domingo, 3 de mayo de 2026

Evangelio Domingo V de Pascua

Lectura del santo evangelio según san Juan 14, 1-12

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no, os lo habría dicho, porque me voy a prepararos un lugar. Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino».

Tomás le dice:
«Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?».

Jesús le responde:
«Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto».

Felipe le dice:
«Señor, muéstranos al Padre y nos basta».

Jesús le replica:
«Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, creed a las obras.

En verdad, en verdad os digo: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aun mayores, porque yo me voy al Padre».

Palabra del Señor

Tiempo de romería. Por Monseñor Fray Jesús Sanz Montes O.F.M. 

Empezamos este mes de mayo florido y, en medio de los avatares de un año que ve pasar los meses de modo imparable, los cristianos estrenamos un tiempo saludable de romerías. Aquí en Asturias es una cita esperada cuando llega el primer sábado de mayo, para subir con nuestros cientos y cientos de jóvenes hasta Covadonga en alegre romería.

Nuestra geografía en sus altos y sus llanos, a la entrada de nuestros pueblos, en los acantilados que miran los mares, en los valles profundos de nuestras montañas, está salpicada de pequeñas ermitas y santuarios que actúan como de pararrayos de nuestras tormentas, como indicadores en nuestros extravíos, como posadas en nuestros cansancios, como hogares de nuestras intemperies, como bálsamo de nuestras heridas. Sucede así también en las ascensiones de montaña cuando aparecen los hitos, esos pequeños montoncitos de piedras que nos guiñan su aviso como si fuera una brújula buena y fija que nos devuelven o nos confirman en el verdadero camino hacia la meta.

Es la luz y la lumbre que nos acoge en esas moradas marianas que representan tantos de sus santuarios y ermitas, como una “casa encendida” donde las haya, en donde la mirada de una imagen nos reconforta con su materno significado: el de los ojos verdaderos de quien no pierde nuestra senda, asomada como está a todas nuestras andanzas. La certeza del cobijo que todos experimentan junto a la Reina y Madre en tantas de nuestras montañas es algo que no puede expresarse tan fácilmente, pero que nadie puede negar cuando nos acercamos filialmente a ella. Esto explica el largo recorrido que han hecho los creyentes allegándose a esos lugares de gracia, o el que hacen quienes tienen una fe tibia, extraviada o no encontrada todavía. La mirada de esa Virgen que tantas veces lleva al pequeño que tiene en sus brazos, nos adentra en algo nuclear de nuestra humanidad sedienta de verdad, de bondad y de belleza, hambrienta de justicia, de paz y de fe.

Esto es capaz de transformar el caos de todos nuestros conflictos e incertidumbres, en la dulzura del encuentro de una gracia que nos salva posibilitando nuestra esperanza. Es el conmovedor relato con el que el papa Benedicto XVI explicaba la esperanza cristiana a través del testimonio de Santa Bakhita cuando tras una vida de desprecio y violencia ella descubrió a Jesús: «Se enteró de que este Señor también la conocía, que la había creado también a ella; más aún, que la quería... Ella era conocida y amada, y era esperada. Incluso más: Él había afrontado personalmente el destino de ser maltratado y ahora la esperaba a la derecha de Dios Padre. En este momento tuvo “esperanza”; no sólo la pequeña esperanza de encontrar dueños menos crueles, sino la gran esperanza: yo soy definitivamente amada, suceda lo que suceda; este gran Amor me espera. Por eso mi vida es hermosa. A través del conocimiento de esta esperanza ella fue “redimida”, ya no se sentía esclava, sino hija libre de Dios» (Spe Salvi, 3).

Esta es la confluencia que se hace encuentro de esperanza, se hace admiración que contempla, verso que relata una historia y beso como una humilde plegaria. Un santuario mariano o una sencilla ermita de la Virgen tienen todo esto para quien se allega con sus búsquedas, sus heridas, sus dudas y sus certezas. Todos reciben algo como una gracia inesperada que siempre será gracia inmerecida. Así, cuando el silencio y la noche nos abruman, cuando las malas noticias nos acorralan, cuando masticamos el temor o sufrimos alguna violencia, en María se escucha una Palabra que da vida y se enciende una Luz que nadie apaga. Es una hermosa manera de vivir este tiempo en el mayo florido en donde miramos a las buenas madres: la del cielo y las de la tierra, dando gracias por el don que nos permitió nacer y crecer en la vida y en la fe. Feliz mes de mayo, feliz romería materna.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

sábado, 2 de mayo de 2026

Memoria y legado de Don Julio Fernández de la Riva

Recordamos en este día al Rvdo. Sr. Don Julio Fernández de la Riva. Sacerdote diocesano que pastoreó nuestra comunidad parroquial. Al dar gracias por el don de su ministerio entre nosotros, le pedimos al Padre Celestial que lo reciba en el banquete celestial. Que allí pueda contemplar cara a cara a Aquel a quien tanto amó y sirvió en la tierra. Él consagró su vida al servicio de Dios y de su Iglesia, siendo para nosotros imagen del Buen Pastor. A través de sus manos, la gracia de Dios se hizo presente en los sacramentos, y su palabra guio nuestros pasos. Pedimos que el Señor que conceda a Don Julio, que tantas veces partió y distribuyó para nosotros el Pan de la Vida, que este alimento sagrado, sea para su alma prenda de vida eterna y para nosotros fuente de consuelo y fortaleza.

