martes, 21 de julio de 2026

Entrevista al Cardenal Rouco Varela

 

León XIV visita Montecasino y reza ante la tumba de san Benito por la paz en el mundo

(InfoCatólica) León XIV visitó este lunes la Abadía de Montecasino, primer monasterio de la orden benedictina, donde rezó ante la tumba de san Benito y le encomendó la paz en las regiones del mundo marcadas por la guerra y la violencia. El Papa, que pasa sus vacaciones estivales en Castel Gandolfo, se desplazó hasta el cenobio situado a unos 130 kilómetros de Roma en una jornada de carácter estrictamente privado.

Oración, archivo y almuerzo con los monjes

Según informó la Oficina de Prensa de la Santa Sede, el Pontífice «se detuvo a rezar ante la tumba de san Benito, confiándole su ruego por la paz en aquellas regiones del mundo marcadas por el derramamiento de sangre y el conflicto». Tras ese momento de oración, rezó la hora sexta con la comunidad monástica, visitó el Archivo y la Biblioteca del monasterio y compartió el almuerzo con los monjes antes de regresar a Castel Gandolfo, donde permanecerá hasta el 27 de julio.

El abad, dom Luca Fallica, describió la visita como «un regalo totalmente inesperado», ya que la confirmación llegó apenas la víspera y la comunidad fue avisada solo unas horas antes de la llegada del Papa. «Todo se ha desarrollado con gran sencillez y familiaridad», señaló. León XIV tuvo también ocasión de saludar a huéspedes y turistas presentes en el recinto. Según relató el abad, el Papa «se alegró de poder visitar este lugar en el que había estado hace muchos años», cuando aún era estudiante en Roma.

«Nos hemos sentido reafirmados y animados tanto en nuestro compromiso monástico como en nuestro compromiso eclesial más amplio», concluyó Fallica, quien confió en que el encuentro dé «fruto por el bien de la Iglesia y por el bien de toda la humanidad».

Un símbolo de continuidad y de paz

Montecasino ocupa un lugar central en la historia de la Iglesia y de Europa. Fue fundado por san Benito hacia el año 529, y desde allí se difundió la regla benedictina, basada en el equilibrio entre oración, trabajo y vida comunitaria. Según el relato de san Gregorio Magno, Benito murió en este mismo monasterio el 21 de marzo de 547 y fue enterrado en el oratorio de san Juan Bautista, junto a su hermana melliza, santa Escolástica.

A lo largo de casi quince siglos, la abadía ha sido arrasada en varias ocasiones: por los lombardos, por los sarracenos, por un terremoto en la Edad Media y durante la Segunda Guerra Mundial, en la célebre batalla de Montecasino. Tras cada destrucción, el monasterio fue reconstruido. En 1964, san Pablo VI proclamó a san Benito patrono de Europa, un patronazgo que Juan Pablo II amplió posteriormente con los santos Cirilo y Metodio.

lunes, 20 de julio de 2026

La fe en la selección española campeona del Mundo

(Infovaticana) España conquistó su segundo Mundial tras imponerse por 1-0 a Argentina en la final disputada en Nueva Jersey este domingo. Ferran Torres marcó en la prórroga el gol que devolvió a la selección española a lo más alto del fútbol internacional dieciséis años después del título de Sudáfrica.

El triunfo cerró un campeonato en el que la fe volvió a hacerse visible sobre el terreno de juego. No como una iniciativa oficial de la FIFA ni como una identidad compartida por todos los participantes, sino mediante declaraciones, oraciones y gestos personales de futbolistas que no ocultaron sus convicciones religiosas ante las cámaras.
La fe dentro de la selección española

El vestuario español no es confesionalmente homogéneo. Lamine Yamal profesa el islam, otros jugadores no han hablado públicamente de sus creencias y algunos de los protagonistas de la segunda estrella han mostrado abiertamente su fe católica.

El caso más conocido es el de Luis de la Fuente, director técnico de la selección, que se ha definido como «católico practicante» y ha explicado que reza diariamente. Durante el Mundial aclaró que no pide a Dios ganar los partidos, sino que la oración le proporciona fortaleza, seguridad, calma y confianza.

«Rezo todos los días, pero no porque esté en un Mundial ni pretenda sacar un resultado», señaló el seleccionador, quien considera injusto pedir para sí una victoria frente a rivales que también pueden ser creyentes.

