domingo, 9 de febrero de 2014

“Medice cura te ipsum” Por Rodrigo Huerta Migoya


Este viejo latinajo por todos conocido, es utilizado por Jesús en la sinagoga de su Nazaret natal  al decir: “seguramente me diréis medico cúrate a ti mismo” (Lc 4, 23), y es que entre médicos anda hoy el tema de reflexión. Viene a cuento esta idea pensando en la jornada del enfermo que año tras año se organiza coincidiendo con la memoria litúrgica de Nuestra Señora de Lourdes, cada once de febrero. Es una oportunidad recurrente para ofrecer unas brevísimas pinceladas sobre la luz ante el dolor, así como los pros y contras a los que dicha pastoral se enfrenta actualmente.                                                                                                                                                                      
La Iglesia siempre ha tenido una especial sensibilidad para con el que sufre; así el cristiano doliente asocia en su cuerpo la pasión del Señor y a su invitación a seguirle tomando nuestra cruz (cf Mt 10,38).
Un reto pendiente en nuestras comunidades es  la “Unción de Enfermos, precioso tesoro a menudo minusvalorado o temido por el empleo de una terminología caduca que asociaba dicha unción como “extrema y última”, lo que ha creado en muchos fieles la idea de ser un sacramento de muerte en vez de vida. Rito que, por otra parte, instituyó el Señor según leemos: "y ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban" (Mc 6,13).

Para las personas que no saben lo que es vivir postergado en una cama les es muy fácil alegar o diferir contra la realidad de que en muchos pueblos y ciudades las campanas de los templos den las horas, las medias y los cuartos.  Más allá  del tópico ridículo del ruido en plena era discotequera y de fiestas callejeras, no debemos pasar por alto que el sonido de nuestros carillones se convierte en uno de los más fieles amigos y compañeros del enfermo, que desde su postración se les hacen más amenas y breves  las largas horas de impetuoso silencio.

Otro gozo para cualquier doliente es el hogar, por mucho que a su parecer complique, no hay comparación posible con otro lugar que lo iguale o supere. De gran ayuda emocional son también las visitas que tras la intervención o alta uno empieza a recibir. Sin embargo, tras una intensa jornada llega el momento en que estas empiezan a disminuir. Es aquí cuando aparecen unas nuevas, pero estas ya no traen bombones o pastas, sino amor. Me refiero a las siempre atentas visitadoras de enfermos que tras su semanal reunión formativa salen a patear la localidad acercando a nuestros feligreses “malitos” las noticias de lo que ocurre en la Parroquia, compañía, testimonio… También colaborando con el Párroco y las religiosas, se encargan a menudo  de hacerles partícipes del alimento que nos prepara y dispone para la vida eterna.

Finalmente, juega a favor de nuestros indispuestos hermanos las múltiples posibilidades que desde los diferentes medios de comunicación se les facilitan: la misa diaria desde TV, el rosario y los oficios de la  liturgia de las horas desde la  radio así como diversas  revistas, folletos y suplementos religiosos .
En los contras no me gustaría detenerme tanto, pues son por todos identificados. En primer término, las residencias se han convertido en un grandísimo porcentaje en el lugar de abandono de familiares enfermos y de edad avanzada a los que depositan sin escrúpulo alguno las mismas personas que también abandonan a sus mascotas en medio de la carretera.

Sé de casos que no son así, claro, sino que se trata de personas sin familia o de personas con requerimiento de cuidados especiales, sin embargo, la triste realidad es la primera descrita; que un hogar deja de serlo cuando echamos al abuelo para poder salir de cena los fines de semana “más tranquilos”. También en las residencias hay diferencias, ya que muchos asilos atendidos por religiosas tienen por criterio ante la lista de espera dar siempre preferencia al que tenga menos pensión y recursos. Las privadas y municipales se rigen, claro está,  por otros criterios.


De modo semejante nos encontramos con personas que en los hospitales solicitan la visita del capellán y algunas “enfermeras” (las menos, también hay que decirlo) haciendo gala de sus perjuicios o convicciones personales, no le avisan. Sé de casos en nuestro HUCA dónde incluso han fallecido personas que estaban pidiendo la presencia del sacerdote, llegando a culpar las familias al capellán por no haberse presentado para asistir espiritualmente al moribundo, sin saber éstos que no le habían avisado. Por no hablar de la necesidad de camas, siempre tan en boca, argumento de algunos para pedir la regulación de la eutanasia, todo un crimen que no debería pasar por la mente de nadie en el peor de los casos. No sabemos “el día ni la hora”, así pues, no juguemos a ser Dios. Por mucho que pueda ser el sufrimiento, mínimo será siempre comparado con las horas de la Cruz que soportó el Señor por nosotros, y la Iglesia no puede sino defender la vida, no la muerte. Por eso también siempre que se propone emprender una misión importante, lo primero que hace es rogar a los pacientes que encomienden dicha obra, pues ellos son para el Padre Eterno las niñas de los ojos. Ojalá pueda el Señor decirnos, llegado el momento: tú fe te ha curado, vete en paz (Mt 9,22).

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