El Santuario de los Santos Mártires Cosme y Damián se encuentra en la localidad de Insierto, aldea perteneciente a la parroquia de Valdecuna en el concejo de Mieres, municipio de la Cuenca minera del Caudal, al sur de la Comunidad Autónoma. Este lugar tiene un antiquísimo culto; es cierto que la mayor parte del actual edificio del Santuario data del siglo XVIII, pero eso no significa que el culto a los Mártires se limite a tan poco tiempo, sino que precisamente se pierde en el tiempo. Ya el sacerdote y erudito Don Silverio Cerra defendió en su estudio de 1992 la antigüedad de este lugar datando la cabecera del actual Santuario en el período altomedieval. La imagen que preside el retablo principal -en medio de San Cosme y San Damián- es una talla románica de San Esteban, que algunos datan del siglo XI. Su presidencia ahí tiene mucho sentido; si a al Santo diácono le llamamos el protomártir es precisamente por eso, por haber sido el primer discípulo de Cristo en sellar la fidelidad al maestro con su sangre. Por eso también algunos defienden que quizás la primera ermita en este lugar estuvo dedicada a San Esteban, incluso que esta pudiera haber sido edificada ahí para cristianizar un lugar de culto pagano como ocurrió con tantos templos, santuarios y ermitas de nuestra región. Algunos historiadores sitúan el primer templo cristiano en este lugar entre los siglos VI y VII. La idea más consolidada es que al menos el culto a San Cosme y San Damián tuvo que llegar a este lugar en torno a los comienzos del siglo VIII cuando con el avance de las tropas islámicas tantas reliquias fueron trasladadas a nuestra tierra para salvarlas de la profanación y destrucción. No perdamos de vista que del Santuario de Valdecuna a las ermitas medievales del Monsacro hay poco más de 20 km. Con la llegada de las reliquias de estos Santos Médicos se convirtió este rincón del valle de Cuna y Cenera en un lugar al que peregrinar pidiendo o dando gracias por la salud.
Según la tradición eran hermanos, y además gemelos. Parece que nacieron y vivieron en la antigua Égea (actual ciudad de Ayas en el sureste de Turquía) en torno a finales del siglo III. Al parecer se desplazaban atendiendo enfermos por toda Arabia, la zona que se encuentra entre Asia y África entre el mar arábigo, el mar rojo, el golfo pérsico y el golfo del Adén. Esta región se la conoce como la península más grande del mundo, ya integrada en el Oriente Próximo. San Cosme y San Damián eran dos cristianos laicos que ejercían la medicina por caridad, por este motivo en el Santoral de la Iglesia Ortodoxa se les incluye entre los santos anárgiros; es decir, aquellos que nunca aceptaron plata -dinero- en pago a sus buenas obras. Aunque dedicados a la medicina, en general de lo que tenían fama era de ser buenos cirujanos, así la tradición oral nos cuenta el caso del hombre rico al que ellos trasplantaron una pierna de uno de sus criados negros que había fallecido poco antes. Cosme y Damián ya tenían fama de milagrosos en vida, pero ellos atribuían el éxito de sus actuaciones a Jesús de Nazaret, lo que provocó que crecieran las conversiones y bautizos en la región hasta el punto que Roma tomó cartas en el asunto. Algunos autores apuntan a que la persona que les denunció y promovió que los hermanos fueran juzgados fue nada menos que el renombrado orador Lisias, que era gobernador de Cilicia en aquel momento.
Fueron detenidos y encarcelados por mandato del emperador Diocleciano, del que se dice tuvo noticias de los milagros de estos dos hermanos médicos y dio el beneplácito para que fueran ejecutados en torno al año 300 d.C. aproximadamente. Se dice que fueron sometidos a numerosas torturas y suplicios, más confortados por el Cielo superaban todas las pruebas para mayor ira y desconcierto de sus verdugos, que con saña se afanaban queriendo verles sufrir. Finalmente, fueron decapitados a espada. Los cristianos recogieron sus reliquias y les dieron piadosa sepultura en Ciro (Siria), convirtiéndose en un lugar de veneración, donde se construyó una basílica de la que hay noticias en el siglo V. Se trata de unos de los santos más queridos de la antigüedad. En todo el Oriente Cristiano se levantaron basílicas, iglesias o santuarios en su honor como en Jerusalén, Constantinopla, Egipto, Edesa, Tesalónica, Mesopotamia... El culto también se extendió en occidente, de forma destacada en Italia, donde tuvieron muchos devotos en las ciudades de Rávena, Verona, y especialmente en Roma, donde llegaron a tener diez templos dedicados a ellos, y sus nombres se hicieron muy comunes en los bautismos de niños. Un dato que no podemos perder de vista es que San Cosme y San Damián aparecen en la plegaria eucarística I o Canon Romano, lo que nos demuestra lo arraigado que estaba su culto en la liturgia de la Iglesia, y es que hablamos del siglo V con San Gelasio, y del siglo VI con San Gregorio Magno. Aunque hay liturgistas que defienden que parte de este canon se remonta al siglo III. Numerosos pontífices promovieron el culto a nuestros Santos, por ejemplo el Papa Símaco, el cual les dedicó un oratorio en el monte Esquilino de Roma, convirtiéndose después en abadía. El Papa San Félix IV ordenó destinarles dos antiguos edificios clásicos del Foro de Roma como eran el templum sacrum urbis y la basílica de Rómulo, que quedaron como templos consagrados a los dos Santos médicos. El Papa Urbano VIII, de la saga de los Barberini, ordenó restaurar el templo de San Cosme y Damián del Foro en 1631.
