domingo, 18 de enero de 2026

“ Tras de mí viene uno que está por delante de mí ”. Por Joaquín Manuel Serrano Vila


El pasado domingo con la fiesta del Bautismo del Señor dejábamos atrás el hermoso Tiempo de Navidad, que a su vez estuvo precedida por el Adviento. En estos días, San Juan Bautista vuelve a aparecer en escena. En el Adviento le vimos como la voz que clamaba en el desierto, mientras que la semana pasada lo veíamos en el río Jordán en esa teofanía donde los cielos se rasgaban ante el bautismo de Jesús, cuando le sumergió en el agua. La palabra de Dios en este domingo II del Tiempo Ordinario nos invita a sopesar cómo reconocemos al Señor en nuestra vida, y si ese reconocimiento se traduce en cambios de rumbo, giros o necesarias transformaciones para adecuarnos convenientemente a lo que el Señor nos pide. Como ya comentamos el domingo pasado este volver al tiempo litúrgico que llamamos "Ordinario" y que dejaremos el miércoles de ceniza para no volver a retomarlo hasta pasado Pentecostés, supone en esta parte del año cristiano el salto de la infancia de Jesús ya a su vida pública con treinta años. Un fraile dominico ya fallecido afirmaba: ''Es verdad que históricamente nos hubiera gustado saber día a día lo que Jesús pudo hacer y sentir desde su nacimiento. Pero esta es una batalla de curiosidad perdida; también el silencio y el misterio, desde Nazaret hasta que se decide a salir de su pueblo, debe maravillarnos como una posibilidad del proyecto de Dios en el que no ocurre nada extraordinario, porque lo extraordinario es que Dios aprende a ser hombre''. Ahora en este Tiempo Ordinario, profundicemos nosotros cómo podemos ser hombres de Dios. 

Estrenamos en este día la lectura de la carta de San Pablo a los cristianos de Corinto cuyo comienzo hemos proclamado en la segunda lectura, donde el autor nos revela cómo su nueva vida no fue elección suya, sino del Altísimo, por ello afirma sentirse ''llamado a ser apóstol de Jesucristo por voluntad de Dios''... ¿Y a quién escribe esta carta? Ya sabemos que a los corintios, pero el Apóstol perfila aún más quienes son sus principales destinatarios: ''a los santificados por Jesucristo, llamados santos con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo''. Esta definición nos viene muy bien para interiorizar en estos días que también estamos celebrando la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos. Y es que el mensaje del evangelio no llega a todos los que deberían llegar, porque con nuestra desunión somos motivo de escándalo. No sólo la separación entre católicos, ortodoxos, protestantes, luteranos... También las divisiones internas que vivimos en las comunidades parroquiales, religiosas o presbiterios. Y aquí no basta escudarse en que el otro es el malo y el culpable, o que por culpa del otro yo ya no practico, creo ni me implico. Si no que por el pecado original partimos de un "mea culpa personal". Si cada uno de nosotros no interioriza lo que en sus palabra, omisiones y obras dificultan la comunión con los demás, o incluso propician la división, seguiremos viviendo todos como la pescadilla que se muerde la cola. Y aquí, San Pablo, nos da la respuesta al problema cuando nos dice que Cristo es ''Señor de ellos y nuestro'''. Es decir; en Cristo todos somos hermanos, pues no ha enseñado a llamar a Dios ''Padre nuestro'': ¿puede haber mayor vínculo de unión que este?. 

