martes, 29 de septiembre de 2026

Levántate, hija mayor. Por Fr. Benedict Kiely

Jairo, un oficial de la sinagoga de Jerusalén, pide a Jesús que vaya a su casa y sane a su hija, que está gravemente enferma. Según el Evangelio de san Marcos, Jesús se apresura hacia su casa, pero en el camino le dicen que ella ha muerto. Al llegar, el Señor, que ve lo que otros no pueden ver y sabe que se revelará la gloria de Dios, les dice que la niña no está muerta, sino dormida. Se ríen de Él; algunas traducciones dicen que «se burlaban».

El Señor entra en la habitación de la niña, le toma la mano y, en arameo, dice: «Talitha koumi – niña, levántate». Ella despierta de inmediato y se pone en pie.

Solo Cristo puede devolver la vida a los muertos, o revivir lo que parece estar muerto.

Durante siglos, tiranos como Napoleón, Hitler, Stalin o los seguidores de Mahoma han pretendido haber dado muerte a la Iglesia. Pero Ella siempre se ha levantado.

Al contemplar las escenas que vimos esta semana en Francia durante la visita del Papa León, es natural pensar tanto en aquellas palabras orgullosas de los tiranos y demagogos como en la historia de la hija de Jairo.

Francia, llamada durante siglos la «hija mayor de la Iglesia», lleva mucho tiempo dormida. Los horrores desatados en esa tierra con el regicidio del Rey y la Reina, y el terror de la Revolución de 1789, parecieron, en muchos sentidos, haber matado a la pequeña hija de la Iglesia. Los efectos ulteriores, podríamos decir, de la revolución y de la llamada Ilustración han creado una sociedad francesa —como gran parte de la sociedad europea— que es, en palabras del Papa León, «profundamente secularizada».

Y, sin embargo, un millón de personas se alinearon en los Campos Elíseos de París para ver al papa. Miles de jóvenes lo recibieron con entusiasmo. Y, como sabemos, Francia es el epicentro mismo de lo que se llama el «silencioso renacimiento» del catolicismo, aunque la semana pasada en Francia fue más bien ruidoso.

Un sabio comentarista francés lo llamó el «Adviento de la Iglesia» en Francia. Otro amigo, un periodista, me dijo que se había «pasado una página de la historia».

Adviento, por supuesto, significa la venida del Rey, la llegada esperada. Precisamente por eso la temporada anterior a la Navidad lleva ese nombre: celebramos Su primera venida en la Encarnación y aguardamos Su Segunda Venida en gloria cuando, en las palabras del gran himno de Adviento, «Todo ojo lo verá ahora / Vestido de temible majestad».

El comentarista francés continuó diciendo que la Iglesia reavivada se levantaba para contrarrestar los efectos deletéreos y que apagan el alma del secularismo y del nihilismo. Los ateos militantes, los nihilistas, los hijos de 1968 (los soixante-huitards, como se los conoce en Francia), se reirían si les hubieran dicho que la pequeña hija se levantaría.

León XIV dijo en París que «la gente está redescubriendo el Evangelio y abrazando la Fe», precisamente por el vacío y la insatisfacción que produce una sociedad sin Dios. Lo llamó la «pequeña llama que el Espíritu Santo ha encendido en la oscuridad de la noche».

Andrew Breitbart, se dice, acuñó la frase de que «la política está corriente abajo de la cultura». Cierto, en mayor o menor medida, según las circunstancias. Pero, aún más significativamente, la cultura está —o debería estar— corriente abajo de la religión.

León observó que Francia no era solo una sociedad secular, sino una «cultura profundamente secular». El aborto, ahora demoníacamente consagrado en la Constitución francesa, y una ley de eutanasia apoyada con entusiasmo por el Napoleón de tienda de todo a un dólar, Emmanuel Macron, se aprobaron solo semanas antes de la llegada del papa.