El Santuario
En Insierto (Mieres) el Santuario vivió su época de mayor esplendor en el siglo XVIII cuando se edifica el actual edificio del Santuario así como la llamada Casa de Novenas, la cual acogía a los peregrinos y romeros. El arquitecto del templo fue el asturiano Pedro Muñiz Somonte, quien diseñó otros templos de la Región como el templo parroquial de Santa María de Luanco, la Colegiata de San Juan Bautista de Gijón, el Convento de las Clarisas de Oviedo o la capilla de la Esperanza de la Balesquida, también en la capital del Principado. La estructura del templo repite los modelos del barroco asturiano, especialmente sobrio, que se puede apreciar en otros templos cercanos como son las iglesias parroquiales de Jomezana y Zureda en Lena, o la antigua iglesia parroquial de San Juan de Mieres.
Consta de planta de cruz latina, pórticos laterales y cubiertas abovedadas en arista. Tiene muro con testero recto al que le viene adosados los contrafuertes que son los que absorben los empujes de la cubierta. El aparejo del edificio combina tanto sillería como mampostería; destacan en sillar las pilastras, las embocaduras de los vanos, la cornisa moldurada y la imposta. Se ha dejado la piedra vista al exterior, mientras que el interior fue cargado y decorado en sus bóvedas y muros. Aunque la mayor parte del edificio es barroco, no podemos olvidar que la zona del presbiterio es románica, y también hay añadidos neoclásicos. Tanto la torre, el cabildo o la sacristía se trata de ampliaciones del siglo XIX, siendo su fachada original rematada en espadaña. El cabildo está delimitado con un muro sobre el que se apoyan las columnas de madera que sostienen las cubiertas de éste. Ante la puerta principal encontramos la base de la torre, la cual se asienta en tres arcos torales de medio punto en noble sillería de piedra. Los tres arcos entrelazan los machones que forman la bóveda de crucería que recibe a los peregrinos sobre la puerta principal, y que es a su vez la techumbre de la torre.
La torre a los pies del edificio presenta forma cuadrada con muros reticulados, conformada con pilastras angulares, así como imposta. Se abre a partir de un arquillo, un óculo y un balcón. Es hermosa la portada principal arquitrabada toda ella y adornada con orejas y molduras, labrándose semicírculos en su clave. La puerta principal está realizada en madera tallada en doble hoja con cuarterones. En el interior encontramos a los pies de la nave la tribuna o coro en madera, cuya barandilla está realizada con barrotes de madera torneados. Se accede a la parte superior por una escalera de caracol realizada en piedra dividida en dos tramos, los cuales están cubiertos por un cañón con lunetos. En las bóvedas del Santuario encontramos pinturas de dos épocas distintas: las más próximas al altar mayor corresponden al siglo XVIII y siguen el mismo esquema de las pinturas del palacio del Valleto, firmadas por Francisco Javier González, lo cual demuestra el vínculo de dicha Casa con los Mártires, e incluso algunos apuntan que pudieron ser ellos los encargados de sufragar dicha obra. Estas representaciones pictóricas entremezclan motivos vegetales con símbolos martiriales como la espada, la corona o la palma. También aparecen símbolos vinculados al campo de la medicina y al mundo farmacéutico. La segunda zona de pinturas más próximas a la puerta principal son las del siglo XIX, con figuras geométricas, símbolos florales y dibujos de los nervios.
