viernes, 26 de junio de 2026

La gesta de Pelayo, el niño mártir. Por María Fidalgo Casares

(El Debate) El nombre Pelayo procede del latino Pelagius y está estrechamente ligado a la figura del rey Pelayo, quien encabezó la resistencia frente a la invasión musulmana en el siglo VIII. Desde entonces, el nombre ha quedado impregnado de un aura de valentía, defensa y espíritu guerrero en la historia de España.

Hoy en ciertos sectores se observa una tendencia creciente hacia la recuperación de aquellos nombres españoles que atesoran un trasfondo histórico y cultural. Entre las niñas, los medievales Jimena, Mencía, Inés o Blanca; y entre ellos Álvaro, Enrique, Hernán y, sobre todo, Pelayo, que ha experimentado un resurgimiento notable en las últimas décadas. Tanto que, en España, así se llaman cerca de 4000 personas y su edad media ronda los veinte años. Este patrón demográfico revela que el nombre de Pelayo vive una renovada popularidad en este siglo y encuentra mayor presencia en Asturias, Castilla, León y Madrid, lo que refuerza el vínculo con el norte peninsular y con la herencia histórica que lo acompaña.

Lo que pocos conocen —incluso posiblemente muchos de sus portadores— es que su uso como nombre no se debe al legendario monarca, primer rey de aquella diminuta España cristiana, sino a un santito gallego. El héroe de Covadonga nunca fue canonizado y solo gracias a este niño santo el nombre de Pelayo puede imponerse en los bautizos.

La batalla de Valdejunquera y el origen del cautiverio

Todo comenzó con la batalla de Valdejunquera, que enfrentó en el año 920 a los tres monarcas más poderosos de la península ibérica: Sancho I Garcés, rey de Pamplona, y Ordoño II, rey de León, contra Abderramán III de Córdoba.

Durante los años previos, los reinos de León y Pamplona habían realizado incursiones exitosas en territorios de al-Ándalus, y Abderramán III decidió liderar personalmente una campaña de castigo. Según las crónicas islámicas, arengó a sus tropas en la mezquita de Córdoba, llamando a la guerra santa contra los «infieles del norte». Quería humillar a los reinos cristianos y recuperar las plazas perdidas.

La batalla tuvo como escenario el valle de Guesalaz, entre los concejos navarros de Muez y Arguiñano. Abderramán venció causando una gran mortandad, y los reyes huyeron amparados por los montes. A la derrota siguieron tres días de saqueo y destrucción de pueblos y cosechas de los valles, y los musulmanes volvieron a Córdoba portando orgullosos una montaña de cientos de cabezas cristianas y un contingente de prisioneros, elegidos entre los de apariencia más notable para poder pedir rescate por ellos.

Entre los trasladados a Córdoba se encontraba Hermogio, obispo de Tuy, y su pequeño sobrino Pelayo. Las fuentes relatan que el obispo consiguió que se le permitiera regresar a territorio cristiano para poder reunir el rescate exigido, y dejó al niño como rehén.

Infancia de Pelayo y su formación religiosa

La vida de Pelayo podría haber sepultada en el olvido, pero dos obras de distinto origen recogieron su historia. Una hispana, por parte del presbítero Raguel, y la más sorprendente, la de la monja benedictina alemana Hroswitha de Gandersheim. una de las figuras más fascinantes de la literatura medieval. Fue una de las primeras escritoras en latín del Medioevo y en un periodo en el que las mujeres rara vez tenían voz en la cultura escrita, destacó por su erudición y por dedicarla, entre otras obras, a recoger la vida de Pelayo a miles de kilómetros del entorno del niño.

Pelayo, o Payo, había nacido hacia el año 911 en el municipio pontevedrés de Creciente, en el Reino de Galicia. Probablemente huérfano, creció en la órbita de la Iglesia y su tutor fue su tío Hermogio (o Hermigio), obispo de Tuy. Desde niño, Pelayo fue educado en un ambiente de profunda religiosidad, combinando la disciplina monástica con el aprendizaje de la liturgia, lo que desarrolló en él una temprana interiorización de la fe cristiana.

