sábado, 8 de agosto de 2026

Homilía del Sr. Arzobispo en la fiesta de San Salvador, en la Catedral 2026

Señor Vicario General y Cabildo de nuestra Catedral, Sacerdotes Concelebrantes y Diácono, Excelentísima Corporación Municipal de nuestro Ayuntamiento de Oviedo, amigos que venís desde nuestra ciudad como fieles habituales de nuestra Catedral, y los que os habéis allegado, por estar de paso en Asturias aprovechando la bonanza de nuestro clima y la belleza de nuestra tierra. Saludo especialmente al Colegio Diocesano San Ignacio de Loyola de Torrelodones, en Madrid y al Movimiento Eclesial de Comunión y Liberación. A todos vosotros mis palabras de bienvenida más cordiales y cercanas.

Esta fecha es un alto en el camino que nos convoca al comienzo del mes de agosto aquí en la catedral de Oviedo. Un alto en el camino supuso la escena que hoy la Iglesia nos presenta en su liturgia. Jesús subió a un alto monte como nos ha recordado el propio Evangelio. Quedaban atrás las orillas del mar de Tiberíades, en la Galilea más profunda junto a Cafarnaúm. Lejos estaba la Transjordania y la Decápolis. No habían llegado todavía a la vega del río Jordán que hacía fértil Jericó, ni subían esa estepa despoblada en el desierto de Judá que conduce a Jerusalén. Tampoco estaban asomados al monte Carmelo desde el que se divisaba el Mare Nostrum del Mediterráneo. El escenario era otro, un monte alto, donde Jesús invitó a tres discípulos concretos a subir.

En las andanzas apostólicas de ir de aquí para allá, anunciando palabras de vida y signos milagrosos de salvación, Jesús se retira con tres discípulos determinados en aquel altozano. Pedro, Santiago y Juan serán los escogidos, como igualmente los elegirá en otro contexto y con un distinto escenario, en la noche de aquel huerto en Getsemaní. Eran testigos de la luz transfigurada o de la noche ensangrentada. Aquellos tres discípulos reaccionaron de modo semejante, adormentándose de sopor, o quedando presos del pánico miedoso que los amendrentaba.

En aquel altozano del Monte Tabor, Jesús se les transfigura, haciéndoles ver una luz de su belleza a la que ellos no estaban acostumbrados. Les permitió asomarse a otro rostro del Maestro, escuchando como aval testimonial las palabras del Padre Eterno: “Este es mi Hijo, mi Hijo amado, escuchadlo”.

En el delirio miedoso en el que ellos cayeron pensaban construir allí mismo el campamento montando tres tiendas para perpetuar aquel momento deteniéndolo ante sus miradas. Jesús les dirá: no hagáis el campamento, no montéis ninguna tienda porque hay que bajar nuevamente al valle y allí ser testigos discretos de lo que aquí habéis visto y oído, en el altozano del Monte Tabor donde mi gloria se ha transfigurado.

La vida de un cristiano también adolece de estas citas, como les sucedió a aquellos tres discípulos especialmente escogidos. Tenemos situaciones en nuestro camino en donde la oscuridad, la incertidumbre y el dolor nos acechan y nos ponen a prueba. Como también tenemos momentos en los que la euforia entusiasmada parece que sopla las velas de nuestra barca en la singladura de la vida. Pero ni debemos quedarnos eufóricos cuando las cosas pintan bien, ni deprimirnos asustados en declive cuando parece que pintan peor. Es una pedagogía cotidiana con la que Jesús enseña como buen maestro a aquellos tres discípulos muy especialmente en la luz y en la oscuridad, en la gracia o en el pecado. En la comprensión o en el desdén que nos desprecia, Él siempre está a nuestro lado. La transfiguración representa esa cita especial que llena de certeza y esperanza el caminar de unos discípulos que empiezan a ser cristianos. Y este es el sentido que tiene esta fiesta de la transfiguración cuando también nosotros, en el altozano de la edad de nuestros años, en esa montaña de la circunstancia en la que vivimos y estamos domiciliados, ahí también Dios nos espera para recordarnos que las palabras de Cristo y los signos de sus milagros son para nosotros la confirmación que verifica nuestra fe y que nos levanta como testigos en medio del pueblo en el que estamos.

Esta festividad coincide en nuestra Catedral de Oviedo con quien es su titular, San Salvador, Jesucristo el Redentor. Y la tenemos representada en la bellísima imagen románica policromada que preside el lateral de nuestro Crucero Mayor. Una imagen particularmente querida por tantos que, ante ella, nos hemos postrado. Recuerdo muy particularmente el momento de intensa oración que en ese lugar y ante esta misma imagen tuvo San Juan Pablo II cuando fue peregrino en nuestra tierra hace ya muchos años en el lejano 1989 antes de acercarse a Covadonga.

Esta imagen románica de San Salvador es el punto de partida o punto de llegada del camino que lleva a Santiago. Llegar aquí desde la Castilla más profunda es hacer el Camino del Salvador desde León para visitar precisamente este templo catedralicio, la Sancta Ovetensis, llegando así antes al Salvador para después continuar algunos hasta la tumba del Apóstol Santiago, por el Camino Primitivo. Lo dice nuestro refrán popular medieval, que “quien va a Santiago y no al Salvador, visita al criado y no al Señor”. Aquí termina la peregrinación de tantos peregrinos que, desde Castilla venían peregrinando, y desde aquí parte el Camino Primitivo que tenemos tan a gala custodiar y potenciar porque de aquí parte el primer camino de Santiago que es propiamente con el que se inicia esta experiencia cristiana. El Camino de Santiago tiene meta: no es simplemente la reliquia del apóstol, sino que ser peregrinos del amigo del Señor y por tanto peregrinar a Compostela, a ese campo de estrellas, Campus Stellae, es peregrinar a aquel de quien Santiago el Apóstol fue peregrino a su vez.

Para hacer la peregrinación de todo Camino de Santiago, debemos llevar ligero el equipaje, tener los ojos bien abiertos y estar dispuestos a ser sorprendidos por un Dios que nunca nos aburre, que siempre nos sorprende. Incluso cuando nos dice lo de siempre, Él jamás se repite. En este día del 6 de agosto, en la festividad de la Transfiguración del Señor, celebrando a San Salvador en nuestra Catedral, queremos postrarnos ante lo que esta imagen románica representa. Con su mano benedicente, con los ojos bien abiertos, como quien se presta a abrazar a mi vida y a contemplarla sin ninguna trampa y ningún cartón, en la humilde realidad del momento que estoy viviendo humana y cristianamente.

En el tramo de camino que nuestra vida realiza, con la gente que se pone a mi lado como compañeros para un destino, queremos invocar la gracia del Señor, la gracia del Salvador, para ser peregrinos de su divina voluntad. Peregrinos de lo mejor. Peregrinos de lo que nos permite no solo mejorar nuestra vida humana y nuestra convivencia, sino hacerlo desde la certeza de sabernos acompañados por quien nunca nos abandona: el Señor, San Salvador.

Invocamos la intercesión de nuestra Madre la Santina, siempre al lado de todos los Apóstoles, siempre junto a todo peregrino que se aventura en los caminos de Dios para hacer la aventura de llevar adelante su propia vocación. Sed todos bienvenidos, gracias por haber acudido a esta cita. Que el Señor, nuestra Madre la Santina y el Apóstol Santiago, sostengan vuestra esperanza y os acompañen en vuestros pasos. Amén.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

S.I.C.B.M. San Salvador. 6 agosto de 2026

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