miércoles, 22 de abril de 2026

 

Homilía de monseñor Piero Pioppo, Nuncio Apostólico en España con ocasión de la celebración del 575 aniversario del nacimiento de Isabel la Católica

Queridos hermanos todos, en Cristo resucitado y salvador.

Agradezco al señor obispo, al señor obispo emérito, al señor cura párroco, a todos los sacerdotes que celebran esta acción de gracias, como al ilustrísimo señor alcalde de Madrigal de las Altas Torres, a los señores alcaldes, a todas las autoridades, los presidentes, los concejales, que ennoblecen con su apreciado servicio esta comunidad de Castilla, de Castilla y León, y a todos ustedes también. Gracias, gracias de todo corazón.

Puedo decirlo: gracias a todos ustedes por la amable invitación a unirme en acción de gracias a Dios por la reina Isabel, en el lugar de su cuna. A todos ustedes, el saludo del Santo Padre y su bendición. Gracias.

El Santo Padre León, a quien tengo la dicha y el honor de representarle, bien que indignamente, en España.

La presente celebración del 575 aniversario del nacimiento de la sierva de Dios, Isabel la Católica, concurre y se desarrolla en el corazón de la cincuentena pascual. Un tiempo de gracia. Un tiempo en el que la Iglesia no cesa de repetir con gozo el anuncio fundante y central de su fe y, por consiguiente, de su vida a lo largo de todos los siglos.

El anuncio es este: Cristo ha resucitado.

Es este el anuncio que, llenos de gozo, como venimos de escuchar en la primera lectura, Pablo y Felipe repetían por las ciudades de Judea y de Samaria, y que los creyentes en Cristo han repetido con la palabra, pero por sobre todo con el ejemplo de su vida a lo largo de la historia, también de la historia tan noble e insigne de nuestra nación.

Este precisamente es el caso de la reina Isabel, que desde esta su cuna natal, por misteriosos designios de la providencia, supo ponerse al servicio del Señor y de la Santa Iglesia, nuestra Madre, y con su vida, palabras, decisiones y acciones, permitir a Cristo resucitado pasar beneficiando y sanando a tanta humanidad en Castilla, en España y en el Nuevo Mundo, infundiendo esperanza, dando fuerza y constancia, llenando de alegría y de esperanza los corazones de todos.

¿No por acaso el recordado Papa Francisco --ya lo recordó don Jesús, nuestro obispo-- subrayaba la actuación de Isabel como levantadora de la dignidad humana y capaz de presentar, de cara a la condición humana esclava del pecado y de tantas miserias? Cito al Papa Francisco, del que ayer hemos celebrado el primer aniversario --recordándolo con afecto y con amor-- de su piadoso tránsito. Papa Francisco decía: la reina Isabel supo presentar soluciones valientes, innovadoras y firmes, reivindicando los derechos fundamentales de los hombres y mujeres de su tiempo, por supuesto, de forma proactiva e integral. El Papa Francisco, que en paz descansa, concluía: un paso de gigante.

Y bien, la tarde del Jueves Santo, el día 22 de abril del año 1451, la sierva de Dios, Isabel la Católica, nacía en este histórico municipio. Es un hecho que, en las horas de su feliz alumbramiento, la Iglesia se centraba en el inicio del triduo pascual. La celebración de la misa --in cena Domini, se dice en latín-- la misa en la cena, que recuerda y repropone la cena del Señor, la Eucaristía. El amor hasta el extremo de Cristo, la cercanía y la intimidad de Juan, el discípulo amado, la institución de la Eucaristía y del sacerdocio, el lavatorio de los pies, clave de interpretación del servicio, de todo poder y de caridad. Esos son todos los acentos de la tarde en que Isabel nació, y que así, creemos, por designios de la misericordia de Dios, jalonan toda su preciosa vida.

Aquí además, en esta misma iglesia de San Nicolás de Bari, se halla la pila de su bautismo, sacramento que, conforme a la costumbre cristiana, ella recibió en los primeros días, en los días inmediatos, los cuales coincidieron con estos mismos días de Pascua que alegres nosotros hoy día celebramos.

La celebración del acontecimiento pascual, en el que nos introduce el bautismo y la Eucaristía, nos centra en el acontecimiento sustancial de nuestra santa fe. Cristo ha resucitado y vive. Vive para siempre. Él, sin mérito de nuestra parte, sino porque nos ama hasta el extremo, cargó con nuestros pecados y nuestros sufrimientos. Nos reconcilió con el Padre, sanó nuestras heridas.

Es lo que en cada instante, pero especialmente en este tiempo pascual, los cristianos estamos celebrando, en el antiguo como en el nuevo y en el novísimo mundo. Cristo, como entonces, pasa. Eso es el significado de Pascua. Cristo pasa, ahora también, haciendo el bien, curando dolencias de los hombres y mujeres de todo tiempo.

