(COPE) Los Frutos del Espíritu de Dios que toca y convierte los corazones se manifiesta en la Santa de este día. Hoy celebramos a Santa María Magdalena. Su apellido proviene del pueblo de Magdala en el que ella había nacido.
El Papa San Gregorio y la tradición la identifican con la pecadora que va a casa de Simón el fariseo cuando el Señor es invitado allí, y se convierte. El hecho es que tras una vida muy mundana se encuentra con Cristo que le sana. De ella habían salido siete demonios. Desde ese momento destaca ante los otros su amor a Dios.
Formaba parte del grupo de mujeres que atendían al Señor y sus discípulos. En toda la Pasión, no se esconde como los demás, sino que se sitúa hasta el final en el Calvario para acompañar a Jesús, hasta que muere dando la Vida por todos.
En la Resurrección se encuentra el Sepulcro Vacío y se lo dice a Pedro y Juan. Y cuando llora desconsolada se le aparece el Señor Resucitado y termina reconociéndolo. En los evangelios se relata cómo es la primera a la que se le aparece Jesús.
La tradición dice que acompañó a La Virgen y el Apóstol San Juan a Éfeso. En Occidente se cree que predicó el Evangelio en la parte francesa de Marsella, en el sur de Las Galias, y con una vida totalmente de contemplación y de ermitaña.
El Papa Francisco puso su día como una Fiesta, resaltando a Santa María Magdalena como fiel discípula. De esa forma se apoya en las palabras de Santo Tomás de Aquino que califica a esta Santa Mujer como “Apóstol entre los apóstoles”.
(El Debate) El próximo 20 de agosto cumplirá 90 años, se mantiene en buen estado de salud y con la cabeza despierta y ágil, como de costumbre. Pero el cardenal Antonio María Rouco Varela (Villalba, Lugo, 1936) se cuida, y reconoce que no siguió la final del Mundial que enfrentó a España con Argentina. «Vi un resumen después del partido», puntualiza. «Bueno, en fin, tengo que reconocer que, a veces, viendo partidos donde juega un equipo con el que tengo mucha afinidad, me pongo un poquito nervioso y por lo tanto prefiero no verlo», apunta. Sabia decisión que sería de utilidad para muchos otros.
–La Selección nos da alegrías, pero el resto del panorama patrio anda bastante revuelto... La que le montaron algunos hace unos días a monseñor Luis Argüello por recordar la cita de San Agustín: «Cuando un Estado olvida la ética se convierte en una banda de ladrones»...
–La traducción que yo conocí era cueva de ladrones... Pero sí, viene a ser lo mismo. Yo eso lo he oído en un acto sobre Europa en la catedral de Espira (Alemania). Es una catedral espléndida, románica, donde están enterrados un buen número de emperadores del Sacro Imperio Romano Germánico. No recuerdo exactamente cuándo fue, pero participaron todos los jefes de Estado de Europa.
Fuimos invitados a ese acto varios obispos y arzobispos titulares de diócesis con un significado europeo singular. Santiago de Compostela evidentemente lo tiene [el cardenal Rouco, en ese momento, era el arzobispo de la diócesis gallega]. Me invitó el obispo de Espira, entonces monseñor Friedrich Wetter, que, por cierto, después fue arzobispo de Múnich y cardenal, y que aún vive, que debe andar cercano a los 100 años y era muy amigo nuestro y de España y venía a veces a Santiago.
Recuerdo que el discurso fue del cardenal Ratzinger, que comenzó con esa frase: Un reino donde no hay justicia es una cueva de ladrones. No eres dueño absolutamente de todos los aspectos de tu vida; tienes que vivir moralmente, éticamente. Por la fe te planteas quién eres tú, cuál es tu vocación, quién te la ha dado, de dónde vienes...
Pero por ahí no vino la crítica a la frase de don Luis, si no por decirla y por el lenguaje, porque es duro, es duro. Y, si lo lees en la actualidad, en una realidad histórica concreta, como la de ahora, pues claro, duele. Pero yo creo que, en el ejercicio del Magisterio de la Palabra por parte del obispo y de la Conferencia Episcopal de obispos, hay que decir la verdad, y hay que proclamarla. Puede costar algo, te puede costar... Siempre ha costado.
Sin miedo
–Hay que decir la verdad, aunque algunos luego reaccionen muy mal...
–Aunque duela, sí, sí. Hombre, vamos a fijarnos en la persona y la historia de Jesús, del Hijo de Dios hecho hombre. Desde el punto de vista humano, pasión y cruz y muerte. Eso lo han vivido los primeros apóstoles y, a lo largo de toda la historia, ha ocurrido muchas veces. Hombre, ahora no. No cuesta sangre, no cuesta martirio, pero cuesta, cuesta. Cuesta comentarios, cuesta contestaciones agresivas o, por lo menos, contestaciones que no brillan por su buena educación.