Las imágenes de los Mártires
La quema del Santuario en la persecución religiosa de los años treinta del siglo pasado nos hace desconocer muchos detalles; uno de ellos: ¿Cómo eran las primitivas imágenes de San Cosme y San Damián?... Seguramente hubo tallas románicas de ellos del mismo autor de la talla de San Esteban, pues desde los comienzos del siglo VIII en que llegarían las reliquias procedentes de Toledo a Insierto, ¿habrían estado los mierenses celebrándolos sin imágenes suyas hasta el siglo XVIII? ¡de ninguna manera! Lo que sí se daría con la llegada del barroco sería el deseo de cambiar las imágenes por otras que respondieran al nuevo canon artístico de moda, más seguro que aún cuando las imágenes actuales ya se habían encargado y llegado al templo, siguieron conservando las anteriores. Sabemos que el Santuario fue decorado con varios retablos, uno principal y varios laterales, los cuales se terminaron de pintar y dorar en 1740. Todos los retablos y tallas, exvotos y ornamentos, orfebrería y documentos, manteles y pinturas, vía crucis y púlpito... fue pasto de las llamas. Por suerte, se salvaron las imágenes de los mártires, de estilo barroco popular, así como la talla de San Esteban. San Cosme y San Damián tienen aquí ojos, orejas y manos grandes para ver, escuchar y acoger todo lo que sus devotos vienen a enseñarles, pedirles o dejar en sus manos.
La Casa de Novenas
Frente al santuario, existe aún la llamada Casa de la Novena, en cuyo interior se conserva un limosnero popular del siglo XVIII. Una casa de novenas es una edificación histórica aneja o cercana a un santuario o ermita destinada originalmente a albergar y dar cobijo a los peregrinos y devotos (conocidos tradicionalmente como "novenarios" o "anovenarias") que acudían al templo para realizar una novena. Las novenas son ejercicios de devoción religiosa que se extienden durante nueve días consecutivos. Dado que en los siglos XVII y XVIII las comunicaciones eran difíciles, los fieles que venían de lugares lejanos necesitaban un espacio físico donde pernoctar, cocinar y convivir mientras completaban sus rezos en el santuario. Su función básica era la de refugio temporal. Ofrecían un espacio de recogimiento, silencio y oración comunitaria para quienes buscaban una experiencia espiritual intensa. También era la residencia de los guardianes o sacristanes del Santuario encargados del mantenimiento, la limpieza y la custodia del santuario. Tiene una arquitectura tradicional, se trata de una construcción de piedra con distribuciones antiguas muy sencillas, que incluían una cocina con llar o chimenea tradicional, salas comunes y alcobas para los romeros
¿Por qué se celebra el 27 de Septiembre si en el calendario vienen el 26?
La festividad de San Cosme y San Damián se celebraba tradicionalmente el 27 de septiembre, fecha en la que se consagró su célebre basílica en el Foro Romano, pero en 1969 la Iglesia católica trasladó su memoria litúrgica al 26 de septiembre para evitar coincidir con San Vicente de Paúl. El nuevo calendario litúrgico asignó el 27 de septiembre al dies natalis (fallecimiento) de San Vicente de Paúl, por lo que la fiesta de los santos médicos se movió un día antes. Sin embargo, la tradición popular se impuso en muchos lugares como en Valdecuna, manteniendo la fecha tradicional del 27 de septiembre por costumbre arraigada.
Rectores del Santuario
En el devenir de los siglos este Santuario siempre fue cuidado por sacerdotes diocesanos; ahora bien, si en un principio siempre el párroco de Santa María de Valdecuna fue el rector por extensión, este templo es cierto que durante un periodo de tiempo se le confió su a tención al capellán del palacio del Valleto, de la familia Vázquez de Prada. La celebración fue declarada Fiesta de Interés Turístico Nacional en el año 1969 festividad local municipal. Es uno de los festejos más relevantes de todo el concejo de Mieres.
1. Participar de la Novena
Durante todo el año se peregrina hasta este lugar para elevar oraciones a San Cosme y San Damián, pero de forma muy especial acuden los devotos a la Novena que tiene lugar del 18 al 26 de septiembre: ¿Qué es la Novena y qué sentido tiene?. Una tradición muy antigua en la Iglesia es el rezo de los novenarios, que debe su nombre a que se celebra los nueve días previos a la fiesta de los Santos titulares. La Novena tiene varios fines, el primero es que uno se haga el propósito de hacerla entera, lo que ya implica que durante diez días te comprometes a acercarte más al Señor por medio de la devoción que te va a llevar esos días con más ímpetu al rosario, a la eucaristía y la vida de piedad. Es la mejor forma de prepararse interiormente para la fiesta, y se hace también pidiendo una gracia especial. Cuando queremos pedirle algo importante al Señor, algo complejo y difícil, no entramos en la iglesia para encender una vela y ya está. El que algo quiere algo le cuesta, y para las peticiones de temas serios, importantes y delicados, tenemos la Novena. Nueve días para pedir con fe que se nos conceda la dicha que esperamos alcanzar.