Cristo es digno de fe y de adoración. No se trata solamente de un hombre bueno, admirable, un gran maestro y profesor que enseñó una ética exquisita de perfección humana. Se trata, como Isabel creyó firmemente, del Hijo de Dios, que nos salva, que nos reviste de una fuerza transformadora, que nos hace renacer a una vida nueva y que renueva también el mundo, la sociedad, las naciones, hermanos y hermanas.

martes, 21 de abril de 2026

Se cumple un año de la muerte del Papa Francisco

 

El Papa Francisco falleció el 21 de abril de 2025 a los 88 años de edad en su residencia de la Casa Santa Marta. Su última aparición pública fue el Domingo de Resurrección de 2025, donde saludó a los fieles desde el balcón de la Basílica de San Pedro, visiblemente fatigado pero presente para la bendición Urbi et Orbi. Oramos por su eterno descanso en el aniversario de su fallecimiento.

Notificación del deceso por parte de la Conferencia Episcopal:

Ha fallecido el papa Francisco

Testamento del Papa Francisco:

Testamento 

Rueda de Prensa en el Arzobispado de Oviedo:

Arzobispado de Oviedo

Notificación sobre los Funerales:

Notificación sobre el Funeral del Sumo Pontífice

Homilía del Arzobispo de Oviedo en el Funeral diocesano por el Papa:

 Homilía del Sr. Arzobispo 

Artículo de nuestro Párroco sobre el Papa Francisco:

 Las enseñanzas a seguir del Papa Francisco, o lo que predicaba Don Ángel Garralda. Por Joaquín Manuel Serrano Vila

Artículo publicado en nuestro Blog sobre el Papa:

 El Papa Francisco y los Mártires de Asturias y de toda España. Gracias por estos 1.129 nuevos testigos de la fe. Por R. H. M.

Gänswein aclara la renuncia de Benedicto XVI y la relación con Francisco: «Había un solo Papa»

(Infovaticana) El arzobispo Georg Gänswein, durante años secretario personal de Benedicto XVI y hoy nuncio en Lituania, ha ofrecido un testimonio de primera mano sobre uno de los periodos más delicados y singulares de la Iglesia reciente, desmontando interpretaciones sobre la renuncia de Ratzinger y arrojando luz sobre la relación entre el Papa emérito y Francisco.

“Había un solo Papa”: la clave de una convivencia inédita

La imagen de dos figuras vestidas de blanco dentro del Vaticano marcó una etapa sin precedentes en la historia moderna de la Iglesia. Sin embargo, Gänswein insiste en que esa percepción visual no debe inducir a error. “Aquí hay que distinguir bien. Había un solo Papa. El otro era llamado Papa, pero en realidad era el Papa emérito”, explica.

Benedicto XVI, consciente de la novedad de la situación, introdujo gestos concretos para subrayar esa diferencia: abandonó ciertos elementos del atuendo pontificio y modificó detalles visibles. Aun así, la coexistencia de ambos dentro del mismo espacio —el Vaticano— supuso una realidad inédita que él mismo había querido definir como la presencia de un Papa emérito junto a un Papa reinante.

Una renuncia nacida de la conciencia, no de los escándalos

Sobre uno de los puntos más controvertidos —las razones de la renuncia de Benedicto XVI— Gänswein no deja margen a la ambigüedad. Frente a las hipótesis que vinculan su decisión con el escándalo de Vatileaks o con presiones internas, responde con rotundidad: “Todo eso no tuvo nada que ver”.

Lejos de teorías conspirativas, el ex secretario de Ratzinger describe un proceso interior marcado por la fe: “La renuncia fue fruto de una profunda reflexión, de una fuerte oración: el Papa planteó la cuestión a su conciencia y luego decidió”. Una decisión, en definitiva, que se gestó en el ámbito personal y espiritual, no en el terreno de las crisis vaticanas.

El primer gesto de Francisco: buscar a Benedicto

El momento de la elección de Jorge Mario Bergoglio quedó grabado en la memoria de Gänswein como una escena cargada de expectación. Tras la fumata blanca, el nombre del nuevo Papa “corría por la sala como un incendio”. Pero más significativo aún fue lo que ocurrió inmediatamente después.

Cuando Gänswein acudió a saludar al recién elegido, Francisco se adelantó: “Quisiera encontrarme con Benedicto. ¿Puede ayudarme?”. Ese deseo de encuentro marcó desde el inicio el tono de la relación entre ambos.

No fue sencillo establecer el contacto telefónico con Castel Gandolfo —donde todos seguían el anuncio por televisión—, pero finalmente se logró. Pocos días después, ambos se encontraron en un gesto que selló simbólicamente la transición.

