domingo, 6 de septiembre de 2026

''Si tu hermano peca contra ti, repréndelo estando los dos a solas''. Por Joaquín Manuel Serrano Vila


La palabra de Dios que en este Domingo XXIII del Tiempo Ordinario se proclama, nos sitúa en el corazón mismo de la vida comunitaria y la responsabilidad compartida. En un mundo que nos empuja constantemente al individualismo, donde la regla de oro parece ser "haz tu vida y no te metas en la de los demás", la liturgia de este domingo nos lanza, una vez más, un desafío contracorriente. Dios nos recuerda hoy que no somos "islas", sino miembros de un mismo Cuerpo, y que el destino de nuestro hermano no puede sernos indiferente. Este domingo la Iglesia nos invita a reflexionar sobre la caridad cristiana expresada en su dimensión más difícil, pero más transformadora: la corrección fraterna y el amor responsable.

En la primera lectura escuchamos al profeta Ezequiel que va a recibir por parte de Dios una misión estremecedora: "A ti, hijo de hombre, te he puesto de centinela en la casa de Israel"... El centinela era aquel que se colocaba en la parte más alta de las murallas de la ciudad. Mientras el pueblo dormía o trabajaba, éste vigilaba el horizonte. Si veía venir el peligro y no tocaba la trompeta, la ciudad era destruida y Dios le pedía cuentas al centinela por su negligencia. Esta lectura nos confronta con el peligro de la omisión y la indiferencia. Hoy en día, el silencio cómplice se disfraza frecuentemente de "tolerancia" o "respeto a la privacidad". Decimos: "¿Quién soy yo para meterme?"; sin embargo, el texto de Ezequiel rompe esa falsa comodidad. Callar cuando un hermano se está destruyendo a sí mismo, cuando está dañando a su familia o apartándose de la gracia de Dios, no es respeto; es cobardía o, peor aún, desamor. Dios nos pide ser centinelas en el mejor de los sentidos. No nos pide ser jueces, fiscales ni policías que disfruten señalando el pecado ajeno. El centinela avisa por delante para salvar vidas, para evitar condenas. Si advertimos al hermano con el corazón lleno de Dios y él no escucha, al menos habremos salvado nuestra propia vida; pero si por comodidad callamos, nos hacemos cómplices de su caída. El salmista completa este anhelo con su plegaria: "Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: «No endurezcáis vuestro corazón»".

San Pablo, en su carta a los Romanos, eleva el listón teológico y nos da el criterio definitivo: "A nadie le debáis nada, más que amor; porque el que ama a su prójimo tiene cumplido el resto de la ley". Aquí encontramos el motor y el límite de todo lo que hacemos en la Iglesia. La corrección de la que hablaba Ezequiel sólo es válida si nace de esta deuda permanente: el amor. El Apóstol resume los mandamientos —no matarás, no robarás, no codiciarás— en una sola dirección: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo". Quien ama de verdad, busca el bien auténtico del otro. Por lo tanto, cuando nos veamos en la necesidad de hablar con alguien sobre una conducta equivocada, la primera pregunta que debemos hacernos frente al sagrario no es: "¿cómo demuestro que tengo razón?"; sino, "¿lo que voy a decir nace verdaderamente del amor a este hermano, o de mi ojeriza  y resentimiento?"... El amor no hace daño al prójimo; por eso, la corrección fraterna cristiana es una caricia terapéutica, nunca una pedrada destructiva.

El evangelio de hoy, tomado del capítulo 18 de San Mateo, nos habla de la pedagogía de Jesús para "ganar al hermano". El texto pertenece al llamado "Discurso Eclesial", y nos ofrece una ruta pedagógica perfecta en tres pasos para sanar las heridas y los conflictos comunitarios. El primer paso es la privacidad y la discreción: "Si tu hermano peca contra ti, ve y corrígelo a solas tú con él". ¡Qué sabiduría la de Jesús! Nuestro instinto humano suele ser el contrario: cuando alguien nos ofende, se lo contamos primero a tres o cuatro personas antes de hablar con el interesado. Eso destruye la fama del hermano y crea chismes, murmuración, maledicencia y calumnias. Jesús nos pide ir directamente a la persona, cara a cara, cuidando su dignidad. El objetivo no es humillar, es "ganar al hermano". El segundo paso es la mediación: "Si no te hace caso, toma contigo a uno o dos". Si el diálogo a solas fracasa, el círculo se amplía mínimamente con personas maduras, testigos objetivos que ayuden a tender puentes, no a encender más el fuego. El tercer paso es la comunidad: "Si ni así los escucha, díselo a la comunidad". La Iglesia entera se convierte en el último espacio de discernimiento y oración por el hermano extraviado.Y si aún así decide apartarse, Jesús dice: "Considéralo como un pagano o un publicano". Pero recordemos cómo trataba Jesús a los paganos y a los publicanos: ¡Los buscaba! Comía con ellos y les ofrecía la salvación. Incluso cuando la disciplina eclesial constata una ruptura, el horizonte final sigue siendo la misericordia y la oración de intercesión. Jesús concluye con una promesa maravillosa: "Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos". La presencia de Cristo no se limita al templo; se manifiesta con fuerza cuando nos unimos en la oración común y cuando superamos las divisiones a través del perdón y la reconciliación.

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