Un servidor tiene una cierta experiencia en esas situaciones... Yo le comentaba a don Luis –cuando le llamé para animarle– que, un día de San Isidro Labrador en Madrid, yo acostumbraba, después de la misa en la Colegiata, ir a pie hasta mi casa, que no está lejos. Además, yo iba con el capisayo, o sea, que era súper reconocible, y tuvimos que esperar ante el semáforo en rojo para pasar a la calle. Pasaban dos chicos vestidos así, como raro, estos que van con pelos así como... Bueno, y empiezan a hablar de monseñor Setién, donde está Setién y tal. Luego me empezaron a insultar a mí también. Pero pasé al otro lado de la calle. Una señora me besa el anillo y me dice: Señor Cardenal, acaba de ser usted un poco más bienaventurado. Así que dije: Tú aplícate el cuento.
El Valle de los Caídos
–Usted, que ha sido arzobispo de Madrid, ¿cómo ve el tema del Valle de los Caídos? ¿Cómo cree que va a acabar?
–Hombre, a mí me ha extrañado. Las leyes de memoria histórica son súper problemáticas. Los que hemos vivido toda la transición política, en la etapa de mi vida de treintañero y cuarentañero, que fue la de los políticos de entonces, Adolfo Suárez, Felipe González... La reconciliación era necesaria. La Conferencia Episcopal Española lo recordó el año 75. En el fondo era ya una realidad vivida por todos. Yo no recuerdo durante mi vida de joven seminarista, de joven profesor, de joven sacerdote, decir: este era de este bando, este era del otro. Ese dato no se daba en la vida normal y corriente.
Pero en lo político sí necesitamos, creo yo, una especie de punto final, de nuevo comienzo. Lo que no se puede es volver otra vez a una memoria colectiva nacional partida. Eso no es responsable. Cada uno tiene su memoria.
Y claro, eso afecta al Valle de los Caídos. El Valle de los Caídos lo hemos vivido siempre como un lugar de reconciliación donde se reza por todos los que murieron en la guerra. Ya está desligado de los elementos concretos de los años en que fue construido. ¿Hay que resignificar el Valle de los Caídos? Es una basílica donde se reza. Ya está. Pero claro, es una consecuencia de la Ley de Memoria Histórica y Memoria Democrática. En fin...
Los estatutos del Opus Dei
–¿Tiene usted alguna información de en qué punto se encuentran los trabajos en el Vaticano sobre los nuevos estatutos del Opus Dei?
–Esa es una información concreta que no tengo. Pero, conociendo al Papa, el Papa cuida mucho el no herir sin necesidad. Es decir, si tú anuncias que Cristo es el Salvador del hombre y que el momento culminante de su obra salvadora es la cruz, y lo vives, eso molesta. Molesta al enemigo, al enemigo de las cosas de Dios. A Satanás. Por cierto, no ha habido un Papa contemporáneo que hablase tantas veces de Satanás como el Papa Francisco. Y, si tienes que ir al martirio, vas.
Pero, a la hora del gobierno pastoral de la Iglesia, la comprensión, la caridad, es lo que subraya mucho el Papa León. Y, cuando él habla –cuando nos habló al final del Consistorio– vimos que era un espíritu de saber hablar, saber comprender, saber acompañar mutuamente. Cada uno desde su responsabilidad.
La palabra sinodal no puede quedar tan diluida en su significado que valga para todo. Y sobre todo, lo que no puede valer es para negar los elementos constitucionales por derecho divino de la Iglesia. Por lo tanto, en este caso yo creo que el Santo Padre, el Papa, va a actuar sin herir, sin herir. No hay necesidad de herir. En estas situaciones –diríamos de versiones y matices pastorales–, en el nuevo Código de Derecho Canónico del 83, hay todo un capítulo sobre los derechos y deberes de los fieles, y hay que respetarlo. Es decir, no se puede ejercer la autoridad no canónicamente. La autoridad en la Iglesia tiene que realizarse canónicamente según las exigencias del derecho divino.
(El Debate) «Don Antonio se encuentra en unos campamentos de verano. Le podré responder a su regreso». El mensaje de la secretaria del cardenal Antonio María Rouco Varela a la solicitud para entrevistarle es lo último que uno se podría esperar. El arzobispo emérito de Madrid, que nació en Villalba (Lugo) en 1936 y está a las puertas de cumplir los 90 años de edad; el hombre que dirigió oficiosamente las riendas de la Iglesia en España durante prácticamente dos décadas; el obispo que acogió a San Juan Pablo II en Santiago de Compostela y a Benedicto XVI en Madrid; el cardenal que participó en los cónclaves de los que surgieron los tres últimos pontífices de la Iglesia católica, se encuentra ayudando en un campamento de verano para niños y adolescentes.