Y, sin embargo, una cultura una vez profundamente formada por la Fe, impregnada a lo largo de las generaciones con la tradición de santos, artistas y eruditos —tan magníficamente mostrada en la vigilia de jóvenes con el papa en el Stade de France— puede, aunque sus raíces hayan sido olvidadas u oscurecidas a propósito, revivir cuando se renueva su fundamento.

En el último año he pasado tiempo con distintos grupos de jóvenes católicos franceses fieles. Algunos son devotos de la Misa en latín; algunos son nuevos conversos a la Fe; algunos pertenecen a comunidades carismáticas o nuevas; algunos son simplemente miembros ordinarios y piadosos de una parroquia.

Todos ellos son, invariablemente, alegres, llenos no solo de una joie de vivre, sino de una joie de l’esprit. Lo significativo es que están sorprendentemente impregnados de cultura francesa de un modo que, tristemente, no se encuentra en el Reino Unido ni en los cada vez más seculares Estados Unidos.

Aunque asuntos superficiales de comida y bebida y las tradiciones específicas de las distintas regiones de Francia marcan a estos jóvenes, también tienen un profundo conocimiento y respeto por su historia nacional común.

Un joven converso me contó la historia de su entrada a la Fe. Su hermano le pidió que fuera el padrino de su hijo. Comprendió que debía tomárselo en serio y buscó el Bautismo.

Cuando le pregunté si el hermano practicaba, respondió que no, pero que se estaba dando cuenta de que todo el fundamento de Francia era cristiano. (Una reacción, quizá, a las amenazas a la identidad nacional de Francia por la inmigración descontrolada y el radicalismo político de los últimos años.)

El joven describió esto como una «puerta de entrada a la Fe». Esa humilde historia puede ser la razón central por la que la cultura francesa, reavivada y asumida, se está convirtiendo en un vehículo para la renovación de la Fe.

Este es un momento de enorme esperanza e inspiración para todos nosotros. No solo en Francia, sino allá donde esta renovación está surgiendo, la Iglesia debe «reconocer, acoger y proteger» esta pequeña llama, como dijo León XIV.

Lo que parece muerto puede despertar, si lo toca la mano de Cristo. La Diosa de la Razón, una vez entronizada en Notre Dame de París por los seguidores de la Revolución atea, parece haber sido definitivamente descartada. La Fe, como escribió una vez Hilaire Belloc, es el «único faro en esta noche, si faro hay».

Como estamos viendo, eso es cierto incluso para la «primera hija» de la Iglesia, largamente perdida.

Sobre el autor

Fr. Benedict Kiely es sacerdote del Ordinariato de Nuestra Señora de Walsingham. Es el fundador de Nasarean.org, que ayuda a cristianos perseguidos.

Santos Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael

(Cope) Entramos en una semana de venerar a a los Servidores del Señor que están día y noche ante Él. Hoy, celebramos a los Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael. Miguel significa ”Fortaleza de Dios”. Se le invoca para vencer al enemigo, porque le tocó la batalla contra el Dragón y sus secuaces venciendo Miguel y los coros angélicos fieles a Dios.

En el caso de Gabriel su nombre significa “Mensajero de Dios”. Él comunica a Zacarías que Isabel concebirá en su vientre al Precursor. También le asegura que como no da crédito al Anuncio Divino se le da la Señal de que quede mudo hasta que se cumpla lo prometido.

Por otra parte, anuncia a María que dará a Luz al Salvador del mundo, el Mesías Esperado desde siglos y generaciones. Es Patrono de los comunicadores. Finalmente Rafael significa “Medicina de Dios”.

El motivo es que acompaña a Tobías en su viaje y le provee el remedio para expulsar al demonio de su prometida. También le da la cura para que su padre, Tobit, recobrase la vista, tras haber tenido ceguera durante mucho tiempo.

