado y llegado al templo, siguieron conservando las anteriores. Sabemos que el Santuario fue decorado con varios retablos, uno principal y varios laterales, los cuales se terminaron de pintar y dorar en 1740. Todos los retablos y tallas, exvotos y ornamentos, orfebrería y documentos, manteles y pinturas, vía crucis y púlpito... fue pasto de las llamas. Por suerte, se salvaron las imágenes de los mártires, de estilo barroco popular, así como la talla de San Esteban. San Cosme y San Damián tienen aquí ojos, orejas y manos grandes para ver, escuchar y acoger todo lo que sus devotos vienen a enseñarles, pedirles o dejar en sus manos. 

La Casa de Novenas 

Frente al santuario, existe aún la llamada Casa de la Novena, en cuyo interior se conserva un limosnero popular del siglo XVIII.

¿Por qué se celebra el 27 de Septiembre si en el calendario vienen el 26?

Rectores del Santuario

En el devenir de los siglos este Santuario siempre fue cuidado por sacerdotes diocesanos; ahora bien, si en un principio siempre el párroco de Santa María de Valdecuna fue el rector por extensión, este templo es cierto que durante un periodo de tiempo se le confió su a tención al capellán del palacio del Valleto, de la familia Vázquez de Prada. La celebración fue declarada Fiesta de Interés Turístico Nacional en el año 1969 festividad local municipal. Es uno de los festejos más relevantes de todo el concejo de Mieres.


1. Participar de la Novena 

Durante todo el año se peregrina hasta este lugar para elevar oraciones a San Cosme y San Damián, pero de forma muy especial acuden los devotos a la Novena que tiene lugar del 18 al 26 de septiembre: ¿Qué es la Novena y qué sentido tiene?. Una tradición muy antigua en la Iglesia es el rezo de los novenarios, que debe su nombre a que se celebra los nueve días previos a la fiesta de los Santos titulares. La Novena tiene varios fines, el primero es que uno se haga el propósito de hacerla entera, lo que ya implica que durante diez días te comprometes a acercarte más al Señor por medio de la devoción que te va a llevar esos días con más ímpetu al rosario, a la eucaristía y la vida de piedad. Es la mejor forma de prepararse interiormente para la fiesta, y se hace también pidiendo una gracia especial. Cuando queremos pedirle algo importante al Señor, algo complejo y difícil, no entramos en la iglesia para encender una vela y ya está. El que algo quiere algo le cuesta, y para las peticiones de temas serios, importantes y delicados, tenemos la Novena. Nueve días para pedir con fe que se nos conceda la dicha que esperamos alcanzar.

2. Peregrinar a pie subiendo la empinada cuesta

La fecha más singular, el día grande de la fiesta de los mártires cada 27 de septiembre: ¿Por qué el 27 de septiembre?... Desconocemos la fecha exacta en que fueron martirizados los santos médicos, lo que sí sabemos es que estos queridos intercesores obraron numerosos milagros; hasta el mismísimo emperador Justiniano I atribuyó su sanación a ellos. Algo así se cree que le pasó al Papa Félix, quien erigió la basílica en honor a los Santos Cosme y Damián, y que según la tradición fue consagrada por el Pontífice el 27 de septiembre del año 527. En el año 1969 el Papa Pablo VI aprobó el nuevo Calendario Romano General, fruto de la renovación litúrgica tras el Concilio Vaticano II. De esta reforma se cambió el día de los Santos Cosme y Damián, que a partir de 1970 -cuando entró en vigor el nuevo calendario litúrgico- del 27 al 26 de septiembre, y siendo el 27 de septiembre el día de San Vicente de Paúl, que hasta entonces se celebraba el 19 de julio. Los mierense se negaron al cambio y continúan celebrando a sus Mártires como toda la vida. Es tradición subir a pie todo el que puede hasta el Santuario, detalle que describe la canción de Víctor Manuel titulada ''La romería'', que dice ''hay una empinada cuesta, para llegar a la ermita''...

3. Llevar una vela

4. Confesarte

5. Participar de una de las misas.

6. Ofrecer un exvoto de cera 

7. Pasar el pañuelo de tela por los Santos.

8. Encargar alguna misa por los difuntos por la salud de sus almas.

9. Llevarte un recuerdo.

10. Procesionar alrededor del templo 

Es día muy propio para la alegría, la convivencia y la fiesta. Las personas que participan en la misa mayor o incluso otras que han estado en alguna de las celebraciones anteriores aguardan la salida de las imágenes de los Santos Mártires para acompañarles en su procesión alrededor del Santuario. Otras personas que prefieren evitar la aglomeración de fieles, lo que hacen es dar una vuelta en silencio alrededor del templo a modo de procesión individual. Otra tradición es la puja del ramo de pan.