«Bueno, para tener casi 90 años, me encuentro muy bien», reconoce el cardenal Rouco Varela algunos días después, cuando acude por fin a la redacción de El Debate. Y revela su secreto para lograrlo: «La juventud se mantiene especialmente en la cabeza, con una mentalidad joven».
No puedo ocultarle mi sorpresa por lo de los campamentos. Y más, en este verano de calores extremos. «Bueno, sí, he ido a visitar un día el de los chicos del instituto secular masculino Stabat Mater, que tiene que ver con la familia de las Cruzadas de Santa María. También estuve en el campamento de las niñas para celebrar la eucaristía en el Día de las Familias. Y luego tuvimos una charla», detalla. Todo esto lo hizo nada más llegar de Roma, donde, entre los días 26 y 27 de junio, participó en el último consistorio de cardenales con el Papa León XIV. De los marmóreos pasillos vaticanos al tosco granito de la sierra de Ávila.
– Consistorio tras el que usted mostró su preocupación –y la de otros purpurados– por lo que se ha denominado el 'Camino Sinodal Alemán'...
– El Concilio es una forma de relación de los obispos que son herederos del Colegio Apostólico. Por lo tanto, el Colegio de los Doce. Pero el Obispo de Roma es la cabeza del Colegio. Los otros once no pueden prescindir de la cabeza y desbordarlo. A la vez, la cabeza tiene que contar con los once.
– ¿Cómo es su día a día como arzobispo emérito de Madrid? Le siguen convocando a usted a numerosas conferencias y eventos.
– Decir «de Madrid» creo que no tiene mayor importancia en relación con vivir una vida de obispo emérito, de arzobispo emérito. Pero hay que advertir que los cardenales no somos eméritos; somos electores o no electores, pero somos partícipes sujetos con todos los derechos y obligaciones del Colegio Cardenalicio. Por lo tanto, cuando el Papa nos convoca en Consistorio, sobre todo Consistorio Extraordinario, participamos con los mismos derechos y deberes que los cardenales electores, que son aquellos que no han cumplido 80 años. El fenómeno contemporáneo de esa prolongación de las edades en la vida también afecta a la Iglesia, y el Colegio Cardenalicio, por ejemplo, en el Consistorio que acabamos de celebrar en junio, el número de cardenales mayores de 80 años era considerable. Yo creo que 40 o por ahí; no menos.
Pero tratar de interpretar con categorías políticas el organismo que ejerce la autoridad en la Iglesia no es acertado, porque no se debe plegar, en su finura sacramental, a las exigencias de una comunidad humana que se organiza jurídicamente para conseguir el bien común de las personas que viven la historia en el tiempo y en el espacio concreto.
Por lo tanto, el Colegio Episcopal –sucesor del Colegio Apostólico– no es una especie de parlamento, de Senado que controla a la cabeza –al Rey o al jefe del Estado–. Las categorías naturales mejores para comprender la constitución divina de la Iglesia serían más bien la familia, la paternidad, la fraternidad, más que el Presidente de la República, el Rey o el Emperador.
Corre por ahí una definición de que el bautismo es la fuente de toda ministerialidad. Eso es una proposición falsa en sí misma. El bautismo es condición indispensable para recibir un ministerio, pero no es la fuente. El ministerio principal y decisivo en la constitución de la Iglesia es el sacramento del orden. Por eso hay una diferencia entre la eclesiología protestante y la eclesiología católica.
Preocupación en el Vaticano
– ¿Percibe preocupación en Roma con la Iglesia alemana?
– La preocupación no es solo de la Santa Sede y de los Papas. El Papa Francisco se expresó varias veces con mucha preocupación sobre lo que pasaba en Alemania. El Papa León ya intervino en tres momentos en la relación de la Iglesia en Alemania con la Santa Sede.
No me gusta decir Iglesia española, Iglesia alemana, etcétera, porque no hay iglesias nacionales. La Iglesia es católica, y por eso une las realidades terrenales. Tiene una capacidad de unión de lo humano, de toda la familia humana.
Tuve una experiencia que no he olvidado nunca. En un seminario de doctorandos y doctores de la Universidad de Munich, un servidor intervino en el diálogo y usé la expresión de la Iglesia alemana. Y me contestaron: Doctor Rouco, yo no conozco esa Iglesia; yo solo conozco la Iglesia una, santa, católica y apostólica. Me dio una lección que no he olvidado en toda la vida.
– La Iglesia en Alemania, por tanto. Gracias por la matización. Algunos, de hecho, afirman que en la Iglesia en Alemania ha habido una cierta protestantización...
