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miércoles, 7 de octubre de 2026
7 de Octubre: Nuestra Señora del Rosario: la fiesta nacida de una victoria que cambió la historia de Europa
(Infovaticana) Cada 7 de octubre, la Iglesia honra a Nuestra Señora del Rosario y recuerda una de esas jornadas en las que la historia de la Cristiandad quedó inseparablemente unida a la oración. El origen de la fiesta conduce hasta el año 1571, cuando el avance otomano por el Mediterráneo amenazaba gravemente a la Europa cristiana y el papa san Pío V llamó a los fieles a implorar el auxilio de la Santísima Virgen mediante el rezo del Rosario.
Mientras la armada de la Santa Liga navegaba hacia el encuentro con la flota otomana, en Roma y en otros lugares de la Cristiandad se rezaba. El domingo 7 de octubre llegó finalmente el enfrentamiento en aguas griegas, cerca de Lepanto, y la victoria cristiana fue recibida como una gracia alcanzada por intercesión de Nuestra Señora.
San Pío V quiso que aquella ayuda no fuese olvidada cuando desapareciera el peligro inmediato. De su acción de gracias nació una celebración dedicada inicialmente a Nuestra Señora de la Victoria, que poco después quedaría vinculada al Rosario y que la Iglesia sigue celebrando más de cuatro siglos después.
Lepanto pertenece a la historia militar de Europa, pero para un católico su recuerdo no termina en las galeras, los comandantes y las estrategias. Aquel 7 de octubre recuerda también una verdad profundamente arraigada en la vida de la Iglesia: la oración puede intervenir realmente en la historia y la intercesión de la Madre de Dios no es un adorno piadoso de la fe cristiana.
Cuando la Cristiandad acudió a la Virgen
La Europa de 1571 llevaba más de un siglo contemplando el avance del Imperio otomano. Constantinopla había caído en 1453 y durante las décadas siguientes los turcos extendieron sus dominios por los Balcanes y el Mediterráneo oriental, mientras su poder naval amenazaba cada vez con mayor intensidad las posiciones cristianas.
La ofensiva contra Chipre, entonces bajo dominio veneciano, agravó la situación en 1570. Nicosia cayó y Famagusta quedó sometida a un largo asedio. San Pío V comprendía que las potencias cristianas difícilmente podrían responder por separado, pero conseguir que actuasen juntas era una empresa particularmente difícil. Entre ellas existían rivalidades políticas, intereses comerciales y viejos conflictos que obstaculizaban cualquier alianza.
El Papa perseveró hasta que, en mayo de 1571, quedó constituida la Santa Liga, formada principalmente por la Monarquía Hispánica, la República de Venecia y los Estados Pontificios, junto con otros participantes. El mando de la flota fue confiado a don Juan de Austria, hijo del emperador Carlos V y hermanastro de Felipe II.
Pío V, dominico y profundamente devoto de la Virgen, sabía, sin embargo, que la defensa de la Cristiandad no podía descansar únicamente sobre el número de barcos y soldados. Por eso acompañó los esfuerzos diplomáticos y militares con una llamada insistente a la oración y pidió de manera particular el rezo del Rosario.
La relación entre esta oración y Lepanto no fue una leyenda incorporada tardíamente al relato. Más de tres siglos después, León XIII recordaba en Supremi Apostolatus Officio cómo, mientras los soldados cristianos se preparaban para combatir, los fieles que permanecían lejos de la batalla invocaban a María mediante el Rosario y pedían su protección para quienes iban a enfrentarse a la flota otomana.
La Cristiandad combatía así de dos maneras distintas: unos empuñaban las armas y otros rezaban. San Pío V había pedido ambas cosas a quienes correspondía.
El domingo de Lepanto
Las dos flotas se encontraron el 7 de octubre de 1571, domingo, en el golfo de Patras. En las naves de la Santa Liga viajaban españoles, venecianos, genoveses, pontificios y hombres procedentes de otros territorios cristianos que habían dejado temporalmente a un lado sus diferencias para hacer frente a un peligro común.
La dimensión religiosa acompañó a los combatientes antes del enfrentamiento. Los capellanes atendieron a las tropas y se rezó a bordo de las naves antes de comenzar una batalla que se prolongaría durante horas y se convertiría en uno de los mayores enfrentamientos navales de la época.