2. Peregrinar a pie subiendo la empinada cuesta
La fecha más singular, el día grande de la fiesta de los mártires cada 27 de septiembre: ¿Por qué el 27 de septiembre?... Desconocemos la fecha exacta en que fueron martirizados los santos médicos, lo que sí sabemos es que estos queridos intercesores obraron numerosos milagros; hasta el mismísimo emperador Justiniano I atribuyó su sanación a ellos. Algo así se cree que le pasó al Papa Félix, quien erigió la basílica en honor a los Santos Cosme y Damián, y que según la tradición fue consagrada por el Pontífice el 27 de septiembre del año 527. En el año 1969 el Papa Pablo VI aprobó el nuevo Calendario Romano General, fruto de la renovación litúrgica tras el Concilio Vaticano II. De esta reforma se cambió el día de los Santos Cosme y Damián, que a partir de 1970 -cuando entró en vigor el nuevo calendario litúrgico- del 27 al 26 de septiembre, y siendo el 27 de septiembre el día de San Vicente de Paúl, que hasta entonces se celebraba el 19 de julio. Los mierense se negaron al cambio y continúan celebrando a sus Mártires como toda la vida. Es tradición subir a pie todo el que puede hasta el Santuario, detalle que describe la canción de Víctor Manuel titulada ''La romería'', que dice ''hay una empinada cuesta, para llegar a la ermita''...
3. Llevar una vela
El acto de encender una vela a los santos es una de las tradiciones más arraigadas en la devoción popular católica, cargada de un profundo simbolismo teológico y espiritual. En su esencia, la vela encendida no es un elemento mágico ni un fin en sí mismo, sino una representación física y visible de la oración del creyente. Al encender la llama, la persona expresa de forma simbólica que su petición, su agradecimiento o su alabanza permanecen vivas y "ardiendo" en el espacio sagrado, incluso después de haberse marchado del templo o del altar. Desde una perspectiva teológica, la luz de la vela remite directamente a Jesucristo, quien es considerado en la fe cristiana como la "Luz del Mundo" que disipa las tinieblas del pecado y de la muerte. Al colocar esta luz frente a la imagen de los Santos médicos, el fiel reconoce que San Cosme y San Damián reflejaron la luz divina durante su vida terrenal. Por lo tanto, no se adora al santo, sino que se solicita su intercesión; es decir, se le pide que actúe como un amigo o mediador celestial que presente esas intenciones y ruegos ante Dios. Finalmente, la vela también funciona como una ofrenda de gratitud y reverencia. El consumo gradual de la cera simboliza el deseo del creyente de desgastarse y ofrecer su propio tiempo y vida al servicio de la fe. Es un recordatorio de que, así como la llama consume la materia para dar luz y calor, la oración sincera purifica el alma y eleva los pensamientos hacia lo divino en un ambiente de recogimiento y paz.
4. Confesarte
El sacramento de la reconciliación o confesión realizado en un santuario al culminar una peregrinación posee un valor espiritual y pastoral sumamente profundo, consolidándose como el acto de purificación y renovación interior que da pleno sentido a todo el esfuerzo físico del viaje. La peregrinación, en la tradición cristiana, es una metáfora de la vida misma y del camino del alma hacia Dios. Por lo tanto, llegar al santuario y recibir la absolución de los pecados no es solo un trámite final, sino la meta espiritual y el verdadero encuentro con la misericordia divina que el peregrino ha estado buscando en cada paso del trayecto. Teológicamente, la confesión en este contexto actúa como un momento de sanación y despojo. El caminante suele llegar al santuario cargado no solo por el cansancio físico, sino también por el peso de sus cruces cotidianas, dudas y faltas. Al arrodillarse en el confesionario del santuario, el peregrino "se descarga" de ese equipaje espiritual negativo. La Iglesia considera que la gracia recibida en estos lugares santos es especialmente intensa debido a las oraciones acumuladas de millones de fieles y a la atmósfera de recogimiento, lo que predispone al penitente a un examen de conciencia más sincero y a una conversión real de vida. Además, este acto representa un renacimiento y un nuevo comienzo para regresar a la vida cotidiana. Al recibir el perdón en un lugar de especial devoción, la peregrinación se transforma de un simple trayecto turístico o cultural en un auténtico itinerario de transformación. El fiel no regresa a casa siendo el mismo; vuelve justificado, en paz con Dios y con la comunidad, y fortalecido con la gracia necesaria para vivir de acuerdo con su fe. Es el paso indispensable para poder participar plenamente de la Eucaristía en el santuario y recibir, en muchos casos, la indulgencia plenaria vinculada al lugar sagrado.
