domingo, 2 de agosto de 2026

Homilía en la Festividad de Nuestra Señora del Buen Suceso

Queridos hermanos sacerdotes,
Junta directiva de la Cofradía de El Carbayu,
Autoridades,
Hermanos y hermanas todos en el Señor:

Hoy nos unimos con gozo para celebrar la fiesta de Nuestra Señora del Buen Suceso. Este año nuestra celebración contiene una especial dosis de gratitud, pues de algún modo, clausuramos el Centenario de la Romería que con tanta ilusión vivimos el pasado año. Seguimos peregrinando con un siglo ya a las espaldas al amparo de esta advocación tan profundamente nuestra, que nos evoca el secreto de la victoria de Dios en medio de las borrascas de la historia. Al contemplar su sagrada imagen, somos invitados a levantar la mirada por encima de las dificultades cotidianas y sintonizar nuestro corazón con los designios de la Divina Providencia. En la mentalidad de nuestro tiempo, la palabra "suceso" evoca acontecimientos fortuitos, noticias o éxitos humanos. Pero en la teología , el "Buen Suceso" es Jesucristo. Él es el acontecimiento definitivo que ha transformado la historia humana para siempre. Cuando esta advocación se arraigó en nuestra tierra, el Espíritu Santo quería dejarnos un mensaje profético: el "buen suceso" de la historia es el triunfo de la gracia sobre el pecado. No es optimismo ingenuo, es la certeza teologal de que Dios siempre tiene la última palabra.

Las lecturas de este decimoctavo domingo del tiempo ordinario nos enfrentan con una realidad muy humana: nuestras necesidades, nuestros deseos y hacia dónde dirigimos el corazón. El ser humano pasa la vida buscando saciarse. A veces tenemos hambre de pan físico, otras veces tenemos hambre de seguridad económica, pero en el fondo, todos tenemos hambre de eternidad. Hoy miramos a la Santísima Virgen María, Madre del Buen Suceso para aprender de ella cómo alimentar y saciar verdaderamente nuestra vida. La liturgia de esta fiesta de la Madre es un antídoto contra el desánimo. Es fácil mirar a nuestro alrededor y sentir miedo ante la crisis de valores y los males de nuestro mundo que nos afectan. Ahí tenemos en nuestro interior el dolor por tanto sufrimiento que el fuego ha provocado y sigue provocando, tantas desgracias indescriptibles que nos encogen el corazón. Pero, precisamente cuando la noche es más oscura, la presencia de la Virgen del Buen Suceso brilla con más fuerza. Ella es la Estrella de la Mañana que anuncia que el Sol de la Justicia está por salir. Nos enseña la virtud de la esperanza teologal: confiar en las promesas de Dios no porque las circunstancias sean favorables, sino porque Dios es fiel a su palabra. Al igual que Ella permaneció de pie junto a la Cruz, la Iglesia está llamada a permanecer firme, sembrando el Evangelio con paciencia y caridad al lado de los que más sufren.

Las lecturas de la Palabra de Dios nos invitan a contemplar a la Santina de El Carbayu a través de la provisión y el amor divino. María es la tierra fértil que acoge el alimento gratuito En la primera lectura, el profeta Isaías invita a los sedientos a acudir por agua y comida sin dinero. Dios ofrece un banquete gratuito basado en una alianza perpetua. La Virgen María es el modelo perfecto de quien recibe esta gratuidad divina. Ella no compra la gracia con riquezas ni méritos propios, sino con su total apertura de corazón. Al igual que Nuestra Señora del Buen Suceso, se nos invita a vaciarnos de seguridades materiales para ser saciados únicamente por la palabra y los bienes eternos del cielo. Ella también experimentó el desierto de la incertidumbre: el anuncio del ángel que cambiaba sus planes, la huida a Egipto, la pobreza del pesebre. Sin embargo, María nunca desesperó; Ella guardaba todo en su corazón, alimentándose de la promesa de Dios. Ella no buscó seguridades en el pasado ni en las riquezas; su única seguridad fue la palabra del Señor. Imitemos a María en esa vivencia radical del evangelio, que rompe muros, divisiones y distancias, que es capaz de reconciliar lo irreconciliable, de sanar las heridas más abiertas y de reconvertir los odios más enquistados en las amistades más nobles y sinceras. 

