miércoles, 7 de enero de 2026

Homilía del Sr. Arzobispo en la Fiesta del Santo Nombre de Jesús

Querido Señor Abad, hermanos sacerdotes concelebrantes y hermanos todos en el Señor, paz y bien de todo el corazón. También Covadonga está iluminada con este ambiente propio de la Navidad. Da gusto venir al Santuario de la Virgen y encontrar que también aquí la Navidad está señalada en este escenario como aquel que nos damos en nuestros hogares, en nuestras calles y plazas, en tantos escaparates, en nuestras iglesias y parroquias. Junto al misterio delante del altar, veis que hay una pequeña vela con una pañoleta de scout que la rodea. Es una vela que viene desde Belén. Un grupo de scouts europeos cada año viaja hasta la gruta de Belén y allí encienden una candela especialmente protegida que traen hasta Viena, en Austria. Hasta allí fueron los scouts asturianos para traer, también protegida, a luz que se encendió en Belén y que ahora alumbra y arde en tantos de nuestros ámbitos. Es un símbolo que estamos celebrando en estos días: que allí hubo una luz que Dios encendió en la persona de su Hijo recién nacido. Eso fue lo que ocurrió hace dos mil años, y mientras recordamos aquella venida primera, nos preparamos a la última venida que prometió realizar al fin de los tiempos, al tiempo que también le reconocemos continuamente presente en medio de nosotros. Tres venidas, tres esperas que nos permiten cantar como hacemos en este tiempo navideño. La Navidad es particularmente tierna y hermosa.

Hoy tenemos una fiesta en la liturgia católica que se ha recuperado no hace tanto tiempo. Es la fiesta del Santo Nombre de Jesús. Es una fiesta que tuvo comienzo, litúrgicamente hablando, en el siglo XVIII. Y que luego se perdió. La última edición del Misal Romano, con el que celebramos la Santa Misa ha recuperado esta fiesta que tiene un largo sabor franciscano. El Nombre de Jesús.Aprender el nombre es empezar a conocer al otro. Porque si no, el otro es anónimo. Si yo no sé cómo se llama alguien, no sé quién es. Cuando comienzas a conocer a otra persona y comienzas a quererla, le preguntas cómo se llama. Y sabiendo el nombre, es el primer paso que se da para una historia de cariño y de amistad. Jesús nos reveló su nombre. Jesús significa que Dios nos salva, el Salvador. Y este nombre que nos salva se hizo pequeño, se hizo niño.

Es lo que estamos celebrando en esta época de Navidad, pero a este pequeñín hay que dejarlo crecer. Vino sin saber hablar como todos nosotros nacimos. Vino sin saber andar como nosotros gateamos. Pero en Jesús, al igual que sucedió con nosotros, hay un momento en que aprende a hablar, y que también aprendió a andar. Lo importante es que ese Jesús que habla y anda me diga cosas y yo las escuche diciéndole las mías. Ese Jesús que anda frecuente mis caminos y yo vaya por sus senderos. Es lo que pedimos a este pequeño niño Jesús dejando que se adentre en nuestras vidas. El Evangelio que acabamos de escuchar es un Evangelio hermoso porque es el primer encuentro que tiene Jesús ya adulto, que hablaba y andaba, con aquellos que serían sus dos primeros discípulos, Andrés y Juan. Estaban escuchando a un profeta que era el primo de Jesús, Juan el Bautista. Cuando el Bautista vio llegar a Jesús lo señaló diciéndole, este que viene por allí, a la orilla del río Jordán, es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Y es tan grande que es el Mesías. Tanto, que yo no puedo desatarle las correas de sus sandalias, que era la labor que hacían los siervos más esclavos. Ni siquiera eso se consideraba digno de hacer el Bautista, cuando vio llegar a su primo Jesús, junto a la orilla del río Jordán.