5. Participar de una de las misas.
Participar en la celebración de la Eucaristía en un santuario como culminación de una peregrinación constituye el punto cumbre, la plenitud y el sentido último de todo el camino recorrido. Si la peregrinación es el trayecto y la confesión es la purificación del alma, la Eucaristía es el banquete sagrado donde el peregrino finalmente se une de forma íntima con Dios. En la teología católica, no se trata simplemente de asistir a una misa más, sino de celebrar el encuentro definitivo con Cristo en el lugar sagrado hacia el cual se dirigieron todos los esfuerzos, oraciones y sacrificios del viaje. El primer gran sentido de esta celebración es el de la comunión y la fraternidad universal. Alrededor del altar de un santuario se congregan peregrinos de muy diversas procedencias, culturas e idiomas. En ese momento, la Eucaristía manifiesta de forma visible la universalidad de la Iglesia; el caminante descubre que no viaja solo, sino que forma parte de un solo cuerpo místico. Compartir el mismo pan y la misma fe con desconocidos que han compartido el mismo esfuerzo físico y espiritual transforma el cansancio en una alegría comunitaria y destructora de cualquier aislamiento. Asimismo, la misa en el santuario es el acto supremo de acción de gracias. La palabra "Eucaristía" significa, literalmente, dar gracias. Al postrarse ante el altar, el peregrino ofrece a Dios cada paso del camino, los momentos de dificultad, los paisajes contemplados y las intenciones que llevaba en el corazón. Es el espacio donde el esfuerzo humano se une al sacrificio de Cristo, adquiriendo un valor divino. El fiel ya no solo pide favores, sino que reconoce las gracias recibidas durante el trayecto y alaba a Dios por haberle permitido llegar a la meta. Por último, esta Eucaristía representa el envío y el sustento para el regreso. El altar del santuario no es el final del viaje de la vida, sino una estación de servicio espiritual. Al recibir la comunión, el peregrino es alimentado con la fuerza necesaria para emprender el camino de vuelta a su hogar, a su trabajo y a su rutina cotidiana. La misa concluye con una bendición que transforma al peregrino en un testigo y misionero, encargado de llevar la luz, la paz y la gracia experimentadas en el santuario a su propio entorno familiar y social.
6. Ofrecer un exvoto de cera
Ofrecer un exvoto de cera a un santo es una de las manifestaciones más antiguas y visuales de la piedad popular, cuyo sentido principal es hacer visible y tangible una acción de gracias por un milagro o favor recibido. La palabra "exvoto" proviene del latín y significa "por promesa hecha". Por lo tanto, estas figuras de cera —que a menudo representan partes del cuerpo humano como brazos, piernas, corazones o figuras de niños— no son amuletos, sino el testimonio público de una curación, un rescate o la superación de una grave dificultad que el creyente atribuye a la intercesión de los Santos ante Dios. El uso específico de la cera en estos objetos encierra un profundo simbolismo de sustitución y ofrenda personal. Al modelar en cera la parte del cuerpo que estaba enferma o el problema que afligía al fiel, se está plasmando de forma material la historia de un sufrimiento que ha sido sanado. Al depositar este objeto en el santuario, el peregrino deja una parte simbólica de sí mismo en el lugar sagrado como un recordatorio permanente de su gratitud. Es una manera de decir que el dolor ha quedado atrás y que la salud o el bienestar recuperados se consagran ahora al servicio de la fe. Espiritualmente, el exvoto de cera también cumple una función comunitaria y evangelizadora dentro del santuario. Al ser expuestas en las paredes o capillas del templo, estas piezas se transforman en testimonios mudos pero elocuentes de la eficacia de la oración y de la misericordia divina. Los futuros peregrinos que llegan al lugar cargados de dudas o desesperanza encuentran en los exvotos de cera de otros fieles un motivo para fortalecer su propia esperanza, viendo pruebas físicas de que el consuelo y la sanación son posibles. Por último, esta práctica refleja la necesidad humana de vincular lo espiritual con lo material. Dado que el cristianismo se fundamenta en la Encarnación —Dios haciéndose carne en Jesucristo—, la devoción popular busca formas físicas para expresar realidades invisibles como la fe, el agradecimiento y el alivio del alma. La cera, un material noble, maleable y que proviene del trabajo de la naturaleza, se convierte así en el vehículo perfecto para perpetuar el recuerdo de una gracia divina en la vida de una persona.
