jueves, 15 de octubre de 2026

La Iglesia se une para orar por la salud del Papa

(Iglesia de Asturias) Las peticiones de oración por la salud del Papa León XIV y la preocupación de los fieles alrededor del mundo son visibles y muy numerosas gracias, principalmente, a las redes sociales y otros medios de comunicación. En España, el presidente de la Conferencia Episcopal, Mons. Luis Argüello, ha invitado «a toda la Iglesia española, diócesis, instituciones de vida consagrada, comunidades y asociaciones laicales y todos los miembros del Pueblo de Dios y a nuestros conciudadanos, a orar por la salud de nuestro querido papa León XIV”.

Nuestro Arzobispo, Mons. Jesús Sanz, ha publicado en su cuenta de X que «Toda la comunidad cristiana está rezando por la salud del Papa León XIV». «Desde Asturias –ha dicho– elevamos oraciones a la Santina por su pronto restablecimiento. Que el paso por la hermana enfermedad le sirva para crecer en la confianza en Dios y recibir el afecto filial de la Iglesia».

El Santo Padre ha sido intervenido, este pasado martes, de un nódulo en el pulmón. Al finalizar la intervención, la Oficina de Prensa de la Santa Sede comunicó que la intervención había concluido «con éxito”. Según el boletín médico, además, se ha podido conocer que “se le extirpó el lóbulo inferior del pulmón derecho”, y «el examen histológico in situ ha confirmado el diagnóstico de adenocarcinoma pulmonar».

Por el momento, se estima que permanezca en el policlínico Gemelli ingresado alrededor de una semana y se irá informando sobre el futuro tratamiento.

Santa Teresa en 1936: ¿«La pobre vieja que salvó a Ávila»?. Por Mons. Alberto José González Chaves

Noventa años tiene la tradición que atribuye a Santa Teresa de Jesús – o a Nuestra Señora de Sonsoles, ¿o a Ambas? – la preservación de la Ciudad de los Caballeros durante el verano terrible de 1936. ¿Sonrisas displicente ante lo que nuestros mayores creyeron? ¿Credulonería que convierte la tradición piadosa en acta notarial? Frente a la manía contemporánea de pensar que, cuando un relato posee alguna dimensión sobrenatural, el historiador debe elegir entre tragárselo entero o arrojarlo completo al cesto de las supersticiones, este tiene una tercera posibilidad, más honrada: establecer primero qué ocurrió; averiguar después cuándo empezó a contarse lo extraordinario y observar cómo fue transformándose la narración. El lector decidirá ante ese punto misterioso donde los documentos terminan y comienza la interpretación. Pero digamos, de entrada: la historia de la viejecita que detuvo a las tropas de Julio Mangada no fue una fábula inventada años después, cuando todo había terminado: circulaba en los meses mismos de la guerra.

Ávila: vulnerable e intacta en julio de 1936

En los últimos días de julio de 1936 Ávila conoció las horas de mayor inquietud militar de toda la contienda. La ciudad, sumada al Alzamiento, se hallaba escasamente guarnecida. El teniente coronel Julio Mangada avanzaba desde Madrid al frente de una columna heterogénea de milicianos y fuerzas de orden público que, tras pasar por Cebreros y Navalperal de Pinares, llegó a situarse en condiciones de amenazar seriamente la capital. El 24 de julio, mientras se celebraba en la iglesia de San Juan el funeral por el comandante Gabriel Moyano llegaron noticias alarmantes sobre la proximidad de aquella columna. El historiador abulense José Belmonte Díaz, que estuvo presente y dejó testimonio de aquellos momentos, recuerda la precipitación con que se pidieron voluntarios, se repartieron armas en el Gobierno Militar y se organizaron grupos de civiles prácticamente sin instrucción. Una fuerza salida al encuentro de Mangada hubo de replegarse ante la manifiesta superioridad de éste. Durante unas horas el camino hacia Ávila quedó inquietantemente abierto. Mangada atravesó el puerto del Malagón, alcanzó Aldeavieja y pudo dirigirse hacia Ávila, mas no lo hizo: prefirió avanzar hacia Villacastín, amenazando las comunicaciones y la retaguardia de las fuerzas que combatían en el Alto del León, y poco después regresó hacia El Espinar y Madrid. Cuando volvió a operar en la provincia con efectivos mucho mayores —hasta varios millares de hombres— tampoco emprendió el asalto contra la capital. Los historiadores señalan distintas razones posibles: falta de organización y apoyo logístico, inseguridad ante las fuerzas contrarias, objetivos estratégicos distintos o simple indecisión. Lo indiscutible es que en aquel primer momento Ávila era militarmente mucho más vulnerable de lo que después sugeriría la memoria épica. Y no pocos abulenses se preguntaron por qué no entró Mangada.