Aquellos dos discípulos no le preguntaron cosas extrañas, sino algo bien sencillo. ¿Maestro, donde vives? Jesús les respondió, venid y lo veréis. ¿En dónde vives? Esa fue la pregunta. Porque en el fondo, tanto Andrés, como Juan, como tú y yo, tenemos tantas intemperies demasiadas veces. La intemperie de nuestros fríos, la intemperie de nuestras dudas, la intemperie de nuestros miedos, la intemperie de nuestros conflictos. Por eso preguntar a alguien dónde vives, sabiendo que ese no es un alguien cualquiera, es decirle: mis conflictos buscan la paz, mis dudas buscan respuestas, mis fríos buscan el calor y la lumbre que tú me das.

Yo quiero vivir contigo, dime dónde está tu casa. Nos dice el evangelista que fueron con él y se quedaron con él, y jamás se separarían. Esta es la fiesta de la Navidad, amigos. Le pedimos al Señor, al buen Dios que, dado que también nosotros tenemos nuestras tiritonas y escalofríos, nuestros conflictos y apagones, podamos encontrar en una casa con las puertas abiertas, una casa encendida en la que somos esperados y saben nuestro nombre, como nosotros sabemos el suyo en este día de su fiesta.

Vamos a pedir de una manera especial la noticia de esta madrugada por Venezuela, donde ha empezado el bombardeo Caracas. Tenemos varias guerras en el mundo, conocidas son la de Gaza, la de Ucrania y desde esta madrugada también en Venezuela, para que aquellos que han abusado dictatorialmente sean retirados. Ojalá no sufra el pueblo tan maltratado por el narco-gobierno y que no mueran más inocentes. Pedimos para que resuelvan cuanto antes la tragedia de los dictadores sin pagar el precio de ninguna masacre. Por eso pedimos por este querido pueblo hermano, Venezuela, en este momento tan delicado.

Y a vosotros que habéis venido a Covadonga como yo también esta mañana desde Oviedo, que la Virgen Santa, nuestra Santina, nos proteja con su manto, escuche nuestras oraciones, mientras pedimos por aquellos que nos faltan, especialmente aquellos que otros años han podido gozar de nuestra compañía y nosotros de su presencia. Tenemos presentes a nuestros familiares y amigos que hemos dejado en sus casas. Y pedimos también por aquellos que nos faltan porque han fallecido. Que Dios los bendiga. Feliz Navidad, feliz Año Nuevo llenos de la paz y el bien que proceden del Señor.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo
Covadonga, 3 enero de 2026

Atentos

 

martes, 6 de enero de 2026

Homilía del Santo Padre León XIV en la Solemnidad de la Epifanía del Señor y clausura de la Puerta Santa

Queridos hermanos y hermanas:

El Evangelio (cf. Mt 2,1-12) nos ha detallado la grandísima alegría de los magos al ver la estrella (cf. v. 10), pero también la turbación experimentada por Herodes y por toda Jerusalén ante su búsqueda (cf. v. 3). Cada vez que se trata de las manifestaciones de Dios, la Sagrada Escritura no esconde este tipo de contrastes: alegría y turbación, resistencia y obediencia, miedo y deseo. Celebramos hoy la Epifanía del Señor, conscientes de que ante su presencia nada sigue como antes. Este es el comienzo de la esperanza. Dios se revela, y nada puede permanecer estático. Se termina un cierto tipo de tranquilidad, la que hace repetir a los melancólicos: «No hay nada nuevo bajo el sol» (Qo 1,9). Empieza algo de lo que dependen el presente y el futuro, como anuncia el Profeta: «¡Levántate, resplandece, porque llega tu luz y la gloria del Señor brilla sobre ti!» (Is 60,1).

Sorprende el hecho de que sea precisamente Jerusalén, la ciudad testigo de tantos nuevos comienzos, la que esté turbada. En su seno, el que estudia las Escrituras y piensa que tiene todas las respuestas parece haber perdido la capacidad de hacerse preguntas y de cultivar deseos. Es más, la ciudad está atemorizada por el que, movido por la esperanza, llega a ella desde lejos, hasta el punto de considerar como amenaza aquello que debería, por el contrario, causarle mucha alegría. Esta reacción también nos interpela a nosotros, como Iglesia.

