lunes, 5 de octubre de 2026

Nueva Guía para acompañar el proceso de iniciación cristiana con el catecismo «Jesús es el Señor»

(C. E. E.) La Comisión Episcopal para la la Evangelización, Catequesis y Catecumenado presenta una nueva Guía para acompañar el proceso de iniciación cristiana con el catecismo Jesús es el Señor, una propuesta destinada a ayudar a las parroquias y a los catequistas en el acompañamiento de los niños dentro de su proceso de iniciación cristiana.

Esta nueva publicación, editada por la Editorial EDICE de la Conferencia Episcopal Española, ofrece temas para las distintas etapas del proceso catecumenal, facilitando a los responsables de la catequesis adaptar el proceso de iniciación cristiana a las diferentes situaciones que se presentan actualmente en las parroquias.

La Guía, disponible desde finales de septiembre, parte del catecismo Jesús es el Señor. Por ello, todos los temas están iluminados por la Palabra de Dios, que se presenta así como uno de los elementos fundamentales para el desarrollo de las catequesis. Con estos materiales también se pretende acompañar a las familias de los niños desde propuestas concretas.
Una propuesta para niños en edad catequética sin bautizar

Precisamente, uno de los aspectos a los que quiere dar respuesta esta nueva pulbicación es el aumento de niños en edad catequética que todavía no han recibido el bautismo y que acuden a las parroquias. La Guía pretende ofrecer recursos para acompañar también a estos niños dentro de los procesos de iniciación cristiana.

Atención a los niños con discapacidad

La publicación incorpora asimismo pistas para favorecer la participación en la catequesis de niños con discapacidad, con el objetivo de ayudar a los catequistas a integrar estas situaciones dentro de los procesos ordinarios de iniciación cristiana.

De este modo, la nueva Guía amplía la propuesta de acompañamiento vinculada al catecismo Jesús es el Señor, teniendo en cuenta distintas realidades que están presentes en las comunidades parroquiales.
Las obras de arte del catecismo, también como recurso catequético

La publicación se acompaña de una carpeta con las diez láminas de las obras de arte incluidas en el catecismo Jesús es el Señor como recurso catequético.

Las láminas, realizadas en un formato de 66 x 95 centímetros, permiten disponer de estas obras de arte en un tamaño adecuado para su utilización en los espacios de catequesis y para acompañar visualmente el desarrollo de los temas.

La Guía para acompañar el proceso de iniciación cristiana con el catecismo Jesús es el Señor está ya a la venta en las librerías de toda España.

Témporas de acción de gracias. Por Fr. Antolín González Fuente O.P.



San Jerónimo usa una curiosa paradoja cuando afirma que no es la fiesta la que crea la asamblea, sino que es la asamblea la que crea la fiesta: «Verse unos a otros es la fuente de un gozo mayor, (Comm, In epist. ad Gal., 1. 2, c.4; PL 26, 378).

De hecho, los fieles se reúnen en asamblea sobre todo para celebrar en la alegría de la acción de gracias los acontecimientos del misterio de la salvación, También se reúnen para celebrar ritos o momentos de penitencia o de petición ante las diversas necesidades.

Todos estos elementos han convergido desde los primeros siglos de la Iglesia en la institución de estos «tiempos» de celebración llamados las «cuatro témporas«.

El sentido penitencial lleva el ponerse de rodillas en humildad; el ayuno de los miércoles y viernes y después también del sábado; la limosna y las obras de caridad.

El principio u origen de las cuatro témporas coincide con las cuatro estaciones solares del hemisferio Norte y se concreta en celebraciones en tres días de una misma semana: el miércoles, el viernes y el sábado. Así se determinó el sentido de las cuatro témporas: la primera en la semana 3ª de Adviento (invierno); después de la 1ª de Cuaresma (primavera); después del domingo de Pentecostés (verano) y después del 3° domingo de septiembre (otoño). Es preciso que los fieles sean avisados con tiempo de tales celebraciones.

La oración de las «rogativas» es una súplica de intercesión especialmente por las intenciones de interés local. Forma parte de la oración o diálogo entre Dios y su pueblo, y una expresión común es la letanía (Misal Dominicano, I, Edibesa, Madrid, 1993, pp. 1681-1689).

La bendición de Dios, que «desciende» hacia nosotros, que es por excelencia el mismo Cristo, exige la respuesta del hombre, que 'asciende' hacia Dios dándole gracias o diciendo bien de él (Gn 24, 26-27, Jn 11, 41; Ef 1, 31).

