jueves, 1 de octubre de 2026

Necrológica

Ha fallecido el sacerdote diocesano Rvdo. Sr. D. Abel Suárez Hevia

Nacido en la Sartera (Pola de Laviana) el 4 de Diciembre de 1950

De niño estudió con los Hermanos de San Gabriel en cuya Congregación ingresó, profesó y recibió la ordenación sacerdotal el 20 de mayo de 1983 en la capilla mayor del Colegio San Gabriel de Aranda de Duero (Burgos) por manos del entonces obispo de Palencia Monseñor Nicolás Castellanos Franco O.S.A.

Se incorporó a la Archidiócesis de Oviedo en 1984.

Sus destinos pastorales fueron:

Párroco de Santiago Apóstol de Ponticiella - Coaña (1984 - 1988)

Delegado Episcopal de Juventud (1993 -  1995)

Consiliario Diocesano de Acción Católica (1995 - 1999)

Párroco de Santa María de Blimea con su filial de San Mamés S.M.R.A. (1988 - 1999)

Misionero diocesano en Bembereké - Benin (1999 - 2006) 

Párroco de San Agustín de Avilés (2006 - 2011)

Párroco de San Andrés de Linares del Entrego S.M.R.A. (2011 - 2020)
*Asumió esta Parroquia tras la marcha de los Padres Redentoristas 

Se jubiló en septiembre de 2020 con setenta años, y treinta y siete de ministerio sacerdotal en activo. En un primer momento pasó a residir a su pueblo natal, al agravarse su enfermedad pasó a residir a la Casa Sacerdotal de Oviedo. Falleció en el día de hoy en el Hospital Universitario Central de Asturias donde llevaba tiempo ingresado. Tenía 75 años de edad, y 43 de ministerio sacerdotal.

D. E. P. 

Los restos mortales serán recibidos, el VIERNES, día 2 de OCTUBRE, a las CINCO de la tarde, en la iglesia parroquial de SANTA MARÍA DE POLA DE LAVIANA, donde se celebrará el funeral de cuerpo presente y, acto seguido, su traslado al TANATORIO LA FLORIDA-SOTRONDIO, donde serán incinerados.

CAPILLA ARDIENTE: TANATORIO LAVIANA, SALA N.º 3 - EXTENSIÓN N.º 3

''Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida'' (Sal 26)

Teresa de Lisieux: la revolución de la pequeñez en la era de la certeza y las falsas seguridades. Por María Rabell García

(El Debate) A finales del siglo XIX, Europa se embriagaba de positivismo, de fe en el progreso material y de grandes sistemas filosóficos. Pero Dios dispuso, desde el anonimato de una clausura, un instrumento destinado a transformar la vida espiritual de generaciones enteras: una joven carmelita normanda que moriría consumida por la tuberculosis y asediada por la duda. San Pío X no dudó en calificar a Teresa de Lisieux (1873-1897) como «la más grande santa de los tiempos modernos». Sin embargo, tras la imagen edulcorada de la jovencita rodeada de rosas se esconde una trayectoria humana y espiritual atravesada por el dolor, la quiebra familiar, la aridez interior y una audacia teológica que desafió buena parte del rigorismo religioso de su época.

La fragilidad de una infancia herida por el duelo

La experiencia creyente de Teresa Martin nació en el seno de un hogar normando donde la piedad impregnaba la vida cotidiana. Para sus padres, Luis y Celia Martin, la fe no era un ropaje formal, sino la clave interpretativa de la existencia. Desde su más tierna infancia, la niña manifestaba una familiaridad pasmosa con lo invisible. Antes de cumplir los tres años, en un arrebato de afecto infantil, le decía a su madre: «¡Oh, cómo quisiera que te murieras, mi pobre madrecita!». Ante la estupefacción materna, la pequeña aclaraba con aplastante lógica: «¡Es para que vayas al Cielo, pues dices que hay que morir para ir allí!». Poco después, con apenas cuatro años, su hermana Celina le preguntaba cómo era posible que Dios cupiera en una hostia tan pequeña. La respuesta de Teresa revelaba la sencillez radical de su fe: «No es de extrañar, porque el Buen Dios es todopoderoso... ¡que es hacer todo lo que quiere!».

Sin embargo, aquella infancia dichosa saltó en pedazos cuando Teresa tenía cuatro años. El fallecimiento de su madre a causa de un doloroso cáncer de mama fracturó el mundo emocional de la pequeña. La niña vivaz y expansiva se transformó de la noche a la mañana en una criatura tímida, extremadamente sensible y propensa al llanto inconsolable por cualquier mirada. La fe de la época, a menudo marcada por una moral exigente y cierto temor al Juicio Divino, chocó en la psique infantil con la crudeza del abandono y la pérdida.