Ferran Torres, autor del gol decisivo contra Argentina, mostró durante la concentración las medallas que lleva bajo la camiseta. «Tengo la cruz y una Virgen. Creo que es algo que me da mucho apoyo, que me da tener muchísima fe y para mí es algo muy importante», explicó el delantero valenciano.

También Nico Williams expresó públicamente su confianza en Dios. Antes de la final difundió una fotografía arrodillado sobre el césped y señalando hacia el cielo, acompañada por la frase «God is great» —«Dios es grande»—. Su historia familiar mantiene, además, un vínculo estrecho con la Iglesia: sus padres, procedentes de Ghana, recibieron ayuda de Cáritas y del entonces sacerdote Iñaki Mardones cuando llegaron a Bilbao. El hermano mayor del futbolista recibió el nombre de Iñaki en agradecimiento a aquel sacerdote.

A estas expresiones se sumó el gesto de Mikel Merino tras marcar el gol de la victoria contra Portugal el 6 de julio. El navarro se colocó el pañuelo rojo y celebró el tanto con un «¡Viva San Fermín!», en referencia al patrón de Pamplona y a unas fiestas que comenzaban ese mismo día.

Estas manifestaciones no convierten a España en una selección confesional ni permiten atribuir el título a una intervención divina. Muestran, sencillamente, que algunos de sus principales protagonistas no consideran necesario esconder su fe en un ámbito sometido a una enorme exposición pública.

Oraciones entre adversarios

Las escenas religiosas no se limitaron al equipo campeón. En otro partidos, como entre Alemania y Curazao, varios jugadores de ambas selecciones se reunieron para rezar en el centro del campo.

Los alemanes Jonathan Tah y Felix Nmecha se sumaron a la oración de los jugadores caribeños tras un encuentro que había terminado con una amplia victoria germana. Nmecha explicó después que durante el partido eran rivales, pero que, una vez concluido, volvían a reconocerse como cristianos y hermanos.

«Todos creemos que Jesús es glorificado a través del juego y por eso rezamos juntos», afirmó.

La escena resultó especialmente significativa porque no se produjo después de una victoria equilibrada, sino tras una dura derrota de Curazao. La oración compartida no borró el resultado, pero mostró que la rivalidad deportiva no anulaba una fe común.

Los croatas Igor Matanović y Kristijan Jakić también hablaron abiertamente del catolicismo antes de su debut. Matanović aseguró que la oración le da fuerza porque siente que Dios lo escucha, mientras que Jakić sostuvo que la fe forma parte de la vida y de la identidad de la selección croata.

Otros jugadores del torneo, como el estadounidense Cristian Roldán, el mexicano Santiago Giménez, el portugués Cristiano Ronaldo o el francés Kylian Mbappé, han hablado igualmente de la oración, la Biblia y la gratitud a Dios como elementos presentes en sus carreras.

Argentina también llevó su fe a la final

La fe tampoco estuvo únicamente del lado español en el partido decisivo. Lionel Messi ha descrito en numerosas ocasiones su talento como un don recibido de Dios y acostumbra a señalar hacia el cielo después de marcar.

La selección argentina mantiene además una arraigada religiosidad popular. En su vestuario colocaron imágenes de la Virgen de Luján, del padre Pío y del papa Francisco, mientras que los botines de Messi fueron bendecidos en la basílica dedicada a la patrona de Argentina antes del torneo.

En una cultura que admite la exhibición pública de casi cualquier aspecto de la vida personal, pero observa con frecuencia la fe con incomodidad, el Mundial sí dejó un hecho relevante: en uno de los mayores espectáculos globales, numerosos futbolistas hablaron de Dios, rezaron con sus adversarios y llevaron signos religiosos sin relegarlos a la intimidad. Esa naturalidad no deja de ser significativa.

Santoral del día: San Elías

(Cope) La Antigua Alianza ha contado con grandes baluartes que ha sido defensores de la unión del Pueblo Elegido con el Cielo. Hoy celebramos a San Elías. Es el Antiguo Testamento el que nos describe cómo este Profeta de Dios ha de encararse con el pueblo que, tras prometer en el Sinaí fidelidad al Señor, rompe con la Alianza sellada.