– Sí, sí, sí. Bueno, es que hay que conocer la situación en general de la fe en Alemania. Hay una crisis de fe anterior a una crisis de la Iglesia, algo que se está dando en toda Europa de una manera más grave o menos grave. Sobre todo, en la Iglesia enraizada en la Europa libre, la que se desarrolló a este lado del Telón de Acero. Al otro lado se vivió una persecución tremenda, que duró medio siglo. Pero, en este lado, se dio una crisis de fe.
Si la fe en Dios falla, si la fe en Jesucristo falla, no entiendes a la Iglesia. Si la Iglesia no se concibe como la define el Vaticano II –el sacramento universal de la salvación en Cristo donde él se hace presente–, se diluye en una especie de realidad social que se dedica a lo religioso. Porque el hombre, en fin, en su ser más íntimo, ansía el más allá; más allá de uno mismo; más allá de la naturaleza visible; más allá de las categorías que el hombre puede concebir de verdad, de bien, de belleza, de amor, etcétera.
Pero, si no le conoces a Él, no crees en Él, te quedas sin respuesta. Entonces, ¿qué pasa en Europa? Pues que es una crisis que se hace muy viva con el final del Renacimiento, luego con el protestantismo y la Ilustración, que es muy alabada y, efectivamente, ha aportado muchos elementos positivos para la edificación de la sociedad y del Estado. Pero, en el corazón mismo de la Ilustración, hay una reserva; en algunos casos, un pensamiento ateo, un pensamiento agnóstico, un pensamiento dudoso, un pensamiento vacilante.
Esa herencia la volvimos a vivir y, además, con una gravedad histórica, con las configuraciones políticas del siglo XX –enormemente poderosas– que llevaban como principio fundamental de su ideología el ateísmo. En primer lugar, el marxismo-leninismo y, después, el nacionalsocialismo. Mucho más estos dos movimientos que el fascismo italiano, que no era explícitamente ateo. La experiencia del ateísmo comunista se vivió así después de la guerra en nuestra generación de jóvenes sacerdotes, los que nos ordenamos sobre todo en los años 50, los que vivimos la experiencia del Vaticano II; los que vivimos la revolución de mayo del 68, etc.
Sobre León XIV
– En este año y pocos meses que llevamos de pontificado de León XIV, muchos han intentado –a mi juicio, infructuosamente– encasillar al Papa como «conservador», «progresista», «continuista»... ¿Cómo lo ve usted?
–Bueno, yo tuve una audiencia con él muy larga en abril. Luego, los dos consistorios. Y, sobre todo, he leído libros. Lo que ha escrito y lo que ha dicho. Por ejemplo, pude leer con cierto detenimiento todo su magisterio en el viaje a España, desde ese pequeño discurso en el CEDIA al discurso en el Palacio Real, donde interpreta la historia de España a partir de la historia espiritual de España. El discurso en el Congreso fue enormemente significativo, donde recurre a las fuentes del pensamiento y de la espiritualidad española, desde San Juan de la Cruz a los maestros de la Escuela de Salamanca.
En todos ellos encuentras la preocupación de un Sucesor de Pedro que tiene bien claras cuáles son las verdades fundamentales de la fe y cuál es el principio fundamental de esa fidelidad a la verdad. La referencia a la categoría de eternidad y las referencias a que el final de la vida no termina aquí en el mundo son muy luminosas y muy centrales. Podríamos hablar de un magisterio extraordinariamente cristológico, de que la Iglesia está para vivir con Cristo, en Él, por Él. Y una expresión sacramental central, que es la de la Eucaristía. Y con una exigencia primera y básica del sí profundo de la vida, que exige conversión, pero que también confiere esperanza, confiere una especie de libertad dispuesta a superarse a sí misma; superar las heridas con las que hemos nacido y, por lo tanto, recordar a la Iglesia en este momento que colocarnos en lo esencial es imprescindible. De ahí puedes hacer mucho bien al mundo en el sentido más temporal de la expresión: desde las políticas sociales.
Pero sobre todo, me ha admirado mucho la importancia que le ha dado al valor de la vida, unido muy estrechamente al valor de la dignidad de la persona humana, que la concibe de forma trascendente. En el Parlamento dijo que la dignidad de la persona humana es intocable, porque la persona humana nace de la creación de Dios.
Diríamos –en términos del Papa Francisco– que lo periférico se da si el centro –lo esencial– funciona. Yo creo que, desde este punto de vista, hay una continuidad básica y fundamental con el pontificado de su predecesor, pero también con los Papas del post concilio. Es curioso, pero él ya ha escogido como tema para sus catequesis el Concilio Vaticano II, lo que es una llamada de atención a todos. Hay que volver al Concilio Vaticano II, ya que es la fuente inmediata, clara, evidente, inequívoca de lo que se le pide a la Iglesia por mucho tiempo. Todavía tenemos mucho espacio de aplicación del Vaticano II por delante.