El trabajo humano tiene un valor individual, social y también sobrenatural, tal como lo ha descrito el Concilio Vaticano II: como colaboración a la obra creadora de Dios (Gn 1, 28); como perfección de la misma persona humana; como servicio al bien común y como actuación del proyecto de la redención (GS, nn. 34-35). Cristo asume el trabajo humano como una realidad de entregar al Padre, hasta que Dios todo esté en todos (cf. 1Co 15, 28).

La práctica de las rogativas, procesiones y sobre todo la celebración de la Eucaristía por diversas necesidades de la comunidad y de la Iglesia puede y debe mantener actualmente su valor para diversas circunstancias.

Así se celebra desde hace tiempo la semana de oración por la unidad de los cristianos (18-25 de enero) y especialmente también la jornada nacional de acción de gracias al final de los trabajos agrícolas de la recolección y, después de las vacaciones, al emprender de nuevo el trabajo.

La Iglesia quiere matizar estas circunstancias de la vida del hombre de hoy con su oración de bendición, acción de gracias e invocación al Señor. Pero también se debe subrayar que en sus perspectivas está la urgencia de la justicia social, el uso común de la tierra y la dignidad del trabajo humano.

El origen de las «cuatro témporas» está unido a la cristianización del tiempo, en las cuatro estaciones solares, pero que actualmente puede aplicarse oportunamente en nuestras comunidades cristianas como momento de oración y de reflexión que pongan de relieve el misterio de Cristo en el tiempo.

Para ello actualmente, y durante el tiempo ordinario, se podrán usar formularios específicos, o bien en la oración de los fieles o plegaria universal, o bien todo un formulario de las misas para diversas necesidades, como se ha establecido en la ordenación general del Misal romano (OGMR, 3.a ed. típica, Roma, 2000, nn. 368-378; en la anterior: nn. 326-334).

domingo, 4 de octubre de 2026

"La viña del Señor". Por Joaquín Manuel Serrano Vila


La Palabra de Dios en este vigésimo séptimo domingo del Tiempo Ordinario, nos presenta una imagen muy bella, pero a la vez profunda y exigente: la viña. A través de ella, el Señor nos revela su inmenso amor, las expectativas que tiene sobre nuestras vidas y las consecuencias de nuestras respuestas a su gracia. Las lecturas de hoy se entrelazan de forma admirable, formando un itinerario espiritual que va desde el lamento divino por la falta de frutos hasta la propuesta paulina para alcanzar la paz interior a través de la coherencia de vida.

El profeta Isaías nos introduce en un drama teológico y afectivo utilizando el género de un canto de amor. Dios es el amigo que planta una viña con el mayor de los esmeros, elige un terreno fértil, la limpia de piedras, la rodea con una cerca para protegerla, construye una torre de vigía y cava un lagar esperando la vendimia. La viña representa al pueblo de Israel, y el dueño de la viña es el Señor del Universo. La paradoja del relato radica en la tremenda decepción del viticultor; esperaba que diera uvas buenas y dulces, pero dio uvas amargas y agrias -agrazones-. Dios no escatimó en cuidados; el problema no estuvo en la tierra ni en el sembrador, sino en la respuesta de la propia viña. El texto concluye con una revelación directa, y es que Dios esperaba de su pueblo derecho, pero solo encontró asesinatos; esperaba justicia, y solo escuchó lamentos. Esta lectura nos confronta directamente. En nuestra vida cristiana: Dios ha hecho exactamente lo mismo, nos ha bautizado, nos alimenta con su Palabra, nos sostiene con los sacramentos y nos rodea con la comunidad de la Iglesia. ¿Qué frutos le estamos ofreciendo, son uvas dulces de caridad, fraternidad y búsqueda sincera del bien, o son uvas amargas de egoísmo, indiferencia, chismes y enfrentamientos y divisiones?