Nacido en Pola de Lena en 1922, Don Julio sintió la llamada al sacerdocio desde su juventud, formándose para servir a la Diócesis de Oviedo. En sus primeros años de ministerio desarrolló importantes tareas pastorales como Prefecto del Seminario Menor de Valdediós: donde acompañó y guio a los jóvenes seminaristas en las primeras etapas de su discernimiento vocacional. También sirvió pastoralmente en Llanera y Villapérez, localidades en las que ejerció el ministerio con total dedicación antes de su llegada definitiva al concejo de Siero.

En el año 1965, Don Julio llegó a nuestra Parroquia de San Félix de Lugones, comunidad en la que serviría como párroco durante dos décadas de intensos cambios sociales y eclesiales. Su llegada coincidió con la clausura del Concilio Vaticano II, y Don Julio asumió con valentía la tarea de aplicar sus reformas en la vida parroquial. Obra suya fue la reforma del presbiterio y la colocación del nuevo altar, el cual fue solemnemente consagrado el 4 de noviembre de 1967. Durante sus años en Lugones, Don Julio no estuvo solo; contó con la inestimable ayuda de su hermano, Don José María Fernández de la Riva, quien ejerció fielmente como coadjutor de la parroquia. Siendo párroco Don Julio se hicieron obras importantes en el templo, así como se acometió el traslado del cementerio parroquial del barrio de La Ería al Carbayu.

Tras dejar la parroquia de Lugones en 1985, Don Julio continuó su labor pastoral junto a su hermano en la parroquia de Santa María de San Claudio, en Oviedo. Al llegar el momento de su jubilación, ambos hermanos fijaron su residencia en Gijón para un merecido descanso tras toda una vida de servicio. El 2 de mayo de 2003, Don Julio falleció en el Hospital de la Cruz Roja de Gijón. Sus restos mortales recibieron cristiana sepultura en el cementerio de su localidad natal.

Santoral del día: San Atanasio

(COPE) La Iglesia nos trae en este 2 de mayo a un verdadero apologeta, es decir un hombre que defendió siempre la Fe. Hoy celebramos a San Atanasio, cuyo nombre –de procedencia griega- significa inmortal. Nacido en Alejandría (Egipto), el año 295, al llegar a la adolescencia profundizará en el Derecho y la Teología.

Tras un tiempo de retiro, de vuelta a la ciudad se dedica a un servicio completo al Señor. Pero llegan las dificultades. Y es que por entonces, Arrio difundía el error de que Cristo no era Hijo Natural de Dios, sino que era adoptivo.

Según este Patriarca podía llegar a ser Jesús el Hombre más perfecto, pero rechazaba que fuese la Segunda Persona de la Santísima Trinidad. El Concilio I de Nicea condenó el error y en él participó el Santo. Pasados cinco meses es designado Obispo de Alejandría.

Su Ministerio estuvo lleno de dificultades porque fue desterrado varias veces. Todo vino porque para defender la fe tuvo que poner ele dedo en la llaga, corrigiendo muchas desviaciones San Atanasio muere en el año 373, dejando un legado de grandes obras en defensa de la Fe.

Es Doctor de la Iglesia y es uno de los grandes Padres Orientales por su antigüedad, su Santidad, su Doctrina y su influjo en la Historia de la iglesia.. Él fue amigo personal de San Antonio, abad -San Antón-. Y gracias a esta amistad, Atanasio escribió las noticias que nos llegaron de este anacoreta.

viernes, 1 de mayo de 2026

Mayo, mes dedicado a la Virgen María

(Aciprensa) Mayo siempre será especial porque es el mes que la Iglesia Católica dedica a la Bienaventurada Virgen María, Madre de Dios y madre nuestra.

El mes que hoy empieza ha de ser tiempo propicio para renovar el amor que todos los bautizados debemos profesar a la mujer que Dios eligió —desde la eternidad— para ser madre de su Hijo, Jesucristo, el Verbo hecho carne para redención del género humano. ¡Cómo no volver la mirada hacia Ella, que nos mira primero con dulzura y compasión! No es casualidad que Dios haya querido crecer al calor de una madre como María y recibir sus amorosos cuidados.