Castel Gandolfo: respeto mutuo y un “peso” entregado

El 23 de marzo de 2013 tuvo lugar el primer encuentro entre Benedicto XVI y el nuevo Pontífice. Gänswein recuerda detalles reveladores: al entrar en la capilla, Ratzinger quiso ceder el paso a Francisco, pero este lo rechazó. Lo mismo ocurrió con el reclinatorio. Desde el primer momento, señala, se percibía que Francisco quería tratar a su predecesor “de un modo muy fraterno”.

Aquel día, además, Benedicto entregó a su sucesor la documentación sobre el caso Vatileaks. “Si había un peso en aquella historia, se puede decir que lo dejó atrás”, afirma Gänswein. El gesto cerraba una etapa marcada por tensiones internas.

Dos estilos distintos, una misma fe

Las diferencias entre Benedicto XVI y Francisco han sido objeto de múltiples interpretaciones. Gänswein no las niega, pero las sitúa en su contexto natural: “La biografía es la biografía… la formación, la experiencia de vida, todo es distinto”. Esa diversidad, lejos de ser problemática, “es una complementariedad… algo que enriquece”.

También rechaza la idea de que el Papa emérito se convirtiera en referente de un bloque opositor dentro de la Iglesia. A su juicio, se ha exagerado la existencia de tensiones organizadas en torno a su figura.

Silencios significativos y momentos delicados

En cuestiones sensibles, como las restricciones a la misa tradicional o determinadas declaraciones del Papa Francisco, Gänswein introduce matices sin romper la línea de discreción que caracterizó a Benedicto XVI.

Asegura que el Papa emérito “no comentó nunca” el motu proprio Traditionis custodes. Sin embargo, reconoce una reacción interior: “Cuando leímos el Osservatore Romano, el corazón de Benedicto se volvió pesado”. Una expresión que, sin ser una crítica explícita, deja entrever el impacto de la decisión.

Respecto a frases como “¿Quién soy yo para juzgar?”, Gänswein admite que resultan “cuanto menos sorprendentes en boca de un Papa”, aunque insiste en que nunca escuchó comentarios directos de Benedicto sobre estas cuestiones.

Una relación marcada por el respeto hasta el final

La muerte de Benedicto XVI ofreció la última imagen de esa relación. Gänswein fue quien avisó personalmente a Francisco, siguiendo instrucciones previas. El Papa acudió de inmediato al monasterio.

Allí, junto al cuerpo de su predecesor, Francisco “lo bendijo, se sentó a su lado, permaneció en silencio unos minutos y luego rezamos todos juntos”. Un gesto sobrio, pero elocuente, que resume años de convivencia marcada por diferencias evidentes, pero también por una relación de respeto.

lunes, 20 de abril de 2026

Se te quitan las ganas de discutir. Por Jorge González Guadalix

(De profesión cura) Las pocas que me quedan, porque me doy cuenta de que ni merece la pena. Salvo alguna rarísima excepción, ¿de qué vas a debatir con alguien cuyo único argumento es que hay que evolucionar y además te lo deja caer como si fuera la definitiva conclusión del sentido de la existencia humana? No saben qué significa evolucionar, ni tienen medio claro -soy optimista- a dónde llegar.

¿Evolucionar? ¿Desde dónde? ¿Hacia dónde? ¿Cómo? ¿Quién decide si se evoluciona en el sentido correcto? El último argumento es que hay que respetar y que cada uno sabrá. No merece la pena.

No te pierdas al que dice que no se puede ser conservador. Jodo. Y te lo suelta el mismo que acaba de quitarse el capirote de la semana santa.

O eso de que las normas son relativas a la vez que se pasa una tarde discutiendo sobre si la tarjeta roja a Pichichi fue según reglamento o no, o si definitivamente ponemos el acento en sólo cuando equivale a únicamente.

Ya saben eso de que hay que acabar con lo antiguo. Pues si, y que dinamiten las pirámides de Egipto, ya está bien de antiguallas. Mucho mejor aprovechar las piedras para construir casas para los pobres y levantar un buen centro comercial con mezquita adosada.

He sugerido a uno que todavía sigue con lo de vender el Vaticano -mira que hay gente cansina- que podíamos empezar vendiendo la iglesia de su pueblo, que algo nos darían, o convertir la ermita en residencia de inmigrantes.

No merece la pena.

Dialogar, debatir, razonar sin que la otra persona no esgrima más argumento que cuatro adjetivos sacados por sorteo del diccionario, de verdad que no vale la pena: conservador, carca, obsoleto, insolidario, fascista. Es agotador. Y como argumento que sostenga tales palabros el siempre socorrido, inútil y vacío “es mi opinión, cada cual sabrá y hay que respetar", eso sí, la Iglesia anticuada, los curas pederastas y usted mismo anclado en un pasado sin sentido. Leche para respetar.

