No tienen pausa las calendas de los días. Vamos cerrando los fragores del verano que nos ha traído sobresaltos dejando al pairo el tranquilo tiempo de holganza. Algunos no han podido gozar de vacación, otros quizás se han parapetado en ella al margen de todo y de todos, y muy bien blindados. Pero para muchas personas, este estío ha salido caro y malparado y tardarán en olvidar y recolocar los malos tragos. En tantos lugares del mundo, las catástrofes naturales, las gobernanzas dictatoriales que minan la libertad y la convivencia, las guerras declaradas de las que tenemos información cotidiana hacen que tengamos un momento complejo y perplejo en nuestro escenario humanitario mundial.
Y como una entrega postrera nos ha llegado ese episodio acontecido con la invasión sufrida en Ceuta, estando Melilla o las mismas Islas Canarias en el punto de mira. No es un flujo migratorio sin más, como algunos se empeñaron en decir, sino una calculada acechanza que ha puesto a la luz nuestra debilidad en el panorama geopolítico de nuestras fronteras españolas, que lo son también de Europa. En este caso, no se trata de pateras cuyos cayucos vienen intermitentes, pero de modo continuo, sino de una auténtica avalancha que nos ha invadido, como una guerra híbrida con casi ochenta mil personas -jóvenes en su mayoría- que han tomado una ciudad española dejando a su población sitiada entre el miedo, la podredumbre, la intimidación y las violaciones de menores. Se sabía, lo ocultaron, y han sopesado el beneficio de tamaña tragedia que se ha cobrado muchas vidas en el intento y ha desbaratado ese rincón de España bajo la extorsión y la amenaza con incalculables consecuencias diarias.
También esos jóvenes invasores son igualmente víctimas que habría que saber acompañar debidamente. Sabemos que tantos de ellos vienen huyendo de infiernos políticos que cercenan sus sueños de futuro al no permitirles asomarse al mañana cuando les niegan la libertad, los derechos más elementales, el trabajo, la dignidad y la esperanza. Vienen de hambrunas en las que fenecen por falta de alimentos básicos que no tienen que llevarse a su boca. Escapan de radicalismos religiosos que les sofocan la conciencia en nombre de un dios falseado y tirano que los aplasta. Esto es lo que les empuja a la gran escapada pensando en España, en Europa, como la salida de sus males intentando recomenzar la vida que otros destruyen. A los países de procedencia les sale a cuenta esa tremenda estampida, como se ha demostrado con los enjuagues de Marruecos, sus chantajes con secretos bien guardados, y lo que ingresan de instituciones de España y de la Comunidad Europea, en vez de afrontar lo que deberían solucionando sus problemas.
Lo dijo León xiv en Canarias: «son personas con una familia y una casa dejada atrás; con sueños que nadie tiene derecho a despreciar… Su vida debe ser protegida. No entreguéis la existencia a quienes comercian con ella. No creáis a quienes prometen paraísos fáciles a cambio del cuerpo o de dinero, de silencio o de vuestra libertad… Este drama debe convertirse en examen de conciencia: para las naciones de origen… para las naciones de tránsito… para Europa, que no puede proclamar la dignidad humana y acostumbrarse a que el Mediterráneo y el Atlántico sean cementerios sin lápidas».
En un panorama que nos deja huérfanos de esperanza oscureciendo el horizonte de paz y convivencia, apareció la paternidad del papa León xiv en su visita apostólica a España. Con él alzamos la mirada descubriendo que hay alguien que conoce nuestros nombres, que hace suyas nuestras lágrimas y con nosotros brinda por la alegría que nos levanta. Alzando la mirada descubrimos a Dios que nunca nos defrauda. Por eso hay esperanza que nos permite seguir adelante con nuestros sueños despiertos y paz en el alma.
+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

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