Al terminar la jornada, la armada otomana había sufrido una derrota de enorme importancia. Numerosas galeras habían sido capturadas o destruidas y miles de cristianos que permanecían cautivos en ellas recuperaron la libertad. La noticia recorrió Europa y disipó la impresión de que el avance naval otomano era imposible de detener.
Lepanto no destruyó el Imperio otomano ni puso fin a todos los peligros que amenazaban a la Europa cristiana. Las guerras continuarían y el poder turco seguiría siendo formidable durante generaciones. Pero la victoria alteró el equilibrio psicológico y político del Mediterráneo y se convirtió inmediatamente en uno de los grandes acontecimientos de su tiempo.
Para san Pío V, además, la victoria exigía algo más que celebraciones humanas: exigía dar gracias.
La Iglesia quiso recordar quién había auxiliado a los cristianos
León XIII recordaría posteriormente que Pío V, deseoso de perpetuar la memoria de la gracia recibida, estableció una conmemoración en honor de Nuestra Señora de la Victoria. Su sucesor, Gregorio XIII, vincularía aquella celebración al título de Nuestra Señora del Rosario.
De este modo, la victoria de Lepanto comenzó a incorporarse a la vida litúrgica de la Iglesia. La fiesta se extendió progresivamente y durante siglos se celebró el primer domingo de octubre. Finalmente, la reforma del Breviario realizada por san Pío X en 1911 fijó su celebración el 7 de octubre, haciendo coincidir nuevamente la fiesta mariana con el aniversario exacto de la batalla.
La antigua liturgia romana conservó también expresamente la memoria de Lepanto. Durante generaciones, quienes rezaban el Oficio Divino en la fiesta del Rosario encontraban allí el recuerdo de la victoria obtenida durante el pontificado de san Pío V mediante el auxilio de la Santísima Virgen.
No era un detalle secundario. La liturgia enseñaba así a mirar la historia con ojos cristianos: los hombres actúan, combaten, gobiernan y toman decisiones verdaderas, pero por encima de la acción humana permanece la Providencia de Dios. Reconocerlo no disminuye el valor de quienes lucharon en Lepanto; coloca sus esfuerzos dentro de una realidad mayor.
Por eso la celebración que sobrevivió a la batalla no lleva el nombre de don Juan de Austria, ni el de España, Venecia o los Estados Pontificios. La Iglesia prefirió conservar aquella jornada bajo el nombre de la Virgen.
El Rosario en las horas difíciles
La enseñanza de Lepanto tampoco quedó confinada al siglo XVI. Cuando León XIII quiso devolver un lugar central al Rosario en la vida de los católicos, acudió precisamente al ejemplo de san Pío V.
En Supremi Apostolatus Officio, publicada en 1883, recordó la victoria de 1571 al exhortar nuevamente a la Iglesia a buscar el auxilio de la Virgen mediante esta oración. Durante los años siguientes dedicaría numerosos documentos al Rosario y contribuiría decisivamente a consolidar octubre como el mes especialmente consagrado a esta devoción.
No era nostalgia histórica. León XIII estaba convencido de que aquello que había hecho la Iglesia ante los peligros del siglo XVI seguía siendo válido ante las pruebas de su propio tiempo. Cambiaban las amenazas y las circunstancias, pero no la necesidad del auxilio divino ni el poder de la intercesión de María.
Otros pontífices continuaron recomendando la misma práctica. Pío XI, por ejemplo, pidió en 1937 que durante octubre el Rosario fuese rezado con particular fervor en las iglesias y en los hogares cristianos.
De este modo, Lepanto quedó unido a una enseñanza que trasciende cualquier batalla: cuando llegan tiempos difíciles, el católico no desprecia los medios humanos ni renuncia a cumplir sus deberes, pero sabe que éstos no agotan la realidad. También reza, pide la ayuda de Dios y acude a la intercesión de su Madre.
Una victoria convertida en acción de gracias
Han pasado 455 años desde aquel domingo. El mundo de san Pío V y don Juan de Austria desapareció hace mucho tiempo; las potencias que combatieron en Lepanto cambiaron, las fronteras fueron trazadas de nuevo innumerables veces y las galeras terminaron convertidas en piezas de museo.
Nuestra Señora del Rosario, en cambio, continúa teniendo su fiesta cada 7 de octubre.