11. Despedirte de los Santos Mártires con una petición o agradecimiento. 

No te vayas del lugar sin despedirte de los Santos Mártires, pidiéndoles las gracia de volver el próximo año con salud. Dentro del Santuario hay un libro de firmas donde se puede dejar constancia de tú visita, reflejar lo que les pides a San Cosme y San Damián o lo que quieres agradecerles. 

Oración
Proclamamos, Señor, tu grandeza
al celebrar la memoria de tus mártires Cosme y Damián,
porque a ellos les diste el premio de la gloria
y a nosotros nos proteges
con tu maravillosa providencia.
Por nuestro Señor Jesucristo.

12. Y una limosna para el Santuario ¡Que la hace mucha falta!

El Santuario es muy hermoso, pero no tiene medios para hacer frente a la restauración que necesitaría. Ojalá desde la Concejalía de Cultura del Ayuntamiento de Mieres, desde Patrimonio del Principado de Asturias y la Administración Diocesana del Arzobispado de Oviedo ayudaran a devolver el esplendor perdido a este bello Santuario. 

Discurso completo de León XIV en la UNESCO

Señor Director General,
Señor Presidente de la Conferencia General,
Señor Presidente del Consejo Ejecutivo,
Excelencias,
Señoras y Señores:

Me da mucha alegría encontrarme hoy aquí, en esta Asamblea de las Naciones Unidas, donde las lenguas y las culturas se unen para colaborar en un proyecto que concierne a toda la familia humana: «Contribuir a la paz y a la seguridad estrechando, mediante la educación, la ciencia y la cultura, la colaboración entre las naciones, a fin de asegurar el respeto universal a la justicia, a la ley, a los derechos humanos y a las libertades fundamentales» (Constitución de la UNESCO, art. 1, párr. 1). Construir juntos un mundo justo es, en efecto, el fundamento mismo de la cooperación internacional. Nuestras experiencias, aptitudes y competencias tienen como objetivo crear un espacio acogedor para todos y fecundo para cada uno, para que todos los pueblos puedan crecer en paz.

Como testigo de la paz, dirijo mi cordial saludo a ustedes, representantes de los Estados miembros y Observadores de las organizaciones internacionales, del mundo académico y de la sociedad civil. Agradezco al señor Khaled El-Enany, Director General de esta Organización, por su cálida invitación [y por las palabras que nos ha dirigido]. En mi calidad de pastor, les transmito la palabra de la Iglesia, que se hace incesante “mensaje y coloquio” dirigido a todos los pueblos, mujeres y hombres de buena voluntad (cf. S. Pablo VI, Carta enc. Ecclesiam suam, 34).

El proyecto de construir juntos un mundo justo coincide con una misión que hemos aprendido a compartir a lo largo de la historia. En este sentido, la UNESCO representa tanto un objetivo como una herramienta para continuar hoy esta tarea, con un compromiso aún mayor, de acuerdo con nuestros múltiples ámbitos de actividad. En 2027 celebraremos el 75 aniversario de la presencia de la Santa Sede en la UNESCO: una presencia que surge de la convicción de que el futuro depende, ante todo, del respeto y la promoción de la dignidad inalienable de cada ser humano creado a imagen de Dios. Por ello consideramos a esta Organización como un interlocutor privilegiado al servicio del bien común, que es la «forma social de la dignidad» que todos compartimos de manera original e igualitaria (cf. Carta enc. Magnifica humanitas, 59). Desde 1952, la Misión Permanente de Observación de la Santa Sede discierne y acompaña, desde esta perspectiva, las iniciativas de la UNESCO, aportando su contribución al diálogo entre las naciones, con el fin de promover un auténtico desarrollo humano, que sólo es tal cuando está orientado a «promover a todos los hombres y a todo el hombre» (S. Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio, 14).

Dirigiéndose a esta asamblea, mi venerado predecesor, san Juan Pablo II, recordaba que «genus humanum arte et ratione vivit». Puesto que, de hecho, «el hombre vive una vida verdaderamente humana gracias a la cultura» (Discurso a la UNESCO, 2 junio 1980, 6; cf. Sto. Tomas de Aquino, en Aristotelis Posteriora Analytica, 1), esta palabra se refiere a la forma de ser mediante la cual el ser humano le da sentido a todo lo que hace. Cuarenta y seis años después, al renovar ante ustedes el compromiso de colaboración de la Santa Sede, los invito a considerar la UNESCO no sólo como una ilustre organización internacional, sino también como un lugar donde la humanidad reflexiona sobre sí misma, sobre su historia y sobre su futuro. En efecto, es imposible promover la educación, las ciencias y la cultura sin promover la vida del hombre y de la mujer, quienes son sus protagonistas.