La Puerta Santa de esta Basílica, que ha sido hoy la última en cerrarse, ha visto pasar innumerables hombres y mujeres, peregrinos de esperanza, en camino hacia la Ciudad de las puertas siempre abiertas, la nueva Jerusalén (cf. Ap 21,25). ¿Quiénes eran y qué les movía? Nos cuestiona con particular seriedad, al finalizar el Año jubilar, la búsqueda espiritual de nuestros contemporáneos, mucho más rica de lo que quizá podamos comprender. Millones de ellos han atravesado el umbral de la Iglesia. ¿Qué es lo que han encontrado? ¿Qué corazones, qué atención, qué reciprocidad? Sí, los magos aún existen. Son personas que aceptan el desafío de arriesgar cada uno su propio viaje; que en un mundo complicado como el nuestro —en muchos aspectos excluyente y peligroso— sienten la exigencia de ponerse en camino, en búsqueda.

Homo viator, decían los antiguos. Somos vidas en camino. El Evangelio lleva a la Iglesia a no temer este dinamismo, sino a valorarlo y a orientarlo hacia el Dios que lo suscita. Es un Dios que nos puede desconcertar, porque no podemos asirlo en nuestras manos como a los ídolos de plata y oro, porque está vivo y vivifica, como ese Niño que María tenía entre sus brazos y que los magos adoraron. Lugares santos como las catedrales, las basílicas y los santuarios, convertidos en meta de peregrinación jubilar, deben difundir el perfume de la vida, la señal indeleble de que otro mundo ha comenzado.

Preguntémonos: ¿hay vida en nuestra Iglesia? ¿Hay espacio para aquello que nace? ¿Amamos y anunciamos a un Dios que nos pone en camino?

En el relato, Herodes teme por su trono, se agita por lo que se le escapa de su control. Intenta aprovecharse del deseo de los magos manipulando su búsqueda en beneficio propio. Está listo para mentir, está dispuesto a todo; el miedo, en efecto, enceguece. La alegría del Evangelio, en cambio, libera; nos hace prudentes, sí, pero también audaces, atentos y creativos; sugiere caminos distintos de los ya recorridos.

Los magos traen a Jerusalén una pregunta sencilla y esencial: «¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer?» (Mt 2,2). Qué importante es que, el que cruza la puerta de la Iglesia, se percate de que el Mesías recién ha nacido allí, que allí se reúne una comunidad donde ha surgido la esperanza, que allí se está realizando una historia de vida. El Jubileo ha venido a recordarnos que se puede volver a empezar, es más, que estamos aún en los comienzos, que el Señor quiere crecer entre nosotros, quiere ser el Dios-con-nosotros. Sí, Dios cuestiona el orden existente; tiene sueños que inspira también hoy a sus profetas; está decidido a rescatarnos de antiguas y nuevas esclavitudes; en sus obras de misericordia, en las maravillas de su justicia, involucra a jóvenes y ancianos, a pobres y ricos, a hombres y mujeres, a santos y pecadores. Sin hacer ruido; sin embargo, su Reino ya está brotando en todo el mundo.

¡Cuántas epifanías nos han sido dadas o se nos darán! Pero deben sustraerse de las intenciones de Herodes, de los miedos siempre al acecho para transformarse en agresión. «Desde la época de Juan el Bautista hasta ahora, el Reino de los Cielos es combatido violentamente, y los violentos intentan arrebatarlo» (Mt 11,12). Esta misteriosa expresión de Jesús, indicada en el Evangelio de Mateo, nos hace pensar en los numerosos conflictos con los que los hombres pueden resistirse e incluso atacar la Novedad que Dios ha reservado para todos. Amar la paz, buscar la paz, significa proteger lo que es santo y que precisamente por eso está naciendo: pequeño, delicado y frágil como un niño. A nuestro alrededor, una economía deformada intenta sacar provecho de todo. Lo vemos: el mercado transforma en negocios incluso la sed humana de buscar, de viajar y de recomenzar. Preguntémonos: ¿nos ha educado el Jubileo a huir de este tipo de eficiencia que reduce cualquier cosa a producto y al ser humano a consumidor? Después de este año, ¿seremos más capaces de reconocer en el visitante a un peregrino, en el desconocido a un buscador, en el lejano a un vecino, en el diferente a un compañero de viaje?