La permanencia de esta celebración dice mucho sobre la manera católica de conservar la memoria. Lepanto fue una gran victoria militar, pero la Iglesia no quiso limitar su recuerdo al valor de los combatientes ni a la habilidad de sus comandantes. Vio también las oraciones elevadas lejos del campo de batalla y reconoció el auxilio recibido por intercesión de la Virgen.
Por eso, siglos después, los católicos siguen haciendo el 7 de octubre aquello que hicieron sus antepasados mientras la suerte de Lepanto todavía era incierta: tomar entre sus manos las cuentas del Rosario y recorrer, junto a María, los misterios de la vida de su Hijo.
Ahí está la herencia más profunda de aquella jornada. Una victoria que cambió la historia de Europa terminó convertida por la Iglesia en una fiesta de gratitud a la Madre de Dios: Nuestra Señora del Rosario.
martes, 6 de octubre de 2026
La conciencia de lo sagrado. Por Juan Manuel de Prada
El odio es una pasión que actúa a modo de reflejo manifiesto de algo que permanece oculto en los repliegues de nuestra alma. De ahí que el odio religioso sea el más habitual –y el más pujante– de todos los odios: puesto que el ser humano es, por naturaleza, un ser religioso, la represión de su identidad religiosa azuza el odio; o cuando menos un sentimiento de pesadumbre íntima que se suele mitigar abrazando los más diversos sucedáneos idolátricos: utopías ideológicas, afanes mundanos, concupiscencias plutónicas o venéreas, etcétera.
Con frecuencia, tales placebos logran hacer creer al hombre que la represión de su identidad religiosa es auténtica “indiferencia”; pero a veces también ocurre que tales placebos idolátricos enardecen su odio religioso: así ha sucedido siempre, en los sucesivos ocasos de la Historia, y así sucede hoy, aunque las utopías políticas en boga se emperifollen de “libertad religiosa”.
Para derruir una cruz o profanar una iglesia es preciso odiar algo que, en lo más secreto de nuestras entretelas, forma parte de nosotros; hace falta –como diría la Epístola de Santiago– “creer y temblar”. Pues alguien que, simplemente, fuese descreído no sentiría irritación alguna ante una cruz, ni querría despelotarse ante un sagrario; le parecerían objetos tan triviales o absurdos como a mí me lo parecen los amuletos o las estatuillas de Buda.
Es cierto que las idolatrías sustitutorias en boga pueden travestirse, mediante una suerte de “coraza civilizatoria”, de indiferentismo religioso; y que muchos forofos de tal o cual utopía ideológica, afán mundano o concupiscencia plutónica logran pasar ante una iglesia fingiendo que no se inmutan. Pero no es menos cierto que, con frecuencia, tales idolatrías sustitutorias no hacen sino hurgar en la llaga abierta del odio religioso. Para arrancar la cruz de la cima de una montaña o quitarse el sostén ante un sagrario es preciso “creer y temblar”, es preciso ser un creyente invertido. Ni siquiera podemos confundir estas reacciones con actos de mera “barbarie”, pues el salvaje actúa de forma instintiva o impulsiva; y quienes perpetran estas irreverencias y profanaciones lo hacen muy calculadamente, en volandas de consignas ideológicas, azuzados (o siquiera jaleados) por las biliosas alfalfas que les suministraron en los medios de cretinización de masas y en las aulas académicas. Es, pura y simplemente, odium fidei, salpimentado con su dosis azufrosa de utopía ideológica en boga.
Pero el caso es que este tipo de profanaciones empieza a hacerse frecuente en nuestro Occidente terminal. Y aquí deberíamos preguntarnos si el caldo de cultivo que las alimenta no será la falta de ardor de los creyentes, la tibieza de nuestra fe, la languidez de nuestras devociones. El ultraje de lo sagrado sólo adquiere su plena dimensión monstruosa cuando se tiene conciencia de lo que significa lo sagrado.
En este sentido, el odiador que arranca la cruz de la cima de un monte o la odiadora que se despelota en una iglesia tienen mucha más conciencia de lo sagrado que muchos creyentes rutinarios que pasan ante el sagrario como quien pasa ante un armatoste, o que se quedan como estafermos en la consagración, o que comulgan de forma frívola e indigna. Y mucha más conciencia también, por cierto, que los prelados que permiten que muchedumbres de turistas estivales se paseen en pantalón corto por las iglesias, como se pasearían por una verbena de pueblo o una feria de productos agropecuarios. Esta pérdida del significado de lo sagrado entre los propios creyentes es un triunfo mucho más jubiloso para los que “creen y tiemblan” que todas las irreverencias y profanaciones de los exaltados.