En este Pasaje les reta a ofrecer un sacrificio al falso dios Baal y él lo ofrecerá al Señor Dios de Israel. Entonces les deja en evidencia cuando el falso mito no contesta, mientras él según le ora al Cielo, la víctima es consumida, convenciendo a todos de su error y reconociendo a Yavé. Después de esto huye, perseguido por la reina, caminando hasta el Horeb, donde la Providencia le conforta. En Sarepta se alojará en casa de una pobre viuda a la que ayuda, impidiendo que se muera y tenga alimento y salud. 

También se le considera el iniciador del Carmelo al divisar la nubecilla que subía al Cielo, prefigurando así a la Virgen del Carmen. Por Orden Divina unge profeta sucesor suyo a Eliseo, y mientras van de camino, un Carro de Fuego se sitúa en medio, arrebatando a Elías al Cielo. Desde allí también da un poco de sus saber y capacidad de pastoreo. Su presencia se hará patente en la Transfiguración del Señor conversando junto con Moisés.

domingo, 19 de julio de 2026

“Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo?". Por Joaquín Manuel Serrano Vila


Vivimos en una sociedad de respuestas rápidas y que exige resultados inmediatos. Nos cuesta tolerar la espera, la imperfección y el fallo ajeno. Queremos soluciones instantáneas y, a menudo, justicia inmediata. Quisiéramos arrancar de raíz y de forma violenta todo aquello que consideramos malo, molesto o pecaminoso, tanto a nuestro alrededor como dentro de nosotros mismos. Sin embargo, la liturgia de la Palabra de este Domingo XVI del Tiempo Ordinario nos invita a entrar en una lógica completamente distinta, la lógica de la paciencia, la misericordia y los procesos de Dios. Hoy las escrituras nos revelan que Dios no actúa con la prisa del hombre, sino con la pedagogía del agricultor que sabe esperar el tiempo de la cosecha.

En la primera lectura del libro de la Sabiduría se nos regala una de las definiciones más profundas sobre la soberanía de Dios. Nos dice el texto: “Tu fuerza es el principio de la justicia, y tu señorío sobre todo te hace ser indulgente con todos”. Y es que poder no es sinónimo de fuerza ni violencia. En el mundo terrenal, el poder se asocia con el control, la imposición, la sumisión y el castigo inmediato. Dios demuestra que su omnipotencia es tan grande que no necesita recurrir a la fuerza bruta para reafirmarse. Su verdadero poder se manifiesta en su capacidad de perdonar y de esperar. He aquí la lección de la moderación. Dios no nos destruye a la primera falta; al contrario, su paciencia es insuperable. Y también este pasaje es una llamada a la esperanza. Al actuar así, Dios nos enseña una lección fundamental: el justo debe ser humano y bondadoso. Además, abre siempre una puerta al futuro al conceder a sus hijos el arrepentimiento tras el pecado; Dios no nos encasilla en nuestros errores pasados. El salmista vuelve a incidir en ello: "Tú, Señor, eres bueno y clemente".

La segunda lectura de San Pablo a los Romanos nos va a recordar cómo el Espíritu Santo socorre nuestra debilidad. El Apóstol nos sitúa ante nuestra propia realidad: somos débiles y limitados. Incluso en algo tan íntimo y necesario como la oración, San Pablo afirma con total honestidad: “Nosotros no sabemos pedir como conviene”. Y a continuación alude a la figura del abogado interior. Ante nuestra incapacidad de comunicarnos plenamente con Dios, el Espíritu Santo acude en nuestra ayuda. Él intercede por nosotros con "gemidos inefables", traduciendo los anhelos más profundos de nuestro corazón, aquellos que ni siquiera nosotros mismos sabemos expresar con palabras. En pleno verano, somos llamados a orar desde el Espíritu; esta lectura nos invita a descansar en Dios. Rezar no consiste en convencer a Dios con discursos perfectos, sino en permitir que su Espíritu ore en nosotros, alineando nuestros deseos con la voluntad del Padre.