La crisis nerviosa y la misteriosa sonrisa que cambió su destino

A los ocho años, un nuevo zarpazo emocional sacudió su vida: su hermana Paulina, a quien había elegido como segunda madre, ingresó en el Carmelo de Lisieux. La separación provocó en Teresa una grave y extraña enfermedad nerviosa. Recluida en cama, con temblores y alucinaciones, su padre, Luis Martin, llegó a temer desesperadamente que la pequeña estuviera perdiendo la razón o al borde de la muerte.

La curación aconteció el 13 de mayo de 1883, cuando la estatua de la Virgen María situada en su habitación pareció cobrar vida y sonreírle. No obstante, el contexto cultural de la Francia de fin de siglo —donde el escrupulosismo religioso atenazaba a muchas almas— hizo que Teresa sufriera durante años un calvario secreto: la sospecha íntima de haberse provocado la enfermedad, un tormento interior que la persiguió hasta las puertas del convento.

Determinada a entregar su vida a Dios, tropezó con la negativa de las autoridades eclesiásticas por su extrema juventud. Lejos de amedrentarse, viajó a Roma y llegó a interpelar al propio Papa León XIII para obtener el permiso de entrar a los quince años. El 9 de abril de 1888, las puertas de la clausura del Carmelo de Lisieux se cerraron tras ella.

El Carmelo: la humillación del asilo paterno y la aridez del claustro

El ingreso de Teresa en el Carmelo no inauguró una etapa de dulzura mística, sino de dura purificación. Un año después de vestirse el hábito, la tragedia volvió a golpear a la familia: su venerado padre sufrió una seria degradación cerebral y tuvo que ser internado durante tres desgarradores años en el hospital psiquiátrico del Bon-Sauveur en Caen. En la mentalidad burguesa de la época, tener a un familiar en un manicomio representaba una vergüenza social aplastante. Para la joven carmelita, ver a su padre bebido de la copa más humillante fue una prueba devastadora, que sin embargo transformó en madurez espiritual: años más tarde definiría esos tres años de martirio paterno como el tesoro más fructífero de su vida.

Frente a la espiritualidad que buscaba mortificaciones espectaculares y fenómenos extraordinarios, la vida cotidiana de Teresa en el convento transcurría en una sequedad absoluta. La oración se le hacía ardua y desabrida. La recitación del Rosario le resultaba más pesada que llevar un instrumento de penitencia. «Si al menos sintiéramos a Jesús, haríamos todo por Él; pero no, parece estar a mil leguas y estamos solas con nosotras mismas», escribía con crudo realismo. Frente a la tentación del desaliento, la santa respondía concentrándose en el instante presente, inmortalizado en sus versos: «Rien que pour aujourd'hui» («Nada más que por hoy»).

En este clima maduró su gran aportación teológica: el «Caminito» o infancia espiritual. En una Iglesia aún salpicada por el jansenismo, que subrayaba la justicia vindicativa de Dios, Teresa redescubrió que la pequeñez y la debilidad humana no son obstáculos para la santidad, sino el motivo que atrae la misericordia divina. «Si tuviera sobre la conciencia todos los pecados que se pueden cometer, iría con el corazón roto de arrepentimiento a echarme en los brazos de Jesús, porque sé cuánto ama al hijo pródigo», afirmaba, comparando las faltas humanas a una gota de agua arrojada a un brasero encendido. Asimismo, rechazaba los sermones mariológicos alejados de la realidad: «Para que un sermón sobre la Virgen me guste, tengo que ver su vida real... Hay que mostrarla imitable, no inasequible».

La enfermedad y la mesa compartida con los ateos

El tramo final de su existencia reveló la estatura heroica de la joven carmelita. En la noche del Jueves al Viernes Santo de 1896, sufrió su primera hemoptisis. La tuberculosis comenzaba a devorar sus pulmones. Teresa acogió aquel brote de sangre con serenidad: «Era como un dulce y lejano murmullo que me anunciaba la llegada del Esposo».

Lo que siguió en su último año de vida no fue un tránsito plácido, sino una terrible prueba de fe. El Cielo se cerró a sus sentidos y fue asaltada por pavorosas tentaciones de ateísmo y desesperación. En el auge del cientificismo e industrialización de finales del siglo XIX, cuando las masas comenzaban a alejarse de los templos, Teresa experimentó en sus propias carnes el abismo de la duda. Comprendió que existían almas privadas del regalo de la fe y pidió a Jesús poder sentarse «a la mesa de los pobres incrédulos» para ofrecer sus sufrimientos por su conversión.