En el ámbito de la educación, la Iglesia católica aporta una experiencia muy antigua: desde hace siglos, sus comunidades abren escuelas y universidades, enseñan a leer y a escribir, y están presentes incluso en los lugares más pobres y remotos. Con el Pacto educativo global, mi predecesor Francisco quiso integrar esta experiencia en una alianza educativa más amplia, abierta a la contribución de todos. Pero lo que deseo transmitirles no son, ante todo, las obras: es la convicción de la que surgen estas. Ninguna educación está completa si no aborda la cuestión del sentido. En ese mismo discurso, san Juan Pablo II lo recordaba: educar es ayudar al hombre a “ser” más y no sólo a “tener” más, reconociendo en él también esa trascendencia de la persona que pertenece a la plenitud de su humanidad (cf. íbid., 10-11).

En esta asamblea, entonces, conviene explorar una pregunta fundamental que nos interpela con urgencia: ¿Qué significa ser humano? Todas las culturas se ven interpeladas por este interrogante, que se encuentra en el núcleo de toda forma de conocimiento, de todo arte y de toda religión. Incluso en el siglo XXI, no podemos dar por sentado que sabemos quién es la persona humana o qué significa vivir como ser humano. Efectivamente, cada generación está llamada a enfrentarse a esta pregunta, especialmente ante las tragedias que, lamentablemente, se repiten incluso hoy en día.

Ante todo, la persona humana es alguien que es concebido y nacido; por lo tanto, ser humano significa, en primer lugar, ser un hijo. Ninguno de nosotros eligió serlo. Nadie decidió de quién, cuándo o dónde nacer. Esta verdad evidente arroja luz sobre algo que no es meramente biológico, sino ético: como hijos, todos somos hermanos y hermanas. Desde el principio, nuestra humanidad es un don y una prueba, una promesa y una responsabilidad. Para cada ser humano, el nacimiento establece un vínculo primordial, una comunión de vida que tiene su origen, y su primer entorno educativo, en la familia.

En segundo lugar, todos nacemos desnudos y necesitados. Somos pobres por nacimiento: necesitados de pan y de palabras, de cuidados y de afecto; es decir, de todo aquello que nutre el cuerpo y el espíritu. Lo sabemos bien; y, sin embargo, al volvernos adultos, corremos el riesgo de olvidarlo. Precisamente quienes están necesitados son los que sufren las consecuencias más graves de este olvido, cada vez que su humanidad es traicionada o descartada, explotada o engañada. Olvidar las circunstancias de nuestro nacimiento oscurece la idea misma de la vida humana, porque separa la vida de la historia que todos compartimos. Entonces, esta vida ya no se entiende como un don, sino como un producto. Deja de verse como una llamada al cuidado y a la responsabilidad y se convierte en un producto susceptible de explotación. De hecho, esta trágica alternativa nos recuerda que ser humano es ser libre por naturaleza. Dado que todos somos hijos, nuestra libertad comienza con nuestra respuesta a la libertad de quien se dirige a nosotros primero, ya sea con gestos de afecto o de rechazo, de acogida amorosa o de abandono y crueldad.

En tercer lugar, mantener viva la memoria de nuestra humanidad común es reconocer su grandeza —es decir, su inmenso potencial—, aunque se vea menoscabada por tantas formas de maldad e injusticia. Quienes se dedican a la educación, la ciencia y la cultura están llamados, con mayor razón, a cuidar de cada persona, para que resplandezca la belleza de nuestra libertad. Esta belleza tiene un nombre: justicia. Sí, la libertad es hermosa cuando se orienta hacia el bien y la verdad; se desfigura cuando degenera en arbitrariedad, violencia o sed de poder. Ser humano implica, entonces, una responsabilidad ante la historia. El ser humano es aquel que crece, aprende y trabaja con las manos y con la mente. Mediante ese trabajo, se puede cultivar la tierra o desfigurarla, crear obras de arte o destruirlas. En este momento concreto, debemos reconocer que la más terrible de las “obras humanas” es la guerra; porque en ella la propia ciencia queda puesta al servicio de una voluntad inhumana de destruir y matar.

A este respecto, el Preámbulo de la Constitución de la UNESCO comienza con unas palabras que siguen teniendo una sorprendente relevancia en la actualidad: «Puesto que las guerras nacen en la mente de los hombres, es en la mente de los hombres donde deben erigirse los baluartes de la paz» (Constitución de la UNESCO, Preámbulo, 1945). Estas palabras se escribieron tras la Segunda Guerra Mundial, la tragedia más devastadora del siglo pasado. La humanidad había llegado a comprender que el progreso científico, cuando se separa de la sabiduría, puede convertirse en un arma de destrucción; que la cultura, cuando se somete a la ideología, puede degenerar en falsedad y propaganda; y que la educación, cuando abandona la verdad, puede convertirse en un instrumento para manipular las conciencias. Los Estados fundadores de la UNESCO entendieron que los tratados son necesarios, pero no suficientes por sí mismos. Requieren una cultura de paz y un compromiso compartido con la paz, que los sustenten. La paz no puede construirse sólo con tratados, ni con compromisos entre fuerzas opuestas. La paz es auténtica cuando brota de la virtud de la justicia y no de un simple contrato, de una voluntad recta más que de un equilibrio inestable de intereses. A decir verdad, sólo una voluntad recta puede reconocer en el otro a un hermano o una hermana, a una persona semejante a uno mismo.