El día de Navidad de 1936, apenas cinco meses después de los hechos, el periodista Léo Gerville-Réache, enviado especial a España del periódico parisino Le Matin, publicó un artículo con un título inequívoco: «Le dernier miracle de sainte Thérèse d’Avila», «El último milagro de Santa Teresa de Ávila» (Le Matin, núm. 19.272, 25 de diciembre de 1936). Tres días después, el 28 de diciembre, El Diario de Ávila recogía la historia; no se trata de una referencia perdida que haya sido reconstruida modernamente. El investigador Nicolas Mollard, en un estudio académico publicado en Slavica Occitania, documenta las dos versiones, señalando que ya en diciembre de 1936 circulaba el relato según el cual Teresa de Jesús se había presentado ante un jefe republicano bajo el aspecto de una anciana para disuadirle de apoderarse de Ávila.

Según aquella primera narración, cuando para las fuerzas de Mangada era muy posible avanzar sobre Ávila apareció una anciana que describió una ciudad formidablemente protegida, poblada de soldados y armas, absolutamente preparada para repeler cualquier ataque. Materialmente, la guarnición de Ávila distaba mucho de corresponder a semejante descripción: si se acepta siquiera como hipótesis interna del relato la identificación que hizo la tradición —Nuestra Señora de Sonsoles para unos, Santa Teresa para otros—, no resulta verosímil atribuir a María Santísima ni a la Santa una falsedad destinada a engañar al adversario. La interpretación religiosa puede ser bastante más profunda: aquella mujer hablaba de una ciudad realmente defendida, aunque no eran sus defensores computables en un parte militar. Para la fe de los abulenses, Ávila estaba bajo la custodia del cielo, amparada por la intercesión de sus santos y por los ejércitos angélicos que la Sagrada Escritura presenta tantas veces como invisibles y, sin embargo, reales. «Muchos, muchos» podía ser verdad en un sentido que Mangada entendió como estrictamente militar: los ángeles de Dios, al mando del Custodio del Reino, guardaban Ávila del Rey. Como en la escena bíblica de Eliseo, los ojos humanos podían ver pocos defensores mientras la fe repetía: «Más son los que están con nosotros que los que están con ellos» (2 Re 6,16). La crónica francesa situaba expresamente la historia bajo la protección de Santa Teresa. No es una identificación teresiana añadida años después: antes de terminar 1936 el episodio se contaba ya como «el último milagro de Santa Teresa de Ávila». Si la anciana era quien los viejos abulenses creyeron que era, no inventaba defensores: veía una ciudad custodiada por la milicia celestial, mientras Mangada lo entendía como una información castrense.

¿Una anciana campesina en cabalgadura?

La historia continuó circulando y adquiriendo perfiles más netamente abulenses. Terminada la guerra, El Diario de Ávila volvió sobre el episodio titulándolo en su portada del 7 de mayo de 1939: «La pobre vieja que salvó a Ávila». Mangada habría preguntado a una anciana que acababa de abandonar la ciudad por las fuerzas que había dentro. La respuesta multiplicaba soldados, fusiles y ametralladoras: – «Muchos, muchos». Prácticamente cada almena estaría defendida.

El paralelismo con la vieja tradición de Jimena Blázquez resulta inevitable. A comienzos del siglo XII, cuando Ávila era ciudad de frontera y sus hombres habían salido a combatir, la memoria abulense sitúa a aquella valerosa mujer organizando la defensa de una plaza casi desguarnecida: hizo vestir de guerreros a las mujeres, las apostó sobre las murallas con armas, teas y trompetas, y logró que las fuerzas musulmanas de Abdalá, creyendo la ciudad mucho mejor defendida de lo que realmente estaba, desistieran del ataque. Ocho siglos más tarde, la tradición de 1936 repite el mismo dibujo: otra mujer habría hecho creer a Mangada que tras aquellas mismas murallas esperaba un ejército imponente. Jimena defendió Ávila desde lo alto de sus torres; Teresa, según la narración, desde el camino. En ambos casos, la ciudad se salva sin necesidad de librar batalla. ¿Prestó la memoria de la ciudad formas antiguas al episodio moderno? Pero el parentesco literario no demuestra que la historia fuese fabricada de principio a fin: demuestra, sencillamente, cómo funciona la memoria colectiva, vistiendo los acontecimientos nuevos con imágenes que una comunidad conoce desde siglos atrás. Ahora, para unos, la viejecita había sido Santa Teresa; para otros, la Virgen de Sonsoles. Para todos, la protección de Una y Otra era inseparable.