El modo en el que Jesús salió al encuentro de todos y dejó que todos se le acercaran nos enseña a valorar el secreto de los corazones que sólo Él sabe leer. Con él aprendemos a captar los signos de los tiempos (cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 4). Nadie puede vendernos esto. El Niño que los magos adoran es un Bien que no tiene precio ni medida. Es la Epifanía de la gratuidad. No nos espera en los lugares prestigiosos, sino en las realidades humildes. «Y tú, Belén, tierra de Judá, ciertamente no eres la menor entre las principales ciudades de Judá» (Mt 2,6). Cuántas ciudades, cuántas comunidades necesitan que se les diga: “Ciertamente no eres la menor”. Sí, ¡el Señor nos sigue sorprendiendo! Se deja encontrar. Sus caminos no son nuestros caminos, y los violentos no consiguen dominarlos, ni los poderes del mundo los pueden obstruir. Aquí reside la grandísima alegría de los magos, que dejan atrás el palacio y el templo para ir hacia Belén; ¡y es entonces cuando vuelven a ver la estrella!

Por eso, queridos hermanos y hermanas, es hermoso convertirse en peregrinos de esperanza. Y es hermoso seguir siéndolo, juntos. La fidelidad de Dios siempre nos sorprenderá. Si no reducimos nuestras iglesias a monumentos, si nuestras comunidades se convierten en hogares, si rechazamos unidos los halagos de los poderosos, entonces seremos la generación de la aurora. María, Estrella de la mañana, caminará siempre delante de nosotros. En su Hijo contemplaremos y serviremos a una humanidad magnífica, transformada no por delirios de omnipotencia, sino por el Dios que se hizo carne por amor.

Epifanía. Por Joaquín Manuel Serrano Vila


Hoy es la Solemnidad de la Epifanía del Señor, un día muy especial dentro del tiempo de Navidad, y es que celebramos cómo Dios se manifestó a todos los pueblos de la Tierra. Esto es lo que de algún modo simbolizan los Magos; que Dios ha venido para todos, los de mayor edad o menos, los tez oscura o clara, los de lengua conocida o desconocida... Y algún día esperamos que se haga verdad las palabras del Salmista y que se postren ante Él ''todos los pueblos de la tierra''. Pero no por obligación, sumisión o temor, sino por que el mundo crea que sólo Jesucristo es nuestro camino, que es Dios mismo quien nos lo ha enviado y qué, únicamente, en su Reino no habrá llanto, ni luto ni dolor. En estos días de Navidad el símbolo de la estrella ocupa un lugar especial: la colocamos en lo más alto de los árboles, en el nacimiento, en la decoración de nuestras casas y calles... Y es que la estrella es la que siguieron los Magos y que les llevó hasta el Salvador. 

Esta liturgia es muy antigua, pues la Iglesia hizo suya esta verdad de cómo Dios se nos reveló en tres detalles muy concretos de su vida, el primero éste de su más tierna infancia, después tras treinta años de vida oculta en Nazaret su bautismo en el Jordán, y en los primeros días de su vida pública en el milagro del agua convertida en vida en las bodas de Canaá. En nuestra Patria esta es una jornada muy especial: Se celebra la Pascua Militar. En otros países del mundo hoy es un día laborable, pero en España el 6 de enero la consideramos la fiesta de los Santos Reyes, el día de los niños y un día familiar por antonomasia. Esto tiene su lado negativo y positivo: negativo si nos quedamos tan sólo en que hoy es un día de "los reyes magos", regalos nada más; el lado positivo es si a este lado más propio de la infancia, los adultos nos sabemos preguntar: ¿A quién busco yo? ¿Está la búsqueda de la santidad en mi carta a los Reyes? ¿Tengo a Cristo por Rey de mi vida, a quien verdaderamente venero?...