7. Pasar el pañuelo de tela por los Santos.
Pasar pañuelos de tela por las imágenes de los santos es un gesto tradicional de la piedad popular que busca crear un puente físico y espiritual entre el creyente y la santidad, transformando el objeto en una reliquia por contacto o "reliquia de tercera clase". Al tocar la escultura o pintura con el pañuelo, el fiel no está realizando un acto de superstición o magia, sino que expresa de forma sensible su deseo de impregnarse de la gracia y las virtudes del santo, llevando una "extensión" de la bendición del santuario de regreso a su hogar o a las personas que no pudieron peregrinar. Este acto se fundamenta en la profunda comprensión cristiana del cuerpo y la materia como vehículos de la gracia divina. Desde los primeros siglos del cristianismo, inspirados en los relatos del Nuevo Testamento —donde las personas se sanaban con solo tocar el manto de Jesús o cuando les aplicaban pañuelos y delantales que habían tocado la piel del apóstol Pablo (Hechos 19, 12)—, los fieles han reconocido que Dios puede servirse de objetos materiales para transmitir su consuelo. El pañuelo, al entrar en contacto con la representación del santo, se convierte en un recordatorio físico de una fe compartida y de la intercesión celestial. Además, el pañuelo de tela adquiere un sentido eminentemente pastoral, medicinal y solidario. Frecuentemente, los peregrinos pasan estos pañuelos por las imágenes pensando en los enfermos, los ancianos o los afligidos que se quedaron en casa. Al regresar de la peregrinación, el pañuelo es colocado sobre el cuerpo del enfermo o guardado como un objeto de devoción familiar. El tejido, por lo tanto, se carga de un valor afectivo y espiritual inmenso: se convierte en un instrumento para ungir con la oración del santuario a quienes sufren, recordándoles que no están solos y que la comunidad y los santos interceden por su salud y bienestar. Finalmente, este gesto tiene un sentido de intimidad y cercanía en la oración. Frente a la majestuosidad de los templos, el acto de tocar la imagen a través de un objeto personal como un pañuelo rompe la distancia entre lo sagrado y lo cotidiano. Es una caricia de fe, un lenguaje no verbal donde el creyente, ante la imposibilidad de expresar con palabras su dolor o su gratitud, deja que el roce de la tela hable por él, sellando un pacto de confianza y devoción que lo acompañará en su vida diaria.
8. Encargar alguna misa por los difuntos por la salud de sus almas.
Encargar misas por los difuntos en un santuario es una práctica que une la doctrina del sufragio por las almas con la fuerza espiritual de un lugar sagrado, teniendo como sentido primordial ofrecer el sacrificio supremo de Cristo por la purificación, el eterno descanso y la salvación de los seres queridos que ya han partido. En la teología católica, la misa es la oración más valiosa que existe, ya que no es una simple petición humana, sino la actualización del sacrificio de Jesús en la cruz. Al aplicar esta gracia infinita específicamente a un difunto, los fieles expresan su amor y solidaridad más allá de la muerte, intercediendo para que el alma complete su purificación —el estado del Purgatorio— y pueda gozar plenamente de la visión de Dios. El hecho de elegir específicamente un santuario para encargar estas misas añade un profundo sentido de comunión eclesial y amplificación de la plegaria. Los santuarios son centros de peregrinación donde la oración es continua y donde se congregan comunidades fervorosas de religiosos y peregrinos. Al inscribir el nombre de un difunto en las intenciones de un santuario, esa persona pasa a formar parte de las oraciones diarias de toda una comunidad viva. El dolor individual por la pérdida de un familiar se eleva y se comparte en un espacio donde la fe colectiva y la intercesión de San Cosme y San Damián actúan como un poderoso altavoz ante el trono divino. Asimismo, este acto tiene un valor de consuelo y sanación para los que se quedan en la Tierra. Para el doliente, acudir a un santuario o enviar allí su petición representa un desapego santo y un acto de confianza absoluta. Es reconocer que, aunque ya no se pueda ayudar físicamente al ser querido, todavía se puede hacer lo más importante por él: encomendarlo a la misericordia divina. El santuario, con su atmósfera de paz y trascendencia, ayuda a transformar el luto y la tristeza en una esperanza firme en la resurrección, recordando al peregrino que los lazos del amor no se destruyen con la muerte, sino que se transforman y se mantienen vivos a través de la fe. Finalmente, encargar estas misas en un santuario suele estar vinculado a la tradición de las obras de caridad y el sostenimiento de la Iglesia. El estipendio o limosna que se ofrece al encargar la misa no es un pago por el sacramento —el cual es gratuito—, sino una ofrenda material para el sustento de los sacerdotes, el mantenimiento del santuario y las obras asistenciales que este realiza. De este modo, la memoria del difunto se asocia directamente a una obra buena en la Tierra, convirtiendo el homenaje a su vida en un fruto concreto de amor, evangelización y ayuda a los más necesitados.