Cuando lo capturan tras la derrota de Valdejunquera tenía entonces unos diez años, pero su edad no le protegió y fue una moneda de cambio más en la diplomacia fronteriza. Su cautiverio, en un principio temporal, se convirtió en una condena prolongada: por razones desconocidas, el rescate nunca llegó a pagarse y Pelayo permaneció en la cárcel de Córdoba casi cuatro años. Muchos cautivos cristianos en al-Ándalus eran empleados como sirvientes, soldados o incluso en la administración, y sufrían condiciones duras. La tradición no narró cómo pasó su encierro, pero sí su crecimiento espiritual: era un niño que, en la oscuridad de la prisión, maduró su fe.
El encuentro con Abderramán III y el martirio

Pelayo había llegado a Córdoba siendo un niño, y su belleza aumentó al acercárse a la adolescencia, lo que llegó a oídos de Abderramán III. El soberano, con intenciones pedófilas, quiso verlo e impresionado quiso tener relaciones físicas con él, pero para su disfrute quería que fueran consentidas. Intentó atraerlo con promesas de libertad, riquezas y honores si además renegaba de su fe y abrazaba el Islam.

Pelayo no solo rechazó la propuesta, sino que llegó a ofender al monarca y a su religión. El rehén, sin poder ni recursos, se enfrentaba al gobernante más poderoso de la Península y eligió la castidad y la fidelidad a Cristo por encima de su propia vida.

Tras el rechazo, Abderramán entró en cólera y ordenó que fuera torturado hasta conseguir sus deseos, junto a un doloroso proceso de humillaciones y presiones para que también abjurara de su fe. Como no cedió, se culminó con su condena.

Las fuentes describen dos versiones de su ejecución el 26 de junio del 925: una, que fue atado al «caballo de hierro» y torturado prolongadamente, descuartizándolo con unas tenazas; la otra, que fue colgado de una horca y desmembrado. En ambos casos, sus restos fueron arrojados al Guadalquivir. Los cristianos de Córdoba los recogieron y sepultaron en el templo de San Gines.

Tenía trece años y murió con serenidad, proclamando su amor a Cristo hasta el final. Desde el punto de vista histórico, su ejecución encaja en un contexto real en el que la apostasía o la resistencia a la autoridad podían ser castigadas con la muerte, El relato cristiano convirtió ese hecho en un símbolo: un adolescente que prefiere permanecer casto y perder la vida antes que ceder a la presión dominante. Su memoria se consolidó rápidamente en las comunidades cristianas del norte, que vieron en él un modelo de virtud juvenil.

Las fuentes: Raguel, Hroswitha

La figura del joven mártir pronto trascendió a ámbitos insospechados, muy lejanos geográficamente. Las dos fuentes sobre su vida, una hispana y la otra en el entorno del Sacro Imperio, tienen una gran verosimilitud por el hecho incontestable de que se escribieron muy poco después del asesinato de Pelayo.

Una, la Passio sancti Pelagii, fue redactada por el presbítero Raguel, probablemente cordobés. Junto a los datos biográficos, lo presenta como un prisionero firme en la fe y en la castidad, que soporta la dureza de la cárcel sin renegar de Cristo. De forma independiente, la monja Hroswitha de Gandersheim compuso una versión de su historia, integrando a Pelayo en un repertorio de ejemplos para las comunidades religiosas femeninas.

A partir de estas obras, la Edad Media edificó una biografía que fijó los grandes hitos de su vida: origen gallego, parentesco con un obispo, cautiverio en Córdoba, encuentro con el califa, negativa a apostatar y martirio. La hagiografía fijó su breve vida, aunque breve, en la memoria cristiana como la de un adolescente mártir que, en el corazón del que sería el califato más brillante de Occidente, eligió a su Dios por encima de la supervivencia.