Ochenta años después, las palabras de su Carta constitutiva no han perdido nada de su fuerza. Sin embargo, también vemos cuán profundamente se ve amenazado este principio común por formas de barbarie que alimentan la rivalidad y el conflicto. Entre los desafíos que enfrenta hoy el mundo de la ciencia y de la educación, quisiera poner de relieve aquellos que surgen del vasto campo de la tecnología. Nuestros esfuerzos en este ámbito deben garantizar que las nuevas tecnologías sigan estando al servicio de la persona humana, en lugar de convertirse en un instrumento más de dominación e injusticia.

A lo largo de los siglos, muchas tareas que antes realizaban los seres humanos han sido confiadas a las máquinas, cuyas capacidades y aplicaciones no han dejado de ampliarse. Más recientemente, a ciertos sistemas artificiales se les ha otorgado incluso el nombre de nuestra facultad humana del pensamiento: la inteligencia. Al mismo tiempo, sin embargo, nuestras ideas y relaciones corren el riesgo de empobrecerse debido a un proceso de deshumanización. La paradoja resulta cada vez más evidente: mientras se atribuye “inteligencia” a los sistemas computacionales, nos cuesta reconocer la dignidad inalienable de las personas, cuyas vidas se juzgan según el criterio de la eficiencia y, cuando se considera que ya no son productivas, son rechazadas y descartadas.

Esta dolorosa realidad nos invita a reflexionar tanto sobre la fragilidad de nuestra naturaleza humana como sobre la inmensa dignidad de cada persona —una dignidad que permanece intacta en las circunstancias de mayor vulnerabilidad, incluso hasta la muerte—. Sí, el ser humano es, sin duda, aquel que nace, pero también aquel que muere. Nuestra dignidad no se ve destruida por la enfermedad ni por el sufrimiento, ni depende de nuestras capacidades. Al contrario, exige un cuidado amoroso en cada etapa de la vida.

Para la fe cristiana, el misterio de la persona humana encuentra su máxima plenitud en Cristo, quien, «en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación» (Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 22). A la luz de Él, cada persona se nos presenta como una criatura querida y amada por Dios. Esta luz también nos ayuda a comprender más profundamente el significado de nuestra experiencia humana compartida.

Señoras y señores, como hombres y mujeres de ciencia, están llamados a cooperar incansablemente en nombre de nuestra historia común, para que, desde una diversidad de perspectivas, surja una convergencia de visiones y, de esa convergencia, una armonía en la acción. Esta armonía se expresa en la labor de la UNESCO cuando da una voz sinfónica a las más altas aspiraciones orientadas al bien y al cuidado de la humanidad. Donde hay armonía, las diferentes voces llegan a un acuerdo, y las naciones que ustedes representan se unen así en la concordia.

A este respecto, me gustaría recurrir a dos imágenes de la Biblia, ese gran tesoro cultural de la humanidad: la Torre de Babel y la plaza pública de Pentecostés. Las propongo como formas de representar la unidad de la familia humana, la cual, incluso hoy, está continuamente llamada a discernir su rumbo adecuado, es decir, el sentido de la historia que está viviendo. En efecto, estos relatos bíblicos describen formas de vida social que nos invitan a reflexionar sobre las circunstancias de nuestro propio tiempo.

La Torre de Babel representa una unidad impuesta mediante la dominación (cf. Gn 11,4). Al mismo tiempo, este edificio revela que, cuanto más busca el poder la opresión, más se debilita a sí mismo, dejando al descubierto su rostro inhumano. Lo vemos en el sufrimiento y la injusticia causados por el despotismo, así como en formas de explotación que hieren tanto a la sociedad como al medio ambiente. Como enseña la historia, muchos imperios se han dejado llevar por su poder antes de ser consumidos por él y derrumbarse como una torre. El resultado de esta soberbia, primero exaltada y después abatida, es la dispersión. La pretensión de hacerse como Dios y someter a los pueblos a un único yugo conduce a la confusión de lenguas y a la falta de comprensión mutua. En vez de alcanzar el cielo, como pretendía, la Torre de Babel se derrumbó, con una doble consecuencia negativa. Puesto que la unidad que imponía era forzada, también la diversidad que sigue a su derrumbe se convirtió en fuente de conflicto. Hoy, la tentación de Babel reaparece en una globalización perseguida sin fraternidad, en formas rapaces de neocolonialismo, en imposiciones ideológicas y en todos esos “contactos sin vínculos” que reducen la vida humana al comercio (cf. Comisión Teológica Internacional, Quo vadis, humanitas?, 42). La ciencia misma, cuando se reduce a una técnica de poder, ya no sirve para elevar a la persona humana, sino que, por el contrario, corre el riesgo de degradar los frutos de su esfuerzo.

