Señor Director General,
Señor Presidente de la Conferencia General,
Señor Presidente del Consejo Ejecutivo,
Excelencias,
Señoras y Señores:
Me da mucha alegría encontrarme hoy aquí, en esta Asamblea de las Naciones Unidas, donde las lenguas y las culturas se unen para colaborar en un proyecto que concierne a toda la familia humana: «Contribuir a la paz y a la seguridad estrechando, mediante la educación, la ciencia y la cultura, la colaboración entre las naciones, a fin de asegurar el respeto universal a la justicia, a la ley, a los derechos humanos y a las libertades fundamentales» (Constitución de la UNESCO, art. 1, párr. 1). Construir juntos un mundo justo es, en efecto, el fundamento mismo de la cooperación internacional. Nuestras experiencias, aptitudes y competencias tienen como objetivo crear un espacio acogedor para todos y fecundo para cada uno, para que todos los pueblos puedan crecer en paz.
Como testigo de la paz, dirijo mi cordial saludo a ustedes, representantes de los Estados miembros y Observadores de las organizaciones internacionales, del mundo académico y de la sociedad civil. Agradezco al señor Khaled El-Enany, Director General de esta Organización, por su cálida invitación [y por las palabras que nos ha dirigido]. En mi calidad de pastor, les transmito la palabra de la Iglesia, que se hace incesante “mensaje y coloquio” dirigido a todos los pueblos, mujeres y hombres de buena voluntad (cf. S. Pablo VI, Carta enc. Ecclesiam suam, 34).
El proyecto de construir juntos un mundo justo coincide con una misión que hemos aprendido a compartir a lo largo de la historia. En este sentido, la UNESCO representa tanto un objetivo como una herramienta para continuar hoy esta tarea, con un compromiso aún mayor, de acuerdo con nuestros múltiples ámbitos de actividad. En 2027 celebraremos el 75 aniversario de la presencia de la Santa Sede en la UNESCO: una presencia que surge de la convicción de que el futuro depende, ante todo, del respeto y la promoción de la dignidad inalienable de cada ser humano creado a imagen de Dios. Por ello consideramos a esta Organización como un interlocutor privilegiado al servicio del bien común, que es la «forma social de la dignidad» que todos compartimos de manera original e igualitaria (cf. Carta enc. Magnifica humanitas, 59). Desde 1952, la Misión Permanente de Observación de la Santa Sede discierne y acompaña, desde esta perspectiva, las iniciativas de la UNESCO, aportando su contribución al diálogo entre las naciones, con el fin de promover un auténtico desarrollo humano, que sólo es tal cuando está orientado a «promover a todos los hombres y a todo el hombre» (S. Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio, 14).
Dirigiéndose a esta asamblea, mi venerado predecesor, san Juan Pablo II, recordaba que «genus humanum arte et ratione vivit». Puesto que, de hecho, «el hombre vive una vida verdaderamente humana gracias a la cultura» (Discurso a la UNESCO, 2 junio 1980, 6; cf. Sto. Tomas de Aquino, en Aristotelis Posteriora Analytica, 1), esta palabra se refiere a la forma de ser mediante la cual el ser humano le da sentido a todo lo que hace. Cuarenta y seis años después, al renovar ante ustedes el compromiso de colaboración de la Santa Sede, los invito a considerar la UNESCO no sólo como una ilustre organización internacional, sino también como un lugar donde la humanidad reflexiona sobre sí misma, sobre su historia y sobre su futuro. En efecto, es imposible promover la educación, las ciencias y la cultura sin promover la vida del hombre y de la mujer, quienes son sus protagonistas.