El Salmo 80 responde a la advertencia del profeta Isaías. Si en la primera lectura Dios amenazaba con derribar la cerca y dejar que la viña fuera pisoteada debido a su esterilidad, en el salmo el pueblo reconoce su situación de abandono y clama con humildad y arrepentimiento. El salmista recuerda la historia de la salvación: Dios sacó esta vid de Egipto, expulsó a las naciones y la trasplantó en la Tierra Prometida, donde echó raíces profundas. Sin embargo, al verla destrozada por los jabalíes y los viandantes, el salmista no se rebela contra Dios, sino que implora su compasión: "Dios del universo, vuélvete; mira desde el cielo, fíjate, ven a visitar tu viña". Esta es la oración idónea para los momentos en que sentimos que nuestra vida espiritual o nuestras familias están en crisis o agrietadas por el pecado. Es el reconocimiento de que dependemos absolutamente del cuidado divino. Le pedimos al Señor que restaure la cerca de nuestra alma, que pode lo que estorba y que nos conceda la fuerza para no apartarnos nunca más de Él.

San Pablo nos ofrece el antídoto contra la amargura y la desesperación que produce el pecado o las dificultades cotidianas. En una de las cartas más alegres del Nuevo Testamento, escrita paradójicamente desde la prisión, el Apóstol exhorta a los fieles de Filipos a no angustiarse por nada, sino a presentar a Dios todas sus necesidades por medio de la oración y la súplica, acompañadas de la acción de gracias. La clave de esta lectura conecta directamente con la necesidad de dar "buen fruto". Pablo enumera las virtudes que deben llenar la mente y el corazón del cristiano; todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable y laudable. No se trata únicamente de evitar el mal, sino de llenar proactivamente nuestra existencia de bondad. Cuando una comunidad o un cristiano vive según estos principios, el fruto inmediato es que "la paz de Dios, que sobrepasa todo juicio, custodiará vuestros corazones". La paz no es la ausencia de problemas, sino la certeza profunda de que estamos habitados por Dios y haciendo su voluntad, lo cual actúa como un escudo ante las tempestades de la vida.

En el Evangelio, Jesús retoma explícitamente la parábola de Isaías, pero introduce un giro fundamental que traslada el foco de atención; el problema ya no es la viña en sí misma, sino los labradores a quienes les fue confiada. Esta parábola va dirigida a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, quienes debían guiar espiritualmente a Israel. El dueño envía a sus criados (los profetas) en el tiempo de la cosecha para recoger los frutos, pero los viñadores los apalean, los matan y los apedrean. Finalmente, en un gesto extremo de confianza y misericordia, envía a su propio Hijo pensando: "A mi hijo lo respetarán". Pero los viñadores, movidos por la codicia de quedarse con la herencia, lo sacan de la viña y lo matan. Jesús está profetizando aquí su propia Pasión y Muerte a las afueras de Jerusalén. Al preguntarles Jesús qué hará el dueño con esos labradores, los mismos oyentes se condenan con su respuesta: "Hará morir de mala muerte a esos desalmados y arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a sus tiempos". Jesús remata su enseñanza citando el Salmo 118: "La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular".La conclusión del Evangelio es una advertencia solemne y universal, y es que "Se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos". Este nuevo pueblo es la Iglesia, formada por judíos y gentiles reunidos por la fe en Cristo Jesucristo.

Pertenecer al nuevo pueblo de Dios no es un privilegio de exclusividad para sentirnos superiores, sino una responsabilidad histórica y espiritual inmensa. No podemos caer en el mismo error de los antiguos viñadores, adueñarnos de los dones de Dios, rechazar su soberanía o silenciar la voz del Evangelio cuando nos exige conversión. La viña actual es nuestra vida, nuestro matrimonio, nuestro trabajo, nuestra Parroquia. Dios sigue esperando cosechar en nosotros derecho, justicia, pureza y verdad. Vayamos hoy a la mesa eucarística a pedirle al Señor que limpie nuestro lagar, sane nuestras raíces y nos configure con Cristo, la Vid Verdadera, para que nuestras vidas den el fruto abundante que el Padre celestial tanto desea recibir de nosotros.

Evangelio Domingo XXVII del Tiempo Ordinario



Lectura del santo evangelio según san Mateo 21, 33-43

En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:

«Escuchad otra parábola: “Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó una torre, la arrendó a unos labradores y se marchó lejos. Llegado el tiempo de los frutos, envió sus criados a los labradores para percibir los frutos que le correspondían. Pero los labradores, agarrando a los criados, apalearon a uno, mataron a otro y a otro lo apedrearon.

Envió de nuevo otros criados, más que la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo. Por último, les mandó a su hijo diciéndose: ‘Tendrán respeto a mi hijo’.

Pero los labradores, al ver al hijo se dijeron: ‘Este es el heredero: venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia’.

Y agarrándolo, lo sacaron fuera de la viña y lo mataron. Cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?».