María es el canal del amor del que nada puede separarnos. Como hemos escuchado en la segunda lectura, san Pablo proclama con fuerza a los cristianos de Roma que absolutamente nada —ni la angustia, ni el hambre, ni el peligro o la espada— podrá apartarnos del amor de Cristo. María experimentó en carne propia la espada del dolor, la persecución y el desamparo al pie de la cruz. Sin embargo, permaneció firmemente unida al amor de su Hijo, convirtiéndose en Madre de la Esperanza. Ella nos enseña que las dificultades de la vida no son un signo del abandono de Dios. Al contrario, bajo su protección maternal, aprendemos a perseverar en la fe. María, es el modelo de la discípula perfecta unida al Señor... En su canto del "Magnificat", proclama con gozo: «A los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos». María descubrió y entendió que su propio Hijo era la verdadera riqueza de la que ya nadie la podría separar. Ella se vació de sí misma, de ambiciones y de apegos personales y materiales para llenarse completamente de la gracia de Dios. María es la criatura purísima que nunca conoció el pecado.  Acudir a Ella es aprender a vivir con los pies en la tierra, pero con el corazón en el cielo. Esta Madre nos ayuda a ordenar nuestros afectos, a no poner la felicidad en el dinero, en el éxito o en el consumo, sino en el amor generoso y en el servicio al prójimo.

El Evangelio de san Mateo narra la multiplicación de los panes y los peces, donde Jesús, movido a compasión, sacia el hambre de la multitud. Este milagro es un claro signo profético de la Eucaristía.. Ella -como vemos en su imagen- presenta y entrega a Jesús al mundo recordándonos las palabras de las bodas de Caná: "Haced lo que Él los diga"... Jesús pide a sus discípulos: "Dadles vosotros de comer". Mientras que María nos educa para poner lo poco que somos y tenemos en las manos de Cristo para que Él lo multiplique en favor de nuestros hermanos.  Si Jesús es el Pan de Vida bajado del cielo, María es el campo bendito donde germinó ese trigo. Ella es el primer Tabernáculo de la historia. Durante nueve meses, el Pan de Vida se formó en sus entrañas virginales. María nos enseña que comulgar y recibir a Cristo no es solo un rito, sino un misterio que debe transformar nuestra existencia. Ella se alimentó de Cristo antes de darle a luz, y nos invita a nosotros ahora a buscar a Jesús no por los milagros materiales o por conveniencia, sino por lo que Él es: nuestra vida, nuestra salvación, nuestra verdad, nuestro camino...

Hermanos, no trabajemos sólo por la comida que se acaba. No acumulemos graneros vacíos de amor... Pidámosle hoy a nuestra Madre del Cielo y Señora del Carbayu que nos conceda un corazón semejante al suyo: un corazón hambriento de Dios, desprendido de lo material y lleno de caridad. Al acercarnos ahora a la mesa de la eucaristía, donde el misterio del "Buen Suceso" de la Redención se hace presente de forma viva y real, pongamos en las manos de María nuestras vidas, nuestras familias y las necesidades de alma y cuerpo. Le encomendamos especialmente a nuestro difuntos, los socios de esta Cofradía, vecinos de El Carbayu y tantos devotos de la Virgen del Buen Suceso que ya no están entre nosotros. Que cuando arrecie la tormenta en nuestras almas o la duda llame a nuestra puerta, sepamos repetir con confianza propia de hijos: ¡Nuestra Señora del Buen Suceso, intercede por nosotros, protege nuestra fe y condúcenos al puerto seguro de la salvación eterna!
 Amén

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