Según la versión que más arraigó en la tradición oral, la anciana, sobre una cabalgadura, se encuentra con los hombres de Mangada en los alrededores de Sonsoles.

—¿Dónde van ustedes?

—A tomar Ávila.

La mujer les advierte que sería una locura intentarlo porque la ciudad está atestada de tropas, armas y defensores. Después continúa su camino y desaparece. La antropóloga María Cátedra recogió esta tradición directamente de informantes abulenses y la publicó en 2001 en un amplio estudio de la Universidad Complutense sobre la devoción a Nuestra Señora de Sonsoles. Uno de sus testimonios recordaba haber oído hablar de aquella señora «con un borriquillo», vestida como campesina, que habría prevenido a las fuerzas: Ávila estaba «llenita de tropas» y no se podía entrar. La investigadora añade en nota que las versiones oscilan sobre la identidad de la anciana: «o bien la Virgen de Sonsoles o santa Teresa». No estamos, por tanto, solamente ante literatura periodística de guerra, sino ante una tradición oral abulense que sobrevivió durante generaciones. Hay además en ello algo deliciosamente teresiano: si alguien quisiera inventar una aparición espectacular de la Santa, probablemente habría elegido resplandores, éxtasis, ángeles o murallas cubiertas de prodigios. La tradición abulense prefirió una vieja campesina montada en una mula: muy poca tramoya sobrenatural para una mujer que había escrito que «entre los pucheros anda el Señor». Y si era Nuestra Señora de Sonsoles, tampoco podía haber elegido mejor disfraz la Virgen campera de los abulenses.

Sonsoles, bombas, sacerdotes mártires

Con el paso del tiempo se mezcló con esta historia otro conjunto de recuerdos relacionado con los bombardeos sufridos por Ávila; mas la aclaración cronológica no perjudica, avala la veracidad del relato. El aeródromo militar de la Cruz de los Llanos, levantado entre el río Chico y el santuario de Sonsoles, aun no existía cuando Mangada amenazó la capital en julio; comenzó a acondicionarse a partir de septiembre de 1936. Se convertiría después en una importante base de aviación, utilizada por fuerzas españolas, italianas y alemanas; el recinto comprendía hangares, barracones, arsenales, depósitos y polvorines. No debe mezclarse aquel aeródromo con la decisión de Mangada en julio: son episodios sucesivos, no simultáneos; pero el aeródromo explica que la zona de Sonsoles se convirtiera posteriormente en objetivo aéreo. Ya en noviembre de 1936 fue bombardeada la base y en 1937 volvieron a sucederse ataques contra el campo y otros objetivos estratégicos abulenses. La defensa antiaérea terminó reforzándose en distintos puntos, incluidas precisamente las alturas cercanas al santuario. Y también aquí María Cátedra recoge una memoria popular precisa: sus informantes recordaban que junto a Sonsoles estaban los polvorines, que durante un fuerte bombardeo cayeron bombas en aquella zona y que algunas no llegaron a explotar. Recordando el escaso número de muertos en comparación con el peligro que suponían aquellas instalaciones militares, vinculaban el dato a la protección de la Virgen. Como agradecimiento quedó en el Santuario durante muchos años un pequeño avión votivo y la memoria popular acabó fundiendo así dos episodios distintos: la ciudad a la que Mangada no entró en julio y la ciudad que, teniendo después junto a Sonsoles un aeródromo y unos polvorines de evidente importancia militar, sufrió bombardeos sin padecer la destrucción que hubiera podido temerse. Si esa fusión no autoriza a convertir cada detalle en información militar comprobada, tampoco invita a despreciarla: nos dice cómo los abulenses interpretaron lo que habían vivido.