Le contestan:
«Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a su tiempo».

Y Jesús les dice:
«No habéis leído nunca en la Escritura:

“La piedra que desecharon los arquitectos
es ahora la piedra angular.
Es el Señor quien lo ha hecho,
ha sido un milagro patente”

Por eso os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos».

Palabra del Señor 

Sin posada y desahuciados. Por Monseñor Fray Jesús Sanz Montes O. F. M.



Eso dijo el cronista especial: por más vueltas que dieron merodeando el lugar, no encontraron posada en toda la ciudad aquella pareja de jóvenes esposos. Ni siquiera el hecho de estar ella embarazada y en avanzada gestación le sirvió para que se pudieran abrir algunas puertas dándoles cobijo en ese trance. Al final, recalaron en una especie de establo doméstico en la parte baja de la casa como un pajar, a tiro de piedra de las majadas de las afueras donde guardaban sus rebaños los pastores. Evidentemente esto no ocurría en Ceuta sino en aquel lejano Belén de hace dos mil años. Sus protagonistas eran María y José, y el divino bebé que llevaba en sus entrañas su jovencísima madre.

Pero viendo algunas escenas de estos días con el trasiego inconcluso de lo ocurrido en esa ciudad, verdadera plaza de España en el norte de África surge la comparanza, pero al revés: que han llegado gentes que te echan de tu casa, que invaden tu plaza dejando al pairo el envés. Porque María y José no es que fueran desahuciados, sino que ni siquiera los pudieron desahuciar por no encontrar posada en aquella circunstancia, y tan lejos de su procedencia en Nazareth, teniendo que acudir a Belén por el edicto imperial de empadronamiento. Nada que ver con la llamada ley de nietos donde otros empadronan a los que nunca vinieron para ver si caben en las urnas algunos votos advenedizos que les permitan cobijar su agradecimiento demagógico y populista.

Me viene esta remembranza ante los asuntos que últimamente nos llegan por los medios de comunicación por el tema global de la vivienda: los que no tienen casa y viven en sus intemperies como nómadas que deambulan desesperados buscando salida a sus penurias, los que tienen casa y sufren una injusta invasión que los acorrala o expulsa de sus legítimas propiedades, los que con violencia se hacen transmisores de andanadas indebidas que esconden pretensiones inconfesables invadiendo las casas y las cosas, los sueños y las esperanzas de una paz desarmada que no tiene cuartel.

Estamos ante una realidad desorbitada que fuerza una convivencia sin sobresaltos, sin impuestas enajenaciones, sin agresiones amenazantes cuando se violenta la convivencia y se viola la conciencia y la integridad femenina de tantas jóvenes. Ellos han perdido su casa porque la dejaron atrás cuando huían de las hambrunas que les dejaba famélicos, de las dictaduras que los acorralaban, de los fundamentalismos religiosos que trucaban la verdadera fe. Siendo esto un triste motivo, no justifica que entren y se queden sin miramiento en donde no tienen ningún derecho de atacar de tantas formas a un pueblo que no era el suyo, desplazando o asediando a quienes no son la causa de sus tragedias.

Luego están quienes lo jalean, lo propician y hasta lo consienten con complicidad. Porque hay muchas acampadas estos días: acampan en las playas y en los parques, acampan otros en las plazas poniendo allí sus tiendas de campaña. Es la impostura de quien no respeta ley ninguna, pero piden que les respeten a ellos, descerrajando la pacífica convivencia vivida sin sorpresas agitadas. Así, una ciudad, una plaza, una familia, un lugar de trabajo, o de ocio, o de educación, o de expresión religiosa, se ven sobrepasados porque hay vándalos que te arrasan imponiéndote un exilio de tus cosas cotidianas.

Sin duda, el problema de la vivienda es acuciante. Muchas familias lo sufren, hay también jóvenes que no logran estrenar su propio hábitat. La demagogia indolente de quien no ha hecho casi nada desde su irresponsabilidad gobernante, o crispa el ambiente con sus proclamas y gestos populistas, no ayuda a resolver la verdadera traba en donde personas concretas no logran alquilar ni comprar un techo para cobijar su esperanza. Es la larga sombra de aquella familia que en Belén no tenía posada. Ellos sufrieron acechanza y exilio, lidiando con los que te invaden o te abandonan, pero construyeron su casa sobre piedra, no sobre arena, y son por eso un referente de resistencia y de confianza.
+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