En el ámbito de la educación, la Iglesia católica aporta una experiencia muy antigua: desde hace siglos, sus comunidades abren escuelas y universidades, enseñan a leer y a escribir, y están presentes incluso en los lugares más pobres y remotos. Con el Pacto educativo global, mi predecesor Francisco quiso integrar esta experiencia en una alianza educativa más amplia, abierta a la contribución de todos. Pero lo que deseo transmitirles no son, ante todo, las obras: es la convicción de la que surgen estas. Ninguna educación está completa si no aborda la cuestión del sentido. En ese mismo discurso, san Juan Pablo II lo recordaba: educar es ayudar al hombre a “ser” más y no sólo a “tener” más, reconociendo en él también esa trascendencia de la persona que pertenece a la plenitud de su humanidad (cf. íbid., 10-11).
En esta asamblea, entonces, conviene explorar una pregunta fundamental que nos interpela con urgencia: ¿Qué significa ser humano? Todas las culturas se ven interpeladas por este interrogante, que se encuentra en el núcleo de toda forma de conocimiento, de todo arte y de toda religión. Incluso en el siglo XXI, no podemos dar por sentado que sabemos quién es la persona humana o qué significa vivir como ser humano. Efectivamente, cada generación está llamada a enfrentarse a esta pregunta, especialmente ante las tragedias que, lamentablemente, se repiten incluso hoy en día.
Ante todo, la persona humana es alguien que es concebido y nacido; por lo tanto, ser humano significa, en primer lugar, ser un hijo. Ninguno de nosotros eligió serlo. Nadie decidió de quién, cuándo o dónde nacer. Esta verdad evidente arroja luz sobre algo que no es meramente biológico, sino ético: como hijos, todos somos hermanos y hermanas. Desde el principio, nuestra humanidad es un don y una prueba, una promesa y una responsabilidad. Para cada ser humano, el nacimiento establece un vínculo primordial, una comunión de vida que tiene su origen, y su primer entorno educativo, en la familia.
En segundo lugar, todos nacemos desnudos y necesitados. Somos pobres por nacimiento: necesitados de pan y de palabras, de cuidados y de afecto; es decir, de todo aquello que nutre el cuerpo y el espíritu. Lo sabemos bien; y, sin embargo, al volvernos adultos, corremos el riesgo de olvidarlo. Precisamente quienes están necesitados son los que sufren las consecuencias más graves de este olvido, cada vez que su humanidad es traicionada o descartada, explotada o engañada. Olvidar las circunstancias de nuestro nacimiento oscurece la idea misma de la vida humana, porque separa la vida de la historia que todos compartimos. Entonces, esta vida ya no se entiende como un don, sino como un producto. Deja de verse como una llamada al cuidado y a la responsabilidad y se convierte en un producto susceptible de explotación. De hecho, esta trágica alternativa nos recuerda que ser humano es ser libre por naturaleza. Dado que todos somos hijos, nuestra libertad comienza con nuestra respuesta a la libertad de quien se dirige a nosotros primero, ya sea con gestos de afecto o de rechazo, de acogida amorosa o de abandono y crueldad.
En tercer lugar, mantener viva la memoria de nuestra humanidad común es reconocer su grandeza —es decir, su inmenso potencial—, aunque se vea menoscabada por tantas formas de maldad e injusticia. Quienes se dedican a la educación, la ciencia y la cultura están llamados, con mayor razón, a cuidar de cada persona, para que resplandezca la belleza de nuestra libertad. Esta belleza tiene un nombre: justicia. Sí, la libertad es hermosa cuando se orienta hacia el bien y la verdad; se desfigura cuando degenera en arbitrariedad, violencia o sed de poder. Ser humano implica, entonces, una responsabilidad ante la historia. El ser humano es aquel que crece, aprende y trabaja con las manos y con la mente. Mediante ese trabajo, se puede cultivar la tierra o desfigurarla, crear obras de arte o destruirlas. En este momento concreto, debemos reconocer que la más terrible de las “obras humanas” es la guerra; porque en ella la propia ciencia queda puesta al servicio de una voluntad inhumana de destruir y matar.