La primera lectura del profeta Isaías nos trae ese fragmento del segundo cántico del siervo de Yahvé que vemos cumplido en Jesucristo: «Te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra». Es un texto muy profundo que merece la pena leer en paralelo al evangelio de este domingo, tomado del capítulo 1 de San Juan. En primer lugar, quiero traer a colación el pasaje de la Visitación, que tan de cerca nos toca en esta Parroquia. Pensemos en aquel saludo de los dos primos, cada uno en el vientre de su madre, ante este versículo de la profecía que Isaías hoy nos regala: ''Y ahora dice el Señor, el que me formó desde el vientre como siervo suyo, para que le devolviese a Jacob, para que le reuniera a Israel; he sido glorificado a los ojos de Dios''. Sí, sabemos muy bien que eran familia y que Dios tenía para San Juan una misión muy importante como fue la de ser el Precursor. Este domingo vemos cómo Juan indica y revela quién es Jesús al verle: ''Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo''. Dirigirse a Jesucristo como "Cordero" es lo mismo que reconocerle y presentarle a los demás como el sacrificio inocente que que purifica nuestras faltas por su entrega, por la que será su ofrenda y sacrificio: la cruz, meta de la misión que ha iniciado el día mismo del Bautismo. Su muerte no será únicamente un acto de amor, sino además, la ofrenda que nos restaura la dignidad de hijos de Dios que habíamos perdido. 

Y sigue el Bautista diciendo: ''Este es aquel de quien yo dije: Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo". Esto nos puede sonar raro: ¿Cómo nos dice San Juan que Jesús existía antes que él si en el momento de su encarnación Santa Isabel ya estaba en el sexto mes de embarazo?. Muy claro: Juan sabe que Jesús no es solamente un pariente; es consciente de que es el Verbo hecho carne, por eso afirma que es anterior a él. Y continúa San Juan diciendo: ''Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel''. Nuevamente San Juan nos descoloca: ¿Cómo no iba a conocer a su primo, si ya antes de nacer le reconoció en el vientre de su madre saltando de alegría?... A lo que ahora se refiere es que conocía a Jesús el hijo de María; sí, pero no había descubierto aún la profundidad que se escondía en Jesús. A veces ocurre esto, hay personas que se quedan tan sólo en el Jesús histórico, aceptan que fue un personaje, que influyó en la historia, que existió realmente. Pero los creyentes no podemos quedarnos sólo ahí: sin el dogma cristológico viviremos una visión de Jesucristo que nos parecerá bonita, profunda o comprometida, pero nos quedaremos muy lejos de descubrir al verdadero Cristo que la Iglesia nos invita a conocer en profundidad y con proyección trascendente. Jesús no es un simple obrero, ni únicamente un personaje inspirador. Estamos hablando, como dice el credo de Nicea, del ''Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos: Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero''. También hoy se siguen dando personas que sin saberlo viven instaladas en la herejía arriana, o adopcionista, incluso clérigos o religiosos que se consideran teólogos. No construyamos un Jesús a nuestra medida, ni nos dejemos engañar por los falsos profetas de nuestro tiempo que nos "venden" a un Jesús sin Jesucristo. 

La postura del propio Bautista es hoy digna de ser ensalzada: cumple su misión, pregona, predica, y nos señala con sus dedo quién es el Salvador. Juan se quita todo protagonismo, pues quiere dárselo todo a quien realmente lo tiene: Jesucristo. A esto estamos llamados también todos los bautizados: a servir antes que ser servidos, a hacer las cosas no buscando aplausos, réditos o ascensos, sino a ser cooperadores sencillos para que el mundo sepa quién es el Cordero de Dios. La mejor respuesta a lo que Dios nos pide nos la ofrece el salmo 39 que también hoy hemos proclamado: ''Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad''...

Evangelio Domingo II del Tiempo Ordinario

Lectura del santo evangelio según san Juan 1, 29-34

En aquel tiempo, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó:
«Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo dije: “Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo”. Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel».

Y Juan dio testimonio diciendo:
«He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él.

Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo:
“Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo”.

Y yo lo he visto y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios».

Palabra del Señor

En las afueras del ruido. Por Monseñor Fray Jesús Sanz Montes O. F. M.

Han sido días de gran sosiego y una paz inusitada. En tantos sitios de España se han aprovechado estos primeros días tras las fiestas navideñas para que sacerdotes y obispos nos retiremos casi una semana para orar en silencio. Decía Josef Pieper citando un texto de Clives Staples Lewis que el silencio y la música no existen en el infierno. No en vano ese maldito lugar es el espacio donde reina el “ruido infernal” de cualquier pandemonio que se precie. Yo me he encontrado con más de treinta obispos en las inmediaciones de Segovia, en un paraje realmente bello y cargado de historia llamado Molinoviejo.