Su agonía el 30 de septiembre de 1897 fue, como la de Cristo en la Cruz, desprovista de consuelo sensible. Afectada por dolores asfixiantes, exhaló su último aliento mirando al crucifijo con una declaración final: «¡Oh!..., le amo... Dios mío..., os amo». Tras su muerte en el anonimato del convento, sus escritos se difundieron desencadenando una lluvia de rosas espirituales e inesperadas gracias en todo el mundo. Canonizada en 1925, San Juan Pablo II la proclamó Doctora de la Iglesia en 1997, confirmando que la teología de la pequeñez es una luz insustituible para el hombre contemporáneo.

La santidad de los pequeños

La herencia de la joven Doctora de la Iglesia resulta profundamente consoladora, pero también exigente para el hombre contemporáneo. El abandono reclama renunciar al espejismo del control absoluto y a las falsas seguridades que con tanta frecuencia construimos. Teresa recuerda que la verdadera fortaleza no nace de la autosuficiencia, sino de la confianza. Ni la noche de la fe que atravesó durante sus últimos meses ni la devastadora enfermedad que consumió su cuerpo lograron apartarla de esa entrega. Su vida muestra que confiar no significa abandonar el esfuerzo, sino perseverar en él sabiendo que el resultado último no está en nuestras manos.

Por eso, la trayectoria de Santa Teresita nos sitúa ante una de las claves esenciales del Evangelio: la grandeza de la gracia no se mide por nuestras aparentes proezas, sino por la capacidad de reconocernos pequeños ante Dios. Acudir a su intercesión no debería reducirse a la búsqueda de consuelos pasajeros o favores temporales, sino conducirnos a pedir el don más profundo que ella misma descubrió: un corazón capaz de abandonarse. Su última lección permanece intacta: aceptar la propia pequeñez no significa renunciar a la grandeza, sino permitir que Dios actúe en nuestra pobreza. Teresa comprendió que cuando el hombre deja de aferrarse a sí mismo y se entrega confiadamente a la Misericordia, la pequeñez deja de ser un límite y se convierte en el lugar donde comienza a reinar Dios.

miércoles, 30 de septiembre de 2026

Audiencia del Santo Padre a la Comisión Internacional de Monjas Dominicas Contemplativas

A las 9.00 horas de esta mañana, en la Sala de los Papas del Palacio Apostólico Vaticano, el Santo Padre León XIV ha recibido en audiencia a la Comisión Internacional de Monjas Dominicas Contemplativas.

Ofrecemos a continuación el discurso que el Papa ha dirigido a los presentes en el encuentro:

Discurso del Santo Padre

Hermanas y hermanos, buenos días.

Estoy muy contento de encontrarme con ustedes, al poco tiempo del reconocimiento de las virtudes heroicas de la sierva de Dios Sor María Petra Giordano, monja profesa de la Orden de Predicadores, que ha hecho de la fe y de la vocación los puntos fijos de su vida consagrada.

Fe y llamada pueden orientar también este encuentro nuestro, para reafirmar que la vocación contemplativa, en el espíritu dominico y en la Iglesia entera, no se ubica en los márgenes de la misión, sino que es su corazón latente (cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Ad gentes, n. 40; Constitutionum Fratrum Ordinis Prædicatorum, 2025, nn. 142.144).

Por lo demás, en los escritos de Jordán de Sajonia, inmediato sucesor de santo Domingo, aparece cómo inmediatamente, ya desde los comienzos, las monjas de las primeras comunidades femeninas, dedicándose principalmente a la oración contemplativa y al estudio, acompañaron con la penitencia la predicación de los hermanos, participando del mismo carisma.

El principio de santo Tomás de Aquino, conforme al cual se transmite a los otros el fruto de la propia contemplación (cf. Summa Theologiæ, II-II, q. 188, a. 6), retoma la intuición de santo Domingo, según la cual cada palabra de anuncio, para que sea verdadera, debe tener su origen en el silencio, la escucha, la oración y una profunda relación con Dios. La contemplación es «“respiración” de nuestra relación con Dios» (Francisco, Audiencia general, 5 de mayo de 2021), parada silenciosa en la que acoger la Palabra y dejarse transformar por ella, que nos permite conocer siempre más, en Él, las cosas y las personas, para poder dar después a los otros aquello que hemos visto y comprendido.