El tiempo de Navidad debe cambiar nuestra percepción de Dios; nosotros ya no podemos decir que es una incógnita, que desconocemos si "hay algo", o poner en duda su justicia. Él ha roto el muro que nos separaba, y ha venido a nosotros, no como juez justiciero, sino como niño tierno y dulce ante el que se nos cae la baba... Lo desconocido nos asusta y nos produce rechazo, por eso el Señor ha querido dejar de ser abstracto a nuestro ojos y volverse visible y concreto llegando como nosotros. Abramos nuestro corazón a la bondad y a la verdad del Señor que ha tomado nuestra carne y se nos da a conocer. Y he aquí la profecía de Isaías que hemos escuchado en la primera lectura y que bien describe la escena que en este día contemplamos: ''Caminarán los pueblos a tu luz, los reyes al resplandor de tu aurora''. También nosotros somos caminantes, peregrinos, mendigos de respuestas... Estos Magos, astrónomos o sabios, eran ante todo ésto: buscadores, no de algo material, sino de lo más grande y que da sentido a todo: ¡al esperado! Al Mesías que habría de venir a unir cielo y tierra... Podemos y debemos pedirle al Señor en esta solemnidad de la Epifanía que seamos capaces de ver la luz, de ver su luz. Pues vivir a la luz de Dios implica dos realidades, por un lado estar lejos de la oscuridad del pecado y, por otra, no habitar en tinieblas. El salmo 35 dice: ''tu luz Señor nos hace ver la luz''... A esto nos referimos: vivir en la luz de Dios no es únicamente alejarnos del pecado, sino también ser capaces de ver tanto bueno que hay a nuestro alrededor y que no siempre logramos ver. 

Hay otro tema muy presente en la liturgia de la palabra de este día, como es la cuestión de los gentiles. San Pablo es muy explícito en su carta a los Efesios: ''Habéis oído hablar de la distribución de la gracia de Dios que se me ha dado en favor de vosotros, los gentiles. Ya que se me dio a conocer por revelación el misterio, que no había sido manifestado a los hombres en otros tiempos''. Claro; el evangelio de hoy nos pone de relieve que el Mesías nace en Belén de Judea, y quienes se presentan interesados en ir a verle, adorarle y llevarle regalos no son sus parientes cercanos o sus paisanos; no es su pueblo, no son judíos los que van a postrarse ante el recién nacido, sino tres "gentiles". Así Jesús vino a los suyos, al pueblo que llevaba siglos clamando y rogando su venida, y cuando llega, los suyos no le reciben. Los tres Magos representan precisamente ésto. Las primicias de toda nación que sabe reconocer al Señor, aceptar su evangelio y, por ende, su salvación. 

En este día concluye también el Jubileo de 2025 con el cierre de la Puerta Santa en la Basílica de San Pedro del Vaticano. Pedimos por los frutos de este año de gracia, para que sigamos cultivando la esperanza cristiana en nuestros días. Han sido más de 33 millones de católicos los que han peregrinado a Roma en este año jubilar; ojalá sean muchos los corazones tocados y convertidos por la gracia en este tiempo. De forma especial oramos por el Papa León XIV, a quien esperamos ver pronto como peregrino en nuestro suelo Patrio, tierra de María, como anticipó su antecesor, San Juan Pablo II. 

Evangelio de la Solemnidad de la Epifanía del Señor

Lectura del santo evangelio según san Mateo 2, 1-12

Habiendo nacido Jesús en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando:
«¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo».

Al enterarse el rey Herodes, se sobresaltó y toda Jerusalén con él; convocó a los sumos sacerdotes y a los escribas del país, y les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías.

Ellos le contestaron:
«En Belén de Judea, porque así lo ha escrito el profeta:
“Y tú, Belén, tierra de Judá,
no eres ni mucho menos la última
de las poblaciones de Judá,
pues de ti saldrá un jefe
que pastoreará a mi pueblo Israel”».

Entonces Herodes llamó en secreto a los magos para que le precisaran el tiempo en que había aparecido la estrella, y los mandó a Belén, diciéndoles:
«Id y averiguad cuidadosamente qué hay del niño y, cuando lo encontréis, avisadme, para ir yo también a adorarlo».

Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino y, de pronto, la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño.

Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con Maria, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra.

Y habiendo recibido en sueños un oráculo, para que no volvieran a Herodes, se retiraron a su tierra por otro camino.