Nos presidía la majestuosa montaña emblemática de la sierra de Guadarrama que se llama “La mujer muerta”, porque las cresterías de sus tres cimas dan la silueta de una mujer en deceso con sus atributos femeninos sugeridos cuando se la otea en la distancia. La cabeza, el busto, el abdomen y los pies… todo ello en esa imagen yacente que te invita a ascender y coronar sus tres picos de la cordal: La Pinareja, la Peña del Oso y el Pico Pasapán. Sus 2200 metros de altitud vistos desde el valle de Río Moros que nos albergaba, me trajo a la memoria los años de la mocedad cuando como montañero adolescente fui subiendo todas esas inolvidables cumbres del Sistema Central entre Somosierra y Guadarrama, en mi Madrid natal.

No ha sido un paréntesis caprichoso el que obispos y sacerdotes nos hayamos retirado como quien se escapa del fragor no siempre sereno ni amable, sino una necesidad que devuelve el sentido a tantas cosas en tu corazón y tu cabeza que a menudo son secuestradas, alteradas y de algún modo alienadas cuando las dominan la prisa alocada, el ruido que te ensordece y las mil zarandajas de las buferas esas como denominaba Dante a las fuertes borrascas. Sí, prisas, ruidos y borrascas que impiden tener una mirada serena, un juicio ponderado y un refugio que te proteja de los vaivenes malhadados, a fin de no perder el sentido calmo en medio de los insensatos que vociferan.

Hemos dedicado tiempo a la lectura de la Biblia, con unas introducciones deliciosas que nos permitían entender los hablares de Dios a través del método de San Ignacio de Loyola en sus célebres ejercicios espirituales. Textos conocidos, mil veces escuchados y también predicados, pero que en el albor de nuestra edad y con tanta experiencia acumulada, te los presentaba Dios con un sabor de estreno que parecía escuchárselos por primera vez.

Días de paz en donde las tormentas políticas, los desafíos sociales, los retos de violencias y guerras del orbe entero, los asuntos internos eclesiales, y un largo etc., no quedaban al margen, aunque no les dábamos la preponderancia cotidiana al ayunar del frenesí de noticias que a diario nos jalean. Todo eso formaba parte de nuestras plegarias cada día, pero no de nuestra curiosidad. No se trataba de la fuga irresponsable de quien pone tierra por medio para quitarse de en medio inhibiéndose con egoísta comodidad, sino de un tomar respiro para poder afrontar con más fuerza, otra sabiduría y otra mirada los horizontes diarios que nos provocan con sus cuestiones para dar una respuesta desde nuestra clave cristiana, cultural y social.

Decía el gran autor inglés T.S. Eliot aquello de que “hicimos la experiencia, pero olvidamos su significado”. Y este mundo nuestro se identifica cada vez más en esa imagen con la que José María Cabodevilla definía al hombre moderno: un pato apresurado que va “zanquicorto” entre tropiezo y resbalón, dibujando el mapa que sus pies cada día descubren y conquistan, entre el sobresalto y la emoción. Por eso, para no olvidar el significado de nuestra trayectoria ni la meta de nuestro destino, qué bien vienen unos días de silencio y escucha ante Dios y tu conciencia poniendo en juego tu saber acumulado, tu libertad indómita y tu bondad sostenida, para seguir escribiendo una historia inacabada.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

sábado, 17 de enero de 2026

Necrológica

Falleció el sacerdote diocesano Rvdo. Sr. D. José Vicente Álvarez Gutiérrez (Donvi)

Nació en El Condado (Laviana) el 4 de junio de 1945, aunque se crió en Pola de Laviana.