Aquí, en particular, hay un recordatorio para ustedes, Presidentas Federales. Su presencia en las visitas a los monasterios y en la animación de la Federación, más allá de los necesarios trámites administrativos, les hace ante todo guardianas de estos valores (cf. C.I.V.C.S.V.A., Instr. Cor orans, n. 117).

Santo Domingo, del cual se dice que prefería hablar con Dios o hablar de Dios, les ha enseñado a crecer en este estilo. Es correcto, por lo tanto, que también las visitas sean siempre, en primer lugar, momentos de encuentro común con el Señor: en la oración, en la escucha recíproca, en la corrección fraterna y en la reconciliación.

Conforme a esto, sus Constituciones (cf. n. 46) exigen el diligente respeto de un valor fundamental en la vida claustral: el silencio. Éste, cultivado fielmente, les será valioso, no sólo para custodiar completamente la observancia y favorecer la quietud en el monasterio, sino también para mirar dentro de ustedes mismas, para estar atentas a las hermanas de la comunidad y a las de fuera.

Hacer silencio es un acto de la voluntad, que implica toda la persona y que ayuda a vivir relaciones sólidas, porque están animadas por la Palabra de Dios. Es crear espacios de libertad y de verdad, en los cuales custodiar la atención, volviéndose sensibles a la voz de quien “no cuenta”, y madurando sabiduría y generosidad.

Esto es particularmente importante en un mundo marcado por la velocidad, en el cual todo tiene que ser inmediatamente visible y cada vacío es llenado con rapidez. En el silencio, de hecho, encuentran escucha las preguntas que se hace cada persona, pero a las que no siempre es fácil responder solos. Por esto es necesario que sus comunidades ofrezcan oasis de verdadera y profunda paz, donde se acalle el caótico afán ligado a las cosas exteriores y uno se pueda poner a la escucha de la voz de Dios.

Su experiencia de Presidentas Federales, además, les lleva a encontrar también situaciones de dificultad: comunidades que languidecen; fallecimientos que superan las nuevas vocaciones; disminución de la capacidad de trabajo, con los consecuentes problemas económicos; gestión de inmuebles grandes y onerosos; retos como la formación compartida, la interculturalidad y la organización de estructuras de comunión.

Se insinúa la tentación del “espíritu de supervivencia”, que lleva a aislarse y a reducir los compromisos, con la ilusión de que basten las propias fuerzas que quedan, para no depender de otros o no tener que suprimir monasterios.

Frente a todo esto, les invito a no hacerse la pregunta de cómo mantener estructuras que se vacían. Escuchen, más bien, qué pide el Espíritu, hoy, a la vida contemplativa dominica, siendo conscientes de que, antes que gestiones que realizar, hay una llamada a la que responder, un fuego que arde y que no se puede dejar morir, como decía santa Catalina de Siena (cf. Diálogo de la Divina Providencia, cc. XCI-XCII).

Queridas Hermanas, aún entre los problemas del momento, no pierdan nunca el ánimo. Su servicio a la Iglesia es precioso: continúenlo con confianza, en la comunión y con discernimiento, unidas pero sin uniformarse, fieles a la tradición y abiertas a la novedad, contemplativas porque son capaces de llevar al mundo delante de Dios.

Que la Virgen María, invocada con el Santo Rosario, les enseñe a ver cada día la obra invisible del Señor y, con la ayuda de su gracia, a verter también sobre las heridas de la humanidad de nuestro tiempo, el aceite del consuelo y el vino de la esperanza (cf. Misal Romano, Prefacio común VIII).

Les agradezco por el don que son ustedes mismas y, de corazón, les imparto la Bendición Apostólica.

el 'Taco Calendario del Corazón de Jesús': 140 años arrancando una hojita al día con mensajes para creyentes y no creyentes

(Vanitis) Todo empezó por un cocinero, un calendario tipo taco y un fuego de carbón. Corría 1886 en la comunidad de jesuitas de Bilbao cuando el hermano Iraeta, encargado de los fogones, recibió un calendario para no despistarse con los días de ayuno y abstinencia. Aquel calendario tenía forma de taco, un pequeño bloque de hojas finas del que se arrancaba una al día, y estaba pensado para colgar en la cocina; además de las fechas, incluía chistes y pequeños textos. El problema es que Iraeta consideró algunos de aquellos contenidos poco edificantes, incluso indecentes, y tomó una decisión bastante drástica: lo arrojó al fuego.

Según la historia interna, cuando el padre Cecilio Gómez Rodeles, entonces director de la revista 'El Mensajero del Corazón de Jesús', le preguntó qué había sido del calendario, Iraeta le sugirió que hicieran uno propio, con contenidos más acordes con sus principios. De aquella escena doméstica nació el Taco Calendario del Corazón de Jesús, uno de esos objetos cotidianos que, 140 años después, parecen haber estado ahí desde siempre.