Palabra del Señor

lunes, 5 de enero de 2026

La tradición de bendecir el hogar en la fiesta de la Epifanía

(Infovaticana) Con la solemnidad de la Epifanía del Señor, la Iglesia recuerda la manifestación de Cristo a las naciones, representadas en los Magos de Oriente que acudieron a Belén para adorar al Niño Dios. En este contexto litúrgico, se mantiene viva una antigua costumbre católica: la bendición del hogar mediante la inscripción de las letras C, M y B junto con el año en la puerta principal de la casa.

No es infrecuente encontrar, especialmente en países de tradición católica, una serie de letras y números escritos con tiza sobre los dinteles de las puertas. Lejos de ser un adorno o una fórmula arbitraria, este signo encierra un profundo significado espiritual. En el año 2026, la inscripción correspondiente es:

20 + C + M + B + 26

Las letras C, M y B remiten, por un lado, a los nombres tradicionales de los tres Magos: Caspar, Melchor y Baltasar. Pero, además, poseen un sentido propiamente cristiano más profundo, ya que corresponden a la expresión latina Christus mansionem benedicat, es decir: «Que Cristo bendiga esta casa».

La práctica de bendecir el hogar en la Epifanía es una forma concreta de reconocer públicamente el señorío de Cristo sobre la vida familiar y de encomendar la casa y a quienes la habitan a la protección divina al comienzo del año. Por este motivo, muchas parroquias facilitan a los fieles los elementos necesarios —tiza, agua bendita y el texto de las oraciones— para que cada familia pueda realizar la bendición en su propio hogar.

La bendición del hogar en esta fecha es una tradición particularmente arraigada en Polonia y otros países de Europa del Este, pero con el paso del tiempo se ha difundido ampliamente y ha ido recuperando presencia también en otros lugares, donde cada vez más familias católicas la practican.
El rito de la bendición del hogar

Todos los miembros de la familia se reúnen ante la puerta principal de la casa y hacen la señal de la cruz. Luego se pronuncia esta oración:

Monitor: Paz a esta casa.

Todos: Y a todos los que la habitan.

Monitor: Desde Oriente llegaron los Reyes Magos a Belén a adorar al Señor, y abriendo sus tesoros ofrecieron dones preciosos: oro para el gran Rey, incienso para el verdadero Dios, y mirra como símbolo de su sepultura.

Todos ingresan a la casa y leen el Magníficat, el himno de alabanza de la Virgen María tras el saludo a su prima Isabel. En ese momento se asperja la puerta con agua bendita. Después de ello, se continúa:

Todos: Desde Oriente llegaron los Reyes Magos a Belén a adorar al Señor, y abriendo sus tesoros ofrecieron dones preciosos: oro para el gran Rey, incienso para el verdadero Dios, y mirra como símbolo de su sepultura.

Monitor: Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu nombre. Venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día, perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden, no nos dejes caer en tentación…

Todos: Y líbranos del mal.

Monitor: Todos los de Saba vendrán.

Todos: Trayendo oro e incienso.

Monitor: Oh Señor, escucha mi oración.

Todos: Y que mi clamor llegue a Ti.

Monitor: Oh Dios, que con la guía de una estrella manifestaste en este día a tu Hijo unigénito a los gentiles, concede misericordiosamente que los que te conocemos por fe también alcancemos la visión de tu gloriosa majestad. Por Cristo, nuestro Señor.

Todos: Amén.

Monitor: Ilumínate, ilumínate, oh Jerusalén, porque ha venido tu luz, y la gloria del Señor ha surgido sobre ti: Jesucristo, nacido de la Virgen María.

Todos: Y los gentiles caminarán en tu luz y los reyes en el esplendor de tu ascenso, y la gloria del Señor ha surgido sobre ti.

Monitor: Oremos. Bendice, oh Señor Dios Todopoderoso, este hogar, para que en él haya salud, pureza, la fuerza de victoria, humildad, bondad y misericordia, el cumplimiento de tu ley, la acción de gracias a Dios Padre y al Hijo y al Espíritu Santo. Y que esta bendición permanezca sobre este hogar y sobre todos los que habitan en él. Por Cristo, nuestro Señor.

Todos: Amén.