El bombardeo republicano del 31 de agosto de 1936 produjo tres muertos al caer una de las bombas sobre la zona de San Vicente, donde se encontraba instalado el Circo Maravillas. Algunas fuentes elevan a cinco el balance al contabilizar heridos que fallecieron después; de ahí los «cinco o seis» muertos que conservó la tradición oral. Pero la historia completa obliga a añadir algo más. Aquel bombardeo provocó una reacción brutal en la retaguardia nacional: durante la noche siguiente fueron asesinados veintinueve presos. La memoria católica no necesita borrar los pecados cometidos por quienes estaban de su lado. Tampoco sería históricamente honrado, en sentido contrario, borrar la persecución religiosa que se desencadenó en amplias zonas dominadas por las fuerzas revolucionarias durante aquel verano. No todos los republicanos eran marxistas, ni todos los hombres de izquierdas perseguían a la Iglesia, pero el componente explícitamente anticatólico del proceso revolucionario de 1931-1936 es un hecho tozudo. En la diócesis de Ávila hubo treinta y tres sacerdotes mártires, además de numerosos laicos y templos profanados, dañados o incendiados; y archivos y objetos de culto fueron destruidos en la zona sur de la diócesis. El mismo 24 de julio en que Ávila vivía pendiente del avance de Mangada era asesinado en El Tiemblo don José Máximo Moro Briz, párroco de Cebreros, hermano de Don Santos, ejemplar Obispo de la diócesis de 1935 a 1968. Después vendrían don José García Librán, párroco de Gavilanes; don Juan Mesonero Huerta, párroco de El Hornillo; don Damián Gómez Jiménez, párroco de Mombeltrán, y don Agustín Bermejo Miranda, párroco de Hoyo de Pinares. Los cinco fueron beatificados como mártires en Tarragona en 2013. Sus restos reciben culto en la catedral abulense. Éste es el contexto en el que debe leerse el miedo de los abulenses. Para quienes miraban desde las murallas hacia los lugares por donde avanzaba la columna de Mangada, esta no significaba simplemente que el Ayuntamiento cambiaría de manos: a pocos kilómetros ardían iglesias y eran perseguidos los sacerdotes.

La mano de la Santa de la Raza guía la del Caudillo

La creencia en una especial intercesión de Santa Teresa durante la Guerra Civil desbordó la tradición abulense de Mangada. En amplios ambientes católicos del bando nacional, que interpretaron la contienda como «Cruzada», se consideraba a la Santa de Ávila protectora de España. El historiador no puede presentar esa convicción como prueba de una intervención sobrenatural, pero tampoco ignorarla por la incomodidad que hoy pueda suscitar su lenguaje. Un singular testimonio iconográfico lo ofrece José María Sert, que en 1937 pintó para la capilla española del Pabellón Pontificio de la Exposición Internacional de París la Intercesión de Santa Teresa de Jesús en la Guerra Civil española, obra documentada en los fondos del Museo Reina Sofía, que conserva también un estudio preparatorio. Mientras el pabellón republicano exhibía el Guernica de Picasso, el Pontificio proponía otra interpretación de la tragedia: Teresa intercediendo por España.

Aquella convicción encontró un símbolo tangible en la mano incorrupta de la Santa, separada de su cuerpo poco después de su muerte por el padre Jerónimo Gracián y custodiada en Lisboa y, tras diversas vicisitudes, a partir de 1926 en el Carmelo de Ronda. Incautada el 29 de agosto de 1936 por el Comité Revolucionario de la ciudad, fue recuperada por las fuerzas nacionales en Málaga en febrero de 1937 y Franco quiso tenerla consigo hasta su muerte. La prensa nacional le atribuyó un significado providencial. José María Muñoz Sánchez, según recoge Nicolas Mollard, escribió: «¡Bien hace el Caudillo de España […] en tener junto a sí siempre la mano de Teresa!», atribuyendo a la Santa el «acierto» de Franco durante la guerra. Teresa «va buscando a Franco para salvar a España», dijo el capellán a la fundadora y priora rondeña, madre María de Cristo, quien, sin embargo, reiteradamente reclamó la reliquia al Caudillo, sin éxito. Durante la guerra la santa mano estuvo en Salamanca, Burgos y Madrid; posteriormente, y hasta 1975, quedó en el Palacio de El Pardo, según unos testimonios en el oratorio privado; según los más, en los aposentos personales de Franco, que además la llevaba consigo en ciertos viajes.