– Aunque este ha sido uno de los puntos de fricción que ha desembocado en la reciente excomunión de los lefebvristas...
– En la historia de los concilios de la Iglesia, antes y después de los grandes concilios, siempre hubo una divergencia en algún punto doctrinal más o menos decisivo –a veces muy decisivo–, como por ejemplo todos los dogmas sobre la divinidad de Jesús o todos los dogmas cristológicos, pues siempre fueron acompañados y seguidos de grupos y de personas que se desviaban. En el Vaticano II también se da ese fenómeno: un sector considerable de la Iglesia, sobre todo en Europa, sobre todo en Francia y Suiza, donde la doctrina sobre la libertad religiosa del Vaticano II no fue comprendida y, por lo tanto, se produjo en torno a la figura de un arzobispo que tenía mucho prestigio personal. Y además con razón, porque era un hombre culto, un obispo culto espiritualmente, muy apreciable, más que respetable. Y, en torno a él, se dice: Este paso no lo damos.
Pero claro, ese paso significaba romper con el Concilio, porque el Concilio, en su doctrina, se extiende a muchos aspectos de la fe de la Iglesia. Vale tanto el Magisterio del Concilio hablando del Colegio Episcopal, o de la vida consagrada, o de los laicos, o de la libertad religiosa.
La misa tridentina
– La liturgia tradicional ha sido otro de los puntos de desencuentro. Usted, recientemente, ha pedido «comprensión para quienes quieren el rito antiguo».
– Pero ese no fue el problema nunca, porque todos los Papas tuvieron comprensión hacia ello. Y, claro, se puede celebrar legalmente, incluso después de la derogación del decreto de Benedicto XVI. El Papa Francisco no prohibió totalmente la celebración del rito antiguo. Limitó mucho la posibilidad de que se extienda, por ejemplo, que no puede haber más comunidades, más grupos de fieles que quieran celebrar en el rito antiguo. Yo soy sacerdote desde marzo del año de 59, y celebré siete años esa misa hasta el año 66. Por lo tanto, no estamos en un asunto de doctrina, de fe, porque la Iglesia ha vivido 500 años con este ritual.
Siempre ha habido variedad de ritos litúrgicos. Es, por lo tanto, un problema de disciplina y de pastoral litúrgica. Pero, claro, al convertirse en una desobediencia expresa, pasa a ser un problema grave, que atenta contra la unidad de la Iglesia.
Se hizo una reforma litúrgica en el Vaticano II que, en muchísimos y muy extendidos casos, se convirtió en una parodia de la liturgia. Y, claro, cuando la parodia llega hasta tal grado de profundidad que afecta a la verdad misma de lo sacramental, la conciencia de los fieles e incluso la misma sensibilidad estética de lo humano, ante la indisciplina casi anárquica de la liturgia en muchos casos y en muchos lugares de la Iglesia en los años 70 influyó en que grupos de fieles volvieran otra vez a la tradición anterior a la reforma del Vaticano II.
– Recuerdo, cuando era arzobispo de Madrid, uno de esos abusos litúrgicos muy sonados que se produjo en 2007 en la parroquia de San Carlos Borromeo y que usted ordenó cerrar al culto. Hasta allí acudieron a «solidarizarse» y a montar el numerito José Bono y Pedro Zerolo...
– Claro, cuando se producen estos fenómenos de abusos, hay gente que reacciona saliéndose por el otro lado... No negando la fe, no negando los contenidos básicos de la fe, pero exagerando, diríamos, la fórmula de solución del problema, que puede producir división, puede producir pérdida de unidad en lo verdadero y lo esencial.
Casos como ese se dieron a lo largo de los años 70. Hubo de todo y, lo que era peor, en las casas de formación, de religiosos, de religiosas, seminarios... Celebrar la Eucaristía en la sala de estar con una mesa baja. Sentados, en cuclillas, traer el vino de la nevera, el pan de no sé qué y luego hablar cada uno lo que le parecía... Casi lo único reductible a verdad teológica eran las palabras de la consagración.
O sea, se pasó de la celebración de la Eucaristía instituida por el Señor; sacramento de su presencia sacrificial y sacrificada en la cruz que alimenta nuestras almas; su carne y su sangre; la presencia de lo Divino en medio de tu vida y de tu historia... a una especie de juego de amigotes o de amigos, sin más. Hay una distancia infinita.
(InfoCatólica) León XIV visitó este lunes la Abadía de Montecasino, primer monasterio de la orden benedictina, donde rezó ante la tumba de san Benito y le encomendó la paz en las regiones del mundo marcadas por la guerra y la violencia. El Papa, que pasa sus vacaciones estivales en Castel Gandolfo, se desplazó hasta el cenobio situado a unos 130 kilómetros de Roma en una jornada de carácter estrictamente privado.