sábado, 3 de octubre de 2026

Santoral del día: San Francisco de Borja

(El Debate) De vez en cuando aparece un monstruo de santidad en la historia que tira para arriba de los hombres de su tiempo arrastrándoles a mirar al cielo. En su caminar suelen pasar machacando los criterios habituales por los que se rige la pobre mayoría de la gente con lo que hacen ver suavemente lo improductivo de su marcha y la felicidad que se pierden. Y lo hacen sin imposiciones ni aspavientos, lo más grande les parece natural. La sencillez con que renuncian a la gloria humana tan ansiada es un trallazo más para el espectáculo que de modo persistente los flacos esperamos como referencia para ponernos a andar. Francisco de Borja se puso el mundo por montera. Con su actitud decía bien claro lo que de verdad tenía valor y relativizó el concepto de grandeza.

Nacido en Gandía (Valencia) el 10 de octubre del año 1510 y fue adiestrado en todas las artes caballerescas al calor de la más fina aristocracia. Cortesano hasta la médula. Marqués de Lombay. Amigo del emperador Carlos V y hombre de su plena confianza; íntimo de su esposa, la emperatriz Isabel de Portugal, cuya custodia le encomendaba Carlos en sus frecuentes y largas ausencias por motivos de Estado. Casado con Leonor de Castro, modelo de elegancia y recato, con quien llevó una ejemplar vida familiar adornada con ocho hijos. Tercer Duque de Gandía. Perteneciente a la familia de los Borgia —apellido es tan solo una italización del original español— tan influyentes en Italia y en España; era bisnieto de Alejandro VI, el papa de Játiva —Rodrigo de Borja— no de feliz memoria. Nombrado Virrey de Cataluña cuando impera en ella el desorden y consiguiendo con su prudencia devolverle la paz. Le sobran dinero, poder, influencias, nobleza y títulos. No le faltan honradez, fidelidad, experiencia, dotes de gobierno y visión amplia de los asuntos del Reino. Profundo hombre de fe que gusta leer el Evangelio, a san Pablo y a san Juan Crisóstomo. Sabe esquivar la frivolidad de la corte y guardar las formas sometidas siempre a su conciencia.

La inesperada muerte de la joven emperatriz Isabel en la plenitud de su grandeza sirvió de punto de arranque para dar a su vida un sentido nuevo. El féretro debe trasladarse a Granada para enterrarlo en el Sepulcro de los Reyes; recibe el encargo de presidir la bien nutrida comitiva de prelados y nobles. El 17 de mayo, cuando contempla lo que fue belleza humana y encanto de mujer hecho ahora despojo, decide vivir solo para Dios y pronuncia la frase que le ha hecho célebre en los fastos de la santidad: «No servir a señor que se pueda morir».

Nombrado Virrey de Cataluña, tiene contactos con los jesuitas Araoz y Fabro que es el primer compañero de Ignacio de Loyola; ambos son sus confidentes en los asuntos del alma. Cuando muere su padre se retira a Gandía y funda un colegio de la Compañía de Jesús. Al morir su esposa Doña Leonor hace voto de entrar en la Compañía, pero las cosas no son fáciles por su situación y notoriedad. Así lo comentará el mismo fundador en Roma —«el mundo no tiene orejas para oír tal estampido»— al llegarle la noticia de su deseo a través del padre Fabro. Además, hace falta arreglar dignamente los asuntos domésticos y poner la decisión en conocimiento del Emperador. Mientras todo quede ultimado, es aceptado en secreto, y hace los estudios de teología. Pero aun en este período es reclamada su presencia en las Cortes de Aragón.

El día 31 de agosto dice en Roma el «adiós» definitivo al mundo. Que Borja vista sotana causa estupor entre los representantes del Papa, del Emperador y en las personalidades que bien le conocían. Cuando regresa a España en febrero del 1551 ya clérigo, vive en Oñate, cerca de Loyola, se ordena sacerdote en octubre de ese año y su primera misa solemne tuvo que celebrarse en Vergara al aire libre por la presencia de veinte mil personas presentes en el acontecimiento. En el convento es ejemplo de renuncia: barre, limpia, cocina y acarrea leña, predica al pueblo y misiona; pero sería una pena desperdiciar sus cualidades naturales y el prestigio adquirido y la experiencia; lo nombran superior de España y Portugal y luego amplían sus responsabilidades también a las tierras de Ultramar.