Tras pasar por el Seminario menor de Covadonga y el Seminario Mayor de Oviedo, se traslada a Argentina donde concluye los estudios de filosofía en el Centro Universitario San Miguel ''Colegio Máximo'' de la Compañía de Jesús en Buenos Aires. Es enviado a Roma donde obtiene el Bachiller en Teología en la Pontificia Universidad Gregoriana y se licencia en Teología fundamental en la Pontificia Universidad Antonianum de Roma. Recibe la ordenación sacerdotal en Roma el 22 de diciembre de 1968 en el instituto secular de oblatos de María virgen. Ejerció su ministerio al servicio de la diócesis de Tivoli (Italia) de 1968 a 1973. Incardinado en la Archidiócesis de Oviedo el 6 de septiembre de 1980.

En la Archidiócesis de Oviedo donde recibe las siguientes encomiendas:

Ecónomo de San Julián de Taramundi, así como Encargado de San Pedro de Bres y San Julián de Ouría (Enero - Febrero 1973)

Coadjutor de Santo Tomás de Cantorbery ''Sabugo'' - Avilés (1973 - 1975)

Ecónomo de San Román de Casomera con su filial de San Lorenzo de Río Aller, 
así como Encargado de San Juan el Real de Llamas - Aller (1975- 1983)

Vicario Parroquial de San Julián de los Prados - Oviedo (1983 - 1989)

Teniente arcipreste de Oviedo - Nordeste (1985 - 1988) y (1991 - 1994)

Párroco de la Natividad de Nuestra Señora de Guillén Lafuerza - Oviedo (1989 - 2000)

Miembro elegido del Consejo Presbiteral (Junio - Octubre 2000)

Párroco in solidum de San Nicolás de El Coto - Gijón (2000 - 2001)

Párroco del Beato Juan XXIII de Viesques - Gijón (2001 - 2005)
*Hoy Parroquia de San Juan XXIII

Capellán de las Agustinas Recoletas del Convento del Santísimo Sacramento y 
La Purísima de Somió - Gijón (2007 - 2012)

Vicario Parroquial de San Julián de Somió - Gijón (2005 - 2012)

Párroco de Santo Tomás de Granda - Gijón (Desde 2006)

Párroco de San Julián de Roces - Gijón (Desde 2010)

Administrador Parroquial de San Julián de Lavandera - Gijón (Desde 2022)

Párroco de San Vicente de Caldones - Gijón (Desde 2023)

Entre los años 2004 a 2012 dedicó una especial atención a la Capilla de Nuestra Señora de la Providencia. Durante estos años colaboró durante los veranos en la Capellanía de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados de Somió - Gijón sustituyendo al capellán. Fue el último sacerdote que presidió una eucaristía en el templo de la Universidad Laboral de Gijón, antes de su desacralización. Colaboró en la parroquia de San Lorenzo de Gijón durante veintiún años. También atendió la Capellanía del Hospital de Begoña, así como en el Grupo de Comunión y Liberación de la Basílica de Gijón. Acogió en la Parroquia de Granda la Misa Tradicional entre los años 2009 a 2013. Promocionó la Hoja Parroquial de Roces "Piedras vivas", y también tuvo un programa radiofónico "Kayrós" en Radio Enol, desde el año 2023. Con la aparición en las últimos meses de una inesperada enfermedad, se vio obligado a interrumpir la labor pastoral a principios del pasado mes de Diciembre, fijando su residencia en la Casa Sacerdotal de Oviedo. Al agravarse su salud fue ingresado en el Hospital Universitario Central de Asturias. Entregó su alma al Señor en el día de hoy 16 de enero, en la Casa Sacerdotal de Oviedo. Tenía 80 años de edad y 55 de ministerio sacerdotal. Lo encomendamos a Nuestra Señora del Otero de Laviana.

D.E.P.

Este lunes día 19 de enero a las 10'00 h. se celebrará un primer funeral por su eterno descanso en la Casa Sacerdotal. A las 12'30 h. tendrá lugar en la Parroquia de San Lorenzo de Gijón otro funeral. A continuación recibirá cristiana sepultura en el Cementerio parroquial del Otero de Pola de Laviana. La Capilla ardiente ha quedado instalada en la Capilla de Altares de la Casa Sacerdotal de Oviedo hasta el lunes a las 11'30 h. 