No me molesto. Decía un agustino eminente en sabiduría, muy eminente, que hablar se puede hablar con cualquier persona culta, aunque las ideas sean contrapuestas. Uno al menos aprende de los razonamientos, la formación y la sabiduría del otro. Son discusiones que merecen mucho la pena.

Pues eso. ¿Y tus argumentos? Que hay que evolucionar. De acuerdo. Buen día.

Sesión inaugural de la 129ª Asamblea Plenaria de la CEE

 

domingo, 19 de abril de 2026

"Al partir el pan". Por Joaquín Manuel Serrano Vila

Nos congregamos como Comunidad en este Domingo III de Pascua. Hoy la liturgia nos invita a contemplar a un Dios que no se queda en la tumba, ni siquiera en un cielo distante, sino que se hace compañero de camino. En este día ponemos nuestra mirada en Emaús, un relato que es el espejo de nuestra propia fe. A veces caminamos tristes, sin reconocer que el Señor camina a nuestro lado...

En la primera lectura, vemos a un Pedro transformado por el Espíritu Santo. Aquél que negó a Jesús, ahora se pone de pie ante la multitud para proclamar el Kerygma, el anuncio fundamental de nuestra fe. Pedro recuerda que Jesús no fue sólo un hombre bueno, sino alguien "acreditado por Dios" mediante signos y prodigios. La clave del discurso es que "no era posible que la muerte lo retuviera bajo su dominio". Nuestra esperanza no se basa en una filosofía, sino en el hecho histórico y espiritual y testifical de muchos de que Dios rompió las ataduras de la muerte. San Pedro no habla de oídas; él y los once son testigos oculares. Esta lectura nos interpela: ¿Es nuestra vida hoy un testimonio creíble de que Jesús está vivo?

En la segunda lectura redescubrimos el precio de nuestra libertad. San Pedro nos recuerda en su carta la seriedad de nuestra vocación cristiana. Vivimos como "extranjeros" en este mundo, con la mirada puesta en la eternidad. Nuestra libertad no se compró con bienes materiales corruptibles, sino con la sangre preciosa de Cristo, el Cordero sin mancha. No es miedo al castigo, sino el asombro y respeto profundo ante un Padre que juzga sin favoritismos. Es el compromiso de no despreciar el sacrificio que Cristo hizo por nosotros.

El Evangelio de Lucas nos presenta una de las escenas más bellas y pedagógicas de toda la Escritura. Dos discípulos se alejan de Jerusalén —el lugar del fracaso y la cruz— hacia Emaús, que simboliza la vuelta a la rutina y la desilusión. Jesús se acerca, pero "sus ojos estaban retenidos". La tristeza y las expectativas políticas frustradas les impedían ver la realidad de la Resurrección. Jesús realiza con ellos la primera "misa" fuera del Cenáculo; una muestra de que necesitamos vivir de la liturgia para seguir con nuestro camino. Jesús les explica las Escrituras, haciendo que sus corazones comiencen a arder; esto es la liturgia de la Palabra. Al llegar a la mesa, Jesús toma el pan, lo bendice, lo parte y se lo da. Es en la fracción del pan donde finalmente lo reconocen. Ahí tenemos la liturgia eucarística. Y, ¿qué ocurre cuando termina la cena? Interrumpen la huida, vuelven a la comunidad alegres y sin miedos aunque ya fuera de noche. Una vez que encuentran al Resucitado, ya no pueden seguir huyendo. Regresan inmediatamente a Jerusalén para compartir esa alegría con los demás. El encuentro con Cristo siempre nos devuelve a la misión y a la Iglesia.

También hoy, Jesús se nos hace el encontradizo en nuestras propias tristezas. Nos sale al paso de nuestra peregrinación. Nos habla en las Escrituras, se parte y reparte en el pan y se nos entrega en el altar... Gracias Señor por ser alimento en el camino, y perdona por tantas veces que no somos capaces de reconocerte. Qué buen tiempo este de Pascua para cambiar, pues a veces nuestro ego nos impide reconocer al Señor porque no pocas veces le tenemos por enemigo o contrincante. En cuántas ocasiones Jesús pasa a nuestro lado en personas muy concretas de las que desconfiamos, a las que crucificamos con nuestras palabras, críticas, juicios y calumnias... Es curioso, ante la situación de nuestro mundo en guerra parece que todos opinamos igual: "no a la guerra, sí a la Paz". Pero luego en nuestra vida no somos constructores de paz: con nuestras palabras, con nuestros gestos, con nuestras miradas... Si todos pusiéramos nuestro granito de arena, nuestro mundo sería un poco mejor... Pidamos al Señor, como los discípulos: "Quédate con nosotros, porque atardece". Que su presencia ilumine nuestras oscuridades y nos convierta en testigos valientes de su Resurrección. Amén.