Giuliana Di Febo ha estudiado la utilización política de Teresa como «Santa de la Raza», particularmente en su capítulo «La mano de Teresa y el carisma de Franco». Esa instrumentalización existió, pero no excluye la sinceridad de la devoción: el uso público de un símbolo y la piedad privada pueden coexistir. Así se enlazan tres episodios distintos: la presunta protección de Ávila en 1936, la pintura de Sert en 1937 y la permanencia de la reliquia junto al jefe del bando nacional. Reconocer aquella devoción no exige justificar decisiones políticas o militares ni convertir las creencias de sus protagonistas en certezas sobrenaturales. Exige comprender que, para muchos españoles marcados por la persecución religiosa, Teresa fue una intercesora cercana en una hora extrema de su historia. La instrumentalización política no prueba que esa fe fuese fingida, como tampoco su autenticidad demuestra las intervenciones que se le atribuyeron.

Tras la muerte de Franco, el 9 de diciembre de 1975 su viuda doña Carmen Polo entregó la reliquia al cardenal primado don Marcelo González Martín, que el 21 de enero de 1976 la restituyó a las Carmelitas Descalzas de Ronda, a las que regresaba tras casi cuarenta años.

Entonces, ¿fue un milagro de dos mujeres?

Ésta es la pregunta menos histórica. El historiador puede demostrar que Mangada estuvo en condiciones de amenazar Ávila y no entró en ella; que la ciudad tenía en aquellas primeras horas una defensa precaria; que antes de terminar el mismo año 1936 un periódico francés titulaba ya el episodio de una misteriosa anciana como «El último milagro de Santa Teresa de Ávila» y que El Diario de Ávila lo reprodujo inmediatamente; y puede documentar que el recuerdo seguía vivo en la tradición oral medio siglo después. Lo que el historiador no puede demostrar es que aquella anciana fuese Santa Teresa, o la la Santísima Virgen bajo apariencia humana. Tampoco puede demostrar que no lo fuera. Sencillamente, ésas no son proposiciones susceptibles de resolverse con un parte de operaciones.

La fe no lo declara milagro: la Iglesia ha sido siempre mucho más cauta de lo que a veces lo son los devotos. Entre creer que Dios gobierna la historia y exigir que cada episodio providencial venga acompañado de una suspensión comprobable de las leyes naturales media una distancia considerable. La palabra más exacta es tradición. Ante unas circunstancias objetivamente peligrosas y una decisión militar que evitó a Ávila algo que podía haber sido terrible, surgió un relato religioso para explicar aquella inesperada preservación, señalando dos nombres: Teresa y Sonsoles. No parece demasiado extraño. Ávila no necesitaba buscar muy lejos a sus protectoras: dentro de las murallas estaba Teresa; a las afueras, junto a los campos por donde llegaban desde siglos atrás labradores, pastores y gentes del Valle Amblés, estaba Sonsoles. En el urbano y apretado caserío, Teresa de Ahumada era la hija de la ciudad; la Señora de Sonsoles, su Madre, siempre a la intemperie, entre caminos, campesinos y bestias de labor. Y el recuerdo terminó imaginando que, cuando los hombres armados preguntaron cómo se conquistaba Ávila, salió a recibirlos sobre una mula una mujer, añosa como aquella ciudad, y les aconsejó que se marcharan. Nada de ejércitos celestiales ni espadas flamígeras, ni siquiera una gran señora: una vieja de pueblo que sabía más de lo que parecía.

Teresa habría sonreído ante semejante método. La Virgen de Sonsoles también.

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Fuentes principales consultadas: Léo Gerville-Réache, «Le dernier miracle de sainte Thérèse d’Avila», Le Matin, núm. 19.272, 25-XII-1936; El Diario de Ávila, 28-XII-1936 y 7-V-1939; María Cátedra, «La ciudad y su tierra: la Virgen de Sonsoles», Revista de Antropología Social, 10 (2001), pp. 71-121; José Belmonte Díaz, Ávila en la Guerra Civil; Nicolas Mollard, «Thérèse d’Avila au service du renouveau de l’Église catholique, puis du nationalisme espagnol (1882-1962)», Slavica Occitania, 61 (2025), pp. 99-116; Giuliana Di Febo, La Santa de la Raza. Teresa de Ávila, un culto barroco en la España franquista (1937-1962), Barcelona, Icaria, 1988; José María Muñoz Sánchez, Santa Teresa de Jesús, síntesis de su vida, sus patronazgos, Ávila, 1961; Gonzalo Huesa Lope, La mano de Santa Teresa de Jesús; documentación teresiana sobre las reliquias de la Santa; documentación de la Diócesis de Ávila sobre José Máximo Moro Briz y compañeros mártires; y hemeroteca abulense de julio-agosto de 1936; Antonio Pirala, «La historia de la mujer Jimena Blázquez. Heroica defensora de Ávila», Álbum de señoritas y Correo de la moda, 31-I-1859, pp. 25-26.

miércoles, 14 de octubre de 2026

La esencia del cristianismo y la coherencia institucional. Por Guillermo Juan Morado

(La Puerta de Damasco) En ocasiones, lo que puede parecer más teórico resulta lo más práctico. Hay que buscar el ser tras el obrar, sin separar ambas dimensiones, sin disociar la “teología” de la “economía”, la “doctrina” de la “pastoral”.