Es Patrón de conductores y caminantes, junto a la Virgen de la Prudencia y San Cristóbal. Anteriormente se celebraban por separado. Pero en en año 1969, tras la Reforma Postconciliar se unieron los tres Santos Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael el día 29 de septiembre, en una misma Fiesta.

lunes, 28 de septiembre de 2026

Mons. Argüello denuncia tres «desahucios» en España: la vivienda, Ceuta y el vientre materno

(InfoCatólica) Una anciana que pierde el piso en el que vivía de alquiler en Madrid, una crisis humanitaria en Ceuta y un hijo al que se le niega la vida en el seno de su madre. Con la palabra «desahucio» como hilo conductor, el arzobispo de Valladolid y presidente de la Conferencia Episcopal Española, monseñor Luis Argüello, ha reunido en un texto difundido en redes sociales tres asuntos de la actualidad española y ha apuntado un cuarto que, a su juicio, los atraviesa todos, que es la expulsión de la razón y de la voluntad de acuerdo del debate público.

La vivienda y el caso Mari Carmen

El primero de los desahucios es el de la vivienda, a raíz de la polémica por el caso de Mari Carmen, una anciana desalojada del piso que tenía alquilado en Madrid y cuya situación ha saltado a la arena política y mediática. Argüello constata que existe «un acuerdo social respecto al reconocimiento del grave problema que vivimos», que concreta en la escasez de viviendas, los pisos cerrados por falta de confianza, las casas vacías de la España rural, los precios y rentas muy altos, los alquileres por habitación sin «derecho a cocina», porque «hasta la cocina se transforma en habitación», y los millones de pisos de uso unipersonal.

Sobre el caso concreto, el arzobispo percibe un acuerdo «emocional más que moral» en torno a un asunto «convertido en bandera», y a la vez un «desacuerdo legal, manipulación ideológica y conflicto político y social sobre las causas y las posibles soluciones a este grave problema». Por ello lo considera una cuestión que debe tenerse en cuenta en el «nuevo Contrato social» al que se refirieron trabajadores y empresarios en su encuentro con el Papa León XIV durante su visita a España.

Ceuta, una crisis humanitaria «que afecta a todos»

El segundo desahucio se vive en Ceuta, donde, según escribe, «los ceutíes viven el desahucio de sus calles, plazas y de su normalidad». Los inmigrantes, por su parte, «algunos desahuciados de sus países de origen, otros desplazados por intereses geopolíticos», son deslocalizados continuamente y «se resisten a un desahucio definitivo». Argüello añade que los ceutíes, como gran número de españoles, «desean un desahucio rápido y total de los que han entrado en la ciudad como "okupas"».

Entre unos y otros, el presidente del episcopado sitúa una crisis humanitaria de orden físico, psicológico y moral que alcanza a inmigrantes y ceutíes, y advierte de que, «por contaminación de esta crisis que no es primariamente migratoria, se está condicionando la manera de mirar a los inmigrantes en toda España».

Argüello considera «imprescindible un acuerdo nacional para ayudar a los ceutíes y solucionar la crisis humanitaria», y reclama un pacto de Estado y europeo que aborde las causas de las migraciones en los países de origen, combata a las mafias y a los Estados que instrumentalizan los éxodos de personas por intereses geopolíticos, regule los flujos migratorios y «acoja a los que llegan respetando su dignidad, que no se pierde al atravesar la frontera, aunque luego hubieren de ser retornados a sus países de origen». Advierte además de que, si la natalidad sigue como hasta ahora, «en pocos años Europa competirá por el inmigrante escaso».

El aborto, un desahucio «de consecuencias irreversibles»

El tercero es «el desahucio del vientre materno provocado mediante el aborto». Argüello critica la «campaña moralista del Gobierno» que lo presenta como un acto bueno por ser legal, bajo el lema «tienes derecho», y autónomo, con el mensaje «decidas lo que decidas, estará bien». Frente a ello, afirma que «la ciencia demuestra que en el seno de una mujer embarazada hay un ser humano, un hijo, distinto de ella, sobre el que no puede decidir sin plantearse la moralidad de esa decisión».

El arzobispo sostiene que la madre necesitará ayuda social, laboral, de vivienda y apoyo pleno, y reconoce que «habrá casos de un gran conflicto ético, pero nunca podrá justificarse la solución en un derecho legal que niega al hijo la vida en cuya dignidad se fundamentan todos los derechos».