Publicado en el número 81 de la revista Misión.
San Bruno y la Cartuja: casi mil años buscando a Dios en el silencio
(Infovaticana) Hay órdenes religiosas cuya historia puede contarse a través de grandes fundadores, reformas, universidades, misiones y obras apostólicas. La de los cartujos discurre de otra manera. Desde hace casi mil años, generación tras generación, sus monjes han buscado desaparecer de la mirada del mundo para permanecer a solas con Dios.
Su historia comienza con san Bruno de Colonia, cuya memoria celebra la Iglesia cada 6 de octubre. En 1084, Bruno y seis compañeros llegaron a un paraje montañoso y apartado de los Alpes franceses, cerca de Grenoble. Allí, en el macizo de la Chartreuse, nació una forma de vida monástica que todavía hoy conserva algo de aquella primera retirada al desierto.
Los siglos han pasado. Han desaparecido reinos y dinastías, Europa ha conocido guerras, revoluciones y transformaciones que san Bruno difícilmente habría podido imaginar. La Cartuja, sin embargo, continúa.
Una antigua expresión vinculada a la Orden parece resumir esa vocación mejor que cualquier tratado:
«Stat crux dum volvitur orbis»
(La Cruz permanece mientras el mundo gira)
San Bruno y el deseo de soledad
Bruno nació en Colonia hacia 1030 y recibió una sólida formación intelectual. Estudió en Reims y llegó a convertirse en maestro de una de las escuelas más prestigiosas de su tiempo. Entre sus discípulos estuvo quien más tarde sería el papa Urbano II.
Su camino hacia la vida eremítica no fue, por tanto, el de un hombre incapaz de encontrar un lugar en el mundo. Bruno conocía bien la vida eclesiástica de su época y había alcanzado una posición desde la que podía esperar honores mayores. Precisamente por eso resulta más elocuente su renuncia.
Lo que buscaba era otra cosa.
Después de diversas vicisitudes, Bruno y sus primeros compañeros llegaron hasta Hugo, obispo de Grenoble, quien les facilitó un lugar apartado en las montañas. Allí levantaron pequeñas construcciones individuales alrededor de una iglesia y comenzaron una vida que combinaba dos antiguas tradiciones del monacato cristiano: la soledad del ermitaño y la vida común del cenobita.
Había nacido la Grande Chartreuse.
Bruno no dejó una regla monástica comparable a la de san Benito. La forma de vida que había iniciado fue tomando cuerpo lentamente y sería puesta por escrito décadas después por Guigo, quinto prior de la Cartuja. Aquellas costumbres terminaron convirtiéndose en la base de una de las tradiciones contemplativas más singulares de la Iglesia latina.
Una comunidad de solitarios
La peculiaridad de la Cartuja se encuentra precisamente en esa aparente contradicción: los cartujos viven juntos para poder vivir en soledad.
El monasterio se organiza de manera que buena parte de la jornada del monje transcurra en su propia celda. Pero llamar «celda» a ese espacio puede resultar engañoso. Tradicionalmente se trata de una pequeña vivienda con los lugares necesarios para la oración, el estudio y el trabajo, acompañada de un pequeño jardín.
Allí el monje pasa largas horas sin compañía humana.
Reza, trabaja, estudia, come y duerme en silencio. La comunidad se reúne para determinados momentos de la liturgia y para algunas ocasiones de convivencia previstas por la propia observancia cartujana, pero después cada uno regresa nuevamente a su soledad.
No es un aislamiento improvisado ni una búsqueda individualista de tranquilidad. Toda la arquitectura de la Cartuja está concebida para custodiar una vida orientada hacia la contemplación.
El silencio no constituye un fin en sí mismo. Se guarda silencio para escuchar.
La noche cartujana
Uno de los momentos que mejor expresa esa vocación ocurre mientras buena parte del mundo duerme.
En plena noche, los monjes abandonan sus celdas y se dirigen a la iglesia para una larga celebración del Oficio divino. La oscuridad, el canto, los salmos y las lecturas forman parte de una tradición que hunde sus raíces en las antiguas vigilias monásticas.