Después de la oración, se camina por la casa asperjando agua bendita en cada habitación. Luego se escriben las letras C, M, B unidas por cruces, en la puerta principal, flanqueadas por los números del año.

La Fundación DeClausura lanza su segunda campaña para que 80 monasterios «no pasen tanto frío»

(InfoCatólica) La Fundación DeClausura ha puesto en marcha por segundo año consecutivo la campaña «Que no pasen tanto frío», una iniciativa solidaria que busca recaudar 100.000 euros durante el mes de enero para ayudar a 80 monasterios y conventos de toda España a hacer frente a los gastos de calefacción durante los meses más duros del invierno.

España continúa siendo «la reserva espiritual de Europa»: a pesar de la crisis vocacional, nuestro país alberga cerca de un tercio de los monasterios de clausura de todo el mundo (25-30%), según datos de la Conferencia Episcopal.

Edificios históricos con graves problemas de climatización

Los conventos y monasterios españoles presentan características arquitectónicas que hacen especialmente difícil su climatización. Muros espesísimos de piedra vista, ventanales muy finos sin aislamiento y techos altos como catedrales conforman la combinación perfecta para que resulte casi imposible calentar las estancias donde residen centenares de monjas, muchas de ellas de avanzada edad.

«Pasillos, refectorios, salas de trabajo, capillas, celdas, salas de estudio permanecen durante meses a temperaturas muy bajas», explican desde la fundación. A estas deficiencias estructurales se suman problemas continuos de humedad y ventanas antiguas de un solo cristal que agravan la situación.

Sistemas de calefacción precarios y decisiones difíciles

Las comunidades contemplativas recurren a sistemas de calefacción anticuados y poco eficientes por ser lo único que pueden permitirse económicamente. Algunas disponen únicamente de estufas de propano o butano, mientras que otras utilizan gasóleo almacenado en grandes depósitos que deben rellenarse varias veces al año. Solo unas pocas comunidades, situadas en ciudades, tienen acceso al gas natural canalizado. En algunos casos se emplean estufas o calderas de pellets o, todavía hoy, estufas de leña.

«Muchas comunidades contemplativas evitan encender la calefacción para reducir gastos. El frío que soportan es difícil de imaginar y puede afectar seriamente a su salud», aseguran desde DeClausura. Durante el invierno, el gasto de la calefacción se suma a otros costes inevitables como el mantenimiento, las reparaciones y los arreglos necesarios, por lo que la decisión suele ser siempre la misma: reducir el único gasto «evitable», encendiendo la calefacción lo mínimo posible.

Muchas celdas o habitaciones no cuentan con radiadores ni con ningún sistema de calefacción, salvo las de las hermanas mayores o enfermas. Como resumen gráfico de esta situación, algunas comunidades lo expresan con claridad: «El convento es como una nevera».

Limitaciones del mercado energético

Las comunidades monásticas enfrentan una desventaja adicional al no poder acogerse al mercado regulado de luz o gas, reservado a hogares o pequeñas empresas con baja potencia contratada. Sus gastos energéticos se suman a otros costes fijos de su vida diaria, como la Seguridad Social, la alimentación o el mantenimiento de edificios y maquinaria.

Impacto directo en la salud

Pasar frío de forma continuada tiene consecuencias directas en la salud de las religiosas. En los monasterios son frecuentes las enfermedades respiratorias como gripes, catarros, bronquitis o pulmonías, así como los problemas en huesos, articulaciones y piel, entre ellos artritis, osteoporosis o sabañones.

Resultados de la primera edición

El año pasado, en la primera edición de esta campaña de micromecenazgo, la fundación logró alcanzar los 68.500 euros, que permitieron ayudar a 64 comunidades contemplativas, lo que supuso una ayuda media de 1.070 euros por convento.

La campaña impulsada por la Fundación DeClausura no pretende eliminar completamente el frío, algo imposible en muchos de los monasterios, pero sí aliviarlo. Se trata de una ayuda que puede marcar la diferencia en la calidad de vida de monjas y monjes durante los meses más duros del año.

La Fundación DeClausura es una entidad sin ánimo de lucro al servicio de las comunidades monásticas de España, donde se concentra el mayor número de cenobios del mundo.