''Desde lo hondo a ti grito, Señor; Señor, escucha mi voz; estén 
tus oídos atentos a la voz de mi súplica'' (Sal 129)

San Antón y el cuidado de los animales. Por Joaquín Manuel Serrano Vila

Cada año, en torno a la fiesta de San Antonio Abad (San Antón), la Iglesia recuerda de manera especial la relación entre el ser humano, la creación y los animales. La tradicional bendición de los animales no es una simple costumbre popular, sino que hunde sus raíces en la fe cristiana y en una visión profundamente bíblica y eclesial del mundo creado. No estamos ante una novedad, sino ante una enseñanza tan antigua y viva para los creyentes como nos recuerdan el catecismo y los documentos de la Iglesia Católica.

1. San Antón Abad: santidad y armonía con la creación

San Antonio Abad (†356), padre del monacato cristiano, vivió en el desierto egipcio entregado a la oración, la penitencia y la contemplación de Dios. La iconografía cristiana lo representa frecuentemente acompañado de animales, especialmente un cerdo, símbolo no solo de la tradición popular, sino de la armonía restaurada entre el ser humano y la creación cuando la vida se ordena a Dios.

Los relatos antiguos subrayan que los animales se acercaban a San Antón sin temor. Esto expresa una verdad teológica: la santidad reconcilia al hombre con la creación, anticipando la paz prometida por Dios (cf. Is 11,6-9).

2. Fundamento bíblico: la creación confiada al ser humano

La Sagrada Escritura enseña que Dios es el creador de todos los seres vivos y que “vio que todo era bueno” (Gn 1,31). El ser humano recibe el encargo de “dominar” la tierra (Gn 1,28), pero este dominio no es explotación, sino custodia responsable.

La Biblia afirma claramente que Dios cuida también de los animales:

“Tú salvas a hombres y animales, Señor” (Sal 36,7).

“El justo cuida de la vida de sus animales” (Prov 12,10).

San Antón, con su vida ascética, recuerda que el hombre no es dueño absoluto de la creación, sino administrador de los dones de Dios.

3. El Catecismo de la Iglesia Católica y los animales

El Catecismo de la Iglesia Católica dedica varios números al respeto debido a los animales, enmarcándolo dentro del séptimo mandamiento y del respeto a la creación:

CEC 2415: “Los animales son criaturas de Dios. Él los rodea de su solicitud providente. Por su simple existencia lo bendicen y le dan gloria.”

CEC 2416: “El hombre debe benevolencia a los animales. Es contrario a la dignidad humana hacerlos sufrir o morir inútilmente.”

CEC 2418: “Es contrario a la dignidad humana hacer sufrir inútilmente a los animales y despilfarrar sus vidas.”

Estos textos muestran que el cuidado de los animales no es opcional ni sentimental, sino una exigencia moral derivada de la fe cristiana.

4. El Magisterio reciente: ecología integral

El papa Francisco ha desarrollado ampliamente esta enseñanza en la encíclica "Laudato Sí" (2015), donde recuerda que toda la creación está interconectada:

“Cada criatura tiene un valor en sí misma, pero también un valor relacional” (LS 42).

La preocupación por los animales forma parte de la ecología integral, que une el cuidado de la naturaleza, la justicia social y la vida espiritual. No se trata de equiparar animales y personas, sino de reconocer que el maltrato a los animales revela una ruptura interior que también afecta a las relaciones humanas.

5. San Antón en el catecismo y la pastoral

En la catequesis, la figura de San Antón es especialmente valiosa para:

Enseñar el respeto por toda vida creada.

Educar en la responsabilidad y el cuidado.

Mostrar que la fe cristiana transforma nuestra relación con el mundo.

Vincular espiritualidad, ética y vida cotidiana.

La bendición de los animales, tan extendida en su fiesta, es un signo sacramental que recuerda que toda criatura procede de Dios y está llamada a participar de su bondad.

6. Una llamada actual

En un mundo marcado por el consumo excesivo y el desprecio por la creación, San Antón nos invita a recuperar una mirada creyente: amar a Dios, respetar su creación y vivir con sobriedad y gratitud.