Y el corazón de la liturgia de la Palabra siempre es el evangelio, hoy tomado del capítulo 13 de San Mateo. El texto evangélico de san Mateo nos ofrece tres parábolas del Reino de los Cielos: el trigo y la cizaña, el grano de mostaza y la levadura en la masa. El primero de el Trigo y la Cizaña, nos habla de convivir con la imperfección. Los criados del campo, al ver que la cizaña crece junto al trigo, reaccionan con el impulso humano típico: “¿Quieres que vayamos a arrancarla?”. La respuesta del dueño de la casa es tajante: “No, no sea que al arrancar la cizaña arranquéis también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la siega”. Estamos pues, ante el misterio del mal. El mal existe y convive con el bien en el mundo, en la Iglesia y en nuestro propio corazón. Ninguno de nosotros es puramente trigo o puramente cizaña; en nuestro interior habitan santidad y miseria al mismo tiempo. Aparece aquí también el peligro de juzgar. Si intentáramos arrancar la cizaña por nuestra cuenta, podríamos destruir mucho bien. No tenemos la capacidad de juzgar el fondo del alma humana. Lo que hoy parece cizaña, por la gracia de Dios y en el tiempo, puede convertirse en trigo bueno. El juicio definitivo le corresponde sólo a Dios al final de los tiempos. La parábola del Grano de Mostaza y la Levadura, es un canto del Poder de lo Pequeño. Estas otras dos referencias nos muestran cómo actúa el Reino de Dios en la historia. El grano de mostaza comienza siendo la más pequeña de las semillas, pero se convierte en un arbusto grande donde las aves hacen nidos. Así es la fe y la obra de Dios: empieza de forma humilde y casi invisible, pero tiene un potencial de crecimiento asombroso. Una pizca de levadura fermenta tres medidas de harina. El Reino no se impone por la fuerza militar o el ruido mediático; transforma el mundo desde dentro, de manera silenciosa, a través del testimonio diario de amor a Dios y a los hermanos, del servicio y la fidelidad.

En este domingo el Señor nos llama a vivir la paciencia con nosotros mismos. No te desanimes si descubres "cizaña" en tu interior. Dios no te desecha; te da tiempo para cambiar. Deja que el Espíritu Santo trabaje en ti. Vivamos la misericordia escapando a la tentación de ser jueces de los demás. Y, sobre todo, confiemos en el valor de lo pequeño. Seamos esa pequeña levadura en nuestro entorno, ese grano de mostaza insignificante: Dios se encargará de multiplicar los frutos.

Evangelio del Domingo XVI del Tiempo Ordinario

Lectura del santo evangelio según san Mateo 13, 24-30

En aquel tiempo, Jesús propuso otra parábola a la gente diciendo:
«El reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero, mientras los hombres dormían, un enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó. Cuando empezaba a verdear y se formaba la espiga apareció también la cizaña. Entonces fueron los criados a decirle al amo:
“Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña?”.
Él les dijo:
“Un enemigo lo ha hecho”.
Los criados le preguntan:
“¿Quieres que vayamos a arrancarla?”.
Pero él les respondió:
“No, que al recoger la cizaña podéis arrancar también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la siega y cuando llegue la siega diré a los segadores: arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo almacenadlo en mi granero”».

Palabra del Señor 

sábado, 18 de julio de 2026

Homilía del Sr. Arzobispo en la Clausura de la JEMJ Covadonga 2026

Queridos amigos en el Señor: que Él llene de paz vuestros corazones y vuestros pies surquen los caminos del bien. Saludo al Sr. Abad de Covadonga, D. David Cueto y al P. Rafael Alonso, a los sacerdotes y al diácono concelebrantes, a los miembros de la vida consagrada, a los voluntarios y a todos los jóvenes que participáis en la JEMJ 2026, en su tercera edición en Covadonga. Un saludo a los hermanos que vienen de otros países:Chers amis francophones, Frères et Sœurs, vous êtes tous les bienvenus dans ce sanctuaire de Notre-Dame de Covadonga. Apprenons toujours à faire ce que Jésus nous dit.
Dear English-speaking Friends, Brothers and Sisters, you are all welcome to this Santuary of the Virgin of Covadonga. Let us always learn to do what Jesus tells us.
Liebe deutschsprachige Freunde, Brüder und Schwestern, ihr seid alle willkommen in diesem Heiligtum der Jungfrau von Covadonga. Lasst uns immer lernen, das zu tun, was Jesus uns sagt.
Cari amici di lingua italiana, Fratelli e sorelle, siete tutti i benvenuti in questo santuario di Nostra Signora di Covadonga. Impariamo sempre a fare ciò che Gesù ci dice.
Caros amigos que falam portugués, Irmãos e irmãs, são todos bem-vindos a este santuário de Nossa Senhora de Covadonga. Aprendamos sempre a fazer o que Jesus nos diz.