Después vuelven a sus celdas.
La jornada continuará marcada por las horas litúrgicas, la oración personal, la lectura de la Sagrada Escritura y de los Padres, el trabajo manual y la celebración de la Misa.
No existe prisa por llenar cada espacio de actividad. Tampoco se mide el día según los criterios habituales de productividad. El tiempo pertenece a Dios y las campanas del monasterio recuerdan continuamente hacia quién está ordenado.
La austeridad alcanza también la mesa. La tradición cartujana excluye la carne y conserva ayunos y abstinencias que pueden parecer extraordinarios a ojos contemporáneos, pero que forman parte de una comprensión del monacato en la que cuerpo y alma participan juntos de la búsqueda de Dios.
El desierto dentro de la Iglesia
El deseo de retirarse del mundo no nació con san Bruno.
Desde los primeros siglos del cristianismo, hombres y mujeres abandonaron ciudades y posesiones para marcharse al desierto. Los nombres de san Antonio Abad, san Pablo Ermitaño y los antiguos Padres del Desierto pertenecen a esa larga genealogía espiritual.
El cartujo continúa, a su manera, aquella intuición.
No huye porque considere mala la creación ni porque la Iglesia le resulte indiferente. Se retira precisamente dentro de la Iglesia y por la Iglesia.
La vida contemplativa siempre ha tenido esta dimensión que resulta difícil de medir. El monje quizá nunca predique ante una multitud, administre una parroquia o viaje a una misión. Su apostolado se realiza principalmente en la oración, en la penitencia y en una existencia ofrecida a Dios.
Desde fuera puede parecer que no ocurre nada.
Para el cristiano, sin embargo, la fecundidad de una vida no se reduce a aquello que puede contabilizarse.
Una orden sin grandes reformas
A la Cartuja se ha atribuido durante siglos una expresión célebre: Cartusia numquam reformata quia numquam deformata, «la Cartuja nunca fue reformada porque nunca fue deformada».
Tomada literalmente, la frase simplifica una historia mucho más compleja. Los cartujos también atravesaron guerras, supresiones, expulsiones, pérdidas de monasterios y las inevitables dificultades de toda institución humana. Pero la sentencia expresa algo verdadero acerca de la extraordinaria continuidad de su forma de vida.
La Orden no necesitó convertirse periódicamente en algo distinto para justificar su existencia.
Su razón de ser permanecía donde había estado desde el comienzo: la búsqueda de Dios en la soledad.
Esa estabilidad resulta especialmente llamativa cuando se contempla desde una época fascinada por la novedad. Los cartujos no han sobrevivido porque hayan aprendido a seguir cada cambio cultural, sino porque su vocación nunca dependió de ellos.
Cuando Bruno dejó su propia Cartuja
La vida del fundador contiene, además, una paradoja.
San Bruno no pasó el resto de sus días en aquella soledad que había buscado en los Alpes. Su antiguo discípulo, convertido en el papa Urbano II, lo llamó a Roma para tenerlo cerca como consejero.
Bruno obedeció.
Para quien había deseado el retiro, la corte pontificia suponía un sacrificio distinto de los que había elegido en Chartreuse. Finalmente obtuvo permiso para regresar a la vida contemplativa, aunque no a su primera fundación. Se estableció en Calabria, donde nació otra comunidad y donde murió en 1101.
Su historia recuerda así que la soledad cartujana nunca fue independencia respecto de la Iglesia. Bruno abandonó incluso el lugar que amaba cuando la obediencia se lo pidió.
La contemplación no lo había apartado de la Iglesia; lo había puesto más profundamente a su servicio.
Mientras el mundo gira
Pocas instituciones permiten contemplar con tanta claridad el contraste entre el paso del tiempo y la permanencia de una vocación.
Desde 1084 hasta nuestros días, el mundo que rodea los monasterios cartujos ha cambiado casi por completo. Los caminos medievales se convirtieron en carreteras; aparecieron la imprenta, la industria, la electricidad, el automóvil, la radio, la televisión e internet. Las noticias comenzaron a recorrer el planeta en segundos y el silencio se convirtió, incluso materialmente, en un bien cada vez más difícil de encontrar.