A este respecto, el Preámbulo de la Constitución de la UNESCO comienza con unas palabras que siguen teniendo una sorprendente relevancia en la actualidad: «Puesto que las guerras nacen en la mente de los hombres, es en la mente de los hombres donde deben erigirse los baluartes de la paz» (Constitución de la UNESCO, Preámbulo, 1945). Estas palabras se escribieron tras la Segunda Guerra Mundial, la tragedia más devastadora del siglo pasado. La humanidad había llegado a comprender que el progreso científico, cuando se separa de la sabiduría, puede convertirse en un arma de destrucción; que la cultura, cuando se somete a la ideología, puede degenerar en falsedad y propaganda; y que la educación, cuando abandona la verdad, puede convertirse en un instrumento para manipular las conciencias. Los Estados fundadores de la UNESCO entendieron que los tratados son necesarios, pero no suficientes por sí mismos. Requieren una cultura de paz y un compromiso compartido con la paz, que los sustenten. La paz no puede construirse sólo con tratados, ni con compromisos entre fuerzas opuestas. La paz es auténtica cuando brota de la virtud de la justicia y no de un simple contrato, de una voluntad recta más que de un equilibrio inestable de intereses. A decir verdad, sólo una voluntad recta puede reconocer en el otro a un hermano o una hermana, a una persona semejante a uno mismo.
Ochenta años después, las palabras de su Carta constitutiva no han perdido nada de su fuerza. Sin embargo, también vemos cuán profundamente se ve amenazado este principio común por formas de barbarie que alimentan la rivalidad y el conflicto. Entre los desafíos que enfrenta hoy el mundo de la ciencia y de la educación, quisiera poner de relieve aquellos que surgen del vasto campo de la tecnología. Nuestros esfuerzos en este ámbito deben garantizar que las nuevas tecnologías sigan estando al servicio de la persona humana, en lugar de convertirse en un instrumento más de dominación e injusticia.
A lo largo de los siglos, muchas tareas que antes realizaban los seres humanos han sido confiadas a las máquinas, cuyas capacidades y aplicaciones no han dejado de ampliarse. Más recientemente, a ciertos sistemas artificiales se les ha otorgado incluso el nombre de nuestra facultad humana del pensamiento: la inteligencia. Al mismo tiempo, sin embargo, nuestras ideas y relaciones corren el riesgo de empobrecerse debido a un proceso de deshumanización. La paradoja resulta cada vez más evidente: mientras se atribuye “inteligencia” a los sistemas computacionales, nos cuesta reconocer la dignidad inalienable de las personas, cuyas vidas se juzgan según el criterio de la eficiencia y, cuando se considera que ya no son productivas, son rechazadas y descartadas.
Esta dolorosa realidad nos invita a reflexionar tanto sobre la fragilidad de nuestra naturaleza humana como sobre la inmensa dignidad de cada persona —una dignidad que permanece intacta en las circunstancias de mayor vulnerabilidad, incluso hasta la muerte—. Sí, el ser humano es, sin duda, aquel que nace, pero también aquel que muere. Nuestra dignidad no se ve destruida por la enfermedad ni por el sufrimiento, ni depende de nuestras capacidades. Al contrario, exige un cuidado amoroso en cada etapa de la vida.
Para la fe cristiana, el misterio de la persona humana encuentra su máxima plenitud en Cristo, quien, «en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación» (Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 22). A la luz de Él, cada persona se nos presenta como una criatura querida y amada por Dios. Esta luz también nos ayuda a comprender más profundamente el significado de nuestra experiencia humana compartida.
Señoras y señores, como hombres y mujeres de ciencia, están llamados a cooperar incansablemente en nombre de nuestra historia común, para que, desde una diversidad de perspectivas, surja una convergencia de visiones y, de esa convergencia, una armonía en la acción. Esta armonía se expresa en la labor de la UNESCO cuando da una voz sinfónica a las más altas aspiraciones orientadas al bien y al cuidado de la humanidad. Donde hay armonía, las diferentes voces llegan a un acuerdo, y las naciones que ustedes representan se unen así en la concordia.