De tantos lugares hemos acudido de nuevo para ahondar en nuestra vida cristiana en torno a Jesús en su Eucaristía y a María nuestra Madre. Son dos presencias que nos sostienen en la Iglesia para remar mar adentro en medio de los avatares de nuestra travesía a veces con mares de bonanza o con aguas turbulentas que de tantos modos nos amenazan. Queda todavía fresco en la memoria el regalo de la visita del papa León XIV en su reciente viaje apostólico a España. El milagro explosivo que ha suscitado el papa ha coincidido con una urgente necesidad que adolecíamos en este escenario mundial y nacional. Porque todos los envites y embates que nos asolan nos dejan vulnerados y asustadizos: los tambores de guerra que internacionalmente nos sobresaltan, la corrupción política con las gobernanzas mendaces que nos saturan con sus cloacas, todos los desafíos que cultural y socialmente nos provocan, sin que falten las crisis de tibieza o complejo eclesial que nos debilitan. Todo esto ha puesto en evidencia la orfandad profunda que vivimos en la coyuntura de nuestro momento. Pero esta situación ha sido sorprendida con algo con lo que no contábamos, con algo de lo que sin saberlo quizás éramos mendigos y que suscitaba un alzar la mirada a nuestros ojos humillados, alzar la mirada a Dios que nos espera y jamás nos defrauda. Ese algo ha sido la vivencia agradecida de una paternidad que nos abraza disipando nuestros miedos, habitando nuestras soledades, vendando nuestras heridas, iluminando nuestras oscuridades.

El estribillo constante de los mensajes del Santo Padre ha sido volver a la comunión que nos une, esa fraternidad que tiene el referente siempre presente del Dios Padre que nos hace hermanos. ¡Cuántas cosas nos enfrentan y nos desangran dejándonos tristes y haciéndonos estériles! Necesitamos el dulce reclamo de levantar puentes que abran el trasiego fraterno, y superar la vieja tentación de levantar las fronteras que nos enfrentan tan inútilmente o cavar las trincheras en las que escondernos. No ha habido pregunta de los jóvenes con los que León xiv se ha encontrado que no haya sido acogida y respondida con su paterna sabiduría. Vale la pena repasar las seis cuestiones que ellos le presentaron en Madrid y Barcelona, y cómo abrazó con sus bellísimas respuestas el desgarro que tales preguntas provocaban.

Este domingo se nos habla de semillas en el Evangelio, de lluvia que las riegan, de libertad que permite que sencillamente sean. Acaso para nuestra cultura tecnificada y asfáltica, enredada en las redes sociales y en la Inteligencia Artificial puede que nos venga raro o lejano el discurso, pero vale la pena asomarse a él humildemente, como quien puede quiere aprender algo que nos corresponde de veras. Cuando el hombre se abre al don de Dios manifestado en su Palabra, ceden las esclavitudes y saltan nuestras cadenas, y empezamos a ser en ver­dad hijos de Dios como nos dice la segunda lectura (cf. Rom 8,18-23). No siempre la libertad del hombre está abierta al don de Dios, por eso existe un gemido, una tristeza, una frustración que nos vela la gloria para la cual hemos sido hechos.

La Gracia de Dios es como la lluvia, como nos ha dibujado bellamente Isaías en la primera lectura, pero si nuestros cauces de absorción están embotados, cerrados a cal y canto, Él respetará delicadamente nuestra cerrazón y ni siquiera nos humedecerá el más grande de los torrentes, por más que Dios quiera empaparnos: “como bajan la lluvia y la nieve desde el cielo y no vuelven allá, sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo” (Is 55,10-11). Este es el plan de Dios, su proyecto y su deseo. Pero Él no lo impone, sino que lo propone, dejando la última palabra a nuestra libertad.