Dentro de una cartuja, sin embargo, un hombre continúa entrando en su celda para rezar.
Continúa levantándose de noche para cantar los salmos.
Continúa trabajando con sus manos.
Continúa aprendiendo a callar.
No porque el tiempo se haya detenido detrás de los muros del monasterio, sino porque aquello que busca el cartujo no pertenece a ninguna época.
Quizá por eso aquellas palabras siguen pareciendo escritas para ellos:
«Stat crux dum volvitur orbis»
lunes, 5 de octubre de 2026
Nueva Guía para acompañar el proceso de iniciación cristiana con el catecismo «Jesús es el Señor»
(C. E. E.) La Comisión Episcopal para la la Evangelización, Catequesis y Catecumenado presenta una nueva Guía para acompañar el proceso de iniciación cristiana con el catecismo Jesús es el Señor, una propuesta destinada a ayudar a las parroquias y a los catequistas en el acompañamiento de los niños dentro de su proceso de iniciación cristiana.
Esta nueva publicación, editada por la Editorial EDICE de la Conferencia Episcopal Española, ofrece temas para las distintas etapas del proceso catecumenal, facilitando a los responsables de la catequesis adaptar el proceso de iniciación cristiana a las diferentes situaciones que se presentan actualmente en las parroquias.
La Guía, disponible desde finales de septiembre, parte del catecismo Jesús es el Señor. Por ello, todos los temas están iluminados por la Palabra de Dios, que se presenta así como uno de los elementos fundamentales para el desarrollo de las catequesis. Con estos materiales también se pretende acompañar a las familias de los niños desde propuestas concretas.
Una propuesta para niños en edad catequética sin bautizar
Precisamente, uno de los aspectos a los que quiere dar respuesta esta nueva pulbicación es el aumento de niños en edad catequética que todavía no han recibido el bautismo y que acuden a las parroquias. La Guía pretende ofrecer recursos para acompañar también a estos niños dentro de los procesos de iniciación cristiana.
Atención a los niños con discapacidad
La publicación incorpora asimismo pistas para favorecer la participación en la catequesis de niños con discapacidad, con el objetivo de ayudar a los catequistas a integrar estas situaciones dentro de los procesos ordinarios de iniciación cristiana.
De este modo, la nueva Guía amplía la propuesta de acompañamiento vinculada al catecismo Jesús es el Señor, teniendo en cuenta distintas realidades que están presentes en las comunidades parroquiales.
Las obras de arte del catecismo, también como recurso catequético
La publicación se acompaña de una carpeta con las diez láminas de las obras de arte incluidas en el catecismo Jesús es el Señor como recurso catequético.
Las láminas, realizadas en un formato de 66 x 95 centímetros, permiten disponer de estas obras de arte en un tamaño adecuado para su utilización en los espacios de catequesis y para acompañar visualmente el desarrollo de los temas.
La Guía para acompañar el proceso de iniciación cristiana con el catecismo Jesús es el Señor está ya a la venta en las librerías de toda España.
Témporas de acción de gracias. Por Fr. Antolín González Fuente O.P.
San Jerónimo usa una curiosa paradoja cuando afirma que no es la fiesta la que crea la asamblea, sino que es la asamblea la que crea la fiesta: «Verse unos a otros es la fuente de un gozo mayor, (Comm, In epist. ad Gal., 1. 2, c.4; PL 26, 378).
De hecho, los fieles se reúnen en asamblea sobre todo para celebrar en la alegría de la acción de gracias los acontecimientos del misterio de la salvación, También se reúnen para celebrar ritos o momentos de penitencia o de petición ante las diversas necesidades.
Todos estos elementos han convergido desde los primeros siglos de la Iglesia en la institución de estos «tiempos» de celebración llamados las «cuatro témporas«.
El sentido penitencial lleva el ponerse de rodillas en humildad; el ayuno de los miércoles y viernes y después también del sábado; la limosna y las obras de caridad.
El principio u origen de las cuatro témporas coincide con las cuatro estaciones solares del hemisferio Norte y se concreta en celebraciones en tres días de una misma semana: el miércoles, el viernes y el sábado. Así se determinó el sentido de las cuatro témporas: la primera en la semana 3ª de Adviento (invierno); después de la 1ª de Cuaresma (primavera); después del domingo de Pentecostés (verano) y después del 3° domingo de septiembre (otoño). Es preciso que los fieles sean avisados con tiempo de tales celebraciones.