Respondiendo a la pregunta sobre la esencia del cristianismo, sobre qué es lo propiamente cristiano, Romano Guardini escribe: “no hay ninguna determinación abstracta de esta esencia. No hay ninguna doctrina, ninguna estructura fundamental de valores éticos, ninguna actitud religiosa ni ningún orden vital que pueda separarse de la persona de Cristo y del que, después, pueda decirse que es cristiano. Lo cristiano es él mismo, lo que a través de él llega al hombre y la relación que a través de él puede mantener el hombre con Dios”. La persona de Jesucristo, en su unicidad histórica y en su gloria eterna, es la categoría que determina el ser, el obrar y la doctrina de lo cristiano.

Es preciso no olvidar esta esencia – “lo esencial es el esencial”, dirá J. Ratzinger- para, en consecuencia, no confundirse acerca de la razón de ser de la Iglesia; de su finalidad misionera: “la Iglesia ora y trabaja al mismo tiempo para que la totalidad del mundo se transforme en Pueblo de Dios, Cuerpo del Señor y Templo del Espíritu y para que en Cristo, Cabeza de todos, se dé todo honor y toda gloria al Creador y Padre de todos” (LG 17). Juan Pablo II decía, muy bellamente, que “la Iglesia es el canal a través del cual pasa y se difunde la ola de gracia que fluye del Corazón traspasado del Redentor". Es eso, esencialmente, y no otra cosa.

La coherencia, la concordancia, la consistencia entre lo que somos y lo que debemos ser nunca suele ser perfecta. Los cristianos comenzamos el principal acto de culto a Dios, la Santa Misa, pidiendo perdón por nuestros pecados. Pero, más allá de la coherencia personal, siempre deseable y casi siempre imperfecta, está lo que podríamos denominar la “coherencia institucional”.

Cualquier programa, cualquier proyecto, que emane de una institución de la Iglesia ha de estar en armonía con Jesucristo – en él radica la esencia del cristianismo – y con la finalidad misionera de la Iglesia. Es un criterio, este acuerdo, del que no cabe dispensarse. Y, a veces, parece que este criterio es pospuesto en favor de otros, rebajando lo esencial y dando primacía a lo aparentemente ventajoso o funcional. Se pierde así credibilidad y, a medio y largo plazo, también relevancia.

Pongamos algún ejemplo: ¿Tiene sentido alquilar un espacio, un local, que pertenece a una congregación religiosa, a un espectáculo centrado en el espiritismo? Todo parece indicar que no. El “Catecismo de la Iglesia Católica” dice en el número 2116: “Todas las formas de ‘adivinación’ deben rechazarse: el recurso a Satán o a los demonios, la evocación de los muertos, y otras prácticas que equivocadamente se supone ‘desvelan’ el porvenir”. Y, en el número 2117, añade: “El ‘espiritismo’ implica con frecuencia prácticas adivinatorias o mágicas. Por eso la Iglesia advierte a los fieles que se guarden de él”. La superstición, la idolatría, la adivinación y la magia, la irreligión, etc. se oponen al primer mandamiento de la ley de Dios y a la virtud de la religión.

Tampoco parece muy coherente, desde el punto de vista institucional, que una parroquia católica ofrezca, entre sus actividades, cursos de yoga. El yoga no es solo un ejercicio físico. En una “Carta a los obispos de la Iglesia Católica sobre algunos aspectos de la meditación cristiana”, la Congregación para la Doctrina de la Fe advierte que las propuestas “de armonización entre meditación cristiana y técnicas orientales deberán ser continuamente examinadas con un cuidadoso discernimiento de contenidos y de métodos, para evitar la caída en un pernicioso sincretismo”.