A este respecto, me gustaría recurrir a dos imágenes de la Biblia, ese gran tesoro cultural de la humanidad: la Torre de Babel y la plaza pública de Pentecostés. Las propongo como formas de representar la unidad de la familia humana, la cual, incluso hoy, está continuamente llamada a discernir su rumbo adecuado, es decir, el sentido de la historia que está viviendo. En efecto, estos relatos bíblicos describen formas de vida social que nos invitan a reflexionar sobre las circunstancias de nuestro propio tiempo.
La Torre de Babel representa una unidad impuesta mediante la dominación (cf. Gn 11,4). Al mismo tiempo, este edificio revela que, cuanto más busca el poder la opresión, más se debilita a sí mismo, dejando al descubierto su rostro inhumano. Lo vemos en el sufrimiento y la injusticia causados por el despotismo, así como en formas de explotación que hieren tanto a la sociedad como al medio ambiente. Como enseña la historia, muchos imperios se han dejado llevar por su poder antes de ser consumidos por él y derrumbarse como una torre. El resultado de esta soberbia, primero exaltada y después abatida, es la dispersión. La pretensión de hacerse como Dios y someter a los pueblos a un único yugo conduce a la confusión de lenguas y a la falta de comprensión mutua. En vez de alcanzar el cielo, como pretendía, la Torre de Babel se derrumbó, con una doble consecuencia negativa. Puesto que la unidad que imponía era forzada, también la diversidad que sigue a su derrumbe se convirtió en fuente de conflicto. Hoy, la tentación de Babel reaparece en una globalización perseguida sin fraternidad, en formas rapaces de neocolonialismo, en imposiciones ideológicas y en todos esos “contactos sin vínculos” que reducen la vida humana al comercio (cf. Comisión Teológica Internacional, Quo vadis, humanitas?, 42). La ciencia misma, cuando se reduce a una técnica de poder, ya no sirve para elevar a la persona humana, sino que, por el contrario, corre el riesgo de degradar los frutos de su esfuerzo.
De manera especial hoy, contamos con medios capaces de conectar a las personas y a los continentes de manera instantánea; sin embargo, al mismo tiempo, somos testigos de nuevas formas de aislamiento, de pobreza material y espiritual y de abandono. La comunicación se ha vuelto mucho más rápida, pero no necesariamente más veraz; la información es abundante, pero no es sinónimo de sabiduría. Sin un fundamento ético compartido, los numerosos canales de comunicación corren el riesgo de multiplicar la información falsa y dar vigencia a palabras desprovistas de significado, lo que obstaculiza el diálogo en lugar de fomentarlo.
La inteligencia artificial amplifica este problema: aunque estos sistemas pueden correlacionar datos, no pueden responder a las preguntas sobre el sentido de la vida humana, que tiene sus raíces en la experiencia vivida. No obstante, los seres humanos no pueden vivir sin sentido. El sentido es el oxígeno de la mente. Por esta razón, los desafíos de la comunicación, que son también siempre desafíos de la educación, convierten la búsqueda de la verdad en una cuestión de justicia social y equidad histórica. De ahí que la educación en este ámbito sea esencial, y aplaudo la iniciativa de la UNESCO a través de su programa de “Alfabetización Mediática e Informacional” (AMI), que promueve el uso responsable de los medios y las herramientas digitales.
Ciertamente, sin la verdad, el lenguaje queda sometido a la lógica de la violencia y a la voluntad arbitraria de los poderosos. Así, se excluye a otros en nombre de la ganancia, y se mata a inocentes en nombre de la libertad. En lugar de respetar la ley, quienes están en el poder la invocan cuando les conviene y la ignoran cuando les limita, tratando incluso a la justicia misma como si fuera una mercancía que se puede comprar y vender. Si comprendemos que la corrupción de la ley comienza con la corrupción del corazón, podemos reconocer cómo toda ciencia corre el riesgo de perder su sentido propio cuando se practica al margen de la ética, dejando así de servir y de reflejar la dignidad humana. Con respecto a esto, animo a toda la comunidad internacional a prestar especial atención a la protección de los niños y los jóvenes. En la era digital, su vulnerabilidad nunca debe convertirse en una oportunidad para la explotación. Que estas tecnologías apoyen su crecimiento, su educación y sus relaciones, salvaguardando su libertad de pensar y discernir, y permaneciendo siempre al servicio de la dignidad de la persona humana.
