Toca hablar hoy de la lógica revolucionaria del perdón. Las lecturas de este Domingo XXIV del Tiempo Ordinario nos sitúan frente a uno de los núcleos más exigentes, pero a la vez más liberadores, de nuestra fe: la urgencia y la radicalidad del perdón. A menudo pensamos que perdonar es una debilidad o un simple acto de buena voluntad; sin embargo, la Palabra de Dios nos demuestra hoy que el perdón es una fuerza divina, una necesidad espiritual para nuestra propia conversión y sanación, y la única manera coherente de vivir como personas que pertenecen enteramente al Señor.
El libro del Eclesiástico nos habla con una sabiduría humana y espiritual apabullante. El autor sagrado define el rencor y la cólera como cosas abominables. Nos ofrece una radiografía exacta del corazón humano resentido, aquel que guarda rencor a su prójimo, pero luego pretende que Dios lo cure. El texto nos plantea una pregunta de una lógica aplastante: «Si un hombre guarda rencor a otro, ¿cómo puede pedir la salud al Señor? No tiene compasión de su semejante, ¿y pide perdón por sus propios pecados?». He aquí la trampa del resentimiento. El rencor es como un veneno que tomamos nosotros esperando que le haga daño al otros. Nos encadena al pasado y pudre nuestro presente. El sabio nos invita a un ejercicio de realismo: «Acuérdate de tu fin y deja de odiar; piensa en la muerte y en la corrupción, y guarda los mandamientos». Ante la brevedad de la vida, gastar el tiempo en alimentar enemistades es una necedad. El perdón comienza cuando quitamos los ojos de la ofensa y los ponemos en el Dios de la Alianza. El modelo de Dios como respuesta a esta sabiduría, nos lo da el Salmo 102: «El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia».
El apóstol San Pablo eleva la discusión a un nivel teológico y existencial profundo: «Ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo». Nuestra vida no es un proyecto aislado. Tanto en la vida como en la muerte, pertenecemos a Jesucristo. Si yo soy del Señor y mi hermano también es del Señor, ya no tengo derecho a juzgarlo, a condenarlo o a excluirlo de mi afecto. No podemos vivir reclamando derechos únicos y absolutos, ni sumergidos en el egoísmo. Perdonar al hermano es el reconocimiento práctico de que Cristo es el único Señor de la historia y de nuestras vidas.
En el Evangelio de san Mateo, Pedro se acerca a Jesús con una propuesta que él cree sumamente generosa: «Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?» (siete era el número de la perfección). Pedro pensaba que estaba yendo más allá del deber. La respuesta de Jesús rompe todos los esquemas: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete». Es decir, siempre. Jesús evoca la vieja ley de venganza de Lamec -quien decía que se vengaría setenta veces siete- y la invierte por completo: ahora la medida del cristiano es el perdón ilimitado. Para explicarlo, nos regala la parábola del siervo despiadado. Un empleado que debe diez mil talentos -una cantidad astronómica, equivalente a miles de años de trabajo-. Ante la súplica del empleado, el rey, movido a compasión, le perdona toda la deuda. Este rey es Dios, que nos ha condonado la deuda del pecado que jamás habríamos podido pagar por nosotros mismos. Ese mismo empleado sale y encuentra a un compañero que le debe cien denarios -el salario de unos pocos meses- y lo agarra por el cuello hasta casi estrangularle, y lo mete en la cárcel para que se los pague. No tiene compasión, olvidando por completo el rescate inmenso que él acaba de experimentar. El rey se entera y castiga al siervo despiadado. Jesús concluye de forma tajante: «Lo mismo hará con vosotros mi Padre celestial si cada uno no perdona de corazón a su hermano». La enseñanza de este domingo no es opcional. El perdón no es un sentimiento -a veces el dolor de la herida permanece-, sino una decisión de la voluntad sostenida por la gracia de Dios. Cuando rezamos el "Padre Nuestro", nos imponemos a nosotros mismos la medida: "Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden". Hoy la Palabra de Dios nos invita a revisar nuestras propias cuentas pendientes: ¿A quién tenemos "agarrado por el cuello" en nuestro corazón por una deuda del pasado; qué resentimiento familiar, laboral o comunitario nos está quitando la paz?.. Venimos a la eucaristía, donde Cristo actualiza el perdón supremo de la Cruz, y pidámosle que transforme nuestro corazón de piedra en un corazón de carne, capaz de recibir su misericordia y así también de transmitirla igualmente sin condiciones.