De manera especial hoy, contamos con medios capaces de conectar a las personas y a los continentes de manera instantánea; sin embargo, al mismo tiempo, somos testigos de nuevas formas de aislamiento, de pobreza material y espiritual y de abandono. La comunicación se ha vuelto mucho más rápida, pero no necesariamente más veraz; la información es abundante, pero no es sinónimo de sabiduría. Sin un fundamento ético compartido, los numerosos canales de comunicación corren el riesgo de multiplicar la información falsa y dar vigencia a palabras desprovistas de significado, lo que obstaculiza el diálogo en lugar de fomentarlo.

La inteligencia artificial amplifica este problema: aunque estos sistemas pueden correlacionar datos, no pueden responder a las preguntas sobre el sentido de la vida humana, que tiene sus raíces en la experiencia vivida. No obstante, los seres humanos no pueden vivir sin sentido. El sentido es el oxígeno de la mente. Por esta razón, los desafíos de la comunicación, que son también siempre desafíos de la educación, convierten la búsqueda de la verdad en una cuestión de justicia social y equidad histórica. De ahí que la educación en este ámbito sea esencial, y aplaudo la iniciativa de la UNESCO a través de su programa de “Alfabetización Mediática e Informacional” (AMI), que promueve el uso responsable de los medios y las herramientas digitales.

Ciertamente, sin la verdad, el lenguaje queda sometido a la lógica de la violencia y a la voluntad arbitraria de los poderosos. Así, se excluye a otros en nombre de la ganancia, y se mata a inocentes en nombre de la libertad. En lugar de respetar la ley, quienes están en el poder la invocan cuando les conviene y la ignoran cuando les limita, tratando incluso a la justicia misma como si fuera una mercancía que se puede comprar y vender. Si comprendemos que la corrupción de la ley comienza con la corrupción del corazón, podemos reconocer cómo toda ciencia corre el riesgo de perder su sentido propio cuando se practica al margen de la ética, dejando así de servir y de reflejar la dignidad humana. Con respecto a esto, animo a toda la comunidad internacional a prestar especial atención a la protección de los niños y los jóvenes. En la era digital, su vulnerabilidad nunca debe convertirse en una oportunidad para la explotación. Que estas tecnologías apoyen su crecimiento, su educación y sus relaciones, salvaguardando su libertad de pensar y discernir, y permaneciendo siempre al servicio de la dignidad de la persona humana.

La corrupción de la cultura que estamos considerando encuentra su redención en la plaza pública de Pentecostés. Allí, todos los pueblos reciben como buena noticia un mensaje de paz. Ese anuncio proclama la resurrección de Jesús, es decir, la victoria de la vida sobre la muerte y la salvación que da esperanza al mundo. El día de Pentecostés, la plaza pública se convierte en un lugar donde se celebra la paz que sana toda ofensa contra la persona humana. Cada uno de los presentes escuchaba el mensaje en su propia «lengua nativa» (cf. Hch 2,8). La comunión no suprime en absoluto la diversidad. Más bien, permite que la diversidad florezca en la armonía de las voces y los rostros. En el anuncio de la paz, la riqueza de las culturas se convierte en portadora de una verdad universal. La enseñanza bíblica nos muestra así el camino para alcanzar lo que todos buscamos: «esa unidad que no anula las diferencias, sino que valora la historia personal de cada uno y la cultura social y religiosa de cada pueblo» (Homilía en la Misa del Inicio del Ministerio Petrino, 18 mayo 2025). No es la dominación de Babel, sino la paz de Pentecostés, la que hace posible esta comunión entre todos los pueblos. Cada cultura, por tanto, alcanza su más alta sabiduría cuando busca la paz y el bien de todos, dando testimonio del auténtico significado de nuestra humanidad.