La Iglesia fijó su festividad el 26 de junio, fecha de su martirio, y su culto se extendió por Galicia, León, Castilla y otros territorios cristianos. Iglesias, monasterios y parroquias tomaron su nombre. En Galicia, la advocación de San Paio se hizo frecuente, y en León y Oviedo su figura se integró en el calendario litúrgico. La versión de Hroswitha contribuyó a que su nombre circulara también en ámbitos monásticos del Sacro Imperio, alcanzando una dimensión europea.

Las reliquias: de Córdoba a León y de León a Oviedo

En esta época de confrontación religiosa, las reliquias eran símbolos de reafirmación de la fe. La historia de Pelayo no termina con su muerte. Sus restos se convirtieron en objeto de veneración. Su leyenda fue creciendo y, por gestiones de la monja Elvira, hermana del rey Sancho el Craso de León, en 967 se consiguieron trasladar los restos del niño mártir a León para darle sepultura en territorio cristiano.

Ante la amenaza del avance de Almanzor a finales del siglo X, Bermudo II se los llevó a Oviedo y los entregó al monasterio femenino que sería conocido desde entonces como «Las Pelayas». A finales del siglo XVII, las reliquias de san Pelayo fueron extraordinariamente codiciadas y a petición de las monjas, se pusieron barras de hierro y candados en el arca de plata en la que estaban guardados para impedir su salida del convento, lo que autorizó el propio Papa.

En 1810, los soldados napoleónicos arrasaron el monasterio. Ante la amenaza, Las Pelayas se habían marchado ya que nunca suele recordarse, que el saqueo no solo conllevaba el expolio, sino la agresión personal y sexual. Los franceses robaron el arca por la plata, pero tiraron los huesos en un gallinero cercano. Afortunadamente, poco después se encontraron envueltos en los tafetanes que los cubrían.

Después llegaría la Desamortización de Mendizábal de 1837, demoledora para el convento, y con ello, la pérdida de parte de los legajos en los que se relataba el itinerario de las reliquias. Hoy reposan en el monasterio en una urna de cuatro patas en forma de tortugas, con ángeles labrados tocando instrumentos musicales —entre ellos la gaita, un guiño a su origen galaico— en los laterales, y una imagen yacente del niño santo en la tapa.

Doble nombre para una doble gesta

Y así, entre los ecos de la historia, el nombre de Pelayo quedó tejido por un doble hilo del destino y por una doble gesta, aunque separada por el tiempo, unida por la misma firmeza ante el enemigo común.

San Pelayo

La del del niño, que murió por Cristo en el corazón de Al Andalus, y la del rey que, dos siglos antes, había encendido la primera llama de la Reconquista en las montañas de Covadonga. El pequeño Pelayo, sin espada ni ejército, resistió en soledad al poder absoluto de Abderramán III. El rey Pelayo, con apenas un puñado de hombres, resistió en los desfiladeros cantábricos al avance imparable de un imperio. El nombre sobrevivió, pero no por un solo héroe, sino por dos. Uno defendió su cuerpo y su alma; el otro defendió su tierra y su pueblo. Dos gestas y un mismo espíritu. Pelayo, fue rey y fue mártir. Por ello, cuando un niño recibe este nombre, aunque no lo sepa, homenajea a la vez la férrea fe y la determinación del guerrero que inició la Reconquista de España.

Centro Asturiano de Caracas: «La Santina nos protegió, ella está en las situaciones complicadas»

(El Comercio) «La Santina está bien». Javier Tárano, presidente del Centro Asturiano de Caracas, cuenta con emoción que la réplica de la Virgen de Covadonga que preside la capilla de la institución desde hace más de 50 años ha salido, de forma milagrosa, intacta de los dos potentes seísmos que han golpeado Venezuela, que han dejado miles de fallecidos y desaparecidos.