Así se entiende esta parábola que Jesús mismo explica a sus discípulos (cf. Mt 13,1-23). Es una de las pocas ocasiones en las que podemos verificar algo que sucedería con mucha frecuencia cuando estuvieran solos Jesús y los discípulos, donde se pedirían explicaciones que pusieran luz en tantas preguntas que ellos tendrían ante lo que en un día cualquiera habían visto y oído acompañando al Maestro de acá para allá. Es así como ellos pidieron una ampliación de la parábola… por si acaso no la habían entendido bien o porque acaso la habían entendido demasiado bien y querían estar ciertos.

Tal explicación por parte de Jesús es bella y enormemente pedagógica a la vez. La semi­lla es la misma, pero los terrenos de acogida no. Y aquí está la cuestión, como plástica­mente va desgranando la parábola: no entender la Palabra de Dios porque no nos ha calado (la semilla que cae en el camino); no cuidar eso que se ha entendido ya pero que no nos ha llegado hasta el fondo de nuestro corazón (la que cae en terreno pedregoso); pretender escuchar al mismo tiempo a Dios y a otros que contra Él hablan, yéndonos al final tras los seductores de turno haciendo así estéril lo que el Señor sembró en noso­tros (lo sembrado entre zarzas).

Pero también existe el terreno humilde, que acoge con sencillez, aunque sea lento e incluso torpe en asimilar. Importa menos la celeridad y la cantidad del fruto (unos dan ciento, otros sesenta, otros treinta por uno), lo único importante es haber acogido esa semilla de su Palabra y que nos fecundice. ¿No quiere Dios sembrarse en nosotros para en nosotros fructificar otra vez el don de la paz y de la gracia, el de la luz y la miseri­cordia, el del perdón y la alegría… todos esos frutos que nuestro amado mundo no con­sigue fabricarse y que sin embargo necesita más que nunca? ¡Qué hermosa es la vida de tanta gente sencilla que sin troníos ni alharacas se han dejado fecundar por Dios, por su lluvia y su semilla!

En el evangelio de este domingo nos presenta una de esas parábolas con las que Jesús solía enseñar lo que era el Reino. El pueblo nuevo de Dios es un pueblo que huele a tierra mojada de la que nacerá en libertad ese mundo según el corazón de Dios. No la Babel que nos confunde y enfrenta, sino la Ciudad de Dios que nos hermana y acompaña hasta la santidad. Basta no cerrarse. Basta creerlo, acogerlo y compartirlo. Cada uno de nosotros somos ese terruño en el que Dios ha querido sembrar la palabra que eternamente silenció para decírnosla a nosotros y para decirla con nosotros. No somos un barbecho infecundo de tanto esperar una semilla, sino esa tierra abierta en la que el Señor nos quiere sembrar su Buena Noticia. Ojalá tengamos oídos para oír, corazón para acoger y manos para compartir la semilla de cuanto Él hace y dice en nuestra pequeñez.

Una buena tierra para la mejor semilla. Y la siembra de Dios siempre tendrá una forma vocacional en cada uno de sus hijos. No somos anónimos sin rostro, sino hombres y mujeres que fueron llamados a la vida con la misión que Dios nos ha encomendado. Esta es la vocación cristiana que cada uno ha recibido. En encuentros de jóvenes cristianos como este, o como esos a los que nos convoca el papa, hay una siembra vocacional preciosa. De aquí salen familias cristianas que se plantean un noviazgo como Dios lo manda aprendiendo lo que significa la fidelidad para siempre, en ternura y respeto como un don complementario de hombre y mujer, abiertos a la vida y educando a los hijos que el Creador les pueda dar. De aquí nacen vocaciones a la vida religiosa en cualquiera de sus formas en las que se vive la pertenencia al Señor dentro de una comunidad donde se profesan los votos de castidad, pobreza y obediencia. Aquí surgen también llamadas al sacerdocio para dar la vida al Buen Pastor que pone en nuestros labios su Palabra y con nuestras pequeñas manos reparte los sacramentos de su gracia.

Queridos amigos, gracias por haber venido un año más o por primera vez, gracias a los Siervos y Siervas del Hogar de la Madre, a los sacerdotes y religiosas que habéis acompañado a vuestros jóvenes, a los voluntarios que tanto nos han ayudado, a los responsables de la liturgia y de los cantos. Mirando a María queremos aprender su lección de hacer lo que Dios nos diga, dejando que Él siembre en nosotros la semilla de su Palabra. Amén.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo