(InfoCatólica) Hubo un tiempo en que Inglaterra se sabía propiedad de la Virgen. No como metáfora piadosa, sino como un título que reyes, arzobispos y predicadores daban por supuesto al llamar a su país «la dote de María». En el centro de esa conciencia se alzaba un santuario, Nuestra Señora de Walsingham, que durante siglos rivalizó con Roma, Jerusalén y Santiago de Compostela como destino de peregrinación.
El escritor Joseph Pearce reconstruye en The Imaginative Conservative la historia de esa devoción, desde su origen en el siglo XI hasta su destrucción bajo Enrique VIII y el regreso de la imagen, siglos después, a las catedrales inglesas. Pearce lamenta que hoy pocos la conozcan en la Inglaterra actual, a la que describe como una sociedad sin Dios, cuando en otro tiempo fue venerada en toda la Cristiandad hasta el punto, sostiene, de haber puesto a Inglaterra en el mapa espiritual de Europa.
Uno de los grandes caminos de la Cristiandad
El origen del santuario está en las apariciones marianas a una piadosa noble inglesa en 1061, en tiempos del rey San Eduardo el Confesor. La noticia se difundió y con ella creció la fama del lugar y la devoción de los ingleses a la Virgen.
Durante la Edad Media, Walsingham fue el principal santuario mariano de la Cristiandad. Acudían peregrinos de toda Europa y varios monarcas ingleses hicieron el camino, conocido también como la Vía Láctea, en alusión poética a unos peregrinos tan numerosos como las estrellas. Un poema anónimo, As Ye Came from the Holy Land, atribuido a veces a Sir Walter Raleigh, no habla de Jerusalén sino de «la tierra santa de Walsingham».
«Esta es tu dote, oh Virgen piadosa»
A mediados del siglo XIV, y probablemente desde mucho antes, se consideraba a Inglaterra la dote de Nuestra Señora y a esta, en un sentido especial, protectora del pueblo inglés. En 1350 un predicador mendicante afirmaba que «comúnmente se dice que la tierra de Inglaterra es la dote de la Virgen».
El arte de la época recoge esa convicción. Un retablo de finales del siglo XIV muestra al rey Ricardo II ofreciendo a la Virgen un orbe con un pequeño mapa de Inglaterra y la inscripción Dos tua Virgo pia haec est, «Esta es tu dote, oh Virgen piadosa». El Díptico de Wilton, hacia 1395, presenta al mismo rey arrodillado ante la Virgen con el Niño, flanqueado por dos reyes ingleses canonizados, San Edmundo Mártir y San Eduardo el Confesor. Este último, recuerda Pearce, fue tenido por patrono de Inglaterra hasta que los cruzados trajeron de Tierra Santa el culto a San Jorge, presente en la obra mediante la bandera con su cruz que sostiene un ángel.
A finales de ese siglo, el arzobispo de Canterbury, Thomas Arundel, escribía que «los ingleses, siendo su propia dote, como se nos llama comúnmente, debemos superar a los demás en el fervor de nuestras alabanzas y devociones». A comienzos del siglo XV la expresión dos Mariae ya aparecía en textos latinos, y en vísperas de la batalla de Agincourt, en 1415, los sacerdotes ingleses imploraban la intercesión de «la Virgen, protectora de su dote».
La destrucción de 1538
Todo cambió en 1538, cuando Enrique VIII, contra quien Pearce no ahorra dureza, destruyó el santuario y quemó públicamente la imagen que tantas generaciones habían venerado. El dolor del pueblo quedó recogido en un poema anónimo, The Ballad of Walsingham, que describe las ruinas décadas después:
«Amargo, amargo es contemplar
la hierba crecer
donde los muros de Walsingham
tan majestuosos se alzaban».
La balada evoca las torres derribadas, los caminos olvidados y los búhos chillando donde antes se cantaban himnos, y concluye con un lamento: «El pecado está donde se sentaba nuestra Señora, / el cielo se ha tornado infierno; / Satanás se sienta donde reinó nuestro Señor. / ¡Walsingham, adiós!».
Siglos más tarde, San John Henry Newman retomó ese llanto en su poema sobre la «Reina peregrina» de Inglaterra, que habla así: «Aquí me siento desolada, / dijo con dulzura, / aunque soy reina / y mi nombre es María». En los versos de Newman, la Virgen cuenta cómo los puritanos pretendieron guardar a su Hijo mejor que ella en un palacio de hielo que acabó derritiéndose, y cómo después los ingleses lo cambiaron por las especias y el oro. Pearce interpreta este pasaje como la elección del materialismo mercantil frente a la perla de gran precio. La Reina, expulsada, vaga sola por la tierra que un día fue suya.
El regreso de la Reina peregrina
Ese desenlace, admite Pearce, parecería el final triste de Inglaterra. Pero el autor ve signos de vida tras la muerte, algo que no debería sorprender, escribe citando a G. K. Chesterton, a quienes adoran a un Dios que supo encontrar la salida de la tumba.
Durante los dos años previos a 2020, una réplica de la imagen medieval de Nuestra Señora de Walsingham recorrió Inglaterra visitando todas sus catedrales católicas. La gira, llamada Dowry Tour en recuerdo del antiguo título del país, culminó el 29 de marzo de 2020 con la nueva dedicación de Inglaterra a María, celebrada simultáneamente en la catedral de Westminster, en el santuario restaurado de Walsingham, en las demás catedrales y en numerosas parroquias y hogares.
Pearce presenta este acontecimiento como la respuesta a las oraciones de Newman, el santo inglés canonizado más recientemente, quien en los versos finales de su poema anunciaba el regreso de la Reina. En ellos, la Virgen alza la cabeza y sonríe como en el día de su coronación, y proclama: «Un momento, y los muertos revivirán; / los gigantes desfallecen, los santos están vivos; / vengo a rescatar mi casa y mi reino, / y Pedro y Felipe vienen cerca en mi séquito».

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