Era un día festivo. Muchos se habían desplazado a la plaza –la zona costera resultó muy dañada– y otros muchos estaban de celebración. Como el medio millar de personas que se había reunido en el Centro Asturiano –situado en el municipio de Baruta, en Caracas,– con motivo de la entrega de «unos premios a la excelencia académica por el fin de curso». Había reunidos en el salón Principado «muchos niños y madres» cuando los temblores desataron el «pánico». «Todos fueron evacuados de manera inmediata» y puestos a salvo.

A Tárano y parte de los miembros de la directiva los cogió en el piso 2. Se agarraron a unas columnas para tratar de 'frenar' las embestidas, pero «cuando ves a un arquitecto empezar a rezar, ves las cosas diferentes». Fueron momentos «indescriptibles, de mucho miedo, pánico total; la estructura del edificio parecía que se resquebrajaba, pero aguantó». Tárano lo tiene claro: «La Santina nos protegió, como en cantidad de circunstancias complicadas, ella está ahí». Tanto, que la imagen, a pesar de enfrentarse a uno de los terremotos más agresivos que recuerdan los venezolanos en más de un siglo, salió indemne, como todas las personas que se encontraban en ese preciso momento en las instalaciones del Centro Asturiano.

Muy diferente suerte corrieron otros miles de venezolanos que han resultado fallecidos o desaparecidos. «Hay municipios de Caracas en los que se han desplomado edificios completos». Las consecuencias de esta desvastación se sufrirán durante largo tiempo.

A Venezuela le toca ahora, aunque parezca imposible pensar en ello, comenzar a recomponerse. El Centro Asturiano de Caracas ya se ha puesto en contacto con las autoridades de los Gobiernos central y regional para poner la institución a su disposición «para lo que necesiten», mientras la Santina permanece en su pedestal simbolizando la esperanza.

jueves, 25 de junio de 2026

Ayuda a Venezuela

 

Venezuela, de rodillas tras un doble terremoto: la Iglesia llama a la oración

Dos seísmos de magnitud 7,2 y 7,5, separados por menos de un minuto, sacuden el norte del país y dejan ya decenas de muertos. El pueblo venezolano, ya golpeado por la incertidumbre política, vuelve los ojos al cielo bajo el amparo de Nuestra Señora de Coromoto.

La tarde-noche del miércoles 24 de junio de 2026, hacia las seis de la tarde (hora local), el noroeste del país sufrió un doble terremoto que ha dejado un rastro de destrucción, luto y temor. Según el Servicio Geológico de los Estados Unidos (USGS), un primer seísmo de magnitud 7,2, con epicentro en San Felipe (estado Yaracuy) y a unos 22 kilómetros de profundidad, fue seguido apenas 39 segundos después por el sismo principal, de magnitud 7,5, con epicentro en Yumare y a tan solo diez kilómetros de profundidad. Se trata de uno de los terremotos más violentos registrados en el país en décadas.

El temblor se sintió con fuerza en Yaracuy, Lara, Carabobo, Aragua, Miranda, La Guaira, Trujillo, Falcón, Mérida y el Distrito Capital, e incluso se percibió en Colombia. La sucesión de dos grandes seísmos en cuestión de segundos agrava el peligro, pues el segundo golpe descarga su fuerza sobre edificios ya debilitados por el primero.

Decenas de víctimas y una capital herida

El balance provisional ofrecido por las autoridades hablaba de al menos 32 fallecidos y más de 700 heridos, una cifra que se teme aumente conforme avancen las labores de rescate. Las zonas más castigadas se encuentran en el este de Caracas —en barrios como Los Palos Grandes y Altamira, en el municipio Chacao—, donde se han desplomado edificios y viviendas. El Aeropuerto Internacional Simón Bolívar de Maiquetía, principal puerta de entrada a la capital, quedó cerrado por los daños, con los vuelos suspendidos. Se registraron además cortes eléctricos y se activaron alertas de tsunami para Aruba, Curazao y Bonaire, algunas levantadas posteriormente. El USGS advirtió de un probable elevado número de víctimas, daños generalizados y réplicas potencialmente fuertes en las próximas horas.