Para respaldarlo recoge las palabras de León XIV en las Cortes: «La defensa de la vida humana no es una cuestión parcial ni un interés confesional: es una meta de civilización». Y también: «la grandeza moral de una nación se manifiesta, sobre todo, en su capacidad de acompañar, proteger y amar aquellas vidas que atraviesan mayor fragilidad».

El «cuarto desahucio»

Argüello denuncia que ante estos tres casos la argumentación ética cambia de forma interesada, y pasa «de la defensa a ultranza del derecho a decidir del propietario o de la embarazada, si la decisión es legal, sin tener en cuenta a quien sufre las consecuencias, al rechazo de la libre decisión aunque sea legal y confirmada por un juez, pues afecta a personas que deben de ser tenidas en cuenta por encima de la decisión del propietario».

En el caso de Ceuta, señala que algunas propuestas, para que el desalojo sea inmediato, animan a prescindir de la legalidad y «quieren cerrar los ojos ante aquellas vidas que atraviesan mayor fragilidad», mientras otras «se niegan a ver que muchos ceutíes también son víctimas de la crisis humanitaria desencadenada por el éxodo-invasión-ocupación».

«Los tres asuntos reclaman diálogo sereno y grandes acuerdos», concluye el presidente de la Conferencia Episcopal, antes de señalar el último de los desahucios, porque «la razón y la voluntad de acuerdo por la defensa de la dignidad humana y el bien común parecen haber sido expulsados de nuestra casa común».

León XIV en Lourdes

 

domingo, 27 de septiembre de 2026

"Voy, Señor". Por Joaquín Manuel Serrano Vila


La Palabra de Dios que la Iglesia nos regala en este Domingo XXVI del Tiempo Ordinario es una llamada directa, urgente y profunda a revisar el núcleo de nuestra fe. Hoy, la liturgia rompe nuestras falsas seguridades espirituales y nos sitúa ante un Dios que no se conforma con etiquetas, palabras bonitas o ritos externos. Dios mira el corazón, valora las decisiones reales y nos ofrece, por encima de todo, la gracia de la conversión y el cambio de vida.

En la primera lectura, el profeta Ezequiel se enfrenta a una queja muy humana del pueblo de Israel: "No es justo el proceder del Señor". Los israelitas se sentían víctimas de un destino rígido y pensaban que Dios los juzgaba de forma arbitraria. Sin embargo, la respuesta del Señor a través del Profeta da un vuelco completo a nuestra lógica y revela la verdadera justicia divina. Ezequiel nos enseña dos verdades fundamentales, por un lado la responsabilidad personal. Nuestra relación con Dios no depende de las glorias pasadas ni de los errores heredados. Se decide en el "aquí y ahora". Y por otro lado está el dinamismo de la conversión. Si un justo se aparta de su justicia y comete la maldad, su pasado no lo salva. Pero —y este es el milagro de la misericordia divina— si el malvado recapacita, se aparta de sus pecados y practica el derecho y la justicia, «salvará su vida». Dios nos está diciendo que nadie queda definitivamente perdido ni nadie está definitivamente asegurado. Lo que nos define no es cómo empezamos el camino, sino cómo lo terminamos. Este texto es un cántico a la libertad humana y a la infinita paciencia de Dios, quien siempre nos deja la puerta abierta para rectificar el rumbo.

San Pablo, escribiendo a la comunidad de Filipos, nos muestra la herramienta espiritual indispensable para poder cambiar de vida: la humildad. El Apóstol nos hace una exhortación bellísima: «Tened entre vosotros los mismos sentimientos de Cristo Jesús»: ¿Y cuáles son esos sentimientos? Pablo nos los describe en uno de los himnos cristológicos más hermosos de todo el Nuevo Testamento donde ensalza el abajamiento (Kénosis): Cristo, siendo Dios, no hizo alarde de su categoría divina. Al contrario, se despojó de su rango,y asumió la condición de esclavo y se hizo uno de tantos. San Pablo nos pone delante la obediencia absoluta del Señor. Se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz. La conversión que nos pedía Ezequiel no es un esfuerzo de pura fuerza de voluntad; nace de mirar a la cruz. El orgullo es la raíz de todos nuestros rechazos a Dios. Cuando creemos que lo sabemos todo, que somos mejores que los demás o que no necesitamos cambiar, cerramos el corazón. El Apóstol nos invita a derribar nuestros pedestales y a imitar a un Dios que prefirió lavar los pies y dar la vida antes que imponer su poder.