9. Llevarte un recuerdo.
Llevarse un recuerdo o "souvenir" al visitar un santuario es una práctica que responde a la necesidad humana y espiritual de prolongar la experiencia del encuentro con lo sagrado y hacer visible la memoria de la peregrinación en la vida cotidiana. Al adquirir una medalla, un rosario, una estampa o una pequeña réplica de la imagen venerada, el católico no busca un simple amuleto, sino un testimonio físico de la fe vivida en ese lugar santo, asegurando que la gracia experimentada durante el viaje no se quede confinada entre los muros del templo, sino que regrese con él a su hogar. Desde una perspectiva teológica y antropológica, estos objetos funcionan como sacramentales o recordatorios visuales de la oración. La Iglesia define los sacramentales como signos sagrados que preparan a las personas para recibir la gracia y santifican diferentes circunstancias de la vida. Al colocar la imagen del santuario en la sala de la casa o llevar una medalla en el cuello, el creyente crea un altar doméstico que transforma el espacio cotidiano en un lugar de oración. El recuerdo actúa como un ancla mental: cada vez que el fiel lo mira, su mente y su corazón regresan a los momentos de paz, conversión y fervor que experimentó durante su peregrinación, renovando sus promesas espirituales. Además, llevarse un recuerdo tiene un profundo sentido de comunión, intercesión y evangelización compartida. Es muy común que los peregrinos compren estos objetos no para sí mismos, sino para regalarlos a familiares, amigos o personas que están pasando por momentos de enfermedad y dificultad. Al obsequiar un recuerdo del santuario —muchas veces bendecido previamente por un sacerdote del lugar—, el peregrino comparte los frutos de su esfuerzo espiritual con su comunidad. El objeto se convierte en un vehículo de afecto y fe, asegurándole a quien lo recibe que fue recordado e encomendado ante el santo o la Virgen en ese lugar de gracia. Por último, esta tradición tiene una dimensión de identidad y apoyo a la misión de la Iglesia. El recuerdo es un signo de pertenencia a una historia y a una comunidad de fe universal; muestra con orgullo los lugares donde el creyente ha renovado su espíritu. Asimismo, la adquisición de estos detalles en las tiendas oficiales de los santuarios constituye una forma de limosna y corresponsabilidad económica. Los fondos recaudados se destinan directamente al mantenimiento del propio santuario, la acogida de futuros peregrinos y el financiamiento de las obras sociales y de caridad que la Iglesia sostiene en la región, cerrando así el círculo de la solidaridad cristiana.
10. Procesionar alrededor del templo
Es día muy propio para la alegría, la convivencia y la fiesta. Las personas que participan en la misa mayor o incluso otras que han estado en alguna de las celebraciones anteriores aguardan la salida de las imágenes de los Santos Mártires para acompañarles en su procesión alrededor del Santuario. Otras personas que prefieren evitar la aglomeración de fieles, lo que hacen es dar una vuelta en silencio alrededor del templo a modo de procesión individual. Las procesiones con imágenes de los santos son manifestaciones públicas de fe que transforman la religión en un acontecimiento vivo y comunitario, teniendo como sentido primordial llevar lo sagrado al corazón de la vida cotidiana y testificar públicamente el Evangelio en las calles. Al sacar la imagen de los templos, el pueblo católico expresa que su fe no es un acto privado ni oculto, sino una realidad que abraza e interpela a toda la sociedad, convirtiendo el espacio público —donde la gente trabaja, convive y sufre— en un escenario de oración y bendición colectiva. Teológicamente, la procesión es una vívida alegoría de la Iglesia como un "pueblo en marcha" o un pueblo peregrino. La vida cristiana se comprende como un camino constante hacia la patria celestial, y el caminar juntos detrás de la imagen del santo recuerda a los fieles que nadie se salva solo. Al avanzar en comunidad, cantando y rezando al mismo ritmo, se refuerza la dimensión comunitaria de la fe. El santo, cuya imagen va a la cabeza de la marcha, es visto como un hermano mayor que ya completó con éxito ese mismo trayecto vital y que ahora precede, guía e intercede por los que aún caminan en la Tierra. Además, las procesiones cumplen una función pedagógica y de encarnación cultural a través de los sentidos. Siguiendo la lógica de la Encarnación —donde Dios se hizo visible y tangible en Jesucristo—, la piedad popular necesita de la belleza, la música, el incienso, el esfuerzo físico de los cargadores y la visualidad de las imágenes para conmover el corazón humano. La imagen del santo en la calle se convierte en una catequesis visual: recuerda a los transeúntes las virtudes, el sacrificio y la entrega de esa persona, invitando a la imitación de su vida y despertando la devoción incluso en aquellos que se han alejado de la práctica religiosa regular. Finalmente, la procesión tiene un sentido de consagración y protección del territorio. Al recorrer las calles de un barrio, un pueblo o una ciudad, los fieles piden la bendición de Dios por intercesión del santo sobre los hogares, los comercios y los campos de esa comunidad. Es un acto de confianza donde se presentan los dolores, las alegrías y las necesidades de la población local ante la mirada del santo protector. La calle deja de ser un simple lugar de paso o de tránsito comercial y se sacraliza temporalmente, recordándole a la comunidad que Dios camina con su pueblo en medio de sus realidades cotidianas. Otra tradición es la puja del ramo de pan.