El país, declarado en estado de emergencia, afronta esta catástrofe en un momento ya de por sí excepcional, con un gobierno interino y un horizonte político lleno de incertidumbre. A la fragilidad institucional se suma ahora la herida abierta de la naturaleza.

La Iglesia, cercana al pueblo que sufre

La Iglesia venezolana cuenta con una red capilar para responder a emergencias como esta. Cáritas Venezuela, brazo de acción social de la Conferencia Episcopal, está presente en las 42 diócesis del país y ha actuado en catástrofes recientes —desde las inundaciones de Las Tejerías hasta las lluvias andinas de 2025—, no solo en la primera urgencia, sino también en la posterior reconstrucción y en el acompañamiento espiritual de las familias. A través de las parroquias, esa misma estructura suele convertirse en centro de acopio, punto de auxilio y refugio para los damnificados.

La Conferencia Episcopal Venezolana (CEV), presidida por monseñor Jesús González de Zárate, arzobispo de Valencia, agrupa a los 45 obispos del país. En los últimos meses, la jerarquía venezolana ha insistido una y otra vez en la cercanía a los más pobres y en el «imperativo noble» de la oración por la patria, un clamor que ahora, ante el dolor de un pueblo herido, cobra una urgencia renovada.

No es casual que la mirada de Roma lleve tiempo puesta sobre Venezuela. El Papa León XIV ya el 4 de enero de 2026 manifestó desde la plaza de San Pedro seguir «con gran preocupación» la situación del país y encomendó al pueblo venezolano a la intercesión de Nuestra Señora de Coromoto y de los santos José Gregorio Hernández y sor Carmen Rendiles. El pasado 4 de mayo recibió en audiencia privada a la presidencia del episcopado venezolano, a la que reiteró su «cercanía espiritual» y su «constante oración»; según refirió entonces monseñor González de Zárate, el Pontífice se mantiene «plenamente informado» de la realidad venezolana a través del cardenal Pietro Parolin, Secretario de Estado, y de los informes de la Nunciatura Apostólica en Caracas.

El eco de 1812

La memoria histórica de Venezuela guarda el recuerdo del gran terremoto de Caracas del 26 de marzo de 1812, Jueves Santo, cuando un seísmo de magnitud cercana a 7,7 redujo a escombros buena parte de la capital, La Guaira y Mérida, y se llevó por delante decenas de miles de vidas. Aquel Jueves Santo, en plena Semana de Pasión, quedó grabado a fuego en la conciencia del pueblo creyente. Más de dos siglos después, la tierra vuelve a recordar a los venezolanos la fragilidad de toda obra humana y la necesidad de poner la confianza en Dios.

Sigamos rezando por Venezuela

Ante el luto y la destrucción, el clamor que une a los fieles venezolanos vuelve a resonar con fuerza: perseveremos en la oración. Que Nuestra Señora de Coromoto, patrona de Venezuela, y los santos venezolanos intercedan por los fallecidos, consuelen a sus familias, fortalezcan a los heridos y sostengan a cuantos trabajan estas horas entre los escombros.

miércoles, 24 de junio de 2026

Carta de la Comisión Permanente al Pueblo de Dios para dar las gracias «por vuestra participación entusiasta» en el viaje de León XIV

Los Obispos miembros de la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española, haciéndonos eco del sentir de todos los Obispos de las diócesis españolas, queremos dirigirnos al pueblo de Dios y, a través de la comunidad cristiana, a toda la sociedad española para dar las gracias a todos por vuestra participación entusiasta en el viaje apostólico de León XIV a España. 