Oración, archivo y almuerzo con los monjes
Según informó la Oficina de Prensa de la Santa Sede, el Pontífice «se detuvo a rezar ante la tumba de san Benito, confiándole su ruego por la paz en aquellas regiones del mundo marcadas por el derramamiento de sangre y el conflicto». Tras ese momento de oración, rezó la hora sexta con la comunidad monástica, visitó el Archivo y la Biblioteca del monasterio y compartió el almuerzo con los monjes antes de regresar a Castel Gandolfo, donde permanecerá hasta el 27 de julio.
El abad, dom Luca Fallica, describió la visita como «un regalo totalmente inesperado», ya que la confirmación llegó apenas la víspera y la comunidad fue avisada solo unas horas antes de la llegada del Papa. «Todo se ha desarrollado con gran sencillez y familiaridad», señaló. León XIV tuvo también ocasión de saludar a huéspedes y turistas presentes en el recinto. Según relató el abad, el Papa «se alegró de poder visitar este lugar en el que había estado hace muchos años», cuando aún era estudiante en Roma.
«Nos hemos sentido reafirmados y animados tanto en nuestro compromiso monástico como en nuestro compromiso eclesial más amplio», concluyó Fallica, quien confió en que el encuentro dé «fruto por el bien de la Iglesia y por el bien de toda la humanidad».
Un símbolo de continuidad y de paz
Montecasino ocupa un lugar central en la historia de la Iglesia y de Europa. Fue fundado por san Benito hacia el año 529, y desde allí se difundió la regla benedictina, basada en el equilibrio entre oración, trabajo y vida comunitaria. Según el relato de san Gregorio Magno, Benito murió en este mismo monasterio el 21 de marzo de 547 y fue enterrado en el oratorio de san Juan Bautista, junto a su hermana melliza, santa Escolástica.
A lo largo de casi quince siglos, la abadía ha sido arrasada en varias ocasiones: por los lombardos, por los sarracenos, por un terremoto en la Edad Media y durante la Segunda Guerra Mundial, en la célebre batalla de Montecasino. Tras cada destrucción, el monasterio fue reconstruido. En 1964, san Pablo VI proclamó a san Benito patrono de Europa, un patronazgo que Juan Pablo II amplió posteriormente con los santos Cirilo y Metodio.
(Infovaticana) España conquistó su segundo Mundial tras imponerse por 1-0 a Argentina en la final disputada en Nueva Jersey este domingo. Ferran Torres marcó en la prórroga el gol que devolvió a la selección española a lo más alto del fútbol internacional dieciséis años después del título de Sudáfrica.
El triunfo cerró un campeonato en el que la fe volvió a hacerse visible sobre el terreno de juego. No como una iniciativa oficial de la FIFA ni como una identidad compartida por todos los participantes, sino mediante declaraciones, oraciones y gestos personales de futbolistas que no ocultaron sus convicciones religiosas ante las cámaras.
La fe dentro de la selección española
El vestuario español no es confesionalmente homogéneo. Lamine Yamal profesa el islam, otros jugadores no han hablado públicamente de sus creencias y algunos de los protagonistas de la segunda estrella han mostrado abiertamente su fe católica.
El caso más conocido es el de Luis de la Fuente, director técnico de la selección, que se ha definido como «católico practicante» y ha explicado que reza diariamente. Durante el Mundial aclaró que no pide a Dios ganar los partidos, sino que la oración le proporciona fortaleza, seguridad, calma y confianza.
«Rezo todos los días, pero no porque esté en un Mundial ni pretenda sacar un resultado», señaló el seleccionador, quien considera injusto pedir para sí una victoria frente a rivales que también pueden ser creyentes.
Ferran Torres, autor del gol decisivo contra Argentina, mostró durante la concentración las medallas que lleva bajo la camiseta. «Tengo la cruz y una Virgen. Creo que es algo que me da mucho apoyo, que me da tener muchísima fe y para mí es algo muy importante», explicó el delantero valenciano.
También Nico Williams expresó públicamente su confianza en Dios. Antes de la final difundió una fotografía arrodillado sobre el césped y señalando hacia el cielo, acompañada por la frase «God is great» —«Dios es grande»—. Su historia familiar mantiene, además, un vínculo estrecho con la Iglesia: sus padres, procedentes de Ghana, recibieron ayuda de Cáritas y del entonces sacerdote Iñaki Mardones cuando llegaron a Bilbao. El hermano mayor del futbolista recibió el nombre de Iñaki en agradecimiento a aquel sacerdote.
A estas expresiones se sumó el gesto de Mikel Merino tras marcar el gol de la victoria contra Portugal el 6 de julio. El navarro se colocó el pañuelo rojo y celebró el tanto con un «¡Viva San Fermín!», en referencia al patrón de Pamplona y a unas fiestas que comenzaban ese mismo día.
