La vida del sacerdote Don José Rivera Ramírez, estuvo marcado por muchos matices que vivió de forma ejemplar. Uno de estos fue la lucha contra el maligno, que no le dejó en paz en vida ni parece que se haya rendido aún ya muerto. Es esto algo a reflexionar; lo que le preocupa al príncipe de las tinieblas es que haya santos y, en especial, sacerdotes de la fuerza de atracción espiritual de nuestro Venerable. Ya en vida no le faltaron a Don José sacerdotes, religiosas y laicos que le querían y le tenían por padre espiritual, confesor, amigo, modelo y referente. Pero tampoco le faltaron detractores, perseguidores y enemigos; personas que a menudo desde el desconocimiento fueron instrumento del mal para intentar acabar con la obra espiritual de Don José.
Fueron tales las oleadas de ataques furibundos contra este sacerdote, que no era ni siquiera párroco ni ostentaba cargo distinguido en la diócesis, que su vida ministerial los últimos años se limitó a la dirección espiritual, la confesión, la vida de oración, la penitencia, el estudio, los ejercicios espirituales y los retiros. Y aún así, esa figura de maestro de oración y discernimiento ponía de los nervios a no pocos. Se le acusó de loco, ególatra, de hacer negocio con las limosnas que pedía para sus obras de caridad, etc. Hasta se le llamó la atención en más de una ocasión por diferentes denuncias que al Arzobispado llegaban contra él. Tal es así, que llegó a estar tan cuestionado que hasta se tomaron medidas con él, como por ejemplo la prohibición explícita de no pedir limosnas. Los ataques y calumnias cambiaban, pero el fin último era silenciar y poner fin a las peregrinaciones de almas a él acudían. Don José, tras llevarlo a la oración y reflexionar lo profundamente, pide al Arzobispado permiso para abandonar la diócesis y ser enviado a otra donde no le conocieran ni hiciera "ruido", o incluso a "misiones". Gracias a Dios, Don Marcelo no se lo permitió.
La casa familiar, edificio señorial toledano, fue también una cruz en la vida de Don José, que le ayudó a vivir crucificado. No es que tuviera malos recuerdos de su casa paterna, o que fuera un símbolo de un lugar poco cristiano; en absoluto, fue ese hogar de la calle Santa Isabel 2 un verdadero hospital de campaña, que diría el Papa Francisco. No sólo por que el padre de Don José que era médico tuviera allí su clínica, sino porque todo el que llamaba a esa puerta o acudía a ese lugar pidiendo ayuda era acogido como al mismo Señor. La fama de caritativo de su padre y de mujer de piedad de su madre, marcó aquel lugar. No pocos sacerdotes y religiosos frecuentaban aquella casa, y no eran clérigos amigos de tertulias de café y comidas enjundiosas, sino hombres de Dios, padres de espíritu y modelos de caridad, que encendieron los corazones de aquella familia. Por citar algunos, el recordado Don Eusebio Ortega, Don Sabino Catalán Fraguas o el Beato Pedro Ruiz de los Paños, de cuyo martirio el padre de Don José Rivera fue testigo de algún modo, al ser el último en verle con vida. El hermano mayor de nuestro Venerable, Don Antonio Rivera, será el renombrado ''Ángel del Alcázar'', apóstol de la acción católica que murió a consecuencia de las heridas sufridas en 1936 en los hechos vividos junto a los sublevados. Nunca empuñó un arma, sólo llevó un evangelio y un cilicio, y predicó la paz, la misericordia y el amor en medio de aquella guerra que empezaba. De los cuatro hijos de José Rivera Lema y Carmen Ramírez Grisolía, de las dos hermanas, Carmelina, que profesará como religiosa de clausura, y Ana María, será ésta la que cuide de su hermano sacerdote toda su vida. Por tanto, no hablamos para nada de una casa donde hubiera pecado. Sin embargo, Don José soñaba con vivir la pobreza radical, y hasta logró buscarse una casita pobre y pequeñísima con apenas una habitación, un baño y un espacio para el oratorio. Un sacerdote al que le preocupaba aquel experimento, informó al Cardenal-Arzobispo Don Marcelo, quien le prohibió taxativamente dejar su casa de siempre. De ahí esa frase que el venerable decía con humor cuando alguien le sacaba el tema: ''soy todo lo pobre que me dejan ser''. Él se había ordenado a título patrimonial; de una forma clara aquel edificio estaba muy ligado a su ministerio, pero aquello eran rescoldos del pasado, él quería ser un sacerdote diocesano en plena obediencia a su Obispo. Y la obediencia le impidió dejar su hogar, primero siendo coadjutor de Santo Tomé, y después en los años de atención espiritual a tantas almas, con sus cargos en el Seminario de San Ildefonso y del de vocaciones tardías, Santa Leocadia, promovido por él.