La fórmula que idearon era sencilla: una hoja para cada día del año. Junto al santoral y la información religiosa fueron apareciendo efemérides, datos astronómicos, frases, curiosidades, pequeñas historias, adivinanzas y chistes. Un diminuto almanaque cotidiano que durante generaciones ha encontrado sitio en cocinas, comercios, despachos y hogares de toda España..

Un calendario del siglo XIX en la era de los teléfonos inteligentes

Ahora, en su 140 aniversario, la pregunta es otra: ¿cómo está consiguiendo sobrevivir un objeto nacido en el siglo XIX en la era de los móviles inteligentes? Marta Barrio, directora de Contenidos del Grupo de Comunicación Loyola —vinculado a la Compañía de Jesús— y una de las dos personas que actualmente crea el Taco, apunta hacia una explicación que tiene menos que ver con la tecnología que con la costumbre. "El que lee el Taco quiere arrancar la hoja, quiere guardarla, quiere releerla, quiere incluso compartirla con otros", explica.

Porque el Taco continúa siendo una publicación católica, pero su relación con los lectores hace tiempo que va más allá de lo estrictamente religioso. Para algunos forma parte de su práctica de fe; para otros es un objeto heredado de padres o abuelos, una costumbre doméstica que sigue ahí aunque ellos mismos se definan como poco religiosos o directamente agnósticos. En las páginas del Taco conviven el Evangelio y el santoral con pensamientos, anécdotas y frases de personajes de épocas y mundos muy distintos: de la Biblia a Steve Jobs, pasando por Teresa de Calcuta, Tito Livio o Dolly Parton.

Ese es probablemente uno de los secretos de su longevidad. El Taco es un pequeño ritual cotidiano transmitido de generación en generación, que no exige demasiado tiempo, pero quizá lo que cuenta ese día te ayude a mejorar la jornada.

Ese espíritu ya estaba en su origen. Barrio recuerda que, a finales del siglo XIX, el calendario ofrecía textos breves y divulgativos en una España en la que la alfabetización todavía no estaba generalizada y la mayoría de los hogares no tenían acceso a libros o revistas. "Era poner en sus manos una posibilidad de leer, de conocer y de una manera sencilla", explica. El precio reducido y la brevedad de los textos permitieron que aquella pequeña publicación llegara desde muy pronto a un público amplio.

Lo extraordinario es que no ha dejado de publicarse desde entonces. Ha atravesado guerras, cambios de régimen, escasez de papel y la transformación de una España mucho más secularizada que la de 1886. "Hubo épocas en las que los cupos de papel obligaron a limitar la producción, pero nunca desapareció", añade Barrio. Hoy su tirada ronda todavía los 250.000 ejemplares anuales; el Taco vale 5,5 euros.

La editorial reconoce que no dispone de un retrato exacto de quién lo compra. Las cartas, llamadas y pedidos directos muestran una fuerte presencia de lectores mayores, pero también una vigorosa renovación generacional imprescindible para mantener esas cifras. Hay hijos que continúan comprándolo porque siempre estuvo en casa de sus padres y personas que vuelven a encontrarlo décadas después en una librería y recuperan una costumbre que creían olvidada.

Internet tampoco terminó con ese hábito. Hace años el Taco dio el salto al móvil con una aplicación que podía haber convertido el formato papel en una reliquia. Dentro de la editorial hubo dudas, reconoce Marta Barrio, pero ocurrió lo contrario: la versión digital añadió otra forma de leerlo sin sustituir a la original. "Quien quiere el Taco de papel sigue buscando precisamente aquello que una pantalla no puede reproducir del todo: arrancar la hojita, doblarla, conservarla o entregársela a alguien".

Detrás de cada edición hay además un trabajo bastante menos industrial de lo que podrían sugerir sus cifras. Barrio y el biblista Armando Lovera elaboran los contenidos con aproximadamente un año de antelación; cada nuevo Taco llega al mercado oficialmente la última semana de agosto. Las temáticas pueden volver, pero los textos no se reutilizan. La excepción aparece claramente identificada bajo el título 'El Taco decía...', una sección que recupera reflexiones antiguas cuando, décadas después, siguen teniendo sentido.

