viernes, 4 de septiembre de 2020

Carta semanal del Sr. Arzobispo

Volver a empezar

Van pasando los bochornos estivales dejando entrada a nuevos sofocos. Porque la circunstancia que estamos viviendo desde marzo con esta malhadada pandemia, pone fuego a nuestra vida alterándola en demasía. Parecía que la así llamada “nueva normalidad” venía por decreto, o porque así lo decide quien tiene por ahora el timón de la nave. Pero luego la realidad es más libre y más terca, y no se ajusta sin más a los intereses políticos o económicos de quienes con este virus dibujan el mapa de nuestras vidas. Unas veces alertándonos con pánico, otras diciendo que no pasa nada. Momentos en los que no podemos salir del búnker doméstico, y otras con un pistoletazo de salida para un casi vale todo… con mascarilla y las medidas de distancia. Que también los hay que se aprovechan de esta tragedia para intentar cercenar y censurar la libertad religiosa a golpe de ordeno y mando. Como cristianos hemos estado a la altura de la responsabilidad debida, que no siempre es la que nos han reclamado. Hay una plausible excepción que se refiere a nuestra región asturiana, donde la crisis sanitaria se ha planteado y gestionado con enorme sensatez, prudencia y razonables medidas, en medio de un aluvión de gentes que nos han visitado en estos meses de verano.

Todo ello tiene una repercusión clara en nuestra vida cristiana. Porque la comunidad de nuestra Iglesia diocesana, ha sabido poner los medios y ha sabido también liberalizarlos, según ha ido evolucionando el panorama de contagios del coronavirus en nuestra tierra. Nuestros templos parroquiales son espacios de total seguridad, porque ahí hemos querido cuidar a la gente que entraba en las iglesias y ermitas buscando la paz, el consuelo, la gracia, no buscando otras cosas que terminaban por imponerte después el contagio que no buscabas. Distancias señaladas, protección con gel hidroalcohólico, mascarillas en la boca y nariz, y cuidado del aforo permitido. Ha sido ejemplar la respuesta de nuestros fieles, los de aquí y los que en este tiempo nos han visitado.

Hemos tenido que prescindir de procesiones y romerías en general, aunque hemos vivido de modo alternativo nuestras festividades cristianas y populares. Es cierto que ha habido que aplazar más de alguna celebración: bautizos, primeras comuniones, confirmaciones, bodas e, incluso, ordenaciones sacerdotales. Poco a poco, se van celebrando estos eventos de fe, además de tener repercusiones sociales entre nuestros familiares y amigos.

Pero llega ahora el comienzo del curso. Toda la problemática y polémica en torno a los colegios de niños y jóvenes y los centros universitarios para comenzar el año académico, tiene también una repercusión en nuestras catequesis y demás actividades diocesanas y parroquiales. Creo que es bueno tener la mesura que nos hace responsables, para evitar la irresponsabilidad de quien banaliza la gravedad de este momento, así como quien asustadizo se enroca y atrinchera para no hacer nada, muerto de miedo. Entre los que banalizan hasta la frivolidad y los que se asustan hasta el escaqueo, está la medida serena y sensata, de quien pone los medios razonables para que no se nos escape la vida en todos sus sentidos, tampoco la vida cristiana que hay que seguir nutriendo y cuidando con las celebraciones, los sacramentos, las catequesis y nuestro adaptado calendario. Así lo vamos a hacer como Diócesis, también por arciprestazgos y en cada parroquia.

Pedimos a nuestra Madre la Santina, en esta novena que celebramos en su Santuario y en toda la Diócesis, que nos acompañe en este insólito comienzo de curso pastoral, que no deje de protegernos, para que la llama de la esperanza siga alentando nuestras vidas, y la fortaleza de la fe nos haga serenos. Sólo así podremos aportar los cristianos el testimonio de la caridad como supremo don para los que sufren todas las consecuencias sanitarias y económicas que genera esta prueba tremenda de la pandemia que estamos sufriendo.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

jueves, 3 de septiembre de 2020

Perdonanza 2020


 

Santoral del día: San Gregorio Magno

(Infovaticana) San Gregorio Magno fue un Papa de la Iglesia Católica y uno de los cuatro Padres Latinos de la Iglesia. 

San Gregorio nació en Roma, en el año 540, dentro de una respetada familia de patricios romanos. El padre de Gregorio fue San Gordiano, senador romano y prefecto de la ciudad, descendiente de la gens Anicia, una de las más nobles de Roma y de las primeras en convertirse al cristianismo. Se sabe que su padre ocupó el cargo eclesial de regionarius, posiblemente en alguna de las provincias romanas. San Gordiano fue hermano de las santas Tarsilla y Emiliana. La madre de Gregorio fue Santa Silvia, mujer de enorme piedad y también perteneciente a una honorable familia de patricios sicilianos. Gregorio fue tataranieto del Papa San Félix III, y se le relaciona familiarmente con el Papa San Agapito I.

La vida de Gregorio estuvo destinada al servicio público desde su juventud, alcanzando grandes éxitos en su carrera desde muy temprana edad, en gran parte gracias a la importante posición de su familia. En el año 572, Gregorio alcanzó el cargo de prefecto de la ciudad de Roma, uno de los cargos más altos de la política de la época. Su administración estuvo fuertemente marcada por la peste, así como por el caos burocrático en el cual él intentó implementar el orden y la disciplina.

Tras haber heredado la inmensa fortuna de su padre, Gregorio decidió retirarse a una de sus casas en las colinas de Roma, abandonando la carrera pública por una vida de recogimiento y oración. Esta vida empezó a transformar de manera más consciente el corazón de Gregorio, por lo que cada vez se entregó más a la contemplación, transformando su casa en el monasterio de San Andrés en el Cielo. La fama de Gregorio como efectivo administrador ya estaba muy difundida, pero ahora su inmensa piedad y santidad personal lo hacían un candidato perfecto para ser convocado al servicio de la Iglesia.

Poco tiempo después de la fundación del monasterio, el Papa Pelagio II convoca a Gregorio al diaconado, ordenándolo al poco tiempo, y enviándolo como apocrisario (equivalente a un nuncio de nuestros días) del Obispo de Roma a Constantinopla, para obtener el apoyo del emperador bizantino en el avance de los longobardos a Roma, así como para suprimir la controversia doctrinal de los monofisitas.

La misión de Gregorio en Constantinopla fue muy efectiva, alcanzando importantes acuerdos con el emperador Mauricio, sobre todo a sus importantes conexiones con familias senatoriales de la ciudad. Muy pronto, la fama de este santo varón empezó a crecer por toda Roma. Una vez de vuelta a la capital, el Papa Pelagio II cayó muerto por la peste, por lo que en el año 590, se eligió a Gregorio como nuevo Obispo de Roma, a pesar de su resistencia inicial culminada con un fracasado intento de fuga.

La mayor prioridad de San Gregorio fue la evangelización de los pueblos bárbaros, siendo consciente que no se podía seguir tratrándolos como tribus sanguinarias, sino que había que acogerlos como hermanos. Envió importantes misioneros a los longobardos, así como a los visigodos de Hispania, a los francos, sajones y bretones. Después de muchos esfuerzos, la paz con entre Roma y los bárbaros se logró gracias a los acercamientos diplomáticos del Papa Gregorio con los miembros de las casas reinantes, así como la Evangelización de muchos de estos pueblos.

El Papa Gregorio destacó también en el cuidado de los más pobres, haciendo reformas en la administración de los bienes de la Iglesia, de tal modo que los pobres se beneficiaran de la producción del trigo, así como de cada una de las ganancias eclesiales. Su preocupación por las necesidades de todos fue tan admirada que se ganó el apodo de “Consul Dei“. El Papa Gregorio, se comunicaba por carta con senadores y diplomáticos bizantinos, a la vez que con herejes cismáticos, con monjes en abadías lejanas, así como con viudas, pobres, y reyes y reinas de las tribus bárbaras. Su habilidad para hablar a cada uno en un lenguaje comprensible le ganaron enorme fama de estar siempre inspirado por el Espíritu Santo, imagen con la que se le representa hasta la fecha.

De las muchas epístolas y tratados escritos por San Gregorio, uno de los más difundidos es su obra conocida como Los Diálogos, una serie de cartas escritas a un diácono llamado Pedro, en las cuales le expresa su nostalgia por la vida contemplativa y ascética, intentando vivir su pontificado de la manera más cercana a un monje que le fuera posible, a la vez de cumplir con sus múltiples obligaciones y misiones eclesiásticas.

El Papa San Gregorio murió el 12 de marzo del año 604, a los sesenta y cuatro años de edad, lo que se consideraba muy avanzado para su época. Aunque no se sabe la fecha exacta de su canonización, fue declarado Doctor de la Iglesia por el Papa Bonifacio VIII en el año 1295 (aunque ya se le menciona como tal en documentos del año 800). El Papa San Gregorio recibió desde épocas muy tempranas el apodo de “Magno” no tanto debido a su grandeza, sino a su “magnanimidad” hacia todas y cada una de las personas con las que tuvo trato. Es uno de los llamados Padres Latinos de la Iglesia, junto con San Agustín, San Ambrosio y San Jerónimo.

Como recuerdo de tan valioso Papa, la Iglesia creó la Orden de San Gregorio Magno, la cual subsiste hasta nuestros días, y con la cual son condecorados fieles que se han destacado en el servicio a la Iglesia y obras católicas.

miércoles, 2 de septiembre de 2020

Remodelación de la explanada y vía sacra de Covadonga. Por Francisco José Rozada Martínez

(“El Fielato-El Nora”) 

Vivió Covadonga ´eclipses´ vitales de todo tipo, con oscuros tiempos en los que sus horizontes parecían languidecer entre el Auseva y Priena, pero llevaba dentro de sí misma una semilla que resistió los siglos de silencio y abandono, la misma que en las conciencias atentas a su historia hizo que no pereciese la vida latente que portaba para que -en el futuro- brotase un sentimiento colectivo que fue contraste, estímulo y promesa.

El fecundo resurgir de Covadonga no ha sido una creación de la nada, porque nunca desapareció de la conciencia ni de la vivencia popular asturiana, ya que en cada época y en cada rincón se mantuvo vigente, como un rescoldo que acabó generando una llama para orientarse entre la niebla y la oscuridad.

Veamos ahora (tras tantos meses de silencio obligado, entre obras interminables y el covid-19) si resurge más clarividente y enriquecedora, liberada por fin de los coches que la atenazaban desde hace un siglo y que casi la estrangulaban hasta las mismas puertas de la Basílica de Santa María la Real.

La nueva imagen que se percibe al llegar a la parte alta y principal del santuario, ofrece un entorno mucho más agradable -estéticamente hablando- donde la sensación visual de amplitud se conjuga con el silencio que se percibe entre el espacio de prioridad peatonal y las zonas verdes que le arropan.

Los visitantes que accedan desde ahora a este milenario lugar se sentirán como actores principales en su movilidad, y ya nunca más como espectadores de un espacio que -al servicio de los coches- se había degradado muy seriamente desde hace muchas décadas. 

Conseguir espacios diáfanos como éste -en el lugar más querido y emblemático del Principado de Asturias- encontró resistencias durante demasiado tiempo, sencillamente por falta del entusiasmo e interés que se suponen en quienes deberían haberlo propiciado, sin que la desaparición de esta zona de aparcamientos por otra similar -cercana, pero sin la ´contaminación visual´ que propiciaba la anterior- provoque ningún contratiempo para el visitante.

Sólo falta que los tres millones de euros invertidos por el Gobierno Asturiano hace más de trece años en la finca de Les Llanes -en El Repelao, a los pies del Real Sitio- no sigan siendo una inversión envuelta en el abandono, la dejadez y el pasotismo.

El definitivo plan de accesos a Covadonga sigue en espera, no se sabe de qué ni hasta cuándo.

De momento, celebremos el final feliz de la remodelación de la explanada y de la vía sacra, en cuyas obras se emplearon ocho interminables meses.

Mientras, Covadonga seguirá siendo la raíz, cuna y corazón de Asturias, porque en ella se funden el espíritu y la materia, la naturaleza y la cultura, la fe y la historia, dando sentido a nuestra propia conciencia regional.

Primera audiencia del Papa con fieles: “El único camino posible hacia un mundo post-pandemia es la solidaridad”

(Fernando Beltrán/ Vatican News) 

Hoy ha tenido lugar, tras 189 días, la primera audiencia general del Papa Francisco con la presencia de fieles, aunque no ha sido como antes de la pandemia. El lugar elegido ha sido el patio de San Dámaso, que cuenta con un espacio mucho más reducido que la Plaza de San Pedro o el Aula Pablo VI, con un aforo limitado a unos 500 fieles.

Además, debido a las medidas de prevención de contagios, las personas que acudieron a la catequesis -además de que se les midiera la temperatura y se les proporcionará gel desinfectante- tuvieron que sentarse en sitios separados escrupulosamente entre sí para guardar la distancia estipulada. Algo completamente inútil, ya que al aparecer el Papa en el lugar los presentes se agolparon en las vallas para captar el momento con su teléfono móvil y para ver al Pontífice a menor distancia.

Al Papa también se le pudo ver estrechando las manos de los obispos y monseñores que acudieron a la audiencia con las mascarillas.

En la audiencia el Papa Francisco se centró en la solidaridad y comenzó planteando que el origen común de todos los humanos es Dios y que “vivimos en una casa común, el planeta-jardín en el que Dios nos ha puesto; y tenemos un destino común en Cristo”. Sin embargo, afirmó que cuando optamos por la dinámica contraria a este origen común, “nuestra interdependencia se convierte en dependencia de unos hacia otros, aumentando la desigualdad y la marginación; se debilita el tejido social y se deteriora el ambiente”, recoge Vatican News. 

El Santo Padre señaló que “sólo siendo solidarios podremos salir adelante, pues de lo contrario surgen desigualdad, egoísmos, injusticia y marginación”. “La solidaridad es una cuestión de justicia, un cambio de mentalidad que nos conduzca a pensar en términos de comunidad, de prioridad de la vida de todos sobre la apropiación de los bienes de parte de unos pocos”, manifestó Su Santidad.

El Papa aseguró que la solidaridad es “el único camino posible hacia un mundo post-pandemia, y el remedio para curar las enfermedades interpersonales y sociales que afligen a nuestro mundo actual”.

Tras finalizar la catequesis, Francisco anunció la convocatoria de una jornada de ayuno y oración por Líbano, país que sufrió una terrible explosión este agosto, para el 4 de septiembre próximo. Además, saludando al pueblo polaco, recordó el 40 aniversario del nacimiento del sindicato Solidarność, sindicato que recibió un gran apoyo de Juan Pablo II en la liberación de Polonia del comunismo.

martes, 1 de septiembre de 2020

Este mes de septiembre rezamos por…


Conferencia Episcopal Española:

Por los catequistas y profesores cristianos, para que tengan siempre presente la importancia de su misión y se formen adecuadamente a fin de que su labor produzca frutos abundantes.

Papa Francisco:

Respeto de los recursos del planeta. Recemos para que los recursos del planeta no sean saqueados, sino que se compartan de manera justa y respetuosa.


A ejemplo de María, nos toca acompañar el dolor

(Ecclesia) El Nuncio Apostólico de Su Santidad, S.E. Mons. Bernardito Auza, ha inaugurado la novena a la Santina, como se conoce a la Virgen de Covadonga. Lo ha hecho en su santuario, esta tarde. Y ha hablado de la situación actual. «A ejemplo de María, Nuestra Madre, nos toca, como insiste Francisco, acompañar asumiento el dolor, el sufrimiento que este mundo intenta ocultar sin conseguirlo», ha afirmado Auza». Ha advertido de que ese comportamiento, a los cristianos, puede provocar «sufrir una reacción insolidaria y egoísta». Pero ha incidido, al mismo tiempo, que «el sufrimiento no es excusa para nuestra compasión efectiva».

Auza ha reconocido que «la circunstancia presente, que repercute seriamente en nuestra sociedad con la pandemia por ejemplo, nos declara esta realidad de debilidad, esta necesidad de sufrirla con las formas que improvisa el amor de Dios en los corazones que quieren correpsonderle». Ha señalado que «todo amor verdadero exige renuncia», a imagen de la Cruz.

En este sentido, ha reconido la dificultad que, como seres humanos, tenemos para entregarnos «Particularmente cuando experimentamos debilidad e impotencia y nos venimos abajo con facilidad». Ante ello, la llamada de no dejar de «confiar en Dios, que nos ha puesto una madre que nos levanta con mano segura».

Al principio de su homilía, Bernardito Auza ha desvelado que ya hace muchos años él mismo peregrinó a Covadonga. Fue en 1986, dos años y medio antes de que san Juan Pablo II visitara este lugar, entre el 20 y 21 de agosto de 1989. Auza ha explicado que volver a Covadonga «es un doble placer y un doble honor volver a Covadonga y ver este privilegiado lugar de España», por lo que ha agradecido la invitación del arzobispo de Oviedo, Mons. D. Jesús Sanz Montes.

Recordando la visita de Juan Pablo II en Covadonga, Auza ha mencionado sus palabras de entonces: «Si queréis construir una Asturias mas unida y solidaria, no podéis prescindir de esa nueva vida, fuente de espiritual energía, que hace más de doce siglos brotó en estas montañas a impulsos de la Cruz de Cristo y de la presencia materna de María, Nuestra Madre».

Así, la novena a la Virgen de Covadonga ha sido inaugurada, y todos los días se celebrará a las seis de la tarde, hasta el día 8 de septiembre, cuando será Mons. D. Jesús Sanz Montes quien presida y predique la Eucaristía a las 12 del mediodía.