La oración de las «rogativas» es una súplica de intercesión especialmente por las intenciones de interés local. Forma parte de la oración o diálogo entre Dios y su pueblo, y una expresión común es la letanía (Misal Dominicano, I, Edibesa, Madrid, 1993, pp. 1681-1689).
La bendición de Dios, que «desciende» hacia nosotros, que es por excelencia el mismo Cristo, exige la respuesta del hombre, que 'asciende' hacia Dios dándole gracias o diciendo bien de él (Gn 24, 26-27, Jn 11, 41; Ef 1, 31).
El trabajo humano tiene un valor individual, social y también sobrenatural, tal como lo ha descrito el Concilio Vaticano II: como colaboración a la obra creadora de Dios (Gn 1, 28); como perfección de la misma persona humana; como servicio al bien común y como actuación del proyecto de la redención (GS, nn. 34-35). Cristo asume el trabajo humano como una realidad de entregar al Padre, hasta que Dios todo esté en todos (cf. 1Co 15, 28).
La práctica de las rogativas, procesiones y sobre todo la celebración de la Eucaristía por diversas necesidades de la comunidad y de la Iglesia puede y debe mantener actualmente su valor para diversas circunstancias.
Así se celebra desde hace tiempo la semana de oración por la unidad de los cristianos (18-25 de enero) y especialmente también la jornada nacional de acción de gracias al final de los trabajos agrícolas de la recolección y, después de las vacaciones, al emprender de nuevo el trabajo.
La Iglesia quiere matizar estas circunstancias de la vida del hombre de hoy con su oración de bendición, acción de gracias e invocación al Señor. Pero también se debe subrayar que en sus perspectivas está la urgencia de la justicia social, el uso común de la tierra y la dignidad del trabajo humano.
El origen de las «cuatro témporas» está unido a la cristianización del tiempo, en las cuatro estaciones solares, pero que actualmente puede aplicarse oportunamente en nuestras comunidades cristianas como momento de oración y de reflexión que pongan de relieve el misterio de Cristo en el tiempo.
Para ello actualmente, y durante el tiempo ordinario, se podrán usar formularios específicos, o bien en la oración de los fieles o plegaria universal, o bien todo un formulario de las misas para diversas necesidades, como se ha establecido en la ordenación general del Misal romano (OGMR, 3.a ed. típica, Roma, 2000, nn. 368-378; en la anterior: nn. 326-334).
domingo, 4 de octubre de 2026
"La viña del Señor". Por Joaquín Manuel Serrano Vila
La Palabra de Dios en este vigésimo séptimo domingo del Tiempo Ordinario, nos presenta una imagen muy bella, pero a la vez profunda y exigente: la viña. A través de ella, el Señor nos revela su inmenso amor, las expectativas que tiene sobre nuestras vidas y las consecuencias de nuestras respuestas a su gracia. Las lecturas de hoy se entrelazan de forma admirable, formando un itinerario espiritual que va desde el lamento divino por la falta de frutos hasta la propuesta paulina para alcanzar la paz interior a través de la coherencia de vida.
El profeta Isaías nos introduce en un drama teológico y afectivo utilizando el género de un canto de amor. Dios es el amigo que planta una viña con el mayor de los esmeros, elige un terreno fértil, la limpia de piedras, la rodea con una cerca para protegerla, construye una torre de vigía y cava un lagar esperando la vendimia. La viña representa al pueblo de Israel, y el dueño de la viña es el Señor del Universo. La paradoja del relato radica en la tremenda decepción del viticultor; esperaba que diera uvas buenas y dulces, pero dio uvas amargas y agrias -agrazones-. Dios no escatimó en cuidados; el problema no estuvo en la tierra ni en el sembrador, sino en la respuesta de la propia viña. El texto concluye con una revelación directa, y es que Dios esperaba de su pueblo derecho, pero solo encontró asesinatos; esperaba justicia, y solo escuchó lamentos. Esta lectura nos confronta directamente. En nuestra vida cristiana: Dios ha hecho exactamente lo mismo, nos ha bautizado, nos alimenta con su Palabra, nos sostiene con los sacramentos y nos rodea con la comunidad de la Iglesia. ¿Qué frutos le estamos ofreciendo, son uvas dulces de caridad, fraternidad y búsqueda sincera del bien, o son uvas amargas de egoísmo, indiferencia, chismes y enfrentamientos y divisiones?