Por su parte, un documento del Consejo Pontificio de la Cultura y del Consejo Pontificio para el diálogo interreligioso titulado “Jesucristo portador del agua de la vida. Una reflexión cristiana sobre la ‘Nueva Era’” recuerda que “muchas prácticas de la ‘Nueva Era’ no plantean problemas doctrinales a quienes las realizan; pero, al mismo tiempo, es innegable que estas prácticas, aunque solo sea indirectamente, comunican una mentalidad que puede influir en el pensamiento e inspirar una visión particular de la realidad”.

No olvidemos lo esencial. Ni confundamos la finalidad para la cual Jesucristo quiso que existiese la Iglesia. A eso me refiero al hablar de “coherencia institucional”.

La evolución de León XIV sigue el curso previsto

El doctor Luigi Carbone y el profesor Stefano Margaritora comunican lo siguiente sobre la evolución postoperatoria del Papa:

Esta mañana, el Santo Padre se ha sometido a los análisis de sangre y a la radiografía de tórax previstos tras la intervención. 

Los resultados confirman una evolución postoperatoria normal: los valores se encuentran dentro de los parámetros esperados para el tipo de intervención realizada.

El Santo Padre ha realizado ejercicios de fisioterapia respiratoria y ha comenzado a caminar por la habitación. También ha retomado una alimentación normal, tras desayunar y almorzar.

La evolución sigue el curso previsto.

martes, 13 de octubre de 2026

El Papa en el Gemelli: La intervención ha concluido con éxito

(Vatican News) La Oficina de Prensa de la Santa Sede ha comunicado que “la intervención ha concluido con éxito, dentro de los plazos y según lo previsto, y el Santo Padre ha regresado a su habitación”. Y en el boletín los médicos informan que “se le extirpó el lóbulo inferior del pulmón derecho mediante una técnica video asistida”.

«La intervención ha concluido con éxito, en el plazo y de la forma previstos». Así lo ha comunicado la Sala de Prensa de la Santa Sede a través de su canal de Telegram en relación con la operación a la que se ha sometido el Pontífice esta tarde, 13 de octubre, en el Policlínico Gemelli para extirpar un «nódulo localizado en el pulmón»

«El Santo Padre ha regresado a su habitación», precisa además la Sala de Prensa, y añade que «se facilitará más información en breve».
Comunicado de la Sala de Prensa de la Santa Sede

Posteriormente un comunicado de la Sala de Prensa, señala que los médicos Luigi Carbone y Stefano Margaritora informan lo siguiente en relación con la intervención quirúrgica:

"El Santo Padre se ha sometido, tal y como estaba previsto, a una intervención de cirugía torácica.

Para que la intervención fuera radical, se le extirpó el lóbulo inferior del pulmón derecho mediante una técnica video asistida. El examen histológico in situ ha confirmado el diagnóstico de adenocarcinoma pulmonar, tal y como se sospechaba a partir de los exámenes preoperatorios.

El Santo Padre permaneció en el quirófano unas tres horas; la duración de la intervención fue de unos 90 minutos. La intervención ha sido un éxito y no se han producido complicaciones.

Tras la intervención, el Papa se despertó sin problemas y, tras un breve periodo de observación, regresó a su habitación en la décima planta.

El equipo quirúrgico estuvo dirigido por el profesor Stefano Margaritora, con la colaboración de la profesora Elisa Meacci, la doctora María Teresa Congedo y el doctor Leonardo Petracca Caravella.

El equipo de anestesiología estuvo compuesto por el profesor Massimo Antonelli, el doctor Giovanni Punzo y el doctor Giuseppe Bello".

Oramos por el Santo Padre


Oremus pro Pontifice nostro

LEÓNE
Dominus conservet eum, et vivificet eum
et beatum faciat eum in terra,
et non tradat eum in animam inimicorum eius.

Deus, omnium fidelium pastor et rector,
famulum tuum Leonem,
quem pastorem Ecclesiae tuae praeesse voluisti,
propitius respice:
da ei, quaesumus, verbo et exemplo,
quibus praeest, proficere:
ut ad vitam, una cum grege sibi credito,
perveniat sempiternam.
Per Christum, Dominum nostrum.
Amen.