Vivamos este mes de la mano de María

En el plan de salvación, la Santísima Virgen María ocupa un lugar especial. En virtud de su maternidad, fue concebida inmaculada y, por fidelidad a su Hijo, ha sido coronada como Reina del Cielo y de la Tierra. Por eso, no hay santidad sin el concurso de María, porque toda Ella —dichos y obras— lleva a Cristo. ¡Quién conoce mejor a un hijo que una madre! ¡Qué hijo bueno y noble no conoce a su madre o la ama con todo el corazón!

Un ejemplo son los numerosos que durante su peregrinación en la tierra transmitieron el gran amor que sentían por la Virgen. Como no mencionar a San Juan Bosco con María Auxiliadora, Santo Domingo de Guzmán y su difusión del Santo Rosario, San Luis María Grignion de Monfort y su tratado para consagrarse a la Madre de Dios, San Juan Pablo II cuyo lema Totus Tuus (todo tuyo) está dedicado a la Virgen, y muchos otros.

Habría que ser un poco o muy necio para no dejarse abrazar por esa Madre amorosa que Jesús nos regaló. En consecuencia, ¡cómo no dedicar un tiempo para conocerla mejor y mejorar el trato con Ella, que conoció y amó a Jesús como nadie en la tierra! Y que, no lo olvidemos, ama a cada uno de sus hijos, los seres humanos, con cariño y ternura semejantes.

Por ello, la Iglesia, en su sabiduría, pide a sus hijos que estén pendientes de la Madre de manera especial durante este mes y sean particularmente agradecidos por todos sus cuidados.

Recordemos que Ella permaneció al pie de la cruz y que después de la Ascensión de Jesús —como enseña el Catecismo— “estuvo presente en los comienzos de la Iglesia con sus oraciones”.

Cada mes de mayo, la Iglesia Católica se vuelca en contemplar la fe de la Virgen María y proponerla como ejemplo perfecto de seguidora de Jesús. Contamos el origen de esta tradición y su sentido profundo.

1 de Mayo, San José Obrero. Por Joaquín Manuel Serrano Vila

Cada 1 de mayo, mientras el mundo celebra el Día Internacional de los Trabajadores, la Iglesia Católica pone la mirada en una figura silenciosa pero muy influyente y poderosa: San José Obrero. Esta festividad no es sólo una conmemoración religiosa, sino ya una respuesta antigua y profunda de la Iglesia a las realidades sociales del mundo moderno y, particularmente, a la vida laboral y del trabajo.

La fiesta de San José Obrero fue instituida en 1955 por el Papa Pío XII. El contexto era complejo: la Guerra Fría estaba en su apogeo, y los movimientos de corte marxista reivindicaban el 1 de Mayo como una jornada de la lucha de clases y materialismo. Pío XII, ante una multitud de obreros en la Plaza de San Pedro, decidió "cristianizar" la fecha. No lo hizo para oponerse a las justas reivindicaciones de los trabajadores, sino para darles un modelo espiritual. Al nombrar a San José como Patrono, la Iglesia recordó que el trabajo no es un castigo, sino una vía de santificación. José, el carpintero de Nazaret, demostró que el esfuerzo diario sostiene la dignidad de la familia y colabora con la creación de Dios.

La celebración de San José Obrero es la expresión litúrgica de la Doctrina Social de la Iglesia, que tiene en el trabajo uno de sus pilares fundamentales. Desde la encíclica Rerum Novarum (1891) hasta la actualidad, la DSI propone varios puntos clave:

-Prioridad del trabajo sobre el capital: La Iglesia enseña que el dinero y las máquinas son herramientas; lo verdaderamente importante es la persona que las usa. El ser humano es el centro de la economía.

-Dignidad subjetiva: El valor del trabajo no depende de "lo que se hace" (si es una gran obra de ingeniería o barrer una calle), sino de "quién lo hace". Al ser realizado por una persona, todo trabajo es digno.

-Derechos y Deberes: La DSI defiende el derecho a un salario justo, al descanso, y a condiciones laborales seguras. A su vez, exhorta al trabajador a realizar su labor con responsabilidad y honradez, siguiendo el ejemplo de José.

En un mundo marcado por la precariedad laboral, la automatización y el desempleo, la figura de San José Obrero recobra vigencia. Él representa al trabajador qué, en la precariedad de un taller humilde, fue capaz de proteger y proveer a la Sagrada Familia.
Celebrar a San José el 1 de Mayo es un recordatorio de que el trabajo debe estar al servicio de la humanidad, y no al revés. Como decía San Juan Pablo II en Laborem Exercens, mediante el trabajo el hombre "no sólo transforma la naturaleza, sino que se realiza a sí mismo como hombre".

En nuestra Parroquia de Lugones, un barrio está dedicado a su patrocinio y cuidado. En la eucaristía de este día, como venimos haciendo los últimos años, recordaremos a los difuntos de este barrio lugonense. Con San José Obrero empezamos también el mes de María, el mes de las flores... Que San José nos enseñe a amar a la Santísima Virgen, y a ser los hijos que ella espera que seamos. Amén.