Quienes se dedican a la educación saben que sólo la verdad nos hace libres. Quienes enseñan y quienes investigan saben que el error nos esclaviza a la ignorancia y a la superstición. Cada vez que nos encontremos con obstáculos en nuestra misión, recordemos que hay una sola Tierra para todos y una naturaleza humana común. No se puede comprender al ser humano separando lo que forma parte de un todo: el cuerpo y el alma, la vida personal y las relaciones, nuestra relación con los demás y con el medio ambiente. Todo forma parte de la unidad de nuestra existencia. Por esta razón, cultivar la tierra también significa cultivar la humanidad que la habita. La educación y la ciencia están llamadas a esta tarea. En realidad, no es casualidad que toda cultura, según la propia etimología de la palabra, se refiera al acto de cultivar. Renuevo, por tanto, la llamada de mis predecesores a cuidar juntos de la persona humana y de la creación: el Papa Benedicto XVI habló de la necesidad de una ecología de la persona humana, mientras que el Papa Francisco desarrolló la perspectiva de la ecología integral (cf. Benedicto XVI, Discurso al Parlamento Federal Alemán, 22 septiembre 2011; Francisco, Carta enc. Laudato si’, 137–162).

El punto de referencia con el que podemos evaluar nuestro compromiso es el cuidado que prestamos a los más pequeños y a los pobres: los niños en el vientre de sus madres y en los distintos escenarios de guerra; las personas con discapacidades físicas e intelectuales; los adultos mayores; los migrantes y los refugiados; y todos aquellos a quienes la arrogancia excluye por considerarlos improductivos. Ellos son la verdadera prueba de nuestras afirmaciones sobre el respeto a la dignidad humana, y su protección y promoción se extienden también a la creación. En oposición a esto se encuentra una voluntad de explotar y saquear, de extraer lo máximo posible de cada ser vivo, de consumir sin preservar y destruir sin cultivar. Por eso, la actual crisis ecológica es también una crisis antropológica. La Iglesia está convencida, además, de que cada cultura lleva en sí misma una sabiduría que madura en un ecosistema de pueblos. El hábitat de la persona humana es la sociedad: no un entorno meramente físico como el desierto o el océano para los animales, sino uno moral y relacional. Donde prevalece la paz social, los pueblos prosperan en justicia.

Es ahí, pues, donde la UNESCO encuentra la síntesis de sus altas misiones educativas y científicas: en la paciente tarea de construir la paz. Ante las numerosas y complejas urgencias de nuestra época, el mundo mira a las instituciones internacionales con sentimientos encontrados. Por un lado, están llamadas a afrontar desafíos que ningún Estado puede resolver por sí solo. Por otro lado, estas mismas instituciones atraviesan una crisis de eficacia, sobre todo cuando el diálogo se considera un obstáculo para la acción en lugar de un recurso para la paz; como una forma de hipocresía, en vez de una oportunidad para buscar juntos el bien común. Ante estas desviaciones, es necesario promover una virtud tan escasa como deseada: la confianza; confianza en que las diferencias no constituyen necesariamente una amenaza; confianza en que el diálogo sincero puede generar un bien mayor que aquel que cada uno podría obtener por sí solo. La Santa Sede desea infundir esta confianza en la UNESCO, al igual que en las demás organizaciones internacionales, consciente de que cada pueblo posee una riqueza que compartir en la búsqueda del progreso auténtico que solo la paz puede garantizar. No se trata de proponer un optimismo ingenuo, que ignore las dificultades, sino de perseverar en la esperanza de que el bien siempre es posible. Cada niño que nace trae consigo esperanza. Cada hombre y cada mujer que dedica su vida a la búsqueda de la verdad realiza un acto de esperanza. Que la UNESCO dé, pues, testimonio de esta esperanza al promover el entendimiento entre las naciones, a través del diálogo entre sus respectivas culturas. Creemos, en efecto, que la educación es el instrumento que permite superar los temores recíprocos y que la ciencia puede ponerse al servicio de la vida de cada ser humano, sembrando hoy las semillas de una buena cosecha para el futuro. Esta confianza alimenta nuestra esperanza en la caridad, es decir, en el servicio al bien del prójimo: si todos nos dedicamos con coherencia a nuestra magnífica humanidad, la paz podrá finalmente florecer.

Mientras colaboramos en esta labor, las tradiciones religiosas desempeñan un papel culturalmente necesario e insustituible, y las religiones expresan nuestras inquietudes ante el origen de la vida y su fin, al darle sentido al propósito primero y último de la existencia, lo cual se refleja en las decisiones cotidianas. En verdad, cuando los hombres y las mujeres de buena voluntad orientan sus acciones hacia Dios, el pluralismo de las culturas no se dispersa en el caos de Babel. La humanidad, por el contrario, se reencuentra en una búsqueda común de sentido y hacia un destino que no es la muerte. No caminamos hacia la nada. Por eso, el alma humana, en su relación con Dios, percibe aún mejor la llamada a cultivar la paz mediante una alianza entre pueblos que se reconocen como hijos del mismo Padre y como hermanos y hermanas.