El demonio le había acosado ya de niño; fue rebelde en todos los sentidos, incluido para la vida espiritual. Le hizo sufrir como preadolescente por su rechazo a asistir a la santa misa, algo que se vivió con dolor entre los suyos. El pequeño José vivió dudas, crisis y, en otras épocas, escrúpulos; más su hermana Carmelina sería uno de sus ángeles de la guarda que le ayudaría a regresar al buen camino. Se alimenta de buena literatura espiritual, de la mística y la poesía religiosa, hasta tal punto que siendo aún adolescente ya conocía al detalle a Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz y las obras espirituales de otros santos españoles del Siglo de Oro, como San Juan de Ávila. Así termina en la Universidad Complutense de Madrid estudiando literatura, hasta que cae en la cuenta de que el Señor verdaderamente le llama al sacerdocio. Hay muchos buenos pastores que marcarán en su vida: el P. Nieto, el P. Aldama, D. Manuel Aparici, D. Amado el párroco de Santa Leocadia, D. Anastasio Granados... Hasta fue compañero de curso de Monseñor Gabino Díaz Merchán, quien testificó en el proceso diocesano de su Causa de Beatificación. El demonio también tiene sus astucias para poner trabas en el camino de la santidad de las personas, y esto lo vivió Rivera ya en su piadosa juventud. La exigencia que se puso a sí mismo casi le destruye, como le pasó a tantos santos cuando se pusieron manos a la obra para dejar las cosas del mundo y centrarse sólo en Dios. Tristemente, hay que reconocer que se ha acuñado el concepto de espiritualidad riveriana como algo peyorativo, excesivamente radical y desmedido en la vivencia de la piedad. ¡Nada más lejos de la realidad! Una característica de Don José es la dulzura, la flexibilidad, la propuesta antes que la imposición... A él casi le destruye la vivencia desmedida, ciega y extrema de la obediencia, y esto le obligó a parar en su camino de santidad, sanarse y retomar esta obligación con más sosiego y normalidad, pues le afectó mucho psicológicamente. Desde 1966 hasta 1968 deja Salamanca y se retira en una casa de los Hermanos de San Juan de Dios para reponerse espiritualmente de su agotamiento psicológico, fruto de las exigencias que a sí mismo se imponía.
Jugó un papel fundamental en la nueva orientación que Don Marcelo dio al Seminario de San Ildefonso tras su pastoral ''Un Seminario nuevo y libre''. El amor de Don Marcelo a la Hermandad Sacerdotal de Operarios Diocesanos fue palpable, pues nunca quiso prescindir de ellos ni retirarles la dirección del Seminario. Sin embargo, era consciente de que era una empresa muy grande la que les pedía, y una figura clave, en especial en el nuevo ambiente espiritual que asumirá el Seminario, será la figura de Don José Rivera, que el Arzobispo reclama para este fin en 1975. Hay quienes apuntan que gran parte del cambio, del éxito de la dirección tomada por Don Marcelo en el seminario toledano fue el haber reclamado el retorno de Rivera a Toledo, el cual atesoraba a sus espaldas 18 años de director espiritual primero en Salamanca, en el colegio de Santiago (después llamado de El Salvador) y luego en el colegio "Hispano", llamado luego de Guadalupe. Cuando Don José es reclamado por Don Marcelo estaba de director espiritual en el seminario diocesano de palentino, donde llevaba desde 1970. No faltaron críticas a aquella decisión del Arzobispo; el maligno estaba muy feliz viendo el seminario toledano casi vacío, y el retorno de Rivera a la Ciudad Imperial aceleró el cambio de las tornas, y que un edificio casi vacío se quedara pequeño...
Los últimos meses de vida de Don José estuvieron marcados por la cruz, el silencio, la inactividad forzada (parecía que el demonio -no faltó éste tratando de salirse con la suya- había triunfado incluso en la enfermedad y en últimos días de vida de Rivera). El infarto que sufrió el 13 de marzo de 1991 a sus 65 años de edad, fue el comienzo del fin. Ingresado en el hospital de Nuestra Señora de la Salud de Toledo, el demonio le quitaba todo sosiego. En su cabeza muchas preocupaciones: las deudas que tenía, sus documentos que no había destruido, pero lo que más le angustiaba era verse a las puertas de la muerte y estar tan lejos de la santidad. Sufrió mucho, aunque la primera visita de Don Demetrio Fernández -entonces Rector del Seminario de Santa Leocadia- le dio bastante paz, pues le aseguró que diera sus deudas por saldadas y, respecto a su angustia de que Dios no le podía llevar sin haber hecho su obra en él, Don Demetrio le respondió con una frase suya: “Dios le puede conceder esa santidad, tanto tiempo esperada, en un instante”. Su muerte no supuso que el maligno claudicara en su labor contra este hombre de Dios, aunque hubo personas que reaccionaron a su muerte reconocieron que habían sido injustos, que le habían impuesto sufrimientos innecesarios y que se habían equivocado en sus juicios.
La reacción de la ciudad y la Diócesis fue histórica, especialmente la reacción de los pobres y de sus queridos gitanos, que portaron su féretro. Ya siendo seminarista frecuentaba con su madre las cuevas del río; los pobres fueron siempre su pasión principal. Inolvidable aquella pintada en una pared el día de su funeral: ''San José Rivera, el santo de los gitanos''. Ya en la misa funeral se pidió la apertura de la Causa llegado el momento, beatificación que puso en marcha el arzobispo de Toledo Don Francisco Álvarez Martínez el 21 de noviembre de 1998, siendo clausurada dicha fase diocesana el 21 de octubre del 2000. El 30 de septiembre de 2015 José Rivera fue declarado Venerable por la Iglesia Católica. Su cuerpo, como él había pedido, se donó a la Facultad de Medicina de Madrid. Ese sentido de despojamiento total lo cumplió hasta en eso. La fama de santidad llegó a la Facultad de Medicina, hasta el punto que nunca se atrevieron a tocarlo. Enterados de esto en la Diócesis, el Cardenal-Arzobispo Don Marcelo, solicitó su cuerpo. El 24 de marzo de 1994 recibió cristiana sepultura en la iglesia de San Bartolomé, en la capilla del Seminario Mayor Diocesano para Adultos de Santa Leocadia. Para algunos también el maligno hizo las suyas aquí, pues el templo al quedar sin culto regular se convirtió en una dificultad para los fieles poder acceder a su sepulcro.
Respecto a sus escritos él había pedido la destrucción de todos, salvando únicamente lo que pudiera ser de provecho. Don Marcelo vio la solución: ''como todo va ser de provecho, que no se destruya nada''. El príncipe de la mentira sigue queriendo hacer de las suyas, Don José sigue alejando muchas almas de sus garras, y eso no lo perdona...
Gracias Don José, por seguir siendo maestro de espíritu desde el cielo.