Estas manifestaciones no convierten a España en una selección confesional ni permiten atribuir el título a una intervención divina. Muestran, sencillamente, que algunos de sus principales protagonistas no consideran necesario esconder su fe en un ámbito sometido a una enorme exposición pública.
Oraciones entre adversarios
Las escenas religiosas no se limitaron al equipo campeón. En otro partidos, como entre Alemania y Curazao, varios jugadores de ambas selecciones se reunieron para rezar en el centro del campo.
Los alemanes Jonathan Tah y Felix Nmecha se sumaron a la oración de los jugadores caribeños tras un encuentro que había terminado con una amplia victoria germana. Nmecha explicó después que durante el partido eran rivales, pero que, una vez concluido, volvían a reconocerse como cristianos y hermanos.
«Todos creemos que Jesús es glorificado a través del juego y por eso rezamos juntos», afirmó.
La escena resultó especialmente significativa porque no se produjo después de una victoria equilibrada, sino tras una dura derrota de Curazao. La oración compartida no borró el resultado, pero mostró que la rivalidad deportiva no anulaba una fe común.
Los croatas Igor Matanović y Kristijan Jakić también hablaron abiertamente del catolicismo antes de su debut. Matanović aseguró que la oración le da fuerza porque siente que Dios lo escucha, mientras que Jakić sostuvo que la fe forma parte de la vida y de la identidad de la selección croata.
Otros jugadores del torneo, como el estadounidense Cristian Roldán, el mexicano Santiago Giménez, el portugués Cristiano Ronaldo o el francés Kylian Mbappé, han hablado igualmente de la oración, la Biblia y la gratitud a Dios como elementos presentes en sus carreras.
Argentina también llevó su fe a la final
La fe tampoco estuvo únicamente del lado español en el partido decisivo. Lionel Messi ha descrito en numerosas ocasiones su talento como un don recibido de Dios y acostumbra a señalar hacia el cielo después de marcar.
La selección argentina mantiene además una arraigada religiosidad popular. En su vestuario colocaron imágenes de la Virgen de Luján, del padre Pío y del papa Francisco, mientras que los botines de Messi fueron bendecidos en la basílica dedicada a la patrona de Argentina antes del torneo.
En una cultura que admite la exhibición pública de casi cualquier aspecto de la vida personal, pero observa con frecuencia la fe con incomodidad, el Mundial sí dejó un hecho relevante: en uno de los mayores espectáculos globales, numerosos futbolistas hablaron de Dios, rezaron con sus adversarios y llevaron signos religiosos sin relegarlos a la intimidad. Esa naturalidad no deja de ser significativa.
(Cope) La Antigua Alianza ha contado con grandes baluartes que ha sido defensores de la unión del Pueblo Elegido con el Cielo. Hoy celebramos a San Elías. Es el Antiguo Testamento el que nos describe cómo este Profeta de Dios ha de encararse con el pueblo que, tras prometer en el Sinaí fidelidad al Señor, rompe con la Alianza sellada.
En este Pasaje les reta a ofrecer un sacrificio al falso dios Baal y él lo ofrecerá al Señor Dios de Israel. Entonces les deja en evidencia cuando el falso mito no contesta, mientras él según le ora al Cielo, la víctima es consumida, convenciendo a todos de su error y reconociendo a Yavé. Después de esto huye, perseguido por la reina, caminando hasta el Horeb, donde la Providencia le conforta. En Sarepta se alojará en casa de una pobre viuda a la que ayuda, impidiendo que se muera y tenga alimento y salud.
También se le considera el iniciador del Carmelo al divisar la nubecilla que subía al Cielo, prefigurando así a la Virgen del Carmen. Por Orden Divina unge profeta sucesor suyo a Eliseo, y mientras van de camino, un Carro de Fuego se sitúa en medio, arrebatando a Elías al Cielo. Desde allí también da un poco de sus saber y capacidad de pastoreo. Su presencia se hará patente en la Transfiguración del Señor conversando junto con Moisés.
Vivimos en una sociedad de respuestas rápidas y que exige resultados inmediatos. Nos cuesta tolerar la espera, la imperfección y el fallo ajeno. Queremos soluciones instantáneas y, a menudo, justicia inmediata. Quisiéramos arrancar de raíz y de forma violenta todo aquello que consideramos malo, molesto o pecaminoso, tanto a nuestro alrededor como dentro de nosotros mismos. Sin embargo, la liturgia de la Palabra de este Domingo XVI del Tiempo Ordinario nos invita a entrar en una lógica completamente distinta, la lógica de la paciencia, la misericordia y los procesos de Dios. Hoy las escrituras nos revelan que Dios no actúa con la prisa del hombre, sino con la pedagogía del agricultor que sabe esperar el tiempo de la cosecha.