Todo lo anterior converge de forma magistral en el Evangelio de San Mateo, donde Jesús nos propone la parábola de los dos hijos enviados a trabajar a la viña. El primer hijo dice con rebeldía: «No quiero», pero después recapacita (como el malvado de Ezequiel) y va a trabajar. El segundo hijo responde con una cortesía impecable: «Voy, señor», pero al final se queda de brazos cruzados y no va. Al preguntar Jesús a las autoridades religiosas quién de los dos cumplió la voluntad del padre, la respuesta es obvia: el primero. Es entonces cuando Cristo lanza una de las advertencias más impactantes de todo el Evangelio: «Os aseguro que los publicanos y las prostitutas van por delante de vosotros en el reino de Dios». Jesús no está haciendo un elogio del pecado de los cobradores de impuestos y las prostitutas. Lo que elogia es su capacidad de cambiar. Ellos, al escuchar a Juan el Bautista, reconocieron su miseria, se arrepintieron y entraron en la viña. En cambio, los sumos sacerdotes y los ancianos —los que siempre decían "sí" a Dios de labios para afuera— se quedaron paralizados en su propia soberbia, incapaces de convertirse. El peligro más grande para nosotros, que venimos a misa, que rezamos y que nos consideramos "buenos cristianos", es convertirnos en el segundo hijo. Es el peligro de la incoherencia: decirle a Dios un "sí" litúrgico, pero un "no" práctico en nuestra vida cotidiana, en nuestra familia, en nuestra Parroquia, en el trabajo y con los necesitados.

Las tres lecturas de hoy se resumen en una sola palabra: ¡Hechos! Dios prefiere un "no" inicial que se convierte y transforma en obediencia sincera a través del arrepentimiento, que un "sí" formal que se desvanece en el tiempo por la pereza espiritual y el egoísmo. Y como la Palabra de Dios nos viene que ni pintada en ocasiones concretas, hoy es un día excelente para hacernos preguntas sinceras delante del altar:. ¿En cuál de los dos hijos me reconozco más en este momento de mi vida; en qué áreas de mi vida le estoy diciendo a Dios "sí; ya voy", pero las sigo postergando (un perdón que no doy, un vicio que no dejo, una soberbia que no me deja cambiar, un tiempo de oración que no cumplo o una participación fingida)?... ¿Tengo la humildad suficiente para reconocer mis errores , arrepentirme y cambiar de dirección?... No tengamos miedo de reconocer que a veces por orgullo le hemos dicho "no" a Dios. Lo hermoso de nuestra fe es que el Señor hoy nos vuelve a ofrecer su viña; su Viña siempre está ahí. No importa lo que hayamos hecho en el pasado; si hoy recapacitamos y nos ponemos de nuevo en camino, el Padre nos recibirá con los brazos abiertos...

Evangelio Domingo XXVI del Tiempo Ordinario

Lectura del santo evangelio según san Mateo 21, 28-32

En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:
«¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: “Hijo, ve hoy a trabajar en la viña”. Él le contestó: “No quiero». Pero después se arrepintió y fue.
Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. Él le contestó: “Voy, señor”. Pero no fue.
¿Quién de los dos cumplió la voluntad de su padre?».
Contestaron:
«El primero».
Jesús les dijo:
«En verdad os digo que los publicanos y las prostitutas van por delante de vosotros en el reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia y no le creísteis; en cambio, los publicanos y prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto, vosotros no os arrepentisteis ni le creísteis».