11. Despedirte de los Santos Mártires con una petición o agradecimiento.
No te vayas del lugar sin despedirte de los Santos Mártires, pidiéndoles las gracia de volver el próximo año con salud. Dentro del Santuario hay un libro de firmas donde se puede dejar constancia de tú visita, reflejar lo que les pides a San Cosme y San Damián o lo que quieres agradecerles. Orar para pedir o dar gracias específicamente en un santuario posee un valor espiritual único en la fe católica, ya que estos lugares son considerados "oasis de la gracia" y espacios geográficos donde la presencia de Dios y la intercesión de los santos se experimentan con especial intensidad. Aunque un católico puede orar en cualquier lugar, acudir a un santuario para presentar una petición o un agradecimiento responde a la necesidad de sumergirse en una atmósfera de sacralidad que ha sido purificada y consagrada por siglos de fe, devoción y milagros. Desde una perspectiva, el santuario es un lugar de encuentro y de Alianza. En la historia de la salvación, Dios siempre ha elegido momentos y lugares específicos para manifestar su gloria de manera extraordinaria. Al acudir a un santuario, el fiel se une a la corriente de oración de millones de peregrinos que, a lo largo del tiempo, han dejado en ese mismo altar sus propias lágrimas y alegrías. Esta acumulación de fe comunitaria crea una atmósfera espiritual que facilita el recogimiento, abre el corazón del orante y lo dispone a escuchar la voz de Dios con mayor claridad, haciendo que tanto la súplica como la acción de gracias broten con más sinceridad. Cuando se trata de orar para pedir, el santuario funciona como un refugio de esperanza. Muchos fieles acuden a ellos en momentos de crisis profunda, enfermedad o desolación, buscando la intercesión de la Virgen María o del santo titular. Pedir en un santuario implica hacer un esfuerzo —el viaje, la peregrinación—, lo que demuestra a Dios una fe activa y dispuesta al sacrificio. El creyente confía en que, al estar en la "casa" del santo, su petición será escuchada con especial ternura y presentada con mayor eficacia ante el trono divino, encontrando el consuelo y la fortaleza necesarios para aceptar la voluntad de Dios. Por otro lado, orar para dar gracias en un santuario es el acto que cierra el círculo de la gratuidad divina. En la mentalidad cristiana, el agradecimiento es una de las virtudes más nobles. Regresar al santuario después de haber recibido un favor, una curación o una paz largamente esperada es un acto de justicia y humildad: el fiel reconoce públicamente que el bien recibido no es fruto del azar o del propio mérito, sino un regalo del amor de Dios. Esta acción de gracias en el santuario purifica la alegría del creyente, transformando un beneficio personal en un motivo de alabanza comunitaria que edifica e inspira a los demás peregrinos que aún se encuentran esperando un milagro.
Oración
Proclamamos, Señor, tu grandeza
al celebrar la memoria de tus mártires Cosme y Damián,
porque a ellos les diste el premio de la gloria
y a nosotros nos proteges
con tu maravillosa providencia.
Por nuestro Señor Jesucristo.
12. Y una limosna para el Santuario ¡Que la hace mucha falta!
El Santuario es muy hermoso, pero no tiene medios para hacer frente a la restauración que necesitaría. Ojalá desde la Concejalía de Cultura del Ayuntamiento de Mieres, desde Patrimonio del Principado de Asturias y la Administración Diocesana del Arzobispado de Oviedo ayudaran a devolver el esplendor perdido a este bello Santuario.