No habían de faltar incomprensiones y rivalidades. Las vio venir Laínez y lo mandó a Roma donde le tratan Carlos Borromeo, el Papa Pío IV y el cardenal Ghisleri, futuro Pío V. Pasó a ocupar el cargo de Vicario General y, a la muerte de Laínez, lo nombran General en 1565. Un nuevo aire entra en la Compañía con su mandato que afecta a bastantes aspectos internos: Organiza el noviciado, fomenta el espíritu de oración, regula el estudio, puntualiza el espíritu de la Compañía, se construye el Colegio Romano y la iglesia del Gesù. Promueve la expansión en toda Europa y abre el campo apostólico a las Indias y al Extremo Oriente.

Murió el 1 de octubre en Roma, en 1572. Lo canonizaron en 1671. Y para que no quedara ni rastro de su grandeza en el tiempo, sus restos trasladados a España en 1617, fueron reducidos a cenizas en 1931 cuando quemaron la iglesia de la calle de la Flor. Lo poco e inseguro que pudo recogerse, se venera en la residencia jesuítica de Serrano. El tercer General de la Compañía hizo bastante para sacarse la espina que su apellido había colocado en la Iglesia y que sirvió de buen puntal para la leyenda negra.

viernes, 2 de octubre de 2026

El Santo Ángel y sus Hermanas

La figura del Ángel Custodio y la misión de las Hermanas del Santo Ángel de la Guarda comparten un mismo hilo conductor: la vocación de proteger, guiar y acompañar a los seres humanos en sus momentos de mayor vulnerabilidad. Mientras que el primero pertenece al plano de la devoción espiritual celestial, la congregación religiosa encarna esa misma protección de manera tangible en la Tierra, convirtiéndose en lo que sus propios fundadores denominaron como "ángeles visibles". 

El Ángel Custodio: Guardianes celestiales y compañeros de camino

En la tradición cristiana, el Ángel de la Guarda es un ser espiritual asignado por Dios a cada persona desde su nacimiento. Su misión no es solo la protección ante peligros físicos, sino principalmente actuar como confidente, consejero y puente directo hacia el Cielo. La Iglesia fundamenta su existencia en pasajes sagrados como el Salmo 90 ("A sus ángeles ha dado órdenes Dios para que te guarden...") y en palabras del propio Jesús en el Evangelio. 

Historia y liturgia

Aunque la devoción es milenaria, el Papa Pablo V declaró oficialmente la fiesta de los Santos Ángeles Custodios en 1608, fijándose en el calendario litúrgico universal cada 2 de octubre. 

Modo de acción: De acuerdo con la teología católica, respetan profundamente el libre albedrío humano. Esperan pacientemente a que los fieles interactúen con ellos a través de la oración y la docilidad espiritual para poder guiar sus almas hacia el Reino de Dios. 

Las Hermanas del Santo Ángel de la Guarda, La protección hecha acción

Inspirados directamente por esta figura protectora, el sacerdote Luis Antonio Ormières y la Madre San Pascual fundaron la Congregación de las Hermanas del Santo Ángel de la Guarda el 3 de diciembre de 1839 en Quillán, Francia. Su propósito fundamental nació de mirar a los sectores más abandonados y desfavorecidos de la sociedad de la época. 

El nombre de la congregación, reconocido oficialmente por el gobierno francés en 1852 bajo el mandato de Napoleón III, funciona como un programa de vida y acción apostólica. Las hermanas asumen la identidad de ser "ángeles visibles". Esto se traduce en una constante actitud de servicio, sencillez evangélica y una total disponibilidad para hacer presente el Reino de Dios en la Tierra. 

El impacto social y educativo: Ángeles en la Tierra

A lo largo de casi dos siglos, la obra de las Hermanas del Santo Ángel de la Guarda se ha expandido internacionalmente, destacando de manera muy especial en el ámbito educativo y de asistencia social. Centros educativos de la congregación, como refleja su carisma enfocado en "formar verdaderos discípulos de Cristo". 

El Ángel Custodio y las Hermanas del Santo Ángel de la Guarda representan dos caras de la misma moneda de la Providencia divina. Mientras el ángel celestial custodia el alma de forma invisible, las hermanas extienden sus manos en el día a día para cuidar, sostener, educar y acompañar los procesos de vida de las personas. Ambas figuras recuerdan a la humanidad que nadie camina solo y que la cultura del cuidado mutuo es el reflejo más fiel de lo divino en la tierra.