El Papa ha sido el gran protagonista de este viaje pero, junto a él, es necesario resaltar la respuesta del pueblo de Dios. Gracias por vuestra presencia en calles, plazas, estadios y templos en Madrid, Barcelona, San Felíu de Llobregat, Canarias y San Cristóbal de la Laguna. Gracias también por vuestro seguimiento a través de los medios de comunicación en el resto de España. Gracias por vuestro entusiasmo y paciencia, por la alegría y testimonio de fe. Gracias a las familias, tantas habéis presentado a vuestros hijos recién nacidos para recibir la bendición del Papa. Gracias a los sacerdotes que habéis acompañado grupos, a los consagrados y a los millones de laicos que habéis recogido la insistente invitación del papa León XIV a ser Iglesia en el mundo.

Gracias a la sociedad española por su cercanía al sucesor de Pedro y por la comprensión ante las inevitables molestias que ha supuesto la logística del viaje. Gracias a la Casa Real, a las Cortes Generales, a todas las Administraciones públicas y a los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado por su extraordinaria colaboración. Gracias a los medios de comunicación, a los equipos de trabajo y al voluntariado.

Os aseguramos nuestro compromiso para acompañar todo lo que el Papa ha sembrado en estos días. Os animamos a leer los discursos, a compartirlos y ponerlos en práctica. El viaje en sí mismo ya ha merecido la pena, nos ha hecho alzar la mirada y contemplar la Cruz gloriosa de Jesucristo, fuente de alegría y consuelo.

Continuemos juntos el viaje en comunión y misión para anunciar el Evangelio, cuidar la dignidad de la persona humana y servir al bien común.

El precursor del Mesías: la singular grandeza de San Juan Bautista

(Infovaticana) La Iglesia celebra este 24 de junio la solemnidad de la Natividad de San Juan Bautista, una fiesta excepcional dentro del calendario litúrgico. Junto con Jesucristo y la Santísima Virgen María, Juan es la única persona cuyo nacimiento terreno es objeto de una celebración litúrgica universal. No se trata de un detalle menor: refleja el lugar único que ocupa en la historia de la salvación como último de los profetas de Israel y precursor inmediato del Mesías.

Mientras la Iglesia suele conmemorar la muerte de los santos —su verdadero nacimiento para el Cielo—, en el caso de San Juan Bautista se celebran tanto su nacimiento, el 24 de junio, como su martirio, el 29 de agosto. El propio Cristo explicó la singularidad de su misión cuando afirmó: «Entre los nacidos de mujer no ha surgido nadie más grande que Juan el Bautista» (Mt 11,11).

La fecha de la solemnidad está vinculada al relato del Evangelio de San Lucas. Allí se indica que Isabel se encontraba en el sexto mes de embarazo cuando recibió la visita de la Virgen María. Por ello, la Iglesia situó el nacimiento de Juan seis meses antes de la Navidad, estableciendo la celebración el 24 de junio.

El niño que despertó el asombro de Israel

El Evangelio de San Lucas relata cómo el nacimiento de Juan estuvo rodeado de signos extraordinarios. Isabel, considerada estéril y ya avanzada en años, dio a luz un hijo cuando toda esperanza humana parecía extinguida. La noticia provocó admiración entre vecinos y familiares, que reconocieron la acción de Dios en aquel acontecimiento.

La reacción de quienes presenciaron aquellos hechos es significativa: «Todos los que se enteraron guardaban este recuerdo en su corazón y se decían: “¿Qué llegará a ser este niño?”» (Lc 1,66).

La pregunta revela una intuición profunda. Aquellos hombres y mujeres comprendían que estaban ante algo que superaba la normalidad de la vida cotidiana. No conocían todavía el alcance de la misión de Juan, pero percibían que Dios estaba actuando.

El papa Francisco recordaba precisamente esta dimensión del relato al señalar que todo el acontecimiento está envuelto en «un alegre sentido de asombro, de sorpresa y de gratitud». Una actitud que contrasta con la indiferencia y el acostumbramiento espiritual tan frecuentes en nuestro tiempo.

Un nombre recibido de Dios

Otro detalle central del relato es la elección del nombre. Los familiares querían llamar al niño Zacarías, siguiendo la tradición familiar. Sin embargo, Isabel se opuso con firmeza: «Debe llamarse Juan».

La decisión no respondía a un capricho personal. El nombre había sido indicado por Dios a través del ángel antes de la concepción del niño. Cuando Zacarías, que había quedado mudo por su incredulidad, confirma por escrito esa elección, recupera inmediatamente el habla.

La obediencia abre así una etapa nueva. Allí donde el hombre había encontrado un límite a causa de su falta de fe, Dios vuelve a actuar cuando encuentra disponibilidad para cumplir su voluntad.
El único santo cuyo nacimiento celebra la Iglesia

La singularidad litúrgica de San Juan Bautista no se limita a que la Iglesia celebre tanto su nacimiento como su martirio. La tradición cristiana ha visto en ello una consecuencia de la misión excepcional que recibió de Dios.

Numerosos Padres y teólogos sostuvieron que Juan fue santificado antes de nacer, cuando aún se encontraba en el seno de Isabel. El Evangelio relata cómo el niño saltó de gozo en el vientre de su madre al recibir la visita de la Virgen María, que llevaba en su seno al Salvador. Por ello, la tradición católica ha considerado que Juan fue purificado del pecado original antes de su nacimiento, aunque no concebido sin él como ocurrió con la Santísima Virgen.

Esta antigua convicción ayuda a comprender por qué la Iglesia celebra su nacimiento terreno, algo reservado únicamente a Jesucristo, a la Virgen María y al Precursor. Su vida estaba enteramente orientada a preparar la venida del Mesías.

Una de las fiestas más importantes de la cristiandad

Durante siglos, la Natividad de San Juan Bautista fue una de las grandes celebraciones del calendario cristiano. En numerosas regiones de Europa era día de precepto y se preparaba con ayuno y abstinencia en su víspera, siguiendo una tradición que subrayaba la importancia del Precursor del Señor.

La noche del 23 de junio también dio origen a una de las costumbres populares más extendidas de la cristiandad: las hogueras de San Juan. Encendidas en pueblos y ciudades de toda Europa, simbolizaban a aquel a quien Cristo definió como una «lámpara que arde y resplandece» (Jn 5,35) y expresaban la alegría por el nacimiento de quien preparó los caminos del Mesías.

La importancia litúrgica de esta solemnidad fue tal que durante siglos contó incluso con una octava propia y, en algunos lugares, se celebraba con varias misas a lo largo de la jornada. Aunque muchas de estas prácticas desaparecieron tras las reformas litúrgicas del siglo XX, siguen recordando el lugar excepcional que San Juan Bautista ha ocupado siempre en la tradición de la Iglesia.

Cuando Dios abre caminos imposibles

La figura de Juan Bautista está marcada desde su origen por la irrupción de Dios en situaciones humanamente cerradas. Una mujer estéril concibe. Un hombre que había perdido la palabra vuelve a hablar. Una familia anciana recibe un hijo inesperado.

Son signos que anuncian una verdad constante en la historia de la salvación: Dios no está condicionado por las limitaciones humanas.

Por eso la liturgia de esta solemnidad invita también a contemplar la propia vida desde la esperanza. Allí donde todo parece agotado, donde los proyectos fracasan o las fuerzas escasean, Dios continúa siendo capaz de abrir caminos nuevos. Como anuncia el profeta Isaías: «Voy a hacer algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis?» (Is 43,19).

La voz que preparó el camino de Cristo

Nacido de los santos Zacarías e Isabel mediante una intervención extraordinaria de Dios, Juan creció en el desierto llevando una vida austera de oración y penitencia. Los Evangelios lo presentan vestido con piel de camello y alimentándose de langostas y miel silvestre, mientras predicaba la conversión y anunciaba la inminente llegada del Reino de Dios.