La corrupción de la cultura que estamos considerando encuentra su redención en la plaza pública de Pentecostés. Allí, todos los pueblos reciben como buena noticia un mensaje de paz. Ese anuncio proclama la resurrección de Jesús, es decir, la victoria de la vida sobre la muerte y la salvación que da esperanza al mundo. El día de Pentecostés, la plaza pública se convierte en un lugar donde se celebra la paz que sana toda ofensa contra la persona humana. Cada uno de los presentes escuchaba el mensaje en su propia «lengua nativa» (cf. Hch 2,8). La comunión no suprime en absoluto la diversidad. Más bien, permite que la diversidad florezca en la armonía de las voces y los rostros. En el anuncio de la paz, la riqueza de las culturas se convierte en portadora de una verdad universal. La enseñanza bíblica nos muestra así el camino para alcanzar lo que todos buscamos: «esa unidad que no anula las diferencias, sino que valora la historia personal de cada uno y la cultura social y religiosa de cada pueblo» (Homilía en la Misa del Inicio del Ministerio Petrino, 18 mayo 2025). No es la dominación de Babel, sino la paz de Pentecostés, la que hace posible esta comunión entre todos los pueblos. Cada cultura, por tanto, alcanza su más alta sabiduría cuando busca la paz y el bien de todos, dando testimonio del auténtico significado de nuestra humanidad.
Quienes se dedican a la educación saben que sólo la verdad nos hace libres. Quienes enseñan y quienes investigan saben que el error nos esclaviza a la ignorancia y a la superstición. Cada vez que nos encontremos con obstáculos en nuestra misión, recordemos que hay una sola Tierra para todos y una naturaleza humana común. No se puede comprender al ser humano separando lo que forma parte de un todo: el cuerpo y el alma, la vida personal y las relaciones, nuestra relación con los demás y con el medio ambiente. Todo forma parte de la unidad de nuestra existencia. Por esta razón, cultivar la tierra también significa cultivar la humanidad que la habita. La educación y la ciencia están llamadas a esta tarea. En realidad, no es casualidad que toda cultura, según la propia etimología de la palabra, se refiera al acto de cultivar. Renuevo, por tanto, la llamada de mis predecesores a cuidar juntos de la persona humana y de la creación: el Papa Benedicto XVI habló de la necesidad de una ecología de la persona humana, mientras que el Papa Francisco desarrolló la perspectiva de la ecología integral (cf. Benedicto XVI, Discurso al Parlamento Federal Alemán, 22 septiembre 2011; Francisco, Carta enc. Laudato si’, 137–162).
El punto de referencia con el que podemos evaluar nuestro compromiso es el cuidado que prestamos a los más pequeños y a los pobres: los niños en el vientre de sus madres y en los distintos escenarios de guerra; las personas con discapacidades físicas e intelectuales; los adultos mayores; los migrantes y los refugiados; y todos aquellos a quienes la arrogancia excluye por considerarlos improductivos. Ellos son la verdadera prueba de nuestras afirmaciones sobre el respeto a la dignidad humana, y su protección y promoción se extienden también a la creación. En oposición a esto se encuentra una voluntad de explotar y saquear, de extraer lo máximo posible de cada ser vivo, de consumir sin preservar y destruir sin cultivar. Por eso, la actual crisis ecológica es también una crisis antropológica. La Iglesia está convencida, además, de que cada cultura lleva en sí misma una sabiduría que madura en un ecosistema de pueblos. El hábitat de la persona humana es la sociedad: no un entorno meramente físico como el desierto o el océano para los animales, sino uno moral y relacional. Donde prevalece la paz social, los pueblos prosperan en justicia.