Cuidar de los animales no es una moda moderna, sino una consecuencia lógica de la fe en el Dios creador. Como enseña la Iglesia, el respeto por la creación es parte del camino de la santidad.

viernes, 16 de enero de 2026

Beato Luis A. Ormieres, de elegido a maestro, y de discípulo a cantor. Por Joaquín Manuel Serrano Vila

Queridas Hermanas del Santo Ángel y querida Parroquia toda:

Celebramos con alegría hoy la fiesta del Padre fundador de la familia angelina, el Beato Luis Antonio Ormieres Rosa, cuya figura, testimonio y protección, sentimos con mucho cariño en esta comunidad parroquial. Acercarnos a su vida no es como asomarse a un libro de historia olvidado y polvoriento, ni únicamente asomarse a un pasado, sino que su vida, obra y espiritualidad siguen vivos actualmente en su Congregación  del Santo Ángel Custodio, que en cada lugar es reconocido de diferentes modos: hermanas del Santo Ángel, las Angelinas... pero, en definitiva, las hijas del P. Luis Ormieres y de la Madre San Pascual. Hoy más que nunca nuestro mundo necesita "ángeles visibles" para que nuestro pie no tropiece en tantas piedras que encontramos en el camino de la vida. Como otros años, comparto con esta mi Comunidad tres pinceladas con las que hacer reflexión a la luz de la vida del Beato Luis Antonio Ormieres. 

Elegido desde el vientre

Alguna hermana ya lo sabe; me pareció un verdadero guiño de la Providencia descubrir que un pasaje muy querido para el P. Luis era precisamente el del capítulo primero del profeta Jeremías. En una ocasión en que fui con un grupo de religiosas a mi pueblo y les enseñé la iglesia de mi Pila, junto con mi párroco -también muy vinculado a vosotras- recuerdo que a una hermana le llamó la atención que mi cura tenía en la sacristía el recordatorio de mi Ordenación, donde puse por lema precisamente estas palabras que ahora se proclaman en la misa de la fiesta del Beato: ''a donde yo te envíe irás, y lo que yo te mande lo dirás. No les tengas miedo, que yo estoy contigo para librarte, Oráculo del Señor''... Es un pasaje que a los sacerdotes y a las religiosas nos gusta, pues toda vocación la vivimos como algo que nos desborda, que no sabemos explicar y que, a menudo, olvidamos. La vocación es "Tierra Sagrada" ante la que descalzarnos. La del Padre Ormieres al sacerdocio, a la educación y a la fundación de una familia religiosa no son fruto de la casuística, sino que era el plan de Dios para él: ''antes de que nacieras te consagré” -dice el profeta- y esta profecía ilumina profundamente la historia vocacional del P. Luis, en quien se percibe con claridad la iniciativa amorosa de Dios a lo largo de toda su vida. Desde sus primeros años, Dios fue preparando su corazón para una misión que lo superaba, más su fidelidad a Él sostuvo su vocación y en Él y por Él la fue purificando. Como Jeremías, el P. Ormières pudo haber sentido el peso de su fragilidad ante una misión tan grande; sin embargo, el Señor no lo llamó por sus altas cualidades o capacidades, sino que lo cualificó y lo capacitó al llamarlo. Dios mismo fue moldeando su vida, guiándolo hacia lo que esperaba de él. Aplicar este pasaje a su vida es reconocer que la vocación del P. Luis Antonio no fue fruto de una casualidad ni de un proyecto personal, sino de una elección divina y libre de Dios, anterior a sus propias decisiones. Dios lo “conoció”, lo “consagró” y lo “envió”, como a Jeremías, para que su vida fuera profecía en medio del mundo.