* * *

Oh, Dios,
que por designio de tu providencia
quisiste edificar tu Iglesia sobre el bienaventurado Pedro,
príncipe de los apóstoles,
mira con amor a nuestro papa León
y tú, que lo has constituido sucesor de Pedro,
concédele la gracia
de ser principio y fundamento visible
de la unidad de fe y de comunión de tu pueblo.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

* * *

Oh, Dios,
pastor y guía de todos los fieles,
mira con bondad a tu siervo León,
a quien pusiste al frente de tu Iglesia como pastor;
concédele que su palabra y su ejemplo
aprovechen al pueblo que preside,
para que llegue a la vida eterna
junto con el rebaño que le ha sido confiado.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

* * *

Oh, Dios,
que para suceder al apóstol Pedro
elegiste a tu siervo León para que fuese pastor de todo el rebaño,
escucha la plegaria de tu pueblo
y concede, al que hace las veces de Cristo en la tierra,
confirmar a sus hermanos
y que toda la Iglesia se mantenga en comunión con él
por el vínculo de la unidad, del amor y de la paz,
hasta que todos encuentren en ti, Pastor de los hombres,
la verdad y la vida eterna.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

lunes, 12 de octubre de 2026

María, Pilar de Nuestra Fe. Por Joaquín Manuel Serrano Vila


Hoy nos reunimos con el corazón lleno de alegría y devoción para celebrar a Nuestra Señora del Pilar, una fiesta que toca lo más profundo de nuestras raíces cristianas y que nos invita a mirar a María, no sólo como nuestra Madre Celestial, sino como el fundamento seguro que sostiene nuestro caminar. La tradición nos regala una imagen preciosa y única: la Virgen Santísima se le aparece al Apóstol Santiago en Zaragoza a orillas del Ebro para infundirle ánimo. Santiago se encontraba cansado, tal vez desanimado al ver que sus esfuerzos por evangelizar no daban los frutos esperados: ¿Quién de nosotros no se ha sentido así alguna vez; quién no ha experimentado el peso del cansancio, de la duda, o la sensación de que remamos contracorriente en medio de las dificultades de la vida?... En ese momento de debilidad, María no viene a exigirle más, sino a traerle consuelo. Y le deja un signo visible: una columna, un pilar de piedra.

 El Pilar: Símbolo de Firmeza y Constancia

El pilar que sostiene a la pequeña imagen de la Virgen no es un simple adorno; es un símbolo cargado de significado teológico y vital. Un pilar sirve para sostener un edificio, para evitar que se derrumbe ante el viento o los terremotos. En nuestra vida espiritual, María es ese pilar que nos une a Cristo. Ella no es el centro; el centro es su Hijo Jesús. Pero ella nos sostiene y nos conduce a Él. Cuando las tormentas de la enfermedad, las crisis familiares, los problemas económicos o las crisis de fe sacuden nuestra casa, la devoción a la Virgen del Pilar nos recuerda que no estamos solos. Nuestra fe tiene un fundamento sólido.

 "Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen"

El Evangelio de hoy nos presenta a una mujer que alaba a María por haber sido la madre de Jesús. Sin embargo, Jesús eleva la mirada y dice: «Dichosos más bien los que escuchan la palabra de Dios y la guardan». Jesús no está desmereciendo a su Madre. Al contrario, la está elogiando en lo más profundo. María es dichosa, no sólo por haber llevado a Jesús en su vientre, sino porque toda su vida fue un "Sí" constante a la voluntad de Dios. Ella escuchó la Palabra, la meditó en su corazón y la hizo vida. Ser devotos de la Virgen del Pilar no consiste solo en rezarle o admirar su imagen; consiste en imitar su obediencia y su confianza absoluta en Dios, incluso cuando no entendemos los planes del Señor.

Una Fe que se Comparte

Santiago recibió el pilar para fortalecer su misión evangelizadora. La Virgen le dio fuerzas para seguir anunciando la Buena Noticia. Esto nos recuerda que nuestra fe no puede ser privada ni pasiva. Una fe sostenida en el pilar de María es una fe misionera, valiente y comprometida. Hoy estamos llamados a ser, como María, pilares para los demás. Seamos el apoyo del hermano que sufre, del anciano que está solo, del joven que busca sentido a su vida. Seamos columnas de esperanza en un mundo que muchas veces parece desmoronarse por falta de amor y de paz.

Al acercarnos hoy a la mesa de la Eucaristía, pidámosle al Señor, por intercesión de Nuestra Señora del Pilar, que renueve nuestras fuerzas: Madre del Pilar, alcánzanos de tu Hijo una fe inquebrantable, una esperanza firme y un amor generoso. Que cuando vacilen nuestros pasos, miremos tu columna y recordemos que tu amor maternal nos sostiene ahora y siempre. Amén.