Su misión alcanzó su punto culminante cuando reconoció a Jesús como el Mesías y lo bautizó en las aguas del Jordán, dando comienzo a la vida pública del Salvador. Fue entonces cuando pronunció una de las frases más decisivas de toda la historia cristiana: «He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo».

Por eso la tradición de la Iglesia lo considera el último de los profetas del Antiguo Testamento y, al mismo tiempo, el primer testigo del Nuevo.

Un profeta que murió por defender la ley de Dios

La misión de Juan Bautista no terminó a orillas del Jordán. Después de señalar a Cristo como el «Cordero de Dios que quita el pecado del mundo», continuó predicando la conversión sin hacer concesiones al poder político.

Su denuncia pública de la unión ilícita entre Herodes Antipas y Herodías le costó la prisión y finalmente la vida. Por petición de Salomé, hija de Herodías, el rey ordenó su decapitación.

La Iglesia celebra este martirio cada 29 de agosto. No fue una muerte accidental ni fruto de rivalidades políticas, sino la consecuencia de haber defendido la verdad moral frente a la arbitrariedad del poder. Juan murió por mantenerse fiel a la ley de Dios, convirtiéndose así en modelo para todos los cristianos llamados a dar testimonio de la verdad incluso cuando ello exige sacrificio.

Por eso Cristo pudo decir de él: «Entre los nacidos de mujer no ha surgido nadie más grande que Juan el Bautista». Su grandeza no residió en los milagros ni en el poder humano, sino en haber sido la voz que preparó el camino del Señor y el testigo que permaneció fiel hasta el final.

La figura de San Juan Bautista sigue recordando que la verdadera misión del cristiano consiste en señalar a Cristo y permanecer fiel a la verdad, aunque ello tenga un precio. Como dijo el propio Precursor al contemplar el comienzo de la misión del Salvador: «Es necesario que Él crezca y que yo disminuya» (Jn 3,30).

martes, 23 de junio de 2026

Aniversario de la dedicación del templo parroquial

Hoy se conmemora el aniversario de la consagración de la iglesia de San Félix de Lugones, que fue oficialmente consagrado el 23 de junio de 1940 por el entonces obispo de Oviedo, Monseñor Manuel Arce Ochotorena. Este hecho histórico marcó el renacimiento espiritual y social de la localidad en la época de la posguerra. Son 86 años de una historia de fe. 

La consagración del templo tuvo lugar en un período complejo marcado por la reciente finalización de la Guerra Civil Española. En este contexto, la apertura y bendición de la iglesia de San Félix no sólo representó la edificación de un espacio de culto, sino también un símbolo de reconstrucción, unión y esperanza para toda la comunidad  parroquial de Lugones.

Presidió la celebración Monseñor Arce Ochotorena, quien en ese momento ejercía como obispo de la Diócesis de Oviedo (cargo que ocupó entre 1938 y 1944 antes de ser nombrado arzobispo de Tarragona y, posteriormente, cardenal). Aquel 23 de junio, Monseñor Arce Ochotorena ungió los muros del templo con el santo crisma, dedicando formalmente el edificio al servicio divino bajo la advocación de San Félix. La fiesta congregó a las autoridades locales de Siero y a una multitud de fieles que celebraron el nacimiento de su nuevo centro espiritual.

Décadas después de aquella jornada de 1940, la iglesia de San Félix continúa siendo el corazón latente de Lugones. Más allá de su valor arquitectónico y su patrimonio sacro, el valor real del templo radica en su comunidad viva. La iglesia es centro de encuentro, formación y caridad, además de ser un referente de la identidad local. Celebrar este aniversario es rendir homenaje a los hombres y mujeres que en 1940 hicieron posible el levantamiento del templo, y a todos los que, día a día, mantienen viva la llama de la fe.