Maestro sin dejar de ser discípulo

Profundizar en el carisma del Padre Luis Antonio, implica asomarse a su talente de educador, a la trayectoria de un hombre sencillo que se dejó transformar por la gracia y que fue buen maestro, precisamente por no dejar nunca de ser discípulo. La "oración colecta" de la misa propia del Beato le define como presbítero ''con gran sencillez y rectitud de corazón''. Esta realidad se desarrolla esa Francia suya del siglo XIX que impregnó de forma muy clara en los sacerdotes, religiosas y fieles, los deseos de vivir los sentimientos del corazón de Cristo a partir de toda una  corriente común en Parey-le-Monial. También el Padre Ormieres fue un hombre de corazón apasionado que puso el suyo sólo en Él en ese anhelo de ir, de anunciar y de hacer discípulos. Fue la consagración de toda su vida, convirtiendo su ministerio no un simple servicio puntual a su diócesis de Carcassone o a su patria francesa, sino a toda la Iglesia Universal por medio del carisma angelino que a sus Hijas y a todos nos legó. Luis Antonio vivió en un tiempo difícil marcado por la pobreza, la falta de educación y el abandono espiritual de muchos niños y jóvenes. Frente a esta realidad, él no se quedó en la queja ni en el miedo: escuchó la voz de Dios en el clamor de los más pequeños y respondió con una fe valiente y creativa, haciéndose también él mismo pequeño para dar voz y hacer grandes a los más humildes. 

Cantor de las maravillas de Dios

El salmo 95 define muy bien lo que ha sido el itinerario existencial de nuestro Beato: toda su existencia ha querido ser un cantar y contar ''las maravillas del Señor a todas las naciones''. Es una invitación universal a reconocer la maravilla por excelencia; es decir, a cada uno de nosotros con todos dones que Dios no ha dado. Esta idea fue clave en su forma de vivir la evangelización. Y así, en su vida, se hizo verdad lo que nos dijo el Señor: “por sus frutos los conoceréis”.

La vida del Beato Luis Ormières fue un árbol bueno que dio frutos abundantes: la fundación de las Hermanas del Ángel de la Guarda, dedicadas a la educación, la evangelización y la promoción humana, especialmente de los más pobres. Su obra no nació del prestigio ni del poder, sino de la confianza total en la Providencia. El estilo pastoral del P. Luis nos enseña cómo necesitamos un corazón abierto a la compasión, unas manos disponibles para servir, y unos pies dispuestos a ir donde haya necesidad. No tenemos alas, pero queremos como él ser ángeles visibles. Él creyó profundamente que la educación transforma vidas y que cada persona es un tesoro a los ojos de Dios. Por eso, su misión sigue viva hoy allí donde se educa con amor, se acompaña con paciencia y se anuncia el Evangelio con obras concretas. El Señor siempre hace resplandecer sus maravillas en la hondura de nuestra nada.

Hoy las Hermanas siguen queriendo ser el nombre, no sólo ser Hermanas del Santo Ángel, sino ser ángeles en cada colegio, parroquia, misión, apostolado o tarea. Pidamos al Beato Luis Ormières que nos ayude a vivir una fe comprometida que no se encierra en sí misma, sino que sale al encuentro, especialmente de quienes más lo necesitan. Que aprendamos de él a confiar, incluso cuando los caminos parecen inciertos, sabiendo que cuando la obra es de Dios, Él mismo la sostiene. No tengamos miedo al futuro incierto; el Beato Luis nos lo recuerda: ''confianza plena, inquebrantable y sin límites, que Dios actúa en lo que parece más débil''.

16 de Enero: Beato Luis Antonio Ormières

 

Feliz día del Beato Luis Antonio Ormiéres. Desde la Parroquia de Lugones le pedimos su intercesión. Su ejemplo nos estimula en el seguimiento del Maestro, haciendo verdaderos discípulos, siéndolo primero nosotr@s. Gracias P. Ormiéres por enseñarnos a ser ángeles visibles, a hacer bien dejando que digan, y que todo es bueno desde el amor. 

Buena jornada del Padre fundador a toda la Familia angelina.


Oración 

Oh Dios, que para educar a la juventud cristiana has enriquecido al Beato Luis Antonio, presbítero, con gran sencillez y rectitud de corazón, concédenos que, siguiendo sus huellas, contribuyamos siempre a la formación de nuevos discípulos de Cristo. Él, que vive y reina contigo. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén