jueves, 1 de agosto de 2019

San Félix de Gerona el Africano. Por Rodrigo H. Migoya


San Félix nace entre mediados y finales del siglo III d.C. en Scilitana -actual Túnez- en el seno de un familia acomodada. En algunos lugares han representado recientemente la imagen de San Félix con tez morena y rasgos africanos y, sin embargo, a San Agustín que nació también al norte de África con muy pocos años de diferencia nunca nadie lo ha representado con tales rasgos. Y es que San Félix, con toda seguridad no era "negro", como mucho moreno de piel, pues por su estatus social, su buen desenvolvimiento en la sociedad romana y su amplio bagaje académico todo apunta a que era descendiente de las familias romanas que ocupaban dicho territorio. No olvidemos que desde la caída de Cartago en el año 146 a. C. hasta el siglo VII con la conquista musulmana, tenemos más de ochocientos años de dominio y control de Roma sobre toda esta zona.

Con ello caemos ya en la cuenta de dos evidencias que a buen seguro marcarán la niñez de Félix  profundamente; en primer lugar en contexto romano perseguidor de la fe donde estaba totalmente prohibido hablar de Cristo y hacerse cristiano, hasta el punto que en las calles de su ciudad natal podían leerse los carteles de advertencia 

Ahí ya tenemos un primer interrogante: ¿qué será eso que está prohibido?, ¿quién será ese del que no se puede hablar? Y para un niño inquieto ya pudo tener en ello un primer atisbo para hacer verdad que lo prohibido siempre es atrayente. Lo había sentenciado el Paranoico Nerón: Ut christiani non sint. “No deben existir los cristianos”.

Otra segunda realidad que se respiraba era una tradición muy reciente de mártires en dicha región; un siglo atrás llegaron a ser denominados como los ''mártires scilitanos''. El martirologio romano fijaba su memoria litúrgica el 17 de Julio por creerse que dicho día del año 180 habían sido apresados y juzgados por ser seguidores del Nazareno. Atención aquí, pues en ese grupo de mártires hay también un San Félix apodado precisamente el Scilitano por haber sido apresado y martirizado en dicho lugar, pero no confundirlo con nuestro San Félix, el cual para distinguirlo de éste lo llamamos oficialmente el de Gerona o el africano, pues aunque era scilitano de nacimiento ese adjetivo ya estaba adjudicado a su tocayo mártir del siglo II. El grupo de Santos Mártires Scilitanos está compuesto por cinco mujeres y siete hombres: San Félix, San Nartzalo, San Citino, San Venturio, San Aquilino, San Letancio, San Esperato, Santa Jenara, Santa Generosa, Santa Vestina, Santa Segunda y Santa Donata. 

Pasamos de nuevo al siglo posterior con San Félix, que con grandes dotes para el estudio y con una familia de posibles es enviado a estudiar a la ciudad portuaria de Cesarea Marítima, en la región de Samaría -actual Israel-. Allí Félix, junto a su amigo -luego San Cucufate- no sólo perfeccionan sus estudios en latín, derecho y filosofía, sino que además conviven con nuevas culturas y conocen de cerca el cristianismo en los lugares originales, geograficamente hablando. Aquí descubren a Cristo, y teniendolo todo, deciden renunciar a su cómoda vida para anunciar a los demás la buena noticia del Evangelio. 

Inician su catecumenado y tras recibir los sacramentos de iniciación y se ofrecen a ir a colaborar al lugar donde se les requiera. Son entonces destinados a Hispania, que en esos momentos era uno de los lugares donde más estaban sufriendo los cristianos bajo la persecución del emperador Diocleciano y el gobernador en suelo hispano Decio. Ellos son conscientes de que van a una misión delicada en un territorio hostil, por lo que viajan a la península por barco haciéndose pasar por mercaderes. 

Aquí experimentará la incomprensión, la persecución, la cárcel, la tortura... pero todo ello lo supera con fuerza de Dios, pues llega con un bagaje interior tan hondo, que aunque no fuera mayor en edad ya estaba maduro para el Señor. Y es que para entender en toda su riqueza la historia de San Félix no podemos perder de vista sus raíces. Es verdad que es en Hispania donde vive en su plenitud su apostolado, su predicación y su entrega hasta las últimas consecuencias, donde se ganará la palma del martirio y se extenderá su fama de santidad. Pero sin remitirnos sus orígenes y formación su personalidad nos quedaría incompleta. 

La riqueza espiritual del norte de África en los primeros siglos de cristianismo es de una altura y valor sin igual: San Cipriano de Cartago, Santa Perpetua y Felicidad (siglo II) , San Pacomio (siglo III) Santa Mónica y su hijo San Agustín (siglo IV)... De forma concreta, hasta la regulación del culto, fue una tierra rica de cristianos auténticos, como así lo acredita tantísima sangre derramada en aquellas latitudes. Un año antes de ser martirizado San Félix, cuarenta y nueve paisanos suyos de la comunidad cristiana de Abitinia -a la vera de donde él había nacido- fueron martirizados por no renunciar al sacramento de la Eucaristía, su mayor tesoro. 

Entre ellos, cuatro también llamados Félix; uno hijo de un presbítero, otro un jóven, otro que colaboraba como lector en las celebraciones y un cuarto Félix del que sin tener toda la seguridad parece que fue el que hizo las veces de portavoz de la comunidad cristiana en las negociaciones con el procónsul. Cuando el romano les ofreció perdonarles la vida con tal de entregaran las Sagradas Escrituras que poseían y que dejara de reunirse para celebrar la Eucaristía uno llamado Félix -seguramente Octavio Félix el dueño de la casa en la que se reunían- le respondió: “¡Un cristiano no puede existir sin celebrar los misterios del Señor, y los misterios del Señor no se celebran sin la presencia de los cristianos! El cristiano vive de la celebración de la liturgia… Sábete que cuando oigas el nombre cristiano es uno que se reúne con otros hermanos ante el Señor, y cuando oigas hablar de reuniones, reconoce en ellas el nombre de cristiano”. Estos son los llamados mártires del día del Señor o del domingo. Como testamento de su oblación dejaron esa frase que emplearon como decisión de morir antes que renunciar a Cristo: «Sine dominico non possumus» -"Sin el domingo no podemos vivir"-.

Desconocemos si le llegaría o no a San Félix la noticia de esta matanza y este hermoso testimonio de sus paisanos meses antes de su propia muerte, pero lo que está claro es que tanto los Mártires de Abitinia como San Félix bebieron de la misma fuente espiritual; es decir, del ejemplo de muchísimos mártires de años anteriores que dieron semillas de nuevos y valerosos cristianos dispuestos a seguir los pasos de su Maestro y de sus antecesores en las comunidades cristianas primitivas.

El martirio de los primeros tiempos en un amplísimo número de víctimas, tuvo el mismo esquema que en el caso de San Félix; es decir, el problema no era sólo renegar de Cristo sino por ende reconocer la divinidad del Emperador, la cual se ejemplificaba retractándose públicamente y mostrando sus respetos a la "deidad imperial" mediante el ofrecimiento de incienso a su imagen o comiendo de las ofrendas sacrificadas a este. En definitiva, la apostasía a Cristo debía ir aparejada a la sustitución del lugar de Dios que debería ocupar "el señor de Roma". Ahí es donde los mártires se mostraron inflexibles y valientes y su su fidelidad, aferrándose sólo a Cristo y haciendo suyas las palabras del Evangelio: ''amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas'' (Mc 12, 30).

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