Es ahí, pues, donde la UNESCO encuentra la síntesis de sus altas misiones educativas y científicas: en la paciente tarea de construir la paz. Ante las numerosas y complejas urgencias de nuestra época, el mundo mira a las instituciones internacionales con sentimientos encontrados. Por un lado, están llamadas a afrontar desafíos que ningún Estado puede resolver por sí solo. Por otro lado, estas mismas instituciones atraviesan una crisis de eficacia, sobre todo cuando el diálogo se considera un obstáculo para la acción en lugar de un recurso para la paz; como una forma de hipocresía, en vez de una oportunidad para buscar juntos el bien común. Ante estas desviaciones, es necesario promover una virtud tan escasa como deseada: la confianza; confianza en que las diferencias no constituyen necesariamente una amenaza; confianza en que el diálogo sincero puede generar un bien mayor que aquel que cada uno podría obtener por sí solo. La Santa Sede desea infundir esta confianza en la UNESCO, al igual que en las demás organizaciones internacionales, consciente de que cada pueblo posee una riqueza que compartir en la búsqueda del progreso auténtico que solo la paz puede garantizar. No se trata de proponer un optimismo ingenuo, que ignore las dificultades, sino de perseverar en la esperanza de que el bien siempre es posible. Cada niño que nace trae consigo esperanza. Cada hombre y cada mujer que dedica su vida a la búsqueda de la verdad realiza un acto de esperanza. Que la UNESCO dé, pues, testimonio de esta esperanza al promover el entendimiento entre las naciones, a través del diálogo entre sus respectivas culturas. Creemos, en efecto, que la educación es el instrumento que permite superar los temores recíprocos y que la ciencia puede ponerse al servicio de la vida de cada ser humano, sembrando hoy las semillas de una buena cosecha para el futuro. Esta confianza alimenta nuestra esperanza en la caridad, es decir, en el servicio al bien del prójimo: si todos nos dedicamos con coherencia a nuestra magnífica humanidad, la paz podrá finalmente florecer.
Mientras colaboramos en esta labor, las tradiciones religiosas desempeñan un papel culturalmente necesario e insustituible, y las religiones expresan nuestras inquietudes ante el origen de la vida y su fin, al darle sentido al propósito primero y último de la existencia, lo cual se refleja en las decisiones cotidianas. En verdad, cuando los hombres y las mujeres de buena voluntad orientan sus acciones hacia Dios, el pluralismo de las culturas no se dispersa en el caos de Babel. La humanidad, por el contrario, se reencuentra en una búsqueda común de sentido y hacia un destino que no es la muerte. No caminamos hacia la nada. Por eso, el alma humana, en su relación con Dios, percibe aún mejor la llamada a cultivar la paz mediante una alianza entre pueblos que se reconocen como hijos del mismo Padre y como hermanos y hermanas.
Deseo, por tanto, que nuestro encuentro fortalezca el compromiso de cada uno para trabajar sin descanso para que la conciencia de pertenecer a una sola familia humana se haga más viva, más activa y más justa. Al respecto, quiero expresar mi más sincero agradecimiento a todo el personal de la UNESCO, que cumple con competencia y dedicación esta misión tan noble: edificar la paz mediante el cultivo de todas las ciencias y todas las artes del ser humano.
Dirijo estas palabras a todos ustedes, a los pueblos que representan y, muy especialmente, a los jóvenes. Son, en efecto, las nuevas generaciones las que observan con mayor atención nuestra labor. Mientras que apoyo sus aspiraciones de justicia, con gratitud y estima, invoco sobre todos ustedes y sobre sus naciones la abundancia de las bendiciones de Dios, Creador todopoderoso y misericordioso. Gracias.