En la primera lectura del libro de la Sabiduría se nos regala una de las definiciones más profundas sobre la soberanía de Dios. Nos dice el texto: “Tu fuerza es el principio de la justicia, y tu señorío sobre todo te hace ser indulgente con todos”. Y es que poder no es sinónimo de fuerza ni violencia. En el mundo terrenal, el poder se asocia con el control, la imposición, la sumisión y el castigo inmediato. Dios demuestra que su omnipotencia es tan grande que no necesita recurrir a la fuerza bruta para reafirmarse. Su verdadero poder se manifiesta en su capacidad de perdonar y de esperar. He aquí la lección de la moderación. Dios no nos destruye a la primera falta; al contrario, su paciencia es insuperable. Y también este pasaje es una llamada a la esperanza. Al actuar así, Dios nos enseña una lección fundamental: el justo debe ser humano y bondadoso. Además, abre siempre una puerta al futuro al conceder a sus hijos el arrepentimiento tras el pecado; Dios no nos encasilla en nuestros errores pasados. El salmista vuelve a incidir en ello: "Tú, Señor, eres bueno y clemente".
La segunda lectura de San Pablo a los Romanos nos va a recordar cómo el Espíritu Santo socorre nuestra debilidad. El Apóstol nos sitúa ante nuestra propia realidad: somos débiles y limitados. Incluso en algo tan íntimo y necesario como la oración, San Pablo afirma con total honestidad: “Nosotros no sabemos pedir como conviene”. Y a continuación alude a la figura del abogado interior. Ante nuestra incapacidad de comunicarnos plenamente con Dios, el Espíritu Santo acude en nuestra ayuda. Él intercede por nosotros con "gemidos inefables", traduciendo los anhelos más profundos de nuestro corazón, aquellos que ni siquiera nosotros mismos sabemos expresar con palabras. En pleno verano, somos llamados a orar desde el Espíritu; esta lectura nos invita a descansar en Dios. Rezar no consiste en convencer a Dios con discursos perfectos, sino en permitir que su Espíritu ore en nosotros, alineando nuestros deseos con la voluntad del Padre.
Y el corazón de la liturgia de la Palabra siempre es el evangelio, hoy tomado del capítulo 13 de San Mateo. El texto evangélico de san Mateo nos ofrece tres parábolas del Reino de los Cielos: el trigo y la cizaña, el grano de mostaza y la levadura en la masa. El primero de el Trigo y la Cizaña, nos habla de convivir con la imperfección. Los criados del campo, al ver que la cizaña crece junto al trigo, reaccionan con el impulso humano típico: “¿Quieres que vayamos a arrancarla?”. La respuesta del dueño de la casa es tajante: “No, no sea que al arrancar la cizaña arranquéis también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la siega”. Estamos pues, ante el misterio del mal. El mal existe y convive con el bien en el mundo, en la Iglesia y en nuestro propio corazón. Ninguno de nosotros es puramente trigo o puramente cizaña; en nuestro interior habitan santidad y miseria al mismo tiempo. Aparece aquí también el peligro de juzgar. Si intentáramos arrancar la cizaña por nuestra cuenta, podríamos destruir mucho bien. No tenemos la capacidad de juzgar el fondo del alma humana. Lo que hoy parece cizaña, por la gracia de Dios y en el tiempo, puede convertirse en trigo bueno. El juicio definitivo le corresponde sólo a Dios al final de los tiempos. La parábola del Grano de Mostaza y la Levadura, es un canto del Poder de lo Pequeño. Estas otras dos referencias nos muestran cómo actúa el Reino de Dios en la historia. El grano de mostaza comienza siendo la más pequeña de las semillas, pero se convierte en un arbusto grande donde las aves hacen nidos. Así es la fe y la obra de Dios: empieza de forma humilde y casi invisible, pero tiene un potencial de crecimiento asombroso. Una pizca de levadura fermenta tres medidas de harina. El Reino no se impone por la fuerza militar o el ruido mediático; transforma el mundo desde dentro, de manera silenciosa, a través del testimonio diario de amor a Dios y a los hermanos, del servicio y la fidelidad.
En este domingo el Señor nos llama a vivir la paciencia con nosotros mismos. No te desanimes si descubres "cizaña" en tu interior. Dios no te desecha; te da tiempo para cambiar. Deja que el Espíritu Santo trabaje en ti. Vivamos la misericordia escapando a la tentación de ser jueces de los demás. Y, sobre todo, confiemos en el valor de lo pequeño. Seamos esa pequeña levadura en nuestro entorno, ese grano de mostaza insignificante: Dios se encargará de multiplicar los frutos.