Deseo, por tanto, que nuestro encuentro fortalezca el compromiso de cada uno para trabajar sin descanso para que la conciencia de pertenecer a una sola familia humana se haga más viva, más activa y más justa. Al respecto, quiero expresar mi más sincero agradecimiento a todo el personal de la UNESCO, que cumple con competencia y dedicación esta misión tan noble: edificar la paz mediante el cultivo de todas las ciencias y todas las artes del ser humano.

Dirijo estas palabras a todos ustedes, a los pueblos que representan y, muy especialmente, a los jóvenes. Son, en efecto, las nuevas generaciones las que observan con mayor atención nuestra labor. Mientras que apoyo sus aspiraciones de justicia, con gratitud y estima, invoco sobre todos ustedes y sobre sus naciones la abundancia de las bendiciones de Dios, Creador todopoderoso y misericordioso. Gracias.

jueves, 24 de septiembre de 2026

24 de septiembre: Nuestra Señora de la Merced

(Aciprensa) El nombre de esta advocación mariana evoca la misericordia infinita de Dios, que nos ha dejado en la persona de María a una auténtica madre, un seguro canal de gracia y una cabal intercesora. No es casualidad que “merced” signifique “misericordia”, “dádiva”, “gracia” y, simultáneamente, “perdón”.

Llamados por María a salvar vidas y a preservar la fe

Los orígenes de esta advocación se remontan al siglo XIII, cuando la Virgen se le apareció a San Pedro Nolasco (1180-1256) para animarlo a la tarea de liberar a los cristianos que habían caído prisioneros en manos de los musulmanes.

Era muy común en aquel tiempo que los llamados “moros” saqueen los pueblos costeros del Mediterráneo para llevarse prisioneros en calidad de esclavos. Generalmente, las víctimas eran cristianos a los que se les trasladaba al norte de África. Allí eran sometidos a trabajos forzados, prisión y maltratos. Sometidos a tan horrenda condición, la mayoría terminaba perdiendo la fe, creyendo que Dios los había abandonado.

Un comerciante de nombre Pedro

Pedro Nolasco, un comerciante nacido en Aquitania (actual Francia) y establecido en Barcelona (España), al ver esta situación en sus viajes, se conmovió y empezó a usar su propio patrimonio para liberar a los cristianos cautivos. Nolasco “compraba esclavos” o los intercambiaba por mercancías, para luego devolverles la libertad.

Cuando se quedó sin recursos, formó grupos de ayuda y asistencia para pedir dinero y así financiar expediciones destinadas a negociar la “redención” de prisioneros. Lamentablemente, lo reunido también se hizo insuficiente.

Nolasco, impotente para lograr su cometido, pide a Dios intensamente que le provea la ayuda necesaria. En respuesta a sus ruegos, el 1 de agosto de 1218, sucede un hecho extraordinario: la Virgen María se le aparece y le pide que funde una congregación que se dedique exclusivamente a redimir cautivos.


De inmediato, Nolasco le pregunta a la Madre de Dios: “¡Oh Virgen María, Madre de Gracia, Madre de Misericordia! ¿Quién podrá creer que tú me mandas?”. A lo que María respondió: “No dudes en nada, porque es voluntad de Dios que se funde una Orden de ese tipo en honor mío; será una Orden cuyos hermanos y profesos, a imitación de mi hijo, Jesucristo, estarán puestos para ruina y redención de muchos en Israel, es decir, entre los cristianos, y serán signo de contradicción para muchos”.

La orden de Nuestra Señora

Entonces, el santo, animado por la Virgen de la Merced, organiza con sus amigos el grupo inicial de la que sería la “Orden Real y Militar de Nuestra Señora de la Merced y la Redención de los Cautivos”, cuyos miembros se hacen llamar “mercedarios”.

Cuenta la historia que San Pedro Nolasco no fue el único a quien se le apareció la Virgen. El 10 de agosto -día en que habría de fundarse la Orden de la Merced- Nolasco se reunió con su confesor, San Raimundo de Peñafort, y con el rey, Jaime I de Aragón. En medio de la conversación, los tres atestiguaron que la Virgen se les había aparecido a cada uno, de manera independiente, para comunicarles su único deseo: la nueva Orden religiosa debería estar consagrada a la redención de los cautivos.

De esta manera, ese mismo día, 10 de agosto de 1218, se fundó la Orden de la Merced en la ciudad de Barcelona (España). El Papa Gregorio IX, desde Roma, había dispuesto que Pedro Nolasco sea el primero en ocupar el cargo de Superior General.

Santo intercambio

Los mercedarios, además de los votos de pobreza, castidad y obediencia, hacían un cuarto voto por el que se comprometían a dedicar su vida a liberar esclavos, y, si fuese necesario, quedarse en el lugar de algún cautivo en peligro de perder la fe, o por el que no hubiera dinero suficiente para pagar su liberación. Muchos mercedarios entregaron la vida por esta causa, siempre acogiéndose a la “merced” de Nuestra Madre.

