Querido Señor Abad, hermanos sacerdotes concelebrantes y hermanos todos en el Señor, paz y bien de todo el corazón. También Covadonga está iluminada con este ambiente propio de la Navidad. Da gusto venir al Santuario de la Virgen y encontrar que también aquí la Navidad está señalada en este escenario como aquel que nos damos en nuestros hogares, en nuestras calles y plazas, en tantos escaparates, en nuestras iglesias y parroquias. Junto al misterio delante del altar, veis que hay una pequeña vela con una pañoleta de scout que la rodea. Es una vela que viene desde Belén. Un grupo de scouts europeos cada año viaja hasta la gruta de Belén y allí encienden una candela especialmente protegida que traen hasta Viena, en Austria. Hasta allí fueron los scouts asturianos para traer, también protegida, a luz que se encendió en Belén y que ahora alumbra y arde en tantos de nuestros ámbitos. Es un símbolo que estamos celebrando en estos días: que allí hubo una luz que Dios encendió en la persona de su Hijo recién nacido. Eso fue lo que ocurrió hace dos mil años, y mientras recordamos aquella venida primera, nos preparamos a la última venida que prometió realizar al fin de los tiempos, al tiempo que también le reconocemos continuamente presente en medio de nosotros. Tres venidas, tres esperas que nos permiten cantar como hacemos en este tiempo navideño. La Navidad es particularmente tierna y hermosa.
Hoy tenemos una fiesta en la liturgia católica que se ha recuperado no hace tanto tiempo. Es la fiesta del Santo Nombre de Jesús. Es una fiesta que tuvo comienzo, litúrgicamente hablando, en el siglo XVIII. Y que luego se perdió. La última edición del Misal Romano, con el que celebramos la Santa Misa ha recuperado esta fiesta que tiene un largo sabor franciscano. El Nombre de Jesús.Aprender el nombre es empezar a conocer al otro. Porque si no, el otro es anónimo. Si yo no sé cómo se llama alguien, no sé quién es. Cuando comienzas a conocer a otra persona y comienzas a quererla, le preguntas cómo se llama. Y sabiendo el nombre, es el primer paso que se da para una historia de cariño y de amistad. Jesús nos reveló su nombre. Jesús significa que Dios nos salva, el Salvador. Y este nombre que nos salva se hizo pequeño, se hizo niño.
Es lo que estamos celebrando en esta época de Navidad, pero a este pequeñín hay que dejarlo crecer. Vino sin saber hablar como todos nosotros nacimos. Vino sin saber andar como nosotros gateamos. Pero en Jesús, al igual que sucedió con nosotros, hay un momento en que aprende a hablar, y que también aprendió a andar. Lo importante es que ese Jesús que habla y anda me diga cosas y yo las escuche diciéndole las mías. Ese Jesús que anda frecuente mis caminos y yo vaya por sus senderos. Es lo que pedimos a este pequeño niño Jesús dejando que se adentre en nuestras vidas. El Evangelio que acabamos de escuchar es un Evangelio hermoso porque es el primer encuentro que tiene Jesús ya adulto, que hablaba y andaba, con aquellos que serían sus dos primeros discípulos, Andrés y Juan. Estaban escuchando a un profeta que era el primo de Jesús, Juan el Bautista. Cuando el Bautista vio llegar a Jesús lo señaló diciéndole, este que viene por allí, a la orilla del río Jordán, es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Y es tan grande que es el Mesías. Tanto, que yo no puedo desatarle las correas de sus sandalias, que era la labor que hacían los siervos más esclavos. Ni siquiera eso se consideraba digno de hacer el Bautista, cuando vio llegar a su primo Jesús, junto a la orilla del río Jordán.
Aquellos dos discípulos no le preguntaron cosas extrañas, sino algo bien sencillo. ¿Maestro, donde vives? Jesús les respondió, venid y lo veréis. ¿En dónde vives? Esa fue la pregunta. Porque en el fondo, tanto Andrés, como Juan, como tú y yo, tenemos tantas intemperies demasiadas veces. La intemperie de nuestros fríos, la intemperie de nuestras dudas, la intemperie de nuestros miedos, la intemperie de nuestros conflictos. Por eso preguntar a alguien dónde vives, sabiendo que ese no es un alguien cualquiera, es decirle: mis conflictos buscan la paz, mis dudas buscan respuestas, mis fríos buscan el calor y la lumbre que tú me das.
Yo quiero vivir contigo, dime dónde está tu casa. Nos dice el evangelista que fueron con él y se quedaron con él, y jamás se separarían. Esta es la fiesta de la Navidad, amigos. Le pedimos al Señor, al buen Dios que, dado que también nosotros tenemos nuestras tiritonas y escalofríos, nuestros conflictos y apagones, podamos encontrar en una casa con las puertas abiertas, una casa encendida en la que somos esperados y saben nuestro nombre, como nosotros sabemos el suyo en este día de su fiesta.
Vamos a pedir de una manera especial la noticia de esta madrugada por Venezuela, donde ha empezado el bombardeo Caracas. Tenemos varias guerras en el mundo, conocidas son la de Gaza, la de Ucrania y desde esta madrugada también en Venezuela, para que aquellos que han abusado dictatorialmente sean retirados. Ojalá no sufra el pueblo tan maltratado por el narco-gobierno y que no mueran más inocentes. Pedimos para que resuelvan cuanto antes la tragedia de los dictadores sin pagar el precio de ninguna masacre. Por eso pedimos por este querido pueblo hermano, Venezuela, en este momento tan delicado.
Y a vosotros que habéis venido a Covadonga como yo también esta mañana desde Oviedo, que la Virgen Santa, nuestra Santina, nos proteja con su manto, escuche nuestras oraciones, mientras pedimos por aquellos que nos faltan, especialmente aquellos que otros años han podido gozar de nuestra compañía y nosotros de su presencia. Tenemos presentes a nuestros familiares y amigos que hemos dejado en sus casas. Y pedimos también por aquellos que nos faltan porque han fallecido. Que Dios los bendiga. Feliz Navidad, feliz Año Nuevo llenos de la paz y el bien que proceden del Señor.
+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo
Covadonga, 3 enero de 2026