Palabra del Señor

Visita inolvidable, libro para recordarla. Por Monseñor Fray Jesús Sanz Montes O.F. M.



Vuelan los días y nos alejamos de momentos que han podido marcar bellamente un instante de nuestro camino. Por eso es un deber saludable poner hitos para que el olvido no acabe diluyendo lo que ha podido ser luminoso en nuestra penumbra, o cuanto en medio de la confusión y el cansancio nos ha abierto horizontes que se acarician con remembranza. El viaje del Papa León xiv a España ha sido una grata sorpresa que con su brisa nos ventiló el alma mientras el corazón se sentía vivo con latidos de esperanza. Este es el motivo por el que he querido escribir un pequeño libro que he titulado “La brisa de Prevost” (BAC. Madrid 2026), como ayuda para recorrer los pasos del santo Padre entre nosotros, comentando a modo de crónica los distintos escenarios que anduvimos con él.

Así recibimos tan esperada visita a nuestra patria del mensajero de la paz desarmada y desarmante: León xiv. Necesitamos el reclamo de quien no venga a vendernos humo engañando nuestra sed de esperanza. El lema de este viaje papal fue “alzad la mirada” (Jn 4, 35), invitación de Jesús cuando parecía que la cosecha se hacía remolona y costaba creer el momento de recoger los frutos que tanto se necesitaban. Sí, necesitamos levantar nuestra mirada ante tantos motivos nacionales e internacionales, sociales, políticos, culturales, religiosos… que nos impelen a quitar las orejeras y alzar los ojos a esa belleza, bondad, esa verdad, que junto con la paz y la justicia nos están desafiando a diario en todos nuestros escenarios.

¡Cuántas losas nos aplastan cuando la mentira de las gobernanzas y todas sus trampas, la desigualdad ramplona y la violencia que nos enfrenta e insidia, la intolerancia que nos señala como espurios y proscritos mientras nos obliga a ser tolerantes con aquellos que no respetan nada, todo lo que hace que sea una vida irrespirable en una sociedad sumida en demasiada corrupción cotidiana como si no pasase nada precisamente porque pasa cada día! Es entonces cuando emerge esta comprensible necesidad de mirar a alguien que no nos engañe cuando mercadea con nuestra confianza, que no nos use para luego tirarnos tras haberle dado el beneficio de nuestro interés o el préstamo de nuestros votos. Alguien que tenga una autoridad moral digna de su credibilidad sin tacha.

No los farsantes encantadores de serpientes mientras tocan sus flautas, los botarates que viven de sus cuentos con cara transcendente que nos engaña, los que dan lecciones de todo desde sus inmensas ignorancias maquilladas, no sirven para el rearme ético y moral que necesita nuestra sociedad tan de capa caída a pesar de los trucos amañados y los barnizados enjuagues. No, necesitamos a quien os acerque la frescura del Evangelio encienda nuestra apagada fe, dilate el horizonte de nuestra esperanza y haga acogedora una caridad sincera que abrace las necesidades de los más desheredados de la tierra. Alzar la mirada contemplando el hontanar de nuestra historia milenaria, reconociendo a los testigos que han marcado las referencias evangélicas como han hecho los santos, y discerniendo los retos que nos desafían para anunciar la Buena Nueva. Con la mirada alzada al Señor y abajada a los hermanos, hemos visto con sorpresa y gratitud el despertar de un pueblo que se ha desquitado de la orfandad asustadiza y esquiva, para reestrenar el gozo de una paternidad que nos convoca y acompaña, como ha hecho el papa León xiv.

Las comunidades cristianas, iluminadas por la luz que ha brillado en esta visita, fortalecidas con los gestos y los textos del Santo Padre, experimentan la alegría del Evangelio para nuestros contemporáneos, en medio de sus heridas, sus preguntas, sus búsquedas. Somos los testigos del bálsamo, de las respuestas y de las metas con que el Señor nos ha encontrado y bendecido en esta memorable visita inolvidable, y un libro para recordarla.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo