martes, 19 de marzo de 2013

Lo visible y lo invisible : Inicio de Pontificado

Por el Rvdo. D. Guillermo Juan Morado
 
El principio fundamental del Cristianismo es la Encarnación: El misterio de Dios - Invisible e Inefable - nos sale al encuentro en la humanidad de Jesús de Nazaret, su Hijo encarnado. Dios, a quien no podemos ver en la tierra, ha dado una imagen de Sí mismo en la figura de Jesús, nacido en Belén, muerto en la Cruz, Resucitado a los tres días para nunca más morir. Jesús es la Palabra divina que ha hablado en palabras humanas, para que los hombres, interlocutores de ese diálogo, pudiésemos “oír” y “responder". Cristo es el “universal concreto", el “Todo en el fragmento", Dios hecho hombre.
Unida a Cristo, la Iglesia es, en medio del mundo, “sacramento"; es decir, signo e instrumento, de la cercanía y de la proximidad de nuestro Dios. La Iglesia es la “realidad compleja” - humana y divina - , el canal de la gracia, a través del cual se difunde en el mundo el amor misericordioso de Dios.
Quien quiera conocer qué es la Iglesia que contemple su liturgia, su culto. Una antigua máxima cristiana reza: “Lex orandi, lex credendi", la norma de la oración se corresponde a la norma de la fe. Los contenidos se la fe se expresan plásticamente en las palabras y en los ritos que conforman el culto cristiano.
 
 
Así sucede en la “Santa Misa para el inicio del ministerio petrino", la celebración solemne en la que el nuevo Obispo de Roma, el Papa, comienza su tarea de Pastor de la Iglesia Universal. Esta Misa no es un discurso, es una acción sagrada cargada de simbolismo.
En el Papa se hace hoy presente el ministerio de Pedro: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia". El Sumo Pontífice, acompañado por los Patriarcas de las Iglesias Orientales, baja al sepulcro de San Pedro, en la Basílica Vaticana, para orar, y para incensar la tumba del Príncipe de los Apóstoles. Desde allí se inicia la procesión hacia la Basílica, mientras se cantan las “Laudes Regiae", Las Letanías de los Santos. Una invocación que pone de manifiesto que el Papa no está solo. Es más, ningún creyente está solo, sino siempre acompañado, guiado y conducido por los amigos de Dios, por la muchedumbre inmensa de los santos.
Al Santo Padre se le impone el palio, una insignia de lana blanca que pende de los hombros sobre el pecho. Es una señal de yugo suave de Cristo, que no nos hace esclavos sino libres y, asimismo, una imagen del Buen Pastor que carga sobre sus hombros la oveja perdida. La misión del Papa es una misión de amor, de misericordia, de compasión, que prolonga en el tiempo el amor misericordioso del Señor.


Al Papa se le entrega, además, el Anillo del Pescador, el “sello de Pedro", el Apóstol que manifestó su esperanza echando las redes en el mar de Tiberíades y a quien Jesucristo confió las llaves del Reino de los cielos. El Papa, Sucesor de Pedro, habrá de seguir echando las redes para rescatar a los hombres en el mar de la historia y atraerlos al agua pura, vivificante, del Evangelio.
Una representación de los Cardenales presta obediencia al Santo Padre y, a continuación, se celebra la Santa Misa, el sacramento que es centro y cumbre de la vida cristiana mediante el cual el Señor Resucitado sigue edificando su Iglesia.
Lo invisible se hace visible. La Palabra de Dios resuena en la predicación viva del Evangelio. Y el oficio de Pedro se perpetúa en el oficio del Papa. Hoy, Francisco. Que San José, Esposo de la Virgen María y Patrono de la Iglesia Universal, guíe los pasos del Papa, Obispo de Roma, Sucesor de Pedro, Cabeza visible del pequeño rebaño del Redentor.
 

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