La cubierta tampoco se transforma demasiado. No por falta de posibilidades, sino porque forma parte de aquello que sus lectores esperan encontrar. "Para algunos quizá pueda parecer de otro tiempo, porque lo es; pero ahí está la gracia", reconoce Barrio. Mientras el ejemplar de 2027 acaba de llegar a las librerías, el de 2028 ya ha empezado a tomar forma.

martes, 29 de septiembre de 2026

Levántate, hija mayor. Por Fr. Benedict Kiely

Jairo, un oficial de la sinagoga de Jerusalén, pide a Jesús que vaya a su casa y sane a su hija, que está gravemente enferma. Según el Evangelio de san Marcos, Jesús se apresura hacia su casa, pero en el camino le dicen que ella ha muerto. Al llegar, el Señor, que ve lo que otros no pueden ver y sabe que se revelará la gloria de Dios, les dice que la niña no está muerta, sino dormida. Se ríen de Él; algunas traducciones dicen que «se burlaban».

El Señor entra en la habitación de la niña, le toma la mano y, en arameo, dice: «Talitha koumi – niña, levántate». Ella despierta de inmediato y se pone en pie.

Solo Cristo puede devolver la vida a los muertos, o revivir lo que parece estar muerto.

Durante siglos, tiranos como Napoleón, Hitler, Stalin o los seguidores de Mahoma han pretendido haber dado muerte a la Iglesia. Pero Ella siempre se ha levantado.

Al contemplar las escenas que vimos esta semana en Francia durante la visita del Papa León, es natural pensar tanto en aquellas palabras orgullosas de los tiranos y demagogos como en la historia de la hija de Jairo.

Francia, llamada durante siglos la «hija mayor de la Iglesia», lleva mucho tiempo dormida. Los horrores desatados en esa tierra con el regicidio del Rey y la Reina, y el terror de la Revolución de 1789, parecieron, en muchos sentidos, haber matado a la pequeña hija de la Iglesia. Los efectos ulteriores, podríamos decir, de la revolución y de la llamada Ilustración han creado una sociedad francesa —como gran parte de la sociedad europea— que es, en palabras del Papa León, «profundamente secularizada».

Y, sin embargo, un millón de personas se alinearon en los Campos Elíseos de París para ver al papa. Miles de jóvenes lo recibieron con entusiasmo. Y, como sabemos, Francia es el epicentro mismo de lo que se llama el «silencioso renacimiento» del catolicismo, aunque la semana pasada en Francia fue más bien ruidoso.

Un sabio comentarista francés lo llamó el «Adviento de la Iglesia» en Francia. Otro amigo, un periodista, me dijo que se había «pasado una página de la historia».

Adviento, por supuesto, significa la venida del Rey, la llegada esperada. Precisamente por eso la temporada anterior a la Navidad lleva ese nombre: celebramos Su primera venida en la Encarnación y aguardamos Su Segunda Venida en gloria cuando, en las palabras del gran himno de Adviento, «Todo ojo lo verá ahora / Vestido de temible majestad».

El comentarista francés continuó diciendo que la Iglesia reavivada se levantaba para contrarrestar los efectos deletéreos y que apagan el alma del secularismo y del nihilismo. Los ateos militantes, los nihilistas, los hijos de 1968 (los soixante-huitards, como se los conoce en Francia), se reirían si les hubieran dicho que la pequeña hija se levantaría.

León XIV dijo en París que «la gente está redescubriendo el Evangelio y abrazando la Fe», precisamente por el vacío y la insatisfacción que produce una sociedad sin Dios. Lo llamó la «pequeña llama que el Espíritu Santo ha encendido en la oscuridad de la noche».

Andrew Breitbart, se dice, acuñó la frase de que «la política está corriente abajo de la cultura». Cierto, en mayor o menor medida, según las circunstancias. Pero, aún más significativamente, la cultura está —o debería estar— corriente abajo de la religión.

León observó que Francia no era solo una sociedad secular, sino una «cultura profundamente secular». El aborto, ahora demoníacamente consagrado en la Constitución francesa, y una ley de eutanasia apoyada con entusiasmo por el Napoleón de tienda de todo a un dólar, Emmanuel Macron, se aprobaron solo semanas antes de la llegada del papa.

Y, sin embargo, una cultura una vez profundamente formada por la Fe, impregnada a lo largo de las generaciones con la tradición de santos, artistas y eruditos —tan magníficamente mostrada en la vigilia de jóvenes con el papa en el Stade de France— puede, aunque sus raíces hayan sido olvidadas u oscurecidas a propósito, revivir cuando se renueva su fundamento.

En el último año he pasado tiempo con distintos grupos de jóvenes católicos franceses fieles. Algunos son devotos de la Misa en latín; algunos son nuevos conversos a la Fe; algunos pertenecen a comunidades carismáticas o nuevas; algunos son simplemente miembros ordinarios y piadosos de una parroquia.

