domingo, 16 de agosto de 2026

''Ten compasión de mí, Señor''. Por Joaquín Manuel Serrano Vila


La Palabra de Dios en este Domingo XX del Tiempo Ordinario, nos sitúa ante un espejo incómodo, pero sanador. A menudo, tendemos a trazar fronteras invisibles. Decidimos quién está "dentro" y quién está "fuera" de la gracia de Dios. Construimos muros basados en la cultura, la moralidad, las etiquetas sociales, o incluso la práctica religiosa. Sin embargo, las lecturas de este domingo derriban esos muros. Desde el profeta Isaías hasta el impactante encuentro de Jesús con la mujer cananea, el mensaje es unánime: el corazón de Dios es una casa abierta para todos los pueblos. La única condición para entrar no es un certificado de pureza o pertenencia biológica, sino una fe humilde, sincera y perseverante.

El libro del profeta Isaías nos sitúa en el contexto del post-exilio. El pueblo de Israel había regresado de la cautividad en Babilonia; está intentando reconstruir su identidad. En ese momento de reconstrucción, el peligro evidente era el aislamiento, el nacionalismo religioso y el desprecio a los extranjeros. Pero la voz de Dios resuena con una fuerza revolucionaria: "A los extranjeros que se han unido al Señor... los traeré a mi monte santo". Dios no se deja encasillar por los límites geográficos o de sangre de Israel. Hoy se nos habla de la inclusión de los "lejanos": Los extranjeros que aman el nombre del Señor y guardan el Sábado no son ciudadanos de segunda categoría; tienen pleno derecho en el templo. La lectura culmina con una frase que el mismo Jesús citará siglos más tarde: "Mi casa es casa de oración"... Esta lectura nos invita a revisar nuestras comunidades: ¿somos una Iglesia de aduanas o una casa de puertas abiertas? A veces miramos con recelo al que es diferente, al inmigrante, al que no viste como nosotros o al que tiene una historia de vida complicada. Isaías nos recuerda que Dios ya los ha llamado y los está esperando "en su monte santo".

San Pablo, en la carta a los Romanos, abre su corazón de pastor y apóstol de los gentiles. Él sufre profundamente por sus hermanos de sangre, el pueblo de Israel, que en su mayoría ha rechazado a Jesucristo. Sin embargo, Pablo descubre un misterio teológico profundo en este aparente fracaso. Esta es la pedagogía de Dios. La rebeldía o el rechazo de Israel permitió que el evangelio se anunciara a los paganos (los gentiles). La "pérdida" de aquellos significó la reconciliación del mundo. Pablo afirma con rotundidad que "los dones y la llamada de Dios son irrevocables". Dios no se arrepiente de sus promesas, no descarta a Israel para siempre; su fidelidad es eterna. El argumento cumbre de Pablo es que tanto gentiles como judíos han pasado por la desobediencia y, ¿para qué? Para que nadie pueda jactarse de sus propios méritos. Todos dependemos absolutamente de la pura misericordia de Dios. San Pablo nos enseña a no perder la esperanza por aquellos que se han alejado de la fe o que parecen endurecidos frente al evangelio. Los caminos de Dios son más complejos e infinitamente más misericordiosos que nuestros juicios humanos. Si Dios usó la rebeldía para derramar gracia, cuánto más usará nuestra fidelidad y oración para atraer a los que hoy están lejos.

Llegamos a la cumbre de la liturgia de la palabra con el evangelio, tomado del capítulo 15 de San Mateo. Un texto qué, a primera vista, nos desconcierta y hasta nos puede resultar chocante por la aparente dureza de Jesús. Jesús sale de los confines de Israel y se retira a la región de Tiro y Sidón (territorio pagano). Allí se encuentra con una mujer cananea. Para un judío de la época, esta mujer reunía tres condiciones para ser rechazada: era extranjera (enemiga histórica de Israel), era mujer (socialmente postergada en el ámbito público) y tenía una hija endemoniada (considerada impura). Pero lo hermoso de la cananea es que ella no pide nada para sí misma. Grita desde las entrañas: "Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo"... Reconoce a Jesús con títulos mesiánicos. Su oración es clamor de dolor pidiendo su intercesión. Al principio, Jesús no le responde palabra, guarda silencio. Los discípulos, molestos por el escándalo que va montando tras ellos le piden que la despida: "Atiéndela, que viene gritando detrás de nosotros". No se lo piden por compasión, sino por la incomodidad que les está causando; quieren quitarse el problema de encima. Entonces Jesús responde: "Solo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel". Ella, lejos de rendirse, se postra ante Él y repite: "Señor, socórreme"... Jesús añade una frase durísima en el lenguaje cultural de la época: "No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perros". Pero la mujer no se ofende. No entra en discusiones de dignidad. Acepta el argumento de Jesús y le da la vuelta con una sabiduría asombrosa: "Tienes razón, Señor; pero también los perros comen las migajas que caen de la mesa de los amos". Ella sabe que una sola migaja de la mesa de Jesús es más que suficiente para salvar a su hija. Ante esta respuesta, Jesús queda conmovido y admirado. Rompe el protocolo de su misión inmediata y exclama: "Mujer, qué grande es tu fe; que se cumpla lo que deseas". Y en aquel mismo momento quedó curada su hija. ¿Por qué actuó así Jesús? Jesús no quería humillarla. Él, que conoce los corazones, estaba ensanchando la mente de sus discípulos y de ella misma. Estaba provocando que aquella mujer sacara a la luz la mina de oro de su fe. Jesús demuestra que la fe no es una cuestión de pasaporte, linaje o doctrina teórica perfectamente aprendida. La fe es confianza absoluta en el poder y el amor de Dios, incluso cuando el cielo parece callar.

La mujer cananea es hoy nuestra maestra de oración. Ella nos enseña tres cosas fundamentales. Primero a orar con perseverancia y no desanimarnos ante el silencio de Dios. El silencio no es ausencia; a veces es una invitación a profundizar en nuestro deseo y nuestras carencias. Segundo, a hacerlo con humildad, presentándonos ante Dios no exigiendo derechos por ser "buenos cristianos", sino mendigando su misericordia. Y tercero, a romper las fronteras del corazón: dejarnos interpelar por el dolor ajeno, venga de donde venga. Que al acercarnos hoy a la mesa de la eucaristía, donde no recibimos migajas, sino el pan entero de los hijos y que es el Cuerpo de Cristo, le pidamos al Señor la gracia de tener una fe tan grande como la de aquella mujer. Una fe que mueva el corazón de Dios y una caridad que ensanche las puertas de nuestra Iglesia para que todos, sin excepción, encuentren su casa en ella. Amén!

No hay comentarios:

Publicar un comentario