Años más tarde, en 1265, la devoción a la “Virgen de la Merced” fue aprobada por la Santa Sede. Luego, en 1696, el Papa Inocencio XII fijó el día 24 de septiembre como la fecha en la que se debe celebrar su fiesta.

En la Evangelización de América

Los mercedarios se han encargado de difundir la devoción a la Virgen de las Mercedes, la cual se ha extendido por todo el mundo, a lo largo de varios siglos. Es sabido que, por ejemplo, cuando los frailes mercedarios llegaron a América en el siglo XVI, introdujeron esta hermosa devoción en varios países del continente.

Por eso hoy, la Virgen de la Merced es celebrada por sus devotos de Brasil, República Dominicana, Perú, Ecuador, Argentina entre otros muchos países.

«Contemplativas y misioneras». ¿Quiénes son las religiosas que dirigen la Casa de Ejercicios en Covadonga?

(Iglesia de Asturias) Llevan desde el año 2014 al frente de la Casa de Ejercicios del Santuario de Covadonga. Son jóvenes, visten un hábito color crema y son un buen número. Probablemente con esta descripción muchos ya habrán caído en la cuenta de quién se trata. Además, este pasado 8 de septiembre cobraron un especial protagonismo en la Basílica, durante la eucaristía en el día de Covadonga, puesto que el coro que puso la música en la celebración estaba integrado por religiosas de esta misma congregación.

Son las Hijas de Santa María del Corazón de Jesús, una congregación fundada por la religiosa Madre María de Jesús Velarde, natural de Santander. Ella, perteneciente en un primer momento a las Hijas de Nuestra Señora del Sagrado Corazón, de origen francés, fundó personalmente 41 comunidades religiosas, entre ellas colegios, hogares para niñas, aspirantados, Casas de Ejercicios y hasta una Asociación Pública de Fieles, Doymar. «La Iglesia le concedió el reconocimiento de todas sus fundaciones como nuevo Instituto de Derecho Pontificio», destacan las religiosas, naciendo así las «Hijas de Santa María del Corazón de Jesús», que San Juan Pablo II aprobó en 1998.

Describen su carisma con el lema de su propio Instituto: «Amado sea en todas partes el Sagrado Corazón de Jesús». «Somos contemplativas y misioneras», explican, «nuestra vocación en la Iglesia es una total consagración a Dios en unión con María, rindiendo al Corazón de Jesús un culto de adoración, de amor y de reparación, especialmente en la Eucaristía».

Llegaron, como decíamos al principio, a Covadonga en el año 2014. Consideran que allí, su labor principal es dar «testimonio de nuestra vida consagrada a través de la atención a las diversas necesidades materiales», al servicio de todas las personas que se acercan al Santuario para profundizar en su fe. Así, en su día a día atienden primorosamente la Casa de Ejercicios y participan de la vida espiritual del Santuario.

«Nuestra vida diaria en la Casa de Ejercicios se podría decir que se divide en tres bloques», afirman: «Por una parte está la vida de oración, luego una fuerte vida comunitaria, porque nuestra fundadora siempre quiso que tuviéramos un espíritu de familia muy grande. Y, finalmente, nuestra vida apostólica o de trabajo, atendiendo a las necesidades de todas las personas que se acercan hasta aquí».

Las jóvenes religiosas están convencidas de que Covadonga «es un lugar de Gracia», y son testigos de «cómo Dios, a través de su Madre, la Santina, va tocando a muchas almas que llegan al Santuario». «Vemos cómo recuperan la esperanza en el amor y también recobran el verdadero sentido de la vida. Otros, en cambio, se van fortalecidos en su fe por la mirada de María», aseguran. Más de una década de encuentros de jóvenes, Novenas, fiestas, peregrinaciones desde tantos lugares del mundo habrán podido proporcionar una información privilegiada para todo aquel que sabe ver un poco más allá. Y una peculiaridad que tiene el Santuario: «hemos visto cómo muchos jóvenes se comprometen ante la Virgen a formar familias dentro del matrimonio». Lo mismo sucede con tantas vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa.

El Instituto está actualmente presente en otros lugares de España y también en Perú, en Centroamérica (Guatemala y El Salvador), en México, en Chile, en Argentina, en Estados Unidos, en Roma y en Portugal. Además, 64 novicias se forman para consagrarse como religiosas en sus noviciados. El principal, por cierto, se encuentra en Galapagar (Madrid).

Un testimonio discreto pero visible, callado pero efectivo, en un lugar tan «hermoso» como Covadonga, recordando la expresión del propio San Juan Pablo II la primera vez que lo vio, desde el aire, en su visita en el año 1989.