Todos ellos son, invariablemente, alegres, llenos no solo de una joie de vivre, sino de una joie de l’esprit. Lo significativo es que están sorprendentemente impregnados de cultura francesa de un modo que, tristemente, no se encuentra en el Reino Unido ni en los cada vez más seculares Estados Unidos.

Aunque asuntos superficiales de comida y bebida y las tradiciones específicas de las distintas regiones de Francia marcan a estos jóvenes, también tienen un profundo conocimiento y respeto por su historia nacional común.

Un joven converso me contó la historia de su entrada a la Fe. Su hermano le pidió que fuera el padrino de su hijo. Comprendió que debía tomárselo en serio y buscó el Bautismo.

Cuando le pregunté si el hermano practicaba, respondió que no, pero que se estaba dando cuenta de que todo el fundamento de Francia era cristiano. (Una reacción, quizá, a las amenazas a la identidad nacional de Francia por la inmigración descontrolada y el radicalismo político de los últimos años.)

El joven describió esto como una «puerta de entrada a la Fe». Esa humilde historia puede ser la razón central por la que la cultura francesa, reavivada y asumida, se está convirtiendo en un vehículo para la renovación de la Fe.

Este es un momento de enorme esperanza e inspiración para todos nosotros. No solo en Francia, sino allá donde esta renovación está surgiendo, la Iglesia debe «reconocer, acoger y proteger» esta pequeña llama, como dijo León XIV.

Lo que parece muerto puede despertar, si lo toca la mano de Cristo. La Diosa de la Razón, una vez entronizada en Notre Dame de París por los seguidores de la Revolución atea, parece haber sido definitivamente descartada. La Fe, como escribió una vez Hilaire Belloc, es el «único faro en esta noche, si faro hay».

Como estamos viendo, eso es cierto incluso para la «primera hija» de la Iglesia, largamente perdida.

Sobre el autor

Fr. Benedict Kiely es sacerdote del Ordinariato de Nuestra Señora de Walsingham. Es el fundador de Nasarean.org, que ayuda a cristianos perseguidos.

Santos Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael

(Cope) Entramos en una semana de venerar a a los Servidores del Señor que están día y noche ante Él. Hoy, celebramos a los Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael. Miguel significa ”Fortaleza de Dios”. Se le invoca para vencer al enemigo, porque le tocó la batalla contra el Dragón y sus secuaces venciendo Miguel y los coros angélicos fieles a Dios.

En el caso de Gabriel su nombre significa “Mensajero de Dios”. Él comunica a Zacarías que Isabel concebirá en su vientre al Precursor. También le asegura que como no da crédito al Anuncio Divino se le da la Señal de que quede mudo hasta que se cumpla lo prometido.

Por otra parte, anuncia a María que dará a Luz al Salvador del mundo, el Mesías Esperado desde siglos y generaciones. Es Patrono de los comunicadores. Finalmente Rafael significa “Medicina de Dios”.

El motivo es que acompaña a Tobías en su viaje y le provee el remedio para expulsar al demonio de su prometida. También le da la cura para que su padre, Tobit, recobrase la vista, tras haber tenido ceguera durante mucho tiempo.

Es Patrón de conductores y caminantes, junto a la Virgen de la Prudencia y San Cristóbal. Anteriormente se celebraban por separado. Pero en en año 1969, tras la Reforma Postconciliar se unieron los tres Santos Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael el día 29 de septiembre, en una misma Fiesta.

lunes, 28 de septiembre de 2026

Mons. Argüello denuncia tres «desahucios» en España: la vivienda, Ceuta y el vientre materno

(InfoCatólica) Una anciana que pierde el piso en el que vivía de alquiler en Madrid, una crisis humanitaria en Ceuta y un hijo al que se le niega la vida en el seno de su madre. Con la palabra «desahucio» como hilo conductor, el arzobispo de Valladolid y presidente de la Conferencia Episcopal Española, monseñor Luis Argüello, ha reunido en un texto difundido en redes sociales tres asuntos de la actualidad española y ha apuntado un cuarto que, a su juicio, los atraviesa todos, que es la expulsión de la razón y de la voluntad de acuerdo del debate público.