El Salmo 80 responde a la advertencia del profeta Isaías. Si en la primera lectura Dios amenazaba con derribar la cerca y dejar que la viña fuera pisoteada debido a su esterilidad, en el salmo el pueblo reconoce su situación de abandono y clama con humildad y arrepentimiento. El salmista recuerda la historia de la salvación: Dios sacó esta vid de Egipto, expulsó a las naciones y la trasplantó en la Tierra Prometida, donde echó raíces profundas. Sin embargo, al verla destrozada por los jabalíes y los viandantes, el salmista no se rebela contra Dios, sino que implora su compasión: "Dios del universo, vuélvete; mira desde el cielo, fíjate, ven a visitar tu viña". Esta es la oración idónea para los momentos en que sentimos que nuestra vida espiritual o nuestras familias están en crisis o agrietadas por el pecado. Es el reconocimiento de que dependemos absolutamente del cuidado divino. Le pedimos al Señor que restaure la cerca de nuestra alma, que pode lo que estorba y que nos conceda la fuerza para no apartarnos nunca más de Él.
San Pablo nos ofrece el antídoto contra la amargura y la desesperación que produce el pecado o las dificultades cotidianas. En una de las cartas más alegres del Nuevo Testamento, escrita paradójicamente desde la prisión, el Apóstol exhorta a los fieles de Filipos a no angustiarse por nada, sino a presentar a Dios todas sus necesidades por medio de la oración y la súplica, acompañadas de la acción de gracias. La clave de esta lectura conecta directamente con la necesidad de dar "buen fruto". Pablo enumera las virtudes que deben llenar la mente y el corazón del cristiano; todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable y laudable. No se trata únicamente de evitar el mal, sino de llenar proactivamente nuestra existencia de bondad. Cuando una comunidad o un cristiano vive según estos principios, el fruto inmediato es que "la paz de Dios, que sobrepasa todo juicio, custodiará vuestros corazones". La paz no es la ausencia de problemas, sino la certeza profunda de que estamos habitados por Dios y haciendo su voluntad, lo cual actúa como un escudo ante las tempestades de la vida.
En el Evangelio, Jesús retoma explícitamente la parábola de Isaías, pero introduce un giro fundamental que traslada el foco de atención; el problema ya no es la viña en sí misma, sino los labradores a quienes les fue confiada. Esta parábola va dirigida a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, quienes debían guiar espiritualmente a Israel. El dueño envía a sus criados (los profetas) en el tiempo de la cosecha para recoger los frutos, pero los viñadores los apalean, los matan y los apedrean. Finalmente, en un gesto extremo de confianza y misericordia, envía a su propio Hijo pensando: "A mi hijo lo respetarán". Pero los viñadores, movidos por la codicia de quedarse con la herencia, lo sacan de la viña y lo matan. Jesús está profetizando aquí su propia Pasión y Muerte a las afueras de Jerusalén. Al preguntarles Jesús qué hará el dueño con esos labradores, los mismos oyentes se condenan con su respuesta: "Hará morir de mala muerte a esos desalmados y arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a sus tiempos". Jesús remata su enseñanza citando el Salmo 118: "La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular".La conclusión del Evangelio es una advertencia solemne y universal, y es que "Se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos". Este nuevo pueblo es la Iglesia, formada por judíos y gentiles reunidos por la fe en Cristo Jesucristo.
Pertenecer al nuevo pueblo de Dios no es un privilegio de exclusividad para sentirnos superiores, sino una responsabilidad histórica y espiritual inmensa. No podemos caer en el mismo error de los antiguos viñadores, adueñarnos de los dones de Dios, rechazar su soberanía o silenciar la voz del Evangelio cuando nos exige conversión. La viña actual es nuestra vida, nuestro matrimonio, nuestro trabajo, nuestra Parroquia. Dios sigue esperando cosechar en nosotros derecho, justicia, pureza y verdad. Vayamos hoy a la mesa eucarística a pedirle al Señor que limpie nuestro lagar, sane nuestras raíces y nos configure con Cristo, la Vid Verdadera, para que nuestras vidas den el fruto abundante que el Padre celestial tanto desea recibir de nosotros.
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