La vivienda y el caso Mari Carmen

El primero de los desahucios es el de la vivienda, a raíz de la polémica por el caso de Mari Carmen, una anciana desalojada del piso que tenía alquilado en Madrid y cuya situación ha saltado a la arena política y mediática. Argüello constata que existe «un acuerdo social respecto al reconocimiento del grave problema que vivimos», que concreta en la escasez de viviendas, los pisos cerrados por falta de confianza, las casas vacías de la España rural, los precios y rentas muy altos, los alquileres por habitación sin «derecho a cocina», porque «hasta la cocina se transforma en habitación», y los millones de pisos de uso unipersonal.

Sobre el caso concreto, el arzobispo percibe un acuerdo «emocional más que moral» en torno a un asunto «convertido en bandera», y a la vez un «desacuerdo legal, manipulación ideológica y conflicto político y social sobre las causas y las posibles soluciones a este grave problema». Por ello lo considera una cuestión que debe tenerse en cuenta en el «nuevo Contrato social» al que se refirieron trabajadores y empresarios en su encuentro con el Papa León XIV durante su visita a España.

Ceuta, una crisis humanitaria «que afecta a todos»

El segundo desahucio se vive en Ceuta, donde, según escribe, «los ceutíes viven el desahucio de sus calles, plazas y de su normalidad». Los inmigrantes, por su parte, «algunos desahuciados de sus países de origen, otros desplazados por intereses geopolíticos», son deslocalizados continuamente y «se resisten a un desahucio definitivo». Argüello añade que los ceutíes, como gran número de españoles, «desean un desahucio rápido y total de los que han entrado en la ciudad como "okupas"».

Entre unos y otros, el presidente del episcopado sitúa una crisis humanitaria de orden físico, psicológico y moral que alcanza a inmigrantes y ceutíes, y advierte de que, «por contaminación de esta crisis que no es primariamente migratoria, se está condicionando la manera de mirar a los inmigrantes en toda España».

Argüello considera «imprescindible un acuerdo nacional para ayudar a los ceutíes y solucionar la crisis humanitaria», y reclama un pacto de Estado y europeo que aborde las causas de las migraciones en los países de origen, combata a las mafias y a los Estados que instrumentalizan los éxodos de personas por intereses geopolíticos, regule los flujos migratorios y «acoja a los que llegan respetando su dignidad, que no se pierde al atravesar la frontera, aunque luego hubieren de ser retornados a sus países de origen». Advierte además de que, si la natalidad sigue como hasta ahora, «en pocos años Europa competirá por el inmigrante escaso».

El aborto, un desahucio «de consecuencias irreversibles»

El tercero es «el desahucio del vientre materno provocado mediante el aborto». Argüello critica la «campaña moralista del Gobierno» que lo presenta como un acto bueno por ser legal, bajo el lema «tienes derecho», y autónomo, con el mensaje «decidas lo que decidas, estará bien». Frente a ello, afirma que «la ciencia demuestra que en el seno de una mujer embarazada hay un ser humano, un hijo, distinto de ella, sobre el que no puede decidir sin plantearse la moralidad de esa decisión».

El arzobispo sostiene que la madre necesitará ayuda social, laboral, de vivienda y apoyo pleno, y reconoce que «habrá casos de un gran conflicto ético, pero nunca podrá justificarse la solución en un derecho legal que niega al hijo la vida en cuya dignidad se fundamentan todos los derechos».

Para respaldarlo recoge las palabras de León XIV en las Cortes: «La defensa de la vida humana no es una cuestión parcial ni un interés confesional: es una meta de civilización». Y también: «la grandeza moral de una nación se manifiesta, sobre todo, en su capacidad de acompañar, proteger y amar aquellas vidas que atraviesan mayor fragilidad».

El «cuarto desahucio»

Argüello denuncia que ante estos tres casos la argumentación ética cambia de forma interesada, y pasa «de la defensa a ultranza del derecho a decidir del propietario o de la embarazada, si la decisión es legal, sin tener en cuenta a quien sufre las consecuencias, al rechazo de la libre decisión aunque sea legal y confirmada por un juez, pues afecta a personas que deben de ser tenidas en cuenta por encima de la decisión del propietario».

En el caso de Ceuta, señala que algunas propuestas, para que el desalojo sea inmediato, animan a prescindir de la legalidad y «quieren cerrar los ojos ante aquellas vidas que atraviesan mayor fragilidad», mientras otras «se niegan a ver que muchos ceutíes también son víctimas de la crisis humanitaria desencadenada por el éxodo-invasión-ocupación».

«Los tres asuntos reclaman diálogo sereno y grandes acuerdos», concluye el presidente de la Conferencia Episcopal, antes de señalar el último de los desahucios, porque «la razón y la voluntad de acuerdo por la defensa de la dignidad humana y el bien común parecen haber sido expulsados de nuestra casa común».